miércoles, enero 14, 2026

ILUSTRACIÓN, ABSOLUTISMO Y NEGACIÓN DE LA VERDAD




Nos hablan de la Ilustración, y desde los medios lo hacen siempre en términos laudatorios y sin dar pábulo al conocimiento de los principios de la misma, que quedan manifiestos en las palabras que generalmente son aplicadas a Groucho Marx, y que dicen: "estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros".

Algo que los enlaza con el siglo IV a.C., donde figuras destacadas, como Antístenes  y Diógenes de Sinope, dieron lugar a la escuela de los cínicos.

Y es que la Ilustración y los sofistas griegos tienen una relación directa en su concepción del ser humano y de la sociedad en su conjunto.

Vencidos dialécticamente por los filósofos,  los sofistas, en rigor “los sabios”, cuyo título se lo adjudican ellos mismos, se silenciaron durante siglos, siendo aparentemente inexistentes a lo largo de toda la conocida como Edad Media, y hasta bien entrada la Edad Moderna no dieron señales de fortaleza.

Fue creciendo su osadía hasta que ya entrado el siglo XVII dieron firmes muestras de su presencia, y poseedores de gran habilidad en el uso de la dialéctica, socavaron la sociedad e introdujeron los mismos principios que en el siglo IV antes de Cristo fueron arrumbados por la acción de los filósofos. 

Pero esos sofistas que dos mil cien años atrás proclamaban orgullosos su condición, ahora no se identificaban como tales; no se denominaban abiertamente sabios, sofistas, sino que, aprendiendo de la actitud de la cizaña, que se entremezcla con el trigo, se presentaban como lo que siempre habían odiado: como filósofos.

Actuando como sofistas e identificándose como filósofos, inundaron el mundo del pensamiento con los mismos argumentos de antaño, con dogmas absolutistas que, basados en la “razón”, preparaban la sociedad para la barbarie, utilizando un léxico que ninguna mente mínimamente formada puede rechazar, con lo que la mentira quedaba encapsulada en bellos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad.

La similitud de sofistas  e ilustrados queda manifiesta; los sofistas griegos, como Protágoras, Gorgias, Hipias o Pródico, con una dialéctica destinada a mejores fines, cuestionaban verdades absolutas, y los ilustrados hacen lo mismo desde que en el siglo XVII hicieron florecer los principios sofistas, hoy firmemente asentados en la sociedad, habiendo conseguido, con palabras rimbombantes como “soberanía popular”, “derechos ciudadanos”, y otros conceptos diariamente utilizados, imponerse y someter a la sociedad a la más sibilina de las esclavitudes.

La mentira, que los ilustrados acaban señalando como virtud, es como consecuencia la base esencial de la Ilustración y la confirmación de que la misma no es sino expresión del pensamiento de los sofistas, contrarios por naturaleza a la Filofosía.

Los sofistas, y consiguientemente los ilustrados, valoran la importancia de la educación a la hora de formar lo que ellos llaman ciudadanos, los mismos que bajo el imperio español eran conocidos como “súbditos” y estaban recibiendo una educación de la que se vieron privados justamente cuando en el siglo XVIII, triunfante la Ilustración en  España, fue suprimido el sistema educativo existente, por el cual la alfabetización llegaba al cincuenta por ciento de la población, para ser sustituido por el sistema educativo ilustrado, que con sus sociedades de amigos del país logró que tras tres décadas, a principios del siglo XIX, la alfabetización alcanzase apenas al diez por ciento de la población. Y todo merced a las ideas ilustradas, señaladamente las de Diderot y Rousseau. 

Esas ideas, que tuvieron esa consecuencia directa en España, son las que se manifestaron crecientemente dominantes y dieron lugar a las revoluciones sanguinarias de los siglos siguientes, entre las que destacan con luz propia, por su especial salvajismo, la revolución Francesa, que es presentada como ejemplo ante las mentes directamente manipuladas por la misma Ilustración, y la revolución bolchevique.

Unas ideas pletóricas de  relativismo y de escepticismo que, como los sofistas de hace veinticinco siglos, sostienen que la verdad o la moral, y todo lo que de ellas deriva, no son valores universales, sino artificiales, mudables al compás de los intereses de cada momento, cambiantes conforme a la visión que cada quien  pueda tener de ello, quedando al albur de cada uno entender qué es justo o qué es injusto, qué es humano y qué no lo es.

