Hablar de masonería es un asunto extremadamente espinoso y complicado, merced a la propia acción de esta organización secreta, experta en el arte de la confusión universal, creadora, dentro de su órbita, de diversas y aparentemente contrapuestas tendencias.
Por otra parte, no soy yo persona que se haya dedicado al estudio de esta secta. Lo que voy a comentar a continuación son hechos con los que me he encontrado al realizar estudios sobre distintos momentos de la historia de España. Tal vez por ello soy de la opinión que la masonería no es sino una sección del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, como arma para utilizar contra su enemigo natural: el cristianismo, el humanismo… España.
Con esa premisa, y convencido como estoy que no voy a sacar luz sobre el asunto, me limitaré a recoger datos que parecen ciertos; así, parece que hizo su aparición pública y oficial en 1717, con la fundación de la Gran Logia de Londres, precisamente en unas fechas en las que la lucha contra España comenzaba a transformarse, de piratería física en piratería ilustrada.
Seis años antes de la fundación de la masonería, en 1711, se editada en Londres una “Propuesta para humillar a España”, que es la clave intelectual para determinar el nacimiento de la masonería.
La introducción del arma en España se llevaría a cabo mediante las ideas de la Ilustración, y contaría con una nutridísima nómina de agentes, cuya dependencia de los intereses británicos quedó (y queda), manifiestamente representada en sus actuaciones, que tuvieron actuación estelar tanto en la generación y desarrollo de las guerras separatistas de América como en el posterior sometimiento de toda la Hispanidad a los intereses británicos.
Como datos históricos sobre la sociedad secreta por excelencia, sabemos que en 1723, fueron redactadas las "Constituciones de Anderson" que contienen las primeras formulaciones de los nuevos fines de la masonería en las que se basan la mayor parte de los masones todavía, hoy. Dejamos lo de sus orígenes en el templo de Salomón para los aficionados al esoterismo.
A partir de 1730 casi ininterrumpidamente fueron designados Grandes Maestros de la Gran Logia de Inglaterra miembros de la familia real británica, y al servicio de la misma se significará en diversos acontecimientos históricos, muy especialmente en los relacionados con la destrucción de España, pero también de manera muy singular en la Revolución Francesa y en la Revolución Rusa, por ejemplo.
Y es que la masonería fue el principal medio usado por Inglaterra para infiltrar ideales político-económicos liberales. La corona británica, así, aparece ligada a la masonería desde un primer momento. No vamos a afirmar que son la misma cosa porque el hermetismo de unos y de otros no nos lo permite; sólo nos limitamos a resaltar lo que es público y notorio.
La alianza de la masonería con Inglaterra tiene pocas dudas, ya que desde sus principios quedan manifiestas las alianzas, antes de finalizar el siglo XVIII cuando en 1787 era iniciado el príncipe de Gales, el futuro Jorge IV, en la logia que ya llevaba su nombre, y cuya iniciación fue llevada a cabo por su tío Henry Frederick, Duque de Cumberland. Y no fue casualidad ni ardor juvenil esta iniciación, porque veinticuatro años después, en 1811, el príncipe era Gran Maestre de la Moderna Masonería Constitucional Inglesa. Es entonces cuando la masonería se convierte en la argamasa del imperio británico y lo que posibilita que los jóvenes Estados Unidos de Norteamérica y la Gran Bretaña recuperen las relaciones rotas en la guerra de independencia norteamericana.
Esas relaciones con la corona británica se redondean con los principios que quedan demostrados en sus actuaciones. Y es que, dentro del secretismo que inunda esta secta, y siempre basándonos más en los hechos que en las declaraciones, podemos atisbar los extremos que la caracterizan; a saber: Un anticatolicismo fanático y un antihispanismo militante. Dos puntos también coincidentes con los propios principios británicos.
Planteadas estas generalidades, pasemos a señalar el papel directo llevado a cabo por la masonería en España.
El Tribunal de la Inquisición había prohibido la Masonería en 1738. Esta prohibición fue sancionada por el apoyo de la autoridad real, mediante un edicto del Rey Fernando VI, en 1751, y la sociedad secreta no actuó a cara descubierta durante todo el siglo XVIII, si bien la pertenencia de importantes personajes públicos a la secta nos manifiesta que no estuvo ausente en la política nacional durante este periodo.
