viernes, 1 de junio de 2018

DE ISABEL II AL SEXENIO REVOLUCIONARIO (texto completo)






Muerto Fernando VII el 29 de septiembre de 1833, asume la regencia, apoyada por los liberales, María Cristina de Borbón como Reina Gobernadora, en nombre de su hija Isabel II, que contando tres años de edad es nombrada princesa de Asturias. En principio no parecía que fuesen a producirse cambios.



El uno de octubre, Carlos María Isidro es proclamado rey por sus partidarios y publica el “Manifiesto de Abrantes”, donde se proclama rey con el nombre de Carlos V, y daba comienzo la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Hubo levantamientos en Talavera y Valencia, seguidos por otros en Castilla, Navarra y las provincias vascas, en forma de partidas rurales organizadas por Zumalacárregui. La guerra se extendió por Vascongadas, Cataluña, Aragón, el Maestrazgo, Galicia, Asturias y La Mancha, tomando especial virulencia en Vascongadas y Cataluña.

En el Manifiesto de Abrantes proclamaba el pretendiente:

No ambiciono el trono; estoy lejos de codiciar bienes caducos; pero la religión, la observancia y cumplimiento de la ley fundamental de sucesión y la singular obligación de defender los derechos imprescriptibles de mis hijos... me esfuerzan a sostener y defender la corona de España del violento despojo que de ella me ha causado una sanción tan ilegal como destructora de la ley que legítimamente y sin alteración debe ser perpetuada. Desde el fatal instante en que murió mi caro hermano (que santa gloria haya), creí se habrían dictado en mi defensa las providencias oportunas para mi reconocimiento; y si hasta aquel momento habría sido traidor el que lo hubiese intentado, ahora será el que no jure mis banderas, a los cuales, especialmente a los generales, gobernadores y demás autoridades civiles y militares, haré los debidos cargos, cuando la misericordia de Dios me lleve al seno de mi amada Patria, a la cabeza de los que me sean fieles. Encargo encarecidamente la unión, la paz y la perfecta caridad. No padezco yo el sentimiento de que los católicos españoles que me aman, maten, injurien, roben ni cometan el más mínimo exceso... Abrantes, 1 de octubre de 1833.

Como respuesta, el 4 de Octubre de 1833 se publicaba el “Manifiesto de la reina” en el que exponía su voluntad de contentar a carlistas y a liberales. Y es que si el carlismo era el sentimiento popular,

El liberalismo moderado era la fórmula apoyada por la burguesía periférica y por los hombres de negocios que empezaban a tener, en Madrid, cierta importancia. La inclinación de la Corte hacia el bando moderado liberal «no sólo representó una actitud de defensa de los derechos sucesorios de la recién nacida princesa Isabel, sino una tendencia de la burocracia fernandina a orillar el violento choque que se presentía entre exaltados y carlistas. (Cepeda 1981)

En el manifiesto Maria Cristina afirmaba:

Tengo la más íntima satisfacción de que sea un deber para mí conservar intacto el depósito de la autoridad real que se me ha confiado. Yo mantendré religiosamente la forma y las leyes fundamentales de la monarquía, sin admitir innovaciones peligrosas, aunque halagüeñas en su principio, probadas ya sobradamente por nuestra desgracia. La mejor forma de gobierno para el país es aquella a que está acostumbrado. Un poder estable y compacto, fundado en las leyes antiguas, respetado por la costumbre , consagrado por los siglos, es el instrumento mas poderoso para obrar el bien de los pueblos, que no se consigue debilitando la autoridad, combatiendo las ideas, las habitudes y las instituciones establecidas, contrariando los intereses y las esperanzas actuales para crear nuevas ambiciones y exigencias, concitando las pasiones del pueblo, poniendo en lucha o en sobresalto a los individuos y a la sociedad entera en convulsión. Yo trasladaré el cetro de las Españas a manos de la Reina, a quien le ha dado el Rey, íntegro, sin menoscabo ni detrimento, como la ley misma se le ha dado. (Incógnito 1844: 131

Un manifiesto en el que queda también manifiesto el arte del liberalismo para utilizar la mentira, cuyo uso defiende y justifica, por ejemplo, a la hora de realizar una campaña electoral… o a la hora de utilizar una propaganda engañosa también en otros ámbitos no necesariamente políticos.
Un uso de la mentira que no tiene rubor en proclamar. Por ejemplo, John Knox asegura:

En contra de nuestros malditos oponentes, todos los medios están justificados, mentiras, traición, manipulación de las leyes aunque sean contradictorias.

Un uso de la mentira que, evidentemente, siempre se realiza en beneficio propio. Algo que les es reprochado incluso por el comunismo que, no en este caso sino en otros, relata alarmado las matanzas llevadas a cabo por los liberales, a quienes acaba no reprochando la barbaridad en sí, sino que ésta esté llevada a cabo no por odio, sino por mero cálculo.

