El
sustantivo “absolutismo” proviene del adjetivo “absoluto”, que la Real Academia
define como “ilimitado, que excluye cualquier relación”, y dicho de un rey,
“que ejerce el poder sin ninguna limitación”.
Se hace necesario señalar que esa situación no se ha producido jamás en España, merced a que las restricciones al poder real existentes a lo largo de los tiempos han sido considerables.
Los
gobiernos absolutistas se significan por la inexistencia de poderes públicos
que sirviesen de conexión entre el pueblo y el rey. El absolutismo pleno lo
encontramos en la Francia del siglo XVII, bajo el reinado de Luis XIV, que ha
pasado a la Historia por su célebre frase “El Estado soy yo”.
Pero esta
situación no solo la vemos en Francia, siendo que varios estados europeos como
Rusia, Prusia, Suecia o Inglaterra aplicaron la fórmula absolutista.
El
desarrollo del absolutismo se lleva a cabo como evolución del sistema feudal, que
en España podemos afirmar que no existió, salvo en los condados pirenaicos
sometidos al poder franco.
La evolución
de la Reconquista representó una evolución de la legislación que daba a las
poblaciones unas libertades y unos derechos propios que se plasmaron en la
concesión de fueros, unos pactos entre las ciudades y el rey, que obligaban a
ambas partes y que hacían que situaciones de servidumbre fuesen sustituidas por
las de servicio a la corona, que obligaba a los súbditos a atender al rey en su
lucha contra el invasor árabe, y que crearon figuras que tuvieron importante
significación en la Reconquista, como fue el caso, de los caballeros villanos.
Los pueblos
pactaban con la corona unos fueros que debían ser jurados por el rey cuando
ascendía al trono, y de ellos se hacía uso con fruición, siendo que, cuando el
rey necesitaba un apoyo específico concreto debía negociarlo con quienes debían
prestárselo. Así, nos encontramos a Carlos I peregrinando por los distintos
reinos en demanda de dinero para coronarse rey del Sacro Imperio… y en esta
ocasión, por motivos que ahora no es el caso detallar, se provocó una guerra,
la de las Comunidades de Castilla, cuyo final significó que Carlos dejara de
ser ”de Gante” para ser auténticamente Carlos I de España. Reafirmó su
autoridad reconociendo derechos que anteriormente había conculcado.
Mediado el
siglo XVII, España comenzó a conocer las derrotas en el mundo; la energía de la
casa de Habsburgo había decaído y los validos intentaban suplir las necesidades
sin conseguirlo, con lo que llegaban las paces humillantes de Westfalia, de
Munster y de los Pirineos.
Esa era la situación de España el
día 6 de Noviembre de 1661, cuando nació Carlos II y La “Gazeta de Madrid”
señalaba que: “un robusto varón, de
hermosísimas facciones, cabeza proporcionada, pelo negro y algo abultado de
carnes” había nacido; apreciación que no era
compartida por todos, ya que el embajador de Francia escribía: ”El Príncipe parece bastante débil; muestra
signos de degeneración; tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de
costras y el cuello le supura (…) asusta de feo”.
Su reinado, iniciado en 1665,
estaría perpetuamente trufado de conspiraciones, algunas auspiciadas por la
propia reina María de Austria y de su particular valido, Juan Everardo Nithard,
a quién de forma ilegal nombró Inquisidor General.
Era el momento que había estado esperando Europa para acabar
con España. El emperador Leopoldo y Luis XIV signaron el primer tratado de
partición de España por el cual Francia pasaría a poseer Flandes mientras
Leopoldo quedaría como rey de España a la muerte del enclenque Carlos II. Pero
si la guinda iba a esperar, no tenía por qué esperar el resto de la tarta; así,
el año 1667, Luis XIV de Francia reclamó Flandes, Brabante y el Franco-Condado
como supuesta dote de su mujer, y en un paseo militar, invadía Flandes y tomaba
el Franco Condado, al tiempo que invadía Cataluña. Para redondear el
asunto, en 1668, tres años después de la muerte de Felipe IV, Mariana de
Austria daba por buena la secesión de Portugal en unos momentos en los que,
dada la situación de Portugal, un mínimo esfuerzo hubiese podido acabar con los
intentos secesionistas, pero el fuego prendía por todas partes a la par de la
incompetencia o la mala fe administrativa.
El único que parecía ir contra
corriente era el rey, pues, dentro de su inmensa debilidad, Carlos resistiría
vivo, a duras penas, hasta el año 1700. La Guerra de Sucesión tendría que
esperar cuatro décadas…
Mientras tanto, con el Tratado de
Nimega de 1678 España había perdido el control de Franco Condado y de varias
ciudades en Flandes y daba a Francia la mitad de La Española, Haití, que
acabaría convirtiéndose en un núcleo del esclavismo francés, al tiempo que la
crisis económica extendía el hambre entre el pueblo.
Las crisis de gobierno se sucedían y
los ataques por parte de las potencias europeas no cesaban; en 1684 Francia
hostigaba Flandes, Navarra y Cataluña, tras lo cual, en el tratado de
Ratisbona, España entregaba a Francia Estrasburgo, al tiempo que renunciaba a
la posesión de Luxemburgo.
En 1697 las tropas francesas
ocuparon Barcelona, y el curso de la guerra, desastroso para España, dio lugar
a las negociaciones de paz de Ryswick, donde Francia, “generosamente”, y
conociendo al detalle la situación de Carlos II y actora principal de los
tratados de reparto, devolvió a España los territorios que habían sido ocupados
en la guerra, aparentemente sin compensación alguna.
Es en estos momentos cuando entra en
escena un personaje que resultará esencial en los acontecimientos de cambio de
dinastía: El cardenal Portocarrero, arzobispo de Toledo, que en 1676 había sido
virrey de Sicilia, a la que pacificó tras la rebelión de Mesina, que con un
carácter estrictamente fiscal se había producido en 1674 y había sido apoyada
militarmente por Luis XIV de Francia. Finalmente, ante la imposibilidad de
lograr su objetivo de dominar Sicilia, Luis XIV se retiró en medio de la
desesperación de los sediciosos.
Es en 1697 cuando, inducido por
Portocarrero, Carlos II dictaba su primer testamento a favor de José Fernando
de Baviera, que al fallecer en 1699 dio lugar a que le fuesen planteados tres
candidatos: el emperador Leopoldo, el rey de Francia y el hijo del duque de
Baviera, siendo que los tres eran aborrecidos por Carlos II.
Mientras, los sempiternos enemigos
de España se repartían el pastel y firmaban el Tratado de Partición de Londres
de 1700, en el que se reconocía como heredero al Archiduque Carlos, a quién se
le otorgaba la península, los Países Bajos y las Indias, mientras Nápoles,
Sicilia y Toscana serían para el Delfín, y Leopoldo, duque de Lorena, recibiría
Milán a cambio de ceder Lorena y Bar al Delfín. Estos acuerdos fueron tomados
por Francia, Holanda e Inglaterra, pero el Emperador reclamaba la totalidad de
la herencia española ya que, animado por los entresijos cortesanos, confiaba
que Carlos II nombraría heredero universal al archiduque.
