miércoles, mayo 06, 2026

MUJERES EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

 


En los últimos años, en las últimas décadas, hemos sido bombardeados con muchas cuestiones que nos han sido presentadas como novedosas y la sociedad las ha acogido dando verosimilitud a hechos, a cuestiones que no son, ni de lejos, ciertas, y que sin embargo dejan al descubierto algún hecho incómodo.

Esa es una actividad habitual de un sistema que desde el siglo XVIII es conocido como filosófico, pero que desde muy antiguo él mismo despreciaba ser conocido como tal.

 Ya hace más de dos milenios y medio, Grecia conoció su actividad, que no era ocultada por ninguna careta. A cara descubierta se declaraban sofistas y sus muñidores jurídicos, sicofantas. Unos y otros eran capaces de llevar a cabo los más arriesgados ejercicios intelectuales que conducían  a quienes les escuchaban sin excesivo rigor a los más intrincados callejones sin salida, donde ineludiblemente eran atracados intelectualmente.

Sus malos resultados finalmente les condujeron a renunciar a su autodenominación de sofistas y a disfrazarse de filósofos, adjetivo que se han aplicado a sí mismos, y con el que han actuado sin solución de continuidad, desde que sacaron a la luz lo que es conocido como Ilustración.

Llegado ese momento, y hasta hoy mismo, han adoptado todas las posiciones imaginables en todos los capítulos sociales, económicos o políticos que nos podemos imaginar, y siempre, cuando han defendido una postura, han señalado a quién no seguía sus instrucciones, como reaccionario, como contrario al progreso.

En esa deriva, llegado que fue el imperio de su pensamiento, nos encontramos con situaciones que han pasado a la historia con títulos significativos, como por ejemplo, el “despotismo ilustrado”.

Es sólo un ejemplo que vamos a aplicar a un asunto en exclusiva: la significación de la mujer en la historia.

Curiosamente, en ese tiempo, estamos hablando del siglo XVIII, la mujer prácticamente no existía, y esa inexistencia se ha prolongado en el tiempo hasta prácticamente ahora mismo, cuando las ideas, justamente ilustradas, presentan la situación de la mujer como una opresión llevada a término por parte del hombre y a lo largo de toda la historia… Y se presenta la Ilustración como liberadora de esas mujeres oprimidas por el hombre.

Pero… ¿Estamos en lo cierto al afirmar semejante cosa? ¿O acaso ha sido la Ilustración quién ha anulado la acción de las mujeres?

Cierto que desde la llegada de la Ilustración la mujer ha estado en gran medida marginada, pero ¿Ha sido eso siempre así?  Así nos lo han vendido, pero…

Estudiemos historia…

En España ya nos vamos dando cuenta que hemos sido engañados en el aspecto histórico, pero… ¿desde cuándo sucede tal cosa?

Desde 1700, España viene sufriendo una acometida contra su historia. Desde esa fecha, los Reyes Católicos y la Casa de Austria ocuparon un  espacio en la historia; el espacio del olvido premeditado.

Y al compás del olvido premeditado, la creación de una leyenda que sólo servía los intereses de los enemigos de España, que hasta la fecha habían ejercido abiertamente como tales, y desde entonces, y progresivamente se han ido situando en el campo de los amigos al tiempo que sus acciones no han variado un ápice en relación a lo actuado anteriormente.

Y los nuevos “amigos” nos han enseñado cuánto valen ellos y lo poco que valemos nosotros; y nos han enseñado que la verdad es mentira, y que la mentira es verdad.

Y nos han enseñado que somos unos “machistas”, dando al término la peor de las connotaciones, y diciendo que debemos ser feministas, cuyo término es el crisol de toda la bondad… Y nos han enseñado qué es bondad y qué es maldad. Todo merced a las ideologías de la Ilustración.

En ese punto, nos han enseñado que siempre hemos odiado y maltratado a las mujeres… sencillamente porque somos infames; sencillamente porque somos cristianos; sencillamente porque somos españoles.

Pero mira por dónde, cuando el asunto ya estaba meridianamente claro, resulta que el sistema baja la guardia, momento en que nos ponemos a estudiar historia y descubrimos cosas espeluznantes.

