miércoles, enero 28, 2026

En torno a Fray Bartolomé de las Casas, defensor universal del Indio




Tras la conquista de la Española se procedió a hacer entre los colonos un repartimiento de indios con la esperanza de cimentar el nuevo ordenamiento económico, administrativo y laboral, pero esa experiencia no fue todo lo satisfactoria que era de esperar, principalmente por la falta de organización existente entre los primeros conquistadores, lo que dio lugar a unos repartimientos de pura servidumbre, no remunerada y obligatoria. 

Finalmente se llegó a la conclusión que la mejor forma para obtener ese propósito, para procurar la adaptación de los naturales a una vida en comunidad, en municipio, lo ideal era retomar y adaptar al nuevo caso una institución que si bien es cierto que en esa época había llegado al fin de su existencia en la Península, podía ser la solución idónea para el nuevo caso existente en América: la Encomienda.

El encargado de implantarla había sido Nicolás de Ovando en 1505, ante el desaguisado institucional que la acción de Colón había instaurado en La Española.

Nicolás de Ovando, Comendador de Lares y Visitador de la Orden de Alcántara, trasladaría a la isla el sistema que había predominado en la Península durante los cuatro siglos anteriores, y que durante la Edad Media había sido una forma de compensar a órdenes militares y otros por servicios a la Corona, otorgándoles privilegios temporales sobre tierras reconquistadas a los moros.

Ovando pondría en funcionamiento, así, la institución que vertebraría los primeros pasos de la España transoceánica, primero en las Antillas, luego en el continente y finalmente en Filipinas. Una institución que había sido de suma utilidad en épocas inmediatamente anteriores, y que había cumplido grandes servicios durante la Reconquista, posibilitando la repoblación de los lugares recientemente conquistados al amparo de los titulares de la encomienda, que se beneficiaban de su posición al recaudar los impuestos que correspondían a la Corona.

Una institución que demostró ser esencial para la economía indiana, ya que se convertiría en su pilar básico de funcionamiento, posibilitando la mano de obra imprescindible para la realización de todo tipo de trabajos, que si en principio se limitaban a los estrictamente manuales, con el tiempo devinieron en trabajos artesanales de primer orden, en escribanos, en organistas… o en fabricantes de órganos…


Pero la Encomienda en América no sería como la conocida hasta el momento en España. 

El mismo término era pedagógico para los propios encomenderos. No parece casual que la Corona, condenada como se veía a reavivar en América una institución optase por mantener el nombre, por lo significativo que es: Encomendar no es dar, y además, los encomenderos estarían sujetos a unas reglas de comportamiento.

Los encomenderos tendrían que someterse a un régimen mucho más estricto, ya que, a tenor de la legislación y de las acciones que siguieron, la Corona estaba dispuesta a que esa institución tuviese en América una vida muy corta: la necesaria para hacer nacer el espíritu de comunidad ciudadana en los indios.

Los nuevos descubrimientos y el ensanchamiento de España hicieron que esa meta estuviese cada vez más alejada.

Por su parte, los encomenderos, empeñados en convertirse en señores con potestad sobre vasallos, pretendían ejercer el señorío sobre los indios, señorío que debía ser transmitido de padres a hijos, y frente a ellos se opusieron quienes consideraban contrario al espíritu de Conquista sojuzgar a los naturales, para quienes exigían entera libertad. 

El dilema estaba servido, pues si bien es cierto que la Encomienda era un arma decisiva para la conformación de la municipalidad, la Corona debía legislar de forma muy sutil al objeto de no llevar a cabo en América una acción contraria a la llevada en la península.

Para controlar el buen desarrollo se creó un cuerpo de visitadores que debían llevar a cabo su función con una frecuencia estipulada.

Y como refuerzo de ese cuerpo de visitadores: las órdenes religiosas. Así, Fray Antonio de Montesinos, en 1511, recibió el respaldo del rey Fernando para controlar la acción de los encomenderos, sobre los que pesaba no sólo la acción de los dominicos, sino de la propia Corona.


Pero esa función se centró cuatro años más tarde  cuando hizo acto de presencia, con sus despropósitos, Bartolomé de las Casas, que sería un elemento esencial al servicio de la corona para el control de los encomenderos… Pero al tiempo significó quizás el mayor error, pues dando pábulo a semejante títere abría las puertas a la leyenda negra.

