miércoles, junio 03, 2026

¿Existió e influyó la masonería en las independencias de la América española?



Entiendo que la respuesta a la pregunta objeto de esta charla es meridiana para la totalidad de las personas que se la plantean. No obstante, por si acaso estoy equivocado, voy a responderla ya mismo, antes de diseccionarla: Si, la influencia fue absolutamente decisiva.

Y lo fue no sólo en la promoción directa de los movimientos separatistas y en la ejecución de las acciones conducentes a la separación, sino que ya estaba incardinada en la estructura de la monarquía desde, al menos, mediado el siglo XVIII, siendo que, si bien fue prohibida por Fernando VI, con el advenimiento de Carlos III se instaló con todo esplendor bajo la batuta del ministro Ricardo Wall, manifiesto agente al servicio de Inglaterra.

Durante el reinado de Carlos III se llevaron a cabo una serie de reformas fiscales que ocasionarían graves desavenencias y graves disturbios que tuvieron reflejo en todos los ámbitos de los virreinatos, dando lugar a conflictos entre los que podemos señalar el de la Colonia del Sacramento y las Reducciones Jesuitas del Paraguay.

Esas reformas se enmarcan en el espíritu de la Ilustración, elemento esencial utilizado por la masonería, que comenzaba a funcionar como un engranaje perfectamente engrasado y bien engastado.

 Inglaterra estaban dando muestras de un poderío que se ponía de manifiesto no sólo en el submundo, ya dominado por la masonería, sino en el dominio de los mares, algo que dejó demostrado en la guerra de los siete años con la toma de Honduras, La Habana y Manila, y con la firma del tratado de paz, que dejó a España al pie de los caballos, cediendo Florida a Inglaterra y dejando en Manila y en Cuba la retaguardia del ejército británico: banca, esclavistas y masonería.

Pero fue el dominio del submundo masónico el que daría los triunfos que mayor repercusión tendrían a largo plazo, uno de los cuales representó el triunfo de Ricardo Wall, cuya acción acabaría defenestrando a quién estaba demostrando ser un baluarte esencial de España: el marqués de la Ensenada, cuya marginación significó el punto de inflexión en el que la marina británica comenzó a señalarse por encima de la marina española. Tras la defenestración del Marqués de la Ensenada, Inglaterra dedicaba a la armada un presupuesto nueve veces mayor que el dedicado por España.

Y estamos hablando de la influencia de la masonería en las independencias de la América española… Pero es que la destrucción de España no se tramó en una década… La destrucción de España se estaba tramando desde el reinado de Carlos II, cuando la masonería no existía todavía como organización estructurada; comenzó a plasmarse a la muerte del último rey Austria, cuando el cardenal Portocarrero tomó una de las decisiones peores de su vida, marcó sus objetivos en 1711 con la propuesta para humillar a España, y comenzó a cumplimentarse en ese mismo momento con la creación de la masonería como arma para la consecución de ese objetivo.

Y la masonería se incardinó en España; los cortesanos, Ricardo Wall, el duque de Alba, el conde de Aranda, Roda, Campomanes, Jose Moñino Redondo, conde de Floridablanca, Pablo de Olavide… elementos que laboraron por minar la estructura social y tradicional de España, y generaron la creación de unas élites ilustradas, manipuladas por la masonería que acabaron posibilitando la expulsión de los jesuitas al tiempo que daban al traste con un sistema educativo que llegaba a amplísimos sectores sociales que a partir del momento se vieron condenados al subdesarrollo intelectual y a la sumisión de las nuevas élites. 


Las reformas borbónicas, creadas al amparo de esta legión de masones, comenzaron a sembrar la discordia social, y en América comenzó a crearse un sentimiento nacionalista bastardo, acción de la que fue actor principal el arequipeño Juan Pablo Viscardo y Guzmán que acabaría exiliado en Inglaterra, donde a pesar de ser jesuita y estar perseguido como católico, fue admitido sin problemas, tal vez porque su condición de masón le eximía de la persecución.


Pero las bases masónicas en América no se vieron disminuidas por la emigración de Viscardo, porque a cubrir su puesto llegaron otros, como Alexander Humboldt, casualmente hermano masón, que con la excusa de expediciones geográficas, manifiestamente desarrollaban una labor de espionaje que resultaría de vital importancia para Inglaterra.


