sábado, 1 de septiembre de 2018

DE LA GUERRA JUSTA (texto completo)

De la guerra justa
El caballo de batalla de la Controversia de Valladolid era aclarar si España tenía derecho a la conquista de las Indias.



En 1550, año en que tuvo lugar esta celebérrima discusión, ya se venía hablando del asunto medio siglo, y en ese tiempo habían sido redactados dos cuerpos de leyes  después de las promulgadas por Isabel: las Leyes de Burgos y Valladolid, de 1512 y 1513, y las de 20 de noviembre de 1542, conocidas como Leyes Nuevas, en las que se prohibía la esclavitud de los indios y se ordenaba que todos quedaran libres de los encomenderos y fueran puestos bajo la protección directa de la Corona.
No había sido menor la acción de los dominicos en la denuncia de los abusos que llegaban a cometerse en las encomiendas, o en algunas de ellas; es de suponer, al menos que en las detentadas por Bartolomé de las Casas no sucedían esos atropellos, y consiguientemente debemos suponer que habría otros encomenderos que, como él mismo, no se extralimitaban.
Pero Bartolomé de las Casas se “convirtió” en 1514, momento en que comenzó su particular campaña en defensa del indio, campaña que, si en sí misma es encomiable, parece que deja de serlo cuando, para apoyarla usa, no ya datos erróneos, sino evidentes y manifiestas mentiras.
Pero de sus continuados exabruptos, que contra todo pronóstico lograron atraerse la simpatía nada menos que de Carlos I y posteriormente de Felipe II, llegó a concitarse una acalorada discusión en todos los ámbitos de la vida nacional; unas discusiones y unas justas preocupaciones que acabaron dando pie a la Controversia de Valladolid.
En la misma, a la que dedicamos más amplia atención en capítulo aparte, y que acabó dando lugar al derecho internacional, se suscitó un aspecto en el que parece interesante centrarse un momento: La guerra justa, y a ésta, que más que Historia es Filosofía, vamos a dedicarnos ahora.
Al respecto, un jurista de nivel destacado, Juan Ginés de Sepúlveda,  defendía el principio de “guerra justa” y afirmaba que los indios, como el resto de la humanidad, estaban obligados a someterse a quienes eran más prudentes, a los que destacan en virtud, que están en la obligación de enseñar esas virtudes para, como en su momento hizo Roma, gobernar de forma prudente, conforme al derecho natural.

Hay otras causas de justa guerra menos claras y menos frecuentes, pero no por eso menos justas ni menos fundadas en el derecho natural y divino; y una de ellas es el someter con las armas, si por otro camino no es posible, á aquellos que por condición natural deben obedecer á otros y rehusan su imperio. Los filósofos más grandes declaran que esta guerra es justa por ley de naturaleza. (Sepúlveda)