El cañoneo que los Reyes Católicos hicieron sobre los castillos de los nobles levantiscos se traducía ahora en la utilización de un payaso al que la Corona llenaba de prebendas. Carlos I lo nombró “Defensor Universal del Indio”, y obispo de Chiapas, y en 1550 se suspendieron las nuevas conquistas durante seis años, hasta 1556, cuando, a instancias del Virrey de Perú, marqués de Cañete, se dictaron nuevas instrucciones para la prosecución de nuevos establecimientos sin daño para los indios.


Y ese cañoneo empezó desde el principio. Todo lo que después vendería Las Casas como propio no sería más que una repetición de las denuncias de Fray Antonio de Montesinos, si bien aderezado por sus propios delirios, invenciones y exageraciones. 

Las Leyes de Burgos y Valladolid, de 1512 y 1513 se produjeron mientras Bartolomé de las Casas era encomendero. 

Y es que, hasta la fecha, el nombre del que todavía no era dominico, sólo era conocido como encomendero que había sabido adaptarse a las exigencias impuestas por Ovando.

En 1507, fue ordenado presbítero en Roma. Tras lo cual tomó parte en campañas militares contra los indios hostiles, y con esclavos negros se dedicó a la busca de oro, actividad que ya había desarrollado desde 1505.

En 1512 era ordenado sacerdote y seguidamente capellán de la expedición para la conquista de Cuba, al frente de la cual iba el gobernador Diego Velázquez, de quién recibió un repartimiento de indios, al que renunció en 1514 dando paso así a la etapa por la que se haría su hueco en la Historia.

Es en este momento cuando dio comienzo su particular campaña en defensa del indio, campaña que, si en sí misma es encomiable, parece que deja de serlo cuando, para apoyarla usa, no ya datos erróneos, sino evidentes y manifiestas mentiras.

Pero de sus continuados exabruptos, que contra todo pronóstico lograron atraerse la simpatía nada menos que de Carlos I y posteriormente de Felipe II, llegó a concitarse una acalorada discusión en todos los ámbitos de la vida nacional; unas discusiones y unas justas preocupaciones que acabaron dando pie a la Controversia de Valladolid.


El detonante que provocó esta nueva actitud del dominico fue comprobar la mortandad masiva que venía produciéndose, probablemente incluso antes de la llegada de los españoles, sin parar a considerar el motivo de la misma, que tiene varias interpretaciones, posiblemente todas certeras, y que señalan como causa 

Las prácticas de sacrificios humanos y el canibalismo de las tribus.

El intercambio de enfermedades con los conquistadores.

La posible existencia de una degeneración natural entre los naturales.

Y por supuesto los hechos de guerra.

La alarma cundió y la Corona dio nuevas leyes mientras Las Casas seguía como encomendero.

Tras su “conversión”  Fray Bartolomé de las Casas  cargaría las tintas señalando a los españoles como responsables de la debacle indígena, y esa creencia fue la que llevó a la redacción de las Leyes Nuevas y andando los años,  en 1550 a la celebración de la celebérrima Controversia de Valladolid.

Es el caso que, en esa fecha, y a cuenta del más que evidente retroceso de la población indígena, se prohibió la prosecución de la conquista al tiempo que se reguló  la libertad de los indios.

Pero volviendo a los años iniciales de la actuación que inmortalizó a nuestro personaje, en 1515 viajó por segunda vez a la Península, con la idea de exponer su visión del asunto al rey Fernando, que a finales del año 1515 sólo esperaba morir en paz.

La alternativa eran los regentes Cisneros y Adriano de Utrecht, con quienes se entrevistó el 8 de marzo de 1516, y a quienes hizo entrega de un “Memorial de Agravios” en el que, con su lenguaje de nuevo converso proponía suprimir las guerras de conquista y la encomienda.

No cabe duda que tuvo que llamar la atención la decidida actuación del futuro dominico para combatir una institución que si había sido instaurada para la encomienda. 

Pero incluso más tuvo que sorprender la vehemencia con la que trataba la situación de los encomendados.

Tuvo que escuchar Cisneros el acalorado relato de una situación de inhumanidad sin parangón, llevada a cabo, precisamente, por cristianos españoles, dos extremos que caían dentro de su competencia, uno como regente y otro como cardenal. 

Ciertamente la hecatombe de la población preocupaba a la Corona, que no parecía dar importancia al hecho de que la misma fuese producida por enfermedad, y no sólo entre los indios, sino también entre los españoles.

La situación debía ser aclarada cuanto antes, máximo cuando estaba esperando la llegada de Carlos, que venía de Flandes a tomar posesión del reino. 