Y ese entendimiento de lo humano inexorablemente se basa en una concepción atea de la vida. Obsesionada la Ilustración en derrocar y hacer caer en el olvido lo que acabaron denominando Antiguo Régimen, bajo cuyo paraguas cabe todo lo que la Ilustración quiere borrar, y que se puede concretar en lo que se reconoce como humanista y como cristiano. 

La Ilustración ha hecho siempre hincapié en la exaltación de la ciencia, que se justifica en tanto en cuanto es útil y siendo que sólo que es útil merece ser llevado a cabo, conforme preconiza Jeremían Bentham siguiendo los principios de Epicuro. Con ese principio, se presenta a sí misma como motor incuestionable del desarrollo científico, pero ese es otro principio que no puede ser sostenido sin herir gravemente la verdad, pues el enorme desarrollo científico que tuvo lugar muy en concreto en el ámbito del mundo hispánico durante los siglos XVI y XVII ha sido metódicamente negado y ocultado por la triunfante Ilustración, que encuentra su justificación en considerar a los siglos anteriores como bárbaros y oscuros, llegando a deificar sus teorías, a las que inequívocamente califica de progresistas.


Es evidente que en el siglo XVIII se produjo una revolución científica que ha resultado creciente hasta hoy mismo; una revolución que es consecuencia de la ampliación de conocimientos que se gestaron en parte merced a  los grandes descubrimientos geográficos, a los viajes, a las exploraciones, y al desarrollo científico español, que a lo largo de los siglos XVI y XVII abrieron el mundo al conocimiento que hasta entonces había estado constreñido a un mundo que hoy podemos concebir como estrecho. Ese mundo fue ensanchado por España; esos conocimientos fueron descubiertos por España, pero la Ilustración proclama que es justamente ella el motor de todas esas circunstancias, sin aclarar por qué era la España oscurantista la que había cartografiado el mundo y lo había abierto a la cerrada Europa.

La Ilustración, las “luces”, aportan oscuridad, niegan la evidencia, y se adjudica el desarrollo que, al margen de la Ilustración se dio antes de que la Ilustración existiera, y al margen de la Ilustración cuando con el siglo XVIII inició un crecimiento que hoy no parece tener fin. 

Con el imperio de la Ilustración se da lugar a la  imposición de un orden nuevo, de una era que resulta marcada por la consolidación de los principios sofistas que habían sido derrotados siglos atrás y que a lo largo de veinte siglos habían dado algunas señales, como en el siglo cuarto con Arrio o en el siglo XII con los cátaros, por poner dos ejemplos significativos que ocasionaron graves crisis que, si fueron superadas, no significaron el fin de sus principios, sino la retirada a cuarteles de invierno, definitivamente abandonados a la llegada del siglo XVIII, cuando surgió con fuerza la Ilustración, nutrida con los principios que hasta la fecha habían sido exitosamente rechazados por la sociedad.

El antropocentrismo se abriría camino y arrumbaría la presencia de Dios. Polemistas como Malebranche, Spinoza, Leibniz, Bacon, Locke, Hume, Berkeley o Kant acuñarían términos que alarmarían a sus predecesores sofistas  griegos.

Baruch Spinoza nació en 1632 en un contexto social político y cultural inmerso en la primera revolución burguesa en Flandes, generada específicamente contra España tras una guerra que duró desde 1566 hasta 1609, cuando con la Tregua del los Doce Años se consolidó la independencia de las Provincias Unidas, fue uno de los grandes padres de la Ilustración. Su filosofía, materialista y atea, identifica Dios y Naturaleza  al dar un giro a la expresión bíblica: 'En Él vivimos, nos movemos y existimos'. 

Dice Gonçal Mayos que la Ilustración es producto del racionalismo en tanto que tomó la razón como criterio del conocimiento, la moral y la política. 

