sábado, 1 de septiembre de 2018

EL TRÁFICO NEGRERO EN ESPAÑA HASTA EL SIGLO XVIII (texto completo)

EL TRÁFICO NEGRERO EN ESPAÑA HASTA EL SIGLO XVIII

El tráfico de esclavos es inmemorial, y del asunto tratamos en otros capítulos de este trabajo. Ahora nos ceñiremos al asunto en lo que toca a los siglos XV a XVIII, y en el ámbito de España.
En este periodo, y ya en el siglo XIV,  encontramos esclavos negros, y por supuesto moros en las Españas peninsulares, del mismo modo que en el mundo árabe, además de gran cantidad de esclavos negros, había un fluido comercio de esclavos blancos capturados por los barcos piratas que atacaban las costas a lo largo del Mediterráneo, en principio con la idea de reclamar rescates, pero en muchas ocasiones con un destino cierto a la esclavitud de todo tipo, cuando el rescate no podía llevarse a cabo.

En este tiempo de naturalidad en la tenencia de esclavos, existía un comercio reglado de los mismos, en el que competía en grado de igualdad con cualquier tipo de mercaderías, y al mismo, junto a los cautivos moros hechos prisioneros en la secular lucha contra los moros, se habían añadido en estos tiempos los negros importados por los portugueses, que desde Lisboa se distribuían por toda la península.

Valencia se convirtió en el principal mercado ibérico por detrás de Lisboa, con más de 7.000 cautivos registrados en la Bailía General del reino durante el reinado de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, de los que al menos 5.133 procedían del tráfico negrero atlántico. (Armenteros 2012: 283)

Pero centrándonos en el hecho de la esclavización de los negros, debemos convenir que esa situación era normal en todos los ámbitos y en todos los lugares, porque la esclavitud era tenida como un hecho normal, y hasta bondadoso. Algo que choca hoy a la mirada de cualquier curioso, pero que en la época tenía pocas discrepancias, que por cierto, también existieron en base a la doctrina cristiana.
Así, la Iglesia conoció al respecto varias tendencias; unas no se daban por enteradas de la situación; otras directamente tomaban parte en la tenencia de esclavos, que era cuestión menor y para nada contradictoria con la doctrina que exige, eso si, trato humanitario para con los esclavos, y no sólo eso, sino también los reconoce como hijos de Dios al mismo nivel del amo, y siendo que Dios tiene predilección por el más débil.
En medio de esas contradicciones, Portugal comenzó a importar negros esclavizados, siendo que los primeros negros secuestrados por traficantes portugueses llegaron a Portugal el año 1445; era el inicio del tráfico, que en los últimos años del siglo XV tenía ya sus circuitos establecidos.

En 1482, Bartolomeo y Giovanni di Corrado Berardi, primo de Gianotto, habían entregado hasta un centenar de esclavos negros a un florentino residente en Valencia. Pronto se les asoció el mismo Gianotto, quien primero residió en Lisboa antes de desplazarse a Sevilla, en 1485. Desde la capital hispalense, Gianotto no solo se vinculó con los asuntos comerciales de los Medici, con quienes colaboró en la financiación de los primeros movimientos andaluces de Amerigo Vespucci y Cristóbal Colón, sino que también afianzó sus relaciones con Bartolomeo y Giovanni hasta que, el 16 de julio de 1486, los tres obtuvieron una prerrogativa de los Reyes Católicos que les autorizaba a «venir a enviar a estos nuestros reynos de Castilla e de Aragón sus fustas e galeras e mercadurías e esclavos e esclavas, e trabtar e comprar e vender en ellos» (Armenteros 2012: 285)

En el asunto de la trata la cuestión se tornaba ya espinosa. Poseer esclavos sería una cosa, pero esclavizar y traficar con esas mismas personas, otra muy distinta, que difícilmente encontraba apoyo moral, y cuya ejecución generalmente estaba estigmatizada por la sociedad. ¿Hipocresía? ¿Tal vez tergiversación? ¿errónea interpretación?... Tal vez, pero en cualquier caso, y aunque difícil de justificar dialécticamente, justificable a tenor de los escritos de los padres de la Iglesia, que señalan que Dios no hace distingos entre libres y esclavos.
Es el caso que existían autores que denunciaban la violencia que representaba el tráfico de esclavos, mientras otros, comparando las ventajas y los inconvenientes de ese tráfico, acababan por reconocer los benéfico del asunto.

Entre los primeros se podría citar al padre Vitoria; entre los segundos a Tomás de Mercado, Alonso de Sandoval, Bartolomé de Albornoz y el jesuita Luis de Molina, por destacar los más conocidos; y entre los terceros al también jesuita padre Vieira, que consideraba indispensable la esclavitud como único medio de mantener [en Brasil] la economía del azúcar y los intereses de la propia Compañía. Aunque este último, después de un profundo estudio, condena los métodos empleados en el tráfico negrero. (Iraburu 2003: 174)

Con esa concepción de la cuestión esclavista, y curiosamente después de haber marcado que los indios no podían ser esclavizados y de ser  considerados súbditos de la corona, se autorizaba la importación de negros esclavizados, que pasarían a servir los distintos ámbitos de la casa, principalmente el doméstico, pero también para realizar trabajos en el campo y en la ganadería.