Sin embargo, y a pesar de la clandestinidad, pronto se inició la extensión de la secta a un lado y otro del Atlántico, siendo que, las logias masónicas funcionaron en distintos puntos de América desde 1763 habiendo llegado a través de las rutas de comercio, pero también por boca de ciertos revolucionarios españoles desterrados a las Indias, así como a través de algunos científicos europeos, y muy principalmente como consecuencia de la ocupación inglesa de La Habana entre 1762 y 1763.
En 1795, Francisco de Miranda creó en Paría la Logia Madre Hispanoamericana, cuyos miembros, asumieron el papel de diputados representantes de sus países y firmaron el 22 de diciembre de 1797 un pacto de 18 puntos, como acta constitutiva de una agrupación externa o pública denominada "Junta de diputados de villas y provincias de la América Meridional", de la cual fueron nombrados directores principales Francisco de Miranda y Pablo de Olavide.
Pero la presencia firme de masones no fue verificada hasta 1796 en Venezuela, cuando llegaron varios prisioneros acusados de conspiración en contra de la corona. Uno de ellos, Juan Mariano Picornell, se fugaría a la colonia británica de Trinidad, donde su gobernador, Sir Thomas Picton, emitió una proclama excitando a los habitantes de Costa-firme a insurreccionarse, ofreciéndoles, en nombre de Su Majestad Británica, armas, municiones o fuerzas para asegurar su independencia.
Pocas décadas necesitarían para hacer efectiva esa oferta. Así, ya en plena guerra franco británica para la dominación de España, Carlos María Alvear declaraba a Inglaterra desde Buenos Aires: Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes y vivir bajo su influjo poderoso.
Por su parte, Francisco Miranda, que había tomado los primeros contactos con la masonería en Estados Unidos, trabó relaciones con Washington, Franklin, Adams, Hamilton y Lafayette, masones todos, y esas relaciones le facilitaron nuevas relaciones con hombres de la Revolución francesa así como con Pitt, Pophan, Cochrane y Lord Macduff, luego Conde de Fife, también masones, y con esas relaciones fue el mismo Miranda quien, el 27 de Diciembre de 1805, introdujo a Bolívar en la masonería, que había dotado a Miranda de una fuerte estructura económica, de captación y propagandística, con base física en Londres.
Estas actuaciones no eran autónomas; bien al contrario, el historiador y aventurero británico Daniel O’Leary, asesor personal de Bolívar, confirma que “Mr. Pitt le consultó en más de una ocasión cuando pensó invadir la América española y le confío una misión de grande importancia.”
Pero no fue en América, sino en Cádiz, donde se fundaron las primeras logias con vistas a la secesión de América. Allí estaba José de San Martín.
Y es que, si con la invasión napoleónica se habían creado sociedades masónicas, con el inicio de la intervención inglesa en la Guerra Franco Británica para la Dominación de España (vulgo Guerra de la Independencia), experimentaron un espectacular desarrollo, siendo la fuente donde se reclutaron los que el vulgo conoce como “libertadores” así como aquellos que, desde la Península, serían los encargados de dirigir los destinos de España, al compás de las instrucciones recibidas de Inglaterra.
La más famosa de estas logias fue la de los Caballeros Racionales, con sede en Cádiz y Londres. En la sede inglesa el gran maestre de la logia era el venezolano Francisco de Miranda, que tanta influencia ejercería sobre Simón Bolívar. Y en la logia de los Caballeros Racionales militaron casi todos los hombres que iban a jugar un papel preponderante en la demolición de la América española: San Martín, Bolívar, O`Higgings, Alvear, Zapiola, etc.
No serían los únicos casos. Miguel Hidalgo, padre del separatismo mexicano era iniciado masón en 1806.
En los inicios del siglo XIX, las logias preexistentes tanto en Cuba como en el continente tenían unidad de acción con las logias peninsulares, y su importancia nos puede quedar reflejada con un solo dato: en octubre de 1809 se funda, en el local de la Inquisición de Madrid, la institución encargada de perseguir la masonería, una logia para todas las Españas.
