sábado, 2 de abril de 2016

Aspectos económicos en el proceso separatista de América



Cesáreo Jarabo Jordán
pensahispa@gmail.com

No cabe la menor duda, y más en estos tiempos, que la cuestión económica es un elemento esencial en el estudio de la historia de los pueblos. No obstante, tampoco cabe la menor duda que este aspecto ha sido considerado vil durante mucho tiempo y en muchos lugares, siendo el lugar por excelencia el Imperio Hispánico.

A la hora de estudiar la historia de España, sobre todo hasta instantes antes de que la Ilustración lo inundase todo, nos aparece constantemente esa realidad en cada uno de los acontecimientos. Con ese espíritu debe ser atendida la cuestión económica en América, al menos hasta el reinado de Carlos III.

Dentro de ese aspecto se encuentra el desarrollo del comercio, que desde el principio de la Conquista estuvo centralizado. Cuestión que, también desde el principio, era asumida con total naturalidad, y no precisamente porque fuese signo de sumisión, sino porque el concepto de comercio existente en el mundo, hasta el siglo XVIII, era bien distinto del que hoy conocemos. Debemos tener en cuenta que el siglo XVIII es el momento histórico en el que  de forma violenta estalla la Ilustración, el liberalismo político y el libre comercio. Haciéndose eco de esa realidad, la Real Cédula de 1778 permitió el libre comercio entre Buenos Aires, Chile y Perú. Cierto que con cierto retraso con relación a otras partes del mundo… pero también cierto que aún hoy es demasiado aventurado atreverse a abrazar como la panacea uno de los dos sistemas en liza, desechando la totalidad del otro y sin llevar antes a cabo un análisis sosegado, en cuyo caso nos podemos llevar alguna sorpresa que pueda conducirnos, no a una revolución liberal, sino a una reforma, todo lo profunda que se quiera, de los métodos aplicados hasta el momento.

Es el caso que los principios ilustrados se fueron imponiendo de manera irremisible, e imbuido de ellos, el Real Decreto de 2 de Febrero de 1778 decreta la libertad de comercio con América. Al respecto, Heraclio Bonilla y Karen Spalding señalan que “La Real Cédula del 2 de febrero de 1778 estableció el libre comercio entre Perú, Chile y Buenos Aires con España. En la práctica esta medida significaba la “apertura de los siguientes puertos españoles al comercio con América: Sevilla, Cádiz, Málaga, Almería, Cartagena, Alicante, Alfaques de Tortosa, Barcelona, Santander, Gijón y La Coruña; y los de Palma y Santa Cruz de Tenerife en las islas Mallorca y Canarias. En América, los puertos favorecidos con esta medida fueron: San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, Santiago de Cuba, Batabanó, La Habana, islas de la Margarita y Trinidad, Golfo de Santo Tomás de Castilla y Omoa en Guatemala, Cartagena, Santa Marta, Río de la Hacha, Portobelo, Montevideo, Buenos Aires, Valparaíso, Concepción, Arica, Callao y Guayaquil. En una palabra, esta medida significaba la liquidación del monopolio comercial de Cádiz en España y de Lima en América.”1

Así, adelantándonos a los acontecimientos que vamos desarrollando, y entrando de lleno en el conflicto bélico que se produciría en la segunda década del siglo XIX, podemos aseverar con Felipe Ferreiro que “fueron justamente los Borbones, desde Carlos III, que creó el Consulado y decretó el libre comercio, los que favorecieron la economía de las postrimerías de la época hispana. Y la revolución no fue una revolución de la plebe con la oligarquía, sino que estuvo organizada por la aristocracia criolla contra la burocracia peninsular. Los indios pelearon principalmente por el rey, y criollos y españoles los hubo tanto entre regentistas como entre juntistas.”2

Este libre comercio no solucionó los problemas existentes; no consiguió el desarrollo industrial y comercial que se pretendía, sino que bien al contrario provocó una crisis económica y degeneró “en una violenta depresión por lo menos desde el último tercio del siglo XVIII. Estas fueron décadas de catástrofes para la burguesía criolla…/…Las pequeñas industrias, por otra parte, sufrieron el duro Impacto de la concurrencia de las mercancías europeas, que ingresaban por los puertos ahora abiertos al libre comercio y, sobre todo por el nuevo circuito Buenos Aires-Alto Perú.”3 Se estaban señalando las líneas de penetración que pocos años después coparían los colonialistas británicos.

Y todo ello se hizo por influencia directa de la Ilustración; no porque no existiesen alternativas, sino porque ya España había perdido su capacidad de creer en sí misma y en la eficacia de los métodos desarrollados por mentes cultivadas en el humanismo. Existían autores, como “José del Campillo Cosío, en cuya obra: Nuevos sistema económico de gobierno para la América, escrita en 1743, aparece con claridad la idea de un imperio basado en la preservación y no en la expansión de sus límites. También introdujo novedosas ideas, como plantear la necesidad de incorporar tanto económica como socialmente a los indígenas, considerándolos consumidores potenciales que enriquecerían el mercado español; la idea de las visitas generales para conocer los territorios americanos, su gente sus recursos, y la necesidad de establecer intendentes en América.”4

Si se quiere, también se puede deducir de este texto que el liberalismo estaba tomando posiciones; que dejaba de verse en los indígenas a personas portadoras de valores eternos para verlos como “consumidores potenciales”, pero también se deduce la voluntad de preservar los valores con el desarrollo controlado de la economía. Pero en esa cuestión, en el desarrollo de la economía capitalista, Inglaterra llevaba ventaja al haberse dado cuenta que en el Imperio Español podrían llevar a cabo esa labor, sin miramientos, en unos inmensos territorios poblados por gentes por lo general pacíficas y acostumbradas a una vida en sociedad, y poseedoras de una economía boyante que marcaba, en América y en todo el Pacífico, el desarrollo económico de los pueblos, a ambos lados del océano, que se guiaban por el patrón del doblón español.





La apertura de mercados llevada a cabo por la Ilustración se manifestaba como completamente necesaria para adaptarse a los nuevos tiempos de la economía, en gran parte marcada por la Revolución Industrial de la que Gran Bretaña era cabeza. España no podía quedarse rezagada. Otra cuestión es cómo se llevó a efecto, en gran medida calcando las formas británicas importadas por los ilustrados. 

 Las formas aplicadas acabaron creando conflictos: la crisis económica señalada más arriba, y profundos cambios en la economía que ya se venían gestando sin el concurso de las formas liberales, pero que con ellas son acelerados según Tulio Halperin Donghi, cuando señala que“la reforma comercial no sólo consolida y promueve esos cambios en la economía indiana; se vincula además -tal como se ha señalado- con otros que se dan en la metrópoli. Esa nueva oleada de conquista mercantil que desde Veracruz a Buenos Aires va dando, a lo largo del siglo XVIII, el dominio de los mercados locales a comerciantes venidos de la Península (que desplazan a los criollos antes dominantes) es denunciada en todas partes como afirmación del monopolio de Cádiz.”5

Las reformas económicas no afectaban sólo al mercado, sino que se extendían a todas las estructuras; así, se discutió la posibilidad de adoptar otras medidas que iban contra los intereses de los criollos, y contra la política tradicional del Imperio. En ese sentido, señala Moisés Llordén Miñambres: “la sustitución de la burocracia indiana por españoles, así como el relevo de los oficiales criollos jubilados por hombres de la península y, tal como deseaba Floridablanca, uno de los más firmes defensores de esta nueva política con respecto a América, el relevo de los principales cargos de la Iglesia por clérigos españoles, la expulsión de los jesuitas, etc.” 6

Era, en definitiva, la aplicación de los métodos de la Ilustración, acorde a los métodos e intereses del liberalismo, tan fervientemente defendido por los reinos europeos, y en especial por Gran Bretaña. Con este sistema empezaba a dejar de tener prioridad el hombre sobre las cosas. Al respecto señala Indalecio Liévano Aguirre: “en la medida en que proseguía el desarrollo de las doctrinas burguesas en el Viejo Mundo y se desvanecía la influencia de las ideas morales y religiosas que inspiraron las Leyes de Indias, se acentuaba, también, la tendencia a transformar los Dominios en una zona subalterna de la economía española y la burguesía peninsular, mal equipada para comprometerse en una ofensiva frontal contra el añejo feudalismo de España, consiguió, en cambio, que la Corona le permitiera utilizar las posesiones americanas como el mercado colonial que necesitaba para apresurar su desarrollo y enriquecimiento en cuanto a la clase económica.”7

En pocas palabras: era la ruptura del “statu quo” que había primado durante los siglos XVI y XVII, y medio siglo XVIII. La Ilustración, y sus representantes en España, si no desmontaban jurídicamente la estructura del estado, que reconocía la condición de Reinos a los territorios españoles, de hecho y de palabra sí lo hacían. Así, en los tratados internacionales llegaba a hablarse de “colonias”·al referirse a los reinos americanos.

Pero siguiendo a Indalecio Liévano, “la política colonial del Despotismo Ilustrado comenzó a flaquear cuando, el monopolio del comercio de América se tradujo, para los Dominios, en un abastecimiento deficiente de mercancías, consecuencia lógica de la decadencia de la industria española”8, que finalmente acabó padeciendo “una invasión de textiles, en su mayoría ingleses y alemanes, de Silesia, superó todas las proporciones conocidas hasta entonces... Ya en 1782 exigió el Gobernador de Quito que se suprimiera la importación de un setenta y cinco por ciento y se doblaran sus impuestos, para salvar de la ruina la producción autóctona de paños. El poderoso núcleo de comerciantes importadores del Nuevo Reyno inició su ataque frontal contra la organización gremial de la artesanía y la pequeña manufactura, utilizando los argumentos allegados contra los Gremios medioevales por los ideologos de la burguesía europea.”9

Pero no fue sólo la decadencia, o la floja evolución, de la industria peninsular. Hubo más, porque esa decadencia se tradujo de inmediato en un deterioro de algo tan elemental como la Armada en unos momentos en los que el acoso de los corsarios europeos hostigaban de continuo a las naves mercantes españolas. “Perdido el dominio de los mares por España y comprometida simultáneamente en desastrosas guerras con Francia e Inglaterra, sus naves nunca pudieron recibir adecuada protección, lo que acentuó los desastrosos resultados del déficit mercantil. El empleo de “convoys”, para evitar las capturas y hundimientos de los barcos mercantes, hicieron inevitable la reducción del número de viajes anuales, de manera que las fallas del abastecimiento, lejos de disminuirse se aumentaron. La persistencia de la crisis se tradujo, como era natural que sucediera, en la regularización del comercio de contrabando con las colonias inglesas y holandesas y el volumen del mismo adquirió dimensiones que llegaron a sobrepasar la magnitud del tráfico legal. ”10

“Los riesgos que corrían los frutos tropicales embarcados en la marina mercante española, cuyos barcos estaban sujetos a los frecuentes ataques de los piratas y de las naves de guerra de las potencias rivales. Tales circunstancias no constituían, propiamente, un estímulo para que los comerciantes granadinos (sic) se decidieran a enviar sus cargamentos a la Metrópoli, cuando podían venderlos clandestinamente, con mayores beneficios, a las colonias extranjeras.” 11

Tráfico ilegítimo que en ese momento, la segunda mitad del siglo XVIII, posibilitó en el Virreinato de Nueva Granada el espejismo de un crecimiento económico que acabaría colapsado a principios del siglo XIX, dentro de la inestabilidad creada por los procesos separatistas, e inmediatamente sustituido por el aporte británico.

