domingo, enero 18, 2026

Huete en la Historia



                

Los primeros indicios de presencia humana en la zona se remontan al Paleolítico Inferior, siendo que hay algunos restos arqueológicos en el cerro del castillo que señalan la existencia de alguna población  durante la Edad del Hierro y del Bronce.


A la llegada de Roma, se documenta un asentamiento ibérico en el cerro de Álvar Fáñez, que fue la base del poblamiento romano, interesada Roma en la extracción de lapis specularis, yeso cristalizado, translúcido, abundante en la zona, y cuyas láminas eran utilizadas para aislar y dar luz en ventanas así como para la fabricación de objetos decorativos y espejos, y en la construcción, como elemento ornamental. 


La importancia que tuvo la extracción de este material queda reflejada en el hecho de que hasta el siglo IV, la zona de lo que Roma llamó Opta, llegó a conocer hasta nueve complejos de extracción minera, siendo que su calidad alcanzó a ser encomiada por Plinio el Viejo, naturalista, que en su obra "Naturalis Historia" lo señaló  como de una importancia primordial sólo igualada por Segóbriga.


La explotación alcanzó su punto máximo en los siglos I y II d.C., coincidiendo con el mayor esplendor del Imperio Romano, pero a lo largo del Bajo Imperio se hundió la economía, lo que conllevó el cierre de producción de artículos de lujo, y con ello, de las minas de "lapis specularis".


Tras el saco de Roma del 410, los godos entraron en España el año 413. Empezaba la dominación visigoda, que se perfeccionaría con el Tercer Concilio de Toledo que el 589 fue convocado por Recaredo y que hablaba de España entendiéndola como entidad política organizada.


Ya para estas fechas se estaba restableciendo el comercio exterior que había decaído durante el Bajo Imperio, siendo que destacaban las rutas comerciales con Cartago y otros puntos del África del Norte, así como las que ponían en comunicación con Italia, Grecia, Asia Menor y Septimania, pero ese nuevo florecer no se reflejó en la demanda del producto estrella de Huete, que cayó casi en el olvido.


Ya durante el reino visigodo, Huete estuvo dentro de la división administrativa que ordenada el año 676 y conocida como Hitación de Wamba, señalaba los límites de las diócesis visigodas. 


Durante el periodo musulmán, fue una ciudad relevante dentro de la Cora (provincia árabe) de Santaver (antigua Ercávica), que se estableció durante el periodo de dominio musulmán a partir del siglo VIII. Tenía una importancia estratégica debido a su ubicación geográfica, que la convertía en un punto de control y defensa del territorio.


En el año 873, estuvo gobernada por  Musa Ben Zennun, y posteriormente por su hijo Al-Mutarrif, que construyó parte de las murallas, siendo que se trataba de un importante núcleo defensivo dentro de la Cora de Santaver.


Los conflictos internos existentes entre los reinos hispánicos posibilitaron que ese estatus fuese mantenido durante tres siglos, en cuyo periodo fue un punto de tensión entre la España que avanzaba y el Islam que retrocedía.


Conflictos que alcanzaron un nivel de esperpento, que no condujo a una pérdida de influencia y de territorio gracias a que el mundo de los invasores no se encontraba en mejor situación. 


Había muerto Abderraman III, y Almanzor, aprovechando la situación llevó a efecto actuaciones que lo llevaron hasta Santiago de Compostela, pero Almanzor murió en Medinaceli el año 1002, y en todo Al Andalus se generalizó una situación política que se asemejaba al descontrol que se había desatado antes en los reinos hispánicos, y el año 1031se imponían los reinos de taifas, lo que conllevó una situación de tranquilidad impuesta por la inoperancia de unos y de otros. 


Con esa situación, Huete quedaba  dentro de la taifa de Toledo, que a su vez puede ser calificada como protectorado de Alfonso VI, que en 1085 decidió anexionarla  a Castilla. Sin embargo, por los pactos firmados con el rey derrocado, Al-Qadir, quedaba exiliado en Huete, cuyo control mantendría mientras viviese, siendo que  además fue reubicado como rey de la taifa de Valencia, que estaba sometida a Castilla.


Mediado el siglo XII, el imperio almorávide caía y como consecuencia se descomponía en 20 reinos de taifa que se pelearían entre ellos. 


Gran momento para dar impulso a la Reconquista… Sin embargo, en 1150 se generalizaron los conflictos internos de Castilla; se sublevaron las poblaciones, y el príncipe Fernando de León, acompañado de Fernando y Álvaro Rodríguez de Castro invadió Castilla, ocupando el territorio hasta Huete a favor de Alfonso VII de León, que fallecería en 1157, quedando León para Fernando II y Castilla para Sancho III.


Los conflictos castellanos, y como no podía ser menos dada la importancia estratégica de Huete, tuvieron reflejo en ella el 9 de julio de 1164 cuando tuvo lugar la batalla en la que las tropas de la Casa de Castro, derrotaron a las tropas de los partidarios de la Casa de Lara. En el curso de la misma perdería la vida el conde Manrique Pérez de Lara.


