viernes, 2 de noviembre de 2018

LA ESCLAVITUD EN ESPAÑA. (Texto completo)

LA ESCLAVITUD EN ESPAÑA


ÍNDICE:
El amargo sabor del azúcar……………………..……..Pag. 2
La esclavitud y las leyes……………………………… Pag. 11
La esclavitud en España, generalidades……… ……….Pag 26
El trato del esclavo en España……………..…………..Pag. 35
La esclavitud en España entre los siglos XV y XVII…. Pag. 46
La esclavitud en España desde el siglo XVIII….………Pag. 55
El tráfico negrero en España ……………………..…….Pag. 68
Licencias, asientos y mercado libre…...……………...… Pag 79
Bibliografía…………………………………………….. Pag. 87










Acabado  de escribir el día de Todos los Santos del año del señor de 2018, en Christchurch, Nueva Zelanda




El amargo sabor del azúcar

Con sangre se hace azúcar (refrán cubano del siglo XIX)


El cultivo de la caña de azúcar es conocido en España desde el siglo X, cuando fue importado de Oriente por parte de los invasores árabes, pero pasarían cinco siglos hasta que, en los primeros años del XV fuese adoptado su cultivo por los reinos hispánicos.
En ese periodo, el cultivo de la caña conoció varios centros neurálgicos; así en el siglo XIII, con la caída de Palestina en poder de los turcos, la industria azucarera allí existente se trasladó a Chipre, donde las plantaciones eran  atendidas por mano de obra esclava negra. Luego entraron Creta y Sicilia, alcanzado a ser esta última el principal centro azucarero del Mediterráneo, y en la órbita política y militar de la Corona de Aragón, lo que posibilitó que a finales del siglo XIII y comienzos del XIV, la costa mediterránea española se convirtiese en un importante centro de producción azucarera.
La aceptación del producto fue prácticamente inmediata, siendo que a mediados de siglo XV existía una gran demanda que fue cubierta por Portugal, que ya liberado de las acciones directas de Reconquista peninsular se había abierto al Atlántico y en esa nueva singladura había convertido Madeira en un emporio azucarero, apremiado por la nueva situación geopolítica creada en el Mediterráneo oriental, cuyas circunstancias habían cambiado radicalmente merced al desarrollo del imperio otomano, que había provocado la paralización del suministro de azúcar procedente de esa zona, principal punto de suministro que había sido en su momento.

La demanda occidental impulsó la industria azucarera madeirense de forma decisiva y, al mismo tiempo, el aumento de la producción por las condiciones geoclimáticas del Atlántico medio hizo descender los precios, expandiendo y popularizando su consumo en Europa occidental, y obligó a los centros productores del Mediterráneo oriental y central a abandonar una actividad que había dejado de ser rentable. (Armenteros 2012: 257)

Fue un momento y una ocasión que favoreció el desarrollo de la actividad portuguesa en el Atlántico y en el continente africano, de donde se surtía de mano de obra esclava que destinaba indistintamente a los ingenios azucareros, al pastoreo, y a los servicios donde eran requeridos, entre ellos el servicio doméstico.
No cabe duda que la producción azucarera iba a ser la primera demandante de mano de obra esclava, y no sólo en Madeira, sino también en las otras zonas que comenzaban a descubrirse y se mostraban ideales para el cultivo de la caña dulce. Ellas serían el destino de los primeros contingentes de esclavos africanos destinados a desarrollar las labores que requería el cultivo y la producción del azúcar. Madeira, Cabo Verde, Canarias… serían el destino principal de los primeros contingentes de esclavos africanos. Pero antes, esclavos canarios serían traslados a Madeira para que realizasen los mismos trabajos.
El desarrollo de los archipiélagos sería marcado en gran parte por esta circunstancia; así, el inicialmente deshabitado archipiélago de Cabo Verde se vería poblado de súbito en 1460 por una población esclava procedente de África y destinada al cultivo del azúcar.
La población, finalmente, no se asentaría por este motivo, ya que las condiciones climáticas del terreno no eran las mejores para el cultivo de la caña, lo que ocasionó un rápido fracaso del proyecto azucarero. Pero no por ello dejó de tener importancia en el desarrollo de ese negocio, ya que, a falta de condiciones de producción de caña, la situación  geográfica del archipiélago hizo que se convirtiese en el principal puerto negrero que embarcaba esclavos en gran parte destinados al cultivo del azúcar.
Pero si Cabo Verde no resultó idóneo para el cultivo de la caña, no sucedió lo mismo con Santo Tomé, frente a las costas del Congo. La isla se convirtió rápidamente en un lugar privilegiado para el cultivo de la caña, y a ella sería dedicado un gran número de esclavos africanos; desde 1515 hasta 1530, y procedentes del cercano continente llegaron unos cuatro mil cada año, cifra que se vería multiplicada en las décadas posteriores.

El apogeo de la producción azucarera de Santo Tomé se alcanzó en 1580, cuando la isla llegó a exportar 200.000 arrobas anuales de azúcar. Desde la década de 1570, la intensidad de los ataques contra los intereses económicos de los colonos, organizados desde el interior de la isla por los esclavos sublevados, fueron sucediéndose hasta que, en 1595 y 1596, la ciudad de Povoação fue saqueada y destruida (Armenteros 2012: 263)

Por estas circunstancias, y por el incremento del tráfico negrero, la isla dejó de ser productora de azúcar para convertirse, como Cabo Verde, en centro neurálgico del tráfico, circunstancia que se veía favorecida por su situación  estratégica entre los continentes africano y americano.
Y es que, desde un primer momento, la producción azucarera se implantó en La Española, del mismo modo que pocos años antes se había procedido en las Islas Canarias.
No podía ser de otro modo, siendo que con la Conquista se importaba unos medios de producción, como unos modos de alimentación, que exigía el desarrollo de esta industria. Para los naturales fue un cambio más que afrontar. Junto al azúcar se introducía en el nuevo mundo el trigo, el vino, el aceite, el ganado lanar, el cerdo, el ganado bovino… cuyo desarrollo, salvando el caso de los cereales, encontraron unas condiciones de producción que resultaron excepcionales, y como consecuencia, las plantaciones de caña encontraron un lugar sin parangón.
No obstante, el desarrollo que alcanzaría la producción en el Caribe español no alcanzaría importancia singular sino hasta el siglo XVII en Puerto Rico y en Cuba, ocupando un lugar especial los asentamientos piráticos ingleses holandeses y franceses que se produjeron en aquellos lugares del Caribe que España dejaba sin control por considerarlos de bajo interés.
El cultivo de la caña, así, comenzó a tener un desarrollo importante, pero con diferentes matices. Mientras España le dedicaba la atención propia de un mercado cerrado, los europeos, que iban ocupando las islas que España descuidaba, crearon un emporio en principio tabaquero y finalmente azucarero a base de mano de obra esclava; primero se trataba de esclavos ingleses, que vendían su libertad a cambio de un billete de ida, y luego se trataba de mano de obra africana.
Por su parte, Portugal, a mediados del siglo XVII se hacía con el mercado mundial del azúcar merced a sus centros de producción de Brasil.
Se había dado comienzo a una carrera frenética por la producción de azúcar y por el control de su mercado; algo que no podía escapar de la órbita británica y holandesa, quienes, sin lugar a dudas fueron los promotores de esa carrera, controlando el mercado y creando en la población la necesidad de consumir azúcar antes incluso de tener la capacidad de suministrar el producto, pero no antes de tener controlada su distribución. Es la filosofía del liberalismo, que en esos momentos comenzaba a mostrar sus fauces.

En realidad, parece que en el siglo XVII, como luego en el XX, el primer paso que daban los pobres para salir de la indigencia iba acompañado del deseo de añadir azúcar a la leche y al té. (Thomas 1997: 187)

En ese orden, y con la experiencia acumulada en las plantaciones de Curaçao, judíos holandeses se trasladaron a la colonia inglesa de Barbados, donde descartaron los esclavos ingleses, que fueron sustituidos por esclavos negros expertos en la producción azucarera.

La conversión del Caribe en un archipiélago azucarero -situación que duraría más de doscientos años- se debió sobre todo a las empresas francesas e inglesas, pero que se inspiraron en las ideas de los holandeses de Brasil y funcionó gracias a la mano de obra de esclavos suministrados por tratantes holandeses. (Thomas 1997: 186)

Barbados sería el primer centro esclavista de producción azucarera en el Caribe, y a partir de él se difundiría la producción a los otros centros piráticos del Caribe, que Inglaterra convirtió formalmente en colonias. Antigua, Nevis, Montserrate, San Cristóbal, y finalmente, cuando España fue desalojada, Jamaica. En todos los casos, y muy especialmente en el caso de Jamaica, la acción fue orquestada por la comunidad judía, que llevaba una importante actividad pirática y había creado en Holanda sendas compañías, de las Indias Occidentales y de las Indias Orientales, dedicadas a la piratería y al tráfico de esclavos, y con objetivos concretos para tomar posiciones en el continente. La actividad de la Armada de Barlovento en el Caribe, y de la Armada que tras el ataque del pirata Drake hubo de constituirse en el Pacífico, junto a la actuación del Tribunal de la Inquisición de Lima, fueron las responsables de que no lograsen sus objetivos.
Pero si no consiguieron sus principales objetivos, consiguieron los de segundo orden; así, en los últimos años del siglo XVII, el mercado del azúcar había dejado de depender de la producción brasileña, desbancado por la producción británica, y en segundo lugar francesa (en Guadalupe y Martinica), en las Antillas.

A partir de fines de esta centuria, el proceso indicado de conversión de la economía colonial (de la pequeña producción de tabaco y añil hacia la plantación esclavista con la caña de azúcar como principal cultivo) se hizo notar también en la parte francesa de la isla de Santo Domingo. (Grafenstein 1990: 62)

Y para conseguir la producción, la mano de obra debía ser importada. Ahora ya se había descartado el uso de esclavos ingleses e irlandeses, que dieron malos resultados al demostrar que eran poco adaptables al clima, y se hacía necesaria la importación de mano de obra africana, así como se hacía necesaria la importación de maquinaria, todo lo cual representaba un riesgo económico de envergadura, siendo que el aporte de esclavos debía ser constante debido a la gran mortandad.
Como consecuencia se hacía necesario asegurar que en las colonias no pudiese comprase nada que no fuese fabricado en Inglaterra, fuese una alpargata, un clavo o un sombrero, y por supuesto un esclavo que no fuese suministrado por empresas británicas. Así resultó tarea prioritaria la creación de empresas negreras que fuesen capaces de ser tan eficaces como lo estaban siendo las empresas holandesas.

Se creía que los tratantes privados no construirían fuertes en África y, aunque lo hicieran, no los sostendrían; no pagarían impuestos, firmarían con los monarcas africanos acuerdos inconvenientes desde el punto de vista político y quizá los incumplirían, perjudicando así a la metrópoli. De modo que no sólo los franceses y los ingleses, sino también los gobernantes de pequeños Estados, como el rey de Dinamarca y el duque de Curlandia (la actual Letonia), crearon estas empresas emuladoras de las holandesas, que combinaban los intereses africanos con los de las Indias occidentales. Estas compañías pronto crearon una especie de burocracia que no volvería a verse hasta la aparición de las grandes empresas nacionalizadas de principios del siglo XX. (Thomas 1997: 186)

Que la demanda de azúcar en Europa hubiese sido creciente a lo largo del siglo XVII propició el crecimiento productivo que tuvo su gran explosión en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando como consecuencia más importancia tuvo el tráfico de esclavos, en el que Inglaterra ocupaba el lugar preeminente.
Ya había cesado hacía décadas la preeminencia detentada por Portugal, siendo que Portugal gozaba de tal puesto cuando gestionaba un flujo de tráfico equivalente a una fracción del tráfico gestionado por Inglaterra en los momentos anteriores a hacerse con el asiento, tras la guerra de Sucesión.
A pesar de que la Ilustración ya se había enquistado en España durante el siglo XVIII, las formas, particularmente en América, continuaban siendo en gran medida conforme al espíritu hispánico.

En los antiguos “cachimbos” los esclavos vivían en sus chozas o “bohíos”, cultivaban las pequeñas parcelas o “conucos” que el amo les entregaba para que tuviesen sus propios cultivos y crías, y lograban de ese modo una cierta independencia económica que, a veces, los ayudaba a obtener su libertad. En los nuevos ingenios, cada vez más grandes y mecanizados y cada día más distintos de los viejos trapiches primitivos, van cuajando con rapidez paralela a la de los cambios tecnológicos, las formas típicas de la plantación esclavista. (Castellanos 1988: 130)

El año 1762 significará un grave cambio en el mantenimiento de esas formas, en manifiesto menoscabo de los intereses del más débil, siendo que la concepción puramente patriarcal del hecho esclavista, presente de forma generalizada hasta el momento, daba paso a la explotación sin condiciones del esclavo, al puro estilo británico, sufrido por propios y extraños allí donde estaban enclavados.
Y el motivo determinante del cambio, como no podía ser de otro modo, fue la ocupación de La Habana por los ingleses el año 1762. A partir de ese momento, y a pesar de haber sido recuperada la soberanía el año 1763, los principios liberales cuajaron en un sector importante de la sociedad cubana, y como consecuencia se cayó en el mercantilismo, con el cual se pasó a tener una fijación enfermiza por la producción de azúcar; una obsesión más propia de espíritus ajenos al sentimiento humanista que había marcado los pasos de España hasta esos momentos. Como consecuencia, Cuba conoció un primer crecimiento de su producción de azúcar; y la obsesión por el mismo ya no decaería en el futuro, animada por el gran número de esclavos importado durante la dominación británica, lo que conllevó una más que significativa bajada de los precios de la mercancía humana y una deshumanización en el trato de los esclavos, que desde ese momento pasaban a ser elemento desechable de la producción.
Lógicamente, además, a pesar de haber abandonado militarmente la isla, los ingleses dejaron en la misma la punta de lanza de su imperio: el mercantilismo. Capitales ingleses quedaron en la isla, y esos capitales multiplicaron la producción de azúcar, el número de esclavos y la deshumanización de su trato. Y a partir de ese momento puede decirse que el número de esclavos llevados a Cuba no paró de crecer.
Los ingenios necesitaban más caña para procesar, y la caña necesitaba más terrenos que arrebatar a la selva, y éstos, más esclavos negros que ya no eran atendidos como miembros de la familia, sino como objetos a los que debía sacárseles el máximo beneficio. De la mano de los británicos se implantaba la inhumanidad liberal capitalista, a la que se unían vilmente aquellos que habían perdido el principio de honorabilidad cristiano y español. Ellos se convertirían en los mejores factores del liberalismo.

Tras la ocupación británica de La Habana se produjo un cambio trascendental en la economía de la isla. La inmigración forzosa de negros fue incrementada como consecuencia del fuerte incremento experimentado por el cultivo de la caña de azúcar. La introducción de esclavos la tenía la compañía británica Baker y Dawson y en 1787 los hacendados se quejaban del comportamiento de los asentistas británicos, pues no habían sido capaces de introducir un solo negro. La oligarquía cubana (1789) exigió el cumplimiento de lo acordado y del gobierno español: completa libertad del comercio negrero. Por una real cédula de 1787, posteriormente ampliada en 1791 y 1804, se abrían las puertas de Cuba a los negreros nacionales y extranjeros, lo cual provocó una gran importación de emigrantes forzados: desde 1789 hasta comienzos de 1791 se introdujeron en La Habana más de 5.000 negros, mientras que la contrata de Baker y Dawson, en los tres años que duró, apenas introdujo poco más de 2.000. Los propios cubanos hicieron frente a las nuevas exigencias del tráfico: se creó la Compañía de Consignaciones de Negros, cuyos socios actuaban como factores en La Habana. Además, comienza en esta época en La Habana -como técnica de marketing- la publicidad en la venta de esclavos. La agricultura de la isla lo agradecía y su desarrollo no tenía precedentes. (García Fuentes 1976: 49)

Esa asociación de intereses, o de subordinación vil provocó que en la última década del siglo XVIII Cuba se viese convertida en la primera productora mundial de azúcar… Con el consiguiente beneficio reportado a los capitales británicos, lo que propició la masiva importación de esclavos.

según un informe del Consulado de La Habana en los años comprendidos entre 1789 y 1802 entraron en Cuba 65.745 esclavos y de ellos se dedicaban al cultivo de la caña 25.000. (García Fuentes 1976: 49)

Pero esas cifras quedarían pequeñas en comparación con lo que había de venir, ya que la introducción de mano de obra esclava durante el siglo XIX fue especialmente significativa. Parece como si la nueva colonia británica (la España peninsular) quisiese borrar las glorias de la España Imperial, con la que nada tenía en común, en el menor espacio de tiempo posible.

Entre 1780 y 1873 se importaron 841.200 esclavos a Cuba, siendo que hasta entonces habían sido introducidos no más de 80.000. (Castellanos 1988: 137)

Y uno de los motivos que ocasionó ese tráfico masivo fue que esa importación de mano de obra esclava estaba en gran parte limitada a esclavos varones, con lo que se ocasionó un grave desequilibrio de sexos desconocido hasta el siglo XIX, y que estaba motivado por la teoría económica que sustentaba el principio de la economía de plantación.
La importancia de la cuestión queda marcada en el análisis poblacional del momento, en el que se observa la diferencia existente entre los esclavos urbanos, que podemos identificar como anteriores a la política económica de plantación, y los esclavos rurales, que son los que eran importados en esos momentos.

En 1855, el 63,4% de los esclavos del campo eran varones y el 36,6% eran hembras; mientras que en esa misma fecha los varones eran el 47,5% y las hembras 52,5% entre los esclavos urbanos. (Castellanos 1988: 140)

En ese desarrollo de la economía de plantación es destacable la figura de Francisco Arango y Parreño, anglófilo, ministro que fue del Consejo de Indias; se formó en las plantaciones esclavistas británicas con el objetivo supuesto de recopilar información que pudiese ayudar a Cuba a establecer su industria azucarera, y planteó al gobierno lo que consideraba necesario para la expansión de la industria azucarera:

Había que rebajar los costos (el costo de los utensilios y el de los negros que los trabajaban) y, además, había que aumentar la productividad de la mano de obra esclava, gastando menos en mantener los negros y buscando medios para hacerlos trabajar más. Como si eso fuera poco, el discurso agrega que era preciso intensificar progresivamente la represión contra los negros esclavos y limitar las escasas prerrogativas obtenidas por los negros y mulatos libres. (Castellanos 1988: 122)

Muestra fiel de su adscripción a los principios británicos. Muestra que, acorde siempre en la subordinación a los intereses foráneos, pocos años después no le impediría formular el “donde dije digo, digo Diego” cuando en 1820, siguiendo la actuación de Inglaterra, y de la noche a la mañana, pasó de ser el adalid del esclavismo al adalid del anti esclavismo.
Pero en esta época, Inglaterra estaba interesada en el desarrollo de la industria azucarera en Cuba, entre otras cuestiones porque la situación política y social de las colonias en el Caribe apuntaba una situación en la que era previsible determinar que los intereses económicos británicos se iban a resentir de manera sensible.
Por ese motivo se observará en Cuba un importante crecimiento de las explotaciones azucareras que mantendrían sus respectivos ingenios o trapiches a base de la utilización de esclavos africanos.
Y a Inglaterra le interesaba especialmente Cuba, sobre todo por las condiciones sociales de los esclavos, que, a pesar del manifiesto deterioro que habían sufrido desde 1762, seguían siendo envidiables para los esclavos de las posesiones francesas y británicas en el Caribe, todo lo cual hacía posible predecir la paz social que en esos momentos estaba rota en Haití y anunciaba su ruptura en el resto de las posesiones esclavistas británicas y francesas.
Con esos precedentes, en 1797 se utilizó por primera vez la máquina de vapor y la energía hidráulica en un trapiche cubano. Su generalización se produciría en los años 20 del siglo siguiente. La producción masiva dejó sus cifras para la historia.

La expansión azucarera -que lleva de un promedio de exportaciones de 480.000 arrobas en 1764-69 a uno de 1.100.000 en 1786-90, y alrededor de dos millones y medio para 1805- se produce en medio de una crónica escasez de capitales, en explotaciones pequeñas, que trabajan con esclavos relativamente poco numerosos (sólo en las cercanías de La Habana hay ingenios de más de 100 negros), cuyos propietarios arrastran pesadas deudas frente a los comerciantes habaneros que les han adelantado lo necesario para instalarse. (Halperin 2005: 31)

Esas actuaciones inicialmente se produjeron de forma “autónoma” o más exactamente fuera del control de una Corona que no era la sombra de la sombra de la Monarquía Hispánica… en 1819, cuando ya habían transcurrido más de 20 años desde que dio inicio esa forma de actuación. En este momento, el rey felón, Fernando VII, dio carta blanca al proyecto, redondeándolo al donar en propiedad las tierras que hasta el momento habían estado en usufructo, sancionado favorablemente el régimen plantacional  a imagen y semejanza, lógicamente, del implantado en las Antillas británicas y francesas.
Con esta estructura, ahora bajo la legalidad de la Monarquía liberal, el gobernador de Cuba recibía un informe emitido por el consejo colonial (la monarquía liberal había privado a Cuba de su condición de provincia para relegarla, algo inaudito, a la condición de colonia), un informe en el que se señalaba la existencia de los ingenios siguientes:

De 400 a 500 esclavos ........................................ 3
De 300 a 400 — ................................................. 4
De 200 a 300 — ............................................... 31
De 100 a 200 — ............................................... 17
De 50 a 100 — ............................................... 141
De 20 a 50 — ................................................. 462
De 10 a 20 — ................................................. 688
De 1 a 10 — ................................................ 4.063
                     ———
Total ........................................................  5.409 (Saco 1879 Vol II: 103)


Estos cambios, lógicamente, tendrían una repercusión inmediata en las condiciones de vida de los esclavos. Faltos ya de la protección patriarcal que había estado vigente hasta el momento, cada paso en la mecanización, cada paso en la mejora de las estructuras productivas de las plantaciones o de los trapiches, significaba, inevitablemente, un empeoramiento manifiesto de las condiciones de vida y trabajo de los esclavos, cuyo servicio ya no era prestado en el seno de una familia que lo acogía, lo mantenía y le guardaba cierto respeto si por su parte él se mostraba sumiso y afable, sino que era observado como mera fuerza de trabajo que debía ser aprovecha al máximo sin consideración alguna que justificase una merma de su potencial. Ahora el propietario sólo precisaba mantener sus esclavos calculando si le resultaba más beneficioso atender la salud de uno que la compra de otro nuevo. Faltaba poco ya para que, finalmente, comprendiese el propietario que más que esclavos le convenía tener trabajadores nominalmente libres a los que, mediante el pago de un salario podía sacar la misma fuerza productiva que a un esclavo al tiempo que se veía liberado de su manutención.
Era la evolución pura, lógica y natural del liberalismo económico, británico, que con el liberalismo político se estaba haciendo amo del mundo. Poco importa en el mismo la persona o la familia, porque lo único que importa es la excelencia productiva.
Y en estos momentos, la excelencia productiva se obtenía haciendo trabajar los ingenios azucareros a su máximo de potencial: veinticuatro horas al día siete días a la semana durante un periodo continuado de seis meses, tiempo en el que los esclavos debían atender tanto las labores agrícolas como las del trapiche, en jornadas que llegaban a alcanzar las veinte horas diarias.
Es de suponer que tales jornadas no serían continuadas sine die… o si, teniendo en cuenta la mortandad de esclavos consecuencia de este método productivo.
En ese sentido, el reglamento de la esclavitud de 1842 marcaba dieciséis horas de trabajo y ocho de descanso diario. Sensible diferencia con la legislación existente desde el siglo XVI que estipulaba jornadas de ocho horas.

En tiempos ordinarios trabajarán los esclavos de nueve a diez horas diarias arreglándolas el amo del modo que mejor le parezca. En los ingenios durante la zafra o recolección serán diez y seis las horas del trabajo repartidas de manera que les proporcionen dos de descanso durante el día, y seis en la noche para dormir. (Art. 12 del reglamento de la esclavitud de 1842)

Una barbaridad se mire por donde se mire, pero una barbaridad que, dada la situación socio política de España en esos tiempos, deja prever que los excesos se produjesen de forma más asidua de lo deseable.
Y es que ya no estamos hablando de la España del siglo XVI, siglo XVII, sino que estamos hablando de la España sometida social, política, cultural y económicamente al dominio británico, y el cumplimiento de las leyes  podía tener una lectura más libre, y es que  en estos tiempos no había ya en España gobierno español independiente.
Pero una barbaridad que tenía una referencia en la que desde principios del siglo XIX pasó a ser, no nos engañemos, la metrópoli de España: En Inglaterra el trabajador estaba peor tratado que el esclavo en Cuba, y ese argumento era utilizado por los esclavistas para justificar la esclavitud. Y no sólo estaban en desventaja los trabajadores ingleses, que en ese momento estaban sujetos a la deportación a Austrialia y Nueva Zelanda y al consiguiente sometimiento al sistema esclavista.

Gallenga, un corresponsal del Times (de nacionalidad italiana) que fue a Cuba en 1872, creía que «no cabe duda de que las condiciones de vida del esclavo cubano son, en todo lo que se refiere al aspecto material, mejores que las del campesino libre de las llanuras de Lombardía». (Thomas 1971)

Es el caso que por uno u otro motivo, el proceso de mecanización de la industria azucarera acabó empeorando muy notablemente las condiciones de vida de los esclavos, provocando una gran mortandad que llegó a ser del 10% anual.
A cambio, Cuba pasó de producir 14.000 toneladas de azúcar en 1800, a 359.397 en 1856, lo que equivalía al 25% de la producción mundial. Pero no acabaría ahí el crecimiento, ya que en 1868 la producción sería de 720.000 toneladas.
Ese incremento era dependiente del número de esclavos que atendían todo el proceso productivo, y a su vez, el proceso productivo estaba en manos de un pequeño número de capitalistas encargados de facilitar los suministros necesarios, especialmente los esclavos.
A ese circuito no escapaban los interese ingleses, pero sin embargo, Inglaterra en estos momentos dedicaba sus barcos negreros, no al tráfico de negros de África a América, sino de ingleses a Nueva Zelanda y a Australia, condenados por delitos como robar una manzana… Su puesto, así, en el tráfico negrero, estaba ocupado por otros… agentes ingleses, naturalmente, como la regente María Cristina, y luego su hija, Isabel II, reina de España.

Antonio Parejo, que se trasladó a Cuba desde Cádiz, hacia 1840, con «un muy inmenso capital», aparentemente propiedad de la reina madre de España,  María Cristina, para quien Parejo actuaba como agente en Cuba, y por cuenta de la que fundó el enorme molino Santa Susana. Otros plantadores que vieron nacer su fortuna en el tráfico de esclavos, después de la prohibición, fueron Pedro Forcade de Forcade y Font, negreros de Cádiz; Joaquín Gómez, Antonio Pastor, los Iznaga, de Trinidad, de origen vasco, y los Borrell, de la misma ciudad. (Thomas 1971)

La mafia del tráfico negrero estaba más que bien relacionada, directamente bien conformada, siendo que, irremediablemente, junto a anglófilos de reconocido pedigrí se encontraban algunos ingleses, continuadores de su histórica labor “al margen” de las nuevas directrices implantadas a propios y extraños, manu militari, por la Royal Navy. Señala Hugh Thomas que Forcade contaba con capital y socios ingleses, y que otros, como Darthez and Brothers, de Londres, tenían un representante en La Habana, cuya única tarea consistía en ocuparse de cuestiones relativas al tráfico de esclavos.

El más importante comerciante de la década de 1830 fue, probablemente, Joaquín Gómez, nativo de Cádiz, cofundador del primer banco de La Habana. Era anticlerical y masón, conocido en su logia conocido bajo el nombre de «Arístides el Justo», y «había llegado a La Habana, casi desnudo, a la edad de trece o catorce años»; fue el primero en importar ingenios azucareros horizontales con cilindros de hierro, comprados en Inglaterra, en 1830, a la firma Fawcett and Preston, y compró varios cafetales y algunos ingenios azucareros. Después de él llegó Manuel Cardozo, un portugués; Francisco Marty y Torrens y Manuel Pastor, ambos españoles de gran riqueza. Marty era un bandido retirado. Los dos, Marty y Pastor, se asociaron más tarde con Antonio Parejo y la reina madre española en el negocio del tráfico de esclavos a gran escala, en las décadas de 1840 y 1850, contando para ello con barcos muy rápidos. (Thomas 1971)

Pero no era sólo Cuba, provincia española, el lugar donde se notaría ese incremento productivo. Las nuevas nominalmente repúblicas independientes de España, las nuevas colonias británicas en América, sufrirían el mismo proceso durante el siglo XIX y principios del siglo XX, donde, productores procedentes de las históricas colonias europeas en el Caribe, especialmente Haití y Jamaica, nutrieron la fuerza de trabajo bajo formas más o menos forzadas.

Una plantación normal solía producir, en 1830, 72 toneladas anuales de azúcar, empleando unos setenta esclavos, de modo que puede considerarse que una tonelada de azúcar precisaba del trabajo de un esclavo. (Thomas 1971)

Una producción que con los nuevos métodos desarrollados dejaban a las plantaciones en inferioridad de condiciones frente a la obtención de azúcar a través de la remolacha

En efecto, si debemos atenernos a los hombres de la profesión, a los hombres experimentados en semejantes materias, ilustrados por los inmensos progresos que ha hecho entre nosotros la industria del azúcar indígena (de remolacha), una fábrica bien montada, cuyos edificios son de un tamaño regular, y las máquinas de una fuerza media, puede elaborar fácilmente cada año de 1 a 2 millones de kilogramos de azúcar. La Martinica fabrica anualmente casi 24 millones, y la Guadalupe casi 37. Veinte fábricas, pues, bien montadas, bastarían cumplidamente a la Martinica, y 30 a la Guadalupe. La primera tiene hoy 494 ingenios y la Guadalupe 518: en otros términos, existen en cada colonia tantas fábricas, cuantas son las heredades en que se cultiva caña. (Saco 1879 Vol II: 105)

Esos datos dejan en evidencia lo que desde muchos puntos se estaba planteando: el aspecto antieconómico del mantenimiento del régimen plantacional y del régimen esclavista.
A partir del momento, el esclavo pasaría a denominarse asalariado.















La esclavitud y las leyes


El hecho de la esclavitud se remonta a la prehistoria, como a la prehistoria se remonta el hecho de la guerra, de donde parece surgir como alternativa clemente a la ejecución del vencido.
Como consecuencia, la legislación más antigua conocida hace mención a este detalle.
Capítulo aparte merece el estudio de este aspecto, y a él nos remitimos en el trabajo global sobre la esclavitud en el mundo, no sin  señalar aquí, al objeto de dar luz al asunto, la importancia que, como texto legal tiene el Código de Hammurabi, uno de los conjuntos de leyes más antiguos del que se tiene noticia, que consta de un total de 1245 leyes. Se ubica en Mesopotamia, se basa en la ley del Talión y data del siglo XVIII antes de Cristo, y en él Hammurabi, rey de Babilonia, enumera las leyes que ha recibido del dios Marduk para fomentar el bienestar entre las gentes.
Del citado código parece interesante entresacar algunas leyes que nos ayuden a ubicarnos en el contexto del asunto que estamos tratando. Nos limitaremos a resaltar algunos aspectos que quedan sobradamente claros, pero que nos interesa queden fijados en nuestra mente para que posteriormente salten  a nuestro pensamiento cuando en otras circunstancias nos encontremos con hechos semejantes.
Según el mencionado Código,  que reserva el calificativo de “hombre” para el hombre libre.

Si un hombre compra o recibe en depósito plata u oro o un esclavo o esclava o un buey, o una oveja, o un asno, o lo que sea, de manos de un hijo de un hombre o del esclavo de un hombre sin testigos ni contrato, ese hombre es un ladrón; será ejecutado. (Código de Hammurabi: Ley 7)

Observemos en la redacción de esta ley cómo un  esclavo, además de poder ser vendido y comprado como una cosa, tiene potestad para actuar como sujeto activo en un acto comercial que se reconoce como válido (de manos de un hombre o del esclavo de un hombre…)

119 § Si las deudas se apoderan de un hombre y tiene que vender a una esclava que ya le haya dado hijos y el dueño de la esclava paga todo el dinero que le había prestado el mercader, que redima a su esclava. (Código de Hammurabi: Ley 119)

Observemos en esta ley que, con las salvedades que queramos, existe un principio de resguardo de la familia, y la esclava, por el hecho de ser madre, tiene unos derechos, sutiles, pero derechos. En ese mismo sentido  gira la ley 170 del mismo Código.

170 § Caso que la esposa principal de un hombre le haya alumbrado hijos, y su esclava también le haya alumbrado hijos, (si) el padre, en vida, les declara a los hijos que le haya alumbrado la esclava: «Sois hijos míos», y los considera en todo iguales a los hijos de la mujer principal, que los hijos de la mujer principal y los hijos de la esclava, cuando al padre le haya llegado su última hora, hagan partes iguales de los bienes de la casa del padre; el heredero preferido, hijo de la esposa principal, escogerá una parte y se la quedará. (Código de Hammurabi: Ley 170)

También en esta legislación existe el principio de vientres libres.

175 § Si un esclavo del palacio o un esclavo de individuo común toma (por esposa) a una hija de señor y ella alumbra hijos, el dueño del esclavo no reclamará como esclavos a los hijos de la hija de señor. (Código de Hammurabi: Ley 175)

Siguiendo con la antigüedad, pero dando un importante salto en el tiempo, damos también una muy superficial visión a Grecia, y en ella al filósofo que más influencia ha tenido en los últimos dos mil años: Aristóteles, que afirma que la esclavitud entra dentro del derecho natural y señala el paralelismo existente entre ésta y la superioridad natural del hombre sobre los animales.
Los principios sobre los que basa su defensa de la esclavitud los remite el pensador a la misma naturaleza.

