domingo, noviembre 01, 2026

Álvaro de Luna, condestable de Castilla




Pedro de Luna nació en Cañete (Cuenca) el año 1390. Hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, copero mayor de Enrique III y de María Fernández de Jarana, esposa del alcaide de la fortaleza de Cañete. 

Muerto Álvaro Martínez de Luna en 1397, su hermano Juan Martínez de Luna envió al joven Pedro con su otro tío, el arzobispo Pedro de Luna, el futuro papa Benedicto XIII, para darle educación. Y fue justamente él quién en el momento de la confirmación cambió el nombre de Pedro por el de Álvaro. Con ese nombre, en 1408, cuando cumplía dieciocho años, pasaría al servicio de Juan II de Castilla, que había nacido en 1405 y había quedado huérfano en 1406 y bajo la regencia de su madre, Catalina de Lancaster.

La influencia ejercida sobre el niño sería decisiva para el futuro político de la corona en un momento en que la crisis general del reino posibilitaba que la nobleza excediese todos los límites y llegase al ejercicio de la delincuencia, con un rey menor de edad que era sorteado por las facciones, entre las que destacaban los primos del rey, los Infantes de Aragón, don Juan y don Enrique, hermanos de Alfonso V de Aragón y de Juan II de Navarra, propietarios de inmensas heredades en Castilla.

En esas condiciones, el 7 de marzo de 1419 era declarado mayor de edad Juan II de Castilla, siendo manifiesta la ascendencia que sobre él tenía el joven Álvaro de Luna, que no tardaría en consolidarse como consecuencia del conocido como “Golpe de Tordesillas” cuando el 14 julio de 1420 el rey fue secuestrado por el infante Enrique de Aragón, que forzó su matrimonio con Catalina, hermana de Juan II.

La actitud de Álvaro de Luna fue determinante en la resolución de la crisis. El 29 de noviembre rescató al rey y lo refugió en el castillo de Montalbán, al tiempo que socavaba la posición de Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, que no había sabido resolver la crisis. 

Apoyando la acción de Álvaro de Luna se significó el también infante de Aragón, Juan, hermano del conspirador Enrique. Pero las lealtades eran efímeras, porque los enemigos de hoy eran amigos mañana, con lo que combatían todos contra todos.

Y es que las intenciones del infante Juan no eran las de apoyo a Juan II, sino evitar el matrimonio de Enrique y Catalina por la influencia política subsiguiente, con lo que las alianzas no se mantendrían en el tiempo, pero a lo largo de 1421 quedó consolidado el poder de Álvaro de Luna, que contaba con el apoyo del infante Juan de Aragón, mientras su hermano siguió en rebeldía hasta que, atraído con una promesa de acuerdo fue puesto en prisión en 1422. 

Esta situación de enfrentamiento sería la constante de todo el reinado de Juan II, y su principal actor sería Álvaro de Luna, que en 1423 era nombrado Condestable mientras crecían sus enfrentamientos con los Hurtado de Mendoza y con los Zúñiga.

El poder del Condestable creció exponencialmente a la par que su patrimonio, y en paralelo crecían también sus enemigos, en esta ocasión también en Aragón, donde Alfonso V, tras su vuelta de Italia, reclamaba la liberación de su hermano, finalmente conseguida ante la escalada de tensión que estaba acarreando la cuestión. 

Fue en este momento, en 1425, cuando el infante Juan cambió de bando al acceder al trono de Navarra como Juan II y cuando exigió la libertad de su hermano Enrique, quien una vez liberado organizó una liga de nobles que nuevamente se conjuró contra Álvaro de Luna forzando, con el apoyo explícito de Alfonso el Magnánimo, la formación de una comisión de arbitraje que determinase qué hacer con el Condestable.

Y la determinación fue condenarlo al destierro, que se cumplió, si bien mediando una fluida correspondencia con el rey.

¿Y qué nobles eran los que tenían tanto poder en Castilla? Los mismos que mantendrían las discordias sociales durante el reinado de Enrique IV y durante parte del reinado de los Reyes Católicos: Juan Pacheco (Marqués de Villena); arzobispo Carrillo; Juan Alfonso Pimentel, el conde de Benavente, Pedro Girón (Maestre de Calatrava); Beatriz Pacheco (Condesa de Medellín), y la familias Pimentel, Portocarrero y Acuña, todos dedicados a enriquecer su patrimonio acaparando bienes y títulos nobiliarios; formaron alianzas, provocaron desequilibrios y posibilitaron enfrentamientos dentro del reino de Castilla y entre Castilla y Portugal.