Lo que nos han enseñado es…. MENTIRA. La Ilustración nos ha mentido.

Resulta que nos ponemos a estudiar cómo ha sido maltratada la mujer en España a través de los siglos, y para evitar distorsiones desechamos por anacrónicas las dos figuras más excelsas de la Historia de España… Las citaremos, para que quede claro: Isabel I de Castilla y Santa Teresa de Jesús. A éstas no nos vamos a referir.

Liberados de tan excelsas figuras, la historia, que no merece ningún calificativo (será por eso que es condenada y tergiversada por la Ilustración), se obceca en mostrarnos imágenes de mujeres en la Historia de España que tiran por tierra todo lo que gracias a la Ilustración “sabemos” de feminismo.

Compungidos por la condición de varones, entramos en la historia y nos encontramos con un personaje magnífico: Andregoto Galíndez, que el año 922 fue un personaje esencial en la historia de España, y en concreto en la historia de Navarra… cuya función no fue autónoma, porque fue singular la influencia que tuvo otro personaje… la reina Toda.

Ella fue responsable de las alianzas con el reino de León y con el reino de Aragón; ella fue quién posibilitó que los reinos cristianos se enfrentasen con éxito a Abderramán III.

Y la reina Toda tuvo una significación especial en las relaciones sociales, militares y políticas a lo largo del siglo X.

Otra mujer que dejó su impronta fue Leonor de Plantagenet, esposa de Alfonso VIII, fue sin lugar a dudas importante impulsora de la intelectualidad en Castilla.

Fue tanto su poder que lo transmitió a la abadesa del Monasterio de Las Huelgas, quién llegó a tener más poder que los obispos y que los nobles.

El año 1187 Alfonso VIII fundaba el Monasterio de las Huelgas Reales, titular de un señorío que abarcaba más de sesenta pueblos y 13 monasterios, cuyo poder sólo rendía cuentas al rey y al Papa, siendo que la potestad de la abadesa llegaba hasta en la elección de capellanes, con una autonomía que la situaba en una posición administrativa similar a la de un obispo, con capacidad, además, de impartir justicia en su señorío, de nombrar cargos públicos y de cobrar impuestos, además de tener a su cargo la administración del Hospital del Rey.

Después nos encontramos con 

Berenguela de Castilla que  falleció en Burgos el 8 de noviembre de 1246. 

Se trata de una de las mujeres más sobresalientes de la historia de España; hija del rey Alfonso VIII y de su esposa la reina Leonor de Plantagenet. Madre de Fernando III el santo, ha pasado a la historia como Berenguela la Grande.

Berenguela, como sus hermanas, Urraca y Blanca de Castilla, recibió una educación similar a la recibida por el príncipe heredero, Enrique, y resultó de una aplicación que le ayudaría en las arduas tareas que afrontaría a lo largo de su vida. Y sus hermanas respondieron de igual modo.

Al morir Enrique sin descendencia ascendió al trono Berenguela, que de inmediato cedió el cetro a su hijo, Fernando III. Ella sería su salvaguarda, siempre combativa, diplomática y excelente gobernante. 

A ella se debe, en gran medida, el éxito del rey santo, en todos los campos. Es difícil entender los logros de Fernando III sin la concurrencia decidida de su madre.


Y seguimos con más reinas…

María de Molina, nieta de Alfonso IX de León y de la reina Berenguela, sería digna descendiente de su abuela.

Los problemas matrimoniales ya eran una herencia que tuvo que sufrir. En 1270 era casado por poderes el infante Sancho con Guillermina de Moncada, pero en 1282, sin haber consumado el matrimonio, se casaba Sancho con María, convirtiéndose en ese momento en consejero íntimo del infante y luego rey Sancho IV. Esta situación la pondría en primera línea durante las las tensas minorías de Fernando IV y Alfonso XI. Situación muy similar a la padecida por su Abuela, siendo que parte de la nobleza, en connivencia con el rey de Francia querían anular el matrimonio real. Pero el enlace fue ratificado por bula papal  de 25 de marzo de 1292, bula que resultó ser una falsificación.

