1.- ¿Cuándo empezó a desarrollarse el liberalismo en España?
El liberalismo es una doctrina económica y política que es fruto de la actividad intelectual llevada a cabo por quienes siempre estuvieron enfrentados a España en el campo de batalla.
España estaba desarrollando de forma exitosa un sistema político (cual es el sistema polisinodial), y un sistema económico que, respetando la libertad individual, era controlado por el estado, y todo estaba estudiado por una escuela, la de Salamanca, que abarcaba los más diversos temas intelectuales; desde los filosóficos hasta los económicos, pasando por las matemáticas, la navegación o la astronomía.
Un sistema político, social y económico que era garantía de libertad individual y de equidad social, francamente divergente de lo que estaba sucediendo en Europa en esos momentos.
Pero no hagamos leyenda rosa; no nos engañemos. Esa expresión que acabo de decir no significa que no hubiese graves injusticias; no significa que no hubiese graves delitos… Significa que comparativamente con lo sucedido en Europa, el mundo hispánico estaba a años luz de desarrollo legislativo y cultural. Significa que, sin ser perfecto, el sistema polisinodial garantizaba un respeto de las leyes digno de ser tenido en cuenta, y si consideramos que los fueros ponían cortapisa a los poderes reales, y el poder real ponía cortapisa a los poderes señoriales, puede inferirse que el respeto por las libertades individuales podía estar más garantizado que en lugares donde el poder señorial era absoluto.
La jerarquización de esos poderes; la determinación de los derechos en España quedan reflejados de manera especial desde el tercer Concilio de Toledo del año 589; luego en el Fuero Juzgo y en las sucesivas celebraciones de Cortes, muy en concreto las celebradas en León el año 1188, primeras conocidas como tales en la historia de la Humanidad en las que estaban presentes todos los obispos del reino además de los nobles y los representantes de León, Oviedo, Salamanca, Ciudad Rodrigo, Zamora, Astorga, Toro, Benavente, Ledesma y algunas más. Y ya con los Reyes Católicos se crea un punto de inflexión en la Cortes de Toledo de 1480, donde quedó abordada una reforma completa del sistema de justicia, así como la reforma de las instituciones.
En Europa permanecían vigentes derechos medievales donde las reminiscencias feudales no eran cosa extraña.
Con esa situación, España se desarrolló espectacularmente en todos los ámbitos, laboral, económico, científico, político, militar…
La Escuela de
Salamanca, daría lugar a la creación de uno de los monumentos jurídicos más
importantes de la historia de la Humanidad, cual es el derecho de Indias, el
derecho internacional, por no citar otros aspectos de carácter científico y de
carácter económico que, con base manifiesta en la filosofía escolástica, tan
denostada por los sofistas disfrazados de filósofos, generaron toda una
filosofía aplicada que cambió las estructuras del mundo conocido hasta el
momento.
Y la educación llevaba camino decidido a convertirse en universal…
Pero me has preguntado cuándo comenzó a desarrollarse el liberalismo en España.
Y el liberalismo en España comenzó a desarrollarse cuando el empuje que había hecho elevarse a España decayó.
¿Cuándo fue eso?
Durante el reinado de Carlos II, las potencias europeas llevaban ya dos siglos sufriendo derrotas en sus constantes ataques a España; ni la piratería ni la falsificación de moneda, ni por supuesto las armadas habían hecho gran mella en el poderío de España.
Cierto que ya habían firmado una serie de tratados humillantes para España; cierto que habían conseguido romper España de la que desgajaron Portugal y el Rosellón; gravísimas injurias, pero España seguía siendo capaz de rehacerse.
La muerte de Carlos II fue un punto de inflexión que finalmente no fue atendido correctamente por quién debía haberlo hecho: El cardenal Portocarrero.
Sus intentos por encontrar sucesor a Carlos II habían fracasado por diversas intrigas, y cuando al fallecer Carlos II en 1700 se vio en la tesitura de colocar un nuevo rey en el trono, le faltó la audacia suficiente para coronarse él mismo rey, y pactó con Luis XIV de Francia coronar a su nieto Felipe, cuyas condiciones no eran mejores, sino quizás peores que las de Carlos II, como rey de España.
Pero bueno… ¿No íbamos a hablar del liberalismo?
El liberalismo como tal no existía; los pensadores de la
Ilustración estaban en esos momentos desarrollando ideas, que inequívocamente,
y como hasta la fecha, estaban encaminadas a luchar contra España. Se
desarrollarían durante todo el siglo XVIII, tiempo en el que nacería,
lógicamente, en Inglaterra; se desarrollaría en la Revolución usense en 1776, se expandiría con la Revolución Francesa
en 1789, y arrasaría con España a partir de 1810.
El liberalismo sería la
fuerza ideológica con la que las potencias extranjeras, y muy en concreto
Inglaterra, acabarían sometiendo España.
Parecía que quería eludir
la respuesta, pero no. Lo que quería era exponer la diferencia existente entre
España y las potencias europeas en los siglos de grandeza de España, con el
objeto de señalar que si existen conceptos alejados de los principios de
España, uno de ellos es, sin lugar a dudas, el liberalismo… y no sólo el
liberalismo, sino toda la idea de la Ilustración, que abarca todo lo que hoy
conocemos políticamente como derecha, izquierda, centro… y sus extremos.
2.- ¿Cómo se relaciona la implicación del liberalismo en los movimientos separatistas Américanos?