Con su obligado retiro se generalizó la anarquía en el reino, por lo que en 1428 fueron los mismos nobles quienes reclamaron su regreso. Se lo suplicaron, y finalmente fue el rey quién se lo suplicó hasta en tres ocasiones antes de decidirse a reasumir las responsabilidades, que llevó a cabo el seis de febrero en Turégano (Segovia), ante la Corte, donde le fue brindada una brillante recepción después de un periplo de tres días que le costó el viaje desde su retiro en Ayllón, durante los cuales fue permanente agasajado por los labradores de los distintos municipios.

Hizo una entrada en Cortes rodeado de un séquito de soldados a pie y a caballo, trompeteros y pajes, y a su llegada fue recibido por el rey, que lo abrazó en público. Los nobles que habían forzado su destierro formaron parte de la recepción.

Y si ostentosa fue su reincorporación, no tardaría en completar los títulos que adornaban su persona. A partir de entonces, al título de Condestable de Castilla añadiría el de Maestre de Santiago, Conde de Santiesteban, duque de Trujillo y señor de Sepúlveda, Cuéllar, Ayllón, Escalona, Arenas de San Pedro, hasta un total de más de cincuenta villas y multitud de lugares. Además, en 1434 encumbró al arzobispado de Toledo a su hermanastro Juan de Cerezuela.

Pero el infante Enrique de Aragón continuó con las intrigas y consiguió que Navarra y Aragón invadiesen Castilla en junio de 1429 iniciándose una guerra en el curso de la cual el Condestable entró en Aragón y Enrique arrasó Extremadura, lo que conllevó la confiscación de todos los bienes que los reyes de Aragón y de Navarra tenían en Castilla hasta la firma de la paz, que llegaría el 16 de julio de 1430, cinco meses antes de que expirasen las paces pactadas con el reino nazarí de Granada, contra el que iniciaba Castilla una campaña.

La guerra se alargaría a través de las décadas sin el concurso de Aragón, siendo que los ejércitos acabaron enfrentándose en Olmedo (Valladolid) el 19 de mayo de 1445, con un resultado dudoso tras el que se retiraron los ejércitos navarros y los del Infante Enrique de Aragón. 

Álvaro de Luna volvía a su apogeo, y repartía cargos y mercedes a sus nuevos aliados, Pedro Girón, Juan Pacheco, Iñigo López de Mendoza… Llegando incluso a pactar el matrimonio del rey, recientemente viudo, con Isabel, hija del infante Juan de Portugal, quién al fin sería responsable de su ruina.

Castilla continuaba inmersa en un conflicto que ya se antojaba eterno. Álvaro de Luna controlaba todo el poder, y en 1438 el Condestable comenzó a sufrir un desasosiego que tenía nombre: Pedro Manrique, Adelantado de Castilla, que con el apoyo incondicional de los nobles se levantó en armas reclamando su destitución, extremo que fue rechazado por el rey Juan II, lo que ocasionó un notable incremento del partido rebelde, que el año 1439, se vio incrementado con el apoyo de los Infantes de Aragón, refuerzo con el que finalmente consiguieron el objetivo perseguido y Álvaro de Luna fue desterrado.

Los nobles triunfantes levantaron cargos contra el Condestable. Lo acusaban de usurpar el poder real, de destruir a los grandes del reino, de haber creado impuestos injustos, de haber acumulado para sí bienes públicos, de haber dado cargos por su cuenta, de haber causado la muerte a nobles inocentes, y finalmente, decían a Juan II que


El Condestable tiene ligadas e atadas todas vuestras potencias corporales é intelectuales por mágicas e diabólicas encantaciones, para que no pueda ál hacer salvo lo que él quisiere.


