La publicidad, al servicio de los intereses de quién la propaga, nos presenta la masonería como un ente abstracto, ilocalizable, inaccesible… Pero si nos sosegamos, si nos despojamos de prejuicios y nos dedicamos al estudio, no ya de la masonería, sino de la historia, acabaremos sacando alguna luz sobre aquella, por mera deducción.
Y esa deducción no es otra que, en el secular enfrentamiento entre humanismo y materialismo tenemos muy cercana su materialización en el enfrentamiento entre dos entes políticos que representan la encarnación de ambos conceptos: España e Inglaterra.
Y si, la deducción es que la organización de la masonería es obra directa de Inglaterra.
Hay quién discute esa afirmación señalando que el sionismo es el alma mater de la misma… Pero una cosa no excluye la otra.
A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII se desarrolló por parte de Inglaterra, Francia y Holanda un movimiento terrorista en el que también formaba parte de forma directa el sionismo. Estoy hablando de la piratería, que si cosechó algún triunfo de envergadura, como la toma de Jamaica o del Galeón de Manila, también cosechó un inmenso jardín de derrotas a manos de las armadas españolas, siendo que los beneficios obtenidos en sus asaltos no alcanzaron la sombra de las derrotas que obtuvieron.
Pero ese es capítulo marginal; tal vez experiencia acumulada del enemigo que, viéndose imposibilitado de vencer a España por las armas atisbó que su triunfo le llegaría por otro camino en donde lo sibilino primaría sobre lo brutal, siendo que la brutalidad sería aplicada de forma sibilina.
Y ese camino no es otro que la masonería, cuya gestación tendría lugar en Inglaterra en los primeros años del siglo XVIII, y se plasmaría en 1717 de la mano de los pastores protestantes ingleses James Anderson y J. T. Desaguliers.
En 1723 son publicadas las constituciones de Anderson, y las corrientes intelectuales del enciclopedismo del siglo XVIII y del racionalismo y liberalismo del siglo XIX van de su mano.
Con esos principios se extiende por el mundo… y muy especialmente por España. La piratería física se transformaba en piratería ilustrada. Se daba forma al medio por el que alcanzaría su cumplimiento la “Propuesta para humillar a España” publicada por Inglaterra en 1711.
La Ilustración sería el arma intelectual para introducirla en España, con cuya actuación se socavarían todos los principios históricos que le daban sustento y garantizaban la vida, la salud y la cultura de los pueblos.
No tardó, la masonería y la ilustración, en enquistarse en los centros de influencia en España, desde la casa real hasta los políticos que ejercían algún poder.
Con la llegada de la casa Borbón se hizo tábula rasa, no de todo lo actuado con anterioridad, sino sólo con lo que pudieron hacer tábula rasa, que paulatinamente fue ampliando su espectro.
Se olvidó la actuación de los Reyes Católicos; se anuló el conocimiento de la Casa de Austria; se dio un feroz golpe a la educación, consiguiendo que, un pueblo que había estado dando estudios latinistas a los naturales de América desembocase en el siglo XIX con un 90% de analfabetismo… Y todo, en el que es conocido, para mayor escarnio, como “siglo de las luces”.
La actuación de la masonería fue efectiva en España desde el primer cuarto de siglo, pero su actuación era llevada a cabo de forma encubierta, procurando eludir la acción de la Inquisición, que si finalmente acabó procesando a masones, y durante el siglo XVIII centró su actividad justamente en la secta, las sentencias de los tribunales inquisitoriales fueron pocas y nada rigurosas, dirigiéndose principalmente contra extranjeros, y como demostración de la inoperatividad, acabó acogiendo una logia en su propio seno.
En ese ámbito, la primera actuación fue llevada a cabo en 1718, con la publicación de un edicto contra los francmasones; treinta años antes que el papa Clemente XII publicase la bula In eminenti.
No fue hasta 1780 cuando el conde de Aranda fundó el Grande Oriente Nacional de España, en el que figuraban el duque de Alba, consejero de Estado; Manuel de Roda, ministro de Gracia y Justicia; José Nicolás de Azara, embajador en Roma; Pablo Antonio de Olavide, síndico de Madrid; Melchor de Macanaz, fiscal que fue del Consejo de Castilla en el reinado del rey Felipe V, José Moñino, conde de Floridablanca. Y masón sería Juan Antonio Llorente, secretario del Santo Oficio.