Mientras tanto, María se implicó en la organización y la intendencia de la campaña contra los benimerines en 1292, controlando el abastecimiento del ejército.

En 1294 la salud del Rey anunciaba la próxima muerte, por lo que se acentuó el protagonismo de la Reina, que dispuso la toma de Algeciras para asegurase el control del estrecho de Gibraltar.

Al tiempo debía tutelar a su hijo, que con sólo nueve años tenía un complicado acceso al trono que acabaría siendo disputado por la casa de la Cerda con el apoyo de un importante sector de la nobleza castellana que regateaba los derechos dinásticos de Fernando. 

Los apoyos negados por los nobles fueron suplidos por los concejos, que veían confirmados sus fueros y suprimidos impuestos lesivos como el de la sisa. También convocó Cortes, que se celebraron  en Valladolid el año 1295 y logró atraerse a un sector de la nobleza.

Pero la guerra se generalizó con la intervención de Dionisio de Portugal y de Jaime II de Aragón, llegando a producirse la entronización de infante Juan, tío de Fernando, como rey de León, Galicia y Sevilla, mientras que Alfonso de la Cerda se proclamaba en Sahagún rey de Castilla, Toledo, Córdoba, Murcia y Jaén, pero la peste se cebó en los ejércitos que combatían a María de Molina, que consiguió una salida airosa que desembocó en las cortes de 1300, donde el infante Juan prestó juramento a Fernando IV.

Y un año después, el papa Bonifacio VIII legitimaba el matrimonio de María de Molina con el difunto rey Sancho IV el Bravo, reconociendo sus hijos como legítimos.

María de Molina había ganado la voluntad del pueblo, lo que le servía como baluarte frente a todos los ataques que recibía por parte de la nobleza.

Juan Núñez de Lara y Diego López de Haro continuaron creando conflictos que fueron resueltos en 1304 gracias a la diplomacia de María de Molina.

Pero las conspiraciones seguirían produciéndose, y en 1311 una nueva conjura del infante Juan de Castilla, Juan Núñez de Lara y de Lope Díaz de Haro, hijo del fallecido Diego fracasó gracias a la determinación de la reina María de Molina, que continuó enfrentándose a Alfonso de la Cerda, a quién le arrebató Béjar y Alba de Tormes.

En un reinado sumamente conflictivo, María de Molina supo imponer orden en un escenario que vio agravarse la situación el 1 de julio de 1321 cuando falleció doña María de Molina. Con su muerte, la anarquía, los asesinatos y los ajustes de cuentas se extendieron por Castilla hasta que en 1327 Alfonso XI fue declarado mayor de edad.

Y como no vamos a hablar de más reinas, dejamos en el tintero a quién puede llenar bibliotecas, la Reina Isabel I. Tampoco hablaremos de las mujeres que destacaron en su corte y en la corte de su nieto y bisnieto y pasaremos a hablar de otras mujeres que también se ganaron su puesto en la historia con letras de oro.

Una de ellas, como las demás, destaca con luz propia; se trata de Malinalli Tenépatl, Malinche o Doña Marina , que se supone nació sobre 1500 y fue la conquistadora de Tenochtitlan, la madre de la Nueva España.

Su nombre original, Malinali, corresponde a uno de los 20 días del mes mexicatl.

Nahua convertida en esclava fue vendida por sus progenitores  a unos comerciantes mayas con quienes aprendió su lengua.

Y su relación con Cortés empezó  el 14 de marzo de 1519 tras la batalla de Centla, cuando los vencidos entregaban a Cortés veinte esclavas entre las que encontraba Malinali, una muchacha de 19 años cuyo conocimiento le permitía hablar con los mexicas en nauatl, lengua franca de Mesoamérica y con Jerónimo de Aguilar en maya… Hasta que aprendió español y trataba directamente con Cortés, de quién fue inseparable compañía que no sólo traducía, sino que llevaba a efecto labores de interpretación, cuestión de primer orden para las relaciones internacionales.

Su habilidad diplomática hizo que tuviese gran predicamento entre españoles e indios, quienes llegaron a equipararla con una diosa, incluso eclipsando al mismísimo Hernán Cortés, a quién muchos conocían, no por su nombre, sino por Malinali.