En ese sentido, Kant, para quién la Ilustración es el proceso por el que las personas se atreven a pensar por sí mismas, defiende que cada individuo, libre de dogmas y prejuicios, debe usar su capacidad racional para entender el mundo y tomar decisiones, y defiende que esa capacidad es accesible a todos, y para adquirirla “ no se requiere más que una cosa, libertad; y la más inocente entre todas las que llevan ese nombre, a saber: libertad de hacer uso público de su razón íntegramente”, y es que “Los hombres poco a poco se van desbastando espontáneamente, siempre que no se trate de mantenerlos, de manera artificial, en estado de rudeza.(Kant)

Y respecto de la Ilustración la define como “la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración.” (Kant)

Es el caso que los ilustrados, catalogándose como racionalistas, empiristas o materialistas, renunciaron nominalmente a su condición de sabios (sofistas),  y pasaron a denominarse filósofos en desdoro de su condición y como medio idóneo para la consecución de sus objetivos, algo que resulta propio de los sofistas y que tiene una expresión ampliamente conocida: el fin justifica los medios. Axioma que nada tiene que ver con la filosofía.

Y en esa vorágine, además, incluyen a filósofos que, aunque ciertamente se vieron influenciados por las corrientes ilustradas, supieron mantener los principios filosóficos sobre las desviaciones sofistas. Caso paradigmático es el de Blaise Pascal, matemático, físico, fundador de la Estática de Fluidos, inventor e ingeniero, que profundamente marcado por su fe católica, critica el racionalismo y señala que la razón humana tiene límites que sólo pueden ser atendidos por la fe. 

En atención justamente a su fe, ante la vorágine ilustrada reflexionaba en sus “Pensamientos”: 

Humillémonos ante Dios, cumplamos con las prácticas exteriores de culto. Dios acudirá en nuestra ayuda. No podemos permanecer indiferentes; sólo hay dos caminos: vivir con Dios o vivir sin Dios. Es preciso elegir, pero en el primer caso todo se gana, y en el segundo todo se pierde. (Pascal)

Y guardaba para los ilustrados sus consejos, incitándolos a ser piadosos, o al menos hombres dignos si es que acaso no pueden ser cristianos, señalando que 

No hay más que dos clases de personas que puedan llamarse sensatas: o los que sirven a Dios de todo corazón, porque le conocen, o los que le buscan de todo corazón porque no le conocen. (Pascal)

Manifiesta contraposición con el racionalismo, que reduce todo a la razón y a la experiencia sensible, y niega todo lo que la razón y la experiencia sensible no pueda abarcar. 

Es destacable en el devenir del movimiento de la Ilustración, el dónde, el cuándo y las circunstancias sociales y culturales propias de su crecimiento.

Así, observamos que en la Europa de finales del siglo XVII, la alfabetización alcanzaba apenas al treinta por ciento de la población, mientras que los reinos hispánicos alcanzaba a casi el cincuenta por ciento de la población, merced a las políticas educativas de la Corona, puestas en práctica por las órdenes religiosas, y de forma muy especial por la Compañía de Jesús.

Las Españas estaban gobernadas por un ejército de personas altamente cualificadas intelectualmente, pero para esas fechas la crisis, materializada en la muerte sin descendencia de Carlos II, sería el punto débil que permitiría el asalto a España, tan largamente elaborado por los enemigos tradicionales, especialmente Francia e Inglaterra, que sobre su base social mayoritariamente sometida por medio de la incultura, contaba con una élite de sofistas cuya actuación internacional consistía prioritariamente en el mantenimiento de la delincuencia en base a la formación de armadas piráticas encargadas de hostigar especialmente el mundo hispánico y de llevar a efecto el pingüe negocio del tráfico de esclavos: robo y tráfico de seres humanos.

Y justamente fue Inglaterra el foco inicial de la Ilustración, al que no tardó en unirse el nuevo foco francés, y posteriormente el alemán. Su objetivo: la creación de élites intelectuales separadas del pueblo en general y de las mujeres en particular. Una actitud literalmente contraria a la seguida en el mundo hispánico, donde habían crecido 23 universidades en América, 2 universidades en Filipinas, 15 en territorio peninsular, y una en Milán. Institución educativa que lógicamente contaba con una tupida red de escuelas y un nutrido grupo de gentes de la cultura entre las que no faltaban humanistas como Beatriz Galindo, Luisa de Medrano o Francisca de Nebrija; literatas como Sor Juana Inés de la Cruz, Teresa de Ávila o María de Zayas, y pintoras, como María Magdalena Olivieri. 

Las élites intelectuales que venía a crear la Ilustración no eran del orden de las existentes en las Españas. Las élites ilustradas serían ajenas al pueblo y las mujeres serían inexistentes. Y pondrían a la ciencia como centro de interés, a ejemplo de lo que hasta la fecha venía sucediendo en las Españas.

