jueves, junio 18, 2026

La Economía en la España de 1808



Un hecho significativo que debemos tener en cuenta a la hora de analizar el desarrollo de la Guerra francobritánica para la dominación de España, es la aportación económica llevada a cabo por Inglaterra.

Pero, ¿En qué condiciones se encontraba la economía española a principios del siglo XIX?

Las necesidades del estado, crecidas al compás de las reformas ilustradas, hacían que fuesen mirados con codicia los bienes de la Iglesia. Pero la desamortización de los bienes acumulados por la Iglesia en España es una cuestión que a lo largo de los siglos ha sido manejada como una posibilidad por parte de los diversos reinos hispánicos; posibilidad que nunca fue abordada por la dificultad que comportaba el asunto sin la creación de fricciones con la Iglesia.

Un escrúpulo que es inexistente la para la Ilustración, cuyo primer valor moral no es otro que el propio enriquecimiento. Así, fue posible con Carlos III la expulsión y el expolio de la Compañía de Jesús en 1767, cuando les fueron requisados los bienes “con la muy superior de que sirvan a la defensa y conservación del Estado”, fue  punto de partida para unas acciones que se prolongarían en el tiempo y que serían reiteradamente aplicadas durante los dos siglos siguientes sobre todo tipo de bienes, ya religiosos, ya comunales.

Es esa trayectoria, Carlos IV emitió un decreto el 19 de Septiembre de 1798 por el que fueron enajenados:


Todos los bienes raíces pertenecientes a hospitales, hospicios, casas de misericordia, de reclusión y de expósitos, cofradías, memorias, obras pías y patronatos de legos, poniéndose los productos de estas ventas, así como los capitales de censos que se redimiesen pertenecientes a estos establecimientos y fundaciones, en mi Real Caja de amortización bajo el interés anual de tres por ciento.


La presión fiscal se recrudecería con la invasión napoleónica, siendo destacable el hecho de que mientras en los primeros años del siglo XIX los ingresos anuales de la Corona superaban los 1.400 millones de reales de vellón, en 1817 los ingresos se habían reducido a 597 millones. 

En ese periodo habían sucedido varios acontecimientos que acabarían influyendo de manera determinante en la economía.

Ya se venía sufriendo la escasez de numerario desde hacía muchos años, y bajo el sometimiento a Francia bajo el gobierno de Godoy, se compaginaban los excesos de la corte con la escasez, siendo que en 1805, la Corona cubrió los cien millones de reales de vellón que precisaba con la emisión de deuda representada en cincuenta mil obligaciones de 2.000 reales cada una, amortizable en ocho años y con un interés de cinco y medio por ciento anual, de las que el Consulado de Cádiz se hizo cargo. Acto seguido llegó la derrota de Trafalgar el 21 de octubre de 1805.

El conjunto de pérdidas que sufrió el comercio gaditano entre 1796 y 1804, según estimaciones de Manuel Moreno asciende a 1.368.000.000 de reales. La emisión de 1805 apenas era el 7,31% de esas pérdidas.

Lógicamente, recién iniciado el año 1806, fue necesaria la negociación de nueva deuda por 40 millones de reales que comportaba un notable incremento en su remuneración.  Y a éste sucederían dos préstamos que por un valor global de 20.810.000 reales, fueron concedidos por el Real Consulado de Cargadores a Indias de Cádiz para atender las inminentes necesidades de la Armada.

Para 1808 la deuda superaba los siete mil millones de reales y no estaban resueltas las necesidades de la Armada, y quien hasta esa fecha había sido el principal enemigo de España, Inglaterra, tenía preparada una armada para llevar a cabo un nuevo intento de asalto al Río de la Plata; sin embargo ese asalto quedaría pospuesto ante las nuevas circunstancias ocurridas a primeros de mayo en España.

A partir de ese mismo momento, las juntas, la regencia, cualquier autoridad cierta o ficticia que en ese momento se hacía sentir en España, se sentía compelida a llevar a cabo una actividad diplomática y militar que inequívocamente pasaba por Inglaterra, de quién se pretendía un suministro masivo de armas, dinero, municiones y pertrechos de todo tipo para combatir la invasión francesa.

Así, el 29 de mayo tiene lugar el primer intento de conseguir la ayuda financiera y logística británica cuando la Junta de Asturias envía a Juan Menéndez de Luarca en comisión cerca del gobierno británico para recabar ayuda económica y militar, que la concedió con la condición de estuviese refrendada por la Junta provincial.

El 2 de julio eran servidas en Gijón  seiscientas toneladas de armamento y material de guerra. Inglaterra observaba la situación con astucia, prudencia e inteligencia, y midiendo cada uno de los pasos, que si se dieron con astucia, alcanzaron su mayor magnitud en la segunda mitad del mes de julio, tras el resultado de la Batalla de Bailén el 19 de julio, donde si bien es cierto que no se trató de una derrota manifiesta del ejército francés, dio lugar a que Inglaterra proclamase lo contrario tras haber condenado a la muerte por inanición en la Isla de Cabrera a  unas tropas que habían convenido con el ejército español su traslado por mar a Francia. Pero las decisiones no las tomaba España, sino Inglaterra. Y todo ocurría en un marco jurídico en el que oficialmente España se encontraba en guerra con Inglaterra, pero era Inglaterra quien dirigía las estrategias militares de España.

