viernes, 25 de septiembre de 2015

La caída del Imperio Romano (texto completo)

EL REINO VISIGODO: TRES SIGLOS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA
Cesáreo Jarabo

(Primera parte de Historia de la España musulmana)
Este texto no tiene grandes pretensiones; se limita a hacer un viaje, muy por encima, de la parte que nos interesa de la historia de España.



Para analizar la invasión árabe comenzaremos el estudio de la realidad española que dio lugar a esa situación haciendo una introducción a la historia del pueblo español (hispano romano y visigodo), desde la formación del reino visigodo, obviando, por motivos del estudio, las etapas anteriores y los motivos que propiciaron la conquista por parte del pueblo godo, y marcando aún más por encima las invasiones protagonizadas por los suevos, vándalos y alanos.
Todos eran conocidos en el imperio romano como germánicos, aunque la extracción de todos ellos era diversa, y todos eran conocidos como “bárbaros”, significando originariamente sencillamente “extranjero”. El tono peyorativo que hoy tiene la palabra, sin suda fue conseguido por la propia actuación de los bárbaros, que en no pocas ocasiones eran sencillamente la negación de la civilización.
Roma temía invasiones procedentes de la frontera septentrional del imperio; por ello Roma dedicó grandes esfuerzos a consolidar la frontera, anexionándose las Galias e iniciando una campaña que, por el asesinato de Julio César no pudo dar fin a la conquista total de Germania. Augusto abandonó la campaña, y ello, a la larga, posibilitaría las asonadas de los siglos posteriores.
El año 409, tras haber atravesado el Rin, llegaron a los Pirineos y entraron en España tropas bárbaras, suevos, vándalos y alanos, encontrando franca la entrada gracias al apoyo de de Constantino III, emperador ful que se había adueñado de parte de la Galia y de Hispania.
Los vándalos procedían de las orillas del Báltico. Los suevos procedían del Danubio y del Elba, y los alanos procedían del mar Caspio. De entre todos, éstos eran los más bárbaros; adoraban un sable clavado en el suelo y llevaban cráneos humanos como adorno de sus monturas. Todos adoraban a Odín.
Los Vándalos se instalaron en la Bética romana, antigua Turdetania (que comprendía también el norte de África),, y dieron nombre a la tierra que ocuparon: Vandalusía (Andalucía); los suevos se instalaron en la zona de Galicia .
De los Alanos se dice que no conocían la agricultura, y que su vivienda era un carro en el que recorrían grandes distancias aprovechando los pastos para alimentar a sus caballos.
El pueblo godo tiene su origen histórico en las tierras del Sur de lo que hoy es Suecia; posiblemente en Götaland, aunque historiadores del siglo XXI afirman que no eran una raza nórdica, sino un conglomerado de razas que se llevó a efecto en los Balcanes . Su lengua, hasta donde se sabe de ella, entronca con el germano antiguo y posiblemente tuviera la misma raíz. No se sabe con certeza en qué época los godos se diferenciaron de otros pueblos nórdicos vecinos de ellos, tales como gépidos, jutos, etc. Por ello no es posible trazar con total exactitud las raíces de los godos hasta su primer origen.

Lo que sí es cierto es que los godos entran en la historia cuando autores romanos los mencionan como habitantes de las costas bálticas de los que hoy es Alemania y Polonia ya en el siglo I d.C. Su migración desde Escandinavia no puede ser datada con precisión aunque se suele aceptar la primera mitad de ese siglo como fecha aproximada.

Durante el siglo I d.C. se instalan en las costas y territorios adyacentes del norte de las actuales Alemania y Polonia, se mueven hacia el Mar Negro durante el siglo II d.C, enfrentándose a los diferentes pueblos bárbaros del este de Europa, especialmente a los sármatas, para asentarse a principios del siglo III d.C. al norte y noroeste del Mar Negro, formando una coalición con los sármatas. Es probable que la diferencia entre visigodos y ostrogodos provenga de esta época.

A partir del año 270, el conjunto de los territorios visigodos y ostrogodos se denominará Gothia y el emperador Aureliano les reconoce la posesión de esos territorios al mismo tiempo que ordena la retirada del ejército y la administración romana de Dacia en el 271,
por intereses propios y del Imperio Romano, cuyos ciudadanos habían perdido el espíritu militar que lo hizo posible y paulatinamente fueron conquistando puestos de preeminencia, hasta que finalmente pasaron a apoderarse del imperio de Occidente.

Hay grandes diferencias entre suevos-vándalos-alanos y los godos, ya que entre aquellos la mujer era la esclava y no la compañera del hombre; los romanos la consideraban “hija de familia”. Los godos se encontraban a medio camino de unos y otros.

La crisis sufrida por el Imperio era evidente en lo moral, en lo patriótico, y también en lo económico. Se produjo déficit en la balanza de pagos y el Imperio debía pagar sus importaciones con oro, del que carecía, por lo que ya en tiempos de Nerón se produjo una devaluación el año 64, que se iría repitiendo sucesivamente, llevando al denario de plata a un  descenso de peso y de ley que en el segundo siglo de nuestra era llegó al 70%. La crisis afectó a todos los sectores económicos, pero se inició en el sector agrícola, que en el siglo III derivaría en economía autárquica . En líneas generales, los productos que dominaron en la agricultura española posterior al siglo V fueron, al igual que en las épocas precedentes, los de la trilogía mediterránea (trigo, vid y olivo) y los de huerta. Y en cuanto a otros aspectos de la economía,  San Isidoro habla de la explotación de placeres auríferos cerca de Toledo. Se sabe también que continuó la explotación de las minas de mercurio de Almadén, y de otras menos importantes de plomo, así como la de las salinas de varias localidades de las provincias tarraconense  y cartaginense, siendo la sal un producto de exportación. No se tiene noticia de otro tipo de explotaciones mineras en la España visigoda, aunque es muy posible que hubieran minas de hierro, cobre, etc., para atender a las necesidades de la industria metalúrgica del país (fabricación de armas y útiles agrícolas, sobre todo).

En cuanto a las costumbres, a los modos de los godos, en el transcurso de los años, con el contacto permanente con Roma, con el trato que tenían con los prisioneros romanos que tomaban, fueron suavizándose y civilizándose, llegando a influir en ellos la cultura greco-latina y el cristianismo.

En el transcurso de los años acabarían adoptaron el cristianismo, en tiempos de Constantino II, y en 370, empujados por la invasión de los Hunos, abandonaron sus tierras de los Balcanes y se dirigieron a Occidente. Fue entonces cuando el obispo godo Ulpilas convirtió a los godos al arrianismo, herejía que profesaba el emperador Valente.

Los godos, en este tiempo habían pasado de ser meros guerreros, a cultivar la tierra, a explotar la minería, y a comerciar con el Imperio. Esta actividad les llevaría a la búsqueda de territorio donde asentarse, que toma cuerpo con el emperador Aureliano, quien, como ya hemos señalado, en 270 reconoce los asentamientos godos en Dacia como los de un pueblo amigo y aliado. Condición que verían mejorada en 332 con el emperador Constantino, que los convirtió en federados. Estas eran concesiones que Roma hacía por falta de capacidad para controlar la frontera, y este extremo no pasaba desapercibido a quienes al final acabarían invadiendo el Imperio.

El problema se agudizó cuando en 376, y como consecuencia del empuje de los Hunos, Valente les permitió asentarse en Tracia, dejando desguarnecida la frontera del Danubio, y dos años más tarde se hacían con los Balcanes. Finalmente Teodosio los vencería y los asentaría en Tracia y Mesia, hasta que murió Teodosio en 390, momento en que invadieron Grecia.

A partir del siglo IV sólo en Oriente existían grandes ciudades; y además es precisamente allí, en Siria y en Asia Menor, donde se concentraban las industrias de exportación, especialmente las textiles, de las que el mundo romano se constituye como mercado y cuyo transporte es realizado por barcos sirios.  El año 395 se divide el Imperio Romano, y en Hispania perviven una serie de ciudades que se han desarrollado con Roma: Corduba (Córdoba), Tarraco (Tarragona), Cartago Nova (Cartagena, Murcia), Emporion (Ampurias, Gerona), Barcino (Barcelona), Carteia (Cartaya, Huelva), Itálica (Sevilla), Caesar Augusta (Zaragoza), Valentia (Valencia) o Emerita Augusta (Mérida, Badajoz).
Rufino, el regente del Imperio de Oriente, ofreció un pacto a Alarico, por el que le nombraba  “magister militum” de Iliria a cambio de que abandonase Grecia. Pero Iliria pertenecía al Imperio de Occidente, con lo que el problema lo derivó al nuevo emperador, Honorio, y abría a los godos la invasión del Imperio de Occidente, que acometerían en cuanto suevos, vándalos y alanos atacasen la frontera norte y el ejército romano acudiese a enfrentarse a ellos. Esto sucedía en 407; Alarico tomaba Milán y amenazaba la misma Roma.

La reacción de Honorio fue dar por concluido el asunto y dedicarse a refriegas palaciegas en medio de las cuales acabó asesinando a su mejor general, Estilicón, el año 408, ocasión que aprovechó Alarico para engrosar su ejército con las tropas del asesinado.

Con estas tropas, el 24 de Agosto del 410 Alarico (All-Reich, todo rico), saqueó Roma sin que los patricios romanos se preocupasen de otra cosa que de conservar intactas sus propiedades.

Los pueblos bárbaros estaban llegando a España. Fue el año 409 cuando los vándalos irrumpieron en un territorio que ya un año antes había sido tomado por el usurpador Constantino III, que se había enfrentado a las fuerzas imperiales y había implantado en España una gran inseguridad, enfrentándose a las fuerzas el emperador Honorio. Fue Constantino quién facilitó la invasión de los Suevos, como fuerzas aliadas que, tras acabar con las fuerzas de Honorio acabaron también con las de Constantino III y ejercieron un dominio feroz.

Por su parte, tras el saco de Roma, los godos pretendían continuar su conquista del Imperio por el norte de África, pero su inexperiencia marinera les forzó a continuar por tierra sus conquistas. Comandados por Ataulfo continuaron hasta conquistar España. El reino visigodo, así, duró tres siglos.

