lunes, 14 de septiembre de 2020

El movimiento abolicionista (1)

El movimiento abolicionista

Hablar de esclavismo ahora, curiosamente cuando se encuentra más generalizado, suena como un anacronismo, siendo que en el imaginario colectivo, y ante la cita de la cuestión, aparecen las plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos, donde legiones de negros trabajaban bajo el látigo.

Sin embargo debemos tener en cuenta que lo único que diferencia el momento actual de lo acaecido antes es que los esclavos, hoy, tienen la obligación de mantenerse a sí mismos, habiéndose liberado los esclavistas de esa carga.
Es el caso que la esclavitud, conforme es popularmente conocida en cuanto a formas, era tenida como normal hasta el siglo XVIII, con las salvedades impuestas por la legislación española, que desde el inicio de la Conquista de América, y muy especialmente con el inicio del siglo XVI dio lugar a un intenso debate acerca de legitimidad de esclavizar a los indios; algo que era de todo punto novedoso en una sociedad en la que la esclavitud era tenida como una actividad normal, y que contra ese sentimiento acabó determinando que los indios eran súbditos libres de la Corona.
Esa condición conoció una serie de altibajos que se venían produciendo al compás de los distintos acontecimientos que sobrevenían en la Conquista de América. Así, se había autorizado la esclavización de los indios acaecida en guerra justa, pero ese extremo fue directamente prohibido en 1530, aunque nuevamente en esa misma década volvió a reproducirse la esclavización de indios rebeldes, esmerándose sin embargo en el resguardo de los intereses del resto de la población india.
Esa medida tuvo especial presencia en la conquista del Perú, producida precisamente en esos momentos. Hasta la década de los años sesenta, la legislación permitía que los caciques continuasen teniendo esclavos, lo que evidentemente no dejaba de ser una cuestión política que garantizaba el apoyo de las élites incas.
Pero las referencias pueden seguir surgiendo al compás de la Conquista, pues si los Reyes Católicos cortaron la esclavización de los indios, las acciones se fueron repitiendo en el mismo sentido en otros lugares, como por ejemplo en Filipinas, donde en 1569 se denunciaban los malos usos por el agustino Juan de Alva, lo que acabó reflejándose en las leyes el siete de noviembre de 1574, cuando una cédula real prohibía la esclavitud en las islas.
El devenir de los acontecimientos históricos hizo que ese debate se paralizase, dando lugar a un desaforado desarrollo del tráfico esclavista en el que Inglaterra ocupó sin lugar a dudas el primer puesto muy especialmente a lo largo del siglo XVIII.
De hecho, hasta mediado el siglo XIX la esclavitud fue legal y estaba regulada jurídicamente en cuanto a la trata en el Atlántico.
Al compás de esta actividad, el tráfico negrero transatlántico alcanzó cotas de “excelencia comercial”, lo que no significaba precisamente “excelencia humanista”, a la que Inglaterra dedicaba una flota capaz de transportar anualmente más de cincuenta mil esclavos, y que aseguraba la prosperidad comercial de puertos como Londres, Liverpul, Bristol, Glasgow o Lancaster, sin que ello significase que otros puertos menores quedasen excluidos del negocio.
Pero desde finales del siglo XVIII, Inglaterra, justamente el país que más se había beneficiado de la trata y que como consecuencia del resultado de la Guerra de Sucesión española se había convertido en el monopolista de semejante negocio, se manifestó contraria a la esclavitud, y en 1807 abolió el tráfico, que no la esclavitud en sus colonias, que sería finalmente prohibida en 1833.
En apoyo de la medida, los sofistas del siglo XVIII, Locke, Voltaire, Diderot, Rosseau, Wilberforce … y tantos otros materialistas, se manifestaron contra la institución esclavista, aunque dejando también manifiesto su desprecio por quienes estaban sometidos a ella, a quienes con dificultad les reconocían su condición de persona.

Son los tales esclavos negros de los pies á la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible compadecerlos.
No puede comprenderse cómo Dios, que es un ser sapientísimo, haya colocado un alma, sobre todo un alma buena, en un cuerpo completamente negro. (Montesquieu: 355)

La prueba de que los negros no tienen sentido común es que hacen más caso de un collar de vidrio que del oro, el cual es tan estimado en las naciones civilizadas.
Es imposible suponer que esas gentes sean hombres, porque si lo supusiésemos, empezaríamos por creer que nosotros no somos cristianos.
Espíritus mezquinos exageran demasiado la injusticia que se comete con los africanos, porque si fuese como dicen, ¿cómo no se habría ocurrido á los príncipes de Europa, que ajustan tantos tratados, celebrar uno general en favor de la misericordia y la piedad?  (Montesquieu: 356)

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2019/09/el-movimiento-abolicionista-texto.html

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