miércoles, abril 15, 2026

La necesidad de estudiar la Historia de España



Cuando a mis cincuenta años me encontré fuera del mundo laboral, prejubilado y lleno de vigor, me pregunté qué podía hacer.

Pronto encontré dónde trabajar, pero la crisis económica iba persiguiendo aquellas empresas a las que acudía, y decidí seguir otro camino: dedicarme al estudio.

Inicié estudios de árabe, de ruso, de eslovaco, al tiempo que me introducía tímidamente en el estudio de la Historia, aspecto que ya había tocado en mi juventud y había abandonado por exigencias de la vida.

Empecé por Sertorio,  y llegué al Dux Paulus, y ahí empezó una cadena que inexorablemente me condujo a lo que ya denominé “Movimientos centrífugos”, que alcanzaron su punto más álgido el siglo XIX. 

Llegado ese punto, llegué a unas conclusiones que para mí eran totalmente novedosas. Lo que estaba descubriendo era algo que no me habían enseñado a lo largo de la vida. Podía llegar a comprender que asuntos como los tratados, de Sergorio, de Paulus, de Omar ben Hafsun, de Antonio Pérez o de la princesa de los Ursinos eran cuestiones que, aún revistiendo importancia histórica de primer orden, quedasen ocultos al conocimiento del gran público, que atiende los aspectos más superficiales sin entrar al meollo de los asuntos.

Pero conforme me iba introduciendo en los entresijos de la historia; conforme iba buceando el para mí hasta entonces desconocido siglo XIX, me iba entrando una desazón cada vez mayor. ¿Cómo es posible que yo, un hombre de cincuenta y tantos años en aquel momento, tuviese un desconocimiento tan perfecto de aquellos acontecimientos?

Un hombre que tenía un nivel cultural al que normalmente se le supone necesariamente informado mínimamente de los acontecimientos históricos más importantes.

Era tal la situación que llegué a tener desazón. No era posible que un aficionado a la historia como era mi caso estuviese descubriendo aspectos tan alarmantes de la Historia de España, y que toda una Real Academia de la Historia, con sus catedráticos, no los hubiese descubierto antes y los hubiese puesto en el currículum educativo, no ya de los estudiantes universitarios, sino también, y necesariamente, en el de los escolares de primaria.

Y todo eso me sucedía en la soledad más absoluta. Comentaba la situación a mi familia y me miraban con ojos extrañados. ¿Estaría divagando?, ¿estaría perdiendo el juicio? 

Dios puso en mi camino a quién supo curar mi preocupación. Afortunadamente un medio como es Internet ha abierto caminos nuevos de comunicación, y tuve la fortuna de encontrar en California un hombre que me entendía… pero se murió.

A poco contacté con un grupo de Filipinas dirigido por D. Guillermo Gómez Ribera, y comprendí que había algo más. 

En ese interín, otro amigo se puso en contacto conmigo desde Argentina, y otro más, ambos fallecieron… y un tercero, un tal Patricio Lons, me llamó y me informó que no estaba solo. 

Hablamos mucho, repetidas veces. Intercambiamos opinión e informaciones, y ya dejé de dudar de mi salud mental. Ya no había duda. Mis deducciones sobre los aspectos de la historia de España no eran alucinaciones; no eran tergiversaciones producidas por mi mente. Ninguna de las personas que estaba tratando, como también era mi caso, eran profesionales de la educación; ninguno teníamos contacto con el mundo académico; todos éramos profesionales de ámbitos distintos a los de la Historia, y desde esa perspectiva llegábamos a la conclusión que lo que estábamos descubriendo no eran tergiversaciones de nuestras mentes, sino realidades que habían sido perpetradas de manera premeditada y que premeditadamente habían sido ocultadas por una historiografía al servicio de los enemigos de España.

Ya habíamos cubierto la primera etapa en el desarrollo de la nueva historiografía: La confianza en nosotros mismos; ya habíamos logrado sobrevivir al sometimiento del dictado institucional de la historia; ya habíamos llevado a cabo la construcción de una sutil red que nos permitía sobrevivir en medio del desprecio y el desprestigio generado por un sistema hegemónico que no admite discordancias con el discurso oficial.

Y entonces, el milagro. El sistema organiza un teatro diabólico a nivel global; crea una enfermedad que es menos letal de lo que pretende, y nos confina en nuestra casa, condenados al aburrimiento más absoluto, pero la gente busca cómo superar ese aburrimiento y de forma casi milagrosa descubre a una señora llamada Elvira Roca que dice cosas absolutamente novedosas.