La acción de aculturación del pueblo español vendría poco después, tras el control político y administrativo de una España descabezada a la que la Ilustración ocultaría la existencia de  matemáticos como Cosme Bueno, astrónomos como Jerónimo Muñoz, médicos como Agustín Farfán, filósofos como Alonso de la Veracruz, filólogos como Juan de Betanzos, científicos como Diego de Pantoja, etnógrafos como Andrés de Olmos, filólogos como Domingo de Santo Tomás, educadores como Juan de Pablo Bonet, antropólogos como Bernardino de Sahagún; gramáticos como Antonio de Nebrija, científicos como Jerónimo de Ayanz o Blasco de Garay, todos entresacados de una larga nómina de científicos españoles que posibilitaron la existencia del imperio español durante tres siglos.

Pero es que en el campo de la filosofía, como del pensamiento político o económico, también la Ilustración triunfante desde el siglo XVIII hasta hoy, nos está ocultando el éxito manifiesto de la Escuela de Salamanca, pionera en el desarrollo de principios cuya aplicación resultó exitosa en medio mundo bajo el orden hispánico.

Nos ocultó la grandeza de su escuela filosófica; de su escuela de humanidades, de su escuela de náutica, de su escuela de medicina, de su escuela científica, y acabó apoderándose de todos los resortes de poder, desde la Corona hasta los órganos de poder político y económico, siendo que a partir de ese momento se inició el olvido por abandono de la historia patria; se dio rienda suelta a la difusión de la leyenda negra que comenzó a ser divulgada en España, y desde los círculos de poder de España, ocultándose la acción de siglos anteriores y prácticamente señalando que la historia comenzaba en 1700.

Y como el sistema educativo se encontraba principalmente en la órbita de la Compañía de Jesús, fue necesario proscribirla y privarla de su enorme influencia. 

En su lugar fueron presentados como adalides subproductos sofistas como las Sociedades de Amigos del País, que se limitaban a educar a unas élites privilegiadas y aplicaban la marginación a todos los demás, que pasaban a ser mano de obra sin cualificar, mientras los elegidos eran instruidos en las teorías de los titulados ilustrados.

Así, a lo largo del siglo XVIII el objetivo principal fue desmontar la obra de los Reyes Católicos y de la Casa de Austria. Merced a la labor desarrollada por la Ilustración, la educación conoció un retraso histórico, siendo que la alfabetización para principios del siglo XVIII llegaba a menos del 20% de la población, y en 1856 ese porcentaje era todavía menor. 

Pero es que a principios del siglo XVII tenía porcentajes cercanos al 50%. ¿Qué había pasado por medio?... Muchas cosas; entre ellas, la Ilustración, impulsora del absolutismo, que se implantó en España y perjudicó a España tanto como benefició a Inglaterra. 

Al amparo de la Ilustración las instituciones educativas decayeron en actividad; se expulsó a los jesuitas y los colegios se quedaron sin maestros. Los "ilustrados" calificaban a los siglos anteriores como bárbaros y oscuros, teniendo como condición la confianza en la razón, en la ciencia y en el progreso, y ocultando la ingente labor desarrollada en todos los campos durante ese tiempo, y todo lo hacían desde las estructuras de poder de la monarquía borbónica. 

España perdía en cultura general y retrocedía en derechos. Las reformas borbónicas ocasionaron graves conflictos en América, y hasta llegaron a implantar cierto grado de segregación racial que llegó a las universidades. Algo inaudito en la España de siglos anteriores. 

Se llevaron a efecto ciertas actuaciones en América que denotan la intervención directa de Inglaterra. Así, primero el ascenso, luego su actuación de captación de esclavos y posteriormente el acuerdo que hacía volver la colonia de Sacramento a España es una sucesión de actuaciones en manifiesto beneficio de la corona británica, gestada por el ministro español Ricardo Wall, que con la connivencia de Fernando VI significó la pérdida de poder en la Amazonía, el genocidio del pueblo guaraní y la defenestración del marqués de la Ensenada, y con él la mutilación de la Marina, extremo ampliamente buscado por Inglaterra.