El enfrentamiento entre estas dos casas tuvo ocasión en los años de minoría de edad de Alfonso VIII, que nacido en 1155 había quedado huérfano de su padre Sancho III en 1158. Los Castro quedaron encargados de la custodia del niño rey, y por tanto eran los regentes del reino. Los Lara pretendían ser ellos los encargados de la custodia por ser titulares del control de una extensión mayor del territorio. El conflicto se agudizó cuando los Castro aceptaron la propuesta de los Lara para desdecirse posteriormente. 


La batalla de Huete fue clave para la gobernación ejercida por la casa de Castro, si bien Alfonso VIII hubo de padecer una cadena de conflictos durante toda su minoridad.


Pero además, el enfrentamiento armado entre los Lara y los Castro comportó un nuevo peligro, ya que en 1172, ocho años después del asedio ocasionado tras el enfrentamiento entre los Lara y los Castro, el hijo de Al Mumin, Abu Yaqub Yusuf, completó la conquista almohade con la toma de la taifa de Murcia, una vez fallecido el rey Lobo, pudiendo tener esta fecha como la de victoria final de los almohades y el inicio de su imperio con la instalación de su capitalidad en Sevilla. Este hecho no resultaría baladí para Huete cuando una avanzadilla del ejército almohade atacó la ciudad. El día 12 de julio se unió a la acometida el mismo califa Al Mumin, que tomó los arrabales y preparó las operaciones para efectuar la acometida definitiva el día 13, cuando los defensores se hicieron fuertes en la alcazaba mientras los almohades arrasaban la ciudad. 


Pero no reanudaron el ataque en los siguientes seis días, durante los que sufrieron fuertes tormentas que resultaron desastrosas para el campamento almohade y beneficiosas para Huete, ya que se pudo hacer acopio de agua en previsión de asedio, que se levantó el día 21 cuando las tropas reales se aproximaban, extremo que fue comunicado a los almorávides por Manrique de Lara.


La fe popular achacó la resolución de este asedio a las santas Justa y Rufina, cuyo santo se celebra el 19 de Julio.


Sería 13 años más tarde cuando contando 22 años, Alfonso VIII tomaba Cuenca en 1177. Este avance consolidó a Huete como un punto clave en la defensa de la nueva frontera, protegiendo el flanco oriental del reino de Castilla, por lo que se llevó a efecto una mejora de sus defensas, pasando a ser centro de control del territorio así como núcleo administrativo y militar, todo lo cual comportó la repoblación de su alfoz.


Pero esta nueva situación no alejaría de Huete el fragor de la guerra, ya que los avances se compaginaban con los retrocesos. Las conquistas cristianas eran escasas, y Huete fue asediada y a punto estuvo de ser tomada por los almohades. Tras la toma de Cañete, Moya, Utiel y Requena, la situación de Huete pasó a ser más tranquila, y en 1290 y bajo el reinado de Sancho IV, se requirió de las aljamas una aportación que nos deja señalada la importancia de la población judía que había en Huete en esos momentos. No hemos alcanzado a localizar el número de contribuyentes, pero sí conocemos que, mientras los judíos de Cuenca aportaron 70.883 maravedises, los de Huete y Alcocer aportaron 46.672, y los de Uclés 28.514. Valdeolivas aportó 1388. 


Alejado el peligro de la frontera, en los enfrentamientos que en 1353 se iniciaron por la Corona entre Pedro I y Enrique de Trastámara, Huete fue sancionada con excomunión del Cabildo por no haber enviado la ayuda solicitada por Pedro I.  Es desconocido (al menos por mí), por qué no fue atendida la ayuda, ya que se conoce que Huete siguió el partido de Pedro I en la guerra contra su medio hermano Enrique. El 13 de enero de 1364 fue revocada la sentencia, y no porque reinase ya Enrique II de Trastámara, que no sería coronado sino en 1369 después de haber dado muerte a Pedro I.


El 26 de julio de 1428 Juan II de Castilla otorgó a Huete el título de ciudad, lo que venía a completar el fuero que había sido otorgado por Alfonso XI, ampliando el ya otorgado por Alfonso VIII, que era similar al Fuero de Cuenca, lo que significaba un reclamo para atraer nuevos habitantes, y la adjudicación de jurisdicción sobre la conocida como “Tierra de Huete”, que se extendía hasta parte de la actual provincia de Guadalajara.


En la obtención del título tuvo particular incidencia Pedro Carrillo, optense que fungía como halconero del rey. 

  El 24 de diciembre de 1474 Enrique IV concedió el título de Duque de Huete a Lope Vázquez de Acuña, quien posteriormente la entregó a los Reyes Católicos, quienes por su parte otorgaron a Huete los títulos de Noble y Leal. 


Y sin embargo no consigo el dato que corrobore mi idea de que el castillo de Huete fue mandado derruir por los Reyes Católicos.


No sería nada extraño, ya que el rey mandó destruir diversas fortalezas, entre ellas el castillo de Cuenca, con el ánimo de controlar a la nobleza levantisca. Y Lope Vázquez de Acuña se encontraba entre esa nobleza no adicta a los Reyes Católicos.