La importancia económica de América, entonces, decayó alarmantemente con relación a lo había venido siendo tradicional. Tengamos en cuenta que al ser descubierta América, así como se importaron a la península productos de las nuevas tierras de manera muy significativa, hubo un importantísimo aporte de España en todos los campos; desde la agricultura hasta la industria pasando por la ganadería, lo que significó, además de acceder a productos anteriormente desconocidos, al desarrollo de todos los campos de producción, muy especialmente de la agricultura y la ganadería y, por supuesto, de la minería. Sin lugar a dudas, América era el lugar más próspero de la tierra, donde había un alto índice de industrialización; de la industrialización previa a la Revolución Industrial.

Pero esa cuantificación económica de los intercambios habidos entre la España descubridora y la España descubierta ha tenido una interpretación sumamente sesgada por parte de los enemigos de España, que han volcado sobre la explotación de las minas una importancia que nunca fue cierta durante el Imperio y sin embargo sí fue cierta tras la separación de la Patria y su dominación por el imperialismo europeo en general y británico en particular.

Así, O’Leary, el “asesor” británico de Bolívar, proclama que “Como España no estimaba sus posesiones en el Nuevo Mundo sino en proporción al número y calidad de sus minas, y no hallando en Venezuela esas fuentes de riqueza, miró su fértil suelo con indiferencia. De aquí el lento progreso que hicieron estas provincias, y sus tempranas relaciones con los extranjeros, que por medio del contrabando y á despecho de reglamentos coercitivos, suplían sus necesidades”.12

¿En base a qué dice semejante cosa O’Leary cuando, según cálculos últimamente realizados, desde el descubrimiento hasta la separación, España no llegó a extraer 200.000 kilos de oro, siendo que actualmente (2015), sólo Perú  produce 173.000 kilos anualmente. De ese total, se calcula que sólo el 20% era llevado a España. ¿Dónde quedaba el resto?... En los virreinatos, que lo dedicaban, entre otras cosas, para la creación de infraestructuras de todo tipo, por ejemplo de 25 universidades que animaron la vida cultural de las actuales República Dominicana, Perú, México, Bolivia, Colombia, Ecuador, Argentina, Chile, Guatemala, Cuba y Venezuela. 

Como bien señala Luis Corsi Otálora, “en efecto, si bien es cierto que en comienzo se dio un fuerte flujo de oro y plata hacia la Península Ibérica, éste -en sus cuatro quintas partes- estaba constituido por el pago de semillas, ganado, herramientas y mercancías indispensables a la puesta en valor del desarrollo económico en sus diferentes zonas; en un detallado cuadro que va de 1515 a 1600 Alberto Pardo muestra como la balanza comercial durante este período desde España fue de 67.637 toneladas de exportación contra 43.728 toneladas de importaciones. El impacto de las nuevas tecnologías transmitidas a través de ellas fue verdaderamente espectacular, pues si un hombre con sus solas fuerzas necesita 40 días para preparar una hectárea, este tiempo se reduce a un día cuando lo hace con un arado y dos caballos; hasta el temprano 1570, de la Metrópoli se habían despachado 20.000 rejas para arados. El tiempo de corte de un árbol con hacha de acero descendía de dos meses a dos días, por lo cual los indígenas se batían a muerte por su adquisición; y una herradura de acero valía más que su peso en oro.” ” 13.

Ciertamente, y del mismo modo que en su momento España surtió de oro, plata, otros metales y otros recursos al Imperio Romano, también América surtió de los mismos elementos al Imperio Español, incluido el campo administrativo. Pero, en lo relativo al oro, ni fue suministrado todo el tiempo, ni todos los lugares de América tenían recursos auríferos o argentíferos, y sin embargo sí fueron suministrados de los productos que necesitaban, ya agrícolas, ya industriales, ya culturales…
 
Heraclio Bonilla y Karen Spalding nos dicen que “hacia fines del siglo XVIII, la riqueza estaba concentrada en Lima, por el desplazamiento hacia esta ciudad de los propietarios de minas, haciendas agrícolas, obrajes y de otras fuentes mayores de ingresos.”14  Analizando esta frase se deduce que no eran las minas las principales generadoras de recursos. Debemos considerar que la maquinaria utilizada en aquellos momentos para extraer el mineral no podía ser, ni con mucho, tan efectiva como la que es hoy utilizada por quienes, a costa de los virreinatos, pasaron a explotar los recursos nacionales a partir de 1822.

Cierto es que existieron impuestos extraordinarios, derivados principalmente en la época borbónica por necesidades de la defensa, pero esos impuestos extraordinarios representarían, al fin, una pequeña parte de lo aportado. 

Como consecuencia de la quiebra económica en que se encontraba España a caballo de los siglos XVIII y XIX, el gobierno acostumbraba a pagar con vales que debían ser hechos efectivos en México, de donde con mucha frecuencia eran devueltos sin ser atendidos.

Con las consideraciones señaladas, podemos afirmar que el mito de que España expolió de metales preciosos a América no es sino un capítulo más de la historia negra europea contra España, escudo utilizado para distraer del expolio que de toda la Hispanidad iniciaron a principios de un aciago siglo XIX y continúan efectuando hoy a buen ritmo.

El asunto que sí marcó un antes y un después en el devenir de los conflictos fue el Real Decreto de 2 de Febrero de 1778 donde, además de abrir el comercio a más puertos del Imperio, se daba un sesgo que nunca antes tuvieron las relaciones comerciales entre la España de ambos lados del Atlántico; a saber: al estilo británico y liberal se priorizaba   el mercantilismo.

Señala Jerónimo López Soldevilla que “el comercio que durante los siglos anteriores había estado mucho más restringido, sobre todo el exterior, a partir de 1765 se amplió, al ser habilitados al comercio hispanoamericano siete puertos de España: Málaga, Cartagena, Alicante, Barcelona, Coruña, Gijón y Santander. En 1778 se abrieron cuatro más: Almería, Alfaques de Tortosa, Palma de Mallorca y Santa Cruz de Tenerife.”15  Pero esto no colmaba las ambiciones de la oligarquía criolla ya que en las circunstancias geopolíticas del momento, los comerciantes americanos se consideraron en inferioridad de condiciones respecto a los comerciantes peninsulares al no poder acceder directamente al comercio extranjero, sin caer en la cuenta que, de haberlo hecho, los resultados hubiesen resultado más contrarios, como lamentablemente la historia ha demostrado.

Ellos serían los que primero se acercarían a los piratas ingleses, holandeses y franceses con el objetivo de obtener un mayor beneficio económico, sin importarles, como más adelante demostrarían, ofrecer a aquellos no sólo lo que negaban a la Patria, sino prácticamente todo que tenían a su alcance, fuese suyo o ajeno.
La aristocracia económica americana, así, fue el germen del separatismo. Pero además existieron otros acontecimientos que afectaron al pueblo: La reforma fiscal ilustrada, ávida de ingresos, cosía a impuestos al pueblo español… también al pueblo español americano, lo que motivó los levantamientos de los comuneros como consecuencia de la Real Orden del 17 de agosto de 1780, de cuya ejecución era responsable el Regente Visitador General Juan Bautista Gutiérrez de Piñeres, y que implicaba el aumento “en 2 reales cada libra de tabaco y otros 2 al azumbre (medida de líquidos) de aguardiente”16. Esta subida de impuestos significaría el inicio de la protesta de Socorro y el subsiguiente conflicto de los Comuneros.
Sin embargo, y si tenemos en cuenta los estudios realizados sobre la situación fiscal del Nuevo Reino de Granada, parece que la elevación de impuestos estaba, además, plenamente justificada por el hecho de que en aquellos momentos el déficit del Nuevo Reino alcanzaba a los 170.000 pesos, que eran cubiertos por el virreinato de Perú, que además debía apoyar también a Montevideo, México y Chile. Luis Corsi Otalora señala que “El estado Hispánico invertía más en la Nueva Granada que lo recolectado en ella.”17

Además, hablando en porcentajes, ¿de qué estamos hablando: Salomón Kalmanovitz responde la pregunta: “En 1760 los impuestos podían llegar al 3% del PIB, mientras que en 1800 eran de un 10%, al que se debe sumar un 1,2% por los diezmos.”18
Que en 40 años suban los impuestos más de un trescientos por cien es realmente alarmante, pero también es alarmante que el pago de esos impuestos, una vez triplicados, sea irrisorio y deseable si lo comparamos con la escalada que sufrieron esos mismos impuestos tras la conquista inglesa de la Hispanidad, perfeccionada en 1822.
Impuestos irrisorios que sin embargo coadyuvaron a la gran hecatombe ya que, según nos señala Indalecio Liévano Aguirre, propiciaron la pérdida de prestigio de la corona, y “en la medida que la Monarquía perdía su prestigio en la gran base popular de las sociedades americanas, los criollos adquirían la posibilidad de defender su riqueza y sus prerrogativas feudales, bajo el cómodo disfraz de defensores, aparentemente desinteresados, de los intereses comunes de la población americana.”19 Y algunos de ellos fueron los instigadores de las revueltas… y los causantes de su fracaso cuando el asunto se les iba de las manos.

Pero si en la revuelta comunera esos terratenientes se vieron sin respaldo para perseverar en su intento, merced en gran parte a la falta de acuerdo entre Miranda y la Gran Bretaña, no sucedió lo mismo a partir de 1808, cuando la maquinaria inglesa, ya bien engrasada con la supeditación de los “libertadores”, volcó todos sus esfuerzos en el intento reforzando sus lazos con la oligarquía criolla. En un estudio al respecto, la Universidad de San Carlos de Guatemala destaca que “el grupo de la élite que abraza ideales independentistas republicanos lo componen poderosos terratenientes, como era el caso salvadoreño, comerciantes/terratenientes en Granada; mineros y terratenientes en Tegucigalpa, medianos propietarios en San José, hasta los sectores medios de la provincia de Guatemala: terratenientes, comerciantes, visionarios, intelectuales, etc.”20 Imagen que se repite a lo largo y ancho de América.

La ocasión se presentaba óptima para el intento, ya que, según Mara Espasande, “en ese entonces, Europa era el escenario de una guerra fundamentalmente entre Francia e Inglaterra. Peleaban por definir cuál de los dos países se convertiría en la principal potencia industrial que controlara al resto del mundo. El gran objetivo de ambos países era obtener territorios donde poder vender sus productos industriales.”21 Y ningún territorio mejor que la Hispanidad (no había ningún otro preparado, aparte de Europa), que como poco desde la Guerra de Sucesión, estaba allanando el terreno para el fácil acceso de quienes hasta entonces habían sido frenados en sus ansias depredadoras, precisamente por la Hispanidad, y anhelaban una horrorosa venganza.