Como se observa, la calma en la actuación era su principal virtud, lo que posibilitó que en 1811 contase con miembros como Rafael de Riego o Agustín Argüelles... Y toda una nómina que cubre la práctica totalidad de la historia de España desde ese momento, y que son señeros en todos los hitos que, desde Cabezas de San Juan, con la sublevación de Riego y la subsiguiente diáspora de España, pasando por el desastre del 98… y hasta el momento, se han ido produciendo en una cascada de despropósitos que inexorablemente han ido mermando más y más el ser y la esencia de España.
Lacy, Riego, Torrijos, Antonio Alcalá Galiano, Enrique O’Donnell, José I (Pepe Botella), Juan Álvarez Mendizábal, F. Cea Bermúdez, Francisco Martínez de la Rosa, Baldomero Espartero, José María Calatrava, Rafael Maroto, Ramón Narváez, Casto Méndez Núñez, Nicolás Salmerón, Francisco Pi Margall, Francisco Serrano, Manuel Ruiz Zorrilla, Juan Prim, Amadeo de Saboya, Práxedes Mateo Sagasta, Giner de los Ríos; Campomanes; Melchor de Jovellanos; Francisco Milans del Bosch; el general Castaños, Díaz Porlier, Espoz y Mina, O’Donoju, Eugenio de Palafox, Juan Van Hallen, Agustín Argüelles, tutor de Isabel II, conforman una nómina de masones que no acaba en ellos …
La actividad, que como hemos visto ya fue desarrollada a lo largo del siglo XVIII, mostró todo su esplendor en el siglo XIX, siendo que en el periodo 1814-1820, los liberales fueron protagonistas de todo tipo de arbitrariedades, atropellos y robos que, con la connivencia de Fernando VII terminaron desacreditando a la realeza y haciendo odioso su gobierno a toda España.
Los liberales se esforzaban en difundir que la constitución nos la hemos dado a nosotros mismos. Concepto que se repetirá 170 años después, pero a partir de 1821, se hizo evidente la división dentro del seno liberal, dando lugar a enfrentamientos entre los moderados, para quienes la revolución era el punto de llegada, y los exaltados, para quienes la revolución era el punto de partida.
Por su parte, el absolutismo, figura contraria al espíritu hispánico implantada por los borbones, había sido abolida por la constitución de Cádiz, pero Fernando VII la rehabilitó en 1814, momento en que los liberales, adscritos a las sectas masónicas, ahora nuevamente secretas, capilarizaban el espectro político y militar de España.
Y es que la actuación de Fernando VII sólo puede ser entendida por él mismo, porque como mínimo podemos calificar su actuación como rara, ya que todo hace indicar que también él era masón.
O tal vez no era tan rara, sino sencillamente consecuencia del enfrentamiento interno de la masonería, ya que Eugenio de Palafox y Portocarrero, conde de Montijo y Gran Oriente de la masonería, Francisco Javier de Istúriz, José Moreno Guerra, Domingo de la Vega, Sebastian Fernández Vallesa, José María Montere, Juan Manuel de Arréjula, Salvador Garzon y Salazar, Juan Álvarez y Mendizábal, Félix Beltran de Lis, eran miembros de la masonería partidarios de devolver el trono a Carlos IV que en 1819 llevaron a efecto levantamientos que fueron neutralizados por Fernando VII, por lo que sus promotores fueron muertos o exiliados, y con ello fue neutralizada la acción de las logias, a excepción de la de Cádiz. Leopoldo O’Donnell, duque de La Bisbal también había sido objeto directo de los intencionados obsequios y atenciones de Andrés Arguibel, agente británico encargado de los intereses separatistas del Río de la Plata en Madrid, a fin de atraerle a sus miras en pro del separatismo americano.
Parece que, efectivamente, esa actuación de Fernando VII, probablemente estuvo motivada por las disidencias dentro de la organización masónica, que de una u otra forma participa en la consolidación del absolutismo con la ayuda de los Cien Mil Hijos de San Luis.
