miércoles, febrero 11, 2026

EL CANTONALISMO

 

 


El pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla. Es una frase muy conocida, y en España nada asumida.

 

Si el desconocimiento de nuestras glorias es lamentablemente paradigmático, no es menos paradigmático el desconocimiento de nuestra historia más negra.

 

Todos los pueblos tienen una historia negra, y los enemigos de nuestra Patria han elaborado una leyenda negra que más corresponde a su propia historia que a otra cosa, al tiempo que han llevado a cabo la realización de una historia, realmente negra y esperpéntica, en la que han conseguido que vivamos como en propia esencia al tiempo que la presentan como esencia de la vida en libertad.

 

Vamos a tratar aquí de un momento histórico que sin lugar a dudas hará que nos preguntemos si acaso no estamos relatando hechos de rabiosa actualidad.

 

Curiosamente, no es sólo el actual sistema educativo el que mantiene en la inopia a los educandos. A mí, en la escuela,  jamás me dieron noticias de lo que vamos a hablar: año 1873, la primera república, cuando su conocimiento es esencial para la salud intelectual y política de nuestro pueblo; algo cuyo conocimiento, estoy convencido, sería una vacuna sumamente eficaz para combatir las enfermedades sociales que hoy se enseñorean de España.

 

Conflictividad social, conspiraciones, pronunciamientos, sublevaciones, extorsiones, robos manifiestos desde las más altas instancias del estado, dependencia exterior de la práctica totalidad de los políticos, venta de la soberanía nacional a intereses extranjeros… Esa es, como poco durante todo el siglo XIX, la realidad de España. Y el movimiento cantonalista no es más que una parte de la tramoya. Quizá no la más importante, a pesar de todo lo que vamos a contar. Y lo peor es que hoy, 23 de enero de 2017, todavía no hemos abandonado el siglo XIX.

 

La triste realidad es que, desde la asonada francesa, no se conoció tranquilidad en las Españas;  en la segunda década se fragmentó la Patria en una veintena de republiquetas y una monarquieta para mejor uso y abuso de quién únicamente sacó tajada de la marabunta: Inglaterra.

 

Todo el espíritu hispánico fue perseguido hasta su extinción, creando, en el mejor de los casos sentimientos nacionalistas acordes con el liberalismo y radicalmente contrarios al espíritu hispánico; sentimientos que, por pura lógica, acabarían, no ya en un nacionalismo español, irracional por sí mismo, sino en algo de pura chirigota: el nacionalismo aldeano. La antítesis del sentimiento hispánico.

 

No es la España de 1820 ni la de 1830 lo que vamos a tratar aquí, pero la España de las seis décadas precedentes es la madre de la triste realidad de 1873. Las persecuciones religiosas, las revueltas de todo tipo y color, la cochambre (que en absoluto debemos circunscribir a la segunda república), aseguraba el predominio del liberalismo, que sólo tenía enfrente un movimiento patriótico que a punto estuvo de acabar con la alcantarilla en que se estaba convirtiendo España: el carlismo.

 

El expolio, el saqueo, el sabotaje, material y espiritual, que se llevó a cabo contra todo lo que daba soporte a España, fue milimétricamente calculado y llevado a cabo por la clase política, sierva de Inglaterra, y con el beneficio de empresas británicas, y en menor medida francesas y alemanas. No se libraba nada; ni los bienes de la Iglesia, ni la industria, ni el subsuelo, ni la sanidad pública…

 

La destrucción metódica de la industria española fue llevada a cabo, en la península, durante la conocida como “Guerra de la Independencia”, aún sin existir enemigo militar al que batir, y en América conforme avanzaba el dominio de los “libertadores”, y siempre estaban detrás las baterías británicas.

 

La inseguridad, la extorsión, eran llevadas a cabo por la hez de la sociedad agrupada en la conocida como “milicia nacional”, organismo asalariado creado por Fernando VII y trabajado a la perfección por los elementos controladores del estado, que posteriormente sería denominada “milicia de la libertad”, “milicia de la república”… y que hoy podemos identificar con los sindicatos, siendo su rama violenta lo que hoy conocemos como “perroflautas”.