Pero los visigodos (godos del Oeste), como los ostrogodos (godos del este), ya venían relativamente cristianizados; eran arrianos. El arrianismo, desviación propagada por Arrio que negaba la Santísima Trinidad, fue condenado en el primer concilio de Nicea, celebrado el año 325, y mantendría una lucha más intensa que menos, con el catolicismo. De especial importancia es este concilio en la Iglesia; en el mismo se proclamó el “Credo” que hoy mismo rezamos. Los visigodos permanecieron en el arrianismo hasta la celebración del tercer Concilio de Toledo, celebrado el año 589.
Si es cierto que los godos invadieron el Imperio Romano, no es menos cierto que a su vez se vieron conquistados por una cultura, la romana, que era muy superior a la por ellos aportada. Respetaron las instituciones hasta el extremo que el mismo Braulio, obispo de Zaragoza, autor del siglo VI, en la vida de San Millán de la Cogolla, hace mención de senadores y curiales de España en aquel tiempo.
En este tiempo se empezaron a propagar las epidemias que caracterizaron al Bajo Imperio. Estas, de forma esporádica y brutal, elevaban las tasas de mortalidad de una población que, en épocas normales, ya las tenía muy altas (hasta del orden del 20-30 por mil, y aun más); así se conseguían eliminar los excesos de habitantes, que una natalidad sin control situaba por encima del nivel de los medios de supervivencia existentes. La población de España hacia el siglo V sería igual o ligeramente inferior a la que se había alcanzado en el siglo III… y  en el siglo V, la distinción entre población rural y urbana había perdido casi todo su contenido.
Los visigodos llegaron a la Península, en un número aproximado de 200.000, aunque autores del siglo XX rebajan su número hasta los 30.000 , procedentes de su zona de asentamiento, Galia, donde más o menos cumplían con las necesidades del Imperio, y lo hicieron con la única misión de expulsar a los intrusos vándalos que devastaban el Imperio. Realizada esta tarea, y cuando volvían a la Galia, se vieron encerrados por los francos, que les habían "cerrado el paso", por lo que el Imperio les permitió el nuevo asentamiento. Para los siete millones de hispano romanos, la situación variaba poco, ya que los derechos anteriormente detentados por las tropas romanas lo eran ahora por los visigodos. Sólo había una diferencia; los nuevos amos eran arrianos. Físicamente ocuparían Septimania, la parte sur occidental de la Galia Narbonense, si bien tendrían diversa presencia militar en la península ibérica.
Esto sucedía el año 413 (451 de la era Hispánica) con Ataulfo (Atta, padre; Hulfe, socorro), que en el saqueo de Roma, de donde parte el tesoro de los visigodos , y que en principio es la base de la corona, había secuestrado a Gala Placidia, hermana del emperador Honorio, con quién casó. Parece que Gala Placidia influyó decididamente en Ataulfo, quién combatió y venció a los vándalos y restableció el orden romano en sus dominios, pero su postura pro-romana, que le llevó a mantener todo el aparato del estado romano, ocasionó su asesinato y el de sus tres hijos, el año 415, por parte de Sigerico, con sentimientos anti-romanos, Pero Sigerico duró 7 días como rey, ya que fue asesinado. Había tomado forma el modo visigodo de cambiar de rey. Por su parte, Gala Placidia casaría con Constancio, general de  Honorio, de quién engendraría a Valentiniano III y sería emperatriz regente durante su minoridad.
Aparte las ciudades ya creadas y habitadas por la ciudadanía romana, que contaba con poblaciones como Tarraco, Mérida, Sevilla, Cordoba, Lugo, Astorga, o Pamplona, por citar algunas, la mayor parte de la población viviría en el medio rural, bien en vici  (aldeas pequeñas), fundos señoriales, pequeñas agrupaciones urbanas fortificadas y emplazamientos castreños en las zonas de montaña, estos especialmente ubicados en la cornisa cantábrica, en los territorios habitados por astures, cántabros, várdulos, caristios y autrigones, la zona menos romanizada, que ocupaba un territorio equivalente a las actuales provincias de Asturias, Cantabria, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, siendo que Asturias no conoció la organización municipal romana . El hábitat sería de tipo disperso y con poca densidad. La población se concentraría preferentemente en las cercanías de las vías de comunicación y en las vegas fluviales de los ríos.

En cuanto a la propiedad de la tierra, desde comienzos del siglo II se asiste a un alarmante desarrollo del latifundismo en las regiones occidentales del Imperio; la causa es que los miembros de la nobleza senatorial o ecuestre, enriquecidos con el comercio con Oriente, empiezan a comprar las tierras pertenecientes al Estado romano (ager publicus) que, siglos antes (en los años 132-122 a. C), los Gracos habían intentado distribuir en lotes reducidos a los campesinos pobres. Este proceso se veía agravado porque la competencia de los productos agrícolas orientales, más baratos, hacían poco rentables las pequeñas explotaciones y sus propietarios, cargados de deudas, se veían obligados a vender sus tierras a los acaudalados latifundistas que así aumentaban enormemente sus propiedades.

Anteriormente las grandes propiedades eran explotadas directamente por sus propietarios, mediante tinos mayordomos (villici) que dirigían grupos de trabajadores esclavos (familiae); pero a partir del siglo II d. C. es frecuente que el propietario se desentienda del cultivo directo de sus tierras, que entrega en lotes a arrendatarios (que a veces eran sus antiguos esclavos manumitidos) o colonii. Estos carecían de dinero para perfeccionar sus explotaciones de forma que fuesen más rentables frente a la competencia oriental o para llevar adelante una reconversión de cultivos que no sufrieran los efectos de aquélla y fueron la causa del estancamiento técnico de la agricultura durante el Bajo Imperio. Los colonii se transformaron, como lo prueban ciertas disposiciones imperiales, en personas vinculadas a la tierra que cultivaban o, quizá —como ocurría con los bucellarii— al dueño de ésta. En el escalón más bajo de la sociedad hispanogoda estaban los siervos o esclavos, caracterizados por carecer, al menos en principio, de personalidad jurídica, siendo considerados como cosas. No obstante, parece que, siguiendo la tendencia que generalizó en el Bajo Imperio, la ley les reconoció cierta capacidad jurídica. Las causas por las que una persona caía en la esclavitud fueron en la España visigoda las mismas que en el Bajo Imperio (cautiverio, deudas, nacimiento de padres esclavos, etc.).

Las ciudades mantuvieron por sí mismas, durante mucho tiempo, una importancia considerable. Sus instituciones municipales no desaparecieron bruscamente con la llegada de los germanos. Se puede señalar que no solamente en Italia, sino también en España e incluso en la Galia conservaron sus Decuriones, es decir, un cuerpo de magistrados provistos de una autoridad judicial y administrativa cuyos detalles se nos escapan, pero cuya existencia, y origen romano no podemos negar. Cada ciudad sigue siendo el mercado de los campos de su alrededor, el domicilio invernal de los grandes hacendados de su región y, por poco que esté favorablemente situada, el centro de un comercio cada vez más desarrollado a medida que se aproxime a las costas del Mediterráneo.

En ese sentido, las condiciones esenciales en que se desarrolló el comercio exterior de la España visigoda fueron las mismas que habían caracterizado su desarrollo durante el Bajo Imperio. Las principales rutas comerciales fueron las que unían los puertos mediterráneos de la península con Cartago y otros puntos del África del Norte, así como las que ponían en comunicación con Italia, Grecia, Asia Menor y Septimania. También se mantuvieron activas las rutas que unían Cádiz con ciertos puertos atlánticos de las Islas Británicas (de donde se importaba, sobre todo, estaño) y de las Galias.

Las mismas condiciones comerciales que durante el imperio, pero con un evidente enrarecimiento del comercio interior y debilitamiento del exterior, derivados ambos factores de la falta de demanda y de la baja producción. También se produjo un descenso del nivel de consumo. La polarización social hizo que la mayoría de la población, que se movía en niveles cercanos a la miseria, redujese su demanda de productos, mientras que la minoría opulenta, mediante la tesaurización, apenas presionase al mercado. Al tiempo, se produjo una atomización de la actividad económica en múltiples células prácticamente independientes, lo que impidió la conformación de un mercado integrado.

La monarquía visigótica también fomentó la ganadería lanar rememorando sus raíces seminómadas. Al asentarse en Hispania dividieron el territorio en eriales y prados y campos para el cultivo. En esta actuación paisajística hallaron el origen de la entrada estival del ganado para aprovechar las rastrojeras y abonar las tierras, así como los derechos de leña y ramoneo, recogidos después por los fueros municipales.

La legislación goda se ocupó en varios pasajes de la protección a la crianza ovina. Como reconoce el libre tránsito del ganado por las vías pecuarias y la obligación de que éstas permaneciesen abiertas, sin que se pudiesen romper con cercados, plantíos y siembras, se condena las prohibiciones de pastar de paso en campos abiertos y se contempla la comunidad de hierbas, se advierte que el que quitara o mudara señal a cualquier animal que encontrase sería castigado con pena de hurto, y se ordena por ley de Eurico que en caso de mezcla el que tuviese ganado ajeno debía decirlo en Concejo ; leyes que fueron dictadas cincuenta años después de la venida de Ataulfo; leyes con claro matiz romano que se apoyaban en un “consilium” que integraba miembros de la aristocracia godo-romana.

En estas leyes se atienden aspectos a resaltar en el sentido de proteger al débil; así, atiende el “derecho de asilo a los siervos” (en las iglesias). El siervo debía ser entregado al amo si éste juraba que lo trataría con benevolencia. Y si el asilado era hombre libre, se castigaba con la muerte a quién violase el asilo.

Otros aspectos a destacar en esta legislación era el derecho a la apelación, la creación de un registro de la propiedad, penas por incendio doloso, y cuestiones de herencia.

Una actividad, la legal, que hace de los visigodos seguidores de la civilización romana.