En este maremagno, el cardenal Portocarrero
denunciaba la degeneración que España sufría en todos los ámbitos. Partidario
de la meritocracia, se obstinó en apartar a los mediocres y se presentó a sí
mismo como candidato a asumir las más altas responsabilidades del estado,
marcándose como meta unificar las leyes de todo el reino.
La crisis era manifiesta, y se
conformaron dos partidos que, ante el
manifiesto deterioro de Carlos II, atendían el hecho sucesorio.
Esos
debates hicieron que en 1696 fuese designado heredero José Fernando de Baviera,
el sobrino-nieto de Carlos II, que contaba 4 años de edad, siendo rechazado el
otro candidato, el archiduque Carlos de Austria, apoyado por el almirante de
Castilla.
Pero la
muerte del candidato, supuestamente envenenado en 1699 por orden de Luis XIV de
Francia, truncó todas las expectativas, y Portocarrero optó por un gobierno
fuerte, para lo cual veía imprescindible la alianza con Francia.
España
se quedaba sin rey y ello señalaba el principio de la fragmentación, siendo que
cada cual estaba dispuesto a reclamar sus derechos. Algunos comenzaban a hacer
movimientos: Inglaterra y Holanda ofrecieron sus armadas para garantizar la
sucesión, mientras la reina Mariana de Neoburgo enviaba
al duque de Medinaceli, virrey de Nápoles, la orden (desoída) de albergar
tropas enviadas por el emperador Leopoldo.
El nombramiento
de heredero se hacía perentorio, y a punto de morir, el tres de Octubre de
1700, Carlos II dictó testamento a favor del duque de Anjou, recayendo la
responsabilidad de gobernar entre tanto en el cardenal Portocarrero, que según
relata algún historiador, hizo demasiadas ofertas a los distintos grupos
políticos, que a la corta acabaron pasando factura. El testamento marcaba que
en el caso de que éste muriese sin descendencia, sus derechos pasarían a su
hermano menor el duque de Berry, tras el cual, y a falta de descendencia, la
herencia sería otorgada al Archiduque Carlos de Austria, quedando como última
posibilidad el duque de Saboya.
Podemos preguntarnos qué pasaba con
las Cortes del reino. Debemos tener en cuenta que, tradicionalmente, en España
se entendía al pueblo español como protagonista último de la Monarquía
Hispánica, y siempre pervivió la idea que proponía la instauración de la Monarquía
electiva del tipo visigodo, siempre evitando el “morbus gothorum” que la
emponzoña; algo que, con el transcurso del tiempo y ante el hecho conocido de
las limitaciones de Carlos II, y la actuación de sus sucesores, se presenta
como idea a considerar.
Hubo quien, en el Consejo de Estado,
propuso la convocatoria de Cortes para tratar de la sucesión de Carlos II, pero
esto no era del agrado de la mayoría, que consideraba la cuestión como de una
herencia particular, y entonces fue cuando el conde de Frigiliana, al ver que
se reprochaba lo que era calificado de idea y que en realidad era un principio
que había sido la base constitutiva de la antigua monarquía española, exclamó
lleno de indignación: hoy habéis destruido la monarquía.
Carlos II moriría el 1 de noviembre
de 1700, y contraviniendo el derecho al no
haberse convocado cortes que eligiesen nuevo rey, subió al trono la dinastía
Borbón en la persona de Felipe V, nieto del rey Sol, Luis XIV, el adalid del
absolutismo, que alargaría su mandato sobre España.
Sin embargo, las condiciones impuestas por el cardenal Portocarrero para aceptar
como rey a Felipe V se cumplieron; a su llegada, el Consejo de Despacho estuvo
constituido sólo por españoles durante un corto período de tiempo, pero desde
finales de 1701, los embajadores franceses empezaron a asistir a sus reuniones,
y en enero de 1703 Portocarrero dimitió de su puesto en protesta por la deriva
del Consejo, que iba nutriéndose de franceses enviados por Luis XIV, quién
ejercía sobre su nieto Felipe V una influencia que no había sido calculada por
Portocarrero.
Hasta el
momento, el gobierno de las Españas tenía una estructura que tomaba cuerpo en
el conocido como sistema polisinodial, que tiene su origen en el siglo XV,
cuando la
Monarquía Hispánica estaba convenciendo y convenciéndose de sus posibilidades,
uniendo territorios que no renunciaban a su peculiar estructura política, se
presenta como necesaria la creación de órganos de administración novedosos y
capaces de armonizar las peculiaridades de todos.
Un sistema administrativo central
que coordinaba una red de organismos colegiados, los conocidos como Consejos,
algunos provenientes de las anteriores administraciones que se multiplicaban y
se acoplaban a la nueva realidad cambiante de los siglos XV-XVI, y que permitían
a la autoridad real alcanzar los más distantes puntos de unos reinos en los que
comenzaba a no ponerse el sol, y todo, consecuencia del desarrollo de juntas y
consejos que sirvieron, en su desarrollo, como un verdadero “sistema de frenos
y contrapesos”, “principio de separación de poderes”, no postulado
teóricamente, sino nacido y desarrollado de acuerdo con las necesidades de la
realidad.
El permanente ensanche de los reinos
imposibilitaba cada día más la presencia física del rey en todos ellos, lo que
propició en principio el desarrollo de la figura del virrey, que si hasta la
fecha era desconocida en Castilla, era habitual en la Corona de Aragón, donde
delegados del rey gobernaban en su nombre cuando no estaba presente, y eran el
alter ego del propio rey.
Y fue con Carlos I cuando la figura
del virrey conoció mayor extensión, ya que virrey había en Aragón, Valencia,
Mallorca, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, y también Cataluña lo tuvo a partir de
1520, anticipándose al virreinato de la Nueva España, creado en 1535 y al del
Perú, creado en 1542, siendo que los caciques, tlatoanis, Incas y curacas,
todos de origen indígena, integraban la administración americana.
La organización sinodial pasó por
varias etapas y tomó diversas formas, como consilium regis, palatium regis,
aula regis, curia regis, senatus, es decir, un híbrido entre la asamblea
germana, el senado romano, y el concilio eclesiástico. Y los virreinatos
conformaban una estructura política sujeta a los Consejos, que se estructuraban
en el conocido como Sistema Polisinodial, el sistema político que había regido
España desde los Reyes Católicos.
Esos
tiempos se acababan y llegaba a España un
régimen de absolutismo apuntando
a
la eliminación de las
Cortes y de los consejos reales
y a
la creación de ministerios
cuyo desarrollo natural nos lleva a los
decretos de Nueva Planta, para cuya aplicación la nueva
monarquía reinante se basó en los derechos de conquista.