 

Y las extorsiones que en su momento llevaba a cabo la Milicia Nacional, son llevadas hoy a cabo por los sindicatos, que de forma manifiestamente fraudulenta, obligan a los opositores, por ejemplo de magisterio, a realizar unos “cursos” que les dan puntos en las oposiciones, siendo que esos “cursos” no son tales, sino tan sólo un medio para obtener dinero de los opositores, que se ven obligados a seguir la pantomima si no quieren verse superados en una oposición por aquellos que, habiendo obtenido un peor resultado, acaban precediéndolos por haber pagado la extorsión de los sindicatos.

 

Como ahora mismo, no existió conflicto en el que esta guardia del sistema no jugase papel preponderante; desde la destrucción de la fábrica Bonaplata de Barcelona hasta la desamortización de Mendizábal, pasando por el cantonalismo, por poner tres ejemplos significativos.

 

La milicia fue definitiva para aupar al poder a los progresistas en numerosas ocasiones: En 1822, 1835, 1836, 1840, 1854, cuando Espartero era reconocido como el símbolo de la revolución.

 

Pero también en años sucesivos tendría importancia vital en los continuos conflictos sociales, que culminarían en 1869 con la creación de la AIT y posteriormente con la revolución del petróleo, en Alcoy, el 9 de julio de 1873, pistoletazo de salida de la asonada cantonalista, aunque Alcoy no fue, en ningún momento, parte de la misma.

 

Un maremagno que podemos resumir en cifras: entre 1808 y 1886 (78 años), se produjeron 78 pronunciamientos militares.

 

Pero es que, desde la muerte de Fernando VII en 1833 y hasta el final del periodo que nos ocupa, 1874, final de la revolución cantonalista, no desentona el número de pronunciamientos si tenemos en cuenta que también hubo casi sesenta gobiernos, casi una media de uno y medio por año. No tenía así, nada que envidiar el número de gobiernos al número de pronunciamientos… Y la conflictividad social era una constante.

 

Pero lo que nos centra en el aspecto que venimos a tratar, es, sin lugar a dudas, el pronunciamiento militar de 18 de septiembre de 1868 en Cádiz, conocido como “la gloriosa”, cuando Serrano, Prim y Topete acabaron expulsando de España a Isabel II. A partir de este momento, y hasta 1873, la situación fue de aceleración constante.

 

Al alimón de la sublevación de Cádiz, el mismo mes de septiembre, en las principales ciudades se constituyeron Juntas revolucionarias defensoras de los intereses burgueses. Estaban auspiciadas por el partido democrático de Pi y Margall, y asumieron el poder local en contra del gobierno en una clara muestra de lo que el movimiento cantonalista plasmaría cinco años después, siendo suprimidas por la acción del nuevo gobierno.

 

Pero la supresión no significó el fin del problema. Prim como presidente, bajo la regencia de Serrano, tuvo que hacer frente a una sucesión de movimientos revolucionarios, a la aprobación de una constitución, y contra la idea primera, que hizo marginar al cofinanciador de la sublevación y perpetuo conspirador, Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, a la búsqueda de un nuevo rey, que acabaría siendo Amadeo de Saboya, a quién Prim no vería nunca coronado, ya que fue asesinado el 27 de diciembre de 1870, cuando Amadeo se encontraba embarcado desde Italia, acudiendo a ocupar el trono de España.

 

¿Quién asesinó a Prim? Paul y Angulo, cierto, pero todo hace indicar que fue una conspiración urdida por todos los que le rodeaban; desde Serrano hasta Topete (sospechoso de haber sido la mano ejecutora cuando Prim se encontraba en cama, tras el atentado de la calle del Turco), y pasando por el cuñado de Isabel II y padre de María de las Mercedes, la futura esposa de Alfonso XII, Antonio de Orleáns, el duque de Montpensier.