Estaban llegando unos momentos que hoy podemos considerar lógicos por la propia evolución del conocimiento: la revolución industrial; pero desde otros puntos de vista, lo que podía haber sido y no fue es que en vez de tratarse de una “revolución” hubiese sido una “evolución”. Filosóficamente era lo que más cuadraba con el espíritu hispánico. Pero no fue así. Ciertamente los descubrimientos técnicos de envergadura se produjeron dentro del mundo europeo; ello no significa que la Hispanidad estuviese dormida. Ahí tenemos los avances en cuestiones astronómicas llevados a cabo en México en 1769, o la instauración del Real Colegio de Minería, un centro dedicado al estudio de las ciencias. Lo que es irrefutable es que, de acuerdo con lo señalado por Luis Bértola y José Antonio Ocampo, “desde el punto de vista económico-tecnológico, la gran novedad de la segunda mitad del siglo XVIII fue la revolución industrial en Inglaterra, que poco a poco se expandiría a otros países europeos. La revolución industrial no fue un hecho sino que sería una transformación radical de la forma de funcionamiento de la economía capitalista que, de allí en adelante habría de experimentar cambios tecnológicos frecuentes, viendo la sucesión de nuevos paradigmas tecno-económicos, con sus consiguientes ondas de difusión a otras economías y con un muy fuerte impacto no solo en el surgimiento de nuevos productos y procesos, sino también sobre los transportes y las infraestructuras…./… Este proceso de aceleración del cambio tecnológico, del que las potencias coloniales ibéricas apenas si participaron marginalmente, abrió nuevas posibilidades al comercio internacional y constituyó el entorno de lo que Lynch (1992) ha llamado “la segunda conquista” y el inicio de la gestación de un nuevo ‘pacto colonial’.”22

Esa revolución materialista, capitalista, mercantilista, había estallado y necesariamente debía invadir la Hispanidad, no sólo para dar curso a sus productos, sino para dar curso a la problemática interna generada por la misma revolución industrial, que en Inglaterra, y de acuerdo con el profesor Corsi Otalora, “llevó a una Caida de salarios del 20% entre 1795 y 1834, sin contar con un desempleo tan enorme que produjo la muerte por física hambre a 500.000 tejedores y les forzó a la aceptación de oficios tales como los de pulidores de metales, capaces de averiar los pulmones a casi todos los trabajadores mayores de 30 años según  cifras de Hobsbawn.”23

Y el momento de expansión había llegado; Julio C. González nos informa que “en 1804 había en Buenos Aires 47 comerciantes ingleses. En 1810 al estallar la Revolución de Mayo, 2000. Fracasadas las invasiones armadas, los buques de guerra de Su Majestad Británica, se fueron. Pero los buques mercantes de los comerciantes de Londres, abarrotados de abalorios, se quedaron. Primero ejercieron el contrabando a la vista y paciencia de los españoles y ante la perplejidad del Ejército Argentino, de gauchos, de indios y de niños que los habían combatido. Luego el anglófilo Virrey Cisneros les otorgó, por un año, el comercio libre.”24

Pero estas facilidades para la invasión económica no serían iniciativa personal de Cisneros, sino que se encontraban enmarcadas en el tratado de Apodaca-Canning firmado un año antes con la anuencia de la Junta de Cádiz. 

Este sería el primer paso destinado a arruinar la pequeña industria y comercio locales, y con ellos lo que hasta entonces se había entendido como comercio y lo que se había entendido como libertad. El nuevo concepto de comercio; el imperio del mercantilismo, estaba a las puertas, y ello comportaría grandes cambios en todos los ámbitos, y con ellos la pérdida de la libertad individual a cambio de la libertad de comercio, donde sólo tiene libertad aquel que la mantiene en el poder económico.

Si esto era algo nuevo para el mundo hispánico, no lo era para los británicos, quienes, como recuerda el profesor Corsi, ya contaban con experiencia en estos asuntos en Irlanda, “país éste en el cual semejante procedimiento llevó a la tumba a un millón de hombres a causa física de hambre…/… En el caso hispanoamericano…/…se vio a los próceres hispanoamericanos aniquilar sus propias industrias textiles y artesanales”25.

El capitalismo, que ya había instalado su campamento base, estaba dispuesto a realizar todos los esfuerzos y a obtener el esfuerzo de los demás para imperar; en el terreno económico, el primer frente a batir sería la producción autóctona; aquella que se dedicaba a asistir las necesidades de la comunidad, y el modo sería la importación de productos manufacturados en la metrópoli, Inglaterra. Y es que, hasta entonces, América no había conocido metrópoli. Hasta entonces, los virreinatos, en lo económico, se habían limitado, como en el caso de los habitantes de la península, a suministrar a la corona los impuestos sobre los bienes, y que venían a verse representados por el 20% de la producción, que se enviaba a la península en oro. Ese oro tan codiciado por los europeos que, una vez asentados, se llevaron de los depósitos americanos con destino a Londres  dejando a cambio tratados de comercio y deudas por ayuda en la guerra “de liberación”, que aún hoy se están pagando. Finalmente, “las ganancias económicas que habían propiciado un apogeo económico durante los siglos XVI, XVII y la primera mitad del XVIII, se vieron detenidas y finalmente destrozadas primero por las reformas borbónicas, sobre todo por la apertura del libre comercio y por la posterior secesión o independencia.”26

El colombiano Indalecio Liévano Aguirre señala que “en la América española, la quiebra, provocada deliberadamente, de la pequeña manufactura y de la artesanía, sólo serviría para aumentar su dependencia colonial de los mercados mundiales. Los comerciantes importadores, que durante la etapa de dependencia de España fueron el instrumento operativo de una economía colonial, debían cumplir idéntica función al producirse la Independencia, con la sola variante de que ya no actuarían como servidores del monopolio español sino como vehículo, igualmente eficaz, del monopolio mercantil y financiero de las potencias anglosajonas. Su interés, con respecto al fomento de la economía nativa, se reducía a estimular la exportación de metales preciosos y materias primas tropicales, a fin de aumentar los medios de pago internacional requeridos para mantener el ritmo del comercio de importación.”27

Esta situación trajo como consecuencia la supeditación de toda la Hispanidad y la pérdida de su poder creativo… y de su poder adquisitivo, siendo que “entre 1820 y 2008 la brecha entre América Latina y Occidente pasó de 0,9 a 2,8 veces el PIB per cápita de América Latina o, lo que es equivalente, la región pasó a tener poco más de la mitad del PIB per cápita de Occidente a sólo una cuarta parte.”28 El propio barón de Humboldt manifestó que si la riqueza per cápita en Francia era de 14 pesos, la de México era de 10, mientras en la península era de siete.29

Qué se destruyó con los procesos separatistas de América es muy largo de explicar, en lo político, en lo social, en lo económico… Hoy ningún país surgido tras la gran asonada del siglo XIX tiene significación alguna en ningún campo. Desde España hasta Filipinas todos estamos sometidos al dictado de quienes procuraron y consiguieron romper lo que el pueblo español no supo mantener. Por ejemplo, según Jerónimo López Soldevilla, “el virreinato de Nueva España constituía la estructura política más grande del hemisferio occidental a fines del siglo XVIII. Su territorio circunscribía el México actual, América Central, Cuba, Puerto Rico, Florida, las islas Filipinas, las regiones costeras de Alabama y Mississippi, todas las tierras al oeste de este río, así como también pretensiones en Canadá occidental y Alaska. El núcleo del virreinato, sin embargo, lo formaba una región aproximadamente del tamaño del México actual. Esta área era la parte más poblada y rica del virreinato.”30

México conformaba, quizá, la estructura más sólida del Imperio, y fue sustento indispensable en la lucha contra la invasión francesa en la península. Económica, política y socialmente era ya entonces el buque insignia de la Hispanidad.

“La economía de Nueva España era fuerte, se encontraba bien distribuida, y en su mayor parte funcionaba en forma independiente de la madre patria. Aunque los metales preciosos representaban el 84% de todas las exportaciones, la colonia no llegó a ser una simple monoproductora, y ello se explica, en que a pesar de su carácter predominante y dinámico, la minería sólo constituía un segmento menor de la economía colonial. En 1800, la minería contribuyó con 27.95 millones de pesos, o el 13% de la producción anual de México, mientras que la industria manufacturera computó 55 millones, o el 25%; la agricultura 138.63 millones, o el 62%.”31

Se trataba de un sistema social destinado a encabezar el desarrollo del mundo, y esa era una cuestión que no escapaba a la atenta mirada de los enemigos históricos, volcados como estaban en controlar el comercio mundial, que inexorablemente empezaría con el triunfo de las revueltas secesionistas. Desde entonces, las exportaciones inglesas lo coparon todo, y consiguientemente el deterioro del comercio interior de lo que antes había sido una nación, se vio notablemente deteriorado. 

México acabaría siendo bocado apetitoso del imperialismo neobritánico, que acabaría mutilando el antiguo virreinato, dejándolo sometido a la voluntad de las potencias que  con tanto ahínco procuraban la destrucción de España… y la “libertad” de sus territorios. Pero no fue suya la culpa, sino de quienes, desde dentro, posibilitaron su triunfo.

¿Y cual fue el resultado económico subsiguiente a la separación de México en la población? Un largo periodo de deterioro y de miseria. “El ingreso per cápita de México descendió de 116 pesos a fines del periodo colonial, a 56 pesos el año 1845.”32

El desarrollo sería parejo en el resto del antiguo Imperio. En lo tocante a Perú, y conforme a lo que señalan Heraclio Bonilla y Karen Spalding, “esta nueva situación intensificó e hizo más perceptibles los cambios ya latentes en el siglo XVIII. Entre estos debe mencionarse la profunda desarticulación del espacio peruano, la acentuación de la regionalización, la expansión en gran escala de los grandes dominios agrícolas, la destrucción de la producción interna, la extensión del caciquismo regional, la constitución de clientelas regionales a base de la incorporación de gran parte de la población nativa, con la consiguiente crisis de la fuerza de trabajo, y la conquista del mercado interno por los textiles británicos. Fueron estos, por otra parte, los factores mayores que generaron la perdurabilidad de la crisis interna de la economía peruana y que sustentaron la absoluta hegemonía de la economía británica.”1


Destrucción de la producción que sería debida, no sólo a la paralización que pudiese provocar el estado de guerra, sino a la acción destructiva directa, provocada del mismo modo que lo hiciese Wellesley en la península. Jerónimo López Soldevilla señala que “los rebeldes quemaban haciendas, mataban ganado, arruinaban el equipo minero y paralizaban el comercio. Las fuerzas realistas se desquitaban empleando tácticas contraterroristas, devastando regiones que habían capitulado o apoyado a los insurgentes.”2 Pero es que Morillo acabó haciendo exactamente lo mismo… Curiosamente Morillo había sido designado para el puesto, ascendiendo vertiginosamente de sargento a general, impuesto por el duque de Wellington. Con este aval y el de las logias masónicas, y desoyendo las instrucciones del ministro de la guerra, el mexicano Lardizábal, manifestaba Morillo que “para subyugar a las provincias insurrectas, una sola medida, exterminarlas.”3


Conforme señala Tulio Halperin Donghi, lo que Inglaterra busca en Hispanoamérica, “son sobre todo desemboques a la exportación metropolitana, y junto con ellos un dominio de los circuitos mercantiles locales que acentúe la situación favorable para la metrópoli. Hasta 1815, Inglaterra vuelca sobre Latinoamérica un abigarrado desborde de su producción industrial; ya en ese año los mercados latinoamericanos están abarrotados, y el comienzo de la concurrencia continental y el agudizarse de la estadounidense invitan a los intereses británicos a un balance -muy pesimista- de esa primera etapa.”4


Hubo, no obstante, beneficiarios. Los criollos cipayos que vendieron la gran empresa común al objeto de beneficios materiales que, gracias a su colaboración con el invasor obtendrían prerrogativas propias de tiranos. Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto señalan que “los grupos que “forjaron la independencia” recuperaron sus vinculaciones con el mercado mundial y con los demás grupos locales. Se perfila entonces una primera situación de subdesarrollo y dependencia dentro de los límites nacionales.” 5 Y ahí permanecen dos siglos después de la gran traición.


