martes, 8 de septiembre de 2020

La guerra de los segadores (13)

El 4 de Diciembre de 1642 moría el cardenal Richelieu, que había sobrevivido a varias conspiraciones, una de las cuales, con grandes probabilidades de éxito fracasó al haberse disparado el conde Soissons a sí mismo, de forma inopinada y estúpida, y haber muerto cuando iba a entrar en París, presumiblemente, para ser aclamado.  Tanto esta conspiración como la del marqués Cinc-Mars buscaban la paz con España.



El cardenal Richelieu moría habiendo conseguido su objetivo, ya que “Tras la rebelión según el agente de Richelieu en Barcelona, «nuestros asuntos (que no marchaban bien en Flandes, y todavía peor en el Piamonte) comenzaron a prosperar de pronto en todas partes, incluso en Alemania; pues las fuerzas de nuestros enemigos, retenidas en su propio país y reclamadas de todas partes para defender el santuario, quedaron debilitadas en todos los otros teatros de la guerra».”

Por su parte la reina, Isabel de Borbón, la esposa de  Felipe IV, maquinaba por presentar a éste la verdadera cara de su valido el conde-duque, y fue en estas fechas cuando donando todas sus joyas para la campaña de Cataluña pudo remover la afición del rey por su valido, apoyada por una descarnada carta que el obispo de Granada envió al propio rey.

Mientras, en Cataluña crecía el disgusto popular, que finalmente estaba poniendo en entredicho toda la actuación de la oligarquía catalana encastillada en la Generalidad. “Ante la permitida ocupación francesa se oponían cada vez más voces privilegiadas (obispos, canónigos, nobles), que se negaban a jurar fidelidad al rey de Francia, a los que se sumaban motines e incipientes revueltas contra esa vinculación. El número de exiliados felipistas catalanes aumentaba día a día, hasta alcanzar una dimensión cualitativa y cuantitativa muy importante. La represión de estos felipistas fue especialmente dura.”

Ahora muchos se daban cuenta que “La actitud francesa en Cataluña estuvo dominada por consideraciones militares. Ahora contaban con una base en España, que sería utilizada principalmente para penetrar en Aragón y Valencia. Nombraron a un virrey francés y llenaron la administración de elementos fieles a Francia. Al mismo tiempo, insistieron en que los catalanes alojaran, abastecieran y pagaran a las tropas francesas, que cada vez recordaban más a un ejército de ocupación.”

También comenzaban a darse cuenta que “Francia explotó a Cataluña tanto económica como militarmente. Los comerciantes franceses saturaron el nuevo mercado de cereales y productos manufacturados y pronto se hizo evidente que desde el punto de vista comercial el futuro de Cataluña era aún más difícil con Francia que con Castilla. A diferencia de los holandeses, los catalanes no podían contar con un comercio colonial en el que cimentar un desarrollo independiente y como no constituían amenaza alguna para el monopolio americano de Castilla su causa despertaba poco interés en el escenario internacional. El golpe definitivo para Cataluña fue la gran peste de 1650-1654 que provocó una gran mortandad —cobrándose sólo en Barcelona 36.000 víctimas— en una población que se hallaba ya en un estado de desnutrición como consecuencia de la situación de guerra.”

Pero además, la actitud de los invasores franceses quedaba muy lejos de ser amable. En Gerona, y “durante este periodo, las autoridades francesas llevaron a término una política de represión que afectó a personas significadas que eran o se veían como sospechosas: el vicario general de la diócesis, Francisco Pijoan, fue enviado al exilio a Francia, y a finales de 1644 el abad de Sant Pere de Galligants, Gispert d'Amat i Desbach, diputado eclesiástico, mantuvo un duro enfrentamiento con Pedro de la Marca, que más tarde sería virrey de Cataluña y que acabó con su detención siendo más tarde enviado a Montserrat.”

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