En otro orden cercano de cosas, la vida económica de la España visigoda fue una continuación de la vida económica de los siglos del Bajo Imperio. Lo que más la caracteriza es el continuar con la situación deprimida que arranca, en último término, de la crisis económica que se abatía sobre el mundo romano, especialmente el occidental, desde el siglo III. Una baja de la natalidad provocó un descenso de la demanda de productos agrícolas e industriales, porque provocó una disminución del mercado de consumo y ello acarreó el comienzo de la crisis. No obstante esta teoría deja por explicar la causa de aquella baja natalidad, lo que ha impulsado a algunos autores a interpretar el fenómeno al revés: fue una crisis agrícola que redujo los medios de subsistencia y provocó, a causa de la miseria, una serie de epidemias; su consecuencia última fue el descenso de la población y la consiguiente reducción del mercado que absorbía la producción industrial, que también entró en crisis.
Entre tanto, en este 415 del asesinato de Ataulfo por Sigerico, los alanos expulsaron a los vándalos, que debieron salir de la bética para retirarse a Galicia, cerca de los suevos.
Walia sucedió a Sigerico cuando éste fue asesinado en el séptimo día de su reinado, y se esforzó en luchar contra suevos, vándalos y alanos, con gran éxito, y desestimando luchar más contra los romanos, porque “¿por qué perder un tiempo precioso combatiendo con semejantes hombres, cuando es más glorioso despreciarlos que vencerlos?” . El hecho es que Roma le concedió territorios en Aquitania como compensación por su lucha contra Suevos, Vándalos y Alanos, y su presencia en Hispania era de carácter menor, limitada a unidades militares. El pueblo visigodo se hallaba en la Provenza, y sin dominio sobre las grandes ciudades.
Por su parte, el emperador Honorio seguía teniendo como propios los éxitos de Walia, a quién perdonaba los constantes excesos que ejercía sobre la población galo-romana, motivado principalmente por el desorden reinante en su corte, que le hacía estar más pendiente de su propia supervivencia que de cualquier otra cuestión. El año 420 murió Walia, habiendo constituido un imperio que iba desde Tolosa al Atlántico, y es que el sentimiento de unidad, ya presente durante el Imperio Romano, no dejó de estar presente durante la Edad Media.
Le sucedió Teodoredo, durante cuyo reinado fueron expulsados los vándalos, que pasaron a piratear las costas de Mauritania, donde finalmente se asentaron, conquistando posesiones que anteriormente eran romanas. Fueron señores, entre otras ciudades, de Hipona, que fue conquistada el mismo año que moría, en esa misma ciudad, su obispo, San Agustín. Mauritania y parte de Numidia pasaba a su exclusivo poder, con el reconocimiento del Imperio, que se formalizaría en 435.
El año 423, a la muerte de Honorio era nombrado emperador Valentiniano III, hijo de Gala Placidia, y los visigodos veían cómo se les seguía perdonando excesos como la toma de Arlés y la práctica anexión de Septimania. Puede considerarse que este es el momento real de la total independencia del reino visigodo de Tolosa. Los visigodos son los encargados del nombramiento de jueces y gobernadores (comes).
Ya sólo quedaban en España hispano-romanos, suevos y visigodos. Los suevos conquistaron la Bética y la Lusitania, y perseguía ferozmente al cristianismo y a los hispano-romanos; mientras, la división del pueblo se mostraba en todos los lugares, y el nombre de “romano” comenzaba a ser despreciado, y comenzaba a florecer en vascongadas un grupo humano conocido como “bacaudos”, que renunciaba a todo y practicaba la delincuencia; los mismos que corriendo los años provocaría levantamientos contra el reino visigodo.
A este propósito escribe Salviano: ¿Por qué otra causa son bacaudos y desertores de su patria, sino por nuestras injusticias, por la iniquidad de los jueces, por la codicia de aquellos que han invertido en beneficio propio los caudales exigidos bajo pretexto del bien público…?... Por tales tropelías y por la violencia de los jueces, ha sucedido que los hombres agobiados y casi muertos, ya que no se les permitía vivir como romanos, han querido ser lo que eran… Perdida su libertad, han debido salvar su vida, y se han hecho bacaudos” .
En esta mitad del siglo V, el pueblo abandonaba Roma para unirse a los invasores visigodos, en los que encontraban más apego a las costumbres tradicionales hispano-romanas. Esto explica el definitivo arraigo de los visigodos, que no se vieron hostigados como los suevos, vándalos y alanos. El Imperio había muerto a sus propias manos, por sus propios vicios, y el orgullo de llamarse romano había desaparecido.
Por otra parte, mientras también la esclavitud había desaparecido, comenzaba a tomar cuerpo la servidumbre. También lo denuncia Salviano: “Despojados de sus bienes, quédales únicamente su propia persona, y no tardan en perder lo único que habían salvado; arriéndanse ellos y sus hijos para cultivar las tierras ajenas y venden su libertad por algunas medidas de trigo y un asilo” .
Había también entre los godos, como en tiempo de los romanos, nobles y plebeyos, siervos y señores, patronos y libertos. Si bien los godos no abolieron absolutamente la esclavitud romana que hallaron establecida, modificaron por lo menos y mejoraron su condición. La esclavitud pasó a ser servidumbre, que relativamente fue un adelanto social. Distinguíanse cuatro clases de siervos : idóneos, viles, natos y mancipios. La diferencia en las dos primeras la constituía la mayor capacidad de los siervos, y el empleo ó ministerio más ó menos elevado a que el señor los destinaba… la ley cristiana de los godos hizo un bien inmenso con abolir el derecho que sobre la vida y el honor de los esclavos tenían los antiguos señores romanos .
Como en otras ocasiones en la Historia, fue el enemigo interior quién acabó con el Imperio. Las ciudades eran abandonadas por los ejércitos romanos, y sistemáticamente ocupadas por los visigodos, que eran bien recibidos por el pueblo, harto de la corrupción que había acabado con el Imperio.
Pero por el contrario, algunos aspectos de Roma habían calado ya en los visigodos; así, Teodoredo (Teodorico I), dictó las conocidas “Leyes de Teodorico”, cuyo texto no se ha conservado, pero que los historiadores deducen que debía tratar cuestiones de reparto de tierras, así como el aposentamiento militar, según el cual, el huésped militar recibía una tercera parte de la finca en que se instalaba. Derecho de conquista, sí, pero más suave que el que tres siglos después sería aplicado por los nuevos invasores, que por cierto, empezaron siendo bastante más ventajosas para los invadidos que las aplicadas por los visigodos.
Entre tanto, el reino de Tolosa se consolidaba, con un núcleo de nobles coordinados con el rey. Mientras, en el este, Atila constituía un vasto imperio que conforme dice Jornandes , procedían de Tartaria… Iban vestidos de pieles y cueros, bebían la sangre y el orín de los caballos y comían carne cruda.
Los Hunos arremetieron contra occidente, en parte motivados por la influencia de Honoria, hermana de Valentiniano III quién en 450 llamó a Atila ofreciéndose a sí misma en matrimonio, ya que se negaba a casarse con Genserico, rey de los Vándalos, con quién pretendía casarla su hermano.
Por su parte, Genserico había mutilado a la hija de Teodoredo, del que temía venganza, y animó las intenciones de Atila con el ofrecimiento de repartirse el territorio.
Atila amplió sus intereses, que se centraban en el oro (6000 libras) que el Imperio les iba pagando religiosamente en concepto de subsidios y reclamó el imperio que le brindaba Honoria.
Teodoredo se unió a los ejércitos romanos compuestos por visigodos, francos, alanos, burgundios, algunos hunos fieles todavía a Aecio, y sorprendentemente, también por romanos. La principal fuerza de este ejército radicaba en la caballería visigoda y romana y vencieron a Atila en los campos Cataláunicos, parando a un ejército compuesto por 500.000 hombres entre ostrogodos, gépidos, hérulos, rugianos, escitas, burgundios, francos y turingios.  En esta batalla, que perdió Atila, murió Teodoredo, y según cuentan las historias, hasta doscientos mil soldados dejaron la vida. Era el 20 de Junio de 451. Y el triunfo no fue todavía más rotundo, como temía Atila, gracias a la actitud del general Aecio, que temía la ascendencia de los godos dentro del imperio y acució a Turismundo para que tomase la corona al tiempo que animaba a los galos a volver a su tierra.
Turismundo acabó venciendo a Atila. Era Turismundo de carácter despótico y altanero. Rompió el feudo con Roma. Finalmente fue asesinado por su hermano Teodorico II el año 454, que restableció el feudo con el Imperio.
Como consecuencia inmediata, Valentiniano ordenó a Teodorico (453-454) que marchara a la Tarraconense para limpiarla de bagaudas. Cosa que hizo.
No se sabe exactamente quienes eran los bagaudas. Lo más probable es que fueran bandidos procedentes de varias clases sociales diferentes, incluidos esclavos y pequeños granjeros desposeídos, a los que los reveses políticos y económicos de la época impulsaron a unirse a las bandas en expansión continua de aquellos que ya no podían conseguir su sustento a partir de sus propios recursos.
Claudio Sánchez albornoz señala  que  eran rebeliones campesinas surgidas a la caída del Imperio, y que se produjeron especialmente en tierras vasconas. Estos bagaudas, perseguidos por las tropas visigodas al servicio de Roma, volvieron sus armas contra sus vecinos várdulos, caristios, autrigones y cántabros, a quienes les arrebataron su asiento.
Pero en este caso, una vez liquidado el trabajo, los visigodos se aseguraron de dejar guarniciones permanentes en la provincia. Además, y según un pacto con los suevos por el Imperio, éstos abandonarían las provincias Tarraconense y Cartaginense. Como garantía de este pacto los visigodos ocuparon, en nombre del Imperio, varios puntos estratégicos en estas provincias. Se sabe que en Barcelona y Tarragona tuvieron guarniciones. También las hubo en otros puntos del valle del Ebro: Zaragoza y Calahorra, apoyos sin los cuales era imposible controlar a los bagaudas. No se sabe con absoluta certeza qué otros puntos controlaban los visigodos. Es fácil presumir que controlaban Cartagena y también Elche defendiéndolas a la vez de vándalos y suevos.
En 455 era asesinado el emperador Valentinano en medio del caldo de intrigas en que nadaba la corte imperial (en las que Valentiniano mandó asesinar a Aecio), y le siguió un periodo de nuevas intrigas para acceder al cargo donde los visigodos apoyaban a Avito frente a Petronio Máximo, y se produjo una guerra entre godos y vándalos en Italia, de la que salieron vencedores los godos. Como consecuencia, los suevos volvieron a la carga, saquearon Roma durante catorce días y tomaron parte de la cartaginense y de la tarraconense, lo que ocasionó una campaña de Teodorico II que le llevó al apresamiento de Rekiario, rey de los suevos,  y al control del reino suevo, que dejó de tener presencia destacable.
Pero en este festín de la sinrazón, Avito fue despuesto en 457 por Mayoriano, cuya primera misión fue desplazarse a Arlés a rendir pleitesía a Teodorico II (¡dónde había caído Roma!). Avito sería asesinado en 461y sería sustituido por Libio Severo, quien entre 462 y 464 cedió el gobierno civil de las provincias de Hispania a los visigodos.
Las provincias y ciudades, que generalmente conservaron la misma división y los mismos nombres que habían tenido bajo la dominación romana, se gobernaban por duques y condes; aquéllos regían una provincia entera, éstos presidían el gobierno de una sola ciudad y estaban subordinados á los primeros. Sustituían, según algunos, á los duques en ausencias y enfermedades los gardingos. Las poblaciones de menor entidad eran gobernadas por los prepósitos.
En 466 Teodorico II era asesinado por su hermano Eurico, que le sucedía en el reino y rompería el feudo con Roma al tiempo que ocupaba toda la Septimania. Los godos controlaban la Galia al Sur del Loira y desde los pasos alpinos a Burdeos gracias a la incompetencia de lo que quedaba del Imperio, donde Nepote, a título de emperador cedió su soberanía al godo. Además controlaban la mayor parte de las provincias Tarraconense, Cartaginense, Lusitania y Bética, y todo sen menos de tres años.
En 475 Eurico compilaba su código legal. Con este código el reino de Eurico disponía de ley escrita, lo que le situaba a la misma altura que el Imperio.
A los setenta años de haber sido invadida España habían cumplido los
godos la primera parte de su misión, la de destruir ó lanzar los otros bárbaros, y dan principio á la segunda, la de organizar un gobierno y un estado. En Eurico, en cuyo tiempo se pudo decir ya con verdad: «España tiene un rey godo,» se ve la civilización ir venciendo á la barbarie. Eurico subió al poder por un fratricidio: aquí se ven aún los instintos del godo bárbaro; pero después rige el imperio con justicia, y da leyes escritas á su pueblo: este es ya el godo civilizado.
Durante el reinado de Eurico caía, el año 476, el último emperador romano (que por cierto había sido impuesto por Orestes, secretario de Atila), Rómulo Augústulo, nombre que si le había sido puesto por su padre, fue recogido por el pueblo para un emperador que hacía gala del sobrenombre. Por esta época los visigodos ya tenían asentamientos en Mérida y en el valle del Guadalquivir.
Por su parte Clodoveo, rey de de los francos, conspiraba para cortar el creciente poder de los visigodos, si bien se veía frenado por Teodorico, rey de los ostrogodos de Italia.
Eurico moría en  484, sucediéndole su hijo Alarico II, que perfeccionó la tarea de gobierno de su padre, consolidando la estructura gubernativa del Reino de Tolosa, y poseyendo ciudades en Hispania, entre las que destaca Pamplona, desde donde se combatía, con tropas auxiliares vasconas, las rebeliones de los cántabros y los astures. En esta marcha, se asentaron a ambas orillas del Duero, desde Soria hasta más allá de Toro (¿Villa gothorum?) y desde la cordillera cantábrica hasta la central, llegando a controlar los territorios de Burgos, Palencia, Valladolid, Soria, Segovia, Ávila, Guadalajara, Madrid y Toledo. El momento cumbre de tal proceso lo constituyó la promulgación de la Lex Romana Visigotorum, un nuevo texto legal compilado sobre la base del código de Eurico.
Hasta estas fechas, la presencia visigoda en España sólo había tenido carácter militar, no de población. A lo que parece, no entraron con intención de poblar definitivamente hasta el 494-497, cuando ya se estaba gestando un enfrentamiento que tendría dramáticas consecuencias para el reino visigodo, que hasta entonces había sido de Tolosa.
El motivo del asentamiento en tierras de España fue el avance de los francos, cuyo rey, Clodoveo, convertido al catolicismo contaba con el apoyo de los católicos galos, acabó con la vida de Alarico II en la batalla de Vouille, en 507;  tomaron Burdeos y saquearon Tolosa. Tomaron Arlés y pusieron cerco a Narbona. El hundimiento del reino visigodo en la Galia pudo ser aún más catastrófico de no haber intervenido el ostrogodo Teodorico, que se convirtió en regente y protector del rey visigodo (que era su sobrino) y prestó apoyo militar a los visigodos para salvaguardar sus posesiones en Septimania, con lo que evitaba que los francos tuvieran salida al Mediterráneo.
A partir de esa fecha el pueblo visigodo se traslada masivamente de la Galia a Hispania, y al hacerlo lleva consigo su estructura de Estado. El resultado contrario de la batalla de Vouille sería, al fin, de vital importancia para la creación del estado visigodo.
Su asentamiento, dado el escaso número que eran no pudo ser hegemónico ni homogéneo, dándose una mayor densidad de asentamientos en la Cartaginense, en concreto en la Meseta Norte, en un triángulo delimitado aproximadamente por las ciudades de Palencia, Sigüenza y Toledo. Le sigue en importancia la Tarraconense, desde la costa hasta la tierra fronteriza con los vascones y cántabros, Vardulia, ocupadas por los bagaudas. Según se remontaba el curso del Ebro la densidad de población visigoda disminuía. Y por supuesto, en la Septimania (o Galia Gótica), de la que los francos no llegaron a echarlos. La Bética, la Lusitania y la Cartaginense Sur eran romanas, mientras que los suevos se mantenían en Galicia, mezclados con la población hispano romana.
Se respetaron las instituciones; los visigodos se regían por sus leyes, y los hispano-romanos por las suyas. En el seno de la sociedad hispanogoda, la división que de forma más clara y trascendente dividía a las personas, es la que lo hacía en nobles, libres, semilibres y esclavos. En nobles, se integraba tanto la antigua nobleza goda, perteneciente a los linajes de más tradición, como aquellos que se habían ennoblecido por su vinculación, mediante un juramento de fidelidad, al rey o a algún noble muy importante, es decir, los fideles o gardingos (los miembros del comitatus) del rey o de los nobles más importantes; en general todos ellos recibían la denominación de seniores. A su lado, la antigua nobleza hispanorromana se había integrado perfectamente en el seno de la nobleza de la sociedad hispanogoda. Estaba constituida, esencialmente, por grandes terratenientes que pertenecían a la clase de los senatores que, en ocasiones, descendían de antiguos comerciantes enriquecidos, transformados en propietarios agrícolas ante el cariz que empezó a tomar la vida comercial a partir de la crisis del siglo III. La mayor parte estaban vinculados —o lo habían estado— a las curias municipales y al gobierno provincial. Los dos sectores de la nobleza de la sociedad española de los siglos V y siguientes —la goda y la romana— no tardaron en mezclarse, aun antes de que ello fuese admisible desde el punto de vista legal, hasta convertirse en un solo cuerpo social que desempeñaba las funciones que, años atrás, habían desempeñado cada uno de sus componentes por separado.

