martes, 1 de septiembre de 2020

El color del esclavista (3)

En 1498 Vasco da Gama pasa el cabo de Buena Esperanza y llega a Sofala y Malindi, en Mozambique, y en 1505 se introduce en Cuba el cultivo de la caña de azúcar. Un hecho que si en principio no tuvo especial significado, sería el detonante del masivo traslado de mano de obra esclava negra que acabaría conociendo América, y cuyas muestras evidentes pueden ser observadas a simple vista, muy especialmente en las zonas controladas por Inglaterra, Francia, Holanda y Portugal, siendo que la significativa población negra de Cuba no procede de este periodo, sino del siglo XIX.

El cultivo de la caña es, sin lugar a dudas, el motor del tráfico negrero atlántico. Ese cultivo se inició primero en los recién conquistados archipiélagos atlánticos. Así, Canarias conoció un florecimiento de ingenios que serían servidos por naturales de las islas, hasta que la corona prohibió la esclavización de los mismos.
En el periodo del tráfico, quienes llevaron el peso pesado del tráfico fue, a partir del Tratado de Utrech, muy principalmente Inglaterra, que hasta ese momento había compartido en régimen de igualdad la trata con países como Portugal y Países Bajos, que desde el siglo XV competían por el comercio de esclavos en Senegal, hasta que Francia logro apoderarse de este territorio y convirtió a Senegal en uno de los principales centros de comercio de esclavos.
La toma del territorio africano, así, tuvo efecto en el siglo XIX; siendo así, no se puede entender el tráfico negrero que tuvo efecto entre los siglos XVI y XIX sin la complicidad activa de esclavistas africanos, que al fin tenían en exclusiva la captura de esclavos dentro del continente.
De modo especial hay que señalar entre los grandes tratantes a los reyes de Dahomey o el Congo, así como a los de la costa de Nigeria y de las otras zonas occidentales y orientales de Madagascar y Mozambique dedicadas a la trata. En todas ellas, el trato se iniciaba con el desembarco del capitán del buque dedicado al tráfico, que inmediatamente entraba en contacto con el reyezuelo del lugar, a quién, para empezar a hablar, le suministraba aguardiente, pólvora y algún fusil, para pasar a continuación a la adquisición de los esclavos.
Señala Hug Thomas que los tratantes europeos obtenían la inmensa mayoría de esclavos mediante la compra o negociación con jefes locales, mercaderes o nobles.../... Los africanos que proporcionaban la mayoría de esclavos a los europeos los conseguían como en la antigüedad mediterránea o en el Medievo europeo: primero, como resultado de guerras; segundo, como castigo a las personas afectadas; tercero, por la pobreza, que obligaba a vender los propios hijos o hasta a venderse uno mismo, y cuarto, por secuestro, tan frecuente entre los africanos como raro entre los europeos.
En ninguna circunstancia se puede liberar de la responsabilidad de la esclavitud a quienes llevaban a efecto las capturas, pero es que, además, eran ellos quienes ponían las condiciones del tráfico, siendo que las exigencias de los suministradores eran de lo más variado, la demanda de las telas delicadas eran su principal demanda, y tras ellas, el hierro en barra, las armas, la pólvora, las herramientas agrícolas, los utensilios domésticos, los licores y el tabaco.
Señala Herb Klein que para los esclavistas franceses del siglo XVIII, la mercancía empleada para la compra de esclavos representaba dos tercios del costo del equipamiento. (Klein 1993: 18)

A tal punto llegaban su importancia y costo en este comercio que los europeos (en especial los ingleses) trataron desesperadamente de sustituirlas por imitaciones europeas más económicas, sin lograr su cometido. (Klein 1993: 18)

Los reyezuelos locales actuaban en nombre propio suministrando el material humano que les era demandado, y lo hacían como buenos conocedores del mercado, obligando la adquisición conforme a sus necesidades y quedando en segundo término la voluntad del demandante, que debía conformarse con lo que le era suministrado. Así, el número de mujeres esclavizadas no era proporcional al de hombres, y ello era debido a que su precio era muy superior al de los varones.

Gran parte de los esclavos que compraron los europeos a lo largo de los siglos los vendieron reyes, nobles u otros agentes, pero hubo siempre tratantes independientes que los vendían en grupos de dos o tres. A menudo un representante especial del monarca, como el mafouk en Loango, llevaba a cabo las negociaciones y numerosos reyes africanos exigían un arancel de, pongamos por caso, ciento veinte lingotes de hierro, antes de permitir al capitán que comerciara. En los años treinta del siglo XVII, el rey de Barra, «un ceremonioso monarca de los mandingos» exigía un saludo de quienes entraban y salían de su río, al igual que el maloango de Loango. El rey de Allada insistía en que los primeros esclavos comprados fuesen de su propiedad, tras lo cual sus colegas tendrían prioridad. (Thomas 1997: 385)


Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2019/09/el-color-del-esclavista-texto-completo.html

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