Hemos hablado de la masonería, hemos hablado de la Ilustración y hemos hablado del liberalismo. Tres cuestiones y un mismo objetivo.
Para alcanzar ese objetivo tuvo que discurrir todo el siglo XVIII. Con los Borbones llegó el absolutismo primero, la Ilustración y el liberalismo después, siempre de la mano de la masonería.
Al amparo de la
Ilustración las instituciones educativas decayeron en actividad; se expulsó a
los jesuitas y los colegios se quedaron sin maestros. Los
"ilustrados" calificaban a los siglos anteriores como bárbaros y
oscuros, teniendo como condición la confianza en la razón, en la ciencia y en
el progreso, y ocultando la ingente labor desarrollada en todos los campos
durante ese tiempo, y todo lo hacían desde las estructuras de poder de la
monarquía borbónica.
Una dura tarea de
ocultación de la Historia y de implantación de la leyenda negra que las
potencias europeas habían generado durante dos siglos comportó que mediado el
siglo XIX, España estuviese sin marina, sin minería, sin industria, sin
cultura… con una población con un nivel de alfabetización 40 puntos por debajo del
alcanzado en siglos anteriores. ¿Cómo se explica ese tremendo deterioro de la
cultura popular?
Al propio tiempo se
desarrollaban las masónicas “asociaciones patrióticas”, encargadas de formar
las élites directivas sometidas a principios anti hispánicos, ilustrados
primero y luego, ya en el siglo XIX, liberales, marxistas y anarquistas.
Con la aplicación de
los métodos ilustrados, en América comenzó a ponerse trabas, muy especialmente,
al desarrollo de la población no blanca europea. Las universidades, los
colegios, comenzaron a rechazar personas indias, negras o mestizas. Entonces,
sí con la Ilustración rampante.
Todavía no se
perseguía a sangre y fuego a los nativos, como sí sucedía en el Imperio
Británico. Eso se produciría en las repúblicas creadas a la caída de la España
imperial avanzado ya el siglo XIX, que al abrigo de Inglaterra, y hasta ahora
mismo, comenzaron a fungir como colonias.
El
liberalismo se implantaría en todas y cada una de las nuevas colonias
británicas; la España peninsular incluida. Sus élites políticas serían hechura
de los intereses británicos; así, si a este lado del Atlántico encontramos figuras
como Mendizábal, cuyo origen y actuación es manifiestamente británico; si
también en España el secretario del Consejo de Ministros “español”,
Vicente Sancho reconocía en 1843 que Inglaterra consideraba a España su
protectorado, …/… en
América, Carlos Maria Alvear reclamaba a Inglaterra el
envío de tropas y un jefe porque, decía: Estas provincias desean
pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes y
vivir bajo su influjo poderoso.
Pero no es sólo Alvear. Ya en el Acta de París de
1797 firmada por José del Pozo, Francisco de Miranda y Pablo Olavide, además de
una hipoteca por siglos, ofrecen a Inglaterra Panamá. Y entre muchas más
muestras de sometimiento, conviene destacar las llevadas a efecto por Simón
Bolívar, llamando a las inglesas, armas libertadoras y reclamando de las mismas
la toma de territorios.
Y esas armas se
pusieron en marcha bajo el signo de los principios liberales. En la Península
tomaron directamente el poder bajo el reinado de Fernando VII, y fueron ellos
los que negociaron todo en España desde entonces hasta ahora mismo. El duque de
Wellington fue nombrado capitán general de los ejércitos de España; fue
nombrado duque de Ciudad Rodrigo y se le entregaron importantes concesiones
territoriales en España; pero no contento con eso, se llevó a Inglaterra una
bonita colección de arte.
Mientras tanto, los
enfrentamientos en las Españas tomaban carta de naturaleza; se volvían
consubstanciales con la política, y cuando algún frente se calmaba, rápidamente
era avivado por el enemigo.
Un ejemplo
paradigmático es el año 1820.
Para finales de 1819, las revueltas separatistas de América estaban prácticamente dominadas. Tan sólo se precisaba unas tropas de refresco que diesen seguridad. Y el 1 de Enero de 1820, en Cabezas de San Juan (Sevilla), Rafael de Riego se negó a encabezar la expedición a América. Durante dos meses el ejército de Riego permaneció sublevado recorriendo Andalucía sin que el gobierno pudiera impedirlo, ya que por todo el país se multiplicaban los pronunciamientos liberales y los levantamientos campesinos. El 3 de enero, el coronel Antonio Quiroga, designado para encabezar el movimiento, tomaba San Fernando y se disponía a entrar en Cádiz, que era el objetivo más importante.
Pero es que la situación había sido orquestada por Inglaterra con la concurrencia necesaria de los liberales españoles que coordinaron y sobornaron a los elementos que finalmente pudieron llevar a cabo la asonada de Cabezas de San Juan.
Casi dos meses después de la asonada de Riego, y cuando ya se encontraba derrotado y fugitivo, el 21 de Febrero, el coronel Azevedo siguió los pasos de aquel en la Coruña, y también siguió O’Donnell (masón), que partía con un ejército para reprimir a Riego, en Ocaña el 1 de Marzo. Siguieron Zaragoza el 5 de marzo, Barcelona el 10 y Pamplona el 11. La España de pandereta…
Entre tanto, ¿qué pasaba en América?
La defección de Riego tuvo sus valedores en América; entre ellos, Espartero. Y tuvo sus detractores, entre ellos, Olañeta. La prensa, a ambos lados del Atlántico, no era ajena a la cuestión, y Quedaba manifiesta la división del ejército entre liberales y realistas. Algo que se incrementaría hasta la batalla de Ayacucho.