El maremagno que tiene España desde principios del siglo XIX es de muy difícil interpretación, y consiguientemente da lugar a una diversidad de interpretaciones que alcanzan todo el espectro, y mi visión particular es que lo que primaba era la consecución de los objetivos marcados, lo cual permitía la realización de actos tan contrarios.
Para el liberalismo, y por supuesto para la masonería, el bien es lo que es beneficioso; el fin justifica los medios… Y por tanto, actuaciones tan contradictorias llevadas a cabo por elementos con un mismo nexo de unión, hacen pensar que todas tenían una dirección superior.
Y es que resulta curioso que el ejército de los Cien mil hijos de San Luis, encargado en 1823 de reinstaurar el absolutismo en la persona de Fernando VII, estuviese encabezado por un masón, el duque de Angulema… que venía acompañado por el general Guillerminot, Venerable de la Logia de los Filadelfos y el mariscal conde de Beurnonville, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia…/… Y el cargo de Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de España no era otro que el infante D. Francisco de Paula de Borbón, hermano del monarca quien al mismo tiempo era Gran Maestre de la masonería simbólica del Gran Oriente Nacional de España.
Lo que también resulta curioso es que Inglaterra, miembro de la alianza, se mantuviese al margen del ejército de los Cien mil hijos de San Luis.
Al final, masones contra masones con un único objetivo: descargar su odio sobre el pueblo español con una habilidad envidiable, capaz de anular toda acción intelectiva destinada a desentrañar la verdad de lo sucedido.
Esos enfrentamientos entre distintas tendencias masónicas significó que Fernando VII adoptase una acción (una más) contra natura. En 1824 quedaba prohibida la masonería, y prohibida por el “Rey felón” que se había iniciado en la misma durante su estancia en Francia, según señala el académico José María Roa Bárcena y Francisco de Asís Aguilar, obispo de Segorbe que afirma que fue iniciado masón en Valency y así lo señala en su Historia Eclesiástica. También lo afirman Miguel Morayta y Juan Van Halen, quien procuró convencerle de que se pusiera a la cabeza de la Masonería como único medio de conservar su corona.
El caso es que, en 1823, se calcula que el 43,7% de los miembros del ejército pertenecían a la masonería, siendo que el 18,51% de los mismos eran generales y jefes; el 22,94, capitanes; el 19,69 tenientes, y el resto, oficiales subalternos, suboficiales y tropa. En lo tocante al clero, la muestra refleja que el 2,9% del mismo también estaba relacionado con la masonería, como así el 1,25% de la nobleza. (Diego 1987: 453-456)
En cuanto a la clase política, la legislatura de 1820 contaba con treinta y un masones (el 20,5% de la cámara); la de 1821 con cuarenta y tres (el 26,6% de la cámara); la legislatura de 1821-1822 con cuarenta y uno (el 16,88% de la cámara); la legislatura de 1822 con veintiséis (el 19,2% de la cámara); la de 1822-1823, veintiocho (el 18,2% de la cámara), siendo que de los 76 ministros que fueron nombrados desde el 9 de marzo de 1820 al 30 de septiembre de 1823, sabemos que 21 de ellos estuvieron afiliados a la masonería. (Diego 1987: 462-463).
Extraña, extraña mucho, la actuación de Fernando VII, que si, como hemos visto, prohibió la masonería en 1824, no dudaba en poner masones declarados en lugares destacados; así, el 28 de octubre de 1830, nombró brigadier coronel del Regimiento de Soria a Baldomero Espartero, de guarnición a la sazón en Barcelona. Era, para los absolutistas, políticamente puro. En Barcelona residirá y actuará hasta el 31 de octubre del año siguiente de 1831 (pasando desde allí a las Baleares), ocupando su tiempo en la persecución de enemigos del rey —liberales y ultras— y a frecuentar los salones de la burguesía catalana de esos años, sin hacerle ascos a la situación político-social que disfrutaba. (Cepeda 1981: 162)
Pero las disidencias internas de la masonería seguirían cobrándose su cuota de sangre española; así, el 28 de febrero de 1831 se pronuncia el general José María de Torrijos y Uriarte, que acaba huyendo al cobijo de Inglaterra en Gibraltar, desde donde volvería a desembarcar en Fuengirola, siendo derrotado en las inmediaciones de Málaga, donde sería fusilado junto a cincuenta y seis compañeros, a pesar de las promesas recibidas.