Y es que El conflicto, que
probablemente hubiese podido soslayarse con la convocatoria de Cortes, estaba sentado. Lo que no resolvieron la
cortes tuvo que resolverlo las armas, ya que tanto Luis XIV de Francia como el
emperador Leopoldo I estaban casados con infantas españolas hijas de Felipe IV,
por lo que ambos alegaban derechos a la sucesión española (asimismo, las madres
de ambos eran hijas de Felipe III).
Tanto Leopoldo como Luis estaban
dispuestos a transferir sus pretensiones al trono a miembros más jóvenes de su
familia (Luis al hijo más joven del Delfín, Felipe de Anjou, y Leopoldo a su
hijo menor, el Archiduque Carlos).
El por qué Carlos II testó a favor
del duque de Anjou pretende aclararlo Mª Anne de
Y
si los porqués son señalados por madam de la Trmoille, los qués son dictados
por Luis XIV, que aceptó la voluntad de
Carlos II presentando en la corte a su nieto, de diecisiete años, con estas
palabras: Señores, aquí el rey de España». Entonces le dijo a su nieto:
«Pórtate bien en España, que es tu primer deber ahora, pero recuerda que
naciste en Francia, para mantener la unión entre nuestras dos naciones es la
manera de hacerlos felices y preservar la paz de Europa.”
Mientras, el parlamento inglés
trataba el asunto señalando que serían
los Franceses dueños de Indias, del Mar Mediterraneo, el Adriatico, y Jonio, y
se aprovecharian, con nuevas Fabricas, de las Lanas de España. Los principios
que se consolidarían posteriormente en las guerras separatistas de América ya
se mostraban un siglo antes. Poco después, por parte del Foreing Office se
procedería a la creación de la mejor arma al servicio de Inglaterra: la
masonería, y a la redacción del “proyecto para la destrucción de España”.
Al fin, el absolutismo se asentaba
en España con el beneplácito de propios y extraños, siendo reconocido por todas
las potencias europeas, incluidas Inglaterra y Holanda, menos por el emperador
Leopoldo y sus allegados, quienes proclamaron que el rey no estaba en posesión
de sus condiciones mentales cuando nombró sucesor.
Una vez cambiada la dinastía, las
intrigas se convirtieron en guerra internacional extendida por media Europa.
Pero las intrigas no se desvanecieron en la corte del nuevo rey, sino que ésta
pasó a ser el centro neurálgico de los advenedizos, franceses y afrancesados
por una parte y españoles por otra, cuyas miras personales se sobreponían a las
miras de interés nacional. Curiosamente, al final del periodo, sería Felipe V
quién, como en un espejismo, diese una sensación de dignidad patriótica.
Cuando el 16 de noviembre de 1700
subió al trono Felipe V, Mª Anne de la Trémoille, sería nombrada por Luis XIV
de Francia camarera mayor de aquel, con el encargo de tutelar al joven rey;
posición que sería confirmada cuando Felipe casó con Maria Luisa Gabriela de
Saboya, el once de Septiembre de 1701.
Situada en su puesto de control
absoluto se rodeó de sus adeptos quienes, como es el caso del conde de
Montellano y de Juan Orry, acometieron reformas tendentes a limitar las
corruptelas que infestaban la corte. Se pretendió hacer una profunda reforma
administrativa bajo la dirección de Orry, que redactó detallados informes donde
aconsejaba la centralización de la administración así como la reforma del
sistema de gobierno basándose en el modelo francés, apuntando la eliminación de
los consejos reales y la creación de ministerios, aspectos que alarmaron a la
enquistada nobleza, y cuyo desarrollo natural nos lleva a los decretos de Nueva
Planta.
Todo lo que se había pactado Portocarrero
era desechado por los advenedizos aportados por la princesa de los Ursinos,
cuyo control sobre el poder llegó a anular todos los despachos de Felipe V en
1703, en los que atendía algunas indicaciones del cardenal.
El absolutismo se mostraba en todo
su esplendor, y su máximo representante, evidentemente no era Felipe V… como no
era Mª Anne de la Tremoille. El único soberano era Luis XIV de Francia, que
informado sobre la situación, y siendo que era manifiesto tutor de la monarquía
española, escribía a su nieto: “Os amo
con sobrada ternura para decidirme a abandonaros, y sin embargo, me obligareis
á ello, si no me hallo enterado de lo que pasa en vuestro consejo; lo que
tendría que suceder, si quitáis al cardenal Estreés la franca entrada que hasta
ahora ha tenido, no solo a él, sino también al duque de Harcourt y Marsin; en
este caso me veré en la necesidad de suprimir el destino del embajador en
Madrid.
Portocarrero acabó excluyéndose al
observar que lo pactado para aceptar la coronación de Felipe V era desatendido
en su totalidad, con lo que la asunción de la casa Borbón a la corona de España
no dejaba de ser una clara usurpación, exenta de todo tipo de derecho. Una
confirmación de lo anunciado por el conde de Frigiliana, que en su momento
exigía la convocatoria de Cortes para tratar de la sucesión al trono.
Pero la desfachatez era absoluta, y
en absoluto era ocultada. El rey de Francia exigía al rey de España ¡le
mantuviese informado de lo que sucedía en el Consejo de Estado!
Las instrucciones que emitía Luis
XIV eran determinantes; por ejemplo, “el
embajador de Francia ha de ser ministro de Su Majestad Católica, y es preciso
que, sin tener el título, ejerza las funciones, ayudando al rey de España a
conocer el estado de sus negocios y a gobernar por sí mismo.” Pero la influencia sería mayor. “La otra vía principal para hacer llegar la
autoridad de Luis XIV fue la correspondencia dirigida a Felipe V. Aunque el
envío de estas cartas se había iniciado con la partida de éste de Versalles, al
igual que ocurría con la mantenida con otros miembros de la familia real –en
especial con su padre, el Delfín; sus hermanos, los duques de Borgoña y Berry;
o madame de Maintenon–, las urgencias de la guerra desde finales de 1701
otorgarían mayor trascendencia a este canal de comunicación entre ambos
monarcas. A partir de esas fechas y hasta bien avanzada la Guerra de Sucesión,
Luis XIV utilizó este recurso para tratar de gobernar la Monarquía española y
orientar las decisiones políticas de su nieto. A veces el tono empleado es
claramente conminatorio, fundamentalmente cuando estaban en juego importantes
intereses franceses o se censuraban posiciones de Felipe V y sus ministros no
compartidas en Versalles.
Pero el control no se hacía sólo
desde la distancia. La de los Ursinos, controlaba todo en Madrid, aunque en su
beneficio hay que señalar que procuraba reestructurar los organismos del
estado, que desde siempre habían adolecido de graves carencias.