En 1840 dio fin la primera guerra carlista, pero con ello no acabarían los problemas del estado liberal, sino que, por el contrario, se recrudecieron.
A partir del 1 de septiembre de 1840 estallaron revueltas por toda España en las que se formaron "juntas revolucionarias". La primera en constituirse fue la de Madrid encabezada por el propio Ayuntamiento en defensa de la Constitución de 1837 y en demanda de un nuevo gobierno.
Ante esta situación, la Regente ordenó al general Espartero que reprimiera la rebelión, algo a lo que se negó Espartero, que acabó constituyendo un nuevo gobierno de carácter progresista que acogía las demandas relativas a la suspensión de la ley de ayuntamientos y la disolución de las Cortes, y que comportaba la renuncia de María Cristina a la Regencia, algo que tendría lugar el doce de octubre de 1840.
En el escrito que envió a la regente, y manifiestamente en relación al matrimonio secreto de Maria Cristina con Fernando Muñoz y Sánchez, duque de Riansares, contraído tras la muerte de Fernando VII, se decía:

Hay Señora, quien cree que Vuestra Majestad no puede seguir gobernando la nación, cuya confianza dicen ha perdido, por otras causas que deben serle conocidas mediante la publicidad que se les ha dado.
La tutela de Isabel II quedó encomendada a Agustín Argüelles, mientras la regencia pasaba a manos de Espartero, que mientras estuvo en el poder, hasta 1843, tuvo que afrontar la oposición de progresistas y moderados. Espartero y O’Donnell, que habían combatido juntos a los apostólicos, empezaban a distanciarse.

Tres años duró la regencia de Espartero, en un mar de conflictividad que llevó a acelerar el reconocimiento de mayoría de edad de Isabel II.

El 10 de Noviembre de 1843 juraba Isabel II como reina constitucional. Contaba 13 años, y el nuevo gobierno fue presidido por el progresista Olózaga.

La niña coronada, Isabel II, juraba:

Juro por Dios y por los Santos Evangelios que guardaré y haré guardar la Constitución de la Monarquía española, promulgada en 18 de Junio de 1837; que guardaré y haré guardar las leyes, no mirando en cuanto hiciere, sino al bien y provecho de la Nación. —Si en lo que he jurado, o parte de ello, lo contrario hiciere, no debo ser obedecida; antes aquello en que contraviniere, sea nulo y de ningún valor. Si así, Dios me ayude y sea en mi defensa; y si no, me lo demande.

Como casi todos los juramentos de los distintos miembros de la familia Borbón, mayores o menores de edad, evidentemente, era papel mojado.

Con la nueva situación, el 28 de Marzo de 1844 regresaba a España Maria Cristina, y el 18 de Mayo de 1845, don Carlos abdicaba en su hijo con la esperanza de que la posible boda de éste con la reina acabase con el conflicto dinástico.

Pero también en este empeño obtuvo un fracaso el pretendiente. Isabel II acabó casándose con Francisco de Asís, que además de la mofa generalizada como consecuencia de su pública impotencia, y del consiguiente y también público escándalo sexual permanente protagonizado por Isabel II, representó un nuevo fracaso del carlismo al frustrarse la boda que tenían prevista con Carlos Luis, conde de Monteleón, hijo del pretendiente Carlos.

Europa entera, excepto España, pareció tener derecho a intervenir en este asunto; pero particularmente pretendían hacer pesar su influencia en él Inglaterra y Francia. Seis eran los aspirantes a enlazarse con la Reina y con la infanta: El conde de Montemolín, hijo mayor de Don Carlos, que a pesar de sus ofertas y concesiones políticas, fue rechazado por todas las fracciones liberales; el de Trápani, a quien apoyaban los Estados italianos y la Reina Cristina; pero cuya candidatura hubo dé ser abandonada por igual causa; un príncipe de Coburgo, a quien se inclinaba el Gobierno inglés; dos de la casa de Braganza, que, aunque demasiado niños, eran para algunos los más aceptables en el concepto de facilitar la unión de España y Portugal; y por último, el infante Don Enrique de Borbón, que gozaba de las simpatías de los progresistas. (Orellana, II: 345)

Don Francisco de Asís de Borbón fue impuesto como candidato neutral por las presiones de Francia e Inglaterra, que temían la ascensión al trono de un consorte extranjero que pudiera inclinar el fiel de la balanza de las relaciones internacionales españolas hacia una u otra potencia. Desde el inicio de su matrimonio los esposos se profesaron mutuamente una antipatía insalvable que condujo a continuas separaciones. En distintas ocasiones hubieron de mediar entre la real pareja políticos cercanos a la reina, como Narváez, y las instancias eclesiásticas, incluidos el papa Pío IX y el confesor de la reina, el arzobispo Antonio María Claret.

La boda de Isabel II motivó que los exiliados en Francia huyesen a Inglaterra para desde allí organizar un nuevo levantamiento.

Como un folletín transcurría la vida de la corona, y las chanzas al respecto eran generalizadas, alcanzando el escándalo gran importancia también en la prensa.

Para contrarrestar los efectos de la evidencia, el gobierno O’Donnell emprendió en 1858 una campaña de viajes de Isabel II por provincias, con el ánimo de que aumentara la popularidad de la reina.

