miércoles, 18 de diciembre de 2019

La conquista británica de España. Los próceres, su dependencia

LOS PRÓCERES, SU DEPENDENCIA (I)



La hecatombe que España sufrió en el siglo XIX no puede ser entendida sin haber analizado previamente los siglos anteriores, pero tampoco puede entenderse sin analizar la casuística de las personas que llevaron a término la destrucción del Imperio Humanista Hispánico.

¿Qué eran y a qué servían aquellos a quienes algunos llaman los libertadores? Desde la distancia de dos siglos; desde un mundo que en poco se parece a aquel; desde la estricta individualidad del interesado por conocer; con el dolor, eso sí, de no hacerlo desde una Patria unida y universal, vamos a intentar desentrañar qué motivaciones y ayudas tuvieron para conseguir la atomización de la Patria común.
En capítulos anteriores se ha procurado introducirnos en la situación política de España en los albores del siglo XIX; hemos tratado también la cuestión económica; la influencia de la invasión francesa de la Península; los conflictos sociales indigenistas y de los Comuneros, y la influencia de la masonería.
Todo ello, sin duda, influyó en el rompimiento de la Patria, pero hubo otros condicionantes, si cabe más importantes, a cuyo servicio laboraron algunos de los aspectos señalados. No vamos a adelantar cuáles fueron. Irán surgiendo a lo largo de la exposición.
En esos momentos, la Revolución Francesa y la Ilustración ocupaban lugar preeminente en cualquier charla, conversación o discusión, y los llamados próceres eran, sin lugar a dudas, gentes con ideas revolucionarias emanadas de aquellas. Y gentes que se estaban organizando al amparo de la Revolución Francesa y de Inglaterra. Así, en esos momentos ya se estaban gestando las acciones que se pondrían en marcha a comienzos del nuevo siglo.
A finales del siglo XVIII el venezolano Francisco de Miranda había fundado en Londres una logia masónica llamada La Gran Reunión Americana, cuyo objetivo era conspirar contra España ‒bajo los auspicios de la corona británica‒ al objeto de crear el caldo de cultivo necesario que facilitase el rompimiento de España. Esta logia, que, dada la estructura de la organización, obedecía a la Gran Logia de Londres, se expandió en España con el nombre de Sociedad de los Caballeros Racionales.
Todos los próceres separatistas acabarían perteneciendo a esta o a otras logias masónicas.
Según señala Antonio Moreno, Francisco de Miranda, que había servido en el ejército español, en concreto en Melilla, combatió en Valmy como mariscal de campo al servicio de la Revolución Francesa bajo las órdenes de Dumouriez, y permaneció años en Inglaterra prestando sus servicios como peón de la política británica en América, a la que exportaría el concepto parlamentario, amén de conceder a Inglaterra el estatus de nación favorecida en cuanto a lo comercial, una vez que se lograra la separación de España.
El 22 de Diciembre de 1797 se reunieron en París José del Pozo y Sucre, Francisco Miranda y Pablo de Olavide:

No solo para deliberar conjuntamente sobre el estado de las negociaciones seguidas con Inglaterra en diferentes épocas, para nuestra independencia absoluta. (Acta de París)

Sino para llegar a una serie de acuerdos que quedarían plasmados en un acta que resulta esclarecedora para entender lo que sucedería después. Se detecta en el acta la existencia de acuerdos previos con el reino de la Gran Bretaña, a la que se le abren las puertas sin cortapisa de ningún tipo en lo que se puede entender como pacto para la dominación colonial británica.
El artículo primero del acta en cuestión señala:

Habiendo resuelto, por unanimidad, las Colonias Hispano-Americanas [sic], proclamar su independencia y asentar su libertad sobre bases inquebrantables, se dirigen ahora aunque privadamente a la Gran Bretaña instándole para que las apoye en empresa tan justa como honrosa, pues si en estado de paz y sin provocación anterior, Francia y España favorecieron y reconocieron la independencia de los Anglo-Americanos, cuya opresión seguramente no era comparable a la de los Hispano-Americanos, Inglaterra no vacilará en ayudar la Independencia de las Colonias de la América Meridional.

En su artículo segundo es de destacar que reclaman a favor de Inglaterra condiciones de dominio en los territorios liberados; algo que jamás ofrecieron los independentistas norteamericanos como contrapartida hacia España por su apoyo a la independencia de las Trece Colonias. Dice así:

Se estipularán, en favor de Inglaterra, condiciones más ventajosas, más justas y más honrosas. Por una parte la Gran Bretaña debe comprometerse a suministrar a la América Meridional fuerzas marítimas y terrestres con el objeto de establecer la Independencia de ella y ponerla al abrigo de fuertes convulsiones políticas; por la otra parte, la América se compromete a pagar a su aliada una suma de consideración en metálico, no solo para indemnizarla de los gastos que haga por los auxilios prestados, hasta la terminación de la guerra, sino para que liquide también una buena parte de su deuda nacional. Y para recompensar hasta cierto punto, el beneficio recibido, la América Meridional pagará a Inglaterra inmediatamente después de establecida la Independencia, la suma de... millones de libras.

 Se comprometían así a una hipoteca que sigue vigente doscientos años después de haber sido rota la unidad nacional española.
Y los términos de la mentada hipoteca comienzan a señalarse en su artículo quinto, donde se indica:

Se hará con Inglaterra un tratado de comercio, concebido en los términos más ventajosos a la nación británica; y aun cuando debe descartarse toda idea de monopolio, el trazado le asegurará naturalmente, y en términos ciertos, el consumo de la mayor parte de sus manufacturas.

Y en su artículo sexto se les regala Panamá:

El paso o navegación por el Istmo de Panamá, que de un momento a otro debe ser abierto, lo mismo que la navegación del lago de Nicaragua, que será igualmente abierto para facilitar la comunicación del mar del Sud con el Océano Atlántico, todo lo cual interesa altamente a Inglaterra, le será garantizado por la América Meridional durante cierto número de años, en condiciones que no por ser favorables lleguen a ser exclusivas.

De todos es conocido que, finalmente, el canal sería abierto por EE.UU. Pero eso no dependió de la inexistente independencia Hispanoamericana, sino de un pacto entre iguales: el tratado Clayton-Bówdler entre Estados Unidos de América e Inglaterra, firmado en 1850, en donde se le reconoce a la primera el derecho de hacer un canal.
Volviendo al acta de París, en el capítulo octavo se abren las puertas al banco de Inglaterra:

Las relaciones íntimas de asociación que el Banco de Londres pueda trabar enseguida con los de Lima y de México, para sostenerse mutuamente, no será una de las menores ventajas que procure a Inglaterra la independencia de la América Meridional y su alianza con ella. Por este medio el crédito monetario de Inglaterra quedará sentado sobre sólidas bases.

Y el noveno apunta una nueva hipoteca con los Estados Unidos:

Puede invitarse a los Estados Unidos de América a formar un tratado de amistad y alianza. Se le garantizará en este caso la posesión de las dos Floridas y aun la de la Louisiana, para que el Missisipi sea la mejor frontera que pueda establecerse entre las dos grandes naciones que ocupan el continente americano. En cambio los Estados Unidos suministrarán, a su costa, a la América Meridional un cuerpo auxiliar de 5.000 hombres de infantería y 2.000 de caballería mientras dure la guerra que es necesaria pata obtener su independencia.

En el artículo Once hay otra cesión territorial directa:

Respecto de las islas que poseen los hispano-americanos en el archipiélago americano, la América Meridional solo conservará la de Cuba, por el puerto de la Habana, cuya posesión —como la llave del Golfo de México— le es indispensable para su seguridad. Las otras islas de Puerto Rico, Trinidad y Margarita, por las cuales la América Meridional no tiene interés directo, podrán ser ocupadas por sus aliados, la Inglaterra y los Estados Unidos, que sacarán de ellas provechos considerables.

Destaquemos principalmente estos aspectos. Los hechos posteriores ‒los tratados comerciales, el expolio…‒ no han sido excesos de británicos y norteamericanos. Todo estaba pactado por los libertadores, sus agentes.
Pero este expolio no puede achacarse solo a los firmantes del Acta de París de 1797, puesto que la misma se llevó a efecto con la anuencia de las logias que laboraban por el rompimiento de España, y que en esos momentos se encontraban diseminados por toda Europa. Entre ellos no hay que olvidar a Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, a Manuel de Solar, a Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, a Pedro José Caro, a Pablo de Olavide, a Antonio Nariño…
Pero, ¿quién era Francisco de Miranda?
Francisco de Miranda luchó en el norte de África a la orden del ejército español, hasta obtener el grado de capitán, siendo ascendido a teniente coronel en la batalla de Pensacola. Combatió en Pensacola en apoyo a la causa norteamericana. Tras abandonar el Ejército español, permaneció en los Estados Unidos, concretamente en Filadelfia, entre 1783 y 1784, donde trabó relaciones con la masonería local...  Y que se vería forzado a abandonar tras haber sido condenado por delito de comercio ilegal y por haber desertado. Curiosamente, esta amistad por lo ajeno es común a varios próceres.
José Stevenson Collante, grado 33 de la masonería, dice sobre Miranda, insinuando que la traición era una invención de sus acusadores:

Por razones religiosas como anticristiano y por la manifiesta antipatía de los militares españoles, el General De Miranda es acusado de simpatizar en 1782 con los ingleses, lo que le ocasiona ser tomado prisionero y encarcelado en el Castillo del Príncipe en La Habana, de donde logró huir a Carolina del Sur en 1783 y conoce a Jorge Washington, victorioso de la Revolución Norte-americana. Lograda su independencia, con deseo de libertad realiza un viaje de observación por varios países de Europa, donde tuvo la oportunidad de conocer y tratar con varios personajes importantes del mundo Europeo, como Catalina II, zarina de Rusia, y Federico II de Prusia, quienes le prometieron ayuda para la puesta en marcha de sus aspiraciones libertarias de América Meridional. (Stevenson)

En relación a esta promesa, haremos caso a lo que nos indica el señor masón del grado 33; pero, a lo que parece, no fue más allá de la carta de crédito que le dio, a la que el mismo Miranda hace referencia en su carta de agradecimiento de 15 de Agosto de 1787, que termina diciendo:

La Letra de Crédito que V.M. ha tenido a bien agregar, será utilizada juiciosamente en caso de necesidad y siempre satisfecha por mi parte, teniendo el honor de considerarme con sincero agradecimiento y profundo respeto de V.M.I., el más humilde y muy obediente servidor.

Residiría tres años en Londres, de 1802 a 1805, donde regresaría en 1807, para marchar en 1812. En Londres, conforme relata el mismo José Stevenson Collante, entraría en la órbita de la masonería, bajo cuyo auspicio fundaría la logia La Gran Reunión Americana.

