sábado, 16 de febrero de 2019

El aprendiz de Quijote (Texto completo)




CAPÍTULO I




Era el último día de clase, y los niños, alborozados por las inminentes vacaciones, quemaban con sus risas y ocurrencias los últimos momentos que pasarían juntos antes del inicio del nuevo curso.

El maestro, que a duras penas podía contener la algarabía, se despidió de todos:

Hasta el próximo curso. Espero que paséis unas buenas vacaciones y que cuando nos volvamos a encontrar vengáis con fuerzas renovadas.

El grupo se disolvió en un gran bullicio, partiendo cada uno cuando sentían cerca la hora de la comida.

Roger y Juan llevaban el mismo camino. Vivían en el mismo barrio; eran compañeros de colegio desde preescolar, e inseparables amigos de juego y de trastadas, diseminadas desde la misma salida de clase hasta que se veían forzados a encerrarse en casa, obedeciendo finalmente a los requerimientos de sus progenitores.



Cambiaron impresiones sobre la forma en que cada uno de ellos pasaría las vacaciones que acababan de comenzar.

Juan explicó a Roger que con su familia se desplazaría a un pueblo de playa, como hacían cada año desde que él recordaba, y donde indefectiblemente lo pasaba extraordinariamente, conociendo nueva gente y redoblando las trastadas a las que era tan aficionado.

Roger, por su parte, estaba dubitativo sobre qué le depararían las vacaciones, porque sus padres habían decidido marchar a un pueblo, no sabía exactamente dónde, del que su padre hablaba maravillas, pero que a él lo dejaba en una rara situación, porque allí no conocía a nadie.

Convinieron los dos que desde ese justo momento hasta el mes de Agosto, cuando comenzarían las vacaciones, tenían un periodo que aprovecharían al máximo, inventando instrumentos, haciendo pequeñas excursiones a lo largo del río y las montañas que rodean el pueblo.

El verano era plácido y caluroso, como por otra parte venía siendo normal, y finalmente, sin mayores contratiempos llegó el día de la partida a otros lugares.

Los niños se despidieron entre contentos y tristes, pues si bien iban a iniciar las ansiadas vacaciones, dejaban una relación que tanto les agradaba.

Cuando Roger llegó a casa, todo eran preparativos para la marcha; maletas abiertas esperando engullir la última prenda; bolsos por cerrar que permanecían atentos para abrigar el último frasco, el último cepillo, la última cosa que viniese a la mente los ajetreados viajeros.
Finalmente, la salida.

El pequeño coche abrigaba a los turistas, cinco con las hermanas gemelas de Roger; dos niñas preciosas de cuatro años. Todos se ubicaban entre los huecos que gentilmente cedían los paquetes, mientras que el exterior del vehículo no iba más desahogado. Un pequeño remolque que a duras penas podía encerrar todo lo que en él se había colocado aseguraba que al llegar a destino todos echarían en falta aquel objeto tan imprescindible que por falta de preparación habían dejado olvidado en el armario, en el lavabo, en el garaje o en la cocina.

No importaba. Las vacaciones habían comenzado, y la ilusión no dejaba de crecer en el niño, a costa de la indiferencia inicial, y conforme la distancia de su pueblo era más considerable.

¿Cómo se llama ese pueblo que dices es tan bonito?. Preguntó el niño.
Campo de Criptana. ¡Verás qué cielo!.

Una cinta con canciones infantiles, acompañada por las voces de los viajeros concluyó las explicaciones sobre Campo de Criptana. De pronto, tras muchas horas de viaje, tras muchas llamadas de atención por parte de los padres de Roger para que se fuese fijando sobre algún aspecto del paisaje, tras muchas paradas para atender diversas necesidades, principalmente de Helena y Claudia (que así se llamaban las gemelas), llegaron a destino.
El lugar era estupendo para descansar... y eso dejó paralizada la ilusión que el chico había ido alimentando durante el viaje. Un caserón de labradores, con cuadras, pocilga, corral, amplias escaleras, amplia cocina, amplio comedor, amplios dormitorios, cámara, sótano, cueva... dejó admirado al niño... y a la madre, que comenzó a calcular las horas que se necesitarían para mantener limpia y ordenada la casa.

Los tres mayores de la familia quedaban atónitos ante lo que aparecía ante sus ojos; cada uno aplicando su propio juicio de valor; la madre, obsesionada por la limpieza, ponderaba el mucho trabajo que tenía la casa; el padre, que siempre había deseado espacios amplios y lugares donde poder demostrar que era un manitas en muchas cosas, remarcaba las posibilidades que tenía la casa, y el niño, que sólo pensaba en jugar, también veía en la vivienda sus particulares posibilidades; desde la cámara hasta la cueva le inspiraba su intelecto. Las pequeñas lloraban por hambre y cansancio.

El padre explicó al niño algo que la madre ya conocía: se trataba de un caserón de labradores que estuvieron ejerciendo la agricultura, generación tras generación, hasta los años sesenta, cuando se produjo el gran éxodo de los habitantes de estas tierras, que se marcharon a Barcelona, a Valencia y a Bilbao, principalmente, para nutrir la mano de obra necesaria para el desarrollo de la industria que en aquellos años crecía de manera importante.

Ahora habían arreglado la casa, respetando la estructura original, y la dedicaban para alquiler cuando por sus obligaciones laborales estaban ausentes del pueblo (que era en la mayoría de las ocasiones), de cuyo extremo se aprovechaban quienes, como ellos, llegaban de otras partes buscando un poco de tranquilidad.

El hombre explicó al niño que allí podría ejercitar tranquilamente su imaginación, con juegos que podría desarrollar por toda la casa, respetando, eso sí, las cosas que había en ella. También, le dijo, podrás leer cuanto quieras, porque en esta casa hay una bonita biblioteca.

Y lo llevó a una habitación espaciosa de la planta baja, que se alimentaba de la luz del día con dos hermosos ventanales protegidos con sendas rejas.

-Ya me he traído libros, protestó el niño. ¿Para qué quiero más?

El hombre lo tranquilizó diciéndole que no lo llevaba allí para obligarle a seguir estudiando como si no tuviese vacaciones, sino para enseñarle la biblioteca, y para que la usase cuando quisiera.

Le mostró el buen gusto de las gentes de la casa, que no sólo se concretaba en la estructura de la misma, ni en los muebles, sino hasta en los libros, donde se encontraba una mediana y nutrida variedad de estilos y de autores; literatura infantil tradicional, relatos de aventuras, filosofía, historia... Con libros de distintas épocas y diversas encuadernaciones que daban, aunque sólo fuese a la vista, un agradable espectáculo.

El niño, desde su postura defensiva se sintió atraído por un tomo especialmente llamativo por encontrarse encuadernado en piel natural, y sobre cuyo lomo resaltaban, embutidos tras el pergamino, los hilos que lo cosían.

El hombre lo cogió con sumo cuidado, y al abrirlo vio que en la primera hoja decía: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes Saavedra.

Al escuchar título y autor, el niño preguntó a su padre si lo iba a leer, a lo que el hombre respondió negativamente, dado que aquel año ya lo había leído, y no quería volver a hacerlo, como mínimo, hasta el siguiente año.

El niño aprovechó para preguntar a su padre por qué leía tantas veces la misma novela, a lo que el hombre respondió que él, que no era lector de novela, porque la novela le aburría, leía Don Quijote de la Mancha como una obra de filosofía; una obra en la que a cada paso aprendía una cosa nueva y mejor; una obra que, cada vez que la leía le insinuaba nuevas intenciones buenas que imitar. Vamos, que lejos de sentir la vulgar compasión por Don Quijote (o el vulgar desprecio), sentía por el mismo una enorme admiración y respeto, entendiendo que es un ejemplo a seguir.

Por cierto –le dijo al niño- ¿sabes que es hijo de ésta tierra?

El niño preguntó admirado si D. Quijote era natural de Campo de Criptana, a lo que el hombre respondió explicando la casuística de “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...”, de donde el niño infirió el motivo por el que en todas las poblaciones por las que habían pasado se había encontrado con la sempiterna imagen del hidalgo y del escudero.

¡Buen observador!, -espetó el orgulloso padre ante semejante observación- Pues ya sabes; sin querer agobiar, y si quieres leer algo, aquí puedes escoger lectura...

Sí voy a leer. Déjame a Don Quijote.

El hombre no quería dejar en manos del niño el ejemplar de la biblioteca, ya que se trataba de un ejemplar que calculaba estar datado a mediados del siglo XIX, y temía por la integridad del mismo. Adujo al niño que no iba a entenderlo, que con tan sólo nueve años era una difícil lectura... pero al final cedió ante la insistencia del niño que había decidido acometer el conocimiento del buen caballero sin importarle las condiciones del ejemplar que iba a leer ni la edad en que lo iba a realizar.

¿No me has dicho en más de una ocasión que tú a mi edad ya lo habías leído?, -dijo Roger -.
Sí, pero resumido, -había defendido el padre-

Pero de nada le valió. Tan solo pudo recurrir a la responsabilidad del chiquillo en lo tocante a la manera de cuidar los libros, y en especial el que iba a leer, dada la circunstancia de su encuadernación y antigüedad.

En ese momento apareció por la puerta la madre, con las niñas llorando y en brazos, algo así como un poco molesta, ya que nadie se había acordado de colocar el dilatado equipaje que traían. Si el tono utilizado fue correcto, el mensaje rozaba lo doloroso, y no le faltaba razón a la mujer, que después de dar todo el cariño a su familia, no se sentía reconocida por sus seres queridos, quienes parecían desconocer la entrega total y sin reservas que a diario hacía en el más absoluto de los silencios.

Padre e hijo siguieron con bromas a la madre, que insistía en reprochar la desidia de los dos hombres de su casa. Entre arrumacos y bromas, y como en tantas ocasiones, consiguieron sin mucho esfuerzo hacer brillar la sonrisa en la cara de quien los dos sentían el alma de la familia. Toda la tarde transcurrió con el trajín de colocar en su sitio los mil y un cachivaches ( y no cachivaches) que componían el equipaje de los turistas, lo cual se pudo llevar mejor a cabo cuando finalmente quedaron dormidas Helena y Claudia.

Ya de noche, durante la cena, los tres veraneantes programaban visitas para el día siguiente, mientras las niñas se entretenían jugando con un muñeco. Recorrieron con la imaginación, y con el mapa de carreteras sobre la mesa, toda la geografía de la Mancha y casi toda la geografía castellana.

El padre estaba resuelto a desplazarse el día siguiente a Toledo. Estaba decidido a visitar la Catedral y la sinagoga; era aficionado a la historia, y por nada del mundo quería perder la oportunidad de ver el entierro del Conde de Orgaz, y el Alcázar, con tantas reminiscencias heroicas; con tantos mártires, desde los asesinatos cometidos por los moros en el siglo IX, hasta la gesta de los resistentes en 1936 frente a las fuerzas enemigas de Dios y de España.

Pero nuevamente, la firmeza vigilante de la madre de familia puso las cosas en su sitio, constatando que tras un viaje de más de seiscientos kilómetros, de lo que estaban necesitados era de un tiempo de descanso real.

Significó el hecho nada desdeñable que esa era la distancia que habían recorrido desde Navarcles, en Barcelona, donde residían, hasta Campo de Criptana, donde estaban, y ella, por descontado, no estaba dispuesta a sentarse en un automóvil, al menos en una semana, y menos a dar otra paliza a los niños.

Pero… - dijo el hombre-… Pues vamos a Santa Cruz de Mudela… o a Puertollano…
¡A ver el mapa! … Pero si está todavía más lejos… ¿Sabes qué te digo?, que hemos venido a descansar y no a corretear por las carreteras; lo mejor será que nos quedemos aquí y como mucho, algún día, hagamos una excursión a Alcázar de San Juan, al Toboso o a los Ojos del Guadiana.

El hombre, ante esta sentencia se sintió profundamente disgustado. Sabía dónde se encontraba, y no estaba dispuesto a disfrutar de unas vacaciones en semejante lugar, y desaprovechar la oportunidad de recorrer tantos y tantos lugares dignos de ser vistos y disfrutados, recordando su gloriosa historia, conformadora de la Historia de España, y sin cuyo conocimiento, ésta tampoco era comprensible. ¿No habían disfrutado visitando Moyá, Talamanca, Berga, Vic, Manresa, Ripoll, San Juan de las Abadesas, etc., etc., etc., ¿ y por qué se iban a enclaustrar ahora?

Bueno, - dijo al final, comprendiendo que sus pretensiones eran auténticos castigos para los niños- al menos iremos a Toledo, ¿no?

La mujer, impertérrita dijo:

Ya lo veremos. Ahora vamos a descansar, que es tarde.

Falta les hacía tras el largo viaje, y nadie protestó la decisión.














CAPÍTULO II




A la mañana siguiente, a una hora desacostumbrada, sobre las siete, se despertó Roger.

Como se aburría en la cama y comprobó que sus padres continuaban en los brazos de Morfeo, y no digamos las gemelas. Helena se había acurrucado entre ambos, y Claudia no parecía estar dispuesta a despertar de inmediato. Dada la situación, decidió matar el tiempo dando una vuelta por aquella que a él le parecía “inmensa casa”, y tras pasar por la cámara y las cuadras, sin saber cómo, desembocó en la biblioteca.

Vio el libro sobre la mesa, y tras admirar la encuadernación, (él nunca había visto una semejante), recordó los consejos de su padre sobre el modo de tratar los libros, y en particular aquel, lo abrió y comenzó a leer, entreteniéndose con la dedicatoria, con el prólogo, con los versos que inician la obra…hasta que oyó una voz elevada –la de su madre-, que lo reclamaba para desayunar.

El niño dejó de inmediato la lectura y fue corriendo hasta la cocina, donde sus progenitores lo esperaban, ocupados en el trasiego de un café con leche y unas tostadas hechas con pan del lugar, y por supuesto del día, al tiempo que las pequeñas hacían lo propio con un tazón de leche con cacao.

Al despertarse, el matrimonio no había echado en falta al niño, que suponía durmiendo, descansando del ajetreo del día anterior, y por supuesto ajenos a la actividad cultural que de pronto había decidido acometer. Dispuestos a comenzar el día, tras preparar el desayuno se extrañaron de no encontrarlo en la cama. De ahí la elevación de la voz que notó momentos antes.

Naturalmente, el matrimonio se interesó por lo que había hecho el niño durante ese par de horas inmediatamente anteriores, y ¡cuál no sería su extrañeza al oír que las había pasado leyendo!.

Parece que va bien no tener televisión –dijo la madre-. Levanta vocaciones dormidas.
¿Y qué? –intervino el padre, incrédulo- ¿Has empezado con la lectura de Don Quijote?
Sí –dijo el niño- Y no entiendo casi nada de lo que hay escrito antes del capítulo primero.
Del prólogo quieres decir…
Sí, eso. Parece como si el autor quisiera burlarse de D. Quijote, presentándolo como tonto antes de contar su historia.

El padre le quitó hierro al asunto y desvió la conversación hacia lo que estaba decididamente volcado: Tenía que recorrer en persona todos los alrededores, y los alrededores de los alrededores, por lo que inició con su esposa una conversación al respecto, llegando finalmente a un acuerdo consistente en dar una vuelta a pie por el lugar, y naturalmente por la mañana, porque por la tarde, decía, sería mejor quedarse en casa, leyendo, jugando o durmiendo, y en cualquier caso evitando el solitrón de la Meseta que, decía, aunque es el mismo de Navarcles, aquí se manifiesta más valiente.

Entre tanto, Roger salió a la calle, a conocer por su cuenta aquellos lugares. Casi toda la gente estaba en el campo, atareada en las faenas agrícolas. Tractores arrastrando pesados remolques iban y venían por carreteras y caminos mientras algunos chiquillos rondaban alrededor de la fuente, tramando alguna trastada.

Cuando Roger pasó cerca de ellos, le miraron de arriba abajo y uno de ellos le increpó:

¡Eh, chaval!, ¿de dónde eres?.
De Barcelona – dijo el turista-, ¿y tú?
Ja, ja, -rió el primero, acompañado de las carcajadas de sus amigos- ¿de dónde voy a ser?. Pues de aquí.

Comenzada la conversación, se presentaron todos y cada uno, y Felipe, que era quién primero le había increpado, le invitó a formar parte de su pandilla. Pronto nació entre ellos una hermosa amistad, preludio de lo que marcaría, sin lugar a dudas, todo el mes que empezaba.

Pero antes de que lo quisieran comenzó el sol a calentar más de lo que deseaban los niños, lo cual, unido a la intranquilidad que producía sentir que los estómagos se habían quedado vacíos, provocó que cada uno fuese a guarecerse a casa distinta de la de los demás, y por consiguiente, se separasen unos de otros. Pero no importaba, ya habían quedado para la tarde.

Cuando llegó a casa, su familia lo estaba esperando para comer y para organizar alguna salida que por la mañana habían tramado, pero el chico no estaba por la labor.

Había hecho amigos y planes con ellos, y estaba dispuesto a defenderlos contra viento y marea, así que los sufridos padres debieron conformarse con la promesa de que algún día les sería concedido para ir todos juntos a algún lugar.

Tan estrecha se le había quedado la casa que llegado a los postres, más que comer los engulló, motivo por el que su diligente madre preguntó por qué tenía tanta prisa.

Es que he quedado con unos amigos –respondió Roger -.

Afortunadamente el niño supo entender las razones que le daba su madre para impedir lo anunciado, y que no eran otras sino las lógicas en un lugar como el que se encontraban: Sus amigos no iban a salir a esa hora, porque el sol no lo permitía, y castigaba a quién desobedecía la lógica de quedarse en casa.

Entendió las razones, pero no quiso seguir el consejo de echarse una siesta. Bien por el contrario, se dirigió a la biblioteca para continuar la lectura, no sin antes ayudar a sus padres a recoger la mesa, extremo éste que conocía a la perfección.

También el padre acompañó al hijo mientras la madre se iba a echar la siesta con las niñas.

No hacía dos minutos que se habían sentado cuando dijo Roger:

¿Qué es el salpicón?
¡Vaya! –respondió el hombre- Mejor será que te acerque el diccionario, porque encontrarás muchas palabras desconocidas para ti. Coge también papel y lápiz, y te las vas apuntando, para que te resulte más fácil recordarlas luego.

Semejante dificultad no amedrentó al niño, que siguió enfrascado en la lectura un buen rato, al tiempo que hacía más consultas al diccionario de las que en principio pudo imaginar, amén de las consultas verbales que, a pesar de los consejos paternos, seguía efectuando de continuo.

Finalmente, y contra toda previsión, acabó el primer capítulo, cerró el libro y espetó a su padre:

¿Tú crees que un hombre puede volverse loco por leer?
¡Pues no! –respondió el padre-. Más bien al contrario, la lectura es un estupendo lubricante del cerebro. Es como la gimnasia para el cuerpo. Primero puede llegar a cansarte, pero si la practicas asiduamente te va fortaleciendo los músculos.

El niño explicó que, según lo leído, a D. Quijote se le secó el cerebro de tanto leer libros de caballerías, y que eso lo llevó a querer ser armado caballero andante, con el objeto de “desfacer” entuertos.

El buen padre del buen niño aprovechó la ocasión para explicarle que eso no era sino una artimaña del autor para tener más sobre lo que escribir.

Ten en cuenta - le dijo- que tú ahora estás leyendo todo ese tomo, pero el autor, al escribirlo, sólo tenía delante hojas en blanco.

Aprovechó también para decirle que era necesario “desfacer entuertos”, de tantísimos que padece nuestra sociedad; incluso -dijo- toda nuestra sociedad es un entuerto, pero para eso no es preciso colocarse una armadura de metal, sino una armadura espiritual, y tampoco montar a caballo, sino montar sobre un corcel brioso cuyas patas sean la Verdad, la Justicia, la Honradez, la Generosidad.

Lo que quiere decir D. Quijote –habló ex cátedra el hombre- es que hay que ser generoso, y entiende que nadie ha habido tan generoso como Nuestro Señor Jesucristo, que lo dio todo por Amor, y luego aquellos que quieren imitarlo y lo dan todo por la Justicia, y por supuesto por Amor… Por eso dice que el caballero debe ser enamorado.

Ya empezaba a cargar al niño lo serio que se ponía su padre, y lo cortó sin piedad.

Sí, papá. Ya te estás poniendo transcendente. Me voy a jugar.

La tarde-noche en Campo de Criptana es una hora agradabilísima, aprovechada por todos para disfrutarla paseando; por eso, mientras Roger iba con sus nuevos amigos, sus padres y sus hermanas se disponían a recorrer las calles del lugar.

Las estrellas, la clara luna, el aire fresco, el canto de los grillos, hacían que las horas pasasen sin ser sentidas. Anocheció, y cuando el niño quiso darse cuenta el reloj tocaba las once de la noche.

Se despidieron los amigos y cada uno dirigió sus pasos hacia su hogar, no sin antes haber convenido un nuevo encuentro para el día siguiente.

Roger llegó con los suyos, que ya se encontraban preocupados y tras un breve comentario de lo acaecido en el día, se marcharon a dormir.







CAPÍTULO III




Las luces de la casa se encontraban apagadas; la ventana permanecía abierta, y por ella entraba un rayo de luz proveniente de la Luna, que esa noche lucía esplendorosa.

El niño comenzó a conciliar el sueño mientras iba repasando mentalmente lo que había leído por la tarde.

Un hombre mayor que dejó todos sus bienes para dedicarse a leer, y a leer libros de caballerías…

Y el cura y el barbero también los leían. Pues sí que gustaba a la gente esas cosas…

Y qué barbaridad de cosas decían… Claro, por eso se le secó el cerebro; pero…si se le secó el cerebro, ¿cómo podía pensar en “desfacer agravios”?.

No sé, me gustaría poder hablar con Don Quijote para que me explicase todas estas cosas…¿Y por qué el caballero andante sin amores será como un árbol sin hojas y sin fruto y como cuerpo sin alma?

Con éstos pensamientos quedó dormido, soñando con el caballero aventurero.

El silencio de la noche era absoluto; sólo se escuchaba el canto de un grillo trasnochador; la calma era absoluta…

En medio de ese silencio y de esa tranquilidad, de pronto, en el balcón de la habitación apareció una sombra alargada que al poco dejó ver la figura humana, real, material, que pausadamente se acercó hasta el lecho del pequeño, y tocándole suavemente en el hombro lo despertó.

El niño, que seguía soñando (¿o pensando?) con la lectura, abrió sus ojos y encontró ante sí la figura alargada y seca que tantas veces había contemplado en la biblioteca de su padre, pero en esa ocasión, animada.

Entre admirado y curioso, pero sin un ápice de miedo, pues la había identificado en el primer golpe e vista, le preguntó si era quién pensaba:

¿Eres tú Don Quijote?

A esta pregunta, el intruso, de forma entre imperativa y cariñosa le dijo:

Ven, te quiero enseñar el mundo. Quiero que veas lo que ocurre en la vida con ojos inocentes y críticos, amorosos y justicieros.

El niño obedeció sin pensar dos veces lo que iba a hacer ni lo que le estaban proponiendo; no pensó. Sencillamente siguió a alguien que, aunque nuevo para él sabía que no sólo no lo iba a engañar, sino que de una manera generosa iba a enseñarle, sin pedir absolutamente nada a cambio, todo lo que debía aprender para ser hombre; para no conformarse con ser un bípedo con capacidades superiores a los otros bípedos; para no ser un televidente sin criterio; un lector incapaz de distinguir la verdad de la mentira y un votante en época de elecciones.

Salió al balcón y quedó admirado al contemplar el artilugio más extraño que imaginarse podía. Bien es cierto que en las ferias había visto cosas raras, que en los desfiles (las rúas) que se montaban para carnaval en Navarcles, salían elementos extraños, pero aquello era distinto. Se trataba de un poderoso caballo…de madera.

No tenía ruedas, como las tenía algunos elementos de distracción que sí había visto, y por el contrario, en la cruz llevaba una poderosa palanca a la que el niño le asignó la función de abrir el interior del caballo.

Manifestando su extrañeza, preguntó al visitante qué era ese caballo de madera, a cuya pregunta respondió el visitante:

Ese que ves es un excelente caballo. Se llama Clavileño. Tú no has oído habla de él. Ya oirás…necedades; en realidad Clavileño me ha traído volando por los aires hasta aquí, para que pudiera hablar contigo y para, más adelante, poder llevarte conmigo a ver otros lugares. Pero ahora tan solo quiero hablar un ratito contigo.

El niño aprovechó la ocasión para inundar a preguntas a quién decididamente eran Don Quijote. Aunque el intruso no se hubiese identificado, era claro de quién se trataba. Era una situación insospechada, increíble. ¿Cómo era posible que sucediera cosa tan extraña en un momento tan conveniente para despejar dudas?. No había tiempo que perder, había que aprovechar la ocasión y recabar toda la información que requería; aclarar todas las dudas que la lectura de la novela de Cervantes le había creado.

Oye… ¿Te puedo tutear?
No es muy común –respondió quién ya decididamente era Don Quijote-, pero entre hidalgos, y adaptándonos a la costumbre de los tiempos, nos tutearemos.

El niño aprovechó para aclarar algunos asuntos decisivos, que marcaban la luz o la oscuridad; el principio o el fin de los asuntos. Aclaró que donde el autor de la novela indica que D. Quijote leía muchas novelas de caballerías, ciertamente el héroe las leía, pero menos de las que decía “su biógrafo”, como dio en calificar D. Quijote a D. Miguel de Cervantes.

También leo –aclaró D. Quijote-, sigo haciéndolo, obras de historia, de literatura, de poesía, de filosofía… Ten en cuenta que un caballero andante debe estar versado e todos los conocimientos.

Aprovechó Roger para aclarar otros asuntos que le tenían preocupado. Así, le preguntó por Amadís, por Galaor…

A ese asunto, D. Quijote respondió que se trataba de personajes de ficción; de personajes creados por escritores, que realizaban cosas inverosímiles para distracción de los lectores, pero que no eran más que eso. Mera distracción. Realizaban hazañas insospechadas e impensables, como ahora pueden realizar en el cine cualquiera de las creaciones de ciencia-ficción a las que eres tan aficionado, y en las que tanta violencia gratuita existe –dijo-.

No obstante, sí, es cierto que siento admiración por ellos, porque en definitiva, esa ciencia-ficción que desarrollan, la hacen por amor, y esos imposibles que alcanzan, como vencer dragones inexistentes o endriagos, o cualesquiera otras cuestiones, las afrontan por amor, y justamente eso es lo que les hace dignos, y eso es lo que me gusta de ellos, que no tienen miedo a la propia muerte si lo que está en peligro es la Verdad y la Justicia.

Ya –intervino Roger -, lo importante es “desfacer” agravios.
Exacto –respondió Don Quijote-. Sean cuales fueren y estén cometidos por quién estén cometidos.
¿Y por pensar todo eso se te secó el cerebro?

Don Quijote sonrió tristemente ante semejante pregunta. Aunque sabía que cabía la posibilidad de la misma, esperaba que su aprendiz no la formulase; esperaba que no le hiciese falta formularla. No obstante, respondió:

Esa es la mayor de las sandeces que suelen decirme los cobardes, los injustos, los malandrines, porque para ellos todo lo que sea buscar lo bueno, lo justo, lo armonioso, es cosa de locos; y claro, siendo así, puedo asegurarte que estoy rematadamente loco.
Pero dejémonos ahora de transcendencias, que nos estamos poniendo demasiado serios. A mí me gusta la alegría, que sin alegría la vida es sólo un preludio de la muerte, y la alegría es amor, ¿lo sabías?

El niño bostezó. Estaba demasiado cansado tras un día agotador, pero aún le quedaron fuerzas para efectuar otra pregunta:

Amor. ¿Por eso dices que el caballero andante sin amores es árbol sin hojas y sin frutos?
Y sin cuerpo y sin alma –apostilló D. Quijote-.

El chico, que se había acurrucado en la cama mientras escuchaba, quedó finalmente dormido mientras en el cerebro le resonaban las últimas palabras que acababa de escuchar: “sin amor, el caballero es un árbol sin hojas y sin fruto... sin cuerpo y sin alma”.




















CAPÍTULO IV




La luminosidad de las tierras manchegas se ponía de manifiesto en un derroche generoso de luz que inundaba campos y ciudades.

En la habitación de Roger el sol iluminaba el suelo, los muebles y las paredes, pero el niño continuaba durmiendo hasta que su madre se tumbó en la cama con él, lo acarició y lo besó una y otra vez hasta que logró despertarlo.

Estuvieron jugando un buen rato, disfrutando madre e hijo de esos momentos irrepetibles, que pasados unos años son absolutamente impensables.

En el mejor de los momentos, cuando mejor se encontraba Roger, interrumpió la madre el juego porque ya era muy tarde (pasaban de las diez), y la noche anterior habían conocido a unas personas del pueblo, que les habían invitado a pasar la mañana con ellos.

Como fuera que el niño quería poner algún impedimento, la mujer le hizo comprender que un compromiso contraído por sus padres, él no podía tirarlo por tierra.

Además –dijo la mujer- son unas personas muy agradables, y ya verás como te llevas muy bien con ellos.

Un poco a regañadientes, el chico acabó desperezándose, y cuando bajó a desayunar sus padres ya estaban recogiendo la cocina, y las niñas listas con sus gorras y correteando por el portal.

Casi era medio día cuando la familia acabó de recorrer el camino que les separaba de la casa de sus nuevos amigos.

Al llegar a la hermosa casa, salieron a recibirles unos señores de avanzada edad, que se mostraron sumamente agradables.

¡Conque éste es Roger! -dijo la anfitriona dando dos besos al niño-. Ya hemos oído hablar de ti.
¿Te gusta el pueblo?- inquirió el anciano-.

Roger respondió maquinalmente con sonrisas y monosílabos a las preguntas que precipitadamente le eran formuladas, mientras su mente volaba por otros lugares, por otra parte inmediatos.

Su atención la atraía el entorno: Una pared de media altura, hecha a base de piedra de yeso, pedernal y argamasa, y coronada en toda su longitud de características hierbas carnosas arraigadas entre sus grietas, circundaba un más que mediano espacio interior donde un gran patio con un pozo y un abrevadero, en gran parte cubierto por una nutrida parra, daba paso a una amplia vivienda.

Si el niño se quedaba ensimismado con el entorno, a su vez la anfitriona se quedaba ensimismada con el chiquillo, a quién acabó preguntando:

Te preguntarás qué es todo esto, ¿verdad?
Pues…sí –respondió el niño como pillado por sorpresa-.

La buena mujer explicó a Roger que aquella casa fue en su día una venta. También le explicó lo que era una venta, cuando el niño dio a entender que no sabía lo qué era tal cosa.
Esto es lo que los viajeros de antes utilizaban como ahora utilizamos los hoteles. Aquí, a esta venta, llegaban los transeúntes con sus mulas, con sus burros, con sus caballos, con sus carros…, y por un precio convenido, les daban de beber y comer a ellos y a sus caballerías, y las caballerías quedaban en la cuadra, mientras las personas iban dentro de la posada, aunque muchos mozos dormían en las cuadras con los animales.

El niño se interesó de inmediato por la existencia de las cuadras, pero para su desgracia, en las mismas ya no había animales, ni paja, ni pienso… ni boñigas.

Mientras D. Vicente -que era el anfitrión-, se encargaba de cumplimentar a los padres, las niñas se entretenían jugando en el patio, y Roger, acompañado de la señora Antonia, recorría aquellos lugares inéditos, donde a cada paso iba descubriendo cosas nuevas. Pero no era el niño quién más estaba disfrutando de la visita, sino la señora Antonia, que veía en el niño al nieto que jamás tuvo.

¿Ves estos “platos” tan grandes que hay en la pared?. Son los pesebres donde los arrieros, los mozos, ponían de comer el pienso a los animales.
¿Y éste pesebre tan grande? –dijo Roger señalando un pequeño pajar.