Más adelante, con la invasión napoleónica llegó el recambio en el orden de dominar España, y si en 1700 Luis XIV de Francia accedía al trono de España en la cabeza de su nieto, en 1808 era Sir Arthur Wellesley quien a punto estuvo de ser coronado rey de España. Algo debió suceder para que Inglaterra desestimase la ocasión.

Una dura tarea de ocultación de la Historia y de implantación de la leyenda negra que las potencias europeas habían generado durante dos siglos comportó que mediado el siglo XIX, España estuviese sin marina, sin minería, sin industria, sin cultura… con una población con un nivel de alfabetización 40 puntos por debajo del alcanzado en siglos anteriores. ¿Cómo se explica ese tremendo deterioro de la cultura popular?

Sustituyendo la actuación educativa llevada a cabo hasta 1767, se desarrollaban las masónicas “asociaciones patrióticas”, encargadas de formar las élites directivas sometidas a principios anti hispánicos, ilustrados primero y luego, ya en el siglo XIX, liberales, marxistas y anarquistas.

Y con la aplicación de los métodos ilustrados, en América comenzó a ponerse trabas, muy especialmente, al desarrollo de la población no blanca. Las universidades, los colegios, comenzaron a rechazar personas indias, negras o mestizas. Entonces, sí con la Ilustración rampante.

Todavía no se perseguía a sangre y fuego a los nativos, como sí sucedía en el Imperio Británico. Eso se produciría en las repúblicas creadas a la caída de la España imperial avanzado ya el siglo XIX, que al abrigo de Inglaterra comenzaron a fungir como colonias.

La involución fue espectacular; tanto, que mediado el siglo XIX España había pasado a ocupar el primer sitio en cuanto a analfabetismo se refiere, lo que posibilitó que en 1857, la Ley Moyano estableciese la obligatoriedad de la instrucción primaria en España, para los niños de entre los 6 y 9 años. Medida que, por otra parte, no se llevó a cabo.

Y todo para mayor gloria de la Ilustración… y para nada más, porque ni de lejos alcanzaban los medios aplicados para que pudiese asemejarse la enseñanza a la aplicada dos siglos antes.

El pueblo español fue así sumido en la incultura y con ella en el desconocimiento de su propia historia, lo cual posibilitó el saqueo en todos los ámbitos; también en el cultural. Olvidados y ridiculizados todos los avances científicos que en todos los órdenes fueron desarrollados por la España de los siglos anteriores, no dudaron sin embargo en llegar al plagio de múltiples cuestiones; así, Francis Bacon, fundador del Empirismo, precursor del positivismo, plagió conceptos expuestos por Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Luis de León, a los que despojó de su conciencia moral y social, y los adaptó a principios materialistas. 

O Thomas Hobbes, fundador del Utilitarismo que plagió, despojando del humanismo cristiano y convirtiéndolos en teoría del absolutismo, los conceptos del origen del estado desarrollados por Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, cuyos principios derivó en su “Leviatán” hacia una filosofía al servicio del absolutismo político afirmando que todas las cosas, y también la Iglesia, debían estar al servicio del estado. 

Dos ejemplos de la acción llevada a cabo por los nuevos sofistas, creadores de la Ilustración. Dos ejemplos que no son únicos.

También podemos encontrar plagio de ideas en John Locke, quizás el máximo exponente del Liberalismo, que nuevamente, al tiempo que degrada la Escolástica, plagia conceptos relativos a la libertad, a la dignidad humana, a la propiedad privada o a la legitimidad del poder político, que expuestos desde un prisma cristiano subliman el espíritu de la persona, pero que desde los principios ilustrados se ven vacíos de contenido y soportados exclusivamente como valores materiales que son mutables; hoy son, pero mañana pueden no ser, y es que, conforme a la mentalidad de Locke, las creencias dependen del medio ambiente.

Pero no son los únicos sofistas plagiarios. Para no extendernos más, finalizaremos con David Hume, fundador del Positivismo, que plagió a Luis de Molina en su descubrimiento de relación entre la libertad humana y la libertad económica, así como en la identificación del dinero como mera mercancía, a partir de lo cual identificó la inflación y señaló los riesgos de la usura. Ese conocimiento sería trasladado a los principios positivistas, que no tienen en cuenta los señalamientos morales de Luis de Molina, o los de Martín de Azpilicueta, que sin duda también fue fuente de Hume.


¿Y cómo está la cuestión al día de hoy?