La Guerra de África, entre 1859 y 1860, llevada a cabo con el permiso de Inglaterra a condición de que España no ganase ninguna posición permanente, serviría como elemento para lavar la imagen de la reina, que era llamada “madre de los españoles”, y señalada como aliada de su pueblo en la lucha por la dignidad e independencia nacionales. De hecho, la entrada de la reina en Barcelona, en septiembre de 1860, fue la más multitudinaria y espontánea de cuantas hubo.

Pero el teatro que significó la guerra de África, sólo sirvió para repartir títulos nobiliarios, y el prestigio de Isabel II nuevamente cayó a la alcantarilla de la que ella misma era producto y crisol, por lo que el Gobierno de Narváez promovió en 1867 un movimiento de adhesión a la reina ante la campaña de progresistas y demócratas contra el trono, que sirvió de poco, ya que el repudio a los Borbones se convirtió en una seña de identidad de los revolucionarios de 1868.

Proliferaron los folletos sobre la vida privada de Isabel II, casi todos con las mismas anécdotas, como los de Rafael Gomuz, Memorias secretas de Isabel de Borbón, por un testigo ocular, y el de Eusebio Pereda, la carta de un rústico español a Isabel II. O los anónimos Vida privada de Isabel de Borbón; La llave de oro del padre Claret, obispo y confesor… in partibus infidelium, y una colección de insultos homofóbicos titulada Misterios de Paquita. Todos estos folletos estaban repletos de anécdotas de dudosa veracidad, pero que encajaban con la imagen de la reina del “furor uterino”, el despilfarro, la crueldad, la beatería y el latrocinio. Incluso la obesidad se mostró como una prueba del vicio y la dejadez, pero también para contraponerla a la imagen de un pueblo hambriento. (Vilches 2006)

La idea era que las costumbres privadas inmorales de la reina condicionaban sus decisiones públicas, por lo que se rodeó de una corte de interesados y consentidores. Los republicanos les definían como hombres faltos de patriotismo, de “ciencia de gobierno” y sensatez. Esto hundió, escribió un radical, la educación, la ciencia, la economía, el progreso y la libertad. Los republicanos señalaban a cuatro favoritos como instrumentos de los partidos, de la corrupción y de la inmoralidad: a Enrique Puigmoltó (supuesto padre de
Alfonso XII), a Tirso Obregón y Miguel Tenorio (presuntamente a sueldo de los partidos unionista y moderado), y a Carlos Marfori (sobrino de Narváez). A este último, Blasco Ibáñez le definía como a “una especie de chulo endiosado, poseedor de ocultas prendas que enloquecían a la reina”. La conducta inmoral alcanzaba al rey consorte, al que los republicanos relacionaban con Meneses. El escritor Manuel Villalba Hervás se burlaba diciendo: “para que nuestros lectores nos entiendan mejor: D. Francisco era a
Meneses lo que doña Isabel a Tenorio” (Vilches 2006)

Los historiadores monárquicos, tan leídos como los republicanos, y copiados, como Antonio Pirala, Bermejo o Juan Valera, hicieron un juicio similar en el fondo. Había sido una reina inepta, maleducada y adúltera, pero sobre todo desgraciada porque no tuvo a su lado nadie que la educara o amara. El mismo García Ruiz terminaba diciendo que “por todo lo que acabamos de sentar, no puede Isabel II inspirar odio al historiador, sino lástima”. Se sentó así la imagen de la reina de los tristes destinos. (Vilches 2006)

Todas estas circunstancias (crisis política, social y económica) coadyuvaron a un pronunciamiento militar el 17 de Septiembre de 1868 en Cádiz conocido como “la gloriosa”. El almirante Juan Bautista Topete sublevó la Armada, y  Prim se puso al frente de la rebelión a la que se unieron Serrano y Dulce. Todos eran liberales y monárquicos, y su unidad de acción fue posible porque O’Donnell había fallecido (en 1867) y Narváez también (en 1868).

El día siguiente, Topete emitió una proclama en Cádiz el conocido como Manifiesto de España con Honra, que se iniciaba declarando la desobediencia al gobierno y manifestando su resolución de no deponer las armas hasta que la nación recupere su soberanía, y denunciaba la corrupción generalizada (administración, prensa, enseñanza…), al tiempo que hacía una llamada a las armas señalando que contaba con el apoyo de los liberales y de Europa. Firmaban la proclama Duque de la Torre, Juan Prim, Domingo Dulce, Francisco Serrano, Ramón Monvillas, Rafael Primo de Rivera, Antonio Caballero de Rodas y Juan Topete, todos pertenecientes a los partidos unionista (O’Donnell) y progresista, enfrentados con los moderados.