De la jornada de Bailén salieron al menos dos extremos meridianamente claros que venían a ser uno solo: El ejército de Napoleón podía ser vencido, y España pasaba a ser dominio exclusivo de Inglaterra en lo político, en lo militar y en lo económico.

Era el momento de consolidar ese control, lo que requerirá paciencia. Para ello será necesaria la convocatoria de unas Cortes que en principio estaban señaladas para Sevilla, pero que las circunstancias impusieron que se desarrollasen en Cádiz, bajo un paraguas británico fuertemente asentado en Gibraltar, y que sería imprescindible hasta 1813. 

En adelante  España, tras un siglo de actividad proactiva en el desmontaje de su cultura en todos los ámbitos, abordaba el siglo XIX sometida al imperio de los dictados provenientes justamente de sus históricos enemigos: Francia e Inglaterra, quienes impusieron también en España el proyecto liberal, que acabó significando el colapso definitivo de España como nación libre e independiente.

El enemigo perfecto, que durante siglos y hasta esos mismos momentos había dejado manifiesto el profundo odio sentido hacia España y lo español, era percibido en España como amigo incuestionable y muestra de perfección por quienes tomaban las riendas de la desbandada general. 

Ese enemigo perfecto varió de pronto su actuación y envió esa misma armada para ayudar a España. Inglaterra había pasado de ser el enemigo perfecto a ser el único amigo posible. España ya no necesitaba nada más si detrás estaba Inglaterra. Las Juntas españolas mantenían una perfecta incomunicación en entre sí, mientras cerca de Su Majestad Británica había siempre algún enviado de las mismas encargado de pedir algo. Sólo con Inglaterra se tendrían relaciones regulares y constantes al menos mientras durase la guerra contra Napoleón.

E Inglaterra se mostraba solícita y volcaba todo su esfuerzo económico para facilitar una ayuda que comenzó a llegar prácticamente de inmediato, acompañada de gestores que ejercerían un papel decisivo en desarrollo de la guerra: John Hunter, Tupper, Duff, Charles Stuart, John Hookham Frere, Henry Wellesley y sobre todo Richard Wellesley, hermano del futuro duque de Wellington. Todos, inexorablemente, encargados de controlar todas las fuentes de riqueza de España, que les debían ser entregadas por las autoridades políticas españolas, todas mantenidas con fondos procedentes de Inglaterra.

La Junta Central mantenía en Londres de forma permanente una legación oficial que se veía reforzada con las legaciones enviadas por las juntas provinciales, y las enviadas por las Juntas de Defensa, y por los generales, y por los guerrilleros. Todos pedían y todos eran generosamente atendidos con un altruismo que llama poderosamente la atención cuando el mismo procedencia del enemigo por excelencia, reconocido como tal hasta ese mismo momento.

El cambio de actitud, que no alarmaba a nadie, propició que la Junta General del Principado de Asturias solicitase ayuda el 25 de mayo. La respuesta fue inmediata. Inglaterra mandó doscientas mil libras; caudales que previamente habían sido robados por piratas ingleses tras haber asaltado la flota de Indias, sin existir estado de guerra, el 5 de octubre de 1804. Esta acción de delincuencia reportó el expolio de más de cuatro millones de pesos fuertes de plata así como importantes partidas de oro y de plata en barra y valiosas telas finas y otros bienes que fueron a engrosar el patrimonio británico.

Como agradecimiento por un préstamo otorgado con los mismos caudales que los prestamistas habían robado previamente a los prestatarios, éstos llevaban a efecto una serie de actos vejatorios que empezaban por conferir el grado de Teniente General al encargado material de entregar los fondos, sir Thomas Dyer.

Sería el inicio de una cadena de actos vejatorios que ya no conocerá su fin. Así, el 25 de Julio de 1808  hacía entrega de lo que es especial muestra de humillación: Fue conducido a Inglaterra un ganado de 2000 ovejas merinas: una de las joyas de la Corona que siempre había sido objeto de principal custodia, fuente de riqueza de primer orden siempre ambicionada y nunca conseguida por Inglaterra, y cuya exportación estaba estrictamente prohibida. Hoy, gracias a ese ganado, Nueva Zelanda cuenta con más ovejas merinas que habitantes.

Pero esos actos no son considerados vejatorios por todos; así nos encontramos que un siglo después de estas actuaciones, Wenceslao  de Villa Urrutia, ministro de estado que fue en 1905, opinaba que 


el Gobierno británico, el cual, no sólo nos socorrió abundante y generosamente, armando, equipando y, sobre todo, pagando nuestros ejércitos en los comienzos de la guerra, y nos ayudó después con sus mejores generales y soldados, sino que también ejerció, por medio de sus agentes en España, un saludable y poco conocido influjo en el Gobierno, confiado á las inexpertas manos de las Juntas. (Villa-Urrutia:  18)


Y era secundado por Antonio Maura, que no dudaba en señalar a Inglaterra como salvadora de España:


Vinieron los auxilios británicos, y nuestra gratitud no se cancela por considerar el móvil, que fué oponer á Napoleón aquella indomable resistencia de los pueblos, conjurada años atrás en las palabras proféticas de Pit. Sin empequeñecer la intrínseca entidad de los recursos, ni el provecho que la alianza nos reportó ciego  ha de estar quien no conozca que, habiéndonos faltado, serían mayores los desastres, pero no menos indefectible el rescate final de nuestra Independencia. 