Por otra parte, Espartero había sido destinado a América el año 1815 tras su formación militar, bajo el mando del general Pablo Morillo, habiendo tomado parte en la toma de la Isla Margarita, siendo destinado posteriormente al Alto Perú con el empleo de capitán, y a poco a comandante, pero el ascenso no le llegó por méritos (que sin duda los tuvo del nivel de sus compañeros)… y tampoco le llegó por antigüedad.
Espartero recibió con algazara la noticia de la defección de Riego, realizando celebraciones en establecimientos militares que se encontraban bajo la jurisdicción de Maroto, a la sazón presidente de la provincia de Charcas.
El general Olañeta se enfrentó al virrey de la Serna, momento que fue aprovechado por los agentes británicos, encabezados por Bolívar, para acometer el Perú. Algo oscuro, no obstante hay en todo ello, pues Olañeta mantuvo entrevistas con Bolívar.
Lo que sí es cierto es que Olañeta, después del desastre de Ayacucho en diciembre de 1824, continuó hostigando a los colonialistas británicos y a sus nacientes naciones títere, fortificado en Potosí con los mismos apoyos de la España peninsular con los que venía contando hasta el momento (o sea: ninguno), y con los dicterios de los liberales.
Como también es cierto que durante 1822 y 1823 los liberales habían estado tratando la mutilación de la Patria con los agentes británicos que representaban a los nacientes gobiernos de Nueva España, Guatemala, Chile, Costa Firme y Buenos Aires, con los que llegaron a acuerdos que fueron presentados a La Serna para que diese su conformidad.
Ya se trataba, para los liberales, de pura cuestión económica y de comercio, a imagen y semejanza de lo que habían aprendido de sus maestros británicos. Y estos asuntos, por delegación del Virrey La Serna, serían tratados por Espartero en la conferencia de Salta, celebrada a finales de 1823, y cuya validez sería revocada por Fernando VII el 24 de diciembre del mismo año.
Y en 1824 tuvo ocasión la batalla de Ayacucho, en la que no estuvo presente Espartero, que había sido comisionado a Madrid, de donde volvió cuando ya Perú había caído en poder de los separatistas. Fue hecho prisionero y en 1825 dice que escapó. Llegó a Burdeos, de donde no se desplazó a España, supuestamente por falta de recursos, y finalmente llegó a España con las alforjas bien cargadas de oro, que los panegiristas afirman que fue ganado jugando a las cartas.
Esa
es la especie de políticos y militares que auspiciaron el liberalismo en
España. Y como queda manifiesto no fue cuestión sólo de enriquecimiento
personal. A un lado y otro del Atlántico hubo
enfrentamientos militares que arrasaron con todas las riquezas e hicieron
especial hincapié en la destrucción de todo lo que significase industria, y al
frente de la artillería que llevaba a cabo las destrucciones había mandos
ingleses. Toda la industria existente en las Españas fue metódicamente
destruida por los ejércitos en cumplimiento de los intereses británicos, que
dejaban sometidos los territorios al gobierno declaradamente liberal y
ocultamente británico.
Y tras la
batalla-teatro de Ayacucho todo quedó rematado. Y cómo quedó rematado lo
explicó ante el parlamento inglés George
Canning, secretario de asuntos exteriores británico en aquel momento. Sus palabras
fueron: El clavo está remachado. La
América española es libre, y si no gobernamos tristemente nuestros asuntos,
será inglesa.
Que
hoy exista en Argentina un pueblo que se llama Canning, tal vez nos indique si
Inglaterra gobernó sus asuntos tristemente o no.
Irremisiblemente, en
las distintas divisiones territoriales que impusieron a la América española
quedaban configurados gobiernos liberales que cumplían las instrucciones
marcadas desde Londres. Libre comercio para llevarse materias primas a precio
de ganga, y libre comercio para vender en toda la Hispanidad manufacturas
británicas libres de aranceles.
Y los gobiernos
liberales conformados a un lado y otro del Atlántico, que habían entregado a
Inglaterra todo el tesoro acumulado en los depósitos de los virreinatos, se
veían obligados a contratar empréstitos con Inglaterra, que lo hacía a tipo
abusivo… y con los mismos capitales que se había llevado de los virreinatos anteriormente.
Tengamos en cuenta
que la colonia conocida como El Ecuador, terminó de pagar ese endeudamiento de
1820…a finales del siglo XX, … y hoy, 2025, ni tan siquiera tiene moneda
propia.
El liberalismo, así,
en el mundo hispánico representó la involución económica, política, social y
cultural.
Tengamos en cuenta
que mientras en Londres tiraban a la calle las aguas negras, en México existía
alcantarillado…. Podemos seguir dando multitud de datos, pero hay uno que me
llama especialmente la atención: La formación de las personas.
En América, cuando
España era España, se fundaron hasta treinta instituciones de educación
superior; en Filipinas dos, mientras en los dominios europeos nos sobran todos
los dedos de la mano para contar, tanto las de enseñanza superior como de
enseñanza media.
Con esa fotografía de
la enseñanza superior podemos empezar a pintar el cuadro de las enseñanzas
medias y de las enseñanzas elementales, y podemos suponer que siendo España la
cabeza del Imperio, no podía ir muy por detrás.
Y en lo económico,
antes de la llegada del liberalismo, México era la capital económica del mundo;
en ella convergía el galeón de Manila y la Flota de Indias con la
intermediación de los caminos reales.
