jueves, julio 30, 2026

La Abdicación de Bayona



La situación existente en España en 1808 no era algo que hubiese estado forjado por Carlos IV, por María Luisa de Parma o por Manuel Godoy, y ni tan siquiera tenían capacidad suficiente para generar tal debacle. El derrumbe de España se había cimentado desde la corona y desde el gobierno, de forma proactiva, a lo largo del siglo XVIII.

Pero si la responsabilidad de la situación es compartida con los reinados de Carlos III, de Fernando VI y de Felipe V, la responsabilidad del momento era, inexorablemente de la “Santísima Trinidad”, como era conocida la asociación de Carlos IV, Mª Luisa de Parma y Godoy, quienes además contaban con la inestimable colaboración del cuarto mosquetero: Fernando VII, que si se ganó por méritos propios el título de “rey felón” es justo reconocer que tal título no lo merece en exclusiva.

El malestar social era permanentemente acelerado, y a ello contribuían varios factores entre los que destacaba con luz propia la crisis económica  ocasionada en gran medida por la aplicación de las reformas fiscales y agrarias generadas por la Ilustración.

Inexorablemente, esas crisis generaron en todas las capas sociales un general rechazo al Gobierno y en concreto a Godoy;  la nobleza se mostraba descontenta por el crecimiento de la burguesía y la pérdida de privilegios; la Iglesia ya no podía sufrir más las mermas sobre sus derechos; el pueblo sufría todas las carestías en propia carne, y los ilustrados también se mostraban altamente disconformes por la paralización de algunos proyectos que presentaban.

Todos señalaban la responsabilidad directa de Godoy y de la casa real, y todos miraban a Fernando como clavo ardiente que podría sacar España del marasmo. 

Las buenas artes de una parte no menor de la nobleza y el apoyo incondicional del pueblo hambriento posibilitaron primero la intentona de El Escorial a finales de 1807, y el triunfo del golpe de estado consecuencia del Motín de Aranjuez de  17 de marzo de 1808, con el ascenso consiguiente de Fernando VII como rey legítimo, en un acto que, sin embargo no significó la paz social ni la normalización política que se mostraba inexistente desde hacía ya años. La monarquía, lejos de consolidarse con el cambio de rey manifestó una extrema debilidad que sería aprovechada inteligentemente por el duque de Berg y por Napoleón, a quienes acudió sumiso Carlos IV tras los sucesos del día 17.

La situación de inestabilidad, que para estas fechas ya estaba asumida como característica propia de la corona y de la sociedad española, conoció un crecimiento especial en la mañana del sábado 19 de marzo de 1808, cuando grupos de personas se dirigieron a la casa de Godoy en actitud violenta mientras daban vítores al Rey y mueras al Príncipe de la Paz, que era la diana de todas las saetas populares, que pueden resumirse en una de las que más fama tomó y que decía:  “muera Godoy por traidor y ladrón y que le traigan a Madrid, para ponerlo en un palo”. Los desordenes se prolongarían durante todo el domingo 20 e incluso durante los siguientes días, como un precalentamiento del dos de mayo.

Godoy, que cuando fue saqueada su casa estaba escondido en un desván, donde por suerte para él no fue localizado, sería detenido el domingo cuando, azuzado por la sed acabó saliendo de su escondite. Trasladado a la cárcel, fue increpado por las gentes, que si no acabaron con su vida fue gracias a la protección que le brindaron los soldados que lo llevaban detenido. 

Finalmente el mariscal Joaquín Murat, duque de Berg, le salvó la vida y lo envió a Bayona, donde Acabaría reuniéndose con la familia real.

Las expectativas de Carlos IV, obligado a abdicar, y las de Fernando VII tenían el mismo horizonte: Napoleón. Y Napoleón, consciente de la situación de ambos, también  conocía los sentimientos del pueblo español.