Está claro que  unos son libres y otros esclavos por naturaleza, y que para éstos el ser esclavos es conveniente y justo. (Aristóteles: Política, 59)

Y de esa naturaleza, sigue afirmando Aristóteles, forman parte tanto los que son naturalmente libres como los que son naturalmente esclavos, siendo que  no solamente para el libre, sino también para el esclavo, la esclavitud es útil y justa.
Y matiza más:

Todos los seres que se diferencian de los demás tanto como el alma del cuerpo y como el hombre del animal (se encuentran en esta relación todos cuantos su trabajo es el uso del cuerpo, y esto es lo mejor de ellos), estos son esclavos por naturaleza, para los cuales es mejor estar sometidos a esta clase de mando (Aristóteles: Política, 58)

El esclavo, así, y según Aristóteles, lo es para su propio bien, puesto que es lo más conveniente en cuanto tiene relación con el amo, por el cual participa en las ventajas de la razón, y la relación existente entre bárbaro y esclavo es de absoluta identidad.

entendiendo que bárbaro y esclavo son lo mismo por naturaleza. (Aristóteles: Política, 47)

Dejaremos ahí la cuestión, a modo de reseña, no sin señalar antes que en el mismo texto parece intuir lo que habría de suceder dos mil cuatrocientos años después de planteada su tesis al respecto, aunque no previó que eso no significaría el final de la esclavitud, sino tan solo su transformación.

Pues si cada uno de los instrumentos pudiera cumplir por sí mismo su cometido obedeciendo órdenes o anticipándose a ellas, si, como cuentan de las estatuas de Dédalo o de los trípodes de Hefesto, de los que dice el poeta que entraban por sí solos en la asamblea de los dioses, las lanzaderas tejieran solas y los plectros tocaran la cítara, los constructores no necesitarían ayudantes ni los amos esclavos. (Aristóteles: Política, 55)

También en el Imperio Romano los grandes pensadores como Séneca o San Agustín trataron del asunto de la esclavitud y volvieron sobre las premisas de Aristóteles.
Al respecto, Séneca señalaba que amos y esclavos, al ser racionales y pertenecer todos a la raza humana, compartían parentela. Ello no era óbice para que el esclavismo en Roma tuviese especial significación, habiendo llegado a representar en alguna ocasión hasta el 40% de los habitantes del Imperio.
Los ciudadanos se dedicaban a la guerra y a la política, y el Imperio, para mantener la seguridad y el abastecimiento de ciudades y mercados, precisaba de una ingente cantidad de alimento que inexorablemente era producido por el medio rural, con la base de la mano de obra esclava, principalmente alimentada con los prisioneros que eran hechos en las campañas militares, y que atenderían todos los menesteres, no necesariamente los relacionados con las labores de menos prestigio, sino los relacionados con todos los ámbitos, incluido el de maestro o gestor en cualquier campo. Sólo tenían vetado el ejército y la política.
Con la caída del Imperio Romano, la legislación visigoda sería una continuación del derecho romano con las variantes propias, que toman forma en la Lex gothica, conocida como Liber Iudiciorum, que promulgado por Recesvinto en 654, y conocido posteriormente como Fuero Juzgo recogía las leyes y costumbres habidas hasta el momento.
De este periodo es de destacar que a mediados del siglo VII, el rey visigodo Chindasvinto, que reinó entre el 642 y el 649, prohibió a los amos matar a los esclavos. Gran adelanto legislativo que sin embargo no mejoraba grandemente la situación del esclavo, pues según reconocería posteriormente Recesvinto, a cambio se permitían brutales castigos como era provocar alguna mutilación. Estos aspectos fueron tratados en diversos concilios de la Narbonense, en cuyas conclusiones se exigía a los amos a los cuales se les devolvían los esclavos que por algún  motivo se encontraban fuera de su jurisdicción, jurasen que no los matarían o torturarían, y posteriormente tendrían reflejo en los concilios de Toledo.
Llama la atención que la ley prohíba vender a sus propios hijos.

Que los padres non puedan vender los fiios, ni meter en poder dotri. (Libro V Título IV, XIII Ley antigua. Fuero Juzgo)

Como también llama la atención la capacidad legal que tenían los siervos para iniciar una querella.

Si algun omne libre o siervo se quiere querellar dotro omoe en tierra de otro iuez, que non es el su iuez daqueI que se quere1la, el su iuez de la su tierra deve enviar sus 1etras al otro iuez seelladas con su seyllo, é quel ruegue, que ozca la querella daquel su omne, é quel faga aver derecho. (Libro II Título II, VIII Ley antigua. Fuero Juzgo)

También es de destacar algunos medios por los que se llegaba a ser esclavo; uno de ellos, por deudas, ya lo hemos visto reflejado en el Código de Hammurabi.

E si non oviere onde pague a los otros debdores, deve seer  siervo daquellos por la debda. (Libro V Título VI, V Ley antigua. Fuero Juzgo)

Otro, destaca por la movilidad de la condición de la servidumbre en  relación con el matrimonio:

Si la mugier que fué sierva y es libre se ayuntare con siervo aieno, ó le casar, el senor del siervo muéstrelo tres vezes ante tres testimonios, ques parta dend, e depues, si se non quisiere partir, sea sierva del sennor del siervo. (Libro III Título II, IV Ley antigua. Fuero Juzgo)

Un detalle a tener en cuenta para un análisis más centrado de esa situación es que durante el reino visigodo no se conocía diferencia entre esclavo y siervo, dando a la misma persona el título de siervo, que no de esclavo, y sin embargo, a juzgar por las discusiones conciliares, el trato de esclavo y no de siervo. Tenemos que seguir la historia hasta después de la asonada del 711, para encontrarnos con la distinción que marca una u otra situación, de servidumbre o de esclavitud.
Y es en el siglo XIII cuando nos encontramos con un monumento legislativo que perdurará a través de los siglos: las Siete Partidas promulgadas por Alfonso X, donde el capítulo dedicado a la esclavitud señala que se puede acceder a la misma por tres motivos.
Y hay tres maneras de siervos: la primera es la de los que cautivan en tiempo de guerra siendo enemigos de la fe; la segunda es de los que nacen de las siervas; la tercera es cuando alguno que es libre se deja vender. Y en esta tercera son menester cinco cosas: la una, que él mismo consienta de su grado que lo vendan, la otra que tome parte del precio, la tercera que sea sabedor que es libre, la cuarta, que aquel que lo compra crea que es siervo; la quinta, que aquel que se hace vender, que hay de veinte años arriba. (Partida IV, Título 21 ley 1)
Pero al tiempo que admite la esclavitud y señala los medios por los que una persona puede acceder a ella, también señala el rechazo por la misma, y explica los motivos primeros que justificaban la esclavitud como mal menor.

Servidumbre es postura o establecimiento que hicieron antiguamente las gentes por la cual los hombres, que eran naturalmente libres, se hacen siervos y se meten a señorío de otro, contra razón de naturaleza... Que antiguamente a todos cuantos cautivaban, matábanlos,  mas los Emperadores tuvieron por bien y mandaron que no los matasen, mas que los guardasen y se sirviesen de ellos. (Partida IV. Título XXI. Ley I)

Así, la aceptación del hecho de la esclavitud se trasluce como un mal ineludible, y en el título V de la Cuarta Partida, las Siete Partidas señala su rechazo a la servidumbre y su ensalzamiento del hombre.

Servidumbre es la más vil y la más despreciada cosa que entre los hombres puede ser, porque el hombre, que es la más noble y libre criatura entre todas las otras criaturas que Dios hizo, se torna por ella en poder de otro, de manera que pueden hacer de él lo que quisieren, vivo o muerto, y tan despreciada cosa es esta servidumbre que el que en ella cae no tan solamente pierde poder de no hacer de lo suyo lo que quisiese,  mas aún de su persona misma no es poderoso sino en cuanto le manda su señor.

Pero ese mal que resulta ineludible, sí puede aquilatarse en cuanto a la naturaleza de los esclavos, siendo que queda proscrita la esclavitud de los cristianos, y señalado el bautismo como instrumento de liberación no sólo espiritual, sino en este caso también física.

Judío ni moro ni hereje ni otro ninguno que no sea de nuestra ley puede tener cristiano por siervo; y cualquiera de ellos que contra esto hiciese, teniendo a sabiendas cristiano por siervo, debe morir por ello, y perder todo cuanto que hubiere y ser del rey. Otrosí decimos que cualquiera de estos sobredichos que hubiere siervo que no fuese de nuestra ley, si aquel siervo se tornarse cristiano, que se hace por ello libre luego que se hace bautizar y recibe nuestra fe, y no está obligado a dar por sí ninguna cosa a aquel cuyo era antes que se tornase cristiano. (Partida IV. Título XXI. Ley VIII)

Otros aspectos destacables del Código de las Siete Partidas es la autorización por la que un siervo podía contraer matrimonio con una mujer libre, o una sierva con un hombre libre, sin necesitar autorización del amo, y éste, en caso de tener un matrimonio de siervos, no podía vender uno si ello comportaba alejamiento de su hogar.
La libre disposición de la vida del siervo queda también reflejada en el mismo título XXI señalado,  limitada al caso de flagrante desprecio del honor familiar consecuencia de que el siervo yaciese con la mujer del amo. En otro caso, la vida, tanto del siervo como del amo, se halla protegida por la ley.
Y la manumisión se articula en el Título 22, en  el que se protege a aquel que, con conocimiento de su señor, actúa como libre durante un periodo de tiempo… o recibe alguna orden sagrada, si bien, quién lo hace sin autorización tiene una escala de contrapartidas que van desde la vuelta a su estado de servidumbre hasta la compensación a su antiguo amo.
Ya en 1494 se amplió el ámbito de la legislación, no tanto para modificar su contenido, sino para determinar si entraban en su ámbito los habitantes de las Indias, recién descubiertas.
El descubrimiento de América significó un cambio en todos los órdenes, y uno que sin lugar a dudas ocupa el primer puesto en el orden de prioridades era determinar si sus habitantes tenían alma, si eran personas como los descubridores.
Y esa no era una cuestión menor, ni en el ámbito de lo religioso ni en el ámbito de lo político ni en el ámbito de lo económico. En ese orden por mucho que la mentalidad liberal hoy imperante se obstine en alterarlo conforme a su modo y obligándonos a olvidar que esa misma mentalidad nos aconseja mentir… sólo si es para la consecución de los objetivos marcados.
En principio, para el ámbito económico, como no eran cristianos, eran susceptibles de ser esclavizados y explotados, y eso era plenamente aceptado con la mentalidad de la época. Y el asunto hubiese podido resolverse mucho más favorablemente para quienes se centraban en el desarrollo económico si se hubiese determinado que no tenían alma, pues si hubiese sido así, que evidentemente no fue, resultaría que se les concedía el estatus de animales, como efectivamente haría Inglaterra tres siglos después en Australia y Nueva Zelanda, y hubiese resultado   irreprochable su utilización como esclavos.
 Ajenos a esa mentalidad, una junta de teólogos y letrados debió determinar en aquellos momentos si se podía reducir a esclavitud a los indígenas americanos… y determinó  que eran libres.
Ese mismo principio será confirmado por el doctor Juan de Palacios Rubio, quién por orden del Fernando el Católico, y a la luz del derecho, confirmó la sanción de 1494, si bien quedó señalado que los indios eran incapaces de gobernarse por sí mismos.
Por decreto firmado el 20 de junio de 1500 se ponía en libertad a los indios que habían sido esclavizados hasta el momento, y se gestionaba su vuelta a América, lo que se cumplimentaría en la flota de Francisco de Bobadilla, quién remitiría encadenado a Colón a la Península tras desposeerle de su cargo de Virrey, y al tiempo daban poder e instrucciones a Nicolás de Ovando para instaurar un ordenamiento jurídico de indios en el que fuesen tratados como hombres libres vasallos de la Corona.
Sería el inicio de la encomienda en América, institución cuya extinción en la Península era buscada ardientemente por la Corona.
Sin embargo, fue la misma Corona quién estimó esta institución como elemento necesario transitorio para la incardinación de los indios en la Monarquía, al tiempo que apoyaba y daba alas, nombramientos, apoyo económico e institucional a un personaje como Fray Bartolomé de las Casas, que se significó muy concretamente por sus ataques a la institución de la Encomienda, y reclamó que fuese sustituida por la aportación de mano de obra esclava negra.
Así, el decreto de 20 de junio de 1500, que en lógica debía haber significado el principio de la total abolición de la esclavitud, quedó centrado exclusivamente en beneficio de los indígenas americanos (y posteriormente filipinos y micronesios), excluyendo de los mismos, por algún periodo, los antropófagos y los prisioneros de guerra.
Por estas instrucciones, como felizmente señala Hug Thomas, Ovando debería garantizar la protección de la Corona a los caciques, que estarían obligados a pagar tributo, al igual que todos los súbditos. Este tributo debería ser convenido con los caciques, con objeto de que supiesen que no iban a ser tratados injustamente.

porque Nos deseamos que los yndios se conviertan a nuestra Sancta Fee Cathólica, e sus ánimas se salven, porque éste es el mayor bien que les podemos desear, para lo qual es menester que sean ynformados en las cosas de nuestra fee, para que vengan en conoscimiento della, ternéys muncho cuidado de procurar, sin les facer fuerza alguna, como los religiosos que allá están los ynformen e amonesten para ello con muncho amor, de manera que, lo más presto que se pueda, se conviertan; e para ello daréys todo el favor e ayuda que menester sea. (Instrucciones a Ovando)

A partir de los principios señalados por Palacios Rubio se crearían dos corrientes que acabarían enfrentándose en la que es conocida como “Controversia de Valladolid”, dando lugar a una corriente jurídica que generaría lo que conocemos como Derecho Internacional, que defendía el principio de la libertad natural de todos los hombres y reconocía que la esclavitud era contraria al derecho natural. Entre quienes desarrollaron tan revolucionarios principios se encuentra, sin lugar a dudas en primer lugar Francisco de Vitoria, pero también brillaron con luz propia nombres como Melchor Cano, Ginés de Sepúlveda, Gonzalo Fernández de Oviedo o Domingo de Soto, por citar los más relevantes, que no los únicos.
Estos juristas, verdaderos adelantados de los principios de igualdad entre los hombres, padres del derecho internacional, desarrollaron una labor que ha quedado en la historia como ejemplo de justicia y equidad. Al respecto,  Juan Cruz Monje Santillana, en su estudio de las Leyes de Burgos de 1512 no duda en señalar la grandeza de espíritu de los juristas que tomaron parte en la confección de las mismas.

Melchor Cano establece que los indios no pueden ser hechos esclavos, pues ningún hombre es esclavo por naturaleza y no existen razas nacidas para ser esclavas ni la naturaleza ha creado a otras para ser señoras. Este autor es tajante: Todos los pueblos son jurídicamente iguales. Carranza, por su parte, afirma que los indios no se podían vender ni comprar. Concebía a los pueblos americanos como miembros iguales de la comunidad internacional y, por tanto, no se podía hacerles la guerra, conquistarlos u ocuparlos por motivos religiosos o culturales. Lo que no estaba permitido hacer con los cristianos no se podía hacer con los infieles. Continuaba diciendo que “Los indios son personas y tienen derecho a la vida y a la dignidad, e independientemente de su raza todos los hombres son iguales. Estos descubridores concebían la conquista americana como un protectorado dirigido a la evangelización y a garantizar los derechos humanos allí donde se conculcasen.”   (Monje)

Pero estos principios y estas actuaciones sólo eran la punta de lanza de lo que debió haber sido y hasta hoy mismo no es: la abolición del sistema esclavista. Un pensamiento que se gestó y comenzó a tener cuerpo en la España plena del siglo XVI y que se paralizó en el siglo XVIII como consecuencia de la contaminación por Ilustración.
Efectivamente, la acción de la Corona y de los juristas españoles había abierto las puertas  al derecho de gentes en medio de un mundo en el que la esclavitud se consideraba lícita, natural y legal, admitida por la Biblia y por la Iglesia, e incardinada en el derecho natural de los pueblos, no sólo europeos sino también africanos y de los demás continentes.
En medio de esa actividad eminentemente reconocedora de los derechos humanos, es evidente que el tráfico de esclavos seguía desarrollándose en los reinos hispánicos, donde se justificaba esa actividad por la voluntad manifiesta de transmitir la doctrina católica, y donde los traficantes estaban en la obligación de suministrarse de esclavos procedentes exclusivamente de una guerra justa, entendiendo por tal que la misma hubiese sido aprobada por una autoridad constituida.
Al respecto no fueron pequeñas las discusiones, porque francamente resulta un poco difícil de, aceptado el argumento de la guerra justa, señalar que los esclavos comprados procedían efectivamente de una guerra sometida a esas condiciones legales.
Como consecuencia, el argumento que prevaleció  es que, al fin, una cosa era los traficantes y otra los amos que, por necesidad, buscaban esclavos. Argumento peregrino si se quiere pero que, a la postre, venía avalado por la trata de siglos, donde efectivamente, el tratante, el traficante no era mirado con buenos ojos, mientras quien consumía el producto, quién finalmente utilizaba a los esclavos a su servicio, era mirado con más benevolencia. De hecho hoy podemos comprobar que se aplica la misma política para el caso de la droga: uno es el trato que se le da a los traficantes, y otro el que reciben los consumidores.
Como consecuencia, el responsable de verificar que se cumpliese la ley en lo relativo a que el esclavo lo fuese de forma legítima era el tratante que compraba en África.
Pero los juristas continuaban dando la batalla. Domingo de Soto, confesor de Carlos I, por ejemplo, denunciaba la esclavitud de los negros y señalaba que quien quisiera mantener tranquila su conciencia no podría participar en este tipo de mercadeo, ya que a los que Cristo liberó no pueden hacerse ahora esclavos.

Otros religiosos se unen a esta idea como fray Tomás de Mercado quien escribe el texto “Suma de tratos y contratos” donde denuncia las formas en que los africanos son esclavizados por los portugueses de forma ilegítima, como también lo hace Luis de Molina en su obra “De iustitita et iure”, en la que además plantea la conveniencia de que el rey de Portugal –que en el momento en que escribe este tratado era Felipe II (Felipe I en Portugal)- ordenara examinar la licitud de los títulos en los que se fundamentaba la esclavitud de los negros, tal como hizo Carlos V con los indios .  (Arce 2013: 62)

Pero Luis de Molina, si se muestra implacable con el tráfico, coincide en la benevolencia para con los poseedores de esclavos, a quienes les reclama benignidad en el trato.
Es el caso que la Escuela de Salamanca, con todo el peso que tiene en la Historia del Derecho, entendió el fenómenos del esclavismo como un hecho negativo, pero en su conjunto, con todas las salvedades y recomendaciones, no acabó de sancionar el hecho de la esclavización de los negros con la misma contundencia que se aplicó para evitar la esclavización de los indios, para los que, incluso para Ginés de Sepúlveda hubiese sido injusto someter por un hecho de guerra, como de hecho sí era admitido para el caso de los demás.

Sería, pues, contra toda equidad el reducir a servidumbre a estos bárbaros por la sola culpa de haber hecho resistencia en la guerra, a no ser aquellos que por su crueldad, pertinacia, perfidia y rebelión se hubiesen hecho dignos de que los vencedores los tratasen más bien según la rigurosa equidad que según el derecho de la guerra. (Sepúlveda)

Parece que el tema de la esclavitud tenía sometida a España a una dualidad de sentimientos que no acababan de compaginarse. Era un sí… pero no. Un no quiero… pero hago… poco y mal, porque no está bien que lo haga…
Sí, lo acabado de exponer es un juicio muy particular que no puede ser señalado como hecho histórico, pero sin embargo, como hecho histórico podemos señalar la instrucción que Felipe II emitía el 27 de abril de 1574.

Muchos esclavos y esclavas, negros y negras, mulatos y mulatas, que han pasado a las Indias, y otros que han nacido y habitan en ellas, han adquirido libertad y tienen granjerías y hacienda…/… tenemos justo derecho para que nos le paguen (tributo), y que este sea un marco de plata en cada año, más o menos, conforme a las tierras  donde vivieren…/… este repartimiento no podrá ser igual, sino conforme a la hacienda de cada uno, de que habrán de ser libres los pobres, y en el personal los viejos, niños y mujeres que no tuvieren casa ni hacienda, proveerán las audiencias lo que fuere de justicia, conforme a derecho. (Recopilación tomo II Título V Ley I)

No habla la nota de derechos de los esclavos ni de manumisiones, pero es altamente esclarecedora en toda su redacción, de la que es preciso destacar, para no ir más allá, la primera frase:
Muchos esclavos…/…han adquirido libertad y tienen granjerías y haciendas. Y eso en 1574, donde queda reflejado en la práctica el espíritu que venimos señalando, y que se encuentra presente de forma especial ya en el Código de las Siete Partidas.
Sólo circunstancias extraordinarias hacían variar la política en ese sentido; así, en Filipinas y contra los de Mindanao hubo de actuar en contra de los principios que reiteradamente eran marcados por la Corona.
La situación era grave por un doble motivo  que no se circunscribía a que los “mindanaos” presentasen actitud belicosa, pues ello ya no acarreaba la pena de esclavitud. Lo que llevó al rey prudente a tomar esa determinación fue que la rebelión estaba instigada por musulmanes, y era justamente a ellos a los que iba dirigida la cédula condenándolos a esclavitud si eran capturados, no aplicándose la sanción a los naturales, aunque profesasen la religión musulmana, y si a los musulmanes procedentes de otros lugares.
Con la España unida bajo la misma corona, la política portuguesa relacionada con la esclavitud estaba encaminada a conocer un cambio importante cuando en 1609 fue abolida la esclavitud de los indios brasileños. Pero ese paso, que no fue dado por Felipe II, sino en el reinado de  Felipe III, segundo de Portugal, no pasó de ser un buen intento, ya que la ley fue derogada sólo dos años después, merced a la presión de los traficantes.
Ese fue uno de los primeros pasos atrás que daba España. Luego llegarían otros, especialmente significativos tras la Guerra de Sucesión.
Son muchas las circunstancias que a partir del Tratado de Utrecht llaman  la atención por lo contrarias al sentido que habían tenido hasta la fecha.
Hasta 1700, podemos encontrar alguna decisión que pudo ser equivocada o que, especialmente en el reinado de Felipe IV pudiese ser achacada a la megalomanía de algún valido. A partir de esta fecha, y especialmente tras la firma del Tratado de Utrecht, con lo que nos encontramos es con un reguero de actuaciones cuando menos dudosas, si no señaladamente contrarias al espíritu hispánico, que con carácter creciente en número y en importancia se van reproduciendo a lo largo de los años con la dinastía Borbón. Cierto que hasta la Guerra Franco Británica para la dominación  de España (vulgo Guerra de la Independencia) alternándose con esos actos extraños encontramos también un reguero de actuaciones que conseguían mantener el tipo y reconocer, mal que bien a España, pero también cierto que esa creciente dominación, llevada a cabo por la Ilustración, iba minando el ser y la esencia de España, preparando su postración y descuartizamiento, que tendría lugar en el siglo XIX.
En esa línea encontramos actuaciones relacionadas con el tema que nos ocupa, y por ejemplo en 1752,  la Universidad de Lima excluye de las matrículas a los alumnos no blancos. Pero, ¿qué podía hacer quién se considerase ilustrado? No en vano Montesquieu, en su libro El espíritu de las leyes, Libro XV. Capítulo V,  De la esclavitud de los negros escribiría sobre la raza negra en 1748: “Es imposible suponer que tales seres (los negros) sean hombres, porque si lo supusiéramos, deberíamos creer que nosotros no somos cristianos”.
Ese hecho nos señala tres cosas: la primera que el racismo estaba abriéndose camino en todos los ámbitos de la vida nacional; la segunda, y por lógica deducción, que eso no sucedía en la etapa inmediatamente anterior; y la tercera, que esas ideas eran aportadas por el despotismo ilustrado que se había asentado en España sin solución de continuidad.
Y la suposición de que tal cosa no sucedía en la etapa anterior queda confirmada si atendemos a lo que señala Carmen Bernand, quién afirma que si bien hubo hombres de color en los estudios de letras y de gramática, la mayoría se orientaron hacia dos profesiones específicas: la medicina y la abogacía.

Los estatutos de la Universidad de San Marcos de Lima precisaban que se excluía a “cualquiere que uviere sido penitenciado por el sancto oficio, o sus padres o abuelos o tuviere alguna nota de infamia, no sea admitido a grado alguno ni a examen dél, ni se le dé”. Como en México, la vaguedad de la fórmula “nota de infamia”, dio lugar a controversia, y cuando la Universidad propuso que no se admitiesen ni mestizos, ni zambos, mulatos y cuarterones, el Consejo de Indias de 1678, no lo aceptó. Hubo por lo tanto -y la reiteración de cédulas, una vez más lo demuestra- gente de color que accedió a estudios universitarios y que adquirió una cultura consecuente. Gaspar Riveros de Vasconcelos fue uno de ellos. (Bernand 2000: 100)

Observamos que el intento ya se llevó a cabo durante el reinado de Carlos II, presumiblemente aprovechando las particulares circunstancias del rey “hechizado”, pero sin embargo no llegó a salir adelante porque existía un Consejo de Indias que actuaba como tal. Los intentos “modernizadores”, “progresistas”,… tendrían que esperarse a la muerte de Carlos II, cuando una nueva dinastía, cargada de espíritu francés, lo posibilitase.
Evidentemente, el sentido de las nuevas ordenanzas y de las cédulas reales no puede entenderse en el mismo y estricto sentido en que deben ser asumidas las emanadas antes de la Guerra de Sucesión, pues los principios son radicalmente distintos. Y tras la Guerra de Sucesión, los motivos que justifican, por ejemplo, la emisión de la cédula real sobre educación deberán ser sometidos al estricto análisis de los modos aplicados por la Ilustración, cuando observamos que sus redactores son los mismos que provocaron la expulsión de la Compañía de Jesús, y entre otras cuestiones dejaron en el mayor desamparo a los indios que aquellos tenían en sus reducciones.
La cédula en cuestión señala

Todo poseedor de esclavos, de cualquier clase y condición que sea, deberá instruirlos en los principios de la Religión Católica, y en las verdades necesarias para que puedan ser bautizados dentro del año de su residencia en mis dominios, cuidando que se les explique la Doctrina Cristiana todos los días de fiestas de precepto, en que no se les obligará, ni permitirá trabajar para sí, ni para sus dueños, excepto en los tiempos de la recolección de frutos, en que se acostumbra conceder licencia para trabajar en los días festivos. (Real Cédula sobre educación... 1789)

¿Con qué objeto se emitía semejante cédula que nada nuevo aportaba a la legislación?... Salvo oscuridad. Una oscuridad que acababa siendo luminosa cuando constatamos que la misma nunca fue publicada en Cuba.
¿Y qué pasaba en Cuba para que justamente ahí se cometiese semejante delito? Parece ser que era el único lugar donde la esclavitud no había llegado a límites de extinción natural como sucedía en otros lugares, sino que bien al contrario estaba iniciando un desarrollo hasta entonces desconocido en todas las Españas, merced al dominio británico de las estructuras económicas, en concreto de la banca y de la producción azucarera, asuntos de los que tomaron posesión en 1762, cuando se produjo la ocupación de la isla por parte de Inglaterra.
Y qué diferencia la legislación de la época con la vigente unos años antes, desde que en 1593, ordenaba Felipe II:

Todos los obreros trabajarán OCHO HORAS CADA DÍA, cuatro en la mañana y cuatro en la tarde en las fortificaciones y fábricas que se hicieren, repartidas a los tiempos más convenientes para librarse del rigor del Sol, más o menos lo que a los Ingenieros pareciere, de forma que no faltando un punto de lo posible, también se atienda a procurar su salud y conservación”. (Recopilación: Libro III, Título VI, Ley VI)

La legislación de la Ilustración tendría ligeras variaciones comparada con la de Felipe II.

arreglarán las tareas del trabajo diario de los esclavos proporcionadas a sus edades, fuerzas y robustez: de forma que debiendo principiar y concluir el trabajo de sol a sol, les queden en este mismo tiempo dos horas en el día para que las empleen en manufacturas u ocupaciones que cedan en su personal beneficio y utilidad; sin que puedan los dueños o mayordomos obligar a trabajar por tareas a los mayores de sesenta años, ni menores de diez y siete, como tampoco a las esclavas, ni emplear a éstas en trabajos no conformes con su sexo o en los que tengan que mezclarse con los varones, ni destinar a aquellas a jornaleras. (Real Cédula sobre educación...1789)

Las reformas borbónicas, con especial incidencia a partir de 1765, significan una reorganización administrativa que conlleva la creación de intendencias y nuevas formas de recaudación de impuestos, y ello, además, acompañado de otras medidas que no fueron del general agrado, y que comportó el relegamiento de una estructura jurídica dentro de las Audiencias, que cedía sus puestos a los nuevos funcionarios, más acordes a las nuevas condiciones políticas que acarrearon una cascada de medidas  de hondo calado en todas las estructuras, y entre ellas, una cuya relevancia era de singular importancia: la expulsión de la Compañía de Jesús, que tuvo efecto en 1767, y que condenó al desarraigo a las poblaciones que gestionaban, y cuya medida tuvo especial incidencia en el Paraguay.
Junto a estas medidas se desarrollaron otras cuyo análisis y conveniencia pueden resultar más favorables, como fue la modernización de las operaciones mineras y la creación de nuevas empresas.
Pero si en lo económico pudieron resultar favorables esas medidas, en lo humano significaron un retroceso escalofriante… O un adelanto hacia la total sumisión de España a intereses foráneos, pues en ese mismo contexto comenzaban a sufrir un sentido y público menosprecio las tradiciones sociales hispánicas, al tiempo que, parejo, se desarrollaba algo que nunca había formado parte de esas tradiciones: la clasificación y la división racial.
En ese orden, y asentando la preponderancia del desarrollo económico sobre cualquier otra cuestión, llama la atención el caso de Cuba, donde contrariamente a lo ocurrido en el resto de la España americana, y a pesar de que las leyes liberadoras del comercio fuesen iguales, se inicia una tradición de liberalización del comercio de esclavos que impulsarán el tráfico negrero hacia la isla con una importancia nunca antes conocida ni en Cuba ni en el continente.
Ese tráfico, que desde 1740 había conocido un calor creciente por parte de la administración ilustrada, alcanzaba su máxima expresión en 1789, cuando fue liberalizado el tráfico para españoles y para extranjeros. Es aquí donde lo peor de España se codeaba con los esclavistas tradicionales en un  ámbito de iguales. Aquí se forjaron grandes negocios de tráfico que tenían su origen en el puerto de Barcelona, el mismo que entre 1702 y 1714 se había opuesto a Felipe V, que ocupaba el trono desde 1700, en una guerra que es conocida como “de sucesión”.
En estas fechas se tramó la política que se seguiría en España; uno de los principales en la tramoya era el ministro Julio Alberoni, instigador de las relaciones con Inglaterra, a quién en el decurso de las negociaciones, el 30 de Septiembre de 1715 escribía el secretario de estado británico William Stanhope:

La Inglaterra sabe corresponder á la amistad: con el solo objeto de tener un rey de España amigo ha gastado 200 millones de coronas (escudos) y habiendo dado el rey actual una prueba incontestable de sus benévolas intenciones, juzgad lo que seremos capaces de hacer por él, si nos necesita.” (González: 299)

Todo llevaba su curso moderado, y como anunciaba Stanhope en 1715, el beneficio era generosamente compartido por los británicos con sus subordinados españoles, que hasta 1860, y sorteando las pegas que sus propios mentores les pusieron, continuaron transportando esclavos a Cuba.
Durante la guerra franco británica para la dominación de España (vulgo Guerra de la Independencia) y con las consiguientes guerras separatistas en América se dieron los primeros pasos para la supresión del tráfico de esclavos. El primero lo llevaría a cabo en 1810 la Junta de Gobierno de Caracas, y a esta iniciativa le seguiría Chile en 1811 y Rio de la Plata en 1812.
La actividad llevada al respecto por parte de los “libertadores” es ambigua, pues si por un lado eran poseedores de esclavos, por otro se veían comprometidos por la ayuda abierta que recibieron del gobierno de Jamaica, que les exigía el fin de la esclavitud.
Ese sí pero no que caracterizó muy en concreto a Simón Bolívar, se hizo presente en 1819 en el congreso de Angostura y luego en 1821 en el congreso de Cúcuta, donde se legisló la libertad de los negros que no obstante quedaban sujetos a sus amos hasta los dieciocho años, siendo la manumisión gradual e indemnizada.

En 1830 se experimenta un retroceso respecto a lo legislado en 1821, al elevar la edad de manumisión hasta los 25 años. En las repúblicas de Colombia, Venezuela y Ecuador hacia 1821 se calculan unos 130.000 negros esclavos. (García Fuentes 1976: 54)

Donde primero se extinguió la esclavitud tras las guerras separatistas fue en Chile, el año 1823, y no fue sino hasta 1854 cuando le siguieron Perú y Venezuela. Buenos Aires lo hará en 1860 y Paraguay en 1870.
Si en la España separada americana quedaban en esa situación, en la España separada europea, Cuba y Puerto Rico, se hablaba del asunto, se prometía, se comprometía, pero no se actuaba.
En 1817 se firmaba el tratado Hispano británico por el que España se comprometía a terminar con la trata de negros, pero sucedió justo lo contrario a lo estipulado. La casa real tenía especial interés económico en el asunto.
En las Cortes de 1822 se presentaba una proposición de abolición, que sólo sirvió para tener una referencia histórica. El asunto era tan peculiar que se dilató más de cuarenta años, y a pesar de que finalmente el proyecto de ley para terminar con la trata fuese aprobado el 9 de julio de 1866, no se ejecutó hasta que fue publicado el 17 de mayo del siguiente año.
La “Gloriosa” de 1868, llevaría al periodo conocido como el sexenio revolucionario, y en Cuba a la guerra  que acabaría siendo conocida como “Guerra de los diez años”. Como consecuencia de estas situaciones, las promesas para los esclavos llegaban de un bando y de otro, dando lugar a que, con el gobierno de Segismundo Moret se creara en 1870 la ley de "vientres libres" que liberaba de la esclavitud, con carácter no retroactivo, a los nacidos de esclavas, así como a los esclavos mayores de sesenta años y aquellos que hubiesen combatido con el ejército español contra los insurgentes.
Por su parte, los separatistas propusieron en 1869 una constitución en cuyo  artículo 24 declaraba: “Todos los habitantes de la República son totalmente libres”. Pero en una reunión posterior, el parlamento estipuló que tras la esclavitud habría un reglamento de libertos. Los libertos trabajarían para su amo anterior, y estaría obligado, no sólo a pagarles, sino también a alimentarlos y vestirlos.
 Por su parte, en 1871 la Sociedad Abolicionista Española hacía público un manifiesto exigiendo la definitiva e inmediata abolición, que llevaría, en 1872, siendo jefe de Gobierno Ruiz Zorrilla y Rey de España Amadeo I de Saboya, a la elaboración de un proyecto de ley de abolición de la esclavitud para Puerto Rico, que sería efectivo en 1873, quedando vigente en Cuba hasta 1880, cuando como consecuencia  la paz de Zanjón, y bajo el gobierno de Cánovas fue sustituida la esclavitud por el régimen de patronato.
El patronato, que vio la luz el 13 de febrero de 1880, dejaba al esclavo bajo el patronato del dueño, cuyas condiciones fueron recogidas en el correspondiente reglamento, que vería la luz el ocho de marzo siguiente, si bien de forma subrepticia, de forma que no fue publicado en la Gaceta. Algo similar, pero en sentido inverso, a lo ocurrido en 1789 con la Real Cédula sobre educación.
Es el caso que el reglamento de patronato no era sino otro nombre de esclavitud, siendo que el patrono estaba autorizado a condenar las faltas con cepo y grillete, al arbitrio del patrono.
Finalmente, el siete de octubre de 1886, dos años antes de lo estipulado en 1880, desaparecía también el patronato.