La mujer le dijo al niño que aquello no era un pesebre, sino un pajar. Pequeño, ciertamente, pero pajar. Le indicó que ahí se ponía la paja de uso (para tres o cuatro días) de los animales, mientras que el resto se almacenaba en unas habitaciones superiores, que se veían desde el pajar a través de un hueco, por donde se volcaba la paja cuando se agotaba abajo.

El niño no había hecho sino empezar a preguntar. Le llamó profundamente la atención unos palos que sobresalían de la pared, y que estaban atados con unas cuerdas.

Eso, -le dijo la Sra. Antonia- es un camastro. Ahí dormían los mozos. Así estaban cuidando a los animales, por si alguno se ponía enfermo.

Los dos, enfrascados en una interesante conversación, iban hablando y caminando. La anfitriona condujo a Roger por otra puerta de la cuadra y fueron a salir a una especie de cobertizo, ahora reforzadas sus defensas, y más acogedor de lo que debió ser en sus tiempos de uso, donde había expuesto un auténtico museo de la agricultura existente cuatro décadas atrás: bozales, ramales, angarillas, aguaderas, estribos, albardas, bocados, pedreras, herraduras, arados, vertederas, trillos, cencerros de todos los tamaños, calderas, canastas, garruchas, espuertas, horcas, yugos, palas de trigo y un largo etcétera de elementos habituales en la antigua agricultura y ganadería, dispuestos en las paredes y en el suelo con tanto arte como acierto, dejaron al chaval boquiabierto mientras escuchaba de boca de su anfitriona para qué servía cada uno de aquellos elementos.

De pronto apareció por la puerta D. Vicente y el resto de los invitados, que interrumpieron la charla didáctica para refrescarse un poco.

Pasaron todos a un delicioso cuarto adornado con todo el gusto y la delicadeza que los propietarios de la casa habían demostrado en el “museo agrícola”, como dio Roger en llamar a lo que acababa de ver.

Unas mecedoras de madera negra y de paja trenzada hacían juego con un sofá y unas sillas del mismo material; una cómoda vitrina, con una luna enganchada en la pared se alternaba con cuadros representando bodegones y con fotografías color sepia de la familia.

En medio de la habitación, una lámpara de techo anunciaba que cuando anochecía iluminaba aquella estancia del mismo modo que la embellecía con su agradable estructura; una amplia campana central y tres farolas laterales la componían cumplidamente.

En tan agradable lugar, los mayores hablaban de sus cosas, mientras los pequeños se confabulaban con la Sra. Antonia, que les suministraba refrescos y pasteles.

Se había echado encima la hora de comer, y fue ocasión aprovechada por los amos de la casa para no permitir que sus nuevos amigos se marchasen tan pronto.

La Sra. Antonia, que ya lo tenía calculado, había preparado un delicioso guiso a los que era tan aficionada, y tras una breve sobremesa, la madre de Roger insinuó que para no romper la costumbre, se marchaban para que todos pudiesen echar una castiza siesta.






CAPÍTULO V


Roger, como el día anterior, antepuso la lectura a las sábanas, en lo que fue acompañado por su padre.

Cuando terminó el tercer capítulo había transcurrido una buena parte de la tarde y es que el niño encontró una bonita colección de palabras absolutamente desconocidas para él, con lo que llenó toda una plana de papel.

Su padre se aceró y le preguntó:

¿Qué hace Don Quijote?
Pues ya le han pasado unas cuantas cosas –respondió el chaval-. Se ha escapado de su casa disfrazado con una armadura de sus antepasados y montando en un caballo muy flaco. Se ha marchado buscando quién lo arme caballero, y le ha pasado algo de pena.
Fue a parar a una venta como la que hemos visto esta mañana, y todos los que estaban ahí se rieron de él. El ventero lo armó caballero para que se fuese cuanto antes de la venta y le aconsejó que llevase dinero encima. Pero se burló de él.
Luego se volvió para su casa. En el camino encontró a un hombre que estaba pegando a un niño, y Don Quijote hizo que lo soltara, pero no sirvió de nada, porque el hombre malo volvió a apalearlo en cuanto perdió de vista a D. Quijote.

Comentaron ambos el pésimo espíritu del hombre que maltrataba al niño, su actitud cobarde, y el exceso de buena fe por parte de D. Quijote al creer en la palabra de un villano.

El hombre intentó explicar los motivos:
Piensa que es necesario tener fe en la gente. Mira la razón que da D. Quijote cuando el niño duda que vaya a cumplir su palabra. Le dice algo así como “aunque no tenga título de caballero yo lo tengo por tal, porque la nobleza no se basa en los títulos, sino en la cualidad de la persona”.
Pues el labrador no era caballero.

Padre e hijo convinieron que, ciertamente, aquel hombre no era un caballero, sino un sinvergüenza.

También comentaron otros aspectos destacables de la lectura, como el pasaje en el que pretende hacer jurar a unos mercaderes que Dulcinea era la mujer más hermosa. Y de ello, sobre todo cuando demostraron su mayor bellaquería, al no atreverse a contradecir al caballero mientras estaba a caballo, y sin embargo cubriéndolo de palos cuando lo vieron tumbado en el suelo.

El caballero ya tenía ganado al niño, y la situación le trajo a cuento contar a su padre lo que le había pasado la noche anterior.

¿Sabes que anoche soñé con Don Quijote?. En cuanto me dormí entró por la ventana y estuvimos hablando un rato. Es muy bueno, y no me parece nada tonto, como dice lo que he leído esta tarde. ¿Quién ha escrito esta historia?. ¿Un enemigo de D. Quijote?

El hombre, que lo de la visita del caballero lo interpretó como una alegoría; como una fantasía sin importancia del chiquillo, defendió como pudo la honorabilidad de D. Miguel de Cervantes, que se veía menoscabada por el juicio emitido por su hijo que dijo que no es necesariamente un enemigo de Don Quijote, sino un señor que pretendió escribir un libro de caballerías que iba dirigido contra todos los libros de caballerías. Por eso se burla de Don Quijote; por eso lo presenta como tonto y hace que se burlen de él las personas que lo conocen. Sin embargo –le dijo-, cuando lleves más historia leída, ya verás como Don Quijote demuestra lo que vale, lo que sabe, y siempre, lo bueno que es.

Sí, me ha gustado mucho lo que ha hecho cuando se ha encontrado a ese señor que pegaba al niño. Pero, ¿por qué lo ha dejado sin asegurarse que no le iba a pegar más?
Mira hijo, esa escena representa, por una parte, la inmensa bondad de Don Quijote, que sin preguntar nada, sin saber nada, se decide a defender a quién en ese justo momento lo está necesitando.
Pero cuando se va, el hombre vuelve a pegar al niño, y aún más de lo que antes le estaba pegando.
Cierto, pero casos como ese puedes encontrarte cada día, y en cualquier caso son de difícil solución. Mira un ejemplo: Sucede que vas caminando por la calle, que está limpia porque tu madre acaba de barrer la acera. Pasa un niño comiendo un helado y justo al llegar a la puerta de casa tira el papel al suelo. Tú le dices que hay que mantener limpia la ciudad y que los papeles los tire donde debe. ¿Qué hará el niño?
¡Pero eso no es lo mismo!.
¿Estás seguro?. El caso es que tanto en una situación como en otra se comete una injusticia; en ambos casos hay un infractor, una víctima y un caballero, ¿verdad?
Sí.
Entonces, ¿qué hará el niño?
Pues no sé.
Te lo voy a decir yo. Cuando le llames la atención, con un poco de suerte, callando, es probable que coja el papel y se lo lleve, pero lo más seguro es que una vez haya doblado la esquina, cuando no lo veas, tire otra vez el papel.
Entonces no sirve de nada.

Los dos hombres iniciaron una discusión en torno a la conveniencia de hacer algo cuando se ha cometido una injusticia, y no acababan de ponerse de acuerdo. El padre defendía la conveniencia de tomar posturas decididas ante la injusticia, porque hay cosas que deben realizarse persona a persona; decía que la sociedad puede imponer y hacer cumplir determinadas normas, pero son las personas individuales las que deben implantarlas y hacerlas suyas; si no, jamás llegarán a cumplirse. ¿Qué hace Don Quijote?. : sencillamente cumplirlas, aunque absolutamente nadie más las cumpla; ser justo aunque nadie más lo sea. Con ello asegura que quién esté junto a él y bajo su ley, cumplirá su justicia.

También la sociedad, le decía, puede ordenar leyes que sean injustas; son, le manifestaba al niño, flecos de la tiranía; y le puso algunos casos a modo de ejemplo: el aborto, que no es otra cosa que el asesinato de los seres más indefensos; la eutanasia, que es la repetición de lo anterior; la legislación que equipare a parejas de homosexuales (invertidos, mariquitas, le aclaraba al niño) con el matrimonio... y tantas otras. Eso, hijo, es tiranía, y debes saber que según la doctrina cristiana, y siguiendo la propia doctrina de Don Quijote, es justa la rebelión contra el tirano, y es un deber de quién la padece levantarse contra el opresor. Santo Tomás, que es uno de los grandes pensadores de la Iglesia así lo tiene expuesto en sus escritos, que no me invento nada.

La tarde ya se iba echando encima, y el niño estaba ya más en la calle, con sus amigos, que con las explicaciones doctrinales que le estaba dando su padre, así que ni corto ni perezoso aprovechó la llamada que su madre le hacía para desembarazarse de su padre y marcharse a jugar.

El encuentro con los amigos fue dichoso, dedicado a juegos y charlas animosas en las que no faltaban los chistes y las ocurrencias.

De nuevo el incansable reloj obligó la dispersión de los niños.

Rondaban las 11 de la noche cuando, dirigiéndose a casa, observó cómo sus padres y sus hermanas, con sus nuevos amigos, los propietarios de la venta, se encaminaban hacia donde él estaba, separándose cuando se encontraron.

Marchando juntos a casa; explicaron a Roger que habían convenido para el día siguiente realizar una excursión con D. Vicente y Dª Antonia hasta un lugar no lejano del pueblo. Iban a ir a una finca propiedad de los anfitriones donde existía un antiguo molino de viento.

Solo ya en la habitación, el chico recordó los comentarios que le hiciera su padre por la tarde, cuando comentaron la lectura correspondiente, y sobre todo en lo tocante al apaleamiento del niño, pero era tal el cansancio, que superó en poder a la voluntad de pensar que tenía el niño.

De pronto, como la noche anterior, la misma sombra, el mismo porte... Nuevamente Don Quijote, que entró, despertó suavemente al chiquillo y le dijo:

Vámonos, hoy te invito a pasear con Clavileño.

Roger se incorporó, sonriente y contento por semejante situación, y curiosamente no se encontraba cansado, como momentos antes.

De un salto subió sobre Clavileño y quiso gobernarlo con la palanca, pero Don Quijote lo paró. Le dijo que ya aprendería a manejarlo, pero que aquella noche la iban a dedicar a otras cuestiones.

Subió el caballero sobre el caballo de madera, y haciendo una maniobra se elevaron sobre el pueblo y sobrevolaron otras poblaciones, hasta que de pronto el de la triste figura vislumbró algo raro que no podía quedar sin arreglar.

Unos traficantes de droga al por mayor estaban repartiendo sus productos a los minoristas. El caballero explicó la situación al niño, que inmediatamente vio semejanza con el asunto del niño apaleado, y tuvo miedo que fuese a suceder lo mismo en esa ocasión, pero no, no sucederá lo mismo, pensó, y dijo:

¿Qué vamos a hacer?
Lo que tú quieras –dijo D. Quijote-.
Pues hay que detenerlos.
Venga, -dijo el caballero- ¿no querías conducir a Clavileño?. Ésta es tu oportunidad. Te concedo el gran honor de impedir, como sea, que lo que estás viendo llegue a realizarse.

El niño se emocionó; su maestro se dio cuenta de la situación y lo tranquilizó, manifestándole que, en la lucha, las emociones son importantes, pero deben estar sometidas a la consecución del objetivo, porque de otra manera, perjudican.

Las primeras maniobras del nuevo jinete hicieron pensar a D. Quijote que la aventura iba a terminar como acabó la de los mercaderes de Toledo, a poco de haber sido armado caballero.

Pero, con la ayuda necesaria, el niño logró enderezar la rara nave de cuatro patas, tras lo cual marcó el rumbo conveniente que tan malos presagios traía para los traficantes de droga.

Una vez estabilizado, Roger se excusó:

Es que nunca antes he conducido un Clavileño. Además, ¿crees que podré salir bien de ésta aventura?. Yo no soy de la orden de caballería.
No te preocupes por eso, que cada uno es hijo de sus obras.

Animado por lo que escuchaba, enderezó decididamente a Clavileño, y dirigiéndose a toda velocidad hacia los traficantes, les gritó:

Malandrines, voy por vosotros.

Y largando una red que llevaba en la grupa, dispuesta para estos menesteres, cogió en una sola pasada a todos los delincuentes, junto a la droga que intentaban vender.

A toda prisa los llevó hasta la prisión de Herrera de la Mancha, para hacer honor a su maestro, y los soltó en el patio, haciendo saltar las alarmas, tras lo cual fueron todos detenidos.

¡Cómo lo he pasado! – dijo Roger -.
¿Te gusta la vida de caballero andante?
De caballero-andante-volante. Sí, me gusta.
Pues ahora a dormir.

Y dando una variación a la clavija de Clavileño se encaminaron a casa de Roger, que reanudó el sueño con la satisfacción del deber cumplido.










CAPÍTULO VI

Eran las ocho de la mañana cuando se levantó toda la familia para ir de excursión al molino.

La noche había pasado sin sentir, y el niño, a pesar del trajín de la persecución de delincuentes se encontraba descansado y con ganas de salir a pasear.

Las niñas revoloteaban alrededor de la mesa donde Roger desayunaba, y su madre peleaba para que se sentasen a la mesa y tomasen también ellas el desayuno. El padre, mientras tanto, preparaba una mochila, llenándola con lo que su mujer había preparado.

Finalmente, un tazón de leche cayó sobre la mesa, manchándolo todo, e inmediatamente se puso a llorar Claudia, porque su hermana le había dado un tortazo, respondiendo al que había recibido anteriormente mientras era acusada de culpabilidad por el accidente, e “injustamente”, su madre había reprimido la contestación.

Mientras tanto llegaron los amigos dando los buenos días, y pertrechados con sendos garrotes y sendos sombreros de paja. Dª Antonia, bajo el sombrero, llevaba dispuesto un pañuelo que le tapaba la nuca.

En un santiamén recogieron la cocina, y el hombre cargó con la mochila.

Era un trecho que no llegaba a los cinco kilómetros, pero acarreando dos criaturas pequeñas que continuaban con la segunda pelea después de la del desayuno, se hizo francamente largo, con llamadas de atención, con trechos en los que el padre, trasladando la mochila a su mujer cargaba con las dos gemelas, que por cierto no aguantaban más de cinco minutos sin que una chinchase a otra, y el padre, agotado, se viese forzado a depositarlas en el suelo, momento en que inexorablemente una, otra, o las dos, se echaban a llorar desconsoladamente, con la consiguiente intervención de la madre, que aprovechaba para echar la culpa al padre, que era incapaz de hacer que se comportasen.

Decididamente un momento interesantísimo que tan solo a Roger le permitió embeberse de la profundidad del paisaje manchego.

Una ingente cantidad de gorriones, colorines, tordos y otras volátiles alegraban el ambiente y saltaban, unos desde los tejados, otros desde los olmos del camino hasta el suelo, para volver al lugar de origen con alegres y rápidos saltos.

De pronto, de un trigal salió una perdiz seguida de cinco polluelos. El primero en observarla fue D. Vicente y se lo comentó a las niñas con la intención de distraerlas y que dejasen un poco tranquilos a los padres, pero la artimaña no surtió efecto. Por el contrario Roger, alertado, corrió hacia ella con la intención de coger algún perdigón, lo que dio ocasión a la Naturaleza para mostrar su sabiduría. La perdiz, con una habilidad desconocida por el chico - y por qué no, también por los padres -, supo atraer la atención del presunto cazador mientras facilitaba la huida de sus polluelos por entre la microselva del trigal. En cuanto esto sucedió, también la perdiz huyó y desapareció.

El sol, ajeno a lo que ocurría, alumbraba generosamente, dando a la tierra una luminosidad propia y distinta de la que a duras penas se daban cuenta los caminantes, atentos como estaban a controlar a sus perdigones con faldas.

Roger había estado en la montaña, en la nieve, había aprendido a contemplar el cielo y a admirar la belleza de la Naturaleza, pero ni ésta luz, ni éste cielo los había visto en sus por otra parte extraordinarias excursiones en el Pirineo, en Montserrat y en el Montseny, lo que le forzó a comentar:
Papá, ¿verdad que aquí es más claro el cielo?
¿Por qué dices eso?
Porque es más claro. Por la noche se ven más estrellas y por el día hay más luz.
Será porque toda esta zona es más llana que Navarcles. Pero también sabes que allí se ven más estrellas que en Barcelona, ¿no?.
Sí, pero aquí hay más – insistió el niño -.

No sabía por qué, pero era así, y su padre no se enteraba… Estaba atontado con las niñas, que eran unas pesadas que lo único que querían era acaparar a sus padres para ellas…

Se puso de morros un momento, que pasó rápido, sobre todo porque, tras un pequeño collado, tomada la vuelta a una pequeña loma, en una amplia zona, descubrieron hasta cinco molinos de viento.

Los turistas quedaron nuevamente prendados al contemplar el espectáculo, y el niño, no tuvo ningún reparo en manifestar que todo lo que estaba descubriendo le llenaba de gozo.

Ya falta poco – dijo D. Vicente, que a pesar de sus años y el trajín de las niñas imprimía un buen ritmo a la marcha -.
Sí que tiene buenas piernas –dijo el joven y agotado padre-
Si quieres paramos un rato.
No, no. Sigamos, que cuanto antes lleguemos antes descansaremos de este ajetreo. Lo que me extraña es que usted, a sus años, lleve la marcha que lleva caminando, y su señora lo mismo.
El anciano le dijo que aquel trayecto no era nada para lo que tenía acostumbradas a sus piernas. Le dijo que en el término era propietario de varios pedazos de terreno, y que tenía la costumbre de recorrérselos todos a pie con frecuencia. Y apostilló:

Como aquel que dice, me destetaron caminando, y casi casi me iré por mi propio pie al Cementerio.
¡Qué cosas tiene!

El chaval iba escuchando estas razones sin perder detalle de la rica sobriedad que le envolvía, y no abría la boca; sólo observaba.

Dª Antonia, que iba rezagada, en ocasiones hablando y en otras ocasiones intentando hablar con la madre de los niños, explicándole cómo debían cocinarse unas buenas gachas de matazón, un buen morteruelo, unas buenas migas y otras deliciosas comidas propias de la zona, alcanzó a Roger y le dijo:

¿No te gusta esto?
Sí, sí me gusta
¡Cómo no dices nada!

El chico no supo qué contestar y continuó su camino.

Finalmente, y contra todo pronóstico, llegaron al molino, y D. Vicente abrió la puerta con una llave que a Roger le pareció enorme, y que las niñas querían usar, sin fuerzas casi para levantarla.

Con esta llave - comentó D. Vicente al chiquillo -, no hay peligro que te lleve el viento, aunque sople fuerte.

Hacía rato que el sol calentaba con las ganas que acostumbra en estas tierras, por lo que los caminantes entraron en el molino agradeciendo el frescor del lugar y más, si cabe, el frescor del agua contenida en un rústico botijo.

Todos bebieron del recipiente, demostrando, casi todos (no diremos quién faltó para la totalidad para no ser tratados de machistas), un arte innato en el uso del mismo.

El gusto mostrado por los propietarios en la conservación de la venta tenía su prolongación en el molino de su propiedad. Una pulcritud impensable reinaba en el lugar, y en vez de sacos, trigo, harina y salvado, existía un confortable cuarto de estar, relativamente amplio y acomodado para poder residir en él.

Venid y veréis cómo funciona ésta máquina.
¿Funciona? – preguntó la invitada-
Naturalmente, le respondieron. Sólo que para evitar molestias y accidentes hemos dejado independientes el émbolo que mueve las aspas, del resto de la maquinaria, y así, estando además engrasado, no hace ruido, y queda conservada toda la estructura del molino, y todo el sistema de muelas, impecable, a punto para ser utilizado.

Tras una rápida visita al interior, los tres hombres salieron al campo, mientras las cuatro mujeres quedaban en el interior, unas calmándose y las otras dándole a la sin-hueso.

El anciano les explicó que antes, en la zona había más molinos de viento, pero con el tiempo fueron abandonándose y perdiéndose. Hoy están ruinosos o sencillamente no están.

Cuentan –explicaba a los turistas- que por aquí anduvo Don Quijote de la Mancha, peleando contra estos molinos. ¿Quién sabe si contra el mío?

Inmediatamente fueron llamados para tomar un sabroso y fresquito gazpacho manchego.

Venga - dijo Dª Antonia -, que ahí se os va a secar el cerebro, con tanto sol.

Roger, que llevaba el día tonto con el paisaje, se quedó fuera, observando, y es que intuía algún mensaje, sin llegar a determinar qué decía ni quién lo enviaba.

Mientras, dentro estaba la mesa atestada de buenos manjares de fiambre, ordenados alrededor de una nutrida fuente de ensalada y una jarra de buen vino.

Cuando todo estuvo dispuesto se sentaron los comensales a la mesa, dando buena cuenta de lo que en ella había, y constatando que existen manjares insospechados.









CAPÍTULO VII


El sol continuaba castigando. Tras el regocijo de los huéspedes ante la mesa y tras la amena charla subsiguiente, apeteció a los mayores echar una partida de cartas, y así lo dispusieron, tras conseguir, de manera milagrosa, que las dos niñas quedasen dormidas.

Mientras, Roger subió cerca del émbolo del molino, y junto a un ventanote por el que entraba un chorro de luz continuó con la lectura de Don Quijote.

Iban a dar las seis cuando los jugadores dejaron para mejor ocasión la partida, procediendo las mujeres a adecentar el aposento.

Entonces hubo un hombre que se acordó que tenía un hijo; se preguntó dónde estaría, subió las escaleras buscándolo, y se extrañó sobre manera al encontrarlo leyendo. Por tal motivo le echó una bronca, porque no era lógico, le dijo, que debiendo cuidar los libros como habían quedado que debían cuidarse, hubiese cogido ese ejemplar, particularmente merecedor de cuidado, y lo hubiese acarreado hasta allí, con el consiguiente peligro de deterioro.

El niño no supo qué decir más que como suponía que iba a tener tiempo, se había llevado la lectura consigo sin caer en la cuenta de lo que podía suceder.

Por su parte el hombre con el ánimo de no complicar más las cosas por una cuestión tan sencilla dijo:

Bueno, ya está, pero recuerda lo que hablamos cuando dijiste de leer esta obra. Por lo demás, ¿qué?, ¿cómo te va la lectura?.
Bien… Lo malo es que tengo un montón de palabras que no conozco, y como no me he traído el diccionario.. Pero he leído bastante. Mira, he llegado hasta aquí. (le señaló la mitad de una página). Déjame que acabe el capítulo, a ver qué pasa con el vizcaíno.

Mientras el niño leía, el padre escudriñaba por entre el engranaje y a través del ventanote. El sol castigaba la llanura.

Ya he terminado –dijo de pronto el chico-.

El hombre, dejando de contemplar el resplandeciente terreno, se sentó junto a su niño, decidido a charlar un rato con él y sobre lo que había leído aquella tarde.

El chico explicó que había leído lo comprendido desde que habían dejado a Don Quijote tirado en el suelo hasta que se peleó con el vizcaíno.

Le contó que cuando le dieron la paliza los mercaderes y se quedó en el suelo sin poder moverse, tuvo la suerte que al rato pasó por allí un labrador de su pueblo que lo recogió y lo llevó a su casa.
El pobre Don Quijote iba muy mal. Iba diciendo cosas muy raras, que si él era no sé quién y el labrador no sé cuantos. Entonces el labrador le dijo que él no era quién decía, sino Alonso Quijana, y no sé que más. Entonces Don Quijote le dijo: ¡Yo sé quién soy!.
Luego, el labrador lo dejó en su casa. Su ama y su sobrina querían que el cura echase agua bendita donde tenía los libros, para acabar con los malos espíritus…

El hombre le dijo a todo eso que no parecía otra cosa sino que la tía y la sobrina eran unas supersticiosas que pretendían acabar con los malos espíritus quemando libros. Ciertamente, dijo el padre al hijo, existen libros nocivos que sólo deben ser leídos cuando hay capacidad suficiente de entenderlos y que no ejerzan influencia negativa sobre la persona, pero me parece que no es el caso, porque parece que Don Quijote es una persona formada que pierde el norte cuando ve una injusticia, y lo único que pretende es arreglarla. Me parece que la gente se ríe, desde su estupidez, de los grandes generosos.

Sí, papá, pero es que hace cosas muy raras…
Procura separar la paja del grano. Recuerda que la obra, al fin y al cabo, contiene literatura. Recuerda que D. Miguel de Cervantes la escribió con la enfermiza intención de burlarse del genial caballero. Entonces, claro, procura ponerlo en ridículo y presentarlo como loco, pero el brillo de la pureza y de la grandeza de espíritu hace que podamos quitar toda la suciedad que el autor vierte sobre el protagonista.

El hombre explicó que todos los libros que Cervantes relata, y más, puede haberlos leído Don Quijote, pero seguro que lo habrá hecho de manera inteligente. Date cuenta cómo nombran algunas obras importantes. Eso quiere decir que D. Quijote, a la hora de elegir, tenía capacidad para elegir bien.

Y el hecho de que le quemen todos los libros, supuestamente para defender a Don Quijote de la influencia de su lectura, no es sino un acto caciquil de quienes, por decisión popular de los más ineptos, se abrogan la capacidad de decidir sobre el bien y sobre el mal, pretendiendo dirigir a los demás, cuando en realidad son incapaces de dirigirse a sí mismos. Esos son los que dependiendo de lo que dice la mayoría deciden lo que es justo o injusto; lo verdadero o lo falso; si Dios existe o es una entelequia. Mucho me temo que Don Quijote había entendido la lectura mucho mejor que ellos. Pero…sigue contando lo que has leído.
Pues eso, que después de la quema de libros, tapiaron la habitación y le dijeron que se la había llevado un encantador. Entonces Don Quijote contrató a Sancho Panza y le prometió un reino. Salieron al campo y se encontraron muchos molinos.
Debían estar por aquí.
Sí, eso. Bueno, pues D. Quijote dijo que eran gigantes y los atacó con la lanza… ¡y menuda torta se dio!. Luego Sancho Panza le recordó que él le había avisado que no eran gigantes, sino molinos.

Nuevamente intervino el hombre preguntando sobre la naturaleza de lo que había atacado Don Quijote, a lo que el niño respondió que se trataba, sin lugar a dudas, de molinos de viento iguales al que estaban habitando en ese momento.
El hombre le respondió:

No eran molinos, sino gigantes. Los molinos que acomete D. Quijote no son como éste en que nos encontramos, aunque los simples, como Sancho Panza, lo crean así. Don Quijote acomete contra la injusticia, la calumnia, la mentira, la traición…
Y por cierto, ¿te das cuenta cómo después de la terrible y lamentable batalla no se queja tan siquiera un poco por los golpes recibidos?
Sí, y por lo que dice la obra fue muy fuerte el golpe.
Es que las lamentaciones no acarrean nada bueno. Tan solo rencores y malos pensamientos. Asuntos que no pueden tener cabida en un alma generosa como la de Don Quijote. ¿Qué ha recibido un gran golpe?. Ya se le pasará. ¿Qué se ha caído?. Ya se levantará. Yo recuerdo una canción que cantaba cuando tenía tu edad que decía algo así como: Guarda tus penas en el fondo del morral y ríe ya. Ponte contento y así vencerás la dificultad. Siempre estarás alegre, nunca triste estarás. Si la nieve no te deja andar, no hay que desesperar, jamás… Seguro que estaba inspirada por un espíritu como el de nuestro caballero, porque en definitiva viene a decir lo mismo.

Estaban enfrascados en tan interesante charla cuando fueron interrumpidos por Don Vicente, que se había vuelto de dar un largo paseo por las inmediaciones.

Ahora es un estupendo momento para volver al pueblo. Ya sin calor da gusto caminar por el campo. Las mujeres ya han terminado con sus asuntos y las niñas acaban de despertar de la siesta, así es que si os parece podemos marcharnos.

Ciertamente, el Sol entraba en el ocaso, y sin faltar luminosidad comenzaba a estarse a gusto al aire libre.

Las mujeres estaban dando de merendar a las niñas, y todos estaban ya preparados para la vuelta, que iniciaron de inmediato.

El chico ya estaba nervioso porque veía que se la pasaba el tiempo y no podía llegar donde había quedado con los amigos, así que se puso un poco pesado hasta que consiguió que su padre lo acompañase. Acabaron saliendo a la carrera porque se acercaba demasiado la hora convenida, y no quería llegar tarde. Cuando llegaron a un collado desde el que se veía el pueblo, dijo Roger a su padre que ya no hacía falta que lo acompañase, y prácticamente le exigió que no lo hiciese.

El hombre se quedó solo mientras el chiquillo corría hacia el pueblo y mientras sus compañeros de excursión llegaban al lugar a paso de caravana del desierto.

Libertad es la palabra que mejor define la situación del muchacho, y esa libertad que justifica su existencia; la libertad que se ejerce para sentirse uno con los demás; la libertad que se ejerce para sentirse miembro activo de la sociedad. No la libertad de hacer lo que a uno le da la gana, sino la libertad que consiste en hacer, alegre y voluntariamente, la obligación que cada cual tiene dentro de la sociedad; obligación que en ocasiones es marcada por un superior, pero que de una manera más continuada es determinada por la propia inteligencia del sujeto.

Los niños se encontraron y urdieron algún entretenimiento –cumplieron fielmente con su obligación-, mientras los mayores y las pequeñas, nuevamente reunidos, continuaron con su plática hasta que la prudencia les indujo a despedirse.

Irremediablemente transcurrieron las horas, y nuevamente se encontró la familia reunida en casa.

Una vez en la cama, recordó el niño la escena de los molinos de viento, lo que le sirvió como de somnífero, porque al instante, y como consecuencia de la ajetreada jornada, quedó dormido.

Pero como ya venía siendo habitual, puntual a la cita, apareció Don Quijote en el balcón.

Como la noche anterior, Clavileño estaba preparado para realizar una nueva singladura.

Llegado el momento esperado sin ansiedad, como la sola presencia de su héroe le había enseñado que hay que esperar las cosas más deseadas, mostró su alegría sin dar prisas para salir volando. Y es que había algo que le interesaba mucho más que la propia acción: imbuirse en los pensamientos del que sin duda ya era su maestro; deseando entenderle y deseando que le fuesen explicadas las cuestiones que, a pesar de todos los esfuerzos no podía llegar a entender. En este caso, como Sancho, se limitaba a tener fe ciega, convencido que así no se equivocaría.
Don Quijote se interesó por si el chaval quería volver a dar un paseo como el del día anterior, a lo que Roger respondió afirmativamente, entusiasmado con la idea de volver a detener delincuentes y ponerlos a buen recaudo.

Pero el hidalgo le manifestó que un caballero andante no debe limitar su actuación, y menos circunscribirla a la pura acción. Si hay que actuar, se actúa, pero si hay que formarse, que es lo más común, se forma uno. Así de sencillo. Además, debes saber que un caballero andante no puede predeterminar qué va a hacer; un caballero andante sale a la aventura sin saber qué se va a encontrar, y sobre la marcha decide, pero para poder decidir primero debe estar profundamente formado, ya que una actuación sin formación es garantía de un error seguro.

Armados con una sólida formación- dijo el caballero- iremos por la vida, y lo que veamos mal, lo solucionaremos… o pereceremos en el intento. Pero debemos combinar formación y acción; la una sin la otra es actividad de cobardes, y la otra de estúpidos.