Y es que lo que contaba el futuro dominico (entraría en la orden en 1522, seis años después), rebasaba todos los límites aceptables. Estaba relatando las hazañas de una banda de asesinos sin ningún tipo de moral, control ni freno. ¿Cómo podía el cardenal dejar de investigar la verdad de lo que le era relatado cuando entre las afirmaciones se señalaban actuaciones propias de bestias?

Los cardenales quedaron lógicamente alarmados ante la situación presentada por tan vehemente y letrado personaje, por lo que pusieron a trabajar a un grupo de expertos entre los que se encontraba el propio arzobispo Adriano.

Por su parte, Cisneros, y en base a los informes recibidos, redactó unas Instrucciones destinadas a mejorar la situación de los indios, y considerando que las mismas iban a ir en contra de la voluntad de las autoridades de La Española, empezando por su gobernador, Diego Colón, encargó las reformas a tres frailes jerónimos, ajenos a su orden y ajenos a Bartolomé de Las Casas, garantizando con la medida un principio de ecuanimidad.

Los informes de los jerónimos, que acudieron acompañados de Las Casas, significarían un varapalo para la actuación de éste, más vehemente que atento a la realidad de lo que le rodeaba, pero no significó su abandono. En 1517 regresó a entrevistarse nuevamente con el cardenal, al que encontró enfermo de muerte en Aranda de Duero, cuando se desplazaba para encontrase con Carlos I, que venía de Flandes.

Una vez muerto el cardenal, Las Casas alardeó de que Cisneros lo había nombrado defensor universal del indio, pero ese extremo no se halla documentado.

Entonces entró en contacto con el joven rey, quién quedó admirado y le animó para que redactase su “Brevísima”, que no vería la luz sino hasta treinta y cinco años más tarde. Desde entonces siempre estaría bajo su amparo.

Con ese paraguas, ese mismo año 1517 inició Las Casas un período de planes utópicos de población pacífica semejante a la Utopía de Tomás Moro escrita el año anterior.

Los flamencos defendían con ardor los asuntos propuestos por Las Casas manifestándose abiertamente en su favor, y finalmente la Corona le concedió un inmenso territorio, para desarrollar allí sus planes, consistentes en asentar agricultores, artesanos y religiosos, con los que aseguraba tener suficiente para instruir diez mil indios en un plazo de dos años.

Se le había conferido el mando de ciento veinte soldados cuya labor estaría supeditada a las instrucciones de los frailes, que se dedicarían a la predicación, y sólo lucharían contra ellos si Las Casas certificaba personalmente que eran caníbales o que se negaban a aceptar la fe. 

Con estas instrucciones, y tras haberse licenciado en derecho canónico, partió para su misión pasado por Puerto Rico, donde se encontró que los indios habían dado muerte a los frailes que tenían allí establecido un convento. 

En agosto de 1521 llegaría a Cumaná para implantar su doctrina desde la desembocadura del río Orinoco hasta el Golfo de Maracaibo. 


La experiencia tuvo un final poco acorde con las expectativas del dominico. La bondad natural del indio, base de los argumentos del fraile, no estaba en el espíritu de aquellos a quienes acudía a evangelizar. Los indios, caníbales, se habían sublevado y dado muerte a algunos misioneros. Las Casas se unió a una expedición militar de castigo. Mientras, los labradores se habían dispersado y ninguno quería quedarse.

Corría el año 1522. Amargado por la contrariedad, acabó ingresando en la Orden dominicana, en La Española, en septiembre de ese mismo año, profesando al año siguiente. Tenía cuarenta y ocho años. 

Durante unos años, y como exigencia de la propia orden, permaneció en el convento, donde acabó adquiriendo grandes conocimientos de Teología, y dando forma a su producción literaria. 

Con ese encargo principal, Las Casas escribió su Historia General de las Indias y su Apología o Declaración y defensa universal de los derechos del hombre y de los pueblos, que resulta un excelente tratado, y con la fe del nuevo converso que era, redactó un informe cargado de vaguedades e imprecisiones, su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en el que relata una serie de horrores supuestamente cometidos por españoles, pero sin indicar nunca el momento y el lugar donde tuvieron ocasión esos supuestos actos; sin señalar si esas habían sus actuaciones durante el tiempo que él mismo había sido titular de encomiendas, dando la sensación que tal era el modo habitual de proceder de todos los españoles desplazados a las Indias. 

Unos horrores que el dominico se encarga de ampliar de forma panfletaria, sin duda en el conocimiento de que sus exposiciones alarmarían sobremanera a una sociedad educada en el humanismo cristiano que, carente de otras noticias y dado a creer los relatos más estrambóticos (recordemos que un siglo después Cervantes arremetería contra las novelas de caballería), creería a pie juntillas un argumento medianamente bien hilvanado.