También serían fusilados el general Manzanares y los sesenta y un soldados que le acompañaban.
Tras estos hechos, se multiplicarían las ejecuciones, entre las que destaca la de Mariana Pineda, ejecutada por bordar una bandera, al tiempo que las conspiraciones liberales, encabezadas por Mina, se reproducían en Francia.
El enfrentamiento intermasónico no cesaba; así, el 31 de octubre de 1832, el capitán general de Cataluña, Conde Carlos de España, remitía al gobierno copia de un escrito que había circulado en Reus y varios pueblos de la costa, en defensa de la rebelión de 1820, y en el que el conde de Ofalia, plenipotenciario de Fernando VII, Juan de Dios Soul, duque de Dalmacia, y el plenipotenciario de su majestad británica, Candins, habían llegado a un acuerdo para reconocer la independencia de América.
Por esas fechas, curiosamente era ofrecido por Jose Antonio Zea, en nombre de Bolívar, la formación de una confederación de estados hispánicos de la que Fernando VII sería emperador. La oferta fue rechazada, y el “manifiesto de los realistas puros” aseguraba que la negativa estuvo apoyada a cambio de un soborno de 500 millones de reales que la corona británica depositó en un banco londinense a nombre de Fernando VII.
El conde de Ofalia, Narciso de Heredia y Begines, era el embajador de España en París; había sido hombre de confianza de Bonaparte, y luego Ministro de Gracia y Justicia en 1824 con el gobierno absolutista de Fernando VII. Con claros antecedentes como liberal y señalado por sus acciones revolucionarias cuando el pronunciamiento de Lacy (5 de abril de 1817), su lucha contra los apostólicos y otras acciones, y el duque de Dalmacia era un general napoleónico, Nicolás Soult, primer ministro de Francia en 1832. El convenio trataba multitud de temas, desde la ley sálica a la extinción del cuerpo de voluntarios realistas, la expulsión de los jesuitas… Todo conforme a los intereses británicos, como queda manifiesto en su apoyo al separatismo americano, creado y fomentado por Inglaterra, principio de la destrucción de España que proseguiría durante todo el siglo XIX y que sigue hasta el momento.
Estos acontecimientos sucedían un año antes de la muerte de Fernando VII, acaecida el 29 de septiembre de 1833.
De entre los miembros de la Francmasonería española en aquellos años, destacan los generales: Espoz y Mina, Porlier, Lacy, Miláns, Álava, Van Halen, O’Donojú, Torrijos, O’Donnell, y un largo etcétera… siendo que la nómina de masones abarcaba, además, una larga nómina que ocupaba todos los ámbitos de poder.
En esos momentos fue promulgado el decreto de 18 de septiembre de 1832, en virtud del cual el Infante Carlos volvía a ser el heredero de la Corona. Quedaba anulada la Pragmática Sanción de 1789. Pero Fernando VII se repuso, y Cea Bermúdez dio los pasos oportunos para garantizar la sucesión a la que sería Isabel II.
El clima estaba muy enrarecido, y la corona actuó de forma tiránica. Las depuraciones en el ejército llegaron a afectar incluso a soldados rasos, siendo que en determinados unidades, como la guardia de Corps, que estaba compuesta de quinientos hombres, llegaron a depurarse a cuatrocientos.
Y Fernando VII fue un gran represor de la masonería, el Gran Verdugo, le llaman.
Pero un represor de la masonería que guardaba puestos de honor para masones. Personajes cuyos nombres son conocidos, no ya por los iniciados en la historia, sino por quienes tienen un lejano conocimiento de la misma.
¿A quién no le suenan, aunque sea de muy lejos, como era el caso de mi persona hasta que me decidí a estudiar el siglo XIX, personajes como el duque de San Carlos, Macanaz, Góngora, Salazar, Eguía, Argüelles o Martínez de la Rosa?
¿Se trataba de una incongruencia de Fernando VII?
Habrá quién sea capaz de entender la trayectoria de Fernando VII; ese no es mi caso.