Buena parte pasó a engrosar el cuerpo del servicio doméstico, realzando así el estatus social del amo. El esclavo africano constituyó un bien de capital y su introducción se rigió por las leyes de comercio. Igual que en otras actividades comerciales, el Estado desempeñó un papel regulador en la trata de esclavos. (Bethell 1990: Sánchez 26)

La existencia de esclavos negros en América empezó con la propia Conquista, si bien el tráfico de los mismos comenzaría unos años más tarde. Así, siendo que la esclavitud en España era un hecho real antes de la Conquista, y siendo que, aunque la mayoría de los esclavos eran musulmanes también había algunos esclavos negros, alguno de ellos acompañó a su amo a la Conquista de América, siguiéndole en sus hazañas.

Algunos esclavos fueron enviados en los primeros años del siglo XVI. Pero anteriormente se enviaban de dos en dos o de tres en tres, nunca un contingente de un centenar. (Thomas, el imperio español)

Pero como sea que la esclavitud de los indios estaba prohibida y la afluencia de mano de obra esclava negra era mínima, a pesar de la demanda existente, el contrabando suministraba una pequeña cantidad de las “piezas de indias” que eran demandadas y que los ricos colonos del Nuevo Mundo estaban dispuestos a comprar aún desobedeciendo las políticas reales.
Para satisfacer esas demanda, en 1507 Ovando solicitó que en vez de enviar tres o cuatro esclavos negros de cuando en cuando, como venía siendo costumbre, fuese enviado un contingente de cien, petición a la que accedió el rey Fernando autorizando el envío de doscientas “piezas de indias”.
Tres años después serían introducidos también en Puerto Rico, encargándose del tráfico traficantes flamencos. Pero el tráfico en esta isla tuvo prontos altibajos motivados por la rebelión de los indios taínos, por cuyo motivo, en 1511, se autorizó su esclavización, aunque esta autorización tuvo efectividad escasa de un año, cuando el rey Fernando ordenó suspender dicho permiso de esclavización.
En principio, considerado el esclavo como mercadería, sería preciso, como cualquier mercadería, que pasasen primero por Sevilla, para la inspección de la Casa de Contratación, desde donde partirían para los puertos americanos autorizados para el comercio.
Para la cumplimentación de esa demanda, en 1517 se acabaría concediendo un asiento de esclavos a la llegada de la corte de Carlos I desde Flandes, después que Fray Bartolomé de las Casas pidiese la supresión de la encomienda de indios y el envío de esclavos africanos.
En atención a esa demanda, el joven rey, el año siguiente, 1518, autorizó a Lorenzo de Gaverrod (Laurent de Gouvenot, aristócrata flamenco, barón de Montinay y gobernador de Bresa) a pasar 4.000 negros a las Antillas, a fin de reponer el terrible descenso de población indígena ocasionado por una fuerte epidemia de viruelas, a la que la raza negra es casi inmune. La licencia fue inmediatamente vendida a traficantes genoveses, y finalmente, en 1528 sería transferida a los traficantes alemanes Enrique Eynger y Jerónimo Sayller.
Como podemos observar por los nombres relacionados, la operación en cuestión, la primera con peso específico en el tráfico, era una operación que podemos calificar como de carácter paneuropeo: La licencia era concedida por alguien que en puridad, en esos momentos (luego sería otra cuestión), era flamenco; el beneficiario de la licencia también era flamenco; la licencia fue inmediatamente trasladada a traficantes genoveses que de inmediato se pusieron en trato con portugueses, que serían quienes finalmente suministrasen los esclavos, como consecuencia de la prohibición taxativa que el Tratado de Tordesillas de 1494 imponía a España para acceder a las costas africanas, y las personas que trataron directamente la operación, eran conversos, muy probablemente marranos.
Estos esclavos serían suministrados procedentes de la Península, a la que habrían sido trasladados desde las posesiones portuguesas en África a los puertos de Cádiz, Sevilla, Valencia y Barcelona, que junto a Lisboa y Évora, se habían convertido en los principales centros esclavistas de la época, con poblaciones cautivas que rozaban el 10% sobre el total de sus demografías.
Hasta esta fecha, el contrabando esclavista era raro y anecdótico, pero a partir de este momento, la especulación y la introducción clandestina de esclavos irá en continuo aumento, y para ello se utilizarán dos vías principales: pasarlos sin registro ni licencia alguna, actividad llevada a cabo especialmente por los piratas ingleses, o introducir un número mayor del que permitían las licencias, como era el caso de unos genoveses que, en 1526, llevaron de Cabo Verde a Cuba 154 negros, cuando sólo tenían permiso para ochenta.
Estas actuaciones podían dar lugar a conflictos serios, en los que estarían implicados diversos estamentos, como los ayuntamientos interesados en el comercio irregular, y otros, como comúnmente podemos identificar a la Iglesia, de una envergadura que ocasionaba discrepancias que llegaban a conocimiento del Rey, como en esa ocasión citada, lo que ocasionó una nota al presidente de  la Audiencia de La Española, en la que señalaba:
«...sepades que nos somos ynformados que muchas personas syn thener de nos licencia y facultad para ello han pasado y pasan a esa isla muchos esclavos negros secreta e ascondidamente, e otros so color de algunas licencias nuestras que tienen, pasan muchos mas de los conthenidos en las dichas licencias yendo y pasando contra lo que por nos esta proybido y mandado cerca de lo suso dicho por nos defraudar los derechos que dellos se nos deven...»