Pero además de políglota, Malinche era socióloga y una excelente educadora, y lo demostró cuando señalaba a Cortés las costumbres sociales y militares, las creencias de los pueblos que estaba conquistando, el fatalismo de Moctezuma, muy en concreto sobre la creencia en el regreso de Quetzalcóatl.

Malinche no sólo demostró sus cualidades diplomáticas con los enviados de Moctezuma, sino con el mismo Hernán Cortés y con los pueblos que iba reclutando para su ejército.

Señaló a Cortés las debilidades del imperio azteca, las características y necesidades de los pueblos oprimidos por los mexicas, las posibilidades de obtener alimento en la selva… una información de un valor incalculable que ponía en evidencia, no sólo la voluntad de Maliche, sino la capacidad cultural de una persona que estaba dotada de un formidable talento diplomático que libró a Cortés de situaciones comprometidas, como cuando le forzó a admitir el regalo de trescientas esclavas para evitar infligir una ofensa innecesaria al oferente.

Y mientras continuaban la marcha hacia Tenochtitlan, Malinche allanaba las relaciones con nuevos pueblos, mantenía buenas relaciones con los enviados de Moctezuma, forjaba alianzas con los caciques descontentos con el dominio azteca. Animaba  a los indígenas a convertirse al catolicismo, procuraba que la Conquista discurriese a través del entendimiento, evitando el enfrentamiento.

 Sin Malinche, es probable que la conquista nunca hubiese llegado a buen fin. 

Y si en la Nueva España Malinche brilló con luz propia, en el virreinato del Perú esa luz tuvo otro nombre: Mama Contarhuacho

Nacida hacia el año 1500, era hija de Pomapacha, curaca de Hurin Huaylas y de a Añas Colque, de las etnias andinas que habían sido sometidas por el Inca, a consecuencia de lo cual pasó a formar parte del harén real. Era segunda esposa de Huayna Capac, y fue madre de Inés Huaylas Yupanqui (nacida Kespisisa), que daría dos hijos a Pizarro: Francisca y Gonzalo Pizarro Yupanqui.

Contarhuacho recibió de Atahualpa el señorío sobre Tocas y Huaylas, un cargo importante de carácter político.

Manco Inca había huido de Lima en 1536, organizado un ejército y sitiado Cusco, y fue Contarhuacho quien informó a Pizarro de la sublevación, al tiempo que levantaba un importante ejército que acudió en su defensa. En el mismo, donde ella misma comandaba una sección del ejército, figuraba Paullu, hijo de Huayna Cápac y Añas Colque, quién acabaría siendo nombrado Inca en sustitución del rebelde. Acabaría siendo bautizado con el nombre de Cristóbal.

El asedio de Lima es el último dato que se tiene de Contarhuacho. 

Su nieta, Francisca Pizarro, hija de Francisco Pizarro y de su hija Quispesisa, fue la primera mestiza del Perú. Fue a la Península; se casó con Hernando Pizarro, de quién enviudó, y en segundas nupcias casó con Pedro Arias Dávila Portocarrero. 

Por el momento la historiografía nos oculta más datos sobre esta soberbia mujer, madre de la Hispanidad en América, pero son suficientes para brindarle nuestra atención y respeto.

Y en ese mismo entorno nos encontramos con mujeres conquistadoras que a lo largo del siglo XV, suma un total de 10.118 que cruzaron el Atlántico junto a 35.209 hombres para instalarse en el Nuevo Mundo.

Entre las pioneras que desarrollaron acciones que ocasionaron su impronta en la historia podemos señalar a Beatriz Ordaz, Juana Martín, María de Vera, Elvira Hernández, Isabel Rodríguez, Beatriz Hernández, Catalina Márquez, Beatriz Palacios Parda, Juana López, Violante Rodríguez, Catalina González y Antonia Hernández. 

En concreto las citadas, en no pocas ocasiones junto a la acción de mujeres indígenas, jugaron un papel esencial en el desarrollo de la conquista.