Sin ningún tipo de tapujo, Luis XIV
de Francia hacía y deshacía en los asuntos que, en principio, correspondían al
rey de España, Felipe V, su nieto, carente de espíritu salvo para obedecer las
instrucciones recibidas de Francia. Siendo así, y como consecuencia de la
pérdida de Gibraltar el cuatro de agosto de 1704, Luis XIV impuso el cambio del
gobierno, en el que figuraría el embajador francés, duque de Grammont, a quién
seguiría una cohorte de funcionarios franceses que reforzarían su presencia en
España.
Y si era manifiesta la presencia de
funcionarios franceses, no es de extrañar que la legislación cambiase también
en ese mismo sentido, siendo que el decreto de 29 de Junio de 1707 señala:
“tocándome el dominio absoluto de
los referidos reinos de Aragón y Valencia, pues a la circunstancia de ser comprendidos en los
demás que tan legítimamente poseo en esta monarquía, se añade la del justo derecho de la conquista que de ellos han hecho
últimamente mis armas con el motivo de su rebelión”
En esos
momentos fueron implantados los decretos de Nueva Planta con los que quedaron
alterados los instrumentos de la administración territorial, que en gran medida
fueron adaptados a las costumbres de
Castilla, y que fueron impuestos en Valencia, Aragón, Cataluña y Baleares,
derogando todos los fueros.
La autoría
espiritual de los decretos de Nueva Planta es de Melchor de Macanaz, que con el
apoyo de Francisco de Ronquillo, empezó a estudiarlos el año 1701, al acceder
Felipe V al trono, y sin mediar ningún conflicto bélico. No son así, un castigo
a los vencidos, sino un proyecto previo entendido como innovador, que el
absolutismo borbón presentó como una
imposición y como un castigo.
Para desgracia
nacional, se presentaba como un botín de guerra una reforma administrativa, que
de otra forma hubiese significado exclusivamente un cambio novedoso, acertado o
erróneo, pero innovador… Y por cierto, cambio que también traía en sus
proyectos el archiduque Carlos.
Al
compás de estas actuaciones, el desarrollo de la guerra de Sucesión era dispar;
así, en 1706, y a espaldas de España, Luis XIV de Francia,
el abuelo de Felipe V, pactó con el archiduque, y como consecuencia, el duque
de Orleáns entregó el Milanesado, del que el príncipe Eugenio tomaría posesión,
como también del condado de Final en nombre del Archiduque el 16 de Abril de
1707, tras haber evacuado en orden las tropas francesas que defendían los
intereses de España. La Lombardía dejaba de formar parte de la Monarquía
Hispánica.
Y sí, Felipe V quedó excluido de la toma de decisiones
tan trascendentales para España. Sobre el asunto decidía su abuelo, Luis XIV de
Francia. El príncipe Vaudémont, comandante supremo del ejército español en el
norte de Italia, se limitó a comunicar a posteriori a Felipe V la decisión de
su abuelo, y a dar por sentada la aprobación del rey habiendo precedido una
orden de Luis XIV.
Tras el Milanesado, y a pesar de los
esfuerzos del marqués de Villena, cayó también Nápoles en manos del archiduque
cuando, el 26 de Junio de 1707 entró en Nápoles un ejército austracista. Pero
el Archiduque no pudo tomar Sicilia, que se mantuvo fiel a Felipe V hasta el
final de la guerra.
Tras los servicios prestados en el
Milanesado, el duque de Orleáns (tío de Felipe V) pasaría a comandar las tropas
francesas en la batalla de Almansa
(25 de abril de 1707), desbancando a Berwick.
Si en Italia los asuntos de España,
manejados por franceses, no iban nada bien, las cosas en Flandes, con los
asuntos españoles manejados por los mismos que manejaban los de Italia, no iban
mejor. Marlborough se hizo sin mucho esfuerzo con Brabante en Septiembre de
1706.
Los avances aliados iban
produciéndose en todas las posiciones periféricas mientras la península llevaba
su propio ritmo, absolutamente desacorde.
En lo tocante a Cerdeña no hubo
ningún tipo de movimiento hasta la entrada del archiduque en Barcelona en 1705,
cuando la nobleza de Cerdeña, que no se había mostrado partidaria de ninguno de
los contendientes, tomó partido por el Archiduque. Pero no cambiaría la
situación hasta el 12 de Agosto de 1708, cuando una escuadra anglo holandesa
tomaba Cáller. Sería retomada el 29 de Septiembre de 1717, pero de nada
serviría, porque el tratado de Rastadt, y la conferencia de Londres de 1718
asignaban Cerdeña al duque de Saboya.
Por el norte, en 1708 los aliados
infligieron severas derrotas a los franceses en los Países Bajos españoles,
dejando abierta la frontera francesa a los aliados, ante lo que Luis XIV buscó
la paz, a la que los holandeses sólo accedían si obtenían para el archiduque
España y las Indias, separando los reinos europeos que formaban parte de la
corona española.
Entre tanto, los moros, con auxilio
de ingleses, alemanes y holandeses, y con complacencia francesa, tomaron Orán
en 1708. Y las tropas francesas en Flandes perdían posiciones en beneficio de
los ingleses. Y los ingleses se hicieron también con Gibraltar y con Menorca.
Todas estas
circunstancias se desarrollaron durante el transcurso de la Guerra de Sucesión,
en medio del absolutismo Borbón, que tras el humillante tratado de Utrecht de
1713, ratificado en 1715 en Rastatt.
Era el principio del
absolutismo, periodo en el que se conocerían diversas actuaciones, no todas
negativas, siendo que en el ámbito territorial, a pesar de haber contado con el
periodo de máxima extensión del Imperio Español, podemos afirmar sin temor a
equivocarnos que estamos en periodo de manifiesta recesión, como hemos podido
comprobar hasta 1715 con el tratado de Rastatt.
Acabada la Guerra de
Sucesión con las pérdidas señaladas y con la apertura de las puertas a la
acción de Inglaterra, se conocerían, no obstante, hasta cinco grandes
enfrentamientos militares con Inglaterra a lo largo del siglo XVIII. Y también
se llevarían a cabo por parte de la monarquía de actuaciones que para el
carácter español resultan humillantes y vergonzosas. Entre ellas podemos
destacar la guerra guarínita, que podemos calificar como guerra contra España encabezada
por la misma corona; actuación que tuvo lugar como una muestra más de la
actuación de los principios que acabarían siendo conocidos como ilustrados, que
fueron aportados por el absolutismo de la casa Borbón, y que conoció especial
desarrollo durante los reinados
de Carlos III y Carlos IV.
Entre los personajes ilustrados encontramos algunos que
desarrollaron una actividad que en conjunto fue positiva para España; uno de
ellos es Zenón de Somodevilla y Bengoechea,
personaje que en 1731 participó en la
organización de la escuadra que reconquistó Orán, lo que le reportaría un ascenso como comisario que le permitió
coordinar la Marina y el Ejército, en cuya labor organizó la escuadra española destinada a
reconquistar Nápoles para el príncipe Carlos (el futuro Carlos III), que le
nombró marqués de la Ensenada.
