La Revolución Francesa no sólo significó una espiral de terrorismo en Francia, donde los principios del liberalismo se cebaron sobre la población pacífica, sino que fue el principio de un rosario de conflictos bélicos que comportaron importantes consecuencias para los distintos países neutrales.
Así, Dinamarca y Noruega cerraban el siglo XVIII sellando un pacto de neutralidad con Suecia, Rusia y Prusia, contrario a los intereses británicos, a consecuencia de lo cual, Inglaterra intentó al siguiente año, 1801, expulsar a Dinamarca de la alianza, lo que ocasionó una batalla naval en Copenhague sin resultados satisfactorios para Inglaterra, que en 1807 iniciaba un nuevo ataque contra Dinamarca dando lugar al bombardeo y rendición de Copenhague, tras lo cual la flota danesa fue confiscada y llevada a Gran Bretaña.
Seguidamente Dinamarca firmó una la alianza con Napoleón, lo que conllevó la toma militar del territorio danés por parte del ejército francés, que estaba compuesto por unas 33.000 unidades de origen francés, holandés, belga, alemán… y español.
Esa presencia del ejército español en Dinamarca, así, viene provocada en primera instancia por los intereses de Napoleón en la zona; la segunda instancia viene provocada también por los mismos intereses, pero en esta ocasión a través del control que el mismo tenía sobre la corte de Carlos IV.
Y es que la España del siglo XIX no era la España del siglo de oro de los Austria, sino la ilustrada de la casa Borbón que ya en el Tratado de Basilea de 1795 cedió los dos tercios orientales de la isla de La Española, hoy el país de República Dominicana, a Francia.
Ahora el sometimiento de la corona española a los designios de Napoleón había tomado cuerpo en el tratado de San Ildefonso, firmado en la Granja el 1 de octubre de 1800, el mismo año del pacto de neutralidad firmado por los países noreuropeos. En este tratado, España cedía a Francia la Luisiana a cambio de un etéreo territorio en la Toscana, que sería convertido en reino cuyo titular sería el príncipe Fernando I de Borbón Parma, y que al fin sólo serviría como infraestructura en el envío de tropas españolas a Dinamarca al servicio de los intereses de Francia. Además de la Luisiana, España entregaba a Francia seis navíos de 74 cañones.
Pero el sometimiento de España a los intereses de Napoleón no se limitaría al Tratado de San Ildefonso; así, el 13 de febrero de 1801 fue firmado el conocido como Tratado de Aranjuez, por el cual los ejércitos y la marina de España quedaban sometidos a la voluntad francesa, en junto con el estado vasallo francés de Batavia en los Países Bajos cuya existencia como estado se verificó entre 1795 y 1806.
Por este tratado se confirmaba el del año anterior firmado en La Granja añadiendo que Luis Fco. De Borbón Parma pasaba a ser rey de Toscana, debiendo pagar España una indemnización a Fernando I de Borbón, pero éste se negó a la componenda, y el ducado pasó a Francia cuando en 1802 falleció Fernando I.
El manifiesto sometimiento de España establecía una alianza política y militar con Francia y contra el Reino Unido y Portugal.
En la evolución de los acontecimientos, y tras el desastre de Trafalgar de 21 de Octubre de 1805, Napoleón dispuso el bloqueo continental el año 1806, con la intención de ahogar el comercio británico.
Es en el curso de esta situación cuando el ejército imperial sufrió un enorme desgaste en el frente ruso, lo que forzó a que Napoleón reclamase a España el cumplimiento de los acuerdos de Aranjuez.
A primera vista del curioso, parece como si la conformación y envío de tropas españolas a Jutlandia fuese una maniobra predeterminada por la mentalidad estratégica de Napoleón para apartar tropas veteranas del presumible enfrentamiento que tendría lugar en España, pero esa idea puede ser tomada en segundo término si tenemos en cuenta otros decisivos acontecimientos que tuvieron lugar en esas fechas.
En esta situación llegó el año 1807 cuando el 8 de febrero fue diezmado el ejército francés en la sangrienta batalla de Eylau, en Rusia. Consiguientemente, Napoleón necesitaba tropas, y al amparo de los artículos III y V del Tratado de San Ildefonso, exigió a España el aporte de una división que iría destinada a las guarniciones del norte de Europa, donde los ingleses podrían intentar un desembarco.