 

Nos hemos presentado ya en 1870, la república es de 1873, y “la Gloriosa” de 1868. En este tiempo, los republicanos federales se escindieron en dos tendencias; una de las cuales, los “radicales” empezó a tramar el espíritu del cantonalismo, y en mayo de 1869 firmaron el “Pacto de Tortosa”, que pretendía una España federal en la que los antiguos territorios de la corona de Aragón formasen una entidad. En junio del mismo año se conforma la “Confederación Castellana” en el “Pacto de Valladolid”… y el de Córdoba, el de Eibar y el de La Coruña. Para todos su meta era la República Federal.

 

Hagamos un paréntesis; hablamos que los republicanos se escindieron en dos. Podemos pasar a ver la evolución de estas dos tendencias en el futuro hasta hoy mismo… pero me parece más interesante hacer el ejercicio contrario. ¿De dónde surgieron los republicanos?... de los progresistas; ¿y los progresistas?,  ¿de dónde surgieron?... del liberalismo… como del liberalismo surgió la otra rama, los moderados.

 

La verdad es que todos (progresistas, unionistas, republicanos federales, demócratas, isabelinos, republicanos unitarios) proceden del mismo tronco: el liberalismo.

 

Cada uno cumple su función para la obtención del mismo fin. En este momento, y al alimón con el movimiento federalista, y al amparo de las “milicias”, se generalizaban los alzamientos populares donde los  grupos de revoltosos de cada pueblo trataban de hacerse fuertes uniéndose a los del pueblo vecino para poder enfrentarse a las autoridades, apropiándose del dinero de los ayuntamientos e incautando las armas que encontraban.

 

En medio de esta situación se produjo una nueva intentona carlista, esta vez a cargo de  Carlos VII, nieto de D. Carlos María Isidro, que acabaría en rotundo fracaso.

Con este ambiente, el breve reinado de Amadeo, como no podía ser menos, fue una opereta. Las broncas en todos los ámbitos, la música de acompañamiento. Finalmente, tras las conflictivas cortes de los días 22 a 24 de enero de 1872, fueron disueltas las cortes y convocadas nuevas elecciones para el 24 de abril.

Es en estos momentos cuando Roque Bárcia presenta la idea de la República Federal, que curiosamente tiene espíritu humanista, atendiendo a la persona, a la familia, a la aldea, a la ciudad, a la provincia, al cantón, y a la nación, como una cadena de humanismo. Eso sí, renunciando a la trascendencia y buscando la “universalidad del hombre”. El espíritu de la Ilustración, la bondad natural del hombre, el espíritu rousonianiano es el sustrato de la república federal propugnada por Bárcia.

En esta situación, en la que no primaba precisamente ese espíritu extrañamente humanista de Barcia, sino más bien la otra cara de la moneda que con tanto éxito desarrolló, Amadeo de Saboya presentó su dimisión como rey y se refugió en la embajada de Italia, caso inaudito, el diez de febrero de 1873, dejando una situación social, política y militar de puro esperpento… Pero la máxima expresión del mismo, del esperpento, tardaría poco en llegar. Tal fue la sorpresa que causó en todos la defección de Amadeo I, que corrió un bulo que aseguraba que su abandono había sido decidido, no por él, sino por el parlamento.

Lo curioso (o no tan curioso, dado el esperpento), es que la monarquía cayó y vino la república sin que nadie hiciese nada para que eso sucediera… ni para evitarlo. Sencillamente era tal la situación que todo parecía normal; una cosa y su contraria. La locura alcanzaba todos los órganos y todos los partidos.

 

Es el caso que, ante la inesperada situación, el 11 de febrero de 1873 Pi y Margall  presentaba en el Congreso de los Diputados una moción en la que se proclamaba la República. Sin alharaca alguna, salvo las propias del parlamento, fue aprobada la proposición por 258 votos contra 32.