Era la mayor
productora de plata, que por otra parte tenía una extraordinaria demanda en
China.
Y tras la separación,
¿Qué quedó?... La miseria y la dependencia exterior.
El liberalismo, así,
representó la más absoluta de las ruinas para México, para Perú… para la
Hispanidad entera.
3.- Y en relación a
la base social, ¿Qué influencia tuvo el liberalismo?
En América, a lo
largo de la Conquista, España literalmente se expandió en todos los ámbitos,
incluidos los relativos a la organización social y política, justo en un
momento de gran ebullición social que consiguientemente también propicio en
esencia los mismos grandes cambios en la propia península, en una acción que
remarca la esencial unidad entre las Españas.
Y es que en esencia,
ese trasplante que señalamos existió en América lo era de una esencia nueva,
incluso en aquellos términos que, como la Encomienda, se implantaban en América
mientras eran erradicados en la España peninsular.
La implantación del
nuevo derecho no represento así la eliminación del derecho autóctono, sino la
organización jurídica que acabo vertebrando toda la sociedad, y que procuraba
facilitar la vida civil con el reconocimiento como “republica de indios” a
aquellos que deseaban permanecer mas apegados a sus costumbres ancestrales.
Repúblicas de indios
que, como las villas y las ciudades estaban dotadas de un Cabildo cuyas
resoluciones tenían validez legal tras haber sido aprobadas por el Corregidor.
Contrariamente a lo
que luego haría el espíritu de la Ilustración, tanto el derecho consuetudinario
indígena como ciertos aspectos de la organización social y política de las
comunidades eran debidamente atendidos y no en pocas ocasiones asumidos, aun
chocando con los intereses de determinados sectores de la población española.
Se preservaba así, en
todo lo que no contradecía el iusnaturalismo, las costumbres locales, que en no
pocos casos prevalecían sobre la legislación específica para Indias.
Ante semejante
pensamiento, totalmente plausible, se impone la realidad, y que queda
completada con el hecho de la redacción de las leyes, siendo que el estudio
científico del derecho se inicia en 1551 en las Universidades de México y Lima
fundadas ese mismo año.
La de México conto
con cátedras de Cánones, Decretos, Leyes e Institutas; y la de Lima, de Leyes,
Institutas, Prima y Víspera de Cánones. Estudios que no tuvieron parangón en
las universidades que los europeos fundaron en América… sencillamente porque no
fundaron ninguna.
Y en el momento de la
invasión napoleónica, cuando las comunicaciones transatlánticas estaban casi
decapitadas, los españoles americanos tuvieron especial significación en las
instituciones, siendo que hasta seis de ellos fueron presidentes de las Cortes
en otros tantos periodos; otros seis fueron vicepresidentes; y uno, secretario;
y tres participaron en la redacción de la Constitución.
Trece novohispanos
asumieron la más alta representatividad en las Cortes de Cádiz.
También en el terreno
de la cultura podemos citar a quienes forman parte del Siglo de Oro de la
Literatura Española.
El Inca Garcilaso de
la Vega, mestizo que nace en América y va a morir a España, sor Juana Inés de
la Cruz… y otros apellidos nos muestran la grandeza: Tezozomoc, Ixtlilxochitl,
Guaman Poma, Pachacuti Yamqui… Y Mateo Aleman... nacido en la España europea
que terminó su vida en México.
Los procesos de separación
en la América española, contra lo que la historiografía tradicional y
mediatizada ha difundido, no fueron consecuencia de un movimiento anticolonial,
sino que formo parte de un plan estratégico británico para la conquista de España
que, a lo largo de décadas, estuvo formando a los próceres, peninsulares y Americanos,
quienes se encargarían, en el momento oportuno, de posibilitar la disolución de
la monarquía española. De hecho, lo que conocemos como España no es sino un
trozo de España; una nación artificial surgida de la descomposición de España.
Revolución dentro del
mundo hispánico que no obedecía a intereses del mundo hispánico sino a
intereses del naciente capitalismo y, como consecuencia, de la necesidad de
expansión económica de la nueva potencia mundial, Inglaterra, que exigía la
eliminación del Imperio Español, por la importancia del mismo; proyecto que se
presentaba como factible dada la situación de precariedad institucional que
había venido gestándose en España desde hacía dos siglos en busca de las
condiciones que ahora se presentaban como idóneas.
El liberalismo
propició un conjunto de guerras que consiguieron convertir lo que por
naturaleza y por evidencia eran los
lugares más prósperos y tranquilos de la tierra en nidos de delincuencia,
miseria y, sobre todo, dependencia.
Unas guerras que se
cobraron cerca de 800.000 vidas en una población de poco menos de 20 millones
de habitantes.
Y en lo económico,
minería abandonada y destruida… y enajenada a quienes llegaron como amos de lo
ajeno. Las propiedades, expropiadas a sus legítimos dueños, siendo los más
perjudicados, al menos en cuanto a número, los indios.
Pero, al fin, estos
males serían los de menor envergadura. La destrucción del Imperio y la creación
de veinte entidades independientes entre ellas facilitaría la deglución de
todas ellas por parte del imperio británico naciente. Desde España hasta
Filipinas quedarían todas las Españas, no solo destruidas, sino enteramente
colonizadas por ideas y por capital británico, que alcanzaría desde la producción
agraria hasta la industria… allí donde permitieron construirla, y totalmente
saqueado de sus riquezas. Y así persiste dos siglos después.