En otros aspectos, en otras afirmaciones, podemos estar en mayor o menor acuerdo o desacuerdo con él, pero en principio quedaba claro que la primera duda que salió a flor (si los indios eran seres racionales), quedaba manifiestamente a salvo. Quién era el máximo defensor de la guerra justa, daba por sentado que lo eran.
Y ese conocimiento no era nuevo, ya que desde el momento de la Conquista fueron así considerados.
Con esa consideración, y contraviniendo las instrucciones reales, se esclavizaba a los indios que habían provocado enfrentamientos. Así, Cortés, en la conquista de México, al tiempo que se encontraba al frente de ingente cantidad de tropas constituídas por naturales, no dudaba en tomar como esclavos a aquellos que lo traicionaban o que le presentaban guerra, a los que marcaba en la mejilla con una “G”, inicial de “guerra”.
La esclavización estaba prohibida, pero las acciones bélicas, conforme a la tradición existente en todos los lugares del mundo, seguía suministrando esclavos.
Para controlar esa actuación, una nueva ley de 1530 manifestaba expresamente que quedaba prohibido todo tipo de esclavitud de los indios, aún en guerra justa. Se estaba marcando unos principios absolutamente novedosos en el ámbito jurídico, no sólo de España, sino de todo el mundo conocido… y del que estaba por conocer.
¿Estaban cumpliéndose estrictamente las órdenes?... Es de suponer que no, pero eso no quita importancia al hecho, ya que no se trataba tan sólo de una discusión más o menos generalizada que, asumiendo la humanidad de aquellos seres que acababan de tener contacto con el mundo occidental… europeo… español, daban un paso más y se cuestionaban si la guerra que se les pudiese hacer era justa o injusta. ¡Gran novedad histórica!
En cualquier caso, y como cada asunto, se hace necesario juzgar el hecho en el momento. No podemos juzgar el hecho con la mentalidad de hoy. Sí debemos compararlo, por el contrario, con lo ejercitado por otros, y por nosotros mismos, en los momentos del hecho y en los tiempos posteriores.
Siendo así, resulta curioso que la Leyenda Negra contra España haga hincapié en hechos realizados por otros, imputándolos a España.
Así, como contrapunto a esta actuación podemos encontrar la actuación llevada por Inglaterra. Dejaremos de momento lo actuado en América para centrarnos en un hecho llevado a cabo en Australia, donde en 1945 (cuatro siglos después del momento que estamos tratando) prohibió la caza de aborígenes, que venía llevándose a cabo desde que iniciaron la colonización. Tampoco se cumplió la ley de forma inmediata, a pesar de poseer unos medios técnicos infinitamente superiores a los existentes cuatro siglos antes. Con un añadido: Inglaterra decretó esa prohibición impelida por el hecho de que se estaba llevando a cabo el proceso de Nuremberg, y aparecer como acusación de genocidio alguien que en otras latitudes lo practicaban como deporte resultaba grotesco. España, en el siglo XVI, ni ejercitaba cosa semejante, ni precisó acicate ajeno a sí misma para plantearse su derecho de conquista.
Del mismo modo que en Australia no se cortó inmediatamente la caza de aborígenes, tampoco en la España americana tuvo aplicación inmediata la abolición de la esclavitud de los indios, así, entre los años 1532 y 1541, según señala Danilo Arce, se produjo el momento álgido de la esclavización de indios.
Pero por encima de eso debemos referirnos nuevamente al hecho de haber reconocido la racionalidad de los indios desde un primer momento, dado que,

de no haber reconocido la racionalidad de los indios, la Conquista no hubiera podido justificarse, pues uno de los títulos justificantes que reconocieron los teólogos, todos y cada uno de ellos, fue la evangelización, y ésta no hubiera sido posible sin la aceptación de la racionalidad indígena. (López 2002: 212)
Ya en 1510 fray Matías de Paz planteaba la injusticia de hacer la guerra a los infieles con el fin de dominarlos y de apropiarse de sus riquezas, y señalaba que sólo por medios pacíficos se les podía impeler a recibir la fe cristiana, y justificaba la defensa de los indios ante una declaración de guerra, aún tendente a la difusión de la fe, pero admitía el uso de la guerra si se negaban a obedecer al soberano.
Sepúlveda defendía el principio de “guerra justa” y afirmaba que los indios, como el resto de la humanidad, estaban obligados a someterse a quienes eran más prudentes, a los que destacan en virtud, que están en la obligación de enseñar esas virtudes  para, como en su momento hizo Roma, gobernar de forma prudente, conforme al derecho natural.
Por su parte, Las Casas niega que sea guerra justa la aplicada sobre quienes matan prisioneros para comérselos (Las Casas, Apología: 220), y afirma que la costumbre es admisible porque

Ha sido aprobada por todos los pueblos indios, y dan culto a estos dioses todas las personas que ellos consideran santas y sagradas, es decir, los sacerdotes, y el culto a los ídolos está aprobado por las leyes y sancionado por los soberanos. (Las Casas, Apología: 221)
No se puede decir más claro: considera la antropofagia como un derecho. Señala el derecho positivo… y lo sitúa por encima del derecho natural de quienes acabarían siendo parte del menú. Pero no queda claro si la guerra iniciada por los antropófagos para la consecución de sus víctimas es considerada por el dominico también parte del derecho, sea natural o positivo.
Por su parte, Sepúlveda, que se señala como defensor de la guerra justa, señala que la misma.

