El motín de Aranjuez es la culminación de un prolongado proceso de descomposición de la casa real Borbón, que tiene su primera explosión en 1807, cuando es descubierto el conocido como “Complot de El Escorial” o “Conspiración de El Escorial”, intentona fallida de golpe de estado encabezada por el entonces Príncipe de Asturias, Fernando de Borbón, cuyo propósito era el derrocamiento del valido Manuel Godoy, lo que comportaba ejercer violencia sobre la propia madre de Fernando, la Reina María Luisa de Parma, supuestamente relacionada en concubinato con el valido.
La conspiración comenzó a fraguarse durante el mes de marzo de 1807, cuando tras la muerte de Maria Antonia de Nápoles, primera esposa del príncipe de Asturias, y a instancias de su educador y hombre de confianza, Juan Escoiquiz, decidió tomar parte directa en la política, espoleado por los escándalos protagonizados por el valido que con tanta complacencia eran observados por los reyes.
Godoy, que llevaba un tiempo nadando entre dos aguas, bailando las gracias a Napoleón al tiempo que se las bailaba a Inglaterra, veía cómo Inglaterra llevaba a efecto actuaciones piráticas contra barcos españoles y acometía invasiones en el Río de la Plata, y veía cómo se enturbiaban sus relaciones con el embajador francés François Beauharnais, cuñado de Napoleón, que estaba marcando los tiempos en el asunto pasó lo que se llama hoy el proceso o conspiración de El Escorial.
La conspiración, que llegó a ser descubierta el 27 de Octubre de 1807, el mismo día en que se firmaba el tratado de Fontainebleau, tuvo lugar en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde la familia real se encontraba en un momento que era sentido como crucial por quienes estaban al tanto de los acontecimientos, y es que España se encontraba desarmada tras el desastre del 21 de octubre de 1805 en Trafalgar, que se había completado en abril de 1807 con el envío de la expedición militar que, al mando del marqués de la Romana, debía defender los intereses de Francia en Jutlandia.
Con sus mejores soldados atendiendo los intereses de Napoleón, al ser firmado el tratado de Fontainebleau, podía considerarse que España estaba virtualmente invadida. Sólo era menester tomar físicamente el poder, algo que, dadas las circunstancia, era entendido como mero protocolo por parte de la corte imperial francesa.
Sin embargo, no podía actuar tan a la ligera dado que la familia real española, y con ella el pueblo español, creía en la lealtad de Napoleón, por lo que éste, no pudiendo aventar del trono a los reyes sin levantar preocupación popular, debía sembrar la cizaña en la familia real, y de sembrador nombraría embajador a su cuñado, François de Beauharnais, quién se coordinó con Juan de Escoiquiz para mantener viva y creciente la tensión que ya estaba naturalizada en la familia real, y que fue esencial para derrocarla.
Probablemente, la conspiración estaba conformada por una madeja de conspiraciones subordinadas; probablemente Escoiquiz, que había abandonado la tradición familiar y se hizo religioso en lugar de militar, pensaba que si posibilitaba la ascensión de Fernando VII al trono, él iba a poder ser el alter-ego de Godoy. Por lo tanto, al ver que Beauharnais mantenía posiciones manifiestamente encontradas con el príncipe de la Paz, animó a Fernando VII a relacionarse con el embajador francés con vistas a alcanzar una alianza con Napoleón que comportase la caída de Godoy.
Pero no queda claro quién estaba más interesado en establecer esa relación, porque el seductor Beauharnais propuso la boda del príncipe Fernando con una princesa francesa; para la ocasión, la señorita Tascher de la Pagerie, prima de la emperatriz.
El 26 de septiembre de 1807, el príncipe de Asturias, sin haber comentado nada a Carlos IV, pedía a Napoleón que eligiese una esposa para él, que por su parte se comprometía a hacer todo lo que quisiera Napoleón, y se negaba a aceptar esposa que no fuese propuesta por él. La existencia de esta carta fue reiteradamente negada por Napoleón durante un tiempo.