Pero todo hace indicar que, a la constitución de la primera Regencia, los ingleses ya estaban completamente pagados; sin embargo, el contexto era idóneo para la especulación, en la que destacó un comerciante gaditano de nombre Julián Sánchez, manifiestamente anglófilo que tenía sus caudales en Londres y se encargaba de la importación de productos británicos, la exportación de plata o productos coloniales y el abastecimiento militar. Intermediario entre la Junta, la Regencia y los comerciantes británicos, gestionaba todo lo relacionado con la ayuda británica.

Paralelamente, los franceses llevaban a cabo operaciones económicas no menos suculentas. Así, para esas fechas, el director de la Reunión de comerciantes franceses contrató el suministro de  cereales, que serían pagados con pesos que serían cotizados al 75% de su valor.

Constituidas que fueron las juntas en un primer momento, la Junta de Granada concedió altos grados militares que fueron designados para llevar a cabo embajadas cerca de las autoridades coloniales de Gibraltar. El embajador sería  Francisco de Paula Martínez de la Rosa, y su embajada sería lógicamente exitosa; obtuvo una dotación de armas con la que se organizó una División Granadina en la que se alistarán hasta 30.000 voluntarios.

Por esa vía, introdujo Inglaterra 50.000 fusiles, mientras por Galicia entraban 35.000; por Alicante, 10.000, además de suministros de todo tipo, vestimenta, alimentación, o lienzos, siendo destacable que los 200.000 cartuchos que suministraron en ese momento eran de calibre distinto al armamento utilizado. 

El  28 de Junio de 1808 la Junta de Galicia dirigía al ministro británico de asuntos exteriores, Jorge Canning, una nota en la que, como una carta a los Reyes Magos pedían:

1º Dos millones de pesos duros que reintegrarán luego que reciban caudales de América ó el Gobierno de toda la Península se reúna en su Corte. 

2º Tres pasaportes para tres fragatas de guerra que deberán pasar á las Américas: una á Buenos Aires, otra á Veracruz y otra á Lima.

3.° Todos los prisioneros españoles que se hallen en la Inglaterra; los que correspondan al ejército vestidos y armados, lo más breve posible, para poder entrar en acción inmediatamente que lleguen á España. 

4º Para facilitar las noticias que tanto interesan á ambas naciones salga un buque ó bergantín con la mayor brevedad posible á asegurar al Gobierno de Galicia que van inmediatamente á salir los subsidios que la Gran Bretaña haya de franquearnos". (Villa-Urrutia:144-145)


La diligencia británica por complacer los deseos de los españoles no se hizo esperar, y confundiendo el día 30 de junio con el seis de enero, respondió que Inglaterra tomaba en consideración las peticiones, y el 4 de Julio era proclamado un decreto por el que cesaban todas las hostilidades contra España. El veinte de Julio llegaba a La Coruña el mensajero real Charles Stuart, con un cargamento de  un millón de duros, no a bordo de un camello sino de la fragata Alcmene, de la Armada británica; justo la fragata  pirata que en octubre de 1804 había  asaltado la Flota de Indias, días antes de que Inglaterra declarase la guerra a España.

Pero no se trató de medidas tomadas alegremente, sino tras una exhaustiva investigación; así, el mismo Canning dejaba manifiesto lo siguiente:


El abajo firmante ha dilatado dar respuesta a la nota que le dirigieron los diputados del Principado de Asturias el día 23 del mes pasado, al objeto de conseguir información precisa sobre el estado de los fondos en metálico de que dispone este gobierno al presente; y también por esperar a diario por noticias de la fragata que se envió a Vera Cruz en primavera; y de cuyo retorno con su cargamento de dólares depende fundamentalmente nuestra capacidad de aumentar o proseguir los envíos de metálico a España. (Laspra)

Como la capacidad de retorno quedó sobradamente garantizada, a lo largo del mismo 1808, llegaron ayudas que superaron los 2,3 millones de libras esterlinas, y el total general aportado hasta 1814 ascendió a la suma de 9.349.359 libras esterlinas, con las que se pagó, entre otras cosas, las Cortes de Cádiz y la Constitución de corte británico, promulgada en 1812.

Una parte importante de esos fondos fue recibida en metálico, que fue repartido entre algunas Juntas, que, según señala Alicia Laspra , a finales de agosto de 1808 ya se habían repartido un millón cien mil libras en metálico, o el Consejo de Regencia, que sólo el año 1810 recibió 569527 libras.

No parece necesario señalar que las aportaciones británicas se producían porque se consideraban inversión.

Es necesario también señalar que los fondos británicos invertidos en España fueron distribuidos por comisarios encargados al efecto, y que la medida estaba coordinada con acciones paralelas llevadas en América para la creación de núcleos separatistas, mientras creaba redes comerciales que hasta la fecha había tenido vetadas. 