A lo que se ve, y defienden historiadores como Valera, se perpetuó la distribución municipal romana, con senadores y curiales a los que hace mención San Braulio.
Teodorico el Grande (tutor de Amalarico) gobernó Hispania como provincia de su reino hasta el año 526 delegando en Teudis, y controló a los suevos, que continuaban sus saqueos que culminaron con asalto a Lugo, donde pasaron a cuchillo a toda la población. Teodorico dominaba todo el territorio español que, en gran parte era nominalmente romano, pero que, ante la debilidad y desidia del Imperio y la corrupción de sus instrumentos, convivían y colaboraban con los nuevos señores los visigodos, que respetaban las costumbres y las leyes preexistentes en los territorios conquistados. Las partes no romanizadas, Vardulia, y Caristia, fueron ocupadas por los vascones.
Teodorico procuró mantener la unidad del reino ostrogodo-visigodo, con lo que se posibilitó la venida de ostrogodos, que queda manifiesta en los reinados de Teudis y Teudiselo.
Pero fue el año 507, cuando Gesaleico, hermano de Amalarico, fue proclamado primer rey de la dinastía Visigótica tras la retirada de las Galias ante el empuje de los francos que ya hemos señalado. El año 510 huyó a África, acosado por Teodorico el grande, pero volvería con grandes cantidades de dinero que emplearía en organizar un ejército. Finalmente sería preso y muerto en la batalla de Barcelona, en 511.  Le sustituye Amalarico, bajo la regencia de Teodorico el grande (510-526), su abuelo, rey de los Ostrogodos, que dio el poder militar a los ostrogodos y el civil a los hispano-romanos.
En este periodo, en el que la ciudadanía romana había desaparecido, auspiciado por Teudis (tutor delegado de Amalarico), se dictaron leyes que permitían el matrimonio entre godos y romanos , mientras el pueblo godo se instalaba principalmente en los asentamientos romanos (Mérida, Barcelona, Valencia, Sevilla, Córdoba y Toledo, la capital)
Amalarico, rey independiente (526-534). Era hijo de Alarico II. Tras asumir el poder, fue derrotado en Arles (526) y hubo de ceder Provenza a Atalarico, rey de los ostrogodos de Italia sucesor de su abuelo Teodorico el grande. El intento de Teudis por aproximarse a los hijos de Clodoveo, mediante la boda de Amalarico con una hija de aquel, Clotilde, no prosperó a causa de la intransigencia doctrinal de Amalarico, que provocó una guerra en la que los francos tomaron Narbona, y a consecuencia de la cual sería asesinado en Barcelona por el franco Bezón.
Su muerte aportó a la población española un respiro en el ámbito religioso, ya que el nuevo rey Teudis, ostrogodo que había sido primer consejero de Amalarico, fue rey desde el 531 al 548,  favoreció el catolicismo y trasladó la corte de Tolosa a Barcelona. Reforzó la política de colaboración con las aristocracias hispanorromanas, reforzando el papel de liderazgo del episcopado católico, movido por la campaña de reconquista iniciada por Justiniano, que en 533 destruyó el reino vándalo en el norte de África y tomó el control del Mediterráneo al conquistar las Baleares.
Destacó guarniciones en la Bética y en la cosa levantina; paró una invasión de los francos y conquistó por breve tiempo la ciudad de Ceuta, que de inmediato fue retomada por los bizantinos. A pesar de su permisividad con el catolicismo, el reinado de Teudis fue tiránico.
En 548 Teudis muere asesinado en Barcelona o en Sevilla, y le sustituye Teudiselo, que  a los dieciocho meses de asumir el reinado fue asesinado por sus nobles, en Sevilla, hartos de los abusos que llegaba a ejercer sobre todos. Reinó desde el 548 al 549  y contrariamente a Teudis, era abierto enemigo de la religión católica.
La actividad internacional era importante, y el reino visigodo debía hacer frente a ataques externos. Así, entre los años 532 y 544 el Imperio Bizantino conquistó el norte de África, Sicilia, sur de Italia y llegó a conquistar el sur de Hispania, desde Alicante hasta el sur de Portugal y mantuvo enfrentamientos de importancia con los francos, como en el año 541, cuando hasta cinco reyes francos, entre ellos Clotario y Childeberto, sitiaron Zaragoza durante 49 días, lo que provocó despoblación en la Tarraconense.
A Teudiselo sucedió Agila (549-555), que fue nombrado arbitrariamente por los asesinos de aquel. Tuvo serios enfrentamientos en Córdoba, ocasionados por partidarios de Theudiselo, y allí profanó la tumba de San Acisclo, contra la tradición arriana de ser respetuosos en estas cuestiones , lo que comportó nuevas sublevaciones en todo el reino, principalmente en el norte, astures, cántabros y vascones. Se produjo una guerra civil en la que Atanagildo era el cabecilla de la sublevación. Agila sería asesinado por sus parciales, que aclamaron como rey a Atanagildo  (555-567) que se había sublevado contando con el apoyo de Bizancio, cuyo emperador, Justiniano, ansiaba la reconstrucción del caído Imperio Romano de Occidente, y que obtuvo a cambio la cesión de una buena franja del litoral peninsular, desde Denia a Gibraltar, donde se establecería la provincia bizantina de España (555-625), Bizancio ya tenía las islas del Mediterráneo. Atanagildo trasladó la corte a Toledo, donde había mayor concentración de visigodos y se enfrentó a Bizancio sin consecuencias, al tiempo que casaba a sus dos hijas, Brunequilda y Galswinda con Sigiberto y Chilperico, príncipes galos que buscaban reforzar su posición . Por su parte, también Atanagildo reforzaba su posición frente a los galos y sobre todo frente a los bizantinos. A su muerte, curiosamente acaecida por causas naturales, en puridad, el reino hispano visigodo contaba con 60 años de vida.
Durante su reinado se consolidó el catolicismo en Galicia. A su muerte fue sustituido por Liuva, que se instaló en Narbona para controlar a los francos, pero como esta decisión no era del agrado de los nobles, puso a su hermano Leovigildo al frente del reino en España. El año 572, finalmente, Leovigildo asumiría el control total del reino y acabaría expulsando a los funcionarios imperiales. Con él se produce el fin del Imperio Romano en España.
En esta época aparecen las primeras referencias al Condado del Rosellón cuya jurisdicción correspondía, muy probablemente, al de la antigua ciudad iberorromana de Ruscino y con el obispado de Elna. Este primitivo condado, que comprendía las comarcas históricas de Plana del Rosellón, Conflent y Vallespir, lo creó el rey visigodo Liuva I en el año 571.
El rey Leovigildo (565-586) es el verdadero creador del Estado hispano-godo y, por ende, de la nacionalidad hispánica misma: Hispania, reino, entidad política independiente, sucedía a la antigua provincia sujeta al poder de Roma. Primeramente, desde su gobierno de Toledo, a salvo de la amenaza de francos y de bizantinos, intentó con éxito someter a la autoridad central la mayor parte del territorio peninsular en un momento crítico de fragmentación político-territorial, Así, tras consolidar el poder real, derrotó a los suevos del noroeste, que eran católicos, incorporando su reino y redujo a cántabros y vascones, alzados contra su autoridad. Desde su coronación tuvo al menos una importante campaña militar anual, en cada una de las cuales sometió a cántabros, astures, suevos, sappos, bizantinos… hasta que en 570 tuvo unificado el reino salvo una franja mediterránea ocupada por Bizancio. No obstante, los conflictos con astures, cántabros y vascones serían un problema enquistado hasta la misma desaparición del reino.
Leovigildo, el unificador, acuñó un ideal nacionalista que identificaba el Reino de los Godos («Regnum Gothorum») con Hispania, acotando nítidamente las diferencias respecto al Imperio de Bizancio, heredero oriental de Roma. En torno a ese nuevo ideal hispánico debería producirse la aproximación definitiva, la fusión entre godos e hispano-romanos, con lo que derogó la prohibición de matrimonios mixtos establecida por el Emperador Valentiniano. Sin embargo, el mantenimiento de Leovigildo en su fe arriana (religión nacional de los godos) y el intento de imponerla a sus súbditos hispano-romanos de religión católica, impedía la constitución de ese pueblo verdaderamente unificado. Sería su hijo, Recaredo (586-601), quien al convertirse al catolicismo, y con él, oficialmente, todos los godos, pondría las bases de una comunidad político-religiosa nacional diferenciada, una nueva sociedad, en definitiva.
Los arrianos sobrevivían como religión étnica, pero soportando la rivalidad de las iglesias católicas de la mayoría de la población, como signo de identificación visigodo frente a los hispano-romanos, y Leovigildo, con la idea de unificar la nación, ejerció persecución contra el catolicismo, especialmente durante el  enfrentamiento armado con su hijo San Hermenegildo, a quién había designado duque de la Bética, con vistas a que le sucediese en el trono. Este enfrentamiento se produjo entre los años 579 y 584, como consecuencia de la persecución realizada sobre la persona de Ingunda, esposa de Hermenegildo y católica. Juan de Biclaro lo recoge en su crónica: Mientras Leovigildo reina en tranquila paz con sus enemigos, una riña doméstica perturba la seguridad, pues en aquel año su hijo Hermenegildo, por conspiración de la reina Gosuinda, asume la tiranía, se encierra en la ciudad de Sevilla, después de haberse rebelado, y lleva consigo la rebelión contra el padre a otras ciudades y castillos. Esta causa produjo mayores daños en el reino de España, tanto para los godos como para los romanos, que la incursión de los enemigos.
Bajo la influencia de Ingunda y del Obispo Leandro de Sevilla, Hermenegildo se bautizó católico, se proclamó rey y emitió moneda, animado por la mayoría católica de España; religión que, al fin, practicaba desde niño, siendo como era hijo de Teodosia, naturalmente católica… y hermana de San Leandro y de San Isidoro.  
A pesar de esta manifiesta sublevación, Leovigildo no marcho contra su hijo, sino que continuó sus campañas militares tendentes a la unificación del reino; organizó una campaña contra los vascones, y posteriormente llamó a Hermenegildo a Toledo, pero éste se negó a acudir y organizó un levantamiento en el que le siguieron Córdoba, Mérida y Ébora. Toledo estaba al alcance.
Leovigildo retomó Mérida en 582 y en 583 Sevilla y Córdoba. A principios de 584 acababa la guerra con clara victoria de Leovigildo, que continuó la guerra contra los suevos.
Y es que en aras de la religión, Hermenegildo pidió y consiguió ayuda del reino suevo, pero la ayuda llegó tarde, cuando ya estaba prisionero. En 584, tras un pacto entre Leovigildo y Bizancio, había sido vencido Hermenegildo, que tras negarse a abrazar el arrianismo fue degollado por el duque Sisberto en Tarragona el 13 de Abril de 585. En 1585 sería canonizado.
Aprovechando las circunstancias, los francos invadieron Septimania, pero fueron rechazados por Recaredo.
Tiernas son las cartas que padre e hijo se remitieron. El padre, reprochando cariñosamente que el hijo abandonase el arrianismo, y el hijo aduciendo que es sumiso a su padre, pero que está presto a derramar hasta la última gota de su sangre por la única religión verdadera.
Muerto ya San Hermenegildo, se intentó la conversión forzada al arrianismo de todo el pueblo, asumiendo la divinidad de la segunda persona de la Santísima Trinidad, pero negándola al Espíritu Santo, pero esta sería cuestión resuelta en tiempo de su sucesor, Recaredo. No obstante, no hubo persecución religiosa, por lo que se deduce que el enfrentamiento no obedeció a otra cosa que a la voluntad de San Hermenegildo de erigirse como rey por encima de su padre, Leovigildo.
Leovigildo fue un gran rey que, además de ser el primero en usar corona y cetro, emitió moneda con su nombre y busto (hasta entonces llevaban el nombre del emperador bizantino), fundó dos ciudades (privilegio reservado al emperador), Vitoria y Recópolis (cerca de Zorita de los Canes, en Guadalajara), y tras su triunfo sobre los vascones, recuperó del poder de Bizancio importantes asentamientos como Córdoba, Baza o Asidonia (Medina Sidonia), ésta por la traición de un cierto Framidáneo, ciudad muy fuerte, y después de dar muerte a los soldados, establece a esa ciudad bajo la ley de los godos , y todo el norte peninsular que había estado en poder de los suevos, y sobre todo fue un renovador formal de la monarquía, según San Isidoro . Instaló definitivamente en Toledo la capital del reino, que ya venía siendo usada en algunos aspectos como tal desde el reinado de Teudis, haciéndola centro de la actividad política y religiosa, y que en definitiva recogía la importancia que hasta el momento tenía el “tesoro regio”, base del poder real, fue respetada la organización administrativa y judicial romanas, con la misma división territorial, Tarraconense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Gallecia, a la que se unía otra, Septimania o Galia Narbonense.
Las provincias estaban gobernadas por un “dux exercitus provinciae” y por una administración civil “rector provinciae”, regido por un “comes civitates”. A partir de este momento se emite moneda propia, rompiendo con la tradición de emitir moneda copia de la del Imperio de Oriente . Y lo que es más importante: Se puso como meta unificar definitivamente el reino, sin distingos entre visigodos e hispano-romanos, tendiendo puentes entre ambas comunidades, para lo cual llevó a efecto una interesante labor legislativa, recogida en el “Codex Revisus”, del que sólo hay noticias históricas por las referencias que de él hace San Isidoro.
Según tradiciones, murió católico.
Todos estos extremos fueron ensalzados por la cumbre de la sabiduría medieval, San Isidoro , en su relato de la historia de los godos, resaltando que con ellos los godos habían dejado de ser bárbaros. San Isidoro, verdadera alma de la patria española, dejo escrito: “De todas las tierras, cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra Hispania, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias… tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en que la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece…”. Es, como dice Menéndez Pidal, los cantos del desposorio de España con el pueblo godo.
El año 586 subió al trono Recaredo, tras repeler personalmente con éxito a los francos, habiendo heredado un reino unificado, salvo una pequeña franja mediterránea que estaba en poder de Bizancio. Su idea era completar la unificación del pueblo hispano romano con el pueblo godo; para ello primero convocó un concilio conjunto de obispos arrianos y católicos en el que presumiblemente se trató de la unificación de ambas religiones; propició el III Concilio de Toledo, que tendría lugar el año 589, cuando él mismo se había bautizado católico el 8 de Mayo de 586. Con ese hecho abrió las puertas de la política al pueblo hispano-romano y dio vía libre a la cultura. Si bien los hispano romanos no tenían acceso al trono. La pregunta es si, tal vez, el paso idóneo hubiese sido agregarse totalmente a Bizancio. Pero eso no es historia.