Le seguiría la proclama de la Junta provisional revolucionaria de Sevilla de 20 de septiembre, en la que se marcaban como objetivos los siguientes:
El sufragio universal
La libertad absoluta de imprenta.
La proclamación de la libertad de enseñanza, culto, tráfico e industria, y la reforma… para establecer de lleno la libertad de comercio.
La abolición de la pena de muerte.
La seguridad individual y la inviolabilidad del domicilio y la correspondencia.
La abolición de la constitución bastarda que nos venía rigiendo…
La abolición de las quintas.
Abolición de los derechos de puertas y consumos.
La convocatoria de Cortes Constituyentes. (ver en anexos las proclamas de las juntas revolucionarias)

Como consecuencia de toda esta situación, y tras la batalla de Alcolea, la llamada «Revolución Gloriosa» dio paso al sexenio revolucionario y significó la caída de Isabel II, que debió exiliarse a Francia, donde murió después de haber cedido los derechos a su hijo el príncipe Alfonso, creándose una regencia de la que sería titular el general Serrano.

Un mes más tarde, el 19 de Octubre de 1868, Álvarez Lorenzana, ministro de estado, en el manifiesto a los agentes diplomáticos, dejaba bien marcado el carácter de sometimiento a los intereses foráneos que adornaba a “la gloriosa”. Decía entre otras cosas:

El fin a que aspiramos es el de ponernos al nivel de los pueblos más adelantados, dejando de ser una chocante y desapacible disonancia en el gran concierto de las naciones libres. Tenemos, pues, un derecho perfecto a que se respete inviolablemente la situación que hemos creado, y una justa esperanza de que los gobiernos que marchan al frente de la civilización europea, no rehurasán a la España con honra las pruebas de amistad y confraternidad que otorgaban a un poder que, tras de subyugarnos, nos abatía y humillaba. (Orellana III: 759)

Como un hecho organizado por ellos mismos, Inglaterra y Francia tomaron favorablemente la nueva situación de España.

El teatro necesitaba una trama que pudiese entusiasmar a la víctima, por lo que pareció darse alas a la anhelada unión ibérica, y en Portugal se difundió la siguiente proclama:

La unión de España y Portugal es necesaria a la felicidad de ambos países – Gritemos con todas nuestras fuerzas: ¡Viva la unión ibérica! ¡Viva Don Luis I, soberano de los dos países unidos!... ¡Portugueses! No perdamos la ocasión que la Providencia nos ofrece de ser un pueblo grande, formando una nación que será la envidia del mundo, porque podrá dictar leyes a todos y no obedecer a nadie. ¡Portugueses! ¡Viva la unión ibérica! (Orellana III: 761)

Pero los servidores de los intereses al servicio de las ideas liberales y de Inglaterra, divulgaban en la prensa ideas radicalmente contrarias.

No era la unión ibérica, precisamente, lo que buscaban los precursores de “la gloriosa”… El sexenio democrático se caracterizaría en primer lugar por generar  conflictos con la Iglesia. Al respecto, señala Antonio Orozco Guerrero que,

a grandes rasgos, se puede plantear inicialmente esta confrontación como el choque de dos tendencias contrapuestas, una clerical, confesionalista y conservadora, y otra anticlerical, secularizadora (o laicista) y modernizante. (Orozco 2013: 22)

Con frecuencia durante el sexenio la Iglesia católica y sus representantes sufrirían ataques injustificados e irracionales. Algo que venía sucediendo desde los comienzos del liberalismo, y que no cejará con el transcurso de los siglos.

Y en otros ámbitos, a pesar de haber actuado juntos, moderados y progresistas estuvieron a la greña desde el primer momento, siendo acusados aquellos de reaccionarios, y actuando, unos y otros, en el terreno del enchufismo y de las más bajas expresiones de populismo, dando lugar a estrambóticas situaciones que inexorablemente comportaban el deterioro de los intereses generales. Como ejemplo,

Los operarios sin trabajo puestos a cargo del municipio madrileño se ocupaban en remover tierras inútilmente, y como el hombre no aprecia lo que nada vale, comenzaron a considerar obligatorio el jornal que se les daba, resistiéndose al mismo tiempo a trabajar, y a tal punto llegaron sus exigencias, que un día se amotinaron contra los jefes de brigada, promoviendo un verdadero conflicto en las afueras de la población. Tratóse entonces de dar ocupación más útil a los jornaleros, y facultado el ayuntamiento para emprender obras y ejecutar mejoras, no encontró por de pronto nada más aceptable al criterio revolucionario que derribar templos. Santa María de la Almudena, Santa Cruz, Santo Domingo y San Millán cayeron sucesivamente a impulsos de la piqueta demoledora…/…
En Barcelona, como en Madrid, en Sevilla y otras capitales de provincia, diéronse prisa los revolucionarios a derribar templos y exclaustrar monjas, mientras por el Ministerio de la Gobernación se ordenaba a los gobernadores que procediesen a incautarse de edificios, libros, papeles y fondos pertenecientes a las asociaciones religiosas extinguidas. (Orellana III: 756)

En otros ámbitos, el Sexenio revolucionario o democrático  (1868-1874) hizo hincapié en la redacción de leyes, y conoció cuatro etapas:

* La primera, la del Gobierno provisional, se desarrollaría hasta el año siguiente, con la presidencia de Serrano, desde el ocho de octubre de 1868 hasta el 25 de febrero de 1869, fecha en que el mismo Serrano sería proclamado Presidente del Poder Ejecutivo.