Fue ese el momento en que Inglaterra comprendió que le resultaba mucho más barato y eficiente dominar América a través del comercio, para lo que precisaba su atomización. Algo que tenía a su alcance teniendo en sus manos el poder efectivo en la península, con mando directo sobre los militares que acabaría captando para llevar a cabo el conocido como “plan Maitland”, que debía ser iniciado en la península aunque su desarrollo físico fuese a tener efecto en América.

El 14 de Julio de 1808, y a bordo de un barco británico, el HMS Revenge, llegó a Londres el Almirante Fco. Javier Apodaca, enviado como embajador por la Junta suprema de Sevilla, que había sido constituida al amparo de Inglaterra, para apremiar el envío de  medios económicos que se materializaron de manera inmediata en un millón de pesos y armamento que les fue entregado por el cónsul Duff, que alcanzó gran popularidad, siendo aclamado por la prensa, también subvencionada por Inglaterra, y por el pueblo que hasta hacía sólo seis meses tomaba las armas al escuchar que un inglés se acercaba.

No tardó el embajador Apodaca en comprobar que tenía mucha competencia en su labor de mendigo ante la corte británica. El embajador extraordinario Pedro Cevallos también pedía; como también pedía la Junta Central en Aranjuez a Charles Stuart, agente británico que estaba adelantado desde el motín del 19 de marzo. Y en peregrinación  siguieron llegando a Londres comisionados de las Juntas. Y todos eran obsequiados.

La generosidad británica era sin dudas extraordinaria. Atendía todas las demandas, en tanto quedase cubierto su costo por lo robado a la Flota de Indias en 1804, y con la esperanza de que el éxito de 1804 se viese totalmente desbordado por un porvenir que se presentaba brillante para las expectativas británicas. Y se pedía con tanto descontrol, que se dio ocasión a que las Juntas locales llegasen a vender a otras juntas los sobrantes de lo que habían recibido gentilmente, y todo, naturalmente controlado por Charles Stuart, representante británico encargado de coordinar las juntas, que facilitaba las transacciones, que a lo largo de 1808 se cifraron en 1.100.000 libras para las Juntas Provinciales; 479.539 Libras para la Junta Central, y para jefes militares, 265.271 Libras.


El  mismo día que entraba José I en Madrid, 20 de Julio de 1808, fondeaban en La Coruña las fragatas inglesas Alcmene y Cocodrilo, conduciendo la primera línea encargada de controlar la nueva colonia; primera línea que estaba compuesta por Charles Stuart, Charles R.Vaughan, Arthur Wellesley y Richard Walpole, que llevaban considerable armamento junto a un millón de pesos fuertes, todo con destino a la Junta de Galicia.


Eran tantos los fusiles que habían pedido y recibido los gallegos, que decidieron en Lugo vender 7 u 8.000 a los catalanes, que necesitaban. armas de fuego, y no pudiendo mandarlos por tierra, pidieron á Stuart que los llevase un transporte inglés a Tarragona. (Villa-Urrutia: 164)

Para asentar las bases de dominación son necesarios recursos; algo que no escapaba a la perspicacia del ministro de asuntos exteriores británico George Canning, que el 10 de agosto de 1808 envió un despacho a su subsecretario, Sir Charles Bagot en el que decía:


No llego a comprender qué podemos hacer con la tercera parte del dinero que se precisa, siendo así que el que da primero da dos veces.


Como consecuencia de este despacho, la Junta de Asturias recibió de Gran Bretaña 1.500.000 pesos antes de que el 25 de septiembre fuese constituida la Junta Central,  y antes de que el 23 de agosto llegase a Londres el marqués de La Romana, tras ser rescatado de Dinamarca.

El pueblo español no pasaba de ser comparsa de la actuación británica; Las Juntas, la regencia, las Cortes, la prensa... todas las instituciones actuaban al dictado de Inglaterra, y eran los representantes británicos, primero Duff y luego Arthur Wellesley, los enviados por la metrópoli para controlar la situación, hasta el extremo que el duque de Wellington llegó a amenazar con la supresión de los auxilios si las tropas españolas no cooperaban totalmente con él, que acabaría siendo nombrado capitán general de los reales ejércitos de España.

La función de las Juntas no pasaba de ser un eslabón en el escalafón de la línea colonial británica. Un eslabón que incluso tenía cierta autonomía para el control de los fondos que a la corta serían reclamados con intereses al pueblo español.

En ejercicio de esa autonomía, el 27 de octubre de 1808, los diputados asturianos exponían al ministro Canning que del millón y medio de pesos enviado a la Junta fueron entregados diez millones de reales al cónsul británico Alexander Hunter para que los remitiese a la Junta de Gijón, donde sólo fueron recibidos 6.920.000 reales vellón.

El gobierno británico despachó el asunto diciendo que los tres millones cien mil reales que no llegaron a destino fueron gastados en operaciones militares que no eran controladas por la Junta de Asturias. Además, impuso recortes económicos materializados en la supresión de los 500.000 pesos que le eran entregados con carácter mensual. 

Para estas fechas, el gobierno británico había enviado  cada una de las Juntas, de Asturias, Galicia y Sevilla, un millón y medio de pesos, y Canning manifestaba el disgusto de las Juntas de Aragón , Valencia y Cataluña, que se quejaban de no haber recibido ellas ayudas similares.

