jueves, 22 de febrero de 2018

La preparación de la revolución cantonal (texto completo)

CALDEANDO EL AMBIENTE PARA LA SUBLEVACIÓN

Debo reconocer que afrontar este periodo de la historia ha significado para mí un gran esfuerzo, hasta el extremo que, exponer las conclusiones me resulta extremadamente dificultoso dado que la maraña de fechas y acontecimientos complican muy especialmente el asunto.



Ciertamente puede hacerse la reseña de otro modo que simplifique la cuestión, pero me parece interesante, parte esencial para comprender la barbaridad, crear en quién acceda a la lectura de este trabajo, la sensación de trasladarse al momento tratado y observar cómo los acontecimientos nos apedrean la mente sin darnos tiempo siquiera a reponernos de un golpe cuando han hecho blanco en nuestro cuerpo, un, dos, tres guijarros nuevos.

Y todo en, escasamente, un año.

En abril de 1873 se produjo una gran agitación en Madrid, hasta el punto que el día 23 se aprestaba una insurrección, que fue finalmente atajada, produciéndose un acoso a los parlamentarios radicales, y a la comisión permanente del parlamento que apoyaban aquella insurrección y que se vieron como objetivo de una insurrección de signo contrario, encabezada por los Voluntarios de la República. Como consecuencia, el día 24 era disuelta la comisión permanente.

En estas fechas, en Málaga, Sevilla, Granada y Cádiz habían proclamado la federación, y en Madrid el general Contreras amenazaba con sublevarse si no se imitaba esa actuación en Madrid, mientras el mismo general Contreras fundaba una asociación secreta llamada Dirección Federativa Revolucionaria, destinada a provocar en las provincias insurrecciones federales. (Blasco 1892: 701)

Como hemos visto, el cantonalismo tenía dos vertientes: el cantonalismo moderado (también conocido como organicista) reconocía cierto sometimiento a la república, y el cantonalismo intransigente o radical, que acabaría imponiéndose, proclamaba el cantón como república democrática federal social.

La respuesta fue dispar; destaquemos una:

Ante el intento de golpe de estado radical, dirigentes y autoridades sevillanas ofrecieron su apoyo al gobierno y crearon una comisión permanente que velase por la seguridad y formase una junta revolucionaria proclamando el Cantón de Andalucía en caso de que el gobierno fuese derrotado. (Arias 1989:24)

Quince días más tarde, el 10 de mayo de 1873 se celebraron elecciones generales a cortes constituyentes cuyo resultado  fue una aplastante mayoría de los federales, que era consecuencia del retraimiento practicado por los radicales, alfonsinos y carlistas.

La participación electoral fue sólo de un 25%, la más baja de toda la historia parlamentaria española. El nuevo Gobierno trató de  satisfacer al mismo tiempo la aspiración de la derecha: orden, y la de la izquierda: federación. El empeño era complicado, además el gobierno tenía que enfrentarse simultáneamente a la guerra carlista, a las conspiraciones alfonsinas y a los federalistas intransigentes, que habían iniciado ya el movimiento revolucionario cantonalista.

Grandes manifestaciones se produjeron en toda España, y en especial en Cartagena, en defensa de la república y el 29 de mayo de 1873, auspiciados por el diputado Gálvez Arce, en contacto con Roque Barcia, se produjeron dos conatos de insubordinación en las fragatas Victoria, y Almansa. Una parte de la dotación, al grito de "Abajo los galones", trató de sublevarse sin éxito, pues fueron sofocados por los oficiales.

En sintonía con lo que venía aconteciendo, el 1 de junio de 1873 las Cortes proclamaron la República Federal y se constituyó una comisión de parlamentarios presidida por Castelar cuya misión sería elaborar un Proyecto de Constitución republicana federal, que finalmente fue aprobada dos días más tarde que no llegaba a las expectativas de organizar cantones independientes. (Ver texto del proyecto en Anexo I)