DOCUMENTOS:

Ley de Patronato

Don Alfonso XII, ... sabed: que las Cortes han decretado y Nos sancionado lo siguiente:
Art. 1. Cesa el estado de esclavitud en la isla de Cuba con arreglo a las prescripciones de la presente ley.
Art. 2. Los individuos que sin infracción de la ley de 4 de Julio de 1870 se hallaren inscritos como siervos en el censo ultimado en 1871 y continuaren en servidumbre a la promulgación de esta ley, quedarán durante el tiempo que en ella se determina bajo el patronato de sus poseedores.
El patronato será trasmisible por todos los medios conocidos en derecho, no pudiendo transmitirse sin trasmitir al nuevo patronato el de los hijos menores de doce años y el de su padre o madre respectivamente. En ningún caso podrán separarse los individuos que constituyan familia, sea cual fuere el origen de ésta.
Art. 3. El patrono conservará el derecho de utilizar el trabajo de sus patrocinados y el de representarlos en todos los actos civiles y judiciales con arreglo a las leyes.
Art. 4. Serán obligaciones del patrono:
Primero. Mantener a sus patrocinados.
Segundo. Vestirlos.
Tercero. Asistirlos en sus enfermedades.
Cuarto. Retribuir su trabajo con el estipendio mensual que en esta ley se determina.
Quinto. Dar a los menores la enseñanza primaria y la educación necesaria para ejercer un arte, oficio u ocupación útil.
Sexto. Alimentar, vestir y asistir en sus enfermedades a los hijos de los patrocinados que se hallen en la infancia y en la pubertad, nacidos antes y después del patronato, pudiendo aprovecharse sin retribución de sus servicios.
Art. 5. A la promulgación de esta ley se entregará a los patrocinados una cédula, en la forma que determine el reglamento, haciendo constar en ella la suma de los derechos y obligaciones de su nuevo estado.
Art. 6. El estipendio mensual a que se refiere el art. 4º en su párrafo cuarto será de uno a dos pesos para los que tengan más de diez y ocho años y no hayan alcanzado la mayor edad. Para los que la hayan cumplido, el estipendio será de tres pesos mensuales.
En caso de inutilidad para el trabajo de los patrocinados, por enfermedad o por cualquier otra causa, el patrono no estará obligado a entregar la parte de estipendio que corresponda al tiempo que dicha inutilidad hubiere durado.
Art. 7. El patronato cesará:
Primero. Por extinción mediante el orden gradual de edades de los patrocinados, de mayor a menor, en la forma que determina el artículo 8º, de modo que concluya definitivamente a los ocho años de promulgada esta ley.
Segundo. Por acuerdo mutuo del patrono y del patrocinado, sin intervención extraña, excepto la de los padres si fueren conocidos, y en su defecto de las Juntas locales respectivas, cuando se trate de menores de veinte años, determinada esta edad en la forma que expresa el art. 13.
Tercero. Por renuncia del patrono, salvo si los patrocinados fueren menores, sexagenarios, o estuvieren enfermos o impedidos.
Cuarto. Por indemnización de servicios, mediante entrega al patrono de la suma de 30 a 50 pesos anuales, según sexo, edad y circunstancias del patrocinado, por el tiempo que faltare a éste de los cinco primeros años de patronato y el término medio de los tres restantes.
Quinto. Por cualquiera de las causas de manumisión establecidas en las leyes civiles y penales, o por faltar el patrono a los deberes que le impone el art. 4º.
Art. 8. La extinción del patronato mediante el orden de edades de los patrocinados, a que se refiere el párrafo primero del articulo anterior, se verificará por cuartas partes del número de individuos sujetos a cada patrono, comenzando al terminar el quinto año y siguiendo al final de los sucesivos hasta que cese definitivamente al concluir el octavo.
La designación de los individuos que deban salir del patronato mediante la edad, se hará ante las Juntas locales con un mes de anterioridad a la terminación del quinto año y demás sucesivos.
Si hubiere de la misma edad más individuos de los que deban salir del patronato en un mismo año, un sorteo verificado entre dichas Juntas designará los que hayan de salir del patronato, que serán los que obtengan número más bajo.
Cuando el número de patrocinados siendo mayor de cuatro, no fuera divisible por éste, el exceso aumentará un individuo a cada una de las primeras designaciones.
Si el número de patrocinados no llega a cuatro, la designación se hará por terceras partes, por mitad, o de una vez; pero la obligación del patrono no será exigible sino al final del sexto, sétimo u octavo año respectivamente.
El reglamento fijará la forma, método y extensión de los registros y empadronamientos que hayan de servir para las designaciones.
Art. 9. Los que dejen de ser patrocinados en virtud de lo dispuesto en el art. 7º, gozarán de sus derechos civiles pero quedarán bajo la protección del Estado y sujetos a las leyes y reglamentos que impongan la necesidad de acreditar la contratación de su trabajo o un oficio u ocupación conocidos. Los que fueren menores de veinte años y no tuviesen padres, quedarán bajo la inmediata protección del Estado.
Art. 10. La obligación de acreditar la contratación de su trabajo para los que hayan salido del patronato durará cuatro años, y los que la quebranten, a juicio de la autoridad gubernativa, asesorada de las Juntas locales, serán tenidos por vagos para todos los efectos legales y podrán ser destinados a prestar servicio retribuido en las obras públicas por el tiempo que según los casos determine el reglamento. Transcurridos los cuatro años a que este artículo se contrae, los que fueron patrocinados disfrutarán de todos sus derechos civiles y políticos.
Art. 11. Los individuos que estén coartados a la promulgación de esta ley conservarán en su nuevo estado de patrocinados los derechos adquiridos por la coartación. Podrán además utilizar el beneficio consignado en el caso cuarto del artículo 7º, entregando a sus patronos la diferencia que resulte entre la cantidad que tuvieren dada y la que corresponda por indemnización de servicios con arreglo a lo dispuesto en el artículo y caso mencionados.
Art. 12. Los individuos que en virtud de lo dispuesto en la ley de 4 de Julio de 1870 sean libres por haber nacido con posterioridad al 17 de Septiembre de 1868, estarán sujetos a las prescripciones de aquella ley, excepto en todo lo que puede serles más ventajosa la presente.
Los libertos a virtud del art. 19 de la expresada ley de 1870 quedarán bajo la inmediata protección del Estado y obligados a acreditar, hasta que transcurran cuatro años, la contratación de su trabajo y demás condiciones de ocupación a que se refieren los arts. 9º y 10 de la presente.
Art. 13. Se entenderán que son menores para los efectos de esta ley los que no hayan cumplido veinte años, si la edad puede justificarse, y en caso contrario se deducirá ésta por las Juntas locales, en vista de las circunstancias físicas del menor, previo informe pericial.
Art. 14. Los patronos no podrán imponer a los patrocinados, ni aun bajo el pretexto de mantener el régimen del trabajo dentro de las fincas, el castigo corporal prohibido por el párrafo segundo del art. 21 de la ley de 4 de Julio de 1870. Tendrán, sin embargo, las facultades coercitivas y disciplinarias que determine el reglamento, el cual contendrá a la vez las reglas necesarias para asegurar el trabajo y el ejercicio moderado de aquella facultad. Podrán también los patronos disminuir los estipendios mensuales proporcionalmente a la falta de trabajo del retribuido, según los casos y en la forma que el reglamento fije.
Art. 15. En cada provincia se formará una Junta presidida por el gobernador, y en su defecto por el presidente de la Diputación provincial, el juez de primera instancia, el promotor fiscal, el procurador síndico de la capital y dos contribuyentes, uno de los cuales será patrono.
En los Municipios donde convenga, a juicio de los respectivos gobernadores, y previa aprobación del gobernador general, se formarán también Juntas locales, presididas por el alcalde, y compuestas del procurador síndico, uno de los mayores contribuyentes y dos vecinos honrados. Estas Juntas y el Ministerio fiscal vigilarán por el exacto cumplimiento de esta ley y tendrán, además de las atribuciones que la misma determina, las que el reglamento les confiera.
Art. 16. Los patrocinados estarán sometidos a los Tribunales ordinarios por los delitos y faltas de que fueren responsables con arreglo al Código penal, exceptuándose de esta regla los de rebelión, sedición, atentado y desórdenes públicos, respecto a los cuales serán juzgados por la jurisdicción militar.
Esto no obstante, los patronos tendrán derecho a que la autoridad gubernativa les preste su auxilio contra los patrocinados que perturben el régimen del trabajo, cuando su acción no fuere suficiente para impedirlo, pudiendo aquélla, a la tercera reclamación justificada, obligar al patrocinado a trabajar en las obras públicas por el período que fije el reglamento, según los casos, dentro del tiempo que reste para la extinción del patronato. Si el patrocinado reincidiere después de haber sido destinado una vez al servicio expresado, lo abandonase o perturbase gravemente el orden del mismo, podrá el gobernador general, dando cuenta razonada al Gobierno, ordenar que se le traslade a las islas españolas de la costa de África, donde permanecerá sujeto al régimen de vigilancia que fijare el reglamento.
Art. 17. El reglamento a que se refiere esta ley se formará por el gobernador general de la isla, oyendo al arzobispo de Santiago de Cuba y al obispo de la Habana, a la Audiencia de esta última y al Consejo de Administración, dentro de los sesenta días de recibida aquélla, y al cumplirse este plazo improrrogable publicará y planteará simultáneamente dicha autoridad la ley y el reglamento, sin perjuicio de remitirlo por el primer correo a la aprobación del Gobierno, que resolverá definitivamente lo que corresponda en el plazo de un mes, previa audiencia del Consejo de Estado.
Art. 18. Quedan derogadas todas las leyes, reglamentos y disposiciones que se opongan a la presente ley, sin perjuicio de los derechos ya adquiridos por los esclavos y libertos conforme a la de 4 de Julio de 1870, en todo lo que no esté expresamente modificado por los artículos anteriores.
Por tanto: mandamos,.....
Dado en Palacio a 13 de Febrero de 1880. -Yo el Rey.- El Ministro de Ultramar, José Elduayen."































Generalidades sobre la esclavitud en España

La esclavitud es un fenómeno que hinca sus raíces en el tiempo y absolutamente en todas partes, incluida España, donde curiosamente, nunca el tráfico tuvo un significado de envergadura.
Consiguientemente, la conquista de España por el Islam no inventó la esclavitud, sobre la que ya era conocida una minuciosa legislación en el mundo visigodo, pero si aportó novedades productivas en la que se aplicaba esa mano de obra forzada, en particular en las plantaciones agrícolas y en la industria,…  y la trata de esclavos, de los cuales la mayoría  eran cristianos.
Posteriormente, con las Cruzadas se dio empuje en todo el ámbito mediterráneo al surgimiento de mercados internacionales, particularmente activados por la acción de la Orden del Temple, que mantenía un sistema bancario de una enorme efectividad, que permitía efectuar transferencias de fondos con la garantía de la Orden. Y en el desarrollo de esos mercados, una actividad normal en la que tomaban parte todas las comunidades ribereñas de Mediterráneo era la compra-venta de esclavos. Puede suponerse, pues, que la existencia de comercio de esclavos estuvo presente en España prácticamente siempre.

Ciertamente, esclavos hubo en España desde tiempos remotos; la guerra de reconquista le permitió la adquisición de grupos numerosos; sin embargo, su existencia legal no implicó el establecimiento de un sistema de economía basado en la explotación de los cautivos, ni el desarrollo de un comercio regular de hombres. (Aguirre 1946: 15)

Por otra parte, la pregunta que permanentemente nos surge es: ¿De cuántos esclavos estamos hablando? Parece ser que durante los siglos VIII al X Al Andalus importó un número importante  de esclavos cristianos que seguiría en importancia al tráfico desarrollado en Egipto en los siglos XIII y XIV, donde llegaron a comerciarse hasta 10.000 esclavos al año.
Teniendo bien presente estos precedentes, nos centraremos en un periodo muy concreto de la Historia, los siglos XV a XIX, y en una zona también muy concreta: España, donde durante ese tiempo, y en relación a esta cuestión, perduró una legislación que tiene su origen en el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, y procuraremos determinar hasta dónde es cierta también la segunda premisa.
En cuanto al color de la piel del esclavo, comenzó a cambiar en el siglo XVI  con el cambio de control en el Mediterráneo. Al respecto, la literatura española del Siglo de Oro refleja la naturalidad de la presencia de esclavos, y ya en esta ocasión, de esclavos negros. Sirva como ejemplo el pensamiento que tiene Sancho en el capítulo XXIX de la primera parte de la inmortal obra de Cervantes:

Sólo le daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la gente que por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros, a lo cual hizo luego en su imaginación un buen remedio y díjose a sí mismo: ¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de mi vida?

Lo extraño de la negritud, así, no era para los autores españoles, sino para los autores europeos,  para quienes el negro era un ser exótico, ajeno a su sociedad. Para los autores ibéricos el esclavo negro es conocido de antiguo merced a la relación existente con el mundo árabe, en el que estuvo presente durante siglos ya sea como soldado ya como servidor en distintas funciones.
En el siglo XV la esclavitud era tenida por una relación normal en  todas las sociedades, y aunque con estructura ciertamente débil en la Europa alejada de las fronteras con el Islam, tenía plena vigencia en España, Portugal, Venecia, Génova, el Mediterráneo oriental y África, donde la lucha entre el Islam y el Cristianismo estimulaba la llegada de un torrente de esclavos en ambos sentidos.

El número de esclavos no era sorprendente. La esclavitud en el Mediterráneo nunca desapareció desde los días de la antigüedad, y quizá fue incrementada por los siglos de guerra en España entre cristianos y musulmanes. Los cristianos acostumbraban a esclavizar a los musulmanes cautivos y los musulmanes hacían lo mismo con los prisioneros cristianos, a los que en ocasiones llevaban al norte de África para trabajar en empresas públicas, del mismo modo que los cristianos empleaban a sus esclavos musulmanes en la construcción. Muchos esclavos eran empleados como servidores domésticos, pero otros trabajaban en los molinos de azúcar en las islas del Atlántico (las Azores, Madeira o en las Islas Canarias). Algunos eran alquilados por sus dueños a cambio de dinero. La ley cristiana, como se aprecia en la obra medieval Las Siete Partidas del rey Alfonso, y la ley musulmana, como se conserva en el Corán, indicaban detalladamente el lugar que un esclavo debía ocupar en la sociedad. (Thomas, el imperio español)

Cuando uno de los bandos capturaba prisioneros, éstos eran inmediatamente esclavizados. Y justo en esos momentos es cuando surgió una visión distinta del asunto en España, donde la Corona comenzó a dar la consideración de súbditos a los indígenas de las nuevas tierras descubiertas, con la consiguiente admiración y extrañeza por parte de todos, que generalmente no entendían por qué no se les tomaba como esclavos.
A la luz de los siglos transcurridos, y analizando la legislación generada al respecto, lo que no deja de extrañar es por qué unos sí y otros no. No acabamos de entender por qué la legislación española reconoce a los indígenas americanos unos  derechos de ciudadanía, una libertad más que encomiable a la que en algunos aspectos no tenían acceso el resto de españoles, y sin embargo se mantiene la esclavitud de otros, como los moros, cuestión que, dado el permanente enfrentamiento y la mutua generación de población esclava podemos llegar a entender,… pero sobre todo la esclavitud de la raza negra, que estaba ahí, con una relación que pudo haber sido como la iniciada con los indígenas americanos, pero que no fue así, y que entre los siglos XVII-XIX acabó siendo el paradigma de la esclavitud merced al mercantilismo de las potencias noreuropeas, y a la pasividad cómplice de una España que dejaba de ser punta de lanza en la creación de una nueva sociedad y cedía el testigo a los principios de la Ilustración.
Hay autores que se hacen la misma pregunta: ¿Qué pudo justificar la exclusión de la raza negra de los principios antiesclavistas de la legislación española, especialmente en los siglos XV-XVI?
Al respecto, Danilo Arce señala un aspecto que parece acercarse a lo que pudo ocasionar excepción de semejante envergadura.

La falta de necesidad para justificar la esclavitud negra es atribuida también a la calidad de infieles (musulmanes) que tenían los negros del África, lo que se afirmaba también por dos bulas de mismo nombre otorgadas en el siglo XV a Portugal para emprender una cruzada contra ellos, Rex regum 1436 y 1443. (Arce 2013: 46)

Ese es un aspecto que quizás merezca una atención especial que podría resultar de sumo interés para este trabajo, pero se nos escapa por sus sutilezas, y entra más en el debate ideológico filosófico que en el puro asunto histórico.
Nos centraremos pues en lo que se nos presenta más evidente. Empezando por el principio, nos encontramos con que los esclavos negros, que ya eran conocidos de muy antiguo, y que en el mundo árabe tenían una presencia notable, eran introducidos por un explorador portugués, Antón Gonsalvez, cuando el año 1442 regresó a Lisboa con un pequeño grupo de esclavos africanos que habían sido comprados a los moros en Río de Oro.
Sería el principio de una actividad que movía muchos recursos y que venía a suplir las necesidades de mano de obra que se generaban como consecuencia del avance turco, que acabaría tomando Constantinopla en 1453, y que cortaba las rutas comerciales con Oriente.
Y al abandono del Mediterráneo oriental y de sus rutas comerciales, acabaría sumándose la toma del reino de Granada, con lo que quedaban suprimidas las dos principales fuentes de la esclavitud blanca, lo que posibilitó que el protagonismo esclavista recayera en la esclavitud negra.
En ese devenir y circunstancias, Enrique el Navegante llega a las costas de Senegal en 1446, y cuatro años más tarde llega a Portugal la primera expedición de esclavos compuesta por doscientos individuos. Se daba comienzo a la trata de esclavos africanos por parte de europeos; una labor que tenía ya una larga trayectoria de siglos de esclavitud llevada a cabo por árabes que transportaban sus esclavos a través del desierto a lugares bien distantes, y por los propios negros, que tenían su propio mercado de esclavos.

El primer Estado con el que los portugueses entran en contacto es el reino del Kongo, también el más importante. (Ngou 2003: 11)

Pero es que la esclavitud no era ni debe ser sinónimo de negritud, porque en el mundo árabe existía un importantísimo número de esclavos europeos y españoles, y en Europa, y principalmente en España, había un buen número de esclavos musulmanes.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XV, Portugal lleva una actividad descubridora de envergadura en busca de la ruta marítima a las Indias, y en esa labor, en 1460 Diego Gomes descubre Sierra Leona, y en la década siguiente es descubierto el delta del Níger, Fernando Poo y Gabón, y en 1485 descubre el Congo trece años antes que Vasco de Gama alcanzase el Cabo de Buena Esperanza.
Y el desarrollo de la esclavitud seguía más o menos con el mismo ritmo que había llevado hasta el momento, con la diferencia de que ahora, el color del esclavo en Europa empezaba a dejar de ser uniforme al entrar con fuerza la negritud, que a todas luces prometía ser una buena fuente de recursos para cubrir este capítulo, máxime cuando la legislación española había excluido a los indígenas americanos.
En este punto, ante la debacle poblacional de La Española, en 1502 Nicolás de Ovando obtiene permiso para trasladar a la isla un primer contingente de negros no ligados estrictamente a la Conquista, y que, como aquellos, no procederán directamente de África, sino de España. Su función sería el servicio doméstico, pero pronto también lo sería el cultivo de la caña, cuando fue introducida tres años más tarde. Además se exigía que cumpliesen una serie de requisitos, esenciales para el buen desarrollo de la política de la Corona.

Cuando la Corona empezó a autorizar la importación de negros impuso entre otras condiciones que los negros fueran cristianos, nacidos en España o Portugal o al menos bautizados, para preservar de su idolatría y supersticiones a los ladinos recién convertidos, Por la misma razón fue prohibida la importación de esclavos musulmanes o moriscos. Por su propensión a la insubordinación y tendencias musulmanas en 1532 se prohibió la importación de negros «gelofes» (Wolol) de Guinea, exclusión que en la práctica no se llevó a efecto. En cambio durante todo el siglo XVII existió una preferencia por los llamados “negros de Guinea”, procedentes de la región situada entre los ríos Níger y Senegal, estimados por su laboriosidad, alegría y adaptabilidad. (Gutierrez Azopardo: 194)

No obstante, no se vería una importación considerable de mano de obra negra hasta 1518, cuando Carlos I, cediendo a las presiones de Fray Bartolomé de las Casas, autorizó un  primer contingente de cuatro mil africanos, para cuya labor encargó a Lorenzo de Garrevod, que pronto vendió las licencias para hacer dinero rápido, conforme a lo que hacían los valones de la corte de Carlos.
Parte de este contingente de esclavos no quedaría en La Española, ya que en 1526, Lucas Vázquez de Ayllón, que se dedicaba a encontrar un camino para alcanzar las Islas de las Especias, exploró los estados de Virginia y Carolina del Norte, donde trató de establecer una colonia con la ayuda de 100 esclavos negros. Fueron los primeros negros que entraban en lo que iba a ser Estados Unidos.
Pero pronto habría en América otros puntos de destino para la esclavitud procedente de África, ya que en 1531 Portugal daba comienzo a la colonización de Brasil.
¿Y quién hacía uso de esta mano de obra esclava? Sencillamente todo aquel que podía: europeos ricos y pobres, indígenas ricos y pobres… negros y mulatos libres… Todos deseaban mostrar su alcurnia poseyendo esclavos. La esclavitud no era tenida como algo inaceptable. Algo impropio sí, a la vista del volumen de las manumisiones y del manifiesto declive que marcaba el hecho esclavista hasta el momento de cambio de dinastía primero y de pérdida progresiva de todo norte en el proceso de desmontaje de la Monarquía Hispánica iniciado incluso antes de la Guerra de Sucesión, pero algo que daba cierto relumbrón y la posibilidad de tener la gloria de manumitir a alguien.

Juan Garrido, ex esclavo nacido en África oriental y convertido al cristianismo en Portugal, participó en las expediciones de conquista de Puerto Rico y la Florida y tal vez fue el primer africano que llegó con Hernán Cortés a estas tierras. Garrido fue pregonero, portero y guardián del acueducto de Chapultepec. Se le atribuye haber sido la primera persona que plantó trigo en el Nuevo Mundo y algunos historiadores sostienen que se le otorgó un terreno dentro de la nueva traza de la Ciudad de México, privilegio del que sólo gozaban los españoles. (Velázquez 2012: 59)

Pero el caso de Juan Garrido no es un caso aislado, pues fueron bastantes los conquistadores de  América que eran de raza negra y que, tras las empresas de colonización, ocuparon diversos oficios en los ayuntamientos e incluso llegaron a ser poseedores de encomiendas, las mismas que eran combatidas por Bartolomé de las Casas, quién proponía que el trabajo de los indios en las mismas fuese sustituido por el trabajo forzado de esclavos negros.
Era, sin lugar a dudas, los signos de los tiempos, y tener un esclavo no era pecado mortal siempre que el trato dispensado fuese humanitario.

Los miembros de la corte española, la nobleza y los comerciantes, los miembros del clero y los panaderos poseían, generalmente, uno o dos esclavos cada uno y, en el caso de los nobles, muchos más. El duque de Medina-Sidonia, por ejemplo, tenía noventa y cinco esclavos en 1492, muchos de los cuales eran musulmanes y casi cuarenta eran negros. En España, en el año 1490, debe de haber habido aproximadamente 100000 esclavos. Sevilla era la ciudad con mayor número. Algunos esclavos podrían haber sido los descendientes de los muchos esclavos de Europa del Este, que habían sido vendidos en Europa occidental durante la Edad Media, dándole así, seguramente, a la palabra slav el significado de servidumbre o servicio en lugar de la antigua palabra latina servus. (Thomas, el imperio español)

Mientras tanto, los europeos estaban expectantes. Tardarían aún dos décadas en tomar decididas cartas en el asunto, y no fue sino hasta 1553 hasta cuando se difirió esta decidida actuación, cuando los primeros comerciantes negreros de Londres embarcaron rumbo a África.
La piratería, base de la marina y del comercio internacional ingleses, sería la primera encargada de poner las bases del comercio de esclavos, siendo el famoso pirata John Hawkins quién en 1562 trasladó el primer cargamento de negros, dando comienzo así a una trayectoria que no cesaría de crecer de forma espectacular hasta finales del siglo XVIII.
Dos décadas después esa misma actividad sería iniciada por los holandeses, quienes en el asunto de la piratería y del esclavismo serían el complemento perfecto de Inglaterra, y en 1580, en sus merodeos por el mundo hispánico, tomaron tierra en la Guyana, donde acabarían asentándose.
A pesar de todo, hay que tener en cuenta que los traficantes en general, y por lo general, acudían a África, no a capturar y secuestrar esclavos, sino a comprarlos a quienes se los suministraban, que no eran sino esclavistas negros.
Estos esclavistas negros se encargaban de capturarlos para después venderlos conforme a las exigencias de los compradores, entre los que había de dos maneras bien distintas que hace mirar el tráfico posterior también de dos maneras: mal o peor.
Los traficantes ibéricos, en esencia portugueses, exigían que los esclavos lo fuesen por motivos de guerra, lo cual era al fin una situación piadosa, pues la esclavitud era la alternativa a la muerte.
Por otro lado estaban los traficantes europeos, para los que el asunto de conciencia ibérico siempre les ha parecido un  remilgo impropio, y que, actuando en esencia igual que los traficantes ibéricos, acudían a la costa y compraban a negros de alguna tribu los prisioneros de otras tribus de negros que previamente habían capturado.
El trato dispensado también era distinto en general entre los protestantes y los católicos. Se deduce de las instrucciones y de las formas que los ingleses y holandeses trataban peor a los esclavos, mientras que los católicos los trataban de forma más humanitaria y con gran sentimiento de culpa, ya que no en vano eran conocedores de la humanidad de la mercancía que trataban, y del contrasentido que existía entre la creencia religiosa, por otro lado presumiblemente firme y verdadera, y la actividad realizada, sin aceptar el principio liberal que admite la mentira como argumento que puede ser usado por cualquiera, cuando esa afirmación es literalmente mentira, ya que los principios católicos prohíben mentir y llegan a castigar la mentira más allá de la muerte, mientras los principios liberales animan a utilizar la mentira para la consecución de sus fines. Y quién tenga alguna duda al respecto, lo que no parece proceder atendiendo lo generalmente conocido del liberalismo, puede acudir a la consulta de sus ideólogos, como por ejemplo John Knox, donde encontrarán perfectamente plasmado ese principio.
En el sentido del tráfico, y en este periodo, había una actuación distinta de Portugal, que por el Tratado de Alcazobas de 1476 se había quedado con la exclusividad de la costa africana, con relación al resto de España. El traslado de esclavos africanos a la España americana era un goteo que si no cesaba, carecía de mayor importancia. La Corona controlaba exhaustivamente su introducción y cobraba un impuesto que venía determinado en los diversos asientos concedidos por lo general a traficantes europeos.
Fue en 1595, con la unión de las dos coronas ibéricas por Felipe II, y con el desarrollo de la minería en América cuando se llevó a cabo una operación de gran envergadura comparada con las anteriores: se concedió el asiento para transportar 38.000 “piezas de indias”  al judío converso portugués Pedro Gómez Reynel.
Por lo que respecta a Filipinas, que por lógica se regía por leyes similares, una Cédula de 1530 emitida por  Carlos I impedía la tenencia de esclavos, pero al fin, la costumbre es una cuestión con la que no siempre pueden las leyes, y esa costumbre contemplaba la posibilidad de convertirse en esclavo por deudas y por un tiempo convenido, motivo por el cual siguió existiendo una esclavitud de tipo voluntario mantenida por unos naturales que consideraban lesivo para sus intereses acceder a la libertad, por lo cual, amo y esclavo llegaban a acuerdos particulares al margen de la ley.
A la existencia de esta costumbre se sumaba el arribo de esclavos en barcos portugueses (los europeos no habían navegado todavía por el Pacífico), que eran vendidos con normalidad aún en medio de las protestas de los frailes. Y es que, al fin, la esclavitud estaba vigente en el resto de España. Era un problema siempre candente, sobre todo por la actitud decidida de los frailes, pero que al final se solventaba con autorizaciones concretas a los funcionarios, reales o religiosos que arribaban a las islas.

Así, por ejemplo, se concedió licencia a Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, Gobernador del Archipiélago, “para llevar a las Islas Filipinas quince esclavos negros, libres de derechos, para su servicio y el de la gente que lleva”. (Hernández)

Pero además en Filipinas existía el problema con los moros de Mindanao, lo cual acabaría afectando a las claras órdenes que Felipe II  había trasladado a Legazpi en lo tocante a que no estaba autorizado a esclavizar a los naturales que hubiesen abrazado el Islam, y bien al contrario estaba obligado a tratar “por medios buenos y legítimos” de atraerlos a la fe Católica.
Esta instrucción se vería truncada cuando los moros de Mindanao iniciaron una serie de acciones de claro cariz pirático en las que además esclavizaban a los naturales de las Bisayas. La consecuencia fue que éstos moros de Mindanao podían ser sometidos a esclavitud.
Retomando el hilo de la autorización dada por Felipe II como rey único de las Españas, Pedro Gómez Reynel no cumpliría con las condiciones del asiento asignado en 1595, lo que dio ocasión a que en 1610, la Casa de Contratación señalase una extraña correlación de circunstancias.