Si en la misma sede de la Inquisición se llevó a efecto tal acción, ¿qué podía pasar en el resto?
Sociedades secretas se crearon en Filadelfia, en La Habana, en Cádiz, en Londres y en Caracas, formando una coalición poderosa para promover la independencia de las Américas, a cuyo amparo se desarrollaban trabajos para insurreccionar el ejército destinado a defender la Patria.
Y mientras esto sucedía en España, las principales potencias se establecían sólidamente, redistribuyendo cada una de las áreas, ocupando islas y archipiélagos que anteriormente carecían de interés y que gracias al vapor se convierten en vitales enclaves y bases de carboneo. Francia ya se había instalado en Cochinchina, Tonkin y Annam; Gran Bretaña en Hong Kong.
Y en 1811, San Martín pediría la baja del ejército español para atender sus asuntos en América, para cuyo viaje pasó por Londres y se hospedó en la casa de Miranda, lugar de encuentro de los masones, tras lo cual se dirigió a Buenos Aires a bordo de una fragata inglesa. El 6 de mayo de 1816 escribía sobre la instauración de la masonería en lenguaje críptico: Mucho me alegro que el Establecimiento de Matemáticas progrese; si éste está bien establecido, las ventajas serán ciertas.
Y las matemáticas progresaron… San Martín pasó a presidir la logia Lautaro, y el congreso separatista de Tucumán, bajo la presidencia del masón Juan Fco. Narciso de Laprida se reunió el 9 de Julio de 1816; su secretario, Juan José Paso, era masón adscrito a la logia Independencia… Al respecto, señala el gran maestre Ángel Jorge Clavero, “disuelto el Congreso y el Directorio, a comienzos de 1820, no hubo gobierno nacional hasta la elección de nuestro hermano Bernardino Rivadavia como Presidente de la República, el 7 de Febrero de 1826. Rivadavia fue iniciado masón en Europa, actuó en las logias Aurora y Estrella Sureña, propició la fundación de la Logia Valeper y realizó trabajos masónicos en Uruguay y Brasil.
La actuación de San Martín al servicio de Inglaterra se materializaría en el paso de los Andes y en la toma del Virreinato del Perú con una armada totalmente británica. Tras esta actuación abandonaría América para no volver jamás. Sus servicios seguiría prestándolos en otros ámbitos, como en la Separación de Bélgica del reino de Holanda, que era un objetivo que interesaba a Inglaterra, donde residía desde 1824. Marchó a Bruselas donde permaneció hasta 1830, después de la independencia de Bélgica, donde fue reconocida su labor en 1825 con una medalla masónica en la que aparecía su imagen.
Pero no eran sólo los jefes separatistas los adscritos a la masonería. La masonería estaba enquistada también en los órganos de poder, en la península. Masones fueron, por ejemplo,: Antonio Alcalá Galiano, Enrique O’Donnell, José I (Pepe Botella), Juan Álvarez Mendizábal, F. Cea Bermúdez, Francisco Martínez de la Rosa, Baldomero Espartero, José María Calatrava, Rafael Maroto, Ramón Narváez, Casto Méndez Núñez, Nicolás Salmerón, Francisco Pi Margall, Francisco Serrano, Manuel Ruiz Zorrilla, Juan Prim, Amadeo de Saboya (rey), Práxedes Mateo Sagasta, Giner de los Ríos.
Como masones también fueron Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda; Angel Saavedra, Duque de Rivas; Pedro Rodríguez, conde de Campomanes; Gaspar Melchor de Jovellanos; Mariano Luis de Urquijo; Francisco Milans del Bosch; el general Castaños, Díaz Porlier, Espoz y Mina, O’Donoju, Eugenio de Palafox, conde de Montijo, Carlos María Alvear, M Becerra, ministro de ultramar, Juan Van Hallen, Agustín Argüelles, presidente del gobierno y tutor de Isabel II, …
Curiosas son las situaciones de todos ellos, y me resulta particularmente destacable la de Juan Van Hallen, que se libró milagrosamente de los fusilamientos del tres de mayo de 1808 en Madrid, y habiendo capitulado en la Coruña, contando 19 años, en 1809, acabó de oficial de ordenanza de José I, a quién acompañó cuando fue expulsado de España en 1813. Posteriormente entraría a servir como espía.