Pero no queda ahí la cosa, porque detrás de ella hay una legión de estudiosos de la historia que están descubriendo cada día aspectos más novedosos de todo lo que nos ha sido metódicamente ocultado de nuestra historia. Gente que sabe utilizar los nuevos medios de internet y los aprovecha para divulgar lo que a diario va descubriendo; todo lo que el sistema educativo nos ha ocultado desde que Felipe V creó la Real Academia de la Historia hasta hoy mismo, cuando hasta las élites dirigentes no necesitan mentir porque ya están directamente convencidas de la mentira.

Con esa situación, la divulgación de la verdad histórica se va abriendo camino de manera decidida y sin embargo sin que se produzcan enfrentamientos abiertos con la historiografía sistémica. 

El sistema se mantiene callado al respecto, y su ataque se limita a mantener lo más callada posible la difusión de la verdad histórica, pero no intenta rebatirla, porque la evidencia les puede resultar letal.

Mientras tanto, y como mancha de aceite, la verdad histórica va permeando la sociedad; cada día más gente tiene acceso a algún dato que si bien es inmediatamente rechazado con algún signo de burla y dando a entender que el que emite el dato es un desinformado de la realidad, no como él, que está tan perfectamente informado por los medios del sistema.

Lo que resulta más interesante es que cada día hay más personas interesadas en el conocimiento de la Historia; ya nos encontramos con conversaciones que tratan de cosas distintas a las que son presentadas a diario por las televisiones como lo más novedoso; ya se escucha algo más que comentarios al último gol del jugador que mejor sabe dar patadas a una pelota.

Y todo porque, efectivamente, la labor de divulgación histórica, lejos de decaer por cansancio, crece a diario por ilusión y por amor a la verdad.

Cierto que el crecimiento exponencial que tiene el hispanismo está aún lejos de significar una referencia de primer orden, pero ya encontramos señales claras de que es referencia inexcusable; ya se van cuidando los “historiadores” a sueldo de intereses inconfesables, de decir las barbaridades que han dicho hasta hace apenas cinco años; ya la BBC de Londres hace documentales donde empieza a prescindir de algunas de las muchas mentiras con las que históricamente ha bombardeado tanto al público anglosajón como a su colonizado mundo hispánico.

A nivel social estamos ciertamente muy lejos de un conocimiento de la historia mínimamente aceptable, pero si seguimos incidiendo, si seguimos inasequibles al desaliento, no tardando tendremos el necesario apoyo institucional que permita difundir la verdad histórica, pero eso sucederá si seguimos esforzándonos, porque el conocimiento de la verdad histórica puede ocasionar problemas políticos de envergadura.

De hecho, dentro del movimiento hispanista ya existen interferencias llevadas a cabo por quienes desde el siglo XVIII, y de forma inequívocamente premeditada, han conformado el desconocimiento de la Historia.

Dentro del movimiento hispanista existen tendencias absolutamente ajenas al Hispanismo; cualquier idea que tenga su origen en la Ilustración es inequívocamente contraria al espíritu de la Hispanidad. 

Para hacernos cargo de ese hecho, debemos referirnos a la actuación de España muy en concreto en los siglos XVI y XVII, y debemos compararla con la actuación llevada durante ese mismo periodo por los tradicionales enemigos de España.

Acto seguido debemos plantarnos en el año 1700 y observar qué sucedió a partir de ese momento en las Españas, no solamente en el aspecto físico; no solamente en el aspecto político, sino también y muy especialmente en los asuntos del pensamiento.

Paralelamente debemos observar qué sucedió en el mundo que llevaba dos siglos enfrentándose a España. ¿Qué sucedía en el campo militar y qué ocurría en el campo político?, pero quizás sobretodo en qué sucedía en el campo del pensamiento.

¿Qué sucedía con los pensadores? Hacía dos mil años que los filósofos se habían impuesto sobre los sofistas, pero los sofistas seguían ahí, y los sofistas estaban y están formados; y los sofistas eran y son enemigos de aquello que conformó la Hispanidad. Y los sofistas tienen poder económico y están enquistados en los grupos hispanistas.

Hoy son la encarnación del enemigo de la Hispanidad; son la punta de lanza de los ataques al resurgir de la Hispanidad, a la que pretenden convertir en un pensamiento político perfectamente enmarcado en el proyecto político responsable directo del sometimiento de la Hispanidad.