Allí adoctrinaba, como Gran Maestro, a los patriotas americanos y revolucionarios que venían de sus países de origen, destacándose entre ellos los chilenos Bernardo O'Higgins, José M. Carrera, Juan Martínez, Gregorio Argomedo, Juan A. Rojas; los argentinos José de San Martín, José Mª Zapiola, Carlos Mª de Alvear, Bernardo Monteagudo y Mariano Moreno, quienes en 1811 organizaron en Buenos Aires la Logia Lautaro, que luego fue extendida a Mendoza y a la ciudad de Santiago de Chile; de México, el fraile Bernardo Teresa de Mier, Vicente Rocafuerte, Carlos Montufar; de Cuba, Pedro Caro; de Venezuela, don Andrés Bello, Luís López Méndez y el Libertador Simón Bolívar; de Santafé, José Mª Vergara Lozano, eran los más asiduos contertulios a las famosas Tenidas. (Stevenson)

Allí tomaría contacto con alguien que le había precedido. El primero que en estas circunstancias y de forma manifiesta se presentó como enemigo del ser de España, fue el Jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, un personaje que, contando como católico, curiosamente, fue muy bien atendido por la corte británica. Llegó a Londres a requerimiento del gobierno británico; y, bajo su auspicio, en 1799 publicaba en Londres el manifiesto titulado Carta dirigida a los españoles americanos, donde, según señala Secundino José Gutiérrez Álvarez,:

Además de atacar a José Gálvez, ministro de Indias, por su «manifiesto y general odio a todos los criollos», es también un duro alegato reclamando el derecho de los criollos al gobierno americano. Por primera vez un criollo llama a sus compatriotas a rebelarse contra la Corona española y alcanzar su libertad, porque se la niega el gobierno de su propia patria…/… La Carta de Vizcardo, distribuida por Miranda, adquirió una amplia difusión en Venezuela, Colombia y Perú. Sucedió, igualmente, con los escritos de Juan de Velasco y Clavijero, dos jesuitas exiliados en Italia. (Gutiérrez)

La carta no era sino la expresión de la oligarquía criolla, que llevaba tiempo pretendiendo imponerse a las leyes, por lo general en detrimento de los otros sectores de la sociedad más deprimidos, y que contaban con el apoyo de la Corona. Para Edgar Montiel:

La estrategia discursiva de los independentistas americanos incluía promesas de una liberación de la fuerza de trabajo servil en aras de un estatuto ciudadano que diera la igualdad a blancos, ricos y pobres, indígenas y negros. Estos ideales tuvieron una gran resonancia en Europa, donde la lucha se planteaba en términos de un cambio de régimen: la caída de la monarquía liberaba al Hombre de su condición de súbdito y le permitía acceder, gracias a su trabajo y sus méritos, a la igualdad de oportunidades. La ecuación buscada era libertad con igualdad. Era la agenda de la revolución que se gestaba en Francia. (Montiel)

Los principios señalados no tienen discusión; ¿quién no quiere la igualdad?; ¿quién no desea la eliminación del trabajo servil? Pero esas eran cuestiones ‒la primera, de difícil solución‒ a la que no se puede acceder sino mediante un trabajo continuado, y no ya durante años…; y la segunda era una cuestión que, por el condicionamiento del Imperio Español, nunca fue, ni de lejos, tan significativa como era en otros ámbitos ‒en especial en el mundo anglosajón‒ y que, por la propia dinámica de los tiempos y con la necesaria intervención de las leyes, estaba en esos momentos, existente, sí, pero en franca vía de extinción. A pesar de la importancia que tiene el asunto por tratarse de personas, no era un asunto capital.
Sí lo había sido en el mundo anglosajón, que ahora estaba muy interesado en acabar con unos métodos esclavistas en los que siempre fue pionero; pero no porque la filosofía humanista imbuyese, de golpe, las formas que venían aplicando, sino porque la revolución industrial exigía nuevos métodos de esclavitud en los que esa palabra había dejado de tener relevancia. Las pruebas del aserto las puede encontrar cualquiera que se interese en el trato dado al asunto a lo largo y ancho del imperio británico.
Pero la independencia, para la oligarquía criolla, sí era de especial importancia, porque con ella podrían acceder a aquellos capítulos que las leyes salvaguardaban como exclusivos para los más desfavorecidos, porque no debemos olvidar que los gestores de la gran asonada americana, fueron, con escasas excepciones, terratenientes criollos cuya principal diferencia con los administradores era su lugar de nacimiento y su vínculo económico.
 Al ver que el poder de España era cada vez más frágil y decadente, y que sus enemigos tradicionales, Francia e Inglaterra, así como la desagradecida Estados Unidos, tenían un empuje que ahora era inexistente en España, comenzaron a rebelarse animados con su apoyo económico y doctrinal, que aspiraban se convirtiese también en apoyo militar.
Y justamente esos precursores eran quienes menos respetaban la libertad humana de los desfavorecidos. ¿Dónde están los indígenas en Norte América o en Australia?... En el mismo lugar que, andando los años, bajo los dominios británico y norteamericano acabarían, por ejemplo, los selkman.
Pero la estrategia de la oligarquía obviaba las realidades; lo que el jacobinismo les hacía defender era exclusivamente sus prerrogativas; sus ansias de ser cabeza de ratón. Así, obviando que algo de lo que decía era cierto y que no hay mayor mentira que una verdad a medias, años más tarde, el 6 de septiembre de 1815, y fiel a su dependencia, Bolívar, en su Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, que es como Bolívar tituló a la comentada Carta de Jamaica, repite las vaciedades que sobre la actuación de España en América propalaron los eternos enemigos de España cuando contra esta no tenían más argumento que la imprenta. En ella se refiere a la Brevísima de Fray Bartolomé de las Casas, la cual curiosamente le reportó ser declarado defensor universal del indio por Carlos I y que dio lugar a un hecho de importancia jurídica internacional como es la Controversia de Valladolid y la subsiguiente redacción del derecho internacional, mientras en Europa seguían con el derecho feudal.
En cumplimiento de su labor, Miranda presentó en 1800 un memorando al gobierno británico que tenía en cuenta informaciones muy precisas sobre la geografía, clima, pasos estratégicos, idiosincrasia de los hispanoamericanos, etc.; datos que llegaron a su autor a través de los jesuitas expulsados del imperio español en 1767 por Carlos III. Consideraba asimismo la baja condición de la capacidad militar española y se planteaba un asalto en el Río de la Plata. Maitland señalaba en el proyecto subsiguiente:

Yo imaginaría que cualquier intento hecho con una fuerza racional habría de ser casi con certeza exitoso, y baso mi opinión en esta parte sobre la evidente certidumbre de que, malas como son las tropas españolas en Europa, tienen que ser aún de inferior calidad en el Nuevo Mundo. (Terragno: 66)

Curiosamente, tras estos servicios prestados a la Gran Bretaña, es el Arco del Triunfo de los Campos Elíseos parisinos el que presenta su nombre inscrito en piedra como recuerdo perdurable de su traición.
Aseveraría Bolívar en su Carta de Jamaica:

Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos y, digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos, pocas veces; diplomáticos, nunca; militares, solo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni financistas, y casi ni aún comerciantes; todo en contravención directa de nuestras instituciones. (Bolívar, Carta)

Aseveraciones literalmente contrarias a la verdad, pues los miembros de las familias criollas tan solo estuvieron excluidos de los más altos puestos de la administración y del gobierno virreinal, por política real llevada a cabo desde el último cuarto del siglo XV.
Además, Lima fue uno de los centros políticos más importantes de la Corona donde los criollos tenían acceso a los puestos burocráticos.
Pero para el caso todo daba lo mismo, porque lo que se buscaba era la imposición de una clase económicamente poderosa que desde siempre había lidiado con las leyes.
En los últimos momentos del reinado de Carlos IV, y a pesar de todo, cada plan era lógicamente estructurado en el marco de la Monarquía Hispánica. Señala Felipe Ferreiro que entre los criollos podían detectarse varias tendencias:
A- Partidarios de la supremacía de la ley y de su cumplimiento fiel como garantía esencial de la libertad. Este grupo sería el formado por los indianos adoctrinados en la «metafísica revolucionaria» de Rousseau y la Enciclopedia…/…  Esta tendencia nace entre nosotros, como en la Península, en la segunda mitad del siglo XVIII. Es la de los doctrinarios y teóricos en auge después de 1810, desde Cádiz, en España; desde Caracas, desde Bogotá, desde Santiago, desde Buenos Aires, en Indias. Entre sus primeros propagandistas de América, advertimos –para citar algunos nombres‒ a Nariño y a Zea en Bogotá, al español Rubín de Celis en el Río de la Plata, a José Antonio Rojas en Chile, a los españoles Enderica y Ramírez de Arellano en Méjico, etc., etc.
B- Partidarios de que los cargos de representación y gobierno en cada comarca o región recayesen en personas de los respectivos vecindarios. En esta tendencia, como en la anterior, no se hacen diferencias entre peninsulares y americanos.../… Existía despotismo de parte de la corona ‒para los partidarios de esta corriente‒ cuando aquella llenaba los cargos públicos con hombres extraños al lugar, aun cuando estos resultasen gobernantes excelentes…/…  (Y la medida venía siendo aplicada desde tiempo de los Reyes Católicos, en todos los reinos, peninsulares y ultramarinos, con el claro objetivo de limitar la corrupción).
C- Partidarios de que los cargos de representación y gobierno en cada comarca o región pertenecieran exclusivamente a los nativos de la misma. Esta tendencia que, a primera vista, se nos presenta como un perfeccionamiento de la anterior, en realidad importaba un regreso. Era de sentido oligárquico. No todos los nativos, sino solo los nativos de origen español o españoles americanos, se prometían sus ventajas…/…
D- Partidarios de que los cargos de representación y gobierno de cada comarca o región solo se distribuyan entre indianos sin distinción de lugares de nacimiento o de vecindad. (Ferreiro)
Elucubraciones… Pero, en cualquiera de los casos, ¿esas consideraciones pueden ser el germen de un movimiento separatista? Difícil conclusión.
La caja de los truenos se abrió con la invasión francesa de la Península, pero ya venía gestándose, como hemos visto con Vizcardo, desde tiempo atrás. Ya Francisco de Miranda había organizado en Londres un núcleo masónico que se encargaría del adoctrinamiento y sería la correa de transmisión de Inglaterra en el proceso separatista. La actividad de Miranda no era especulativa, sino que se materializaba en acciones concretas. Si el intento resultó fallido en el caso de Túpac Amaru, no sucedería lo mismo en adelante; así, Rodolfo Terragno informa:

Después de una reunión con Pitt, Dundas y Popham, el 12 de octubre de 1804, Popham quedó encargado de preparar un plan de ataque sobre Hispanoamérica: una tarea para la cual contó con la ayuda de Miranda. Además de desembarcos simultáneos en Nueva Granada y el Río de la Plata, ese plan incluyó una expedición a Valparaíso y Lima por una fuerza que debía llegar de India. (Terragno: 161)

Algo que venía a perfeccionar el proyecto nacido en 1711, por parte del Foreing Office británico, si bien realizado de forma anónima, titulado Una propuesta para humillar a España, en el que se relataba:

Dada la considerable falta (?) que tienen de estas mercaderías (textiles ingleses), que tanto necesitan el consumo de ellas, aumentaría, porque nuestros productos y tales son irrazonablemente caros (debido a la restricción del libre comercio en ese entonces), por las razones ya mencionadas, y así los pobres y aún los comerciantes, hacen uso de las telas de Quito para sus vestidos y solo los mejores usan géneros y telas inglesas. Pero si, de una vez, nosotros podemos fijar nuestro comercio, por el camino que yo propongo (directamente por Buenos Aires y a través del continente hacia el interior, sin tener que pasar por Cádiz), con seguridad, arruinaríamos, en pocos años, la manufactura de Quito. (Núñez)

No ocultaban sus intenciones…
Paralelamente ya comenzaban en América las actividades culturales, donde recalaron diversos personajes relacionados con la masonería. Al respecto, Pedro Pérez Muñoz señala:

Entre los emisarios que vinieron a la América fue uno un tal Munsiur los Ríos, francés de nación y de profesión médico. Llegó este a Cartagena de Indias el año 91 y desde luego fue preso por el Tribunal de la Inquisición, por las opiniones erróneas y seductoras que vino sembrando. Puesto en libertad, siguió viaje a Santa Fe, donde formó escuela y sus discípulos principales fueron Nariño, Cea, Cabal y otros que pasaron a España en partida de registro el año 93; llegaron a la Península y fueron puestos en libertad y aun premiados porque ya encontraron en la corte jacobinos protectores y más en la piedad falsa y carácter blando y compasivo del gobierno. El marqués de Selva Alegre, Don Juan Pío Montúfar, hizo viaje desde Quito a Santa Fe en unión de los Espejos para alistarse en la cofradía francmasónica y, regresados a su patria, fraguaron el año 93 los pasquines y plan de rebelión. (Hidalgo: 65)

Y es que las actividades de las logias eran cada vez más intensas, extremo que queda reflejado en los archivos de la Inquisición, en los que queda manifiesta la certeza que autores como Juan Jacobo Rousseau, el abate Pradt, el Barón de Montesquieu, Voltaire, Paine, Hume y Jeremías Benthan, habían sido los maestros ideológicos de los libertadores, que habían sembrado conceptos y doctrinas sociales como el pacto social, la soberanía popular, la división de poderes  y la teoría de la representatividad.
En concreto Simón Bolívar se mostraría ferviente seguidor de las doctrinas de todos ellos, aspecto que deja reflejado en sus escritos, entre los que es destacable el siguiente juicio, por lo que lleva implícito:

Vea Ud. lo que dice De Pradt de la aristocracia en general, pues la británica está multiplicada por mil, pues se halla compuesta de cuantos elementos dominan y rigen al mundo: valor, riqueza, ciencia y virtudes; estas son las reinas del universo y a ellas debemos ligarnos o perecer. (Bolívar, OO.CC.: 492)

Estos valores serían perennes en los libertadores, siendo que, como señala  Luis Corsi Otalora:

Durante el ensueño del Congreso de Panamá culminaría esta visión: «El carácter británico y sus costumbres las tomarían los americanos por objetos formales de su existencia futura». (Corsi: 40)1

Ya en 1781, Antonio Espejo se significaba como elemento subversivo, lo que le ocasionó conflictos jurídicos que lo retuvieron en Santa Fe de Bogotá. Señala Germán Rodas Chaves:

Llegó a Santa Fe de Bogotá en 1789. Permaneció en dicha ciudad hasta 1790. Durante ese tiempo desarrolló una fructífera relación con Antonio Nariño, quien le invitó a participar de las tertulias del núcleo denominado El Arcano Sublime de la Filantropía, a cuyo interior la aprehensión de las ideas de la Ilustración y la reflexión colectiva sobre tal marco ideológico favorecieron el compromiso de los dos patriotas con las causas de la independencia en sus países. (Rodas)

Y en 1793, Antonio Nariño traducía los principios de la Revolución Francesa. Acusado de desfalco realizado desde el puesto que ocupaba en la administración como tesorero de los diezmos, fue juzgado; y Camilo Torres se negó a ser su defensor. Condenado a embargo y exilio, consiguió escabullirse, con ayuda de los hermanos masones, hasta llegar a Cádiz, desde donde partió a París y a Londres. En proceso paralelo fue también condenado Francisco Antonio Zea.
Pero su ostracismo, el de Zea y el de Nariño, duraría poco gracias a la acción benéfica de los jacobinos, ya que fue liberado en 1798, permaneciendo en Francia hasta que en 1803 se estableció en Madrid sin muchas alharacas. Hasta que en 1808, con la invasión napoleónica, se manifestó ardiente partidario de José Bonaparte, durante cuyo reinado fue nombrado prefecto de Málaga. Mientras Nariño logró escapar, también por los mismos métodos, y regresó a Colombia en 1797, desde donde colaboró con los británicos.
Las acciones separatistas ya menudeaban en estos momentos; algo tuvieron que ver los intentos británicos de invadir el Río de la Plata. El 14 de Octubre de 1804 se reunía Miranda con Melville y Popham en Londres para tratar de la invasión que debía acometerse contra Hispanoamérica, quedando Miranda señalado como jefe de las fuerzas que debían invadir Venezuela, y con grado de general británico, siendo Popham el encargado de acometer Buenos Aires.
El propio Miranda intentó la invasión de Venezuela  en 1806 al frente de una fuerza armada que zarpó de Estados Unidos; y en la isla de Granada recibió el apoyo de Frederick Maitland, primo de Sir Thomas y, curiosamente, gobernador de la isla. Posteriormente también recibió el apoyo del Almirante Thomas A. Cochrane, el mismo que posteriormente sería responsable de la Armada británica que condujo a San Martín en la toma de Perú.
Y confirma Daniel O’Leary, el asesor personal británico de Bolívar:

El 24 de Julio de 1806 se dio á la vela la expedición compuesta de 15 buques con 500 voluntarios, y en la mañana del 2 de Agosto desembarcaron en la Vela de Coro. Al día siguiente se emprendió la marcha sobre Coro, capital de la provincia del mismo nombre, que fué ocupada sin oposición por haberla evacuado, retirándose al interior, las autoridades españolas con cerca de 250 milicianos que formaban la guarnición, al saberse la aproximación de los patriotas. Los habitantes principales de ambos sexos desampararon también la ciudad y siguieron el movimiento de las tropas…/… El fracaso de esta expedición es otra prueba de que la América del Sur no estaba preparada para la independencia y de que la gran masa del pueblo era afecta al Gobierno real…/… debe también tenerse en cuenta que la franca protección del Gobierno británico daba á la expedición influjo y peso moral. (O’Leary: 45)

Ante semejante resultado, Miranda salió huyendo junto a su protector Cochrane, para pasar seguidamente a residir en Inglaterra.
El miércoles 25 de junio de 1806, Beresford y Popham desembarcaron en las costas de Quilmes. Tomaron Buenos Aires sin apenas lucha. El Times de 15 de Septiembre de 1806 proclamaba:

Mediante nuestro éxito en La Plata, donde un pequeño destacamento británico ha tomado una de las mayores y más ricas colonias de España, Bonaparte debe estar convencido de que nada sino una rápida paz puede impedir que toda Hispanoamérica le sea arrebatada a su influencia, y puesta bajo la protección del Imperio Británico. ¿Hacia qué región del mundo habitable podría él mirar entonces en busca de «barcos, colonias y comercio»? (Terragno: 109)

La verdad es que la generosidad británica no podía sufrir menoscabo, por lo que en breves fechas se transportaba a Gran Bretaña los productos de su comedimiento:

1.086.000 dólares, equivalentes a 30 toneladas de plata. El total de la captura hace unos 3.500.000 dólares. (Terragno: 110)

Un francés al servicio de España, Santiago de Liniers, el vasco Martín de Álzaga y el criollo Juan Martín de Pueyrredón comenzaron pronto la reconquista, que duró cuarenta y ocho días. El 12 de Agosto eran expulsados los ingleses, pero Beresford y los oficiales fueron enviados a Luján, Córdoba, San Luis y Santiago de Estero; tuvieron libertad de movimientos, lo que les permitió seguir conspirando con los representantes de Francisco de Miranda, en concreto con Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla, este último, agente británico, quienes le propusieron liberar a los británicos y que Inglaterra se convirtiese en garante de la independencia, lo cual, detectado por Liniers, significó que Beresford y Pack fuesen desterrados a Catamarca, de donde fueron liberados gracias a la traición de Rodríguez Peña y de Padilla.
A lo que parece, y según señala Rodolfo Terragno:

Rodríguez Peña recibía «una asignación del General Whitelocke y una pensión del gobierno británico». (Terragno: 175)

Tras la abdicación de los Borbones en Napoleón y de este en su hermano José, el día 8 de Julio de 1808, representantes de los reinos americanos se sometieron a los invasores firmando en Madrid el Acta de Adhesión y Acatamiento al Rey José. Encabezaba la representación el conde de Casa Valencia… y  Francisco Antonio Zea fue el encargado de dirigir un discurso a José Napoleón, en el que dijo:

Los representantes de vuestros vastos dominios de América no contentos con haber tributado a V.M., en unión con la Metrópoli, el homenaje debido a su soberanía, se apresuran a ofrecerle el de su reconocimiento por el aprecio que V.M. ha manifestado hacer de aquellos buenos vasallos en cuya suerte se interesa tan vivamente, de cuyas necesidades se ha informado y cuyas largas desgracias han conmovido su corazón paternal. Olvidados de su gobierno, excluidos de los altos empleos de la Monarquía, privados injustamente de la ciencia y de la ilustración y, por decirlo todo de una vez, compelidos a rehusar los dones que les ofrece la naturaleza con mano liberal, ¿podrían los americanos dejar de proclamar con entusiasmo una Monarquía que los saca del abatimiento y de la desgracia, los adopta por hijos y les promete la felicidad? No, señor. No se puede dudar de los sentimientos de nuestros compatriotas ‒los americanos‒ por más que los enemigos de V.M. se lisonjean de reducirlos; nosotros nos haríamos reos a su vista; todos unánimes nos desconocerían por hermanos y nos declararían indignos del nombre americano, si no protestáramos solemnemente a V.M. su fidelidad, su amor y su eterno reconocimiento». (Liévano: 56)

Y parece que esos eran sus sentimientos auténticos, a juzgar por su trayectoria. Completada la fragmentación de España, a Francisco Antonio Zea le tocó establecer las relaciones entre la República de Colombia y los reinos de Inglaterra y de Francia, como plenipotenciario de Colombia en aquellas naciones, y murió en Bath, Inglaterra, el 22 de noviembre de 1822.
Fiel servidor del imperio británico, destilaba un odio irracional hacia España. Decía Antonio Zea:

No, ya no puede haber ninguna relación entre la España y la América, un odio eterno nos separa, y el cielo y el infierno se unirían primero que nosotras…/… Todos los desastres, todos los crímenes de la conquista están presentes a mi imaginación. ¡Oh, memoria! ¡Oh, día de maldición aquel en que concedí la más generosa hospitalidad a esa miserable aventurera, que apenas recostada en mis brazos sacó del seno su pérfido puñal y me cubrió de heridas para robarme el oro que yo le prodigaba y hacerse la señora de mi casa, en que, la infame, era recibida como amiga!.../… caciques, todos los soberanos, todos los príncipes de un mundo, y sus esposas y sus tiernos hijos degollados, jefes, sacerdotes, magistrados, todo muere: ¡doce millones de hombres expiran bajo el cuchillo español! (Zea: 250-251)

Argumentaba sin rubor la fantasía de la historia negra contra España y afirmaba que las relaciones de España y América se rompían para siempre ya que todo lo destruye la mutua desconfianza entre pueblos que jamás volverán a estimarse. (Zea: 252)
Y hacía referencia a lo que había llevado a sus protectores británicos a América: el mercantilismo, con una afirmación presentada como pregunta:

¿Por qué razón una inmensidad de producciones, destinadas a engrandecer el imperio del comercio, una creación entera, que pertenece al género humano, ha de permanecer entre las manos imbéciles de la ignorancia y de la avaricia? (Zea: 259)

La inteligencia, según él, se encontraba en la colonización, como se deduce de los argumentos con los que adulaba a quienes acabarían siendo los únicos beneficiarios de la destrucción de la Patria.