El 25 de octubre de 1868 el gobierno hizo público un manifiesto a la nación donde presentaba su programa de reformas: sufragio universal, libertad religiosa, de enseñanza, de imprenta, de asociación, y de reunión, creación de la peseta, ley de minas y arancel librecambista.

También llevó a efecto la disolución de las conflictivas juntas de “Voluntarios de la libertad”; algo que no acaba de ser del todo cierto, ya que se dio paso a unos organismos anárquicos, supuestamente incontrolados, pero debidamente financiados, que cumplían las funciones de los “Voluntarios de la libertad”, anteriormente “Milicias Nacionales”, posteriormente “Milicias de la república”, y actualmente lo que el vulgo conoce como “perroflautas” o “guarros”.

* La segunda etapa la cubriría la Regencia de Serrano, que cubriría la etapa de 18 de junio de 1869 a dos de enero de 1871.

* La tercera etapa la cubre el reinado de Amadeo de Saboya, que dura hasta el doce de febrero de 1873.

* La cuarta etapa la cubre la primera República, que se extiende desde el 12 de febrero de 1873 hasta el 30 de diciembre de 1874, con la proclamación de Alfonso XII.
Muy pronto quedaría manifiesta la dependencia que también “la gloriosa”, y como venimos señalando, tenía de las potencias extranjeras. Si ya el 19 de Octubre había quedado sentada esa dependencia, un mes más tarde, el 20 de noviembre de 1868, se promulgó un decreto ley sobre derecho de asociación, en el cuerpo del cual se cita a Inglaterra y a Holanda como principios a imitar.
Pero no sería la única referencia a esa dependencia. Sería necesaria la promulgación de leyes que diesen cuerpo a la doctrina. En ese orden de cosas se promulgó el decreto ley de bases generales de 29 de diciembre de 1868. A partir de su promulgación no hubo que realizar trámites previos ni demostrar la existencia de mineral para la excavación de una mina, y confirió carácter perpetuo con el simple abono del canon correspondiente, pasando el subsuelo español a ser objeto de una especulación enfebrecida. La ley puso la mitad del subsuelo explotado en manos extranjeras ya que, a diferencia de los campos, el laboreo de las minas exigía elevados capitales. Con la legislación de la Gloriosa se acaba con la obligación de tener las concesiones en actividad.

También durante el Sexenio se redactó una nueva Constitución liberal-democrática que recoge una amplísima declaración de derechos individuales, en concreto en los artículos 2, 3, 4, 21 y 26, consagrándose la  división de poderes en los artículos 34, 35 y 36, e instaurándose los jurados en el artículo 92. Una constitución que desde el primer momento fue repudiada por los carlistas, por los republicanos y por amplios sectores sin determinar.

A partir de este momento, la libertad de asociación posibilitará la creación de la AIT, que tendría especial significación en el desarrollo de los conflictos del año 1873.

Los acontecimientos se sucedían de forma frenética. Del 15 al 18 de enero de 1869 se celebraron elecciones a Cortes Constituyentes, con sufragio universal masculino. Prim y Serrano se presentaron a las elecciones al frente de la coalición formada por el Partido Progresista acaudillado por Prim como sucesor de Espartero, la Unión Liberal acaudillada por Serrano y la fracción del partido demócrata no incompatible con la monarquía.

También se presentan los republicanos, pero ahora escindidos en dos: los republicanos unitarios (moderados) y los federales (radicales).

Dentro de los federales existían grandes diferencias: los moderados, encabezados por Salmerón y Castelar, apostaban por una república federal de unidad estatal basada en el modelo francés mientras que los intransigentes entendían la república federal organizada desde las bases a través de la creación de juntas revolucionarias que vertebrarían el país formando cantones federados entre ellos. Entre una y otra opción, más extremas, se situaba una apuesta intermedia.

Este último grupo proponía una república respaldada en una constitución federal que permitiera la organización del estado en cantones semejante a los sistemas de organización de estado de los Estados Unidos y de Suiza. Es de resaltar que Francisco Pi y Margall encabezaba este grupo.

Los monárquicos, dirigidos por Cánovas se denominarán alfonsinos desde 1870, cuando Isabel II abdica en su hijo Alfonso.

También concurren los carlistas.

Con una gran abstención y un escandaloso fraude electoral, los progresistas obtuvieron la mayoría simple. Las Cortes se constituyeron el 22 de febrero, con la siguiente composición

Progresistas…………….. 159 diputados
Unionistas……………....   69       “
Republicanos federales….. 69       “
Demócratas……………….20       “
Carlistas…………………..18       “
Isabelinos…………………14       “
Republicanos unitarios……. 2       “

En resumen, todos, menos los carlistas, liberales.