Inventa un genocidio indígena, que, conforme se avanza en la lectura de su obra se cobra un número diferente de víctimas. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número a quince millones, y finalmente asegura que pudieron llegar hasta los veinticuatro millones.

 

Y todo en la isla de La Española. Semejante barbaridad, además de señalar una superpoblación de la isla que de haber existido hubiese significado la aniquilación de todos los recursos y por consiguiente el exterminio de la población, la adoba con otra barbaridad y arremete contra el derecho natural cuando al atacar el permiso de esclavizar caníbales acaba afirmando que cualquiera que inmola hombres a Dios, puede hacerlo llevado de su razón natural. 


Y justifica el aserto mediante citas bíblicas. 

Como otra muestra de la mente acalorada del fraile, cabe señalar, entre su mar de incongruencias, y por azar, una en la que afirma que de «los tres cientos (millones) de almas» que dice había en La Española «no hay hoy doscientas personas», y la isla de Cuba «está hoy casi toda despoblada». En las islas de Lucayos, donde había «más de quinientas, mil almas, no hay una sola criatura»… Y es destacable esta cita porque inmediatamente antes, en el mismo texto, recomendó que los habitantes de Lucayos fueran trasladados a La Española por la pobreza del terreno, el cual ahora lo hace «más fértil que huerta del rey de Sevilla».

De vuelta a la Península en 1539, en su cuarto viaje, al que dedicaría cuatro años,  lejos de haber perdido la confianza de la Corona, fue encargado de una nueva misión e informado que los indios eran vasallos, recibiendo con ello el encargo de protegerlos como tales.

Para dar curso a su misión de liberar a los indios de la Encomienda, en 1531 había propuesto ante el Consejo de Indias deberían llevarse, desde África, 4000 negros. Tan buena idea le pareció que en 1542 volvió a insistir en la introducción de esclavos negros en las Indias. Cierto que posteriormente abominó de esta iniciativa.

Era mucho el crédito que daba la Corona a Bartolomé de las Casas, y a su sombra se realizaron grandes cosas, por ejemplo, en 1542 se promulgaron las Leyes Nuevas, en las que se prohibía la esclavitud de los indios y se ordenaba que todos quedaran libres de los encomenderos y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona. Se ordenaba además que, en la exploración de nuevas tierras, deberían participar siempre dos religiosos, que vigilarían que los contactos con los indios se llevaran a cabo en forma pacífica dando lugar al diálogo que propiciara su conversión.

Fue durante esta estancia en la Península cuando, a finales de ese mismo año terminó de redactar en Valencia su obra más conocida, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, dirigida al príncipe Felipe (futuro Felipe II), entonces encargado de los asuntos de Indias.

Las Leyes Nuevas tuvieron una repercusión personal en el dominico: fue nombrado obispo de la pobre diócesis de Chiapa (sur de México/norte de Guatemala), cargo del que tomó posesión en Sevilla, y toma efectiva en 1545, y en el que estuvo dos años, habiendo fracasado en su obra pastoral. Curiosamente, y a pesar de su evidente fracaso, todos estaban dispuestos a creer su novelesca relación.

Tan es así que consiguió un hito del que como españoles podemos estar muy orgullosos: llevó a la Corona a convocar en Valladolid un encuentro de juristas que pasó a la historia como “Controversia de Valladolid”, celebrado en esa ciudad en dos periodos, Agosto-Septiembre de 1550 y Abril-Mayo de 1551, en el que confrontaron sus tesis, por una parte Fray Bartolomé de las Casas, y por otra Juan Ginés de Sepúlveda.

Hecho inaudito en la Historia de la Humanidad, el conquistador se cuestiona, con razonamientos profundamente jurídicos, su derecho a la conquista. España se planteaba cuales eran las funciones que el derecho le permitía desarrollar en esas nuevas tierras y con esas nuevas gentes. Ni Roma, madre de España y madre del derecho, había llevado a cabo algo semejante.

Con un añadido nada desdeñable: En aquellos momentos de eurocentrismo, de renacimiento cultural, se cuestionaba la naturaleza del indio; ¿era humano? Si lo era, ¿tenía derecho España a conquistarlo? ¿Podía España ejercer soberanía sobre unos pueblos tan distantes y tan desconocidos?, ¿era lícito hacerles la guerra?

Evidentemente, el descubrimiento de un nuevo mundo significó un revulsivo en la Historia de España y de la Humanidad; un hecho que significó un cuestionamiento de la vida y del derecho, y que daría lugar a la creación de un cuerpo jurídico sin precedentes y al nacimiento del derecho internacional.