Mientras decía esta última sentencia se encaminaron los dos al cuadrúpedo volador.

Se levantaron por el aire, y a poco de llegar a una ciudad encontraron un grupo con unos movimientos raros en la calle. Dijo Don Quijote:

Mira, la aventura se nos presenta de nuevo en nuestro camino. ¿Ves allá abajo cómo diez o doce gamberros de están haciendo los dueños de la calle?

Roger, que recordaba lo que había leído por la tarde, y en ocasiones tenía más fe en Cervantes que en Don Quijote, preguntó dubitativo, falto de fe:

¿Seguro que son gamberros?

Esta pregunta molestó al caballero, que llegó a pensar si se había equivocado de acólito:

¿Cómo es posible que dudes?. Te digo que son gamberros. ¿A quién llevo en la grupa, ¿a Roger o a Sancho?.
A Roger –contestó el chiquillo- Vamos a por ellos. ¿Me vas a dejar conducir a Clavileño en esta ocasión?
Aunque me ha molestado sobre manera tu duda, al final has demostrado sentido común, que como sabes es el menos común de los sentidos, y como ayer lo hiciste tan bien, son todos tuyos. Puedes hacer con ellos lo que te plazca.

El nuevo caballero vio un botón que ponía “golpeador”, y preguntó qué era, a lo que el caballero le dijo que lo apretase, y lo vería.

Apretó con fuerza, y al instante se descolgó de la panza del caballo un artilugio extrañísimo: Era circular, de un diámetro similar al de las ruedas trasera de un potente tractor, de unos diez centímetros de grosor, del que pendían unas potentes porras.

Al girar el botón del golpeador, éste se puso en movimiento, repartiendo golpes a diestra y siniestra, balanceándose en todos los sentidos, dependiendo de la dirección que se le daba desde el mando.

Comprobado el funcionamiento, pusieron rumbo a los delincuentes, en una maniobra en la que el chico demostró que era un alumno aventajado, tanto en el manejo del caballo volador como en aplicar el correctivo merecido a los sinvergüenzas.

Los gamberros no sabían de dónde les venían los golpes; ellos, que tenían acobardada a la población; ellos que gozaban de la inmunidad que les conceden las leyes injustas, hechas para defender al delincuente de las acciones de las víctimas, salían corriendo despavoridos ante el ataque sin precedentes que recibían por parte de los dos caballeros andantes-volantes.

Algunas personas que contemplaron la batalla, aplaudieron emocionados a aquellos dos valientes que no esperaban ser recompensados, mientras que desde los estamentos oficiales, alertados del ataque, enviaban fuerzas del orden para detener a los agresores voladores.

Antes de que llegasen al lugar, ya se habían marchado los héroes, no sin quejas por parte de Roger, que quería pararse para hablar con la gente que les aclamaba.

No paramos porque no nos comprenderán –aclaró Don Quijote-.
Pero yo he visto cómo bastantes personas nos aplaudían y nos decían que nos quedásemos… (protestó el niño).
Los malandrines los dominan. Hemos hecho lo que debíamos y nos vamos. Créeme, si nos quedamos aún dirán que hemos provocado a pacíficos ciudadanos.
¿Y por qué no hemos dado más golpes con “golpeador”?
Porque hay que buscar la ponderación y la ejemplaridad, y esos chicos son unos pobres mentecatos que por el camino que llevan van a acabar muy mal, si bien es posible que alguno de ellos, tras el disgusto de ésta noche se piense mejor lo que va a hacer de aquí en adelante, y tal vez se regenere.
CAPÍTULO VIII


Ya había entrado la mañana bien a su gusto cuando despertó el rey de la casa. Le habían dejado dormir tanto como quisiera, a ver si se recuperaba del ajetreo que llevaba desde ya hacía tres días; tres días sumamente intensos en lo que conocían en su casa, claro: un largo viaje, excursiones, caminatas, y lo que podía hacer con los nuevos amigos del pueblo...

Cuando finalmente se decidió a sacudirse las sábanas, encontró a sus padres con un plano de carreteras en las manos, y es que su padre no cejaba en sus pretensiones. Quería empaparse de historia a toda costa, y conforme pasaban los días encontraba a su mujer más dispuesta a escucharle.

Pero vio que todavía no había llegado la ocasión para concretar algo en condiciones, así que la propuesta se limitó a algo más asequible. Planteó marchar a comer y a hacer una pequeña excursión por los alrededores, a un bosque de encinas que estaba en el término. Supo dibujar tal espectáculo, que todos se animaron y en un pis-pas prepararon la merienda y la embutieron en la mochila.

Lógicamente antes de la marcha hubo que efectuar unas compras mínimas, entre las que, aparte del pan, y habiendo aprendido del día anterior, incluyeron unos hermosos sombreros de paja.

Tras un mediano paseo llegaron al encinar, donde se adivinaba la existencia de deliciosos lugares donde poder sestear, comer y jugar con los niños.

Estuvieron caminando cerca de dos horas por entre encinas, tomillo y romero, y afortunadamente las gemelas se comportaron estupendamente, reclamando brazos, eso sí, de cuando en cuando.

Cuando dieron con una fuente de agua cristalina que brotaba de un mediano y fresco roquedal.

Era el sitio ideal, y allí convinieron descansar, por ser lugar idóneo para guarecerse del sol de mediodía y de media tarde.

Entre los árboles instalaron unas hamacas de montañero, donde sin pedir permiso se acomodó el cómodo padre, mientras la madre y los niños se fueron a inspeccionar los alrededores. Las niñas estaban particularmente curiosas, y no parecía que tuviesen intención de quedarse quietas en la umbría donde habían asentado los reales.

Siguiendo un minúsculo sendero se encaramaron a la parte superior del roquedal, desde contemplaron el paisaje, descubriendo algún que otro animal, como conejos y dos espectaculares águilas que surcaban los aires con majestuosos movimientos, presumiblemente en busca de presas que poder servir a sus polluelos.

Al poco se les unió también el hombre, que de carácter inquieto se encontraba más a gusto trotando por ahí con el resto de la familia que tumbado a la sombra (bueno, al menos en aquel momento).

Contemplaban y escudriñaban a ver si encontraban algún animal del bosque, pero aparte de otro conejo y las águilas mencionadas, no veían nada más que les llamase la atención, salvo el canto de jilgueros que ponían melodía a aquella tranquilidad.

De pronto dijo el hombre:

Mirad, por aquí ha pasado algún ganado.

El chico se extrañó de la sabiduría de su padre:

¿Y cómo lo sabes?, -preguntó-.
Porque miro el suelo.

Efectivamente, el suelo estaba lleno de excrementos, y de pisadas de oveja.

Seguramente tienen cerca algún abrevadero, y como los alrededores del encinar son tierras de labranza, en poco espacio de terreno tienen todo lo que necesitan para vivir. ¡Y vosotros, qué!, ¿no tenéis hambre?

De pronto, a todos les entró el apetito, y a las niñas, además, sed. El hombre, entre llamadas de precaución de la madre, cogió a las dos niñas, y cargándolas como una acémila bajó hasta el hato trotando y entre las risas de las pequeñas, seguidos de cerca por el chico, que no cesaba de hostigarlas con pinchazos allí donde la espalda pierde su honesto nombre.

Entre pinchazos, protestas, risas y trotes llegaron a la impedimenta, donde comenzaron a preparar el condumio sobre un mantel que extendieron en el suelo.

Los excelentes productos de la tierra (queso, jamón, lomo), con poco aderezo añadido, y una ensalada preparada a la hora de salir de casa hicieron las delicias de los excursionistas.

Tras recoger los desperdicios de forma que nadie pudiese decir que alguien había acampado en el lugar, se tumbaron en las hamacas.

Pero el chaval había dormido hasta muy tarde y no tenía ganas de echar la siesta, así que estuvo paseando un poco por el encinar, intentando ver algo que no había visto hasta entonces, hasta que decidió volver a la lectura.
Había vuelto a cargar con el libro sin que su padre se hubiese enterado. Sabía, el día anterior se lo había dicho, que no quería que cargase con ese libro fuera de la biblioteca, por varios motivos; uno, que no era suyo, y otro, que se trataba de un ejemplar que había que cuidar especialmente, pero le había cogido el gusto a la lectura, y eso bien valía una bronca, aunque su padre cuando se ponía, tenía muy mal genio...

Sin pensárselo más (si se lo piensa guarda el libro), comenzó a leer, y es que, a la sombra de tan delicioso lugar, descansado como estaba, comenzó a picarle la curiosidad. Deseaba saber qué había ocurrido tras la pelea con el vizcaíno, que tuvo lugar tras la batalla campal con los gigantes que a ojos de Sancho Panza y de Cervantes aparecían como molinos de viento.

Había transcurrido un buen trozo de la tarde cuando apareció en el lugar un perro que se dirigió a la fuente a beber agua. Al poco rato, un hombre cargado con un gran morral y portando una hermosa garrota, saludó:

Buenas tardes.

Respondió el niño al tiempo que los demás despertaban de la siesta.

Se trataba de un pastor que, según informó tenía el ganado un poco más abajo, guardado por un ayudante, y sobre todo, dijo, por tres perros que valen como otros tres hombres. Pero ustedes no son de por aquí, inquirió.

Estuvieron charlando un poco, y le pidieron permiso para ir a ver el ganado, a lo que el pastor pensó para sus adentros que ésta gente de ciudad es muy rara, y se mostró complaciente con lo solicitado.

Mientras el pastor bebía agua, recogieron lo que quedaba desperdigado del hato, y partieron donde abrevaba el ganado. Era una charca que recogía el agua del manantial a una mediana distancia.

Varios cientos de ovejas se apiñaban buscando un hueco donde poner el hocico, mientras los perros, ya saciados, vigilaban la retaguardia del rebaño, evitando que alguna de sus custodias decidiera tomarse libertades que no le correspondían.

Se trataba de todo un espectáculo para los ojos, no solo de Roger y las niñas, que los abrían como platos, sino para sus perplejos padres, que jamás habían visto tan de cerca un rebaño. Y dentro de la admiración destacaba la actitud de las ovejas para con los corderos; era curioso ver cómo cada madre conocía a su corderillo, y no dejaba mamar a otros que, o se equivocaban o merodeaban a ver qué podían chupar.

Tras un rato en compañía del pastor y del rebaño, se marcharon al pueblo. Roger cayó en la cuenta que el traslado del libro había pasado desapercibido, de lo que quedó no poco contento.

De camino comentaron la experiencia con las ovejas, de la que las niñas estaban encantadas. Se habían quedado prendadas con los corderillos, y en particular de la manera que tenían de mover el rabo mientras estaban mamando. Eso fue lo que más les llamó la atención, sin menoscabo de todo lo demás.
Al respecto comentó el chico:

Hay que ver lo bonicos que son los corderillos y lo tontas que son las ovejas, todo el tiempo diciendo “baaa” “baaa” “baaa”
Si –interrumpió Claudia- y los corderillos dicen “beee” “beee” “beee”

Sin caer en ninguna otra cuenta, y ya a mitad de camino, la madre se interesó por las lecturas del chaval, a lo cual, sin soltar prenda, se puso colorado pensando que lo habían enganchado en renuncio.

Pero no era así. Se trataba de una pregunta directa por parte de su madre, que tenía noticia de las aficiones del chaval, naturalmente, pero no había intervenido en nada más.

Acabó comprendiendo que su trastada no había sido descubierta, y le contó a su madre todo lo que había leído, incluido lo de la tarde, diciendo cuando acabó de explicar la pelea con los molinos:

Entonces se peleó con el vizcaíno, y Sancho Panza le daba ánimos, creyendo que de allí sacaría alguna ínsula al frente de la cual lo pondría a él como gobernador.

La mujer, que también conocía bien la obra le dijo:

¿Y no es ahí donde Sancho fuerza a Don Quijote a salir huyendo por miedo a la Santa Hermandad?
Sí –respondió Roger -, pero, ¿qué es eso de la Santa Hermandad?

La mujer le explicó que la Santa Hermandad era una especie de policía parecida a la Guardia Civil, que se encargaba de imponer el orden fuera de las ciudades. Era una institución muy respetada, creada por los Reyes Católicos, y encargada principalmente de perseguir bandoleros.

El caso –continuó el chaval-, es que el vizcaíno le cortó media oreja a Don Quijote, que se lamentaba de sus dolores, pero más que por los dolores, por no tener un bálsamo que no sé cómo se llamaba.
Sí, el bálsamo de Fierabrás.
Eso, sí, el bálsamo de Fierabrás, que era maravilloso y curaba todos los males. Algo así como los polvos de la Madre Celestina que tú me dices. Entonces Sancho le anima a que lo haga, pensando más que en el bien de su señor en que si era tan prodigioso como decía, podría hacerse rico poniéndolo a la venta.
Nada, que Sancho sólo piensa en sacar provecho.
Sí, pero Don Quijote no le hace caso. Luego Sancho pide permiso a Don Quijote para comer, pero no le ofrece porque dice que lo que lleva es de poca calidad, aunque Don Quijote dice que da igual, que un caballero come de lo que haya.
Qué egoísta es Sancho.
Sí, pero tienen suerte, porque se encuentran con unos cabreros que les invitan a cenar, y Sancho se queda de pie para servir el vino a Don Quijote, que le agradece el gesto y le dice que se siente a su lado.
Y qué poco agradecido es Sancho, ¿verdad?
¿Por qué?
Pues porque en vez de sentirse agradecido con su señor por el trato que le da de igual a igual, le dice que él prefiere disfrutar solo de los placeres de la comida antes que gozar en la mesa siendo acompañado de quién le pudiera enseñar. Y eso, me parece a mí que es de huraño, egoísta y desagradecido.
A mí tampoco me gusta lo que le contesta a Don Quijote, que después de comer habla con los cabreros y les cuenta algo de los principios de los tiempos, de la no existencia de la propiedad y de lo bueno que eso podía ser. También les contó lo importante que era la caballería andante, y los servicios que prestaba a la Humanidad. Luego les hablo de Dulcinea, mientras Sancho Panza decía a todo que sí, y eso que no conocía a Dulcinea.

Convinieron que, decididamente Sancho Panza no sabía lo que se pescaba, porque unas veces se creía a pie juntillas todo lo que le contaba su señor, y otras no lo creía, pero lo seguía siempre.

A eso le comentó su madre que la vida era así para casi todas las cosas. La gente hace cosas un día y otro, sin saber exactamente por qué, y en muchas ocasiones cosas malas, o al menos no buenas, y también sin saber exactamente por qué, algún día hace un acto de heroísmo, para volver a su vida terriblemente vulgar el día siguiente. Eso, -le aseveró- lo irás viendo a lo largo de la vida. Y si no lo ves, malo; en ese caso es que te encuentras en el montón de la vulgaridad más absoluta, porque cuando no te encuentras en ese montón, en más o en menos ocasiones acabas viendo la de burradas que vas haciendo, y al menos te planteas dejar de hacerlas. Los del montón es que ni se lo pueden plantear, porque no se dan cuenta de su situación.

El niño no entendió muy exactamente lo que su madre le estaba diciendo, y continuó su relato sobre lo que había leído. Comentó que entonces aparecen más pastores y hablan sobre una pastora que enamora a todos, y de un pastor que se ha muerto. Todos dicen que ha muerto por culpa suya, y solo sale a defenderla Don Quijote, que dice a todos que ella no ha hecho nada malo, que si el otro se ha muerto no ha sido por su culpa, que no le ha hecho nada, y consigue que todos la dejen en paz.

Con tan larga conversación, y como el hombre había cargado con la mochila y las dos gemelas, llegaron al pueblo sin mas novedad. Pero a Roger no le dejaron entrar en casa, porque antes de llegar lo encontraron sus amigos que le ofrecieron ir a jugar al barranco. Al escuchar esto la mujer se alarmó:

¿Cómo que al barranco? . Y antes, ¿cómo os llamáis?

Se presentaron Fernando, Miguel y Gabriel, e informaron que el tal barranco era pequeño, y habían construido una casa.

Roger entregó su mochila a su madre, con un ruego:

- Deja el libro en su sitio, y no le digas a papá que me lo he llevado.

No se sabe exactamente si el motivo fue que no era hondo, o que tenían una casa, o que el ruego de su hijo la dejaba despistada, o qué, la cuestión es que la protectora madre quedó conforme y les dejó marchar. La verdad era que habían construido una chabola, y hacia ella se dirigieron corriendo. Era su lugar de reunión.

Allí los niños imaginaban mil y una situaciones y contaban sus historias con mayor o menor adición de fantasía.

Esa tarde, Fernando había conseguido, nunca dijo donde, medio saco de yeso, y con unas bolsas propusieron desarrollar una tremenda batalla campal que acabó dejando el entorno con una semblanza que, si no fuera por el calor del momento, cualquiera pensaría que se encontraban en mitad de Enero... cuando en Enero nevaba, claro.

Cuando finalmente se acabó el yeso todos cayeron en la cuenta que, por si acaso, aquella noche convenía regresar a casa un poco antes de lo habitual, y así lo hicieron.

Lo que a los demás les sucedió en su casa nunca lo sabremos, pero Roger asomó la nariz en la cocina, donde encontraban sus padres, y subió corriendo al cuarto de baño, a darse una ducha como él solo no se la había dado nunca.

Cuando bajó a cenar, preocupados, le preguntaron si había sucedido algo, pero el niño estaba limpio como el jaspe, repeinado como lo repeinaba su abuela cuando lo cogía por banda, perfumado como una mujerzuela, y embutido en un impoluto pijama... Vamos, que el niño no había roto un plato en su vida.

Naturalmente la madre dedujo alguna trastada, y le sonsacó “casi” todo.

¡Ay! ¡Ay!, ¡cómo habrá dejado la ropa y el cuarto de baño! –exclamó-










CAPÍTULO IX

Las estrellas se enseñoreaban del cielo, cada mochuelo estaba en su respectivo olivo, y Roger hizo mutis por el foro y callandito se marchó a su cuarto.

Cuando se produjo la visita que ya daba por sentada, Espetó el chico:

Me tienes intrigado por las cosas que cuenta Cervantes de ti; hay cosas que no entiendo, y hay cosas que creo que las dice algún enemigo tuyo y que, naturalmente, son mentira. Otras las entiendo a medias y quién no las entiende es quién se ríe de ellas; otras...
Bueno, bueno. Ya está bien. Menudo filósofo estás saliendo. Y yo sin saberlo.
Yo, es que... bueno, hay cosas que no entiendo.
Te comprendo. Lo malo es que mucha gente mayor no hace el ejercicio mental que tú estás haciendo. Tranquilo, Roger, tranquilo. Yo sólo quiero enseñarte la vida... y ¿por qué no?, jugar contigo.

El niño se ilusionó con la idea de jugar, pero de pronto cayó en la cuenta que era de noche, y creyó que Don Quijote le estaba tomando el pelo. Así se lo dijo.

Pero Don Quijote le reprochó su falta de fe. Acto seguido montaron sobre Clavileño, y volaron lejos, con lo que el chico aprendió una nueva posibilidad del caballo mágico.
Se elevó mucho sobre la tierra. Si de noche hacía fresquito, allí arriba hacía francamente frío, por lo que Don Quijote le prestó una manta. Luego, disponiendo rumbo hacia poniente, se trasladaron en un abrir y cerrar de ojos a una isla paradisíaca, con hermosas playas y clima agradable.

Una vez allí preguntó el hidalgo si le gustaba el sitio para jugar, a lo que el niño respondió afirmativamente. Luego sacando un caramelo que llevaba en el bolsillo le dijo al caballero:

Mira, he traído un caramelo. ¿Quieres un poco?. No es muy bueno. Si no quieres ya me lo comeré yo solo.

Sucedía algo similar a lo acontecido con Sancho Panza, y el maestro aprovechó la ocasión para dar la misma lección a su acólito diciendo:

Mendrugos de pan, manjares de caballero; lo que más agrada a los caballeros es lo que se hace de corazón.

El chico recordó al momento lo que había leído por la tarde, cuando Sancho Panza quería escatimar a su señor unos mendrugos de pan, aduciendo que no era comida digna de caballeros, y pidió perdón.

Don Quijote le quitó importancia y lo invitó a hacer algo allí, bajo el sol, mientras toda la gente que conocía estaba de noche.

Se pusieron a hacer un castillo en la arena, cuando de lejos escucharon un tumulto que poco a poco se fue acercando. Ante el hecho, el chico se alarmó y preguntó qué sería, a lo que el caballero respondió que parecía un grupo de niños, que por cierto venían al pelo para poder jugar.

Ni corto ni perezoso los llamó Roger.

Cuando llegaron, se presentaron, y al escuchar sus voces, Roger sintió una extraña sensación y preguntó:

¡Qué acento tan raro tenéis!. ¿De dónde sois?
Pues de aquí.

Como no sabía dónde se encontraba, lo preguntó, y le explicaron que en Puerto Rico.

Don Quijote intervino diciendo:

Somos compatriotas. Esto es Puerto Rico, y nosotros venimos de España. Tened en cuenta, que en América hay más hispánicos que en España, y que los pueblos hispánicos estén separados tiene más contrasentidos que razones, porque no nos une solo la lengua, que eso es lo de menos (tened en cuenta que en nuestra gran Patria coexisten muchas lenguas, como el quechua o el catalán; por cierto, tú hablas catalán, ¿verdad? Roger.
¡Claro!, soy catalán.
Pero es necesario que exista un idioma común. ¿No es de verdadera pena que las transacciones comerciales entre hispánicos de habla castellana e hispánicos de habla portuguesa se use como lengua el bárbaro, el inglés?. La lengua castellana, como la caballería, a todas las cosas iguala.

Ante este aserto, el niño recordó la máxima que recibiera Sancho Panza cuando, estando hablando Don Quijote con los cabreros, se quedase de pie para servirle: “Siéntate junto a mí, amigo Sancho, que la caballería todas las cosas iguala”, y contestó:

- Está muy bien eso de igualar las cosas, pero tú no eres como la mayoría de las personas

El caballero quedó pensativo unos instantes mientras la caterva de chiquillos, que desde que vieron lo que a algunos les había parecido una aparición no osaron armar bullicio, ni tan siquiera hablar, permanecía expectante esperando la respuesta.

Cierto –acabó diciendo el de la triste figura-, y no soy como los demás, no porque sea más (muchos consideran que soy menos), sino porque me empeño en ser mejor, y cuando todos nos empeñemos en ser mejores, será el momento en que deba dejar mi profesión de caballero andante.

Ante esta última afirmación, el mutismo de la chiquillería se deshizo inmediatamente en atropelladas preguntas:

¿Qué es caballero andante?
¿Y qué es eso?
¿Es como los caballeros de la Mesa Redonda?
¿Caballero andante?…¿Cómo Don Quijote?

Cuando acabó el murmullo de los comentarios y de las preguntas que cada uno de los niños allí presentes le hiciera y se hacían entre sí, habló el caballero.

Exactamente, y más exactamente como Don Quijote, porque Don Quijote soy yo.

Los niños quedaron nuevamente mudos al escuchar esta afirmación, y observaron de arriba abajo a quien tal cosa decía.

Sí, sí –añadió finalmente uno de los presentes-. Mi padre tiene en casa una figura de Don Quijote, y es como él.

Admirados por enésima vez, los presentes no sabían qué decir; se limitaban a escuchar; a escuchar el silencio, porque en ese momento no hablaba nadie… A escuchar sus corazones y a interpretar lo que éstos querían decir ante aquella figura por demás atractiva.

En medio de ese silencio rompió nuevamente a hablar Don Quijote:

Pero éste no es Rocinante –dijo, señalando a Clavileño -, como habéis podido comprobar… Ni éste Sancho Panza, ¿eh?

Roger sonrió vergonzosamente, agachando la cabeza como para no ser visto, mientras Don Quijote continuaba.

No. No es Sancho Panza. El alma de Roger, como las que intuyo en vosotros no es tan simple… ni tan mezquina como en ocasiones lo es la de Sancho Panza.
¿Pero Sancho Panza también está vivo? -preguntó otro-.
Sancho Panza, amigo mío, es una plaga; Sancho Panza está en todas partes. Seguro que tú conoces a Sancho Panza.
¡Claro! –intervino otro-. Tu tío Panchito, ¿no ves lo gordo que está? ¿A que es su tío Panchito? –interpeló a Don Quijote-.
Puede ser su tío Panchito, pero no depende de la gordura ser Sancho o no, como no depende de las pocas carnes ser calificado como Quijote. Depende, ante todo, de la grandeza de espíritu o de la pobreza de espíritu; de la capacidad de entrega a los demás o de la capacidad de saber escabullirse a la hora de arrimar el hombro y en su lugar buscar el propio beneficio.

Y así continuó durante un rato contando a toda aquella tribu de ingenuos qué significaba ser Sancho Panza y qué significaba ser caballero andante. Los niños escuchaban absortos, y comprendían la didáctica plática del idealista.

Fue entonces cuando Roger comenzó a interpretar lo que quería decir su maestro cuando contaba a aquellos caminantes la calidad y el linaje de su señora Dulcinea del Toboso. Por su mente pasaban las secuencias de los relatos de Don Quijote cuando decía: “Ha de ser princesa, pues reina es y señora mía; su belleza sobrehumana; su linaje… de los del Toboso de la Mancha…”

Y aquí comenzó también a entender sobre la gente simple representada en Sancho Panza que, incapaz de interpretar lo que su señor estaba diciendo, y conociéndolo desde siempre, daba por verdadera la literalidad de sus afirmaciones, cuando la verdad y la grandeza de lo que defiende Don Quijote está en el espíritu, y no es alcanzable para todos.

Tan relajados y tan distraídos habían quedado, que sin darse cuenta se les había echado la tarde encima, por lo que todos tuvieron el mismo pensamiento: volver de inmediato a casa.

¿Volveréis otro día? –preguntaron los puertorriqueños, apenados por la separación-
Ya veremos –respondió Don Quijote- si nuestras obligaciones como caballeros andantes nos traen nuevamente aquí.

Y los niños que habían salido horas antes con la intención de pasar un día de juego, volvieron pletóricos tras haber hecho un ejercicio de tanta importancia, o más, que el que en un principio iban a realizar.

Vámonos, que los caballeros solo están en los sitios el tiempo justo.



CAPÍTULO X


Me voy, que tenemos un partido ahora mismo – fue el saludo de la mañana -.

Al niño, con las prisas de la noche anterior, con el yeso, la ducha, y las pocas ganas que tenía de presentarse ante su madre con la pinta que llevaba, se le olvidó el tema del partido.

Finalmente, con casi media hora de retraso, allá a las once y media de la mañana, empezaba el partido en el que los equipos eran manifiestamente desiguales, muy a pesar del interés mostrado por los capitanes a la hora de elegir a sus jugadores, que lo hicieron más por la amistad que les unía que conforme a la habilidad balompédica de cada uno. Así, por una parte quedaron los amigos de cada día, Felipe, Fernando, Miguel, Gabriel, Carlos, Domingo, Regino y Roger, mientras el otro equipo estaba formado por niños algo mayores, tres de los cuales, como Roger, eran veraneantes y en Madrid jugaban en un equipo infantil.

La mayor fortaleza física, la mayor habilidad en el manejo del balón, la mayor edad de los jugadores, hicieron del partido un paseo triunfal de los contrarios, que propinaron al equipo local un abultadísimo resultado en contra.

Felipe, que desde el principio había mostrado interés por organizar el juego, dijo a sus compañeros, malhumorado, cuando les marcaron el décimo gol:

Yo me voy, no quiero seguir jugando. No ha venido Juan, que juega muy bien, y nos están toreando.
No te pongas así –dijo Roger -. A mí también me gusta ganar, pero debemos continuar el partido y divertirnos... y algún gol marcaremos. Otras veces le han marcado más goles a mi equipo y no ha pasado nada. Si perdemos ésta vez, otra ganaremos.

Con estas razones supo alentar al equipo, que tras unos momentos de incertidumbre, cuando los del equipo contrario se preguntaban entre risas prepotentes si continuaría el partido, decidieron vender cara su derrota.

Pasaba del medio día cuando ambos equipos decidieron dar por terminado el encuentro, poniendo como meta definitiva la obtención de un último gol.

Todos pusieron las últimas fuerzas que les quedaban, ya consumidas por la fatiga y por el sol.

En una jugada iniciada tras un chute a puerta del equipo contrario, Felipe, que jugaba de portero, pasó a Miguel; éste regateó a dos contrarios y pasó a Domingo, que estando acosado entregó a Roger, quién hábilmente regateó a un defensa, engañó al portero y marcó gol.

Era el tercero de su equipo, que había encajado... veintitrés.

Los del equipo contrario se burlaban del resultado tan abultado, y éstos decían que es que habían tenido mucha suerte.

Con éstos comentarios se separaron mientras el sol, tranquilamente, sin prisas, largaba sus rayos, sin piedad, sobre la llanura.

Una vez en casa, cobijado del amigo luminoso, encontró a sus padres en charla animada con D. Vicente y Dª Antonia, que habían decidido atender la invitación, y comer con los veraneantes una deliciosa escalibada y unas migas; vamos, algo así como un hermanamiento gastronómico entre el Bages y La Mancha.

¿Qué?, ¿has metido muchos goles? –preguntó Dª Antonia sin dejar de mover las migas que estaba terminando de preparar -.
No. Solo uno, pero he hecho varias jugadas de gol, y en dos ocasiones, casi casi meto la “pelo” en la “porte”.

Informó del resultado y los pormenores del partido a quienes tan interesados se mostraban por el mismo, hasta que le dijeron que fuese a ducharse, que faltaba poco para que estuviese lista la comida.

Como a los postres los mayores se ponían pesados con comentarios relativos a la actualidad política, el niño anunció que se iba a leer, pero acabó atendiendo la recomendación de su madre, que lo envió a dormir la siesta a una mecedora que había en la misma sala, en un rincón.

Como fuese que los mayores seguían enfrascados en las cuestiones de la política, y del parlamento, Roger acabó cogiendo las de Villadiego, a lo que Don Vicente comentó jocoso:

- Me parece que Roger tiene el buen gusto de aborrecer el parlamentarismo.

El niño no entendió la referencia y se encaminó a su sitio de lectura. Pero no se libró así como así de la presencia de los mayores, porque a poco se dirigieron a la biblioteca, y como estaban especialmente charlatanes, aunque dejaron su desagradable charla anterior, continuaron, pero metiendo en harina también al pacífico lector, que en ese momento estaba buscando en el diccionario una palabra.

¿Qué?, ¿cómo vas con la lectura?. Preguntó Don Vicente.
Acabo de leer el capítulo donde Don Quijote y Sancho se adentran en un bosque buscando a una chica a la que acusan de la muerte de un hombre, no porque lo haya matado ella, sino porque él la quería a ella, pero ella a él no, y por eso se murió, pero resulta que cuando estaban descansando, y por culpa de Rocinante, dan una tremenda paliza al caballero, al caballo y a Sancho Panza.
Ya. Si no me equivoco deben ser unos yangüeses que estaban con unas yeguas por allí, ¿no?
El chico se extrañó que conociera tan bien la obra Don Vicente, y éste le explicó que él admiraba a Don Quijote. Vamos, llegó a identificarse como quijotista. Frente a lo más común, que es admirar a Cervantes por la obra, y sin desmerecer al literato –dijo- yo me quedo con la generosidad del protagonista, que lejos de estar loco, es un visionario.

¿Y de Sancho?, ¿qué opinas? –preguntó el hombre-
Pues creo que es un interesado, porque ahora mismo acabo de leer que después de haber recibido la paliza dijo a Don Quijote que de ahí en adelante no pensaba defender nada, y sin embargo le pidió el bálsamo de no sé qué.
De Fierabrás.
Eso, pero Don Quijote le dice que si sigue pensando así no le dará el gobierno de ninguna ínsula, porque será mal gobernante, y también le dice que otras personas han estado en peores circunstancias, y sin embargo han salido a flote.