Las elecciones habían sido convocadas por el gobierno provisional surgido de “la Gloriosa”, y como queda reflejado, fueron ganadas por los monárquicos, y no contentaron a los republicanos, ni a los carlistas, ni al movimiento obrero, ni a la derecha…

A partir del 11 de febrero de 1869, las sesiones de las Cortes Constituyentes dieron lugar al planteamiento de nuevos modelos de Estado, mientras se dedicaban a buscar un nuevo rey, para cuyo puesto fue postulado, contra su voluntad, Espartero. También se barajó coronar a Antonio de Orleáns, cuñado de Isabel II; al hijo de Isabel II (el futuro Alfonso XII); a Fernando de Sajonia-Coburgo; al príncipe Leopoldo de Hohenzollern… Finalmente, el elegido sería Amadeo de Saboya, grado 33 de la masonería.

La opción de conseguir la unión de España y Portugal, que se barajó en el momento, aparentando acoger el sentimiento popular, fue finalmente desechada al haber rechazado el ofrecimiento el príncipe Fernando, en cuya renuncia no andaba lejos la diplomacia británica.

Todas las vilezas del liberalismo se dieron cita en las Cortes, que no tuvieron nada que envidiar a las que conocemos en el siglo XXI.

El 19 de mayo, Pi y Margall hizo la defensa de la república al tiempo que justificaba la monarquía británica, afirmando que

En Inglaterra no hay partidos enemigos de la libertad, no hay inglés que crea posible limitar los derechos individuales, no hay uno que no se sintiese humillado si viese coartada o violada una de sus libertades. (Pi 1869: 90)

Con estas premisas, el 1 de Junio de 1869 Se redactaba la nueva constitución.

Pero la mayoría parlamentaria seguía en manos de los monárquicos, que se dedicaban a encontrar un nuevo rey para España, pero los candidatos la rechazaban como una patata caliente, motivo el por el cual, y dada la popularidad que había llegado a alcanzar Espartero, fue considerado idóneo para ceñir la corona, debiendo reconocerle cierto grado de prudencia al candidato, que consideró inoportuna la propuesta.
Por su parte, el duque de Montpensier, que había tomado parte significativa en los preparativos de la revolución,  reclamó a Prim el trono de España, con el título de Antonio I, pero fue desestimado por quién se convertiría en el alma de la restauración, que argumentó el veto formal de Napoleón III. Algo tendría que ver el hecho de, siendo capitán general del ejército, no haberse incorporado, como fue requerido, a la columna de Serrano que posteriormente alcanzaría la victoria en el Puente de Alcolea en 1868.
El 18 de junio de 1869, a pesar de la oposición republicana, fue nombrado regente Francisco Serrano Domínguez, capitán general y duque de la Torre, título de nobleza concedido por Isabel II en 1862, y que hasta el momento había sido el jefe del gabinete.

Una de las funciones del gobierno sería encontrar nuevo rey. A estas alturas, el partido republicano se señalaba como el más importante, reforzándose por el hecho de las infructuosas gestiones para dotar a España de rey. Finalmente aceptaría el cargo Amadeo de Saboya, que subiría al trono el 2 de enero de 1871, quién según Francisco Pi y Margal

…desconocía de España la historia, la lengua, las instituciones, las costumbres, los partidos, los hombres; y no podía por sus talentos suplir tan grave falta. (Pi 1884: 7)

Su elección fue decidida por las cortes el 16 de octubre de 1870.

Amadeo de Saboya, el candidato de Prim, ganó la votación por ciento noventa y un votos de un total de trescientos treinta y cuatro. La llegada de don Amadeo al trono español dio lugar a un motivo más de tensión entre la Iglesia católica española y el Estado. Para el episcopado, era el hijo del rey excomulgado que había tomado Roma y encarcelado al papa. Antes de ocupar el trono, el rey escribió al papa poniéndose bajo su protección espiritual, pero Pío IX no se la dio y se limitó a prevenirle de los peligros de la revolución española. (Orozco 2013: 68)

Finalmente, Amadeo I de Saboya desembarcó en Cartagena el 30 de diciembre de 1870, tres días después del asesinato de Prim, en medio de la oposición de carlistas, republicanos, aristócratas, terratenientes, clero…

No lo querían ni los republicanos ni los carlistas, que eran los dos grandes partidos de España, ni los antiguos conservadores, que estaban por D. Alfonso. Recibíanle de mal grado los unionistas, que habían puesto en el duque de Montpensier su esperanza, y algunos progresistas, que deseaban ceñir la diadema de los reyes a las sienes de Espartero.  (Pi 1884: 7)

Al respecto, sigue relatando Pi,

Amadeo, gracias a la inoportunidad con que aquí vino, nada pudo hacer ni nada hizo. Pasó por el país sin dejar rastro ni huella. Inició una sola ley de importancia, la de la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, y no llegó a sancionarla. En poco más de dos años hubo de cambiar cinco veces de ministros y convocar tres Cortes. Hubo de pasar las horas viendo cómo se combatían y se destrozaban los dos ilustres rivales progresistas: Sagasta y Ruiz Zorrilla. Fue verdadero juguete de las fracciones monárquicas. Para mayor desgracia suya, la víspera de su entrada en la Península había perdido al general Prim, que le habría podido servir de guía y de escudo, ya que ejercía un decisivo influjo sobre el partido progresista, tenía a raya a la unión liberal y algún respeto merecía a los mismos republicanos. Muerto Prim, se desencadenaron ambiciones hasta allí bien omal contenidas y desprestigiaron la nueva dinastía. (Pi 1891: 5)