Pero además, no fue esta la única carta que escribió a Napoleón, a quién mantenía al corriente de los sucesos de la Corte, siendo que además era conocedor de las artimañas desarrolladas junto a Juan de Escoiquiz y al embajador francés, todo lo cual daba a entender que aprobaba los movimientos en contra de Godoy, siendo que el mismo embajador le había reiterado, que caso de continuar Godoy en el mando era irremediable el enfrentamiento bélico con Francia.
Las comunicaciones existentes entre el embajador francés, el príncipe Fernando y Escoiquiz fueron finalmente descubiertas durante la estancia de la familia real en el Escorial, lo que dio su nombre a la conspiración, cuyo eje principal sería la carta del príncipe de Asturias a Napoleón fechada el 11 de octubre de 1807 en la que decía:
Si los hombres que le rodean aquí le dejaran conocer a fondo el carácter de V.M.I. y R., como yo lo conozco, ¡con qué ardor no desearía mi padre estrechar los nudos que deben unir nuestras dos naciones! ¿Y habría medio más proporcionado que rogar a V.M.I y R. el honor de que me concediera por esposa alguna princesa de su augusta familia? Este es el deseo unánime de todos los vasallos de mi padre, y no dudo que también el suyo mismo (a pesar de los esfuerzos de un corto número de malévolos), así que sepa las intenciones de S.M.I. y R. Esto es cuanto mi corazón apetece; pero no sucediendo así a los egoístas pérfidos que rodean a mi padre y que pueden sorprenderle en un primer momento, estoy lleno de temores…/… Imploro pues con la mayor confianza la protección personal de V.M., a fin de que, no solamente se digne concederme el honor de aliarme a su familia, sino también de allanar todas las dificultades y hacer desparecer todos los obstáculos que puedan oponerse a este único objeto de mis deseos…/… Este esfuerzo de bondad de parte de V.M.I es tanto más necesario para mí, cuanto que yo no puedo hacer ninguno de mi parte, atendido que se podría hacer pasar por un insulto a la autoridad paternal, y que a mí no me queda sino un solo medio, que será el de rehusar, como lo haré con una constancia invencible, el casarme con ninguna otra persona que la que fuere, sin el consentimiento y aprobación positiva de V.M.I. y R., de quien yo espero únicamente la elección de esposa para mí
Y el descubrimiento pasa por haber sido casual, al haber sido advertido Carlos IV mediante una nota anónima que encontró en su escritorio el 27 de Octubre de 1807. En ella se informaba que el príncipe Fernando preparaba un movimiento en el que corría peligro tanto la corona del propio Carlos IV como la vida de su esposa María Luisa.
Este anónimo, que Godoy cita en sus memorias, le fue atribuido a él mismo, y rezaba como sigue:
El príncipe Fernando prepara un movimiento en el palacio: la corona de V. M. peligra: la reina María Luisa corre riesgo de morir envenenada: urge impedir tales intentos sin dejar perder los instantes: el vasallo fiel que da este aviso no se encuentra en posición ni en circunstancias para poder cumplir de otra manera sus deberes.
Cundió la alarma, e inmediatamente se traslado Carlos IV a las estancias de su hijo Fernando con la firme idea de llevar a cabo una investigación que diese luz a las dudas creadas por el anónimo. Efectivamente se encontraron los documentos inculpatorios, que proponían lo que había sido ya referido y la puesta en prisión de Godoy una vez fuese nombrado Fernando miembro del gobierno con mando en tropas, lo que comportó el arresto de Fernando que fue acusado de traición al mostrarse incapaz de dar explicaciones.
Al siguiente día, 28 de octubre, y mientras las tropas francesas avanzaban por España, ya al amparo del Tratado de Fontainebleau, Godoy ordenaba el arresto del Príncipe de Asturias, al tiempo que escribía a su embajador especial en Francia, Eugenio Izquierdo, señalando a Juan Escoiquiz como autor material de la conspiración, en la que también estaban implicados el duque del Infantado, el conde de Orgaz, el marqués de Ayerbe, y otros personajes de la camarilla del príncipe.