Si el destino era
común antes de la separación, el destino siguió siendo común tras ella.
Las élites políticas
y económicas aprendieron a mirarse en el espejo británico y a depender de sus
instrucciones. Nada se llevará a efecto sin la autorización de los amos, que se
aseguraron el dominio con tratados internacionales de sumisión; tratados que
comenzaron a redactarse en Buenos Aires como de amistad, comercio y navegación,
que se extendieron a lo largo y ancho del antaño orgulloso Imperio, y cuya
finalidad no era otra que perfeccionar nuestra esclavitud. Tratado de amistad
que los próceres jaleaban sin rubor con proclamas como la de Juan Bautista
Alberdi cuando reclamaba que:
...cada afluente
navegable reciba los reflejos civilizadores de la bandera de Albión; que en las
márgenes del Pilcomayo y el Bermejo brillen confundidas las mismas banderas de
todas partes que alegran las aguas del Támesis, río de Inglaterra y del universo.
A todo esto hay que
añadir que, tras la separación de España, los indios pasaron a ser perseguidos
y expoliados, y todo como reflejo directo de la actuación británica a lo largo
y ancho de su imperio.
Y es que, además de
la Hispanidad en su conjunto, de la Patria, ¿quiénes fueron los grandes
perdedores directos de este sinsentido?: los indios, que, desde entonces,
cuando dejaron de ser súbditos del rey de España, fueron ignorados por una
república levantada según el modelo de la sociedad liberal… Y todo aquel que no
perteneciese a la oligarquía…
Pero, de todos estos
desastres, alguien sacaba beneficio: los británicos en primer lugar, como
venimos observando, y los usenses, y los franceses… y los oligarcas locales,
como no podía ser de otro modo.
Las comunidades
indígenas sufrirían las reformas introducidas por el gobierno a mediados del
siglo XIX…/… Los reformadores radicales de mediado el siglo echaron por el
suelo la protección de los resguardos indígenas y posibilitaron que sus tierras
pudiesen ser vendidas y alquiladas a extraños para su explotación, con el
pretexto de que los ingresos obtenidos por las comunidades indígenas por dicho
arriendo de tierras, se destinarían a la educación de los aborígenes.
Así eran liberadas
del pesado impuesto de la mita las comunidades indígenas.
Pero no acabaría ahí
la presión sobre las capas populares de la sociedad. Poco después, la libertad
de comercio de 1853 trajo la invasión de manufacturas inglesas, lo cual
significó el cierre de los talleres artesanales que habían gozado de protección
real durante el Imperio Hispánico. Por efecto de los empréstitos bancarios,
casualmente en manos británicas, desaparecieron las pequeñas propiedades y,
poco a poco, los diversos estratos de la población, desde los criollos no
oligarcas hasta quienes habían creído las palabras de los libertadores y, sobre
todo, las comunidades indígenas, se vieron obligados a malvivir en los arrabales,
comiendo su miseria.
Así, más
aceleradamente que de modo pausado, la vida económica y la vida social que
había sido puntera mientras estuvo unida la Patria, pasaba a desarrollarse como
elemento subsidiario de la banca extranjera. ¿De qué modo iba a desarrollarse
esa vida a partir de ese momento? Era la expresión de la Edad Media rediviva;
aquel esplendor que en tiempos tuvo el Imperio Romano devino en la miseria
económica, moral y física entre los pueblos surgidos de su caída, y la
experiencia se repetía con la nueva invasión de los bárbaros que, si en esta ocasión
no llegaron a destruir las esplendorosas ciudades construidas al amparo del
Imperio Hispánico (salvo excepciones como Buenos Aires y Bogotá), sí
destruyeron los obrajes y las industrias locales y crearon a su alrededor una
ciudad de chabolas (o poco menos), que desasosiegan al visitante y lo dejan
perplejo al constatar la existencia de lo que hoy ya son cascos antiguos,
perfectamente identificables con ciudades de la España peninsular, rodeados de
inmensas zonas urbanas indignas de convivir con aquellos.
En toda Hispanoamérica,
desde México a Buenos Aires, la parte más rica, la más prestigiosa, del
comercio local quedará en manos extranjeras; luego de cincuenta años en Buenos
Aires o Valparaíso, los apellidos ingleses abundarán en la aristocracia local.
Aun fuera de los puertos la situación de los comerciantes extranjeros es
privilegiada; en su viaje a México, al comienzo de la década del cuarenta, un
viajante podía notar cómo en todas partes las casas más ricas de los pueblos
habían pasado a manos de comerciantes ingleses. Así la ruta de Liverpool
reemplaza a la de Cádiz, y sus emisarios pasan a dominar el mercado.
El cambio sin duda no
se detiene aquí: el comercio de Inglaterra, ahora sí, metrópoli, es en muy distinto
del comercio anteriormente existente dentro del mercado español. Nunca aparece
más diferente que en sus comienzos: entre 1810 y 1815, los comerciantes
ingleses buscan a la vez conquistar los mercados y colocar un excedente
industrial cada vez más amplio.
Son los años de las
acciones audaces, cuando los mercaderes aventureros rivalizan en la carrera
hacia las comarcas que la guerra va abriendo, en las que quieren recoger «la
crema del mercado». En esos años es destruida la estructura mercantil heredada
y todos pasan a servir los intereses del
comercio depredador instaurado por el liberalismo.
Los otrora
territorios boyantes, las otrora sociedades orgullosas, pasaron a convertirse,
las unas en factorías al servicio de la metrópoli, y los otros en siervos que
esperaban perrunamente atentos las caricias del amo.