La nueva variante del liberalismo conocida como Escuela Austriaca, ha reconocido el plagio de los teóricos de la Ilustración, pero identificándolo como “influencia” de la Escuela de Salamanca sobre las teorías liberales, señalando que ésta anticipó conceptos que luego serían centrales en el liberalismo económico, pero esa influencia sería reconocible, no sólo por coincidir en el reconocimiento de determinados extremos de la economía o de otros aspectos sociales, sino en la resolución de los mismos, y es ahí donde la divergencia entre la filosofía escolástica y el sofismo ilustrado son sencillamente irreconciliables. El esfuerzo de la Escuela Austriaca por armonizar materialismo y humanismo cristiano es baldío.

La enciclopedia Herder define “Ilustración” como: “Término que se aplica a un conjunto sistemático de ideas filosóficas y políticas que se extiende por países de Europa -Inglaterra, Francia y Alemania, principalmente- desde mediados del s. XVII al XVIII, y que se considera como uno de los períodos más intelectualmente revolucionarios de la historia. Se caracteriza fundamentalmente por una confianza plena en la razón, la ciencia y la educación, para mejorar la vida humana, y una visión optimista de la vida, la naturaleza y la historia, contempladas dentro de una perspectiva de progreso de la humanidad, junto con la difusión de posturas de tolerancia ética y religiosa y de defensa de la libertad del hombre y de sus derechos como ciudadano.”

Una definición radicalmente ilustrada, y radicalmente falsa, siendo que cada una de las características y objetivos que quedan señalados en la definición son ampliamente discutibles.

Por otra parte, los nuevos sofistas que quedan más arriba detallados, más otros que nos pueden resultar más o menos familiares, copiaron y prostituyeron teorías políticas y económicas, dieron lugar a una era que sigue contando los años como era cristiana, pero que evidentemente se trata de un criterio que no responde a la realidad.

Hoy no vivimos en el año 2026 de la Era Cristiana, sino en el año “x” de la Era Ilustrada, conformada mediante una exitosa labor  iniciada en el siglo XVII, que conoció un desarrollo espectacular a lo largo del siglo XVIII, siendo que en el XIX pasó a convertirse en la única referencia para el entendimiento de la vida y de la sociedad, y ello fue posible gracias a una serie de coincidencias que tienen relación directa con el crecimiento demográfico.

Así, Francia pasó de tener 14 millones de habitantes a principio del siglo XVII a tener 24 millones a finales del siglo XVIII, cuando en España se pasó de una población de ocho millones de personas a once millones en ese mismo periodo. Una sustancial diferencia que necesariamente tuvo reflejo a la hora de la difusión de las ideas. Cierto que esas cifras son referentes a la España europea, y cierto que en las Españas transoceánicas existían otros millones de habitantes, pero también cierto que la densidad poblacional era muy inferior y absolutamente insuficiente para cubrir las necesidades de los veinte millones de kilómetros cuadrados que para el año 1700 tenían las Españas.

Esa presión demográfica fue determinante para el desarrollo de la Ilustración. Su exportación a España sería posterior, y al compás del cambio de dinastía.

Entre tanto, la Ilustración se afincaba en Francia, donde se desarrollaría con el aporte de novedades que radicalizaban su doctrina haciendo un canto a la naturaleza que lleva a Rousseau a relatar las excelencias del mundo rural bajo un idealismo que resulta exacerbado a quién conozca el mundo rural.

Y todo en una actitud enfermiza en torno al sentimiento religioso que lleva a Denis Diderot a dar forma a una nueva tendencia del materialismo y a expresar en su “Sueño de d’Alembert” que es preciso librarse del yugo de la religión y de volver a la naturaleza. Pues “sólo la naturaleza te consolará, y sólo ella expulsará de tu corazón los temores que te dañan, las inquietudes que te dividen, los transportes que te agitan, los odios que te separan del hombre al que tú debes amar”.

Materialismo, ateísmo, argamasa de la Ilustración en la que el panegírico de Diderot a d’Alembert, fundador del Iluminismo, tiene su fundamento ideológico, ya que si había algo que llamaba la atención a Diderot era el rechazo de D’Alembert por la metafísica, siendo que otorgaba a los fenómenos naturales el don de la creación, encontrando en ellos la herramienta idónea para iluminar el pensamiento.