La Reconquista había terminado, y la función de Huete se había dirigido a otros asuntos más centrados en la economía, especialmente agrícola, pero con una importancia primordial la producción de seda y la industria textil cuyos productos eran demandados incluso fuera de España. 


En base a esa prosperidad se desarrolló a lo largo del siglo XVI su urbanismo , que empezó a sumar importantes edificios religiosos y civiles mientras que con largos periodos de crisis agrícolas comenzaba una emigración a Indias que fue sensible para la demografía optense.


Para el siglo XVI, España estaba en ebullición; unos ilusos habían pretendido llegar a la India navegando hacia occidente, y naturalmente no llegaron. Se encontraron por el camino nada menos que todo un continente, y ahí, la pujante sociedad optense sentía que tenía un hueco que cubrir aportando gentes destinadas a cubrir los más variopintos aspectos; desde soldados rasos hasta mineros o elementos principales de las administraciones surgidas en los nuevos territorios.


Más de cien optenses acabarían atravesando el Atlántico, y algunos de ellos tendrían relevancia.


Uno de ellos es Julián Gutiérrez Altamirano, que nacido en Huete el año 1520; con veinte años pasó a Perú y en 1550 se unió a Pedro Gutiérrez de Valdivia que en 1540 había iniciado la conquista de Chile. Tomó parte en la fundación de Valdivia, ciudad de la que fue nombrado corregidor. 


Su relación tanto con Pedro de Valdivia como con Inés Suárez, pareja que dirían hoy de Valdivia, y que tanta importancia tuvo en el éxito de la expedición, a la que salvó la vida al menos en dos ocasiones, tuvo que ser muy cercana, ya que se trataba de una mujer con un gran empuje que hizo posible el avance de la expedición a la hora de atravesar el desierto de Atacama y supo salvar la vida de todos cuando fueron asediados por los indios en el fuerte de Santiago.


Si en esas vicisitudes no estuvo presente el optense Julián Gutierrez, fue elemento imprescindible en el entorno de Pedro de Valdivia, quien acabaría asignándole una importante encomienda al tiempo que lo nombraba capitán y justicia mayor, con cuyos títulos afrontaría el cambio de gobernación cuando en 1553 falleció Pedro de Valdivia. También poseería, para criar ganado una pequeña estancia…, 608.000 hectáreas entre los ríos Ñuble e Itata.


Tiempos difíciles donde la guerra araucana marcaba unos momentos de extrema dificultad, agravada por las rencillas entre cabecillas de distintas facciones de españoles que Altamirano supo mediar.


Luego sería corregidor de Jauja para posteriormente, en 1556, acceder a oidor de la Audiencia de Lima, desde donde más tarde actuaría, a las órdenes del virrey Andrés Hurtado de Mendoza, en la guerra contra los araucanos y sería nuevamente corregidor, en esta ocasión de Concepción, para nuevamente partir a Lima, donde falleció en 1608.


Juan Gutiérrez Altamirano fue un personaje singular que es citado en “La Araucana” de Diego de Ercilla, quién sitúa a un Altamirano en la batalla de Millarapue; pero no podemos asegurar que se trate de nuestro personaje, ya que en las huestes había un total de cuatro soldados apellidados Altamirano. 

Y se hace necesario citar nombres propios que fueron significativos en la conquista. 

Así, si la actividad de Altamirano se encuentra a caballo entre la acción militar y la acción política y administrativa, tras él irían otros optenses que continuarían la labor y abarcarían otros aspectos, en concreto la evangelización.

No es ese el caso de Antonio de Cetina, hijo de Agustín de Cetina y de María Gómez de la Muela, ambos judíos conversos y naturales de Huete, que destacó como oidor de la Audiencia de Santa Fe, puesto al que accedió el 25 de noviembre de 1574. 


Se trata de un puesto de primerísima responsabilidad. La Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá fue creada por la Real Cédula del 17 de julio de 1549 para encargarse de la administración de justicia civil y criminal así como del control del territorio, con jurisdicción sobre Santa Marta, San Juan, Popayán, Guayana y Cartagena de Indias, puesto que desarrolló hasta 1578, cuando fue trasladado a la Audiencia de Guatemala para ejercer las mismas funciones sobre Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Chiapas.


No sería  el único optense que tuviese cargos administrativos de responsabilidad, y no sería el único cristiano nuevo. 

Así, Juan de Santa Cruz y Gómez, figura como “licenciado” que desarrolló en La Palma  el empleo de Regidor y Teniente General, y en Tenerife el de Teniente Gobernador hasta que fue nombrado Gobernador de Cartagena de Indias.

Pero su actividad, en 1540 le llevaría a fundar en lo que hoy es Colombia la ciudad de Santa Cruz de Mompox.

Y el Licenciado Bernardino de Parada partió en febrero de 1569 y se dirigió a San Francisco de Quito, donde fue nombrado fiscal; cargo que detentaría hasta 1573, cuando falleció. Pero, ¿de dónde partió?... ¿de Huete?

Eso nos dicen unas fuentes, pero…

Pero a lo que parece en ese tiempo existieron dos personas llamadas Bernardino de Parada, ya que en el actual ayuntamiento de las Gabias, provincia de Granada, está reconocido para 1571 el establecimiento en Gavia la Mayor, durante la campaña de repoblación del reino de Granada que llevó a cabo Felipe II, un personaje llamado Bernardino de Parada, natural de Huete.