Si las mujeres indígenas destacaron por su acción directa en el establecimiento de alianzas con los distintos pueblos, las mujeres españolas se señalaron en el avituallamiento, la atención a los heridos, la atención en retaguardia, la atención de guardias… y la participación directa en actos bélicos. 

Estas actividades les serían reconocidas una vez tomada Tenochtitlan; así  nos encontramos con el caso de María de Estrada, a quien le fueron entregados en encomienda los pueblos de Tetela del Volcán y Hueyapan; o con el de María de Vera, que le fueron asignados 300 pesos de ayuda. 

No son muchas las que han pasado a la historia, por lo que las que lo han hecho forzosamente debieron alcanzar la heroicidad en sus acciones; una de ellas, Isabel Rodríguez Gómez, esposa del capitán Portillo, sucedió a éste en el mando de uno de los bergantines construidos para la toma de Tenochtitlan cuando aquel murió en acto de combate.

Y Beatriz Bermúdez de Velasco esposa de Francisco de Olmos, se significó con un acto heroico durante la Noche Triste, forzando a la tropa a guardar el orden, cuando se anunciaba una desbandada que hubiese acrecentado el desastre. Con una espada en la mano amenazó a españoles e indígenas con matarlos si acaso se rendían ante los mexicas.  

Y Beatriz Hernández fue la conquistadora encargada de la fundación de Guadalajara, en el Valle de Atejamac, junto a Cristóbal de Oñate y Nuño de Guzmán.

Beatriz de Palacios, mulata, esposa de Pedro Escobar, siguió los pasos de su marido en todos los avatares de la conquista.

De la que se conservan más datos es de María de Estrada, quién nació alrededor de 1485 y murió alrededor de 1535 habiendo embarcado en el segundo viaje de Colón. 

Durante su estancia en Cuba fue apresada por los indios taínos en Matanzas, en cuyo poder estuvo dos años, tras lo cual casó con el sevillano Pedro Sánchez Farfán.

Pero su nombre en la historia se debe a que, a su condición de pionera se une la acción destacada que ejerció en la conquista de Tenochtitlán, la capital azteca, en la que destacaron once mujeres más que demostraron su valor como soldados a lo largo de los 75 días que duró el sitio. 

Su traslado al continente tuvo ocasión cuando embarcó en la flota de Pánfilo de Narváez destinada a apresar a Cortés, y al objeto de reencontrarse con su marido, miembro de las huestes de Cortés.  

Mujer de carácter valiente, no dudó en participar directamente en la lucha empuñando una espada, en cuyo uso se mostró avanzada hasta el extremo que los cronistas la señalan como esforzada y animosa hasta el extremo que ponía espanto en sus compañeros.

Además, se significó como fundadora de ciudades, en particular en la fundación de Puebla, en 1531, donde tuvo gran prestigio, siendo que actuó como mediadora de conflictos, en concreto el surgido el año 1533 entre el obispo Zumárraga y los dominicos a cuentas de la construcción de un monasterio en la ciudad de Tetela, donde ella era titular de una encomienda. 


Podemos dedicar un momento también a Isabel Moctezuma. 

No destaca Isabel Moctezuma por relumbrantes hechos de armas, ni de cultura. Era hija de Moctezuma II y de su mujer Teotlacho. 

Cinco años después de la toma de Tenochtitlan, en 1526, Cuautémoc, su marido, fue ejecutado por sedición, y Tecuichpo Ixquixóchitl, que así se llamaba ella, se convirtió al cristianismo y adoptó el nombre de Isabel de Moctezuma, apadrinada por Hernán Cortés.

La ya renombrada Doña Isabel de Moctezuma, bautizada, casó con Alonso de Grado, que al año siguiente sería ejecutado por maltratar a los indígenas, y a ella se le concedió la encomienda perpetua de Tacuba (Tlacopan), el más extenso del valle de México, que comprendía diez poblaciones habitadas por más de 6000 personas que pasaron a ser sus tributarios. 