Siendo así, no extraña el sentido de la carta que con fecha 29 de marzo de 1808 envió al Gran duque de Berg, en la que le decía: 


Me parece muy complejo dejar reinar a Carlos IV: su gobierno y su favorito son tan impopulares que no se sostendrían ni tres meses…/…Una alianza con la familia real sería un vínculo débil: la reina Elisabeth y otras princesas francesas han muerto miserablemente cuando han sido sacrificadas impunemente por venganzas horribles.


Parecía evidente que el periodo de Carlos IV había llegado definitivamente a su fin, y sin embargo la duda seguía estando si nos atenemos a las instrucciones y comentarios dirigidos por Napoleón a sus subordinados; así, en carta del 30 de marzo de 1808 al mariscal Bessière, encargado de la protección de la familia real decía:


 Mientras no he reconocido al príncipe de Asturias, el rey Carlos IV sigue siendo rey. Sin entrar en la cuestión política, en las ocasiones en las que estará obligado a hablar al príncipe de Asturias, no lo llame Fernando VII, evite la dificultad llamando aquellos que gobiernan en Madrid.


Carlos IV depositó la defensa de su causa en quienes acababan de llegar con ánimo de conquista, y puso en sus manos lo poco que les faltaba para decidir libremente del futuro de España. El problema de Napoleón era cómo llevarlo a cabo sin levantar inquietudes. Sus muestras de cordialidad llevaron a Fernando a pedir la mano de su sobrina, la princesa Charlotte Bonaparte Gabrielli; algo que hizo a espaldas de su padre, lo que agrandó el precipicio que los separaba, que naturalmente fue aprovechado por el corso en su propio beneficio.

Entre tanto, al objeto de dificultar las relaciones entre Fernando VII, Carlos IV fue enviado a El Escorial, y es que Murat, mientras aseguraba que iba a reconocer a Fernando VII como rey, siguió reconociendo como tal a Carlos IV, por lo que se hizo imprescindible cortar las comunicaciones entre los dos, lo cual le facilitó, además, atraer a Bayona al ilusionado Fernando VII.

La labor de intriga ejercida por Murat fue un éxito. Esparció rumores que favorecían la imagen de los reyes depuestos, consiguiendo que  Carlos IV y María Luisa, personajes carentes de virtudes y que se habían granjeado el desprecio del pueblo, acabasen  creyendo el relato de sus captores, lo que les indujo a arrepentirse de la abdicación de El Escorial cuando tuvieron noticias de las intrigas, gestadas por Murat y tendentes a hacerles creer que serían restituidos en el trono por Napoleón.

La imaginación de Carlos IV, y sobre todo de María Luisa, sumidos en la mayor humillación al haber sido abandonados hasta por su propia servidumbre, volaba en busca de Napoleón, espoleados por Murat, que sembró en su ánimo la necesidad de desplazarse a Bayona en busca del plácet del adalid ante quién no dudarían en postrarse dispuestos a admitir las migajas que de buena voluntad quisiera regalarles.

En busca de la restitución se preparaban ansiosos para rendir pleitesía a Napoleón; sin embargo, Fernando VII se resistía a salir de Madrid. Para vencer esa resistencia el Gran Duque de Berg le dijo que Napoleón estaba de camino para reconocerlo en persona como rey de España, lo que debía crear en el espíritu de Fernando VII la necesidad moral de ir a encontrarlo en el camino. 

Finalmente Napoleón conseguiría lo que pretendía. Padre e hijo, seducidos por separado, acudirían a Bayona para someterse a juicio que limase sus diferencias.

Godoy fue liberado, у Carlos IV y María Luisa le seguirían en su viaje á Bayona, emprendido después de haber nombrado a Murat regente del reino.

Por su parte, Fernando estableció una Junta Suprema de gobierno ajena por completo a Murat, y en compañía de Pedro Ceballos, salió el día 10 de Abril con la manifiesta intención de humillarse ante Napoleón.

La idea inicial era no prolongar mucho tiempo la excursión. En principio se marcó Burgos como meta de encuentro. Ante el hecho manifiesto de la incomparecencia de Napoleón, alargó su sumisión hasta Vitoria, donde fue debatida la conveniencia de seguir la marcha, extremo contra el que se significó especialmente Pedro Ceballos. 