Desde que se había otorgado el asiento a Gómez Reynel, los navíos negreros permitían la llegada ilícita de gran número de portugueses que se quedaban en Indias: teniendo V.M. cerrada la puerta a los vasallos de la Corona de Castilla para pasar a Indias si no es con licencia expresa e información de limpieza y naturaleza y otros requisitos, esta gente [los portugueses] la tiene abierta siendo toda sospechosa de todas maneras. (Escobar)

Por otra parte, como la demanda tenía una intensidad que no era cubierta por el asiento, los piratas ingleses obtenían buenos rendimientos, y a su actividad se sumó, el mismo año de la firma del asiento con Gómez Reynel, la actividad de los piratas holandeses, que hicieron una incursión pirático esclavista en Guinea.
Esas actuaciones estaban amparadas por las leyes inglesas y holandesas. A su amparo, en 1600 se creó en Londres la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, que perviviría como tal hasta 1858, cuando fue clausurada por el gobierno británico; Holanda hizo lo propio en 1602 con la Compañía Holandesas de las Indias Orientales (o VOC), mientras los franceses esperaron hasta 1664 para constituirla. En relación a la VOC, que llegó a contar con ochenta mil empleados entre marinos (25%), militares (12,5%) y civiles (Cuevas), señala Rafael Valladares que

La Compañía obtenía el monopolio del comercio con todas las tierras situadas al este del Cabo de Buena Esperanza por un plazo de veintiún años. Se le conferían poderes comerciales, militares (autoridad para declarar la guerra) y políticos (potestad para concertar alianzas) aunque bajo la supervisión de los Estados Generales que, además, se reservaban el derecho de revisar (esto es, limitar o revocar) esta cláusula. (Valladares)

El poder de estas compañías era omnímodo y presumiblemente autónomo, teniendo facultad para crear factorías y nombrar gobernadores, su objetivo primordial era favorecer el comercio de los súbditos de las provincias holandesas y de Inglaterra, y en hacer la guerra a los españoles (incluidos los portugueses).
En el desarrollo de estas actividades de piratería y de tráfico de esclavos, los ingleses de establecen en las islas Bermudas el año 1612, y en 1616 los holandeses se instalan en Guyana.
Evidentemente ya habían encontrado la brecha que no llegarían a abandonar. En esa marcha, en 1618 los ingleses tomaron posiciones en el río Gambia y el año siguiente introdujeron los primeros esclavos en Virginia.
Francia no dejó escapar el tren, y en 1637 construyó el fuerte de San Luis del Senegal, operación que concluiría a plena satisfacción cuarenta años más tarde, en septiembre de 1678, con ocasión la firma de la paz de Nimega, que ponía fin a la rebelión de Mesina de 1674, y por la cual se hacía con  el dominio del Franco Condado así como una serie de ciudades en Flandes… y con la mitad de La Española, Haití, que acabaría convirtiéndose en un núcleo del esclavismo francés.
En el curso de ese periplo francés, en 1637 los holandeses reemplazan a los portugueses en Arguin, Gorea y Elmina; en 1640 inicia Suecia la trata y construye el fuerte de Christianborg en la Costa de Oro; en 1652 los holandeses toman el cabo de Buena Esperanza; en 1655 Inglaterra se apodera de Jamaica, que tras el Tratado de los Pirineos de 1659 conservó definitivamente en su poder.
La Paz de los Pirineos, consecuencia de la Guerra de los Segadores y de la ambición de políticos como Pau Claris, que se echó en los brazos de Richelieu, acabó costando a España Dunquerque, Jamaica, el Rosellón y la Cerdaña.
El presente de Jamaica y de Haití de 2018, así, se fraguó en el siglo XVII, entre los tratados de Nimega y de los Pirineos, quedando manifiesto por otra parte, que la consolidación del esclavismo llevó la misma derrota que los beneficiarios de ambos tratados de paz.
A partir de ese momento, los esclavistas ya tenían enclaves a ambos lados del Atlántico desde donde poder completar todo el ciclo y además poder servir esclavos a la España americana, con irregular éxito.
Paralelamente de enlazan una serie de asientos que empiezan en 1663 cuando el asiento recae en los italianos Domingo Grillo y Ambrosio Lomelin para transportar 24.000 esclavos a América, a razón de 3.600 por año.
A este asiento se le unió en 1664 el de Sebastián de Silíceo que había de durar cinco años en los que había de transportar 20.000 esclavos, y en 1682, también por cinco años el de Juan Barroso del Pozo y Nicolás Pordo, quienes por haber quebrado transfirieron la concesión al holandés Baltasar Coyman, y en 1692  fue Bernardo Martín de Guzmán quien tendría el contrato de asiento.
Aún participarían en el negocio los intereses franceses de la mano de Felipe V hasta que con el Tratado de Utrecht y la nueva mutilación sufrida por España, Inglaterra impuso a España una nueva humillación consistente en que el asiento de esclavos pasaba a ser cosa exclusivamente británica, con el menoscabo que ello comportaba en todos los órdenes, y que significó un desarrollo espectacular del trasiego de esclavos a través del Atlántico.
Los años veinte del siglo XVIII significaron una intensificación del tráfico hacia Brasil, como consecuencia del desarrollo de la minería, mientras el desarrollo de las plantaciones azucareras en Cuba, y consiguientemente el tráfico negrero, se vio favorecido de manera esencial con la toma de la Habana por parte de Inglaterra el año 1762, que si en 1763 abandonó militarmente la isla, la dejó sembrada de comerciantes que acabaron controlando su economía al amparo del despotismo ilustrado enquistado en España, lo que posibilitó que diez años después Jerónimo Enrile y Guerci , nombrado marqués por Carlos III en premio por su labor esclavista, obtuviese el privilegio de introducir en Cuba esclavos negros, aspecto que se vio favorecido en 1777  con la firma del Tratado de San Ildefonso entre las coronas de España y Portugal, y por el cual, entre otros asuntos, Portugal cedía Annobón y Fernando Poo.
Pero en 1786 Jerónimo Enrile es desplazado por la casa Baker y Dawson, que mantuvo el privilegio  hasta 1789, año en que se liberaliza la introducción  de esclavos en las provincias de la España americana.
Si el desarrollo del tráfico esclavista en los territorios hispánicos se vio fuertemente incrementado tras la Guerra de Sucesión y el consiguiente Tratado del Asiento a favor de Inglaterra,  son estos los momentos en que la trata comienza a tener auténtica envergadura, centrada principalmente en Cuba, donde  resultará creciente a lo largo de las siguientes décadas, en medio de discusiones que anunciaban la abolición de la esclavitud, y en medio de amenazas, justamente de Inglaterra, que era la que estaba controlando el mercado del azúcar, concretamente en Cuba; la misma Inglaterra que había desarrollado espectacularmente el tráfico de esclavos muy especialmente a lo largo del siglo XVIII.
A finales del siglo XVIII era evidente el cambio en el sentido de la esclavitud. Los esclavistas con visión de futuro, cuya pretensión era perpetuar la situación, estimaban que la trata de esclavos y su mantenimiento debía ser sustituida por una forma más sutil de esclavismo, que debía ser reclamado por los propios esclavos como ideal de libertad.
Ese extremo estaba siendo llevado a cabo en el centro neurálgico del esclavismo, de la Ilustración, del Liberalismo, Inglaterra, sin que por ello los intereses en el esclavismo tradicional dejasen de estar debidamente atendidos…
Y los dos aspectos estaban presentes, junto a los intereses británicos, en España.
En Cuba,  se apostaba por el esclavismo tradicional que manifiestamente era residual, y en otros lugares se daba paso al concepto moderno de esclavismo donde, a imagen y semejanza de lo desarrollado en Inglaterra, se prefería utilizar trabajadores libres que en la práctica quedaban sujetos mediante todo tipo de coacciones extraeconómicas.
En medio del maremagno que es en sí el siglo XIX, la trata se va suprimiendo paulatinamente; en 1838 cesa la esclavitud nominal en los dominios británicos; entre 1840 y 1845 cesa en Colombia, Venezuela y Ecuador; en 1847 son destruidas las factorías negreras de la costa de Sierra Leona y Liberia; en 1849 es abolida la esclavitud en Francia; en 1863 es Holanda quien la suprime.
España la suprimiría definitivamente  en 1886, y en 1888 sería abolida en Brasil.
A la Historia ha pasado que el último lugar donde se suprimió la esclavitud fue justamente en el Mundo Hispánico… Y lo peor es que sobre el papel es literalmente cierto.
Por ello se hace necesario recurrir a autores ajenos a la Hispanidad para darse cuenta de que la literalidad de los papeles no siempre obedece a la verdad absoluta, sino que en ocasiones, como es el caso, obedece a una verdad relativa que sirve para sustentar la gran mentira.
Un autor no precisamente pro hispánico, tengamos en cuenta que fue usado por Juan Antonio Llorente como base de sus argumentaciones contra la Inquisición, dice cosas como la que siguen:

Los españoles y los portugueses son las naciones que mejor han tratado a los negros. En ellos el cristianismo inspira un carácter de paternidad que coloca a los esclavos a muy poca distancia de los señores. Estos no han establecido la nobleza del color y no desdeñan unirse en matrimonio con los negros, facilitando a los esclavos los medios de conquistar la libertad. (Grégoire 1808: 82).











El trato del esclavo en España

Ante la evidencia de que la esclavitud ha sido (y es) una realidad cotidiana en el cien por cien de las sociedades a lo largo de la historia y de la geografía, nos queda dilucidar, no ya si la esclavitud es más o menos justa, pues en ello creo que todos, y en todos los tiempos, estamos de acuerdo, sino desde esa realidad, cómo se trata al esclavo; qué consideración se tiene con él… o qué consideración tiene el esclavista con nosotros.
Ahora no toca analizar ese último apunte que tan cerca lo tenemos, sino el trato que la sociedad española ha dado al esclavo antes de ser una sociedad esclavista, cuando era una sociedad que tenía esclavos, y más concretamente nos centraremos en el asunto en las provincias españolas de América.
Los Reyes Católicos decretaron que los indios no podían ser esclavizados, lo que ocasionó un problema a la hora de poner en marcha los complejos productivos del Nuevo Mundo, pues la esclavitud era comúnmente la mano de obra utilizada desde siempre, por los productores de azúcar de todas las latitudes, y caña de azúcar, además de minería, eran los trabajos principales a desarrollar en La Española en los primeros años del siglo XVI.
El problema se agudizaba por el hecho de la debacle poblacional a que se vio abocada La Española como consecuencia de la transmisión de enfermedades aportadas por los españoles, todo lo cual coadyuvó a encontrar la solución en la importación de esclavos negros procedentes de África. Medida que absolutamente a nadie le pareció peregrina ni nociva. Tal vez extraña sí, ya que chirría esa medida si la comparamos con la legislación de protección del indio que desde el primer momento y a lo largo de siglos fue generada por la Monarquía Española, pero aparte la extrañeza por comparación, normal en todo lo demás.

El problema moral de conciencia por entonces –como en los tiempos de San Pablo– no se planteaba, en modo alguno, sobre el tener esclavos, sino sobre el trato bueno o malo que a los esclavos se daba. (Iraburu 2003: 174)

Procurando así, mantener un sentimiento neutro ante el hecho de la esclavitud, al intentar valorar las relaciones existentes entre la población esclava y sus amos, parece entreverse una diferencia entre lo acaecido hasta el siglo XIX y lo acaecido a partir de esta fecha, sin que podamos ni queramos entender un corte absoluto, con diferencias insalvables entre ambos periodos, entre otras razones porque en las actuaciones humanas es difícil que se lleguen a producir cambios tan inmediatos y definitivos.
 Las diferencias, no obstante, empiezan a notarse tras la Guerra de Sucesión, cuando los cambios políticos en España, reflejados en el cambio de dinastía reinante, conllevaron otros cambios en profundidad, cuyos efectos serían aplicados a largo plazo, si bien desde el principio queda constancia de los mismos.
No obstante, en el asunto que nos ocupa, la concesión del monopolio del asiento de negros a Inglaterra es un hecho de capital importancia, pues se producía un paso, sin lugar a dudas el de mayor peso, hacia un cambio en el concepto del hecho de la esclavitud, por el cual se iniciaba el camino parta convertir una sociedad libre que tenía esclavos a los que manumitía con normalidad, a una sociedad esclavista que veía en el esclavo un  bien fungible y amortizable. Tardaría un siglo o tal vez más en ser asumido ese cambio, pero sin llegar a la perfección a que había llegado en los territorios no hispánicos, esa concepción acabaría tomando cuerpo en las plantaciones de azúcar del Caribe Hispánico.
 No obstante, aún en los peores tiempos del siglo XIX, todo hace señalar que la esclavitud fue en el mundo hispano más suave que en otras zonas de América. Esa es la opinión tanto de José Antonio Saco o de Nicolás Sánchez Albornoz como la de otros autores que han estudiado el hecho esclavista, y que para evitar susceptibilidades vamos a limitar a su condición de extranjeros, no sin dejar de señalar que las mayores barbaridades han sido emitidas por autores españoles de nombre y bastante más que mediocres de apellido.
Baste para el caso de los autores extranjeros que anunciamos citar a Jane Landers, Hug Thomas, Leslie Bethell, Frederick P.Bowser, Damian Bayon, Charles Gibson, Jhon Hemming, Jacques Lafaye, D.C. James Lockart, o Robert Stevenson.
Y como cita que se sale tanto del ámbito de la Hispanidad como del ámbito de nuestro tiempo, podemos citar al abate Enri Grégoire, que no duda en afirmar que los españoles y los portugueses son las naciones que mejor han tratado a los negros, y no duda en afirmar que el cristianismo inspira un carácter de paternidad que coloca a los esclavos a muy poca distancia de los señores, que no desdeñan unirse en matrimonio con los negros, facilitando a los esclavos los medios de conquistar la libertad.
También, como muestra, saca a colación la ordenación sacerdotal de personas negras.

En 1765 los documentos ingleses citan como cosa extraordinaria la ordenación de un negro por el doctor Keppel, cuando entre los españoles, más aún que entre los portugueses es cosa muy común. (Grégoire 1808: 83).

Y aún sigue diciendo:

Aunque España y Portugal tuvieron grandes cantidades de esclavos, su suerte general no fue negativa. El espíritu religioso les proporciono recursos de instrucción y libertad...'' (Grégoire 1808: 82).

Al hablar de España, ineludiblemente, y aún en el caso de la esclavitud, debemos hablar del pensamiento humanista cristiano que hoy es negado por la mayoría del pueblo español, abducido por el imperio de la mediocridad y la mentira impuesto por el pensamiento liberal, europeo, protestante, materialista que, siguiendo instrucciones directas y concretas de sus ideólogos, directamente miente.
Quien no miente es el documento escrito, y a él nos tenemos que remitir, y cuando nos critiquen diciendo que eso lo puede decir cualquiera, recordar a los abducidos por el liberalismo que la mentira es su arma; la nuestra, la verdad.
En base a esa verdad nos remitiremos al Código de las Siete Partidas, sancionado por Alfonso X el Sabio y cuyo espíritu se mantuvo vigente, como poco hasta la Guerra de Sucesión. Por el mismo se entiende que la esclavitud no es un estado permanente, sino un infortunio, y su aceptación por parte de quienes poseían esclavos no estaba exenta de cierto sentimiento de culpa, y por qué no, de cierta cobardía y de mucha comodidad que en múltiples ocasiones impedía que el amo manumitiese a sus esclavos antes de acercarse la hora de su muerte (la del amo).
Pero parece que el número de manumisiones concedidas como últimas voluntades en el lecho de muerte es altamente significativo, lo que al fin demuestra la cicatería de los manumisores, que accedían a la misma cuanto ya el beneficio económico no tenía la menor importancia, pero al tiempo denota que el peso espiritual de culpa estaba bastante generalizado, y esto queda expuesto en beneficio de quienes tardaban en manumitir.

Datos basados en testamentos y cartas de manumisión en los archivos notariales indican que durante el período comprendido entre 1524 y 1650 el 33,8 por 100 de los esclavos africanos de Lima fueron liberados sin condiciones. Las cifras de Ciudad de México ofrecen un porcentaje de un 40,4 por 100 durante el mismo período y en la provincia mexicana de Michoacán el total entre los años de 1649 a 1800 alcanza el 64,4 por 100. (Bethell 1990: Bowser: 152)

Lógicamente, si los propietarios de esclavos mostraban signos de sentirse culpables de un acto que, aunque legal, estaba contra los principios morales y religiosos, esos signos debían mostrarse irremisiblemente en el trato brindado a quienes tenían sometidos a esclavitud.
Y así parece que era, a la vista de las informaciones que los diversos cronistas han relatado, y cuya mejor referencia la podemos encontrar en los informes facilitados por el geógrafo y con toda evidencia espía británico, Alexander Humboldt, de cuyos informes se deduce que el trato recibido por los esclavos era benévolo y hasta familiar, hasta el extremo de acabar siendo en muchos casos herederos legales no sólo de bienes propiedad de sus amos, sino incluso de apellidos.

Su suerte no difirió, en general, de la de los blancos pobres. La mayoría murió sin haber recibido un solo azote, no sabían de tormentos, se les cuidó durante la enfermedad, y como el alimento principal, la carne, era muy barata, y se les vestía con las telas que ellos mismos fabricaban, siendo muy raro el que trajera zapatos, se mantenían con facilidad. Hubo, sin duda, excepciones, pero si alguna vez fueron maltratados, intervenía la autoridad y el esclavo era vendido a un amo más humano. (Iraburu 2003: 177-178)

Ese extremo será puesto en entredicho por aquellos que se dejen influenciar por la propaganda liberal y que no recuerden que el liberalismo recomienda mentir en defensa de sus postulados, mientras los principios cristianos nos exigen veracidad y nos aseguran que la verdad nos hará libres. Pero la verdad exige esfuerzo para que sea conocida y difundida, por ello es conveniente divulgar lo que escriben quienes lo hacen con el fin de servirla. Ese es el caso de Frederick Bowser, que a su vez difunde las investigaciones de terceros, en una cadena que, además de dar solidez a la argumentación, reconcilia con el mundo anglosajón.

En 1947 el difunto Frank Tannenbaum sostenía en un libro que habría de ejercer enorme influencia, Slave and Citizen: the Negro in the Americas, que los negros de Latinoamérica fueron más afortunados que sus compañeros del sur de los Estados Unidos. (Bethell 1990: Bowser: 147)

El mismo autor dice lo que tras un análisis de la situación surge en la mente de cualquier estudioso del asunto, y en una exposición como esta, satisface tener la posibilidad de haraganear espiritualmente y no generar explicaciones propias ante hechos que por la legislación, por las consecuencias documentalmente constatables y por las relaciones humanas generadas es muestra la propia sociedad americana.

Los españoles (y los portugueses), a diferencia de los ingleses, se habían acostumbrado cada vez más a la esclavitud negra, sintiéndose casi cómodos ante ella, siglos antes de la colonización del hemisferio occidental, y el rango de los sometidos a esclavitud estaba definido con más o menos precisión. El Estado y la Iglesia reconocían la esclavitud como nada más que una desafortunada condición secular. El esclavo era un ser humano que poseía un alma, igual que cualquier persona libre ante los ojos de Dios. La Iglesia alababa la manumisión como un acto noble, y muchos amos, pensando en su salvación, la complacían en algún momento de sus vidas. Según Tannenbaum, esta indulgencia, esta tolerancia, también facilitaba la incorporación de los exesclavos en una sociedad más tolerante. Curiosamente, casi pasa por alto el crecimiento, durante el período colonial, del prejuicio racial, tan importante para la comprensión del desarrollo de la esclavitud. Pero señala otros temas dignos de destacar: en su opinión, Latinoamérica contrastaba violentamente con el viejo sur, donde las instituciones de la Iglesia y el Estado se mostraban inmaduras e indiferentes hacia los esclavos, y donde los ingleses convertidos en americanos no sabían qué hacer con respecto a la emancipación y el rango de los negros libres en una sociedad esclavista. (Bethell 1990: Bowser: 147)

Sin embargo, el espíritu hispánico entonces, y los abducidos por el liberalismo hoy, sabían que eso no era suficiente. Por eso otros benefactores actuaban de otra manera; San Martín de Porres, por ejemplo, llegó a comprar esclavos para el convento, y San Pedro Claver tenía esclavos negros que utilizaba como intérpretes con los indios bozales recién llegados a Cartagena, que en el siglo XVII era el principal puerto negrero del continente, en el que consiguientemente existía una notable población negra y mestiza, esclava y libre.
De este tipo de actuaciones puede deducirse que la posesión de esclavos  no estaba mal contemplada por la opinión pública, que veía como normal hecho como el marcado a fuego a que eran sometidos los esclavos.

La marcación con la «marquilla real» se hacía en Cartagena y debía realizarse en presencia de los oficiales reales, a fin de evitar el contrabando de esclavos. Sólo se libraban de esta operación los moribundos, pues parece que a los niños también se les marcaba por ser la marquilla un requisito indispensable para efectuar transacciones posteriores y demostrar la legalidad del esclavo. Generalmente, la «coronilla real» se colocaba en el pecho y la marca del Asiento en la espalda izquierda. Según Miramón, al ser adquirido el esclavo en el mercado de Cartagena se le imponía una nueva marca con la señal escogida por el dueño. Unas y otras marcas se hacían figurar en la escritura de venta para identificación del esclavo. (Gutierrez Azopardo: 199)

Hecha la salvedad de la barbaridad que en sí es la marcación, lo que marcaba la diferencia no era la posesión  de esclavos, sino el trato que se les daba, siendo que, conforme señala James Lockart, el nivel de vida del esclavo medio era equiparable al nivel de vida del hombre libre medio, siendo que algunas veces los negros, mientras continuaban siendo esclavos, llegaban a alcanzar funciones administrativas tan altas como por ejemplo las de supervisor general de algún negocio.

Dentro del conjunto de la sociedad hispanoamericana, el esclavo, al margen de algunas obvias desventajas, disfrutaba de un nivel más bien medio. (Bethell 1990: Lockart, 74 )

Por otra parte, un esclavo que fuese maltratado por un amo cruel tenía mecanismos legales para conseguir eludir esa crueldad. Particularmente podía llegar a cambiar de amo, y en casos incluso podía llegar a comprar su propia libertad.
En este punto parece conveniente señalar alguna cifra a caballo entre los siglos XVI y XVII que nos ponga en situación también de la iniciativa ajena para apoyar la manumisión

el 39,8 por 100 en Lima, el 31,3 por 100 en Ciudad de México y el 34 por 100 en Michoacán, o vieron comprada su libertad por terceras partes cuyos motivos rara vez se aclararon, o compraron su libertad a un precio pactado al permitírseles trabajar por su cuenta para acumular capital con este fin. (Bethell 1990: Bowser: 152)

Y parece conveniente señalar una fecha, el 27 de abril de 1574, cuando por Felipe II fue dictada una ley para gestionar tributos entre negros libres. Es un detalle que  nos deja manifiesta el volumen que alcanzaba la aplicación de la manumisión de esclavos. Un  estado que tenía el nivel de gasto que ocasionaba el mantenimiento del orden en Europa no podía dejar de lado un aspecto como la recaudación de impuestos, y no podía dedicarse si el capítulo era de importancia menor, todo lo cual viene a confirmar lo señalado por Bowser.
La orden real comienza del siguiente modo:

Muchos esclavos y esclavas, negros y negras, mulatos y mulatas, que han pasado a las Indias, y otros que han nacido y habitan en ellas, han adquirido libertad y tienen granjerías y hacienda… (Recopilación Tomo I, libro VII título I, ley I)

Estamos hablando de los siglos XVI y XVII, pero podemos seguir haciéndolo, con salvedades, incluso del siglo XVIII. Sólo señalar que en 1774 el 40% de la población cubana, 70.000 personas, eran negros y mulatos, y de éstos, eran  esclavos entre 45.000 y 50.000. Los otros 20 o 25.000 eran libres.

Esto suponía un contraste absoluto con las islas de las Indias Occidentales inglesas y francesas, donde la población negra libre era insignificante. En Cuba, los negros libres se concentraban principalmente en las ciudades; había solamente unos pocos  propietarios agrícolas negros, aunque al menos un ingenio azucarero era propiedad de un mulato, en 1760. (Thomas 1971)

Debemos tener en cuenta que los principios del derecho son la ley, la costumbre y la jurisprudencia. Y la ley y las costumbres españolas garantizaban a los esclavos una personalidad moral y legal. Los esclavos no eran sujetos carentes de derechos, sino sujetos con unos derechos limitados… o limitadísimos si se quiere, pero también lo eran los del resto de la sociedad, y mucho más si salimos de las fronteras de España a esos países que criticaban por ejemplo la Inquisición, que tenía unos procesos rigoristas en extremo, y que por supuesto era intransigente con quienes se saltaban unos principios sociales que se tenían como bien común… Tan intransigentes como lo eran en otros lugares, pero en sentido contrario, y con una salvedad: la Inquisición reconocía que era intransigente, mientras la intransigencia de otros lugares se presentaba como carencia de la misma.
Y esa intransigencia reconocida, fue germen de justicia y de libertad para toda la sociedad, porque a la hora de perseguir a los heterodoxos, se hacía con absoluto rigor, con una investigación metódica; con una aportación de pruebas sin parangón, con una aceptación del arrepentimiento que tenía carácter de sanción exculpatoria…
Y en fin, para emitir juicio histórico sobre un hecho es preciso compararlo con las actuaciones seguidas en otros lugares ante hechos semejantes, y da la casualidad que quienes levantaron la leyenda negra contra España resulta que efectuaron unas persecuciones sin cuento que, contrariamente a lo que sucede, por ejemplo con la Inquisición,  no pueden ser evaluadas cuantitativamente, porque mientras que los procesos de la Inquisición son pormenorizados hasta el tedio, los procesos de esos lugares son sencillamente inexistentes, y al amparo de “la libertad” segaron la vida de decenas de miles de personas que, si hubiesen topado con un sistema como de la Inquisición española, por ejemplo, no habrían sucumbido a la persecución.
Esos principios son también válidos para el tratamiento de un asunto que, como es la esclavitud, hoy nos parece sangrante e inaceptable, pero que en los momentos que tratamos era una actividad normalmente aceptada para cubrir determinados ámbitos de trabajo. Y sí, con todas las cortapisas que se quiera, los esclavos alcanzaban a tener, no digamos a disfrutar, de algunos derechos, como era comprar su propia libertad o la de sus familiares directos, derecho que los bozales  adquirían tras haber transcurrido entre cinco y diez años desde su arribo.

Esto podía hacerse por medio de la coartación, que era el derecho que poseían los esclavos de pagar una determinada suma de dinero a sus dueños, asegurándose así, primero, que no podrían ser vendidos sino a un precio fijo (normalmente el precio medio para los esclavos en el mercado), y, segundo, que el esclavo podría comprar su libertad después de haber pagado, a plazos, la  diferencia entre su primera entrega y el precio fijado. Estos derechos, naturalmente, presuponían otro, es decir, el de poseer o acumular dinero y posesiones, por medio, por ejemplo, del cultivo de hortalizas en trozos de tierra que les fueran cedidos, gracias al trabajo extra en las ciudades e incluso por medio del robo. (Thomas 1971)

Es digno de señalarse que socialmente siempre hubo reticencias al esclavismo; así el capítulo que peor fama tenía, no era tan siquiera el del amo que daba mal trato al esclavo, sino el del traficante, tal vez por eso, aunque hubo traficantes españoles, puede afirmarse que desde el siglo XV al XIX España no participó en el tráfico de esclavos, ya que desde el principio del tráfico negrero, lo dejó sujeto a un control rigurosísimo que sin lugar a dudas tuvo que desanimar a más de uno que tuviese la voluntad de involucrarse en el asunto.
¿Era este al motivo por el que existía el derecho a la auto compra? Puede ser… Lo cierto es que en ocasiones le era permitido al esclavo guardarse una parte de lo ganado en una operación o servicio, lo que posibilitaba que muchos pudiesen conseguir su manumisión.
Pero no era ese el único asunto que la Corona controlaba de manera especial. El  derecho de los esclavos, aun reconociendo que era de una condición precaria, guardaba ciertos formulismos; por ejemplo, el 21 de Septiembre de 1541 ordenaba Carlos I:

Mandamos que los Domingos y Fiestas de guardar no trabajen los Indios, ni los Negros, ni Mulatos; y que se dé orden que oygan todos Misa, y guarden las Fiestas, como los otros Christianos son obligados; y en ninguna Ciudad , Villa, o Lugar los ocupen en edificios, ni obras públicas , imponiendo los Prelados y Gobernadores las penas que les pareciere convenir á los Indios , Negros y Mulatos , y á las demas personas que se lo mandaren. (Recopilación: Libro I. Título I. Ley XVII)

Si la medida parece precaria no vamos a defender lo contrario, pero resultaría absolutamente injusto callarse la existencia de esta ley, como injusto sería callarse que en 1685 entró en vigor en las Antillas Francesas el Code Noir, primero que ponían en uso las potencias europeas, de cuyos sesenta artículos resulta interesante entresacar el artículo sexto:

Exhortamos a todos nuestros súbditos, cualquiera que sea su calidad o condición, para observar los domingos y festivos que son de guardar por nuestros súbditos de la religión C., A. y R. Les prohibimos trabajar y hacer trabajar a sus esclavos en los llamados días desde la medianoche hasta la otra medianoche en el cultivo de la tierra, en la fabricación de azúcar y en todos los demás trabajos, bajo pena de castigo arbitrario contra los maestros y con la confiscación tanto de los azúcares como de los esclavos que sean sorprendidos por nuestros oficiales en el trabajo.

Salvo error, ciento cuarenta y cuatro años separan un texto de otro, y sin embargo, cualquiera que se haya ocupado de dar un  repaso a la historia de la esclavitud, se habrá topado con que España aplicó el Reglamento de esclavos en Cuba el año 1842, ciento cincuenta y siete años después que Francia aplicase el Code Noir.
Por supuesto se puede seguir analizando la legislación francesa, inglesa,  holandesa… o musulmana, por ejemplo… y compararlas con la legislación española oportuna, pero ese es un ejercicio que aquí y ahora no vamos a realizar. Lo dejamos para un estudio detallado.
Sí vamos a sacar a colación un documento generado a finales del siglo XVIII, cuando la actuación de España ya se acercaba más a las formas ajenas que a las propias. Puede deducirse del propio texto que el asunto no es generado por la administración del tiempo que fue redactado, sino que viene a pulir instrucciones generadas con bastante anterioridad.

El dueño de esclavos o mayordomo de hacienda que no cumpla con lo prevenido en los capítulos de esta Instrucción sobre la educación de los esclavos, alimentos, vestuario, moderación de trabajos y tareas, asistencia a las diversiones honestas, señalamiento de habitaciones y enfermería, o que desampare a los menores, viejos o impedidos; por la primera vez incurrirá en la multa de cincuenta pesos, por la segunda de ciento, y por la tercera de doscientos, cuyas multas deberá satisfacer el dueño aún en el caso de que sólo sea culpado el mayordomo, si este no tuviese de qué pagar, distribuyéndose su importe por terceras partes, denunciador, juez y caja de multas, de que después se tratará. (Real Cédula 1789...)

Lo que sí parece cierto es que los esclavos en Las Españas podían ser liberados por una serie de circunstancias, fuese de forma unilateral por decisión del amo, por la intervención de un tercero que podía ser un amigo o un alma caritativa, o por la auto compra de la libertad como queda ya señalado… y no era extraño que eso llegase a suceder. No hablamos de excepciones cuando, por ejemplo en México, a mediados del siglo XVII había unos ochenta mil esclavos, y a finales del siglo XVIII el número no superaba los diez mil.
Y es que ya a finales del siglo XVII, un número significativo de esclavos que habían atravesado el Atlántico como bozales o sus inmediatos descendientes eran libres, y había llegado a la libertad por diversas causas que iban desde la manumisión voluntaria por parte del amo, hasta la compra de la libertad por parte del esclavo concreto, o la acción de terceros que de forma altruista compraban  esa libertad.
Pero las leyes también favorecían la manumisión. Hay que tener en cuenta que el esclavo que quería comprar la libertad no siempre tenía el efectivo requerido por el amo, quién, si accedía a cobrar a plazos, debía dejar en libertad al manumitido desde el momento del pago del primer plazo. No vamos a comentar la medida ni compararla con lo acaecido en otros lugares; mejor dejaremos que sea un historiador inglés quien lo haga.

Tan pronto como el primer plazo  era pagado por el coartado a su amo, un esclavo podía abandonar la casa y trabajar por su cuenta en condiciones casi iguales a las de los negros libres…/… No tenía equivalente en América del Norte, donde, si los plantadores a menudo ni siquiera reconocían a sus hijos ilegítimos, mucho menos los emancipaban. La coartación parece haber tenido su origen en Cuba hacia 1520, habiéndose introducido luego, con algunas variaciones, en las demás colonias españolas. Otros derechos poseídos por los esclavos en Cuba y en las colonias españolas incluían el de cambiar a su amo por otro, si era posible encontrarlo, y, además, los hijos tenidos por una persona esclava con otra persona del sexo opuesto, pero libre, se convertían automáticamente en seres libres. (Thomas 1971)

Como en todas las situaciones de la vida, unos tenían más posibilidades que otros en alcanzar la manumisión; así por ejemplo, aquellos esclavos que eran arrendados por un precio convenido, normalmente entregaban al amo una parte del salario, quedando ellos con otra parte que, acumulada en el tiempo, y máximo cuando podían realizar con su parte actividades económicas propias, les facilitaba poder comprar su libertad. Y es que los esclavos tenían propiedades que no eran del amo, y podían realizar labores, prestar servicios a terceros y obtener beneficios privativos que con el tiempo podían ser utilizados para comprar su libertad.
Es de señalar además que la legislación española procuraba atender siempre el derecho del más débil, por lo que la manumisión estaba a la orden del día. Pero no todos los esclavizados salían beneficiados de su manumisión; y no todos los esclavos deseaban la libertad, siendo que como esclavos, muchos de ellos gozaban de una posición económica mucho más cómoda que otros libres, negros o blancos.
Pero entre quienes no salían beneficiados de la manumisión, sino directamente perjudicados, eran los ancianos, los enfermos y los niños, aspecto que, curiosamente, es recogido en la Cédula Real de 1789 que liberaliza el comercio de negros, y que comentamos en otro lugar.
En la Real Cédula queda señalado:

Los esclavos que por su mucha edad o por enfermedad no se hallen en estado de trabajar, y lo mismo los niños y menores de cualquiera de los dos sexos, deberán ser alimentados por los dueños, sin que éstos puedan concederles las libertad por descargarse de ellos, a no ser proveyéndoles del peculio suficiente a satisfacción de la Justicia, con audiencia del Procurador Síndico, para que puedan mantenerse sin necesidad de otro auxilio. (Real Cédula 1789...)

Evidentemente no podía tratarse de un aspecto novedoso, precisamente a finales del siglo XVIII, cuando España llevaba un siglo con una deriva no del todo acorde a la llevada en siglos anteriores. Estos principios humanizadores de un asunto tan complicado como es la esclavitud, no podían tener principio en la Ilustración. Como mucho, en el mejor de los casos, la Ilustración no había encontrado todavía el modo de eludirlos.

Datos basados en testamentos y cartas de manumisión en los archivos notariales indican que durante el período comprendido entre 1524 y 1650 el 33,8 por 100 de los esclavos africanos de Lima fueron liberados sin condiciones. Las cifras de Ciudad de México ofrecen un porcentaje de un 40,4 por 100 durante el mismo período y en la provincia mexicana de Michoacán el total entre los años de 1649 a 1800 alcanza el 64,4 por 100. (Bethell 1990: Bowser: 152)

Una característica significativa es que el 92,2 por ciento eran mujeres y niños menores de quince años.

la frecuencia de la manumisión en los esclavos de la América española queda reflejada en los documentos notariales, en los testamentos…/…  Este es un dato de mucha importancia, pues puede establecerse como regla general, por razones obvias, que el trato peor de los esclavos se dio en América donde los negros esclavos eran muchos más que los libres, y el mejor donde los negros libres eran muchos más que los esclavos. (Iraburu)

Y si la manumisión no era un hecho tan extraño como en otros lugares, algo similar podemos decir del tiempo libre. Algo se puede deducir de la orden de Carlos I citada más arriba al respecto de guardar las fiestas. Puede inferirse de ello que el tiempo libre era un derecho reconocido por la legislación, y por lo mismo, se infiere que los esclavos no estaban encerrados como sucedía en otros lugares del Caribe no hispánico, en corrales y bajo candado. Y  por la posibilidad que tenían de trabajar sus propios huertos y mantener su propio ganado, bien que con el consentimiento expreso del amo, como con ese mismo consentimiento podían trabajar por cuenta ajena y pactar con  el amo la parte del salario que debía entregarle. Incluso se daba el caso de que antiguos esclavos que habían tenido cierto éxito en su vida, tenían a su vez a su cargo personas esclavas.
Consecuencia de la proliferación de las manumisiones es que esos manumisos acabasen formando familia con personas procedentes de otros grupos sociales y raciales, y conformando una sociedad en la que la raza no era elemento determinante para desarrollarse social y culturalmente, aspecto que era bien visto por una sociedad que se mostraba deseosa de asimilar a los nuevos miembros. Una sociedad que, contrariamente a lo acontecido en otras latitudes culturales, no produjo linchamientos ni apartamientos. Si, ciertamente, había prejuicios sociales, pero esos prejuicios no eran por la raza, sino por clasismo. Algo si se quiere tan deleznable como el racismo, pero que a la postre era también permeable y permitía cierta traslación entre las clases, merced en gran medida a la acción de la Iglesia.
La milicia, la agricultura, el arte, como en el resto de la sociedad serían campos abiertos para los manumitidos, y su relación con ellos ampliaría el mestizaje que ya era una realidad buscada desde el momento del descubrimiento de América.
La verdad es que no era requisito indispensable ser libre para cruzarse racialmente, y esa verdad deja manifiesto que en el mundo hispánico nunca fue infranqueable la frontera entre los hombres blancos y los de color. Mientras que, por ejemplo, en el mundo anglosajón la diferencia entre blanco y cualquier otra raza ha sido neta y abismal y ha dado lugar a terribles genocidios, en la América hispana, incluso en el campo terminológico, había una larga escala entre blancos, indios y negros: mulatos, tercerones, cuarterones, zambos, pardos, castizos, chinos, torna-atrás, lobos, chamisos, barcinos, coyotes, lobos, etc., que no era en absoluto inamovible y por la cual era posible desplazarse.
 Y el trato predominante, evidentemente no exclusivo, no dejaba de ser humano si atendemos a lo que sobre el mismo nos relata Frederick P.Bowser:

Para algunos esclavos, la relación con sus amos era semejante a la de un criado con su jefe, con todas las variantes y sutilezas; esto equivale a decir que no le afectaba demasiado el hecho de la esclavitud. Por ejemplo, un esclavo doméstico inteligente y fiel, disfrutaba de todas las prerrogativas de un mayordomo inglés, y aunque existían amargas cuestiones legales, fueron mitigadas por la seguridad económica, la perspectiva de manumisión, el respeto humano mutuo y (sobre todo en el caso de los hijos de los esclavos) incluso amor. (Bethell 1990: Bowser: 148)

Cierto que en algunos momentos, y contraviniendo las instrucciones que la Reina Isabel diera en el siglo XVI y que fueron respetadas hasta después de la Guerra de Sucesión, a partir del siglo XVIII, se promulgaron algunas normas emanadas por el despotismo ilustrado que recomendaban la separación racial, como por ejemplo la que en 1752 excluía de la universidad de Lima a distintos grados del mestizaje, pero se trata de instrucciones que nunca llegaron a calar en el entramado social, y es que la condición religiosa católica, común a blancos, negros e indios, fue sin duda un bálsamo al horror de la esclavitud, que fomentó el respeto a la dignidad personal del esclavo. El esclavo era un ser humano que poseía un alma, igual que cualquier persona libre ante los ojos de Dios.