Y yo no he podido determinar la relación existente entre estos dos personajes, siendo que en los documentos relativos al reino de Quito no he sabido encontrar el lugar de nacimiento del fiscal.

Personalmente para mí estas cuestiones son fascinantes, y espero que para este auditorio al menos sean interesantes.

Y así, los casos pueden repetirse hasta más del centenar. Con toda probabilidad unos casos son más interesantes que otros, y yo he reflejado los que más me han llamado la atención.

Así, si a caballo entre el siglo XV y el XVI hubo en Salamanca un Juan del Encina poeta, músico y autor teatral, podemos decir que en Huete nació en 1649 un Juan Alonso de Lancina que destacó como escritor, político, traductor y comentarista de los clásicos, en concreto de Tácito.

Un personaje de la familia Lancina de Huete, que entre sus miembros contaba con Félix de Lancina y Ulloa, residente en Nápoles, y a cuya sombra, y con motivo de la revuelta de Mesina, Alonso fue juez de la Corte de la Vicaría de Nápoles, superintendente delegado del estado y auditor general del Ejército en las provincias de Calabria, lo que le situó al frente del espionaje español al sur de la península itálica, en el Reino de las Dos Sicilias. 

Hombre de pensamiento, llegó a publicar dos obras: Comentarios políticos a los Annales de Cayo Vero Cornelio Tácito, e Historia de las reboluciones del Senado de Messina, cuyo texto está accesible, hoy, por internet.

Conocedor de la historia inmediata, reflexiona sobre la misma y sobre el porvenir de España, en la  que advierte el deterioro de su fortaleza, que provoca en su alma un profundo desencanto al constatar que se habían tirado por la borda las claras opciones que habían existido de extender por todo el orbe el orden hispano.   

Profundo admirador de los Reyes Católicos, señalaba el acontecer de la Monarquía Hispánica como la vida humana: niña con Pelayo y decrépito anciano con Carlos II.

Y no era para menos, pues pudo analizar con memoria cercana acontecimientos que, como el  tratado de Vervins de 1598, el de Londres de 1604, o el de la tregua con los Paises Bajos de abril de 1609,  habían sucedido apenas medio siglo antes de su nacimiento; humillantes acuerdos con los que España había ido comprando la paz con Francia, con Inglaterra y con las Provincias Unidas de Flandes. Una paz sin honra y sin otra justificación que la misma paz que posibilitó las incursiones francesas e inglesas en el Caribe y que daba libertad a los holandeses para comerciar con América a cambio de que respetasen la religión católica. Como en los demás tratados, España cumplió mientras los otros firmantes cumplieron…con sus intereses.

Y su pesimismo se veía reforzado porque esos tratados en la generación precedente, no sólo no habían revertido, sino que eran seguidos más de cerca por el tratado de Munster, firmado en 1648, un año antes de nacer él y que ponía fin a la Guerra de los Treinta Años, en la que, a pesar del triunfo del general Spínola que en 1625  posibilitó que Velazquez pudiese pintar el cuadro de las lanzas, España sufrió en 1643 la terrible derrota de Rocroi, que significó la mutilación sellada en la paz de Westfalia de 1648, donde perdió las posesiones de los Países Bajos.

Aún conocería situaciones que marcaban el deterioro de España. El Tratado de los Pirineos de 1659 puso fin a la Guerra de los Treinta Años y significó el primer zarpazo a la unidad nacional llevado a cabo por los intereses europeos. El Rosellón, Coflent y Vallespir serían anexionados por Francia. 

Con ese bagaje, no es de extrañar su pesimismo y su calificación de España como anciano decrépito en tiempos de Carlos II.

Tuvo suerte de morir en 1703 siendo regidor perpetuo de Huete. Se libró de conocer el humillante Tratado de Utrecht firmado diez años después de su muerte.

Y si prócer de Huete puede ser considerado Juan Alonso de Lancina, ¿qué podemos decir de su pariente y protector Félix de Lancina y Ulloa?

Un hombre que nacido en Huete el año 1619, el 21 de diciembre de 1644 lo encontramos en Salamanca cuando siendo catedrático de Cánones fue responsable de los honores funerarios prestados por la Universidad a la muerte de Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, tras lo cual, en 1649, fue destinado por la Corona a servir como consejero togado en el Sacro Regio Consiglio de Nápoles, tras lo cual en 1663 volvería a Madrid como fiscal del Consejo Supremo de Italia, para ser nuevamente destinado a Nápoles en 1668 como presidente del Sacro Regio Consejo, cargo que ostentará hasta su muerte, también acaecida, como en el caso de su pariente Juan, el año 1703.

El Consejo era tribunal de justicia y de administración territorial de la Corona española con jurisdicción sobre multitud de asuntos, tanto civiles como criminales, Félix de Lancina cumplió más de cincuenta años de servicio ininterrumpido a la Monarquía Hispánica en Italia, donde sus descendientes escalaron en la aristocracia napolitana, siendo que en 1699, su hijo Adrián Calà de Lancina y Ulloa fue titulado por Carlos II duque de Lauria.