A lo largo de su vida se significó como adalid en pro de abolir la esclavitud, extremo que dejó consignado en su testamento, donde deja plasmada su idea:

Quiero y mando, y es mi voluntad, que todos los esclavos, indios e indias naturales de esta tierra, que el dicho Juan Cano mi marido y yo tenemos por nuestros propios, por la parte que a mí me toca sean libres de todos servicios, servidumbre y cautiverios, e como personas libres hagan de sí su voluntad, porque yo no los tengo como esclavos, y en caso de que lo sean, quiero y mando que sean libres.

Al momento de su muerte, acaecida el 9 de diciembre de 1550, era una mujer rica, noble, cristiana, influyente y respetada por la sociedad.

En esa nómina nos encontramos con Inés Suarez,  mujer que en el siglo XVI tuvo un papel esencial en la conquista de Chile como miembro de la expedición de Pedro de Valdivia. Fue cofundadora de la ciudad de Santiago, donde destacó como elemento clave en su defensa ante el asedio de los araucanos desarrollado durante el año 1541.

Es el punto opuesto de Catalina de Erauso, que destacaría por sus fechorías a principios del siglo XVII. En sus antípodas, Inés Suarez era una mujer en todos los aspectos, y con aquella sólo compartía su habilidad en el manejo de las armas y su empuje ante el peligro.

Su espíritu indómito la llevó a conseguir en 1537 algo inaudito: Licencia para embarcar rumbo a las indias en busca de su marido, que había fallecido. 

Titulada encomendera, entró en relación con Pedro de Valdivia y entre los dos nació un romance que no podía llegar al altar porque Pedro de Valdivia estaba casado y su esposa estaba en la Península.

Pero a finales de 1539 partió con Valdivia para la conquista de Chile, donde en el desierto de Atacama tuvo la habilidad suficiente para encontrar agua y para desarticular la sedición de la tropa. 

Y si en el uso de las armas podía compararse a lo que más de medio siglo después  haría la monja alférez, en el trato del amigo y del enemigo podía compararse a Malinche, compañera de Cortés, con la que acabaría compartiendo similar destino en la vida.

Pero siendo estas actividades de principal importancia, ha pasado a la historia por otro hecho principal: la defensa de Santiago ante el ataque araucano en 1549 mientras Valdivia se encontraba sofocando una rebelión lejos de Santiago. 

Unos 20.000 indígenas sitiaron Santiago, donde se hallaban presos siete caciques que el capitán al mando pretendía entregar, pero Ana dio muerte a los siete caciques, cuyas cabezas fueron lanzadas a las tropas enemigas, consiguiendo poner en fuga a los mapuches.

Y de una mujer militar, a una mujer marino: 

La almirante Isabel Barreto de Castro, Gobernadora de las islas Salomón, primera mujer que ejerció el cargo de almirante en la historia de la navegación.

Estaba casada con Álvaro de Mendaña, descubridor de las Islas Salomón, de las que era adelantado, y en una segunda expedición fue acompañado por Barreto y por 280 hombres y 98 mujeres destinados a poblar las islas. 

Estuvieron navegando tres meses en busca de su destino y el 21 de julio de 1595 tropezaron con las que llamaron Islas Marquesas, tras lo cual completarían un viaje de unos 20.000 kilómetros.

El 18 de octubre de 1595 moría de malaria Álvaro de Mendaña. Siendo consciente de la situación, dejó el cargo de gobernadora de las nuevas tierras descubiertas a su mujer, Isabel Barreto, y el de almirante a su hermano Lorenzo Barreto, pero Lorenzo murió poco después, recayendo su cargo de adelantado del mar océano en Isabel, que decidió abandonar las Salomón y dirigirse a Manila, lo que significó una dura travesía que arrostró el racionamiento y la deserción de dos buques, pero llegó a  Guam y finalmente a Manila el once de febrero de 1596 con un centenar de supervivientes de la expedición que llevaban noticias de la existencia de un continente nuevo: Australia.

En su haber, una doble gesta: haber cruzado por primera el Océano Pacífico por el hemisferio sur, y haberlo hecho bajo el mando de una mujer, la primera que ostentó el título de Almirante de una flota.