Como consecuencia sería preparada una expedición compuesta por 10.743 hombres de infantería comandados por 70 capitanes y 239 suboficiales; 2494 caballos con 3.089 soldados de caballería comandados por 48 capitanes y 98 suboficiales; 356 caballos con 303 artilleros comandados por 4 capitanes y ocho suboficiales y 103 zapadores con 3 suboficiales y dos capitanes y 25 piezas de artillería. 6.000 de esos efectivos se encontraban en Etruria, y todo se ejecutó bajo las órdenes de un numeroso Estado mayor.
Los efectivos requeridos por Napoleón eran una parte importante del total del ejército español, que para esas fechas contaba con 87.201 infantes, 16.623 jinetes, de los que sólo tenían montura 10.960, 6.971 artilleros y 1.233 de tropas de ingenieros.
A esos efectivos había que añadir las milicias provinciales de infantería, que suponían un total de 32.418 hombres.
Teniendo en cuentas estas cifras, el aporte que exigía Napoleón equivalía al 11,5% de los infantes; el 24% de los jinetes y el 36,5% de las monturas, que consiguientemente no se encontrarían presentes en los campos de operaciones españoles cuando se produjese la invasión francesa.
Al frente de ese ejército expedicionario figuraba el teniente general Pedro Caro y Sureda, tercer marqués de la Romana, y estaba llamado a ser parte de un ataque combinado de los ejércitos danés y francés contra posiciones suecas, donde el aporte del ejército español estaba destinado a servir colmo apoyo de la operación en la provincia de Zelanda.
Las tropas del marqués de la Romana, reunidas en Florencia, partieron hacia su destino el 22 de abril de 1807; a pie atravesaron la Confederación Germánica, y participaron en la toma de Dinamarca, pasando a establecerse en las islas y controlando el tráfico entre los estrechos.
Pero para llegar a desempeñar esa función el ejército hubo de realizar previamente una marcha a pie de 1300 kilómetros comandada por el general Kindelán, segundo jefe del cuerpo expedicionario, que ya había recorrido los mil cien kilómetros desde España hasta Florencia, lugar de concentración.
Una marcha que contaba con todas las complicaciones logísticas de un ejército en ese momento de la historia, cuando era habitual transportar, además de armas y municiones, bagajes privados y hasta la familia de no pocos soldados, a todo lo cual había que añadir la compañía de mercaderes y prostitutas.
Un conjunto humano que precisaba una peculiar atención al abastecimiento de alimentos y bienes fungibles, así como proveer a la tropa de lugares de descanso a lo largo de todo el trayecto, aspecto este último cubierto por los habitantes de los lugares recorridos, que debían alojar y alimentar a los soldados que les eran asignados, a cambio de compensaciones cubiertas por las autoridades.
En un detallado relato del viaje, Rafael Milans del Bosch, expedicionario, señala los lugares de paso: Perpiñán, Monpelier, el Piamonte, y luego el Camino Español atravesando el norte de Italia, Tirol, Baviera Augsburgo y Maguncia donde cruzaron el Rin en un puente de barcazas, penetraron en el estado de Hessen y llegaron Hannover, donde la amenaza británica era más patente, entre el 12 y el 24 de junio de 1807.
La marcha sólo conocía un descanso cada diez días, dedicando diariamente a caminar entre diez y doce horas, si bien, señala Milans que tuvieron que dejar poca gente a consecuencia de enfermedad.
El cuerpo expedicionario español fue integrado en el Ejército del Elba, bajo el mando del mariscal Bernadotte, príncipe de Pontecorvo, y permaneció varios meses acantonado entre Hamburgo y Lübeck, hasta que fue ordenada su macha a Dinamarca en marzo de 1808.
Ese periodo de inactividad militar dio lugar a que aquellos soldados de fisonomía tan distinta a la de los naturales del lugar, confraternizasen con la población a que si por una parte incomodaban por su presencia, por otra aportaban una vivacidad desconocida en el lugar.
Así, se dio lugar a relaciones relajadas, como la que en Roskilde, al norte de Zelanda, nos relatan las crónicas, presentando a los soldados españoles esperando la hora del recreo de los niños para jugar con ellos.
El 29 de abril de 1807 se produjo cierto movimiento de tropas cuando fue formado el “Cuerpo de Observación”, compuesto por unos 38.000 hombres, de los cuales una parte eran miembros del contingente español. Este cuerpo, comandado por el Mariscal Brune, sería el responsable de defender las embocaduras de los ríos Ems, Weser y Elba.