 

Pero, disconformes, los federalistas organizaron comités revolucionarios en multitud de localidades. Así, el mismo día que fue proclamada la República, ocuparon el ayuntamiento de Barcelona proclamando la República Social y el Municipio Comunista. Algo que se salía del metódico programa británico para la destrucción de España y que como consecuencia significaba una contrariedad en sus organizadores.

 

Al día siguiente era designado presidente Estanislao Figueras, que procedió a convocar cortes constituyentes. Su forma de solucionar los problemas candentes (Cuba, la guerra carlista y la conflictividad social) se centró en promulgar una amnistía y en suprimir las quintas.

 

Pero los motines se sucedían; en Barcelona se proclamó el estado catalán el ocho de marzo, tras haberse disuelto el ejército tras un motín acaecido el día veintiuno.

 

Esa situación ocasionó la dimisión del gobierno, que no lo hizo sin indicar que “las circunstancias, aunque extrañas, no eran graves”.  Ante esa falta de gravedad se eligió un nuevo gobierno en el que continuaban Figueras, Castelar, Pi y Salmerón, que atendiendo a las exigencias separatistas decidió disolver el Ejército de Cataluña, al tiempo que  Estanislao Figueras se trasladaba a Barcelona, evitando la proclamación del estado catalán.

 

Con la satisfacción de haber resuelto el problema en Barcelona, la tranquilidad se instauró durante todo un mes. Todo un éxito que acabó en fracaso cuando a finales de abril se atajó una sublevación en Madrid.

 

Gran éxito si no fuese porque en estas fechas, en Málaga, Sevilla, Granada y Cádiz habían proclamado la federación, y en Madrid el general Contreras amenazaba con sublevarse y fundaba una asociación secreta llamada Dirección Federativa Revolucionaria, destinada a provocar en las provincias insurrecciones federales.

 

No cabe duda, las circunstancias, aunque extrañas, no eran graves. Tal vez por eso se celebraron elecciones generales a cortes constituyentes el 10 de mayo, obteniendo una  participación electoral del 25% de los electores, y dentro de esa normalidad, se obtuvo una aplastante mayoría de los federales.

 

Siguiendo con la normalidad, el diputado Gálvez Arce, en contacto con Roque Barcia, el 29 de mayo gestionó la insubordinación en las fragatas Victoria y Almansa, surtas en Cartagena, obteniendo en esta ocasión un estrepitoso fracaso gracias a la acción de los oficiales.

 

Sencillamente se habían adelantado… por poco, y es que dos días después de la intentona de Cartagena, las Cortes proclamaron la República Federal y se constituyó una comisión de parlamentarios presidida por Castelar cuya misión sería elaborar un Proyecto de Constitución republicana federal, aprobada dos días más tarde.

 

¡Admirable rapidez! ¡Dos días para redactar y aprobar una constitución!

 

Lógicamente todo era un batiburrillo, nada nuevo por cierto (y a lo que parece, nada antiguo), y en consonancia con ese batiburrillo, los enfrentamientos civiles tomaban al día siguiente especial significación en Granada, Málaga, Cádiz y Sevilla.

 

En esa situación, de normalidad, según el gobierno, el once de junio, en reunión del gabinete, el presidente Figueras, harto ya de la situación, espetó: “senyors, estic fins els collons de tots nosaltres” (señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros), y se marchó. La siguiente noticia del presidente fue un telegrama que envió desde París indicando que se encontraba bien. ¿Era Figueras el único honesto? ¿Tonto como los demás, … pero honesto?

 

En total normalidad democrática fue nombrado presidente Francisco Pi y Margall. Ahora, tal vez, desaparecida quizá la única actitud honesta, sólo quedaba tontería. Quizá por eso dio lugar a que el gracejo popular apellidase el nuevo gobierno como el de los Pájaros. Y es que tenía gracia el conjunto de los apellidos de varios de los ministros. Recordémoslos: Pi, Chao, Sorní, y Tutao.

 

Si el pueblo español dedicase su perspicacia para otras cosas, tal vez no tendríamos necesidad de hablar de esto ahora.

