domingo, 1 de noviembre de 2020

El color del esclavista (4)

Algunos esclavistas africanos, además de utilizar la guerra como medio para la recluta de esclavos, llegaron a instalar auténticas granjas de cría con las mujeres que se negaban a vender a los traficantes.
Y, aunque no era la única forma, predominaba la venta por lotes, debiendo ser adquiridos en el mismo lote tanto los que estaban sanos como los que no. Siendo que controlaban el interior del continente, de donde extraían la totalidad de los esclavos, los jerifaltes africanos marcaban desde el principio cómo debía realizarse el negocio.



Muchos eran hábiles negociadores y un director de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales escribió a Holanda diciendo que «para ser justo con los negros he de decir que, como mercaderes de cualquier tipo, son muy astutos; uno suele ver que un mercader trata de dañar al otro tanto como le es posible». Los africanos a menudo sabían más de los europeos de lo que éstos sabían de ellos. (Thomas 1997: 388)

Pero no todo el territorio africano estaba bajo el control de algún rey local. En ese caso, poblaciones independientes, conocidas como Calabar, suplían la acción, para lo que estaban en permanente guerra  con otras poblaciones y con otros Calabares, a fin de conseguir esclavos con los que comerciar. En lo demás, la actuación era similar a la llevada a cabo por los reyezuelos.
Hug Thomas relata la experiencia de un traficante inglés con sus proveedores de esclavos:

Cuando nos encontramos en el calabozo, los esclavos del rey. C. fueron los primeros que nos ofrecieron ... aunque solían ser los peores ... y pagábamos más por ellos que por los otros, cosa que no podíamos evitar, por ser ésta una prerrogativa de Su Majestad.» Por cada esclavo que les vendían públicamente, los «nobles» se veían obligados a pagar al rey una parte de las mercancías que recibían a cambio del esclavo o la esclava, «como cuota o arancel, sobre todo cauríes, con las cuales llenaba un plato de cada medida; para evitarlo, solían pedirnos que fuésemos a su casa de noche y nos vendían dos o tres esclavos a la vez y nosotros les enviábamos, en privado, las mercancías que habíamos acordado ... ; aunque no lo hacían mucho por temor a ofender al rey si se enteraba ... A veces, después de habernos vendido a una de sus esposas o un súbdito, se lo repensaba y nos pedía que lo cambiáramos por otro ... (Thomas 1997: 387)

Pero los reyes locales, en ocasiones, como en Dahomey, no ejercían un  control absoluto del mercado, permitiendo que a su alrededor se crease un tejido de esclavistas compuesto por centenares de “pequeñas empresas”, ejerciendo el rey como protector de todos ellos que brindaba espectaculares fiestas en las que se ofrecía a los compradores espectáculos en los que no faltaban los sacrificios humanos.
Y aunque su principal actuación se circunscribía a su propio territorio, señala Jean Pierre Tardieu que se dio el caso que en 1658, el reino de Arda envió una embajada a Cartagena de Indias solicitando el envío de misioneros. El embajador llevaba un cargamento de esclavos para la venta. (Tardieu: 16)
En busca de beneficios, se cazaban entre sí como si fueran animales, y la guerra tribal fue de gran importancia en la búsqueda de prisioneros que esclavizar, siendo que incluso se inducía a los padres a vender a sus hijos como esclavos. Esta situación llegó a que, al amparo del tráfico, surgieran nuevos reinos, hasta el extremo que, conforme señalaba en 1705 un director de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, la Costa de Oro «se está tornando completamente en costa de esclavos, y los nativos ya no se concentran en buscar oro sino que hacen guerras entre sí para obtener esclavos». (Thomas 1997: 225)

El surgimiento del reino ashanti en la Costa de Oro demuestra cuán difícil resulta hacerse una idea absoluta del impacto del comercio atlántico. Los ashanti, que vivían a unos ciento sesenta kilómetros al norte de Elmina, y al norte de las minas de oro de la selva de Akan, dependieron durante muchos años de los akan; sin embargo en 1700 ya habían conquistado a estos últimos, con el uso de armas de fuego suministradas por los ingleses y los holandeses, y encabezados por Osei Tuti, su primer asantahene, o monarca independiente, quien haría de su pueblo el dominante en la Costa de Oro. La nueva capital de Osei Tuti era Kumasi, construida cerca de la antigua ciudad comercial de Tafo, y el símbolo del poder del nuevo imperio era el banquillo de oro. Los ashanti no tardaron en comerciar a gran escala con los holandeses. (Thomas 1997: 225)

El ascenso de este pueblo, si tuvo que ver con el esclavismo, no tuvo colaboración alguna de los traficantes europeos, que carecían de control alguno fuera de los límites de sus factorías, y se limitaban a la defensa de la población local, que era su principal proveedora. Sí les resultó favorable el ascenso de los ashanti, porque  usarían su posición militar como moneda de cambio para alcanzar una mejor posición en las transacciones, si bien el poder alcanzado por este belicoso pueblo les permitió convertirse en uno de los principales proveedores en el último cuarto del siglo XVIII.
También en el XVIII,  el pueblo luanda, en el centro del continente, se mostró como gran proveedor que en sus luchas de conquista llevaba sus incursiones desde  el lago Tanganica hasta el río Kuango, entre Angola y Congo.
Esta actuación llegó a alarmar a los propios traficantes europeos que, desconocedores de África, no lograban determinar el porcentaje de población que estaba siendo exportada.


Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2019/09/el-color-del-esclavista-texto-completo.html

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