Ese debate se produjo cuando el pueblo de Vitoria pretendió interrumpir el viaje porque el día 16 había recibido Fernando una carta de Napoleón en la que explícitamente le comunicaba su reconocimiento como rey a Carlos IV, con lo que quedaba manifiesto que la actuación de François Beauharnais, embajador de Francia, en torno a los acontecimientos de El Escorial había sido una maniobra política al servicio de Francia, y que la promesa de enlace matrimonial entre Fernando y  una princesa francesa era tan sólo una artimaña para distraer la atención.

El escrito de Bonaparte, que hasta ese momento había negado haber tenido correspondencia con el príncipe de Asturias acusaba a Fernando VII de actividad culposa, señalando que: 


Cuando el rey Carlos IV me comunicó los eventos del mes de octubre pasado, fui dolorosamente afectado, y creo haber contribuido, por las insinuaciones que hice, a la salida positiva del asunto del Escorial. Su Alteza real había cometido muchos errores, como prueba la carta que me ha escrito, y que siempre quise ignorar.

Si el escrito en cuestión había ocasionado un revuelo popular en Vitoria, también obtuvo una respuesta negativa por parte del consejero real Pedro Ceballos, cuyo vehemente consejo resultó baldío ante la voluntad fernandina que, despreciando las manifestaciones del pueblo español, se mostraba absolutamente decidido a humillarse ante Napoleón.

Con esa voluntad manifiesta llegó a Bayona el día 20 de abril. El día 30 llegarían Carlos IV y María Luisa, habiendo quedado en Madrid el infante don Antonio como presidente de la  Junta de Gobierno, que ejercía como decoración de la corte, sin capacidad alguna para tomar ninguna determinación que no le viniese marcada. 

Por propia voluntad, la Santísima Trinidad y Fernando VII  estaban ya en poder de Napoleón, que no obstante no estaba satisfecho con la presa, ya que requería la sumisión de toda la familia real. Los últimos en partir fueron la infanta María Luisa y del infante Francisco de Paula, cuya marcha llevada a efecto el 2 de mayo, fue el detonante del alzamiento del pueblo de Madrid que terminó de formas tan sangrienta.

De todos es sabido que una vez en Bayona, Carlos IV ofreció el trono a Napoleón a cambio de asilo político para él, su esposa Maria Luisa y Godoy; asilo que sería engrasado con una pensión de treinta millones de reales anuales. 

Por su parte,  Fernando VII acudió sumiso a Bayona para recabar el apoyo de quién tanto lo despreciaba y que acabó siendo depositario del trono, ya que también Fernando, como su padre, abdicó en Napoleón, que acto seguido entregó el trono a su hermano José. Este hecho, que para mayor escarnio sería vendido al pueblo español como el secuestro de los reyes, provocará el levantamiento popular y el inicio de la lucha contra los franceses, la que fue conocida como Guerra de la Independencia, aunque visto lo visto, podría ser llamada la “Guerra del cambio de dependencia”.

Evidentemente las aspiraciones de Fernando VII carecían de cualquier base, y no tardó Napoleón en recordarle lo que ya le había anunciado por carta el día dieciséis de abril. Cuenta en sus memorias Manuel Godoy que apenas Fernando estuvo de vuelta del Palacio Imperial en su alojamiento, se le presentó el General Savary comunicándole el decreto de Napoleón por el  que determinaba que jamás reinase en España la dinastía de Borbón, por lo que le requería la abdicación. 

Padre e hijo iban a llevar a cabo una de las representaciones más abyectas de la dinastía Borbón, que tiene claro reflejo en la lacayuna actitud de Carlos IV ante Napoleón:


Señor mi hermano: V.M. sabrá sin duda (...) Yo no he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de la guardia sublevada me hacían conocer bastante bien la necesidad de escoger entre la vida y la muerte (...) Dirijo a V.M.I. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación.