Abundando sobre la misma cuestión, François Voltaire propuso la suplantación de Dios por el estado moderno, y de la providencia cristiana por el progreso humano, llegando a proponer la creación de una religión de la razón con la que se pudiese manejar a la “masa no pensante”.

Y Nicolás de Condorcet hablaba directamente de enemistad con el cristianismo. Defendía que la justicia y la benevolencia eran propiedades consustanciales al género humano, por lo que se hacía imprescindible conocer y admirar al todas las sociedades… menos a la sociedad cristiana.

Pero la Ilustración, que controla todos los resortes de poder, todos los medios de información, es capaz de presentarse hoy defendiendo postulados que anteriormente ha destruido. Eso no significa que haya cambiado de postura, sino que le conviene hacer tal cosa para seguir dominando, y es que ningún valor es eterno para la Ilustración.

Y tiene medios potentes para mantener su estatus; así, si preguntamos a la Inteligencia Artificial sobre estas cuestiones, recibiremos una información sesgada donde los ilustrados son benefactores de la humanidad.

Por ejemplo, de Condorcet nos dice que “cuestionaba la influencia que la Iglesia tenía sobre el Estado y la sociedad. Defendía la separación entre ambos para garantizar la libertad y el progreso.”, y que “No se trataba de un ateísmo militante, sino de una crítica a la intolerancia y al fanatismo religioso, y a la manera en que la religión podía limitar la libertad y el avance de la humanidad.”

Y si preguntamos sobre Voltaire nos lo presenta poco menos que como teólogo que afirmaba: "Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo.", "Dios es infinitamente bueno y justo", o que "La religión se instituyó para mantener a los hombres en armonía y conseguir que por su virtud sean dignos de las bondades de Dios".

La intolerante y la fanática era la religión, no la Ilustración. A poco de estas afirmaciones llegaría la Revolución Francesa, la guillotina, el Terror, y el genocidio de La Vendée, puerta de entrada a los siguientes genocidios que se extendieron por todo el mundo al compás del avance de la Ilustración.

Y es que la Ilustración, que nos es representada como adalid  de la pluralidad y de la tolerancia, no tardó en dar muestras de ambos principios al compás de la Revolución Francesa, y de las otras revoluciones que han sido a lo largo del mundo y bajo ideas ilustradas, que inequívocamente han comportado medidas anti religiosas que han segado un sin número de vidas humanas y un sin número de obras de arte. En nombre de la Razón, se devasta la cultura por el mero hecho de tener origen religioso.

Y pretenden llevar la devastación hasta más allá del intelecto. Hoy tienen otras formas, pero durante la Revolución Francesa impusieron a la “Diosa Razón” como instrumento para imponer el racionalismo, ya que el principal escollo que debían destruir era, sin lugar a dudas, el cristianismo. La descristianización era, y es, el caballo de batalla de la Ilustración, y una de las primeras expresiones visibles tuvo lugar el 10 de noviembre de 1793, con la instauración oficial del culto a la diosa Razón.

Como muestra del odio hacia la religión católica, una prostituta, representación física de la diosa razón, sería entronizada en la Catedral de Notre Dame de París, siendo que semejante grosería sería posteriormente edulcorada cuando, a instancias de Robespierre, el culto a la diosa razón fue sustituido por el Culto al Ser Supremo.

La Revolución francesa, así, puede resumirse en que se trató de una sucesión de genocidios, una  vorágine de terror, de sangre y de suciedad, que la misma Ilustración, su instigadora, no duda en presentarnos como el mayor de los logros de la Humanidad, que debe basar su progreso en la que para mayor escarnio califica de Revolución de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. 

Para 1792 el terror lo dominaba todo. Al grito de “¡Que el Terror esté en el orden del día! ¡Es el único medio de despertar al pueblo y obligarle a que se salve a sí mismo!”, la asamblea, que se encontraba inmersa en gritos del populacho reclamando pan, no encontró otra vía de escape que encender más si cabe las protestas y animarlos a dejar sus respectivos trabajos para poder rodear la Asamblea con la idea de no abandonar el asedio hasta haber conseguido de la misma las pretensiones del populacho, que consistían en que el ejército revolucionario iniciase su marcha para imponer el nuevo orden acompañado siempre de la guillotina, instrumento que Lenin señalaría más de un siglo después como un gran invento de la Revolución francesa, un gran aporte a la Justicia universal; algo que iguala a todos. 