Don Vicente, firme aliado de Don Quijote, asintió a lo que oía, y aprovechó para explicar a Roger que los conquistadores de América, que en general desarrollaron hechos ejemplares, pasaron mil y una calamidades. Piensa en Colón – dijo – que contra todo criterio se adentró en el mar y descubrió América.

Sí, y a demás dice Don Quijote que no hay dolor que la muerte no consuma.
Gran verdad... ¿Y qué más has leído?
Nada. He llegado hasta aquí. Ahora Sancho lleva a travesado a su señor en el burro y encuentran una venta-castillo.
¿Cómo?
Sí, Sancho dice que es una venta, y Don Quijote dice que es un castillo.
Y tú, ¿qué dices que es?
Seguro que una venta, pero seguro que Don Quijote tiene sus motivos para decir que es un castillo.
O el autor los suyos para poner en el pensamiento del caballero tal afirmación, ¿no te parece?
Sí. Además, yo he tenido aventuras con Don Quijote, y sé que se equivoca pocas veces.
¿Cómo que has tenido aventuras con Don Quijote? – intervino su padre-
Sí, nos vamos por ahí, montados en Clavileño, buscando aventuras. El otro día detuvimos a una banda de traficantes de droga y los llevamos a la cárcel; anteanoche dimos una tremenda paliza a unos gamberros que se estaban metiendo con la gente, y anoche estuvimos en Puerto Rico, con unos chicos que tenían un acento muy simpático, y siempre nos ocurren cosas parecidas a las que he leído por la tarde.

Los dos hombres prefirieron callar, aunque las preguntas se les amontonaban en la cabeza, y la preocupación por lo que acababan de oír, alternativamente les preocupaba o los dejaba tranquilos, siempre apelando a la imaginación del niño. Mandaron a jugar al chaval, mientras ellos quedaban comentando lo que acababan de escuchar.

Comentaron extrañados que el niño hablase de Clavileño, cuando éste caballo, en la primera parte de la novela no aparece ni existe ninguna referencia, sino que es un elemento de burla utilizado en la segunda parte de la inmortal obra.

También comentó extrañado don Vicente que lo que había comentado el chico en primera persona, había salido en la prensa dos días antes. Lo dijo esperando escuchar que el padre del chaval conociese el asunto, pero el hombre explicó a Don Vicente que hacía años había declarado la guerra a la prensa, a la radio y a la televisión, por manipuladores y mentirosos, y como consecuencia, el niño no podía haber leído nada de eso en casa, pues no entraba prensa en la familia.

Comentó D. Vicente que lo que había salido en la prensa relacionado con lo que había dicho Roger era que, no se sabe cómo, pasada la media noche, y en el patio de la prisión de Herrera de la Mancha, aparecieron cinco individuos cargados de drogas. Cinco individuos que eran buscados por la policía desde hacía tiempo, cargados de crímenes, con posibilidad de ser inculpados, y literalmente aterrizaron dentro de la prisión.

Mientras, Roger se había reunido con sus amigos en la chabola del barranco. Los mayores y las pequeñas dieron el habitual paseo vespertino, y volvieron a reunirse nuevamente cuando el estómago reclamaba repuesto.

El matrimonio había decidido dedicar el siguiente día a realizar una excursión: por fin, la perseverancia del hombre había conseguido uno de sus objetivos. El chico no puso ninguna pega a la propuesta, y como estaba más cansado de lo normal no quiso ni comentar nada con sus padres.















CAPÍTULO XI


¿Cómo estás, Roger?
Bien, pero cansado, porque esta mañana hemos jugado un partido y nos han metido veintitrés goles.
¿Y eso te preocupa?. Piensa que otros lo han pasado peor y sin embargo han salido a flote. Mira en mi historia, que estás leyendo; hay unos yangüeses que nos dan una gran paliza... En ese momento, Sancho, como tú, se queja de la paliza. Creo que hace mal, porque no se acaba el mundo, y más, otros lo han pasado peor, así que, ánimo, aprende, mejora, supérate, lucha, no flaquees, y a la larga resultarás invencible. Si no estás dispuesto a luchar, jamás alcanzarás metas importantes. No creerás que ante un problema de matemáticas, si no te decides a resolverlo se va a resolver él solo, ¿verdad?
No, claro.
Pues en la vida es igual. Si tú no pones alma y corazón en conseguir algo, es muy raro que lo consigas... salvo si se trata de un vicio, claro.















CAPÍTULO XII

Eran las ocho de la mañana y el niño había perdido la costumbre de dar tales madrugones, y ante las reclamaciones de su padre, remoloneaba más de lo debido... Para una vez que el sufrido padre conseguía uno de sus caprichos, resulta que no había colaboración por parte del personal a la hora de aprovechar el tiempo al máximo.
Un cuarto de hora más tarde el niño seguía en la cama, resistiéndose a abandonarla sin pelear. Era demasiado agradable esa sensación de somnolencia que tan dulcemente lo ataba a las sábanas como para atender las llamadas de quién, a pesar del mal genio era tan benevolente con su mimado niño.

Ya molesto de verdad, dijo muy serio:

Venga, Roger que hemos quedado a las nueve con D. Vicente y Dª Antonia, y no es cuestión que lleguemos tarde.

Roger sabía de la manía que tenía su padre con el tema de la puntualidad, así que finalmente, entre juegos, se dejó arrastrar hasta la ducha, donde acabó de sacudirse la pereza cuando, insospechadamente, salió un chorro de agua fría de aquella condenada alcachofa.

Cuando ya salían, cayó en la cuenta el niño que no le habían dicho dónde iban, y le alegró que el destino fuese El Toboso, por aquello de que era el pueblo de Dulcinea, pero la alegría no era tanta como la preocupación por la hora de la vuelta, ya que tenía planes improrrogables que podían estar en peligro con la salida. Así que le tranquilizaron el espíritu cuando le dijeron que por la tarde podría estar con sus amigos.

Dª Antonia no se había olvidado de los niños, para quienes llevaba una cesta de mantecados, de la que, por su tamaño, podían picar los mayores sin inquietarse por dejar sin provisiones a los pequeños. Nada más montar en el coche la estrenaron, lo que aprovecharon las pequeñas para llenar de azúcar y de migajas su camiseta, el asiento, el suelo del coche y naturalmente a su madre, sobre la que reposaban.

En veinte minutos escasos cubrieron la distancia que les separaba del destino, minutos en los que D. Vicente no perdió la oportunidad de hablar de Dulcinea a Roger

¿Has leído ya donde dice Don Quijote que Dulcinea es Aldonza Lorenzo?
No.

El anciano explicó que Sancho, cuando se enteró, se sintió sorprendido y respondió conforme a su villanía... Pero para Don Quijote lo importante no es el aspecto físico de las personas, sino su interior.

El caso es que Dulcinea es de El Toboso, y aquí, como atractivo turístico, han instalado una casa que coincide con los relatos cervantinos, y la han titulado “casa de Dulcinea”. Es interesante que la visitemos, sobre todo porque está instalada en un palacio de hidalgos del siglo XVI, pero que lo sepas, en sí, la casa sólo es un reclamo turístico que coincide con la realidad.

También existe una Biblioteca con El Ingenioso Hidalgo como único protagonista. Más que Don Quijote, lo que interesa en esta Biblioteca son las ediciones impresas de su historia. Existen recogidas más de trescientas ediciones de la obra de Cervantes... y no creáis que esto es una idea actual, sino que es de principios del siglo XX, cuando al alcalde se le ocurrió la idea de pedir, a cada uno de los embajadores de los distintos países que mantenían relaciones diplomáticas con España, un ejemplar de la obra editado en su respectivo país. Junto a muchos de ellos existe la carta del correspondiente embajador, rey o presidente de república.
Además, se han añadido ediciones curiosas, dibujos... Es una cosa curiosa que no nos podemos perder, y que además nos puede dar idea de la grandeza del espíritu quijotesco, que está traducido a tantos idiomas como la Biblia. Está hasta en esperanto... y en un latín macarrónico que bueno... ahí está.

Roger, ¿a que no eres capaz de relacionar todos los idiomas a que se ha traducido la obra de Cervantes?

El niño no supo qué decir, y D. Vicente continuó:

No te preocupes, tus padres tampoco, y yo tampoco. El caso es que existe una colección impresionante en la que han dejado su muestra personajes de la Historia de España... y hasta personajillos actuales que solo tienen relumbrón político y razones para temer a Don Quijote han dejado su impronta en este museo.
El anciano, perfecto cicerone, les informó de la historia del lugar, como antes había informado de los orígenes de Campo de Criptana. Les dijo que tiene origen ibérico, y que tuvo importancia en las órdenes militares, que perteneció a la orden de Santiago, y que además de las ediciones de Don Quijote es conveniente visitar el convento de Trinitarias Recoletas, construido en el siglo XV, y el convento de franciscanas, del siglo XVI, y por supuesto la iglesia, donde podremos escuchar misa de once.
¿Y cuantos habitantes tiene?
Es más pequeño que Campo de Criptana –dijo el anciano-. Tendrá unos tres mil habitantes.
¿Y en un pueblo así hay todo eso que ha dicho, hasta dos conventos?
El anciano se mostró sorprendido por la sorpresa de su joven amigo, y le dijo que eso era normal “cuando España era España”, -dijo-. Ten presente que esta tierra lo es de guerreros del cuerpo y del espíritu. ¿Cómo si no iban a haber conquistado todo el Nuevo Mundo? Ten en cuenta que España, como consecuencia de las permanentes guerras de Reconquista estaba muy poco poblada, y solo un gran brío podía dar alas a su voluntad imperial; y ese ánimo se conquista con las armas y se inicia y se sustenta en el espíritu. Y ese espíritu, que es el que ha dado forma a España, es la fe católica. Quita la fe católica, y destruirás España.
Vamos -continuó- puedo decirte que existen pequeños pueblos que tienen resto de lo que fueron. Por ejemplo, un pequeño pueblo de la Alcarria al que quiero mucho por muchas razones: se llama Gascueña. En este pequeñísimo pueblo, además de una bonita iglesia, existen varias ermitas por los alrededores, y otra iglesia en desuso, donde guardan los santos, que tiene anexas dos casas, y que en su día estuvieron habitadas por frailes mercedarios, que mantenían un hospital de peregrinos. Este pueblo, que en sus mejores tiempos nunca pasó de tener dos mil habitantes, estuvo asistido por varios sacerdotes, y tenía una Hermandad de Ánimas, que además de ser una curiosa institución, tenía un marcado carácter religioso.
Don Antonio estaba emocionado dando tantas explicaciones sobre los lugares que tanto conocía y quería (quería como persona, porque para que nadie se confundiese, reiteraba que todo ese amor que él manifestaba por todo lo que comentaba, no tendría razón de ser si no estuviese subordinado a Dios y a la Patria)
No sé qué he dicho –dijo el hombre, cayendo en la cuenta-. En la provincia de Lérida existe un valle cargado de iglesias románicas, y en un solo pueblo existen dos iglesias románicas estupendamente conservadas. El pueblo se llama Taüll, y el valle Bohí. Es impresionante. Tienen que venir a verlo.
Después de escuchar misa en la iglesia de El Toboso, y después de haber realizado las visitas de rigor, que por supuesto no requirieron ningún tipo de explicación –hubiesen sido reiteradas después de la lección magistral recibida en el camino-, Dª Antonia propuso marchar un poco adelante, por la carretera de Miguel Esteban, y parar en una deliciosa fuente donde poder descansar un rato y poder también vaciar la cesta.
Entre altos y frondosos olmos, habitados por multitud de pájaros, plantaron sus reales y disfrutaron de tanto frescor... y de los mantecados. Sobre todo Roger, que los comía con fruición mientras sus hermanas correteaban por el lugar, llevando a su padre de un sitio a otro.
Esta tarde ven a casa a merendar y de daré más – le dijo Dª Antonia-
Poco después partieron de nuevo hacia Campo de Criptana.
Una vez en casa, mientras la madre preparaba la comida y el padre la ayudaba y se encargaba de las niñas, que se habían puesto especialmente pesadas a la vuelta del viaje, Roger se dedicó, como el día de la llegada, a recorrer la casa de arriba abajo, como si buscase algo, pero en realidad limitándose solo a tomar las medidas, a hacerse cargo de que aquella casa, en tiempos no lejanos, había sido a la vez vivienda y lugar de trabajo donde hombres, mujeres, animales, cosas... cumplían su función; vivían, reían y sufrían como en una gran familia.
De pronto una voz elevada –un grito, vamos- pronunció la voz mágica:
¡Roger!
El niño estaba en la cámara, examinando una vieja criba remendada, olvidada desde Dios sabe cuando.
Finalmente oyó la llamada, y bajó con el instrumento, lleno de polvo, en las manos.
¿Qué es esto? –preguntó-.
Se lo explicaron mientras le decían que se marchase a lavar, que se había puesto perdido.
Acabada la comida se volvió a la cámara para seguir con su introspección en el mundo agrícola a través de sus aperos (del resto de los mismos existentes en aquella cámara), pero pronto decidió que aquello ya no le llenaba más y que para esperar la hora de ir a jugar no había mejor cosa que leer la historia de su amigo.
Sin más dilación, bajó las escaleras de cuatro en cuatro y de nuevo se encerró en la biblioteca, donde se encontró a su padre, reposando la comida y dispuesto a continuar también con la lectura.
Padre e hijo entraron en faena, y de tanto en tanto, como queriendo olvidar los antiguos consejos y las buenas costumbres, preguntaba a su padre el significado de alguna palabra. El hombre las explicaba, con la confianza de que la siguiente duda ya no le sería presentada... pero no había suerte. En diez minutos... cinco preguntas, hasta que se impuso nuevamente el consejo de usar el diccionario.
Pasaron un buen rato enfrascados en la lectura. El niño soltaba alguna que otra risotada mientras leía.
Cuando llevaba un buen rato leyendo y riendo, su padre tomó parte en la broma:
Te lo estás pasando en grande, ¿eh, hijo?
Sí. Es que le pasa cada cosa que es la monda. Y lo más bueno es que el pánfilo de Sancho Panza lo toma todo tan en serio como el mismo Don Quijote.
A poco cerró el libro y dijo:
¿Sabes lo que le ha pasado a Don Quijote?. Resulta que después de la paliza que le dieron los de las yeguas fue a parar a una venta.
A la venta-castillo que decías ayer, ¿no?
Sí. El caso es que los recibieron dos mujeres no sé cómo las llama Cervantes, a las que Don Quijote tomó por grandes señoras.
Por la noche, la más fea de las dos subió donde estaba durmiendo Don Quijote, a ver a un arriero, y Don Quijote la cogió creyendo que iba con él... y la que se lió. Allí se pegaban todos; Martitortas con Sancho; el arriero con Sancho y con Don Quijote; Sancho con Maritortas...
Maritornes -corrigió el hombre-.
Eso. Luego llegó el ventero; luego un cuadrillero de la Santa Hermandad. Todos daban tortas menos Don Quijote, que de un golpe quedó dormido.
Cuando despertó dijo que aquello era un castillo encantado, y Sancho solo se quejaba de los golpes que había recibido. Luego, para curarse, hizo Don Quijote el bálsamo ese de ayer... ¿cómo era?
De Fierabrás.
Eso, y le sentó de perlas. Quedó como nuevo. Luego probó Sancho, y por poco se muere. Todo era porque, según dijo el caballero, aquel bálsamo solo podía servir para los caballeros andantes. Después de esto se marchó sin pagar, y Sancho quiso hacer lo mismo, pero por motivos distintos a los de Don Quijote, pero lo cogieron entre varios y lo mantearon.
¿Y Don Quijote?
Como estaba molido a palos no lo pudo ayudar. Después de esto, Sancho quería volverse a su pueblo. Iban caminando y se encontraron dos ganados. Don Quijote dijo que eran dos ejércitos, y que él iba a ayudar a los justos. Entró en batalla, mató unas cuantas ovejas; los pastores le gritaron, y como no les hacía caso, le tiraron piedras, y con ellas los dientes. Luego le dijo a Sancho que un hombre no es más que otro si no hace más que otro.
Esa es la lección del día.
¿Cuál?.
La de que un hombre no es más que otro si no hace más que otro.
¿Y qué te parece todo lo que dicen?. A mí me sabe mal reírme de Don Quijote, pero es que me ha hecho mucha gracia lo que he leído.
Es que es gracioso. Eso no quiere decir que te rías de Don Quijote. Sencillamente te ríes de la situación cómica que pinta Cervantes, y como simple literatura te hace reír, como me hace reír a mí, pero eso no tiene que ver con Don Quijote. Piensa que la risa es sana, que no todo el mundo tiene la capacidad que tú tienes para reírte. Esos, por lo general, consideran loco a Don Quijote.
Hay que reírse poniendo a salvo la honorabilidad de las personas; hay que saber reírse aún de la contrariedad... y después de todo, insisto en lo que acabo de decir: que eso es literatura y provoca la risa; y no solo eso; piensa que las personas nos podemos poner en situaciones graciosas; eso es lo más natural del mundo, ¿no te parece?
Sí. ¿Qué hora es?
Las seis y media.
Me voy. Adiós.
Claudia y Helena se despertaron de la siesta, y tras ser atendidas como era debido, salieron los cuatro a dar un paseo junto a sus amigos, con quienes, para regocijo del hombre, convinieron hacer una excursión a las Tablas de Daimiel el día siguiente.
Fueron caminando en busca del chiquillo, porque para la excursión necesitaban salir temprano, y convenía ir pronto a dormir para evitar problemas.
Como era de suponer, estaba en la cabaña, que fue localizada sin dificultad, siguiendo las instrucciones dadas días atrás por el chaval.
Fue informado de la situación, y apareció por casa algo más temprano de lo que venía siendo habitual, con lo que todos quedaron tranquilos.





CAPÍTULO XIII


Don Quijote, fiel a su cita, despertó a Roger para continuar con su magisterio.
Quisiera que me explicaras unas cosas –dijo el niño de pronto-.
Ya, sobre lo que has leído hoy de mi historia, ¿verdad?. Pues procuraré saber contestarte a todas de forma que puedas entender a la perfección. Ven, montemos en Clavileño, que no hay tiempo que perder.
Una nueva singladura se estaba preparando en la que, sin duda, Roger recibiría cumplida respuesta a sus dudas.
De pronto, en la oscuridad de la noche, el niño escuchó unos sonidos secos, fuertes, y dijo a Don Quijote:
Eso son disparos, ¿verdad?.
Verdad. ¿Quieres acercarte más para ver exactamente lo que está sucediendo?
¡Bah!, dejémoslo. Serán cohetes de alguna feria de pueblo. Ya me gusta verlos, pero ahora quiero ir a otros sitios para conocer más gente, como en Puerto Rico.
¿Y crees que un caballero andante tiene su principal tarea en conocer gente nueva?. Eso es importante, y seguro que la visita a Puerto Rico te ha servido de mucho, pero hay otras cosas. Esos ruidos que oyes no son petardos verbeneros. Eso son disparos, y o mucho me equivoco o se trata de una escaramuza entre terroristas y la Guardia Civil.
Roger miraba hacia el lugar de donde provenían los ruidos y no lograba distinguir nada. Seguía suponiendo que aquello era una traca de algún pueblo que celebraba sus fiestas patronales, cuando Don Quijote dijo:
¿Vamos o no?. Si quieres te dejo aquí. Yo, desde luego, voy a tomar parte en la refriega.
Tras lo que acababa de escuchar, Roger se sintió menospreciado por Don Quijote; recordó la célebre batalla entre los rebaños de ganado en la que participó el caballero matando hasta siete ovejas y recibiendo dos pedradas que le dejaron la boca sin dientes.
Sin embargo, encontrando también semejanza entre la batalla y la de los molinos de viento, el niño llegó a la conclusión que los dos ejércitos de Don Quijote no son otros sino el Bien y el Mal, enfrentados; Bien y Mal que para el espíritu simple de Sancho Panza tan solo son dos rebaños de ovejas.
Yo no soy Sancho Panza –pensó-, y respondió a la pregunta de forma decidida: ¡Vamos, a por ellos!.
Don Quijote, que suponía la respuesta, ya había puesto rumbo al lugar. Sin embargo, cuando la escuchó de los labios del chiquillo aceleró la marcha considerablemente.
Desde su situación privilegiada observaron cómo una banda de terroristas, tras haber hecho explotar varias cargas de dinamita al paso de una expedición de la Guardia Civil, y desde una posición elevada, mantenían un enfrentamiento con éstos.
No obstante estar heridos, los guardias civiles iban ocupando el terreno a los terroristas, haciéndoles retroceder como a buenos gudaris. Así recordaron la triunfal participación de sus predecesores en la guerra de 1936.
Un grupo de apoyo a los asesinos tenía preparados tres vehículos todo terreno para poder salir huyendo.
Tras haber observado todo esto dijo Don Quijote:
Vamos por los de apoyo, que de los otros ya se encarga la Benemérita.
De pronto, y poniendo en marcha un mando, salieron cuatro potentes imanes de las patas de Clavileño. Roger no los vio, y al ver que se dirigían contra los terroristas dijo:
Pero ellos van armados. ¿Qué vamos a hacer nosotros?
Vencerles. Respondió el caballero.
Y posándose sobre el techo de uno de los vehículos, acto seguido se elevaron en el aire.
Los gudaris, alarmados, disparaban sus armas desde las ventanillas, contra Clavileño, tratando de matar a Don Quijote y a Roger.
Los terroristas de los otros vehículos, al propio tiempo, también querían disparar, pero por no dar a sus compañeros se limitaron a meterse en los vehículos e iniciar una veloz huída (igualito que los gudaris del 1939 cuando vieron al ejército español).
El caballero, que vio la maniobra, se lanzó en su persecución, momento en el que los dos ocupantes del vehículo enganchado a Clavileño, como fuese que estaban intentando encaramarse al caballo y fuera de la protección del vehículo, cayeron con atroz violencia yendo a estrellarse contra unas rocas para caer a continuación en un profundo precipicio.

Otro vehículo de los terroristas, al intentar una huida desesperada ante ataque tan imprevisto, perdió la estabilidad de dos de sus ruedas y fue a caer al mismo terraplén al que habían caído sus otros compañeros, incendiándose a medio camino y haciendo explosión la dinamita que portaba, que de pronto cambió su condición de asesina para convertirse en justiciera.
Ahora solo nos queda un vehículo, Roger. Es todo tuyo. Con los terriblemente injustos hay que ser terriblemente justiciero.

En una maniobra espectacular, el chaval colocó a Clavileño justo delante de los fugitivos que, no pudiendo evitar el choque contra el todo terreno que Clavileño llevaba en sus patas, al que oportunamente dejó caer, colisionó con él, con tal violencia que el terrorista que conducía quedó muerto al instante.
Tres terroristas salieron del vehículo disparando sus ametralladoras, pero como fuese que los que eran directamente perseguidos por la Guardia Civil se encontrasen detrás de unos árboles, creyeron que los disparos iban contra ellos, lo que ocasionó una refriega entre los propios asesinos, creyendo cada uno de los grupos que era la Guardia Civil quién les disparaba.
En pocos minutos dejaron de escucharse disparos, momento que fue aprovechado por los caballeros andantes-volantes para acercarse a comprobar qué había ocurrido, y no era otra cosa que los criminales habían sucumbido ante sus propias armas.
Momentos después, suspendidos en el aire, observaron cómo los guardias, ya sin enemigos, reconocían el terreno.
Vámonos, misión cumplida –dijo Don Quijote -.
Roger no dijo nada pero pensó:
Realmente Sancho Panza escuchaba los balidos de las ovejas por puro miedo. Esto es la eterna lucha del bien y del mal, y mientras exista el mal deberán existir caballeros como Don Quijote. ¡Yo quiero ser Quijote!
Ahora –dijo el caballero -, nos retiramos a casa con la tranquilidad del deber cumplido. Déjame el mando de Clavileño, y tú duérmete.
Hay órdenes que no se pueden discutir.







CAPÍTULO XIV


Eran las siete cuando, con las legañas por quitar, salía la familia excursionista, y pasaban unos minutos de las nueve cuando llegaban a Daimiel, que a pesar de no ser necesario para el objeto de la excursión, y a instancias de Don Vicente, que tantas cosas buenas había dicho de bueno sobre su plaza mayor, sobre la iglesia de Santa María la Mayor y sobre las vides, los olivos y las bodegas.
Atendiendo así las indicaciones del cicerone, recorrieron los lugares indicados y en una bodega cargaron una garrafa de buen vino tinto.
Y ahora al Parque Nacional –dijo decidido D. Vicente- ¿Os ha gustado Daimiel?
La respuesta no pudo ser mas que afirmativa, porque visitaron la iglesia de Santa María, y su plaza, además, los dejó prendados.
Ante las exclamaciones de admiración, Don Vicente sólo tenía una justificación:
Es la Mancha –apostillaba satisfecho -.
Desde allí se fueron a jugar al escondite con el agua –al menos eso decía el cicerone -. El niño aprendió que Argamasilla de Alba es un pueblo que tiene tanta sed que se bebe entero el río; que las lagunas de Ruidera son dieciocho, unidas entre sí por cascadas, y que tienen una longitud total de más de treinta kilómetros.
Se dirigieron al lugar donde reaparece el Guadiana, un rincón del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel donde se junta el Cigüela con el Guadiana, dando lugar a una zona de marismas y lagunas de importancia vital, tanto para la agricultura como para las aves migratorias que usan España para pasar de África a Europa y viceversa.
¿ Y todas se marchan para Europa y para África? –preguntó preocupado el niño-
Hombre, todas no –respondió Don Vicente -. Ten en cuenta que las aves son los habitantes naturales de aquí. Unas están aquí todo el año, mientras que otras tan solo pasan temporadas para invernar o para criar. Aquí todo el año hay aves acuáticas, y por supuesto sus depredadores, los aguiluchos laguneros. Luego vienen a reproducirse patos, alcotanes, y otras aves; aquí se juntan más de cuarenta especies distintas; hay unas que suben o bajan a unas latitudes mientras otras lo hacen a otras distintas. El caso es que éste es su lugar de encuentro, y eso es lo importante.
Ante los ojos de admiración del niño, Don Vicente le dio alguna nueva explicación:
Este es el Parque Nacional más pequeño de España, ¿sabes?, pero lo que importa, más que cantidad, es la calidad, y aquí la hay sobrada en naturaleza viva y muerta. Bueno, aquí toda la Naturaleza está viva. Podéis comprobarlo con vuestros ojos.
¿Veis todas esas plantas acuáticas? ¿ A que no sabéis cómo se llaman? Os lo voy a decir yo. Casi todo lo que veis es carrizo y masiega; vamos, más masiega que carrizo. Aquí el masiegal tiene una multitud de formas caprichosas, formando multitud de islas a las que sólo les faltan palacios encima para ser la mismísima Venecia Las plantas que veis en el fondo se llaman "ovas".
¿Y por qué se llama “Tablas”? - preguntó el niño -.
Porque aquí se llama así a los desbordamientos periódicos que pueden tener los ríos
Los excursionistas fueron visitando los parajes del Parque Nacional mientras atendían las expertas explicaciones de Don Vicente, que a todas horas dejaba a todos boquiabiertos con lo que apoco iba contando… Y nadie se dio cuenta menos Doña Antonia: en unas horas rejuveneció unos años.
¿Y aquí se puede cazar? –preguntó Roger -.
Para un incontrolado sería un maná. Aquí está muy controlada la caza, y solo dejan hacerlo con unas cuantas especies… hay un control muy estricto.
Donde sí hay más caza, o más posibilidades de cazar, es en otros lugares; en particular cerca de Alcázar de San Juan, en un lugar llamado laguna de las Yeguas se caza el venado, el jabalí, y por supuesto la caza menor. Por aquí hay muchos animales. Mira.
Al decir esto estaba señalando una marisma no muy lejana de donde se levantaba una bandada de pájaros. El lugar invitaba a ser recorrido a pie, y así lo estaban haciendo los turistas, que hacía ya rato habían cargado con mochilas y máquinas fotográficas con teleobjetivos, dispuestos a o perder detalle de todo lo que sucediese ante sus admirados ojos.
Yo es que no dejo de admirarme cada vez que vengo –dijo Don Vicente -. Y eso que esta no es la mejor época para visitarlo, porque ahora no ha migraciones, y además, con este clima las aves no se ven tan de continuo como en otras estaciones del año.
Realmente era muy atractivo –eso estaba en la mente de todos -, y lo demostraron callando y caminando, que es como mejor se puede saborear el parque, integrándose en ese mundo civilizadamente salvaje, tan distinto a la vida de las ciudades, que es justo lo contrario: salvajemente incivilizado.
Todo el día lo dedicaron a recorrer el parque. Tuvieron suerte, y estaba nublado, lo cual les permitió caminar sin los agobios que la época estival resguarda para quien queda a la intemperie. Aún así, las horas centrales de la canícula las reservaron para reponer fuerzas, para descansar a la sombra generosa de unas encinas, y para que Don Vicente, que tenía un día especialmente locuaz, informase a sus amigos de las más variopintas cuestiones relacionadas con el parque que les acogía.
Cuando el sol lo permitió, continuaron con su visita, haciendo tiempo para recibir el último deleite del lugar: el atardecer.
Una vez se ocultó el Sol y los ojos de los visitantes se habían llenado de un precioso abanico de colores y olores, emprendieron la marcha de vuelta a casa.
Había resultado un día inolvidable para todos, donde Roger gastó hasta cinco carretes de fotografía y su padre dos de vídeo, como queriendo llevarse a casa todo aquel mundo de paisajes y sensaciones irrepetibles.
Ya de vuelta a casa, las niñas quedaron dormidas encima de su madre, hechas un ovillo y haciéndola sudar como una llueca.
Preguntaron al chaval cómo había pasado el día sin los amigos, a lo que contestó que muy bien, pero que también le hubiese gustado estar con ellos, a lo que se arguyó que no se pueden tener todas las cosas; que siempre que eliges un camino abandonas otros muchos, y que por eso es conveniente meditar las cosas y no equivocarse.
El chico era muy aficionado a los amigos, y la pregunta de su padre iba lanzada por esa cuestión, porque en casa siempre le achacaban que sólo tenía tiempo para los amigos y nunca tenía para la familia.
Será que está tranquilo… y nosotros también –intervino la madre -. Es que llevamos una vida demasiado ajetreada, y eso no puede ser bueno para los niños.
Y tú qué dices –preguntó Don Vicente a Roger -.
Que también estoy en casa y salgo con ellos, pero ellos quieren que esté siempre a su lado, y a mí me gusta salir a jugar.
Y hablando de todo, Roger, ¿cómo lo llevas con Don Quijote?. ¿Te sigue gustando?, ¿o ya te cansa?
Me gusta mucho, aunque hay muchas palabras que son un rollo.
Vamos, que tenemos a todo un señor cervantista.
No, cervantista no. En todo caso quijotista.
Muy agudo, Roger, y que me gusta tu respuesta a mi aseveración tendenciosa. Yo, por supuesto, también soy quijotista y no cervantista, pero dudaba que supieses entender el matiz.
Lógicamente el niño no distinguía el matiz, pero se encontraba, efectivamente, encuadrado como quijotista, pues como dijo a continuación:
Lo que sucede es que soy amigo de Don Quijote, y sé que los molinos eran gigantes, y los ganados, verdaderos ejércitos, pero Cervantes se empeña en presentar a Don Quijote como tonto y como loco. Por eso soy quijotista y no soy cervantista.
Así que eres amigo de Don Quijote…
Sí. Anoche estuvimos luchando contra unos terroristas que habían tendido una emboscada a una patrulla de la Guardia Civil.
¿Otra vez con esas fantasías? –intervino la madre, sudando bajo las gemelas -.
Bueno, si no os vais a creer lo que cuento, me callo –dijo el niño, molesto -.
Entonces Don Vicente sacó del bolsillo un recorte de prensa que se lo entregó a su amiga mientras decía:
Anteayer dije que os traería un recorte de periódico, y como lo prometido es deuda, aquí lo tenéis.
La mujer lo guardó sin leer y sin hacer ningún comentario. Quería hacer ambas cosas a solas con su marido; el asunto empezaba a ser serio.
Y de Sancho, ¿qué cuentas?
Que es un egoísta de tomo y lomo. Sólo quiere sacar provecho de donde se mete. Y tiene bien ganado el manteo que le dan en la venta.
Muy bien entendido el episodio, Roger. Sancho se tiene merecido el manteo por tramposo, porque se comprende que Don Quijote no quiera pagar, ya que creía que aquello era un castillo, pero no se puede admitir que Sancho, sabiendo que era venta, y no castillo, pretendiese hacer lo mismo que su señor. En un juicio, el juez diría que Don Quijote actuó sin dolo mientras Sancho actuó con él. Sancho es culpable y Don Quijote inocente.
Sí, y además pagó el doble, porque el ventero le quitó las alforjas y él se quedó con el manteo. Y aún tuvo suerte que la Maritornes le ayudó…
Entretanto llegaron a Campo de Criptana y cada familia se retiró, unos a descansar, y otros a hablar de la preocupación que poco a poco iba ganando su ánimo.
Mientras nuestro protagonista se dirigía al dormitorio para intentar descansar, sus padres, tras depositar a las niñas en la cama, aprovecharon el fresco de la noche para leer el recorte de prensa que les había dado don Vicente por la tarde.
La sorpresa, no por conocida de antemano la noticia, fue mayúscula. Efectivamente fue contada por el niño antes que la misma fuese recogida por la prensa.
Eso no podía ser, y sin embargo el final del relato del chiquillo coincidía con lo que acababan de leer.
No sabían qué pensar, y tras estar preguntándose entre sí cómo era posible tal cosa, acabaron dirigiéndose a casa de sus amigos para continuar con la cuestión. Fueron, a pesar de las horas, y a pesar de haber estado juntos todo el día, recibidos como son recibidos unos buenos amigos, y tras plantear la cuestión, se sentaron los cuatro juntos, a la fresca de la noche y acompañados de un buen botijo, intentando encontrar una explicación a todo aquel embrollo. No era poco lo que andaba en juego: la salud psíquica de Roger, decía su madre, compungida y a punto de llorar.
Todos la consolaban, haciéndole notar la vivacidad y ecuanimidad del chiquillo en todo cuanto trataba. Convinieron que a la hora de jugar era enteramente un niño, que no encontraba nunca el momento de dejar el juego; convinieron que era un punto cabezón cuando se trataba de defender alguna cosa minúscula, fuese con sus padres, sus hermanas, o con quién llegase; convinieron que, a pesar de todo ello era un nicho delicioso y educado; perezoso, y trabajador en aquello que le atraía; bueno, generoso, valiente… Vamos un niño educado en valores, con todos los conflictos y buenos ratos que ello conlleva. Por ese lado todos quedaron contentos y tranquilos, una y otra vez… pero siempre acababa la terrible pregunta: ¿Y las cosas que nos está diciendo ahora que hace con Don Quijote?
El círculo vicioso de la conversación acabó siendo entendido como tedioso por los cuatro, máxime cuando habían convenido todas las virtudes que acaparaba el niño, y puesto el punto final cuando Don Vicente, que había estado resistiendo la tentación durante un buen rato espetó:
También Don Quijote es un varón culto, bueno y lleno de buenas virtudes que tan solo son “alteradas” en cuanto trata temas de caballerías… Justo las que le encumbran como hombre de bien. Hay misterios que no entenderemos nunca. Dejemos actuar a la Naturaleza, y pidamos a Dios que el chico siga siendo como hasta ahora. ¿No os parece?.
Ya más tranquilos y más cansados, se retiraron todos por lo que a aquel largo día tocaba.