La representación teatral tuvo lugar el 7 de mayo de 1808 en el castillo de Marracq, mandado construir a principios del siglo XVIII por Mariana de Neoburgo, segunda esposa de Carlos II. En ese escenario, mes y medio más tarde de los hechos de Aranjuez, en un acto grotesco, abdico Carlos IV y abdico Fernando VII.

Pero la cesión no salió gratis a Napoleón. Carlos IV le arrancó una pensión de treinta millones de reales y asilo político para los reyes y para Godoy. Por treinta millones de reales vendió España a Napoleón, que tras proclamarse rey de España, transmitió el título a su hermano José.

También el resto de la familia real continuó humillando más al pueblo español. Este hecho fue la respuesta que la casa Borbón dio al pueblo español; al mismo pueblo español que para esas fechas estaba derramando su sangre por unos seres que felicitaban a Napoleón por las terribles represalias que infligía.

Curiosamente, actitud tan humillante y de manifiesta traición a la Patria, fue atendida por el pueblo español de forma bien distinta. Para ese pueblo resultaba imposible traición semejante, por lo que no dudó en achacar semejante actitud a las amenazas y a la violencia que jamás sufrió la casa real por parte de Napoleón.

Pero la obra de teatro quedó grabada para que el pueblo español pueda disfrutarla por los siglos de los siglos. El libreto de Las Abdicaciones de Bayona es el siguiente:

De Fernando VII en Carlos IV.


Mi venerado padre y señor: Para dar a Vuestra Majestad una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos que Vuestra Majestad me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de Vuestra Majestad, deseando que Vuestra Majestad pueda gozarla por muchos años. Recomiendo a Vuestra Majestad las personas que me han servido desde el 19 de marzo.

De Carlos IV en Napoleón Bonaparte.

Su Majestad el rey Carlos, que no ha tenido en toda su vida otra mira que la felicidad de sus vasallos, constante en la idea de que todos los actos de un soberano deben únicamente dirigirse a este fin […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos al trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden; entendiéndose que dicha cesión sólo ha de tener efecto para hacer gozar a sus vasallos de las condiciones siguientes:

1º. La integridad del reino será mantenida: el prí¬ncipe que el emperador Napoleón juzgue debe colocar en el trono de España será independiente y los lí¬mites de la España no sufrirán alteración alguna.

2º. La religión católica, apostólica y romana será la única en España. No se tolerará en su territorio religión alguna reformada y mucho menos infiel, según el uso establecido actualmente.

Pero no fueron ellos dos solos quienes renunciaron. Todos los miembros de la familia real acabarían rindiendo pleitesía a Napoleón en Bayona. Todos los miembros de la familia real renunciarían explícitamente a sus derechos en la sucesión al trono español. Todos, hasta Carlos María Isidro y Antonio Burdeos que se encontraban en el reino de Etruria, fundado como satélite por Napoleón, renunciaron a sus derechos al trono de España  el 12 de mayo de 1808.

Por su parte, Carlos IV escribió un comunicado al pueblo español en el que decía:


He tenido a bien dar a mis vasallos la última prueba de mi paternal amor (...) Así, pues, por un tratado firmado y ratificado he cedido a mi aliado y caro amigo, el Emperador de los franceses, todos mis derechos sobre España e Indias; habiendo pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e integra y que nuestra sagrada religión ha de ser la única que ha de observarse.

La actitud de toda la casa real borbónica se califica por sí sola. Pero fueron más allá, ya que sin pérdida de tiempo, y tras la humillante nota de Carlos IV, el 12 de Mayo, Fernando VII y los infantes Don Carlos y Don Antonio expidieron una proclama al pueblo español en la que comunicaban la felonía perpetrada una semana antes, y ordenaban que se acataran las ordenes de Napoleón.