¿Se aumenta rápidamente mi población? Rápidamente se aumenta vuestra industria, de que ella necesita. ¿Se benefician nuevas minas en mi territorio? Nuevas fábricas se levantan en el vuestro. ¿Se descubren en mis vastas selvas nuevas producciones que exportar? Nuevas casas de comercio se establecen en vuestras populosas ciudades, y vuestras artes hacen nuevos progresos con sus nuevas aplicaciones. Si mis hijos adelantan en la civilización, que multiplica a un tiempo los agrados y las necesidades de la vida, los vuestros adelantan en perfección y en inventos para satisfacer el gusto y estimular el lujo con la novedad. ¿Y qué será cuando una partícula del áurea celestial que rodea el instituto de París, la real sociedad de Londres y otros altares del genio, brille sobre los Andes y derrame en aquel hemisferio la beneficencia y la luz de las ciencias y de las bellas artes? No será ya solamente el mundo de Colón. Será el mundo de Jusien, el mundo de Cuvier, el mundo de Rauy, el mundo de Lacepede. (Zea: 262)

Será la interdicción del odio la que excluya para siempre el comercio español de nuestro continente…/… ¡Perezca el nombre del primer americano que no retrocediese de horror a la vista de vuestras telas espantosas y de vuestros vinos mezclados con la sangre misma de nuestros padres y de nuestros maestros! ¡Que esta idea se grabe profundamente en nuestra imaginación, que se trasmita a nuestra posteridad, y haga eterna la aversión a cuanto siquiera tocare vuestras manos asesinas! (Zea: 276)

El odio que Zea sentía hacia España solo podía proceder de la influencia británica:

Si tantos horrores y maldades no pueden leerse sin indignación y sin un secreto deseo de ver exterminada una raza tan perjudicial al género humano, ¡qué efectos no habrán producido en los mismos pueblos oprimidos, y pueblos extremadamente irritables, dotados de una imaginación ardiente, y penetrados de la justicia y de la importancia de su causa! Es imposible formarse fuera de nuestro territorio una idea, no digo ya del odio, sino del furor y de la rabia, que anima a los americanos contra los españoles. Esta animosidad domina todas las pasiones, subyuga todos los intereses, prevalece sobre el sentimiento mismo de la libertad y de la independencia. El Atlántico, que separa los dos mundos, no es tan extenso como el odio que separa los dos pueblos. (Zea: 235)

Si alguna duda cabe sobre la dependencia que Zea tenía de Inglaterra, esta sentencia la borra:

¡Que la España se persuada bien de esta verdad y pese las consecuencias de una aversión inmensa que se difunde a todo lo que lleva su nombre, a las producciones mismas de su industria y de su territorio! La opinión ha marcado entre nosotros con el sello de la infamia a todo lo que es español, como entre los mismos españoles a todo lo que es judío. Un botón, una cinta de sus fábricas, sería aquí lo mismo que en la salvaje Castilla un sambenito. (Zea: 235)

 El mercado; ese era el interés de la Gran Bretaña, curiosa coincidencia con Zea, que no oculta el hecho cuando afirma:

Todo es ya inglés entre nosotros, y aun las producciones y mercancías de otros países nos viene por sus manos. La gratitud fortifica más, cada día este gusto y estas inclinaciones. El comercio inglés nos suministra con mano liberal todos los medios de conquistar nuestra independencia, y el comercio inglés obtendrá, sin necesidad de algún tratado, una preponderancia eterna en este continente. Es de toda justicia lleve el premio de los riesgos que ha corrido y de las dificultades que ha tenido que vencer en su propio país, cuyos grandes y permanentes intereses no han sido bastante conocidos de los que mejor debieran calcularlos. (Zea: 235-236)




































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LOS PRÓCERES, SU DEPENDENCIA (II)



Recién conquistada España por Napoleón, el Barón de Humbold viajó a América, donde, en el orden del cometido de espionaje y conspiración que lo justificaba, tuvo tratos con los agentes británicos locales: el obispo Cuero y Caicedo, Selva Alegre, Larrea, Morales, Salinas, Quiroga, Mejía y el resto de principales responsables de la revolución.
Los frentes eran múltiples; así, José María Blanco, alias Blanco White, que lo habíamos visto en 1808 lamiendo a los franceses, en 1810 creó en Londres el periódico El Español, que se convertiría en el órgano de los separatistas americanos, mientras el 21 de Julio de 1810, y al amparo de la situación de España, comisionados de Venezuela en Londres hicieron unas proposiciones a los británicos en las que se sometían a la protección de Inglaterra e hipotecaban el comercio y las explotaciones mineras a favor de esta.
Por su parte, Simón Bolívar, al objeto de completar su educación, había sido enviado por sus familiares a la Península el año 1799. Paso previo a su destino fue la Nueva España, donde permanecería por un período de tres meses, tiempo en el que tuvo ocasión de entrevistarse con el virrey.
Volvió a Caracas en 1802, de donde partió a Europa en 1803; y, tras contactos con personajes de la masonería, volvería en 1805 con el grado de maestro masón, tras haber evolucionado, al compás de la misma masonería, de una acendrada admiración por Napoleón a una oposición contumaz, la cual lo había acercado a la órbita británica, tomando relación con Humboldt, Oudinot, Delagarde… En 1806 estaba de vuelta en Caracas dispuesto a colaborar con la intentona inglesa encabezada por Miranda; y en 1809, tras los sucesos del 19 de Abril, fue comisionado, junto a Andres Bello y Luis López Méndez, para informar al gobierno británico de las novedades ocurridas y para ponerse bajo su protección, según nos relata puntualmente Daniel O’Leary, el comisionado extraoficial británico para controlar los pasos del libertador.
Qué hizo brotar el odio contra España en Bolívar es cuestión que alguien podrá investigar; pero, en cualquier caso, no era compartido ese sentimiento en el seno familiar. La hermana de Bolívar, que acabaría siendo desterrada por el libertador, era monárquica y declaradamente patriótica; la cual se comprometió con la causa de España escondiendo en su casa a quienes huían del sanguinario Bolívar, a quien calificaba públicamente como loco.
En defensa de esta mujer tuvieron que salir algunas personalidades.

Don Alexo Ruiz, quien fuera Secretario de Estado y del Departamento de Hacienda de Indias, comunica  a su Majestad las acciones de Bolívar ‒María Antonia‒, a la vez que aboga por ella en estos términos: «Señor: la desgraciada hermana del rebelde caudillo Simón Bolívar, contenida en esta instancia, es una heroína de la lealtad. Me consta y es bien notorio, y lo ha declarado la Real Audiencia de Caracas, que su hermano la maltrató y persiguió, la hizo emigrar con violencia, por haber sido siempre de conducta y opiniones contrarias a las suyas. Siempre unida a la causa de Vuestra Majestad, salvó la vida a muchos buenos españoles, refugiándolos en su casa y haciendas. Y con un mérito tan sobresaliente, y con bienes cuantiosos, que la están mandando desembargar y entregar, prefiere vivir pobremente del trabajo de sus manos en esta Isla fiel para no exponerse a los riesgos y convulsiones de su Patria, ni encontrarse con un hermano que la ha causado todos sus infortunios. (Núñez)

El odio que Bolívar destilaba contra España lo manifestaba en todos sus comunicados con expresiones insultantes, llamándoles bandidos. Así, en la arenga lanzada a los soldados que marchaban a Maracaibo el 6 de Octubre de 1813 decía:

Nuestras armas libertadoras han vengado a Venezuela, inmolando a los tiranos que tan pérfidamente la engañaron para sacrificarla a sus miras de ambición y avaricia. La sangre de estos monstruos apacigua el clamor de los manes de nuestras víctimas: ya ellas están satisfechas y el honor nacional vindicado. Mas nuevas glorias os esperan en los campos de Coro, Maracaibo y Guayana: partid, pues, a libertar a vuestros hermanos que gimen bajo el yugo español. (Bolívar: 43)

Esa misma idea era defendida por Camilo Torres, quien, como presidente del congreso de la Nueva Granada, emitió un comunicado el 20 de mayo de 1813 en el que afirmaba:

Sacrificad a cuantos se opongan a la libertad que les ha proclamado Venezuela y que ha jurado defender con los demás pueblos que habitan el universo de Colón, que solo pertenece a sí mismo y que ni por un momento debe consentir en depender de un pueblo ultramarino que ya no existe, por haber sido envuelto en otra nación…/… Levantaos contra vuestros opresores, abandonadlos a su perfidia, huid de la seducción y del engaño, que son los medios de que se valen para empeñaros en una guerra contra vosotros mismos. (Bolívar, Camilo: 183)

Ese odio por España tenía un compañero de viaje: el amor por Inglaterra.

Los ratos que Bolívar podía sustraer á sus urgentes ocupaciones los dedicaba diligentemente y con asidua aplicación al estudio de la constitución británica, y fué tanta su admiración por las instituciones inglesas, que formó la resolución, si alguna vez llegaba á obtener influencia suficiente en su patria, de trasplantar á ella esas instituciones, hasta donde lo permitiesen las diferencias de clima, costumbres é inveteradas preocupaciones. ( O’Leary: 99)

Envenenados por el odio, y abrazados a la masonería y a Inglaterra, los libertadores declaraban:

Independencia o guerra de exterminio. Es un delirio pensar jamás en reconciliación de la América con la España. (Bolívar, Camilo: 193)

Siguiendo esa consigna, el año 1813 dio comienzo a la guerra de exterminio que despobló al país llevándose la vida de unas doscientas mil personas, el veinte por ciento de la población existente en 1800, si damos crédito a las informaciones de los historiadores.
En el ínterin había llegado el momento del protagonismo de otro libertador, San Martín, que fue el encargado de perfeccionar el Acta de París de 1797. En cumplimiento de la misma obtuvo el reclutamiento de cerca de siete mil ingleses que, generosamente, sin ánimo de lucro, y como siempre ha sido proverbial en el espíritu británico (como aclaración para los incautos me permito señalar que se trata de ironía), aportaron también más de cincuenta barcos y gran cantidad de armas y municiones.
En mayo de 1815, tras la derrota de la Segunda República venezolana, Simón Bolívar se refugió en Jamaica, principal estación británica en el Caribe. Era, al mismo tiempo, epicentro y refugio de las fuerzas patriotas, no solo del norte de América del Sur, sino también de América Central y de México, y es ahí donde redactaría la famosa carta a la que hemos hecho referencia más arriba. En esa carta, además de un discurso lleno de las falsedades apuntadas, Bolívar no dejaría de señalar el camino de la sumisión a potencias extrajeras, cuando en la misma dice:

Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional. (Bolívar. Carta de Jamaica)

¿A qué nación liberal se refería?
Pero es que en su carta de Jamaica ya señala Bolívar la implantación de la voluntad británica, a la que servía; lo apunta cuando refuerza la idea británica de trocear América en naciones independientes que favoreciesen el control británico del continente:

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América. (Bolívar. Carta de Jamaica)

Su dependencia de Gran Bretaña y Francia la deja patente en el discurso de Angostura de 15 de febrero de 1819:

Encontramos la Inglaterra y la Francia llamando la atención de todas las naciones, y dándoles lecciones eloqüentes, de todas especies en materias de Gobierno. La Revolución de estos dos grandes Pueblos, como un radiante meteoro, ha inundado el mundo con tal profusión de luces políticas, que ya todos los seres que piensan, han aprendido quáles son los derechos del hombre, y quáles sus deberes. (Bolívar, discurso)