 

La acción de Barcia y Gálvez se había visto truncada el 29 de mayo, pero el 4 de julio comenzó a tomar cuerpo la revuelta cantonal en Cartagena, donde los voluntarios de la república tomaron las defensas de la ciudad, desde donde presionaron para que la revuelta tomase también cariz político.

 

Paralelamente, el siete de julio se iniciaban los conflictos de Alcoy conocidos como la revuelta del petróleo. El 9 los huelguistas se hicieron con el poder municipal, cometiendo todo tipo de excesos, y ocasionando que fuese el ejército quién tomase cartas en el asunto, acabando con la revuelta el día trece.

 

Al socaire de la insurrección de Alcoy prosperó el día 12 la iniciada en Cartagena el día 4 anterior, dando pie a que se extendiese por muchas zonas de las regiones de Valencia, Murcia y Andalucía así como en las provincias de Salamanca y Toledo, lugares todos ellos en los que se llegaron a articular cantones.

 

En estos momentos, las partidas carlistas ganaban terreno en el norte y ocupaban Villarreal, Chelva, Sagunto, Morella y obtenían un gran triunfo en la batalla de Játiva.

 

La intensidad del movimiento cantonal fue muy notable, si bien la vida de los cantones fue, por lo general, muy breve, habiendo durado horas muchos de ellos, siendo que de otros no he podido localizar ni tan siquiera la fecha en que fueron constituidos. Tal es el caso, por ejemplo, el de Camuñas, en Toledo… y el de muchos otros.

 

Sin lugar a dudas, el de mayor importancia fue el de Cartagena, que duró desde el 12 de julio de 1873 hasta el 13 de enero de 1874.

 

Frenético, estúpido, incomprensible, inculto, soberbio, vendido, traidor, infantil, demente… Al siglo XIX, al actual siglo XIX que vivimos en 2017 podemos añadir cuantos adjetivos de ese tenor nos vengan a la mente, pero 1873 reúne todos esos calificativos de forma sobresaliente.

 

En esa situación, todo rumor era atendido como verdad absoluta, y según ese criterio, España entera hervía de entusiasmo por la causa cantonal, que estaba siendo reconocida por las potencias extranjeras. La verdad es que la desidia, la horrible desidia que corroe el cuerpo nacional, era lo único que justificaba ese triunfalismo cantonalista, ridículo, minoritario, insignificante… que sólo se alimentaba de la misma desidia que hoy mismo nos anula ante una situación tan calcada como la que estamos comentando.

 

Esa desidia posibilitó que el 12 de julio, y tras haber tomado el Arsenal, el Gobierno Civil, el Militar, y el Ayuntamiento, se constituyese el Cantón Independiente de Cartagena. Y esa desidia les permitió controlar la mayor parte de la flota e izar la bandera cantonalista. Cutre la idea, y cutre la bandera. La cochambre de la cochambre no tuvo mejor idea que izar una bandera turca que encontraron por ahí, y que finalmente arriaron para izarla de nuevo tras pintar de rojo la medía luna.

 

Y ante estos hechos, ¿cómo actuó la comunidad internacional?

 

España ya llevaba unas cuantas décadas sometida a sus garras; En 1824 nos habían dividido en una multiplicidad de países satélites que ya controlaban a su antojo, pero su odio a España no se había saciado, como no se ha saciado hasta el momento, a pesar de tenernos dominados y colonizados, y como consecuencia, cuando se constituyó el cantón, las bolsas extranjeras conocían una espectacular subida, señal inequívoca de su beneplácito a lo que ocurría en España.

 

Pero es que, además, si el movimiento cantonalista pudo tener lugar fue como consecuencia de la actuación de los poderes públicos… existentes desde la misma guerra franco-británica por la dominación de España, vulgarmente conocida como Guerra de la Independencia.