Y si de personajes señeros hablamos, no podemos dejar en el olvido a Pedro Carrillo, tres siglos anterior a los señalados.

Nació en 1380 y falleció en abril de 1448 siendo señor del Villar del Saz de Don Guillén, de Cañaveras y de Priego. Ha pasado a la historia por su trabajo “Crónica del Halconero de Juan II”.

Efectivamente, en 1407 fue nombrado halconero mayor por Enrique III, cargo que le fue confirmado por su sucesor, Juan II. Y halconero del rey no era un cargo meramente cinegético, sino de confianza política que le permitía tratar todo tipo de asuntos en privado con el rey.

Fue así personaje político de primer orden que hubo de afrontar conflictos importantes como los generados por la Orden de Alcántara o por los infantes de Aragón. Y sus altos contactos posibilitaron que en 1428 Juan II concediese a Huete el título de ciudad.

Y fue genearca con proyección en tiempos posteriores, siendo que su única hija, Teresa Carrillo y Sotomayor, en 1408 fue comprometida en matrimonio con Diego Hurtado de Mendoza, señalando en las capitulaciones matrimoniales situar el apellido Carrillo en primer lugar, dando lugar al linaje de los Carrillo de Mendoza, que en 1645 fue titulado Condes de Priego. 

Importante negociador, fue gran impulsor de su linaje, llegando a consolidar un poder señorial cuyo centro de gravedad sería Priego, aunque él marcó Huete como lugar de su enterramiento.

Si destaca como interesado en el desarrollo personal y familiar, no es desdeñable su compromiso con la Corona, a la que dedicó los principales años de su vida, Así,  el 19 de octubre de 1407 fue armado  caballero por Fernando de Antequera en el curso de una campaña contra Granada, pero no se trata sólo de una referencia. También fue teniente de la fortaleza de Zafra, en Molina de Aragón antes de ser halconero, y como tal fue embajador encargado de asuntos graves o responsable de la seguridad real.

Fue miembro del Consejo real, centro neurálgico del poder, en cuyo seno se situaban los principales colaboradores regios, y parece que tuvo que ver en la creación del “Consejo secreto” para constituir una especie de Consejo reducido.

Cuando en 1410 Fernando de Antequera ejercía la regencia de Castilla, se reanudó la guerra de Granada en medio de un desorden que llegaba hasta el punto que lo que marcaba Catalina, la madre del rey, era revocado por Leonor López, cortesana. Mientras, llegaban noticias de la frontera con Granada, donde se informaba que los soldados estaban dispuestos a desertar por falta de pagas. 

Con ese tenor en la corte, en 1418, murió la regente Catalina, y en 1419, en las cortes de Madrid, era declarado mayor de edad Juan II de Castilla, que casaría con María de Aragón el año siguiente. Mientras, los infantes de Aragón Enrique y Juan, rivalizaban por el control de la corte.

La situación de enfrentamiento y secuestro real marcaría todo el reinado de Juan II. Álvaro de Luna se enfrentaba con los Infantes de Aragón, que conspiran junto con el Rey de Navarra para lograr más tierras de las que ya poseían en Castilla, y en medio de esa situación, Pedro Carrillo jugó un papel silencioso y determinante cuando Enrique de Aragón secuestró a Juan II, que contaba 15 años, en el llamado golpe de Tordesillas. Pedro Carrillo fue protagonista en la toma del castillo de Montalbán y en la huida del rey, con lo que fraguó la protección de don Álvaro de Luna.

La inestabilidad era la seña de identidad. El Condestable estaba acorralado por los nobles, y los Infantes de Aragón forzaron la entrada en Medina del Campo en 1441… 

Y es en estos momentos cuando Pedro Carrillo terminó su relación con la corte y se retiró a Huete donde fue guarda mayor y alcalde mayor hasta su muerte en 1448. Cumpliendo su deseo, fue enterrado en Huete, en el coro del monasterio de San Francisco, indicando que en su sepultura no se enterrara a nadie más que a él. 

Y Álvaro de Luna, sería ejecutado en Valladolid  cinco años después, el 1 de Junio de 1453.

Medio siglo antes de la muerte del halconero, había llegado a Huete otra persona que sería de importancia de primer orden.

Se trata de Lope Vázquez de Acuña, un noble portugués que tras la guerra librada en 1396 entre Castilla y Portugal, le fue otorgado señorío por Enrique III. 

Casado con Teresa Carrillo de Albornoz, alcanzó a tener presencia en toda la comarca, llegando a ser figura política muy influyente en la Castilla del siglo XV, cuya acción le permitió el ascenso de su hijo, Alfonso Carrillo de Acuña, que tanta importancia alcanzó como arzobispo de Toledo; el mismo que mantendría las discordias sociales durante el reinado de los Reyes Católicos.

Durante la segunda década del siglo XV protagonizó las luchas de bandos acaecidas en la ciudad de Cuenca encabezando una de sus facciones frente a la de Diego Hurtado de Mendoza, cuya familia también estuvo relacionada con Huete, de cuya fortaleza fueron alcaides varios miembros de la familia.