Todos serían sometidos a un remedo de juicio en el que resultaron absueltos de todas las acusaciones, pero el arresto a que había sido sometido el príncipe fue ratificado por el propio rey. (Ver anexo)
El gobernador interino del consejo don Arias Antonio Mons Velarde ejercería de juez instructor, que procedió a tomar declaración en primer lugar al príncipe de Asturias en presencia de Carlos IV acompañado de sus ministros.
Fernando se mostró humillado ante las preguntas que le formulaba su propio padre, intentó ocultar lo que conocía, pero finalmente citó uno a uno a sus cómplices, a quienes inculpó de todo; los declaró instigadores de la conjura y denunció que hacía más de cuatro años que se había resistido a sus incitaciones; remarcaba que los únicos culpables de aquella situación eran ellos, pero que el embajador francés era inocente de todo, que le daba amparo y que el emperador estaba dispuesto a enviar sus tropas para sostenerle si se encontraba amenazado. Y se excusó personalmente diciendo que había creído lo que le habían dicho, muy en concreto sobre las aspiraciones de Godoy al trono y el peligro que corría el rey de perder la amistad de Bonaparte si aquel continuaba en su puesto, lo que podía acarrear la definitiva pérdida de la corona.
Godoy relata en sus memorias que el lamento continuo del rey por la situación le hacía preguntarse qué dirían de él sus súbditos si finalmente perdonaba las culpas de su hijo.
El drama en la corte se completaba con los lamentos de la madre, que pronto unió sus esfuerzos a los de Godoy para cortar aquel proceso que sería cancelado por Carlos IV quién, afirmando que:
Ni como rey ni como padre podría yo perdonarle sin faltar á mis deberes y exponerme al menosprecio.
Pero al final todo sería allanado cuando Godoy se presentó ante el delincuente con dos cartas que debía firmar pidiendo disculpas a su madre y a su padre.
El todopoderoso Godoy creía tener la situación controlada por su mano y se lo expuso en la intimidad a Fernando que, según relata el propio Godoy, acabó en sus brazos llorando mientras le decía:
Manuel mío, yo te quería llamar, ya iba a llamarte... me han engañado y me han perdido esos bribones... nada he guardado en contra tuya... yo quiero ser tu amigo... tú me podrás sacar de esta aflicción en que me encuentro.
Lejos de procurar la salvaguarda de sus cómplices, Fernando los denostó cargando sobre ellos todas las culpas, y si no era cierto que Godoy controlase la situación, sí quedó manifiesto que controlaba a la familia real. Sólo él pudo reconducir la situación, aunque la situación volviese a descontrolarse ocho días más tarde; así, si el odio que Fernando sentía por Godoy se convirtió en lágrimas y bálsamo, el desprecio de Godoy por el Príncipe de Asturias se plasmó en condescendencia, y el resultado final fue la firma de sendas cartas de Fernando a Carlos y a su padre y a su madre propias de un niño de diez años.
Decía a Carlos IV:
Papá mío: he delinquido, he faltado á V. M. como rey y como padre; pero me arrepiento y ofrezco á V. M. la obediencia prendido. He delatado á los culpables y pido á V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies á su reconocido hijo - FERNANDO.
Y a su madre María Luisa:
Mamá mía: estoy muy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis padres y reyes, y así con la mayor humildad le pido á V. M. se digne interceder con papá para que permita ir á besar sus reales pies á su reconocido hijo - FERNANDO.
Cartas ambas cuya redacción fue atribuida a Godoy, pero que él mismo denuncia que no es cierto.
El rey Carlos IV, el 8 de noviembre de 1807 perdonó a su hijo. En once días habían dado por zanjado un asunto que en otras circunstancias hubiese comportado la pena de muerte para varios de los implicados.