 

Sí, de tan atrás viene el asunto, pero es que, además, el gobierno del momento podía haber cortado el movimiento tomando presos a los inductores, que nunca ocultaron sus intenciones.  Pero, naturalmente, su actuación no llegó sino una vez declarado el cantón. Entonces mandó Pi detener a Contreras, cuando ya conocía que había partido hacia Cartagena y cuya incorporación las fuerzas del gobierno fueron incapaces, voluntaria o involuntariamente, de evitar.

 

Con esta situación, que para la conciencia política era de total normalidad, la vida parlamentaria continuaba entre insultos y amenazas. Por parte del sector más moderado, el 17 de julio de 1873 se redactó la nueva constitución federalista, que quedaría en proyecto, y que señalaba que las regiones eran estados soberanos y dividía a España en 19 estados con constitución propia, señalando al ayuntamiento como el pilar básico del estado.

 

Cuando ya el descontrol cambiaba de nombre, el 17 de Julio envió Pi un ejército al mando del general Ripoll destinado a someter a los revoltosos. Pero las instrucciones que llevaba Ripoll eran de no entrar en son de guerra, sino mediante la persuasión y el consejo.

 

No es de extrañar que, ante tan enérgica medida, el mismo día 17 de julio se constituyera el Cantón de Valencia; el 18 el de Sevilla; el 19 el de Cádiz y el de Almansa;  el 20 el de Castellón, Granada y Ávila; el 21 el de Salamanca y el de  Despeñaperros; el 22 el de Málaga, Jaén, Andújar, Tarifa y Algeciras; el 23 el de Córdoba, Plasencia y Loja; el 30 el de Orihuela… y muchos más.

 

Las actuaciones que se llevaron a cabo a partir de este momento, como no podía ser de otro modo, superaban con creces el calificativo de esperpento. Entre ellas podemos reseñar algunas.

 

El  mismo día de su constitución, la república de Granada declaró la guerra a la república de Jaén, mientras la república de Jumilla, de cuyo nacimiento y supervivencia no he podido localizar ninguna referencia, amenazaba a la de Murcia. En el manifiesto jumillano se proclamaba:

La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.

 

Proclamado el cantón en Castellón, cortaron las comunicaciones con el cantón de Valencia, por considerarlo rival suyo, a pesar de lo cual, cinco días después y cuando hacía acto de presencia el brigadier Villacampa, González Chermá, presidente del cantón, huyó a Valencia.

 

El cantón de Granada  redactó una constitución en la que se señalaba

1) Imponer una contribución de cien mil duros contra los ricos; 2) Derribar todas las iglesias; 3) Establecer una fábrica de moneda; 4) Incautarse de la administración de Hacienda y de todos los bienes del Estado; y 5) Dejar cesantes a todos los magistrados de la Audiencia. El comité del cantón se declaró soberano y única autoridad de la provincia, pero municipios como Baza y Loja no lo aceptaron.

 

Acto seguido, el Comité de Salud o gobierno del Cantón declaró la guerra a la república de Jaén por un desacuerdo en asunto de fronteras entre sus respectivas naciones.

 

Pero hubo cosas serias en el transcurso de esas peleas de gallos. Así, el 30 de agosto, las fragatas Almansa y Victoria, controladas por Cartagena, se presentaron ante Málaga amenazando con el bombardeo si no se plegaban a sus exigencias. El bombardeo no se llevó a efecto gracias a la intervención del buque prusiano Federico Carlos, que se quedó como rehén a Contreras, mientras en Cartagena se organizaban tropas voluntarias con ánimo de ir a rescatarlo.

 

El de Sevilla, que tuvo una duración de 14 días, vio cómo Utrera se independizaba del cantón, y protagonizó un enfrentamiento que se saldó con trescientos muertos y con la victoria de Utrera sobre Sevilla.

 

Entre tanto, la flota cantonal realizaba expediciones de manifiesto cariz pirático, por lo que el día 23 fueron declarados piratas por el gobierno de la república los buques cartageneros, lo que propició que la armada prusiana interceptase a “el Vigilante” y tomase presa a la tripulación, lo que ocasionó que el Cantón declarase la guerra a Prusia.