Ese discurso fue publicado también en inglés, traducido por James Hamilton:

El 18 de marzo estaba en prensa la versión inglesa debida a James Hamilton. Lo atestigua Francisco Antonio Zea en la carta que dicho día dirige a Bolívar, desde Angostura, en la que le manifiesta: El discurso de U. en inglés se está imprimiendo ya. Mr. Hamilton, aunque resentido con U. a causa de la repartición de mulas, ha puesto su nombre en la traducción y cree que producirá en Inglaterra un grande efecto. Por esto se le ha dado la preferencia para la impresión, antes que otro haga por las gacetas una mala traducción. Va a remitirlo al Duque su amigo. (Grases)

La prensa inglesa añadió este comentario:

La lectura cuidadosa de estas páginas, por una parte demuestra con cuán liberales e ilustrados principios continúa aplicando el Jefe Supremo, Bolívar, el poder que le ha sido confiado. También prueba, al mismo tiempo, que el gobierno independiente ha alcanzado tal grado de estabilidad, que no solamente promete el rápido triunfo a los amigos de la humanidad y de la justicia en el Nuevo Mundo, sino que garantiza la perspectiva de realizar las esperanzas, tan justamente previstas por los intereses comerciales de ese país, en cuanto a las principalísimas ventajas que han de derivarse de su independencia, al ser finalmente reconocida. (Grases)

Gran servicio el que le hacía la prensa inglesa; y eso, la capacidad de tener prensa al servicio del separatismo, era una cuestión que los británicos se esmeraron en alimentar en el espíritu de sus agentes americanos, llegando a crear en ellos una honda preocupación por el asunto, que pronto vino a ser resuelta por ellos mismos, como no podía ser de otro modo. Así, en 1817, Bolívar se hizo con una que llevaba un rótulo: The Washington Press, que sería manejada por el inglés Andrés Roderick, ayudado por el también inglés Thomas Taverner. En 1821 Roderick cedería el puesto al también inglés Thomas Brandshaw, y este a Guillermo Burrell Stewart.
Quién sembró esta inquietud no fue otro que James Hamilton, el mismo que tradujo y divulgó el discurso de Angostura; era Hamilton, según Grases:

Comerciante inglés establecido en Angostura desde abril de 1818. El gobierno le concedió en arrendamiento extensas tierras en Cuasipati y en otros territorios de Misiones, y le confió además algunos encargos en las Antillas para conseguir elementos de guerra y vestuario para los ejércitos patriotas…/… Partidario de la liberación americana, desempeñaba Hamilton una suerte de agencia oficiosa en relación con Inglaterra. La Traducción del Discurso de Bolívar fue hecha por su propia iniciativa. Los asuntos comerciales y de explotación agrícola y ganadera de Hamilton suscitaron frecuentes reclamaciones, de que se habla en diversas sesiones del Congreso de Angostura.

El agradecimiento de Bolívar a los británicos se manifiesta con mucha frecuencia en concesiones de todo tipo, y públicamente no se recataba en exceso a la hora de manifestar su sometimiento; así, en el mensaje a los habitantes de Nueva Granada de 30 de Junio de 1819 dice:

De los más remotos climas, una legión británica ha dejado la patria de la gloria por adquirirse el renombre de salvadores de la América. En vuestro seno, granadinos, tenéis ya este ejército de amigos y bienhechores, y el Dios que protege siempre la humanidad afligida, concederá el triunfo a sus armas redentoras. (Bolívar, Camilo: 76)

Armas redentoras que masacraron las poblaciones; armas redentoras que sometieron a la Hispanidad entera; armas redentoras que, literalmente, vaciaron las arcas de los virreinatos y transportaron los tesoros para mayor gloria de Inglaterra; armas redentoras que exterminaron pueblos indígenas; armas redentoras bajo cuyo auspicio se hundió el mercado de toda la Hispanidad en beneficio exclusivo del mercado británico; armas redentoras que, necesitando bases militares, no dudaron en quedarse gentilmente con las Islas Malvinas o con la Guayana. Lamentablemente en este caso no hablamos de historia negra inventada, sino de historia. Mejor tratada y con menos saña queda expuesta la idea por Pedro Muñoz, contemporáneo de los hechos, quien afirma:

Fotografía de la estatua de Simón Bolívar en la Belgrave Square, Londres.
La inscripción reza: «Estoy convencido de que únicamente Inglaterra es capaz de proteger los preciados derechos del mundo, ya que es grande, gloriosa y sabia.» Bolívar
También podría rezar una de sus mejores expresiones: «Yo no he podido hacer ni bien ni mal: fuerzas irresistibles (tal vez sería mejor decir ocultas) han dirigido la marcha de nuestros sucesos.» (Bolívar, Obras: 331)


Réstame hablar de los ingleses, que, llevados de su ambición e insaciable codicia, han animado, han mantenido y alimentado a los rebeldes vendiéndoles armas y municiones y mostrándoles un semblante de protectores para el caso de no poder conseguir cabalmente sus ideas. Se han llevado cuantos intereses hubo en ambas Américas y han arrastrado cuantas riquezas de plata y oro se habían podido reservar y guardar en mucho tiempo. (Hidalgo: 91)

El aporte de material de guerra y de contingentes militares británicos no se limitaría a los señalados. Más adelante llegarían a Venezuela más voluntarios en expediciones comandadas por los coroneles del Ejército Británico: MacDonald, Campbell y Wilson; y el Ejército del Sur, comandado por Sucre y conformado más por tropas inglesas que americanos, fue sin duda más vitoreado desde los balcones de Quito donde se concentraba la oligarquía criolla que en las comunidades andinas.
Y no es de extrañar que tal sucediera, cuando era en Londres, y muy en concreto en la  parroquia anglicana de St. Agnes, en el centro de la ciudad, donde  el 4 de mayo de 1817, y autorizado por el gobierno británico al tiempo que auspiciado entusiastamente por el vicario de St. Agnes, Henry Francis Todd, el  agente personal del libertador, Luis López Méndez, organizó un reclutamiento masivo de desarrapados.
En diciembre de ese mismo año se embarcaron para la América cinco contingentes de voluntarios que desembarcarían en la isla de Margarita, el 21 de abril de 1818.
El Estado Mayor británico estaba compuesto por los coroneles McDonald, Campbell, Skeene, Wilson, Gilmore y Hippsely, más el mayor Plunket. El contingente contaba con un total de 127 oficiales, 3.840 soldados (entre lanceros, dragones, granaderos, cazadores, rifles, húsares y simples casacas rojas), y el apoyo naval de las cañoneras HMS Indian, HMS Prince, HMS Britannia, HMS Dawson y HMS Emerald.2
Se podrá argüir que esta intervención estaba meditada por la Gran Bretaña… algo de lo que no cabe la menor duda, pero la complicidad de los libertadores es manifiesta; así, en Julio de 1818, Bolívar escribía a su agente en Londres:

Con respecto á los buques Príncipe de Gales, Two Friends, Gladuvin, y Morgan Battlen no puedo decir á Usted otra cosa sino que ninguno de ellos ha entrado á este Puerto. De los oficiales que trahían, unos han venido en otros buques á que se han trasbordado en las Antillas, otros se han quedado en ellos ó han tomado los destinos que han querido. (Revelo)

El 15 de Agosto de 1818 hace una nueva declaración de sus principios:

Extranjeros generosos y aguerridos han venido a ponerse bajo los estandartes de Venezuela. ¿Y podrán los tiranos continuar la lucha, cuando nuestra resistencia ha disminuido su fuerza y ha aumentado la nuestra? La España, que aflige Fernando con su dominio exterminador, toca a su término. Enjambres de nuestros corsarios aniquilan su comercio; sus campos están desiertos, porque la muerte ha segado sus hijos; sus tesoros, agotados por veinte años de guerra; el espíritu nacional, anonadado por los impuestos, las levas, la inquisición y el despotismo. La catástrofe más espantosa corre rápidamente sobre la España. (Bolívar, Camilo: 66)

Ciertamente, los corsarios que operaban Cartagena eran normalmente usenses y  franceses, y en ocasiones lo hacían con la cobertura de la marina inglesa con base en las Antillas, hacían que la catástrofe más espantosa se adueñase de toda España, siendo que donde más estragos acabarían haciendo sería en la España americana.
Por supuesto, a los libertadores no les quedaba más que echar flores a sus protectores británicos, quienes les suministraron toda la ayuda que necesitaron; primero ayuda económica y luego ayuda militar. Ayuda económica que tuvo varias vertientes; una de ellas, sin lugar a dudas la menos significativa, la de mantenimiento de los agentes antes de la separación; así, conforme a información personal facilitada en conversación por el historiador quiteño Francisco Núñez del Arco (la referencia es etérea, pero viva):

Francisco de Miranda recibía un sueldo de 700 libras esterlinas anuales de la «Colonial Office». Los «próceres» argentinos Saturnino Rodríguez de la Peña y Manuel Aniceto Padilla recibían igualmente sueldo anual de 400 y 300 libras esterlinas, respectivamente, de manos de lord Castlereagh desde Río de Janeiro; posteriormente recibirían una pensión vitalicia del gobierno británico por sus servicios prestados. También recibieron dinero inglés los «argentinos» José (a este se le dio el grado de coronel en el ejército expedicionario de Belgrano) y Juan Antonio de Moldes, así como Manuel Pinto.

En cuanto a Francisco de Miranda, sus servicios fueron reconocidos por el gobierno francés, literalmente grabando su nombre en piedra en una urna vacía en el Arco del Triunfo de la Estrella que preside los Campos Elíseos de París, como Mariscal de Francia, único americano a quien le fue otorgado ese honor; por su parte, Sucre luce en su sepulcro en Quito una placa de agradecimiento por parte del ejército británico… Saturnino Rodríguez Peña, el agente de Miranda en el Río de la Plata que liberó a Beresford después de la capitulación en las invasiones Británicas en 1807, recibía una asignación del General Whitelocke y una pensión del Gobierno Británico… San Martín… etc.
Al hilo de todo lo relatado, es menester recordar las palabras pronunciadas el 25 de julio de 1819 por el coronel Manuel Manrique, Jefe del Estado Mayor de Bolívar, durante la batalla del Pantano de Vargas, donde muchos de entre la minoría de neogranadinos que componían el ejército, acabaron desertando, siendo los ingleses, comandados por el coronel James Rooke quienes tomaron la iniciativa, que fue premiada por Manuel Manrique, quien reconoció:

Merecen una mención particular las Compañías Británicas a las que Su Excelencia, el Presidente de la República, les ha concedido la «Estrella de los Libertadores» en premio de su constancia y de su valor.