Los únicos que quedaban fuera eran los judíos; los mismos que ocasionaron graves daños a Alarico II, y quienes se mantuvieron fieles a la fe arriana, en concreto los obispos, entre los que destacaban Ataloco, Uldila y Sunna. Unos y otros ocasionarían sucesivos conflictos. En concreto Sunna huyó a África, y el obispo Uldila de Toledo, junto a la madrastra de Recaredo, conspiraron contra la nueva monarquía. Sabida por el rey esta conjura, el obispo salió desterrado de España, y la muerte que en aquella sazón sobrevino á Gosuinda ahorró á Recaredo el trabajo de discurrir el castigo que impondría á la viuda de su padre.

El tercer Concilio de Toledo tuvo especial significado en la concepción de la unidad nacional de España, y a toda la catolicidad, siendo el complemento perfecto del concilio de Nicea . Fueron congregados hasta el número de sesenta y dos prelados y cinco metropolitanos  bajo el magisterio del obispo hispalense Leandro. La fe era el vínculo esencial de los pueblos de España, y la historia nos ha demostrado que esa misma fe es la que posteriormente propició la Reconquista y la formación de la Hispanidad, y fue, en definitiva, un reconocimiento por parte de la minoría visigoda, de la fe defendida por la inmensa mayoría del pueblo español. La conversión al catolicismo de la clase dirigente visigoda significó la eliminación de las diferencias existentes entre la clase dirigente y el pueblo, y quienes perseveraron en el arrianismo fueron, al final, quienes vendieron España al dominio musulmán.

El Concilio puso orden en la Iglesia, prohibiendo usos poco acordes con el espíritu cristiano; regulaba la vida de matrimonio de los clérigos, a quienes les permitía infligir castigos a su esposa, y prohibía que quién después del bautismo accediese a la milicia fuese admitido al diaconado.

Llenos están los concilios de los primeros siglos de la Iglesia española de disposiciones acerca del matrimonio ó de la continencia de los clérigos. Tres disposiciones dedicó á esta materia el concilio de Gerona de 517.  Y los demás concilios provinciales dedican la misma atención al asunto. En concreto en el segundo de Toledo, en 527, se
exigió expresamente á los jóvenes el celibatismo como condición precisa para recibir el subdiaconado.

El III Concilio de Toledo tiene particular importancia sobre los otros; significó, entre otras cosas, la unidad nacional de España; y marginar del poder a los judíos, que lo habían detentado bajo el poder arriano con graves perjuicios para el pueblo cristiano. Recaredo dictó tres leyes que merecen ser destacadas: la prohibición canónica de tener los judíos siervos cristianos, la moralidad de los funcionarios públicos y el impedimento matrimonial de profesión religiosa , y propició una mejor formación de los jueces para “que aprendan a tratar al pueblo piadosa y justamente” , igualando en derechos a todos los españoles. Y sucedió algo digno de ser remarcado: La Iglesia y la monarquía formaron una simbiosis mediante la cual ambas se beneficiaban; la monarquía gobernada, y los concilios legislaban. No en vano el conocimiento estaba circunscrito a la Iglesia.

El poder legislativo y el poder ejecutivo eran independientes; llegaría el VIII concilio que se inauguraría como sigue: En el nombre del Señor Flavio Recesvinto rey, á los reverendísimos padres residentes en este santo sínodo... Os encargo que juzguéis todas las quejas que se os presenten, con el rigor de la justicia, pero templado con la misericordia. En las leyes os doy mi consentimiento para que las ordenéis, corrigiendo las malas, omitiendo las superfinas y declarando los cánones oscuros ó dudosos... Y á vosotros, varones ilustres, jefes del oficio palatino, distinguidos por vuestra nobleza, rectores de los pueblos por vuestra experiencia y equidad, mis fieles compañeros en el gobierno, por cuyas manos se administra la justicia... os encargo por la fe que he protestado á la venerable congregación de estos santos padres, que no os separéis de lo que ellos determinen,

Sí no abolió el Breviario de Alarico, hizo por lo menos muchas leyes que mandó fuesen obligatorias indistintamente para los pueblos, echando de este modo los cimientos de la unidad política sobre la base de la unidad religiosa, que eran los dos principios de que había de partir la civilización moderna.

Y finalmente, el tercer concilio de Toledo significó que la Iglesia tenía papel preponderante en la constitución del estado visigodo, al que aportaba cultura y conocimiento. De esta época procede el derecho real a la designación de obispos, como contrapartida a la preponderancia de la Iglesia en la constitución del estado, que ha sido heredado hasta el mismo siglo XX. Hecho que ha sido tan duramente criticado por unos y por otros, y que de manera antihistórica ha sido presentado como una imposición, en concreto, del generalísimo Franco, que por cierto, en alguna ocasión manifestó que no entendía cómo él debía intervenir en el nombramiento de los obispos, del mismo modo que no entendería que fuese la Iglesia quien interviniese en el nombramiento de sus generales.

El papel de los concilios de Toledo, que por algunos historiadores ha sido presentado como unas cortes generales mientras otros desechan por completo la idea, parece tener razón de ser, ya que si por una parte los visigodos (ya más clase social que etnia) mantenían el poder político, eran los concilios, conformados por hispanorromanos, quienes ejercían el control y la inspección de las actuaciones políticas.

Pero tal vez el influjo de la Iglesia fue diverso. Benéfico indudablemente para la vida civil, ya que a la postre podemos entender los concilios como unas cortes generales  donde concurrían los principales representantes del pueblo, pero finalmente perjudicial para la vida de la nación y para la propia Iglesia si nos remitimos a los resultados del año 711 que, tal vez hubiese tenido otro resultado si las gentes de España hubiesen guardado algo más de espíritu combativo.

En este tercer Concilio no intervino sino la Iglesia, como sucedería hasta el séptimo, pero las decisiones de los concilios tenían manifiesto reflejo político, hasta el extremo que tanto este tercer concilio, como el cuarto, son tenidos como base de la nación española. Es de destacar que ya en el III Concilio se cita Spania en claro sentido sinónimo a todo el reino godo, incluyendo la Galia y Galicia . Del cuarto concilio quiero destacar la prescripción LXXV que marca que “ninguna división de la patria surja por la violencia o la ambición”. A partir del octavo concilio, de 653, sí intervino la nobleza, lógicamente sin voz ni voto en asuntos eclesiásticos.

En lo militar Recaredo debió enfrentarse a los francos, que atacaron Septimania, que fue genialmente defendida por el general Claudio, quién asestó una terrible derrota a los francos en Carcasona. Dice san Isidoro que los combatientes españoles no pasaban de trescientos , y se enfrentaron a un ejército de 70.000 francos. Esta batalla fue cantada como en su momento fue la de los Campos Cataláunicos, y según el cronista Juan de Biclaro esto pudo ocurrir gracias a la misericordia de Dios y a la fe católica que Recaredo y los godos habían adoptado . Por su parte, Gregorio de Tours, historiador franco la relata indicando que los francos tuvieron 5000 muertos y mil cayeron prisioneros . La agresión franca estaba encaminada a desalojar a los godos de la Narbonense.

En el terreno de la unidad nacional, dictó muchas leyes que mandó fuesen obligatorias indistintamente para los pueblos, echando de este modo los cimientos de la unidad política sobre la base de la unidad religiosa.

Era Recaredo, dice San Isidoro, de un natural amable, pacífico y bondadoso, y tal el imperio de su dulzura sobre los corazones, que sus mismos enemigos no podían resistir al atractivo que los arrastraba hacia él, liberal hasta el extremo.