Señalamos a Humboldt, que al fin no era español, pero junto a Humboldt podemos hablar de Juan Bautista Picornell, masón que fue desterrado de la península por hermanos masones…. ¿Con qué interés?


Picornell fue desterrado en 1796, y con él eran desterrados a Venezuela ocho masones más que iniciaron inmediatamente la labor que llevaban encomendada. Pronto el gobernador de Jamaica, sir Thomas Picton, emitió en nombre de su majestad británica su propuesta de ayuda para el levantamiento contra España.


Pero es que Jamaica siempre fue un centro de abastecimiento de los separatistas y el núcleo masónico de América. 


Ya en el siglo XIX, y bajo la dominación francesa, el dominio masónico de la cosa pública fue manifiesto… Pero la masonería acabó desestimando la opción napoleónica y se replegó a sus orígenes… y los masones, ahora abiertamente bajo la órbita británica, siguieron laborando en España con plena libertad y en movimiento permanentemente acelerado, dando sustento a lo que sus hermanos estaban llevando sobre el terreno en América.


Y en América, los movimientos secesionistas iban tomando forma gracias a las actividades de las organizaciones masónicas. Buenos Aires y Caracas serán los centros más activos, mientras México y Chile se unieron al movimiento separatista más adelante.


En Bogotá sería fundada en 1792 la logia El Arcano Sublime de la Filantropía, a la que estarían adscritos Vicente Nariño, Eugenio Espejo y Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, quién más tarde fundaría en Quito la logia “Ley Natural”, y sería en Paría, el año 1795, donde y cuando Miranda fundaría la logia Madre Hispanoamericana, que acabaría trasladándose a Londres.


Podemos referirnos, uno a uno, a todos los conocidos como “Libertadores”. Tal vez exista alguno que se libre de esa dependencia, francamente no me he introducido en todos y cada uno de ellos; lo que sí puedo afirmar es que en aquellos en los que me he interesado sí estaban relacionados. 

Desde Francisco de Miranda hasta Miguel Hidalgo, la nómina de masones se extiende geográficamente por todas las Españas, sirviendo los intereses directos de Inglaterra, y formando parte de sus ejércitos irregulares, pero no debemos limitarnos a observar esa militancia en los elementos relevantes de la acción separatista, sino que debemos observarla también en todo el entramado político y militar de la Península. No estamos señalando que los “libertadores”, de forma inconexa fuesen agentes masónicos que acometieron la ruptura de España; no estamos señalando que la acción separatista se llevase a cabo en América.

Bien al contrario, la acción separatista de América conformaba un claro triángulo entre Londres, Madrid y América.

Evidentemente, el centro estratégico estaba en Londres, y los demás no pasaban de ser agentes al servicio de los intereses británicos; así, en las Cortes de Cádiz, la mayoría de los diputados formaban parte de las logias masónicas… y posteriormente no cambió la situación. Todos jugarían su papel.

Así, en 1806 Simón Bolívar y Francisco de Miranda tomaban parte directa en la intentona inglesa de invasión de América, y en 1809 viajaban a Londres Bolívar, Andrés Bello y López Méndez, a rendir pleitesía al gobierno británico, conforme señala Daniel O’Leary, controlador oficial de Bolívar.

La dependencia de Bolívar respecto a la Gran Bretaña quedó reflejada en sucesivas ocasiones y en distintos reclamos, vergonzosas alabanzas y humillantes ofertas que repetidamente hizo a la Gran Bretaña, y que la Gran Bretaña desdeñó porque su objetivo, como acabaría demostrando, era muy superior a lo inicialmente ofrecido por su agente.

También Carlos María Alvear, General de las Provincias Unidas, escribió sendas cartas  al gobierno de Gran Bretaña y a su representante en Río de Janeiro, Lord Strangford en las que, con el mismo espíritu del agente Bolívar, reclamaba el envío de «tropas y un jefe» porque, decía: «Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes y vivir bajo su influjo poderoso».

La nómina de masones dirigiendo el movimiento separatista americano era más que nutrida, interminable; algo que, en fin, no era sino una continuación de lo acaecido en la península, donde si masón era Morillo, general que fue enviado para terminar con la labor iniciada por José Tomás Boves, aunque no queda claro exactamente en qué sentido dio fin a esa labor, cuando la situación estaba controlada en ese momento y el foco que debía ser sofocado estaba en Montevideo, masones eran los miembros del gobierno que le enviaron en una misión que a todas luces debía haberse encaminado al Río de la Plata.