Pero la casa real seguía errando el tiro, porque ese mismo día escribía Carlos IV una carta a Napoleón en la que se quejaba enérgicamente de la actuación desarrollada por el embajador Beauharnais, señalándolo como culpable de la actuación de su hijo, y sin tener en cuenta que era el único miembro de la conjura que había sido exculpado por el príncipe Fernando, y le pedía explicaciones.
El embajador, el príncipe de Maserano, hubo de afrontar las iras de Bonaparte cuando el once de noviembre cumplía el encargo de presentarle el escrito de Carlos IV.
Fue tal la irritación de Napoleón que según declararon sus más allegados, jamás lo habían visto tan violento. Le dijo a Maserano que el escrito lo tomaba como la más grave ofensa que había recibido, por lo que se hallaba tentado de declarar la guerra a España.
Acto seguido Maserano puso a salvo los documentos existentes en la delegación diplomática, temiendo ser arrestado en cualquier momento.
Una semana más tarde parecían estar sosegados los ánimos, por lo que el 18 de noviembre, Carlos IV procuraba recuperar la normalidad en las relaciones con Francia, que por otra parte ya tenía sus ejércitos diseminados por España, y enviaba una nueva carta a Napoleón en la que daba su consentimiento a la prevista unión matrimonial del príncipe Fernando con una princesa de la familia imperial francesa.
Lo más curioso es que, a pesar de haber sido descubierta la conspiración y a pesar de haber sido detenidos todos los implicados, el Príncipe Fernando salió fortalecido en el ámbito de la casa real al ser considerado utilizado por elementos ajenos a sus intereses, al tiempo que gran parte del pueblo lo consideraba víctima de la ambición de su madre y de Manuel Godoy.
Y es que este perdón fue un aldabonazo clave en la escalada de tensión política que vivía España, que a principio de 1808 se manifestaba en la corte con el enfrentamiento del bando de “la santísima Trinidad” compuesto por los reyes y su valido Godoy, y el bando del príncipe de Asturias constituido en la conocida como camarilla, que estaba compuesta por los mismos que habían sido “perseguidos” con motivo de los hechos de El Escorial. Juan de Escoiquiz y el grupo de nobles conocido como la «camarilla» seguía pretendiendo la abdicación de Carlos IV.
En febrero de 1808 España llevaba tres meses bajo control del ejército francés, y es en este momento cuando Murat, duque de Berg, fue nombrado lugarteniente de Napoleón en España. El 4 de Marzo, y de la mano de Murat, entró Fernando VII en Madrid en medio de expresiones de júbilo y de protesta alternativamente referidas a su presencia y a la presencia de Murat. Mientras, y por orden de Godoy, el general Castaños organizaba un ejército para hacer frente a la invasión.
Y es que se había dado cuenta que efectivamente se trataba de una invasión; así, el 9 de febrero de 1808 escribía a Eugenio Izquierdo, su particular embajador en París, informándole de la situación del reino, y en la misma señala la evidencia de que el ejército francés ocupa el territorio al tiempo que Napoleón reclama lo que queda de las maltrechas escuadras, y se pregunta en qué parará esa situación.
No le faltaba información a Godoy; las tropas francesas tomaban las grandes ciudades, y finalmente la población también se dio cuenta que ese ejército amigo se excedía lo indecible en lo tocante a la confianza; tanto que más que ejército amigo daba la sensación de ser un ejército invasor. Fue esa desconfianza la que dio lugar al motín de Aranjuez, que perseguía la destitución de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando, en el que misteriosamente trasladaba la confianza que hasta el momento tenía depositada en las tropas francesas.
La situación de España era, más que conflictiva, explosiva, y la familia real, atizada por Godoy, en cuyo empeño animaba subrepticiamente Napoleón con la idea de minar todavía más la deteriorada ascendencia de la monarquía borbónica sobre el pueblo español, estaba buscando la forma de, siguiendo el camino marcado por la familia real portuguesa, que había hecho lo propio el 27 de noviembre anterior, marcharse a América, desde donde supuestamente harían frente a la que, hasta para la casa real era ya manifiesta invasión francesa.