debe ser de necesidad, para que de tal necesidad nos libre Dios y nos conserve en paz, porque no se busca la paz para ejercitar la guerra, sino que se hace la guerra por adquirir la paz. (Sepúlveda)
La paz es, así, la justificación de la guerra. Y la paz exige el imperio de la ley, el respeto por el prójimo, el reconocimiento de la superioridad del bien sobre el mal, y el sometimiento del necio a las directrices emanadas del sabio.

escrito está en el libro de los Proverbios: «El que es necio servirá al sabio.» Tales son las gentes bárbaras e inhumanas, ajenas a la vida civil y a las costumbres pacíficas. Y será siempre justo y conforme al derecho natural que tales gentes se sometan al imperio de príncipes y naciones más cultas y humanas, para que merced a sus virtudes y a la prudencia de sus leyes, depongan la barbarie y se reduzcan a vida más humana y al culto de la virtud. Y si rechazan tal imperio se les puede imponer por medio de las armas, y tal guerra será justa según el derecho natural lo declara. (Sepúlveda)
La acción de España, como en su momento fue la de Roma era, así, el establecimiento de la civilización y del derecho, y como consecuencia, estaba legitimada a llevar la guerra a las gentes que no cumpliesen con el derecho natural, con respeto a la virtud, porque, además, el no llevar a cabo esa actitud belicosa significa, como está quedando manifiesto a través de los tiempos, que quienes si llevarán esa actitud belicosa serán los injustos; ellos serán quienes impondrán sus principios; ellos quienes impondrán la prevalencia del necio sobre el sabio; la barbarie sobre la civilización, el vicio sobre la virtud.
Las Casas trata a los indios como seres perfectos y a los españoles como depredadores sin escrúpulo de ningún tipo:

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella docientas personas. (Las Casas. América: 4)
Aparte las barbaridades imposibles que señala Las Casas (tres cuentos… tres millones de personas en La Española, cuando en la “brevísima” dice doce cuentos…y quince… y veinticuatro), los presenta como seres inocentes, “ovejas mansas”, obviando que esas ovejas mansas no eran vegetarianas, sino carnívoras que no dudaban en cocinar a otros humanos, para comérselos.
Ni Sepúlveda ni nadie que circunstancialmente esté de acuerdo con Sepúlveda aprobará que esas “ovejas mansas carnívoras” deban ser eliminadas. Y la legislación en la España imperial entendía que ni tan siquiera fuesen objeto de esclavitud, sino de culturización en los principios humanos, cristianos, de los que era portador el espíritu de conquista.
Así, según Sepúlveda, el fin de la guerra justa es el llegar a vivir en paz y tranquilidad, en justicia y práctica de la virtud, quitando a los hombres malos la facultad de dañar y de ofender.
Y con todos los excesos, con todos los errores y vicios de que pueda llegar a ser capaz un ser humano, los conquistadores españoles pusieron límites a esos otros errores, excesos y vicios que conllevaban daños y ofensas en los aspectos más elementales del ser humano, y que lo liberaban de ser parte del menú de un tercero.
Si, ¡qué duda cabe!, hubo errores y vicios en la Conquista. También nuestra madre, Roma, tuvo errores y vicios. Ahí tenemos Numancia, donde Yugurta cometió las peores felonías que puedan hacerse a un pueblo; ahí tenemos lo actuado con Viriato… y ejemplos podemos sacar para aturdir… Sin embargo Roma, nuestra madre Roma, no se reduce a la actuación injusta de alguno de sus subordinados. La acción de Roma, como la acción de España, es tan inmensa que esos hechos tan terribles quedan, en la Historia, como anécdotas crueles llevadas a cabo por elementos supuestamente sujetos a Roma o a España, pero que en la práctica actuaron desoyendo las instrucciones que recibían.
Ni Roma ni España pueden ser acusadas de llevar a cabo metódicos exterminios como los llevados a cabo en Norteamérica, en Australia, en Nueva Zelanda,… por poner tres ejemplos sangrantes de quienes más han alimentado la Leyenda Negra contra España.
Y afirmaciones como las lanzadas por Bartolomé de las Casas son, a todas luces, producto de lo que podemos calificar como novela de terror, que no identifica ni autores ni lugares, lo que resulta muy curioso, dada la importancia de las alegaciones que hacía.

Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aun sus parientes conocí en Sevilla), no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizoles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería. (Las Casas. América: 5)
Vide… ¿dónde?... y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros… ¿no lo tenía claro?… Lo que sí fue metódico por parte de Roma y de España fue la inclusión de esos pueblos en sus estructuras jurídicas y sociales, y así como hubo emperadores naturales de Hispania, hubo Virreyes naturales de América… Con todo lo que ello conlleva.
En ese orden vienen las apreciaciones de Sepúlveda, quién asegura que

un príncipe bueno y humano no debe arrojarse a nada temerariamente ni por codicia, sino buscar todas las vías de paz y no dejar de intentar cosa alguna para repeler sin necesidad de guerra los ataques e injurias de los hombres inicuos e importunos, y mirar por la salud y la prosperidad del pueblo que le está confiado, y cumplir lo que debe a su oficio. (Sepúlveda)
¿Se cumplía este aspecto en la Conquista llevada a cabo por España?... Como en toda gran obra, como antes pasó con Roma, de todo cabe en el conjunto de acciones, pero el Imperio, el romano y luego el español, dieron evidentes pasos en la consecución de ese objetivo; ahí están las leyes y los visitadores, que eran las armas de las que se disponía… Y finalmente, ahí está, hoy, año 2018, la composición social existente en todo el mundo hispánico. Compárese, sin ir más lejos, con la composición social del mundo anglosajón.
En esa comparación observaremos algo más importante que la existencia de comunidades enteras indígenas… Observaremos que el mestizaje es la principal consecuencia de esas leyes. Y es que, si es muy cierto que se hizo la guerra a los naturales, también es muy cierto que eso no sucedió con todos ni en todas partes, hasta el extremo que la fuerza militar española, los Tercios, se encontraban luchando en Europa, y no en América.
El ejército, en América, siempre tuvo un carácter cercano a lo testimonial, y estaba dedicado a la defensa de las fronteras… y compuesto mayoritariamente por criollos y por indígenas. Hasta el extremo que las únicas fuerzas que en puridad pueden llamarse regulares estaban asentadas en la costa, en previsión de acometidas piráticas de los estados europeos… Y en la costa atlántica, porque en la costa del Pacífico, que se consideraba inaccesible, la fuerza naval era inexistente, lo que posibilitó el asalto del pirata Drake el año 1577, que al no encontrar armada que se le opusiera, sembró el terror por toda la costa del Pacífico.
Sería en 1580 cuando, como reacción a esta incursión, se creó  la armada del Mar Océano, para proteger el Virreinato del Perú.
Y es que, las unidades del ejército, en América, estaban reducidas a la mínima expresión. Por supuesto hubo ejército… y por supuesto estaba casi relegado a algo testimonial.

La guerra nunca se ha de apetecer por sí misma, como no se apetece el hambre, la pobreza, el dolor, ni otro ningún género de males, por más que estas calamidades y molestias que nada tienen de deshonroso, hayan de ser toleradas muchas veces con ánimo recto y pío por los hombres más excelentes y religiosos, con la esperanza de algún bien muy grande. (Sepúlveda)
Pero por supuesto también combatió. No todos los indios adoptaron una actitud pacífica… Y no sólo en el caso de Perú y de México… Pensemos, por ejemplo, en Diego de Ercilla y en su “Araucana”. Pero utilizando esta obra, de muy recomendable lectura, observamos que el ejército no era lo que podemos decir algo ejemplar en cuanto a organización… Y en que el problema militar, España lo tenía en Europa, no en América.
Y algo significativo en lo relativo a La Araucana… Una vez vencidos los araucanos, una vez construido el fuerte Santiago, dentro del fuerte durmieron araucanos. ¿Prisioneros?, ¡libres!
 En fiel cumplimiento de los principios que señalaba Sepúlveda.
Y es que, por lo general, y conforme instruían las leyes, las guerras sólo podían iniciarse por causa justa, entendiendo por tal desde el hecho de repeler agresiones hasta el hecho de evitar actuaciones contra natura.
Contra este principio se manifestaba abiertamenrte Bartolomé de Las Casas, quién afirmaba que