El binomio Leovigildo-Recaredo se caracterizó por los esfuerzos del poder monárquico por mantener o crear un Estado centralizado, con una administración pública de tradición tardorromana –justinianea, no totalmente en manos de la potente nobleza terrateniente hispanovisigoda, para lo que era necesario lograr la máxima unidad jurídica e ideológica de la sociedad hispanovisigoda, realzando el vinculo personal de súbdito frente a los lazos de dependencia personal de tipo clientelar y protofeudal.   El Código revisado de Leovigildo sería el cuerpo legal desarrollado en este sentido, tanto por él como por Recaredo.

A la muerte de Recaredo quedaba una España unificada, poderosa y temida que seguía teniendo físicamente presente, en Cartagena, al imperio bizantino, que coincidiendo con la celebración del III Concilio de Toledo reforzaba las defensas y dejaba en entredicho la afirmación en que justificaba su presencia en España: La defensa de la fe católica… Y se hablaba de España como patria, lo que posteriormente posibilitó que, tras la asonada árabe, se hablase de Reconquista.

La nobleza, cuyo influjo disminuyó por favorecer el del clero, no perdonó nunca a Recaredo, y la veremos pronto tomar venganza en su descendencia.

Se hablada de España como patria en los ámbitos de los grandes pensadores hispánicos (San Isidoro, San Julián…), y se hablaba de “Spaniam”, de “Hispaniam”, en el resto de ámbitos. Así, el papa Leon II habla de “universi epsicopi per Spaniam constituti”.

En todos los ámbitos, nacional y social, Recaredo redondeó la revolución que inició su padre Leovigildo.

A Recaredo le sucedió su hijo bastardo Liuva II, el año 601, que reinó con 18 años y fue muerto con veinte por Witerico, que dio un golpe de estado (año 603). Éste general ya se había opuesto a Recaredo y al III Concilio de Toledo y fue perdonado por Recaredo, a pesar de haber estado implicado en el intento de asesinado del obispo Mausona  de Mérida. Era de la rama nacionalista, y aunque no volvió a instaurar el arrianismo, permitió que los nobles volviesen a la religión nacionalista. Witerico reinó hasta el año 610, cuando fue asesinado en medio de un banquete por la nobleza disconforme con sus actuaciones en el campo internacional, donde procuró la guerra entre burgundios y francos, sin obtener resultados positivos. El pueblo le dio, tras la muerte, el peor de los entierros: arrastrado por las calles de Toledo y sepultado fuera de los muros de la ciudad.

Le sucedió Gundemaro, cabecilla de la conjura, que aunque también nacionalista visigodo parece que fue más sincero en su conversión al catolicismo; reinó hasta el año 612 y pagó parias a los francos ; era más proclive a las tesis de Recaredo, y tuvo que sofocar levantamientos de los vascones. Pero sin duda, lo que marca el reinado de Gundemaro es la consecución de la primacía de la sede apostólica de Toledo sobre la de Cartagena, donde pertenecía anteriormente. El motivo del cambio es que Cartagena estaba en poder de Bizancio.

Con Gundemaro los nobles “romanos” (culturalmente hablando) ya no estarán excluidos del trono, si bien debían tener sangre goda. Tomó Cartagena y acabó expulsando a los bizantinos.

A Gundemaro, que murió por causas naturales, sucedió Sisebuto, conocido como “rey letrado” (había sido educado como romano) y como “padre de los pobres”. Emprendió una victoriosa campaña contra los rebeldes vascones y astures. Redujo la zona ocupada por los bizantinos al Algarve y desencadenó una brutal persecución contra los judíos (616) inducido por Heraclio, emperador de Bizancio, que habiendo sido vencido su general Cesáreo por las tropas de Sisebuto, no accedía a firmar la paz si éste, Sisebuto, no expulsaba a los judíos  , hecho que le valió la censura de san Isidoro y de toda la Iglesia, que se significó reiteradamente contra las persecuciones injustas.  Se produjo una diáspora y una conversión masiva al cristianismo que más perjudicó a todos que benefició a nadie. No obstante, Sisebuto pasó a la historia como hombre sensible que liberaba prisioneros a costa de su propio tesoro, y documentos escritos han quedado, visigodos, francos y bizantinos en los que se refleja esa realidad.

Los judíos que optaron por el exilio se encontraron con que el rey franco Dagoberto también les imponía el bautismo o el exilio. Actitud ambivalente la de Sisebuto, difícil de comprender. Sólo San Isidoro clamaba contra la injusticia.

En 621 subió al trono su hijo Recaredo II, que a los dos meses de ser coronado fue asesinado y sustituido por Suintila (hijo de Recaredo I), que realizó una campaña contra los vascones en la que intervino personalmente. Fueron sometidos y obligados a construir la fortaleza de Olite para frenar sus incursiones por el valle del Ebro. También expulsó definitivamente el poder de Bizancio, y este hecho completa la total conformación de España, que según San Isidoro “fue el primero que obtuvo el poder monárquico sobre toda la España peninsular”. Persiguió a los nobles y a la iglesia.

Suintila poseía cualidades de sabio, pero es lo cierto que el hombre a quien antes San Isidoro había llamado el padre de los pobres, aparece en las historias como avaro, sensual, inicuo y tirano, y como tal aborrecido del clero, de la nobleza y del pueblo.  Acabó siendo asesinado junto a su hijo, el año 631 como reacción popular a su voluntad de imponer en puestos de responsabilidad a sus familiares, lo que contravenía las leyes y las tradiciones.

El nuevo rey, Sisenando, alma de la conspiración, convocó de inmediato el IV Concilio de Toledo, con la intención de que fuese reconocido como rey y de que se condenase a Suintila y su hijo, con lo que da a los concilios un carácter político añadido; digamos que serían algo parecido a las cortes, donde los hispano romanos accedían a puestos y decisiones que antes les eran vetados. En él San Isidoro de Sevilla mostró sus cualidades. Se determinó que no se podía asesinar al rey, y éste sería elegido por la nobleza y por la iglesia.  También se señaló las reglas y principios con que habían de gobernar el Estado, imponiendo a los reyes la obligación de ser moderados y suaves con sus súbditos, y fulminando excomunión contra los que ejercieran potestad tiránica en los pueblos. Así mismo se marcaba que el rey no podía por sí solo dar sentencia en las causas criminales sino con los jueces públicos Mandaron igualmente que a la muerte del rey se juntaran los prelados y los grandes del reino para elegir pacíficamente el sucesor.  San Isidoro propició que el concilio derogase el decreto dado por Sisebuto contra los judíos , e impuso orden en la iglesia.

San Leandro y San Isidoro eran hermanos y en ellos confluía la herencia visigoda de su madre y la hispano romana de su padre. San Leandro, que en Constantinopla se hizo amigo del que posteriormente sería San Gregorio Magno, tuvo parte en la conversión de San Hermenegildo. También tuvo que ver en la demanda de ayuda que San Hermenegildo hizo a Constantinopla. Este hecho estuvo a punto de costarle la cabeza, pero Leovigildo se limitó a desterrarlo de Sevilla, si bien al final le levantó la sanción y le encargó la atención de su hijo Recaredo. San Leandro murió en 596, y le sucedió en la sede apostólica su hermano San Isidoro, que volcó toda su sabiduría en conformar la unión hispano romana – visigoda dentro del concepto de romanidad. Moría en 634.

San Isidoro desarrolló la conformación cultural de España, desarrollando escuelas en los principales núcleos de población. Gran estudioso, dotó de reglas a los monasterios y abordó su obra magna: Las etimologías, recogiendo todos los conocimientos humanos. Su obra fue esencial en la Edad Media, habiendo implantado en España un nivel cultural que contrastaba con la barbarie europea.

El IV Concilio de Toledo impone una sentencia digna de ser hoy recordada: “En cuanto a los reyes de las edades futuras, promulgamos en toda verdad esta sentencia: Si alguno de ellos, con menosprecio de las leyes, con orgulloso despotismo, cegado por el fausto real, hace pesar sobre los pueblos una dominación cruel, para saciar su ambición, su avaricia o sus apetitos, sea anatemizado en nombre de Jesucristo, sea separado de Dios por su santo juicio”.

En la práctica, el concilio era una asamblea legislativa en la que el ejecutivo no tenía más voz que la presentación del Concilio, a cuyas resoluciones debía someterse.

En 636 subió al trono Chintila, en cuyo reinado, que duró tres años, se convocaron dos nuevos concilios en Toledo que siguieron conformando la estructura de la monarquía. En  ellos se regulaba por primera vez la sucesión al trono, cuyo titular debía ser de la alta nobleza visigoda, y se marcaban nuevas normas contra los hebreos.

A su muerte, en 640, le sucedió su hijo Tulga, de carácter muy débil, del que dado su carácter y de su inexperiencia, los funcionarios de las provincias abusaban para oprimir los pueblos . Fue depuesto a los tres años de haber sido nombrado rey, obligándolo a tonsurarse , con lo que, de conformidad con los concilios V y VI, quedaba inhabilitado para corona, que fue asumida por Chindasvinto, que contaba ochenta años, el año 642 ,  y que acabó ejecutando a 700 nobles que previamente le habían apoyado en la conjura que costó el cargo a Chintila, amén de los allegados de Tulga. La  eliminación física y la sustitución de estos nobles por desterrados de Constantinopla (como Ardabasto) produjo un importante exilio que abonaba, en el norte de África, el ánimo de los futuros invasores, al tiempo que quedaba debilitado el sentimiento de unicidad del reino, lo que llevaría a efecto levantamientos secesionistas en tiempos de Wamba.

Hizo lo que ningún otro rey había hecho: ordenar obispos a su gusto, con lo que ocasionó no pequeños conflictos. Convocó el VII Concilio de Toledo en 646, en el que presionó a los concurrentes para que dictasen leyes conforme al parecer del rey, y que le permitían perseguir a sus enemigos.

Desarrolló el cuerpo legal de la monarquía, enmendando leyes antiguas (el código de Eurico) en concreto el relativo al castigo de la traición y la sedición , pero también otras como las “arras y dote”.

En cuanto a la sodomía, Chindasvinto estableció una ley que condenaba al reo del delito de sodomía a la pena de castración; ley que se recrudeció en tiempos de Egica.

Murió (se dijo que envenenado) en 652, pero en 649 asoció al reino a su hijo Recesvinto, que tenía educación romana y que aportó un nuevo cuerpo de leyes. Recopiló leyes antiguas en el “Liber Iudiciorum”, que seguiría vigente tres siglos después como “Fuero Juzgo”, y realizó la definitiva fusión jurídica del pueblo godo e hispano-romano, que no obstante la buena voluntad de la monarquía no fue debidamente adoptada por los destinatarios, que seguían viendo en la aristocracia visigoda cierta tiranía que no podía ser asumida por el pueblo hispano romano que se consideraba superior intelectual y culturalmente a quienes ejercían el poder real.

A pesar de los defectos de estilo y de forma naturales y casi indispensables en la época de su redacción, apenas se hallará ya quien dude haber sido el Fuero Juzgo el código legislativo más ordenado, más completo, más moral y más filosófico de cuantos en aquella edad se formaron, y muy superior a todos los códigos llamados bárbaros, como era superior la sociedad hispano-goda a todas las que nacieron de los pueblos septentrionales.  Un hecho importante es la inexistencia de dependencia señorial, como existió en el feudalismo europeo. En España los siervos podían cambiar de señor, siempre que devolvieran al patrono lo que de él hubieran recibido, y al siervo no se le podía matar ni mutilar, y se respetaban los derechos que habían sido aceptados . Determinaba la igualdad ante la ley; la intromisión de algún poderoso era causa para que el fallo favoreciese a la parte contraria; la protección de la familia, de la agricultura, el derecho de propiedad estaban fuertemente asentados en el Fuero Juzgo… No obstante, quedó evidenciado que algo fallaba cuando para deponer a un rey tirano era necesario asesinarlo.