También es cierto que en el mundo británico, la misma masonería copaba esos mismos puestos; entonces, ¿qué diferencia hay entre una y otra? Parece evidente que la masonería ideológica estuvo siempre al servicio de la Corona británica desde la entronización de Jorge I en 1714. Por el contrario, los servicios prestados a España fueron destinados, exclusivamente, a combatir el espíritu de su obra universal.
Así, entre otros asuntos de mayor y de menor envergadura, conseguirán controlar el ejército y colocar hombres en la defensa de Cádiz y entre sus hombres nació la revolución militar y burguesa de Riego en 1820, aprovechada por Inglaterra para gestar el movimiento separatista en América.
Y es que en el periodo 1814-1820, los liberales fueron protagonistas de seis años de arbitrariedades, de atropellos y robos, de torpezas e ineptitudes que terminaron desacreditando a la realeza y haciendo odioso su gobierno a todas las clases de la nación. Desorden en la administración, falta de recursos, con la economía deshecha y empobrecida; sin crédito ni fuerza moral, terminó atrayendo la revolución de Riego en 1820.
Los liberales se esforzaban en difundir que la constitución nos la hemos dado a nosotros mismos. Concepto que se repetirá 170 años después, pero a partir de 1821, se hizo evidente la división dentro del seno liberal, dando lugar a enfrentamientos entre los moderados, para quienes la revolución era el punto de llegada, y los exaltados, para quienes la revolución era el punto de partida. Con una particularidad: moderados y liberales tenían obediencia masónica.
La situación creada llevó inexorablemente a la restauración del absolutismo llevada a cabo por Fernando VII, momento en que los liberales dieron lugar a las sectas secretas, que se nutrieron de aquellos que habían regresado de las cárceles francesas y que trufaban el ejército y la administración de masones clandestinos que se enfrentaban a masones ocultos, produciendo una situación de esperpento.
Como mínimo, rara era la actuación del masón Fernando VII, que llevó a la clandestinidad a la organización. O tal vez no era tan rara, sino sencillamente consecuencia del enfrentamiento interno de la masonería, ya que Eugenio de Palafox y Portocarrero, conde de Montijo y Gran Oriente de la masonería, y otros elementos de poder (Francisco Javier de Istúriz, José Moreno Guerra, Domingo de la Vega, Sebastian Fernández Vallesa, José María Montere, Juan Manuel de Arréjula, Salvador Garzon y Salazar, Juan Álvarez y Mendizábal, Félix Beltran de Lis), eran miembros de la masonería partidarios de devolver el trono a Carlos IV que en 1819 llevaron a efecto levantamientos que fueron neutralizados por Fernando VII, por lo que sus promotores fueron muertos o exiliados, y con ello fue neutralizada la acción de las logias, a excepción de la de Cádiz.
Parece que, efectivamente, esa actuación de Fernando VII, probablemente estuvo motivada por las disidencias dentro de la organización masónica, que de una u otra forma participa en la consolidación del absolutismo con la ayuda de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Y es que debemos tener en cuenta que el duque de Angulema, jefe de los Cien Mil hijos de San Luis, era masón, como masón eran sus subordinados el general Guillerminot y el mariscal conde de Beurnonville era Gran Maestre del Gran Oriente de Francia…. Y el mismo Francisco de Paula, hermano de Fernando VII, era Gran Maestre del Gran Oriente de España.
Masones contra masones… descargando su odio sobre el pueblo español.
Esos enfrentamientos entre distintas tendencias masónicas propiciaron que Fernando VII adoptase una acción (una más) contra natura.
En 1824 puso fuera de la ley a la masonería, aunque se había iniciado en la Orden durante su estancia en Francia, asunto que es abordado por varios autores, entre ellos don Francisco de Asís Aguilar, obispo de Segorbe que afirma que fue iniciado masón en Valency. También lo afirman Miguel Morayta y Van Halen, quien procuró convencerle de que se pusiera a la cabeza de la Masonería como único medio de conservar su corona, según manifiesta el primero en sus memorias.