Esa huía de la familia real, Godoy incluido, tuvo una primera escala en el Real Sitio de Aranjuez, en el camino que habían emprendido para llegar a Sevilla donde embarcarían para América. El domingo 13 de marzo de 1808 tuvo lugar un sarao al que acudieron diversas personalidades; Carlos IV, la reina, Godoy y varios ministros.
Fue en esa ocasión cuando Godoy ordenó al ministro de Gracia y Justicia la preparación del viaje de los reyes a Sevilla, supuestamente para desplazarse a América huyendo de Napoleón, a lo que éste respondió que si la familia real emprendía el viaje, estaba expuesta a perder el reino, pues debía aguardar a Napoleón, o salirle al encuentro.
En esos mismos momentos estaban las sociedades secretas organizando un motín popular que, triunfando, acabó truncando el proyecto de huída, que coincidiendo o no con la voluntad de Napoleón, era atendido como conveniente por algunos sectores sociales; el problema era que la propuesta había salido de la persona más despreciada del reino: Manuel Godoy.
El motín que vivió Madrid ese día fue creciendo en intensidad con las horas, hasta que explotó por la tarde en un importante tumulto al grito de Viva el Rey y muera el traidor Godoy.
Paralelamente, y siguiendo el plan marcado por Napoleón de cara a precipitar el autoexilio de la familia real, Murat marchaba con su ejército en dirección a Madrid mientras Dupont, marchaba a ocupar Segovia y el Escorial, pero Fernando lo aprovecho para conseguir su objetivo de coronarse rey, convencido como estaba que esa era la función que estaban llevando a cabo los ejércitos franceses, a tenor de las conversaciones tenidas con el embajador francés.
Y la multitud se soliviantó la tarde noche del 16 de marzo reclamando protagonismo para el príncipe de Asturias, y al crecer la movilización, Godoy se acercó al palacio para informar de la situación a Carlos IV, pero éste lo despachó y pretendió tranquilizarlo diciéndole: «duerme en paz esta noche, Manuel mío, yo soy tu escudo y lo seré toda la vida».
Pero el malestar social tenía otros extremos que es conveniente señalar; existía una grave crisis económica que tenía reflejo en reformas fiscales y agrarias cuyas características eminentemente ilustradas resultaban altamente perjudiciales para la población. Esa situación no tardó en derivar en un rechazo al Gobierno que se mostraba presente en todos los sectores sociales, desde la nobleza hasta el mundo agrario pasando por los estamentos puramente ilustrados como la burguesía, y por supuesto en la Iglesia como respuesta por los continuos agravios manifestados especialmente en los procesos de desamortización iniciados por Godoy.
Todos los sectores sociales identificaban a Godoy con el enemigo a batir, y todos se aferraron al príncipe Fernando como esperanza de regeneración.
Con esta situación anímica era evidente que el optimismo del rey era pura utopía, que como tal desapareció al amanecer el día 17 cuando una muchedumbre se encaminaba hacia el palacio Real y hacia el palacio de Godoy. El principal muñidor del mismo no era otro que Eugenio Palafox, conde de Montijo, por otro nombre conocido como «tío Perico» que era destacado miembro de la masonería.