La Iglesia no prohibió los matrimonios mixtos y la vida cotidiana en espacios laborales, recreativos y religiosos propició y permitió la convivencia y el intercambio cultural entre los diversos grupos. A la mitad del siglo XVII, la Nueva España se caracterizaba por ser una sociedad culturalmente diversa en la que convivían indígenas nahuas, otomíes, mixtecas o mayas con africanos de los grupos wolofs, mandingos o bantúes y con europeos de diversas regiones de España, Portugal o Italia. (Velázquez 2012: 65)

Pero es que la prohibición de 1752 nos da una información de primer orden: A partir de ese momento se pondrían  más o menos inconvenientes a la integración no sólo social, sino universitaria de las distintas castas, cierto, pero también nos da otra información en relación al tiempo anterior: que justamente estaba sucediendo lo contrario a lo que marcaba la nueva ley.
El retroceso del espíritu humanista aplicado al hecho de la esclavitud sufriría un nuevo recrudecimiento partir de la invasión británica de Cuba de 1763, cuando comenzaron a convivir en la isla las formas patriarcales del esclavismo español con las maneras británicas, severas, brutales, del esclavismo capitalista, lo que conllevó un cambio de tendencia del hecho esclavista que contrastaba con lo acaecido en otros lugares, ya expuesto líneas arriba y que comportó la manumisión de un alto porcentaje de esclavos.
En ese sentido es digno de reseña lo que acaecía en México en fechas cercanas  a la de la invasión de Cuba por parte de Inglaterra:

a las faenas salen poco antes de que salga el sol, y se mantienen en ellas una hora, que luego se retiran a almorzar hasta las ocho de la mañana en que se les reparten sus tareas tan cómodas que las acaban a las doce del medio día y cesan en el trabajo hasta el siguiente [día] [...] Que a las esclavas no se les da iguales tareas que a los hombres, pues si a éstos se les dan cincuenta surcos, a aquellas sólo se les reparten veinte y cinco. Que a las muchachas pequeñas só1o se les ocupa en desenllervar las canas, concluyendo todos su trabajo a una misma hora que es el de las doce, y cesan hasta el día siguiente, quedándoles siempre medio día de descanso [...] Que las esclavas preñadas trabajan con demasiada proporci6n, pues atendiendo a su robustes sólo se les dan diez o doce surcos pero en faltándoles tres meses para el parto, cesan de todo trabajo y se les suministran dos pesos de socorro [...] Que es falso les a los enfermos tan solo un día para que se curen, pues hay esclavos que se están quince y un mes conforme lo necesitan sus dolencias, en cuyo tiempo les da para que compren gallinas de alimento y también para las medicinas como consta de las quentas que anualmente tiene producidas (Motta 2003: 36-37)

El trato, en Cuba, sin embargo, siguió una marcha progresivamente contraria a la costumbre y a los intereses del esclavo, que comenzaba a dejar de ser propiedad de una familia, de la que acababa formando parte, para pasar a ser propiedad de un ente abstracto, una sociedad anónima que atenta exclusivamente al beneficio no tenía ningún escrúpulo para los bienes fungibles en que acabaron convirtiéndose los esclavos.
El perjuicio fue inmediato; el contagio de la peste liberal capitalista se propagó en Cuba con una rapidez inaudita durante la invasión británica de 1763. Inmediatamente la ley del precio fijo, por la cual un esclavo, si era revendido debía serlo por el mismo precio de compra, fue revocada, y con ella la garantía de permanencia en la misma familia, con el beneficio que ello comportaba.
Con la nueva situación, el perjuicio era manifiesto, pues se pasaba de la convivencia en familia al uso como material fungible.

Un cortador de caña de una inmensa plantación durante el auge repentino del azúcar podía incluso no conocer a su amo. Era el capataz quien representaba a la sociedad blanca, y lo más probable era que la aversión y la crueldad, y no el afecto, dominaran la relación entre blancos y negros. (Bethell 1990: Bowser: 148)

Nos hemos estado refiriendo al esclavismo en América, por ser donde más negros fueron transportados y por el peso específico que ha tenido la raza negra en el esclavismo de los siglos XV a XIX, pero ni todos los esclavos negros fueron a América, ni todos los esclavos eran negros.
No debemos olvidar que también en la España peninsular estaba vigente el régimen esclavista, si bien el mismo estaba destinado casi en exclusiva al servicio doméstico y al servicio de galeras.
Era este destino el principal de la esclavitud peninsular, que compartía destino con los penados por la justicia.

La proporción entre forzados y esclavos debió aproximarse a lo contenido en el informe que sobre necesidades de chusma elaboró el intendente de Cartagena en 1740, y que daba unos valores aproximados de la esclavitud en las Galeras Españolas del siglo XVIII de entorno al 63,5 % de forzados y 36,5 % de esclavos. (Hernández)

La recluta de estos esclavos destinados a galeras se realizaba predominantemente en alta mar, en combate, y estaban compuestos por moros que generalmente desarrollaban acciones de piratería y sabotaje en las costas españolas. Eran los conocidos como “moros de presa”, que podían compartir bancada con los condenados por la justicia.





























La esclavitud en España entre los siglos XV y  XVII




En España, como en resto del mundo, la esclavitud ha existido siempre y existe hoy, aunque hoy los esclavos votan.
Pero parece interesante, al menos al autor de estas líneas, internarse en el asunto centrándonos en el momento álgido de la reunificación de España por parte de los Reyes Católicos y en el reinado de los Austrias, desgajando la cuestión en lo tocante a tiempos anteriores y posteriores, a los que se dedica otros capítulos específicos, y no por casualidad, como se verá en el desarrollo de la cuestión.
Es cuestión demostrada históricamente por documentos fehacientes de la época, que en el siglo XI, por ejemplo, existían en Barcelona tanto esclavos sarracenos como mercaderes de esclavos, del mismo modo que existen documentos de manumisión por los cuales se puede decir que el esclavo tenía posibilidades de pagarse su propia libertad mediante el abono de unas cantidades estipuladas con su amo, que normalmente eran muy superiores a las que se pagaban por la adquisición de un esclavo.
Estamos hablando del siglo XI… pero podíamos haber empezado a hablar del asunto bastante antes… o bastante después. Valgan estos apuntes para señalar que ese mercado de esclavos de Barcelona, como el de Sevilla, Lisboa o Cádiz por ejemplo, se desarrolló de forma muy especial en el siglo XIV, tiempo en que todos esos puertos desarrollaron su comercio con el norte africano, con el que se intercambiaba todo tipo de productos…y de esclavos.
Tan es así que se generó una legislación específica que impedía el comercio de esclavos de origen griego, si bien el conflicto por los esclavos de este origen permaneció vigente, y ya a finales del siglo XIV se aplicó la instrucción papal de Urbano V por la que se estipulaba la liberación de los esclavos griegos, aunque finalmente, Martín I de Aragón, “el Humano”, acabó revocando todos los privilegios que habían sido otorgados a estos esclavos.
Pero no sólo generaban conflictos los esclavos griegos, ya que la legislación protegía los intereses de aquellos esclavos que pudiesen acreditar la injusticia de su situación.

Un esclavo que hubiese sido declarado de buena guerra y, posteriormente, reclamase libertad y la ganase por derecho, no podría disfrutar de la libertad hasta haber satisfecho el precio pagado por su dueño cuando lo adquirió, incluyendo los gastos del proceso, ya que la primera declaración habría sido fraudulenta. Si no podía hacer frente al pago, debería servir a su propietario durante un tiempo arbitrado por el baile o por dos prohombres elegidos por el consejo de la ciudad e, incluso, podría ser vendido por su dueño a terceros siempre y cuando quedase garantizada su libertad una vez expirado el período de servicio. (Armenteros 2012)

Los conflictos generados en Barcelona como consecuencia del mantenimiento de estos esclavos llegaron al enfrentamiento entre las autoridades civiles y el obispo de turno, destacando el enfrentamiento que en 1400 tuvo lugar entre el obispo Ramón Escales y el consistorio, que acabó llamando al orden al obispo, que hizo caso omiso, lo que llevó a una espiral de enfrentamientos que acabó con la ejecución de un esclavo griego que había buscado refugio en el entorno del obispo.
Ya en el siglo XV, en 1424, Barcelona

contaba con una población esclava de entre 3.500 y 5.000 individuos sobre una demografía total que se movía entre los 35.000 y los 40.000 habitantes. (Armenteros 2012:313)

Estamos hablando del 10% de la población, de Barcelona, sí, pero nos sirve de ejemplo que podemos extrapolar al menos a otros puertos como los citados, y debemos tener en cuenta que esta situación era consecuencia de otras actuaciones anteriores, como puede ser la negativa de los jornaleros libres a emplearse en determinadas actuaciones por las más variadas circunstancias: mala remuneración, abusos de los contratadores…
¿Y qué procedencia tenían  esos esclavos? Por las circunstancias del momento se puede inferir que los esclavos sarracenos, existiendo, no constituían la totalidad de la fuerza esclava. Debemos considerar que en estos momentos la presencia musulmana se circunscribía al reino de Granada, que pagaba parias al reino de Castilla, y en esa situación, las grandes campañas militares, principales suministradoras de mano de obra esclava, habían dejado de existir, por lo que un alto porcentaje de los esclavos procedían del oriente mediterráneo.

Es probable que las bailías de Valencia y Barcelona acometieran un doble papel como centros de expedición de certificados de buena guerra en la Corona de Aragón. Mientras que Barcelona, por su situación geográfica, tendría más fácil acceso a los esclavos que procedían del Mediterráneo oriental y central, redistribuyéndolos, luego, a otros puertos ibéricos y baleáricos, Valencia, por las mismas razones, dispondría de una mayor capacidad de absorción de esclavos sarracenos ibéricos y magrebíes, primero, y negros subsaharianos, después, especialmente desde la década de 1470. (Armenteros 2012: 318)

En este primer cuarto de siglo XV, ya llevaba Portugal décadas dedicando sus esfuerzos para llegar al extremo Oriente fuera del control de los turcos. A punto de entrar en el siglo XV, en 1400, las expediciones marítimas portuguesas, que se estaban impulsando tras haber acabado con su parte de reconquista peninsular, no iban más allá del cabo de No, que se tenía como el fin del mundo. El Infante D. Enrique de Portugal, que pretendía llegar a la India, lo sobrepasó y llegó hasta el que acabó denominándose cabo de Bojador por lo mucho que debían bogar para no acabar en las escolleras, no atreviéndose a adentrarse en el mar.
En este mismo tiempo, en 1400, Juan de Betancor conquistó para la Castilla de Enrique III las Islas Canarias (Hierro, Fuerteventura y Lanzarote), y en 1407, el sobrino de Juan de Betancor, Maciot Betancor, conquistó la Gomera al servicio de Juan II, aunque posteriormente vendió sus derechos de conquista a Portugal.

En estos tiempos se sacaban esclavos canarios que eran enviados a Sevilla (Las Casas. Africa. 26)

En 1424 Alfonso V de Portugal atacó las islas, y en 1450, hizo una nueva incursión. En 1452 se reclamó a Portugal por estas actuaciones.
El cuatro de septiembre de 1479 se firma la paz de Alcazobas. Con ella acabaron las pretensiones portuguesas sobre las Islas Canarias, en las que la protección personal de la Reina Isabel  declaraba que los canarios no podían ser reducidos a esclavitud.
Pero si Portugal abandonaba sus pretensiones sobre las Islas Canarias, Castilla hacía lo propio sobre la costa africana, reconociendo el monopolio portugués sobre el  tráfico de Guinea siendo que en este tiempo las naves portuguesas habían avanzado considerablemente en la exploración de la costa atlántica; en 1434 llegaron hasta cabo Blanco; en 1444 cautivaron un número importante de africanos, que fue enviado a la Península, y allí, repartido; en 1446 descubrieron Guinea, Cabo Verde y Azores.
Pero si por el Atlántico iba avanzando la Cristiandad, por el Mediterráneo iba retrocediendo, siendo que el año 1453 caía Constantinopla, la esplendorosa capital del Imperio Romano de Oriente, en poder de los turcos.
Este tremendo hecho tuvo como consecuencia económica y comercial el cese del tráfico de esclavos procedente del oriente Mediterráneo, que se cerraba para muchas cosas, y específicamente para las expectativas comerciales de la Europa cristiana.
Con esas circunstancias apremiantes, Juan II de Portugal tenía la obstinación de llegar a la India como alternativa a los flujos comerciales que con las actividades de los turcos ya venían sufriendo restricciones, para lo cual como paso previo en su viaje a Oriente, y como base de aprovisionamiento, comenzó tomando posesión de Guinea en 1481.
Por el Tratado de Alcazobas, Portugal se reservaba el derecho de navegación a partir del cabo Bojador, y la corona de Castilla efectuaba ataques al enemigo secular, en las costas de Berbería, donde esos hostigamientos, que en principio pudieron servir como paso previo para terminar la Reconquista con la incorporación de la Hispania Tingitana, se quedaron en ser la principal fuente de esclavos, y como consecuencia del descubrimiento de América, se quedaría en eso.
Como consecuencia del citado tratado, fue construida una fortaleza en la costa africana, Santa Cruz de la Mar Pequeña, a partir de la cual debía gestionarse el comercio castellano con África.
El reconocimiento internacional al tratado de Alcazobas sería sancionado por la bula papal Inter Caetera de 1493, momento en el que Portugal da comienzo a la construcción de fortalezas y depósitos de esclavos en la costa africana, cuya posesión queda nuevamente ratificada el siete de junio de  1494 con la firma del Tratado de Tordesillas, por el que Castilla y Portugal se repartían las zonas de descubrimiento y conquista, quedando África y todo lo comprendido hasta 370 leguas al oeste de Cabo Verde bajo la dependencia de Portugal.
Este hecho dio lugar a que la corona portuguesa pudiese constituir un monopolio sobre la trata de esclavos, del que haría uso librando las correspondientes licencias a los traficantes.
El crecimiento del tráfico esclavista, directamente relacionado con el desarrollo de la industria azucarera hizo incrementar el tráfico de esclavos en los distintos puertos españoles, aspecto que se vio favorecido por las necesidades de atraer nueva población para cubrir las bajas producidas por la peste que se padeció en el último cuarto de siglo XV.

entre 1479 y 1516, Sevilla absorbió nada menos que 3.173 esclavos, que Málaga hizo lo propio con otros 3.576 cautivos entre 1489 y 1538, y que Valencia, el paradigma por excelencia, superó los siete millares en tan solo 28 años. Y todas estas cifras frente a los 1.237 esclavos y libertos –o 1.101 cautivos, si se prefiere– de la Barcelona de 1479-1516. (Armenteros 2012)

Pero el desarrollo del tráfico esclavista aportaría una nueva percepción de la imagen del esclavo, que a lo largo de las siguientes décadas recaería principalmente en personas de raza  negra.

El 8 de abril de 1483, …/… la notaría de Joan Mateu registró, por vez primera, la venta de un esclavo guineano procedente de la trata atlántica, vendido por el tarraconense de Reus Lluís Cerdà a Joan Ferrer de Busquets, mercader de Barcelona, quien desembolsó las 34 libras en las que fuera valorado Joan, de unos 22 años de edad (Armenteros 2012: 409)

La nueva situación que presentaba el abandono del Mediterráneo oriental con la caída de Constantinopla, unido a la definitiva toma del reino de Granada por parte de los Reyes Católicos y la actividad portuguesa en África, son los responsables de la imagen de esclavo que ha llegado al imaginario colectivo en nuestros días, cuando al escuchar el adjetivo de esclavo inmediatamente pensamos en una persona negra. Pero es evidente que ese pensamiento es erróneo.
Ciertamente, a partir de este momento el número de personas negras que atravesó el océano para servir como esclavos es alarmantemente elevado, pero no eran las únicas personas esclavizadas, ni el trato era igual en todas partes; tan es así que si en 1483 se tiene el primer registro de un guineano esclavo en Barcelona, también es cierto que antes de finalizar el siglo también existía un buen número de esclavos negros manumitidos. De la esclavización del mundo árabe hablamos en capítulo aparte… y de la esclavización de ingleses e irlandeses por parte de la corona británica, también hablaremos en capítulo aparte.
Lo que resulta evidente es que el desarrollo del comercio, base principal que figura en el argumentario británico para la creación de su imperio, fue en sí el motivo principal del masivo transporte de seres humanos de un lado a otro del Atlántico en los siglos XVIII y XIX. Si bien la responsabilidad de ese mercado es general y gradual, habrá que determinar qué grado de responsabilidad tiene cada quién. Habrá que determinar quién, cuándo y como impuso como derecho cuasi-humano el del libre comercio y quién, basándose en las leyes del mercado, sacó absolutamente de contexto la trata que, con todas las condenas que se quiera, y que se merece, se mantuvo durante siglos en unos niveles de microeconomía en los que, además, los esclavos no perdían su esperanza de libertad, que con frecuencia alcanzaban tanto en la Roma Imperial como en las Españas.
Con esa concepción de la esclavitud llegaron los primeros esclavos a la América acompañando a sus amos. Todos ellos, moros y negros, esclavos domésticos, sujetos a una condición de siervo más que de esclavo, de acuerdo con el Código de las Siete Partidas, que era el legalmente aplicado, eran acompañantes necesarios, y como tales también fueron conquistadores.
Y no es extraño que en esos momentos hubiese esclavos moros cuando la guerra para la Reconquista de Granada estaba en pleno desarrollo, lo que inexcusablemente ocasionaba crecimiento en la población esclava por ambas partes, ya que ambas partes utilizaban los mismos métodos al respecto.

En Zahara, por ejemplo, en 1481, fueron muertos o cautivados cerca de 160 cristianos, mientras que en Alhama, al año siguiente, de tres a 4.000 sarracenos perdieron la libertad, la mayoría mujeres y niños. Las noticias que conocemos sobre este tipo de actuaciones son numerosas, pero es relevante que, junto a ellas, las cabalgadas contra territorio norteafricano –unas 70 incursiones registradas tan solo entre octubre de 1482 y mayo de 1486– continuaran sirviendo como fuente alternativa y complementaria para la obtención de cautivos. (Armenteros 2012: 272)

Era lo normal. De ahí las incursiones de navíos berberiscos en las costas, especialmente en la costa mediterránea, donde hasta la expulsión de los moriscos en 1609 tuvo especial significado, y fue la principal causa que posibilitó la aprobación de la expulsión, ya que eran los moriscos residentes en España los quintacolumnistas de las expediciones que el mundo musulmán lanzaba para la caza de esclavos en España.
Y en esa normalidad, tomada que fue definitivamente Granada, la ciudad conoció un importante desarrollo en el mercado de esclavos, pasando a ser los de raza negra la parte principal del mismo, ocupando un segundo lugar los esclavos musulmanes.
Iniciada la conquista de América, y mientras se dilucidaba el carácter de sus habitantes, alguno de éstos acabó también en el tráfico de esclavos, en parte como consecuencia de la escasez de recursos que en principio generaron los nuevos descubrimientos, que habían visto truncado el objetivo de llegar a la India, y que como medio de justificar la empresa, parece que Colón intentó convencer a los Reyes Católicos para que tomase las Indias como fuente de esclavos, de donde se comprometía a extraer un número que anualmente no fuese inferior a los cuatro mil.
Y dio comienzo a la caza de esclavos, lo que ocasionó uno de los momentos más tristes y negativos de la Conquista, que generó la lógica rebelión de los naturales a la que siguió un importante número de víctimas.

Este hecho, a su vez, condujo a la espontánea decisión de muchos nativos de huir a las montañas. Esta «rebelión», como la llamaron equivocadamente, condujo a que Colón apresara a unas 1.660 «almas entre machos y hembras», tal como lo expresó Miguel Cuneo, de las que 550 fueron enviadas a Castilla, voluntariamente o forzadas, en la segunda flota que al mando de Antonio de Torres partió de La Isabela el 24 de febrero de 1495. La trata de esclavos comenzó así en dirección oeste este, no desde África, sino desde el Caribe a Europa. (Thomas, el imperio español)

Y este hecho, convenientemente engordado por la mente calenturienta de Fray Bartolomé de las Casas, es el argumentario de las campañas que, principalmente a partir de la traición de Antonio Pérez a Felipe II, conforman la leyenda negra contra España.
Es el caso que con la premisas anteriormente señaladas de Colón, y con esta actuación luctuosa, se comenzó a enviar esclavos que entraban en la península por los puertos andaluces, ya que no en vano, la tradición esclavista tenía un largo recorrido en estas tierras; en Andalucía se comerciaba con bereberes y eslavos desde hacía mucho tiempo, y últimamente también con canarios, aunque en este último caso el número de esclavizados fue escaso.
En un principio todo parecía normal, y con la anuencia explícita de la Corona se comenzó con la operación, pero en breve todo sería de otro modo.

La venta de estos esclavos (los traídos por Colón) fue explícitamente autorizada en un primer momento por los Reyes Católicos en una carta escrita el 12 de abril de 1495, donde éstos sugieren la venta de varios cautivos en Andalucía. Curiosamente, cuatro días después es despachada una carta que suspende la venta de indios esclavos hasta conocer la opinión de los letrados, teólogos y canonistas, lo que resulta muy curiosa, considerando que la esclavitud estaba plenamente inserta en la sociedad española, tal como lo entendió Colón a su llegada. Esto marca el principio de lo que sería una larga discusión sobre la licitud de la esclavitud en América y muestra por parte de los Reyes Católicos un espíritu de justicia, aunque limitado. (Arce 2013: 37)

Y es que, como venimos señalando, la esclavitud era una realidad cotidiana admitida por todos como un hecho natural. Lo curioso es que fuese justamente la Corona la que se cuestionase el asunto. ¿Qué pudo influir en ello?... Muy probablemente las opiniones del benedictino Bernat Boïl, que en 1493 acompañó a Colón como representante de la Inquisición. Y por supuesto, de esa actuación no podía andar muy lejos el Cardenal Cisneros, quién acabaría siendo, entre otras cosas, Inquisidor General de la Corona de Castilla en 1507.
Pero Colón no acabó de creerse la política de la Corona en lo tocante a la esclavización, por lo que cuatro años después seguía obstinado en su voluntad de esclavizar, desoyendo las instrucciones reales.
Su obcecación acabaría reportándole ser depuesto del cargo y encadenado ser trasladado a la Península, donde la Reina le libraría de las cadenas.
Sólo un año antes de proceder al cese y reclusión de Cristóbal Colón, el 16 de abril de 1496, los monarcas le enviaron otra carta a Juan Rodríguez de Fonseca, a la sazón responsable de las tareas de Conquista, para que pospusiera la venta de esclavos:

Nos querríamos informarnos de letrados, teólogos e canonistas si con buena conciencia se pueden vender éstos [esclavos] por solo vos o no; y esto no se puede facer fasta que veamos las carta s que el Almirante nos escriba [...] y [que] tiene Torres que non las envió; por ende en las ventas que fíciéredes destos indios sufincad [se afirme] el dinero dellos por algún breve término, porque en este tiempo nosotros sepamos si los podemos vender o no, e no paguen cosa alguna los que los compraren, pero los que los compraren no sepan cosa desto; y faced a Torres que dé priesa en su venida e que si se ha de detener algún día allá que nos envíe las cartas. (Thomas, el imperio español)

Pero Colón, que arrastraba un enfrentamiento personal con el obispo Fonseca con motivo de las permanentes discrepancias que éste tenía con las actuaciones relativas al gobierno de La Española, no prestaba oídos a lo que éste le transmitía.
No sería la esclavitud el destino de los indios, ya que el 29 de junio de 1500 la Reina Isabel ordenó, mediante cédula expedida al efecto, poner en libertad a todos los indios vendidos hasta ese momento en España, que tendrían que regresar a La Española en la flota de Francisco de Bobadilla, encargado a su vez de apresar a Cristóbal Colón.
Pero si la esclavitud de los indios estaba claramente señalado que no iba a producirse, curiosamente no era extensiva esa medida al resto completo de la humanidad. Tan es así que en esas fechas se calcula que existía en la Península del orden de cien mil personas sometidas a esclavitud, dato que debemos complementar con  el número de habitantes total edn ese momento, que se estima conforme al siguiente cuadro:
Corona de Castilla…………………4.200.000
Corona de Aragón…………………   850.000
Reino de Portugal………………….1.000.000
Reino de Granada………………….   300.000
Reino de Navarra…………………..   120.000

Y pasarían pocos años cuando el año 1510 pasó a ser legal el envío de esclavos negros a América. Siete años después, en 1517, el gerónimo Fray Bernardino Manzanedo, que era enviado por el Cardenal Cisneros a La Española para intentar reconducir la precaria administración, informaba de la necesidad de importar negros ante la también precaria población de la isla.
Pero no serían los primeros negros que llegasen a la isla, porque ya en 1501 llegaron los primeros acompañando a sus amos conquistadores.

Los negros esclavos fueron casi siempre compañeros de aventura de los descubridores y conquistadores –Ovando, Cortés, Pizarro, Núñez Cabeza de Vaca, etc.–, desempeñando a veces funciones relevantes. En las Instrucciones dadas en 1501 por los Reyes Católicos al gobernador Nicolás de Ovando, se prohibía el paso a las Indias de judíos y moros, pero se autorizaba el ingreso de negros esclavos, con tal de que fuesen nacidos en poder de cristianos. (Iraburu 2003: 176)

No eran sólo los conquistadores quienes atravesaban el Océano acompañados de esclavos. Los funcionarios, tanto los reales como los eclesiásticos, también iban en muchas ocasiones acompañados de esclavos, como es el caso de Pedro Antonio de Arenaza y Gárate,  inquisidor que fue de Lima entre 1744 y 1751.

permisos para pasar a las Indias con un número de esclavos que fluctuaba entre tres y ocho se les dio a casi todos los funcionarios nombrados por el Consejo [de Indias] en el siglo XVI: virreyes, gobernadores, oidores, contadores, fundidores, así como a las dignidades eclesiásticas y hasta los simples párrocos». Estos negros de que hablamos ahora venían a ser criados, hombres a veces de mucha confianza de sus señores. El arzobispado de Sevilla, por ejemplo, tenía un gran número de estos esclavos, y también los tenían en las Indias los religiosos, a veces en gran número, como los jesuitas. (Iraburu 2003: 176)

Cuando fue autorizada la importación de negros, la Corona impuso una serie de condiciones, entre las que destacaba que los esclavos transportados no fuesen musulmanes, y cuando fuesen negros, que fuesen nacidos en España, cristianizados, o en el peor de los casos, sólo cristianizados, lo que conllevó fraude al procederse, en no pocas ocasiones, a bautizarlos en el trayecto, sin que mediase previo aprendizaje de la doctrina.
Parece que en estos momentos todos estimaban que la solución a la mano de obra en América se encontraba en la importación de mano de obra esclava ya que, de conformidad con la legislación que por momentos se estaba generando, el indio no podía ser forzado a trabajar, y la voluntad de los indios no parecía estar por someterse a un régimen laboral como el que se estaba implantando en esos momentos. Y a todo ello se añadía la peculiar condición de los africanos, que les hacía más resistentes al trabajo que los indios, y más resistentes a las enfermedades que los españoles a las enfermedades tropicales y que los indios a las enfermedades aportadas por los españoles.
Tras haber tomado la determinación de transportar esclavos negros había que solventar cómo hacerlo, porque los negreros portugueses no podían acceder a las Indias españolas, pero eran los únicos que podían acceder a África Occidental, y al comercio con las Antillas solo lo podían hacer los castellanos, los traficantes castellanos debían adquirir los esclavos a los negreros portugueses.
Y como estas transacciones debían hacerse  en Sevilla o Cádiz, los embarques portugueses de esclavos debían ir desde las costas africanas hasta Sevilla o Cádiz para que negreros españoles  compraran allí los esclavos, cumplieran con el correspondiente pago de impuestos de exportación, y posteriormente pudieran dirigirse hacia las Antillas.
Estaba también por calibrar la influencia que pudiese tener el Islam en los negros importados, tanto como su predisposición a la insubordinación, por lo que no todos los negros que eran aportados por los traficantes resultaban válidos conforme a lo estipulado por la legislación española, que disponía que solamente se llevasen a las Indias esclavos procedentes de las tierras de Angola y de Guinea, pero los traficantes incumplieron estas disposiciones e introdujeron esclavos de todas las regiones africanas.

Por su propensión a la insubordinación y tendencias musulmanas en 1532 se prohibió la importación de negros «gelofes» (Wolol) de Guinea exclusión que en la práctica no se llevó a efecto. En cambio durante todo el siglo XVII existió una preferencia por los llamados “negros de Guinea”, procedentes de la región situada entre los ríos Níger y Senegal, estimados por su laboriosidad, alegría y adaptabilidad. (Gutiérrez, Ildefonso: 194)

Salvado ese escollo, el tráfico se desarrollaría no sólo atendiendo la demanda existente, sino creando la necesidad de la misma, lo que acarreó, además, la subida de su precio.

En 1540 el precio de un esclavo estuvo regulado por la Corona en 140 pesos para la Nueva Granada y Popayán, y en 1564 un navío negrero llegado a Cartagena los vendió a razón de 162 pesos; por ese entonces, el Cabildo de la ciudad había tasado la botija de manteca de puerco en un peso y medio. En 1618 un negro valía 180 pesos y el arancel eclesiástico para los vecinos de Cartagena establecía el estipendio de dos pesos por el entierro de un esclavo. De 1631 a 1637 encontramos los siguientes precios: 222, 390, 332 pesos por un esclavo, y 328, 330 pesos por muleques y mulequillos, una madre con su cría 255 pesos y una esclava bozal loca 60. El valor de un vestido en esos años para un negro era de cuatro pesos y el Gobernador de Cartagena cobraba de sueldo anual 2.000. (Gutiérrez, Ildefonso: 205)

Si el negro hablaba español o/y tenía un oficio, subía su precio hasta los 1000 pesos. Por lo general, el precio de la mujer era 1/3 superior al del varón.
Esta situación se daba treinta y un años después de la fundación de Cartagena, momento desde el que se convirtió en puerto receptor de esclavos africanos, generando un volumen de negocio de envergadura, animado por el desarrollo de la minería, que requería el aporte de esta mano de obra esclava.
Un volumen de negocio que se manifestaba en todos los órdenes, propiciando un rápido crecimiento de la ciudad, donde pronto llegaron las órdenes religiosas para atender las necesidades tanto de la propia ciudad como de las gentes en tránsito, y entre ellas, naturalmente, la población esclava, con la que desarrollaron una encomiable labor humanitaria.
Este arribo de las órdenes religiosas provocó a su vez un nuevo impulso en el desarrollo urbanístico de la ciudad, con la construcción de diversas edificaciones destinadas al uso de las órdenes y para la atención de los diversos servicios humanitarios que prestaban.
Y a su vez, este crecimiento urbanístico y poblacional, generó un espectacular crecimiento económico que dio lugar a la construcción de nuevos edificios, tanto de negocio como administrativos y consiguientemente de defensa, siendo que ese desarrollo que resultaba evidente, además de reclamar la mano de obra que llegaba no sólo en forma de esclavos africanos, sino de trabajadores libres especializados, se veía amenazada por las potencias extranjeras, muy en concreto por sus armadas de piratas, que a la par de transportar esclavos amenazaban la seguridad de la ciudad.
Pero el arribo de esta mercancía humana, tuvo un precedente anterior en América. La Corona portuguesa, que como hemos señalado tenía el monopolio de África, había transportado trabajadores esclavos negros a  Brasil.

La importación de esclavos africanos a Brasil fue autorizada, según parece, en 1549, aunque ya desde 1535 se los podía encontrar trabajando en las plantaciones de caña de azúcar de Sao Vicente, y en 1570 había miles de ellos empleados en los engenhos azucareros. (Bethell 1990: Sánchez, 51)

No sólo en Cartagena ocasionó el tráfico de esclavos el desarrollo urbanístico. También Sevilla notó un incremento sensible, alcanzando a ser en ese momento la segunda población europea en cuanto a número de habitantes, solamente superada por París, y en ella existía una notable población negra, con un número importante de libertos.
Esclavos tenían las principales familias de toda España, siendo que a finales de siglo se calcula que existían en la península del orden de los sesenta mil, número que fue progresivamente descendiendo, como así mismo en las provincias insulares, como es el caso de Sicilia, de donde se tienen datos precisos de los esclavos existentes en 1565, cuando según informa Iván Armenteros en su trabajo sobre  la esclavitud en Barcelona a fines de la Edad Media, Palermo contaba con una población cautiva de 456 esclavos, de los 1os que 118 eran blancos, 115 oliváceos y 223 negros. (Armenteros 2012: 281), mientras que en las provincias americanas se mantuvo el flujo de entrada de mano de obra esclava, con sus paréntesis.
No obstante, hubo un hecho que provocó un incremento en el comercio de esclavos: el levantamiento morisco en las Alpujarras en la Navidad de 1568, pero como queda señalado en el capítulo relativo al tráfico negrero, por estas fechas no podemos sino señalar la realidad de la esclavitud como sumida en una desaceleración que, además conoció periodos completos de inactividad en el tráfico, como es el periodo de 1640-1650.





