Lo cierto es que Chindasvinto reordenó el estado en base a la distribución territorial romana, alcanzando unos niveles, si no similares a los de Roma, sí mucho más desarrollados que lo que hasta entonces habían sido en el reino visigodo.

Es el caso que convocó el VIII Concilio de Toledo en 653, en el cual amnistiaba a todos los perseguidos por su padre, pero no les devolvía lo que les había quitado, que quedaba bajo el poder real. También se convino que el rey sería elegido por la nobleza y la iglesia en el mismo sitio donde muriese el rey anterior .

En este concilio, al que por primera vez asistieron miembros de la nobleza , se abrió del siguiente modo: Recesvinto rey, a los reverendísimos padres residentes en este santo sínodo... Os encargo que juzguéis todas las quejas que se os presenten, con el rigor de la justicia, pero templado con la misericordia. En las leyes os doy mi consentimiento para que las ordenéis, corrigiendo las malas, omitiendo las superfluas y declarando los cánones oscuros ó dudosos... Y a vosotros, varones ilustres, jefes del oficio palatino, distinguidos por vuestra nobleza, rectores de los pueblos por vuestra experiencia y equidad, mis fieles compañeros en el gobierno, por cuyas manos se administra la justicia... os encargo por la fe que he protestado a la venerable congregación de estos santos padres, que no os separéis de lo que ellos determinen, sabiendo que si cumplís estos mis deseos saludables agradaréis a Dios, y aprobando yo vuestros decretos cumpliré también la voluntad divina. Y hablando ahora con todos en común, tanto con los ministros del altar, como con los asistentes elegidos del aula regia, os prometo que cuanto determinéis y ejecutéis con mi consentimiento lo ratificaré con el favor de Dios, y lo sostendré con toda mi soberana voluntad.

Queda de manifiesto lo señalado al hablar del III Concilio en lo relativo a la importancia de la Iglesia en la conformación del estado, y en el entendimiento de los concilios como prácticamente unas cortes generales, aunque dado el reducido número de nobles y su menor cultura con relación al de eclesiásticos haga defender justamente lo contrario a algún historiador , basándose en que lo principal que se trataba eran asuntos religiosos; como también queda manifiesto el desorden existente dentro de la iglesia, cuando el concilio señala que los obispos depongan a los sacerdotes y demás ministros que vivían torpemente con mujeres extrañas, y que a éstas se las encierre en monasterios, y que sean tratados como apóstatas los clérigos que con pretexto de haberse ordenado por temor volvían a casarse y a la vida seglar.  Pero hay más en cuanto al desorden en la Iglesia... El XI Concilio de Toledo estableció las penas que deberían sufrir los obispos que sedujesen a las viudas, hijas o sobrinas de los grandes nobles; el hecho de que en un Concilio de Toledo se tuviese que tratar del asunto indica que eso, quizá, ocurrió más de una vez; si bien en esa ocasión no se trató del caso de la seducción, por parte de un miembro del clero, de alguna mujer que no fuese noble.

También Recesvinto reforzó la unidad del pueblo godo e hispano romano: “Establecemos por esta ley, que a de valer por siempre, que la mujer romana puede casar con omne godo, é la mugier goda puede casar con omne romano... E que el omne libre puede casar con la mugier libre cual que quier que sea convenible por conseio, é por otorgamiento de sus parientes” . Y dictó que dejase de existir dos derechos (romano y godo), para que todos se rigiesen por las mismas normas.

El desarrollo de las ciencias y las artes conoció especial resplandor en esta época, y de ésta época son nombres universales cono San Leandro, San Isidoro, San Braulio, que
fue sin duda el mejor conocedor y el que más apreció la cultura clásica como tal ,
San Eugenio, San Ildefonso, San Julián, Félix de Toledo, Braulio y Tajón de Zaragoza, Mausona de Mérida, Toribio y Dictino de Astorga, Isidoro de Beja, Orosio, Idacio, Juan de Viciara y otros muchos… No obstante, la medicina estaba desprotegida

El estado estaba cohesionado y el pueblo, en su base, unificado. A partir de este momento, y gracias al influjo de los pensadores señalados, y más especialmente por San Isidoro y por San Julián, acaba siendo definitivamente sustituido el término “regnum gothorum” por “Spania” y “gothi” por “hispani”.

Debió sofocar un grave levantamiento de los vascones que fue encabezado por un noble levantisco, Froya, que fue detenido en su asalto a Zaragoza. No obstante, obtuvieron ventajas de tipo fiscal, que se vieron aprobadas en el octavo concilio de Toledo, donde vuelve a quedar manifiesta la poca virtud del clero, que nuevamente es anatemizada. También se marcó que el rey sólo podía dejar en herencia aquello que poseía antes de acceder al trono.

A Recesvinto lo sucedió Wamba el año 672, y lo hizo en algo que ya era conocido como patria española, y lo hizo forzado, contra su propia voluntad, que se vio superada por las imprecaciones de los electores, que le amenazaron de muerte si no accedía , y a quienes respondió: “sobre vosotros pese el resultado, si no acierto a cumplir por más que quiera” . Fue elegido sin ceñirse a lo estipulado en el VIII Concilio de Toledo y sufrió un nuevo levantamiento de los vascones (algo tradicional con cada nombramiento de rey), y un levantamiento de Ilderico en la Narbonense, donde se proclamó rey independiente de la España del Nordeste  con la ayuda del general Paulo (nótese que un general no lleva nombre godo), que lo iba a combatir. Entre tanto Wamba, que es llamado “rey del Medio Día” por Paulo en alusión a una pretendida división del reino , estaba combatiendo a los vascones, en su enésima revuelta.

Wamba marchó con un ejército de 70.000 hombres, que dividió en tres; una tomó el camino de la Cerdaña, en concreto a Llivia; la segunda se dirigió a Vic y la tercera a Barcelona, que fue la primera en caer en su poder. Luego, ya en el Pirineo, tomó Colliure y por Belitres, en la calzada romana, entró en la Narbonense. En el anfiteatro romano de Nimes se rindió Paulo a los pies del rey de los godos.

La actitud de Wamba fue ejemplar; venció a los vascones en quince días y a continuación se dirigió a Narbona; sofocó la sublevación y en el juicio subsiguiente fueron condenados a muerte 28 cabecillas, entre ellos el obispo Magalona. Acto seguido Wamba les conmutó la pena por la de tonsura y cárcel.  Conmutación que sería validada en el siguiente concilio de Toledo

Los concilios de Toledo tenían gran influencia de la nobleza y sobre todo del rey, habiendo derivado en actos que, en ocasiones, poco interesaban a la Iglesia y sí a algunos eclesiásticos, como el hecho de ubicar dos obispados en una misma ciudad, o poner obispos en lugares pequeños.  Los concilios, con Wamba, no se ocuparon de asuntos civiles, y sí de poner orden en un clero que estaba preñado de actuaciones absolutamente impropias, cuando no contrarias, a su función y estado. vemos en el primer canon del de Toledo prescribirse á los obispos que guarden en él la debida modestia, así en sus acciones como en sus palabras, que se produzcan con moderación, sin usar chanzas ni injurias, y que no haya ni confusión ni tumulto. Vemos en el primer canon del de Toledo prescribirse á los obispos que guarden en él la debida modestia, así en sus acciones como en sus palabras, que se produzcan con moderación, sin usar chanzas ni injurias, y que no haya ni confusión ni tumulto, y en el de Braga, que en el sacrificio de la misa no se use de leche ni de racimos de uvas, sino sólo de pan y vino.

Puso disciplina en el ejército y dictó leyes por las que se imponía el servicio militar, que había entrado en desuso entre la población. Impidió la invasión musulmana, que ya estaba desarrollada en el norte de África y lanzaron un amago de invasión con 260 buques el año 675 según unos historiadores, y dos años más tarde según otros ,  que parece fue propiciada por Ervigio  y que fue abortada gracias a la pericia de este gran rey que fue Wamba. Dictó leyes que obligaban militarmente a los nobles y a los eclesiásticos en el IX Concilio de Toledo, a consecuencia de lo cual sufrió un envenenamiento provocado por Ervigio que no lo mató, pero que le permitió tonsurarle. Acto seguido Wamba se retiró a un monasterio. Esto sucedía el año 680, cuando este acto significó un auténtico golpe de estado y la caída del reino visigodo en un gran desconcierto, signo absolutamente contrario al que reinó bajo los grandes reyes Recaredo, Recesvinto y Wamba.

Le sustituyó Ervigio, descendiente de Chindasvinto y autor de la conjura junto al obispo de Toledo, Julián, y sospechoso de haber posibilitado el intento de invasión musulmana. En el concilio que convocó (el XII de Toledo) se dedicó a devolver los privilegios que Wamba había recortado a los nobles, en concreto las obligaciones militares impuestas a los nobles. Este concilio, dirigido por el obispo Julián, judío de raza , se fortaleció la ley antijudía, no sin antes conceder inusitados privilegios a los judíos realmente convertidos, a quienes da título nobiliario y los exime de capitación.

En el XIII, del año 683, amnistió a Paulo y los cómplices de la sublevación de la Narbonense contra Wamba. Y también en este concilio se marcó el miedo del rey a posibles represalias por su actuación, ya que se señalaba de forma muy especial en la redacción del mismo la voluntad de proteger a su familia, en concreto a su mujer, de la que para el caso se cita el nombre, y la protección de sus hijos,  
quedando señalado “que nadie podría abiertamente o en secreto intentar matarlos, enviarlos al exilio, tonsurarlos o privarlos de sus propiedades. Las reinas, sus hijas y sus nueras no podrían ser obligadas a entrar en la vida monástica tras la muerte del rey. Todas estas actuaciones o intenciones quedaron prohibidas por los obispos so pena de anatema eterno y condena imparcial en la otra vida” , así como que “ninguno…por estratagema urdida por el rey o por instigación de otra potestad…sea privado del honor…” En este Concilio se asimiló a los sacerdotes con los gardingos y con los primates de palacio. Marcaba, en fin, seguridades para el rey y para su familia

En 687 le sucedió en vida su yerno Egica, sobrino de Wamba, que procuró restablecer el derecho de Recesvinto y convocó el XV Concilio de Toledo el 11 de Mayo de 688, el cual puede decirse que no tuvo más objeto que resolver una grave duda y escrúpulo que traía al rey desasosegado. Era el caso que al desposarse con Cixilona, la hija de Ervigio, había hecho juramento de amparar en todo a la familia de su suegro, y cuando recibió la corona había jurado hacer justicia por igual a todos sus súbditos. El Concilio respondió «que el primer juramento, el de proteger a la familia de su predecesor, no obligaba sino en cuanto no fuese contrario a la justicia que debía a todos sus súbditos.»  , por lo que en el canon IX justificaron también que el nuevo monarca repudiara a la hija de su predecesor, con la cual se había unido en matrimonio como parte de las medidas adoptadas para asegurar su propia sucesión. La reina Liuvigoto, tras ser repudiada, fue sometida a reclusión en un monasterio junto con sus hijas y a su familia se la privó de las posesiones que había «adquirido injustamente.

Otro asunto relevante que trató el XVI Concilio del año 693 fue el de la sodomía; el castigo que se imponía a todo clérigo o laico sodomita era ser azotado, decalvado, castrado y desterrado.  También se anatematizaba el suicidio. Todo, clara muestra de la depravación en que estaba sumido el reino.

Egica convocó el 17º y último concilio de Toledo;  agudizó la persecución a los judíos, que fueron diseminados y condenados a servidumbre por múltiples motivos, entre ellos el de conspiración con los árabes del norte de África en una conjura que tuvo efecto entre los años 692 y 694, así como con la conspiración que en esos mismos años se llevó afecto para facilitar otra invasión por parte de Constantinopla. Se dictaba que los hijos de judío fuesen arrancados del seno de su familia a los siete años de edad, y que fuesen educados por familias cristianas.