En 1893, evocando los acontecimientos de este año, decía Emilio Castelar:
Hubo días de aquel verano en que creíamos completamente disuelta nuestra España. La idea de la legalidad se había perdido en tales términos que un empleado cualquiera de guerra asumía todos los poderes y lo notificaba a las Cortes, y los encargados de dar y cumplir las leyes desacatábanlas, sublevándose o tañendo a rebato contra la legalidad. No se trataba allí, como en otras ocasiones, de sustituir un Ministerio existente ni una forma de gobierno a la forma admitida; tratábase de dividir en mil porciones nuestra patria, semejantes a las que siguieron a la caída del Califato de Córdoba. De provincias llegaban las ideas más extrañas y los principios mas descabellados. Unos decían que iban a resucitar la antigua Corona de Aragón, como si las fórmulas del derecho moderno fueran conjuras de la Edad Media. Otros decían que iban a constituir una Galicia independiente bajo el protectorado de Inglaterra. Jaén se apercibía a una guerra con Granada. Salamanca temblaba por la clausura de su gloriosa Universidad y el eclipse de su predominio científico en Castilla. Rivalidades mal apagadas por la Unidad nacional en largos siglos surgían como si hubiéramos retrocedido a los tiempos de zegríes y abencerrajes, de agramonteses y beamonteses, de Castros y Laras, de capuletos y montescos; la guerra universal. Villas insignificantes, apenas inscritas en el mapa, citaban a asambleas constituyentes. La sublevación vino contra el más federal de todos los Ministerios posibles, y en el momento mismo en que la Asamblea trazaba un proyecto de Constitución, cuyos mayores defectos provenían de la falta de tiempo en la Comisión y de la sobra de impaciencia en el Gobierno.

Y esa crítica era formulada por alguien como Castelar… Un personaje cuya actuación no le permitía sentirse ajeno a la responsabilidad de donde había sido abocada España.

El caso es que al día siguiente, dos de junio,

En Andalucía especialmente, la efervescencia federal tomaba un carácter peligroso. En Granada los voluntarios republicanos habían desarmado el 2 de junio mil carabineros, y en Málaga, las facciones que seguían a Carvajal y a Palanca se hacían cruda guerra, pero se coaligaban para impedir que penetrara ni un soldado en la ciudad. En Cádiz y en Sevilla también era imponente el espíritu de las masas. (Blasco 1892: 733)

Un espíritu de las masas que arrasaba incluso con quienes lo habían promovido

Generalmente, cuando se proclama el Cantón, se procede de inmedíato a la destitución de las autoridades fieles al Gobierno central. En algún caso, las fuerzas populares deben combatir con las guarniciones locales para tomar el poder y establecer las nuevas juntas revolucionarias. En cuanto a los objetivos perseguidos, los fundamentales pueden resumirse en los que expresa la proclama del Comité de Salud Pública, de Cádiz, que preside F. Salvochea:
El Comité se ocupará sin descanso en la adopción de las medidas necesarias para salvar la República y contrarrestar el espíritu centralizador de las organizaciones políticas pasadas y salvar para siempre al pueblo español de todas las tiranías. (Lacomba 2001: 1)

En esa situación, de normalidad, según el gobierno, el once de junio, en reunión del gabinete, el presidente Figueras, harto ya de la situación, espetó: “senyors, estic fins els collons de tots nosaltres” (señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros), y se marchó. La siguiente noticia del presidente fue un telegrama que envió desde París indicando que se encontraba bien.

Ante la evidencia de haberse quedado sin presidente, se eligió un nuevo gabinete, nombrado por las Cortes y presidido por Francisco Pi y Margall, que no empezaba con buen pie; recibió el apodo de Gobierno de los Pájaros, debido a la asonancias de los apellidos de varios de los ministros: Pi, Chao (Fomento), Sorní (Ultramar) y Tutao (Hacienda).

Pi y Margall estaba apoyado por el Partido demócrata republicano Federal, cuyo ideario era la República y el estado laico, por la pequeña burguesía y por el movimiento obrero y campesino. Su gobierno duró treinta y siete días, si bien fue muy intenso, no en aciertos, pero sí en barbaridades.

Como queda señalado, el uno de junio de 1873 se abrieron las Cortes Constituyentes. Durante la primera semana se presentaron las credenciales de diputados que evidenciaron tres sectores en el hemiciclo: derecha (Castelar), centro (Pi) e izquierda (Orense y los intransigentes).

El día 7 presentó la dimisión el gobierno Figueras, y ese mismo día se presentó en las Cortes una proposición de ley para que se proclamara España república federal.

España quedaba organizada en 17 Estados y uno de ellos era Cuba. Cada uno tendría su propia Constitución, quedando para el presidente un cuarto poder, el de “relación”, para mantener el equilibrio. El poder emanaría de 3 niveles diferentes: municipio, estado regional y estado federal. El Estado regional tenía autonomía política, económica y administrativa.

Pero los intransigentes exigían más y más deprisa; así, se inició el movimiento en Cartagena.