 

El 29 de julio de 1873, las fragatas Victoria y Almansa  fondearon en las aguas de Almería, conminando a la población a entregar 100.000 duros, el tabaco existente y exigiendo la evacuación de las tropas, ante cuya negativa fue bombardeada la ciudad el día siguiente por espacio de una hora, todo a la vista de embarcaciones de guerra británicas y prusianas,

 

El 31 de julio le tocaba el turno a Motril, que obtuvo la solidaridad del cantón de Granada, que amenazó con declarar la guerra a Cartagena, pero sirvió de poco. La armada cartagenera se llevó como botín 8000 duros y tabaco.

 

Tras estas acciones, el tres de agosto, las fragatas Almansa y Victoria entraron en Cartagena, sin bandera y custodiadas por tres buques, un inglés, un prusiano y un francés. Fueron apresadas después de haber bombardeado Málaga  y Almería, llevando como rehén al ciudadano Contreras. En Cartagena daban por sentado la pérdida de los buques, pero no sucedió así.

 

Los buques extranjeros, una vez más,  no cumplieron con su obligación. Sin embargo ocasionaron un grave problema al cantón, ya que, previendo equivocadamente que aquellos iban a cumplir con su obligación, dotó a las fragatas Numancia y Méndez Nuñez con una tripulación elegida democráticamente para enfrentarse al prusiano, hecho que no llegó a tener efecto.

 

No deja de llamar la atención la postura adoptada por los gobiernos europeos, que encontrándose con buques de guerra sin bandera reconocida, emitían comunicados como el emanado el 9 de agosto desde el “Federico Carlos”:

 

Contestando a la comunicación que les ha sido presentada hoy por la delegación que al efecto vino de Cartagena, el comodoro Werner, comandante del buque imperial Federico Carlos, y el honorable S. Ward, capitán del buque Swifesure de S.M.B., hacen saber que no siendo hostiles a ninguno de los dos partidos contendientes, sus relaciones son idénticas con el gobierno de Madrid y con el de Cartagena.

 

Mientras, los carlistas redoblaban sus actuaciones en el norte y se hacían dueños de toda Cataluña.

 

Henchidos de confianza, el nueve de agosto, Contreras comandó un enfrentamiento con las tropas del general Martínez Campos, que lo derrotó en batalla de Chinchilla el día 10 de septiembre. Esta batalla fue el principio del fin del cantón, que comenzaba a sufrir una epidemia de enfermedades venéreas y las gentes comenzaban a vivir de la caridad.

 

Pero la juerga no se había terminado, y el 16 de septiembre los cantonales, naturalmente custodiados por la armada británica, que vigilaba que las acciones no perjudicasen a los británicos, tomaron Águilas, de donde se llevaron rehenes y 20.000 duros.

 

Un aperitivo para lo que vendría el 26 de septiembre, cuando la armada cantonal, custodiada por trece buques extranjeros (ocho ingleses, cuatro franceses y uno prusiano), amenazaba Alicante.

 

Los cartageneros pidieron permiso a los ingleses para llevar a cabo el bombardeo de la ciudad, que tendría lugar el día 27 durante seis horas. Se lanzaron 186 proyectiles de 300 libras, siendo respondidos con 179 cañonazos.

 

Las labores de colaboración extranjera a los cantonales tuvieron otros aspectos, como ayudar a romper el bloqueo que sobre Cartagena ejercía la armada republicana.

 

Tras la “hazaña” de Alicante, el objetivo era Valencia. El 18 de Octubre, en su singladura para este objetivo, la armada cantonal era escoltada por tres buques ingleses, uno francés y uno italiano, que nada pudieron hacer cuando la impericia marinera de sus dotaciones provocó la colisión de la nave capitana, la Numancia, que transportaba a todas jerarquías cantonales, con el Fernando el Católico (rebautizado “Despertador del Cantón”), que acabó yéndose a pique y produciendo gran mortandad.