4.- Te has remitido
muy especialmente a América. ¿podrías matizar algo más sobre lo acontecido
aquí, en la Península?
La vida en el siglo
XIX en España es directamente atroz. Si lo de América borda la infamia, la
península no quedaba rezagada.
Asesinatos,
persecuciones, traiciones manifiestas de Fernando VII… atrocidades de todo tipo
y color.
Pero como el caso de
Fernando VII tiene sus peculiaridades y supera cualquier atrocidad, para no
extendernos demasiado nos vamos a centrar en lo acontecido tras su muerte,
acaecida el 29 de septiembre de 1833.
No vamos a decir que
en 1833 España salía de una época conflictiva. Más bien al contrario, España se
adentraba cada vez más en el conflicto, y con los liberales controlando el
poder, la situación es para tratarla con pinzas.
Así, la Corona hablaba de “sana política”, de voluntad de respetar el orden establecido, de patria… mientras sus actuaciones, rápidas, decididas e incontestables, acababan con todo lo que con la palabra decía defender.
Fernando VII había
tenido una agonía propia de su estilo de vida, con lo que sentenciaba que, tras
su muerte, la probabilidad de guerra civil era superior al 100% de las
posibilidades de que tal circunstancia ocurriese. En sintonía con lo que había
sido su vida, apoyaba una postura y su contraria; así creó él solo dos bandos
que se enfrentarían a muerte: quienes apoyaban a su hija, Isabel, y quienes
apoyaban a su hermano, Carlos. Bandos que representaban algo más que un nombre.
En ambos casos, y sin que los titulares tuviesen gran relevancia para cada una
de las posturas, Isabel II era el banderín de enganche del liberalismo, y por
tanto de los intereses británicos, mientras su tío, Carlos María Isidro, que
por otra parte tenía contactos inconfesable con Inglaterra, era el banderín de
enganche de la España tradicional, del régimen polisinodial, de los valores y
de los fueros de la Hispanidad.
Todo el espectro político y social, que ya estaba salido de madre cuando en 1833 decretaron la amnistía, se enrocó sobre sí mismo cuando a la cochambre política que ya anegaba España, se unía la cochambre política que había ido al exilio como consecuencia de los enfrentamientos filo mafiosos que habían existido en vida de Fernando VII.
Los liberales victoriosos
precisaban ver reconocida su nueva situación con algo más; así, el 22 de marzo
de 1833 de produce una ampliación del decreto de amnistía por el que se
conceden sueldos a los que se habían exiliado. Repitamos ese punto del decreto
de amnistía: se conceden sueldos a los que se habían exiliado, y se les
reconoce con efectos retroactivo… y se les habilita para ocupar los puestos a
que hubiere lugar.
Pero la amnistía, al fin, no era más que otro clavo ardiendo de los que constantemente hizo uso Fernando VII para mantenerse en el trono; falto de apoyos populares, manifiestamente volcados con el pretendiente carlista, la corte y el gobierno eran perfectamente conscientes que la amnistía representaba algo más que un generoso perdón a los emigrados; era una constatación de la debilidad de los defensores de Isabel II, y un reconocimiento de su incapacidad para hacer frente al carlismo sin el apoyo de los liberales.
En esos momentos, el embajador británico en Madrid, Jorge Villiers, realizaría una función esencial en la defensa de los intereses británicos, y en comunicado a su gobierno exponía el acceso de la burguesía liberal al poder y la existencia de ministros dispuestos a realizar concesiones a Gran Bretaña.
Al instituirse como Princesa de Asturias a la princesa Isabel
fueron trastocadas las leyes y se produjeron movimientos tendentes a que los
jefes militares con mando en plaza no se adhiriesen al nombramiento, llegando
al extremo de proponer al Conde de Villemur, gobernador de Barcelona, fusilar a
Manuel Llauder, que acababa de ser nombrado capitán general, en cuanto pusiese
los pies en Cataluña, y llamar a las armas a las catalanes, unirlos a las
tropas de línea que tenía a su disposición y marchar sobre Madrid para libertar
a Fernando VII de la camarilla que lo rodeaba y lo acaparaba. Vamos, que los
mismos que eran combatidos por Fernando VII eran quienes se jugaban la piel por
Fernando VII.
Pero llegó el 29 de septiembre, y falleció
Fernando VII. Vuelven
del exilio los responsables del trienio liberal: Cea Bermúdez, Martínez de la
Rosa (conocido como Rosita la pastelera)… y de inmediato, en 1834, los frailes
fueron acusados de haber envenenado las aguas, lo que provocó una epidemia de
cólera, y este fue el argumento para llevar a cabo una feroz persecución
religiosa que se llevó por delante a toda una comunidad, excepción hecha del
padre Muñoz, cuñado de la reina, a quién le es respetada la vida. Otros
conventos no conocieron supervivientes; sus miembros eran asesinados a la vista
de las fuerzas del orden. Los desórdenes, según escribe Martínez de la Rosa se
cobraron la vida de 300 víctimas. Los desórdenes se extendieron a Zaragoza,
donde un fraile renegado, Crisóstomo de Caspe, destacó por su sadismo en medio
de la inmunidad y sería fusilado posteriormente por los carlistas; a Murcia; a
Reus, donde quemaron todos los templos; a Barcelona, donde hacen lo mismo; a
Valencia… Se crean juntas independientes en Cataluña, Valencia, Zaragoza,
Andalucía… cuya primera misión es exterminar a los religiosos y crear
constantes desmanes. La descomposición de lo que quedaba de España.
