domingo, 1 de abril de 2018

La crisis del siglo XVII (Texto competo)

MOVIMIENTOS CENTRÍFUGOS EN ESPAÑA V
La crisis del siglo XVII
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VISIÓN GENERAL DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA

LA SITUACIÓN DE LA CORTE Pag. 2

LA SITUACIÓN DEL PUEBLO Pag. 14

POLÍTICA MILITAR FRENTE A EUROPA Pag. 22

LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS Pag. 33

EL CONDE DUQUE DE OLIVARES Pag. 42

LA GUERRA DE LOS SEGADORES Pag.  55

CATALUÑA ANTES DE LA GUERRA Pag. 55
EL CORPUS DE SANGRE Pag.  62
DESENLACE DE LA GUERRA Pag. 72
GUERRA DE SEPARACIÓN DE PORTUGAL Pag. 81

BIBLIOGRAFÍA Pag. 100























VISIÓN GENERAL DE LA MONARQUÍA HISPÁNICA

LA SITUACIÓN DE LA CORTE


Ningún momento de la Historia es un camino de rosas. Ni en la época gloriosa de los Reyes Católicos podemos hablar de ese camino, ni en la época de los Austrias mayores tampoco. No obstante, cuando entramos a hablar de los Felipes posteriores a Felipe II, anodinos, ese camino  se complica considerablemente; no tanto por el hecho en sí de las circunstancias, que siempre existen, sino por la forma de afrontarlas.

En el reinado de Felipe III, es de destacar el auge de los validos; personas que demostraron una gran habilidad para enriquecerse a costa del erario público, creando una corte de paniaguados que no se conformaban con un sueldo, sino con una cascada de beneficios. “Lerma favoreció sin pudor alguno a sus parientes, promoviendo a su cuñado, el conde de Lemos, para la presidencia del Consejo de Indias, el virreinato de Nápoles y la vicepresidencia del Consejo de Italia, y a su hermano Juan, marqués de Villamizar, al cargo de virrey de Valencia.”

Si nos limitásemos a esos casos, difícilmente podríamos hablar de corrupción. Debemos convenir que todos, cualquier persona, mirará siempre de apoyar a los que le resultan más cercanos. Ese hecho no puede ser cuestionable si los más cercanos están también tan formados como otros, y como esos otros, tienen unas cualidades similares y son de una honradez pareja a esos otros. En ese caso, parece que es recriminable el no hacer preceder a los más cercanos frente a los más lejanos, pero lamentablemente, a lo que parece, no es el caso, sino justamente el inverso, donde el medro personal primaba sobre cualquier otra cuestión. Y justamente eso es lo que la historia recrimina a estos validos.

“Ya en la época de los Reyes Católicos y posteriormente desarrollado con más complejidad por sus sucesores, Carlos I y Felipe II, el gobierno de la monarquía española se regía por los “Consejos”, organismos de tipo administrativo para el gobierno de los diferentes asuntos de la monarquía que fueron creados para asesorar al monarca en los diferentes ámbitos concernientes a su gobierno, ya fuera sobre asuntos territoriales o sobre aspectos concretos. Eran por tanto órganos consultivos, con funciones legislativas, judiciales o administrativas, según los casos.”

Los distintos Consejos estaban compuestos por las personas más preparadas para el buen gobierno del Imperio, y para ello, eran elegidos los personajes más destacados en cada una de las funciones, fuesen militares, administrativas o legislativas. Esos consejos deliberaban y transmitían al rey para su sanción, a través de sus secretarios, las diversas cuestiones. Y el rey era quién decidía la actuación.

“Los Consejos específicos de los distintos territorios que conformaban la monarquía eran el Consejo de Castilla, Consejo de Indias, Consejo de Aragón, Consejo de Italia, Consejo de Flandes y Consejo de Portugal. Otro tipo de Consejos específicos de las diferentes áreas de gobierno eran el Consejo de Estado, Consejo de Guerra, Consejo de Hacienda, Consejo de Inquisición, Consejo de Cruzada, Consejo de Cámara y Consejo de Órdenes Militares.”