También el gobierno británico sufrió las reclamaciones de armas y dinero por las juntas de León, Toro y Murcia, siendo que por parte de ésta se envió una carta firmada por José Moñino, Conde de Floridablanca, en la que solicitaba un préstamo de millón y medio de pesos. 

Pero no eran sólo las juntas las que solicitaban subsidios a Inglaterra. También Baltasar Fernández Conde, mayor de  los Franciscanos descalzos de León pedía subsidios, y  comerciantes como Francisco Naveyra y Pedro Ferrín pedían un buque de carga para transportar géneros desde América. Y las ayudas fueron concedidas, incluso a los franciscanos, aunque en esta ocasión de forma indirecta.

Todos hacían humillantes peticiones que inexorablemente eran satisfechas por quienes hasta hacía menos de un año eran acérrimos enemigos. Incluso se concedieron ayudas a religiosos católicos, a quienes ellos llamaban papistas, los mismos que en Inglaterra eran perseguidos a sangre y fuego.

En ese contexto, el 5 de Octubre, el conde Floridablanca dirigía una carta a Charles Stuart, Comisario Inglés en España, en la exponía: 

Además de los socorros de diez millones de duros que urgente e instantáneamente se necesitan por de pronto para la manutención de nuestros ejércitos que hacen causa Común con la Inglaterra , ínterin se ponen corrientes las rentas de España y sin los cuales será difícil llevar adelante los vastos proyectos que la Junta se ha propuesto en una causa de esta naturaleza, que, cuando menos, son los de poner 300.000 hombres en campaña, se hace preciso absolutamente que desde luego el Gobierno británico surta al nuestro con medio millón de varas de paños ordinarios para vestuarios de munición, azules y blancos en la mayor parte, y de diferentes colores para divisas; cuatro millones de varas de lienzo para camisas a la tropa y ropas de hospitales ; trescientos mil pares de zapatos; treinta mil pares de botas; doscientas mil cartucheras y portasables; doscientos mil fusiles con sus bayonetas; doce mil pares de pistolas; cincuenta mil sables; cien mil arrobas de arroz y un sinnúmero de arrobas de carnes o pescados salados." (Villa-Urrutia: 205)


Todo era diligentemente atendido por los recién descubiertos amigos, que fomentaban la actividad de unas Juntas que no daban un paso sin la debida anuencia de Inglaterra.

Así, el 10 de Noviembre la Junta Central hacía público un manifiesto en el que señalaba la necesidad de formar un ejército de 500.000 infantes y 50.000 caballos, para lo cual señalaba los medios económicos con los que contaba, manifiestamente insuficientes, por lo que añadían las esperanzas que albergaba la Junta en sus nuevos y sorpresivos “amigos”:


Pudieran agregarse a estos arbitrios los auxilios que con generosa mano nos presta y seguirá proporcionando la nación inglesa; pero de estos auxilios que han venido tan a tiempo, que han sido recibidos con tanta gratitud y empleados con tan buen éxito, muchos tienen que ser después satisfechos y reconocidos con la reciprocidad y decoro que convienen a una nación grande y poderosa. (Villa-Urrutia: 259)


Lo señalado se trata de una evidencia de la que no siempre fueron conscientes quienes tan alegremente venían solicitando ayuda a quienes hasta el día anterior habían sido los enemigos tradicionales. 

La verdad es que, sobre todo en los primeros meses, fueron suministrados aportes económicos y materiales ingentes sin que mediase contrato alguno, y creyendo los responsables de las juntas que esos aportes eran a título gratuito, estaban conformando una esclavitud que fue creciendo a lo largo de todo el siglo XIX y hoy está perfectamente consolidada.

El ministro británico Canning envió a John Hookham Frere, que con el título de embajador cerca de la recién formada Junta General, embarcaría en Londres junto a varios funcionarios ingleses, rumbo a la Coruña, acompañando al marqués de la Romana y con el objetivo de coordinar las inversiones británicas realizadas en España con motivo de la guerra contra Napoleón. Y eso se llevó a cabo desde la primera remesa solicitada por el Conde de Floridablanca. Evidentemente, Inglaterra facilitó cantidades ingentes de numerario, cuya evolución y recuperación debía gestionar. Se dio lugar a un continuo flujo económico y asistencia en armamento, equipo y material, cuyo numerario procedía de lo que previamente había robado la piratería británica en los ciertamente escasos triunfos que habían conseguido sobre el tráfico atlántico español.

Pero la entrega de esa ayuda tenía una contrapartida lógica que, para empezar,  se centraba en las remesas de plata de ultramar y en las exportaciones de madera de roble, necesaria para la construcción naval inglesa.

En el avance de la conquista británica de España, que política, económica y militarmente llevaba su curso con una actividad tan frenética que comenzó a materializarse el 4 de julio de 1808, se llevó a efecto sin que hubiese sido firmada la paz de la guerra que tuvo inicio en 1804, como consecuencia del acto de piratería perpetrado por Inglaterra en el cabo de Santa María. 