El resto del cuerpo expedicionario español fue destinado al control de las villas hanseáticas, de vital importancia para la seguridad de la costa y objetivo conocido de la tradicional actividad contrabandista británica.
La actividad militar de las tropas españolas era nula en estos momentos, y el general francés Brune quería emplearlas en el asedio a la ciudad de Stralsund mientras el Mariscal Berthier deseaba aplicarlas en la protección de las costas donde ya estaban desplegadas.
Fue este el momento en que la División del Norte, que así era denominado el ejército español al servicio de Francia, estuvo encargada de controlar la costa a fin de garantizar el bloqueo señalado por Napoleón en el ámbito de Dinamarca, lo que comportó que las tropas estuviesen repartidas a lo largo de la península de Jutlandia y en las islas situadas entre el pequeño y el gran Belt y en la de Zelanda, sufriendo de una difícil comunicación entre ellos, e informados de los sucesos de España a través de las autoridades francesas.
Pero ese encargo del control de las costas no impidió que el general Brune, mediado el mes de julio, destinase los regimientos de Villaviciosa y Algarve a la división Molitor que asediaba Stralsund.
El 5 de agosto de 1807 comenzó el combate por la toma de Stralsund, que se rindió el día 18. El día 15 el regimiento de Guadalajara excavó las primeras trincheras, y su capitán Rafael de Llançá y Valls mandó los 600 hombres que abrieron brecha en la muralla. Fue el primer combate en el que participaron, y en el mismo alcanzaron el reconocimiento del mariscal Bernadotte, que distinguió con la Legión de Honor al jefe de la división, Juan Kindelán.
Por parte del ejército francés, las secuelas de la batalla de Eylau del 8 de febrero pasado resultaban evidentes, siendo que en julio era firmado un tratado de paz con Rusia.
Calmado el frente del este y vaciado en gran parte el contenido del ejército español, el 27 de octubre de 1807, España autorizaba la entrada de tropas francesas que supuestamente se dirigían a atacar Portugal, aliado de Inglaterra. Había sido firmado el Tratado de Fontenebleau.
Y cuatro meses después, Dinamarca declaraba la guerra a Suecia al negarse ésta a apoyar el bloqueo marítimo que Francia había decretado contra la Gran Bretaña.
Las tropas del marqués de la Romana, ubicadas en la península de Jutlandia, pudieron observar cómo se congelaba el mar, con lo que se podía temer una invasión sueca, al tiempo que se hallaban cercadas sin posibilidad de apoyo marítimo. Las fuerzas de Napoleón, en ese momento también la División del Norte, podían cruzar a pie el estrecho de Sund.
El 2 de febrero pasaron dos regimientos de infantería a Zelanda mientras el grueso del ejército español permaneció en Jutlandia y en Fionia. En marzo de 1808 llegó el primer batallón del Regimiento de Asturias a Roskilde.
Es en ese momento cuando, puesta en marcha la maquinaria francesa para atacar Portugal al paso que ocupaban militarmente España, Napoleón ordenó la dispersión de las tropas españolas destacadas en Dinamarca.
Y lo hacía el 13 de abril cuando ordenaba a Luis Alexandre Berthier:
El Príncipe de Ponte-Corvo debe..... dispersar la caballería para la defensa de las costas; dispersar los españoles en las islas para la defensa HOLR de Fionia y los demás puntos...../… Haréis conocer al Príncipe de Ponte-Corvo que las tropas españolas merecen alguna vigilancia; que es necesario aislarlas de manera que en ningún caso puedan hacer nada.
Se formaron con ellas pequeños destacamentos que se distribuyeron en multitud de islas, alejados unos de otros. Ahora sí parece evidente que la voluntad francesa era evitar motines cuando llegasen noticias de la invasión de España.
Esa evidencia queda reflejada por la declaración del mismo Napoleón decía a Talleyrand el 23 de Abril:
Ya comprenderéis que, después de todo, yo no podía cometer la ligereza de enviar mis soldados contra Suecia, y que no es allí donde se hallan mis intereses.
Parece confirmarse así la idea de que la creación de este cuerpo expedicionario fue pergeñada por Napoleón con el objeto de debilitar la defensa interior de España de cara a la posterior invasión.