CAPÍTULO XV


Roger, por su parte, recibió nuevamente la visita del caballero, quién viéndolo durmiendo tan a gusto, no pudo más que preguntarle, una vez despierto, si le aprovechaba el sueño, si se sentía descansado, a lo que el niño respondió que se encontraba mejor que nunca, como si la actividad nocturna, en vez de cansarlo, lo descansase.
A todo eso respondió Don Quijote que la única explicación era que la satisfacción de la faena bien hecha es el pago que reciben las almas grandes. Y eso, que parece cosa nimia es uno de los mejores pagos que se pueden obtener porque si el pago por sentarse a reposar es obtener descanso y recuperar fuerzas para hacer cosas nuevas, ¿qué más podemos desear que encontrar descanso en la lucha? Es una ventaja sobre el resto de los humanos.
El niño asentía y se quedaba maravillado de tales razonamientos: Encontrarse descansado por trabajar… No acababa de entenderlo, pero si lo decía su maestro sería verdad, y era bien cierto que después de las salidas nocturnas él estaba descansado por la mañana, con lo cual, seguro que Don Quijote tenía razón.
El niño preguntó al caballero por el futuro; le preguntó si siempre estarían juntos, buscando aventuras y sembrando la justicia por el mundo, a lo que Don Quijote respondió midiendo las palabras:
Mira Roger, ahora estamos en una época de aprendizaje. Luego serás tú solo quién deba enfrentarse a la vida, haciendo todo el bien que puedas y evitando todo el mal que puedas. Ten en cuenta que ni mal ni bien son eternos, así que también nuestro trato, nuestras charlas, dejarán de existir algún día.
Pero yo quiero estar siempre contigo –protestó el chiquillo -.
Eso no puede ser. Tú mira una rosa, ¿verdad que es bonita? ¿Y cuanto dura?. Pues lo mismo pasará con estas visitas. Un día se acabarán y tú solo, bajo tu exclusiva responsabilidad, deberás aplicar lo que aprendas. Eso es Libertad, y no hacer lo que uno quiera, sino lo que uno debe hacer… Los papanatas te preguntarán que quién dice lo que uno debe hacer… ni los escuches.
Pero ¿qué?, ¿no vamos a salir?
Subieron en el caballo fantástico y volaron por los aires, en esta ocasión hacia el sur.
De pronto vieron unas nubes increíblemente negras que estaban descargando agua sobremanera, desbordando ríos y pantanos, inundando campos y ciudades, y poniendo en grave peligro la vida de las personas.
Por el río bajaban, golpeando en los árboles y en las rocas salientes, cuerpos de animales muertos, árboles arrancados de cuajo por la tempestad y la fuerza del agua, y las personas, mojadas, trabajosamente, sacaban del peligro a otras personas, a niños, a ancianos… Era un espectáculo lamentable, donde se muestra la verdad de la vida; la verdad del poder y del tener se veía sometida a la verdad más humilde y cercana del sobrevivir, lugar donde la generosidad tiene más posibilidades; donde el heroísmo nos muestra que la persona, que la humanidad, todavía son dignos de ser rescatados; se nos muestra que merece la pena seguir luchando.
En una zona poco peligrosa, un grupo de hombres jóvenes, bien vestidos, fuertes, capacitados para ayudar a los menesterosos, estaban cargando un rico automóvil con sus ricas pertenencias, sacándolas del peligro de la inundación; había cuadros valiosísimos, con firmas de artistas de renombre internacional, alguno de los cuales había sido reclamado para ser expuesto en un importante museo.
Roger, que los vio, preguntó a su maestro por qué no se dedicaban a ayudar, a lo que Don Quijote respondió que el motivo era una especie de enfermedad mental que les hacía entender como de mayor importancia la posesión de cosas materiales. Se creen más que los demás porque tienen más que los demás – dijo -, y todavía no se han enterado que un hombre no es más que otro si no hace más que otro.
Pero eso es injusto –protestó el chiquillo -. Vamos a decirles que ayuden a la gente, que son muchas las personas que están en peligro.
Tranquilo, que Dios es justo y proveerá: a nosotros y a los menesterosos de ahí abajo.
Sobrevolaron toda la zona, y la situación quedó troquelada en la mente del niño, quién a punto de romper a llorar preguntó a Don Quijote qué iban a hacer.
Ayudar –respondió lacónicamente el caballero -.
Y de la barriga de Clavileño comenzaron a caer paquetes en los sitios estratégicos. Eran lanchas neumáticas que oportunamente ocupadas por los más necesitados, eran evacuados a lugares más seguros.
De pronto escucharon una voz que pedía auxilio. Miraron hacia el lugar de donde provenía la voz y descubrieron a una niña que era violentamente arrastrada por la corriente.
No había tiempo que perder, por lo que lanzaron una cuerda para que fuese recogida por la niña, pero era imposible; sus esfuerzos no podían con la fuerza del agua. Era irremisiblemente arrastrada, no podía cogerse a la cuerda y su vida corría grave peligro.
El niño dijo que se iba a tirar por ella, a lo que Don Quijote respondió atándolo a un cabo de la soga, mientras aseguraba el otro a Clavileño.
Saltó Roger y se abrazó a la niña. Iban siendo arrastrados, cuando viendo el éxito del lanzamiento de Roger, los izó hasta el caballo.
¿Cómo te llamas? –preguntó Roger mientras la tapaba con una manta -.
Ana –respondió la niña mientras rompía a llorar-
¿Y tus padres? –intervino el caballero –
No lo sé. Cuando empezó a llover tan fuerte, mis padres y mis tíos dijeron que nos íbamos. Entonces mis padres dijeron a mis tíos que me llevasen con ellos, porque así podían poner más cosas en el coche, pero luego mis tíos me dijeron que me fuese con mis padres, porque también ellos llevaban muchas cosas y yo no cabía, y cuando iba a buscar a mis padres vino una tromba de agua y me arrastró.
Conforme iba hablando la niña, Don Quijote dedujo que aquella era hija de aquellos hombres que no ayudaban en las tareas de salvamento, y dirigió el caballo hacia el lugar donde antes los habían visto.
La máquina se posó en el suelo, cuando la niña saltó y fue corriendo donde sus padres, llamándolos entre sollozos.
La niña explicó todo lo sucedido, bajo la atenta mirada e Don Quijote y Roger. Conmovidos por la situación, y por qué no, apremiados por la atenta mirada de los salvadores de su hija, los hombres dijeron a sus esposas que condujesen a sitio seguro a los niños, y que ellos se quedaban allí para colaborar en lo que hiciese falta.
Ahora entiendo que un hombre no es más que otro si no hace más que otro –dijo Roger en voz no tan baja que fuese a escapar a los oídos de Don Quijote -.
Y continuaron las tareas de rescate hasta que la situación quedó controlada por el Ejército y los medios oficiales.









CAPÍTULO XVI

Por la mañana Roger salió a dar un paseo por el pueblo, en busca de sus amigos. A poco encontró a Fernando, que iba a hacer unos recados que le mandaba su madre.
Le acompañó, y así aprovecharon para darle a la sin hueso. Fernando explicó a Roger que toda la pandilla se fue a jugar al campo, a un sitio donde hay unas cosas muy antiguas. Es un lugar al que según dijo les habían llevado en varias ocasiones los maestros. Sea trata de unas cuevas que fueron ocupadas por los primitivos iberos; hay pinturas en las paredes, y si buscas –dijo- puedes encontrar cosas que utilizaron.
Pues mis padres no deben saberlo –respondió Roger -, porque el otro día estuvimos en el campo, y de haberlo sabido es seguro que hubiésemos ido a ver esas cuevas, porque a ellos les gusta mucho esas cosas.
Pues si quieres podemos ir luego. Seguro que a los demás no les importa volver hoy.
Cuando terminaron de hacer las compras y llegaron a casa de Fernando, entró éste y saludó:
Madre, ya estoy aquí. Adiós.
¿Cómo que adiós?, ¿dónde vas?
A jugar.
¿Cómo que a jugar?. Venga quédate en casa, que ahora estarán todos tus amigos a punto de levantarse.
Roger está aquí.
¿Tu amigo catalán?. Anda, pasad los dos.
La mujer, típica de éstos lugares, se deshizo en atenciones con el recién llegado, que se vio obligado a desayunar y a probar los exquisitos mantecados hechos por la madre de su amigo.
Se sentaron los niños frente a la generosa bandeja que la mujer depositó sobre la mesa, y comenzaron a dar cuenta de las existencias mientras esperaban la leche que vino a continuación.
Tras el opíparo re-desayuno, los chavales convinieron quedarse a jugar en la casa, con un estupendo escalextric de dos pisos y dimensiones generosas que tenía instalado fijo Fernando en una habitación.
Mientras tanto, Don Vicente, preocupado por la situación en que había visto a sus amigos la noche anterior, había decidido a visitarles por la mañana.
Se los encontró ajetreados arreglando a las niñas y adecentando un poco la casa. Tras averiguar que no estaba Roger, los invitó a una chuletada que iban a celebrar por la tarde en el molino con otros amigos, a lo que la mujer repuso que no sabían que hacer, porque a las niñas las llevaban sin rechistar, pero el niño era otra cosa.
Don Vicente les dijo que no se preocupasen tanto del chiquillo, que tenía amigos y sabía divertirse, y finalmente convenció a la mujer, que era la más reticente, sobre todo por la hora a que quedaban convocados; las seis de la tarde, lo que implicaba una vuelta nocturna.
Como fuese que con la conversación no la dejaban trabajar a gusto, acabó echando a los dos hombres a la calle, con toda la delicadeza del mundo.
¿Por qué no acompañas a Don Vicente a dar una vuelta? –dijo cariñosamente a su marido -.
Salieron los dos hombres y comenzaron a charlar de las cosas que ocurrían en el mundo.
¿Qué te parece la noticia? –dijo Don Vicente enseñando el periódico -: Nueve terroristas muertos. Parece ser que tendieron una emboscada a una expedición de la Guardia Civil, y cuando los guardias estaban en peor situación, no se sabe por qué, emprendieron la huida los terroristas, despeñándose unos y matándose a tiros entre sí los otros. Parece ser que el tiroteo que mantuvieron entre ellos fue provocado porque unos y otros creían que era la Guardia Civil quién les disparaba.
¿Y cuando dice que ocurrió eso?
Anteanoche.
No. No puede ser.
¿Qué no puede ser?
Ayer dijo Roger que anteanoche tuvo un enfrentamiento con unos terroristas que habían tendido una emboscada a unos guardias civiles… Nada, tonterías. Olvídelo. Pero es que tiene cada cosa… Decir que sale con Don Quijote y que ataca a unos delincuentes, y luego a unos terroristas… Vamos… siempre ha tenido fantasía, pero ahora se está pasando. Me estoy arrepintiendo de haberle inducido a leer Don Quijote.
Perdona si me meto donde no me llaman, pero creo que tienes un hijo delicioso, inteligente, niño sobre todo, bueno y generoso, y lo que dice, que no puede ser sino imaginación, es imaginación sana. Siempre busca el bien, y lo que no es menos importante… no le impide jugar con sus amigos y contigo.
Sí, es cierto, pero…
Pero es que te molesta que en un par de cosas, que han sido noticia destacada, tu hijo te informó antes que la prensa dijese nada, y como sujeto de la misma noticia.
Sí, eso es.
La verdad es que yo tampoco encuentro explicación, pero insisto que no veo motivo de preocupación, porque sencillamente no pude ser, pero…¿y si pudiese ser?, ¿acaso sería malo?, ¿no sería estupendo que un caballero andante deshiciese todos los agravios que se cometen?, ¿no estarías contento si tu hijo fuese la persona capaz de arreglar todos los desaguisados?
Bueno, bueno, Don Quijote. Ya está bien. ¿No será cosa de esta tierra?. Me parece que a usted también le gustaría ir en la grupa de Rocinante dando mandobles a los injustos.
De Clavileño, amigo, de Clavileño. ¿Y a ti no?
Ya más tranquilos con la conversación y las elucubraciones finales, dirigieron sus pasos a una taberna, con la intención de celebrar el asunto.
Algunos hombres se repartían por las mesas echando partidas de mús y de dominó, tratando, entre trago y tirada de los más dispares temas.
Mientras, los niños seguían jugando, hasta que la madre de Fernando interrumpió la enésima carrera para llamarles a comer.
Roger no admitió la invitación porque sabía que sin haber dicho nada, en casa se enfadarían si no se presentaba a una hora prudencial. Y más ese día, pues el resto de la familia tenía planes que debían ser comentados.
El niño no quiso atender la invitación de ir por la tarde al molino, y sus padres entendieron su preferencia por quedarse a jugar con sus amigos.








CAPÍTULO XVII


Tocaban las cinco y cuarto cuando, cerrando de improviso el libro Roger anunció que se marchaba, y su padre lo paró diciéndole que todavía hacía mucho calor, y que de paso, aprovechase para contarle qué era lo que había leído que tanto le había hecho reír.
Contó Roger que después de la aventura de los ganados se les hizo de noche, y caminando, encontraron una procesión por el camino. Unos hombres andaban encapuchados y con antorchas llevando a un muerto. Tanto a Don Quijote como a Sancho, aquello les pareció fantasmagórico, y Sancho tuvo miedo. Don Quijote salió a pelear, y todo el cortejo, lleno de miedo, salió corriendo. Todos menos uno, que de inmediato fue atacado por Don Quijote.
El hombre herido dijo al caballero lo que eran y lo que llevaban, y Don Quijote le dijo que de lo que les había pasado tenían ellos solo la culpa, por ir como iban. Pero Sancho había aprovechado para robar comida.
Se iba haciendo de noche, y a oscuras llegaron a un sitio donde había agua y un ruido muy fuerte.
Entonces Sancho tuvo mucho más miedo, y Don Quijote, creyendo que se le presentaba una gran aventura se despidió de Sancho. Pero Sancho, que tenía mucho miedo, tanto que no podía ni andar, ató las patas a Rocinante e hizo creer a Don Quijote que por encantamiento no podía andar el caballo –para esto sí era listo Sancho -.
Sancho tenía tanto miedo que no quería separarse de su señor ni un centímetro, y como tenía ganas de… de hacer caca, se bajó los pantalones y allí mismo soltó todo, lo que molestó mucho a Don Quijote… Pero más se enfadó cuando ya de día Sancho se burlaba de él.
¿Y por qué se burlaba?
Porque cuando ya se veía fueron donde el ruido y se dieron cuenta que estaba producido por una máquinas.
Ya. Por unos batanes.
Eso. El caso es que el primero en reír fue Don Quijote, pero luego Sancho se burló. Entonces Don Quijote se enfadó y le dio un palo con la lanza. Pero es que después de eso salieron al camino y vieron a un hombre montado en un burro con un no sé qué de barbero.
Con una bacía.
Eso, con una bacía. Entonces Don Quijote dijo que era el no sé qué de no sé quién.
Pues sí que cuentas bien la historia. Era el yelmo de Mambrino.
Te lo sabes todo, ¿eh?
Sólo algunas cosas. Anda, sigue.
El niño continuó contando que Don Quijote atacó al barbero, que para él era caballero y le tomó la bacía, que para él era yelmo.
Sancho, sabiendo que el yelmo era bacía y que el caballero era barbero, quitó la albarda al burro y se la puso al suyo. Luego Don Quijote contó a Sancho cómo podía llegar a ser rey, y el que veía bacía y barbero, vio corona y reino. No lo entiendo.
Y tú te has divertido de lo lindo, ¿eh?. Venga, que tu madre, las niñas y yo hemos quedado don Vicente. No vuelvas tarde.
Cuando de noche se reunió nuevamente la familia, el hombre venía con otra batalla ganada: tenía concedido por parte de su mujer una visita a Alcázar de San Juan, a lo que Roger no puso ninguna objeción, pues no tenía ningún compromiso con sus amigos y le gustaba conocer sitios nuevos, aunque sus padres siempre se ponían a ver piedras y cosas raras.
Ya en la cama, todavía se reía de la situación de los batanes, del miedo que puso el ruido en los dos personajes, y del modo tan diferente que tuvieron de afrontarlo.
Con estas meditaciones llegó el sueño y se apoderó de Roger para, inmediatamente, y por su camino habitual, hacer acto de presencia el de la triste figura.
El niño recordaba tanto las escenas de la tarde que no tuvo más remedio que comentarlas con su héroe en cuanto tuvo ocasión así que su saludo, más que una expresión de bienvenida fue un comentario de lo acaecido en la obra.
Me he reído mucho –dijo el niño –sobre todo por miedo que tenía Sancho Panza, tanto por la aventura del entierro como en la de los batanes, aunque… algo de miedo tenías tú también, ¿eh?
El caballero se mostró algo así como molesto por la apreciación de su aprendiz, a lo que respondió:
Si así lo llamas… será. Yo, efectivamente, llamo miedo a lo que tenía Sancho, que se veía incapaz de moverse y sólo pensaba en huir de lo que veía…o intuía. Yo…, no las tenía todas conmigo, ¿qué quieres que te diga?, pero mi voluntad, como bien sabes, no era huir, sino afrontar el peligro, por muy desconocido que fuera.
Pero si no había peligro…
Y dale, y por eso te ríes. ¿Y si llega a haberlo? ¿Acaso crees que me hubiera retirado?. Pero… dejémoslo como está. ¿Quieres que vayamos a buscar aventuras?.
Nuevamente se montaron sobre lomos de Clavileño y se elevaron por los aires con la esperanza de encontrar en cualquier rincón la oportunidad para mostrar su valor.
De pronto, y cuando estaban sobrevolando una zona montañosa, con paredes muy escarpadas, pareció sucederle algo grave a Clavileño; comenzó a desequilibrarse; a dar golpes bruscos a derecha e izquierda, y una especie de saltos, como si tratase de un potro salvaje recién montado.
Hábilmente, Don Quijote logró aterrizar en un pequeño espacio rocoso rodeado de precipicios.
Una vez en el suelo, ambos caballeros dieron un largo suspiro, entonces dijo el caballero:
No entiendo qué le ha podido pasare a Clavileño, pero seguro que ésta situación nos depara una bonita aventura.
Pero al chaval no le hacía mucha ilusión el contratiempo, por lo que, gimoteando, se preguntó cómo iban a salir de allí, de lo que fue consolado por el caballero, que le dijo que saldrían “de alguna forma”.
Pero Roger comenzó a tener miedo porque los ruidos del bosque le hicieron imaginar monstruos ocultos; peligros sin cuento ante los que creía encontrarse indefenso.
Entre los gimoteos del chico y las palabras de consuelo del caballero se interpuso una voz lastimera que hizo mella en el niño, arreciando su temor.
Poco a poco, azuzando el oído, aquella voz lastimera se hizo inteligible:
¡Ay!, ¡Ay! ¿Hay alguien? ¡Socorro!
Por el mismo lugar por donde se escuchaba la voz se iluminó una débil luz. No se veía nada más.
El temor de Roger llegó a hacerse escandalosamente evidente, por lo que dijo Don Quijote:
¿Y con ese miedo quieres solucionar los problemas? ¿No te das cuenta que el miedo no te deja salir de éste peligro?
¡Socorro! ¡Socorro! –se escuchó más claramente-
Don Quijote, puesto en pie dijo con voz potente:
¿Qué sucede?. ¿Quién hay?
Aquí, aquí. - Y la luz, procedente de una linterna, se movió hacia arriba y hacia abajo -. Estoy accidentado, y mi compañero se encuentra muy mal.
La situación de los dos Quijotes, como queda dicho, era muy peligrosa; los precipicios y la noche jugaban en su contra. No obstante esta situación y los ruidos del bosque añadidos, Roger, con el ánimo que le infundía Don Quijote, y aunque no veía muy clara la situación, y con voz pequeñita, casi esperando que le dijeran que no, dijo:
Parece que alguien necesita ayuda. ¿Vamos?
Naturalmente –respondió resuelto el caballero -. Pero hay que ver cómo nos acercamos, porque parece que Clavileño no nos quiere ayudar.
Afortunadamente, aunque no volase, seguía siendo un almacén de los más variados pertrechos, de donde se proveyeron de cuerdas y otros instrumentos de escalada, y rapelando por aquellas paredes verticales, descendieron de su cumbre de aterrizaje, siempre dirigiéndose hacia aquella luz y hacia aquella voz.
El bosque era espeso y oscuro; los zarzales se enganchaban a la ropa, y un búho observaba todos los movimientos, acompañándolos con la música que sabía emitir.
Esta situación, a pesar de dar pesadumbre a Roger, no le impedía tirar adelante en silencio, esforzándose en no ser tan miedoso como Sancho Panza cuando se encontró en la aventura de los batanes. Por varios motivos, entre los que destacaba ahuyentar el miedo, dijo el niño al hombre:
Yo no haré como Sancho en los batanes.
¿Ah, no? - respondió el caballero -.
No. Yo no te hubiese impedido ir a ver qué pasaba.
Así me gusta. No hay que tener miedo ciego a las cosas. Cierto que existen peligros, pero están ahí para ser vencidos.
Ya se escuchaban las voces más cercanas. Ya sólo tenían que escalar una pared rocosa para alcanzar a los que estaban pidiendo auxilio.
Qué bien vendría aquí Clavileño –exclamó el niño –
No te lamentes –replicó Don Quijote -. Nuestra obligación es solucionar todos los problemas que encontremos… con ayuda o sin ella. Vamos, dame ese martillo y esos clavos de escalada.
El caballero inició la escalada mientras Roger seguía las indicaciones para asegurar su marcha.
Una vez alcanzado el nido de águilas donde estaban los montañeros accidentados, dijo a Roger que subiese él también que era necesario ahí arriba. El niño hacía lo que le decían, admirado de lo que se puede llegar a hacer y a aprender en un momento de necesidad. El no había hecho rapel en la vida, y ya sabía; no había asegurado a nadie en una escalada, y ya lo había hecho, y no había escalado nunca, y se disponía a realizar su primera escalada… y de noche. Bien, así se presentan las cosas, pensó, y se puso a acariciar la roca.
Por lo demás algo de técnica le había explicado Don Quijote por el camino: que nunca se coja a la cuerda; que siempre tres puntos de apoyo sobre la roca; que siempre el cuerpo lo más pegado a la roca… vamos, lo que es “aprenda a escalar por correspondencia en una clase rápida”.
Si su maestro lo llamaba era porque se precisaba su presencia, y no debía tener miedo, ya que arriba estaba su maestro, ayudándole en todo lo que necesitase.
Efectivamente, escaló la roca y constató que los dos jóvenes estaban en una situación muy delicada. Uno de ellos con una pierna rota, gravísimo, y el otro también en una situación penosa, totalmente magullado y casi sin poder moverse.
Los montañeros explicaron que habían tenido un accidente escalando, y que el que estaba más grave, que iba abriendo vía, sufrió un accidente y cayó sobre el otro, que a riesgo de perder su propia vida salvó en último extremo la de su compañero.
Aquel, que era quién explicaba lo sucedido, no podía moverse, mientras su compañero yacía inconsciente por el dolor.
Don Quijote organizó la forma de evacuar a los heridos de aquel lugar; ató con las cuerdas al que se encontraba mejor, y con la ayuda de Roger lo descolgó de la roca hasta llegar al suelo.
Cuando estaba ya en el suelo, y tras grandes esfuerzos por desasirse la cuerda (tan mal estaba), ató al extremo de la cuerda unas tablas que Don Quijote había acarreado desde Clavileño.
Con ellas entablillaron lo mejor que pudieron al otro montañero, tras lo cual procedieron a descenderlo con sumo cuidado, siendo desatado de la cuerda por el primero de los montañeros.
Posteriormente descendieron los dos rescatadores. Momento en que Don Quijote envió a Roger en busca de Clavileño.
Pero si no funciona –protestó el niño -.
Ves rápido, que lo necesitamos –ordenó el caballero -.
El niño no dijo nada. Obedeció la orden de su maestro; desandó el camino que antes le pareció tan tenebroso y ahora le parecía poblado de plantas… molestas en ocasiones… pero inofensivas plantas.
Escaló sin excesiva dificultad el montículo donde se encontraba aislado Clavileño, se encaramó al caballo, y moviendo como siempre la clavija, comenzó a elevarse del suelo.
Se acercó donde Don Quijote le aguardaba junto a los dos maltrechos montañeros, y montados todos emprendieron viaje hacia el hospital más cercano.
Dejaron a los heridos, ya ambos conscientes y quejosos de sus heridas, pero que no se lamentaban de su desgracia, y cuando marchaban preguntó Roger:
¿Se curarán?
¡Se curarán! –respondió seguro el caballero –
¡Qué valientes son!. Ya hablan de volver a escalar.
¿Qué quieres?, ¿que se lamenten siempre de su mal?. Eso es de ruines… Y ruin sea quien por ruin se tiene.
Esta sentencia volvió a provocar la meditación en Roger. Era la misma que dio a Sancho Panza cuando transcurrido el tiempo no hacía sino recordar que en una ocasión lo habían manteado.
Y con la satisfacción del deber cumplido, el niño cayó nuevamente en brazos de Morfeo sin haberse acordado e preguntar a Don Quijote el motivo de la avería de Clavileño; curiosa avería en lugar curioso que se solucionó de forma tan curiosa.














CAPÍTULO XVIII

Por la mañana salieron temprano hacia Alcázar ya que, aunque dista pocos kilómetros de Campo de Criptana, querían estar de vuelta a la hora de comer, pues por la tarde todos se habían comprometido; Roger con sus amigos y sus padres y hermanas con los suyos.
El niño preguntó por el anciano, que no podía acompañarles porque tenía otros compromisos.
Pero no te preocupes, nos ha dejado una buena guía para que no nos perdamos. Primero escucharemos misa en la iglesia de Santa María la Mayor, que por lo visto tiene una arquitectura maravillosa; allí visitaremos el Camarín de la Virgen, que es de azulejería talaverana del siglo XVIII…
¿Y es grande el pueblo?
No es pequeño… No es como Tarrasa, pero es muy importante por varias cosas. Por ejemplo es un importante centro de material ferroviario, así como un importante centro vitivinícola (vamos, de producción de vinos). A ver si podemos visitar alguna bodega. Un dato de interés es que, por lo visto, aquí nació Cervantes.
El niño iba escuchando las explicaciones sobre Alcázar de San Juan, casi como aquel que oye llover, tan acostumbrado estaba a los tostones paternos, cuando vio unos molinos de viento.
Mirad, más molinos de viento –dijo –
Sí. Desde antiguo es importante esta población. Ten en cuenta que estamos en La Mancha, y toda esta zona es muy rica en recursos naturales. Aquí se produce mucho cereal, mucho vino y mucho aceite… Y mucho ganado. ¿Has oído hablar de La Mesta?
Sí, claro… Bueno, solo un poco.
Pues La Mesta fue durante siglos una importantísima fuente de riqueza para España, y aún hoy los ganados siguen siendo muy importantes, aunque con la mecanización, las carreteras, el ferrocarril, la fiebre aftosa, la alimentación contra-natura a que se somete a muchos animales, y el progreso (el real y el de engaño), ha quedado un poco marginal.
Entretanto llegaron a destino, y tras aparcar debidamente el vehículo se dispusieron a recorrer a pie la población.
Como habían convenido, se dirigieron primero a la iglesia de Santa María la Mayor para asistir a misa, tras lo cual, y la preceptiva visita al camarín de la Virgen, comenzaron su recorrido turístico.
En el siglo XIII, los caballeros de San Juan se instalaron aquí, en el alcázar que habían construido los moros, y de ahí le viene el nombre a la población… Alcázar e San Juan.
Luego continuó poblándose, y ya en el siglo XVI se fundaron más iglesias, de las que quedan un par de excelentes muestras, como son la iglesia de San Francisco y la de Santa Quiteria.
Hoy nos espera una buena mañana de cultura histórica. También fue priorato, y según don Vicente es digno de ser visitado el palacio del prior, y sobre todo, el torreón.
Todos (a su manera) iban escuchando las explicaciones del improvisado cicerone; así, las niñas iban correteando de un sitio a otro, y maldito el caso que hacían; la madre, las perseguía y requería la ayuda del interrumpido cicerone, y Roger, captaba lo que captaba, cuando quería, y cuando no, incordiaba tan dignamente como sus hermanas. El padre, no obstante, impasible el ademán, persistía en su cruzada cultural.
En algunas ocasiones, frente a algunas casas con impresionantes fachadas, preguntaba el niño de quién podían ser, a lo que el dilecto padre respondía inexorablemente:
No sé de quién será ahora, pero en sus tiempos debió ser de algún labrador rico. La mayoría de estas casas están construidas en el siglo XVIII, y son clara muestra de la solidez y potencial de la sociedad manchega del momento. Luego llegó la Revolución Industrial, el aceite de colza, el cultivo transgénico, el sida, las vacas locas y la fiebre aftosa, y ya se sabe… ambos son incompatibles y alguien tiene que fenecer.
Fue una mañana muy intensa que, tras la visita al Monasterio de Santa Clara, construido en el siglo XVI, y actualmente monumento histórico artístico, acabó con nuestros visitantes, exhaustos, en el Museo Arqueológico.
No había quien aguantase a las niñas, que se habían convertido en un manojo de nervios que ni los helados ni las golosinas calmaban. La mujer estaba literalmente agotada sin fuerzas tan siquiera para dar un grito; Roger se colgaba de su padre pidiendo capricho tras capricho y sin enterarse de lo que le estaba rodeado, así que, antes de entrar en el museo, tan encomiado por Don Vicente, dijo la mujer:
Me parece que tendremos que volver otro día y dejarlo por hoy.
Realmente, contestó el hombre. Vamos a tomar un refresco y nos volvemos. O mejor, nos quedamos a comer y luego volvemos tranquilamente si los niños nos lo permiten.
Así lo convinieron y así lo hicieron. Tras deleitarse con un sabroso pisto manchego y un delicioso cordero con garantía de crianza con pastos y piensos vegetales, acabaron marchándose a casa, puesto que convencieron de lo improbable que los niños cambiasen su actitud beligerante por una más conformista si acaso decidían ir al museo.
