Pero así como no podemos hablar de la Hispanidad sin hablar de una unidad, tampoco podemos dejar caer sobre los hombros de las oligarquías americanas la culpabilidad de lo acaecido –y desde luego no sobre la Gran Bretaña, que no hacía sino cumplir con la función que llevaba siglos cumpliendo (a un perro no se le puede reprochar que muerda ni a una cigarra que cante)-. Fueron las oligarquías españolas –peninsulares y americanas- las responsables de lo acaecido.


Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, al respecto, señalan que “Inglaterra buscaba, por el momento, la libre introducción de sus mercaderías manufacturadas en los puertos de Hispanoamérica, tráfico vital para sus productos hechos a máquina por el bloqueo continental de Napoleón no dejaba entrar en el continente europeo. Había conseguido de la Junta de Sevilla, en enero de 1809, los adicionales al tratado Apodaca-Canning (de alianza anglo-española contra Napoleón, donde España, a cambio del ejército de Wellington y la escuadra que protegía a Cádiz, abría América a la introducción de maquinofacturas inglesas. Aunque ese libre comercio significase la muerte de la industria artesanal criolla, que no podría competir contra los hilados, tejidos y zapatos a máquina de Manchester o Birmingham. En una palabra: España entregó en 1809 la dependencia económica de América a cambio de la independencia política de la metrópoli. Para cumplir lo dispuesto llegó en julio de 1809 a Buenos Aires el virrey Cisneros, y abrió el puerto de Buenos Aires a los productos ingleses el 6 de noviembre. Pero Cisneros no quiso dar una franca entrada a los ingleses (como lo había pedido Mariano Moreno, abogado de los comerciantes británicos, en su conocida Representación) y se limitó a entornar simplemente la puerta del monopolio. Hasta se atrevió a expulsar en diciembre a los ingleses entrados sin permiso y que, aprovechando la situación, manejaban bajo cuerda la plaza mercantil: les dio plazo hasta mayo de 1810 para irse con todas sus pertenencias. Pero en mayo de 1810 quien debió irse fue Cisneros, y los ingleses se quedaron para siempre.6


Lo que quedó manifiesto, tanto por la actuación de las Cortes de Cádiz como por la oligarquía criolla fue su voluntad de caer en los brazos del colonialismo británico, y además sin contraprestaciones. Para ello, el virrey Cisneros se apresuró a firmar el edicto de libre comercio firmado en beneficio de la Gran Bretaña, que según señala José Mª Rosa, se concretaba en “12 barcos de frutos del país por la carga de un barco inglés de bagatelas importadas. Libre Exportación del oro, de la plata y de todo el metálico rioplatense para pagar en dinero en afectivo las chucherías manufacturadas.”7


Pero eso sólo sería el principio del gran expolio. Eric Hobsbawm señala que “en 1814 Inglaterra exportaba cuatro yardas de tela de algodón por cada tres consumidas en ella; en 1850, trece por cada ocho.”8 Pagando precios desorbitados por bagatelas. Julio C. González, señala que “en pocos meses el país se quedó sin dinero y para restituir el dinero que se iba, comenzaron a concertarse empréstitos que serían pagados con nuevos empréstitos. Todo ello sin variantes. Desde el primer empréstito contratado por Rivadavia hasta el último empréstito celebrado en enero de este año por el Ministro Whebe ”9, ministro que fue de economía durante el gobierno de Arturo Frondizi, que sería derrocado por el golpe militar de marzo de 1962.


Eso era en las Provincias Unidas. Mientras, “en la Gran Colombia de 1822 a 1824 se obtuvieron recursos por más de 24 millones de pesos.”10…/… que se utilizaron para pagar intereses de esos préstamos; armas compradas a los mismos acreedores, mordidas, gratificaciones a altos cargos civiles y militares… y promesas, que es lo que quedaba, para el desarrollo, lo que conllevaría vender las minas y todos los arbitrios del gobierno e hipotecar los recursos para el futuro, “hasta el punto que hacia 1839, en el momento de su repartición entre Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, la suma adeudada llegaba ya a 103 millones de pesos; el 43% correspondía a intereses acumulados”11, señala Luis Corsi Otalora.


Las derrotas sufridas por los ingleses en el Río de la Plata los años 1806 y 1807 significaron una lección que Inglaterra aprendió correctamente. Ya no intentaría la conquista militar, sino la dependencia económica, política y cultural. Y en ese sentido fueron criticados por el “prócer” Miranda aquellos intentos de 1806 y 1807. El propio Beresford señalaría en su informe que “A menos que vayamos a darles la independencia, será mejor no acercarnos”.12 Pero antes de la opción definitiva, el duque de Wellington aún realizaría una tercera intentona militar, en 1808, que acabó siendo derivada a la península para combatir a los franceses, si bien “Wellesley, que también había aprendido la lección del Río de la Plata insistía: ‘El único modo de arrancarle las colonias a la corona de España es por una revolución y con el establecimiento de un gobierno independiente dentro de ellas’13, apunta Rodolfo Terragno.


De hecho no se produjeron más intentos militares. “En adelante, en Hispanoamérica, la Gran Bretaña substituirá fuerzas de ocupación por empréstitos, de tal manera que alguien llegue a expresar que en vez de estar liberándonos estábamos hipotecándonos.”14


Consumada la separación, en vez de la anhelada Independencia se había instalado una espantosa e irreversible dependencia económica hacia la Gran Bretaña. “Inglaterra se reservó el control de la política interior, reemplazando por adjetivos calificativos, los sustantivos y los verbos que conforman el lenguaje con que deben tratarse los grandes temas de un país…/… La eficiencia del sistema colonial inglés en el Río de la Plata, fue y es, el opus magnum de Canning, el estadista impecable. Inglaterra sería el taller del mundo y la América del Sur su granja.”15


No obstante es muy optimista esta apreciación del profesor Julio C. González, porque la Gran Bretaña no se conformó con convertir América en su granja. También la península, en una unión de destino con los hermanos americanos cayó bajo su órbita… Y ahí seguimos todos.


El asunto es digno de un estudio pormenorizado a nivel de toda la Hispanidad, pero sólo como una muestra de la actividad llevada por el mercantilismo británico tras haber conseguido sus objetivos militares (en los que curiosamente no participó ninguna unidad legalmente regular del ejército británico) fue la expansión comercial. Heraclio Bonilla y Karen Spalding nos facilitan el volumen del “intercambio” comercial de la Gran Bretaña. “Los valores de la exportación inglesa al Perú, en libras esterlinas, permiten medir los ritmos de esta expansión: 1818: 3,149 £.; 1819: 30,000; 1820: 39,322; 1821: 86,329; 1822: 111,509; 1823: 288,292; 1824: 401,695; 1825: 602,709, y así sucesivamente, (Bonilla, 1970: Vol, I, p. 56). Hacia 1824, cuando se silenciaron las armas en Junín y Ayacucho, en Lima había 20 casas comerciales británicas fuertemente establecidas y 16 en Arequipa, (Public Record Office, Londres, 1826 ms). El control del mercado peruano fue suficiente para atenuar y compensar los fiascos y pérdidas considerables representadas por la inversión temprana de los capitales ingleses…/… los préstamos británicos al indefenso Estado peruano colocaban los primeros eslabones de su posterior encadenamiento financiero.16


Es preciso señalar que “cuando durante el mismo período, España difícilmente lograba obtener un crédito de 10 millones de libras en Londres, los dos más prometedores mercados americanos, entonces anunciados como las nuevas potencias del hemisferio, México y Colombia, acaparaban en 1825 el 76% de los préstamos negociados en Londres, cuyo monto crediticio era casi de 14 millones de libras. No obstante, la inexperiencia financiera internacional, la lenta y a veces retenida recuperación económica interna; las insuperadas crisis de las Haciendas hispanoamericanas, hicieron tambalear varias veces, desde finales de 1824, la estabilidad del mercado financiero londinense, arrastrando a la quiebra a más de uno de dichos prestamistas, lo cual desembocó en la aguda crisis financiera internacional de 1825-1826, A partir de entonces, la duda sobre la seriedad, y sobre todo solvencia, de los nuevos Estados fue la causa de las recurrentes caídas, y a veces dramática desvalorización, y sobre todo especulación, a que quedaron expuestos los títulos de la deuda hispanoamericana. La recurrente morosidad, incluso insolvencia hispanoamericana en Europa a lo largo del siglo XIX, se arreglaría en más de una ocasión a punta de cañoneras y bombardeos de sus principales puertos por parte de las flotas de las potencias acreedoras (Francia e Inglaterra).” 17


Es así como la economía americana pasó de la libertad con compromisos a la dominación británica, sin transición alguna, casi automática e inmediatamente.


Pero no serían éstos todos los males. Las posibilidades americanas, en medio de un proceso de revolución industrial, tenían que haberse desarrollado de forma exponencial caso de haberse aplicado con los propios recursos económicos existentes en los territorios, pero estos recursos fueron expoliados y enviados en cargamentos a la Gran Bretaña, y es que como señalan Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto “la dinámica de la expansión industrial inglesa no reposaba necesariamente en la inversión de capitales productivos en la periferia, sino en asegurar su propio abastecimiento de productos primarios. Por dicho motivo, y con relación a América Latina [sic], el capitalismo europeo del siglo XIX se caracterizó como un capitalismo comercial y financiero: las inversiones se orientaban principalmente hacia los sectores que las economías locales no estaban en condiciones de desarrollar; expresión de esta política fue el sistema de transportes. Y aun en este sector, se tradujo en el financiamiento de empréstitos para la realización de obras locales, garantizados por el Estado, más que en inversiones directas. El centro hegemónico controlaba fundamentalmente la comercialización de la periferia.”18


Se había pasado de la pertenencia a un Imperio generador a la dependencia de un imperio depredador donde poco o nada importaban las personas sino como meros clientes de las mercaderías producidas, transportadas y distribuidas por los comerciantes británicos. Las prendas más tradicionales serían producidas en los telares británicos, que inundarían el mercado produciendo la ruina de los manufactureros locales.