Con la conquista de Tierra Firme, serían  varios los puertos autorizados a recibir ese tráfico; en concreto los puertos de las Antillas, Veracruz, Nombre de Dios y Cartagena de Indias, destacando este último por el volumen de esclavos transportados, lo que significó un importante desarrollo de los oficios.
Esta autorización para la introducción  de esclavos fue concedida de inmediato, siendo que  en 1533, cuando el madrileño Pedro de Heredia fundaba Cartagena de Indias, era autorizado a introducir cien esclavos negros. Si este viaje no significó el desarrollo del movimiento esclavista que posteriormente y desde 1571, conocería Cartagena, sin embargo sería el principio de un largo recorrido en la recepción de esclavos destinados a los más dispares puntos de Sur América, y al ritmo de este acopio de personas forzadas, se desarrollarían los más diversos campos profesionales de la ciudad que en breve se convirtió en un emporio al amparo de muchas cosas, sí, pero también del tráfico negrero, siendo que a partir de ese punto se suministraba mano de obra a las haciendas, a las minas, a las obras públicas, al servicio doméstico y al alquiler como jornaleros. Al amparo de este movimiento vivirían comerciantes, médicos, agentes comerciales, evaluadores de esclavos, notarios…, profesiones que se desarrollaban al ritmo del comercio esclavista.
Sería Cartagena el punto desde donde se distribuyesen los esclavos al interior del continente. De Cartagena se nutriría Perú, donde iniciada su conquista en 1532, serían trasladados unos trescientos esclavos en los primeros momentos de la conquista.

Según los estudios de demografía histórica, entre 1533 y 1580 debieron llegar de África alrededor de 3.000 esclavizados al territorio de Cartagena de Indias. (Ortiz: 6)

El crecimiento de la población esclava en Lima, según señala Luis Gómez Acuña (Gómez: 42) es como sigue:

Año Número de esclavos
1586 4.000
1590 7.000
1614           11.000
1640           20.000
1700           11.000

Destaca la diferencia existente entre 1640 y 1700, con un crecimiento negativo de 9.000 en el número total de personas esclavizadas en Lima. El motivo no es otro que los procesos de manumisión, que si bien eran manifiestos en  los periodos anteriores, en esta fecha alcanzan especial significación, ya que la población negra libre superaba en número a la población negra sometida a esclavitud, siendo que llegadas las guerras separatistas de principios del siglo XIX, siendo la población de Lima en torno a las 54.000 personas, el 38% de las mismas era negras, y de ese 38%, aproximadamente el 84% era libre.


La importación de africanos también estaría presente en la Nueva España, siendo que algunos tomaron parte en la conquista; particularmente se sabe que Pedro de Narváez y Pedro de Alvarado llevaban acompañantes negros en sus labores de conquista. Es destacable que hacia 1542 Cortés contrató la compra de un centenar a los mercaderes que comerciaban  con Cabo Verde. Operación que tuvo réplica, al menos dos años después.
Pero aunque tratemos particularmente alguna parte de Las Españas, debe entenderse sólo como un ejemplo de la totalidad, ya que la las leyes eran comunes, con las salvedades oportunas dadas las especiales características de cada reino.
En esa política común, el año 1552 tendrá especial interés al haberse contratado con el traficante Hernando de Ochoa el traslado de 23.000 “piezas de indias” a América, operación que debía desarrollarse entre los años 1553 y 1560, y que económicamente, representaba una operación  de 184.000 ducados. Es destacable, además de su importancia, el hecho de que en esta operación queda reflejado lo que posteriormente sería el asiento, con el requisito necesario de exclusividad y de delegación de la autoridad real, pues al autorizarse se quitaba poder a la Casa de Contratación de Sevilla, que a partir de ese momento se encontró privada de la facultad de extender licencias para introducir esclavos en América.