Cuando Napoleón fue informado de la revuelta de Aranjuez procuró que la noticia llegase con las convenientes prevenciones a conocimiento del marqués de la Romana, para lo que indicaba al mariscar Bernadotte:
Hablará de esto con el comandante en jefe de las tropas españolas, y tomará todas las medidas que crea necesarias para que los últimos acontecimientos no produzcan mal efecto en los soldados. El odio que esas tropas, como todos los españoles, sentían hacia el Príncipe de la Paz, les hará, indudablemente, agradable esta noticia; pero, como me aseguran que hay un partido favorable al rey Carlos IV, que se ha visto obligado a abdicar, y sería posible que el Príncipe de Asturias no tardase en hacerlo también, es necesario ocultar, lo más que se pueda, a esas tropas el conocimiento de aquellos sucesos.
Y para la consecución de ese objetivo llevaron a cabo otras actuaciones, como fue interceptar la correspondencia de los españoles y la censura de las noticias que sobre España eran publicadas por la prensa. A pesar de todo llegaban algunas noticias, y la preocupación creció en todos los miembros de la expedición, especialmente en los mandos, dado que el marqués de La Romana, y hasta primeros de marzo, había mandado cinco despachos a Madrid sin recibir respuesta alguna, lo que le indujo a enviar a dos de sus ayudantes, más que como portadores de su correspondencia, para que le reportasen información veraz de los acontecimientos, especialmente el estado político de España, ya que las comunicaciones que eran suministradas por Francia señalaban la proliferación de motines ocasionados por gentes de baja estofa, siendo que la mayoría del pueblo se encontraba feliz por haberse librado de la peste borbónica.
El 5 de Mayo de 1808, en un acto grotesco celebrado en Bayona, abdicó Carlos IV y abdicó Fernando VII. Carlos IV escribió un comunicado al pueblo español:
He tenido a bien dar a mis vasallos la última prueba de mi paternal amor (...) Así pues por un tratado firmado y ratificado he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias.; habiendo pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e íntegra y que nuestra sagrada religión ha de ser la única que ha de observarse.
Y tras la humillante nota de Carlos IV, el 12 de Mayo, Fernando VII y los infantes Don Carlos y Don Antonio expidieron una proclama al pueblo español en la que comunicaban la felonía perpetrada una semana antes, y ordenaban que se defendieran y acataran las órdenes de Napoleón.
Por su parte, el príncipe Pontecorvo conminó al marqués de la Romana a que lanzase una proclama de adhesión a José I Napoleón. El marqués, bastante más digno que la familia real, y con el inconveniente de tener que resguardar la integridad de las tropas a su mando, dio largas y disculpas peregrinas a lo que le era demandado, mientras buscaba el medio de escapar de lo que se había convertido en un avispero para las tropas españolas, debiendo guardar las formas ya que formalmente quienes lo mantenían enclaustrado no eran otros que sus propios aliados.
Pero además La Romana debía cubrir el expediente, por lo que el 11 de junio cursó a Napoleón un escrito de felicitación por el nombramiento de su hermano José, y a éste tres días después, ofreciéndole en nombre de sus tropas el homenaje y sumisión.
Por su parte, la tropa manifestaba sin rubor su malestar y en su seno crecía la desconfianza hacia su general, que era tentado por Napoleón con un principado. Paralelamente, las Juntas de Asturias, Galicia y Sevilla no tardaron en ponerse en contacto con el eterno enemigo, Inglaterra, a quién sometieron política y económicamente España como único medio de librarse de Napoleón. El compromiso que buscaban, a cambio de la hipoteca eterna firmada a favor de Inglaterra, era la repatriación de las tropas españolas del marqués de La Romana, cuestión ésta última que si bien se llevó parcialmente a efecto, nunca fue prioritaria ni de obligado cumplimiento para los británicos.
Entre tanto, el ejército francés dispersaba las tropas del marqués de la Romana en varias plazas al objeto de dificultar la comunicación entre ellas, al tiempo que censuraba la correspondencia.
El cuartel general quedaba instalado en Nyborg, capital de Fionia; la División de Jutlandia quedaba al mando del general Kindelán; la División de Fionia al mando del marqués de la Romana, y dos Batallones ligeros y un Regimiento de línea quedaron bajo el mando directo francés en Svedenborg, Langenland y Zelanda.