La esclavitud en España desde el siglo XVIII



A principios del siglo XVIII,  la llegada de los Borbones al trono español y el auge de las ideas ilustradas trajeron consigo transformaciones administrativas, económicas, políticas y sociales, así como un nuevo pensamiento basado en la ciencia y la razón, que daba al traste con el concepto de vida que se había tenido hasta el momento en las Españas.
El Humanismo cristiano daría paso en el siglo XVIII a la antesala del sistema capitalista que vivimos en el siglo XXI, lo cual acarrearía graves consecuencias en todos los campos.
La Ilustración imponía con fuerza sus teorías y arrumbaba las que precedieron; su obsesión por catalogar y clasificar aportaría a las relaciones humanas una de las más execrables consecuencias: el desarrollo de los conceptos de raza y los prejuicios que ello  comportaba; la presunción  de una supremacía racial que justificaba, entre otras cosas, el hecho de la esclavitud que estamos tratando; con un añadido: la esclavitud dejaba de ser un instrumento que mitigaba los rigores de la guerra y se convertía estrictamente en un  hecho mercantil que la raza superior  tenía derecho a ejecutar a costa de las razas inferiores, que siempre serían las no nórdicas.
 Todo comenzaría con el fin de la Casa de Austria. Las glorias de los Austrias mayores devinieron en un triste personaje, Carlos II, que a pesar de todo supo mantener los principios hispánicos, pero que tras su muerte daría paso a otro no mucho mejor que él en lo tocante a la salud, pero que aportaba a su reinado el complejo de superioridad de la Europa que desde hacía dos siglos había sido combatida por España.
Felipe V sería el chivo expiatorio de una política europea que había condenado a España a la fragmentación y reparto, y si en su dependencia de Francia posibilitó la mutilación de España, en su dependencia de Inglaterra posibilitó el desarrollo del ideal británico de liberalismo y sometimiento a tratados comerciales inhumanos, a los que tan proclive ha sido siempre la Pérfida Albión, y que si el fin último era el descuartizamiento de España, por ahora nos detendremos en los aspectos estrictamente esclavistas.
La decadencia de España era manifiesta aunque su presencia en el mundo no dejaba de crecer; llegó 1713, y con él el tratado de Utrecht, que comportaba una nueva mutilación: Cerdeña y Nápoles, reinos que habían formado parte integrante de España desde 1420 Cerdeña, y desde 1504 el Reino de Nápoles. Felipe de Anjou (Felipe V), nieto de Luis XIV, cedería su soberanía tras la Guerra de Sucesión a cambio del reconocimiento internacional de su derecho al trono de España.
Y anexo al Tratado de Utrecht estaba el Tratado del Asiento, por el que Inglaterra vio conseguido uno de sus más ansiados logros: Tener acceso al mercado hispanoamericano; poder acceder a los puertos americanos y montar en ellos las bases de actuación que acabarían destruyendo la unidad de España.
Colaborador necesario en ese logro fue Felipe V, quién contraviniendo la opinión del Consejo de Indias impuso la firma del claudicante Tratado del Asiento por el que Inglaterra se quedaba con el monopolio del tráfico de esclavos a la España Americana; algo que, dicho así, parece que se trata de un simple cambio de proveedor. Pero no es eso lo que caía dando el asiento de negros a Inglaterra.
Tampoco era sólo el hecho que venía anexo al Tratado, de importancia menor y que consistía en que Inglaterra, además, podría vender otras mercaderías que en principio no podían exceder las quinientas toneladas que tenía de capacidad el navío que anualmente podría cumplir esta concesión graciosa, todo lo cual daba al traste con la política seguida al respecto hasta la fecha.

constituía una relajación sin precedentes de los principios estrictos que durante siglos habían mantenido alejados del imperio español a todo comerciante extranjero, legítimo o no. (Donoso: 58)

El hecho comercial, al fin, y con ser de importancia primordial, era un tema secundario. Lo que de verdad importaba era el cambio cualitativo (y secundariamente cuantitativo) en el tratamiento del hecho esclavista.
Con la nueva situación se daba comienzo a la implantación de la ideología liberal, inglesa al fin y al cabo, por la cual, el esclavo dejaba de ser un hombre que había tenido la desgracia de encontrarse en un momento concreto en un lugar y en una situación inconveniente, que tenía la posibilidad de alcanzar la libertad con algún esfuerzo… pero que en cualquier circunstancia era un hombre.
A partir de ahora, con el racismo inherente a la mentalidad liberal rampante, había razas que se imponían y razas que debían servir a aquellas en cualquier circunstancia y sin esperar nada a cambio.
Se abandonaba el concepto de esclavitud como alternativa benéfica en el resultado de una guerra para en su lugar instalar el utilitarismo por el que se justifica la explotación del prójimo por interés, por conveniencia y por poder.
El suministro de esclavos sería materialmente llevado a cabo por la South Sea Company, de Londres, que era quien detentaba la exclusiva de venta de esclavos en la España americana.
A pesar de las nuevas circunstancias que envolvían la política nacional e internacional desde el final de la Guerra de Sucesión,  España seguía sin mantener comercio con  África; seguía sin participar en el tráfico negrero, que era la parte más sucia de todo el entramado esclavista, y esa realidad era afeada por los adelantados ingleses en España, los agentes encargados de criticar que no se tuviese ese tipo de negocio que tanto lustre estaba dando a las ciudades inglesas. No obstante, el mercado negrero tenía muchos compradores en la España americana.

La compañía inglesa vendió unos 5000 esclavos (comprados en Jamaica, la mayoría) en Cuba, entre 1740 y 1760, a 144 pesos cada uno. El contrabando pudo proporcionar otros 5000 en el mismo período (Thomas 1971)

Y al amparo del tratado firmado con Inglaterra, desde 1714 Buenos Aires pasaba a convertirse en un importante centro de importación de esclavos para toda América del Sur, con especial incidencia en las zonas mineras y en las zonas agrícolas.
Pero a pesar de todo, el volumen de tráfico negrero no alcanzó las expectativas que el mercantilismo prometía. Y es que la evolución del esclavismo en América, dentro de su disparidad, había hecho que gran parte del trabajo que anteriormente había sido realizado por esclavos, a mediados del siglo XVIII hubiese sido prácticamente absorbido por trabajadores libres… o lo que es lo mismo, que muchos esclavos hubiesen alcanzado la libertad y siguiesen desarrollando las misma funciones laborales.

Sólo en aquellos lugares poco poblados, que habían permanecido rezagados en la evolución económica del reino, tales como las provincias de Tabasco y Campeche, pertenecientes a la gobernación de Yucatán, podían absorber cantidades limitadas de negros. El interior del país había superado ya la etapa esclavista, definitivamente. (Aguirre 1946: 85)


Entre 1739 y 1748, se desarrolló el enésimo enfrentamiento entre España e Inglaterra, en la que fue conocida como “Guerra del Asiento” o “Guerra de la oreja de Jenkins”. En todos los conflictos, los británicos intentaron controlar el comercio en los océanos Atlántico y Pacífico y obtener nuevos territorios en el Nuevo Mundo. Inglaterra había aumentado los agravios de modo considerable: apresamiento arbitrario de buques españoles, establecimiento en Honduras para la corta del palo campeche o el aumento del contrabando, entre otros.
Pero la guerra era librada no sólo en el mar, sino en los despachos. La invasión estaba siendo llevada a cabo desde la administración, donde los más altos cargos estaban siendo copados por quienes sin ambages pueden ser calificados de agentes de la Ilustración, en ocasiones servidores de Francia, en ocasiones servidores de Inglaterra, pero nunca servidores de España.
En 1759, con el advenimiento de Carlos III, la francmasonería se instaló abiertamente en el mundo cortesano, que en torno al ministro Ricardo Wall, y conforme denuncia Vicente de la Fuente en su obra “Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas”, llevó una política de docilidad a las instrucciones de Inglaterra. Tan es así que, no sólo se permitió el tráfico negrero a los ingleses y franceses, sino que hasta en la misma España llegaron a crear una compañía negrera.
En 1756 había dado comienzo una nueva guerra, la de los Siete Años, a la que España fue abocada por intereses ajenos, y cuya paz, firmada en París el año 1763, dio lugar a que los ingleses se quedan con Canadá, España recuperase la Habana y Manila, y a cambio cediese Florida a Inglaterra, recibiendo como compensación Luisiana… y a España no le reportó más ganancia que el conocimiento de su debilidad y la vergüenza de aparecer ante toda Europa como una nación sumamente débil.
Todo venía rodado para los planes de Inglaterra, que contaba con una excelente operatividad de sus agentes en España, que cumplían a plena satisfacción con sus objetivos, habiendo alcanzado capacidad suficiente como para procurar el nombramiento, precisamente el mismo año de la firma de la paz de París, por ejemplo del nuevo Gobernador y Capitán General de Cuba, conde de Ricla, a la sazón primo hermano del conde de Aranda, significado preboste de la Ilustración, quién desde su toma de posesión, y aún sin contar con autorización, permitió y protegió la introducción masiva de esclavos. La autorización llegaría después.
Pero esa tan sólo era una faceta de la actividad de los agentes “ilustrados”. En el desarrollo de actividades para la consecución de sus objetivos, una conspiración contra el ministro Esquilache ocasionó que el 23 de marzo de 1766, la multitud rompiese los cinco mil faroles que alumbraban las calles de Madrid, cercando posteriormente la casa de Esquilache, que acabaron destrozando a pedradas.
A la historia ha pasado que el motín fue espontáneo y dirigido contra el ministro que había ordenado cortar los sombreros y las capas… Pero es el caso que los cortesanos, Ricardo Wall, el duque de Alba, el conde de Aranda, Roda, Campomanes, José Moñino Redondo, conde de Floridablanca, Azara, y otros, impidieron que se tomasen medidas para cortar el motín al tiempo que hicieron correr la voz que había sido promovido por los jesuitas, si bien hay historiadores, como Vicente de la Fuente, que culpan del mismo al duque de Alba, quién habría usado como instrumento al conde de Aranda. (Fuente: 119)
El caso es que, el motín de Esquilache, como años después sucedería con el motín de Aranjuez con otros fines, parece que fue provocado con el objetivo de conseguir la expulsión de los jesuitas, que eran los valedores de la Contrarreforma y los únicos que se podían oponer intelectualmente a los masones, en cuyas filas militaban los cortesanos citados y otros de menor significación. Si Esquilache era o no era tan nefasto como nos ha llegado será cuestión de investigarlo aparte.
Por su parte, y a raíz del motín, el conde de Aranda, de reconocida trayectoria masónica, pasó a ocupar la presidencia del Consejo de Castilla al tiempo que daba fin a la revuelta, que según afirma José Antonio Ferrer Benimeli, muy conocedor de las vicisitudes de la masonería:

Había finalizado gracias a las concesiones arrancadas a Carlos III, que el pueblo consideraba una victoria. El espíritu de sedición se había extendido produciendo sangrientos episodios en Zaragoza (abril de 1766), donde fueron ejecutados ocho sediciosos. (Ferrer)

Por supuesto, la maniobra tuvo el éxito deseado, y los jesuitas serían expulsados el año 1767. Lógicamente, sus autores no dejarían de obtener beneficios económicos concretos. Quienes recibirían los perjuicios serían otros… entre otros aquellas personas de color que, en el siglo XVIII, llegaron a estudiar en la Universidad de San Marcos, de Lima y alcanzaron, por ejemplo, a  ser cirujanos.

Al momento de ser expulsados del virreinato peruano (1767), los jesuitas tenían 5.224 esclavos trabajando en sus haciendas. La mayor parte trabajaba en la costa. (Gómez)

Es a partir de este momento cuando el gobierno de España declara oficialmente la necesidad de incrementar el aporte de esclavos africanos a las provincias españolas de América. Y es que en estos momentos, siguiendo la estela marcada por Inglaterra, sus agentes enquistados en el gobierno de España comenzaron el desarrollo del cultivo de la caña de azúcar en el Caribe, lo cual permitía un  desarrollo mejor del tráfico negrero, que por supuesto estaba en manos inglesas.

Entre 1761 y 1810, fueron introducidos unos 300.000 africanos en Hispanoamérica, a razón de poco más de 6.000 anuales. Cuba y, en menor grado Puerto Rico monopolizaron casi por completo la totalidad de los arribos. (Bethell 1990: Sánchez 36)

El desarrollo tanto de las plantaciones azucareras como del tráfico negrero se vio favorecido de manera esencial con la toma de la Habana por parte de Inglaterra el año 1762. Esa influencia ya no dejaría nunca de existir, pues aun cuando Inglaterra abandonó militarmente la isla el año 1763, dejó tras de sí un ejército de comerciantes que controlaban el mundo económico de la isla. A ese hecho se le conoce como liberalización del comercio cubano, logro privativo del despotismo ilustrado que conocería una especial incidencia el año 1789, cuando fue liberalizado el comercio de esclavos junto a otras medidas liberadoras que permitieron a Inglaterra introducir en la isla maquinaria y bienes de consumo.

En 1764, 65 y 66, recibió La Habana por cuenta de la Compañía 4.957 negros. Según la contrata con el marqués de Casa Enrile se introdujeron 14.132 en los seis años corridos de 1773 a 1779. Declarose entonces la guerra entre España y la Inglaterra, interrumpiose el tráfico de negros, celebrose la paz en 1783, hízose una contrata con Baker y Dawson, y de 1786 a 1789 se importaron 5.786 negros. (Saco 1879 Vol II: 63)

La gran pregunta que de forma recurrente viene saliendo al compás que avanzamos el estudio del hecho esclavista, ¿cuántos esclavos?, surge nuevamente ahora, y para responderla tomamos la referencia que nos da un  hispanista reconocido:

En 1774 se elaboró el primer censo Cubano…/… El total oficial fue de 170.000 personas, de las que casi 100.000, es decir, el 60 por ciento, eran blancas, mientras que el resto estaba constituido por negros y mulatos. De los negros y mulatos, dos tercios eran esclavos, y de estos sólo una tercera parte eran mujeres. De los negros y mulatos libres, unos 2000 estaban en el ejército. En comparación con el resto del Caribe, Cuba era un caso aparte; las colonias británicas tenían una población blanca total de unas 60000 personas. Y en todas ellas la población negra libre era casi inexistente. (Thomas 1971)

Recapitulemos y pongamos cifras: Nos referimos a la región de España que mayor número de esclavos recibió, Cuba. El 40% de la población cubana, 70.000 personas, eran negros y mulatos, y de éstos, eran  esclavos entre 45.000 y 50.000. Los otros 20 o 25.000 eran libres.
Otro dato a remarcar es que sólo una tercera parte eran mujeres. Aquí hay que señalar que ya se reflejaba en el dato la táctica seguida por el liberalismo rampante desde primeros de siglo. Desde esta época, el único objetivo a cubrir era el de resultados económicos, siendo que salía más económico importar un esclavo que criarlo.
Además, la medida tenía un doble resultado económico, pues las mujeres tenían un precio superior al de los hombres, ya que los generadores africanos de esclavos, las tenían en mayor estima por las condiciones propias de su sexo.
En cualquier caso, en el Caribe español, de momento, la diferencia existente entre varones y mujeres esclavos no afectaba a los efectos de relaciones humanas, tanto por el número de gentes de color no esclava existente, como por la peculiar idiosincrasia hispánica que no hace remilgos al cruce de razas.
La política británica, que ya en los años setenta se había asentado cómodamente en el gobierno español compartiendo influencia con la política francesa, necesitaba allanar un obstáculo a sus intereses; necesitaba que se permitiese a los españoles endeudarse en los bancos británicos, lo que había sido conseguido en 1773.
Todo ese entramado, veinte años después había obtenido unos resultados poco halagüeños aunque realmente significativos. En 1792, la población cubana era de 273.729 personas, de las que la población blanca era el 49%, siendo que la población esclava había crecido hasta los 85.000 individuos y que la población libre de color alcanzaba el 20% del total. Porcentaje que seguía siendo incomparable con las sociedades esclavistas del Caribe británico y francés. Al mismo compás, lógicamente, había crecido el número de ingenios azucareros, que si en 1760 apenas eran doscientos, a principios de la década de los noventa se aproximaban a los quinientos. A ese ritmo en Cuba se fue pasando de una sociedad en la que había esclavos a una sociedad esclavista, que son dos aspectos bien distintos.
Pero que los árboles no nos impidan ver el bosque. Cuba, es una pequeña parte de España donde tuvo lugar ese tránsito nefasto, pero hay mucho más territorio del que tratar.
En estos momentos, el año 1776 fue creado el Virreinato del Río de la Plata, con Buenos Aires como capital, que como hemos visto era, desde 1714, un importante centro de importación de esclavos para toda América del Sur, puesto que perdería en 1791 cuando fue liberalizada la introducción de esclavos al Rio de la Plata, Perú y Chile, y su entrada se centralizó en Montevideo.
Entre 1777 y 1812, al menos 60.000 esclavos fueron traídos al Río de la Plata desde África y Brasil por vía marítima. (Borucki 2009: 1)
En Cuba las cifras son otras. Líneas atrás señalábamos que la población esclava en 1792 estaba compuesta por 85.000 personas… Comparemos con Río de la Plata.
Pues en 1811, la población esclava de Cuba ascendía a más de doscientas mil personas, y a casi trescientas mil veinte años más tarde.
Pero es que, en México se calcula que hacia 1793 existía un máximo de 10.000 esclavos, la octava parte de los que se calcula que existían a mediados del siglo XVII.

Si deseamos conocer los resultados demográficos de más de 300 años de esclavitud en todo el imperio, sólo son posibles ilustradas conjeturas, pero parece razonable fijar la población esclava a principios del siglo XIX en unas 550.000 personas, con un número de negros libres que iguala y probablemente supera esa cifra. (Browser: 144)

Tras esa reseña, que viene a aclarar un aspecto interesante en lo relativo al total de esclavos existentes en un momento concreto, resulta cuando menos extraña la evolución del esclavismo en Cuba, radicalmente contraria a la evolución llevada en otros puntos de la España americana, y considerando que el mismo gobierno ilustrado era quién marcaba las pautas en un lugar y en otro. ¿Cómo es posible que Cuba, máxime comparando su extensión geográfica con la del resto de la España americana, acaparase el 40% de todos los esclavos?
Parece que el tráfico negrero debía haberse visto incrementado en  toda América cuando el primero de octubre de 1777 fue firmado el Tratado de San Ildefonso entre las coronas de España y Portugal, y por el cual se convenía el cambio de la colonia de Sacramento, en poder de Portugal, por las provincias de Santa Catalina y Río Grande del Sur en Brasil.

Portugal nos cedía además en el golfo de Guinea las islas de Fernando Póo, Annobón, Corisco y ambos Elobeyes, así como el litoral comprendido entre las desembocaduras de los ríos Níger y Ogoué, o lo que viene a ser lo mismo, entre los cabos Formoso y López . El Tratado fue ratificado en El Pardo en 24 de marzo de 1778. (tratados de paz. Tomo III: pp 236 y sig)

Parece lógico que con este asentamiento en África, la Monarquía española hubiese de desarrollar el tráfico negrero que hasta la fecha no había desarrollado, pero no sería así, aún a pesar de que, estando todo dominado por la Ilustración difícilmente podemos hablar de una monarquía española auténtica.
La producción azucarera cubana, que había alcanzado una importancia de primer orden, y todo, sin lugar a dudas, merced a la invasión inglesa de 1762, hizo posible que durante la guerra de independencia usense, en 1779, y como consecuencia del decisivo apoyo prestado por España, se abriese el mercado azucarero cubano a los Estados Unidos independientes, que cambiaban su tradicional proveedor, las Antillas británicas, por quienes hicieron posible su independencia de Inglaterra.
Pero la mentalidad británica no es la mentalidad hispánica, y esos Estados Unidos supieron aprovechar la dependencia comercial que significaba para Cuba haber sustituido a las Antillas británicas en el suministro de azúcar, y la falta de cálculo por parte de España (o el exacto cálculo por parte de los agentes extranjeros que la gobernaban), posibilitaron que a mediados de siglo XIX el 62% de las exportaciones cubanas tuviesen como destino los Estados Unidos, Inglaterra el 22%... y España un mísero 3%.
España ya no decidía por sí, y como consecuencia tuvo que servir los campos de cultivo que daban azúcar a los Estados Unidos y a Inglaterra.

En 1789, convencido del valor del azúcar en el mercado europeo, el gobierno español cambió drásticamente, reconociendo el potencial agrícola de Cuba y su necesidad de mano de obra. Abandonó el antiguo y vano esfuerzo por regular escrupulosamente la cantidad de negros importados a Hispanoamérica, y abrió el comercio de esclavos a todos los interesados. (Browser: 143)

Esa lectura tan comprensiva y comprometedora para el gobierno español, parece evidente que es radicalmente falsa. El mundo azucarero estaba utilizando el ámbito español, pero sólo en cuanto a la producción, porque tanto el mercado como el tráfico esclavista estaba en el ámbito británico. Era Inglaterra quien marcaba la necesidad de crear traficantes de esclavos originarios de Cuba en un momento en el que, por condicionantes económicos, estaba decidida a renunciar al monopolio del tráfico como titular, pero no como beneficiaria.
Siendo así la situación, parece evidente que la sentencia sobre Cuba se echaba justo en los momentos que aparentemente parecían ciertamente dulces para España.
Es cierto que la Real Cédula de 1789 no se limitaba a Cuba. A Cuba se limita la situación desde este trabajo, porque evidentemente la medida iba dirigida a Cuba, pero la ley supuestamente era para toda la España americana, donde todos los puertos acabaron teniendo libertad de comercio negrero, aunque ninguno, teniendo además en cuenta las dimensiones geográficas a las que servían, recibió el número de negros que recibió Cuba.
Esa apreciación, sin ser expuesta de manera tan cruda, parece estar implícita en los juicios que sobre estos momentos en Cuba hace el historiador Hug Thomas cuando afirma que

Además de permitir que cualquier negrero extranjero pudiera abrir establecimiento en La Habana (el más destacado fue William Woodville, de Londres), estas regulaciones contribuyeron a que Cuba se convirtiera, en el cambio de siglo, en el mejor mercado internacional de esclavos, siendo los beneficios por esclavo embarcado de 62 libras, en comparación con 56 o 58 libras, si eran comprados en otros lugares. (Thomas 1971)

También las apreciaciones de Alexander Humboldt parecen ir en ese sentido en el informe que realizó sobre su viaje por la España americana, supuestamente para realizar un estudio naturalista, y que manifiestamente tenía un carácter de espionaje, con informes exactos para el buen uso de un ejército invasor.
Tanto mas viva nos fué la impresión que nos hizo la primera venta de los negros en Cumaná, cuanto mas nos felicitamos de permanecer en una nación y en un continente, en donde este espectáculo es muy raro y donde el número de esclavos es en general poco considerable, puesto que en 1800 no excedía de seis mil en las dos provincias de Cumaná y Barcelona, cuando en la misma época, su población entera ascendía á ciento y diez mil habitantes. El comercio de los esclavos africanos, que las leyes españolas no han favorecido jamás, es casi nulo en unas costas en que se hacia el comercio de los esclavos Americanos en el siglo diez y seis con una espantosa actividad. Marcarapan, llamado antiguamente. (Humboldt, tomo I: 334)
Los últimos años del siglo XVIII conocieron una importante evolución del movimiento abolicionista, y en 1794 Toussaint Louverture liberó a los esclavos haitianos, lo que provocó una alarma en todo el mundo esclavista. Como consecuencia, el 15 de febrero de 1796 se prohibía en Cuba la importación de esclavos procedentes del Caribe no español.

Igual prohibición renovó el general Vives por la circular de 9 de julio de 1829, que fue aprobada por Real Orden de 8 de octubre del mismo año. Reiteráronse las prohibiciones en 6 de agosto de 1831, y en 28 de julio de 1832, a consecuencia de la alarma que difundió en Cuba la situación de Jamaica. Creciendo siempre los temores, la Real Orden de 12 de marzo de 1837 recomendó que por ningún motivo ni pretexto se introdujesen negros libres en Cuba. (Saco 1879 Vol II)

Pero la importancia esclavista que tenía Haití pasaría a ser detentada por Cuba, y la transición se produjo justo en el tiempo en que se desarrolló el conflicto haitiano, pues desde 1791 se produjo en Cuba un serio incremento de plantaciones azucareras y un incremento en el trasiego de esclavos.
Todo indicaba que España había pasado de ser la vanguardia del espíritu humanista que con el reconocimiento de derechos de los indios como súbditos de la Corona y las Leyes de Indias del siglo XVI marcaban una diferencia sideral con las formas europeas, a ser un mal remedo del espíritu de la Ilustración; alcantarilla de Francia y de Inglaterra que con el concurso exitoso de sus agentes habían conseguido, a lo largo de todo el siglo XVIII dar la vuelta a los principios que conformaban el ser y la esencia de España.
Serían Francia e Inglaterra quienes dirimiesen cual de ellas se quedaba definitivamente como metrópoli de España, y ese asunto no tardaría en llegar.
Tras la guerra franco-británica para la dominación de España, vulgo “guerra de la independencia, el avance de los intereses británicos en España y la consiguiente laminación de todo espíritu humanista, cristiano y español inició un crescendo que a estas alturas del siglo XXI no sólo no ha parado, sino que amenaza con conseguir sus últimos objetivos.
En esa órbita, consumadas las guerras separatistas americanas en base a traiciones manifiestas llevadas a cabo al gusto y conveniencia de Inglaterra por parte de sus agentes, unos denominados “libertadores”, otros generales del ejército español y otros clase política de todos los colores, los asuntos de la América no desgajada conocieron el crescendo de la corrupción que tan propia resulta del sistema político que con el beneplácito y el empuje necesario de Inglaterra se dio España a sí misma.
Así, los capitanes generales de Cuba pasaron a tener derecho a su particular mordida, que en el caso de los esclavos tendría una sensible importancia… Y el cargo era otorgado, justamente a quienes tuvieron una convenientemente dudosa actuación en las guerras separatistas del continente.
Y es que la suerte estaba echada. Hasta el extremo que la venta de la isla era una cuestión permanentemente barajada por parte de los distintos gobiernos españoles, que sin embargo, no tuvieron el valor de llevar a cabo… hasta 1898.

Bernabé Sánchez, un nativo de Camagüey, en representación de varios plantadores llegó a Washington, en septiembre de 1822, para ofrecer la anexión como un Estado. El gabinete norteamericano, reunido, nada decidió. John Quince Adams, secretario de Estado, escribió en su diario:
Se discutió sobre lo que debía hacerse. Mr. Calhoun desea ardientemente que la isla se convierta en parte de Estados Unidos, y dice que Mr. Jefferson lo desea también. Hay dos peligros que deben evitarse… uno, que la isla caiga en manos de la Gran Bretaña; el otro, que sea revolucionada por los negros. Calhoun afirma que Mr. Jefferson le dijo hace dos años que deberíamos, a la primera oportunidad, tomar Cuba, aunque fuera a costa de una guerra con Inglaterra; pero como no estamos preparados para la misma, y como nuestro gran objetivo debe ser el de ganar tiempo, piensa que deberíamos reaccionar [respecto a los plantadores] disuadiéndolos de su actual propósito y animándolos a adherirse a su conexión con España. (Thomas 1971)

Esas cuestiones eran las que estaban barajando mientras la discusión sobre el abolicionismo estaba sobre la mesa en todos los debates. Inglaterra, justa y curiosamente Inglaterra, la esclavista, era la abanderada del abolicionismo; ella, que justo en el  momento de la abolición, tenía el control de más de la mitad de la trata mundial. ¿Qué estaba pasando?
En esos momentos la revolución industrial exigía un nuevo concepto de la esclavitud, que a partir de entonces tendría que ser asalariada… Pero había más, mucho más, porque además de ser asalariada, para la atención de la industria, en Inglaterra sobraba mano de obra que debía ser enviada fuera a toda costa.
También en esos momentos, y como consecuencia de su posición en el mercado  mundial de esclavos, Inglaterra contaba con la mayor flota esclavista, por lo que la solución al excedente de mano de obra en Inglaterra podría ser regulado transportándolo a Australia y Nueva Zelanda en la flota que hasta entonces había estado enviando negros de África a América, sin que por ello fuesen mejoradas las condiciones de transporte. Y así se hizo, sin abandonar el negocio del tráfico negrero a sus nuevas colonias americanas, la principal de las cuales era provincia española: Cuba.
La forma para continuar con el negocio fue sencilla: algunos de los traficantes mutaron su nombre inglés por otro hispanizado, como por ejemplo Philip Drake, que se convirtió en don Felipe Drax, mientras a mediados del siglo, los bancos ingleses financiaban y aseguraban la carga a los traficantes de esclavos.

en 1837, el cónsul inglés, David Turnbull, calculó que de los setenta y un barcos esclavistas que operaban en las costas cubanas, cuarenta eran portugueses, diecinueve españoles, nueve eran de Estados Unidos, y uno era sueco; en 1820-1821, dieciocho habían sido españoles, por cinco franceses, dos portugueses y uno estadounidense, si es que había que hacer caso de sus banderas. No obstante, no puede darse demasiada importancia a las nacionalidades. A causa de la interferencia internacional de los ingleses, los barcos se hacían a la mar bajo diversas banderas. (Thomas 1971)

Pero la humillación a España no debía cesar, en esta ocasión a cuento de los derechos de los esclavos, cuando España lo tenía regulado desde el derecho visigodo.
Es el caso que en 1685 entró en vigor en las Antillas Francesas el Code Noir, que rápidamente se empezó a aplicar, con variantes más o menos significativas, en las demás regiones americanas. Lógicamente, a la historia ha pasado que el último código de comportamiento en la Antillas es el Reglamento de esclavos en Cuba, que data de 1842, y para nada se habla del Liber Iudiciorum, en que se basaba el derecho de los esclavos españoles, posteriormente actualizado por el Código de las Siete Partidas,  mientras en otros lugares carecían de código alguno, fuese negro o de otro color.
Sólo queda recurrir a investigadores ajenos, como el cubano José Antonio Saco… o mejor el británico Henry Kamen… de cuya lectura se puede inferir que, como en el caso de los nativos americanos, no existe parangón en el trato que España dio a los esclavos.
Y eso se puede decir incluso en el siglo XVIII… y hasta en el XIX, cuando manifiestamente el control absoluto de España ya estaba en manos de los enemigos de España, que pudieron, eso sí, acabar con la concepción de una sociedad con esclavos para transformarla en una sociedad esclavista, aumentando el número de esclavos al tiempo que suprimían las formas humanistas y aplicaban un sistema de producción que atendía exclusivamente al rendimiento y que suprimía el trato del amo.
De ese amo que ya no vivía en la plantación, y que ni tan siquiera visitaba, con el esclavo que permanecía en la misma sin tan siquiera llegar a conocer a quién se proclamaba su “amo”. Al fin y al cabo, igual que en una sociedad anónima, cumbre del mismo sistema liberal capitalista en que se había transformado la plantación de caña.
En esta época, la población esclava había sufrido un nuevo crecimiento, acorde con el desarrollo capitalista. Si la población esclava en 1792 estaba compuesta por 85.000 personas y en 1831 ascendía a casi trescientas mil, en 1860 nos da una población libre de 1.025.917 y una esclava de 370.553, es decir prácticamente había 1 esclavo por cada 3 hombres libres. En Puerto Rico la proporción era de 1 esclavo por cada 13 libres.