España estaba en medio de la primera guerra carlista, y la actuación de las potencias europeas, como no podía esperarse menos, era ambivalente. Lo que resulta curioso es comprobar que esa actuación es comprendida y aplaudida por las propias víctimas, como se hacía en aquellos mismos momentos, tal vez, por algún agente británico que, son siempre quienes encuentran justificación a las acciones llevadas a cabo contra España.
En esos justos momentos se crearon juntas en multitud de ciudades españolas; todas liberales, y todas dependientes de la Junta General de Emigrados de Londres. Todos masones que cumplían la función que les había sido asignada por Inglaterra, que no era otra que la de consagrar la situación creada tras la batalla de Ayacucho, reafirmando la fragmentación de la España americana; así, la Junta adopta la decisión de buscar el apoyo de los nuevos países hispanoamericanos, ofreciendo a cambio el reconocimiento de la independencia.
En ese orden de cosas, y como consecuencia del conflicto sucesorio de Portugal, el 22 de abril de 1834 se procedía a la firma del Tratado de Cuádruple Alianza por el que se obligaba a España a enviar tropas a Portugal para combatir a don Miguel. Todo, para mayor gloria de Inglaterra.
Y es que el gobierno español no dudaba en cambiar el rumbo de su política exterior para acomodarse a los intereses de Inglaterra. Tan es así que Cea Bermúdez estaba apoyando la causa de D. Miguel de Portugal al trono, pero Inglaterra apoyaba la causa de María de la Gloria, su oponente. Naturalmente, Cea Bermúdez cambió su postura para apoyar a María de la Gloria, candidata británica al trono.
Pero Cea Bermúdez fue más allá cuando proclamó que España se
pondría en manos de Inglaterra para garantizar la buena vecindad de Portugal.
Pero es que, además, ese tratado obligaba a España a importar manufacturas de
algodón procedentes de Inglaterra, así como un empréstito para atender las
necesidades que eran demandadas por la guerra contra la España tradicional.
Lo curioso del caso es que por otra parte, Inglaterra negociaba
con el pretendiente Carlos María Isidro, a quién le aconsejó acceder a la
independencia de los territorios que dominaba, para lo que ofrecía su
colaboración, independientemente del tratado de la Cuádruple Alianza que tenían
firmado.
Y en 1837, el embajador británico Villiers impuso al liberal Juan de Dios Álvarez Méndez, Mendizábal como ministro de Hacienda, ya que se encontraba, decía “dotado de tantas y tan brillantes cualidades para un momento de crisis como el presente, gozando como gozaba de gran reputación en el extranjero.”
Y
ante las
desventuras de España, las bolsas europeas respondían con alzas
generalizadas, algo que sucedió justamente al revés en 2016, cuando Inglaterra
planteó su futura retirada de la zona euro.
En 1855, el nuevo gobierno Espartero seguiría, como los demás gobiernos, sometido a las influencias británicas, de quienes dependían también económicamente. La dependencia era de un nivel que consagraba la dependencia colonial que venimos señalando, y que se extiende hasta nuestros días.
En medio
de esta dependencia, en 1859 el desprestigio del gobierno y la monarquía
liberales era absoluto. El nacimiento del príncipe Alfonso (futuro Alfonso XII)
sirvió para levantar alguna simpatía, pero el hecho más significativo no tenía
nada que ver con la naturaleza: El gobierno, con el permiso de Inglaterra,
inició la Guerra de Marruecos; algo que, tal vez, debía haberse producido con
anterioridad si España hubiese sido independiente. Pero no era así.
Los
conflictos habían ido reproduciéndose en Ceuta y Melilla a lo largo del año, y
las repuestas de Marruecos a las llamadas de atención eran dilaciones
permanentes. Los gobiernos de España miraban para otro lado, dando la
sensación de que los liberales no podían actuar sin instrucciones precisas de
Inglaterra.
Esa
instrucción tuvo lugar el
10 de Septiembre de 1859, cuando el gobierno británico comunicó al
español que
había enviado
dos navíos a Gibraltar, y que otras fuerzas navales irían a reunirse a dichos
buques, añadiendo que estas disposiciones sólo tenían por objeto atender a la
seguridad de los súbditos ingleses, amenazada por la anarquía que reinaba en
Marruecos.
Quedaba
claro a qué debían atenerse las tropas españolas, y con esa premisa, el 22 de
Octubre de 1859 se producía la declaración de guerra a Marruecos. Pura comedia con
derramamiento de sangre para el servicio de Inglaterra durante la cual fue
tomado Tetuán, acto que fue aplaudido por las cortes en pleno, mientras los
arsenales, las asociaciones profesionales y el ambiente general de España era
de patriotismo y apoyo a la acción, inconscientes de la banalidad de la misma.
Una
acción militar ejemplar digna de mejor destino que en 1860 se materializó en la
victoria del general Prim sobre los marroquíes en Castillejos.
Una
acción de la que el único beneficiado acabó siendo Inglaterra. Y es que parece
como si la campaña de África, promovida y auspiciada por Inglaterra y por
Francia
con unas condiciones que impedían la conquista, estuviese destinada a demostrar
qué capacidad real tenía el ejército español; así, comentando las operaciones
del momento, el 8 de febrero de 1860 comentaba Carlos Marx lo siguiente:
Los
generales españoles parecen haber perdido por completo la costumbre de manejar
grandes contingentes de fuerzas, de preparar operaciones extensas, de hacer
avanzar a un ejército que, después de todo, apenas iguala en número a uno de
los cuerpos del ejército francés que tomaron parte en la última campaña de
Italia.