Gran
estratega, fue responsable de las nuevas ordenanzas militares, del
fortalecimiento de la hacienda pública y del poder real, lo que inevitablemente
le acarreó la enemistad de Inglaterra y de los miembros anglófilos de los altos
cargos del estado, cuyas intrigas, finalmente, acabarían acarreándole el
destierro al Puerto de Santa María,
acusado de infidelidad con motivo de la guerra guaranítica, que tuvo lugar entre
1752 y 1756 y al haber sido acusado el marqués de la Ensenada de gestar una
guerra contra Inglaterra.
El
embajador inglés Keenes prometió que aportaría la prueba que demostraba que
Ensenada había dado órdenes ofensivas a la escuadra de La Habana para que
atacara a los ingleses en Mosquitos, lo que hubiese significado un grave
conflicto.
Naturalmente,
la prueba prometida por el inglés no vería nunca la luz, siendo que la verdad
del cuento la señala Cesáreo Fernández Duro, que reconoce a Ensenada como el
más grande organizador de la Armada española. Esa fue la principal causa de la
conspiración que tuvo lugar el 20 de julio de 1754, cuando tras no ser recibido
por Fernando VI, fue detenido por tropas enviadas por Ricardo Wall, con la
acusación de hacer la guerra sin conocimiento del Rey, lo que es un delito de
alta traición.
El
motivo de esa guerra, acaecida en el Amazonas, fue que Inglaterra
estaba interesada en adentrarse en el continente americano, algo que España no
podía permitir, por lo que manejó los hilos a través de Portugal, reino que
para 1680 ya estaba en su órbita tras haber conseguido romper la unidad
ibérica.
Para esta fecha los asentamientos,
que estaban especialmente conformados por las doctrinas jesuitas existentes
entre los ríos Ibicuy e Ijuí llegaron hasta el río Negro al sur, comenzaron a
ser hostigados desde la Colonia de Sacramento, por lo que, como método de
autodefensa, los guaraníes recibieron armas y formación militar facilitada por
el ejército español, alcanzando capacidad defensiva autónoma, que si comprendía
los métodos de combate de los tercios, se completaba con un sistema de
comunicación y vigilancia de alta eficiencia.
En el curso de los enfrentamientos,
unidades militares guaranís del ejército español tomaron Colonia de Sacramento
e hicieron prisionero al gobernador. Pero el tratado de paz de 1681 forzó la
devolución de la misma sin contrapartida para España.
Llegado el siglo XVIII y con el
cambio de dinastía todo había cambiado, y todo alumbraba que iba a cambiar
mucho más, sometida a la dominación extranjera; francesa, sí, pero crecientemente
británica en el mismo siglo XVIII, siendo que si la actuación de Portugal
estaba manifiestamente dirigida por Inglaterra, también contaba con importantes
baluartes dentro del gobierno de Fernando VI, cuya actuación manejó la
posibilidad de enajenar Tuy a cambio de la Colonia de Sacramento.
Finalmente no se produjo ese
trueque, sino otro que resultaba más ventajoso para la actividad británica cual
fue el abandono de la jurisdicción española sobre las misiones jesuíticas
guaraníes, cuyos miembros pasaron a perder su condición de súbditos libres de
la corona española para pasar a ser esclavizados.
Luego, durante la Guerra de Sucesión
nuevamente fue tomada Colonia de Sacramento, y nuevamente fue abandonada como
consecuencia del humillante Tratado de Utrecht.
Un nuevo tratado, el de Madrid,
firmado el 13 de enero de 1750, significó una nueva humillación para España que
además comportó un genocidio en el pueblo guaraní. Fue firmado por las coronas
de España y Portugal, sí… y también fue firmado por el embajador británico
Benjamín Keene, muestra de que el mismo no era sino un enjuague más de
Inglaterra a costa de España. Y España pagó 100,000 libras a la South Sea
Company por los perjuicios que supuestamente sufría por la supuesta pérdida de
control sobre la Colonia de Sacramento.
Y todo con la anuencia de Fernando
VI, que al alimón con miembros del gobierno abiertamente anglófilos, como
Ricardo Wall, acabó forzando la firma del Tratado por el cual España, a cambio
de Colonia de Sacramento cedía 500.000 kilómetros de territorio en la ribera
del río Marañón así como el Matogroso, y el territorio existente entre éste y
Brasil. Terrenos en los que tenían asiento importantes estancias ganaderas, y
lo que es más grave, abandonaba a sus súbditos guaranís, a quienes condenaba a
esclavitud si no aceptaban una indemnización de 28.000 pesos.
Los guaranís
no
estaban dispuestos a entregar sus tierras a sus seculares enemigos, por lo que
cuando fue ordenado el desplazamiento de
siete Misiones (San Borja, San Antonio, San Juan Bautista, San Nicolás, San
Luis, San Miguel y San Lorenzo), dio comienzo una revuelta que se convirtió en
guerra, la conocida como “guerra guaranítica”, que se desarrolló entre 1753 y
1756… Guerra que libró España contra sus propios súbditos guaranís en beneficio
de los esclavistas portugueses, que a su vez eran subsidiarios de Inglaterra.
Los guaranís, los españoles del
Amazonas, fueron despojados de todos sus derechos, y ellos, que eran
conscientes de los mismos, en el curso de la batalla de Caibaté manifestaron
por boca de Sepe Tiarajú su principal alegato:
"ALTO AHÍ! ESTA TIERRA TIENE
DUEÑO"
La actuación fue fiel reflejo de la
actuación británica. El ejército combinado, dirigido por un espíritu liberal
llevó a cabo una terrible matanza que ascendió a 1.311 súbditos de la corona
hispánica, cristianos que sucumbieron blandiendo sus pendones, crucifijos e
imágenes santas.
El gobierno de Fernando VI de
Borbón, no sólo mutiló los reinos; no sólo mandó a la esclavitud a sus
súbditos, sino que además los combatió en una guerra cuyo objetivo no era otro
que obligarlos a que aceptasen la pérdida de su ciudadanía hispánica para que
pudiesen ser objeto de esclavitud británica.
Y con la acción se sentaban las
bases para justificar la inminente expulsión de la Compañía de Jesús, a la que
se acusó de haber organizado la revuelta, aunque ciertamente se mostró como
elemento colaborador de la administración. Los Ministros Ricardo Wall en España
y Sebastiáo de Carvalho en Portugal, encarnizados enemigos de los jesuitas,
encontraron en la guerra guaranítica la excusa perfecta para expulsar a los
jesuitas. En una sola actuación acabaron con la obra material de las misiones y
con la misma compañía, que ya jamás volverá a ser lo que fue.