Sólo en el curso de treinta años, de 1792 a 1821, a Cuba llegó un promedio de 11.612 esclavos por año. De 1821 a 1865 llegarían todavía otros 300.000 más, en calidad de tráfico ilegal a un promedio de 6.818 por año. (Maríñez: 90)

¿Y qué pasaba en la España peninsular? La esclavitud había desaparecido en 1766, cuando el sultán de Marruecos compró la libertad de los esclavos musulmanes de Sevilla, Cádiz y Barcelona, aunque sería suprimida medio siglo después.
¿Y por qué no se acabó también en América con la lacra, cuando la trayectoria de la legislación y de las costumbres españolas auguraban la supresión de la esclavitud en tiempos en los que Europa no se cuestionaba su propia esclavitud?
Parece evidente que la Guerra de Sucesión, y el Tratado de Utrecht marcaron un antes y un después en España. Hasta el extremo que, desde entonces, si bien la legislación no variaba y el estatus jurídico seguía siendo el mismo que cuando España no dependía de intereses ajenos, lo cierto es que los comunicados, adolecían con frecuencia de un insulto al ser y a la forma de España, atreviéndose a calificar de “colonias” lo que en la legalidad era reconocido como provincias.
Tras las guerras separatistas del siglo XIX y la consiguiente atomización de España en diversos territorios que inexorablemente se convirtieron en colonias inglesas, incluida la Península, esos aspectos, que en otros tiempos tenían un tratamiento claro, dejaron de tenerlo ahora; por ello, quizás, la esclavitud en América, y muy especialmente en Cuba, acabaría adquiriendo caracteres épicos.
Son características propias de la involución que estaba afectando a España desde el advenimiento de la casa Borbón, cuando en la política y la cultura española irrumpió la Ilustración.
Pero a pesar de todo, a pesar de que económica y administrativamente hablando la política ilustrada, que muy certeramente era conocida como “afrancesada” estaba absolutamente impuesta, el espíritu hispánico, ocasionalmente, se marcaba un triunfo. Así sucedió entre los años 1803 a 1814, cuando se llevó a cabo alrededor del mundo la primera expedición sanitaria internacional en la historia.
Se trata de  la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, conocida como Expedición Balmis en referencia al médico Francisco Javier Balmis, con el objetivo de que la vacuna contra la viruela alcanzase a todas las Españas. La misión consiguió llevar la vacuna hasta Canarias, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Filipinas y China. Asunto digno de estudio diferenciado y que marca también la diferencia existente entre un imperio generador, como el español, y un imperio depredador, como el británico, que en esos mismos momentos no se preocupaba, precisamente, de proteger la salud de los habitantes de sus dominios, sino más bien de proclamar, por boca de James Barnard, vicepresidente de la Sociedad Real de Tasmania,  que “el proceso de exterminio es un axioma de la ley de la evolución y de la supervivencia del más apto”.
Cuestión la de la vacuna que tiene una relación marginal con la esclavitud, pero que sirve de ejemplo  para no perder la esperanza en lo tocante a una reconstrucción nacional que repare todo el daño causado durante tres siglos por el espíritu de la Ilustración.
Esa Ilustración que justo en el periodo que estamos tratando posibilitó las guerras separatistas en América, a la que aportó más miseria que la que ha sido capaz de acumular la España europea. Una separación que destruyó, al menos por un periodo de dos siglos (y está por ver cuanto más), la seguridad y la prosperidad que si causaba admiración y envidia en una Europa sumida en la miseria de los siglos XVI y XVII, no dejaba de causarla en la Europa de la Ilustración y el engaño del siglo XVIII.
Discretos y cortos, y tal vez no en plural, han sido los momentos en los que los principios de la Ilustración han quedado, no eliminados, sino compartiendo protagonismo en la marcha social y política de España desde el advenimiento de Felipe V hasta nuestros días.
En este periodo mucho más destacables son sus éxitos en todos los campos y siempre a costa de España, habiendo sabido encuadrar entre sus servidores a las persona más influyentes, entre las que podemos poner un ejemplo de primer orden: la reina Maria Cristina, la mujer de Fernando VII, que adornaba todos sus títulos con el no poco lucrativo  del tráfico negrero, para lo que tenía dos agentes: Juan Antonio Parejo y Julián de Zulueta, que acabaron formando sociedad con Fernando Muñoz, duque de Riansares y amante, y posteriormente marido de la regente.
Eso sí, conforme al espíritu de la Ilustración, la representación teatral era para la consecución de un oscar. Así, en 1817, y respondiendo a los requerimientos del Congreso de Viena de 1815, Fernando VII firmaba el compromiso de abolición de la esclavitud en Cuba, mientras su mujer organizaba el entramado esclavista… Al fin, nada que objetar. A lo largo del siglo XIX arribarían a Cuba no menos de 600.000 esclavos, y todo a pesar de que en 1835 fue promulgada en España la Ley de Represión del Tráfico, y de que en 1837 se abolió la esclavitud en España, excepto en Cuba y Puerto Rico.
Excepciones éstas que no tienen nada de particular si tenemos en cuenta que Cuba y Puerto Rico, por obra y gracia de la monarquía constitucional, habían dejado de ser lo que habían sido siempre, provincias, y se habían convertido en colonias. Desde 1834, y a partir de ahí en la constitución de 1837 y sucesivas, se mutilaron sus derechos, pasando a ser regidas por leyes especiales que para mayor injuria nunca llegaron a proclamarse.
Pero en esta época, como venimos señalando, ya no hablamos de España salvo en honrosísimas excepciones. Y desde 1812 podemos hablar literalmente de colonia británica, siendo que los métodos aplicados consigo misma, desde entonces y hasta ahora mismo, obedecen literalmente a las formas y a los intereses ingleses.
Las referencias que abonan esa afirmación son múltiples. Ahora nos estamos limitando exclusivamente a las relacionadas con el esclavismo, y cabe señalar que tras la victoria británica sobre Francia en 1814 en la eufemísticamente conocida en España como “Guerra de la Independencia”, los capitanes generales de Cuba se convirtieron en comisionistas del tráfico negrero, existiendo una salvedad en ese asunto, Juan de la Pezuela que catalizó las enemistades de los esclavistas y de los Estados Unidos, donde los anexionistas proponían el bloqueo de la isla.
Al de los raros casos que se enfrentaron clara y abiertamente a la trata pertenecen hombres como Juan de la Pezuela, sabiendo además el rentable negocio al que se resistía:
«El sueldo de gobernador de Cuba —le escribía a su hermano— es de 5.000 pesos, que se gastan todos en vivir. Lo que enriquece es el tráfico clandestino de negros, perseguido por los ingleses pero protegido por nuestro Gobierno. Cada negro deja al gobernador una onza de 16 pesos. El año que entran muchos se arma el gobernador. (Espadas 1999: 45)

Y en Puerto Rico, en 1848, se llevó a término una de las felonías más destacables al ser impuesto el “Código Negro”, unas ordenanzas que supuestamente venían a cubrir los derechos de los esclavos, cuando lo que hacían era revocar los derechos que les eran reconocidos en base al derecho secular español.



Ese año, Juan Prim, a la sazón capitán general de Puerto Rico, y para algunos el menos deshonesto de las figuras políticas del siglo XIX, dio luz a las ordenanzas citadas, que dejaban  a los esclavos en situación parecida a la que habían tenido en las posesiones británicas: Los amos podían castigarlos hasta la muerte sin que el poder judicial tuviese que intervenir.
En 1868, al alimón de la Revolución Gloriosa en la península, dio comienzo en Cuba la Guerra de los Diez años.
Al año siguiente, los separatistas cubanos plantearon una constitución en cuyo  artículo 24 se declaraba:

Todos los habitantes de la República son totalmente libres

Pero finalmente el Parlamento rebelde estipuló que tras la esclavitud habría un reglamento de libertos por el cual se estipulaba que los libertos trabajarían para su amo anterior, que tendría derecho, no sólo a no pagarles, sino también a exigirles alimento y vestido.
De hecho, la alternativa planteada por el gobierno era más ventajosa que la planteada por los separatistas. Se trata de la “Ley de vientres libres”, proclamada en julio de 1870, y por la cual, en su artículo tercero se disponía que todos los esclavos que hubiesen servido bajo la bandera española, o de cualquier manera hubiesen auxiliado a las tropas durante la insurrección eran declarados libres.
Con esa contraoferta se iniciaba una “negociación” peculiar.  En diciembre de 1870, Carlos Manuel de Céspedes hizo la siguiente proclama:

El timbre más glorioso de nuestra Revolución a los ojos del mundo entero, ha sido la emancipación de los esclavos que, no encontrándose en plena capacidad durante los primeros tiempos de su libertad para ejercer ciertas funciones, a causa de la ignorancia en que el despotismo español los mantenía, habían sido dedicados, casi exclusivamente al servicio doméstico y al de la agricultura por medio de consignaciones forzosas; el transcurso de dos años ante el espectáculo de nuestras libertades, es suficiente para considerarlos ya regenerados, y franquearles toda la independencia, a que con sujeción a las leyes, tienen indisputable derecho. Se hace, pues, necesario completar su redención, si es posible emplear esta frase, y a la vez emanciparnos de sus servicios forzosos. Por ello es que, desde la publicación de esta circular, cesarán esas consignaciones, quedando en libertad de prestarlos como lo tengan por conveniente, y consagrarse como los demás ciudadanos a aquellas ocupaciones, que según su aptitud, les sean más propias en cualquiera de las esferas de actividad de la República, sin que, bajo concepto ninguno, puedan permanecer ociosos. Para la explotación de fincas y demás trabajos a que estaban dedicados, pueden los gobernadores y demás funcionarios indistintamente, destinar a los libertos y a los demás ciudadanos, pues aquellos entran con iguales condiciones que éstos a formar parte de la comunidad republicana. (Motta 2003: 16-17)
El final de la esclavitud conforme era conocida en el siglo XIX estaba cantado. Sólo Cuba, Puerto Rico y Brasil la tenían vigente, y la presión contra el tráfico era dura y certera.
Con esas premisas, el veintidós de marzo de 1873 el parlamento, a propuesta del gobierno de Ruiz Zorrilla, aprobaba la supresión de la esclavitud en Puerto Rico.
Diez años más tarde, el trece de febrero de 1880, se decreta la abolición de la esclavitud en Cuba, pero se crea un sistema de transición de patronato, que acaba no satisfaciendo a nadie, y es en 1886 cuando también queda suspendido el sistema de patronato, y con él, definitivamente, la esclavitud.
EL TRÁFICO NEGRERO EN ESPAÑA

El tráfico de esclavos es inmemorial, y del asunto tratamos en otros capítulos de este trabajo. Ahora nos ceñiremos al asunto en lo que toca a los siglos XV a XIX, y en el ámbito de España.
En este periodo, y ya en el siglo XIV,  encontramos esclavos negros, y por supuesto moros en las Españas peninsulares, del mismo modo que en el mundo árabe, además de gran cantidad de esclavos negros, había un fluido comercio de esclavos blancos capturados por los barcos piratas que atacaban las costas a lo largo del Mediterráneo, en principio con la idea de reclamar rescates, pero en muchas ocasiones con un destino cierto a la esclavitud de todo tipo, cuando el rescate no podía llevarse a cabo.
En este tiempo de naturalidad en la tenencia de esclavos, existía un comercio reglado de los mismos, en el que competía en grado de igualdad con cualquier tipo de mercaderías, y al mismo, junto a los cautivos moros hechos prisioneros en la secular lucha contra los moros, se habían añadido en estos tiempos los negros importados por los portugueses, que desde Lisboa se distribuían por toda la península.

Valencia se convirtió en el principal mercado ibérico por detrás de Lisboa, con más de 7.000 cautivos registrados en la Bailía General del reino durante el reinado de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, de los que al menos 5.133 procedían del tráfico negrero atlántico. (Armenteros 2012: 283)

Pero centrándonos en el hecho de la esclavización de los negros, debemos convenir que esa situación era normal en todos los ámbitos y en todos los lugares, porque la esclavitud era tenida como un hecho normal, y hasta bondadoso. Algo que choca hoy a la mirada de cualquier curioso, pero que en la época tenía pocas discrepancias, que por cierto, también existieron en base a la doctrina cristiana.
Así, la Iglesia conoció al respecto varias tendencias; unas no se daban por enteradas de la situación; otras directamente tomaban parte en la tenencia de esclavos, que era cuestión menor y para nada contradictoria con la doctrina que exige, eso si, trato humanitario para con los esclavos, y no sólo eso, sino también los reconoce como hijos de Dios al mismo nivel del amo, y siendo que Dios tiene predilección por el más débil.
En medio de esas contradicciones, Portugal comenzó a importar negros esclavizados, siendo que los primeros negros secuestrados por traficantes portugueses llegaron a Portugal el año 1445; era el inicio del tráfico, que en los últimos años del siglo XV tenía ya sus circuitos establecidos.

En 1482, Bartolomeo y Giovanni di Corrado Berardi, primo de Gianotto, habían entregado hasta un centenar de esclavos negros a un florentino residente en Valencia. Pronto se les asoció el mismo Gianotto, quien primero residió en Lisboa antes de desplazarse a Sevilla, en 1485. Desde la capital hispalense, Gianotto no solo se vinculó con los asuntos comerciales de los Medici, con quienes colaboró en la financiación de los primeros movimientos andaluces de Amerigo Vespucci y Cristóbal Colón, sino que también afianzó sus relaciones con Bartolomeo y Giovanni hasta que, el 16 de julio de 1486, los tres obtuvieron una prerrogativa de los Reyes Católicos que les autorizaba a «venir a enviar a estos nuestros reynos de Castilla e de Aragón sus fustas e galeras e mercadurías e esclavos e esclavas, e trabtar e comprar e vender en ellos» (Armenteros 2012: 285)

En el asunto de la trata la cuestión se tornaba ya espinosa. Poseer esclavos sería una cosa, pero esclavizar y traficar con esas mismas personas, otra muy distinta, que difícilmente encontraba apoyo moral, y cuya ejecución generalmente estaba estigmatizada por la sociedad. ¿Hipocresía? ¿Tal vez tergiversación? ¿errónea interpretación?... Tal vez, pero en cualquier caso, y aunque difícil de justificar dialécticamente, justificable a tenor de los escritos de los padres de la Iglesia, que señalan que Dios no hace distingos entre libres y esclavos.
Es el caso que existían autores que denunciaban la violencia que representaba el tráfico de esclavos, mientras otros, comparando las ventajas y los inconvenientes de ese tráfico, acababan por reconocer los benéfico del asunto.

Entre los primeros se podría citar al padre Vitoria; entre los segundos a Tomás de Mercado, Alonso de Sandoval, Bartolomé de Albornoz y el jesuita Luis de Molina, por destacar los más conocidos; y entre los terceros al también jesuita padre Vieira, que consideraba indispensable la esclavitud como único medio de mantener [en Brasil] la economía del azúcar y los intereses de la propia Compañía. Aunque este último, después de un profundo estudio, condena los métodos empleados en el tráfico negrero. (Iraburu 2003: 174)

Con esa concepción de la cuestión esclavista, y curiosamente después de haber marcado que los indios no podían ser esclavizados y de ser  considerados súbditos de la corona, se autorizaba la importación de negros esclavizados, que pasarían a servir los distintos ámbitos de la casa, principalmente el doméstico, pero también para realizar trabajos en el campo y en la ganadería.

Buena parte pasó a engrosar el cuerpo del servicio doméstico, realzando así el estatus social del amo. El esclavo africano constituyó un bien de capital y su introducción se rigió por las leyes de comercio. Igual que en otras actividades comerciales, el Estado desempeñó un papel regulador en la trata de esclavos. (Bethell 1990: Sánchez 26)

La existencia de esclavos negros en América empezó con la propia Conquista, si bien el tráfico de los mismos comenzaría unos años más tarde. Así, siendo que la esclavitud en España era un hecho real antes de la Conquista, y siendo que, aunque la mayoría de los esclavos eran musulmanes también había algunos esclavos negros, alguno de ellos acompañó a su amo a la Conquista de América, siguiéndole en sus hazañas.

Algunos esclavos fueron enviados en los primeros años del siglo XVI. Pero anteriormente se enviaban de dos en dos o de tres en tres, nunca un contingente de un centenar. (Thomas, el imperio español)

Pero como sea que la esclavitud de los indios estaba prohibida y la afluencia de mano de obra esclava negra era mínima, a pesar de la demanda existente, el contrabando suministraba una pequeña cantidad de las “piezas de indias” que eran demandadas y que los ricos colonos del Nuevo Mundo estaban dispuestos a comprar aún desobedeciendo las políticas reales.
Para satisfacer esas demanda, en 1507 Ovando solicitó que en vez de enviar tres o cuatro esclavos negros de cuando en cuando, como venía siendo costumbre, fuese enviado un contingente de cien, petición a la que accedió el rey Fernando autorizando el envío de doscientas “piezas de indias”.
Tres años después serían introducidos también en Puerto Rico, encargándose del tráfico traficantes flamencos. Pero el tráfico en esta isla tuvo prontos altibajos motivados por la rebelión de los indios taínos, por cuyo motivo, en 1511, se autorizó su esclavización, aunque esta autorización tuvo efectividad escasa de un año, cuando el rey Fernando ordenó suspender dicho permiso de esclavización.
En principio, considerado el esclavo como mercadería, sería preciso, como cualquier mercadería, que pasasen primero por Sevilla, para la inspección de la Casa de Contratación, desde donde partirían para los puertos americanos autorizados para el comercio.
Para la cumplimentación de esa demanda, en 1517 se acabaría concediendo un asiento de esclavos a la llegada de la corte de Carlos I desde Flandes, después que Fray Bartolomé de las Casas pidiese la supresión de la encomienda de indios y el envío de esclavos africanos.
En atención a esa demanda, el joven rey, el año siguiente, 1518, autorizó a Lorenzo de Gaverrod (Laurent de Gouvenot, aristócrata flamenco, barón de Montinay y gobernador de Bresa) a pasar 4.000 negros a las Antillas, a fin de reponer el terrible descenso de población indígena ocasionado por una fuerte epidemia de viruelas, a la que la raza negra es casi inmune. La licencia fue inmediatamente vendida a traficantes genoveses, y finalmente, en 1528 sería transferida a los traficantes alemanes Enrique Eynger y Jerónimo Sayller.
Como podemos observar por los nombres relacionados, la operación en cuestión, la primera con peso específico en el tráfico, era una operación que podemos calificar como de carácter paneuropeo: La licencia era concedida por alguien que en puridad, en esos momentos (luego sería otra cuestión), era flamenco; el beneficiario de la licencia también era flamenco; la licencia fue inmediatamente trasladada a traficantes genoveses que de inmediato se pusieron en trato con portugueses, que serían quienes finalmente suministrasen los esclavos, como consecuencia de la prohibición taxativa que el Tratado de Tordesillas de 1494 imponía a España para acceder a las costas africanas, y las personas que trataron directamente la operación, eran conversos, muy probablemente marranos.
Estos esclavos serían suministrados procedentes de la Península, a la que habrían sido trasladados desde las posesiones portuguesas en África a los puertos de Cádiz, Sevilla, Valencia y Barcelona, que junto a Lisboa y Évora, se habían convertido en los principales centros esclavistas de la época, con poblaciones cautivas que rozaban el 10% sobre el total de sus demografías.
Hasta esta fecha, el contrabando esclavista era raro y anecdótico, pero a partir de este momento, la especulación y la introducción clandestina de esclavos irá en continuo aumento, y para ello se utilizarán dos vías principales: pasarlos sin registro ni licencia alguna, actividad llevada a cabo especialmente por los piratas ingleses, o introducir un número mayor del que permitían las licencias, como era el caso de unos genoveses que, en 1526, llevaron de Cabo Verde a Cuba 154 negros, cuando sólo tenían permiso para ochenta.
Estas actuaciones podían dar lugar a conflictos serios, en los que estarían implicados diversos estamentos, como los ayuntamientos interesados en el comercio irregular, y otros, como comúnmente podemos identificar a la Iglesia, de una envergadura que ocasionaba discrepancias que llegaban a conocimiento del Rey, como en esa ocasión citada, lo que ocasionó una nota al presidente de  la Audiencia de La Española, en la que señalaba:
«...sepades que nos somos ynformados que muchas personas syn thener de nos licencia y facultad para ello han pasado y pasan a esa isla muchos esclavos negros secreta e ascondidamente, e otros so color de algunas licencias nuestras que tienen, pasan muchos mas de los conthenidos en las dichas licencias yendo y pasando contra lo que por nos esta proybido y mandado cerca de lo suso dicho por nos defraudar los derechos que dellos se nos deven...»

Con la conquista de Tierra Firme, serían  varios los puertos autorizados a recibir ese tráfico; en concreto los puertos de las Antillas, Veracruz, Nombre de Dios y Cartagena de Indias, destacando este último por el volumen de esclavos transportados, lo que significó un importante desarrollo de los oficios.
Esta autorización para la introducción  de esclavos fue concedida de inmediato, siendo que  en 1533, cuando el madrileño Pedro de Heredia fundaba Cartagena de Indias, era autorizado a introducir cien esclavos negros. Si este viaje no significó el desarrollo del movimiento esclavista que posteriormente y desde 1571, conocería Cartagena, sin embargo sería el principio de un largo recorrido en la recepción de esclavos destinados a los más dispares puntos de Sur América, y al ritmo de este acopio de personas forzadas, se desarrollarían los más diversos campos profesionales de la ciudad que en breve se convirtió en un emporio al amparo de muchas cosas, sí, pero también del tráfico negrero, siendo que a partir de ese punto se suministraba mano de obra a las haciendas, a las minas, a las obras públicas, al servicio doméstico y al alquiler como jornaleros. Al amparo de este movimiento vivirían comerciantes, médicos, agentes comerciales, evaluadores de esclavos, notarios…, profesiones que se desarrollaban al ritmo del comercio esclavista.
Sería Cartagena el punto desde donde se distribuyesen los esclavos al interior del continente. De Cartagena se nutriría Perú, donde iniciada su conquista en 1532, serían trasladados unos trescientos esclavos en los primeros momentos de la conquista.

Según los estudios de demografía histórica, entre 1533 y 1580 debieron llegar de África alrededor de 3.000 esclavizados al territorio de Cartagena de Indias. (Ortiz: 6)

El crecimiento de la población esclava en Lima, según señala Luis Gómez Acuña (Gómez: 42) es como sigue:

Año Número de esclavos
1586 4.000
1590 7.000
1614           11.000
1640           20.000
1700           11.000

Destaca la diferencia existente entre 1640 y 1700, con un crecimiento negativo de 9.000 en el número total de personas esclavizadas en Lima. El motivo no es otro que los procesos de manumisión, que si bien eran manifiestos en  los periodos anteriores, en esta fecha alcanzan especial significación, ya que la población negra libre superaba en número a la población negra sometida a esclavitud, siendo que llegadas las guerras separatistas de principios del siglo XIX, siendo la población de Lima en torno a las 54.000 personas, el 38% de las mismas era negras, y de ese 38%, aproximadamente el 84% era libre.
La importación de africanos también estaría presente en la Nueva España, siendo que algunos tomaron parte en la conquista; particularmente se sabe que Pedro de Narváez y Pedro de Alvarado llevaban acompañantes negros en sus labores de conquista. Es destacable que hacia 1542 Cortés contrató la compra de un centenar a los mercaderes que comerciaban  con Cabo Verde. Operación que tuvo réplica, al menos dos años después.
Pero aunque tratemos particularmente alguna parte de Las Españas, debe entenderse sólo como un ejemplo de la totalidad, ya que la las leyes eran comunes, con las salvedades oportunas dadas las especiales características de cada reino.
En esa política común, el año 1552 tendrá especial interés al haberse contratado con el traficante Hernando de Ochoa el traslado de 23.000 “piezas de indias” a América, operación que debía desarrollarse entre los años 1553 y 1560, y que económicamente, representaba una operación  de 184.000 ducados. Es destacable, además de su importancia, el hecho de que en esta operación queda reflejado lo que posteriormente sería el asiento, con el requisito necesario de exclusividad y de delegación de la autoridad real, pues al autorizarse se quitaba poder a la Casa de Contratación de Sevilla, que a partir de ese momento se encontró privada de la facultad de extender licencias para introducir esclavos en América.

Ordenamos y mandamos que los jueces oficiales y letrados  y fiscal de la casa, escribanos y alguaciles, porteros, carceleros y escribientes y los demás ministros que en ella sirven, no puedan vender cédulas para pasar a las Indias ningunas personas o cosas prohibidas, ni licencias de esclavos, ni por solicitud de ellas lleven alguna cantidad, pena de veinte ducados cada vez que contravinieren. (Recopilación Tomo III. Libro IX, Tit. II, Ley XXIX)

Como consecuencia, hasta 1560 fue considerable el tráfico de esclavos africanos, desarrollándose de forma natural su crecimiento a partir de ese momento como crecimiento vegetativo de la población, al tiempo que se producía un cruce natural de razas que dio lugar a una importante población criolla de mulatos, gran parte de los cuales eran ciudadanos libres. Esta proliferación se dio más en las zonas de cultivo y en las zonas mineras que en las zonas urbanas, donde prevaleció más su incorporación al servicio doméstico así como en la organización de la pequeña economía municipal, especialmente centrados en los diversos talleres.
Fue en esta época cuando las actividades de los piratas John Hawkins y Thomas Hampton, que  efectuaron su primer viaje en 1562-63, encontraron provechoso el tráfico negrero iniciado en las costas de Sierra Leona,  donde en parte comerciando con traficantes nativos y en parte usando la violencia, hicieron acopio de material humano, y en una travesía inhumana llevaron hasta Santo Domingo hasta trescientos esclavos, donde los colonos españoles no pudieron resistir a la tentación de comprarlos, aún contraviniendo las estrictas leyes que prohibían comerciar a los extranjeros.
La demanda de mano de obra esclava apremiaba a la Corona española, que por Real Orden del 23 de febrero de 1571 agregó el puerto de Cartagena a la lista de puertos por los cuales se podía efectuar el libre comercio negrero.
Fue a partir de ese momento cuando Cartagena de Indias comenzó su particular desarrollo económico y humano, siendo que, según señala Ildefonso Gutiérrez:

Los Jesuitas de Cartagena, pendientes de los navíos negreros por su misión pastoral, nos hablan de 12 a 14 navíos anuales y de tres a cuatro mil esclavos los que entraban por aquel puerto durante los asientos. (Gutiérrez, Ildefonso: 191)

Y fue la habilitación de este puerto la que posibilitó la entrada de mano de obra esclava a toda Sur América, y en concreto posibilitó el crecimiento que de la misma hemos señalado líneas arriba en la ciudad de Lima.
Pero finalmente, no sería Cartagena el único puerto de llegada del que se suministraría la ciudad de los Reyes, ya que esos veinte mil esclavos que señalamos existían en la ciudad el año 1640, tuvieron, junto a Cartagena, y desde comienzos del siglo XVII, un  nuevo puerto de arribada: Buenos Aires, que además del Perú tenía otro mercado de importancia: Chile.
En los setenta años que van desde la autorización de Cartagena como puerto de recepción negrera hasta que también tuvo Buenos Aires esa condición, era Cartagena, sin lugar a dudas, el principal puerto de recepción esclavista de América, y ello se veía fomentado por el hecho de que a finales del siglo XVI se produjo una explosión en el desarrollo de la actividad minera en la provincia de Santa Fe de Antioquia, cuya demanda de mano de obra exigía un aporte que se vio favorecido con la incorporación de Portugal, en 1580, a la Corona Hispánica.
Pero esa facilidad para cubrir la mano de obra demandada especialmente por la producción minera produjo a su vez un incremento del tráfico ilegal, al que se sumaba un problema añadido: el tránsito de marranos, muchos de ellos ligados precisamente al tráfico esclavista, que, huyendo de la actividad de la Inquisición, emigraban de forma ilegal a América, desde donde, con alianzas mantenidas con las potencias europeas, procuraban minar el Imperio Español, ocasionando graves conflictos cuya neutralización sólo fue posible merced a la efectiva acción de la Inquisición, que en 1639 celebró un macro proceso contra la que fue conocida como “la complicidad grande”, que extendía su actividad por Cartagena, Lima y México, y que formaba parte de los movimientos conspiratorios contra la Corona Hispánica.
  Es el caso que en el siglo XVII, la colonia judía de Ámsterdam mantenía muy cercanas relaciones con sus correligionarios establecidos en América, al tiempo que colaboraba muy directamente en la piratería y en los negocios del tráfico de esclavos a través de la Compañía de las Indias Occidentales, creada en 1623 a imagen y semejanza de la Compañía de las Indias Orientales, de 1602, donde tenían intereses de primer orden, y con la que consiguieron asientos en Extremo Oriente e intentaron conseguir asentamientos en América.
Se sabe también que por estas fechas, momento de mayor auge de la trata y de la piratería, había en Cartagena al menos treinta marranos de origen portugués,  que se dedicaban al tráfico de esclavos.
El volumen de tráfico era importante, según datos facilitados por quienes han  estudiado directamente ese asunto. Según los mismos, los navíos negreros llegados al puerto de Cartagena desde 1622 a 1640 (en 1633-1635 no llegó ninguno), fueron un total de 119.

En este tiempo llegaron 119 barcos, es decir, unos 8 cada año, que trajeron del África 16.260 esclavos. Desembarcaron, pues, en Cartagena unos 1.084 negros cada año; y cada barco, como media, trajo 137 negros; el que más, 402, y el que menos, 44. Los traficantes eran todos por esos años portugueses, y los barcos traían su carga humana de Angola (76), Guinea (25), Cabo Verde (7), Santo Tomé (5) y Arda (2). (Iraburu 2003: 181)

Pero esa actividad no se limitaba a los lugares indicados, sino que se extendía allí donde el negocio de la trata pudiese dar buenos resultados.
Uno de esos lugares era, sin lugar a dudas, Buenos Aires. Hemos citado que Buenos Aires era puerto negrero desde 1640… Pero ya cuarenta años antes, a principios de siglo, era Buenos Aires principal puerta de entrada del tráfico negrero, siendo que los cálculos señalan que este tráfico, clandestino, representaba más del cincuenta por ciento de todo el negocio comercial del puerto.
En 1595 se sentó el asiento con Pedro Gómez Reynel, cuya actividad aparece cercana al desarrollo de esta actividad irregular. En ese orden, el año 1610 señalaba la Casa de Contratación que

desde que se había otorgado el asiento a Gómez Reynel, los navíos negreros permitían la llegada ilícita de gran número de portugueses que se quedaban en Indias: teniendo V.M. cerrada la puerta a los vasallos de la Corona de Castilla para pasar a Indias si no es con licencia expresa e información de limpieza y naturaleza y otros requisitos, esta gente [los portugueses] la tiene abierta siendo toda sospechosa de todas maneras. (Escobar)

Todos estos datos generan una pregunta: ¿de cuantas personas estamos hablando? ¿Cuántos esclavos cruzaron el Atlántico? Y esa pregunta es de difícil respuesta.
Podemos observar que si comparamos los volúmenes que vamos citando con lo ocurrido a partir del siglo XVIII, estamos hablando casi de un menudeo que, a tenor del pensamiento universalmente admitido en el momento, tanto por esclavistas como por esclavos, podemos calificar de comedido.
Sirva como muestra de ese comedimiento un dato sobre la población esclava existente en Cádiz en esos tiempos

En 1616 había en Cádiz trescientos esclavos moros y quinientos negros, la mayoría ocupados en construir fortificaciones para defender la ciudad de nuevos ataques ingleses. En Lisboa, en 1620 había aún más de diez mil esclavos, casi todos negros, y en 1641 se prohibieron allí los esclavos moros; entretanto, en 1606 y de nuevo en 1628, se fijaron límites al retorno de esclavos negros desde las Américas (sólo se podía mandar a los varones mayores de dieciséis años de edad). Pero ni las entidades religiosas ni los particulares habían renunciado a tener esclavos en Europa. (Thomas 1997: 161)

Y otro sobre la población esclava de Sevilla en 1630. Los sevillanos tenían, en conjunto, un total de seis mil esclavos.
Por lo que toca a la España americana,  nos cuenta Hugh Thomas que según cálculos del capitán Fernando de Silva Solís, que escribió al rey diciéndole que el imperio requería nueve mil esclavos por año, en 1640 había en América unos trescientos cuarenta mil esclavos, de los cuales la mitad se concentraban en Perú; ochenta mil en Nueva España, unos cuarenta y cinco mil en lo que es ahora Colombia, más de veinticinco mil en Centroamérica; unos dieciséis mil en las Antillas españolas y unos doce mil en lo que es ahora Venezuela.
Pero esa demanda no surtió el efecto que pretendía, pues la Corona suspendió el tráfico negrero entre los años 1640 y 1650, y esa decisión, probablemente, estuvo abonada por los acontecimientos señalados en relación a la “complicidad grande”, siendo que esta conclusión no tiene otros argumentos que su coincidencia en el tiempo, la importancia de la conspiración, y la relación que los implicados tenían con el tráfico negrero.
Pero como lo que en estas líneas estamos intentando esclarecer es el número de esclavos existentes en la España americana, no nos queda más remedio que comparar la cifra que nos facilita Hugh Thomas, al menos, con otra.

Calcula Angel Rosemblat que en 1650, en toda América, había unos 857.000 africanos, incluyendo en el número a los negros libres; y «según un detallado documento de la época –informa la profesora Vila Villar–, en toda la América española habría hacia 1640, 327.000 esclavos, repartidos de la forma siguiente: México (80.000), América Central (27.000), Colombia (44.000), Venezuela (12.000), Región Andina (147.500) y Antillas (16.000). (Iraburu 2003: 181)

Estas cifras parecen coincidir bastante con las facilitadas por el capitán Fernando de Silva, de donde el nuevo aporte de Ángel Rosemblat en lo referente al número total de gentes de raza negra existente en América, viene a dar verosimilitud a los datos de Luis Gómez Acuña señalados más arriba, donde señala que el número de esclavos existentes en Lima en 1700 era prácticamente la mitad del existente en 1640, siendo la manumisión el motivo principal de esta más que sensible diferencia.
De estos datos se infiere que en 1650, el 62% de la población negra existente en la España americana era libre, y en esa dinámica podemos hacer elucubraciones que sencillamente no son historia, por lo que no vamos a entrar en ellas.
Sólo señalar, para comparar, algunos aspectos del resto de América.

A finales de 1699 en Brasil habría entre 500.000 y 600. 000 negros; en el Caribe no hispánico unos 450.000 (García Fuentes 1976: 39)

Y para que las comparaciones sean más certeras, señalar tan sólo las extensiones geográficas a las que estamos haciendo referencia, lo cual da una idea de la superpoblación de gentes de color negro que debía acumularse en algunas zonas.
Tras la Guerra de Sucesión, las circunstancias se acelerarían en sentido bien diverso al que la Monarquía Hispánica había sentado.
A partir de ese momento, la existencia de un sistema esclavista patriarcal y lánguido con claras muestras de tender a la extinción, cambiaría radicalmente con el nuevo signo de los tiempos. El humillante Tratado de Utrecht, que sumía a España en una dependencia exterior, significaría el fortalecimiento del concepto esclavista, que alcanzaría sus cotas más oscuras en el patético, sucio, antiespañol y manifiestamente británico siglo XIX.

En 1717 había en Minas Gerais más de 30.000 esclavos negros y en 1735 superaban los 100.000. La demanda de esclavos – varones, especialmente- se había disparado. Las cuantiosas inversiones hicieron aparecer complejos yacimientos mineros. La fiebre del oro y de los diamantes se extendió por el ancho territorio lusitano, y destacaban sobre todo Goias y Mato Grosso. El centro económico del país se bifurcó hacia el norte y hacia el sur. Todo esto propició que Brasil, antes de 1790, tuviese la mayor concentración de esclavos de todo el Nuevo Mundo. Cerca de un millón, aproximadamente, a comienzos del siglo XIX. Siguió aumentando hasta 1850; por estos años acabó la minería de oro y de diamantes. (García Fuentes 1976: 50)

No hace falta decir que esa minería, y todo lo que la envuelve, estaba en manos británicas. No en vano los tiempos de glorias de España (y en ella incluyo Portugal) habían acabado.
Con la llegada de Felipe V ya empezaron a cambiar las cosas. Bajo su reinado el monopolio del suministro de esclavos a América estuvo en manos francesas. Doce años duró ese monopolio hasta que en 1713, el Tratado de Utrecht con que Inglaterra daba fin a la Guerra de Sucesión Española y reconocía como soberano de España a Felipe V, sometía a España a varias vejaciones, una de las cuales era que Inglaterra se hacía con el asiento de esclavos para la España americana; esa a la que, si no en leyes sí en documentos de menor rango, comenzaba a referirse, caso inaudito, no como “provincias” ni como “reinos”, sino como “colonias”.
Desde ese momento, y hasta 1750, Inglaterra tendría el monopolio de la trata de esclavos. Y esa no es cuestión menor, ya que, además de una inmensa flota legal para llevar a cabo la trata, contaba con una flota estrictamente pirática para completar la labor, por supuesto siempre a su favor, fuera de los cauces de los tratados.
Tan es así que, a pesar de tener el monopolio de un tráfico que si nunca fue limpio ni justo y siempre estuvo en manos de la escoria de la sociedad, ahora perfeccionaba su condición hasta límites desconocidos hasta por la propia Inglaterra.
Y aunque el juicio sea un exabrupto, no lo es tanto si consideramos que, en esas condiciones, sigue sin conocerse el número de personas esclavizadas que fueron sacadas de África (con la connivencia de los africanos, también es cierto), y trasladadas a América en unas condiciones que sólo pueden atestiguar los mismos ingleses que un siglo más tarde, y en las mismas condiciones, serían trasladados a Australia y a Nueva Zelanda, condenados por delitos que en otros lugares se hubiesen solventado con un cachete no sin que ello provocase airadas protestas.
¿Cuántos esclavos trasladaron, no sólo a la España americana, sino sobre todo a las colonias inglesas?... Nunca lo sabremos, pues Inglaterra usaba el tráfico legal y el ilegal de personas en su propio beneficio, y en su propio beneficio ha hecho imposible que podamos cuantificarlo.