La consigna que movilizaba a las turbas era: “Viva el Rey, y venga a tierra la cabeza de Godoy”. Todos eran conocedores del plan de huída de la casa real, y se corrió la voz que el momento de partida sería la media noche, lo que provocó concentraciones permanentes. Ya en la mañana del día 17, 4000 infantes formaban en palacio, y Carlos IV, ante la agitación general emitió un comunicado:
Amados vasallos míos: Vuestra noble agitación en estas circunstancias es un nuevo testimonio que me asegura de los sentimientos de vuestro corazón, y Yo que qual Padre tierno os amo, me apresuro a consolaros en la actual angustia que os oprime. Respirad tranquilos: sabed que el ejército de mi caro aliado el Emperador de los Franceses atraviesa mi Reino con ideas de paz y de amistad. Su objeto es trasladarse à los puntos que amenaza el riesgo de algún desembarco del enemigo; y que la reunión de los cuerpos de mi guardia ni tiene el objeto de defender mi persona, ni acompañarme en un viaje que la malicia os ha hecho suponer como preciso. Rodeado de la acendrada lealtad de mis vasallos amados, de la cual tengo tan irrefragables pruebas, ¿qué puedo Yo temer? Y cuando la necesidad urgente lo exigiese, ¿podría dudar de las fuerzas que sus pechos generosos me ofrecerían? No: esta urgencia no la verán mis pueblos. Españoles, tranquilizad vuestro espíritu: conducíos como hasta aquí con las tropas del aliado de vuestro buen Rey; y veréis en breves días restablecida la paz de vuestros corazones, y a mi gozando la que el Cielo me dispensa en el seno de mi familia y vuestro amor. Dado en mi Palacio Real de Aranjuez à 16 de Marzo de 1808. = YO EL REY. A D. Pedro Cevallos.
El día 18 la multitud asaltó el palacio de Godoy, destrozando y quemando todo lo que encontraba a su paso, y siempre en busca de Manuel Godoy, que se ocultó dentro del mismo palacio consiguiendo esquivar las pesquisas de quienes querían ser sus verdugos. Sí fue localizada su mujer, Pepita Tudó, que se arrodilló pidiendo misericordia; las turbas la llevaron a palacio mientras destrozaban todos los enseres. Luego llegaría el turno de la casa de su hermano Diego Godoy; la de su Madre; la de Juan Espinosa, responsable de la política financiera; la del Tesorero general, Antonio Noriega de Bada; la del marqués de Branciforte, su cuñado, y otras. También fue incendiada la iglesia de San Juan de Dios, que ostentaba un retrato del valido.
Impelido por la sed, finalmente salió Godoy de su escondite el día 19, siendo conducido por un piquete de Guardias de Corps, protegido por el cuerpo de los caballos mientras la muchedumbre que lo rodeaba pedía su cabeza y alguno conseguía agredirle con un palo, con una piedra y hasta con una navaja. Fue salvado por la intervención del príncipe Fernando, que lo estimó más valioso con vida para poder negociar con su padre. Posteriormente, protegido por Murat fue enviado a Bayona, donde se reunió con la familia real en pleno.
Las turbas, a lo largo del día siguieron menudeando la casa de Godoy, gritando vivas al Rey y mueras al Príncipe de la Paz; por la noche se gritaba en las calles: «muera Godoy por traidor y ladrón y que le traigan a Madrid, para ponerlo en un palo». Los desórdenes seguirían a la mañana siguiente, y en días sucesivos.
Ya en la mañana del día 19, el pueblo reclamaba la presencia del rey, pero en su lugar salió el Príncipe de Asturias, y les aseguró que su papá se hallaba desazonado, por cuyo motivo no salía, y entre vítores se retiró el Príncipe.
De buena mañana salió al balcón la familia real al completo, y Carlos IV comunicó que Manuel Godoy había sido destituido, y el estallido de alegría se produjo a media tarde cuando Carlos IV comunicaba su abdicación e favor de su hijo, ya Fernando VII. Las multitudes lo aclamaron como a gran caudillo, y siempre a la sombra se encontraba el embajador de Francia, François de Beauharnais.
Carlos IV emitía un comunicado trascendental que decía:
Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en clima más templado de la tranquilidad de la vida privada; he determinado después de la más seria deliberaci6n, abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el PRÍNCIPE DE ASTURIAS. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como Rey y señor natural de todos mis reinos y dominios. Y para que este mi real decreto de libre y espontanea abdicación tenga su exacto y debido cumplimiento, lo comunicaréis al consejo y demás a quien corresponda. Dado en Aranjuez a 19 de marzo de 1808. =YO EL REY.= A D. Pedro Cevallos.