La influencia de la nueva situación llegaba a todas las estructuras, y las dudas de cómo diseccionar el imperio para crear falsas fronteras y procurar que el comercio a través de las mismas estuviese controlado por mercaderes británicos posibilitaron que“las probabilidades de éxito para imponer un orden nacional, estuvieron condicionadas tanto por la “situación de mercado” regida por el grupo que controlaba las exportaciones – monopolio de los puertos, dominio del sector productivo fundamental, etc.-, como por la capacidad de algunos sectores de las clases dominantes de consolidar un sistema político de dominio.” 19


A pesar de ser la Ilustración motor principal de la situación, las ideas fiscales heredadas de Imperio Hispánico creaban conflictos con los amos recién instalados, lo que hacía necesaria una nueva concepción de la política fiscal, que permanecía lastrada con los usos anteriormente aplicados. Perú sería uno de los primeros lugares donde se plasmó una nueva legislación al respecto, donde según Leslie Bethel, “Con la ley de 1833, el gobierno peruano empezó a adoptar una política aduanera más liberal; redujo el impuesto sobre los tejidos importados al 45 por 100. Esta tendencia hacia la liberalización continuó con la ley de 1836 y se mantuvo durante la existencia de la Confederación Peruano-Boliviana (1836-1839), que redujo el arancel sobre los tejidos importados a un simple 20 por 100.

Ello representó una victoria para los comerciantes ingleses que comerciaban con el Perú, cuya influencia se evidencia en el hecho de que la reglamentación de 1836 no hacía sino sancionar las propuestas formuladas por la comunidad mercantil británica…/… El proceso que aceleró la expansión comercial británica, vía la masiva importación de textiles, al mismo tiempo hizo que por un lado la renta de las aduanas fuera uno de los sustentos del gasto público, y por otro que completara la ruina de la producción nativa.20


La realidad se impuso y con ella el deterioro de la vida. “Si en tiempos coloniales el favor por excelencia que se buscaba era la posibilidad de comerciar con ultramar, ésta ya no plantea serios problemas en tiempos postrevolucionarios. En cambio, la miseria del Estado crea en todas partes una nube de prestamistas a corto término, los agiotistas execrados de México a Buenos Aires, pero en todas partes utilizados: aparte los subidos intereses, las garantías increíbles (en medio de la guerra civil un Gobierno de Montevideo cedía desde las rentas de aduana hasta la propiedad de las plazas públicas de su capital para ganar la supervivencia, y a la vez la interesada adhesión de esos financistas aldeanos a su causa política), era la voluntaria ceguera del Gobierno frente a las hazañas de esos reyes del mercado lo que esos préstamos garantizaban”21, nos recuerda Tulio Halperin Donghi, La inmensa riqueza de América se volatilizaba…


Y las grandes expectativas que podían vislumbrarse años atrás, desaparecían como por actos de encantamiento. América había roto los lazos con España y los había estrechado con Europa, pero “la ligazón con Europa y los intereses económicos del naciente sistema capitalista internacional, condicionaron el desarrollo de los países latinoamericanos en los cincuenta años posteriores a la Independencia, configurándolos como meras economías agroexportadoras, proveedoras de materias primas para la creciente actividad industrial del Viejo Continente”22. Nos recuerda el profesor Mario A Pozas.


Curiosamente, un territorio prometedor en todos los campos, exuberante en producción de todo tipo, había devenido en un conglomerado de aldeanos en disputa que se veían incapaces de sobrevivir dignamente. Los entes creados se endeudaban más y más, hasta el infinito. En Perú, señala Leslie Bethel que “en 1858, bajo el gobierno de Echenique, la deuda reconocida llegó a 23.211.400 pesos (aproximadamente 5 millones de libras esterlinas).”23


Inglaterra medía bien los pasos; no dudaban en facilitar el crédito que fuese necesario para que sus títeres consiguiesen sus objetivos, ya que ello redundaba directísimamente en su beneficio. Por ello, y tras entregar todos los fondos existentes en los Virreinatos, según Salomón Kalmanovitz, “los primeros gobiernos criollos consiguieron financiamiento inglés para la guerra de liberación [sic] pero no fueron capaces de pagar la deuda, de modo que se les cerró el crédito externo durante el resto del siglo XIX. En cada conflicto interno era frecuente que se recurriera a préstamos forzosos, y a veces voluntarios, o a las requisas de reses y cosechas para alimentar a la soldadesca a cambio de bonos o vales de deuda pública que eran descontados a favor de agiotistas y banqueros con la suficiente influencia política para hacerlos valer.”24


Toda esta debacle tiene responsables directos; los primeros, aquellos que vendidos a intereses extranjeros presentaron la cuestión como un acto de liberación de España; los primeros también, aquellos que desde Madrid o desde Cádiz remaron en esa misma dirección, alguno de cuyos nombres será expuesto a lo largo del presente trabajo, y finalmente, en este caso comprendiendo su actuación, el imperio británico, que hizo los esfuerzos oportunos para combatir a su enemigo principal y obtuvo un éxito rotundo.


Nos sigue declarando Leslie Bethel que “entre otros que sirvieron los intereses comerciales británicos durante los primeros treinta años de la independencia encontramos a Thomas Manning, John Foster, Jonas Glenton y Walter Bridge en Nicaragua; William Barchard, Richard McNally, Frederick Lesperance, William Kilgour y Robert Parker, que operaron con menor éxito en El Salvador; y Peter y Samuel Shepherd en la Costa de los Mosquitos. Los hermanos Shepherd recibieron una donación de tierra del rey de los mísquitos como pago por unos cuantos cajones de whisky y rollos de calicó lustroso de algodón.

Las importaciones centroamericanas reflejaban sus estrechos lazos con el comercio británico. Ya en 1860 casi el 60 por 100 de las importaciones guatemaltecas llegaban vía la colonia de Belice, mientras que otro 20 por 100 llegaba directamente desde Gran Bretaña.” 25


Y es sólo un ejemplo, ya que “los británicos, con los recursos, capital, flota y contactos con Europa de que disponían, asumieron el papel mercantil”26 que la inexistencia de ellos dejaba abierta de par en par, la puerta que permitía el acceso a quien tuviese la astucia y los medios para hacerlo.


Si eso sucedía en centro América, “la competencia de las importaciones británicas deprimió las industrias rurales y artesanales del interior en un momento en que la guerra y la secesión estaban eliminando los mercados establecidos en Chile y el Alto Perú. La coyuntura creada por la competencia británica, los estragos de la guerra y la decadencia del interior dejaron incapacitada a la economía tradicional de Buenos Aires para sustentar a la clase dominante.”27


La dependencia de la Gran Bretaña, en todos los campos, pesaba (y sigue pesando) como una losa sobre la actividad económica, de forma que en el último cuarto de siglo XIX, Perú era un estado quebrado. “La situación existente en el mercado monetario de Londres hacía imposible que el gobierno peruano pudiera continuar la anterior política de empréstitos, circunstancia que se agravó aún más cuando en 1874 Dreyfus anunció que sólo atendería el pago de las obligaciones anteriores hasta fines de 1875. Los desesperados esfuerzos del gobierno peruano para encontrar un sustituto a Dreyfus a través de acuerdos comerciales firmados en 1876 con la Société Genérale de París y la Peruvian Guano fueron finalmente infructuosos. En 1876, una vez más, el Estado peruano hizo bancarrota financiera, encontrándose en la imposibilidad de suscribir nuevos empréstitos externos y de hacer frente al pago de los anteriores.” 28


Y los únicos argumentos de quienes estuvieron y están implicados en la permanente bancarrota, siguen centrándose en que España se llevó el oro de América, extremo que, caso de haber sido cierto, que no lo fue, no hubiese sido sino un reflejo de lo que, tras 1820, sí llevó a cabo la flota británica.


Podemos seguir relatando los pormenores de la penetración británica en todos y cada uno de los territorios. Vamos a seguir desgranando algunos casos.


La penetración inglesa en Bolivia, al igual que en el resto de América Latina [sic], tuvo lugar de dos maneras. La primera se dio en la coyuntura de la independencia, mediante la exportación de mercancías y el rápido control de los mercados. La segunda, más tardía, mediante la exportación de capitales, principalmente bajo la forma de inversiones directas o préstamos. Aquí es importante subrayar un hecho específico…/… En 1826, el valor de las exportaciones bolivianas ascendía a 722.750 libras esterlinas; el oro y la plata constituían su principal rubro de exportación y a continuación, muy lejos, estaban la quina y el estaño. Por otra parte, las importaciones bolivianas en 1826 ascendieron a 637.407 libras esterlinas. Estas mercancías se introducían por el puerto de Buenos Aires (un tercio) y, sobre todo, por el de Arica (dos tercios). De este total, cerca de un 70 por 100 correspondía a las importaciones procedentes de Gran Bretaña, que básicamente consistían en telas.” 29


Hacia 1860, los principales yacimientos mineros del altiplano estaban concentrados en manos de una nueva élite procedente sobre todo de los comerciantes y hacendados de Cochabamba. Por ejemplo, la familia Aramayo controlaba las empresas Real Socavón de Potosí, Antequera y Carguaicollo. Aniceto Arce era el jefe de la compañía Huanchaca, mientras que Gregorio Pacheco era el propietario de los más importantes intereses mineros de Guadalupe. Pero estos propietarios, a su vez, dependían estrechamente del capital extranjero que controlaba la comercialización y proporcionaba los inputs. Esta dependencia terminó en una subordinación completa en los momentos de crisis.”30


En toda América se observaba un gran cambio tras haber roto lazos con España. En lo tocante a América Central, “el primer medio siglo de independencia nacional fue una época infeliz para las provincias antiguamente pertenecientes al reino de Guatemala: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Las tensiones en las estructuras sociales y económicas del último periodo colonial llevaron a encarnizados conflictos políticos y a la guerra civil. Las elevadas expectativas formuladas por los líderes centroamericanos al principio del periodo se desvanecieron pronto ante la dureza de la realidad. El estancamiento económico, el antagonismo entre clases sociales, el desconcierto político y la anarquía sustituyeron a la relativa tranquilidad y estabilidad de la era hispánica. En vez de una nación del istmo próspera e independiente, hacia 1870 emergió un fragmentado y conflictivo mosaico de ciudades-estado autodenominadas «repúblicas»”31, que acabarían vendiendo contractualmente la independencia de la que de hecho carecían.