Fue estéril el reinado de Amadeo en lo político y fue desastroso en lo económico. En el primer presupuesto hubo ya de pedir una emisión de 150 millones de pesetas en deuda consolidada y otra de 225 nominales en billetes del Tesoro; en el segundo, la facultad de poner en circulación los bonos en cartera, emitir 100 millones más y exigir el anticipo de un semestre de la contribución territorial y el subsidio de industria y de comercio; en el tercero y último, proponer la emisión de 300 millones en billetes hipotecarios y 250 en deuda consolidada, dejando de pagar en metálico las dos terceras partes del cupón vencido, y para todo esto entrar en conciertos con el Banco de París y otorgarle injustificados monopolios. Verdad es que el mal venía de lejos, pues al caer doña Isabel se había dejado exhausta la Caja de Depósitos y era considerabilísima la deuda flotante, tanto que la revolución había debido empezar por un empréstito de 500 millones de pesetas, tras el cual vino otro de 250. (Pi 1891: 5)

No fue fácil la situación que encontró Amadeo
Hubo seis ministerios en los poco más de dos años que duró su reinado, creciendo cada vez más la abstención, Tras un intento de asesinato contra su persona el 19 de julio de 1872, Amadeo I declaraba su angustia ante las complicaciones de la política española -Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi — No entiendo nada, esto es una jaula de locos, (de grillos, diríamos). La situación no parecía mejorar, debido al estallido de la Tercera Guerra Carlista y del recrudecimiento de la Guerra de los Diez Años en Cuba. Además, al empezar 1873, la coalición gubernamental, presa de fuertes fricciones entre los partidos que la conformaban, se separó definitivamente, presentándose por separado a las elecciones. (Orte 2015: 20)
Mientras, Alfonso, el hijo de Isabel II, estaba en una academia militar austriaca a la que le llevo su madre en la que se formaba junto a los futuros príncipes austriacos. Cánovas le trasladó en 1874 a la academia de Sandhurst desde donde escribió el manifiesto de Sandhurst, en el que Alfonso prometía que si el llegase a ser el rey, establecería un gobierno plenamente constitucional y sin ningún tipo de represalias.

El motivo del cambio de academia estaba en que la academia austriaca impartía la ideología absolutista, y esto ya no interesaba por lo que le llevo a la academia inglesa junto a los príncipes ingleses que tenían como modelo político el turno de partidos, y esto era justo lo que pretendía Cánovas.

ANEXO

PROCLAMA DE LA JUNTA DE ASTURIAS
ASTURIANOS:
Los males de la patria reclamaban un esfuerzo heroico; la inmoralidad y el desorden se habían entronizado en las regiones del poder; y nuestra dignidad, todos nuestros derechos conculcados, exigían que se apelase al supremo remedio de un alzamiento nacional.
En Cádiz se enarboló la bandera de la libertad, que hoy, tremolan con robusto brazo los más esforzados ciudadanos. Poseídos de santo entusiasmo, han respondido los pueblos todos al llamamiento de la marina de guerra, al grito santo de libertad, lanzado desde la inmortal Ciudad, en donde los egregios patricios de 1812 publicaron el código de nuestra regeneración política y social.
Ciudadanos: nuestra constitución estaba violada; ningún respeto se tenía a la libertad individual; diariamente profanaban el santuario del hogar doméstico los esbirros de un gobierno degradado; la propiedad se hallaba a merced de infames malversadores; cundía por todas partes la inmoralidad, que descendía desde lo alto del trono; se premiaba el vicio, y  era menospreciada la virtud; parecía como que había sonado la última hora para esta magnánima Nación.
Fue grande nuestro sufrimiento, inmenso el dolor de un Pueblo, que veía sacrificados sus mejores hijos por la más insolente de las tiranías.
Con sangre de liberales habíamos cien veces regado los campos para conquistar nuestros derechos, atropellados más tarde por una Señora, a cuyas sienes ciñéramos una corona. Hoy espía su ingratitud y la bajeza de sus costumbres, perseguida por la abominación universal. Por grande que el castigo fuera, jamás igualaría a la inmensidad de sus culpas.
¡Honor a la Marina y al Ejército que se han unido al pueblo para derrocar una dinastía corrompida, un despotismo que nos envilecía!
Hemos recuperado la plenitud de nuestros derechos y de nuestra soberanía.
En Cortes Constituyentes, que serán elegidas por medio del sufragio universal, se dará el pueblo el Gobierno que mejor le convenga. La Libertad nos elevará al rango de una gran Nación.
ASTURIANOS:
¡Abajo los Borbones! ¡Viva la Libertad! ¡Viva la Soberanía Nacional!
Oviedo, 30 de Septiembre de 1868.- Victoriano Argüelles, presidente.-Manuel Pedregal Cañedo.-Juan González Ríos.-Servando Ruiz Gómez.-José Hipólito Alvarez Borbolla.-José González Díaz.-José Posada Huerta.-José González Alegre y Alvarez.-Casto de Cabo.-José Mª Celleruelo, secretario.
PROCLAMA DE LA JUNTA REVOLUCIONARIA DE MADRID