 

El incidente, como todo lo acontecido en España desde 1808 y hasta ahora mismo, fue considerado sin importancia, por lo que la expedición pirática llegó a Valencia el 19 de octubre, momento en el que el comodoro inglés (auténtico mando de la expedición) exigió un plazo de 96 horas para iniciar el bombardeo, tiempo que aprovecharon los cantonales para apoderarse de nueve embarcaciones que navegaban por la zona, en las que se apropiaron de diez millones de reales. Sin más, con ese botín volvieron a Cartagena con total tranquilidad.

 

Finalmente el gobierno, tal vez autorizado por las potencias extranjeras, que ya llevaban un siglo controlando la situación, inició el 23 de octubre el asedio de Cartagena por mar, que fue comedido hasta que el 26 de noviembre se rompieron las hostilidades, al tiempo que en Cartagena se desarrollaba la anarquía mientras las autoridades cantonales se dedicaban a perseguir “traidores” entre los que se encontraban el presidente de la Cruz Roja y el jefe administrativo del Hospital de la Caridad.

 

A finales de año, la situación del cantón estaba cantada, por lo que el gobierno cantonal se puso en contacto con el de Estados Unidos a quién solicitó su ingreso en la Unión y le pidió ayuda para mantener su independencia frente al poder centralista de Madrid. Los americanos estudiaron seriamente la propuesta, pero su resolución ya llego tarde.

 

 

A los cantonales ya sólo les quedaba una esperanza: la reunión de las Cortes que había de verificarse el dos de enero de 1874, en cuya reunión, si el gobierno de Castelar era derrotado, la organización de los cantones sería inmediata.

 

Pero llegado el día, Castelar fue derrotado por los votos y acto seguido se produjo el golpe de estado del general Pavía del 3 de enero de 1874, que si no solucionó nada, al menos acabó con el alboroto del gallinero. Al efectuar su entrada en el hemiciclo (a pie, que no a caballo) y ver cómo los diputados saltaban por las ventanas, sorprendido, preguntó: «Pero señores, ¿por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?».

 

Luego llegó el indulto del 11 de enero de 1874, excepto a los que pertenecieron a la Junta, presidida por Roque Barcia, y con él, la rendición del cantón el día doce, mientras que Antoñete Gálvez escapó a tiro limpio, tomó la Numancia junto a Contreras y toda la plana mayor del ejército cantonal, y con más de mil fugitivos a bordo lograron romper el bloqueo de las fragatas Carmen y Victoria poniendo rumbo a Orán, donde arribó al día siguiente.

 

Es el caso que la intentona por llevar a efecto la total destrucción de la España europea, objetivo acariciado durante siglos por Inglaterra, debió posponerse un siglo y medio. Después del fracaso de la Primera República, un sector del federalismo catalán evolucionó, de la mano de Valentí Almirall, hacia el denominado catalanismo particularista.

 

El 1 de Diciembre de 1874 Alfonso XII publicaba el Manifiesto de Sandhurst, en el que con clara sumisión a los intereses británicos, hacía clara la alusión a Gran Bretaña como ejemplo a seguir. Como consecuencia, el día 29, Martínez Campos se pronunciaba en Sagunto e instauraba a Alfonso XII.

 

Como resumen final, sólo señalar que la vida de los cantones, y gracias a la actuación de Pavía y de Martínez Campos, fue muy breve en todos los casos. Actuación que pudo tener lugar como consecuencia de la dimisión de Pi y Margall, ideólogo del mismo federalismo, que lo desbordó. En su lugar entró Salmerón, que fue quién inició la represión militar contra los insurrectosy aguantó hasta el siete de Septiembre, cuando dimitió, al negarse a firmar unas sentencias de muerte.

 

Este es un resumen de la triste experiencia cantonalista de 1873 cuya historia, desgraciadamente, es absolutamente desconocida por este pueblo que, un día, fue grande y hoy no es más que una colonia.

 

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