La situación de los soldados españoles era francamente comprometida, por lo que el marqués Pedro Caro y Sureda debió jugar unas cartas diplomáticas en extremo sutiles; así, el 24 de Junio envió carta de felicitación a José I Bonaparte por su asunción al trono, dando evidentes signos de que las felicitaciones eran auténticas.
La contrapartida era que esa actuación exacerbaba los ánimos de la tropa, entre la que circulaba el rumor de que el perfecto enemigo de España, Inglaterra, había propuesto un plan de evacuación que el marqués había desestimado.
Y justo ese rumor animó al príncipe Pontecorvo a plantear juramento de fidelidad a José I. Propuesta que fue ordenada también por Luis de Urquijo, secretario de Estado de Carlos IV y de conformidad con el texto de la propia constitución de Bayona.
Esa actividad tomaría finalmente cuerpo el 12 de julio, cuatro días después de la proclamación del Estatuto de Bayona, cuando el rey de España, José Bonaparte, encargó al general Bernadotte exigir el juramento a la división española de Dinamarca, cuestión que acabaría acarreando serios problemas, a pesar de haber tomado medidas para minimizar la respuesta negativa que se preveía, y que incluía requerir el juramento de los expedicionarios, por separado.
Y efectivamente, juraron los regimientos acantonados en Nyborg, en Lonys-Insul y el regimiento de artillería acantonado en Vindemaye, pero no lo hicieron los acantonados en Odensee, quienes prorrumpieron en un sonoro abucheo cuando les fue leído el juramento.
En medio de esa situación, el general Pedro Caro, excusándose en una revista de inspección, planeó concentrar todas las tropas en la isla de Fionia, pero el 22 de julio fue abortado el proyecto al haber ordenado el general Bernadotte la toma del juramento allí donde se encontraban las guarniciones; orden que fue emitida directamente al Marqués de La Romana en Fionia, al general Kindelán en Jutlandia, y al brigadier Delevielleuze en Zelanda.
Cierto es que el juramento se llevó a cabo con normalidad en algunas unidades como la ubicada en el barrio de Altona, a las afueras de Hamburgo o el de las acantonadas en Jutlandia comandadas por el general Kindelán, destacado afrancesado que de alguna manera forzó a sus tropas la aceptación del juramento, primero al dar ejemplo con su actuación y segundo al asegurar que el mismo había sido ya prestado por el general Caro, todo el estado mayor y el resto de regimientos, pero a pesar de todo, el general Kindelán tuvo lugar un principio de motín, y finalmente abandonó sus tropas y se pasó a los franceses.
La realidad era bien otra a la señalada por Kindelan. El ambiente de disgusto en la tropa se hizo manifiesto, llegando al extremo en el caso de los regimientos Asturias y Guadalajara, que manifestaron su oposición al juramento y acabaron siendo tomados presos.
Los regimientos Asturias y Guadalajara estaban acantonados en Roskilde, en la isla de Zelanda, y los soldados mostraban graves signos de inquietud al conocer la fórmula de juramento que se les presentaba, y que era la siguiente:
Como individuos del ejército de la nación española, de la que formamos parte y a la que deseamos vivir y morir siempre unidos, y tan solo creyendo que toda ella legítimamente representada pueda haber con plena libertad prestado igual juramento que el que se nos exige, solo así juramos fidelidad y obediencia al Rey, a la Constitución y a las leyes.
Ante esa situación, los mandos pidieron el aplazamiento de la jura, lo que no impidió una sublevación que al grito de «¡viva Fernando VII y muera Napoleón!», llegó a cercar la residencia del general francés Francois Fririon en la localidad de Roskilde, obligándolo a huir mientras los sublevados creaban gran confusión y daban muerte a uno de los dos ayudantes de campo del general francés y no acabaron con el general Fririon y su otro ayudante Ciran merced a la actuación de los oficiales españoles, que lo impidieron. Acto seguido iniciaron la marcha sobre Copenhague que finalmente fue frenada por los mandos de los regimientos sublevados, lo que evitó un más que evidente enfrentamiento armado con el ejército franco-danés que había salido a su encuentro y que estaba compuesto por un total de 12.000 hombres de todas armas, decididos a librar una feroz batalla con quienes hasta el día anterior habían sido sus aliados.
Aplacado el alzamiento, los regimientos fueron desarmados y dispersados sus miembros.