Ordenamos y mandamos que los jueces oficiales y letrados  y fiscal de la casa, escribanos y alguaciles, porteros, carceleros y escribientes y los demás ministros que en ella sirven, no puedan vender cédulas para pasar a las Indias ningunas personas o cosas prohibidas, ni licencias de esclavos, ni por solicitud de ellas lleven alguna cantidad, pena de veinte ducados cada vez que contravinieren. (Recopilación Tomo III. Libro IX, Tit. II, Ley XXIX)

Como consecuencia, hasta 1560 fue considerable el tráfico de esclavos africanos, desarrollándose de forma natural su crecimiento a partir de ese momento como crecimiento vegetativo de la población, al tiempo que se producía un cruce natural de razas que dio lugar a una importante población criolla de mulatos, gran parte de los cuales eran ciudadanos libres. Esta proliferación se dio más en las zonas de cultivo y en las zonas mineras que en las zonas urbanas, donde prevaleció más su incorporación al servicio doméstico así como en la organización de la pequeña economía municipal, especialmente centrados en los diversos talleres.
Fue en esta época cuando las actividades de los piratas John Hawkins y Thomas Hampton, que  efectuaron su primer viaje en 1562-63, encontraron provechoso el tráfico negrero iniciado en las costas de Sierra Leona,  donde en parte comerciando con traficantes nativos y en parte usando la violencia, hicieron acopio de material humano, y en una travesía inhumana llevaron hasta Santo Domingo hasta trescientos esclavos, donde los colonos españoles no pudieron resistir a la tentación de comprarlos, aún contraviniendo las estrictas leyes que prohibían comerciar a los extranjeros.
La demanda de mano de obra esclava apremiaba a la Corona española, que por Real Orden del 23 de febrero de 1571 agregó el puerto de Cartagena a la lista de puertos por los cuales se podía efectuar el libre comercio negrero.
Fue a partir de ese momento cuando Cartagena de Indias comenzó su particular desarrollo económico y humano, siendo que, según señala Ildefonso Gutiérrez:

Los Jesuitas de Cartagena, pendientes de los navíos negreros por su misión pastoral, nos hablan de 12 a 14 navíos anuales y de tres a cuatro mil esclavos los que entraban por aquel puerto durante los asientos. (Gutiérrez, Ildefonso: 191)

Y fue la habilitación de este puerto la que posibilitó la entrada de mano de obra esclava a toda Sur América, y en concreto posibilitó el crecimiento que de la misma hemos señalado líneas arriba en la ciudad de Lima.
Pero finalmente, no sería Cartagena el único puerto de llegada del que se suministraría la ciudad de los Reyes, ya que esos veinte mil esclavos que señalamos existían en la ciudad el año 1640, tuvieron, junto a Cartagena, y desde comienzos del siglo XVII, un  nuevo puerto de arribada: Buenos Aires, que además del Perú tenía otro mercado de importancia: Chile.
En los setenta años que van desde la autorización de Cartagena como puerto de recepción negrera hasta que también tuvo Buenos Aires esa condición, era Cartagena, sin lugar a dudas, el principal puerto de recepción esclavista de América, y ello se veía fomentado por el hecho de que a finales del siglo XVI se produjo una explosión en el desarrollo de la actividad minera en la provincia de Santa Fe de Antioquia, cuya demanda de mano de obra exigía un aporte que se vio favorecido con la incorporación de Portugal, en 1580, a la Corona Hispánica.
Pero esa facilidad para cubrir la mano de obra demandada especialmente por la producción minera produjo a su vez un incremento del tráfico ilegal, al que se sumaba un problema añadido: el tránsito de marranos, muchos de ellos ligados precisamente al tráfico esclavista, que, huyendo de la actividad de la Inquisición, emigraban de forma ilegal a América, desde donde, con alianzas mantenidas con las potencias europeas, procuraban minar el Imperio Español, ocasionando graves conflictos cuya neutralización sólo fue posible merced a la efectiva acción de la Inquisición, que en 1639 celebró un macro proceso contra la que fue conocida como “la complicidad grande”, que extendía su actividad por Cartagena, Lima y México, y que formaba parte de los movimientos conspiratorios contra la Corona Hispánica.
  Es el caso que en el siglo XVII, la colonia judía de Ámsterdam mantenía muy cercanas relaciones con sus correligionarios establecidos en América, al tiempo que colaboraba muy directamente en la piratería y en los negocios del tráfico de esclavos a través de la Compañía de las Indias Occidentales, creada en 1623 a imagen y semejanza de la Compañía de las Indias Orientales, de 1602, donde tenían intereses de primer orden, y con la que consiguieron asientos en Extremo Oriente e intentaron conseguir asentamientos en América.
Se sabe también que por estas fechas, momento de mayor auge de la trata y de la piratería, había en Cartagena al menos treinta marranos de origen portugués,  que se dedicaban al tráfico de esclavos.
El volumen de tráfico era importante, según datos facilitados por quienes han  estudiado directamente ese asunto. Según los mismos, los navíos negreros llegados al puerto de Cartagena desde 1622 a 1640 (en 1633-1635 no llegó ninguno), fueron un total de 119.