El caso es que, en 1823, se calcula que el 43,7% de los miembros del ejército pertenecían a la masonería, siendo que el 18,51% de los mismos eran generales y jefes; el 22,94, capitanes; el 19,69 tenientes, y el resto, oficiales subalternos, suboficiales y tropa. En lo tocante al clero, la muestra refleja que el 2,9% del mismo también estaba relacionado con la masonería, como así el 1,25% de la nobleza.
En cuanto a la clase política, la legislatura de 1820 contaba con treinta y un masones (el 20,5% de la cámara); la de 1821 con cuarenta y tres (el 26,6% de la cámara); la legislatura de 1821-1822 con cuarenta y uno (el 16,88% de la cámara); la legislatura de 1822 con veintiséis (el 19,2% de la cámara); la de 1822-1823, veintiocho (el 18,2% de la cámara), siendo que de los 76 ministros que fueron nombrados desde el 9 de marzo de 1820 al 30 de septiembre de 1823, sabemos que 21 de ellos estuvieron afiliados a la masonería.
Pero las disidencias internas de la masonería seguirían cobrándose su cuota de sangre española; así, el 28 de febrero de 1831 se pronuncia el general José María de Torrijos y Uriarte, que acaba huyendo al cobijo de Inglaterra en Gibraltar, desde donde volvería a desembarcar en Fuengirola, siendo derrotado en las inmediaciones de Málaga, donde sería fusilado junto a cincuenta y seis compañeros, a pesar de las promesas recibidas.
También serían fusilados el general Manzanares y los sesenta y un soldados que le acompañaban.
Tras estos hechos, se multiplicarían las ejecuciones, entre las que destaca la de Mariana Pineda, ejecutada por bordar una bandera, al tiempo que las conspiraciones liberales, encabezadas por Mina, se reproducían en Francia.
En el Caribe, que había entrado en un paréntesis marcado por los anglosajones, también había tensiones entre masones; así, en Cuba, en 1820 se produjeron algunas insurrecciones de carácter masónico destacando entre ellas “Soles y Rayos de Bolívar”, que contaba entre sus jefes a José Francisco de Lemus, habanero y coronel en el ejército de la Gran Colombia. El movimiento fue abortado, pero ningún insurrecto fue castigado.
El enfrentamiento intermasónico no cesaba; así, el 31 de octubre de 1832, el capitán general de Cataluña, Conde Carlos de España, remitía al gobierno copia de un escrito que había circulado en Reus y varios pueblos de la costa, en defensa de la rebelión de 1820.
La permanente conflictividad sería el pan de cada día de esta época, pero a partir 1868, con la Revolución Gloriosa, sería cuando la masonería alcanzaría el momento álgido de su existencia en la historia de España, dado que a lo largo del sexenio se creó el caldo de cultivo necesario para el desarrollo de sus conspiraciones.
Es justo en estos momentos cuando la masonería se muestra en Cuba, siendo parte importante en el desarrollo de la guerra de los diez años, lo que parece evidenciar una coordinación de actuaciones que en su momento se vieron paralizadas en 1820, cuando se produjeron los primeros movimientos insurreccionales en la Gran Antilla, en paralelo con la sublevación de Riego en Cabezas de San Juan. Y el motivo de que el movimiento separatista no prendiese también en las Antillas en estos momentos, parece encontrarse en que justamente ahora era cuando la masonería había logrado convertirse en la argamasa del mundo anglosajón, y las aspiraciones usenses con relación al Caribe eran un punto de fricción con el programa británico, lo que conllevó a una paralización de actuaciones que se mantendrían hasta finales de siglo.
Hemos dado un salto de 1820 con el levantamiento de Riego a 1868 con la Gloriosa y la Guerra de los Diez años de Cuba, pero evidentemente, la labor masónica no había sido suspendida en Cuba. Había sido secreta, había llevado a cabo diversas actuaciones subversivas especialmente señaladas en 1843 y 1844. Este último año destaca la “conspiración de la escalera”, a raiz de la cual, el gobernador del momento, Leopoldo O’Donnell, expulsó de la isla a los libres de color. En 1848, el nuevo gobernador, Roncali, tuvo que aplicarse también y proceder a la expulsión de agentes extranjeros que promocionaban el partido separatista, alentado desde Estados Unidos, donde la actividad de la masonería, contrariamente a lo acaecido en Cuba, tenía un carácter menos solapado.