Ricardo Wall y José de Carvalho e
Mello cumplieron a la perfección su cometido, y es que ambos eran las cabezas
de puente de Inglaterra, y Antonio Gomes Freire de Andrade por parte de
Portugal y el gobernador de Río de la Plata, José de Andonaegui, los encargados
de reprimir a quienes siempre habían sido súbditos leales de la Corona.
Y
siendo la expulsión de los jesuitas uno de los objetivos marcados por la guerra
guaranítica, ¿por qué no fue expulsada la compañía sino hasta el reinado de
Carlos III?
Fue el nuevo gobernador de Buenos Aires,
Pedro de Cevallos, quien en 1756 puso los obstáculos necesarios al poner al
descubierto la conspiración llevada a término contra la Compañía por parte de
la masonería. A esa circunstancia se unió en 1758 la muerte de Bárbara de
Braganza, esposa de Fernando VI y especialmente significada en tan sucio
asunto, y finalmente el fallecimiento en 1759 del propio Fernando VI, lo que
posibilitó que el hermano masón Carlos III dictase finalmente la expulsión de
la Compañía el 27 de febrero de 1767.
La expulsión de los jesuitas era cuestión clave para la
consecución de los objetivos marcados por el despotismo ilustrado, ya que si no
se hubiese llevado a cabo la expulsión difícilmente la Ilustración hubiese
conseguido la drástica reducción del nivel de cultura popular que consiguió a
lo largo del siglo XVIII. Y es que la expulsión de los Jesuítas significó la
expulsión de la práctica totalidad de los educadores.
Tan es así que en 1874, según estudios realizados en 1985,
la alfabetización en España
alcanzaba el 20 % de la población, siendo que ya la constitución de 1812
atendía la universalización de la educación, y que en 1856 ese porcentaje era
todavía menor. Algo tendría que ver el plan Moyano de 1857.
En esas fechas, siglo
XIX, Cuba contaba también con un analfabetismo profundo, siendo no obstante
diez puntos menor que el de la Península, que era del 80% y se aproximaba a los
mismos valores que se habían tenido a mediados del siglo XVI.
Pero es que a principios del siglo
XVII tenía porcentajes cercanos al 50%, todo muy alejado del 20% de dos siglos
después. ¿Qué había pasado por medio?... Muchas cosas; entre ellas, la
Ilustración, aliada y difusora del absolutismo.
Pero
curiosamente, en el siglo XIX serán los herederos del despotismo ilustrado
quienes acuñarán el término absolutista dirigido contra el movimiento
tradicionalista, y acusando de la situación al “Antiguo Régimen”, pero da la
casualidad que en 1808, el “Antiguo Régimen” era el régimen absolutista Borbón,
Ilustrado y nacientemente liberal.
Son muchas
las cosas desagradables que podemos contar de la Ilustración y del despotismo
borbónico, pero no seríamos justos si a la vez no destacásemos otros aspectos
como los acontecidos en el terreno científico, especialmente los protagonizados
por Francisco Javier Balmis con su expedición de la viruela, o por Alejandro
Malaspina con su expedición científica.
El primero
de ellos fue un destacado científico que descubrió un tratamiento contra la
lepra y las enfermedades venéreas.
Pero su
mayor aportación llegaría en 1803 cuando, con el apoyo de la Corona llevó a
cabo una excepcional expedición transportando la vacuna de la viruela a todo el
mundo hispánico, China y Nueva Zelanda; una proeza que con la especial
colaboración de la enfermera Isabel Zendal y 26 niños como envases de las
vacuna, salvó la vida de millones de personas en un momento que la enfermedad
asolaba el mundo. Se trataba de la Real Expedición Marítima de la Vacuna.
Y el
segundo, Alejandro Malaspina, fue artífice de una singular expedición
científica que abarcaba un enorme abanico de aspectos del saber, que partió el
30 de junio de 1789 que circunnavegó América haciendo especial hincapié en la
vertiente del Pacífico, desde el Cabo de Hornos hasta Vancuver, para continuar
a Nueza Zelanda y Australia. En ese
periplo se ubicaban astronómicamente los sitios, se levantaron cartas
geográficas, se realizaron observaciones geológicas, botánicas, zoológicas,
etnográficas y lingüísticas.
Se organizaron las operaciones geodésicas
y trigonométricas, las observaciones astronómicas y los trabajos cartográficos.
Los naturalistas y botánicos examinaban los suelos y formaban sus herbarios y
colecciones de especies vivas. Examinaron la calidad de los minerales, la
salubridad de las aguas, el magnetismo terrestre y las condiciones
barométricas. Se recogieron objetos de todas clases. Se dibujaron hombres,
animales y plantas y las ciudades visitadas.
Se elaboraron cartas hidrográficas,
experimentos físicos y químicos, estudios de la fauna y flora, geología y
geografía, descripciones etnográficas, antropología e inventarios económicos y
estadísticos de todos los territorios visitados. En conjunto una ingente obra
sin parangón que no obvió ningún capítulo, ni la industria, la minería, el
comercio o la agricultura.
Tras cinco años de expedición, el 21
de septiembre de 1794 regresó al puerto de Cádiz, pero el 23 de noviembre fue
encarcelado, acusado de conspiración por parte de Manuel Godoy. La comisión que
preparaba la publicación del viaje fue disuelta y los documentos fueron
confiscados.
La Ilustración había conseguido
poner a España en la suficiente postración para afrontar el siglo XIX. El 4 de
Marzo de 1808 entró Fernando en Madrid de la mano de Murat, lugarteniente de
Napoleón, y en la población se mezclaban las expresiones de júbilo con la
protesta por la presencia de las tropas francesas. Mientras tanto el general
Castaños, por orden de Godoy, organizaba un ejército para enfrentarse a los
invasores franceses, al tiempo que el propio Godoy trataba de llevarse la
familia real a América.
Los días 17 a 19 de Marzo de 1808 se
produjo el motín de Aranjuez. Carlos IV abdicó en su hijo Fernando, aunque el
día 21 se retractó en un manifiesto sin valor, mientras en medio de un caluroso
recibimiento, entraba Fernando VII aclamado como rey en Madrid.
Tras
estos hechos Godoy es capturado, encarcelado y conducido por Murat –que le
había salvado la vida– a Bayona, donde se reúne con la familia real. Carlos IV, en claro signo de sumisión, ofreció el trono a Napoleón a
cambio de asilo político para los reyes y para Godoy, así como una pensión de
treinta millones de reales anuales. Y Fernando VII, también en claro signo de
sumisión, solicitó el apoyo del emperador francés. En esta situación, y con más
humillación que resistencia, padre e hijo acabarían abdicando a favor del corso.