La proclama quedaba redactada en los siguientes términos:

Creen SS.AA.RR. dar la mayor muestra de su generosidad, al amor que la profesan y del agradecimiento con que corresponden al efecto que le han debido, sacrificando en cuanto este de su parte sus intereses propios y personales a beneficio suyo y adhiriendo para esto como han adherido por un convenio particular, a la cesión de sus derechos al trono; absolviendo a los españoles de sus obligaciones a esta parte y exhortándoles como lo hacen, a que miren por los intereses comunes de la Patria manteniéndose tranquilos, esperando su felicidad de las sabias disposiciones y del poder del Emperador Napoleón, y que prontos a conformarse con ellas, creen que darán a su Príncipe y a ambos Infantes el mayor testimonio de su lealtad, así como SS.AA.RR. se lo dan de su paternal cariño, cediendo todos sus derechos y olvidando sus propios intereses, por hacerle dichosa, que es el único objeto de sus deseos. Burdeos, 12 de mayo de 1808. Yo, el Príncipe, Carlos y Antonio.

Por su parte, Napoleón escribía al pueblo español presentándose como el salvador:

Españoles: después de una larga agonía, vuestra nación iba a perecer. He visto vuestros males y voy a remediarlos. Vuestra grandeza y vuestro poder hacen parte del mío. Vuestros Príncipes me han cedido todos sus derechos a la Corona de España. Yo no quiero reinar en vuestras provincias, pero quiero adquirir derechos eternos al amor y reconocimiento de vuestra prosperidad. Vuestra Monarquía es vieja; mi misión es renovarla; mejorare vuestras instituciones y os hare gozar, si me ayudáis, de los beneficios de una reforma, sin que experimentéis quebrantos, desordenes y convulsiones. Españoles: he hecho convocar una asamblea general de las Diputaciones de las provincias y ciudades. Quiero asegurarme por mi mismo de vuestros deseos y necesidades. Entonces depondré todos mis derechos y colocare vuestra gloriosa Corona española en las sienes de otro Yo, garantizándoos al mismo tiempo una Constitución que concilie la santa y saludable autoridad del soberano con las libertades y privilegios del pueblo. Españoles: recordad lo que han sido vuestros padres y contemplad vuestro estado. No es vuestra culpa, sino del mal gobierno que os ha regido: tened gran confianza en las circunstancias actuales, pues yo quiero que mi memoria llegue hasta vuestros últimos nietos y exclamen: ≪es el regenerador de nuestra Patria.

Y también a través de su Ministro de Negocios Extranjeros, Conde de Champagny, escribió a los virreyes Americanos garantizándoles la permanencia en sus puestos:


Señor, tengo la honra de enviar a usted el informe de los sucesos que han ocasionado la renuncia de la Corona por S.M. el Rey Carlos IV, el príncipe de Asturias y todos los príncipes de la familia real, quienes la han cedido con todos sus derechos a S.M. el Emperador de los franceses, Rey de Italia... La independencia de España, la integridad de su territorio, la unidad de su religión le quedan garantizados... Persiguiendo este fin fue que el emperador llamo al trono de España a su hermano Jose Napoleón, Rey de Nápoles y Sicilia, quien por instantes debe llegar a Madrid. El Emperador confía en la lealtad de usted para secundar sus intenciones. El nuevo Soberano confirma a usted en el cargo que desempeña, confiando al mismo tiempo al honor y al patriotismo de usted la seguridad y guardia de la Colonia por Ud. gobernada... La dinastía ha cambiado, pero la monarquía subsiste. (Lievano: 55)

Acto seguido, Napoleón convocó en Bayona una asamblea de notables españoles, la conocida como Junta española de Bayona. A la misma, y por distintos motivos, no todos relacionados con el rechazo a la misma, sólo acudieron 75 de los 150 notables convocados, que dedicaron nueve sesiones para debatir el proyecto de constitución que les fue presentado y que fue aprobado con escasas rectificaciones en julio de 1808. El texto, conocido como la Constitución de Bayona, es denominado Estatuto y no Constitución por los miembros que redactaron la Constitución de Cádiz, varios de los cuales, curiosamente, también tuvieron parte en la redacción de la constitución de Bayona, que por otra parte no tiene menor valor que la Constitución de Cádiz, que fue redactada por unos delegados “sui generis” que fueron nombrados con urgencia y a conveniencia de los convocantes, siendo que las Cortes de Cádiz dejaron fuera, por los motivos que se quiera, a la mayoría del pueblo español. 