CAPÍTULO XIX

Cuenta Cide Hamete Benengeli…
Y finalmente llegó al final del capítulo XXIII, donde relata: ”…el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, y dijo lo que se dirá adelante.”
Cerró el libro, y como ajeno a lo leído preguntó a su padre si irían a visitar Almodóvar del Campo.
Ante la extrañeza del que escuchaba por la pregunta emitida, el chico la argumentó en base a que acababa de leer que allí había montañas y bosques frondosos, y que por supuesto, Don Quijote, había estado cerca, en Sierra Morena, cuando se quedó solo en las montañas, dedicado a hacer penitencia. Cuando tropezó con Cardenio y convivió con él y los cabreros.
Explicó el chaval, que después que el caballero largase un importante discurso al buen Sancho, se encontraron por el camino con una expedición de gente condenada a remar en galeras.
¿Qué son galeras? –preguntó el niño -.
Las galeras a que se refiere el cuento eran embarcaciones de guerra, y los galeotes, que tales eran los condenados, eran quienes remaban por fuerza, como condena por haber hecho alguna fechoría. Por si acaso pretendían bogar con poca alegría, era bastante normal que los encadenasen a los remos, con lo cual, si la embarcación se hundía, ellos perecían irremisiblemente al no poder desengancharse. Les iba la piel en hacer bien su trabajo.
El hombre aprovechó la oportunidad para explicar al chiquillo que existía otro tipo de galera, y que exactamente es un carro de cuatro ruedas, tirado de ordinario por dos caballerías, y que se ha usado durante muchos años. Vamos, en estas tierras –dijo- han sido utilizadas hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX.
Pero estas galeras son las otras, ¿no?
Sí, claro, estas eran utilizadas por gente no forzada más que por la necesidad de trabajar.
El caso –prosiguió Roger – es que Don Quijote preguntó por qué llevaban a aquella gente así, y a cada uno fue preguntándole su delito, hasta que se cansó de escuchar razones y preguntó si estaban así por propio gusto o por fuerza. Como le dijeron que por fuerza, ordenó a los guardias que los soltasen al momento, y allí se organizó un buen follón. Los guardias que lo querían impedir, y los condenados, que se hicieron con las armas, hicieron correr a los guardias. Luego, como Don Quijote les ordenó que fuesen a presentarse y dar las gracias a Dulcinea del Toboso, se enfadaron con él y lo apedrearon, dejándolo tumbado y mal herido.
Está claro, hijo, que el hacer bien a villanos es como echar agua al mar.
Algo así dijo Don Quijote; luego Sancho, que como siempre tenía miedo, acabó convenciendo a Don Quijote para, abandonando los caminos, meterse en el monte, y se metieron en Sierra Morena.
El chiquillo continuó contando las vicisitudes de la novela: Contó la mala jugada que les hizo el peor de los delincuentes liberados; el robo del burro a Sancho, y la promesa de tres burros que le hizo Don Quijote en compensación por la pérdida.
Lo que no entiendo -dijo el niño- es que al rato aparece Sancho montado otra vez en el burro…
Eso –dijo el hombre- es para que veas que hay que distinguir lo que hace Don Quijote de lo que cuenta Cervantes. ¿Cómo puede ir Sancho montado en un burro que no tiene?. Por lo mismo puede haberse confundido en el asunto de los molinos de viento o en el de los ganados.
Parecía que la lectura del día le había impresionado más de lo habitual, porque las explicaciones eran más profusas. Comentó así la alegría que se llevó Sancho cuando se encontró una maleta con dinero, dando por buenas todas las malandanzas que llevaba. Luego, que vieron a un hombre dando saltos por las rocas, y que Sancho, suponiendo que se trataba del dueño del dinero, no quería ir a verle, pero que Don Quijote se esfuerza por encontrarlo, y al final lo consiguen.
Hasta ahí había llegado en la lectura, y a partir de ese momento encontró que el estómago le pedía refuerzos, así que buscó a su madre, quién le preparó una buena merienda que, cogida al vuelo, fue devorada en la calle.









CAPÍTULO XX


Cuando todo el pueblo dormía, pasada ya la media noche, una pregunta incisiva fue lanzada por el aprendiz sobre el maestro:
¿Tú liberas a los delincuentes?
Lo dices por la aventura de los galeotes, supongo… Pues sí, yo les di la libertad, y mira cómo pagaron el favor: a pedradas. No se puede ser generoso con el mezquino, porque el mezquino no lo entenderá. Tan sólo la magnificencia de Dios puede alcanzar esas cotas de grandeza y de generosidad, y eso porque, reciba la respuesta que reciba, siempre prevalecerá. De ahí para abajo, siempre habrá que medir lo que se hace. Pero ¿qué le vamos a hacer?. ¿Quieres que salgamos a tomar un poco el aire?.
El niño, que entendió la sugerencia, se prestó voluntario para una nueva aventura.
Vas a comprobar cómo el hacer bien a los villanos es echar agua en el mar. Dios nos hizo libres y no es admisible que nadie haga esclavo a quién la Naturaleza hizo libre. De ahí proviene mi mala interpretación primera, que me llevó a liberar a los galeotes.
Pero si no es bueno que nadie quite la libertad a quién Dios se la dio, habrá que ayudar a los que están en prisión…
Con limosnas y oraciones –interrumpió Don Quijote-, y dependiendo el tipo de presos de que se trate, porque no es lo mismo un delincuente que una persona justa presa por causa de la Justicia, a quién Jesús lo llama bienaventurado; como no es lo mismo un acto terrorista que un levantamiento en rebeldía contra el tirano. Lo primero es un crimen; lo segundo una obligación cristiana, justificada plenamente por Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes doctores de la Iglesia.
Acabó de decir esto cuando encaminó la mirada del crío hacia abajo. Estaban sobrevolando Barcelona a baja altura, observando con claridad todo lo que ocurría sobre el asfalto de sus calles.
Gente de mal vivir deambulaba de un sitio a otro, mezclada entre la gente normal, que paseaba, iba a trabajar o salía o entraba a algún espectáculo.
De pronto, el caballero señaló hacia una parte: Un delincuente estaba robando sutilmente la cartera a un viandante. Dijo al principiante:
Acaban de robar a un hombre; quizás a un padre de familia; quizás se trate del sueldo con el que tenía previsto mantener durante el próximo mes a sus hijos. ¿Quién crees tú que esclaviza a quién?, ¿quién fuerza la voluntad a quién?.
En aquel justo momento, un policía que había observado la escena comentada, detuvo al delincuente, que al intentar huir debió ser reducido de manera violenta. Todo parecía normalizado a los ojos de Roger. Ahora, pensó, el policía devolverá la cartera al hombre asaltado, y se llevará detenido al delincuente. Y continuaron adelante.
Cuando menos se lo esperaban encontraron un gran revuelo; el asunto era que dos bandas rivales de delincuentes se disputaban el terreno de actuación, y más que a las manos habían llegado ya a las armas.
Roger planteó la posibilidad de intervenir, pero Don Quijote, desanimado por un momento prefirió no intervenir. Ahí, -dijo- no hay gente honrada, y en ese caso, mejor no intervenir. Dijo algo entristecido:
Tú busca la verdad, arregla todos los desaguisados que puedas; si puedes llevar a esta gente a la cárcel, llévala, pero hazlo cuando sepas que se va a quedar.
Encontró Roger en el tono de Don Quijote un no sé qué de melancolía y abatimiento. ¿Cómo es posible –pensaba – que mi héroe sea incapaz de arreglar este estropicio?
Y Don Quijote, como adivinando el pensamiento del acólito dijo:
Hay personas que de una forma u otra están permitiendo que esto, que tanto asco da, sea como lo vemos; personas que teniendo medios para acabar con la delincuencia no lo hacen porque anteponen los derechos de los delincuentes a los derechos de las víctimas.
Pero tú puedes arreglar eso…
¡Eso quisiera yo! ; pero cuenta que en nuestra contra hay enemigos poderosísimos; encantadores que de día y de noche dicen a la gente lo que debe hacer, opinar y decir en cada momento… Y la gente, opina, hace y dice lo que le ordenan, y además considera enemigo y esclavo a quién se niega a seguir las consignas de los manipuladores.
Y eso, ¿cómo puede ser?
Piensa y encontrarás la figura del encantador.
Y siguió hablando de los encantadores, tras cuyas palabras, nuestro pequeño héroe comenzó a ver claramente a qué tipo de encantadores se refería.
Como fondo musical, una canción pegadiza anunciaba una bebida refrescante, y el entorno se encontraba plagado de anuncios que indicaban lo feliz que se puede ser si no se tiene la audacia de pensar, de comer, de vestir y de viajar lo que uno y donde uno quiera y cuando quiera… O de no tener necesidad alguna de gozar de esos placeres artificiales.
Pensando lo que estaba diciendo Don Quijote, Roger recordaba aquellas palabras que su héroe había dicho a Sancho: Todas las cosas de los caballeros andantes parecen necedades y desatinos, y todas hechas al revés.
Entonces comprendió que el espíritu de su maestro no era común a la generalidad de las personas; llegó a la conclusión que el sentido común es el menos común de los sentidos…
Y allí abajo, la selva humana.
De pronto Roger vio algo que no le permitió observar la continencia que durante toda la noche había mantenido.
Dos delincuentes, en un coche, se habían acercado a una señora que llevaba un bolso colgado de un brazo.
Cuando estaban a su altura, uno de ellos, sin bajar del coche, cogió el bolso de la mujer pretendiendo quitárselo, pero como la señora no consintiera, el otro, dando un acelerón provocó que cayese al suelo, y emprendiendo posteriormente la huida, ya con el bolso en su poder.
El chico, ante semejante tropelía, pidió autorización al caballero para intervenir, a lo que accedió el caballero no sin antes señalar que la señora podía quedar sola.
De momento convinieron que quién mejor podía atenderla era el caballero, así que el chaval se encargó de perseguir a los vándalos, que huían a gran velocidad.
Los alcanzó y se colocó encima del coche, dejando caer sobre el parabrisas un recipiente lleno de barro.
Los delincuentes, que recibieron aquello con gran sorpresa, fueron lo suficiente hábiles como para no acabar estrellados contra otros coches, pudiendo continuar su huída, no sin preocupación, pues no sabían lo que era ni de dónde les había sobrevenido.
Entonces el muchacho cogió un compresor de los que utilizan en las obras, y que se encontraba en su camino, depositándolo sin violencia encima del coche de los delincuentes.
El techo comenzó a hundirse y el coche a circular con suma dificultad, todo lo cual provocó en sus ocupantes verdadero miedo, por lo que finalmente pararon y bajaron a ver qué era lo que sucedía.
El chico elevó el caballo unos metros, para divertirse; para oculto en la oscuridad de la noche, por encima de las farolas, ver sin ser visto.
Los delincuentes, al ver aquella máquina sobre el cocho, y sin llegar a hacerse ninguna pregunta, optaron por salir corriendo. En ese momento, desde lo alto, les dijo Roger:
Vais en dirección equivocada.
Al comprobar que un niño les hablaba, se envalentonaron, y sin saber dónde dirigir la vista ni las palabras, lanzaron palabras para amedrentarle.
Que vais en dirección equivocada –repitió Roger -. La señora a la que habéis atacado está más atrás, y yo sé que vosotros lo que queréis es ir a ayudarla.
Anda, niño… no digas tonterías. ¿Y dónde estás? Anda, sal, que no te vamos a hacer daño.
No digo tonterías. Digo que vayáis ahora mismo si no queréis arrepentiros de verdad.
Los delincuentes no sabían que decir al verse imprecados por un niño al que no veían. Hasta que bajando hasta una altura de un metro por encima de sus cabezas volvió a repetir la orden.
Al ver aquel aparato, salieron corriendo en dirección contraria a la ordenada, por lo que con una rápida maniobra hubo de tapar la calle con el cuerpo de Clavileño.
Mira niño, o nos dejas en paz o te partimos la cara, ¿vale tío?.
Viendo que eran grandemente contumaces, optó por una medida determinante: del lomo de Clavileño sacó una lanza con una lazada en la punta, con la que hábilmente amarró a los delincuentes, haciéndoles caminar a trompicones.
Cuando llegaron donde Don Quijote y la señora, que afortunadamente no tenía más que algunas pequeñas magulladuras, dijo el niño:
Ahora devolved a la señora lo que le habéis quitado, acompañadla al dispensario y luego a su casa, y si así lo hacéis os sentiréis satisfechos, y si no lo hacéis, volveréis a tener nuestra visita, que no será tan pacífica como hoy.
La mujer dio las gracias a los caballeros, pero manifestó su intranquilidad por quedarse a solas aquellos individuos, a lo que Roger replicó que no se atreverían a hacerle ningún daño, tras lo cual, y dejando cierta intranquilidad en el cuerpo de la buena mujer, se elevaron sobre sus cabezas, desde donde, sin ser vistos, comprobaron que se cumplía lo ordenado.
Luego, Don Quijote preguntó a Roger la causa de actuación tan extraña con los delincuentes, a lo que Roger argumentó que, conforme lo que él mismo había dicho tras el suceso con los galeotes, una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal.
El caballero se sentía orgulloso por los extraordinarios avances de su acólito; lo cogió cariñosamente entre sus brazos. El niño, que había intuido el gran amor de aquel gesto, apoyó la cabeza en el pecho de su maestro, que lo llevó de vuelta a casa.


CAPÍTULO XXI


La noche anterior habían decidido desplazarse a las Lagunas de Ruidera, siguiendo los consejos de Don Vicente, quién les había dicho que ver los Ojos del Guadiana, estar en las Tablas de Daimiel, era un ejercicio saludable para el espíritu, pero dejar de visitar las Lagunas de Ruidera, pudiendo hacerlo, era alta traición a la Naturaleza.
Con tan fausta aseveración, y no teniendo otros compromisos, los veraneantes decidieron no perderse el espectáculo natural a que eran tan fervientemente invitados.
Partieron de buena mañana porque, siempre según D. Vicente, cada hora en las lagunas era un espectáculo distinto, y si tenemos en cuenta que se trata de una sucesión de más de treinta kilómetros ininterrumpidos de agua, era menester aprovechar el día.
Efectivamente, cuando llegaron comprobaron que Don Vicente se había quedado corto. Roger agotó pronto un carrete de fotografías, casi nada más llegar a Campo de Montiel.
Pasaron el pantano de Peñarroya, y a poco llegaron a Ruidera, donde a poco dejaron aparcado el coche a la sombra de unos álamos y continuaron la excursión andando y embebiéndose del paisaje.
Según D. Vicente –dijo el hombre – todas son preciosas, pero sólo me dio el nombre de las cuatro mayores: Blanca, la Lengua, del Rey y Colgada.
¿Y cuántas hay? –preguntó Roger-
Diecisiete, y todas comunicadas entre sí.
Pasaron el día caminando por entre pinos y encinas, con la grata sorpresa de que las niñas no estuvieron especialmente engorrosas, y dándose algún chapuzón en aquellas límpidas aguas.
Todos quedaron tan prendados del lugar que se dieron cuenta de lo inútiles que resultan las palabras en según qué ocasiones.
Pero si la lengua no se movía con tanta facilidad como lo hacía habitualmente, la cámara fotográfica no paraba de hablar con su particular sonido.
Frisaba la una de la tarde, y los excursionistas comenzaron a sentir algo así como hambre; las niñas, que hasta el momento no se habían hecho notar, comenzaron a ponerse francamente pesadas, y para detenerse no encontraron mejor sitio que unas hermosas encinas al borde del agua.
Descargaron los bultos y repartieron las viandas, que los dos varones devoraron sin sentir, mientras el sexo femenino daba más tarea de la que todos deseaban. Finalmente todos quedaron tranquilos; con los estómagos llenos bajaron las ganas de revolotear y de enredar. Justo en el momento que más tranquilos estaban, el hombre se dio cuenta que no habían escogido el mejor lugar, pedregoso por demás, y siendo que en la otra orilla de la laguna un hermoso bosque de pinos que anunciaba un suelo menos hostil se señoreaba del lugar.
El hombre se quejó:
Hemos ido a aterrizar en el sitio más inhóspito de la zona, lleno de matojos, piedras y sol. Mejor si nos vamos a aquellos pinos.
Y es que haber ahuyentado el hambre, primera necesidad del momento, despertó como prioritarias otras cuestiones, como la calidad del lugar para reposar. La mujer, a pesar de todo, no quería moverse porque las niñas se habían quedado tranquilas, pero la insistencia del hombre movió a trasladar el hato.
Al hombre le tocó realizar varios viajes, trasladando impedimenta y niñas, pero al final consiguió su objetivo, a través de un pequeño brazo de tierra, escalón natural entre dos lagunas. Entretanto, el sol aprovechó la oportunidad para picar con más fuerza, haciendo más patente el deseo de instalarse en la otra orilla.
Todos quedaron contentos con el cambio, incluso la mujer, que reconoció su equivocación al haber renegado en el momento de la proposición del cambio.
La apacibilidad del lugar, la contemplación de la tranquilidad reinante provocaron algo así como modorra en la madre, que acurrucaba a las niñas, y esta situación acabó contagiando al hombre, que se tumbó a la sombra y acabó definitivamente en brazos de Morfeo.
Roger, solo ante el peligro, primeramente se entretuvo en tirar unas piedras sobre el agua, pero como veía que no se acababan, por mucho que insistía, acabó él por sentarse a la sombra y continuar con la lectura que nuevamente, y a espaldas de su padre, había cargado físicamente sobre las suyas, en la mochila.
Como fuese que la postura cogida con la carga de las niñas era harto difícil, la mujer acabó despertando de lo que solo fue modorra, acomodó a las niñas y se fue junto a su hijo, que ya había comenzado a leer.
Le recriminó que hubiese cargado con el libro cuando sabía que su padre no quería que tal hiciese, pero ya puestos, leyeron y comentaron.
Al final, Roger comentó con su madre los avatares de lo leído, y la mujer le dió los oportunos consejos, como venía siendo habitual.
Contó Roger que Cardenio, que así se llamaba el que andaba a saltos por entre las rocas, y como Sancho temía era el propietario de la maleta con dinero, cuenta a Don Quijote su historia, pero como sea que éste le interrumpió en una ocasión, a pesar de que había anunciado que no lo hiciesen para evitar males mayores, comenzó a dar palos y se marchó corriendo por entre los montes.
Después de esto, dijo Don Quijote a Sancho que había decidido ponerse a hacer penitencia, y que quería ser visto por su escudero para que luego fuese a contar a Dulcinea todo lo que estaba haciendo por su amor.
El problema fue entonces de Sancho, que desconocía quién fuese Dulcinea del Toboso, y cuando Don Quijote la identificó como Aldonza Lorenzo, Sancho la trató de vulgar y basta, pero el caballero rectificó el juicio diciendo que para lo que él la quería valía como la más alta princesa de la tierra.
Cuando dijo a Sancho que se daría calabazadas en las rocas, Sancho respondió que no lo hiciera, que él diría que lo había hecho, aunque no fuese cierto, pero el caballero le respondió que eso de mentir no debía hacerlo jamás, acto seguido empezó a hacer locuras.
Después de todo esto, Sancho se fue con Rocinante y encontró al cura y al barbero en la venta donde fue manteado, y como a pesar de ser presionado no quería decir donde estaba el caballero, le metieron miedo diciéndole que iban a acusarlo de asesinato, pues iba con el caballo de su señor, y entonces, lleno de miedo, lo dijo todo.
¡Qué poco serio es Sancho!
Sí, pero mira que si lo acusan de asesinato…
Con una corta conversación, la madre ordenó al niño guardar el libro, que si no, su padre le echaría bronca… y con razón –le dijo -.
A poco despertaron los bellos durmientes con ganas de marcha, metiendo prisa el hombre, y diciendo que quedaba mucho trecho por recorrer y pocas horas de luz.
Continuaron deleitándose con las mutaciones de color que sufrían las aguas, y fueron acercándose al cocho, donde llegaron cuando ya entraba la noche, momento en que partieron hacia Campo de Criptana.
Había sido una jornada muy ajetreada.








CAPÍTULO XXII

Cuando más tranquila se encontraba la noche, nuevamente apareció la figura amiga de Don Quijote, despertó a su aprendiz y comenzaron a charlar.
Esa noche no parecía el niño muy dispuesto a salir de juerga, y las preguntas y comentarios se seguían sin que diese lugar a otra actividad, hasta el extremo que, extrañado, Don Quijote preguntó si prefería que se fuese.
Roger dijo que no, pero en el ánimo del caballero apareció una especie de duda sobre si se habría equivocado al escoger a su aprendiz. ¿Sería –pensaba – que delante, en vez de un aprendiz de Quijote tenía un aprendiz de Sancho?, o peor, ¿sería un aprendiz de cura de su pueblo… o tal vez un barbero?
Pero Roger dijo de repente:
No pienses que tengo miedo ni que me he desmoralizado por lo que vimos anoche. ¡Que va!. No. Ya sé que no me consideras tan simple ni tan egoísta como Sancho. LO que pasa es que quiero que me expliques algunas cosas.
Las que tú quieras. Para eso estoy aquí.
Tú, la noche que nos conocimos, me dijiste que me ibas a enseñar la vida, y hasta ahora siempre hemos ido realizando los hemos más importantes que iban aconteciendo en tu historia, conforme los leía yo por la tarde, y hoy quiero comentar contigo una cosa que todavía no me has explicado.
Don Quijote se puso nuevamente a disposición del aprendiz, no sin indicarle que él no era en absoluto extraordinario, y que por supuesto desconocía las cosas que se realizaban fuera de su presencia, y por tanto, las aventuras que habían corrido, si coincidían con lo que antes había leído, sería coincidencia… u obra del cielo, que es todopoderoso. Yo –dijo muy serio el caballero – solo soy un hidalgo, y que sepas que los hidalgos son la clase de rango más bajo en la nobleza institucional española, pero por el contrario son muy numerosos, y como propio de los hidalgos se entiende que es obrar el bien en cualquier circunstancia. De ahí que se conozca como “hidalguía” todo acto generoso y noble. ¿Te das cuenta?, no condería ni duquería ni… sólo hidalguía.
También explicó al chico que también él cumplía la primera condición del hidalgo.
Tus decisiones –dijo-, por lo que he visto, tu voluntad de hacer el bien, son firmes y verdaderas, y yo siempre he dicho que las cosas deben ser precisamente eso, firmes y verdaderas.
El niño escuchaba aquella lección de moral y se encontraba como viviendo otra de las aventuras a las que se había acostumbrado en los últimos días.
Por su mente, en esos momentos, y al sonido de las máximas del maestro, repasaba su enfrentamiento con los delincuentes, con los traficantes de droga; su experiencia en las inundaciones… Todo en conjunto y nada concreto se le presentaba. Y es que Don Quijote, como había apuntado Sancho Panza, estaba versado en multitud de ciencias; era sabio, profundamente sabio…
El caballero continuaba su disertación:
Es como la cuestión de Dulcinea. ¿A ti qué te parece que es Dulcinea?
Oye, que eso era lo que quería comentar contigo… ¿No ves como tienes poderes sobrenaturales?
Don Quijote prometio por su honor de caballero que no sabía lo que se le iba a plantear.
Te digo más –dijo -: cuando me has dicho que no querías salir, casi casi me he sentido defraudado pensando que te habías convertido en apocado…
El niño protestó diciendo que quería ser caballero como Don Quijote, a lo que éste contestó que le parecía bien, pero que había quedado manifiesto que la Providencia está siempre presente, pues habían tratado del tema sin que el interesado lo hubiese sacado a colación.
Ante estas explicaciones, el chico quedó más conforme, porque él nunca había creído esas cosas que ponen por televisión y en el cine; eso que un señor hiele un lago de un soplo, detenga el globo terráqueo y lo haga girar en contra del tiempo, o que le disparen un tiro y le rebote… o esas cosas tan raras que hacen algunos héroes prototipos del país de plexiglás.
No, Don Quijote es justamente lo contrario; Don Quijote es voluntad de superación y de justicia, pero tiene dificultades, claro está.
El caballero continuó con el tema:
A ti, ¿qué te parece que es Dulcinea?
Pues Aldonza Lorenzo, la labradora tan bruta que describe Sancho Panza.
Alto ahí –cortó Don Quijote -. Dulcinea es hermosa, y generosa. Es gentil, sublime, perfecta. No tiene ninguna tacha.
Pero Sancho la trata poco menos que de bruta…
Porque Sancho tan solo ve lo material. Cuando una persona se enamora de otra, ya no ve sus defectos, y aunque ésta sea bizca y con un lunar en un ojo, el enamorado encontrará una rara perfección en los defectos; si cojea, el enamorado verá que al andar hace unas graciosas cabriolas que ninguna otra mujer iguala; y así, cada una de las imperfecciones que todas y cada una de las personas tenemos, son tapadas por el amor cuando de verdad existe.
¿Piensas acaso que todas las bellezas que se ven o que se cantan son reales? ¡Cuántos botes de pintura y cuántos tinteros se han agotado para tapar determinadas imperfecciones!. En definitiva, Dulcinea no es sino mi ideal de perfección. Aquella máxima que hay que conseguir, y que si no llegamos nunca a alcanzar no nos desanimará, porque lo importante en la vida es marcarse una meta alta y buena como objetivo, aunque después de viejos y cansados por la lucha muramos sin haberla conseguido.
Claro –dijo Roger -, Dulcinea es la perfección... El Paraíso. El agua cuando hace calor y el calorcito cuando hace frío...
Y la comida cuando hay hambre, y la justicia cuando hay injusticia, y el valor cuando el peligro es inminente...
Y el niño, que hacía un rato se había tumbado en la cama, cerró los ojos sin darse cuenta, y el caballero murmuró:
Y el dormir cuando hay sueño.
















CAPÍTULO XXIII

Pasaban unos minutos de las diez cuando a la casa llegó Don Vicente.
Se encontró al matrimonio arreglando la casa, y extrañados de verle tan temprano por allí, le invitaron a desayunar.
El hombre no sabía qué hacer, pues según dijo, la mujer lo despachó de casa porque quería hacer limpieza general, y él no encontró mejor cosa que hacer que dirigirse a casa de sus amigos a interesarse cómo les había ido la excursión del día anterior.
Mientras entraban en pormenores, Roger se levantó y llegó a la cocina, que abandonó tras trasegar un vaso de leche, para sin llamar la atención, marcharse a ver si encontraba a alguno de sus amigos por ahí.
Así sucedió. Se encontró con Fernando que le contó las actividades del día anterior, cuando fueron retados a un nuevo partido. Lo jugarían pronto, y contaban con un refuerzo de importancia: un primo de Regino que vivé en Madrid y que juega muy bien.
Acordaron marchar en busca de sus otros amigos, y juntos se fueron a los yacimientos prehistóricos, que Roger no conocía todavía.
Estuvieron un buen rato, esperando encontrar algo llamativo, y realmente encontraron... piedras que eran incapaces de identificar si se trataba de vulgares trozos de naturaleza, o elementos usados por los habitantes prehistóricos, así que a Gabriel se le ocurrió una idea mejor: Ir a desayunar melón.
Como plaga de langostas cayeron sobre el melonar del tío Andrés; tío de Gabriel, que durante la primavera había cuidado con primor, dando los riegos oportunos y quitando las malas hierbas que desconsideradamente y sin pedir permiso habían ido naciendo entre las plantas.
Pero ni los cuidados del labrador ni los sulfatos pudieron prevenir la plaga infantil.
Cada niño se dirigió a una mata buscando el melón que mejor pinta tuviese.
Una vez terminada la razzia se dirigieron con el botín a otro campo cercano, atendiendo la invitación de Miguel, pues allí tenía su padre unos ciruelos que, por lo que le habían dicho días atrás, estaban rebosantes de fruta.
Pronto se amontonaron los melones a la sombra de una noguera, siendo demorado su tránsito hasta tanto las ciruelas hartasen la voracidad de la horda infantil.
Todos se dirigieron a los árboles, dando inicio la rapiña, llenando hasta tres camisas de las que previamente se habían despojado y convertido en talegos con la técnica de abrochar botones y anudar mangas.
Recogido todo el botín, se dirigieron a una fuente donde suponían no les molestaría nadie, y donde dieron buena cuenta de cuanto habían “recolectado”.
A la hora de comer, en la mesa de cada una de las casas faltaba un comensal y comenzaba a sobrar nervios.
Finalmente, sobre las cuatro de la tarde, el padre de Fernando fue a visitar al de Roger, quién lógicamente no pudo facilitar ninguna información.
Juntos dieron la voz de alarma a las demás familias, que se dispusieron a salir en busca de los niños.
Pero no tuvieron oportunidad, porque aparecieron en tropel, con caras descompuestas y quejándose de dolor de barriga.
Todo fue correr a casa; todo llamar al médico... que ante semejante situación optó por una medida radical:
Hay que laxarlo –iba diciendo a los padres de cada uno -.
Efectivamente, conforme iban visitando el servicio la mejoría se iba haciendo más manifiesta, y la tranquilidad volvía al espíritu de los protagonistas.
Pero, ¿qué habéis hecho? –preguntó a Roger su madre-.
El niño explicó que nada del otro mundo, que Gabriel había invitado a comer melón a la pandilla, y Miguel a comer ciruelas, y luego... se pusieron malos. El niño aseguraba que lo que había sucedido era que las ciruelas estaban sulfatadas. Tal experiencia agrícola, naturalmente le había sobrevenido de los comentarios hechos por sus amigos que, efectivamente sí conocían algunas prácticas agrícolas.
La madre le sacó de dudas cuando pudo sonsacarle la cantidad de fruta que habían ingerido.
Luego le preguntó si tenía dinero, a lo que respondió que trescientas pesetas.
Lo que unido a lo que tienes ahorrado en Navarcles, tal vez sea suficiente para pagar los destrozos que has hecho –le dijo su madre-.
El niño quedó blanco, pero esta vez porque de pronto se veía sin ahorros.
Su madre le anunció la visita que harían al día siguiente al tío Andrés y al padre de Miguel, para pedirles perdón por la invasión y para preguntarles cuanto costaba la juerga.
El niño protestó y buscó las vueltas, diciendo que no tenía más que las susodichas trescientas pesetas, lo que fue rebatido con el anuncio de un préstamo que sería rigurosamente cobrado al volver a casa.
La intranquilidad provocada por el anuncio no le impidió quedar dormido una vez evacuó todo lo sobrante.
Cuando despertó, y sin levantarse de la cama, llamó a sus padres para preguntarles si podía salir a la calle, pero su madre, inflexible, le anunció su próxima comida y el espacio que ocuparía en las próximas horas
No hermoso, ahora tomarás un poco de arroz hervido y te quedarás en casa a descansar.
A regañadientes, pero conforme, aceptó lo que le decían, pro pidió el libro que estaba leyendo para pasar el rato.
Su padre se ofreció voluntario para leerlo en voz alta, y el niño aceptó.
Cuando el cura y el barbero encontraron a Cardenio... Roger escuchaba atento para saber el resultado de la historia que con Don Quijote quedó a medias, pero cuando luego apareció también Dorotea contando también su historia, interrumpió Roger:
¿No ponen demasiado cuento?
Pues sí –apostilló su padre -. Aquí aprovechó Cervantes para largar un cuento que no venía mucho a cuento, pero mira qué bien lo enlaza después.
Efectivamente, a Roger también le pareció genial cómo integra en la obra a estos personajes que llevarán tanta pesadumbre a Don Quijote.
Quedó admirado de la mala fe del cura para convencer al caballero que Dorotea era una supuesta reina destronada que iba a pedir auxilio al Caballero de la Triste Figura. Pero también fue aprovechada la ocasión por Don Quijote para mostrar toda su generosidad al renunciar a todas sus aspiraciones en tanto no hubiese satisfecho los deseos de aquella farsante. ¿Y después?, cuando hizo callar a los que le halagaban. ¡Qué gallardía! ¡Qué ejemplo de hombría de bien! Y ¡Qué vergüenza, si la tuviesen para aquellos que se hacían llamar cuerdos!.
Qué mala fe tienen el cura y el barbero –dijo el niño -.
Realmente. Y no creas que son figuras literarias. Personajillos como esos existen realmente... Y muchos, por cierto. Te dicen parabienes por delante mientras por detrás te apuñalan.
Sí, y Sancho, ¡qué tonto! ; primero se cree todo lo que le cuentan, aún viendo lo contrario, y luego chivatea que él avisó a Don Quijote para que no diese libertad a los galeotes.
El niño iba comprendiendo cada vez más a Don Quijote. Sin saber exactamente por qué, está con él cuando castiga a palos a Sancho por el menosprecio que hace de Dulcinea. Y ¡qué agudo es Cardenio al apuntar que tal locura no podía ser fabricada artificialmente!. Más adelante interrumpe nuevamente el niño.
Pero, ¿por qué miente tanto Sancho?, ¿por qué dice que ha ido a ver a Dulcinea y que la ha visto hacer esto y aquello, si es mentira?
Yo tampoco entiendo esa actitud –dijo el hombre -, pero convéncete, casi toda la gente es Sancho, ¿o acaso hay muchos que de forma voluntaria dejen los placeres para atender las obligaciones?. ¿Acaso crees que la mayoría dejaría de ir a ver a Dulcinea por ir a pelear en tierras lejanas y por asuntos que en nada les afectaban? Eso sólo lo hace un alma generosa como la de Don Quijote. Y mi generosidad lectora ha llegado hasta aquí; acabo este capítulo y cierro el libro.
El niño volvió a manifestar que ya se encontraba bien, y que quería levantarse, a lo su padre accedió con la condición de que no saliese de la casa hasta que todos estuviesen totalmente convencidos de su recuperación.


