Yo me limito a ver en él la mayor muestra de abyección, siendo que soy incapaz de asignarle un calificativo fuera de la misma. Un personaje sin alma capaz de realizar cualquier acto que le resultase beneficioso a él, sin tener en cuenta ninguna otra cuestión.
Así, ¿era incongruente cuando combinaba la persecución de masones con el nombramiento de ministros masones? Personalmente creo que no. Era su espíritu… y era el espíritu de la masonería.
Un espíritu que posibilita la imbricación de la masonería en la política del Estado, y que en plazos más o menos cortos, y siendo que ni la justicia ni el honor ni la verdad tienen valor para ellos, ocupa posiciones que posteriormente le permite de manera más explícita el control de las instituciones al tiempo que utiliza las manifiestas felonías llevadas a cabo por ellos mismos para descargarlas sobre otros.
Una imbricación en la política del estado que la llevaba a estar presente tanto en las instituciones del estado como en los movimientos contrarios, fuesen de un signo o de otro; así, en 1821 nos encontramos a O’Donnell y a Eroles figurando entre los adalides de la “Regencia de Urgel”, constituida en defensa del altar y del trono, y que sería el apoyo interior a la invasión de los Cien Mil hijos de Sal Luis, para cuya conformación, llegó a tratarse la entrega de parte del Perú a Austria y a Rusia.
No tendría lugar esa felonía… de momento, pero la posición de O’Donnell y de Eroles conllevó que el mando del ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis no recayese en un general español, sino en un masón francés, Luis Antonio de Borbón.
Finalmente, el 3 de abril de 1823 entró el ejército de los Cien mil hijos de San Luis, que se vio reforzado con la actuación de los guerrilleros españoles, que tomaron diversas ciudades, entre ellas Huesca y asediaron Teruel y Zaragoza, mientras otras partidas, como la del cura Merino, asediaban diversas partes del territorio.
Si en el reinado de Fernando VII la masonería ocupaba sectores ligados al monarca, desde su muerte todos los hombres que rodeaban a María Cristina y a la Isabel II contaron con el trabajo de las logias. Así ocurrió cuando la reina mandó avisar a sus partidarios liberales y al infante don Francisco de Paula ante la firma derogatoria de la Pragmática que dejaba a su hija sin el trono. El infante y sus hermanos lograron el destierro de Calomarde, el nombramiento de heredera del trono a favor de la futura Isabel II y la proclamación de María Cristina como Regente del Reino.
Un decreto de amnistía general posibilitó la vuelta de algunos masones emigrados a los que les fueron restituidos los honores de que gozaban anteriormente… y los sueldos no cobrados durante el exilio… Y el reforzamiento de partido liberal.
Tres meses después de iniciadas abiertamente las hostilidades, el 1 de enero de 1834 fue nombrado Espartero comandante general de Vizcaya, en cuyo desempeño fue nombrado mariscal de campo, ejecutando a quién tomaba prisionero. En estas fechas, el ejército liberal tan sólo controlaba las capitales y la prensa liberal jaleaba las victorias de los isabelinos, que siempre culminaban con un baño de sangre.
Todo jefe carlista (y mucho soldado raso) aprehendido sería irremisiblemente fusilado. Como respuesta, Zumalacárregui hizo lo propio con los liberales. Se había llegado a una espiral de violencia gratuita que parecía no tener límites. Así, cuando los apostólicos habían llegado a aplicar los mismos métodos que los liberales, el trato que los liberales daban a los carlistas redoblaba en crueldad, llegando a condenar a muerte a todo individuo que fuese encontrado de noche fuera del camino real, sentencia que se ampliaba a quienes mantuviesen correspondencia con los carlistas… Y más, en otras ocasiones, como en la batalla de Oriamendi, el ejército anglo-liberal, comandado por el general inglés Lacy Evans, ordenó disparar contra los soldados liberales derrotados.
La situación llegó al punto de ser asesinada la madre de Ramón Cabrera, acusada del delito de ser… la madre de Cabrera, y Espartero era el mando supremo del ejército liberal.