En este tiempo llegaron 119 barcos, es decir, unos 8 cada año, que trajeron del África 16.260 esclavos. Desembarcaron, pues, en Cartagena unos 1.084 negros cada año; y cada barco, como media, trajo 137 negros; el que más, 402, y el que menos, 44. Los traficantes eran todos por esos años portugueses, y los barcos traían su carga humana de Angola (76), Guinea (25), Cabo Verde (7), Santo Tomé (5) y Arda (2). (Iraburu 2003: 181)


Pero esa actividad no se limitaba a los lugares indicados, sino que se extendía allí donde el negocio de la trata pudiese dar buenos resultados.
Uno de esos lugares era, sin lugar a dudas, Buenos Aires. Hemos citado que Buenos Aires era puerto negrero desde 1640… Pero ya cuarenta años antes, a principios de siglo, era Buenos Aires principal puerta de entrada del tráfico negrero, siendo que los cálculos señalan que este tráfico, clandestino, representaba más del cincuenta por ciento de todo el negocio comercial del puerto.
En 1595 se sentó el asiento con Pedro Gómez Reynel, cuya actividad aparece cercana al desarrollo de esta actividad irregular. En ese orden, el año 1610 señalaba la Casa de Contratación que

desde que se había otorgado el asiento a Gómez Reynel, los navíos negreros permitían la llegada ilícita de gran número de portugueses que se quedaban en Indias: teniendo V.M. cerrada la puerta a los vasallos de la Corona de Castilla para pasar a Indias si no es con licencia expresa e información de limpieza y naturaleza y otros requisitos, esta gente [los portugueses] la tiene abierta siendo toda sospechosa de todas maneras. (Escobar)

Todos estos datos generan una pregunta: ¿de cuantas personas estamos hablando? ¿Cuántos esclavos cruzaron el Atlántico? Y esa pregunta es de difícil respuesta.
Podemos observar que si comparamos los volúmenes que vamos citando con lo ocurrido a partir del siglo XVIII, estamos hablando casi de un menudeo que, a tenor del pensamiento universalmente admitido en el momento, tanto por esclavistas como por esclavos, podemos calificar de comedido.
Sirva como muestra de ese comedimiento un dato sobre la población esclava existente en Cádiz en esos tiempos

En 1616 había en Cádiz trescientos esclavos moros y quinientos negros, la mayoría ocupados en construir fortificaciones para defender la ciudad de nuevos ataques ingleses. En Lisboa, en 1620 había aún más de diez mil esclavos, casi todos negros, y en 1641 se prohibieron allí los esclavos moros; entretanto, en 1606 y de nuevo en 1628, se fijaron límites al retorno de esclavos negros desde las Américas (sólo se podía mandar a los varones mayores de dieciséis años de edad). Pero ni las entidades religiosas ni los particulares habían renunciado a tener esclavos en Europa. (Thomas 1997: 161)

Y otro sobre la población esclava de Sevilla en 1630. Los sevillanos tenían, en conjunto, un total de seis mil esclavos.
Por lo que toca a la España americana,  nos cuenta Hugh Thomas que según cálculos del capitán Fernando de Silva Solís, que escribió al rey diciéndole que el imperio requería nueve mil esclavos por año, en 1640 había en América unos trescientos cuarenta mil esclavos, de los cuales la mitad se concentraban en Perú; ochenta mil en Nueva España, unos cuarenta y cinco mil en lo que es ahora Colombia, más de veinticinco mil en Centroamérica; unos dieciséis mil en las Antillas españolas y unos doce mil en lo que es ahora Venezuela.
Pero esa demanda no surtió el efecto que pretendía, pues la Corona suspendió el tráfico negrero entre los años 1640 y 1650, y esa decisión, probablemente, estuvo abonada por los acontecimientos señalados en relación a la “complicidad grande”, siendo que esta conclusión no tiene otros argumentos que su coincidencia en el tiempo, la importancia de la conspiración, y la relación que los implicados tenían con el tráfico negrero.
Pero como lo que en estas líneas estamos intentando esclarecer es el número de esclavos existentes en la España americana, no nos queda más remedio que comparar la cifra que nos facilita Hugh Thomas, al menos, con otra.