Marx
hace un análisis exhaustivo, y señala:
A la luz
de estos hechos (los errores tácticos), es evidente que, en el ejército
español, tanto las ideas como sus aplicaciones en la práctica son de un
carácter muy anticuado. Con una flota de vapores y transportes a vela
constantemente a la vista, esta marcha es perfectamente ridícula, y los hombres
puestos fuera de combate durante ella por el cólera y la disentería fueron
víctimas inmoladas a los prejuicios y a la incapacidad. (Marx 1860)
Tras la
batalla de Wad–Ras el califa manifestó su voluntad de acabar con la guerra,
convencido que las tropas españolas tomarían Tánger en un par de días. El
califa Muley-el-Abbas aceptó todas las condiciones presentadas por O’Donnell, y
dio fin a la guerra con el único beneficio de que el gobierno ganó prestigio
frente al pueblo español.
Parece
que Inglaterra quedó contenta de la actuación del ejército español en África,
por lo que, el 31 de octubre de 1861 el gobierno de O'Donnell firmaba un
convenio con Inglaterra y con Francia por el que España se comprometía a
defender los intereses británicos y franceses en México, para lo que se
organizaba una expedición militar en la que España debía aparecer como cipayo.
A lo largo del siglo XIX casi
sesenta gobiernos se sucedieron velozmente en el poder. Pueden distinguirse
distintos períodos según la tendencia política que presidiera el gobierno:
período liberal (1833-36), regencia de Espartero (1840-43), transición
(1843-1844) a la década moderada (1844-54), bienio progresista (1854-56),
reacción moderada (1856-58), gobierno de la Unión Liberal (1858-64) y el
cuatrienio final de tendencia ecléctica. El último gobierno del reinado,
presidido por el ultra conservador González Bravo, representó la reacción
autoritaria que desencadenó la Revolución de 1868 y la crisis final de la
monarquía.
5.- Son palabras muy duras contra el liberalismo. ¿No hay posibilidad de entendimiento desde una postura hispánica?
Creo que la respuesta ya ha quedado dada, pero podemos profundizar en el asunto.
Ya he dicho que la obra educativa desarrollada en América por España no tiene parangón. Y la labor destructiva de la Ilustración, (y el liberalismo, como el marxismo, es ilustración), podemos empezar a señalarla con la expulsión de los jesuitas el año 1767.
Llegó la Ilustración;
expulsó a los Jesuítas, que tenían una extensísima red educativa… Y no tuvieron
profesores para sustituirlos…
Sí, hicieron
bastantes leyes… pero tengamos en cuenta que los promotores de la ilustración
no sólo no son filósofos, sino que contrariamente a la filosofía tradicional
española, escolástica, entienden y manifiestan en sus escritos que la mentira
es un buen instrumento para la consecución de sus objetivos.
Al amparo de esa teoría
que no es filosofía, sino sofismo, el mismo que combatía Sócrates, primero se
arrogaron el título injusto de filósofos; luego produjeron toda la leyenda
negra contra España; seguidamente comenzaron a minar, muy exitosamente por
cierto, las instituciones… Y a partir de ese momento, el trabajo fue sobre
ruedas.
Y volviendo al asunto
de la formación cultural, para no perder el hilo, la involución fue
espectacular; tanto, que mediado el siglo XIX España había pasado a ocupar el
primer sitio en cuanto a analfabetismo se refiere, lo que posibilitó que en
1857, la Ley Moyano estableciese la obligatoriedad de la instrucción primaria
en España, para los niños de entre los 6 y 9 años.
Y todo para mayor
gloria de la Ilustración… y para nada más, porque ni de lejos alcanzaban los
medios aplicados para que pudiese asemejarse la enseñanza a la aplicada dos
siglos antes.
Y es que, conseguida
la separación de España en pequeñas partes, las controlaron desde los
cimientos; la involución en todos los campos comenzó a desarrollarse de forma
armoniosa, y la cultura sufrió la peor involución imaginable. Tan es así que
sólo tiene parangón en la Historia con la caída del Imperio Romano, cuando la
misma Roma, algo inaudito, acabó convirtiéndose en un villorrio.
España dejó de contar
en el concierto internacional, como no podía ser menos dado que se había
troceado en colonias que aceptaban sin rechistar las imposiciones que les
venían dadas desde Londres.
Pero es que dejó de
contar en todos los ámbitos, siendo que, sin dejar de existir mentes preclaras
que mantenían viva la herencia cultural y científica que permitió a España
dominar el mundo, sin dejar de reconocer actuaciones de envergadura como la
creación de la Academia de la Lengua, la Real Academia de Ciencias Médicas,
Físicas y Naturales de La Habana, y una importante red de instituciones, la
verdad es que esas actuaciones pueden ser consideradas como heroicas en una
colonia que acababa cediendo todo, conocimientos incluidos, al enemigo que la
tenía sometida.
Así, nos encontramos
con personajes como Fernando Villaamil, creador del destructor, que lógicamente
no fue desarrollado en España, sino en Inglaterra, o Isaac Peral, cuyo descubrimiento
científico estaba destinado a ser el motor de la descolonización de España… y
fue boicoteado por el propio gobierno, por la propia oposición y la propia
corona.
Y de ahí, in crescendo, hasta la actualidad.
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