Y desde los Estados Unidos, la masonería movía los hilos que ocasionaban los conflictos en Cuba, y con sus contactos ramificados por todos los ámbitos sociales, económicos y políticos del país, fomentaban el clima de levantamiento en la isla.
El año de 1852 fue notable por la actividad en los trabajos de la Sociedad secreta La Estrella Solitaria. Extendía sus ramificaciones desde Nueva Orleans, donde estaba su matriz, a cerca de cuarenta ciudades americanas.
Estas actuaciones tendentes a crear una cabecera de puente en Cuba tuvieron éxito en 1864 cuando se produjo una amplia extensión de la masonería, que sería nutrida por los hacendados y los grandes comerciantes asentados en la parte occidental de la isla. Fue precisamente en esta parte de la isla donde aparecieron los principales cabecillas separatistas.
Es significativo cómo la logia Fe Masónica nº 15 en 1866 de sus 42 componentes, únicamente 12 son naturales de La Habana, es decir, en su mayoría están compuestos por nacidos fuera de Cuba.
Y mientras, el capitán general, en este caso Francisco Serrano, posibilitó el desarrollo de la masonería, que se incrementaría notablemente preparando el terreno para lo que había de llegar de la mano de la “revolución Gloriosa” de 1868, también dirigida por Serrano, que dio al traste con el reinado de Isabel II.
Todo hace pensar que con el fin del esperpento que significó la primera república, las cosas debían haber cambiado, pero la realidad es que con la llegada de Alfonso XII no sólo no se truncaron las expectativas de los masones españoles sino que, por el contrario, el proceso de crecimiento siguió en aumento alcanzando un notable desarrollo en la década de los ochenta y primeros años de la década de los noventa, siendo que de 1876 a 1881, Sagasta fue el Gran Maestre y Soberano Comendador del Gran Oriente de España, una de las obediencias masónicas más importantes.
En este contexto, En 1875 se desplazó José Martí a París y de allí a México, manteniendo contactos con la masonería. Volvió a Cuba en 1878, acogiéndose a la amnistía. Tenía en esos momentos 25 años.
Luego, nuevamente en el exilio y como una actividad más dentro de su adscripción a la sociedad secreta, creó el partido revolucionario cubano, y posteriormente sería transportado a Cuba en un vapor propiedad del también masón Heinrich Lowe… y Juan Gualberto Gómez, designado por Martí para iniciar el levantamiento separatista, así como los firmantes del Manifiesto de Montecristi publicado en contra de la presencia española en la isla, y Narciso López, eran todos masones, como masones eran Máximo Gómez, Carlos Manuel de Céspedes, su hermano Francisco Javier, Bartolomé Masó, Manuel R. Fernández, Francisco V. Aguilera, Juan Hall, Manuel Anastasio Aguilera, el teniente Pedro Nuño Gonzalo, Jefe del Cuerpo de Bomberos de Santiago, Germán González de las Peñas, Comisario de Policía…
Y es que los conspiradores de Cuba, como los de Puerto-Rico, estaban de antiguo organizados masónicamente, y en esta forma llevaron adelante su obra separatista. Al efecto tenían dividida la Isla en diferentes logias, obedientes a los hermanos de superior graduación que trabajaban de acuerdo con el comité o Junta establecida en La Habana, y relacionado con la primitiva Junta revolucionaria de Nueva-York.
Todos masones, y todos dependientes de los Estados Unidos, donde no les faltaba todo tipo de ayuda… O, para ser más exactos, donde brindaban todo tipo de ayuda a los intereses usenses.
La Junta de cubanos de Nueva York, encabezada por Morales y Miguel Aldama, acordó con los EE UU que éstos formalizarían la compra de la isla por cien millones de dólares, para cuyas gestiones se encargó a Paul Forbes, que desde Madrid informó que el general Prim estaba dispuesto a reanudar las negociaciones.
Mientras, la prensa peninsular exigía el abandono de Cuba.