Los indios no son súbditos nuestros ni de la Iglesia, porque son paganos y tienen en sus propios reinos soberanos legítimos y libres; luego, no podemos darles leyes. Pues nadie puede imponer una ley a otros si no son súbditos suyos. (Las Casas, Apología: 321)
Pero ese principio es base de un buenismo letal, y no puede ser admitido, dado que abre las puertas a que los otros se introduzcan en la sociedad que se cuestiona tales cosas y acaben imponiendo su filosofía, tan contraria como queda manifiesto al derecho natural.
Bien al contrario, es justo, conveniente y conforme a la ley natural que los varones probos, inteligentes, virtuosos y humanos dominen sobre todos los que no tienen estas cualidades. (Sepúlveda)

Por su parte, Francisco de Vitoria
afirma que incluso en la primitiva sociedad indígena se aprecia un orden político y social que evidencia la condición “humana” del indio y de lo que se deriva su derecho a organizarse como tenga por conveniente, con independencia de su condición no cristiana… Continúa refiriéndose a otro derecho cuya obstaculización también era una causa de guerra justa. Los indios podían rechazar voluntariamente la conversión, pero no impedir el derecho de los españoles a predicar, en cuyo caso la situación sería análoga a la del primer título. (Monje)
Sin embargo, en la actualidad parece que sean esos principios proclamados por Bartolomé de las Casas los que se han impuesto en nuestra sociedad, donde las cuestiones que siempre han sido vicios (recordemos el vicio nefando), han pasado a ser virtudes, y las virtudes son menospreciadas, cuando no ridiculizadas y perseguidas jurídicamente.
El doctor Sepúlveda, defensor de la guerra justa, no admitía con ello la absoluta libertad de acción de quien lucha por la implantación del bien. La guerra justa debe ser justamente eso, justa, en defensa de principios que garanticen una convivencia más humana; por tanto, las actuaciones llevadas durante la misma, también deben atenerse al sentimiento de justicia.

En la guerra, como en las demás cosas, se ha de atender también al modo; de suerte que, a ser posible, no se haga injuria a los inocentes, ni se maltrate a los embajadores, a los extranjeros ni a los clérigos, y se respeten las cosas sagradas y no se ofenda a los enemigos más de lo justo, porque aun con los enemigos ha de guardarse la buena fe, y no ser duro con ellos sino en proporción a su culpa. (Sepúlveda)
Porque la guerra, señala el mismo Sepúlveda, nunca debe buscarse para satisfacer los intereses de quién la plantea, sino que la misma debe servir para cortar las injusticias y las leyes contra natura que oprimen a los pueblos.