Resulta evidente la general disconformidad con el juramento, que si bien no fue unánime, ya que fue aceptado por los regimientos del general Kindelan, se hizo patente en los demás regimientos, lo que motivó que el Estado Mayor procurase que el texto del juramento que finalmente sería presentado fuese menos humillante que en su primera redacción.
No faltaban pensamientos pragmáticos, como el del capitán de zapadores Fernando Miyares, que quitaba importancia al juramento asegurando que al fin el mismo no tenía importancia, y que no realizarlo era privarse de toda la esperanza que podía haber de regresar a España.
El desarrollo de estos acontecimientos llevó a caer enfermo al marqués de la Romana, y le siguió el intendente Heras, pero a los ojos del general Caro no quedaba más remedio que laborar en el único camino en que se vislumbraba una mínima posibilidad de salvar la vida de sus hombres, que consistía en mantener una negociación eterna con el mando militar francés al tiempo que aceptaba la trampa británica aun conociendo que se trataba de una misión extremadamente complicada que finalmente sería llevada a cabo entre los meses de agosto a octubre de 1808.
La operación conoció otros frentes además del diplomático cerca del enemigo histórico, y posiblemente todos fuesen justamente en beneficio de ese mismo enemigo, con el que la Junta de Sevilla negoció la intervención de un sacerdote escocés que se trasladó a Jutlandia haciéndose pasar por comerciante de chocolate.
No fue sino en la tercera entrevista mantenida cuando fue aceptada la oferta británica en apoyo a la evasión, que por otra parte debía permanecer en el más estricto secreto al tiempo que debía coordinarse con los mandos del ejército para que la evasión tuviese alguna posibilidad.
José O'Donnell, en colaboración con Fernando Miyares pergeñaron una estratagema que serviría para poder llevar a efecto la evasión; se trataba de apoderarse de la isla de Langueland, pero las tentativas de Robertson, el espía inglés que había propuesto la operación, no conseguían comunicar con la armada británica.
El plan de fuga comprendía adueñarse de la isla de Langueland y de la ciudad de Nyborg, así como de las seis baterías danesas y de todas las embarcaciones del puerto, tras lo cual debían reunirse las tropas acantonadas en la isla de Fionia y de Jutlandia para concentrarlas en Nyborg para posteriormente, utilizando los barcos que se pudiesen requisar a los daneses, trasladar todo el ejército a la isla de Langueland; las tropas de Jutlandia al mando de Juan Kindelán, deberían cruzar el Pequeño Belt.
También debían ser avisados los regimientos de Zelanda, pero el apresamiento y dispersión a que se habían visto abocados tras su sublevación hizo imposible este extremo.
El 5 de agosto el plan de evacuación estaba totalmente diseñado y el marqués intentó cumplirlo; tomó las defensas de costa y tomó las embarcaciones; esperó en el estrecho del pequeño Belt la llegada de la armada británica mientras rechazaba el acoso de las tropas francesas y danesas que bajo el mando del mariscal Bernadotte, intentaban frustrar el plan de fuga y reconvertir la situación en beneficio de los interese franceses; así, el 6 de Agosto nuevamente fue conminado el marqués a aceptar el juramento mientras sus emisarios contactaban con el almirante Keats de la marina británica.
Por su parte, el coronel Joaquín de la Lastra, que también estaba en Jutlandia, convenció al mayor Gersdorf, que no había sido alertado por los franceses, para que le facilitase transportes para reprimir la rebelión de las tropas españolas en Nyborg, con lo que consiguió transportar a los acantonados en Jutlandia, excepción hecha del regimiento del Algarbe, que Kindelan logró inmovilizar dando aviso del movimiento al ejército francés.
El 9 de agosto, La Romana, al frente de 8779 hombres tomó Nyborg y las embarcaciones surtas en el puerto: 44 pesqueros, el bergantín Fama y dos balandras, la Soormen y la Laurwing.
También se tomaron las baterías de costa, y en Langeland se controló todo su entorno; se negoció con el conde Frederik Ahlefeldt-Laurvig, que a cambio de que no desembarcasen los ingleses los daneses entregarían 200 reses y 30 000 raciones de pan. También entregarían sus armas, que les serían devueltas en el momento que los españoles hubiesen zarpado.
Con Nyborg bajo poder español, el contralmirante inglés Keats desembarcó y se entrevistó con el marqués de La Romana, con quien convino que el día 11, protegidos por una corbeta, un bergantín y varias cañoneras inglesas, se llevaría a cabo el embarque, poniendo rumbo a la isla de Langueland.