Y al amparo de ese espíritu se formó en Nueva-York una asociación protectora de la independencia de Cuba, con el nombre de Liga Cubana de los Estados-Unidos, a la que pertenecían generales norteamericanos, ministros, diplomáticos y personas influyentes, que se constituyeron en comités o secciones para pedir al Congreso el reconocimiento de beligerantes a los cubanos, a cuyo fin designaron al general Charles W. Darlin, y a los coroneles Lamson, Raymond y Taylor; para organizar actos públicos, de lo que se encargaba el general Davies y otros oficiales; de la correspondencia con otras ciudades y levantar fondos, participantes en todo norte-americanos y extranjeros.
El círculo estaba cerrado; todos estaban conformes, los usenses, los ingleses, y sus delegados en España: el gobierno.
Prim ordenó desarmar a los voluntarios, pero la tarea se presentaba complicada, como complicado se presentaba plantear al pueblo español la secesión de uno de sus territorios, y el círculo se rompió… de momento.
En cuanto a Filipinas, a partir de la creación de la primera logia en Manila, en 1850, se fundaron sociedades masónicas en diversas ciudades del Archipiélago, como Iloilo y Cebú (Islas Visayas), puntos estratégicos donde acechaban las potencias enemigas de España.
También en la Península se crearon logias filipinas, la primera de las cuales fue Solidaridad, creada en 1886, a la que siguió el establecimiento de la delegación del Comité de Propaganda (fundado en las Islas en 1888) y de la Asociación Hispano Filipina (1889), siendo su órgano de prensa la revista quincenal La Solidaridad.
Previo a su constitución, desde 1882, José Rizal se encontraba residiendo en Madrid, donde estaba en tratos con la masonería, lo que le permitió acceder a los medios escritos en los que compartía espacio con otros escritores y propagandistas masones, con los que acaba creando un núcleo que daría lugar a la fundación de la logia “Liga Filipina”, de la que serían miembros Andrés Bonifacio y Deodato Arellano (que posteriormente fundarían en Filipinas el Katipunan).
Y el 3 de julio de 1892 se establece en Filipinas, a propuesta de Rizal que había confeccionado los estatutos a la sombra de Inglaterra, en Hong Kong, la logia “Liga Filipina”, al tiempo que por su parte, Prat de la Riba publicaba las “Bases de Manresa”, de carácter catalanista, preámbulo del su manifiesto “als catalans”, publicado en 1898 por la Unió Catalanista.
Pero Rizal acabaría siendo deportado por el también masón Despujol, gobernador de Filipinas, una semana después de la constitución de la logia.
Todo estaba en sazón. Los agentes estratégicamente establecidos habían desarrollado a la perfección las organizaciones que a todo lo largo del siglo habían conseguido trocear y anular a España. Ahora tocaba el siguiente paso.
Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania van a abordar en 1898 el problema de una vasta redistribución colonial, a expensas de los dos imperios peninsulares; y ello por medio de unos planteamientos más amplios y complejos que los que suelen aparecer en nuestros manuales universitarios.
Los intereses de Inglaterra señalaban que la expansión por el Caribe y por el Pacífico correspondería a los Estados Unidos. El modo de cómo llevarlo a efecto correspondería decidirlo a éstos.
Cánovas ya había sido eliminado al no cumplir las expectativas. Ahora Mckinley abordaría el último intento que eludiría la guerra: Una nueva oferta económica a la reina regente Maria Cristina de trescientos millones de dólares por Cuba y Puerto Rico y un millón de dólares para los miembros del gobierno español en concepto de comisiones.
Pero este extremo hubiese significado la caída de la monarquía, que sólo podía salvarse con el inútil derramamiento de la sangre del pueblo español, que inexorablemente, además, debería sufrir la amputación de su ser nacional.
Los agentes británicos, los masones, tenían clara la solución: para conseguir sus objetivos era necesario llevar a cabo una nueva farsa: una guerra destinada a un resultado pactado en el que España debía perder, además de sus hombres, su presencia en América, en Asia y en el Pacífico.
Y así se completó la farsa. Durante un siglo se había laborado con éxito para dejar inerme a España, y ahora era el momento de proceder a su fraccionamiento efectivo.
Pero en este sentido, el encargado de dar la puntilla, Cánovas, no cumplió lo que de él se esperaba y a deshora se atrevió a promover lo que le estaba vetado a España: la creación de una armada.