En aquellas naciones en que el latrocinio, el adulterio, la usura, el pecado nefando y los demás crímenes son tenidos por cosas torpísimas y están castigadas por las leyes y por las costumbres, aunque algunos de sus ciudadanos caigan en estos delitos, no por eso se ha de decir que la nación entera no guarda la ley natural, ni por el pecado de algunos que públicamente son castigados, deberá ser castigada la ciudad entera; del mismo modo que si algunos de una ciudad por voluntad propia y no por autoridad pública hiciesen una incursión hostil en los campos de sus vecinos, nadie tendría derecho a proceder contra la ciudad misma si sus leyes castigaban a estos ladrones y les obligaban a devolver la cosa robada. Pero si hubiese una gente tan bárbara e inhumana que no contase entre las cosas torpes todos ó algunos de los crímenes que he enumerado y no los castigase en sus leyes y en sus costumbres ó impusiese penas levísimas a los más graves y especialmente a aquellos que la naturaleza detesta más, de esa nación se diría con toda justicia y propiedad que no observa la ley natural, y podrían con pleno derecho los cristianos, si rehusaba someterse a su imperio, destruirla por sus nefandos delitos y barbarie e inhumanidad, y sería un gran bien que aquellos hombres pésimos, bárbaros e impíos obedeciesen a los buenos, a los humanos y a los observadores de la verdadera religión, y mediante sus leyes, advertencias y trato se redujesen a humanidad y piedad, lo cual sería grandísima ventaja de la caridad cristiana. (Sepúlveda)
Con estos juicios, Sepúlveda toma como propios los principios que ya en su tiempo movieron a Roma a implantar su Imperio. Son, así, los principios humanistas, y no los mercantilistas, los que justifican plenamente una acción bélica, porque es justo y necesario que los hombres prudentes, justos, humanos, con clara voluntad de servir a la Ley Natural, implanten, en su sociedad, si, … y en la Humanidad, el imperio de esa misma Ley Natural, y que apoyen en todos los ámbitos la creación de una legislación positiva que se ajuste al máximo a aquella, respetando las justas variantes que puedan producirse por las costumbres ancestrales que no contravengan esa Ley Natural.
Naturalmente, quienes apoyan la opción contraria, propondrán los argumentos que ya en su día propuso Bartolomé de las Casas, y que acaban consagrando como buenas las actuaciones nefandas que se puedan estar produciendo.
Y es que, contrariamente a Sepúlveda, Bartolomé de las Casas no ve admisible la guerra contra aquellos cuya “cultura” les indique es bueno y admisible el pecado nefando, la antropofagia, o cualquier otra actuación contra natura. Y no es una afirmación gratuita. El dominico lo justifica, utilizando además citas bíblicas, y asegura que el sacrificio de seres humanos es admisible si la costumbre así lo marca.

Cualquiera que inmola hombres a Dios, puede hacerlo llevado de su razón natural. (Las Casas, Apología: 235)
Pero no hace mención a que la costumbre está sujeta a variación a través de los tiempos. No es ningún secreto que muchas costumbres vigentes en el Imperio Romano no son vigentes hoy… ni lo eran en la Edad Media. Hay costumbres más arraigadas y costumbres menos arraigadas, y la ley debe respetarlas… siempre que no sean lesivas al orden natural… Y debe obviarlas cuando por naturaleza hayan desaparecido, pero del mismo modo que debe velar porque esas costumbres sean respetadas siempre que sean demandadas, también debe reprimir aquellas actuaciones que sean contra natura.
Ante esta tesitura, no cabe duda que los sofistas argüirán que habrá que definir qué cosa es contra natura. Pero la Humanidad ya lleva unos cuantos siglos como para poder condenar al ostracismo a los sofistas.
El no haberlo hecho ya hace siglos ha traído como consecuencia que, como la palabra “filósofo” ha adquirido una más que notable posición social, los sofistas hayan renunciado al adjetivo que les corresponde y del que están orgullosos, “sofista” (sabio), para pasar a denominarse filósofos, que no es otra cosa que “amante de la sabiduría”, y que no obedece a su realidad.

Esos sofistas, realmente hábiles en el lenguaje, dieron ya en la Grecia clásica lugar a los sicofantas, personajes que, como los sofistas, y con los mismos argumentos de los sofistas, tenían suficiente habilidad intelectual y facilidad de lenguaje para embaucar.
Además, sin dejar de tener en cuenta que una sola muerte injusta debe ser causa de mediación por parte de quien tiene autoridad, debemos reseñar que esa referencia de Las Casas al derecho natural que tienen algunos para inmolar hombres a su dios, no se hacía sobre una sola persona…
De remarcar ese hecho se encargaba Ginés de Sepúlveda, quién no se recataba en señalar que con la actuación de España

se libra de graves opresiones a muchos hombres inocentes, como vemos que pasa en la sumisión de estos bárbaros, de los cuales consta que todos los años, en una región llamada Nueva España, solían inmolar a los demonios más de 20.000 hombres inocentes. (Sepúlveda)
A esa calidad de sicofantas podemos encuadrar la imagen de quién gozó de todos los plácemes de la Monarquía Universal española, Fray Bartolomé de las Casas, que con todo el desparpajo, se atrevió a divulgar una retahíla de falsedades sin cuento que, tal vez por la mentalidad de la época, tanto calaron en las estructuras de poder, y en el pueblo llano, tanto en España como en el mundo.

Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince cuentos. (Las Casas. América: 4)

Esos eran los argumentos, uno tras otro a lo largo de un mediano documento como la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” y de su “Apología”. ¿Argumentos jurídicos?... Ninguno. ¿Lenguaje de sicofanta?... Todo. ¿Cómo es posible que la Monarquía Hispánica apoyase a un señor que afirmaba que en La Española habían sido exterminados más de quince millones de indios?
Muchas más barbaridades, imposibles de ser realizadas, por mera capacidad física, relata el dominico. A pesar de todo, es innegable que sus calenturientas denuncias tuvieron reflejo en la confección de las Leyes de Indias, y por supuesto significaron un punto de inflexión en el estudio profundo de lo que nos ocupa: la guerra justa.
Pero, evidentemente, no fueron sus sofismas los determinantes de las leyes que vinieron después, sino las directrices señaladas por grandes juristas como Francisco de Vitoria, Melchor Cano… o el mismo Juan Ginés de Sepúlveda, que aunque marginado por la Corte, vio reflejados parte de sus principios en las nuevas Leyes.
Parte de sus principios, porque otros principios defendidos por él mismo, como el derecho a esclavizar, afortunadamente no tuvieron reflejo.

Cuando los paganos no son más que paganos y no se les puede echar en cara otra cosa sino el no ser cristianos, que es lo que llamamos infidelidad, no hay justa causa para castigarlos ni para atacarlos con las armas: de tal modo, que si se encontrase en el Nuevo Mundo alguna gente culta, civilizada y humana que no adorase los ídolos, sino al Dios verdadero, según la ley de naturaleza, y para valerme de las palabras de San Pablo, hiciera naturalmente y sin ley las cosas que son de la ley, aunque no conociesen el Evangelio ni tuviesen la fe de Cristo, parece que contra estas gentes sería ilícita la guerra, y en esto tienen razón los teólogos que antes citaste cuando dicen que no basta la infidelidad para que los príncipes cristianos lleven sus armas contra los que viven en ella; y en las Sagradas Historias no leemos de ninguna nación que haya sido destruida de mandato divino por la sola causa de infidelidad, al paso que vemos que muchas lo fueron por nefandas torpezas como Sodoma y Gomorra, y por estos y otros delitos y también por el culto de los ídolos, los Cananeos, Amorreos y Fereceos, según antes hemos advertido y puede comprobarse con muchos testimonios. (Sepúlveda)
á estos bárbaros contaminados con torpezas nefandas y con el impío culto de los dioses, no sólo es lícito someterlos a nuestra dominación para traerlos a la salud espiritual y a la verdadera religión por medio de la predicación evangélica, sino que se los puede castigar con guerra todavía más severa. (Sepúlveda)
El principio de la guerra justa, mediado el siglo XVI, planeaba de manera perceptible; tanto que el Consejo de Indias de tres de julio de 1539 ordenó la interrupción de la Conquista en atención a las denuncias de Bartolomé de las Casas. 
Pesaron más en ese momento los argumentos del dominico, y quedó en suspenso, y marginado, el pensamiento de Sepúlveda, que defendía la guerra, basándose en la necesidad de liberar de la esclavitud a quienes permanecían en ella. De la esclavitud espiritual, porque Sepúlveda defendía la esclavización física, pero al fin, señalaba que la guerra debía tener un objetivo: la paz y la mansedumbre.