Así, podemos aseverar que el proyecto de Estatuto Constitucional presentado por el emperador de los franceses a la Diputación que se reunió doce veces en Bayona, entre el 20 de junio y el 8 de julio de 1808, se transformo en la primera Constitución de los Estados de las Españas y de las Indias que fueron puestos bajo la soberanía de la Corona de José I Napoleón. (Actas: 9-10)

El texto fue redactado por juristas franceses con el visto bueno de Napoleón; y los representantes españoles, entre los que se encontraban americanos, se limitaban a aprobar lo que se les presentaba. Al amparo del mismo, en 1812, como el Rosellón en 1659, Cataluña pasaba a formar parte formal de Francia.

El pueblo, sin dirigentes, sin reyes a quien servir, se organizaba para la resistencia al tiempo que permitía crecer en su propio seno el germen de lo que estaba combatiendo. La revuelta se había iniciado el dos de mayo, pero su generalización seria fruto de un largo proceso. 

Pronto se sucedieron los levantamientos contra los franceses y las juntas “soberanas”, que surgieron como respuesta popular ante la absoluta inacción de las instituciones, rápidamente fueron gestionadas por Inglaterra a través de Henry Richard Vassal Fox, Lord Holland, padrino de Melchor Gaspar de Jovellanos. España, la de este lado del Atlántico y la del otro lado del Atlántico, se preparaban para una larguísima etapa de enfrentamientos a la vez civiles y separatistas.

La Península estaba en manos de los franceses, no solo militarmente, sino también políticamente como consecuencia de la dejación y venta que tanto Carlos IV como Fernando VII habían perpetrado en Bayona. Toda España, incluidos América y Pacifico, estaba en manos francesas... Nominalmente.

Sin embargo, lo mismo en la Península que en América, se formaron Juntas con distinto origen y objetivo, bajo una trilogía de motivaciones: por Dios, por la Patria y el Rey, y en realidad fieles servidoras de los intereses de Inglaterra, a través de sus agentes Jovellanos, José María Blanco, Alcalá Galiano, Agustín Argüelles, etc, a través de los cuales extendió lord Holland la dominación británica sobre todas las instituciones que se denominaban patrióticas y combatían la invasión francesa. 

A la sombra de Inglaterra y bajo instrucciones británicas, estas Juntas crearon una Junta Central, mientras en América hacían lo propio, siendo que siguieron vigentes las estructuras de gobierno preexistentes, que reconocieron a la Junta Central como órgano de gobierno, que convoco Cortes en Cádiz.

La nueva administración francesa envió a los Virreinatos cartas intimando a aceptar la nueva monarquía de José I Napoleón, pero el clamor popular rechazó abiertamente la oferta, siendo una de las primeras muestras Santa Fe, donde se impidió enviar representación del Virreinato a Bayona.

Ciertamente los acontecimientos se aceleraron, y lo hicieron muy especialmente a partir de la Constitución de Cádiz.







BIBLIOGRAFÍA:

Actas de formación de juntas y declaraciones de independencia (1809-1822) https://www.uis.edu.co/webUIS/es/bicentenario/documentos/BICENTENARIO_ACTAS_TOMO%20I.pdf 

Gazeta de Madrid de 13-5-1808 En Internet https://www.boe.es/gazeta/dias/1808/05/13/pdfs/GMD-1808-46.pdf Visita 25-5-2025

Liévano Aguirre, Indalecio. Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Tomo II. http://es.scribd.com/doc/200830746/Lievano-Aguirre-Indalecio-Los-grandes-conflictos-sociales-y-economicos-de-nuestra-historia-Tomo-II-pdf



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