Pero por si fuera poco, existía una profunda separación de clases, ya que la nobleza visigótica, que se había apropiado de las dos terceras partes del suelo (historiadores recientes abogan porque esto no se produjo, ya que hubiese ocasionado una revuelta social, y abogan porque lo que recayó en los godos fueron las dos terceras partes de las rentas que correspondían al imperio) , disfrutaba de enormes prebendas y emulaba a la corte constantinopolitana en lo referente al lujo y a la laxitud de costumbres mientras la población llana vivía condenada a la pobreza. Y lo que era más grave, una parte nada desdeñable del clero, que tantos beneficios había prestado a la sociedad, especialmente desde el III Concilio de Toledo, también estaba inmersa en esa corrupción general .

En medio de esta desolación social y espiritual, el metropolitano de Toledo, Siseberto, fue cabecilla de una brutal conspiración destinada a matar a toda la familia real. Sisiberto fue excomulgado, confiscados sus bienes y exiliado en el concilio del siguiente año, el XVI, cuando además se promulgó que en todas las iglesias se rogase por el rey. Entre los compañeros de conspiración, si es que lo eran, estaba la viuda de Ervigio, y es razonable suponer que las otras dos mujeres y los otros dos hombres que se mencionan estuvieran emparentados de alguna forma con ella y con el rey anterior. Todo esto pudo ser simplemente la eliminación definitiva del la familia del predecesor de Egica.

Es este hecho, tan sólo, una muestra del grado de disolución social que estaba padeciendo España; las costumbres sociales, corrompidas, el clero, disoluto y atento a cuestiones ajenas a la religión, las gentes, desmoralizadas e inmersas en penurias y en la peste bubónica que se había generalizado en la narbonense y se había extendido por el reino durante la última década del siglo VII; las conspiraciones, a flor de piel, y la atención, alejada de la amenaza sarracena que ya ocupaba casi todo el África occidental, ponía en jaque las plazas fuertes españolas en el norte de África y había hecho incursiones tanto en la península como en las Baleares.

Pero hay más. Egica pudo haberse visto enfrentado a una amenaza mucho más grave durante aquel mismo período. Una única moneda que está relacionada en cuanto a su estilo con las del reinado de Egica indica que un rey llamado Sunifredo tomó el poder en Toledo en algún momento durante aquellos años y estuvo gobernando el tiempo suficiente para que la casa de la moneda comenzara a emitir en su nombre. Este nombre es también el de un comes sanciarum et dux que firmó las actas del XIII Concilio de Toledo en 683. Pudiera ser que las traiciones de Sisberto y Sunifredo fuesen una misma cosa.

Egica asoció al trono a su hijo Witiza, que sería rey en solitario del año 702 al 709.

En estas fechas, según la crónica de Juan de Víclaro, una flota de Constantinopla intentó reconquistar posiciones en España; no lo consiguió, pero sí importó la peste, que rápìdamente se extendió por España, y con especial virulencia en Toledo, de donde partió la corte el año 701.

Witiza organizó al estilo de los invasores que estaban en puertas un harén, dando libertad para que todos hiciesen lo propio y promulgando que el clero también lo hiciese, así como negando obediencia al sumo Pontífice.  Convocó el XVIII Concilio, que nada tiene que ver con la doctrina y si contra la doctrina, ya que se dictaron leyes a favor de la poligamia y el concubinato y del matrimonio de los clérigos.  Pero de este concilio no se conservan las actas

Por otra parte, Witiza, previendo conspiraciones, persiguió a los descendientes de Chindasvinto, que estaban al servicio de la corona, matando con su propia mano a Favila, padre de D. Pelayo, que huyó a sus estados, en Vizcaya, y de los que Witiza sospechaba alguna conjura .

No conforme con eso, Witiza hizo derribar las murallas de defensa de casi todas las  ciudades excepto las de Toledo, León y Astorga,  y desmembró el ejército, hizo arzobispo de Toledo a su hermano Oppas y amenazó al Papa con invadir Roma porque éste le amenazó con la excomunión.

El pueblo se rebeló ante un nuevo asesinato, el de Teodofredo, tío de Pelayo y padre de Rodrigo, llegando a proclamar rey a éste, quién combatió y venció a Witiza, que había designado sucesor a su hijo Agila II, que llegó a emitir moneda.

Existen historiadores actuales que señalan la posibilidad de que se produjese una guerra civil que enfrentó a los partidarios de Rodrigo con los partidarios de Witiza.
No obstante, la crónica de Alfonso III dice que Witiza nació del matrimonio de Egica con Cixilo, hija de Ervigio. Dado que este matrimonio se planeó como parte de los acuerdos para que Egica sucediera a Ervigio, y si Witiza fue el fruto de esta unión, no pudo nacer mucho antes de 688. Si esto es así, entonces sólo tenía alrededor de veinticinco años en el momento de su muerte o cuando fue depuesto, por lo que no podía tener hijos con edad suficiente para traicionar a alguien o algo; como mucho, el mayor de ellos tendría todavía menos de diez años en 711 o 712.

Rodrigo mandó sacar los ojos a Witiza y lo encarceló, según los datos allegados de esas fuentes. No hay datos de dónde y cómo murió Witiza.

No obstante, faltan documentos que revaliden exactamente todas esas actuaciones grotescas de Witiza, aspectos que son señalados por historiadores españoles del siglo XVIII como Juan Fco. Masdeu o Gregorio Mayans, y basándose en eso, no sería de extrañar que hoy sea reivindicado el buen nombre de este esperpento histórico. Podemos inferir que las maldades de Witiza han sido magnificadas, pero existen crónicas cercanas a Witiza en el tiempo que, como la Moissiacense, si no confirman todos los datos que nos invitan a despreciar a Witiza, sí confirman algunos y dejan entrever la veracidad de otros.

La mayoría de los nobles apoyaba a Rodrigo, que llamó a su lado a Pelayo y persiguió a los hijos de Witiza, que pasaron a la África controlada por los godos, donde, en connivencia con Oppas, los judíos dolidos de las persecuciones y el clero acomodaticio entre el que se contaba el desterrado Siseberto, que tenían pervertida moralmente a la sociedad, comenzaron a urdir añagazas contra Rodrigo, que, como criado que había sido en una sociedad perversa, no andaba muy lejos de la misma perversión. El vicio se enseñoreaba de toda España.

El año 704 el poder árabe estaba consolidado en el norte de África, y a su cabeza Al Walid, califa de Damasco, puso a Musa Ibn Nusair, que acabaría controlando todo el Magreb, y pactando ayuda para los witizianos en la guerra civil que mantenían con los partidarios de Rodrigo.

El año 708 murió Witiza según la crónica Moissiacense (Sanchez Albornoz asevera que murió en 710), pero no se sabe ni cómo ni dónde murió, dado que hay un gran vacío de noticia histórica del momento. Lo que sí parece evidente es que España estaba enfrentada en dos bandos irreconciliables: los partidarios de Witiza y los partidarios de Rodrigo, ninguno de los cuales, a lo que parece, conservaba algo digno de ser conservado, en una sociedad viciada.

Habíanse en efecto depravado y corrompido en los últimos reinados las costumbres del pueblo hispano-godo, así por parte de los eclesiásticos como de los legos, hasta el punto que con harta evidencia lo demuestran los cánones de los concilios.

En medio de ese vicio se había criado Rodrigo, que fue proclamado rey a mediados del año 710, y no tardó en desterrar a los hijos de Witiza, Olemundo, Aquila y Ardabasto, y en medio de ese vicio estaba la hija del gobernador de Ceuta que ha pasado a la historia como conde Julián, y que estaba en la corte de Rodrigo, que la forzó, según cuenta la leyenda.

Sigue contando la leyenda que, como consecuencia de este acto, Julián pactó con los árabes la invasión de España. Los árabes dan a Florinda, que era su nombre, el sobrenombre de “La Cava” (la mujer).

Lo que sí parece manifiesto son las añagazas, tanto de los deudos de Witiza como de los judíos, que habían sufrido persecuciones sin cuento por parte de la monarquía visigoda, y eso lo muestra el hecho que, tras la conquista, unos y otros ocuparon puestos de relevancia en muchos órdenes.

Unos y otros animaron la invasión, a la que ya venían decididos los musulmanes, como lo habían demostrado años atrás, y en vistas a la invasión que sería definitiva, desembarcó Tárif el año 710 con quinientos soldados que volvieron con un importante botín. Convencido con esto Muza de la exactitud de las noticias de Julián, y considerando el éxito de esta primera tentativa como un buen agüero y presagio de la prosperidad de sus armas, preparó otra segunda y más respetable expedición para la primavera siguiente.

Los “hijos de Witiza”, en concreto Aquila, se sublevaron en la provincia Narbonense con la idea de desviar las fuerzas militares de Rodrigo lejos del estrecho, y en el curso de este enfrentamiento, que compartía protagonismo con nuevo levantamiento de los vascones, sucedió la asonada árabe al mando de Tárik, que había sido atraído por los partidarios de Witiza para ayudarles en su lucha contra Rodrigo, con la idea de que ocupasen Toledo mientras ellos mantenían a las fuerzas leales a Rodrigo en el norte.
El conde Teodomiro tuvo varias escaramuzas y comunicó a Rodrigo la situación, lo que ocasionó que éste abandonase la campaña para acudir a enfrentarse en Guadalete con los invasores árabes a primeros de Julio del 711.
Y en puridad, aquí acaba la historia del reino visigodo. No se trata, por mi parte, de aportar ninguna novedad; nada he relatado que sea producto de mi investigación. Es, tan sólo, un repaso de la historia; un intento similar a los intentos que, por parte de personas honestas, y a caballo entre los siglos VI y VII, intentaron evitar lo que se les venía encima con la realidad que vivían bajo la tiranía de Ervigio-Egica-Witiza.
Lo que resulta altamente extraño es que mientras Roma tardó dos siglos en conquistar España, los árabes lo hicieron fulminantemente. ¿Once años? ¿Ponemos como final el alzamiento en Asturias? No. Mucho menos. Y esa realidad ocasiona una pregunta que tras trece siglos sigue sin respuesta. Claudio Sánchez Albornoz señala que el arraigo en la tierra de los godos produjo sin duda un descenso de su entusiasmo bélico , pero no parece que eso tenga el suficiente peso para justificar el terrorífico derrumbe de España, máxime cuando como el mismo autor señala, esas circunstancias las sufrieron también los francos.
Por mi parte, y sobre los godos, un juicio que tomo prestado: Nosotros, sin constituimos en apologistas de los godos ni de su sistema de gobierno, cuyos defectos hemos apuntado, añadiremos, por último, que si hemos de juzgar de la civilización de un pueblo, no por el ostentoso aparato de los triunfos militares comprados á precio de sangre humana; no por el brillo exterior de pomposos espectáculos, que fascinan y corrompen á un tiempo; sino por su mayor moralidad, por el menor número de inútiles matanzas de hombres, por el mayor respeto á la humanidad, á la propiedad, á la libertad individual de sus semejantes, por la mayor suavidad de sus leyes y de sus castigos, por su mayor justicia y su mayor consideración á la dignidad del hombre, España debió grandes beneficios á un pueblo que modificó y alivió la dureza de la esclavitud, que abolió la bárbara costumbre de entregar los hombres á ser devorados por las fieras del circo, que hizo menos mortíferas las guerras, que economizó la pena de muerte, que consignó en sus leyes la libertad personal, y que le dio, en fin, una nacionalidad y un trono que no tenía. Bajo este concepto la civilización goda aventajó en mucho á la romana, como guiada por el principio civilizador y humanitario del cristianismo. Así, al través de sus defectos de constitución, de las leyes bárbaras conservadas en su código, de los regicidios que mancharon el principio y el fin de su dominación, y de otros males de que no pretendemos eximir aquel período de tres siglos, incomparablemente menos terrible para España que lo fue para los pueblos de Europa, la sociedad siguió su marcha progresiva, aunque lenta, hacia su mejoramiento social. Ahora retrocederá otra vez, para encontrarse más avanzada al cabo de centenares de años, que tal es y tan pausado y por tantas contrariedades interrumpido el desarrollo de la vida de la humanidad.

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