CAPÍTULO XXIV


De madrugada apareció su amigo nocturno, que le urgía a salir de la cama volando por los aires.
No se lo pensó dos veces, y de un salto se puso sobre el caballo de madera. Cuando ya estaban en el aire preguntó el destino del viaje, pero el caballero le dijo que lo mejor era dejar suelta la rienda para que el caballo, a su placer los llevase donde prefiriese.
De pronto bajó hasta un lugar apartado donde a media distancia había una casa rústica de la que salía una luz tenue, y hacia ella se dirigieron a pie, dejando al caballo “pastando” en la pradera.
Al entrar en la casa fueron recibidos amablemente por los allí reunidos, entre los que destacaban por su indumentaria de ejecutivos, más llamativa dada la rusticidad de los circundantes, dos personas.
Éstos, más que los demás, contemplaban con extrañeza la figura de Don Quijote y se admiraban del porte y edad de su acompañante.
Pronto fueron rodeados por los presentes, y convidados a tomar lo que les apeteciese.
Don Quijote, que en un principio rehusó amablemente el ofrecimiento, acabó aceptando, y Roger tomó un vaso de leche fría.
Cuando todos se encontraban relajados, uno de los figurines preguntó a los visitantes por su naturaleza, a lo que Roger contestó rápidamente:
Somos dos caballeros andantes.
De forma socarrona, el interpelante escudriñó más, a lo que Roger continuó informando de lo que eran.
Hemos tenido aventuras muy interesantes; hemos ayudado a la gente en unas inundaciones que hubo días atrás; hemos ayudado a la Guardia Civil en un enfrentamiento con terroristas; hemos detenido a una banda de delincuentes… y muchas cosas más.
El otro de los socarrones intervino preguntando, con aire de suficiencia si eso lo habían hecho ellos solos, a lo que el niño respondió que lo que ellos querían era ayudar a la gente, y si donde estaban sucedía alguna cosa rara, no dejaban de intervenir.
Los socarrones empezaban a pasárselo de maravilla. Mira que estábamos aburridos hasta ahora –se comentaron por lo bajo-. Sin embargo, ahora les había llegado como por arte de magia algo que les iba a entretener sobremanera, y no iban a desaprovecharlo.
Comenzaron a atar cabos, y dedujeron que aquella extraña pareja estaba compuesta por un loco divertido y por un niño estúpido, también medio loco, todo lo cual les daba mucho juego para divertirse, a ellos, que lo habían probado todo en la vida. Mira por donde, el destino les planteaba otra diversión.
De acuerdo ambos enteradillos, comenzaron a burlarse con ocurrencias pretendidamente simpáticas, de esas que normalmente ocupan el sitio de la inteligencia en los estúpidos.
Ah, ya –dijo uno de ellos- vosotros sois los eternos caballeros andantes que siempre han existido en el pueblo español. Vosotros sois el futuro; en vosotros tenemos puestas todas nuestras esperanzas.
Roger, ante semejante andanada de alabanzas sin cuento, comenzó a inflarse como un globo, sin percatarse de lo que en realidad pretendía el adulador, que continuó diciendo:
Eh, Antonio, trae un jarro de vino que beban nuestros invitados.
Antonio, diligente, acercó el jarro de vino tinto y lo depositó en la mesa, procediendo seguidamente el socarrón a servir a Roger, momento en que Don Quijote le detuvo la mano con pulso de acero y le dijo:
Roger, a estas horas solo bebe leche. ¡Camarero!, otro vaso de leche, y otra jarra de vino para nuestros amigos.
El socarrón quedó amoscado, arreciando no obstante su ataque:
Sois tan valientes que me habéis dejado admirado. Quiero invitaros a mi finca, donde tengo caballos y bastantes animales de granja, para que disfrutéis el tiempo que queráis. Además, quiero que me ayudéis, porque en esas propiedades tengo un terrible dragón que no me deja disfrutarlas en paz.
Roger, que hasta el momento no había caído en la cuenta de la calaña del pretendido burlador, cambió de color cuando escuchó las últimas palabras, cuando comprendió la bellaquería del individuo, y recordó lo que Don Quijote dijo al cura cuando se burlaba de él, y respondió:
Soy enemigo de la adulación, ¿sabe?. Mis padres son trabajadores, y yo también. Espero ser cada día mejor, cosa que a su lado me resultaría francamente difícil, así que haga el favor de reponer la sangre que perdió en la última pelea con el dragón, y bébase las dos jarras de vino.
Ante semejante respuesta, jamás esperada por los concurrentes, el segundo socarrón, que había permanecido callado la mayor parte del tiempo, pretendió dar un manotazo al niño, pero se encontró con el férreo brazo de Don Quijote, que le dijo:
Muy hombre parece don cobarde. ¿Pretende pegar a un niño que ha sido capaz de descubrir y rebatir las estupideces destiladas por alguien cuya condición de hombre tan solo es supuesta por su condición física?. Quédese donde está, don inútil, y beba, beba, que para eso sirve. Vámonos Roger, no vayamos a infectarnos entre tanta porquería.
Este enfrentamiento provocó un murmullo entre los presentes, y una gran sensación de ridículo sobre los socarrones que tan pronto hubieron traspasado la puerta los caballeros comenzaron a dar gritos, bravatas, pataletas e insultos a quienes les habían puesto en el más manifiesto de los ridículos, que acababan rematándolos con el mayor de los desprecios.
Nunca te fíes de los aduladores – Dijo el caballero al aprendiz -. Créeme. Son preferibles los enemigos que hemos combatidos en otros lugares. A los enemigos que te pueden matar, sabes por dónde les puedes tomar la vuelta y combatirlos, pero los aduladores son la peor de las pestes. Son aquellos individuos capaces de provocar el asesinato de tu hermano y conseguir a un tiempo que tú no te manifiestes públicamente contra tan reprobable acción, mientras publican que la violencia hay que condenarla venga de donde venga, y cuando esos mismos asesinos que han quitado la vida a tu hermano, que han hecho el caldo gordo a estos aduladores, se ven malpagados y asesinan a uno de ellos, entonces te exigen que condenes públicamente y sin lugar a error la acción concreta de los asesinos. Entonces no hay que condenar el terrorismo venga de donde venga; y si sigues en tu postura anterior, esta gentuza, que no merece otro apelativo, te dice públicamente que tu actitud no es clara contra el terrorismo. Y tú, que has estado actuando contra-natura, cegado por la adulación y el engaño, te das cuenta que ciertamente debes abandonar la posición equivocada antes adoptada; pero ¡ojo!, no te vuelvas a equivocar. Ahora, cuando condenes sin ambages al asesino, condena también a los usurpadores de la Libertad; señálalos directamente con el dedo, y excomúlgalos de tu fe, porque es preferible ser perseguido y asesinado, que adulado y engañado. Es más perdonable el acto terrorista que el acto de éstos aduladores, que llegado el caso también te asesinarían desde la legalidad, como de hecho ya lo han hecho a lo largo de la Historia.
Roger quedó muy mal anímicamente. No sabía de la existencia de este tipo de gente. Ciertamente, algo había oído a su padre sobre los parlamentarios, pero no acababa de creerse que tanta basura pudiera existir. Desde su tristeza de ánimo dijo al caballero:
Me siento muy mal. ¿Por qué no vamos a ver a nuestros amigos de Puerto Rico?
Viendo el estado de ánimo del chaval, entendió Don Quijote que un baño de amistad no les vendría mal a los dos, así que aceptó la proposición. Se elevaron por los aires, cuando de pronto, estando sobrevolando un banco de niebla que impedía ver el suelo escucharon un terrible rechinar de frenos, inconfundiblemente de ferrocarril, y a continuación un estruendo estremecedor.
¿Qué ha pasado? –dijo el niño -.
No sé. Si quieres vamos a ver, o continuamos viaje para Puerto Rico.
El chico quedó un momento pensativo; deseaba con todo su ánimo volar de nuevo con aquellos amigos, pero le vino a la mente lo que dijo Don Quijote cuando, teniendo pensado ir a ver a Dulcinea se le presentó la aventura de matar a un gigante (traduciendo: acabar con un mal) en el lejano reino de Micomicón.
Se preguntó si debía seguir lo que le pedía el cuerpo, o por el contrario debía hacer caso a lo que ordenaba su espíritu del deber.
Primero ayudar al necesitado, y luego ir con mis amigos – dijo en alta voz –
Así me gusta, Aprendiz –dijo el caballero-.
¿Aprendiz?, ¿de qué?
De Quijote, querido amigo, de Quijote.
Mientras, el caballo mágico bajaba a gran velocidad, acercándose al lugar de donde habían surgido tan dramáticos ruidos.
Una vez en el lugar comprobaron que su presencia era de todo punto necesaria. Los hierros retorcidos de dos trenes que habían chocado frontalmente estaban ahí, delante suyo. El espectáculo era mucho peor de lo que podían haberse imaginado cuando sobrevolaban la nube. Entre la chatarra retorcida había gran número de personas, cuyos lamentos llamaban la atención de los recién llegados.
Dada la situación, muy superior a las fuerzas de nuestros caballeros, Don Quijote dijo a Roger que sacase del vientre de Clavileño cuerdas, vendas y todo lo que pudiese servir para ayudar a aquella gente, y que se fuese de inmediato a buscar a los maquinistas y a pedir ayuda donde fuese.
El chico comenzó la búsqueda, pero fue infructuosa; los dos maquinistas y sus ayudantes, que ocupaban sendas máquinas, estaban enterrados en un amasijo de hierros.
Sin más dilación se puso en marcha hacia la primera estación que hubiese en aquella línea. La dificultad era grande, pero habiendo viajeros que resultaron con pocas heridas, les preguntó en qué dirección estaba la estación más cercana.
Informado, siguió a lomos de Clavileño, a gran velocidad. No estaba cerca la estación. Siguió unos cuantos kilómetros hasta que, por fin, divisó una luz que resultó ser la del destino buscado.
De inmediato dio la alarma, pero no fue creído.
Venga, niño, vete a dormir y déjanos en paz –dijo el jefe de estación -.
Que no, que hay un accidente muy grande, con muertos y muchos heridos.
¡Que nos dejes en paz, niño!. ¿Y tus padres?. Seguro que es un niñato de los que están por aquí de vacaciones, sus padres se han marchado de juerga y él no encuentra nada más divertido que hacer –le decía a un compañero -. Éstos niños nos toman por tontos, y no saben que hay una serie de avisos electrónicos para estos casos ¡Y no ha sonado ninguna alarma!...
De pronto, un adoquín se estampó en un cristal. Lo había tirado Roger.
El jefe de estación salió con un terrible enfado y diciendo:
Pero, ¿será posible?. El dichoso niño... ¿dónde estás, gamberro?.
Y Roger, sobre Clavileño, como a dos metros de altura del suelo respondió:
Aquí arriba... y dos trenes han chocado. Están en aquella dirección, como a nueve o diez kilómetros, y hay muertos y heridos. Se necesita ayuda con mucha urgencia. Por favor, dé la alarma, o de lo contrario tiraré más piedras contra los cristales.
Admirado por tanto desparpajo y por situación tan extraña, no dijo nada más. Entró en la oficina dando de inmediato la alarma, a la Guardia Civil y al Hospital. Dejó encargado al ayudante para que hiciese las indicaciones oportunas a las fuerzas de ayuda, y saliendo nuevamente a la calle dijo a Roger:
Eh, niño, baja.
No me llano niño; me llamo Roger y... ¿qué quiere?
Que me lleves cuanto antes donde el accidente. Ya he avisado a la Guardia Civil y al Hospital y ahora, si te parece, me puedes llevar en “eso” donde el accidente.
El hombre quedó impresionado por el espectáculo que se le presentaba a los ojos.
Las cuadrillas de “enfermeros” que Don Quijote había organizado con los viajeros en mejores condiciones habían improvisado un pequeño hospital en un campo inmediato.
Dos médicos que viajaban en el tren, usando los materiales que Don Quijote bajó de Clavileño, y con sábanas, se esforzaban en evitar lo peor en quienes se encontraban en peores condiciones.
El caballero organizaba y controlaba el buen ritmo de los trabajos de rescate, y consolaba a los menesterosos, infundiéndoles ánimos.
Ya no quedaba nadie en los vagones. Sólo los dos maquinistas y sus ayudantes permanecían dentro de aquel amasijo de hierro.
Roger, en su primera inspección, los había dado por muertos. La verdad es que no era para menos, pero... ¿lo estaban?.
Sin perder la esperanza dijo a Don Quijote lo que pensaba, y sin mediar más palabras, con las esperanzas revividas, se dirigieron a las máquinas acompañados por el jefe de estación, que hasta entonces no había abierto la boca.
Tras estar mirando posibles accesos a las máquinas, el Jefe de estación dijo que la única manera era con el uso de sopletes... pero entonces podía ser demasiado tarde, así que siguieron buscando, hasta que Roger encontró un hueco minúsculo por donde él podía colarse al interior.
Contuvo la respiración para escuchar mejor, llegando a escuchar un lamento. Llamó la atención al exterior, desde donde reclamaron la atención de uno de los médicos, al tiempo que mantenían alejada al resto de la gente.
El médico intentó pasar por donde había entrado el niño, pero le resultó del todo imposible.
En ese momento, un helicóptero de la Guardia Civil apareció en el lugar. Aterrizó y dos especialistas se acercaron con los pertrechos necesarios para practicar un agujero en la chapa de la máquina.
Guiados por la voz del niño localizaron dónde debían perforar, accediendo acto seguido al interior y liberando a aquel hombre, que se encontraba aprisionado por unos hierros, y hasta hacía bien poco había estado inconsciente.
Tras el helicóptero de la Guardia Civil llegaron otros dos del Ejército, con gran capacidad para evacuar accidentados, y médicos y enfermeros.
Mientras, por la misma vía se acercaba, a gran velocidad, otro transporte dispuesto a evacuar a todos los accidentados. En ese momento, y aprovechando que todavía la niebla no se había disuelto, don Quijote cogió aparte a Roger, montaron en Clavileño y desaparecieron del lugar.
Entretanto, el jefe de estación estaba comentando lo sucedido al comandante de la Guardia Civil, quién pidió la presencia de nuestros héroes... Pero ya habían desaparecido.
Ya nadie volvió a preguntar por ellos. Todos sabían quienes eran y nadie se atrevió a confesarlo, no fuesen a tacharlo de loco...










CAPÍTULO XXV


A la mañana siguiente, Roger recibió la visita de Don Vicente y Dª Antonia, interesándose por su salud, y recordando los años mozos cuando ellos hacían lo mismo.
Los padres de Roger, entre bromas y serio les reprocharon su comprensión hacia lo que había hecho el chiquillo, que entre otras cosas era una falta de respeto a la propiedad ajena, a lo que el anciano les respondió que estaba clara su naturaleza de gente de ciudad.
Vamos, que ahora justificará lo que ha hecho el niño –dijo la mujer -.
Pues naturalmente –respondió Don Vicente - ¿Para qué están las ciruelas si no es para que los críos disfruten comiéndolas y cogiendo colitis?
En eso, Roger bajaba las escaleras, y optaron por cambiar de conversación.
Los ancianos habían ido a ver a sus amigos al objeto de invitarles a una excursión que tenían previsto realizar en las próximas fechas a un pueblo de Cuenca que celebraba sus fiestas patronales.
Resulta que en Gascueña, que así se llama el pueblo, tenía su residencia un íntimo amigo de Don Vicente, y cada año tenían la costumbre de acercarse por allí. En esta ocasión lo harían a finales, sobre el 25 de Agosto, fiesta patronal del pueblo, en honor a San Ginés de Arlés.
Tras decir que la distancia que les separaba era de ciento y pico kilómetros, comenzaron las discusiones referentes a si era demasiado lejos o no, pero al final, ganó la batalla quién estaba decidido a ello: Don Vicente. Y es que tampoco le faltó la colaboración de todos los demás.
Roger, que en principio se limitaba a aceptar, se hizo absoluto partidario cuando se enteró que a la excursión estaba apuntado su amigo Fernando.
Sea como fuere, todos asintieron, pero quedaba una cuestión pendiente: la visita de Roger al tío de Andrés y al padre de Miguel.
Se dirigieron en comisión a casa de Miguel, donde éste se acababa de levantar, y tras interesarse por su salud, por supuesto tan repuesta como la de los demás, convinieron la evaluación de los gastos ocasionados para que los culpables comenzasen a ahorrar.
Una conversación similar se repitió en casa de Gabriel, lo que puso en el ánimo de los chicos a la vez un peso y una tranquilidad. Todos eran conscientes de su mala actuación, y estaban dispuestos a afrontar la responsabilidad, pero… ¿cómo?
Todos tenían algunos ahorrillos, pero los suponían insuficientes, por lo que resolvieron proponer su trabajo como pago por el mal causado.
Una vez decidida la forma de pago, todo parecía resuelto, hasta que en la reunión donde la llevaron a efecto dijo Miguel:
Muy bien. Ya tenemos la solución, pero ¿quién se la dice a mi padre?
Y a mi tío –replicó Gabriel -.
Tras nueva y acalorada discusión se dispuso que, puesto que todos eran responsables, todos diesen la cara en ambos casos. Se dirigieron primero a casa del tío Andrés. Llamaron tímidamente a la puerta y entraron en casa, en el más absoluto de los silencios.
Salió el tío Andrés y los saludó, reproduciéndose de inmediato el silencio. El hombre suponía el asunto de la visita, y no quería soltar prenda, y los niños, atemorizados, tampoco decían nada.
Finalmente se soltó Gabriel:
Tío… estamos todos aquí…
Sí, ya lo veo. Y tú no eres de aquí, ¿verdad? –dijo, dirigiéndose a Roger –
El hombre quería romper el hielo, y continuó por el filón que se le presentaba, preguntando de dónde era, que si el pueblo le parecía pequeño… En definitiva, todas las preguntas que se hacen cuando no hay nada de qué hablar.
Tras conocer sus pormenores, el hombre contó que había estado en Berga, en Manresa, en Bagá…
Le contó que en Bagá, siendo pequeño, había estado en un campamento de la OJE, y se lo había pasado en grande También, dijo, había otro campamento en Santa María de Marlés… Unos sitios preciosos, dijo el hombre, que hablaba de esos lugares y de esas situaciones con una ilusión que le salía por los poros.
Les habló de las tirolinas, de las pasarelas, de los fuegos de campamento, de los días tan maravillosos que pasó en el campamento, rodeado de tantos amigos y haciendo tantas cosas nuevas, y se lamentó que aquellos niños no tuviesen la suerte de poder gozar, como él gozó, de las experiencias campamentales.
El caso es que, con tan relajada conversación, los niños también se relajaron, pues donde esperaban encontrar caras largas encontraron acogida, lo cual les infundió ánimos para afrontar el asunto que les había llevado.
Así, cuando el tío Andrés volvió a preguntar qué era lo que les había llevado a su casa, fue mucho más fácil responder:
Hemos venido a decirle que estamos dispuestos a pagar todos los destrozos que hemos hecho.
Al mostrar su extrañeza el hombre, los niños continuaron diciendo que lo harían recolectando ellos.
El hombre les dio como respuesta una demora en su decisión. Les dijo que cuando se lo pensase se lo comunicaría.
El padre de Miguel, por su parte, respondió igual. Y es que los dos hombres habían comprendido que el daño era de escasa cuantía, aunque, sin embargo, no debía dejarse como si nada hubiese ocurrido. Bien al contrario, los chicos debían comprender que las acciones deben estar controladas por la razón, y que aquellas no son buenas o malas según sus resultados, sino sobre todo por la voluntad que las informa.
Con la satisfacción de haber dado la cara por sus acciones, los niños se encontraban con ganas y en situación de continuar sus juegos, por lo que, sin acordarse más de otras cosas, formaron dos equipos para jugar al pañuelo.
Cuando Roger llegó a su casa, y mientras su madre terminaba de preparar la cena, pinchó a sus hermanas, que estaban entretenidas con un juego, y tras hacerlas llorar, su padre lo sentó a su lado.
El hombre, aunque no leía el periódico como actitud permanente y contraria a la manipulación informativa que sistemáticamente ejercen los medios de comunicación, ocasionalmente sí leía algún periódico, del mismo que, ocasionalmente veía la televisión o escuchaba la radio.
Es el caso que aquella noche estaba leyendo un periódico atrasado que le dio Don Vicente. El niño metió la nariz entre su padre y el periódico, y leyó: “NUEVE MIEMBROS DE LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA E.T.A. MUERTOS EN ENFRENTAMIENTO CON NÚMEROS DE LA GUARDIA CIVIL”.
El niño siguió leyendo, por lo que acabó comprendiendo que el protagonista anónimo de aquella noticia había sido él.
Al cabo dijo a su padre:
Papá, ¿por qué ponen tantas mentiras en los periódicos?
¿Por qué dices eso?
Por lo que dice esa noticia, que relata la aventura que tuvimos Don Quijote y yo el otro día, y dice una sarta de mentiras que no hay por dónde cogerla. Primero, a los terroristas los llama miembros de organización revolucionaria, y a los guardias los llama números.
El hombre prefirió no oír, e invitó al niño a cenar. Después dijo Roger que quería quedarse a leer un rato.
Sus padres accedieron, y la madre se quedó haciendo compañía, al tiempo que le rogaba leyese en voz alta.

El niño leyó cómo la comitiva llegó nuevamente a la venta del manteo de Sancho y cómo Don Quijote fue a dormir, momento en que el ventero sacó unos libros de caballerías que el cura calificó de mentirosos y Sancho, ante tal aserto, quedó amoscado.
Tras un rato de lectura dijo Roger que estaban en otra novela que no venía a cuento, la de “El Curioso Impertinente”.
El hilo de la obra fue cogido nuevamente cuando Don Quijote tuvo la descomunal batalla con un gigante que el autor convierte en cueros de vino.
Madre e hijo reían a placer mientras Sancho se desesperaba buscando la cabeza del gigante y nadando entre sangre vinícola, y los venteros reventaban de rabia por los cueros rotos.
La serenidad volvió cuando, tranquilo y dormido Don Quijote llegaron Fernando y Luscinda a completar las parejas de Dorotea y de Cardenio, respectivamente.
Sancho vio, entristecido, cómo se venía abajo todo el entramado que había organizado para ser conde, y corrió a contar a Don Quijote todo lo sucedido.
Cuando el cura relataba que Don Quijote pensaba que estaba en Peña Pobre, dijo Roger:
Tiene razón papá al decir que Don Quijote es una cosa y la obra otra, porque Don Quijote no ha dicho nunca que haya estado en Peña Pobre.
¡Vaya!, otra novela que no viene a cuento –dijo la mujer cuando el cautivo contó su historia-. Mejor será que lo dejemos por hoy.
Haya paz, que como acaba de decir Don Quijote, la paz es el final de la guerra.








CAPÍTULO XXVI


Al aparecer esa noche Don Quijote, Roger le preguntó que dónde iban a ir, a lo que el caballero respondió que, como bien sabía, era algo desconocido, a lo que Roger respondió:
Tú siempre sabes dónde vas.
Hombre, si me lo dices filosóficamente, sí, sé dónde voy.
Luego, el niño contó lo que había leído en el periódico sobre los terroristas que días pasados se mataron entre sí… con la intervención de los caballeros, andantes y de la Benemérita.
Le contó que el periódico trataba a los terroristas como de señores muy honorables y buenos que tan solo pretendían matar a unos guardias, que parece ser que para eso están.
No me admiro de nada –respondió Don Quijote-. Siempre me has oído hablar de encantadores que todo lo mudan, ¿verdad?.
Más que oírlo, he leído lo que cuenta Cervantes.
Bien, pues aquí tienes a los encantadores. Son gentes capaces de ver cómo un delincuente está despellejando a una viejecita, y acto seguido ir a la redacción de su periódico y escribir un artículo donde se relata cómo una desalmada vieja maltrató de tal forma a un pobre chico sin trabajo conocido, que éste se vio obligado a defenderse, motivo por el cual, la desalmada anciana cometió la felonía de auto maltratarse, de llenarse toda de heridas y rasgaduras, y para colmo, acusar al pobre chico, que ninguna culpa tenía.
Al escuchar esta argumentación, el aprendiz recodó la pelea de su maestro con el gigante en el desván de la venta. También en esa ocasión el cura, el barbero y sobre todo el ventero adujeron que no había matado ningún gigante sino que había acuchillado unas botas de vino.
Pero a esa gente, querido Roger, no hay que hacerles mucho caso. Ya se escuchan ellos solos. ¿Te acuerdas lo que nos pasó anteanoche cuando aquellos mentecatos pretendían burlarse de nosotros?, pues los que tal escriben son hermanos de sangre de aquellos. Tú busca siempre la verdad, y si ves a uno que roba dile: ladrón, y adelante; si ves a uno que mata dile: asesino, y adelante; y si ves a una manada de gente que escucha boquiabierta las excelencias que alguien les proclama, grítales: estúpidos, y adelante. No te pares a escuchar lo que esa gente piensa de ti, porque ni tan siquiera son sus pensamientos.
Tras estas explicaciones comenzó a entender Roger las razones de no quedarse en el lugar donde realizan una obra buena. Comenzó a entender que las excelencias de las personas solo son reconocidas por personas individuales, capaces de desarrollar su propio pensamiento, y nunca por conglomerados de gente, que se dejan guiar por el más guapo o por el que mejor miente.
Don Quijote siguió diciendo:
Busca siempre lo que te he dicho, y busca siempre la paz, y no interpretes las acciones que hemos acometido en ocasiones como actos de violencia, porque si alguna violencia hemos aplicado, solo ha tenido un motivo: la búsqueda de la paz. Debes saber distinguir sin muchas elucubraciones un acto violento bueno de un acto violento malo. El acto violento malo tiende a la maldad; tiende a la guerra. El acto violento bueno tiene la particularidad de encaminarse a la instauración de la paz, porque tiende a neutralizar el acto malo; tiende a impartir justicia. Por eso yo, que estoy al servicio de las armas, estoy al servicio de la paz.
Y yo –dijo el chaval –
Sí. Ahora, sin embargo, los enemigos de España han acabado con el Ejército; han hecho un ejército que no sabe lo que defiende, pero en ningún caso son los intereses de España. Defiende los intereses de Europa, pero yo no sé lo que es Europa… Bueno, geográficamente sí, claro, pero políticamente no sé lo que es. De Europa salió la barbarie y de Roma la civilización; de Europa salió la Reforma, y de España la Contrarreforma; de Europa salió el Liberalismo, y del mundo Romano debe surgir el verdugo del Liberalismo…
Ahora es que todo el mundo habla pestes del Ejército y del ejercicio de la milicia…
Mira, eso sucede en las sociedades que tienen nula fe en sí mismas, y eso produce mucha pena, porque acaba siendo el virus que asesina a la sociedad. El ejercicio de las armas es… me quiero arriesgar a decir que el más noble de todos los ejercicios, porque sirve de sostén a la sociedad; las leyes se apoyan en él, y a las pruebas me remito, que ahora que en España no hay Ejército, porque lo que hay no es Ejército Español, tampoco hay leyes. Bueno, sí hay leyes… injustas, que tan solo benefician a los delincuentes, a los políticos, a los banqueros y a los sindicalistas.
El conocimiento y la libertad se pueden desarrollar gracias a que los ejércitos mantienen la paz y la libertad necesarias para evitar los abusos y al tiempo alimentar el desarrollo. Tan solo los que deben temer algo, porque algo malo hacen, temen a los servidores nacionales de las armas. Por eso son desarmados por los políticos, para luego armar a quienes sirven sus exclusivos intereses.
Deben temer ellos y los mentecatos…
Sí, gracias por el apunte. Ellos y los mentecatos…
Y mientras el caballero continuaba su interesante disertación sobre la necesidad del ejercicio de las armas, el niño quedó adormilado pensando en el discurso que sobre las armas y sobre las letras impartiese Don Quijote en la venta al cura, al barbero y a los demás comensales que le rodeaban y que se admiraban, en esta ocasión sí, del gran juicio y del gran conocimiento del ilustre caballero de la triste figura.
Cuando el caballero observó que el niño ya no le escuchaba, montó en Clavileño y se perdió en la oscuridad de la noche.





