Y en la península, la acción de la masonería se mostraba activa en extremo. ¿Se trataba de un activismo sin relación con los acontecimientos de América?, ¿o por el contrario significaban un apoyo al separatismo?

Los sectores liberales alimentados por las sociedades secretas de la masonería se mostraron muy activos, provocaron la desestabilización política y pronunciamientos que se repitieron durante todo el sexenio absolutista. El 25 de Septiembre de 1814 Espoz y Mina intento ocupar Pamplona; en 1815 se sublevo Porlier en La Coruña; en 1816 Richart en Madrid; en 1817 los generales Lacy y Milans del Bosch en Barcelona; la ultima en 1819 en Valencia... Todos eran masones… Pero no supieron actuar bien, ya que no contaron con el apoyo popular.


Tendrían que esperar a 1820, cuando el 1 de Enero de 1820, en Cabezas de San Juan (Sevilla), Rafael de Riego se negó a encabezar la expedición a América, lo cual tuvo gravísimas consecuencias. No fue la menor la desmoralización de las tropas de Morillo, que se encontraban sin recibir los refuerzos que tanto necesitaban, y de exaltación de los insurgentes, que consiguientemente pudieron acometer Perú por el norte y por el sur. 

Se me olvidaba decir que Rafael de Riego, ¡cómo no! era también masón, como masón era Juan O’Donoju, que tras la victoria de Riego fue enviado a México supuestamente a frente a Agustín de Iturbide, con quién acabó sellando la independencia de México.

O’Donoju que sólo sobrevivió diez días a su llegada a México, tuvo tiempo para reavivar la actuación de la masonería en la Nueva España, objetivo para el que era acompañado del médico Manuel Codorníu, personaje curioso que obtuvo su título en el Cuerpo de Voluntarios de Honor de la Universidad de Toledo de una forma similar a como los presidentes de gobierno en España obtienen hoy sus doctorados.

Codorníu sería el encargado de activar la propaganda mediante el periódico de su propiedad “El Sol”, baluarte del Plan de Iguala y de los principios liberales establecidos en España.

También se me olvidaba decir que Agustín de Iturbide era masón… como masones eran los principales políticos, que colocaron como secretario de Guerra a Antonio Olaguer Felíu, su correligionario y abierto partidario de los separatistas americanos, y masones eran Mina, Riego, Juan Martín el empecinado, y otros que en 1822 ejercieron matanzas en masa en lugares como Madrid, Pamplona, Barcelona, Valencia, Málaga o Cáceres. 

Y para redondear la actuación, ese mismo año redactaron una ley de defensa de la democracia en la que se condenaba a muerte a quien intentase alterar la Constitución.

Y sí, esa actuación tuvo especial significación en el desarrollo de los acontecimientos en América, como especial significación tendría en 1824 los acontecimientos de Lima, donde el virrey Pezuela fue depuesto ilegalmente, y su sustituto, José de la Serna procedió a licenciar a los batallones leales. ¿Era masón la Serna?

Poco después se produjo la batalla de Ayacucho. El próximo 9 de diciembre se cumplen 200 años de la misma. Es vencida por el Antonio José de Sucre, casualmente masón… Pero es que conocedores del arte de la guerra aseguran que lo de Ayacucho no fue una batalla, sino una farsa; un teatro en el que los otros actores principales, uno con presencia física, Maroto, y otro artífice pero no artista principal, Espartero, también eran masones. 

La batalla de Ayacucho será la que marque el punto final; la sentencia definitiva al desmembramiento de la Patria, y tras la misma, un jubiloso Jorge Canning dijo ante el Parlamento inglés: 

El clavo está remachado. La América española es libre, y si no gobernamos tristemente nuestros asuntos, será inglesa. 

Pero no es el punto final para la masonería; así, en 1825, Joel Poinsett, el primer embajador de los Estados Unidos en México, y conocido genocida de los indios residentes en las antiguas posesiones españolas del Misisipi, impulsó la creación de una logia del rito de York, para lo que recibió el apoyo de lo más granado de México, entre quienes destacaba Ignacio Esteva, ministro de Hacienda; Miguel Ramos Arizpe, deán de la catedral de Puebla, y José Antonio Mejía, y sobre todos ellos Guadalupe Victoria.