¿Y qué sucedía en otros lugares? “Al nacer como república independiente, Bolivia contaba con 1.100.000 habitantes, de los cuales 800.000 eran indios, 200.000 blancos, 100.000 mestizos o cholos, 4.700 negros esclavos y 2.300 negros libres. Seguramente, no más del 20 por 100 hablaba español; el quechua y el aymara eran las lenguas de la inmensa mayoría. La principal ciudad era La Paz, que contaba con 40.000 habitantes, seguida de Cochabamba que tenía 30.000. La economía que sustentaba a esta población atravesaba una profunda crisis. En las primeras décadas del siglo, la producción y la población de Potosí habían decaído mucho. Según Pentland, en 1827 tenía apenas 9.000 habitantes, mientras que a fines del siglo XVIII tuvo cerca de 75.000. Entre 1820 y 1830, la producción de las minas de plata del Alto Perú decayó un 30 por 100, comparada con la de 1810-1820; en la década de 1820, la producción —algo inferior a 200.000 marcos anuales— era menos de la mitad de lo conseguido en la última década del siglo XVIII. Los factores que impidieron la recuperación minera fueron la destrucción, inundación y abandono de las minas durante las guerras, la falta de inversiones, cierta escasez de mano de obra después de la abolición de la mita (aunque debe decirse que la demanda de mano de obra era baja y errática) y el hecho de que tras el periodo colonial el Estado mantuviera el monopolio de la compra de la plata (a precios por debajo de los existentes en el mercado mundial) a través de los Bancos de Rescate, lo que reducía en gran medida los beneficios. Al producirse la independencia —y durante algún tiempo después— la producción minera fue baja y en gran medida se debía al aprovechamiento de desmontes más que a laboreos profundos.” 32


Y Argentina ya empezaba a desarrollar unos lazos económicos más estrechos con Gran Bretaña. “En los primeros años de la república los cargueros británicos transportaron un 60 por 100 de las mercancías que entraban y salían de Buenos Aires. Hacia mediados de siglo y con una competencia creciente, la flota británica en Buenos Aires cargaba el 25 por 100 del total. La mayor parte del comercio se dirigía a Gran Bretaña (322 buques y el 22,8 por 100 del tonelaje en 1849-1851) y a los Estados Unidos (253 buques y el 21,6 por 100), aunque una porción considerable del comercio (33 por 100) todavía se destinaba a países menos desarrollados como Cuba, Brasil, Italia y España.”33


Lazos económicos que, tras el expolio de la riqueza más llamativa representada por los metales preciosos, quedaba representada por la eliminación de la industria local en beneficio de la industria británica y en la conversión de América en comprador universal de productos manufacturados británicos sin tener en cuenta la calidad de los mismos. Así, Tulio Halperin señala que “cuando el inglés Charles Mansfield visitó el Río de la Plata en 1852-1853, viajó como un embajador publicitario de los productos británicos: el poncho de algodón blanco que llevaba, aunque comprado en Corrientes, se había confeccionado en Manchester y sus espuelas plateadas compradas en Buenos Aires se habían fabricado en Birmingham.”34 “Sarapes hechos en Glasgow al gusto mexicano, que son más baratos que los de Saltillo en el mismo Saltillo; esos ponchos hechos en Manchester al modo de la pampa, malos pero también baratos; la cuchillería «toledana» de Sheffield; el algodón ordinario de la Nueva Inglaterra que, antes que el británico, triunfa en los puertos sobre el de los obrajes del macizo andino.” 35


El aumento de las importaciones, al parecer imposible de frenar (una política de prohibición no sólo era impopular, sino que privaba a los nuevos estados de las rentas aduaneras que, por presión de los terratenientes, se concentraban casi siempre en la importación y constituían la mayor parte de los ingresos públicos), significaba un peso muy grave para la economía en su conjunto, sobre todo cuando no se daba un aumento paralelo e igualmente rápido de las exportaciones.” 36

¿Y en la España europea? La acción británica contra España no se limitó a romper la Patria y a acaparar bajo su exclusivo dominio las fuentes de materias primas de América. También en la península cumplió con sus objetivos. El profesor Fernando Alvarez Balbuena señala que “España quedó destruida por la Guerra de la Independencia que causó como dice Nombela un millón de muertos, la pérdida de un siglo entero y la ruina económica y social de nuestro país, cuando ya «florecían» en Europa los altos hornos, las manufacturas con tecnología avanzada y diversos inventos que abarataban los costes, mejoraban los medios de producción y multiplicaban los beneficios comerciales. Entre tanto, ingleses y franceses lucharon en suelo español arrasando materialmente a España, en sus campos, en su incipiente industria, en su comercio y en sus ciudades, siguiendo las tácticas de «tierra quemada».”37

La acción del Duque de Wellington; la acción de Inglaterra; la acción de los europeos fue unívoca: destrucción total de todos los medios españoles para conseguir la total sumisión de un pueblo orgulloso. Ejemplos se pueden encontrar en América con la destrucción de la pequeña industria naciente… Y ejemplos se pueden encontrar en España donde la deslealtad de quienes se presentaban como amigos queda patente, por ejemplo en el bombardeo ordenado por Wellesley sobre la industria textil bejarana, fuerte competidora de la industria inglesa, cuando no existían enemigos que combatir, o en la destrucción de la fábrica de porcelanas del Buen Retiro, cuando los franceses ya habían evacuado la ciudad.


Pero siendo nefasto todo lo expuesto, hay un detalle que es más importante y que resultaba imprescindible para que Gran Bretaña tuviese todos los hilos en la mano: la separación de los territorios, que evitaba una fluida correspondencia de los bienes producido en cada uno de ellos hacia los otros. Ahora, el mercadeo de estos productos estaba en manos de británicos, únicos que tenían acceso a todos los puntos, por las relaciones de clientelismo creadas con la metrópoli (ahora sí podemos hablar de metrópoli). Abonando ese extremo, Tulio Halperin Donghi señala que “ahora la fragmentación del antiguo imperio había separado a zonas enteras de sus fuentes de metal precioso (es el caso del Río de la Plata, despojado en quince años de casi todo su circulante); aun en zonas que las habían conservado, el ritmo de la exportación, más rápido que el de producción, podía llevar al mismo resultado: así ocurría en Chile luego de la independencia; productor de plata y oro, el nuevo país no podía conservar la masa de moneda, sin embargo tan reducida, necesaria para los cambios internos.” 38


Desde el comienzo de su vida independiente, esta parte del planeta parecía ofrecer un campo privilegiado para la lucha entre nuevos aspirantes a la hegemonía. Esa lucha iba a darse, en efecto, pero -pese a las alarmas de algunos de sus agentes locales- la victoria siempre estuvo muy seguramente en manos británicas. Las más decididas tentativas de enfrentar esa hegemonía iban a estar a cargo de Estados Unidos -aproximadamente entre 1815 y 1830- y a partir de esa última fecha, de Francia. ” 39


Entre los carroñeros se estaba produciendo una lucha frenética por obtener la mejor tajada, pero la experiencia es un grado. Así, “la diplomacia británica se deja adular y utiliza su posición para consolidar los intereses de sus súbditos, amenazados, luego de 1815, por una ola de impopularidad creciente. En la década siguiente va a consolidar aún más esa situación privilegiada, haciendo pagar el reconocimiento de la independencia de los muchos estados con tratados de amistad, comercio y navegación que recogen por entero sus aspiraciones. En ese momento la hegemonía de Inglaterra se apoya en su predominio comercial, en su poder naval, en tratados internacionales”40.


Unos tratados de amistad y comercio que hacen ruborizar a quién se toma la molestia de leerlos. Por ejemplo, y sólo como ejemplo que da perfecta muestra del cariz del tratado, Inglaterra tendría acceso a todos los puertos marítimos y fluviales de las Provincias Unidas, y en justa reciprocidad, las Provincias Unidas podrían hacer lo mismo en los puertos ingleses siempre que lo hiciesen en barcos construidos en astilleros de las Provincias Unidas. Claro, da la casualidad que en esos momentos las Provincias Unidas carecían de embarcaciones y los astilleros, tras la guerra, estaban por desarrollar. Con una particularidad, que cuando comenzasen a desarrollarse lo harían bajo la órbita inglesa.


Pero no se acaba en las Provincias Unidas esta actividad, sino que se extiende a lo largo de todo el continente. Así, el ministro británico Ward señala que “el México independiente deberá seguir importando más que el colonial, puesto que su producción artesanal textil no puede competir con la importada.” 41


Un México en el que, conforme a lo señalado por Tulio Halperin, a principios del siglo XVIII contaba con el centro textil de Puebla, donde la organización en manufacturas es antigua. Su producción se destina sobre todo al mercado interno, al que domina por entero en los sectores populares.”42 Con la intervención británica, todos los inconvenientes que pudiese tener el sistema iban a desaparecer ante la inundación de productos confeccionados en Inglaterra y la eliminación de la producción propia.


En este mismo orden, Leslie Bethel señala que cuando los movimientos separatistas comenzaron a sentirse en Perú, “los inversores ingleses participaron del entusiasmo de los productores y los comerciantes porque percibieron la posibilidad de invertir sus capitales en la explotación de los legendarios yacimientos de metales preciosos. En los años inmediatamente posteriores a la independencia se crearon cinco compañías con el propósito específico de dedicarse a esta actividad: la Chilean and Peruvian Association; Potosí, La Paz and Peruvian Mining Association; Pasco Peruvian Mining Company; Peruvian Tra-ding and Mining Company, y la Anglo-Peruvian Mining Association. Las cuatro primeras contaban con un capital de 1.000.000 de libras esterlinas y la última con 600.000.”43


Esta “ayuda” británica, además de los enfrentamientos entre pueblos hermanos consiguió la total sumisión de todos ellos. Así, en Perú y “hasta la guerra con Chile en 1879 la exportación del capital normalmente se realizó bajo préstamos a largo plazo al gobierno peruano. El primero fue decidido por San Martín (agente británico) en 1822. Sus enviados especiales Juan García del Río y el general Diego de Paroissien obtuvieron de la casa Thomas Kinder un empréstito por 1.200.000 libras esterlinas. Se fijó un interés del 6 por 100, una comisión del 2 por 100, el precio de los bonos al 75 por 100 y un plazo de amortización de 30 años. La garantía de este empréstito estuvo constituida por las rentas de las aduanas y de la producción de plata. Dos años más tarde, Bolívar (agente británico) comisionó a Juan Parish para levantar un nuevo empréstito por 616.000 libras esterlinas, con un interés del 6 por 100 y un precio del 68 por 100. De este monto, la suma efectivamente recibida por el Perú fue solamente de 200.385 libras esterlinas, aunque quedaba obligado a devolver el monto del empréstito nominal. Estos empréstitos se gastaron básicamente en el mantenimiento del ejército extranjero que colaboró en las campañas por la independencia. El estancamiento de la economía peruana no permitió al gobierno atender la deuda exterior a partir de 1825.”44


Como consecuencia de esta insolvencia, el primer país productor de oro se encontró que “en 1848 los intereses acumulados ascendían a 2.564.532 libras esterlinas, es decir, que el monto global de la deuda era entonces de 4.380.530 libras esterlinas…/… Hacia 1872, pues, el Perú tenía una deuda extranjera de cerca de 35.000.000 de libras esterlinas que producían una carga de amortización anual de 2.500.000 de la misma moneda.”45


Evidentemente no fue sólo Perú. Al respecto, el doctor Jorge Francisco Cholvis señala que “desde que la mayoría de los países de América Latina [sic] obtuvieron la independencia en las primeras décadas del siglo XIX, varias decenas de suspensiones de pagos tuvieron lugar durante las cuatro grandes crisis de la deuda. Entre 1826 y 1850, en la primera crisis, casi todos los países del continente detienen sus pagos. Un cuarto de siglo más tarde, en 1876, once naciones de América Latina [sic] entran en cesación de pagos. La tercera duró de 1931 hasta finales de los años 1940 y en ese período 14 países decretan una moratoria. La cuarta aún en curso estalló en 1982 y desde ese año hasta el 2002, México, Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil y Argentina interrumpen en algún momento el reembolso por un período de varios meses.” 46 Y en la actualidad, sólo hay que escuchar los noticieros.