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Políticas, militares, marinos, reinas, santas… Estamos hablando de personajes que se salen de lo común. Naturalmente no pueden ser muchas, por definición, pero son suficientes para demostrar que a lo largo de la historia, de esa misma historia que tanto desconocemos, han iluminado con luz propia, echando por tierra la idea que en nuestros días proclama la Ilustración y que necesariamente debe circunscribirse al periodo histórico en que la Ilustración ha sido pie de rey en todos los ámbitos, único momento histórico en el que la mujer ha sido menospreciada.

Afortunadamente, anterior a la Ilustración es sor Juana Inés de la Cruz, que nació en México en 1648 y destacó  como escritora, poetisa y compositora.

Latinista destacada, llegaría a ser una referencia de primer orden en la literatura española del Siglo de Oro, en la que entró con sus composiciones poéticas realizadas en español y en náhuatl, idiomas en los que cultivó tanto la prosa como el teatro, la lírica o el auto sacramental, alcanzando tal calidad de composición que sería reconocida como la “Décima Musa”. 

El virrey Antonio Sebastián de Toledo la introdujo en la corte virreinal, donde sería el centro de la actividad cultural hasta que en 1667 decidió entrar en el Convento de las Carmelitas Descalzas para posteriormente pasar al Convento de San Jerónimo, donde hizo acopio de instrumentos musicales, mapas y aparatos de medición, así como una biblioteca con más de 4.000 volúmenes, objeto de sus conocimientos en astronomía, matemáticas, lengua, filosofía, mitología, historia, teología, música, pintura y cocina.

Sor Juana Inés de la Cruz alcanzó una inmensa fama, y no sólo en la Nueva España.

En pleno éxito literario, en 1694 se deshizo de todo lo que la había encumbrado al Parnaso de la cultura. Vendió su biblioteca para repartir entre los pobres lo que obtuvo por ella y entregó  sus instrumentos de música y ciencia al arzobispo de México, para dedicarse al cuidado de los afectados por una grave epidemia de cólera que sacudía en esos momentos el virreinato, en el curso de la cual  se contagió y murió el 17 de abril de 1695.


Y adelantándonos en el tiempo, Agustina Raimunda María Zaragoza Doménech

Y estamos hablando de una víctima directa de la Ilustración, nacida en el imperio de la misma, brilló en el siglo XIX en su lucha contra el invasor francés, como consecuencia de estar en Zaragoza, como compañera de su marido, militar que murió en el asedio.

El 2 de julio de 1808 un ejército francés se disponía a entrar en Zaragoza, pero allí estaba Agustina de Aragón, sirviendo a los defensores que habían caído muertos… Agustina se hizo cargo de la pieza de artillería, consiguiendo levantar el ánimo de los defensores, que de inmediato vieron reforzado el puesto con nuevos combatientes, ante cuyo empuje decaía el de los asaltantes, que se batieron en retirada. 

La gesta de Agustina de Aragón tuvo especial significado por los efectos directos que sobre el asedio comportó su actitud, pero en conjunto no puede decirse que se tratase de una excepción. La excepción fue el resultado, y fue el resultado lo que acabó convirtiéndola en un ejemplo. Su heroico comportamiento fue reconocido públicamente por Palafox, que  le concedió dos escudos de honor con el lema Defensora de Zaragoza y Recompensa del valor y patriotismo.

Y Agustina fue incorporada al cuerpo de artilleros, donde el 30 de agosto de 1809 alcanzaría el grado de subteniente.


Pero ya había referentes anteriores, como el de Ana Mª de Soto y Alhama, que el 26 de junio de 1793 sentó plaza como  soldado de marina bajo el nombre de  Antonio María de Soto y en noviembre participó en los ataques de Bañuls, en la defensa de Rosas.

Tres años más tarde tomaría parte en la batalla naval de Cabo San Vicente de 14 de febrero de 1797 contra la armada británica.

Embarcada en la fragata Matilde, donde prosiguió su servicio durante  más de un año, el médico descubrió que el soldado de marina Antonio María de Soto era en realidad era una mujer cuyo nombre era Ana María Antonia, y como consecuencia fue ordenado su desembarco inmediato el 7 de julio de 1798, en medio de la admiración y respeto de sus camaradas que la habían conocido y tratado en sus más de cinco años de servicio, solicitando ella, por su parte, la licencia absoluta, que le fue concedida el día 1 de agosto.