El 4 de julio se produjo la sustitución de las fuerzas del ejército que hacían guardia en los castillos y fortalezas de Cartagena por voluntarios móviles, cuyos jefes, en gran número, eran partidarios de los republicanos intransigentes. Conseguido esto, por la propia debilidad del gobierno, ante la presión de los voluntarios, la iniciación de la revolución cantonal en Cartagena estaba servida en bandeja, pues las defensas de la inexpugnable ciudad militar habían sido entregadas sin lucha por el gobierno, a sus adversarios Políticos. (Pérez 1990: 93)

La situación se estaba yendo de las manos del gobierno a pasos acelerados, si es que acaso la había controlado en algún momento.

También para el cuatro de julio de 1873 estaba previsto un movimiento cantonalista en Madrid dirigido por Contreras, y que fue cortado por Pi Margall, lo que ocasionó la defección de los 57 diputados más exaltados, que abandonaron las Cortes. Hasta Castelar afirmaba que había un exceso de libertad y democracia, y definía a Pi como hombre anárquico, peligroso y funesto.

Sólo tres días después, el día 7 de julio, una huelga general exige la dimisión de la corporación municipal de Alcoy, ocasionando un serio enfrentamiento en el que acabaron siendo asesinadas varias personas, entre ellas, el alcalde Agustín Albors, republicano revolucionario, al tiempo que se iniciaba un proceso colectivista siguiendo la doctrina de la AIT.

La situación ya había tenido un precalentamiento cuando

El 15 de junio, una semana después de la proclamación de la República Federal, el boletín de la Federación Alcoyana publicaba una “Protesta” afirmando que carlistas y republicanos eran una misma cosa, alentando al pueblo a la acción revolucionaria contra la sociedad y la política burguesa. (Tormo: 30)

Pero fue el día ocho de julio cuando, triunfante la huelga general, los comités represivos impidieron trabajar a aquellos que deseaban hacerlo.

El asunto no quedó ahí. Los huelguistas se hicieron con el poder municipal, cometiendo todo tipo de excesos, y ocasionando que fuese el ejército quién tomase cartas en el asunto, acabando con la revuelta el día trece, de la que se dan más datos en el capítulo relativo a la conflictividad social.

Todo tenía cabida mientras fuese estrambótico. En ese sentido, el 9 de julio de 1873, decía Emilio Castelar en las Cortes:

Señores, después de todo, ¿qué es la República federal? Es aquella forma de gobierno, mediante la cual todas las autonomías existen, y coexisten como existen los astros en el cielo, sin chocarse jamás. En la República federal todo lo individual pertenece al individuo todo lo municipal pertenece exclusivamente al municipio todo lo regional pertenece al Estado y todo lo nacional pertenece a la Nación. Y como quiera que en la ciencia política moderna todos estos derechos y todas estas facultades se encuentran completamente definidas y completamente clasificadas, ni padece el individuo,
ni padece el municipio, ni padece el Estado ni padece la Nación de ninguna manera en una República verdaderamente federal.

Un mes escaso después de la proclamación de la República Federal y ante la tardanza en crear un texto constitucional que recogiera las exigencias del sector republicano federalista, varios diputados pertenecientes al núcleo intransigente crearon el Comité de Salud Pública de Madrid que se dispuso a preparar la insurrección cantonal. (Ver texto del llamamiento en anexo dos).

Así, se puede aseverar que la insurrección cantonal fue un movimiento revolucionario influenciado por el republicanismo federal más extremo. Ante la lentitud en la implantación del modelo federal que establecía la recién creada Primera República y apoyado por una constitución que nunca llegó a entrar en vigor, los sectores más radicales se levantaron en armas en favor de un sistema federal basado en la asociación de ciudades convertidas en cantones independientes.

El movimiento cantonal fue obra de los republicanos intransigentes y comenzó el 12 de julio en Cartagena. Seis días después se levantó Valencia, formó una junta revolucionaria del cantón valenciano, proclamado en el paraninfo de la Universidad (el rector Pérez Pujol formaba parte de ella), integrada por personalidades moderadas dentro del republicanismo, con la sola presencia de un miembro de la Internacional. Por esos mismos días tenía lugar la revuelta del petróleo en Alcoy, en la que murieron el alcalde Albors y otras quince personas, siendo reprimida dos meses después. (Ramírez 2008: 402)

Texto completo en papel de "el cantonalismo" en  https://www.facebook.com/elcantonalismo/

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