Quién no era identificado como revolucionario era enviado a la guillotina, y las leyes marcaban quién no era revolucionario: quienes no pudiesen justificar sus medios de existencia; quienes habían hablado bien de la tiranía; quienes no recibían certificado de civismo; los funcionarios públicos suspendidos; los miembros de la nobleza; quienes emigraron en el intervalo entre el 1.° de julio de 1789 y la publicación del decreto del 30 de marzo de 1792, aunque hubiesen vuelto a Francia en los plazos señalados. 


Pero también demostraron que no era menester la guillotina, que había otros medios más rápidos y cómodos. La guillotina era muy lenta…


Así inventaron la “noyade”, consistente en que los presos fuesen amontonados en gabarras que serían desfondadas en un río profundo, como el Loira. Miles de personas de todas las edades serían asesinadas de este modo.

La Ilustración se hizo sinónimo de destrucción: de lo físico, de lo espiritual, de lo humano; la guerra contra la Iglesia se centró en el asesinato de sacerdotes y en la destrucción de todo lo que con ella tuviese relación, por lejana que fuese;  confesonarios, sillerías, cátedras, candelabros, obras de arte o archivos. Y esos métodos fueron parte de la jurisprudencia aplicada en todas las revoluciones ilustradas, no sólo la francesa, sino por ejemplo también la rusa de 1917 o las españolas de 1836 y de 1936.


Esa concepción del derecho ha sido conocida como iuspositivismo o positivismo jurídico, y es tan antigua como la disputa entre filósofos y sofistas por distinguir lo dictado por la naturaleza de lo que es convenido por los órganos del estado, constituidos por leyes por ellos mismos creadas y dotados, por esas mismas leyes, de potestad normativa que debe ser acatada por la totalidad de la población.

La Constitución sustituyó al Derecho Natural, y a partir de esa norma, que pasa a ser absoluta, son fijadas  las leyes subordinadas. El Derecho Natural, que existe por sí mismo, y que para la Filosofía existe independientemente de que sea reconocido o no por el derecho positivo, es anulado por el iuspositivismo que impone la Ilustración, para quien el derecho no es más que la norma dictadas por el poder soberano, que es válida en tanto en cuanto es ordenada por el soberano, independientemente de que la misma obedezca a un fin justo o no. 

A partir de ese momento, el soberano puede dictar leyes inicuas, como puede ser la ley del aborto o la de eutanasia, que son contrarias al derecho natural, y que prevalecen, al haber sido anulado el mismo.

La Ilustración adopta ese título porque se instituye como núcleo de la verdad y del conocimiento; a partir de ahí, la oscuridad queda vinculada al pensamiento religioso y en general a todo lo que no coincida con sus principios, que por otra parte son absolutamente mutables, pero la verdad es que el desarrollo intelectual y científico han existido al margen de la Ilustración.

Es cierto que las sucesivas revoluciones ilustradas han conseguido el control total de la sociedad en el terreno de la política, de la economía y del pensamiento, pero sin embargo, a pesar de haber logrado alienar a la práctica totalidad de la sociedad, podemos enumerar una larga lista de científicos que han brillado con luz propia desde su reconocimiento como católicos supervivientes al acoso de la Ilustración.

Entre ellos, Gottfried W. Leibniz, inventor del Cálculo Infinitesimal; Renè Descartes que en todas sus obras hizo imprimir el subtítulo de “Proyecto de una ciencia universal que pueda elevar a la máxima perfección: Dios;  Isaac Newton, fundador de la Ley de la Gravedad y la Física Cuántica; Galileo Galilei; John Neper, inventor de los Logaritmos “neperianos”;  Karl Gauss creador del Teorema fundamental del Algebra;  Johannes Kepler, Alessandro Volta, Louis Pasteur,  Johann Mendel, Santiago Ramón y Cajal y una larga lista que, contrariamente a lo acontecido con los ilustrados, sí reconocían la importancia de los aportes que a sus respectivas ciencias habían sido llevados a cabo por la ya fenecida Escuela de Salamanca.

Y sin la Ilustración, posiblemente Darwin no fuese conocido por nadie, y sin embargo sí sería conocido Karl von Baer, fundador de la anti-evolucionista Teoría Animaculista de las Especies.


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