También el 19 de Marzo, mientras el mariscal Murat tomaba Madrid y la ciudad era ocupada por los soldados franceses al tiempo que el propio Fernando era embaucado para que por su propia voluntad acudiese a Bayona para ser humillado junto a sus padres y hermanos por parte de Napoleón.
Fernando VII fue entonces declarado rey de España, cuyo título fue reconocido oficialmente como tal por todos los Estados europeos… menos por Francia. Y es que Napoleón tenía otros planes que si no los declaraba, los apuntaba por carta al Gran duque de Berg señalando que:
Usted Tiene que decir al señor Beauharnais que deseo que intervenga y que este tema sea adormecido. Hasta que el nuevo rey sea reconocido por mí mismo, deberá actuar como si el antiguo rey todavía reinara; deberá esperar para esto mis órdenes. Como ya lo he pedido, mantenga en Madrid la policía y el buen orden, impida todo armamento extraordinario. Emplea a todo esto el señor Beauharnais hasta mi llegada, que tiene que declarar inminente.
Y ya en la normalidad de la ocupación, el Ayuntamiento de Madrid convocaba pleno extraordinario el día 21 a fin de recibir la comunicación oficial de la abdicación de Carlos IV y la coronación de Fernando VII, que entraba en Madrid en medio dxe un caluroso recibimiento. Mientras, Carlos IV emitía un nuevo comunicado desdiciéndose a sí mismo en relación a la abdicación del día 19:
Protesto y declaro que todo lo que manifiesto en mi decreto del 19 de marzo abdicando la corona en mi hijo, fue forzado por precaver mayores males, y la efusi6n de sangre de mis queridos vasallos y por tanto de ningún valor. =YO EL REY.=
Como consecuencia de esa proclama, Carlos IV afirma que la renuncia al trono es nula, por lo que inicia negociaciones con Napoleón, a quién le ofrece la transmisión de esos derechos a cambio 30 millones de reales anuales y asilo polí¬tico en Francia para él, su mujer y Manuel Godoy.
Señala Godoy en sus memorias que el ministro de la justicia, custodio de las leyes, “fue quien obligó con fieros y amenazas al consejo supremo de Castilla a registrar y publicar la abdicación de Carlos IV hecha en el ruido de un tumulto, sin permitir a aquel consejo ni aun oír a sus fiscales sobre un acto de tan grave trascendencia.
Y todos se mostraban ajenos a la realidad que tenían a la puerta de su casa, que presentaba una dominación extranjera. Había sectores que sufrían al comprobar la quiebra del orden establecido, y poco más, siendo que como de momento los saqueos sólo afectaban a al entorno de Godoy no sentían mayor preocupación, y hasta la gente empezó a demostrar entusiasmo por el cambio de monarca y de gobierno. Un autor anónimo escribía el día del cese de Godoy por Carlos IV que:
Hemos tenido 6 u 8 días de la mayor consternación, pero se pueden dar por muy bien empleados a trueque de lograr uno como el de hoy, de un regocijo tan universal
La impopularidad de Godoy era tan desmesurada, que todos celebraron su caída sin pensar en nada más que en el muy hispánico levantamiento contra el mal gobierno, que no contra el rey, y todos entendían los acontecimientos de Aranjuez como un gran beneficio para la Patria, dando lugar a actos populares y actos litúrgicos en acción de gracias a San José porque en su día se obtuvo la victoria sobre la tiranía de Godoy.