Le fueron reconocidos honores y «el grado y sueldo de Sargento Primero de los Batallones de Marina, para que pueda atender a sus padres».

Reinas, santas, guerreras, diplomáticas, conquistadoras, y científicas… Ángela Ruiz Robles Nació en Villamanín (León) el 28 de marzo de 1895 en un tiempo en el que, tras haber sumido en la incultura al pueblo español a lo largo de siglo y medio, la Ilustración empezaba a mostrarse necesitada de gente formada y empezaba tímidamente a incluir a la mujer en esa formación. Ángela Ruiz Robles sería maestra de escuela e inventora.

En 1916, inventó un sistema taquigráfico; publicó dieciséis libros de texto sobre diversas materias como ortografía, taquigrafía, mecanografía, gramática, historia y geografía, y en 1949, registró su primera patente:  “procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para lectura de libros”, y desarrolló un instrumento, del tamaño de un libro, habilitado para el estudio de todas las materias escolares. Dotado de mecanismos lo convertían en un claro antecesor del libro electrónico.

En 1962, y bajo la supervisión de la autora, se construyó un prototipo con unas dimensiones de 24 cm de alto por 22 de ancho y 6 de fondo, pesando en total algo más de 4,5 kg. El trabajo, realizado en bronce (abecedarios), madera (bobinas) y zinc (caja) se llevó a efecto en los talleres del Parque de Artillería de Ferrol… Sin embargo, los altos costes de producción impidieron su difusión comercial. 

En 1959 fue nombrada gestora delegada de la Agrupación Sindical de Inventores Españoles y jefa provincial de la Federación Politécnica Científica de Inventiva Internacional en 1973. Ángela Ruiz Robles falleció en Ferrol el 27 de octubre de 1975.

Y contemporánea de Ángela Ruiz fue Antonia Ferrín Moreiras, estudiosa empedernida que en 1930 inició estudios superiores de Química… Pero lo suyo era otra cosa.

Recién licenciada fue  profesora ayudante de Física y Matemáticas en la Facultad de Ciencias de la USC entre 1934 y 1936, al tiempo que estudiaba la licenciatura de Farmacia además de realizar cursos de Ciencias Exactas (actualmente Matemáticas).  También obtuvo el Título de Maestra Nacional.

Para una persona normal esta colección de títulos ya es una cuestión extraordinaria, pero Antonia Ferrín Moreiras no era una persona normal… Por eso, en 1940 se licenció en Farmacia, y en 1950 en Matemáticas por la Universidad Central de Madrid. 

Podremos pensar que, ya en esa situación, Antonia se sentiría satisfecha … Pues no. Siguió estudiando para obtener su doctorado en Astronomía, lo que lograría en 1963. 

Pero como la buena mujer se aburría en su tiempo libre, preparaba oposiciones para catedrático de matemáticas, plaza que ganó en 1951 en la Escuela Normal de Magisterio de Santander.

Cuatro años más tarde, en 1957, fue creada la sección de matemáticas de la Facultad de Ciencias en la Universidad de Santiago, para la que fue designada Antonia como su primera profesora.

Bueno, ya tenía un puesto (otro) que podía ser entendido como definitivo… Pues no. En 1963 sería nombrada catedrática de matemáticas en la escuela de magisterio Santa María de Madrid  donde impartió clases de astronomía y mecánica celeste y ocupó cargos directivos. Una vez asentada fue llamada como profesora adjunta de la facultad de matemáticas de la Universidad Complutense, pero como ello le ocupaba poco tiempo… compaginó la tarea con su docencia en la escuela de magisterio.

Sus contribuciones principales a la astronomía consisten en trabajos sobre ocultaciones estelares, medidas de estrellas dobles y determinación de pasos por dos verticales, pero no cabe duda que su aporte más importante a la Humanidad fue un incansable espíritu de estudio y trabajo a lo largo de toda su vida.


Hemos hecho un repaso a la historia de las mujeres en la Historia de España, y dejamos las conclusiones al albur de cada quién.  


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