Se estaba cumpliendo al dedillo el plan Maitland, y el historiador ecuatoriano Francisco Núñez Proaño nos señala que “sin dilaciones la industria quiteña había sido arruinada a lo largo del proceso de la guerra civil entre 1809 y 1824, curiosamente siguiendo los planes del mentado plan inglés de humillar a España. “Quito perdió su principal industria por razones fuera de su control… Los métodos tradicionales de producción y de transporte cayeron víctimas de la política liberal de intercambio transatlántico…” señalaría el investigador histórico Robson Brines Tyrer. Los datos de las exportaciones lo revelan, desde 1768 estas se redujeron en un 64%. Los astilleros de Guayaquil, floreciente durante los dos siglos anteriores, producían en 1822 un tonelaje inferior en dos tercios a su mejor período. Las armerías de Latacunga (cuya calidad de pólvora tanto admiraba Humboldt) y los obrajes de Otavalo no son más que sombras de lo que fueron hacia solo 40 años.” 47

Las exportaciones comenzaron a limitarse a productos de tipo agrícola, y comenzaba la expansión del comercio inglés en Quito y toda Sudamérica. La primera globalización económica. Las poderosas factorías británicas se encontraban paradójicamente necesitadas de conquistar el mundo para poder subsistir, consecuencia del capitalismo y de la ética protestante, que veía en el lucro el signo de predestinación.  La economía debe subordinarse a la política, pero para la mentalidad moderna y capitalista la política debe someterse a la economía; la ayuda de la gran gerencia de las compañías comerciales anglosajonas, también conocida como corona británica, al prestar apoyo indispensable a la secesión o independencia intentaba no solo acabar con la geopolítica hispana sino y sobre todo alcanzar la hegemonía económica en el continente americano primero y en el mundo después.” 48

Evidentemente, para la cumplimentación del plan Maitland se hacía necesario que toda esta situación estuviese muñida por los agentes británicos, gracias a cuya labor de zapa, dice Leslie Bethel que “desde los primeros años de la década de 1820, a lo largo de América Latina se fue estableciendo un sistema más regular respaldado por una serie de tratados comerciales (que fueron impuestos sin posibilidad de negociación como una precondición para conseguir el reconocimiento británico de la independencia) firmados con los nuevos estados que garantizaban la libertad de comercio.”49


Tratados comerciales que ya habían sido previstos en el memorando de Maitland, que destacaba sobre ellos los efectos beneficiosos que reportarían a la Gran Bretaña: “Desde un punto de vista comercial, esto no sólo vertería sobre Inglaterra la masa de mercancías producidas y acumuladas en aquellos ricos territorios, sino que abriría una fuente de exportaciones para las manufacturas británicas, tan extensa como beneficiosa. Con la posesión de Buenos Aires, además de abastecer inmediatamente a todas las colonias españolas de este lado, infaliblemente nos abriríamos una vía indirecta hacia todos los asentamientos portugueses en Sudamérica…/…El objetivo ulterior de alentar la declaración de independencia por parte de esas colonias debe ser materia de posterior consideración pues al presente no tenemos información para adentrarnos en eso ni base sólida para formarnos un juicio cuidadoso…/… El mejor, el más honorable y más seguro modo de asestar un golpe fatal a los intereses de España en el Nuevo Mundo sería simplemente crear una entrada libre a nuestras manufacturas”. 50


En el memorando definitivo, Maitland señala que en el primero “me limité a planear la mera obtención de un beneficio temporario, aunque considerable, y decliné entrar en la consideración de un proceso más amplio, que tuviera como objetivo la emancipación de esas inmensas y valiosas posesiones y la apertura de una fuente de permanente e incalculable beneficio para nosotros, resultado de inducir a los habitantes de los nuevos países a abrir sus puertos y recibir nuestras manufacturas, de Gran Bretaña y de la India.”51


Tras reconocer la dificultad que significaba dar un asalto a América, a pesar de la debilidad militar de España, indica la posibilidad de acometer desde el Pacífico, ya que esos asentamientos eran los más importantes, siendo los occidentales meros muros de defensa de aquellos.52


La acción británica fue francamente exitosa. Su “pacífica” invasión se vio precedida de la acción de sus agentes (entre ellos todos los “libertadores”), que sembraron un largo periodo de inestabilidad en todos los órdenes, merced a la creación de un clima de enfrentamiento que generalizó la debilidad institucional y el enfrentamiento social. Cuenta Leslie Bethel que “Los mercaderes-aventureros pronto se dieron cuenta de las oportunidades que había de obtener unos beneficios excelentes dada la inestabilidad existente. Esto les llevó a acentuar la agilidad de su estilo mercantil en detrimento de cualquier tentativa de establecer estructuras regulares de tráfico. Por ejemplo, en el Paraná, los hermanos Robertson corrieron a Santa Fe para vender la yerba mate del aislado Paraguay que debido a su escasez allí era mucho más cara. Encontramos otro ejemplo en 1821 cuando San Martín estaba en Chile preparando su campaña para ocupar Lima: Basil Hall fue secretamente comisionado por los comerciantes londinenses para llevar allí un cargamento antes de que lo hicieran otros comerciantes; así pudo espumar «la crema» de este mercado —capital del virreinato del Perú— que durante tantos años había estado aislado. ”53


En 1825 España ya había sido rota de forma irremisible y hasta hoy mismo, de forma aparentemente definitiva y el panorama, a ambos lados del Atlántico, en los pedazos que resultaron de su ruptura, aniquiladas las estructuras sociales; algo que en la península ya tenían una experiencia de diecisiete años. Y si en la España penínsular continuó una sucesión de pendencias, en los trozos de la España americana no sucedió algo distinto: la supeditación de las estructuras hispánicas, políticas y comerciales a los intereses primero británicos y progresivamente usenses; la persecución del enemigo político, personificado en quién tenía la osadía de discrepar con el poder liberal y de reivindicar el espíritu hispánico… y el enfrentamiento armado y la inseguridad física y jurídica. Sólo quedaba claro que todos estaban supeditados al dictado de quienes controlaban el poder…


En ese estado de cosas, desaparecida por completo España, “la franja marítima del Atlántico suramericano fue la zona que primero se incorporó al nuevo sistema comercial y donde la peculiar coyuntura que empujó a Gran Bretaña a expansionar rápidamente sus mercados ultramarinos alcanzó su primer y máximo impacto. En 1808-1812 los comerciantes-aventureros británicos llegaron a Río de Janeiro, a Buenos Aires y a Montevideo en gran cantidad. Pocos años después Valparaíso se convirtió en el principal puerto del Pacífico suramericano; fue el centro desde donde los productos ingleses eran trasladados a otros puertos desde La Serena a Guayaquil. Estos comerciantes-aventureros que emprendieron la exploración y la explotación del mercado latinoamericano actuaban de modo distinto a los comerciantes y los industriales que vivían en Gran Bretaña: su objetivo era encontrar lo antes posible un mercado para el excedente que amenazaba el crecimiento de la economía inglesa”54 , lo que comportó la ruina de las economías locales, y el crecimiento ilimitado de la pobreza entre la población. Era el resultado lógico de la separación.


Eso sí, todos los territorios podían presumir de libre comercio… de los británicos y de su sección usense.


Esta situación, según Jerónimo López Soldevilla, comportó que “bastantes pueblos indígenas que producían antes para el mercado debieron tornar a una agricultura de subsistencia. En el periodo colonial, un gran número de comunidades indígenas se especializaban en el cultivo del trigo para los centros urbanos y mineros; otros dedicaban sus esfuerzos a la cría de mulas para el transporte y el trabajo pesado en las minas y fábricas.”55 Ahora no tenían a quién suministrar sus bienes, siendo que “en 1800, estos pueblos criaban millones de mulas, pero hacia 1850, el número había descendido a tan sólo unos miles, con lo cual irreversiblemente el transporte, las comunicaciones y la agricultura también se vieron afectados.”56


Parece que, si para la población urbana la “libertad” significó el principio de la esclavitud, para los indígenas no fue sino el principio de su particular infierno. No bastaba con la quiebra de sus negocios. Pronto, las élites se fijaron en las propiedades rústicas de los indígenas, e iniciaron una campaña de reparto, pero “aunque las élites hispanoamericanas a menudo afirmaban que el reparto de las tierras de los indígenas se hacía en su propio interés, eran muy conscientes de que estas tierras una vez parceladas caerían en manos de los terratenientes criollos. En algunos lugares, la apropiación de las tierras de los indios se debió a la necesidad, o al deseo, de que hubiera una mayor movilización de la tierra y de la fuerza de trabajo para producir materias primas para la exportación.57


En este orden, y según señala Leslie Bethel, en Argentina, “entre 1824 y 1827, se hicieron varias concesiones extensísimas: algunas personas llegaron a recibir más de 10 leguas cuadradas (26.936 hectáreas) cada una. Hacia 1828 se habían concedido casi 1.000 leguas cuadradas (más de 2,6 millones de hectáreas) a 112 particulares y compañías, de los cuales diez recibieron 52.611 hectáreas cada uno. En la década de 1830, se habían transferido unos 8,5 millones de hectáreas de tierras públicas a 500 particulares, muchos de los cuales pertenecían a familias adineradas de la capital, como los Anchorena, los Santa Coloma, los Alzaga y los Sáenz Valiente, todos ellos miembros de la oligarquía terrateniente argentina.”58La administración también estaba dominada por los terratenientes. Juan N. Terrero, el consejero económico de Rosas, poseía 42 leguas cuadradas y dejó una fortuna de 53 millones de pesos. Ángel Pacheco, el principal general de Rosas, poseía 75 leguas cuadradas de tierra. Felipe Arana, ministro de Asuntos Exteriores, poseía 42. Incluso Vicente López, poeta, diputado y presidente del Tribunal Superior, tenía una propiedad de 12 leguas cuadradas. Pero los terratenientes más importantes de la provincia eran los Anchorena, primos de Rosas y sus consejeros más allegados; sus diferentes posesiones totalizaban 306 leguas cuadradas (824.241 hectáreas). En cuanto a Rosas, cabe decir que, en 1830, de entre un grupo de unos 17 propietarios que tenían propiedades de más de 50 leguas cuadradas (134.680 hectáreas), ocupaba la décima posición, poseyendo 70 leguas cuadradas, es decir, 188.552 hectáreas. Hacia 1852, según la estimación oficial de sus propiedades, Rosas había acumulado 136 leguas cuadradas (366.329 hectáreas).59