La iniciativa sería cortada radicalmente: fue asesinado el 8 de agosto de 1897, siendo sustituido por Sagasta, que no dudando en manifestar lo innecesario de la medida, sería el encargado de llevar a buen fin la tragedia.
A continuación se produjo la escenificación de la misma. Una armada superior, la española, se enfrentaba a una armada inferior, la usense, que sin embargo, sin esfuerzo alguno y con el sacrificio de muchas vidas españolas coronaba con el éxito un espectacular acto por el que España quedaba descuartizada. El motivo: la traición, tanto del gobierno como del almirantazgo, y muy en concreto del almirante Pascual Cervera Topete y del almirante Patricio Montojo y Pasarón, artistas principales del desastre de la Armada en Santiago de Cuba y en Cavite, respectivamente.
¿Era el acto final de la tragedia?... Era un acto de la tragedia; uno más. Para llegar a este punto previamente se había troceado la Patria en veinte republiquetas que estaban al servicio de Inglaterra; México había sido reducido a la mitad de su territorio mientras en la otra mitad se llevaba sobre los naturales un tremendo genocidio que a partir de este momento se reproduciría en Filipinas…
Ahora empezaba el siguiente acto. Por una parte, la creación de sentimientos nacionalistas en cada uno de los territorios, y en la España peninsular, el desarrollo de los separatismos, continuidad natural del gestado en Cuba por las propias administraciones nacionales.
Las primeras campanadas de la diáspora peninsular habían sido dadas ya antes de 1898 por Sabino Arana y por Prat de la Riba. Ahora tocaba a los agentes británicos laborar por su desarrollo.
Así, durante el primer tercio del siglo XX se desarrollaron de forma espectacular los movimientos centrífugos dentro de aquello a lo que se había visto reducida políticamente España, y el 14 de abril de 1931 era proclamada por Francisco Maciá la república catalana, que duró tres días. Pero el seis de octubre de 1934, Luis Companys proclamó nuevamente la república, que sería derrotada por las armas pocas horas después. Sobre las siete de la mañana del 7 de octubre las tropas entraron en el Palacio de la Generalidad y detuvieron a Companys y a su gobierno.
Evidentemente, la tragedia continuaba.
Si la masonería había laborado de forma proactiva desde principios del siglo XVIII y había obtenido éxitos plausibles dos siglos después, no iba a dejar su actividad en estos momentos. Los objetivos británicos de 1711 manifestados en “Una propuesta para la humillación de España” se estaban consiguiendo, pero no eran totales… Todo era cuestión de tiempo.
Y ahora, en 2025, se ha cumplido ese tiempo. Los ejemplos anteriores, América, Caribe, Pacífico, Filipinas, han servido para que los enemigos de España hayan aprendido de los errores y de los aciertos.
¿Y para España?
España sigue inmersa en la hecatombe del siglo XIX. España sigue en una involución letal alimentada por un proactivo desconocimiento de su propia historia y en un proceso de aculturación galopante. Un suicidio colectivo al que nos ha abocado el bien hacer de Inglaterra y de sus agentes, quienes desde Fernando VII hasta hoy mismo han sabido cumplir fielmente con la labor encomendada por sus amos.
¿Qué sucederá con Cataluña?; ¿con Vascongadas?, ¿con Galicia?, ¿con Andalucía?, ¿con Canarias?...
Sin lugar a dudas lo que sucedió con Cuba… y por los mismos medios, salvo la pantomima de una guerra con resultado pactado. Sencillamente porque no habrá guerra.
Pero las Españas no sucumbirán. El movimiento panhispánico está creciendo, y tal vez, mientras lo que hoy conocemos como España se desmorona como un terrón de azúcar, crezca en otro lugar del mundo, en la nueva Asturias, el movimiento regenerador encargado de la Reconquista de las Españas.
Las nuevas armas, el nuevo submarino, probablemente sean descubiertas por algún científico español. Roguemos a Dios por que no caiga en la tentación de brindárselo a ningún gobierno títere de los que hoy dirigen las colonias británicas que otrora fueron Las Españas.
0 comentarios :
Publicar un comentario