Esa paz sería firmada una vez Inglaterra dominaba todo los resortes de la parte de España no invadida por Francia, y se plasmó en el conocido como “Tratado definitivo de paz, amistad y alianza entre España y el reino unido de la Gran Bretaña e Irlanda”, que fue firmado en Londres el 14 de enero de 1809. Su artículo primero dice: 


Habrá entre su Majestad británica el rey de los reinos unidos de la Gran Bretaña e Irlanda, y su Majestad católica Fernando VII, rey de España y de las Indias, y entre sus reinos, estados, dominios y vasallos una paz cristiana, duradera e inviolable, y una amistad perpetua y sincera, y una estrecha alianza durante la guerra con Francia, como también un entero y completo olvido de todos los actos hostiles, cometidos por cualquiera de las dos partes en el curso de las últimas guerras en que han entrado comprometidas.


Y el artículo tercero, se compromete con la defensa de los derechos de Fernando VII, a quién, obviando que estaba refugiado en la corte de Napoleón, reconoce como rey de España y le impone que no ceda ninguna posesión a Francia:

Su Majestad británica se obliga a continuar auxiliando con todos los medios que estén en su poder a la nación española en su lucha contra la tiranía y usurpación de Francia, y se compromete a no reconocer ningún otro rey de España y sus Indias, sino a su Majestad católica Fernando VII, sus herederos o los legítimos sucesores que la nación española reconozca; y el gobierno español en nombre de su Majestad católica Fernando VII se obliga a no ceder en caso alguno a la Francia parte alguna de los territorios o posesiones de la monarquía española en cualquiera parte del mundo.


Los derechos de Inglaterra se verían completados con otros flecos que eran cubiertos con las Juntas Regionales; así, con la Junta de La Coruña, y en concreto sobre los derechos de las bayetas, artículo que tenía un importante peso en las importaciones británicas, convinieron  reducir la carga fiscal del 32 al 16%, cayendo los de los paños burdos al 12%. Actuaciones similares llevarían a cabo con  las distintas Juntas.

Sumisión comercial, pero en comparación con el grueso de la operación, las bayetas, que para Galicia era una partida importante, no pasaban de ser una minucia. En riesgo se ponía, el ser y la esencia de España, que estaba perdida si ganaba Francia, y estaba perdida si ganaba Inglaterra.

Entre tanto había que negociar cómo se iba a pagar la plata española que prestaba Inglaterra, y eso no podía ser sino hipotecando todo, y lo más inmediato eran los navíos que llegaban de América cargados de ayudas, que en vez de ser recibidas y utilizadas en propiedad, eran cedidas a Inglaterra para que nos ellas hiciese nuevos empréstitos. Así, en 1809 se entregaban graciosamente los navíos San Leandro y San Rafael. Inglaterra ya no necesitaba la piratería para hacerse con los barcos españoles. Le eran entregados graciosamente por la Regencia, que carente de numerario, el 20 de noviembre de 1809 volvía a obtener del Consulado de Cádiz un nuevo empréstito de cien millones de reales, mientras Inglaterra tramitaba un nuevo préstamo de otros cien millones, con los que no cubría las necesidades y permitía que las juntas locales continuasen solicitando empréstitos, también a Inglaterra. 

Lógicamente, los comerciantes británicos estaban ávidos de negocio en España: 

«La cantidad de productos coloniales que puede producir Andalucía –llegó a escribir el general Blayney- es más que motivo suficiente para que impidamos con todas nuestras fuerzas que se someta a Francia». A lo que añadía: «Si Francia se apodera de ella, no cabe la menor duda de que en poco tiempo se convertiría en una formidable rival de nuestros productos coloniales de la India occidental» (Moreno)


Seguían llegando refuerzos económicos de América. Veracruz enviaba  siete millones y medio de reales, y la Junta de Cádiz anunciaba que el ejército necesitaba cuatrocientos millones.

Efectivamente, el tráfico marítimo con transatlántico tendía a la supresión en España, siendo de que de 1800 a 1813 tuvo la siguiente evolución en lo tocante a recepción de plata:


AÑOS 1800-1804 1805-1808 1809-1810 1811-1813

PESOS 100.000.000 50.000.000 10.000.000 10.000.000


A partir de 1809  y hasta 1813, cuando pasó a ser cero, las remesas de plata habían caído al 10% de lo recibido en los años 1800 a 1804.

Considerando que un peso son ocho reales, la plata recibida en 1809, cuando la Junta se quejaba de falta de numerario, tenía un valor de 40.000.000 de reales.

Pero no se recibía sólo plata; también se recibían otros bienes, como algodón, añil, azúcar cacao… cuyo valor en 1809 ascendía a 400.000.000 de reales, según queda reflejado en la siguiente tabla.


1805 1806 Y 1807 1808-1810 1811-1813

Azúcar, cacao, café, algodón, añil… 750.000.000 1.000.000.000 400.000.000 400.000.000


Podemos observar que la evolución del comercio se redujo drásticamente en su conjunto, siendo particularmente significativo que la recepción de plata dejó de tener ninguna significación.

Pero la recepción de otros productos también sufrió una drástica reducción que acabó convirtiendo al que era primer puerto oceánico en Europa, el de Cádiz, en un puerto de segundo orden que cedía el paso a los puertos de Londres, Liverpool, Bristol, Amsterdam, y en menor importancia a Burdeos y Nantes, que se convirtieron en puertos de destino de todos los bienes que hasta el momento tenían Cádiz como destino. También crecieron a costa de los puertos españoles, los de Nueva York, Filadelfia y Boston.