El día 11 de agosto la armada británica embarcaba 69 hombres en el Gran Belt y 2000 más esperaban el embarque, pero una semana después no se había completado la operación y el día 19 el general Bernadotte iniciaba un cañoneo sobre el terreno de operaciones de embarque, mientras el marqués de la Romana llevaba a cabo infructuosas negociaciones con el rey de Dinamarca solicitando la liberación de los 5165 soldados de los regimientos Asturias y Guadalajara detenidos en Roeskilde, y el día 21 embarcaban los últimos 9000 hombres en la escuadra de Richard Goodwin Keats, que zarpó rumbo a Goteborg, en Suecia, donde atracó el día 27 y estuvo fondeada hasta el día 13 de septiembre, cuando partieron para Inglaterra, de donde partirían en principio a La Coruña, aunque llegaron a Santander el 10 de octubre.
Casi dos meses embarcados mientras la prensa española presentaba el suceso como un gran éxito del marqués de la Romana, que por cierto no acompañaba a las tropas ya que el ministro británico de la guerra, Robert Stewart, II marqués de Londonderry, conocido en la historia como Lord Castlereagh, requirió su presencia en Londres, donde fue sometido a multitud de interrogatorios o entrevistas en las que se le sugirió que sometiese su ejército a las órdenes de John More, que se destacó en España por su retirada ante las tropas francesas y por la batalla de Elviña de 16 de enero de 1809,cuando murió en su retirada frente al mariscal Soult.
En total fueron repatriados 369 oficiales y 8821 soldados, y quedaron sin repatriar 215 oficiales, 4950 soldados y 2986 caballos.
La Romana se significó públicamente desde ese momento como fiel vasallo de Inglaterra, basando en su dependencia la victoria sobre los franceses, lo que no dejaba de ser cierto.
Y los españoles que quedaron en Dinamarca fueron entregados a los franceses, que en 1809 prestaron juramento a José I, fueron puestos bajo el mando del general Juan Kindelan y fueron conducidos para ejercer de obreros de la construcción con el ejército del Rin, al que se incorporaron con una nota personal de Napoleón al mariscal Michel Ney que decía:
Os envió dos hermosos batallones españoles con un general; sin embargo, tened cuidado de no ponerlos en la vanguardia ni en plazas fuertes de primer orden.
No obstante, cuando se inició la campaña de Rusia, los regimientos pasarían a formar parte de la Grande Armée, un ejército multinacional de 600.000 hombres en el que menos de la mitad eran franceses.
Los soldados españoles fueron dirigidos a Vilna (Lituania), ciudad que tomaron sin efectuar un disparo.
Pero si para esa operación no efectuaron un disparo, sí lo hizo un grupo de 133 españoles contra los franceses, a los que mataron un oficial, tras lo cual fueron capturados y fusilados más de la mitad.
Y el 7 de septiembre tuvo lugar la batalla de Borodino, momento en que los batallones en bloque se pasaron al campo ruso dando la sensación que llevaban a cabo un avance temerario que ilusionó sobre manera a Napoleón. Al final resultó ser un asalto en el que realmente terminaron por tomar sin pretenderlo las posiciones rusas. Más adelante, en la batalla de Moscú, fueron los primeros en tomar la ciudad.
En la retirada posterior, más de dos mil de ellos quedaron prisioneros de los rusos, que los trataron bien y el 2 de mayo de 1813, conmemorando el levantamiento de Madrid, los formaron en un regimiento incardinado en el ejército ruso por un decreto del Zar que fue titulado regimiento Imperial Alejandro teniendo como bandera de ordenanza las insignias de la infantería Española. Servirían al zar estando asimilados a la Guardia Imperial Rusa como escoltas de la emperatriz madre hasta agosto de 1814 cuando desde la base naval de Krostand fueron embarcados rumbo a España, donde el regimiento fue agregado al ejército de Galicia con el sobrenombre de “el Moscovita”.
De esta exótica expedición pueden sacarse varias conclusiones, casi todas tristes, por lo que nos quedaremos con las más amables.
La impresión que dejaron en Dinamarca las tropas españolas fue muy favorable entre la población. Entre la población femenina, sí, y entre la población infantil, y en general en toda la sociedad danesa, siendo que Hans Cristian Andersen recuerda con cariño la relación que tuvo con ellos.
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