Calcula Angel Rosemblat que en 1650, en toda América, había unos 857.000 africanos, incluyendo en el número a los negros libres; y «según un detallado documento de la época –informa la profesora Vila Villar–, en toda la América española habría hacia 1640, 327.000 esclavos, repartidos de la forma siguiente: México (80.000), América Central (27.000), Colombia (44.000), Venezuela (12.000), Región Andina (147.500) y Antillas (16.000). (Iraburu 2003: 181)

Estas cifras parecen coincidir bastante con las facilitadas por el capitán Fernando de Silva, de donde el nuevo aporte de Ángel Rosemblat en lo referente al número total de gentes de raza negra existente en América, viene a dar verosimilitud a los datos de Luis Gómez Acuña señalados más arriba, donde señala que el número de esclavos existentes en Lima en 1700 era prácticamente la mitad del existente en 1640, siendo la manumisión el motivo principal de esta más que sensible diferencia.
De estos datos se infiere que en 1650, el 62% de la población negra existente en la España americana era libre, y en esa dinámica podemos hacer elucubraciones que sencillamente no son historia, por lo que no vamos a entrar en ellas.
Sólo señalar, para comparar, algunos aspectos del resto de América.

A finales de 1699 en Brasil habría entre 500.000 y 600. 000 negros; en el Caribe no hispánico unos 450.000 (García Fuentes 1976: 39)

Y para que las comparaciones sean más certeras, señalar tan sólo las extensiones geográficas a las que estamos haciendo referencia, lo cual da una idea de la superpoblación de gentes de color negro que debía acumularse en algunas zonas.
Tras la Guerra de Sucesión, las circunstancias se acelerarían en sentido bien diverso al que la Monarquía Hispánica había sentado.
A partir de ese momento, la existencia de un sistema esclavista patriarcal y lánguido con claras muestras de tender a la extinción, cambiaría radicalmente con el nuevo signo de los tiempos. El humillante Tratado de Utrecht, que sumía a España en una dependencia exterior, significaría el fortalecimiento del concepto esclavista, que alcanzaría sus cotas más oscuras en el patético, sucio, antiespañol y manifiestamente británico siglo XIX.

En 1717 había en Minas Gerais más de 30.000 esclavos negros y en 1735 superaban los 100.000. La demanda de esclavos – varones, especialmente- se había disparado. Las cuantiosas inversiones hicieron aparecer complejos yacimientos mineros. La fiebre del oro y de los diamantes se extendió por el ancho territorio lusitano, y destacaban sobre todo Goias y Mato Grosso. El centro económico del país se bifurcó hacia el norte y hacia el sur. Todo esto propició que Brasil, antes de 1790, tuviese la mayor concentración de esclavos de todo el Nuevo Mundo. Cerca de un millón, aproximadamente, a comienzos del siglo XIX. Siguió aumentando hasta 1850; por estos años acabó la minería de oro y de diamantes. (García Fuentes 1976: 50)

No hace falta decir que esa minería, y todo lo que la envuelve, estaba en manos británicas. No en vano los tiempos de glorias de España (y en ella incluyo Portugal) habían acabado.
Con la llegada de Felipe V ya empezaron a cambiar las cosas. Bajo su reinado el monopolio del suministro de esclavos a América estuvo en manos francesas. Doce años duró ese monopolio hasta que en 1713, el Tratado de Utrecht con que Inglaterra daba fin a la Guerra de Sucesión Española y reconocía como soberano de España a Felipe V, sometía a España a varias vejaciones, una de las cuales era que Inglaterra se hacía con el asiento de esclavos para la España americana; esa a la que, si no en leyes sí en documentos de menor rango, comenzaba a referirse, caso inaudito, no como “provincias” ni como “reinos”, sino como “colonias”.
Desde ese momento, y hasta 1750, Inglaterra tendría el monopolio de la trata de esclavos. Y esa no es cuestión menor, ya que, además de una inmensa flota legal para llevar a cabo la trata, contaba con una flota estrictamente pirática para completar la labor, por supuesto siempre a su favor, fuera de los cauces de los tratados.
Tan es así que, a pesar de tener el monopolio de un tráfico que si nunca fue limpio ni justo y siempre estuvo en manos de la escoria de la sociedad, ahora perfeccionaba su condición hasta límites desconocidos hasta por la propia Inglaterra.
Y aunque el juicio sea un exabrupto, no lo es tanto si consideramos que, en esas condiciones, sigue sin conocerse el número de personas esclavizadas que fueron sacadas de África (con la connivencia de los africanos, también es cierto), y trasladadas a América en unas condiciones que sólo pueden atestiguar los mismos ingleses que un siglo más tarde, y en las mismas condiciones, serían trasladados a Australia y a Nueva Zelanda, condenados por delitos que en otros lugares se hubiesen solventado con un cachete no sin que ello provocase airadas protestas.
¿Cuántos esclavos trasladaron, no sólo a la España americana, sino sobre todo a las colonias inglesas?... Nunca lo sabremos, pues Inglaterra usaba el tráfico legal y el ilegal de personas en su propio beneficio, y en su propio beneficio ha hecho imposible que podamos cuantificarlo.