Y lógicamente son el primer escollo con el que se encuentra cualquier estudioso de la Historia que, para ser riguroso, necesariamente debe tratar a fondo el siglo XVIII y las circunstancias históricas políticas y de pensamiento, que competen directamente al siglo XVIII.

Y es que justamente en el siglo XVIII confluyen varias circunstancias que permiten, primero desarbolar a las Españas, y luego invadirlas con productos intelectuales que no sólo son foráneos, que eso sería lo de menos, sino que son la antítesis del pensamiento hispánico; también Carlos I era foráneo y se convirtió en una referencia de la Hispanidad. Pero no fueron aportes positivos; no fueron aportes humanistas los que llegaron a España, muy en concreto a partir de 1700.

Desde 1700, y con el apoyo manifiesto desde la Corona, España fue invadida intelectualmente por aquello que siempre había sido combatido intelectual y militarmente por España, y antes de ser combatido por España, antes de ser combatido por San Isidoro de Sevilla, fue combatido por Séneca, y fue combatido por Aristóteles o por Platón.

No era nuevo lo que invadió España en 1700. Era nueva la dinastía, y sin embargo, la nueva dinastía podía haber sido positiva para España, como en el siglo XVI fue positiva la nueva dinastía proveniente del norte de Europa.

Cierto que la dinastía que llegó a España en 1516 ocasionó una terrible guerra que acabó ganando en el campo de batalla, pero si la victoria militar le sonrió, también es cierto que, por su parte, esa nueva dinastía sonrió a las raíces de España, dejó de ser foránea y se convirtió en el adalid de la Hispanidad.

El cambio de dinastía ocurrido en el siglo XVIII no fue exactamente igual. Si en el siglo XVI llegó un príncipe que miraba a España para que le sufragase sus aspiraciones en Europa, y sus acompañantes hicieron desaparecer los doblones de oro, en el siglo XVIII llegó un príncipe sin espíritu, incapaz de valerse por sí mismo, al que su abuelo, máximo representante del absolutismo, controlaba estrechamente desde París mediante intermediarios que, como la princesa de los Ursinos, garantizaba que las acciones de España revertiesen directamente en beneficio de Francia.

Exactamente igual dirá el incauto, sin caer en el detalle de cómo terminó el príncipe del siglo XVI, como rey indiscutible de España que puso orden en Europa, mientras el príncipe del siglo XVIII traicionó los acuerdos previos que lo pusieron en el trono de España, mutiló la España europea y se puso abiertamente a los pies del rey absoluto francés, que se permitía el lujo de firmar tratados internacionales de España en nombre de su nieto.

Esas cuestiones, al fin, son marginales a lo que tratamos, pero dan solidez a lo que tratamos, ya que puede suponerse que quién es capaz de llevar a cabo semejante acción, con más razón sembrará, justamente en España, la leyenda negra, verdadera cizaña  que, presentada como historia a un pueblo sólo puede tener un fin: destruirlo intelectual y moralmente; y justamente esa fue la acción llevada en paralelo a la mutilación progresiva de España.

La siembra de los principios Ilustrados fue justamente el complemento a esa acción de mutilación física, siendo la salvaguarda de esa mutilación física, porque la castración espiritual a que está sometida la Hispanidad desde el siglo XVIII es la garantía de pervivencia de sus verdugos.

Nos han ocultado la historia gloriosa de España y nos han fabricado una leyenda que sólo beneficia la perfidia de quienes siempre se significaron como delincuentes; nos presentan la piratería como una actividad de valientes aventureros y la acción civilizadora de España, presente física y espiritualmente, plasmada también en las Leyes de Indias, nos la ocultan como si nunca hubiese existido.

Y nuestro deber es conocer la vedad; nuestro deber es estudiar y divulgar usando todos los medios, no sólo la literatura; también el arte, las historietas, el cine, las marionetas o cualquier actividad, incluida la ciencia, la medicina, la matemática, porque en todas esas artes la acción de las Españas es sencillamente inconmensurable.

Es imprescindible que los españoles de ambos hemisferios llevemos a cabo una labor que no es menos ardua que la que llevaron quienes nos precedieron. Si ellos derrocharon espíritu, valor y conocimiento para llevar a cabo su magnífica labor, nosotros debemos derrochar espíritu, valor y conocimiento para reivindicar su actuación y hacerla fructificar en los siglos venideros.


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