La proclamación de José I Napoleón
como rey de España dejó satisfecha a la oligarquía afrancesada, pero el pueblo
optó por otros derroteros. Las instituciones del régimen no tomaron ninguna
postura ante los hechos de Aranjuez y de Bayona, lo que provocó un vacío de
poder que vino a ser cubierto por la creación de Juntas locales que acabaron
componiendo la Junta General Central.
Y el pueblo español salió a la calle
en defensa de sus reyes cuando el dos de mayo, y siguiendo el requerimiento de
Napoleón, la infanta María Luisa y
el infante
Francisco de Paula partían para Bayona.
A lo largo del día los acontecimientos se
sucedieron de forma frenética y generalizada, lo que ocasionó enfrentamientos
que desembocaron en la terrible represión del día tres, mientras la Inquisición, que
a todas luces había perdido ya el norte, condenaba el levantamiento.
La carga de los mamelucos reprimió ferozmente
un levantamiento popular que, estando larvado desde tiempo atrás, estalló con
el secuestro-traición de la familia real. La lucha feroz del pueblo, utilizando
como armas cualquier instrumento que tenía al alcance, asaltaba a las tropas de
élite francesas, mamelucos y lanceros, quienes, si sufrieron pérdidas, causaron
estragos en la población.
Por su parte, los capitanes Luis
Daoiz y Pedro Velarde, desoyendo las instrucciones emanadas del mando, y con
los artilleros a sus órdenes, se enfrentaron a los invasores en una lucha
desigual. Morirían en el enfrentamiento, tras haber rechazado una primera
acometida.
El mismo
2 de mayo por la tarde llegó a Móstoles la noticia de la escabechina acaecida en
Madrid. Fue en ese momento cuando Juan Pérez Villamil, Fiscal del Supremo
Consejo de Guerra, animó a la lucha, lo que motivó que Andrés Torrejón y Simón
Hernández, alcaldes de Móstoles ordenasen un bando en el que se llamaba a todos
los españoles a empuñar las armas en contra del invasor.
Después de la escabechina de Madrid,
el 5 de Mayo de 1808, en un acto grotesco celebrado en Bayona, abdicó Carlos IV
y abdicó Fernando VII. Carlos IV escribió un comunicado al pueblo español: “He
tenido a bien dar a mis vasallos la última prueba de mi paternal amor (...) Así
pues por un tratado firmado y ratificado he cedido a mi aliado y caro amigo el
Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias; habiendo
pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e
íntegra y que nuestra sagrada religión ha de ser la única que ha de
observarse.”
Tras la humillante nota de Carlos
IV, el 12 de Mayo, Fernando VII y los infantes Don Carlos y Don Antonio
expidieron una proclama al pueblo español en la que comunicaban la felonía
perpetrada una semana antes, y ordenaban que acataran las órdenes de Napoleón.
El pueblo español, americano y
peninsular, sentía un profundo desprecio por “la trinidad” (Carlos IV, su
esposa Maria Luisa de Parma y Manuel Godoy), por lo que todos cerraron filas en
torno al que empezaron llamando “el deseado” y acabaron llamando “el felón”,
Fernando VII.
El
pueblo, sin dirigentes, sin reyes a quién servir, se organizaba para la
resistencia al tiempo que permitía crecer en su propio seno el germen de lo que
estaba combatiendo. La revuelta se había iniciado el dos de mayo, pero su
generalización sería fruto de un largo proceso. Pronto se sucedieron las
revueltas, produciéndose levantamientos contra los franceses y formándose
juntas soberanas… que recibían instrucciones de Lord Holland… España, la de
este lado del Atlántico y la del otro lado del Atlántico, se preparaban para
una larguísima etapa de enfrentamientos a la vez civiles y separatistas.
El 15 de julio de 1808 Inglaterra
hizo una oferta de paz a España, y el 12 de julio desvió a La Coruña una flota,
con 9.000 soldados a bordo y comandados por Sir Arthur Wellesley, futuro Duque
de Wellington, que habían partido con el objetivo de atacar las posiciones españolas
en América. América podía esperar.
La
situación de España era de inexistencia. Las instituciones estaban dominadas
por los franceses; y el pueblo, desorganizado, luchaba a muerte contra el
invasor organizado, llevando a efecto una guerra de guerrillas y sin cuartel.
Tras la batalla de Bailén del 19 de
Julio de 1808, el 7 de Septiembre se reunió en Aranjuez la Junta Central y
Gubernativa del Reino, que venía a suplir lo que hubiesen sido las Cortes y
asumió los poderes soberanos. Floridablanca fue elegido presidente de la misma,
en la que se encontraban antiguos personajes que no habían dejado mal recuerdo;
entre ellos, Jovellanos. La
Junta recibía
instrucciones de Lord Holland.
Por
su parte, la España americana se veía con la responsabilidad de resguardar lo
que en la Península se había perdido. Pero quién convocó Cortes fue Cádiz,
«protegida» por la armada británica, y las juntas peninsulares habían sido
mediatizadas, anuladas o centralizadas en las Cortes de Cádiz. No acababa de
suceder lo mismo en América, donde si bien los agentes británicos medraban a
favor de lo que sucedería en pocos años, los cabildos se manifestaban fieles a
una corona que no servía los intereses de España.
Además hay que tener en cuenta que
la rebelión contra los franceses no fue un movimiento homogéneo; había
colaboracionistas en los que la Revolución Francesa había sembrado su impronta.
Fue el pueblo en armas quien dio un
do de pecho, alejado de la acción de los políticos, al que finalmente le faltó
la debida dirección y posibilitó que lo que debía haber sido una guerra de
liberación haya pasado a la historia eufemísticamente como «guerra de la
Independencia», cuando la triste realidad es que su denominación correcta sería
«guerra franco-británica para la dominación de España», donde los españoles
derramaron su sangre en beneficio de uno de sus enemigos.
El problema que encontró el pueblo
español es la falta de cuadros y la falta de medios que tenía además otro
problema: Se había iniciado una guerra; era algo evidente, pero ¿dónde estaban
los frentes? En todas partes. Y ¿quién era el enemigo?... En principio, el
ejército francés, pero había algo más que la guerra contra un ejército invasor:
había un proceso revolucionario en que se enfrentaban los liberales (que
nutrían las fuerzas del invasor y ocupaban escaños en las cortes de Cádiz) con
los realistas; había una guerra internacional que enfrentaba a la España
afrancesada, aliada con Francia, con la España tradicional que estaba aliada
con Portugal y, curiosamente, con su enemigo tradicional, Inglaterra. Extrañas
alianzas.
En 1810, ante la arrolladora
progresión de los franceses, la Junta Central se disolvió por propia decisión,
no sin antes conceder su autoridad a una Regencia colectiva y llamar a una
consulta popular que acabaría realizándose en Cádiz.
Estos acontecimientos, de por sí
desconcertantes y muestra de la descomposición nacional, tuvieron lógica
repercusión en todo el territorio español, también en el que no estaba ocupado
por el enemigo; así, ocasionaron graves desconciertos en América, todo adobado
con el añadido de la falta de noticias procedentes de la Península.