Es conveniente destacar las acciones que merecieron ese reconocimiento: los mercenarios británicos cometieron toda clase de vejaciones, violaciones, robos y destrozos. Hasta las iglesias fueron profanadas.
Y es que quien únicamente no daba puntada sin hilo era la Gran Bretaña, porque allí siempre han tenido muy claro que, aunque Inglaterra había ayudado a liberar la Península de las fuerzas de Napoleón, para la mayoría de los británicos España era y es el enemigo.
Inglaterra tenía muy claro, según se desprende de las sesiones de su parlamento, que no debía permitirse que España recuperase su antiguo esplendor, a pesar de los compromisos contraídos en el Congreso de Viena.
La propaganda de siglos había conseguido que en la población estuviese muy presente y cierta la leyenda negra, con lo que se conseguía que esa multitud de pobre gente que vivía y vive esclavizada bajo un régimen que no admite otro calificativo distinto al de británico reclamase la esclavización de España para adaptarla a su propia situación.
En una Inglaterra en plena revolución industrial, que Charles Dickens nos presenta con crudeza, con salarios de miseria y hacinamiento urbano, las historias de un continente extensísimo, rico y casi despoblado, iluminaban la imaginación de los más aventureros.
Y a todo ello se sumaba una enorme cantidad de veteranos de casi treinta años de guerra que estaban ahora peligrosamente desocupados, y a los que el gobierno británico quería sacar de la metrópoli, objetivo que no acababa de conseguir a pesar de la gran actividad llevada a cabo por la enorme flota esclavista de que disponía que, paralizada en su función principal al haber decretado la supresión del tráfico de esclavos negros, estaba dedicada a trasladar a Australia y a Nueva Zelanda a su propia población, a la que esclavizaba y deportaba.
  Para Inglaterra, lo que llevaba a Australia era basura, y basura era lo que enviaba a América; por ese motivo, al tiempo que denostaba a quienes se apuntaban como mercenarios, organizaba banderines de enganche y ponía a su servicio armamento y oficialidad que luego serían reincorporados con sus mismos rangos en el Ejército o la Armada, con lo que reconocían que habían estado cumpliendo servicios a Inglaterra durante su estancia en América.
Lo que a doscientos años de distancia y a la vista de los resultados parece evidente es que, el congreso de Viena para la Reconstrucción de Europa que tuvo lugar en 1817 tras las Guerras Napoleónicas, Inglaterra (EE.UU. es Inglaterra a todos los efectos) decide repartirse América: de Panamá al norte para EEUU; de Panamá hacia el Sur, Inglaterra. Europa sencillamente observa, exhausta por la guerra, y calla.
Inglaterra sí tenía y tiene muy claros sus objetivos, y se esmera con que, sutilmente, quede reflejada su impronta; así, el liberalismo y la dependencia europea, muy especialmente inglesa, quedaron plasmados desde los símbolos nacionales hasta las proclamas de los políticos separatistas.
Los gorros frigios, los triángulos, las pirámides presentes en los escudos de las naciones títere nacidas de la diáspora nacional son clara muestra de lo afirmado. Curiosamente, en lo que quedó con el nombre de España no figura semejante simbología.
Pero la cuestión no se limitaba a lo simbólico; pues, a cambio del apoyo de Inglaterra, Bolívar ofreció entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que le sirviese de centro comercial, de apertura hacia el Pacífico mediante la apertura de un canal en el istmo. Extremo que al final fue realizado por los Estados Unidos, por pacto que sellaba el acuerdo de reparto de América.
Y para no crear agravios comparativos que alterasen los ánimos de la oligarquía criolla, se procedió a la redacción de la Ley sobre la repartición de bienes nacionales entre los militares de todas clases de la República de Venezuela.

Simón Bolívar, Jefe Supremo de la República de Venezuela, […] considerando que el primer deber del gobierno es recompensar los servicios de los virtuosos defensores de la República, que sacrificando generosamente sus vidas y propiedades por la libertad y felicidad de la patria […]
Dada […] en el Cuartel General de Santo Tomás de la Nueva Guayana, a 10 de octubre de 1817. (Firmada) Bolívar, J. G. Pérez, Secretario. (Grases)

La riqueza quedaba repartida, como buen botín entre británicos y criollos… pero la mejor parte se la llevaron los británicos, que siempre buscaron más… Así, en 1826 se celebró en Panamá el congreso, denominado anfictiónico, convocado por Bolívar. En el mismo, el libertador rendía América en bandeja a la Gran Bretaña. Planteó varios extremos que culminaban con que Inglaterra alcanzaría ventajas considerables por este arreglo; unas ventajas que se concretarían, en primer lugar, en la consolidación e incremento de su influencia en Europa; una circunstancia que se vería netamente apoyada por asentarse en América como árbitro económico y político, con lo que obtenía un lugar de privilegio para sus relaciones con Asia, y en esa dinámica, aseveraba Simón Bolívar, con los siglos llegaría a conformarse una nación cubriendo el universo.
Uno de los ideólogos liberales que desarrolló su actividad en Centroamérica, Pedro Molina, fue designado miembro del Supremo Poder ejecutivo en 1823, donde fue presidente al comienzo y, en 1824, operaba como embajador en Colombia y en el Congreso de Panamá que convocara Simón Bolívar. Imbuido de la doctrinas roussonianas, escribió lo siguiente:

Yo quiero, yo soy dueño de mí, dice el salvaje en sus bosques y el ciudadano en medio de la patria; mientras que el servil entre las hordas de imbéciles grita: el príncipe quiere por mí, el príncipe es dueño de la vida y de la libertad. (Delgado)

Y sentencia: «Ciudadano es el individuo de una nación que tiene voto en las deliberaciones públicas, o en el nombramiento de sus representantes…/… Sociedad —dice— es la reunión de muchos hombres que han contratado servirse mutuamente, no ofenderse y defender al que sea ofendido en su persona o propiedades.» (Delgado)

Calcando a Rousseau afirma:

El hombre nace libre, independiente, árbitro absoluto para el ejercicio de su voluntad y para hacer todo lo que pueda según la capacidad de sus fuerzas y la de su razón o instinto; pero la primera necesidad que reconoce es la de atender a su conservación: en breve le rodean obstáculos, peligros y calamidades que le hacen advertir la triste condición de vivir aislado. (Delgado)

Sigue afirmando, de acuerdo con la Ilustración francesa que

En el estado natural la libertad del hombre consiste en el ejercicio absoluto de su albedrío, y la que goza en el estado social se halla reducida al uso de sus acciones bajo el imperio de la voluntad general que es la ley. (Delgado)

Parece manifiesto que el racionalismo y la ilustración eran los progenitores de los nuevos gobiernos; y la Revolución Francesa, el modelo del que no se podían separar un ápice, y así plasmaron unas constituciones a las que debían ceñirse los nuevos estados. Palabras huecas para tapar las vergüenzas de una dependencia que los encadenaría por siglos en la dirección señalada por Bolívar en 1817.
Con estas premisas, el porvenir de la Hispanidad, de toda la Hispanidad, incluida por supuesto España, estaba determinado por intereses ajenos que los sometieron a la servidumbre.
La mentira, instrumento cuyo uso es aconsejado por los padres del liberalismo, sería el arma que lógicamente utilizarían los libertadores. ¿Dónde queda la igualdad que prometían?, ¿dónde el reparto de tierras que les prometieron?
El expolio de sus titulares sí se llevó a efecto. Los indios adquirieron la igualdad prometida cuando se les arrebataron las tierras, y los jerifaltes liberales les obsequiaron con esa igualdad haciéndose propietarios de inmensas haciendas.
Pero el pago que recibió el éxito de los libertadores quedaría expresado de forma manifiesta por John Adams, segundo presidente de los EE.UU:

Las gentes de Suramérica son las más ignorantes, las más intolerantes, las más su persticiosas de todos los católicos romanos de la Cristiandad […] Ningún católico en la Tierra mostró devoción tan abyecta para con sus sacerdotes, superstición tan ciega como ellos […] ¿Era acaso probable, era acaso posible que […] un gobierno libre […] fuese introducido y establecido entre tales gentes, sobre tan vasto continente, o en cualquier parte de él? Me parecía […] tan absurdo como […] [lo] sería establecer de mocracias entre las aves, las bestias y los peces.

Pero Bolívar no pudo ver culminada su carrera. William Pitt y Francisco Miranda dicen que, al haberse declarado católico por motivos políticos, no se le pudo nombrar Oficial del Ejército Británico.








































BIBLIOGRAFÍA

Bolívar, Simón: Carta de Jamaica.
http://www.columbia.edu/cu/spanish/courses/spanish3350/02independencia/pdf/jamaica.pdf

Bolívar, Simón: Discurso al congreso. Correo del Orinoco nº 21 de 6-3-1819

Bolívar, Camilo Torres y Fco. Antonio Zea: Memorial de agravios o representación del cabildo de Bogotá a la suprema junta central.
https://archive.org/stream/Bolívarcamilotor00bol/Bolívarcamilotor00bol_djvu.txt

Delgado, Gerardo: El ideario independentista centroamericano.
http://www.una.ac.cr/bibliografia_/components/com_booklibrary/ebooks/el_ideario_independentista_JDelgado.pdf

Grases, Pedro: La independencia de Hispanoamérica a través de los textos impresos de Angostura.
http://revistahistoria.uc.cl/wp-content/uploads/2011/10/grases-pedro-8.pdf

Núñez Proaño, Francisco; María Antonia Bolívar y Josefa Sáenz: ¡Por Dios, por la Patria y el Rey! Historia secreta de América.
http://coterraneus.wordpress.com/2012/03/07/María-antonia-Bolívar-y-josefa-saenz-por-dios-por-la-patria-y-el-rey-historia-secreta-de-america-19/

O’Leary, Daniel F: Bolívar y la emancipación de Sur-América.
http://scans.library.utoronto.ca/pdf/1/41/bolvarylaemanc01olea/bolvarylaemanc01olea.pdf

Revelo, Luis Alberto: Bolívar y el financiamiento de la Independencia.
http://www.afese.com/img/revistas/revista49/Bolívarfinancia.pdf
















LOS PRÓCERES, SU DEPENDENCIA (III)



UNOS APUNTES SOBRE JOSÉ DE SAN MARTÍN



Cuando los ingleses, al mando de Wellesley, entraron en la Península a combatir a Napoleón, San Martín formaba parte de un batallón que actuaría codo a codo con ellos y, en ocasiones, bajo mando británico. Trabó relación; hizo contacto con británicos que habían participado en planes para atacar Suramérica; entre ellos, con oficiales que habían participado en los intentos de controlar Buenos Aires: Duff, Whittingham, Pitt, Craufurd, Baird, Popham, Stuart, Beresford…
Tras haber combatido en la Guerra de Independencia, pidió la baja del ejército español en 1811, con la excusa de que debía acudir a Lima para atender asuntos de familia, cuando la verdad es que había nacido en 1778 en el Virreinato de la Plata, hijo de militar que había sido desplazado allí en 1765 y que regresaría a la Península en 1784 con toda su familia, y en América no le quedaba ningún lazo familiar.
El lunes 26 de agosto de 1811 fue retirado del ejército y, sin medios conocidos de vida, regresó a América; pero lo hizo vía Londres, donde estuvo cuatro meses. ¿Quién corrió con esos gastos cuando no poseía hacienda y siempre vivió apremiado económicamente? Juan Bautista Sejean nos lo aclara:

Por intermedio del noble escocés, lord Mac Duff, y por interposición de sir Charles Stuart, agente diplomático en España, pudo obtener un pasaporte para pasar subrepticiamente a Londres, recibiendo de sus amigos cartas de recomendación y letras de cambio a su favor. (Sejean: 35)

La verdad es que finalmente fue a Lima, haciendo verdad la excusa aducida para pedir la baja del ejército español, pero en cumplimiento del plan británico para la anexión del Imperio español. Todo señala en esta dirección, y confirma el doble juego británico, que en esos momentos estaban ayudando a expulsar a las tropas francesas de España.
Inglaterra contaba con los medios oportunos ajenos a sus compromisos internacionales, en los que el buque insignia era la Compañía de las Indias Orientales (East India Company), la cual contaba con ejército propio dispuesto para acometer cualquier cometido que le fuese asignado; y el citado Maitland había redactado un Plan para capturar Buenos Aires y Chile y, a partir de ahí, acometer la conquista del Perú y de México que, en realidad, era para emancipar Perú y Quito, según queda reflejado en el cuerpo del mismo. Ese era el último objetivo del Plan Maitland, y ese sería también el último objetivo que procuraría alcanzar San Martín.
Según Rodolfo Terragno:

A juicio de Maitland, la clave del poder español en América era la costa occidental. Como ya se vio, él sostenía que, una vez tomados los asentamientos del Río de la Plata, bastaría asegurarse el control de Perú para despojar a España, sin dificultad, de todas sus otras colonias americanas. (Terragno: 80)

Para conseguir esos objetivos precisaban de un general, y ese no era otro que José de San Martín.
El hombre que ayudó a San Martín a salir de España para ir a Londres, James Duff, era miembro de la masonería en la Logia St Andrew N° 52, en Banff, de la que el 30 de noviembre de 1814 sería elegido Gran Maestre Encargado de la Gran Logia de Escocia, cuyo Gran Maestre era el Príncipe Regente de Inglaterra.
En Londres, gracias a la influencia del hermano de aquel, Alexander Duff, quien había mandado el regimiento británico que ocupó Buenos Aires en 1806, recalaría en casa de Francisco de Miranda, el cual ya no vivía en Londres, pero mantenía la casa para otros menesteres. Para esos menesteres acudió San Martín, que ya era un hombre de confianza; al respecto, el gran maestre de la masonería, Ángel Jorge Clavero, señala:

Se había iniciado masón en la Logia Integridad de Cádiz, trabajó en la Logia Caballeros Racionales Nº 3 donde alcanzó el grado de Maestro Masón el 8 de mayo de 1808, participó de la fundación de la Logia Caballeros Racionales Nº 7 de Londres y de la Logia Lautaro. (Clavero)

El 13 de marzo de 1812 desembarcaba en Buenos Aires, llevado por ingleses y rodeado de ingleses.

Con San Martín llegaron a Buenos Aires otros militares a ofrecer sus servicios: Francisco Vera, José Zapiola, Francisco Chilavert, Carlos Alvear, Antonio Arellano, Barón de Holmberg... eran dieciocho en total. (Giorlandini)

Una vez desembarcado en Buenos Aires, era mirado con recelo por los separatistas, que veían en él a un militar fiel a la Patria; pero pronto los hermanos masones le abrieron las puertas y le acompañaron en sus acciones.
Al objeto de influir en los medios públicos, políticos y militares, San Martín funda en Buenos Aires la Logia Lautaro, que adoptaba ese nombre por el indio araucano que Ercilla cita en La Aruacana como caudillo de la rebelión que tuvo lugar en el siglo XVI en Chile.

Según Emilio Gouchón, que fuera Gran Maestre y Gran Comendador en la Masonería Argentina,  adoptaron signos, fórmulas, grados (hasta cinco) y juramentos de tipo masónico. Lautaro empezó como un triángulo creado por Alvear, San Martín y Zapiola; y los hermanos, que así se llamaban entre ellos, utilizaban en su correspondencia el símbolo de la cadena de unión, abreviaturas y la firma acompañada por los tres puntos. (Campos)

¿Cuándo se unió San Martín a la masonería? Alcibíades Lappas sostiene que fue iniciado hacia 1808 en la Logia Integridad de Cádiz y que posteriormente se afilió a la Logia Caballeros Racionales Nº 3. Una vez en Londres, a la cual llegó después de pedir la baja del ejército español, participó de la fundación de la Logia Caballeros Racionales Nº 7. (Campos)
El general Zapiola abona esta militancia cuando señala:

En Londres asistí a la sociedad establecida en la casa de los diputados de Venezuela, allí fui ascendido al quinto grado como lo fue el general San Martín. (Toneli: 29)


Réplica del mandil que utilizó José de San Martín en la Logia Lautaro. Esta pieza se encuentra en el Museo de la Gran Logia del Perú, Lima.


Su trayectoria, no obstante, y según el maestre Ángel Jorge Clavero, sería más larga en la masonería…

Inspiró la Logia del Ejército de los Andes, de la que fue su Venerable Maestro (Presidente), la Logia Paz y Perfecta Unión (Lima), integró la Logia Perfecta Amistad (Bélgica) y la Logia de Ivry (Francia). (Clavero)

En 1813, lideró el regimiento Granaderos a Caballo que derrotó a los realistas en la batalla de San Lorenzo.
Mauricio Javier Campos, miembro del Centro Argentino de Estudios Masónicos señala:

En 1814 San Martín funda la Logia Lautaro de Córdoba y luego la Logia Lautaro de Mendoza. También funda la Logia del Ejército de los Andes y, en 1822, la Logia Paz y Perfecta Unión Nº 1 de Lima. (Campos)

En 1814 se aliaría con Pueyrredon y con O’Higgins, que era hijo del Marqués de Osorno, virrey que había sido de Perú y había pasado largas temporadas en Londres al amparo de Miranda; entraría en Chile, donde, siguiendo con el plan británico, organizó una armada suministrada por Inglaterra y servida por marinos británicos, cuyo comandante era Lord Cochrane, el cual se dirigió a la toma de Perú.
Los términos británico y masonería aparecen como sinónimos. Así, cuando en 1815 San Martín ejercía de gobernador intendente de Cuyo, un nutrido grupo de británicos que vivían en Mendoza, donde habían sido desterrados como consecuencia de las invasiones inglesas de 1806 y 1807, formó la compañía de milicias patrióticas de cazadores, la cual formaría parte del Batallón de Cívicos Blancos, cuya misión era la defensa de los posibles ataques realistas, y finalmente conformaron el ejército de los Andes que en enero de 1817 cruzaría la cordillera conforme al plan británico que, como hemos visto, había sido gestado por Maitland, personaje con el que, al parecer, San Martín tuvo contactos durante su estancia en Inglaterra; plan que, según se desprende del desarrollo de la campaña de San Martín fue seguido al pie de la letra, pues coinciden en lo referente a la toma de Mendoza y en lo referente al paso de los Andes, a la campaña de Chile y la acometida marítima contra Perú. Los británicos, en el plan citado, entendían que

Un coup de main sobre el puerto del Callao y la ciudad de Lima podría resultar probablemente exitoso, y los captores podrían obtener mucha riqueza, pero ese triunfo, a menos que fuéramos capaces de mantenernos en el Perú, terminaría provocando la aversión de los habitantes a cualquier conexión futura, de cualquier tipo, con Gran Bretaña. (Terragno: 21)

Ese efecto quedaría contrarrestado si la acción era llevada a cabo por los libertadores. El primer paso se daría en Buenos Aires el 8 de octubre de 1812, deponiendo al cabildo que, de hecho, ya actuaba de forma independiente.
El cumplimiento del plan, por otra parte, y como ya venimos señalando en otros asuntos, como en el caso de Bolívar, por ejemplo, estaba supervisado por personal inglés cualificado; así, si Bolívar contaba con O’Leary:

En el Ejército de los Andes, San Martín contó además con los servicios del General William Miller, un inglés que había peleado bajo las órdenes de Wellington en Waterloo…/… (y) antes de iniciar la expedición a Chile, San Martín se mantuvo en contacto con el Comodoro William Bowles, nuevo Comandante en Jefe de la estación sudamericana de la Armada Real, a quien el Libertador confió, en Buenos Aires, sus planes y problemas. (Terragno: 204)

Y, sobre ellos, San Martín estuvo asesorado por el agente británico James Paroissien, quien, cuando en 1824 el libertador pasó a servir a su majestad británica en Londres, lo acogería en su casa.
Posteriormente, Paroissien regresó al Perú; donde, siguiendo instrucciones de Bolívar, sería el asesor de Sucre en su campaña de invasión del Alto Perú. Paroissien desarrolló la segunda parte de su labor, la cual consistía en el control de las zonas mineras, lógicamente a favor de empresas británicas, de donde acabaría consiguiendo la recompensa más apetecida: ser director de las minas, cuya gestión había conseguido a favor de la Asociación de Minería de Potosí, La Paz y Perú, de capital británico, naturalmente.
Tras tomar el control de Chile el año 1817, envió el parte preceptivo a Londres, misión que le fue asignada a José Álvarez Condarco, quien volvió de la metrópoli con un regalo de enorme magnitud: el compromiso de la Corona Británica de aportar una escuadra que, comandada por Thomas Cochrane, sería la encargada de invadir Lima.3


El 17 de Abril de 1817 escribía San Martín una carta a Guillermo Bole, comandante británico, en la que entre otros asuntos señala el que le resultaba común con la Gran Bretaña:

Mr. Staples informará a Usted de todo y bajo estos principios haré cuanto esté a mis alcances para la terminación de una guerra desastrosa, y exterminación del poder español en esta América. (Terragno: 206)

En 1818 San Martín convenció a O’Higgins de dirigir, en su condición de jefe del estado chileno, una carta al Príncipe Regente británico, mientras él mismo envió una carta similar a Castlereagh, el 12 de enero de 1818, en la que decía:

La Inglaterra, que ha tenido la gloria inmortal de haber dado la paz al Antiguo Mundo, se cubriría de nuevos laureles prestando igual beneficio al nuestro. Son demasiado conocidos los sentimientos benéficos de Su Alteza Real el Príncipe Regente de Gran Bretaña para dejar gemir a la humanidad ultrajada de estos países. (Terragno: 208)

Según señala Rodolfo Terragno, San Martín informó a Bowles que el agente del gobierno chileno en Londres, Antonio José de Irisarri, estaba facultado para ofrecer a Gran Bretaña la cesión de la isla Chiloé y el puerto de Valdivia, así como una reducción de derechos para todos los buques británicos durante 30 años, a cambio de asistencia militar. San Martín agregó que un príncipe de la familia real británica sería bienvenido como monarca sudamericano, a condición de que la monarquía a establecer fuera de orden constitucional.
Entraría en Lima el 10 de Julio de 1821, desde donde proclamaría la independencia de Perú el 28 de Julio de 1821. Pero ya dos años antes, y como consecuencia de la presencia en las aguas de la escuadra británica, el día cinco de abril de 1819, el Ayuntamiento de Supe se adelantó en declarar su independencia.
Dice Juan Bautista Sejean:

No deberíamos ser nosotros los satisfechos, los gratificados, los orgullosos por la campaña de San Martín en Suramérica, sino los ingleses. No es casual que, al regresar a Londres en 1824, lord Duff lo haya homenajeado como a un compatriota que vuelve victorioso a casa; y de eso se trataba, porque su labor militar y política sirvió al engrandecimiento del imperio, mejor dicho, del emporio de su majestad. (Sejean: 42)

Pero la intervención británica era total y en todos los ámbitos, y los próceres actuaban al dictado del Foreing Office, como dejó plasmado San Martín en su campaña de los Andes; en ese orden, el 25 de mayo de 1817, el cónsul Staples comunicaba al Foreign Office que San Martín lo había visitado para informarle de la situación de Chile y de su proyecto sobre la campaña del Perú , así como para pedirle que el gobierno inglés le autorizase llevarla a efecto.
Cuatro años después, el 28 de julio de 1821, un Cabildo abierto proclamaba la Independencia del Perú y nombraba a José de San Martín su protector; y el 26 de Julio de 1822 San Martín se entrevistó con Bolívar para reclamarle Guayaquil y pedirle refuerzos militares. Lo que en principio era un éxito para San Martín, quien desde el 29 de Agosto de 1821 estaba intentando reunirse con Bolívar, acabó siendo la única reunión que tuvieron y ha estado rodeada de misterio. Nunca se supo exactamente de qué hablaron ni tampoco la postura que cada uno habría adoptado. Por lo que se trasluce de la carta de San Martín a Bolívar, era que Bolívar quería tener el campo libre en Perú y no admitía la posición que había alcanzado San Martín.
Pero el problema era Guayaquil.