Es el caso que, aunque el iniciador de la Controversia fuese un payaso a juicio de quién hace este comentario, la Junta de Valladolid fue, sin lugar a dudas excelsa en la honradez y altura intelectual de los juristas y teólogos que en ella participaron (y en lo teológico, también Bartolomé de las Casas), siendo de destacar, aunque sea reiteración, el nivel intelectual y el arrojo, al suscitar un debate que nadie, salvo la moral hispánica y cristiana, exigía, y corriendo el riesgo de llegar a unas conclusiones que resultasen contrarias a los intereses de quién convocaba la Junta. 

Fue así un foro donde la élite de la intelectualidad española (fray Antonio de Montesinos, Matías de Paz, Juan Ginés de Sepúlveda, Pedro de Córdoba… por significar los de mayor relevancia), marcaban el camino de la jurisprudencia española que culminaría con las aportaciones a la creación del derecho internacional con maestros como Francisco de Vitoria y Francisco Suárez.

Afortunadamente para España y para los indígenas americanos, fue el tiempo del jurista por excelencia, Francisco de Vitoria, que señaló los ocho títulos justos para justificar la presencia de los españoles en América


La cuestión no era baladí, hasta el extremo estaba implicada en la vida intelectual de España, que Carlos I acabó prohibiendo la prosecución de la Conquista (otro hecho sin parangón en la Historia de la Humanidad), manteniéndose esa prohibición durante diez años, cuando comprendió que no conquistando las Indias bajo el paraguas del Humanismo cristiano, se dejaba la puerta abierta para que fuesen conquistadas por el materialismo europeo, lo que ocasionaría un genocidio sin precedentes, como efectivamente sucedería posteriormente con la entrada de los ingleses en Norteamérica.

Pero esa realidad se iría desarrollando con el tiempo, con sus errores y con sus aciertos. 

No cabe duda que el inicial responsable de esas medidas, y sin olvidar como precursor a Montesinos, fue Fray Bartolomé de las Casas, pero tal vez, esa responsabilidad es sólo parcial, siendo mayor la responsabilidad de Carlos I, de Francisco de Vitoria, de Melchor Cano y de los otros juristas que tomaron cartas en el asunto a consecuencia de esta situación, sin olvidar la figura de Ginés de Sepúlveda, quién a pesar de sufrir el ninguneo de la Corona; a pesar de defender la acción de España con algunos argumentos que hoy nos pueden parecer fuera de lugar, defendía su postura también con otros argumentos sólidos, tanto y más que los de Bartolomé de las Casas,  porque también es cierto que Fray Bartolomé de las Casas desarrolló su capacidad dialéctica muy por encima de la realidad que conocía de la población indígena. 

Su “buenismo” lo llevaba a insultar a los conquistadores españoles acusándolos de la hecatombe de la población indígena, cuando el hecho cierto es que, como ya queda señalado, la mortandad de indígenas era enorme, pero la de españoles, expuestos a unas condiciones climáticas como las del Caribe, también, y ni una ni otra se hubiese producido jamás si en aquellos momentos hubiese existido la penicilina.


América fue un encuentro para todo; para lo bueno y para lo malo. Los españoles murieron por enfermedades tropicales a las que los indígenas eran inmunes, y contrajeron, entre otras cosas, la sífilis. Parece injusto acusar a los indígenas americanos de esa circunstancia. 

En sentido contrario, sin embargo, y sin duda alarmado por la inmensa mortandad, Fray Bartolomé de las Casas deja muestras de su espíritu, que sin lugar a dudas hubiese triunfado hoy más de lo que lo hizo en su tiempo por su condición más propia de la Ilustración.

Con ese espíritu que prima más la verborrea que el análisis, no duda en señalar la extensión de Cuba como de Valladolid a Roma, y en ese mismo orden, que estaba despoblada… y en ese orden, bastantes más cosas. 


Las exageraciones que Las Casas deja patentes quedan expresadas de forma preclara en su “Apología” cuando, siendo que la obra está escrita a principios del siglo XVI, afirma lo que reitera constantemente: violencia cruel y salvaje por parte de los españoles, llevada a cabo… desde hace siglos…


Dando por sentado que Las Casas decía verdad al asegurar que contra los indios se cometieron injurias generalizadas, ¿se venía haciendo desde hacía siglos?