Podemos preguntarnos el porqué de esta circunstancia y podemos llegar a la conclusión de que todo fue debido a la diligente actuación del personal británico destacado en España para ayudar a los españoles en su lucha contra Napoleón.

Aún así, parece que la diligencia británica no tenía exacto reflejo en la Junta Suprema, que se mostró incapaz de gestionar los ingresos, posibilitó la pérdida de la primicia en tráfico marítimo, la pérdida injustificada de recursos, y se echó en brazos del enemigo tradicional, del que pasó a depender en todos los ámbitos, económicos, militares y políticos.

Vemos en los cuadros señalados que, a pesar de haber sido dramáticamente mutilada la actividad comercial del puerto de Cádiz, que se veía menguada en un 50%, no justificaba la queja de la Junta Central, y no era cierto que no hubiese suficientes recursos, máximo cuando, como señala Manuel Moreno:


El comercio de Cádiz tenía el crédito de toda Europa, y podría entablar operaciones mercantiles y de giro, que no estaban a disposición del Gobierno, ni de otro particular; y que si no el todo, por lo menos cubriría en gran parte el cúmulo de obligaciones que se resignaba a tomar sobre sí. (Moreno)


Luego todo serían parabienes para quienes no dudaban en destruir los castillos que asediaban Gibraltar o las fábricas que pudiesen hacer competencia a las fábricas británicas; así, a conveniente señalar una noticia reflejada por la Gaceta de la Regencia de las Españas de 19 de enero de 1813:


El 24 de Diciembre de 1812. Se ha recibido la noticia de haber llegado á Santander 2500 fusiles con otras tantas cartucheras, cinturones, gran cantidad de cartuchos, 2500 vestuarios completos, inclusos zapatos y capotes, que este Gobierno, á solicitud del embaxador de España, conde de Fernán Núñez , ha enviado para la división del mando del ilustre general Espoz v Mina; no siendo esta la primera vez que el Gobierno británico ha dado muestras de su consideración hacia la persona del embaxador, y de aprecio á los valientes que componen la división navarra.


La generosidad británica, destacada por la Regencia servía para manifestar algo más que agradecimiento, siendo que, además, se calcula que las ayudas totales prestadas por Inglaterra entre 1808 y 1814 ascienden a 9.349.359 libras esterlinas, que equivalen a  364.625.001 reales de vellón, menos de lo que la Junta marcaba como necesario para el año 1809. Era sumisión al enemigo histórico, que comportó la ruina de la agricultura así como la pérdida de la industria y del comercio.

Era un vuelco total de las estructuras económicas de España, que debían mutar en orden a imitar ya no a Francia, como venía siendo en las últimas décadas, sino a Inglaterra.

Se hacía necesaria la supresión del sistema gremial de producción y de relaciones de trabajo, para llegar a la creación del proletariado, figura hasta entonces inexistente, y la reconversión del comercio portuario con América, que derivó en masa hacia Londres, Liverpool y Bristol, que como hemos señalado catalizaron el tráfico marítimo que hasta el momento tenía Cádiz por destino. Cádiz pasó de ser el principal puerto comercial del Atlántico a ser un puerto regional en decadencia.

Pero el descontrol, y en particular el relativo a las finanzas, era profundamente mal visto por el invasor británico, y no ocultaba su disgusto.

El encargado de mostrar ese disgusto no era otro que su principal agente interior, José María Blanco Crespo, alias Blanco White, clérigo renegado que acabó abrazando el anglicanismo, que no dudaba en señalar la influencia perniciosa de la Junta de Cádiz, “lima sorda contra todos los proyectos de las Cortes y de la Regencia” tanto como la anarquía de las provincias que, libres de la dominación francesa, se oponían al poder central de las Cortes de Cádiz, donde veían el resurgir de la dependencia exterior.

La relación humillante de la Regencia llegaba al punto de exasperar los ánimos de Inglaterra, que ante la permanente demanda de numerario no dejaba de responder con nuevas exigencias que sumían más en la esclavitud al pueblo español.

Esa sensación era mostrada públicamente por el delegado británico Henry Wellesley. Y era Blanco White quién lo hacía público para general conocimiento. Así, señalaba en sus Reflexiones sobre un problema indicado en Cádiz a la Nación española:


Sabe todo el mundo que los soldados españoles que no han perecido [...] lo deben a las sumas que han ido a España por mano del embajador y del cónsul británico; que Inglaterra ha vestido esos soldados, que Inglaterra les ha dado armas, que Inglaterra los ha alimentado: que Inglaterra está ocurriendo hasta a las necesidades domésticas del gobierno español  (Pons) 


Nunca tendremos absoluta certeza sobre el monto de la ayuda económica británica a la lucha contra Napoleón en España, pero Alicia Laspra  presenta una tabla global, con un cálculo aproximado, en libras esterlinas, del importe económico de la ayuda entre 1808 y 1815:


Años Importe en libras esterlinas

1808 2.316.230

1809      483.919 incluye una partida de 5.000 libras asignadas al marqués de la Romana

1810      991.040

1811      911.004

1812    1.045.172

1813   1.099.862

1814    1.820.932

1815        147.295

1808-14        533.905

Total     9.349.359


Si el cambio era de 4,9 pesos por libra, o lo que es lo mismo, 39 reales por libra, podemos estimar en 45.811.859,1 pesos, (o 364.625.001 reales de vellón)

 

 

 

 

 

 

   

 

       










como tampoco sabremos nunca qué porcentaje de esa ayuda fue llevada a cabo con los fondos previamente robados a España por parte de la piratería primero y por parte del trasiego del negocio portuario de los puertos españoles a los puertos británicos. 