P. Curtin calculó unos 170.065 los introducidos durante el asiento. Sabemos que por Cartagena de Indias se introdujeron en los años 1714-1718 no menos de 1.254; en los años de 1722 a 1727, algo más de 4.000, quizá por la mayor demanda en las explotaciones mineras; y entre 1730 y 1736 algo más de cinco mil. Por otro lado, según estimaciones de algunos especialistas en el tema, se calcula que aproximadamente se introdujeron durante el asiento inglés más de 18.000 negros. Para España todo había sido inútil, los ingleses siguieron introduciendo negros en los reinos indianos mediante contrabando o subcontratos con hombres de paja y procedimientos parecidos. (García Fuentes 1976: 45)

¿Y todo eso hasta 1750? Recordemos que Inglaterra mantuvo el monopolio hasta esa fecha. A partir de esa fecha, el desarrollo del capitalismo inglés determinó que el uso de esclavos era una medida antieconómica; que para el nuevo concepto de producción industrial, el esclavo era un lastre contrario a la proyección al éxito; se hacía necesario que el productor, lejos de ser una carga que implicase el sobre costo de la manutención, de la atención médica y del sostenimiento durante la vejez, se convirtiese en un elemento desechable ante la menor necesidad, extremo que no podía cumplirse si el trabajador lo era en régimen de esclavitud, ya que en ese caso significaba una importante inversión inicial. Por todo eso se hacía necesario poner en funcionamiento algo que posteriormente se ha seguido realizando en muchas circunstancias: la externalización de la fuerza de trabajo.
Caso de no haber creado la proletarización de la sociedad se hubiese hecho necesaria la contratación de esa mano de obra a otros capitalistas que se hubiesen dedicado en exclusiva a la tenencia de mano de obra esclava con el fin de alquilarla a las nuevas industrias. Pero eso, evidentemente, era bastante más complicado que directamente convertir al esclavo en proletario, y que fuese él el único responsable del mantenimiento físico de sí mismo y de su familia.
Con esas premisas, estrictamente económicas, el uso de mano de obra esclava comenzaría a declinar, pero no todavía en ese momento. En las colonias británicas seguía a buen ritmo. En las históricas, donde el mal trato histórico acabaría ocasionando sublevaciones, y las que se incorporaron a partir del siglo XIX, donde como en Cuba, por ejemplo, se llegó a conocer el más escandaloso crecimiento de población esclava, mantenida por una clase política, nominalmente española, pero con relaciones de tal nivel con Inglaterra, que como en el caso de los conocidos como “libertadores”, dista muy poco de la condición de vasallos de Inglaterra.
El brutal incremento de población negra en Cuba se produjo, sí, durante el siglo XIX, cuando ya Inglaterra había abolido la esclavitud y estaba inmersa en conseguir la abolición del tráfico de esclavos que ella, por interés propio había abandonado, y al que además no podía dedicarse al estar usando esos barcos para llevar ingleses a Australia, pero el inicio de la fiebre esclavista en la isla se produjo a raíz de la ocupación inglesa de Cuba en 1762, cuando fueron introducidos miles de esclavos en menos de un año, y donde tras la evacuación militar quedó un ejército de banqueros y especuladores de todo tipo que se hicieron con los medios productivos de la isla, entre ellos el más importante John Kennion, y con el concurso de la flota ilegal inglesa, la misma que en décadas anteriores completaba la labor de la flota legal, estaba en situación de hacer de Cuba un nuevo Haití o una nueva Jamaica.

en los once meses de ocupación inglesa de la ciudad, en el puerto de La Habana entraron más de setecientos barcos mercantes, cuando nunca, en todo un año, habían entrado más de quince, aparte de los barcos que transportaban metales preciosos y que estaban bajo el control real. De estos barcos, probablemente veinte, es decir, uno de cada cuarenta, eran negreros. (Thomas 1971)

Ese incremento del número de esclavos y el consiguiente desarrollo del tráfico esclavista aglutinó en torno al tráfico a un nutrido grupo de inversores españoles, deslumbrados por la mecánica comercial británica, que vieron su oportunidad de negocio con la brecha que les abría Inglaterra en el tráfico.