El sentimiento popular en relación al motín de Aranjuez fue de tal calibre que recién iniciado el levantamiento del dos de mayo, no era esa la fecha objeto de conmemoración, sino el 19 de marzo
Vicente Labaig, sacerdote que destacaría en Valencia en su lucha contra el invasor, utilizaba una cita bíblica para ensalzar la fecha del 19 de marzo: «El día de la victoria celebrada con esta festividad, será recibido en el número de nuestros días santos desde aquel tiempo hasta los días últimos»
Y entre el pueblo corría la voz que afirmaba que en acción de gracias por el motín de Aranjuez se pensaba erigir una colegiata que recordase en los tiempos venideros la grandeza de lo acontecido el 19 de marzo de 1808, en un entorno que debía ser renombrado como “Real Sitio de San José” porque ese día se liberó España de la tiranía a la que había estado sometida por Manuel Godoy.
ANEXOS:
Anexo 1.- Decreto de arresto del Príncipe de Asturias: Dios, que vela sobre las criaturas, no permite la ejecución de hechos atroces cuando las víctimas son inocentes. Así me ha libra do su omnipotencia de la más inaudita catástrofe. Mi pueblo, mis vasallos todos conocen muy bien mi cristiandad mis costumbres arregladas; todos me aman de todos recibo pruebas de veneración, cual exige el respeto de un padre amante de sus hijos. Vivía yo persuadido de esta verdad, cuando una mano desconocida me enseña descubre el más enorme más inaudito plan que se trazaba en mi mismo palacio contra mi persona. La vida mía que tantas veces ha estado en riesgo, era ya una carga para mi sucesor, que preocupado, obcecado enajenado de todos los principios de cristiandad que le enseñó mi paternal cuidado amor, había admitido un plan para destronarme. Entonces yo quise indagar por mí la verdad del hecho, sorprendiéndolo en su mismo cuarto, hallé en su poder la cifra de inteligencia instrucciones que recibía de los malvados. Convoqué al examen al gobernador interino de mi Consejo, para que asociado con otros ministros practicasen las diligencias de indagación. Todo se hizo y de ella resultan varios reos, cuya prisión he decretado, así como el arresto de mi hijo en su habitación. Esta pena quedaba las muchas que me afligen; pero así como es la más doloroso, es también la más importante de purgar; interín mando publicar el resultado, no quiero dejar de manifestar mis vasallos mi disgusto, que será menor con las muestras de su lealtad. Tendréislo entendido para que se circule en la forma conveniente. En San Lorenzo, 30 de octubre de 1807.
Anexo 2.- Carta sin fecha del Rey Carlos IV. A S. M. el Emperador Napoleón : "Hermano y Señor:-V. M. sabrá ya con sentimiento el suceso de Aranjuez y sus resultas, y no dejará de ver sin algún tanto de interés a un Rey, que, forzado á abdicar la corona, se echa en los brazos de un Gran Monarca, su Aliado, poniéndose en todo y por todo á su disposición, pues que es el único, que puede hacer su dicha, la de toda su Familia, y la de sus fieles y amados Vasallos. Yo no he declarado la renuncia de mi diadema á favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, y quando el ruido de las armas y el clamor de una guardia sublevada me daban bastantemente a conocer, que era preciso escoger entre la vida o la muerte de la Reyna. Heme visto obligado a abdicar, pero seguro en el día y lleno de confianza en la magnanimidad y genio del grande Hombre, que siempre se ha manifestado mi amigo, he tomado la resolución de dejar a su arbitrio lo que se sirviese hacer de nosotros, mi suerte, la de la Reyna, y la del Príncipe de la Paz. Dirijo á V. M. I. y R. una protesta contra el acontecimiento de Aranjuez, y contra mi abdicación. Me pongo y confío enteramente en el corazón y amistad de V. M. I. Con esto ruego á Dios que os mantenga en su santa, y digna guardia. Hermano y Señor de V. M. I. y R. su " afectísimo hermano y amigo Carlos.
Anexo 3.- Protesta de Carlos IV. Protexto, y declaro que todo lo que manifiesto en mi decreto de 19 de Marzo, abdicando la corona en mi Hijo, fue forzado por precaver mayores males, y la efusión de sangre de mis queridos Vasallos, y por tanto de ningún valor. Aranjuez y Marzo 21 de 1808. Yo el Rey.
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