Lo que sí sabemos es que Fernando VII acabaría asumiendo toda la deuda comprometida por las Juntas y por las Cortes de Cádiz.

No hay duda que la guerra de España fue un buen negocio para Inglaterra, y para que eso sea así es imprescindible que el negocio sea pésimo para España.

Y mientras Inglaterra desviaba todo el negocio portuario, la Junta superior de Cádiz buscaba recursos de forma que abonasen la huía de ese negocio; el modo aplicado fue exigir derechos extraordinarios de aduana que alcanzaban a un cinco por ciento sobre las tasas ya existentes. 

Con todo ese esfuerzo, la drástica disminución del mercado portuario reportó que apenas se recaudase para atender las necesidades del ejército destinado a la defensa de Cádiz, pero no así los ejércitos del resto de España.

La incompetencia de los políticos se mostraba al extremo. Los inmensos errores cometidos enfrentaron a la Regencia con la Junta de Cádiz por cuestiones administrativas, por como la que por un error del 17 de mayo de 1810 fue alterado el orden de los movimientos portuarios en toda América. 

Paralelamente, la Regencia pedía fondos a los virreinatos, y en contabilidad separada al arribo de mercancías, recogidas en sendos cuadros más arriba detallados, la Nueva España respondió con veintidos millones de pesos, cifra que superaba el valor de las exportaciones del virreinato.


Sólo entre 1808 y 1810 habían llegado de América 71.616.228 pesos fuertes  (Moreno)


En septiembre de 1810 llegaron a Cádiz 2.059.016 pesos que procedentes de Lima portaba el navío San Pedro Alcántara. El gobierno de la Regencia se apropió de ellos y la Junta de Cádiz inició un conflicto que se resolvió rescindiendo el convenio previo que asignaba a la Junta la administración de los caudales y asumiendo la deuda de la Junta, que ascendía a setenta millones de reales.

Alonso Moreno señala que durante el año 1811, Cádiz contribuyó  a la guerra con 65.181.805 reales, y la debacle del comercio marítimo le reportó  pérdidas que alcanzaban la cifra de 981.664.436 reales, siendo que la deuda global existente a esas fechas superaba los siete mil millones, y se precisaban 1.100 millones para el ejercicio de 1812. 

Y no es sino en la Constitución de Cádiz cuando en su artículo 227 aparece por primera vez la palabra “presupuesto”, donde se señala que:


Los secretarios formarán los presupuestos anuales de los gastos de la administración pública, que se estimen deban hacerse por su respectivo ramo, y rendirán cuentas de los que se hubieren hecho, en el modo que se expresará.


Agustín Argüelles, en el Discurso Preliminar aludía a la importancia de la transparencia en la gestión de los caudales públicos.

Sin lugar a dudas se trataba de muy bellas palabras en un marco trabajado con esmero, pero al fin utópico. Con una administración completamente desorganizada y guiada por agentes extranjeros que habían cortado la principal fuente de financiación cual era la ayuda de las provincias ultramarinas y el funcionamiento normal de los puertos, muy en concreto el de Cádiz, los gobernantes de Cádiz veían limitados sus recursos de unos tributos que no podían ser generados, siendo que en la misma sesión de Cortes de 22 de enero de 1814 queda manifiesto que el déficit de mantenimiento del Ejército en esas fechas era de más de 27.000.000 de reales.

En esa situación, para estas fechas del año de la Constitución, Arthur Wellington reclama el control directo de los fondos suministrados por Inglaterra,  pero Castlereagh le niega ese control sobre la mitad de los fondos. El gobierno español, además de la vejación que representaba recibir esos fondos, se veía privado de su control, y para mayor vejación,  Henry Wellesley debía supervisar   la aplicación de los mismos a los gastos de las Cortes de Cádiz, una de las principales obras de Inglaterra en España, que le garantizaban el control político. 

Así, de las 1.820.932 libras que Inglaterra asignó a España en 1814, el 80% fue administrado directamente por Wellington. Los soldados españoles recibían de Inglaterra sus salarios, sus uniformes, su rancho y su armamento. Y habrá quién se pregunte a quién servían, siendo que, además, en el curso de la guerra, Inglaterra destruyó las infraestructuras españolas aún sin existir la excusa de un enemigo que las ocupase. Así sucumbieron varias Reales Fábricas, como la ce Talavera, o las defensas levantadas para sitiar Gibraltar.

Además, la conquista que convirtió la España peninsular en colonia británica, sirvió para romper la unidad de la Patria formando y dirigiendo los agentes que acabarían llevando a cabo las guerras separatistas en América. 

Y finalmente, en la sesión de Cortes de 29 de septiembre de 1810, fue presentada y aprobada proposición de renuncia a cualquier merced que fuese ofrecida a los diputados, reclamando testimonio de rectitud, justicia y moderación, pero no se marcaba sanción alguna para quién no cumpliese la propuesta.






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