Las exageraciones de Fray Bartolomé no se ceñían en exclusiva al maltrato de los indios, que como queda reflejado, existió, pero cabe preguntarse hasta dónde existió, si atendemos otras informaciones suministradas por el mismo relator, que presentaba la isla de Trinidad más grande que Sicilia así como otras exageraciones de ese mismo tenor, por ejemplo una de las que relata en la Brevísima:


El un reino se llamaba Maguá, la última sílaba aguda, que quiere decir el reino de la vega. Esta vega es de las más insignes y admirables cosas del mundo, porque dura ochenta leguas de la mar del Sur a la del Norte. Tiene de ancho cinco leguas y ocho hasta diez y tierras altísimas de una parte y de otra. Entran en ella sobre treinta mil ríos y arroyos, entre los cuales son los doce tan grandes como Ebro y Duero y Guadalquivir. (Las Casas. Brevísima, Indias: 5)


Maguá es una región al nordeste de La Española. De ser cierta la afirmación del dominico, sencillamente no existiría esa superficie de tierra, ya que viene a ser la quinta parte de La Española, cuya superficie total es de 76.480 km2… Unos 15.000 km2 para 12 ríos tan grandes como el Ebro, cuya cuenca hidrográfica ocupa 86.100 km2.

Parece que en lo relativo a la geografía humana usaba de los mismos argumentos, siendo que de todo echaba la culpa el dominico a los españoles en general y a la encomienda en particular, con lo que generó un falso conocimiento de la realidad de los unos y de la otra, dando lugar a la idea inexacta de lo que era la encomienda. 

Y en cuanto a otros aspectos… otras barbaridades imposibles de calificar y sobre todo imposibles de ubicar en un lugar concreto.


En este reino o en una provincia de la Nueva España, yendo cierto español con sus perros a caza de venados o de conejos, un día, no hallando qué cazar, parescióle que tenían hambre los perros, y toma un muchacho chiquito a su madre e con un puñal córtale a tarazones los brazos y las piernas, dando a cada perro su parte; y después de comidos aquellos tarazones échales todo el corpecito en el suelo a todos juntos. (Las Casas. Brevísima, Indias: 21)


Los escritos relativos al maltrato infligido a los indios son espeluznantes, pero, sin por ello quitar importancia al maltrato que realmente existió (pensemos en las denuncias de Fray Antonio de Montesinos), no pasan de ser un relato novelesco de terror. De otro modo, en lugar de ser intemporales, sin ubicación concreta y sin señalamiento de algún responsable, estarían plagados de nombres con los que relacionar los hechos. 

Después de todo, lo curioso es que Las Casas admite contra los herejes los métodos que según él se aplicaban a los indios. 

No obstante, parece que, efectivamente, en las encomiendas se producían excesos inaceptables, pero también es cierto que la sabiduría popular nos indica que no se pueden cazar moscas a cañonazos… Y a lo que parece, justo eso fue lo que hizo el buen dominico, obteniendo un crédito sin límites nada menos que en el Rey Carlos I, que no sólo protegió al autor de un libelo (la Brevísima relación de la destrucción de las Indias), sino que facilitó la difusión del mismo.

Es encomiable la labor de de las Casas. Su ardiente defensa del indio, que en gran parte no es más que muestra de la actitud desarrollada por España, ha servido para crear, junto a los dicterios de Antonio Pérez, la leyenda negra contra España que con tanta profusión fue divulgada por Europa… y que hoy nadie se cree, salvo los españoles, acomplejados de su ejemplar historia e incapaces de ver, hoy, la diferencia entre la realidad humana existente también hoy en el mundo hispánico y la existente en el mundo anglosajón. Argumento que no se sostiene tras una mera observación del mapa humano de América existente en 2019. 

Por todo lo publicado, y sin lugar a dudas, Las Casas representa la piedra angular de la leyenda negra, que alcanza situaciones límite que sólo pueden encontrarse en lo acaecido en Australia con la dominación británica, donde se cazaba a los aborígenes hasta 1945.


Dice el dominico:


Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)

 

Una vez vide …. Y a continuación una barbaridad


Vide… ¿Dónde? Si tiene las agallas de decir semejante cosa, ¿por qué no dice dónde?, ¿por qué no dice quién? ¿Será mentira?

Pero las resultas de la publicación de la obra de Bartolomé de las Casas tuvo como consecuencia la reacción de los enemigos de España, que acogieron las barbaridades que con intención bondadosa dice el dominico como arma arrojadiza contra un imperio que amenazaba con expandirse sin límite por el mundo, difundiendo la doctrina cristiana en todas las latitudes. 

