viernes, 25 de septiembre de 2015

La caída del Imperio Romano: Sí, hay que tener memoria


Alrededor del año 270, la crisis sufrida por el Imperio era evidente en lo moral, en lo patriótico, y también en lo económico. Se produjo déficit en la balanza de pagos y el Imperio debía pagar sus importaciones con oro, del que carecía, por lo que ya en tiempos de Nerón se produjo una devaluación el año 64, que se iría repitiendo sucesivamente, llevando al denario de plata a un  descenso de peso y de ley que en el segundo siglo de nuestra era llegó al 70%. 

Los godos, en este tiempo habían pasado de ser meros guerreros, a cultivar la tierra, a explotar la minería, y a comerciar con el Imperio. Esta actividad les llevaría a la búsqueda de territorio donde asentarse, que toma cuerpo con el emperador Aureliano, quien, como ya hemos señalado, en 270 reconoce los asentamientos godos en Dacia como los de un pueblo amigo y aliado. Condición que verían mejorada en 332 con el emperador Constantino, que los convirtió en federados. Estas eran concesiones que Roma hacía por falta de capacidad para controlar la frontera, y este extremo no pasaba desapercibido a quienes al final acabarían invadiendo el Imperio.

El problema se agudizó cuando en 376, y como consecuencia del empuje de los Hunos, Valente les permitió asentarse en Tracia, dejando desguarnecida la frontera del Danubio, y dos años más tarde se hacían con los Balcanes. Finalmente Teodosio los vencería y los asentaría en Tracia y Mesia, hasta que murió Teodosio en 390, momento en que invadieron Grecia.

A partir del siglo IV sólo en Oriente existían grandes ciudades; y además es precisamente allí, en Siria y en Asia Menor, donde se concentraban las industrias de exportación, especialmente las textiles, de las que el mundo romano se constituye como mercado y cuyo transporte es realizado por barcos sirios.[1] El año 395 se divide el Imperio Romano, y en Hispania perviven una serie de ciudades que se han desarrollado con Roma: Corduba (Córdoba), Tarraco (Tarragona), Cartago Nova (Cartagena, Murcia), Emporion (Ampurias, Gerona), Barcino (Barcelona), Carteia (Cartaya, Huelva), Itálica (Sevilla), Caesar Augusta (Zaragoza), Valentia (Valencia) o Emerita Augusta (Mérida, Badajoz).

Rufino, el regente del Imperio de Oriente, ofreció un pacto a Alarico, por el que le nombraba  “magister militum” de Iliria a cambio de que abandonase Grecia. Pero Iliria pertenecía al Imperio de Occidente, con lo que el problema lo derivó al nuevo emperador, Honorio, y abría a los godos la invasión del Imperio de Occidente, que acometerían en cuanto suevos, vándalos y alanos atacasen la frontera norte y el ejército romano acudiese a enfrentarse a ellos. Esto sucedía en 407; Alarico tomaba Milán y amenazaba la misma Roma.

La reacción de Honorio fue dar por concluido el asunto y dedicarse a refriegas palaciegas en medio de las cuales acabó asesinando a su mejor general, Estilicón, el año 408, ocasión que aprovechó Alarico para engrosar su ejército con las tropas del asesinado.

Con estas tropas, el 24 de Agosto del 410 Alarico (All-Reich, todo rico), saqueó Roma sin que los patricios romanos se preocupasen de otra cosa que de conservar intactas sus propiedades.



[1] Historia General de España desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. Modesto Lafuente-Juan Valera


[1] El comercio del Mediterráneo hasta finales del siglo VIII Henry Pirenne: Las ciudades de la Edad Media

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