Los Hurtado de Mendoza y los Carrillo van surgiendo aquí y allí a lo largo de los siglos XV y XVI, en no pocas ocasiones relacionados directamente.

Y relacionado  con el arzobispo Carrillo encontramos otro optense de importancia significada como es Pedro García de Montoya, por otro nombre Pedro García de Huete, nacido en fecha desconocida y fallecido en Aranda de Duero el 27-12-1474.


Profesor en Artes y bachiller en Sagrada Escritura, con la protección del arzobispo Carrillo fue primero obispo de Sigüenza; luego deán de Toledo, miembro del consejo arzobispal de Alcalá y capellán del rey Juan II, para pasar a ser Obispo de Osma en 1454, con cuyo cargo reedificó varias capillas, fundó un hospital en el Burgo de Osma, construyó una biblioteca para la catedral y se significó como protector de la cultura, siendo que en el archivo de la catedral se conservan sus manuscritos “Fortalitium fidei” y “Summa theologica”.

El espíritu del obispo Pedro García era belicoso, y como fuese que la ciudad de Osma, tomada por Álvaro de Luna en 1423, permanecía en poder de su hijo Juan de Luna, la acometió el mismo año 1454. La recuperó y levantó una nueva muralla.

Al compás del arzobispo Carrillo participó en los conflictos de Castilla llegando a fortificar  los principales lugares de su diócesis y significándose como adalid en la causa de Isabel frente a las pretensiones de Juana la Beltraneja.

Pero fiel a su protector, en septiembre de 1468 tomó partido por la Beltraneja y prestó decidida colaboración al marqués de Villena contra Isabel, hasta que ganada ya la causa por quienes serían los Reyes Católicos, llegó a mantener una entrevista personal con Fernando, buscando la protección de sus tres hijos, Alfonso, Catalina y Pedro.

Y parece que se llevó a cabo la reconciliación, porque murió el día 27 de Diciembre de 1474 en Aranda de Duero, cuando acompañaba a Fernando a celebrar la concordia de Segovia.

Relacionado también con Huete fue el Inquisidor general Luis de Aliaga Martínez cuando fue destituido el 23 de abril de 1621, tras el fallecimiento de Felipe III, y como víctima de los enfrentamientos cortesanos habidos entre Baltasar de Zúñiga, Conde-duque de Olivares, y los anteriores validos Duque de Lerma y su hijo el duque de Uceda.

Y si un inquisidor general residió en Huete cuando fue depuesto, un óptense fue arzobispo de Lima entre 1762 y 1779.

Se trata de Diego Antonio de Parada Vidaurre, nacido en Huete el 26 de abril de 1698  y fallecido en Lima el 26 de abril de 1779.

Formado en las universidades de Alcalá de Henares y de Salamanca, se licenció en derecho civil y canónico y se convirtió en profesor de ambas materias.

En 1752 fue nombrado obispo de La Paz, donde realizó importantes obras, como la reconstrucción del seminario diocesano, siendo que mostró gran proyección, en 1761 fue promovido al arzobispado de Lima , en el que llegó a hacer tres visitas pastorales y en 1772 convocó el VI Concilio Provincial Limense, que por orden de Carlos III debía tratar la proscripción de la Compañía de Jesús.

A tal fin, el virrey Amat había designado al P. Juan de Marimón como defensor de la voluntad de Carlos III, pero al significarse justamente por lo contrario, el arzobispo fue instado a que lo retirase del Concilio, tras lo cual fue desterrado de Lima. Finalmente, el Concilio se abstuvo de condenar a la Compañía de Jesús.

Y el repaso a optenses que han tenido reflejo en la historia lo terminaremos refiriéndonos a quienes podemos considerar auténticos conquistadores de América: los religiosos.

La actividad de estos héroes se inicia antes del descubrimiento. Así, en 1482 nos encontramos con los padres Juan de Zorroza y Juan de Huete, que fueron asesinados por linchamiento en Baeza como castigo por animar la fe de los cristianos cautivos.

Fray Ambrosio de Montesinos nació en Huete en 1444. De padres conversos, profesó  en la orden de San Francisco y llegó a ser un destacado poeta y traductor que desarrolló su función en la corte de los Reyes Católicos como obispo auxiliar del cardenal Cisneros.

Sus méritos literarios son ponderados por Marcelino Menéndez Pelayo. Editó un cancionero y tradujo del latín la “Vita Cristi” de Ludolfo de Sajonia. 

Puede titularse fundador, pues fundó un convento concepcionista en Cuenca y fundó hasta cuatro hospitales. El de San Juan Evangelista, construido en Huete frente al convento de Santo Domingo, lo fue a título póstumo, ya que habiendo fallecido Fray Ambrosio en 1514, el hospital fue inaugurado en 1544 por el protonotario apostólico Marcos de Parada en el edificio que levantó en el solar de la que fue casa familiar de los Montesino.