Lo que se hacía en 1824 en Argentina se había ensayado siete años antes en Venezuela con los territorios de los desadeptos al “libertador”, mayoritariamente compuestos por pequeñas propiedades, que finalmente quedaron aglutinadas en manos de unos pocos mediante una acción que habrá quien confunda con expolio puro y duro. Generales como Montilla se hicieron con 250.000 fanegadas, y Páez, conforme relata Luis Corsi, se vanagloriaba “de haber adquirido fincas que abarcaban 40 leguas de circunferencia con 12000 cabezas de ganado, mediante desembolso de sólo 9000 dólares, es decir, pesos, al cambio del momento.”60


Manifiestamente, Inglaterra se conformaba con el control económico; la tierra la dejaba para sus colaboradores locales, claro reflejo de lo que también había sucedido en Inglaterra, donde en 1973, el 50% de la propiedad rústica estaba en manos de un exiguo 5% de la población. Pero eso sería de momento. Luego llegaría la apropiación de territorios; por circunstancias que exceden este trabajo, Inglaterra no se posesionó de California como pretendían los gobernantes mexicanos como dación en pago por la “ayuda” recibida; como no se apropiaron de los territorios ofrecidos por Bolívar, pero llegarían nuevas situaciones en las que finalmente acabaría haciéndolo, como fue el caso de “Ecuador Land Company Limited”, en cuyo “tratado”, según relatan Ahmed Deidán de la Torre y Francisco Núñez del Arco Proaño, se señalaba: desde ahora y para siempre se desapropia y aparta a nombre del Gobierno del Ecuador del dominio, posesión, uso y más derechos que le han competido en dichos terrenos, y que todos los cede, renuncia y transmite en la compañía, con todas las acciones útiles, directas, reales, personales y mixtas.61 Evidentemente, si no se materializó la creación de una colonia física (o política. ¿Cuál falta?) británica, el motivo no fue que las autoridades “libertadoras” hubiesen tomado medidas al respecto. Sencillamente no resultó rentable a los británicos.


En cuanto a otros sectores de producción también sintieron la influencia de la “libertad”; así, “los cuerpos de comerciantes y mineros se vieron afectados sin duda por el colapso del Estado español del cual dependían, por la emigración de sus miembros que eran españoles y por el hecho de que, de modo considerable, el capital y el empresariado inglés, o de otros países extranjeros, reemplazaron al capital y a los negocios españoles.” 62


Pero el predominio británico, que no ha cesado hasta hoy, a lo largo del siglo XIX fue cediendo parte del pastel a los Estados Unidos, que inició sus operaciones comerciales antes de la invasión que acabaría llevando a cabo con la consiguiente mutilación del territorio. La primera incursión, conforme señalan Luis Bértola y José Antonio Ocampo “se inició con operaciones en México y algunos países del Caribe (muy especialmente Cuba). En 1914 los Estados Unidos tenían ya cerca de un quinto del capital extranjero invertido en América Latina, con una participación relativamente mayor en la inversión directa. ”63


Mientras esto sucedía, en Paraguay “la clase empresarial española quedó deshecha por las contribuciones, el aislamiento y la persecución. Los que quedaron se convirtieron en estancieros buscando refugio, si es que lo había. La confiscación de propiedades y al no permitirse la libre exportación de sus productos impidieron que se desarrollara una agricultura comercial y privaron a Paraguay del tipo de estancieros que había en el resto de países suramericanos. Cuando trataron de reaccionar en la conspiración de 1820, Francia los aplastó en un reinado de terror en el que los ejecutó, encarceló y los hizo desaparecer.” 64


Así las cosas, parece que los movimientos separatistas, si bien consiguieron romper España, no lo hicieron ni por sus propios medios ni para beneficio de la población. Bien al contrario, en lo económico, convirtieron los reinos en colonias que aún hoy perduran, y cuya metrópoli es Inglaterra, la potencia hegemónica del momento., y es que, conforme nos dicen Heraclio Bonilla y Karen Spalding, “Los nuevos tiempos hicieron posible que el neo-colonialismo resultara de un juego de procesos y mecanismos esencialmente económicos, sin que fuera necesaria una vinculación política formal con la metrópoli”65 que, aparte la dominación, posibilitó una política genocida contra los indios, que posibilitaría acciones tan inhumanas como las llevadas a cabo por los cazadores de indígenas en Patagonia. En definitiva era un asunto sobre el que tenían experiencia sobrada en Australia, Nueva Zelanda y Norte América.


Así las cosas parece evidente que las guerras separatistas de América no obedecieron a una repulsa contra el sistema fiscal español, pues conforme señala Pierre Chaunu, “si la Independencia de la América española hubiera sido una respuesta a los abusos del monopolio, se habría producido en 1580 cuando éste existía y se ejercía en beneficio exclusivo de españoles y europeos: españoles, portugueses, franceses, genoveses, flamencos, y desde un complejo portuario europeo, el de Sevilla.” 66


Respecto a la época y al método de explotación , con Felipe Ferreiro “hay que hacer notar por lo pronto, que el monopolio era el sistema empleado por todas las naciones colonizadoras. Pero además hay que convencerse de que el libre comercio no beneficiaba a toda la América: había regiones en que las trabas comerciales permitían el progreso de industrias rudimentarias o nacientes. En el virreinato del Río de la Plata, por ejemplo, el libre comercio convenía a Buenos Aires porque podía colocar mejor sus ganados. Las provincias del norte y oeste argentino mandaban paños, cueros, ponchos, etc. , y en cambio recibían yerba, ganado, etc., de Mesopotamia, Paraguay, Buenos Aires y Banda Oriental. Con un régimen de libertad comercial aquellas le habrían tenido que comprar igual su ganado a Buenos Aires sin mandarle los productos de su industria que la capital habría comprado en Europa, a mejor calidad y precio. Y así ocurría en general. Las regiones dedicadas a industrias extractivas o ganaderas tenían en general interés en la libertad de los cambios; las de industrias manufactureras se sentían más protegidas con un régimen de trabas. Una causa de esta índole, exclusivamente local no puede ser considerada como causa de un movimiento que agitó a un continente.”67


La dependencia de la corona británica perdura; el dominio y explotación económica que se inició con la separación de España queda manifestado en sucesivas actuaciones, entre las que destaca la disputa entre Argentina y Chile por el Canal de Beagle. En 1971, ambos gobiernos convinieron en someterse al arbitraje de su majestad británica. Y en 1982, mientras Argentina libraba una heróica lucha por la recuperación de las Islas Malvinas, usurpadas por la misma potencia que colonizó Hispanoamérica en 1822 y firmó tratados de amistad de calificación incierta, Chile daba apoyo logístico a la Pérfida Albión.






























1 Bonilla, Heraclio y Karen Spalding. La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos. Pag. 61

2 López Soldevilla, Jerónimo. Ilustración e independencia en Nueva España. Pag. 75

3 Corsi Otalora, Luis. Bolivar, la fuerza del desarraigo. Pag. 74

4 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 148

5 Henrique Cardoso Fernando, y Enzo Faletto. Dependencia y desarrollo en América Latina. Pag. 19

6 Rosa, José Mª . Historia del revisionismo y otros ensayos

7 González, Julio C. Hostilidades británicas al gobierno de Perón.

8Hobsbawm, Eric. La era de la revolución 1789-1848

9 González, Julio C. Hostilidades británicas al gobierno de Perón.

10 Corsi Otalora, Luis. Bolivar, la fuerza del desarraigo. Pag. 107

11 Corsi Otalora, Luis. Bolivar, la fuerza del desarraigo. Pag. 108

12 Terragno, Rodolfo. Maitland & San Martín. Pag. 115

13 Terragno, Rodolfo. Maitland & San Martín. Pag. 116

14 Corsi Otalora, Luis. Cronología analítica motivacional del proceso independentista en Hispanoamérica

15 González, Julio C. Hostilidades británicas al gobierno de Perón.

16 Bonilla, Heraclio y Karen Spalding. La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos. Pag. 59

17 Anónimo. Hispanoamérica 1825. http://hispanoamericaunida.com/2014/11/24/hispanoamerica-1825/

18 Henrique Cardoso Fernando, y Enzo Faletto. Dependencia y desarrollo en América Latina. Pag. 20

19 Henrique Cardoso Fernando, y Enzo Faletto. Dependencia y desarrollo en América Latina. Pag. 20

20 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 208

21 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 145-146

22 Pozas, Mario A. El liberalismo hispanoamericano en el siglo XIX

23 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 219

24 Kalmanovitz, Salomón. Consecuencias económicas de la independencia en Colombia

25 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 165

26 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 264

27 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 265

28 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 221

29 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 224-234

30 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 234

31 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 144

32 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 223-224

33 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 273

34 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 272

35 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 151

36 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 151

37 Alvarez Balbuena, Fernando. Factores políticos y sociológicos en la independencia de la América Española.

38 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 151-152

39 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 153

40 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 155

41 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 176

42 Halperin Donghi, Tulio. Historia contemporánea de América Latina. Pag. 28

43 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 209

44 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 209

45 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 215

46 Cholvis, Jorge Francisco. San Martín y la Deuda Externa

47 Núñez Proaño, Francisco. Quito: de reino industrial a república bananera.

48 Núñez Proaño, Francisco. Quito: de reino industrial a república bananera.

49 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 8

50 Memorando al gobierno británico. Terragno, Rodolfo. Maitland & San Martín. Pag. 68-79

51 Plan definitivo de Maitland. Terragno, Rodolfo. Maitland & San Martín. Pag. 81

52 Plan definitivo de Maitland. Terragno, Rodolfo. Maitland & San Martín. Pag. 83

53 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870

54 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870

55 López Soldevilla, Jerónimo. Ilustración e independencia en Nueva España. Pag. 78

56 López Soldevilla, Jerónimo. Ilustración e independencia en Nueva España. Pag. 80

57 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 45

58 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 266

59 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 283

60 Corsi Otalora, Luis. Bolivar, la fuerza del desarraigo. Pag. 84

61 Deidán de la Torre, Ahmed/ Núñez del Arco Proaño, Francisco. Ecuador Land Company Limited: dependencia y cesión de soberanía

62 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 46

63 Bértola, Luis, y José Antonio Ocampo. Desarrollo, vaivenes y desigualdad. Pag. 137

64 Bethel, Leslie. Historia de América Latina. 1820-1870. Pag. 308

65 Bonilla, Heraclio y Karen Spalding. La Independencia en el Perú: las palabras y los hechos. Pag. 55

66 Chaunu, Pierre. Interpretación de la independencia de América Latina. Pag. 131

67 Ferreiro, Felipe. La disgregación del Reino de Indias 


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