En medio de ese desconcierto, la
Junta de Caracas de 19 de Abril de 1810, mostró su preocupación ante las
noticias contradictorias llegadas de Cádiz… Y dio comienzo el proceso de
atomización de España.
Llegó la
derrota final de Napoleón, y tres meses después del tratado de Valençay entró
Fernando VII en España (marzo de 1814). Para evitar tener que someterse a las
cortes, inició un periplo que lo llevó a Valencia, en el curso del cual recibió
el apoyo incondicional del pueblo y de la nobleza, así como los consejos del
Embajador inglés en España, Henry Wellesley, hermano del Duque de Wellington.
Tanto sus consejeros, los generales Eguía y Elío, como el Embajador se
mostraron favorables a derogar la Constitución de Cádiz. El deseo del propio
Wellington era la implantación en España de una Monarquía constitucional al
estilo de la inglesa… pero Wellesley acabaría conformándose con la propiedad de
importantes bienes embargados a Godoy.
El pueblo lo recibió con gran alborozo, ya que en la
vuelta del rey veía la vuelta de la libertad. Con este ambiente, el populacho
desenganchó los caballos del carruaje y lo llevaron en brazos hasta palacio; la
gente cruzaba los brazos y decía «Vivan
las cadenas» en alusión a la vuelta del absolutismo y al genocidio que
era la Ilustración.
Ante esa situación, Fernando VII
adoptó las formas que le eran propias, asumiendo aquellos asuntos que se
denunciaban y rechazando las ideas que para resolver los problemas se
proponían, con lo que se dio lugar a lo que acabaría siendo el sexenio
absolutista (1814-1820), que destacaría por las arbitrariedades y las torpezas que acabarían con todo el crédito que se le había dado en
1814. El desprestigio de la corona acabó siendo tan absoluto que el pueblo no
supo reaccionar ante lo que se avecinaba, que no era otra cosa que la hecatombe
final de España.
Y
es que en el periodo 1814-1820 se cometió todo tipo de excesos. La nueva
situación, superadora del absolutismo, vendría a redoblarlos. Parece como si la
restauración del absolutismo llevada a cabo por Fernando VII hubiese estado
meditada para perpetuar el absolutismo, en este caso ya no monárquico, sino
estrictamente liberal. El
cúmulo de despropósitos parece que estaba encaminado, no a acabar con un
régimen absolutista que en todo perjudicaba el ser y la esencia de España, sino
a su mutación por algo que implosionase España. Y ese algo tiene nombre y
apellidos: Rafael de Riego.
Los hechos iniciados en Cabezas de
San Juan de 1820 darían pie al periodo conocido como trienio liberal, que
finalizó en 1823 con la irrupción de un cuerpo expedicionario francés conocido
como los Cien Mil Hijos de San Luis, dirigidos por el masón duque de Angulema,
que venía acompañado por el general Guillerminot, Venerable de la Logia de los
Filadelfos, que el 1 de Octubre de 1823
posibilitaba que Fernando VII tuviese nuevamente el poder absoluto, dando
comienzo la Década Ominosa.
Queda
manifiesto que la masonería no fue ajena, en absoluto, a los acontecimientos
que tratamos.
Tanto en la
Revolución Francesa, como en las guerras separatistas de América, como en la
Revolución Rusa, la masonería jugó un papel principalísimo… mientras Inglaterra
se limita a beneficiarse de las actuaciones llevadas por la masonería, en cuya
organización la casa real británica ocupa los primeros puestos.
Fue creada en Londres en 1717 e
introducida en España por la Ilustración, o tal vez fue ella la que introdujo
la Ilustración.
La figura más destacada en este
desarrollo fue el conde de Aranda, que en 1780 fundó el Grande Oriente Nacional
de España del que fue su primer Gran Maestre. Un importante elenco de personas
con altas responsabilidades de estado pertenecieron a la misma, entre otros: el
duque de Alba, el conde de Floridablanca, Argüelles, Riego, Torrijos, Lacy,
Mendizábal, Espartero, Maroto, Narváez… y el mismo Fernando VII, que al parecer
se inició durante el tiempo que estuvo bajo la autoridad de Napoleón y que
siempre estuvo rodeado de masones… Macanaz, Góngora, Salazar, Eguía, San
Miguel, Argüelles o Martínez de la Rosa…
Francisco de Miranda había creado en
Londres, la primera asociación secreta denominada Gran Reunión Americana, y el
desarrollo de la masonería en América iba de la mano de agentes británicos que
contaban con la anuencia de la administración española. Tal es el caso de Juan
Bautista Picornell y otros desterrados de la Península.
La masonería estaba enquistada en
los órganos de poder de la Península y conformaba las élites separatistas. Tan
es así que en octubre de 1809 se fundó, en el local de la Inquisición de
Madrid, una logia para todas las Españas, y la actividad de los masones originarios
de Hispanoamérica venía desarrollándose desde finales del siglo XVIII, en
Londres.
En 1820 Rafael de Riego protagonizaba
en Cabezas de San Juan un hecho que sería decisivo para el separatismo en
América. La masonería fue la encargada de la organización subvencionando el
levantamiento.
En 1824, Lima caía bajo la órbita de
Bolívar, y unos oficiales destituían al virrey Joaquín de Pezuela y colocaban
en su lugar a José de la Serna, que procedió a licenciar a los batallones
leales. El 9 de diciembre tiene lugar la batalla pactada de Ayacucho, donde
Sucre vence definitivamente a las tropas realistas; una farsa en la que no
tomaron parte directa Espartero y Maroto, también masones, destinados a
señalarse también en el futuro.
En el devenir de lo que quedaba de
España, continuaba su actuación. Así, en 1835 se creaban juntas cuya primera
misión era exterminar a los religiosos… y todas dependían de la General de
emigrados de Londres, que no era otra cosa que unión de masones, comuneros y
carbonarios, según una especie de Constitución publicada en 1826 con el título
de «Sistema adoptado para instalación y progresos de la gran fortaleza
peninsular de españoles emigrados”.
Sería el mes de septiembre de 1868
cuando se consagró el apogeo de la masonería en España.
Y en 1869, como solución a la
Revolución “gloriosa”, era nombrado rey Amadeo de Saboya, grado 33 de la
masonería. Su valedor, Juan Prim, también era miembro de la masonería, pero eso
ya es circunstancial, porque también era masón Pi y Margall, y el etcétera es
infinito.
Ya con la monarquía reinstaurada en
la cabeza de Alfonso XII, Sagasta fue el Gran Maestre y Soberano Comendador del
Gran Oriente de España, y Ruiz Zorrilla era grado 33 y gran maestre.
Luego
seguiría la gran traición de 1898, y luego Annual, y luego…
Y
ahí seguimos…
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