Los enemigos políticos del emperador Carlos y los partidarios de la Reforma religiosa, que acababan siendo la misma cosa, difundieron la obra proclamando la crueldad del pueblo español, que masacraba a los indígenas. Poco importa que el hecho fuese falso; poco importa que los europeos sí aplicasen el genocidio. Lo importante era, como hoy es, la propaganda… Y todo sin atender al hecho de que el Imperio Español apoyaba a quién tales barbaridades decía, y le daba un cargo político: el de Defensor Universal de Indio.

Y no fue sólo Carlos I. Felipe II, como su padre hizo toda la vida, confiaba en Las Casas; lo nombró miembro de su “consejo privado” y lo invitó a participar en los procedimientos diarios del Consejo de las Indias. El 18 de julio de 1566, a la edad de ochenta y dos años, Bartolomé de Las Casas murió en el convento dominico de Nuestra Señora de Atocha en Madrid.

El crédito del fraile, inconcebiblemente tras una lectura meditada de su “Brevísima”, era absoluto.

No obstante, las denuncias efectuadas por Fray Bartolomé de las Casas fueron respondidas por Juan Ginés de Sepúlveda, jurista de primer orden que frente a las teorías buenistas de Las Casas defendía el derecho de Conquista de España, basándose, entre otros argumentos, en que si no era España quién conquistase y expandiese la doctrina cristiana, serían los herejes europeos quienes conquistarían y someterían bajo un signo distinto. Sobre la licitud de la conquista de América publicó en Roma en 1550 Democrates alter, que curiosamente sería prohibido en España, mientras la obra de Bartolomé de las Casas fue editada en Sevilla con todos los plácemes.


Lamentablemente este tipo de pago a sus grandes hombres no es extraño en España. El mismo Hernán Cortés, que en esas fechas se encontraba en España, fue manifiestamente desdeñado, despreciado y marginado después de haber llevado a efecto una de las hazañas más grandes jamás realizadas por el género humano, de la que España siempre deberá sentirse sumamente orgullosa. Evidentemente, Hernán Cortés pagó la culpa del sarampión y de la gripe, y Sepúlveda, también, y todo para que, además, España entera esté pagando durante cinco siglos su incompetencia al ser incapaz de poner a sus héroes y sus hazañas en el lugar que les corresponde, mientras ignora los genocidios de sus eternos enemigos, a quienes sigue y obedece lacayunamente.

Es de destacar que el dominico lanzó gravísimas acusaciones sobre Hernán Cortés. Eso sí, sin llegar nunca a nombrarlo.

Estas acusaciones debieron pesar en la orden de la que era portador el nuevo gobernador de la Nueva España, Diego Colón, que en 1522 estaba obligado a proceder con todo rigor contra Cortés, hasta matarle si ofrecía resistencia.

Parece como si la labor de Las Casas tuviese cierta relación con la amistad que le unía al gobernador de Cuba, Diego Velázquez, que por su parte llevaba ejerciendo una guerra declarada a Hernán Cortés. 

En ese orden, el monje hace un relato de la “Noche Triste”, y de las acciones heroicas de Cortés, que podemos calificar de penoso, y por supuesto, de base para la leyenda negra.

Un hecho concreto, el de Cholula, puede servirnos de ejemplo. En este lugar  presentaron una celada a Cortés, con ánimo de matar a todos los españoles que fue desarticulada por Malinche.

Las cosas empeorarían cuando Cortés estaba en Tenochitlán, ya que a socapa de la alianza que pactó con Moctezuma, se gestó una traición en Veracruz, donde los indios acabaron asesinando a unos españoles que, confiados en la alianza, acompañaron a servidores de Moctezuma. 

En sus Cartas de relación, Cortés deja perfectamente expresada la situación, pero Las Casas, que demuestra conocer el texto, lo interpreta, como hace con las otras cuestiones, a su aire; obvia la retahíla de traiciones y celadas que Moctezuma hizo a Cortés; obvia que el ejército de Cortés estaba compuesto en porcentajes cercanos al 100% por indios; obvia que estos indios no pudieron entrar en Tenochitlan por expresa imposición de Moctezuma, y obvia la traición que directamente provocó su captura.


No paró ahí en sus ataques a Cortés, a quién acusa de acosar a los indios y buscar esclavizarlos.

Lo trata de tirano


Pero por las leyes dictadas por el propio Cortés, y por la existencia de esclavos marcados en la cara con la “G” de guerra en los bienes que le restaban en la hora de su muerte se puede inferir que lo señalado por Las Casas a este respecto también es falso, porque si bien es cierto que esos esclavos existían, también es cierto que todos eran viejos, procedentes de las incursiones de primera hora.