La separación de América, así, fue un amasijo de mentiras y traiciones muñidas por la acción de la masonería al servicio de Inglaterra, que, con un sistema de propaganda envidiable, erradicó, al menos hasta el momento, la cultura y la capacidad de crítica de las gentes, para cuyo manejo se amañó la historia y se asumió la leyenda negra creada por los enemigos de España como si se tratara del Santo Evangelio.

Y lo curioso es que, del mismo modo que nadie puede decir que los ejércitos británicos, como tales, participaron en el expolio, nadie puede decir que la masonería británica fue la responsable del mismo. Y es que debemos convenir que la independencia hispanoamericana estuvo promovida y organizada por Inglaterra a través de los masones criollos, a quienes habían adiestrado convenientemente en la misma Inglaterra, justo en unos momentos que, dato curioso para la historia, España e Inglaterra estaban aliadas en su lucha contra Napoleón. 


Y sí, en estos hechos tuvo significación alguien que, como en el caso de Espartero,  no estaba presente en esos momentos en Ayacucho. No es por casualidad el haberlo relegado cuatro años en el relato.


El 8 de septiembre de 1820, las tropas de José de San Martin desembarcaban en la ciudad de Pisco; y el 10 de septiembre llegaban a Peru. Acto seguido, las brigadas masónicas propiciaban que el 9 de octubre de 1820 estallase la rebelión en Guayaquil.


Vamos a introducirnos ahora en un terreno espinoso que comporta repentinas y radicales enemistades incluso entre algunas personas que de forma sincera se manifiestan coincidentes en la cosmovisión.

Necesariamente debemos tratar el tema de la masonería en el ámbito de los conocidos como “libertadores”.

Lo curioso es que la pertenencia a la masonería de la práctica totalidad de los mismos es reconocida y asumida con normalidad también por la práctica totalidad de quienes abordan la cuestión.

El asunto se complica cuando la evidencia de esa militancia la aplicamos en concreto a uno de los “libertadores”, cuya actuación estuvo siempre, y de forma manifiesta, rodeada de masones, aunque él jamás se manifestó públicamente como tal. Ése, y sólo ése es el argumento al que se anclan sus fieles para defender la figura de quién manifiestamente, además de traidor a la Patria era manifiestamente masón.

No vamos a alargar el misterio de su nombre, entre otras razones porque estoy convencido que ahora mismo está fijado en la mente de todos los presentes. Espero que nadie se rasgue las vestiduras cuando pronuncie su nombre. Antes de hacerlo debo garantizar que he llegado a la conclusión sin ánimo avieso alguno, con auténtica independencia de criterio, dado que mi aversión hacia el personaje, que debo reconocer previa al estudio, no procede de su militancia en grupo alguno, sino de su actuación global como traidor a la Patria.

Bien, el personaje no es otro que José de San Martín, auténtico artista en el masónico arte del engaño.

Podríamos charlar del asunto largo y tendido, pero tenemos el tiempo que tenemos y sólo podemos señalar de refilón la infancia que vivió en el Río de la Plata, los problemas económicos familiares que no impidieron su inscripción en un colegio de élite de Madrid, el Seminario de Nobles, que en rigor, además, le estaba vetado.

Podríamos hablar de la inexistencia de su partida de nacimiento; podríamos de hablar de de Diego de Alvear… y de Carlos Mª de Alvear… Pero ello nos alargaría demasiado… aunque esos nombres anclan el de San Martín en la masonería.

Anclaje que se ampliaría constantemente, y muy en especial en 1808, cuando tomó parte en el fraude de la batalla de Bailén, que sí, se produjo, pero que tuvo un final pactado, no una victoria.

La masonería no andaba lejos del manejo, y fue ahí donde conoció a James Duff, inglés general del ejército español, y lógicamente masón, que lo guiaría en su devenir para mejor servicio a los intereses de la Gran Bretaña. 

Contactaría con Arthur Wellesley, curiosamente también masón y capitán general de los ejércitos de España, bajo cuyo auspicio, y al lado de Diego de Alvear, cuya relación con San Martín es digna de estudio, creó la Logia de los Caballeros Racionales en Cádiz.

Sus relaciones se ampliaron; así, combatió a las órdenes de William Carr Beresford, masón cuyo nombre, tal vez, suene especialmente a los naturales del Río de la Plata.