Ya en plena época de descubrimientos, conquista y evangelización, nos encontramos con Miguel Orenes, sacerdote de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced, a quien llamaron el Apóstol del Perú por su misión, que dio comienzo en 1533, que llegó a continuación del adelantado Diego de Almagro, y pronto se plasmó con la fundación de un convento en Lima y se significó como provincial de la Orden de la Merced, en cuya calidad asistió a los concilios de 1551 y 1567,celebrados en Lima. Murió de 110 años.

De este mismo tiempo es Antonio de Huete o Antonio Álvarez de Toledo, franciscano que tomó el hábito en la provincia de los Ángeles de Sierra Morena, desconociéndose si antes había sentado plaza en el convento de Huete. Doctor en Cánones por la universidad de Salamanca. Pasó a Nueva España en 1542 y fue compañero de Andrés de Olmos, etnógrafo y gramático de varias lenguas indígenas, y de Bernardino de Sahagún, historiador e iniciador de la antropología cultural.


Estos franciscanos, en el cumplimiento de su misión pastoral, desarrollaron excepcionalmente sus respectivos ámbito culturales, explorando tierras desconocidas como pioneros, controlando el buen desarrollo de las encomiendas, profundizando en el estudio de las lenguas autóctonas, siendo que Andrés de Olmos llegó a redactar la gramática de náhuatl, y profundos estudios del totonaca, tepehua y huasteca, haciendo del náhuatl la tercera lengua con gramática, después del latín y del español, décadas antes de ser redactada ninguna otra gramática en Europa.

Estos apóstoles se volcaron en que los jóvenes indígenas aprendiesen gramática española y latina, música, historia sagrada y universal, literatura clásica y filosofía, así como aspectos como la farmacología tradicional, la historia y la sabiduría de Mesoamérica.


También destacan los hermanos Zurita; Fernando, jesuita, destacó con sus predicaciones en Perú, a las órdenes del padre Diego Bracamonte. Y lo hizo después de haber aprendido su lengua, el quichua, lengua franca de los Andes, con la que atendió la escuela pública que junto a su hermano Alonso de Zurita, también jesuita y también políglota, creó en Lima el año 1574.

Cosas que la leyenda negra contra España desconoce, naturalmente.

Y hechos concretos que desmontan esa leyenda son los llevados a cabo por los hermanos Zurita, que contra lo que pueda pensar alguien, no son una excepción sino una norma marcada por las Leyes de Indias.

Y en base al seguimiento de esas leyes, nos encontramos con que, en seguimiento a lo realizado en el virreinato del Perú por optenses que completaban la misión global de España, en la Nueva España otros con las mismas condiciones se empeñaban en la misma función, siendo que a la altura de 1616 Hernando de Santarén moría en Zorocapa a manos de los indios tepehuanes. Lo hacía siendo rector del colegio de San Felipe que la Compañía fundó en Sinaloa.

Su hermano Gregorio quedó en la Península, donde fue alcalde mayor de Salamanca y oidor de la Real Chancillería de Granada.

Más religiosos optenses se significaron en las tareas de conquista y evangelización de América, y siendo de Huete, la posibilidad de tratarse de mercedarios es notable. Así, como tal mercedario destaca Juan Bautista González del Santísimo Sacramento, que de Huete pasó a Perú en 1586.

Para 1604 quedaba presente la importancia de la ciudad cuando recibió la visita de Felipe III. 


La siguiente visita real se demoraría dos siglos, hasta que Fernando VII girara visita en julio de 1816 con motivo de su viaje al balneario de Sacedón. Durante esta visita se hizo público su desposorio con María Isabel de Braganza, que tendría lugar en Cádiz el 5 de agosto siguiente.


Pero a la altura del siglo XIX había pasado la era dorada de Huete, que había dado paso a la emigración. No obstante era un punto de paso y de control importante para las comunicaciones entre diferentes regiones, lo que motivó que en la que yo denomino Guerra franco británica para la dominación de España, vulgarmente conocida como “Guerra de la Independencia”, fuese ocupada por las tropas francesas. El mando francés había formado una cadena de puestos ocupando las localidades de Molina de Aragón, Brihuega, Huete y Tarancón, desde donde podían mantener dichos puntos comunicados y con capacidad de reunirse con una cierta facilidad si así lo necesitaba alguna de estas localidades.

Sin embargo, en 1810  Huete desoyó la orden recibida del gobernador militar reclamando la comparecencia de soldados retirados, y ya en 1812 se hizo público la extorsión a que fueron sometidos los conventos, que se concretaba en que, tras haberlos saqueado, les reclamaban todos los productos que rindiesen las rentas y propiedades de cada convento.

El convento de Santo Domingo fue utilizado como cuartel y caballerizas por las tropas francesas, sufriendo graves daños. Pero no acabaría ahí su penuria, ya que sufrió de manera directa el expolio y la persecución religiosa llevada a cabo en base a la real orden de 10 de abril de 1821. Tampoco sería el fin de su calvario, pues la persecución religiosa que en esas fechas se implantó en toda España, llevó al cierre definitivo del convento, impelido por los decretos de exclaustración de 1835. Ya en plena guerra carlista, en 1835, con la Desamortizacion de Mendizábal, la iglesia y el convento fueron enajenados y pasaron a manos particulares. 