Uno de los asientos aprobados en estos años fue el de la Compañía Gaditana de Negros, solicitado por don Miguel de Uriarte al año de llegar al trono Carlos III. Respaldaban su petición José Ortuño Ramírez, marqués de Villarreal, Lorenzo Arístegui, Juan José de Goico, Francisco de Aguirre y la Compañía de Enrile. Todos pertenecientes al grupo de vascos afincados en la bahía de Cádiz. Se firmó por tiempo de diez años para abastecer la demanda de Cartagena, Portobelo, Santo Domingo, La Habana, Santa Marta, Cumaná, Trinidad, Orinoco, Veracruz, Honduras y Campeche. La Compañía estaría bajo bandera española y se comprometía a pagar 40 pesos por derecho de marca. Su “mercancía” la obtendría de Guinea, Senegal, islas de Cabo Verde y Gorea. Fijó como lugar de distribución Puerto Rico…/… En líneas generales el asiento establecía que la Compañía se comprometía a introducir 15.000 negros en los diez años: 1.500 negros en Cartagena y en Portobelo; 400 a Honduras y Campeche; 1.000 en Cuba; y entre 500 y 600 en Cumaná, Santo Domingo, Trinidad, Margarita Santa Marta y Puerto Rico. Se autorizó a la Compañía a internar los negros para poder abastecer a los demás puertos americanos. Pero tanto en un caso como en otro, tendría que pagar de derechos de marca 40 pesos por pieza de Indias. (García Fuentes 1976: 46)
La Compañía quebró en 1772 y el asiento fue concedido a la Compañía General de Negros, que gestionaban Aróstegui y Aguirre. Entre los años 1773 y 1776 se ocupó del abastecimiento de negros en las tierras españolas de América. Con la finalización de esta Compañía termina el último monopolio de la historia de la trata. (García Fuentes 1976: 47)

No serían los únicos, pues desde el final del monopolio, otros se dedicaron a la misma labor, siendo que cuando en 1820 España suprimió la trata, existían muchas otras empresas que se dedicaban al mismo negocio, destacando por ciudades Barcelona, con 146 embarcaciones, que constituían un 7,45% del total de las embarcaciones de tráfico negrero con Cuba, y un 24,7% de las españolas… Y la casa real tenía parte directa en el negocio.
Es de destacar que esta actividad, que nunca fue significativa en España, comenzó a desarrollarse justo cuando la abolición de la esclavitud estaba presente en todas las discusiones, y siendo que en 1791 se sublevaban los esclavos en Haití; en 1801 se proclamaba la libertad de los esclavos en Santo Domingo; en 1803 Dinamarca prohibía el tráfico de esclavos; en 1804 Haití declaraba su independencia; en 1807 Inglaterra abolía la trata en sus colonias; en 1808 prohibía la entrada de esclavos y lo mismo sucedía en los Estados Unidos; en 1811 se establecían los tribunales contra la trata en Sierra Leona; entre 1814 y 1820, Holanda, Portugal, Suecia, Francia y España suprimían la trata de negros…
También en Brasil se notó esta misma incidencia, siendo que en los veinte años inmediatamente posteriores al monopolio británico, fueron introducidos cerca de doscientos mil esclavos.
Es justo en este momento cuando la población negra de Cuba comienza a crecer de forma espectacular

durante 1815 se dice que llegaron unos 9000, frente a 17.000 en 1816. Esta última cifra superaba incluso la del año de la paz de Amiens. En 1817 las importaciones de esclavos alcanzaron las 25.000 personas; en 1818 casi 20.000; 15.000 en 1819, y 17000 en 1820. Así pues, los cinco años comprendidos entre 1816 y 1820 vieron la importación de al menos 100.000 esclavos; más, probablemente, del total de los importados hasta 1790. (Thomas 1971)

Es tan significativo ese tráfico iniciado en 1762 y desarrollado muy especialmente en el siglo XIX, que se estima que  la mitad de los esclavos llevados a la América española en cuatro siglos fue trasladada en ese periodo a las Antillas, más exactamente a Cuba, aunque también a Puerto Rico, siendo que de los aproximadamente 800.000 esclavos llevados a Cuba, más de 600.000 arribaron durante el siglo XIX.
Baste comparar estas cifras con las registradas desde 1595 hasta 1736 en Cartagena de Indias

Periodo     Nº de navíos         Nº de esclavos Periodo de Trata
1595-1601 196 23.317 Asientos Portugueses
1622-1631   88 12.518 Asientos Portugueses
1698-1702   57     9.853 Cia. de Cacheu
1714-1736   65 10.601 South Sea Company
(Gutierrez Azopardo: 191)
Pero como centrarse en el principal puerto esclavista puede al fin llevarnos a engaño, señalemos que

Para el período de 1521 a 1550, el cálculo más fiable, el de Philip D. Curtin, ofrece un total de 15.000 negros desembarcados en Hispanoamérica (un promedio anual de 500), y para los años que van de 1551 a 1595, la cifra se eleva sólo a 36.300 individuos (un promedio anual de 810). (Browser: 138)

La comparación es espectacular. Pero es que a ello hay que añadir que durante todo el Imperio Español, Cuba había sido el territorio que menos esclavos había recibido.
En el Caribe, Cuba y Puerto Rico eran la excepción de la norma. Cuando Inglaterra tomó militarmente La Habana, en 1762, la población negra era notablemente inferior a la población blanca, lo que contrastaba con Jamaica, Barbados, Antigua… donde la población blanca se circunscribía a las guarniciones militares, siendo que la práctica totalidad de la población era negra y esclava.





































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