Aunque sea, pues, justo y conforme a la naturaleza que cada cual use de su libertad natural, la razón, sin embargo, y la natural necesidad de los hombres, ha probado, con tácita aquiescencia de todos los pueblos, que cuando se llega al trance de las armas, los vencidos en justa guerra queden siervos de los vencedores, no solamente porque el que vence excede en alguna virtud al vencido, como los filósofos enseñan, y porque es justo en derecho natural que lo imperfecto obedezca a lo más perfecto, sino también para que con esta codicia prefieran los hombres salvar la vida a los vencidos (que por esto se llaman siervos, de servare) en vez de matarlos: por donde se ve que este género de servidumbre es necesario para la defensa y conservación de la sociedad humana. (Sepúlveda)
Pero el concepto de esclavitud era, en aquellos tiempos, asumido con la mayor naturalidad, no sólo en España, sino todo el orbe. Fue la legislación que garantizaba la libertad de los indios, nacida al amparo de Isabel la Católica la que era del todo novedosa.
No se encontraba incompatibilidad con el Humanismo, ya que la esclavitud era entendida estrictamente como una situación jurídica. Por eso debemos disociar el hecho de la guerra justa con el hecho de la esclavitud, ambos presentes en el discurso de Sepúlveda. Por ello, es necesario remarcar lo que ésta representaba para él.

No es, pues, la sola infidelidad la causa de esta guerra justísima contra los bárbaros, sino sus nefandas liviandades, sus prodigiosos sacrificios de víctimas humanas, las extremas injurias que hacían a muchos inocentes, los horribles banquetes de cuerpos humanos, el culto impío de los ídolos. Pero como la ley nueva y evangélica es más perfecta y suave que la ley antigua y mosaica, porque aquella era ley de temor y esta es de gracia, mansedumbre y caridad, las guerras se han de hacer también con mansedumbre y clemencia, y no tanto para castigo como para enmienda de los malos (Sepúlveda)
El punto de vista de Las Casas era radicalmente contrario, y señalaba, con el ardor que le caracterizaba
Afirmar que los indios pueden ser combatidos en guerra supera todo estupor y demuestra una lamentable ignorancia, aunque maten a doscientos mil predicadores y aunque mataran al mismo apóstol San Pablo y a los demás Apóstoles de Cristo que les evangelizaran. Pues esa guerra demostraría una barbarie salvaje y una crueldad mayor que la de los escitas, cuando habría de llamarse más bien guerra del diablo que guerra cristiana y los indios que combaten contra los españoles, por hacerlo merecerían las alabanzas más escogidas por part6e de ciertos sabios filósofos. (Las Casas, Apología: 168)
Transcurrirían diecisiete años antes que, en 1556, se autorizase el reinicio de la Conquista, merced al asesoramiento de los juristas antes relacionados, y se publicaron Instrucciones en las que se afirmaba que sólo se podía hacer la guerra en legítima defensa.
Y es que, finalmente, Carlos tuvo que darse cuenta que si no era España, con los principios cristianos por bandera quien acometiese la empresa, sería inequívocamente llevada a cabo por los europeos, quienes aplicarían, en vez del Humanismo cristiano, los principios mercantilistas que a la postre acabarían imponiendo tres siglos después.
Porque, en definitiva, suponiendo ciertas las barbaridades relatadas por Bartolomé de las Casas, en cualquier caso eran achacables, no a la voluntad de la Corona, sino, y en todo caso, a su incapacidad de control sobre el asunto.

si hombres injustos y malvados han dado muestras de avaricia, de crueldad y de cualquier género de vicios, de lo cual hay muchos ejemplos según he oído, nada de esto hace peor la causa del príncipe y de los hombres de bien, a no ser que por negligencia ó permiso de ellos se hayan perpetrado tales maldades (Sepúlveda)
Pero es que la Corona sí puso los medios de control necesarios. Sí hubo inspecciones que no dudaban en sancionar a quienes incumplían lo ordenado… Y sí hubo levantamientos de quienes incumplían lo ordenado… Y si conocieron la correspondiente represión. Y serían justo ellos, quienes ya entrado el siglo XIX, facilitarían la labor de Inglaterra en su tarea de desbaratar España, y justo ellos serían quienes, tras la “independencia” de España y la sumisión a Inglaterra, llevarían a cabo un amago de genocidio semejante, aunque ni de lejos tan intenso, al perpetrado en las otras colonias británicas, y acabarían arrebatando a los indios los derechos de propiedad de la tierra que les había reconocido la Monarquía Hispánica.




BIBLIOGRAFÍA
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