Los acontecimientos de persecución religiosa que son detectados en Huete en esas fechas, no son distintos a los detectados en cualquier otro lugar de España, y sus principales muñidores tienen nombre y apellido.

Agustín Argüelles es uno de los principales artífices.  Fue impuesto como ministro por Gran Bretaña, de cuyo ascenso se preocupó el ministro británico Villiers; el mismo que situó a Juán Álvarez Méndez, alias Mendizábal, como ministro de Hacienda.

Y no era una cuestión vana ni casual. Juan Álvarez venía de Inglaterra, y el embajador Villiers consideraba que era 

«la única persona de este país que goza de la total confianza de los mercados financieros extranjeros, cosa absolutamente indispensable para enfrentar la presente crisis financiera.”

Procedente de Inglaterra, el 7 de septiembre de 1835 hacía su entrada Mendizábal en Madrid con soluciones económicas y ayuda militar inglesas destinadas a perpetuar la guerra civil mantenida por Isabel contra su tío Carlos, mientras en sesión parlamentaria británica, lord Palmerston reiteró la firme resolución del gobierno inglés de sostener a todo trance la causa isabelina.

Y el precio por esa “ayuda” sería pagado con lo obtenido por la desamortización que llevaría a cabo de los bienes de la Iglesia, y la llamada “junta de demolición”, convirtió los conventos en cuarteles y en plazas, ocasionando un incalculable destrozo de valores históricos y artísticos.

Ya se había llevado Inglaterra los tesoros acumulados en los virreinatos americanos, con los que a los nuevos gobiernos independientes, tanto americanos como a los de Madrid,  dio empréstitos que han sido terminados de pagar en el siglo XXI; ya se había llevado cantidades ingentes de obras de arte y bienes por un valor incalculable, por su “ayuda” contra Francia en la guerra franco británica para la dominación de España. Ahora, además, se llevaba el valor de los bienes eclesiásticos desamortizados.

Pero no se limitaban a esas actuaciones las políticas desarrolladas por Inglaterra, que llegaron a proponer al pretendiente Carlos V la creación de un estado independiente que comprendiese las Provincias Vascongadas y Navarra.

Y en medio de estas circunstancias, Huete fue centro de atención en 1837 por las circunstancias en que se vio envuelta en la primera guerra que, conocida como carlista, representó  el enfrentamiento de la España tradicional, apostólica, contra el liberalismo, apoyado y mantenido por Inglaterra.

Enfrentamiento en el que el mes de marzo de 1837, Juan de Dios Polo llevó a cabo una Incursión que le llevó a  Huete  en unos momentos previos al comienzo de la marcha de don Carlos sobre Madrid, que tuvo lugar en mayo de 1837. 

Huete, que por estas fechas contaba con 2600 habitantes, entraría nuevamente en las acciones de guerra en septiembre del mismo año, cuando los ejércitos apostólicos avanzaban victoriosos tomando multitud de poblaciones entre las que se encontraba Huete, que fue tomada durante el mes de septiembre por Ramón Cabrera, y a su ejército se unió un nutrido número de voluntarios. 

La guerra estaba decididamente ganada por las tropas apostólicas; las gentes de un Madrid absolutamente desguarnecido celebraban la victoria del ejército apostólico. Pero todo acabó siendo teatro. El 12 de septiembre de 1837, Carlos María Isidro ordenó la retirada. El motivo: había acordado con la regente Maria Cristina la boda de su hijo mayor con Isabel II.

Finalmente Maria Cristina no cumplió su parte del acuerdo y el pretendiente traicionado continuó la guerra hasta 1840.

También durante la segunda guerra carlista aparece Huete en la ruta de las tropas.

La primera república fue proclamada el 11 de febrero de 1873 con una mayoría de 257 votos contra 32. Entre los que votaron a favor se encontraba el diputado Juan Felipe Sendín García-Hidalgo, de Huete.


En 1898, en Cuba, fallecieron 5 optenses

Valentín García Collado

Juan Martín López

Vicente Rozalén Rubio

Justo Serrano Serrano

Venancio Villarreal Díaz














BIBLIOGRAFÍA:

Cid Vázquez, María Teresa. TACITISMO Y RAZÓN DE ESTADO EN LOS “COMENTARIOS POLÍTICOS” DE JUAN ALFONSO DE LANCINA. En Internet https://docta.ucm.es/rest/api/core/bitstreams/ddb251b7-60b9-4cc2-9ac9-00f8c3702376/content Visita 7-3-2025

Ortega Cervigón, José Ignacio. LA ACCIÓN POLÍTICA Y LA PROYECCIÓN SEÑORIAL DE LA NOBLEZA TERRITORIAL EN EL OBISPADO DE CUENCA DURANTE LA BAJA EDAD MEDIA . En Internet https://webs.ucm.es/BUCM/tesis//ghi/ucm-t29307.pdf  Visita 7-3-2025


QUINTANILLA RASO, Mª Concepción. El consejero Pedro Carrillo de Huete, “Halconero Mayor” de Juan II. En Internet https://eldesvandemislibros.blogspot.com/2013/12/el-consejero-pedro-carrillo-de-huete.html Visita 7-3-2025






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