P. Curtin calculó unos 170.065 los introducidos durante el asiento. Sabemos que por Cartagena de Indias se introdujeron en los años 1714-1718 no menos de 1.254; en los años de 1722 a 1727, algo más de 4.000, quizá por la mayor demanda en las explotaciones mineras; y entre 1730 y 1736 algo más de cinco mil. Por otro lado, según estimaciones de algunos especialistas en el tema, se calcula que aproximadamente se introdujeron durante el asiento inglés más de 18.000 negros. Para España todo había sido inútil, los ingleses siguieron introduciendo negros en los reinos indianos mediante contrabando o subcontratos con hombres de paja y procedimientos parecidos. (García Fuentes 1976: 45)

¿Y todo eso hasta 1750? Recordemos que Inglaterra mantuvo el monopolio hasta esa fecha. A partir de esa fecha, el desarrollo del capitalismo inglés determinó que el uso de esclavos era una medida antieconómica; que para el nuevo concepto de producción industrial, el esclavo era un lastre contrario a la proyección al éxito; se hacía necesario que el productor, lejos de ser una carga que implicase el sobre costo de la manutención, de la atención médica y del sostenimiento durante la vejez, se convirtiese en un elemento desechable ante la menor necesidad, extremo que no podía cumplirse si el trabajador lo era en régimen de esclavitud, ya que en ese caso significaba una importante inversión inicial. Por todo eso se hacía necesario poner en funcionamiento algo que posteriormente se ha seguido realizando en muchas circunstancias: la externalización de la fuerza de trabajo.
Caso de no haber creado la proletarización de la sociedad se hubiese hecho necesaria la contratación de esa mano de obra a otros capitalistas que se hubiesen dedicado en exclusiva a la tenencia de mano de obra esclava con el fin de alquilarla a las nuevas industrias. Pero eso, evidentemente, era bastante más complicado que directamente convertir al esclavo en proletario, y que fuese él el único responsable del mantenimiento físico de sí mismo y de su familia.
Con esas premisas, estrictamente económicas, el uso de mano de obra esclava comenzaría a declinar, pero no todavía en ese momento. En las colonias británicas seguía a buen ritmo. En las históricas, donde el mal trato histórico acabaría ocasionando sublevaciones, y las que se incorporaron a partir del siglo XIX, donde como en Cuba, por ejemplo, se llegó a conocer el más escandaloso crecimiento de población esclava, mantenida por una clase política, nominalmente española, pero con relaciones de tal nivel con Inglaterra, que como en el caso de los conocidos como “libertadores”, dista muy poco de la condición de vasallos de Inglaterra.
El brutal incremento de población negra en Cuba se produjo, sí, durante el siglo XIX, cuando ya Inglaterra había abolido la esclavitud y estaba inmersa en conseguir la abolición del tráfico de esclavos que ella, por interés propio había abandonado, y al que además no podía dedicarse al estar usando esos barcos para llevar ingleses a Australia, pero el inicio de la fiebre esclavista en la isla se produjo a raíz de la ocupación inglesa de Cuba en 1762, cuando fueron introducidos miles de esclavos en menos de un año, y donde tras la evacuación militar quedó un ejército de banqueros y especuladores de todo tipo que se hicieron con los medios productivos de la isla, entre ellos el más importante John Kennion, y con el concurso de la flota ilegal inglesa, la misma que en décadas anteriores completaba la labor de la flota legal, estaba en situación de hacer de Cuba un nuevo Haití o una nueva Jamaica.

en los once meses de ocupación inglesa de la ciudad, en el puerto de La Habana entraron más de setecientos barcos mercantes, cuando nunca, en todo un año, habían entrado más de quince, aparte de los barcos que transportaban metales preciosos y que estaban bajo el control real. De estos barcos, probablemente veinte, es decir, uno de cada cuarenta, eran negreros. (Thomas 1971)

Ese incremento del número de esclavos y el consiguiente desarrollo del tráfico esclavista aglutinó en torno al tráfico a un nutrido grupo de inversores españoles, deslumbrados por la mecánica comercial británica, que vieron su oportunidad de negocio con la brecha que les abría Inglaterra en el tráfico.

Uno de los asientos aprobados en estos años fue el de la Compañía Gaditana de Negros, solicitado por don Miguel de Uriarte al año de llegar al trono Carlos III. Respaldaban su petición José Ortuño Ramírez, marqués de Villarreal, Lorenzo Arístegui, Juan José de Goico, Francisco de Aguirre y la Compañía de Enrile. Todos pertenecientes al grupo de vascos afincados en la bahía de Cádiz. Se firmó por tiempo de diez años para abastecer la demanda de Cartagena, Portobelo, Santo Domingo, La Habana, Santa Marta, Cumaná, Trinidad, Orinoco, Veracruz, Honduras y Campeche. La Compañía estaría bajo bandera española y se comprometía a pagar 40 pesos por derecho de marca. Su “mercancía” la obtendría de Guinea, Senegal, islas de Cabo Verde y Gorea. Fijó como lugar de distribución Puerto Rico…/… En líneas generales el asiento establecía que la Compañía se comprometía a introducir 15.000 negros en los diez años: 1.500 negros en Cartagena y en Portobelo; 400 a Honduras y Campeche; 1.000 en Cuba; y entre 500 y 600 en Cumaná, Santo Domingo, Trinidad, Margarita Santa Marta y Puerto Rico. Se autorizó a la Compañía a internar los negros para poder abastecer a los demás puertos americanos. Pero tanto en un caso como en otro, tendría que pagar de derechos de marca 40 pesos por pieza de Indias. (García Fuentes 1976: 46)
La Compañía quebró en 1772 y el asiento fue concedido a la Compañía General de Negros, que gestionaban Aróstegui y Aguirre. Entre los años 1773 y 1776 se ocupó del abastecimiento de negros en las tierras españolas de América. Con la finalización de esta Compañía termina el último monopolio de la historia de la trata. (García Fuentes 1976: 47)

No serían los únicos, pues desde el final del monopolio, otros se dedicaron a la misma labor, siendo que cuando en 1820 España suprimió la trata, existían muchas otras empresas que se dedicaban al mismo negocio, destacando por ciudades Barcelona, con 146 embarcaciones, que constituían un 7,45% del total de las embarcaciones de tráfico negrero con Cuba, y un 24,7% de las españolas… Y la casa real tenía parte directa en el negocio.
Es de destacar que esta actividad, que nunca fue significativa en España, comenzó a desarrollarse justo cuando la abolición de la esclavitud estaba presente en todas las discusiones, y siendo que en 1791 se sublevaban los esclavos en Haití; en 1801 se proclamaba la libertad de los esclavos en Santo Domingo; en 1803 Dinamarca prohibía el tráfico de esclavos; en 1804 Haití declaraba su independencia; en 1807 Inglaterra abolía la trata en sus colonias; en 1808 prohibía la entrada de esclavos y lo mismo sucedía en los Estados Unidos; en 1811 se establecían los tribunales contra la trata en Sierra Leona; entre 1814 y 1820, Holanda, Portugal, Suecia, Francia y España suprimían la trata de negros…
También en Brasil se notó esta misma incidencia, siendo que en los veinte años inmediatamente posteriores al monopolio británico, fueron introducidos cerca de doscientos mil esclavos.
Es justo en este momento cuando la población negra de Cuba comienza a crecer de forma espectacular

durante 1815 se dice que llegaron unos 9000, frente a 17.000 en 1816. Esta última cifra superaba incluso la del año de la paz de Amiens. En 1817 las importaciones de esclavos alcanzaron las 25.000 personas; en 1818 casi 20.000; 15.000 en 1819, y 17000 en 1820. Así pues, los cinco años comprendidos entre 1816 y 1820 vieron la importación de al menos 100.000 esclavos; más, probablemente, del total de los importados hasta 1790. (Thomas 1971)

Es tan significativo ese tráfico iniciado en 1762 y desarrollado muy especialmente en el siglo XIX, que se estima que  la mitad de los esclavos llevados a la América española en cuatro siglos fue trasladada en ese periodo a las Antillas, más exactamente a Cuba, aunque también a Puerto Rico, siendo que de los aproximadamente 800.000 esclavos llevados a Cuba, más de 600.000 arribaron durante el siglo XIX.
Baste comparar estas cifras con las registradas desde 1595 hasta 1736 en Cartagena de Indias

Periodo     Nº de navíos         Nº de esclavos Periodo de Trata
1595-1601 196 23.317 Asientos Portugueses
1622-1631   88 12.518 Asientos Portugueses
1698-1702   57     9.853 Cia. de Cacheu
1714-1736   65 10.601 South Sea Company
(Gutierrez Azopardo: 191)
Pero como centrarse en el principal puerto esclavista puede al fin llevarnos a engaño, señalemos que

Para el período de 1521 a 1550, el cálculo más fiable, el de Philip D. Curtin, ofrece un total de 15.000 negros desembarcados en Hispanoamérica (un promedio anual de 500), y para los años que van de 1551 a 1595, la cifra se eleva sólo a 36.300 individuos (un promedio anual de 810). (Browser: 138)

La comparación es espectacular. Pero es que a ello hay que añadir que durante todo el Imperio Español, Cuba había sido el territorio que menos esclavos había recibido.
En el Caribe, Cuba y Puerto Rico eran la excepción de la norma. Cuando Inglaterra tomó militarmente La Habana, en 1762, la población negra era notablemente inferior a la población blanca, lo que contrastaba con Jamaica, Barbados, Antigua… donde la población blanca se circunscribía a las guarniciones militares, siendo que la práctica totalidad de la población era negra y esclava.





















Licencias, asientos y mercado libre




A principios de la Conquista, en La Española, y como consecuencia de la despoblación se hizo necesario tomar medidas para atender el desarrollo de las actividades agrícolas y mineras de la isla. Ello significaría el inicio de una actividad repleta de altibajos y que en casi todo el periodo estuvo en manos extranjeras: el tráfico de esclavos.
Resulta curioso que la participación española en el tráfico sea residual. Tan sólo en los primeros años y a partir de 1750 podemos ver licencias de tráfico de esclavos pertenecientes a tratantes españoles; el resto, estuvo en manos portuguesas, inglesas, holandesas y francesas.
Pero la demanda procedía de hacendados españoles a los que Fray Bartolomé de las Casas hizo de vocero exponiendo muy pormenorizadamente al joven rey Carlos I, que en agosto de 1518 concedió licencia a Laurent de Gouvenot, gobernador de Bresa para introducir en las Indias 4.000 esclavos africanos.
Tras el trasiego que de la licencia hizo el flamenco, llegó el curso “normal” de las mismas, que  se otorgaban a título particular, a conquistadores, funcionarios civiles y eclesiásticos, y a las ciudades, todo lo cual generaba un flujo de tráfico más que discreto, imperceptible, por lo que las necesidades generadas por el desarrollo de la Conquista, las presiones de las autoridades en los nuevos territorios incorporados a la Corona, y las presiones internacionales, obligaron a ésta a la concesión de grandes asientos que, muy especialmente a partir del Tratado de Utrecht se encargarían de transportar a América esclavos adquiridos en África.
Así, atendiendo al desarrollo de las características del tráfico negrero, podemos señalar que en el mismo se verificaron tres periodos destacables:
El que podemos identificar propiamente como periodo de las licencias, que llega hasta 1595, el de los asientos, que sustituye al de las licencias y se extiende hasta 1791, y el de libre comercio, que abarca desde esta fecha hasta la supresión del tráfico.
En este periodo, Cartagena de Indias contaba con un pequeño contingente de esclavos negros que habían sido introducidos en América como acompañantes de los conquistadores, y como conquistadores desenvolvieron su actividad. Más tarde entrarían otros como esclavos en las haciendas.

Las licencias fueron concedidas a conquistadores, funcionarios públicos y eclesiásticos, comunidades religiosas y a la misma ciudad como tal para ser distribuidas entre sus vecinos. (Gutiérrez, Ildefonso: 188)

Las licencias aportaban un caudal discontinuo con algunas lagunas como la acaecida durante La Guerra de los Segadores.

La primera importación de negros llevada a cabo por Cortés para emplearlos en las plantaciones de caña fue en 1544. Dos años antes había contratado a Leonardo Lomelín para que llevase 500 negros desde Cabo Verde, pero solo entregó un centenar; y en 1579 fueron enviados desde España 40 para el ingenio que tenía en Tuxtla.  (García, L 1976: 23)

Esta actividad tendría su importancia durante la unión de los reinos hispánicos que tuvo lugar entre 1580, en que se da por finalizado el sistema de licencias y se abre el periodo conocido como de los asientos,  y 1640, año en que volvió a romperse la unidad de la Patria, y en el que acabó suprimiéndose durante diez años, hasta 1650, la autorización de la trata negrera.
La diferencia existente entre la licencia y el asiento es que aquella, la licencia, era al fin una concesión real que no exigía contrapartida alguna y que incluso podía no llegar a ejercerse nunca, mientras que el asiento era un contrato legal firmado por dos partes contratantes: la Corona y un particular que se comprometía a realizar un servicio que, para el caso, era hacer llegar a América diversas remesas de esclavos, y como contrapartida, nadie más podría beneficiarse de la concesión.
El Asiento era una figura comercial; un acuerdo de concesión por parte de la Corona por el que se concedía el monopolio del comercio de un producto determinado para un mercado también determinado. El asiento de negros, así,  consistía en permitir el comercio  de esclavos procedentes de África, que habían caído en esclavitud como consecuencia de una derrota en guerra justa, siendo el beneficiario del contrato un contratista que organizaría toda la empresa, sosteniendo a su propia costa sus propias factorías en aquellos lugares donde operase y subcontratando aquellos servicios que considerase necesarios para el desarrollo de su función.
En base al contrato, tanto el contratista como los subcontratados, cuya existencia debía estar en pleno conocimiento de la administración de la Corona, tenían potestad para enviar esclavos directamente de África a aquellos puntos de donde les fuesen solicitados, dependiendo de ellos mismos a la hora de realizar los viajes a los que les asignarían las defensas que considerasen oportunas sin  que ello comportase gasto alguno para la Corona.
En inicio del periodo que nos ocupa, y que alcanzaría pleno desarrollo en el siglo XVIII, se concedieron licencias a los tratantes portugueses, casi todos criptojudíos, quienes, con Pedro Gómez Reynel como primer titular de la concesión, iniciaron en 1595 el tráfico en el que, según señala Ricardo Escobar, transportaron legalmente 159.963 esclavos. Pero esa cifra, a pesar de su exactitud, es variable, siendo que otros autores señalan también cifras exactas y divergentes. García Fuentes habla de 119.377 entre 1518 y 1599, y otros autores se refieren a las mismas en cifras redondas.

La preponderancia de los cristianos nuevos portugueses en el trato de esclavos, aún bajo el sistema de licencias que precedió al de asientos, hizo naturalmente de Cartagena de Indias uno de sus puertos privilegiados para entrar al Nuevo Mundo, utilizando los enclaves portugueses en África para burlar la vigilancia de las autoridades americanas. (Escobar 2002: 47-48)

Así, el mercado de esclavos significó un importante motor económico para Cartagena, que durante cerca de dos siglos significó el crecimiento de actividades no sólo comerciales sino también industriales y de servicios.

Por Real Orden del 23 de febrero de 1571 se agregó el puerto de Cartagena a la lista de puertos por los cuales se podía efectuar el libre comercio negrero. Un poco después el puerto de Riohacha fue abierto también al tráfico. En esta etapa desaparecieron las operaciones practicadas anteriormente con los negros esclavos, la «marca», que garantizaba la legalidad de la compra y el «palmeo», operación de medición y tanteo por el cual se establecían las distintas calidades de esclavos. (Gutierrez Azopardo: 188)

El haber recurrido a los traficantes judeo-conversos tiene su explicación, ya que siendo súbditos de la corona de Portugal, además poseían los recursos y la experiencia necesarios en lo que nos limitaremos a calificar como “negocio”.
Y en desarrollo de ese negocio, que era para lo que habían sido contratados, se transportó un importante número de “piezas de indias”, que era como era conocido el esclavo en capacidad plena de trabajar.
Como consecuencia de esta actividad, Cartagena de Indias adquiriría gran importancia, y sería el principal núcleo de recepción y distribución de esclavos, desde donde se surtirían los distintos lugares del virreinato, desde Panamá o Caracas hasta Lima o Quito, y para atender la demanda en condiciones, Cartagena contaba con depósitos de esclavos que generaban a su vez una gran actividad comercial por mantenimiento, como son médicos, abogados, misioneros…

Las negrerías o depósitos de negros esclavos eran los espacios donde ubicaban a los esclavizados mientras esperaban ser vendidos. Eran construcciones rectangulares, y en Cartagena se registraron alrededor de 24 construidas cerca de los sitios de desembarco en las calles de Santa Clara, San Diego y Santo Domingo. Otras estaban en la calle que va de la Catedral hasta el mar, en la calle Alcibia, cerca del Convento de San Agustín, en la Plaza de los Jagüeyes (Getsemaní), en el barrio de Santo Domingo y en la calle del Tejadillo, que podía albergar hasta 200 esclavos. (Ortiz: 12)

Y ese desarrollo estaba especialmente dirigido por portugueses, muchos de ellos marranos que aprovechaban las circunstancias para salir de la Península y desarrollar su actividad ilegal al amparo de su otra actividad, esclavista y legal.
Fue de tal envergadura la actividad llevada a cabo por los marranos que el Tribunal de la Inquisición se vio en la obligación de desarrollar una actividad de especial significación que alcanzó su cumbre en el Auto de Fe de 23 de Enero de 1639, que llama la atención tanto por número de condenados a relajación como por el número de procesados, la mayoría de los cuales estaba relacionada, de forma más directa que indirecta con las actividades llevadas a cabo por la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, financiadora de las actividades de los piratas, y que  en aquel momento se encontraba asentada en Curaçao, Pernambuco, Recife…
Las condiciones de cada asiento eran particulares,  y marcaban el periodo en que debía cumplirse el mismo así como el número de esclavos que debía suministrar y el puerto donde debían desembarcar, y aunque la demanda excluía algunos lugares de procedencia, la orden era difícil de ser estrictamente cumplida al suministrarse en las factorías existentes en la costa africana, donde recalaban esclavos de distintas procedencias, siendo que el conocimiento exacto, e incluso aproximado de los mismos era incluso desconocido por los propios negreros de la factoría africana, ya que éstos se limitaban a comprar el material humano a esclavistas negros, que eran los encargados de llevar hasta la costa los esclavos que habían tomado en otros puntos, de cuyo lugar exacto difícilmente eran informados los compradores.
Parece ser que los esclavos transportados a lo largo del siglo XVI a América eran congos o mandingas, y habían sido esclavizados en la desembocadura del río Congo o en Senegambia, pero al fin eso no parece sino mera conjetura, porque como queda señalado, los portugueses no adquirían los esclavos por secuestro, sino por compra a señores de la guerra africanos, que aseguraban que los mismos eran prisioneros de guerra justa. Y en un porcentaje cercano al 100%, los esclavistas europeos actuaban del mismo modo.
Pero la incógnita siempre estará presente en lo tocante al tráfico…asunto que quizás es el más turbio entre los relacionados con la esclavitud.
Al respecto, el número de esclavos negros que acabaron llegando a América, y en concreto a la España americana, es una incógnita, porque si por un  lado las licencias y los asientos marcaban puntualmente el número, a ello hay que añadir el posible y presumible fraude de los traficantes, que si se quiere puede tener una importancia menor… pero por otra parte está el tráfico ilegal, llevado con verdadero fervor principalmente por los piratas ingleses y holandeses, que actuaban al amparo de su corona.

Philip Curtin, supone, por su parte, que la América española recibió unos 75.000 esclavos durante el siglo XVI y unos 125.000 de 1600 a 1650; en suma, unos 200.000 en siglo y medio (Bethell 1990: Sánchez 27)

También por el Oriente llegaban algunos esclavos, pero este aporte fue circunstancial y motivado por la actividad belicosa de los “mindanaos”, que fueron combatidos y decretado que contra lo legislado, podían ser esclavizados aquellos que fuesen mahometanos y procediesen de otras islas. En cualquier caso, la medida tuvo una escasa vigencia, pues en 1597 se prohibió definitivamente y conforme estaba legislado con anterioridad, desde antes de tomar tierra el 15 de febrero de 1565. En cualquier caso, se puede afirmar que entre los filipinos, y durante un periodo y circunstancias muy concretos, se tomaron esclavos.

La mayoría permaneció en México. El padrón de Lima de 1613 recoge, no obstante, la presencia de 114 asiáticos: 38 filipinos o chinos, 20 japoneses y 56 de la «India de Portugal», incluidos malayos y camboyanos. Eran en su mayor parte artesanos y sirvientes. Esta corriente, nunca numerosa, se cegó al prohibir Felipe II la trata de orientales en 1597. (Bethell 1990: Sánchez 28)

A lo largo de los siglos XVI y XVII, el tráfico negrero a la España americana adolecía de falta de vigor y diríamos familiarmente que le faltaba ganas, y a todo ello se unió la crisis del siglo XVII con la Guerra de los segadores y la separación de Portugal.
En ese periodo se suprimió totalmente la concesión de asientos hasta 1662, cuando fueron otorgados a Domingo Grillo y Ambrosio Lomelin, para introducir 3600 piezas de indias por año, y a lo largo de siete años, y en 1664 a Sebastián de Silíceo y Antonio García, que acabaron abandonando su empresa.
El mismo destino tendría la de los gaditanos Nicolás Pordo y Juan Barroso, quienes acabaron transfiriendo el negocio al holandés Baltasar Coimans, que era un experto en este tipo de mercado, con  larga experiencia en el entramado británico de la trata.
No obstante, el movimiento esclavista era importante y generaba un movimiento económico de envergadura, lo que hizo posible el rápido desarrollo de las ciudades del tráfico, de las que es ejemplo singular Cartagena de Indias.

En el caso del Perú, la ubicación geográfica de Cartagena de Indias hizo de ella un punto crucial en la distribución de negros en Nueva Granada y en todo el virreinato del Perú. En Cartagena, en el decenio de 1585 a 1595 se estima que fueron distribuidos al resto del virreinato 18.884 esclavos y que a comienzos del siglo XVII –creemos que exageradamente- llegaron unos 12 o 14 barcos cargados de negros de los que se desembarcaron unos 5.000; otros cálculos más modestos estiman unos 2.000. Hay algo totalmente verosímil y es que Lima recibió una considerable afluencia de negros. Antes de 1586 su población de origen africano no pasaría de 4.000; en 1593 era aproximadamente 6.690 y en 1620 alcanzaban los 20.000. (García, L 1976: 23)

Los asientos no tenían muy largo recorrido, siendo que desde 1662 hasta el Tratado de Utrecht, donde Inglaterra tomó directamente el control del mercado, que conocía y trataba desde mediados del siglo XVI, pasaron hasta ocho asentistas: uno italiano, uno venezolano, dos portugueses, uno gaditano, uno francés, uno holandés, y finalmente uno británico, que fue quién con el Tratado de Utrecht acabó controlando el asunto, no sin  que antes el Consulado y Comercio de Sevilla se comprometiese también en el tráfico, con un éxito similar.
El traspaso de la corona a Felipe V tuvo una primera incidencia sobre estos asuntos en 1701, cuando la concesión estuvo en poder de la Compañía Francesa de Guinea, que se comprometía a trasladar a América 48.000 piezas anuales, que como consecuencia del Tratado de Utrecht perdería su privilegio.
Pero entre la concesión a la Compañía Francesa de Guinea y el Tratado de Utrecht sucedieron otros acontecimientos que, aunque de forma indirecta, afectaron a este asunto, que para el caso no era más que comercial.
El 27 de diciembre de 1703 se firmaba el tratado de Methuen, por el cual Portugal quedaba documentalmente sometido a Inglaterra.
El tratado, que consta tan sólo de tres artículos y es equiparable al Tratado de Waitangi que ciento treinta y siete años después sería “firmado” por Inglaterra y  la “Confederación de subtribus de Nueva Zelanda”  el 6 de febrero del año 1840, es un documento de sometimiento a Inglaterra por el cual Portugal se aliaba a Inglaterra, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio para participar en la Guerra de Sucesión española que se iniciaba dos años después de haber sido reconocido Felipe V como rey de las Españas.
Por ese tratado, Inglaterra pasaba a controlar el comercio, que por parte de España también le sería sometido con los acuerdos de Utrecht, y que con la concesión del asiento de negros, otorgada el 26 de febrero de 1713, convertía a Inglaterra en la sede del monopolio del comercio atlántico, y le facilitaba seguir actuando ilegalmente, como venía haciéndolo ya durante doscientos años, pero ahora con la tapadera de la legislación española sirviéndoles de amparo.

Al finalizar la guerra de sucesión al trono de España, Inglaterra, a cambio de reconocer a Felipe V, exigió la firma de un tratado comercial «que abarcara la Península y las Indias, con la cláusula de nación más favorecida, la posesión de algunas plazas en América y el monopolio de la trata de negros, por lo menos en las mismas condiciones en que se había otorgado a Francia» (Palacios Preciados, J. 1973, p. 169). De esta forma, el reconocimiento de Felipe V por parte de Inglaterra, como señala Walker, G. J. (1979, p. 96) significaba su admisión en las Indias por la puerta falsa, considerando que el Asiento de Negros era la más ancha y provechosa de todas las puertas, ya que los esclavos negros eran la única «mercancía» que por diferentes razones no se obligaba a su registro en la Casa de la Contratación, lo cual era sumamente importante pues representaba una clara contravención del monopolio comercial español en las Indias. (Donoso: 55)

En cualquier caso, tras la Guerra de Sucesión, la política al respecto, puede decirse que fue más clara que hasta la fecha. A partir de entonces ya no hubo complejos, y del mismo modo que contra la tradición empezó a aparecer aquí y allí, primero ocasionalmente y luego con mayor asiduidad el calificativo de “colonias” para territorios que nunca fueron tales, también en el asunto de la esclavitud se fueron adoptando de forma progresiva unas formas radicalmente distintas a las que habían marcado la actuación de España hasta entonces. Del tráfico se encargaría Inglaterra, que designaría a la South Sea Company como empresa dedicada al tráfico, y que mantendría la exclusiva desde el uno de mayo de 1713 y dándole fin el año 1739, cuatro años antes de lo estipulado.
La corona británica se comprometía a transportar anualmente 4800 piezas de indias  de ambos sexos, por la que se obligaba a pagar treinta y tres pesos en concepto de único impuesto, mientras la corona española primero consolidaba como puertos de recepción Cartagena y Veracruz, y luego ampliaba la concesión a otros puertos, que se complementaría con el decreto de 1789 por el que se liberalizaba el comercio negrero.
Otro asunto que nunca llegó a cumplir el beneficiario del asiento fue la norma que figuraba en los contratos y licencias, según la cual el porcentaje de esclavos varones debía ser igual que el de hembras, siendo la realidad que, como mucho, las mujeres representaban un  tercio de las expediciones. Pero la verdad es que ese asunto no era culpa de los británicos, sino de los esclavistas en origen. Eran los esclavistas negros quienes marcaban el porcentaje de mujeres sin atender en exceso la demanda de que eran objeto. El motivo era que la mujer tenía un valor mucho mayor que el varón, y ese detalle, en ocasiones se reflejaba también en el coste material efectivo en las operaciones comerciales.
Pero si la decisión de no cumplir lo establecido en el porcentaje de varones y de hembras no fue tomada por los ingleses, tampoco la decisión de la ampliación de los puertos de recepción primero y luego de liberalización del comercio negrero fue una decisión independiente de la administración española. Todo venía regido desde Londres, que tras desarrollar el tráfico conforme a lo que había impuesto en el Tratado de Utrecht, en 1750 forzó su revocación.

El monopolio inglés fue cancelado en 1750, tras el Tratado del palacio del Buen Retiro: el monarca inglés recibiría una indemnización de 100.000 libras, mientras que la Compañía abandonaba cualquier reclamación. Lo que es incuestionable es que la trata logró en estos años cotas inauditas. En 1754 las colonias británicas tenían casi 300.000 esclavos y los puertos de Londres y de Bristol eran los más importantes del mundo en este comercio. (García Fuentes 1976: 45)

No obstante, y como en otra parte de este trabajo queda señalado, la incidencia se centró muy particularmente en el Caribe.
La situación de la población en América antes de la Guerra de Sucesión queda reflejada en el siguiente cuadro realizado por José María Iraburu. En él puede observarse el distinto significado de las poblaciones esclavas en cada territorio destacando que, en la España americana, el 71% de la población negra era libre, porcentaje que contrasta con el 5,27% de los Estados Unidos, o con el 2,78 de las colonias inglesas.

Población negra en América a fines del siglo XVIII
Región esclavos   libres     total
–Brasil 1.000.000 399.000 1.399.000
–Caribe no ibérico, Colonias: 1.085.000
francesas     575.000   30.000
inglesa     467.000   13.000
–Estados Unidos      575.420        32.000    607.420
–América Hispana    *271.000 650.000    921.000
Totales:   2.888.420    1.124.000 4.012.000

*Esclavos en México y América central, 19.000; Panamá, 4.000;
Nueva Granada, 54.000; Venezuela, 64.000; Ecuador, 8.000; Perú,
89.000; Chile, 12.000; Río de la Plata, 21.000.

Curiosamente, esos porcentajes se mantienen casi un siglo después, pero con una circunstancia a destacar, y es que en estas fechas las guerras separatistas habían mutilado España, y ahora en la contabilidad sólo entraba Cuba y Puerto Rico.

Población negra en América entre 1860 y 1872
Región esclavos libres total
–Estados Unidos (1860)
3.953.696 *488.134     4.441.830
–Brasil (1872)
1.510.806 4.245.428     5.756.234
–Caribe hispano
Cuba (1861)
   370.553    232.493        603.046
Puerto Rico (1860)
      41.738    241.037        282.775

Totales: 5.876.793   5.207.092   11.083.885

*De estos negros libertos, 261.918 residían en los estados esclavistas del sur. (Iraburu 2003: 177)

Observamos que en estas fechas, el porcentaje de libertos de los Estados Unidos, era del 11%, mientras en las colonias inglesas se había decretado la supresión de la esclavitud, y en el Caribe Hispánico, que ahora concentraba todo el volumen de esclavitud en España, el porcentaje de libertos había disminuido al 53,63%. El 17,37% menos que ochenta años antes. Todo como consecuencia de la pérdida de independencia nacional sufrida a lo largo de todo el siglo XVIII merced a la actuación de los políticos ilustrados, verdadera vanguardia de la conquista de España, y muy especialmente tras la guerra franco británica para dominación de España (vulgo Guerra de la Independencia) desde cuando los políticos españoles dejaron de existir para pasar a ser fieles mamporreros de las instrucciones emanadas de Inglaterra…
Es necesario señalar también el hecho de la variación total de la población esclava, que en unos setenta años se había multiplicado por cuatro en los Estados Unidos, mientras especialmente Cuba había visto crecer su población esclava de forma que había acumulado en siete décadas cien mil esclavos más que toda la América Hispana setenta años antes, siendo que el crecimiento de la población esclava en la España americana es especialmente significativo a partir del Tratado de Utrecht.
Resulta cuando menos curioso que, justo cuando el movimiento abolicionista toma peso es cuando en España se desarrolla la fiebre esclavista, y lo más curioso es que la misma venga de la mano de los europeístas que con la Ilustración habían tomado el control de España.
No fue el desarrollo de los ingenios azucareros, llevados por España a América en el siglo XVI lo que hizo desarrollar el ansia esclavista, sino la Ilustración del siglo XVIII y la servidumbre a los intereses extranjeros a que, merced a la misma Ilustración, fue sometida España desde entonces y hasta la fecha.
En ese orden, una Real Cédula girada en 1765, concedía el asiento de negros a la Compañía Gaditana de Negros, que operó hasta 1770 a través de buques franceses e ingleses especializados en el tráfico, y cuyo negocio fue ruinoso, por lo que acabó siendo disuelta.
Pero la experiencia no desalentó a los gobiernos ilustrados de España, que en 1778, intentaron lo que nunca había estado en la agenda: controlar enclaves africanos para el comercio de esclavos.
Pero para conseguir su objetivo tuvieron que salvar una serie de inconvenientes que resultan anexos a la actuación tradicional de España: sencillamente no existía lugar controlado por España desde el que se pudiese suministrar un mínimo contingente de esclavos, circunstancia que les llevó a gestionar con Portugal, que con el permiso de Inglaterra accedió a la firma de los tratados de San Ildefonso y El Pardo, por los que  Guinea Ecuatorial pasaba a estar bajo el control de España.
Pero la operación no dio los resultados apetecidos por los esclavistas partidarios del monopolio, ya que al año siguiente, el conde de Floridablanca abría el mercado negrero, en principio para otros puntos de la España americana, pero muy en concreto, conforme se vio por la actuación posterior, para el mercado cubano, donde justamente los ingleses ejercían un efectivo control sobre el mercado azucarero y esclavista.
Por su parte, los hacendados cubanos, cuyo control estaba en manos de Inglaterra, donde se exportaba el 80% de la producción de azúcar de la isla, además, protestaban contra el monopolio y pedían al Gobierno libertad de comercio, que en 1789 acabó siendo concedida para el capítulo del tráfico de esclavos.
Desde entonces y hasta finales de siglo, traficantes españoles y extranjeros, habían llevado la trata en España al punto más alto de su historia, siguiendo la estela de sus mentores europeos, quienes curiosamente iniciaban en esos momentos la Revolución industrial y con ella la conveniencia de acabar con el tráfico de esclavos conforme era concebido hasta ese momento.
Para amortizar los barcos esclavistas, los ingleses, que iniciaron una campaña mundial para prohibir y perseguir el tráfico negrero, mediante iniciativa privada pusieron al servicio del esclavismo cubano las unidades navales que no utilizaban en las deportaciones masivas que hicieron de sus propios súbditos a regiones tan apartadas como Australia y Nueva Zelanda, al tiempo que algunos traficantes ingleses cambiaban su nombre para pasar por no ingleses. Como muestra, un botón: el capitán Philip Drake, de Bristol, se convirtió en don Felipe Drax, de Brasil.









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