CAPÍTULO XXVII

Los turistas eran esperados en Gascueña, y Roger, lógicamente, no olvidó su libro de lectura, máximo cuando sabía que en tres días no estaría en Campo de Criptana.
Cuando finalmente llegaron al pueblo, Roger y Fernando salieron disparados con el hijo de los dueños de la casa, Rodrigo, ya amigo de antiguo de Fernando, que los llevó a recorrer la casa, para enseñarles los recovecos y curiosidades de la misma.
Al pie de una escalera de palo por la que se accedía al tejado había un saco tapando un trozo de pared, que al ser levantado mostraba una celosía medianera desde la que se veía con todo detalle el interior de la iglesia.
Esta es la iglesia de San Isidro –dijo Rodrigo- y esta ventana está desde siempre, porque hace muchos años esta casa era convento de no sé qué orden religiosa.
Fueron escudriñándolo todo; el palomar, que Rodrigo explicó que no estaba habitado, aunque casillas para nidos había más de doscientos… ocupados por todo tipo de cachivaches, ya que el padre de Rodrigo lo había habilitado como cuarto de estudio.
Luego, dando vueltas por la cámara toparon con más cachivaches, algunos de los cuales todos sabían lo que eran, y otros, no, como por ejemplo una rueca, con la que según Rodrigo, su abuela hilaba cuando era niña.
Luego les enseñó herramientas agrícolas, que a Roger ya no le parían elementos extraños, pues las había visto en casa de Don Vicente; pero volvió a ver vertederas, angarillas, aguaderas…que ya no le llamaron la atención.
Bajaron atropelladamente la escalera, y cuando llegaron al final del primer tramo, Rodrigo los llevó a su cuarto, que tenía una gran parte incrustada en la pared, debajo de la escalera que subía a la cámara y encima de la que subía de la calle, donde Rodrigo tenía sus juguetes, ya que allí, según dijo, jugaba desde siempre.
Tras visitar toda la casa, cuyas paredes tenían un grosor que no dejó de admirar a Roger, dentro de las cuales existían despensas, leñera, perrera… y hasta un antiguo fregadero, los niños fueron a jugar a la huerta.
Al salir dijo Roger:
Anda, ¡qué puerta!
Sí, es un trillo – dijo Rodrigo -. Antes se usaba para separar el trigo de la paja.
Cuando ya volvían invitó Rodrigo a sus amigos a degustar unas ciruelas que colgaban de los árboles, pero ambos tenían demasiado cercano el recuerdo de las últimas ciruelas que probaron, por lo que declinaron la invitación.
Por la tarde, y mientras, implacable, caía el sol, Roger convenció a sus amigos para subir a la cámara y entretener el rato leyendo algo. Por supuesto, ese algo iba a ser Don Quijote.
Cuando llevaba leído un trozo de la historia del cautivo y la mora Zoraida, dijo Roger:
Vaya, otro cuento que no viene a cuento.
Siguió leyendo y llegó al punto en que Don Quijote estaba haciendo guardia y pensando en Dulcinea, cuando Maritornes lo llamó desde el pajar y con engaño lo dejó colgado de una mano.
¡Pobre Don Quijote!. Todo bondad, engañado y con un gran dolor en el brazo por culpa de una mala mujer...
En este punto, y como veía que sus amigos no estaban mucho por la lectura, cerró el libro, y al poco convinieron jugar al escondite, pero en esta ocasión con una variante: se escondía Rodrigo; sus amigos lo buscaban, y no valía salir de la casa.
Comenzó la búsqueda, pero con poca fortuna para los buscadores, porque Rodrigo, que conocía los recovecos de la casa, bajó corriendo a la planta baja, donde se introdujo en un hueco existente en el interior de una antigua leñera. Imposible encontrarlo para quién no lo conociese de antemano, aunque pasase cien veces por delante suyo.
Lo buscaron por toda la casa, naturalmente sin éxito, hasta que salió y les enseñó el agujero.
Salieron a dar una vuelta por el pueblo, y visitaron las ermitas (la Virgen del Rosal, San Cayetano, San Miguel).










CAPÍTULO XXVIII


Había sido un día ajetreado, y no acababa de conciliar el sueño; por su mente pasaban todas las vivencias de la jornada, hasta que en un momento cayó en el pensamiento de Dulcinea: Extremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad.
Quedó dormido interpretando la definición que Don Quijote diese de Dulcinea. Yo –pensaba- también tengo mi Dulcinea, y no es otra que la de Don Quijote, y siento por ella la misma adoración que mi querido maestro. Dulcinea es todo lo mejor que se puede desear desde la generosidad; es el ayudar a los demás; es el exigirse más a sí mismo; es el no desfallecer jamás; es... ser bueno sobre todas las cosas... en cualquier circunstancia.
Don Quijote observaba al pequeño, como adivinando los sueños que lo ocupaban. De pronto, intuyendo que la necesidad los estaba llamando, despertó al Ayudante, quién de manera diligente respondió a la llamada. Montaron en Clavileño y volaron lejos, al otro hemisferio.
Llevaban un buen trecho cuando de nuevo vieron la luz del día.
¡Qué bien!. ¿Volvemos a Puerto Rico?, ¿vamos a ver a nuestros amigos?
No. En esta ocasión vamos a otro lugar de la Hispanidad, miles de kilómetros al Sur.
¿Tan grande es la Hispanidad?
Tan Grande, Roger, ¡y no se da cuenta!. Abrígate, que aquí hará mucho frío.
Era invierno en el lugar, por lo que sacaron ropa apropiada del interior de Clavileño.
Finalmente tomaron tierra y se acercaron a la ciudad, mezclándose con la gente.
De pronto, en una plaza, un desarrapado, armado con un megáfono, comenzó a dar grandes voces criticando cosas que efectivamente estaban mal hechas.
La gente que caminaba por los alrededores se acercaba al comprobar que lo que oían era cierto; se quejaba de las injusticias que se cometían, y era necesario resolver. Una dotación de la policía observaba la situación, sin intervenir, comprobando que no sucediese nada anormal.
De pronto, cuando más absortos estaban los presentes, incluido Don Quijote, escuchando las palabras del espontáneo, tres individuos lanzaron sendas bombas de gasolina contra la dotación de la policía, mientras otros desarrapados se dedicaban a romper escaparates de las tiendas.
El caballero, indignado, recogió a Roger y juntos se acercaron donde estaba Clavileño; montaron sobre el caballo mágico y sobrevolaron el lugar de los hechos.
La situación era alarmante; los terroristas habían conseguido confundirse entre la gente, sin dejar de hostigar a las fuerzas del orden, que seguían a la defensiva.
Los caballeros, que habían identificado a los delincuentes, descolgaron una cuerda con lazo corredizo, cogiendo por sorpresa a uno de ellos, que se disponía a lanzar otra bomba.
Te vas a quemar –le dijo Roger mientras lo llevaba hasta donde estaban las fuerzas del orden.
Fueron recogiéndolos uno a uno, y cuando la calma se impuso en el lugar, Don Quijote estaba meditabundo. Roger se interesó por su estado, y le preguntó si no estaba contento con la faena bien hecha.
No es eso –contestó -. No estoy contento porque me he dejado engañar como un bobo. Me ha pasado como cuando Maritornes me dejó atado de manos en la pared de la fonda. Eso, que naturalmente es un invento de mi querido amigo Cervantes, se ha visto hoy realizado de otra manera: me que quedado entretenido de la realidad con la charla de ese embaucador. Date cuenta lo que ha conseguido: Entretenía nuestra atención, o sea, nos ataba mentalmente, y mientras, sus compañeros hacían barrabasadas.
Pero al final los hemos cogido a todos...
Eso es lo de menos; lo importante es que nos hemos dejado engañar por las apariencias... por lo que nos decían, sin parar a pensar si se trataba de mentiras, verdades o verdades a medias. Basta que nos digan las cosas desde un sitio público; desde un periódico, desde la televisión, desde la radio, para que le demos valor sin pensar tan siquiera un poco. Y eso es de tontos, porque ¿quién te ha dicho a ti que el que más grita o el que más repite sus razones sea quién tiene razón?. Es más, acostumbra a suceder que el que más propaganda hace es el que más capacidad tiene de mentir.
Sí, y nos deja como dice Cervantes que te dejó a ti Maritornes: colgado de los brazos y a un dedo del suelo, sin poder tocarlo con los pies.
Efectivamente. Así de doloroso. No te dejes encantar por nadie, que luego, cuando reacciones como es debido, sus aliados dirán que estás loco, y créeme, siempre hay venteros cerca para reírse públicamente de ti.
Dicho esto pusieron rumbo a casa, yendo ambos meditabundos, dolidos con lo que había sucedido. Contentos porque a la postre habían logrado impartir justicia, pero dolidos por su simplería, y molestos porque, del mismo modo que hay Quijotes y Sanchos, hay personas como el ventero, aliados del engaño, que presentarán las acciones heroicas como actos de locos sin remedio... Pero de locos por la Verdad, la Justicia y la Belleza, acabó pensando el chiquillo.
























CAPÍTULO XXIX

La nube de pájaros que dormía en el paraíso lindante con la habitación de los niños los despertó temprano, así que aprovecharon para participar en las fiestas del pueblo desde primeras horas de la mañana.
Rodrigo informó a sus amigos que por la tarde había una carrera de bicicletas en la que podrían participar los tres, ya que máquinas había en la casa, así que, habiéndolo convenido, decidieron ir por la mañana a hacer el recorrido de la carrera.
Cuando volvían, la plaza era un hervidero de chiquillos ávidos de diversión. Los animadores habían colocado unas cuerdas de las que colgaban varias ollas, en el interior de las cuales, se suponía, había los más variados obsequios.
Tras algunas ceremonias se pidieron voluntarios que fueron rompiendo, o intentando romper, las “ollas de la suerte”.
Cuando le llegó el turno a Roger, cogió el garrote con las dos manos, dispuesto a no dejar una olla entera.
Le dieron vueltas con los ojos vendados, y en medio del tumulto comenzó a repartir bastonazos casi casi certeros, hasta que en un golpe de suerte dio con el madero de lleno en un frágil recipiente, que en medio del asombro y la alegría de todos volcó su contenido y dejó a nuestro amigo... fresco.
Y no podía ser menos, porque la olla estaba llena de agua casi congelada que cayó, literalmente, como un chorro de agua fría sobre nuestro sorprendido veraneante.
Suerte que en la que rompió su amigo Miguel pudo recoger algunos caramelos...
Tras la movida mañana llegaron las calurosas horas de medio día, que permitieron continuar leyendo al fresco de la casa.
Los niños quedaron admirados por la desenvoltura y la mala fe de que hace gala Maritornes, y no menos por el menosprecio del ventero, que a unos recién llegados les dijo que Don Quijote estaba loco.
Continuó la lectura con el relato de los dos huéspedes que querían marcharse sin pagar y a los que Don Quijote, con buenas palabras, convence de lo contrario.
Vaya venta –comentó Roger -. Aquí se encuentra todo el mundo.
Este comentario venía a cuento de que, en la mentada venta, que como Don Quijote aseveraba debía estar encantada, se encontraron todas las personas extraviadas por uno u otro motivo a lo largo de la obra. Hermanos con hermanos perdidos; novios abandonados con novias abandonadas; matrimonios perdidos... Y lo que faltaba... el barbero propietario del yelmo de Mambrino.
Pero qué sinvergüenzas son el cura y el barbero del pueblo de Don Quijote –exclamó Miguel-.
Este comentario se produjo porque los dos citados, cuando el barbero expoliado reclamaba lo que era suyo, dijeron que la bacía era el yelmo de Mambrino, y la albarda, jaez de caballo.
Todos se pelearon con todos, hasta que Don Quijote puso orden. Pero la cosa no podía acabar ahí, porque los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que también habían llegado a la venta, reclamaron a Don Quijote por haber liberado a los galeotes.
Pero Don Quijote tiene razón –comentó Roger -. Es el caballero del honor.
La inquina de los tres niños se dirigió contra el cura, principal liante de todas las discordias, y máxime cuando convenció a los cuadrilleros para dominar a Don Quijote.
¿Y este Sancho? –dijo Miguel -.
Es un imbécil -dijo Rodrigo -. ¿Mira que descubrir el pastel de Micomicona y arrugarse cuando Don Quijote le afea que diga todas esas verdades?.
Pero lo que los chicos no perdonan de ninguna manera es que Sancho, viendo cómo metían a su señor en el carro de bueyes, y sabiendo quiénes eran los encapuchados, no ayudase debidamente a su señor.













CAPÍTULO XXX


Por la noche no tenía Roger muchas ganas de continuar buscando aventuras; la lectura de los nuevos hechos de Don Quijote lo habían dejado más pensativo que de costumbre. Así, cuando delante a su héroe le dijo:
Tendrías que explicarme una cosa.
Lo que tú quieras. Venga, vamos y hablamos.
No, que ya sabes lo que pasa. Montamos, encontramos alguna aventura y se nos van a pique todos los planes.
Entonces... ¿no quieres deshacer los tuertos que encontremos por ahí?
El primer tuerto está en mi cabeza.
El caballero quedó admirado de la agudeza de su acólito, y se sentó a su lado, comprendiendo que el chaval necesitaba algo más que acción, porque la acción, para ser buena, debe tener buena base intelectual. Así que dijo:
¿De qué quieres hablar?
Del yelmo de Mambrino.
¡Ah!, ...buen yelmo.
¡Venga!, Don Quijote, ¡que era una bacía de barbero!.
¿A ver?. ¿Esta cartera es tuya?... ¿Y este papel, tan enfundado en plástico?, ¿qué es?.
Pues está claro. Es una fotografía de mis padres.
¡No digas tonterías!, ¿qué han de ser tus padres?
Ante esta inesperada respuesta, Roger se indignó con Don Quijote. Empezó a tener serias dudas de aquel ser que hasta entonces era indiscutiblemente su único héroe. Ya empezaba a dudar de su bondad. Ya no quería a Don Quijote. ¡Pero bueno!, ¿qué se había pensado?, decir que sus padres no eran sus padres.
Ante tanta indignación, y ante la impotencia que sentía por no poder arremeter contra aquella figura a la que, a pesar de lo que acababa de decir tanto respetaba, nuestro aprendiz se tiró en la cama llorando amargamente.
Entonces Don Quijote le acarició la cabeza.
Roger, rechazando las caricias le dijo:
Vete. Vete. No te quiero.
¿Y mi yelmo de Mambrino?, ¿dónde está mi yelmo de Mambrino?
Como respondiendo a una punzada Roger se levantó, y dejando de llorar dijo al caballero:
Te burlas de mí, ¿verdad?
¿Yo?, ¿burlarme de ti?. ¿Eres capaz de creer semejante cosa?
Y Roger, que había comenzado a relacionar el yelmo de Mambrino y la fotografía de sus padres, pero no acababa de marcar claramente la similitud, dijo a su maestro:
Continúa.
¿Qué continúe?, ¿qué?.
Pues lo de la fotografía...
Muy bien, veo que vas entendiendo. Tú sabes que esa fotografía, físicamente, no es más que un papel preparado químicamente al que por un proceso más o menos complicado le han dejado ahí, impresa, la imagen de tus padres, ¿verdad?. Pero sin embargo, cuando yo te he dicho que eso no era sino un trozo de papel, ¡vaya cómo se ha puesto el caballero!
¡Claro!, porque son mis padres...
Efectivamente. Este papel no respira; este papel no camina; este papel no come, no te hace caricias ni te habla, pero para ti, éste papel son tus padres. Este papel, Aprendiz, que eres un aprendiz, es un símbolo, como símbolo es la bandera de nuestra Patria o el emblema de tu club juvenil, y cuando alguien ofende uno de éstos símbolos, no está ofendiendo a un trozo de papel, de tela, de metal o de piedra. Ofende la esencia. Ofende, porque así lo desea el ofensor, lo más grande que el símbolo representa.
Sí. Ahora entiendo. Pero peor que ofender es burlarse, como se burla el cura, el barbero y todos los demás.
Efectivamente. Y lo que llegaron a organizar no es otra cosa que la guerra civil, porque tan solo yo defendía la grandeza que representaba aquel símbolo; enfrente estaba el materialismo, que solo veía el trapo de la bandera o el latón del yelmo, siendo absolutamente incapaz de pensar más allá de lo que sus ojos ven, y en medio, los especuladores, los vividores, los interesados por una ganancia fácil.
Sí, Sancho solo quería la albarda del burro; el barbero y los demás sólo querían divertirse.
Efectivamente, y frente a ellos, solo el honor.
Roger, que tras el gran disgusto recibido con el cuento de la fotografía, se había serenado y comprendido.
Por su pensamiento iba pasando la representación de la frase lapidaria que dijo Don Quijote a los cuadrilleros de la Santa Hermandad. Naturalmente, pensaba Roger, ¿qué rey no ha sentado a su mesa y ha mostrado al mundo, junto a sí, a la persona que más haya destacado por sus buenas obras?, ¿qué muchacho o muchacha no tiene absoluta fe en el honor?. Como dice Don Quijote, no cuatro sino ni aún cuatrocientos cuadrilleros podrían con él, porque al final, podrían doblegarlo físicamente, pero la libertad de la mente no podrán doblegarla jamás en quién tiene como máxima el servicio a esa misma Libertad.
Y con ésta meditaciones, con esta forma de comprender las “locuras” de Don Quijote, superó su pesimismo y esperó la realización de una nueva aventura al lado del caballero generoso, a quién, animoso, le dijo:
Menuda bronca has echado a Sancho, ¡caramba!... ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, armario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete, no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!
Es que, comprenderás que no podía admitir las bellaquerías que estaba diciendo.
Pero si decía lo que en realidad había visto...
Pues peor. Si dice verdad, ¿por qué se acobarda y niega lo que supone que vio? ; ¿por qué dice primero que la supuesta reina Micomicona se iba besando con un hombre, y luego, cuando me enfado, es incapaz de mantener lo dicho?.
Me parece –dijo Roger- que Sancho es un vividor que cambia de señor más que de camisa; ¿que hoy manda éste?... pues soy de éste. ¿Que mañana manda aquel?, pues soy de aquel... Aunque este y aquel sean la noche y el día; el fuego y el agua; la luz y las tinieblas. Y eso no es ser fiel, ni bueno, ni tan siquiera listo. En todo caso, listillo... vividor... no puedo fiarme de Sancho. Es un traidorzuelo, y como tú dirías, un bellaco.
Mira Roger, Sancho es... Sancho. ¿Cómo te lo explicaría?. En la vida corriente te encontrarás personas honestas, sinvergüenzas, y Sanchos, y la sucesión de adjetivos no significa que Sancho sea peor que sinvergüenza, ni mucho menos. Sancho no puede ser calificado de sinvergüenza porque en el fondo no es mala persona. Cierto que molesta horrores cuando miente, dice verdades a medias u olvida lo que debía tener bien aprendido...
Pero sólo piensa en el gobierno de la ínsula, el muy tonto, y en que pagues sus servicios... y en que le hagas otros regalos, mientras él no cumple con sus obligaciones; se “escaquea” cuando tú no lo ves y hasta te traiciona encubriendo a tus enemigos.
Tengo que decirte que es cierto, pero a la vez no es mala persona. Tiene buenos sentimientos; le duele no obedecerme; lamenta que no se cumpla lo que yo digo; desea seguirme donde yo lo lleve... sea cual sea el lugar donde lo lleve.
¿Por qué quieres tanto a Sancho?. No lo merece.
Sí, supongo que Sancho, a tu modo de ver, merece que le dé de palos... pero entonces, ¿qué tendría que hacer con el barbero, con el cura, con el ventero y con toda la caterva de colaboradores de esos sinvergüenzas?. ¿Qué hiciste tú la otra noche cuando te encontraste con ellos en aquella cabaña?, ¿o acaso no eran igual que el cura y el barbero aquellos que pretendían burlarse de nosotros?
Sí, sí, eran ellos, pero yo no los quiero. Son unos falsos, unos mentirosos que sólo saben utilizar el don de la palabra que tienen para engañar a la gente.
Para engañar a Sancho.
¿Por qué a Sancho?
Porque Sancho, como te he dicho, no es mala persona; es un bellacuelo, eso sí, pero si llega a ser bien dirigido hará grandes cosas. ¿O es que acaso crees que la Reconquista fue exclusiva obra de Quijotes?
Pues claro, ¿no es así?
Sí, es cierto que proporcionalmente había muchos más quijotes que ahora, pero los quijotes solos jamás hubiesen podido terminar la Reconquista, ni emprender la conquista de América, ni la vuelta al mundo, ni tantas y tantas grandezas más o menos relucientes que adornan la historia de España.
Así, Sancho Panza es tan importante como Don Quijote, ¿no?
Querido Aprendiz, no soy yo quién deba responder a esa pregunta. Solo sé decirte que abundan mucho más los sanchos que los quijotes, y es que si éstos no saben gobernar a aquellos, los sanchos, que siempre deben estar gobernados, lo estarán por los barberos y por los curas, por los venteros y por las tías, y eso será de lamentar, como ha sido de lamentar bastantes momentos de la Historia de España, como el actual.
Así, a Sancho hay que dirigirlo.
Efectivamente, y si lo haces bien, obtendrás resultados insospechados de los que el principal beneficiario será el propio Sancho... Tendrá su propia ínsula, y eso le hará feliz.
Pero no lo agradecerá.
Y a un alma libre, ¿para qué le sirven los agradecimientos?. Tú debes ser feliz cuando cumplas con tu deber. Después, si Sancho no te lo agradece, ¿qué le vas a hacer?... No te lo agradecerá, pero te admirará y te seguirá. Eso es lo importante.
¿Y los otros?
De los otros cuídate como de una mala noche. Aléjate como te alejarías de las víboras. Huye de ellos como de la peste, porque jamás sacarás nada bueno de ellos... Y sobre todo, mantenlos alejados de Sancho.
Sí, que mira cómo ayudó el traidorzuelo, no ayudándote, a que te metieran como a un animal en aquella jaula, y admitió toda la farsa organizada por los otros, por los que te querían “salvar”.
¿Te refieres a cuando me metieron en la jaula de madera y se montaron en un carro de bueyes para llevarme a mi pueblo?.
Sí, a eso me refiero.
Sí, esa es otra de las imaginaciones de Cervantes... pero en fin, valga como alegoría para representar lo que son capaces de hacer los embaucadores. Líbrate de ellos, que como en el caso del discurso echado por el barbero en la venta, ellos mismos están a pique de creerse la sarta de mentiras que sueltan.
Y Roger, que llevaba un rato intentando mantenerse despierto, con éstas últimas palabras de Don Quijote se adormeció, quedando en su imaginación un concepto claro: Sancho no es malo, y merece la pena esforzarse para dirigirlo bien.










CAPÍTULO XXXI


Era el último día de estancia en Gascueña, y Rodrigo, que no quería que sus amigos se fuesen del pueblo sin haber conocido los principales lugares, propuso hacer una excursión por el mismo. La iglesia parroquial, que ya la conocían por los actos religiosos a que habían asistido, estaba regida por un sacerdote de Barcelona, gran conocedor de la historia de Gascueña, quién les explicó una serie de pormenores, y los acompañó en la visita planteada.
Subieron al cerro de San Ginés, pasando por la calzada romana. La vista panorámica era excelente.
Dicen –dijo el sacerdote- que aquí estuvieron los moros y... ¿veis aquel agujero en aquel cerro?. Aquí es conocido como “el agujero de la zorra ”. Dicen que fue un observatorio árabe, y en aquella explanada se libró una batalla de la Guerra de la Independencia contra los franceses, donde tomó parte un famoso guerrillero: El Empecinado.
Acabaron la excursión gustosos, pues el sol calentaba.
Después de comer, los niños terminaron con la obra de Cervantes, y cuando iban a salir a la calle, don Vicente charló un rato con ellos y les preguntó por la misma.
Roger contó que el cura y el barbero metieron con engaños a Don Quijote en un carro tirado por bueyes, por lo que el caballero quedó admirado de tan extraño encantamiento, aunque se consolaba diciendo que esas cosas solo les pasan a los caballeros famosos.
Pero la virtud es tan poderosa que por sí sola saldrá vencedora de todo trance – respondió don Vicente -.
Eso dice Don Quijote. Y también dice que es más perseguida de los malos que amada de los buenos.
También es cierto. Mira, los hombres buenos y generosos como Don Quijote son presentados como tontos por parte de los malos, mientras que los buenos no se atreven a defenderlos como es debido, por miedo a ser tildados de estúpidos.
Sin embargo, Sancho a demostrado ser una buena persona –dijo Rodrigo-, porque viendo todo lo que pasaba se atrevió a contar toda la verdad a su señor, aunque éste, no sé por qué, le dijo que todo era encantamiento.
Porque entendió que no podía hacer nada –dijo el anciano -. Él sabía que una gran fuerza le impedía seguir adelante. Por eso dijo que sabía que estaba encantado, y ello le tranquilizaba la conciencia. No tenía fuerzas para seguir, y esperaba recuperarse. La fe no le faltaba; por eso, cuando aquel canónigo pretendía persuadirle, le contestó aquello tan profundo: “Desde que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor...”. Esa es la máxima de Don Quijote, ¿la habéis comprendido?
Sí. –respondieron los niños -.
Pero de poco vale con la gente vulgar –dijo Miguel -, porque luego le pasó lo del cabrero, al que ofreció su ayuda, y en vez de agradecérselo lo trató de loco y se lió con él en una pelea.
Sí, -dijo Roger-, y el barbero ayudó a que apalease a Don Quijote mientras los demás se reían.
Esa es la actitud de los ineptos ante la caída de los héroes –dijo don Vicente-. Pobre caballero de la Triste Figura. Los enanos reunidos logran derribar al gigante. Por eso pide volver a la jaula. Pero observad cómo Sancho, la Humanidad, manifiesta a sus íntimos lo contento que está de ser escudero de tan gran señor, y sueña con volver a correr nuevas aventuras.
¿También usted ha leído Don Quijote? –dijo Rodrigo -.
Muchas veces –respondió el anciano -. Para mí no es una obra de literatura, sino un tratado de filosofía de la vida. Cada vez que lo leo encuentro nuevas enseñanzas. Pero venga, que ibais a jugar.
Cuando iban a descansar dijo Roger a su padre:
Cuando volvamos a Navarcles seguiré leyendo la segunda parte de Don Quijote, ¿qué te parece?
Ya veremos. Además, me parece que te has aficionado demasiado al Caballero de la Triste Figura.
Demasiado no. ¿Sabes cómo me llama?
¿Cómo te llama?, ¿quién?
Pues Don Quijote. Ya te he dicho que cada noche salgo con él, montado en Clavileño. Lo que no te he dicho es la cantidad de aventuras que hemos corrido. ¿Sabes las inundaciones esas que ocurrieron días atrás?, pues Don Quijote y yo estuvimos allí, ayudando a rescatar gente. Trabajamos mucho, ¿sabes?, pero nos quedamos muy contentos.
¡Qué imaginación tienes!.
No es imaginación. Es verdad, y me ha contado muchas cosas; sobre Sancho Panza, sobre cómo entender a Sancho Panza... porque había llegado a tomarle manía, ¿sabes?, pero Don Quijote me ha enseñado que debo aprender a dirigirlo.
Venga, no me digas esas cosas, ¿quieres?.
¿Qué cosas?, ¿las que he hecho con Don Quijote y los consejos que me ha dado?. Pues que sepas que se parecen mucho a los tuyos.
Pero hijo, no sueñes tanto, que te estás pasando. Me parece muy bien que te guste la filosofía de Don Quijote; me parece bien y me gusta. Ya sabes que también me gusta su pensamiento.
¿Ves?. ¿No dices que no tenga fantasías?, pues ¿por qué hablas de él como de un ser real si tan solo es un personaje literario?. ¿No será que la virtud es tan poderosa que por sí sola saldrá vencedora de todo trance, como dice Don Quijote?
¡Qué cosas dices!. ¿Quién te ha enseñado a interpretar las cosas de esa manera?
Pues Don Quijote. Pero papá, ¿por qué te sabe mal que interprete las cosas de esta manera? Bastante razón tiene cuando dice que la virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos.
El hombre, ante esta serie de sentencias que decía su hijo se encontraba aturdido, dubitativo; no sabía como actuar ni qué decir. No acababa de entender como bueno lo que estaba escuchando, pero mucho menos se atrevía a calificarlo como malo. Pero, pensaba, mi hijo no cuaja en éste mundo, ¿qué va a ser de él?. Esto tiene que acabar.
¿A ti qué te parece Sancho Panza?
Bueno, deja ya el tema, ¿quieres?
Pero, ¿por qué no me quieres contestar?
Pues me parece una buena persona...
A la que hay que conducir –dijo Roger -. Es un simple, y si lo dejas guiarse solo es imprevisible y peligroso, pero en el fondo es bueno. Mira como se enfrenta al cura y al barbero, y cómo intenta ayudar a su señor para que se libere de la trampa que le han tendido.
El hombre se encontraba cada vez más meditabundo, y escuchaba al niño disimulando, con miedo de que su hijo fuese a hacer las mismas “locuras” que Don Quijote.
Bien –dijo entre dientes mientras barruntaba la forma de impedir que el niño continuase viviendo las aventuras de forma tan directa-.
El niño intentó explicar que todo aquello que había contado, eso de salir en busca de aventuras, había sucedido de verdad; que de verdad habían ayudado a quienes lo necesitaban; que de verdad había aprendido con el ejemplo de su maestro a comprender muchos aspectos de la vida que normalmente escapan al general conocimiento, mientras el padre, segundo a segundo más pesaroso, se dirigió a la ventana, y sin responder palabra la cerró mientras decía:
Venga, a dormir.
¿No te interesa lo que te cuento?
Sí me interesa. Por eso te digo que duermas.
¿Y por qué has cerrado la ventana?
Porque quiero que descanses bien.
Pero me gusta tenerla abierta.
No.
Pero, ¿por qué?
El hombre no supo qué responder. No tenía argumentos suficientes. Comprendía que su hijo era bueno, sano, inteligente; comprendía que en los últimos días, además, había adquirido unas formas de hablar y de comportarse dignas de alabanza, pero tenía miedo. Mucho miedo.
¿Por qué? –volvió a preguntar el niño-.
Porque te quiero.
Pero si me quieres, déjame la ventana abierta. Quiero salir como cada noche a hacer el bien que pueda por ahí.
Hijo. Me llena de orgullo que quieras repartir el bien por todas partes, pero por favor, que la fantasía no haga de ti lo que Cervantes dice que hizo de Don Quijote la lectura de libros de caballerías.
Pero papá, si es fantasía, ¿qué vas a conseguir dejando la ventana cerrada?
El hombre sacudió la cabeza y dijo:
Da igual. Dejemos cerrada la ventana, ¿quieres?. Anda, sé obediente.
Roger quedó con la cabeza gacha, pensativo. De pronto la levantó sonriente y dijo:
De acuerdo, papá. Si así eres feliz, dejaré cerrada la ventana, y como Don Quijote, no saldré de aventuras por el mundo... Y por favor, no dudes.
Quedó solo el niño y esa noche no recibió la visita del caballero.
¿Por qué sería?, ¿porque estaba cerrada la ventana?, ¿porque también Don Quijote estaba recluido? ¿Porque todo había sido una fantasía?
Los padres del niño meditaban sobre las cosas que había dicho su hijo y releían los periódicos donde se publicaban las noticias de las que tan pormenorizadamente había informado el chaval en primera persona.
¿Será posible? –pensaban-... Pero no... ¡no!... ¡Qué ha de ser!... ¡valientes sueños de niño!. Seguro que con algo de distracción se le van todas las tonterías.
Al siguiente día volvieron a Campo de Criptana. Acabaron las vacaciones y el niño no volvió a hablar del tema.
Volvieron a Navarcles, y la tranquilidad, por mor de la distancia de la Mancha acreció en el espíritu paternal al comprobar que los días transcurrían y el niño no volvía a hablar del tema.
Pero la duda persistió en su ánimo... ¿Habrá sido todo verdad?

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