Este puerto marítimo y su provincia se habían independizado de España el 28 de julio de 1821. Sus ciudadanos tenían tres tendencias políticas en su seno: proclamarse ciudad soberana (una suerte de ciudad-Estado), anexionarse a la Gran Colombia presidida por Bolívar, o bien unirse al Perú cuya liberación era conducida por San Martín. (Goedder)

Parece que la entrevista no fue todo lo cordial que podía esperarse, decidiendo San Martín retirarse dejando paso libre a Bolívar; tras lo cual, al siguiente día, se retiró primero a Mendoza y, en 1824, a Inglaterra, su patria de adopción, a la que tan fielmente sirvió.
El secretismo que cubrió la conferencia de Guayaquil lleva dos siglos levantando polémica, pero todo hace indicar que el asunto es lo suficientemente sencillo si nos basamos en lo que la Masonería viene sosteniendo de forma continuada:

Que la Conferencia de Guayaquil fue una «tenida» masónica, donde dialogaron «dos hermanos sobre objetivos ya impuestos por la masonería». (Castro: 92)

El secretismo del asunto nos hace suponer que, efectivamente, ese fue el centro de la reunión, donde San Martín tuvo que ceder, dado el mayor grado que ostentaba Bolívar.
Tras la tenida, y tras pasar por Buenos Aires, San Martín marcharía a Europa para no volver nunca más a América. No obstante, antes de dar este paso, desde su puesto de protector de Perú, tuvo una misión principal: buscar emperador. Los candidatos: Leopoldo, príncipe de Sajonia y protector de la masonería, y el duque de Sussex, Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
No eran todos los candidatos, pues según Emilio Ocampo, el plan de San Martín era que los Borbones de Francia coronasen a uno de sus príncipes en Buenos Aires.

E Inglaterra, por quien San Martín tenía especial simpatía, tendría el bocado más apetecible, ya que un príncipe de la familia real inglesa podría ser coronado en Santiago o en Lima. Como incentivo adicional, San Martín ofrecía al gobierno inglés ventajas comerciales y la posesión de la isla de Chiloé y el puerto de Valdivia, para que sirviera de base en el Pacífico para la Royal Navy. (Ocampo)

El mismo año regresó a Inglaterra, y allí fue homenajeado y nombrado ciudadano honorario. De allí, y al servicio de Inglaterra, partiría a Bruselas al objeto de caldear el ambiente para la independencia; y no marcharía hasta 1830, después de haber conseguido el objetivo para el que había sido destinado por el Foreig Office. Un año después, el rey Leopoldo (padre de Leopoldo II, el mismo que ocasionaría uno de los mayores genocidios en el Congo), tras ser proclamado protector de la masonería, acuñó en 1825 una medalla con la imagen de San Martín.
Con todos los servicios cumplidos, se instaló en Francia, donde fue el protegido del banquero y masón español Alejandro Aguado, y falleció en Boulogne-sur-Mer, el 17 de agosto de 1850. Bolívar intentaría emular esta misma solución eligiendo por destino Inglaterra –al menos esto anunciaba oficialmente‒, cuando le llegó la muerte en diciembre de 1830.
San Martín pasó veintiséis años en España y veintisiete entre Francia, Inglaterra, Bélgica, etc. Durante el tiempo que pasó en América se limitó, aparte de su infancia como hijo de militar destinado en Corrientes (Argentina), exclusivamente al cumplimiento del plan Maitland, al servicio de Inglaterra, tras lo cual volvió a Inglaterra, cumplió la misión que se le encomendó en los Países Bajos… Y nunca volvió a América. Se dedicó a vivir cómodamente con el dinero que los ingleses le habían dado de lo que ellos se llevaron  de la nación caída y segmentada.




Llevaba San Martín en sus arcas seis mil pesos en dinero y quince mil en billetes de empréstito sobre Inglaterra… según liquidación realizada en Lima el 18 de diciembre de 1823. (Sejean: 43)

Evidentemente, todos somos hijos de nuestros actos. No obstante, San Martín fue hijo biológico de sus padres, de los que también tuvo hermanos: cuatro. Uno de ellos, Juan Fermín Rafael, nació en 1774 y, al igual que el prócer y los otros hermanos, fue militar. Desempeñó su carrera en Filipinas, donde murió el 17 de Julio de 1822, habiendo alcanzado el grado de coronel.
Todo lo señalado nos permite afirmar con Norberto Galazo:

San Martín es el padre de la patria, pero de esa patria inglesa, por cierto, que sirve para producir carnes y cereales y absorber la superproducción de la industria británica, esa patria que lleva a que Quintana en 1904 llegue a la presidencia de la Nación directamente desde el asesoramiento de las compañías inglesas, o que el Dr. Ortiz también llegue en 1938 a ser presidente siendo directamente asesor de las empresas ferroviarias inglesas. (Galazo)

No repasamos las vidas paralelas de todos los próceres, pero, para terminar, podemos continuar con alguno de los que les siguieron inmediatamente los pasos.
En esta España americana, en 1852, Juan Bautista Alberdi, autor intelectual de la constitución argentina de 1853 (otro masón patriota que prefirió vivir en Francia) publicaba la primera edición de Bases y Puntos de Partida para la Organización de la República Argentina, con perlas como la que sigue:

Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos no realizaréis la República ciertamente. No la realizaréis tampoco con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarla allá o acá. Si hemos de componer nuestra población para el sistema de gobierno; si ha de sernos más posible hacer la población para el sistema proclamado, que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona. Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y de civilización. (Rosa)

Y seguía diciendo:

La libertad es una máquina que como el vapor requiere maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad en parte alguna de la tierra. (Rosa)

Para seguir afirmando:

Aunque pasen cien años, los rotos, los cholos o los gauchos no se convertirán en obreros ingleses... En vez de dejar esas tierras a los indios salvajes que hoy las poseen, ¿por qué no poblarlas de alemanes, ingleses y suizos?... ¿Quién conoce caballero entre nosotros que haga alarde de ser indio neto? ¿Quién casaría a su hermana o a su hija con un infanzón de la Araucanía y no mil veces con un zapatero inglés? (Rosa)

Su adscripción al modelo racista británico afirmaba:

Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de muestras masas populares por todas las transformaciones del mejor sistema de educación: en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente. (Rosa)

Y menospreciando la realidad cultural que, a lo largo de los siglos, había marcado la Hispanidad como centro de la cultura que en las mismas ciudades americanas hoy pervive en el urbanismo hispánico y en las tres docenas de universidades dispersas por toda la geografía americana, afirmaba:

En Chiloé y en el Paraguay saben leer todos los hombres del pueblo y, sin embargo, son incultos y selváticos al lado de un obrero inglés o francés que muchas veces no conoce ni la o. (Rosa)

Evidentemente prefería la situación de Inglaterra, donde la asistencia en las escuelas de día había alcanzado a una persona de cada 8,36 del total de la población en 1851; y la de Estados Unidos, que, como señala Dulce María Granja Castro:

Para 1776, año de la independencia de las 13 colonias norteamericanas, estas solo habían fundado nueve colegios, ninguno de los cuales era una verdadera universidad; para esa fecha, la Universidad de México, después de haber funcionado sin interrupción durante 225 años, ya había otorgado más de 1200 grados de doctorado y maestría, y 30.000 grados de licenciatura. (Granja)

De una Inglaterra que, sin embargo, y en boca de Daniel O’Leary, se atrevía a proclamar que:

Fué especial cuidado de la política española, no solo mantener á los americanos en la ignorancia, sino aumentarla poniendo trabas á la inteligencia y perpetuándola por medio de la superstición. (O’Leary: 35)

La verdad es que todo hace indicar que ese aserto es radicalmente cierto, pero aplicado a la España de 2019, cuando se halla dominada por el espíritu británico.
La venta, que ya se había formalizado cuarenta años antes, era manifiestamente apoyada por los nuevos siervos:

Proteged empresas particulares (fiscales ¡jamás!) para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medios. Preferid este expediente a cualquier otro... Entregad todo a los capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de fuera, como los hombres, se domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros. (Rosa)

Un ministro británico no lo hubiese formulado mejor.
Las Bases de Alberdi para el desarrollo constitucional son esclarecedoras. Había que calmar los ánimos de un pueblo que era expoliado; por ello marcaba.

Ante los reclamos europeos por inobservancia de los tratados que firméis, no corráis a la espada ni gritéis: ¡Conquista! No va bien tanta susceptibilidad a pueblos nuevos, que para prosperar necesitan de todo el mundo. Cada edad tiene su honor peculiar. Comprendamos el que nos corresponde. Mirémonos mucho antes de desnudar la espada; no porque seamos débiles, sino porque nuestra inexperiencia y desorden normales nos dan la presunción de culpabilidad ante el mundo de nuestros caminos externos; y sobre todo porque la paz nos vale el doble que la gloria. (Rosa)

Mientras, la usurpación de Malvinas ya era un hecho consumado…













BIBLIOGRAFÍA

Campos, Mauricio Javier: El extraño caso de la logia Lautaro y el señor San Martín.
http://www.masoneria-liberal.com/2011/11/el-extrano-caso-de-la-logia-lautaro-y.html

Castro Olivas, Jorge Luis: Sociedades secretas y masonería en el proceso de emancipación peruano.
http://cybertesis.unmsm.edu.pe/bitstream/cybertesis/1369/1/castro_oj.pdf

Clavero, Ángel Jorge. Gran Maestre: El día de la independencia.
http://www.masoneria-argentina.org.ar/index.php?option=com_content&task=view&id=59&Itemid=38

Galazo, Norberto: San Martín: mitos y realidades en torno a su figura.
http://www.cepag.com.ar/pdf/ca2.pdf

Ocampo, Emilio: Brayer, un general de Napoleón que desafió a San Martín.
http://entrelafabulaylahistoria.tumblr.com/post/23541968345/brayer-un-general-de-napoleon-que-desafio-a-san-martin

Rosa, José María: El fetiche de la constitución.
http://fhatzen.com.ar/libros/Rosa%20Jose%20María%20-%20El%20fetiche%20de%20la%20constitucion.pdf

San Martín, José: Carta de San Martín a Bolívar.
http://www.taringa.net/posts/info/1208102/Carta-de-San-Martin-a-Bolívar.html

Sejean, Juan Bautista: San Martín y la tercera invasión inglesa.
http://books.google.es/books?id=js-edq7iezYC&printsec=frontcover&hl=es#v=onepage&q&f=false

Terragno, Rodolfo: Maitland & San Martín.
http://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=14&ved=0CHYQFjAN&url=http%3A%2F%2Fxa.yimg.com%2Fkq%2Fgroups%2F19558700%2F40779478%2Fname%2FMaitland%2B-%2BSan%2BMartin%2B%2B3a%2Bed.pdf&ei=vxyxU9vODKuT0AXGmYCwBw&usg=AFQjCNFx9K6AxYevCEptcRWnpQH2v3t6NA&sig2=b_zepgnAnu7XuIpF8lwt8w&bvm=bv.69837884,d.ZGU

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