Lo que es cierto es que la filosofía de Bartolomé de las Casas fue atendida y auspiciada por el Imperio español. Carlos I no fue ajeno a los escritos de las Casas, siendo que sus tesis, mucho antes que la “declaración universal de derechos”, de corte liberal, tuvieron reflejo en su “declaración y defensa universal de los derechos del hombre y de los pueblos”. Ciertamente, las explicaciones de Las Casas pasan de lo peregrino, sin embargo hay una cuestión que prima incluso sobre las fábulas que cuenta, y que primaron también sobre el Emperador: Lo primero era la defensa de los derechos del indio.

Y para ello se tomaron medidas jurídicas con todas las consecuencias. Pero después de todo, ¿es justificable la acción de Bartolomé de Las Casas? ¿No es suficiente la denuncia veraz?, ¿No basta con la pléyade de defensores honestos del indio que adornan la conquista? 

Parece que el ardor de Bartolomé de las Casas hubiese estado mejor dedicado a otros objetivos, puesto que resulta evidente, a la vista de la relación de fuerzas existente en el momento de la Conquista que los conquistadores se apoyaron mucho en la fe cristiana en las distintas conquistas, lo que causó su triunfo.

Y tiene que ser un alemán, Alexander Humboldt, quién en 1826 ponga los puntos sobre las íes y señale que el número de indios ha aumentado considerablemente entre los trópicos .



Por otra parte, si el culpable de la mortandad indígena no fue otro que el sarampión y la gripe, el responsable del desarrollo de la vida cultural de los indígenas, sí fue el conquistador español; y es que, el declive demográfico no supuso la decadencia de la cultura indígena en ningún sentido, siendo que las culturas autóctonas evolucionaron de forma más rápida y radical como consecuencia del contacto con la cultura española y la necesidad de adaptarse a las nuevas tecnologías.

Todo señala a Bartolomé de las Casas como un majadero, pero a pesar de todas sus majaderías, Las Casas fue el gran defensor de la causa india. Bajo su presión se promulgaron leyes protectoras de los indios y los proyectos de colonización pacífica como los que se llevarían a cabo en Verapaz entre 1537 y 1550. Y  al fin, no hacía sino recordar la obligación de  cumplir las instrucciones que sobre la conservación de las Indias ya había promulgado la reina a la que muchos consideran Santa: Isabel.

Lo que parece cierto es que Bartolomé de Las Casas es exagerado en extremo, tanto que el sentido común y la Historia no pueden considerar sino como imposibles y falsos la mayoría de los datos concretos que aporta, e inverosímiles las atrocidades contadas.

Hay quién afirma que necesitó hacerlo porque hacía falta llamar la atención. 

¿Que es seguro que se dieron casos de explotación?, Si. ¿Que se puede decir lo que dice Las Casas?... Personalmente creo que es un insulto a la inteligencia y un ataque al ser y la esencia de España.

Con un añadido: Las Casas pasó a cobrar 100 pesos oro al año como procurador de los indios, y cuando fue nombrado obispo de Chiapas, medio millón de maravedís al año… Y cuando decidió dejar su cargo de obispo, pasó a cobrar una pensión de doscientos mil maravedís, y esto, que puede ser considerado lícito se une a que, según se cuenta, dedicó más tiempo a los viajes que a ejercer la caridad (hizo seis viajes a los que dedicó 29 años, siendo que de los treinta y dos años que pasó en América, doce los cumplió como encomendero y diez permaneció enclaustrado), que nunca aplicó, del mismo modo que nunca aprendió, una lengua indígena ni trató como iguales a quienes pretendía defender, y se asegura que nunca hizo por educarles ni enseñarles algo de provecho. 

Fray Toribio de Benavente, clérigo misionero, llegó a escribir a  Carlos I que Las Casas era un hombre bullicioso y pleitista, injuriador, “yo conozco a De Las Casas quince años (..) y siempre está escribiendo procesos y vidas ajenas, buscando los males y delitos”. 

Podrá alegarse que el dominico se limitaba a aceptar las gracias que le eran concedidas, pero no es así. Directamente las buscaba, reclamando en los lugares que suponía provechosos, siendo que tenemos accesible la carta que dirigió al gran canciller Mercurio Gattinara tratando de sus reclamaciones personales, en la que se queja de que no le dieron una pesquería, por lo que no podría recoger perlas.

Sirva lo expuesto para hacerse una idea de quién era Fray Bartolomé de las Casas, un personaje que figura en el santoral protestante.





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