Y hasta Enrique, el príncipe heredero que posteriormente sería coronado como Enrique IV, se marchó diciendo que volvería con su padre cuando éste hubiese alejado de su consejo al Condestable, por lo que Juan II urgió las bodas de su hijo con Blanca de Navarra, de las que la princesa quedaría doncella y “tal cual nasció”. Acto seguido, el recién casado, impotente en el tálamo, se unió abiertamente a los Infantes de Aragón, y le siguió su madre, la reina. Enrique iba cayendo en las redes de Juan Pacheco y Pedro Girón (hermanos) a quienes había introducido en la corte Álvaro de Luna, suegro de Juan Pacheco.

En el guirigay que sería el reinado de Enrique IV, estos dos protegidos se enfrentarían con su protector en defensa de lo que más les interesaba: sus bienes, siendo destinatarios de grandes concesiones que les fueron hechas, a ellos y a los demás nobles por Enrique IV el Impotente.

En 1441, la liga de los infantes de Aragón sitiaba a Juan II en Medina del Campo, y Álvaro de Luna acudió a socorrerlo, tras lo cual fue sitiada la ciudad, el Condestable acabó huyendo y Juan II se vio forzado a decretar su destierro.

Pero en 1444 don Álvaro contraatacaba con el apoyo del duque del Infantado y de los condes de Alba y Haro a quienes se sumó el obispo de Ávila, y por supuesto el arzobispo de Toledo, su hermanastro.

El conflicto de Castilla ya llevaba décadas desarrollándose bajo el reinado de Juan II y el valimiento de Álvaro de Luna. Los resultados militares de la batalla de Olmedo de 19 de mayo de 1445 dieron lugar a la retirada de los ejércitos navarro y aragonés y confirmaron a Álvaro de Luna como valido, en cuya situación repartió cargos a allegados y casó en segundas nupcias al rey con la hija del infante Juan de Portugal.

En 1447 Álvaro de Luna demostraba controlar los resortes del poder haciendo que huyesen los elementos más díscolos, cuales eran el príncipe Enrique y Juan Pacheco, pero la inestabilidad fue creciendo, y para 1449 lo encontramos enfrentado a Juan II en medio de una revuelta iniciada por Enrique, príncipe de Asturias, en alianza con los marqueses de Villena y Santillana, con los condes de Haro y de Plasencia y con otros nobles, que propiciaron una sublevación popular a causa de un empréstito solicitado por el Condestable. 

Para estas fechas, el brillo del Condestable se había apagado definitivamente. El pueblo ahora se manifiesta hostil, y una subida de impuestos incrementó su hostilidad, mientras las conspiraciones nobiliarias se acrecentaban obteniendo como contrapartida el asesinato de Alonso Pérez de Vivero, Contador del Rey.

Este acto significaría el fin absoluto del Condestable Finalmente, Pedro de Stúñiga se alió con los condes de Haro y de Benavente, y juntos fueron encargados por Juan II para apresar a Álvaro de Luna, que sería decapitado en Valladolid el 2 de junio de 1453.

No parece que Álvaro de Luna fuese tirano, sino un buen servidor de su rey, a quién siempre protegió y liberó de sus enemigos hasta en dos ocasiones, y no faltó quién defendiese su memoria hasta ser rehabilitado en 1658, cuando fue declarado inocente y libre de toda culpa.

Por otra parte, en el balance final del reinado de Juan II de Castilla los resultados no son muy favorables. El pueblo se empobreció, y el poder fue acaparado por la nobleza, que acabó reduciendo la presencia popular en las cortes, y hasta llegó a emitir ordenanzas generales sin convocar cortes. Los derechos populares, que desde hacía siglos venían siendo punteras en el derecho, retrocedieron a favor de los nobles, de entre los cuales destaca como gran beneficiado quién controlaba la voluntad real: Juan Pacheco, siempre en connivencia con los Estúñiga, Mendoza, Velasco y Pimentel.






BIBLIOGRAFÍA:

Alvarada. Álvaro de Luna. Cantar de poder y muerte. En Internet https://alvarada.com/alvaro.html Visita 18-10-2026

Flores, Josef Miguel de. Crónica de D. Álvaro de Luna. En Internet http://archive.org/details/cronicadedalvaro00flor


Juan Fdo. Pacheco, marqués de Villena. En Internet http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=pacheco-juan-fernando-marques-de-villena

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