JUNTA SUPERIOR REVOLUCIONARIA DE MADRID.
CIUDADANOS:

Constituida esta Junta, su primero y más grato deber es saludaros en nombre de ese venerando principio del sufragio universal, fuente de todos los poderes en el derecho político moderno, de ese principio que, apenas proclamado desde los muros de Cádiz, ha sido aplicado por vosotros para investirnos con vuestra más omnímoda confianza. Corresponder á ella, interpretar vuestros sentimientos, hallar la fórmula de vuestras aspiraciones, tal es el deseo de esta Junta, mal segura sin embargo de elevar su misión á la altura de las circunstancias.
Inspirándose en vuestro patriotismo, procurará, por cuantos medios estén á su alcance, contribuir á que el Gobierno provisional que está para formarse, sea la más genuina y directa personificación de una revolución que aspira á levantar, por medio del ejercicio de la soberanía nacional, el edificio permanente é incontrastable de las públicas libertades.
Grande es la seguridad que la Junta abriga en que la obra inaugurada por los gloriosos caudillos de la revolución llegará á verse coronada por las Cortes Constituyentes. Antes de que éstas se reúnan, antes de que el pueblo todo, el magnánimo pueblo español, que no se levanta nunca unido y compacto que no sea para asombrar al mundo, elija sus representantes, preciso es remover muchos obstáculos, allanar un campo sembrado de escombros, sustituir rápida, enérgica, valerosamente a lo que ha dejado de existir, una organización provisional; pero tan robusta y completa, que merezca ser sancionada en su conjunto y perfeccionada en sus detalles por los futuros y supremos legisladores. Ese es el gran papel reservado á los nuevos gobernantes del país, y la Junta confía en que sabrán cumplir su cometido tan dichosamente, que correspondan desde el primer momento con sus actos á la espectación universal que la revolución española despierta en estos instantes en el mundo entero.
Confianza pues, confianza completa en los iniciadores de la revolución, en los eminentes patricios que han tomado sobre sus hombros la obra de nuestra regeneración política y social, os aconsejan y recomiendan vuestros elegidos.
¡Abajo los Borbones! ¡Viva la soberanía nacional! ¡Viva el sufragio universal! ¡Vivan los caudillos libertadores! ¡Vivan el ejército y la marina!

Madrid 7 de Octubre de 1868.

Presidentes honorarios: Duque de la Torre.= Marqués de los Castillejos.=Presidente efectivo, Joaquín Aguirre.=Vicepresidentes: Nicolás María Rivero.=Marqués de la Vega de Armijo.=Secretarios: Inocente Ortiz y Casado.= Telesforo Montejo.=Felipe Picatoste.=Francisco Salmerón y Alonso.=Diputados: Gregorio de las Pozas. = Carlos Rubio.=Eduardo Martin de la Cámara.= Práxedes Mateo Sagasta.=Francisco García López.=Laureano Figuerola.=Vicente Rodríguez. = Fermín Arias.=Pedro Martínez Luna.=Francisco de Paula Montemar.=Manuel Cantero.=Nicolás de Soto.==Pascual Madoz.=José 0lózaga.= José Cristóbal Sorní.=Juan Sierra.=Julián López Andino.=Baltasar Mata.=Camilo Laorga.= Juan Fernández Albert.=Juan Antonio González.=José Simón.=Antonio Buenavida.















BILIOGRAFÍA:

Cepeda Gómez, José (1981). El general Espartero durante la «década ominosa» y su colaboración con la política represiva de Fernando VII. Cuadernos de Historia Moderna y Contemporánea Universidad Complutense de Madrid. En Internet http://revistas.ucm.es/index.php/CHMC/article/view/CHMC8181110147A/1297
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Incógnito (1844). D. Carlos María Isidro de Borbón. Historia de su vida militar y política. En Internet.
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Orellana, Francisco J. Historia del general Prim. Tomo II. En Internet
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Orozco Guerrero, Antonio. (2013). Cádiz durante el sexenio democrático. En Internet
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Pi y Margall, Francisco. (1869) Discurso en defensa de la federación republicana. En Internet. http://www.saavedrafajardo.org/Archivos/LIBROS/Libro0682.pdf Visita 24-9-2015

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Vilches, Jorge. (2006). Los republicanos e Isabel II: El mito del trono contra el pueblo (1854-1931). En Internet https://www.ucm.es/data/cont/docs/297-2013-07-29-5-06.pdf
Visita 13-3-2016


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