En esta situación, Inglaterra vendía armas a los carlistas, mientras prestaba abierto apoyo militar a la causa isabelina con el aporte de 10.000 voluntarios que fueron definidos por Wellington como “la hez de la tierra”.
En medio de esta situación, la masonería seguiría desarrollándose en un caldo de cultivo favorable durante la regencia de María Cristina, en la que las sociedades secretas eran el fiel de la balanza del sistema; así, en agosto de 1836 tuvo ocasión la sublevación de los sargentos de la guardia real, a consecuencia de lo cual la regente Maria Cristina entra en tratos con el aspirante don Carlos con el que conviene la boda de su hijo mayor con Isabel II. Sería la trampa que posibilitaría la derrota final de la primera guerra carlista, cuando en septiembre de 1837 militarmente estaba ganada la guerra por las tropas carlistas.
En 1837, Carlos María Isidro impedía el fin victorioso de la guerra; Cabrera se retiraba a sus dominios en el Maestrazgo, donde fue acosado ya por todo el ejército liberal, mientras Carlos María Isidro nombraba capitán general a Rafael Maroto, que acabaría realizando una componenda con su amigo, y como él “ayacucho”, Baldomero Esapartero.
En 1838, Juan Van Hallen, como capitán general de Aragón, siembra el terror, y en febrero de 1839, Maroto, que ya mostraba actuar de acuerdo con Espartero, fusiló a varios altos mandos militares carlistas, mientras Carlos María Isidro amparaba sus actuaciones.
Tras la derrota de Lucena, infligida por O’Donnell a Cabrera, queda expedito el camino para la componenda entre Maroto y Espartero, celebraba en Vergara el 31 de agosto de 1839. Los ayacuchos revivían Ayacucho quince años después, mientras Cabrera continuaba su actividad, que duró hasta mayo de 1840, con la caída de Morella.
Esas circunstancias ocurrieron tras los sucesos de la Granja, pero tras ellos se movía una nueva sociedad secreta, la “sociedad española de Jovellanos”, entre cuyos objetivos, el cuarto señalaba que era:
Acelerar la cooperación extranjera, conciliando escrupulosamente la dignidad e independencia de España con las leyes de la gratitud y los intereses políticos del Mediodia de Europa. (Pirala 1868 III: 320)
Poco efecto tuvo, en 1846, la publicación de la bula “Qui Pluribus” contra la masonería, que continuaría creciendo en poder contaminando toda la vida social, política, militar, económica de España, que contemplaba impasible la entrega total a los intereses británicos.
Una actividad que no se vio mermada en ningún momento; así, en 1842 se produce una importante protesta en Barcelona contra la reforma arancelaria que amenazaba el monopolio de los productos textiles en España al abrirse los mercados a productos ingleses, que es sofocada con un bombardeo de la ciudad, ordenado por Espartero y llevado a efecto por Juan Van Hallen, dos conspicuos masones.
La conflictividad social seguía, y sólo remitía en tanto en cuanto crecía la conflictividad militar; así desde 1843 no se producen actos reseñables hasta que en 1848, se produjeron en España como en toda Europa, levantamientos, manifestaciones y protestas revolucionarias.
En el caso español se debieron más a la crisis económica con sus secuelas de hambre y miseria, si bien es cierto que los causantes de las mismas, en su versión de progresistas y republicanos (tengamos en cuenta que todos son ramas del mismo árbol, escisiones de partidos precedentes) estuvieron detrás. La respuesta del gobierno, liberal conservador, fue la suspensión de garantías constitucionales, acompañada de una durísima represión que culminó en docenas de fusilamientos.
El fracasado intento revolucionario acentuó la división del Partido Progresista, del cual surgió en 1849 el Partido demócrata.
En 1854, ya con Espartero recalificado, aunque durmiente en Logroño desde 1848, se produjeron estallidos revolucionarios en Barcelona, Valencia, Zaragoza y Madrid en la que fue conocida como “revolución de las barricadas”. En Barcelona se protestaba por la modernización de la industria textil, consiguiendo que fuesen desmontadas varias máquinas de reciente instalación.