Estas relaciones acabarían comportando que San Martín, teniente coronel del ejército, en 1811, en plena guerra contra un invasor extranjero, pidió y consiguió la baja del ejército. La pregunta que suscita el asunto en alguien como yo, que no tiene el menor conocimiento del ejército, es si acaso es muy común la concesión de esas bajas en semejantes circunstancias. 

Si es normal no tengo nada que objetar. Que no lo sea es la versión que, a mí, me hace cavilar. ¿Quién posibilitó que sucediese tal cosa?, y casualmente la respuesta implica a uno o varios masones; a uno o varios ingleses.

Pero es que el asunto no termina en la licencia de un oficial en plena guerra, sino que sigue con el mensaje encriptado en la motivación de su solicitud de licencia… Debía acudir a Lima a resolver unos asuntos familiares… ¿Y qué tenía en Lima un hombre de 33 años que lo más cerca que había estado de esa ciudad era en Buenos Aires?, ¿alguien que había partido del Río de la Plata con siete años y con toda su familia?, ¿alguien que lo máximo que podía conservar de América era algún recuerdo lejano?

La referencia que hizo a Lima en sus motivaciones para pedir la baja en el ejército hace pensar si ya le había sido avanzada la misión que tendría que llevar a cabo en su servicio a Inglaterra.

Lo que sí parece evidente es que San Martín poseía unas cualidades militares extraordinarias que Inglaterra supo detectar a pesar del mediocre desarrollo que había tenido en el ejército español. Esas cualidades serían desarrolladas en exclusiva al servicio de los intereses británicos.

Si raras son las motivaciones argüidas para solicitar el retiro y raro que le sea admitido el retiro; raro es que pase a vivir en el número 23 de la calle Park Road en el distrito de Westminster en Londres, y raro que viviese sin contar con medios económicos. ¿Quién corrió con esos gastos?

Curiosamente un personaje que ya hemos visto presente en la batalla de Bailén: James Duff, gran maestre de la Gran Logia de Escocia.

Y en Londres, en la logia Gran Reunión Americana, fundaría la Logia de los Caballeros Racionales nº 7 junto a Alvear, Zapiola, Andrés Bello y otros. ¿Tan sólo eran amigos y San Martín pasaba por allí y como eran todos amigos se tomaron una pinta? 

Lo que importa es que en Londres sería instruido por Inglaterra en el conocimiento del Plan Maitland, tras lo cual, y sin inscribirse en la masonería, partió a Buenos Aires en una fragata británica, rodeado de masones, para encontrarse con más masones con quienes, en completa armonía llevarían a cabo las instrucciones recibidas de Inglaterra.

No podemos afirmar, así, que San Martín fuese miembro de la masonería, porque según nos informan los panegiristas, las logias en las que indiscutiblemente tomó parte, no son estrictamente de obediencia masónica reconocida. El hecho que todos los miembros, menos San Martín, sean reconocidos como masones, es una circunstancia menor que no determina nada… Aunque no todos comulguen con el aserto.

Y tras la toma de Lima y el traslado de los tesoros virreinales a Inglaterra, marchó también él a Inglaterra, para no volver jamás a América. El servicio había sido cumplido a la perfección. Al mismo dedicó cinco escasos años, durante los que, además de su hazaña en Lima, dio un golpe de estado, desobedeció las órdenes del gobierno al que presumiblemente servía y separó Chile del Río de la Plata.

Ahora le tocaba desempeñar otros trabajos de menor envergadura, pero también al servicio de la corona británica. En esta ocasión, en Europa, donde serían reconocidos sus servicios con la emisión de una medalla emitida por la masonería belga, para la que posó voluntariamente.

Toda la vida y actividad de José de San Martín está trufada de actuaciones extrañas; siempre estuvo rodeado de personajes que sin lugar a dudas fueron miembros activos de la masonería… y San Martín fungía como su superior… pero el dato definitivo que documente fehacientemente su pertenencia a la masonería no existe.

Entonces… Todo lo señala como masón activo y disciplinado, pero algunas personas con las que la coincidencia por la reconstrucción hispánica es indiscutida, estiman el reconocimiento de ese hecho como un insulto infame. 

¿Qué hacer? Posiblemente sólo queda aplicar lo que señalaba el anuncio de un juego  que se hizo popular en las televisiones de España. Para evitar que su dueño se lo llevase y dejase a los demás sin poder jugar, éstos le decían: aceptamos pulpo como animal de compañía.


0 comentarios :

 
;