La revolución prendió en otras ciudades como Valladolid, y la Reina Isabel II se vio obligada a llamar al general Espartero, quien compartió el poder con el general O’Donnell, en lo que se vino a llamar el Bienio Progresista, dando lugar a la convocatoria de Cortes, que se inauguraron el 8 de noviembre con el objeto de elaborar un nuevo cuerpo constitucional que finalmente sería truncado en septiembre de 1856 cuando Isabel disolvió las cortes, dio el poder al general O’Donnell y restableció la constitución de 1845.
La conflictividad social se generalizaba; en 1861, se sublevaban en Loja los campesinos que tras las desamortizaciones habían devenido en proletarios; una cruel respuesta del gobierno acabó llevando a efecto fusilamientos en masa. Sería el principio de una marcha que resultaría creciente hasta 1868, el año de la Gloriosa.
Pero la masonería aún no había llegado a la cima de su poder. Sería desde 1868 hasta finales del siglo XIX, cuando la masonería alcanzaría el momento álgido de su existencia en la historia de España, dado que a lo largo del sexenio se creó el caldo de cultivo necesario para el desarrollo de sus conspiraciones, siendo que con la llegada de Alfonso XII no sólo no se truncaron las expectativas de los masones españoles sino que, por el contrario, el proceso de crecimiento siguió en aumento alcanzando un notable desarrollo en la década de los ochenta y primeros años de la década de los noventa. (Álvarez 1987: 20)
Siguiendo esa referencia, sería el mes de septiembre de 1868 cuando se consagró el apogeo de la masonería en España. En estos momentos, era el liberalismo radical el arma de combate de estos agentes británicos, que como hemos visto estaban ampliamente implantados entre los grupos militares y civiles más influyentes del país.
Consiguientemente, no es extraño que en el gobierno provisional surgido de la Revolución Gloriosa de 17 de Septiembre de 1868, se encontrasen políticos como Ruiz Zorrilla, Sagasta, Serrano, Topete, Prim (grado 18 Rosacruz), Mendizabal, Argüelles, Cea Bermúdez , Martínez de la Rosa, Claudio Moyano, Manuel Becerra, generales como Espoz y Mina, Castaños, Méndez Núñez, Riego, y científicos y hombres de letras como Ramón y Cajal, Echegaray, Esporonceda, Larra, Quintana, Lista, Núñez de Arce… Parece evidente que el triunfo del golpe de estado que llevó a la Revolución del 68, se debió en gran medida a los grupos masónicos, que como consecuencia posibilitará el fortalecimiento del control británico sobre España, gracias al control masónico del sexenio revolucionario.
Durante el Sexenio Revolucionario, los masones abandonaron su secretismo; eran públicamente conocidos, siendo que el 1 de mayo de 1871 comenzó a publicarse el Boletín Oficial del Gran Oriente de España y al año siguiente veía la luz el Diccionario Masónico de bolsillo, de Pertusa. En esta última obra se decía que la francmasonería era: una asociación de hombres libres y de buenas costumbres, que tiene por único y exclusivo objetivo el mejoramiento social de la humanidad.
Con una manifiesta y pública intervención en la política nacional, terreno en el que la estructura estaba diseñada para el ascenso de los masones en todos los campos de la administración.
La situación era de tal calibre que en la masonería militó todo tipo de personas, incluso honestas, como es el caso de Isaac Peral, pero el dominio de todas las estructuras era tan manifiesto que permitía la vulgarización de la militancia masónica, siendo que hubo quién en tres días alcanzó el grado 33, aún desconociendo qué era la masonería.
El 11 de febrero de 1873 abdicaba el masón Amadeo de Saboya, dos años, un mes y nueve días después de ser coronado, se proclamaba la primera república y tenía lugar el movimiento cantonalista, un sainete sangriento que se desarrolló en medio de la tercera guerra carlista.
Ya con la monarquía reinstaurada en la cabeza de Alfonso XII, Práxedes Mateo Sagasta fue el Gran Maestre y Soberano Comendador del Gran Oriente de España de 1876 a 1881, cuando fue relevado por Antonio Romero Ortiz, hermano Fraternidad, ministro de Ultramar durante los gabinetes de Zabala y de Sagasta. Le sustituyó hasta 1886 el ministro de Ultramar con Sagasta, Manuel Becerra, también masón grado 33, de nombre simbólico Fortaleza.
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