Efectivamente, podía llegar el momento en que el rey fuese informado erróneamente. Entonces él era quién hacía profundizar en aquellos aspectos que no le parecían claros. No obstante, y como demostró Antonio Pérez, el secretario personal de Felipe II, podía darse el caso de llegar a engañar miserablemente al rey y hacerle ejecutar acciones inicuas… Pero ahí estaba el propio rey para reparar los errores, aunque como en el caso de Antonio Pérez, el mal ocasionado resultase demasiado costoso.

Otro ejemplo de pésima actuación lo encontramos en el conflicto de los comuneros de Castilla, donde un rey bisoño, gracias a las malas artes de sus consejeros llegó a ocasionar una dramática guerra, con tintes muy similares a la de los Segadores de Cataluña. Pero ese mismo rey fue capaz de, en un momento determinado, dar un giro radical a su política, y poner las cosas en su sitio. Algo que no sabría hacer Felipe IV, ni por supuesto su valido el Conde Duque de Olivares.

La excusa de los validos era la protección de la figura del rey; la caída de éstos se produciría inexorablemente cuando el escándalo arreciase, pero en este caso, contrariamente a lo que sucedía con Felipe II, tan sólo servía para lo que puntamos: proteger la figura del rey… pero no para proteger al reino. Así, los validos se sucedían para justificar las actuaciones, que seguían siendo las mismas, y así contentar a un pueblo que se veía cada día más agobiado por las continuas demandas que un reino tomado por los intereses privados le presentaba de continuo.

En el curso de esas intrigas palaciegas, y cediendo a las llevadas a cabo por el duque de Uceda, hijo del de Lerma, Felipe III, “desde abril de 1618 comenzó a retirar a Lerma su confianza, restringiendo su acceso a los documentos oficiales y advirtiéndole que se preparara para el retiro…/… A finales de septiembre de 1618, cuando solicitó permiso al rey para retirarse, su petición fue atendida y la decisión se le comunicó el 4 de octubre. ¿Se retiró Lerma o fue cesado? Una cierta ambigüedad envuelve esta cuestión. De cualquier forma, se retiró a sus propiedades de Lerma, al sur de Burgos, y luego a Valladolid, donde murió el 17 de mayo de 1625.”  Pero todo hace indicar que fue relevado por los consejos de su hijo, el duque de Uceda, a Felipe III. Cambiarlo todo (el valido era todopoderoso), para que todo siguiese igual. ¿El pago al antiguo valido?... Lamentable, pero al fin ya se había enriquecido sobrada e injustamente.

¿Una traición del hijo hacia el padre?... Creo que, evidentemente, sí, pero al cabo no era sino la expresión de lo que la generalidad de la nobleza estaba haciendo. Una cuestión de la que se dieron perfecta cuenta los Reyes Católicos, por lo que procedieron a llevar una política de recortes hacia un sector de la sociedad que de ser generosa y productiva había pasado a ser endogámica y parasitaria. Una cuestión que en tiempos de Carlos I fortaleció su capacidad de crear problemas como consecuencia de la guerra de los Comuneros, y que, a pesar de los recortes aplicados por Felipe II seguía teniendo demasiado poder.

“La desobediencia, aun pudiendo afectar a otros elementos de la administración, era especialmente grave y extendida entre los nobles. Ejercieran un cargo público o no, se creían obligados a velar antes que nada por los intereses de su casa y por su honra que, desgraciadamente, no coincidían a menudo con los intereses del Estado. Es éste un fenómeno muy extendido: «Los procuradores de las Cortes de Castilla, los regidores de Barcelona, los nobles, los cortesanos y oficiales reales, todos a una buscaban sus propios intereses y olvidaban sus deberes para con la corona»”

Con esta situación nobiliaria, el 31 de Marzo de 1621 falleció Felipe III y le sucedió un chico de 16 años: Felipe IV, que “deseaba basar su gobierno en el de su abuelo, el rey Felipe II, decían, y a ese efecto erigió en ministerios todos los departamentos existentes durante el reinado de su abuelo”.  Inmediatamente cayó en manos de su hombre de confianza, quién sustituyó al duque de Uceda y que no era otro que Baltasar de Zúñiga, tío y protector del ya introducido y amo del espíritu del nuevo rey, el todavía sólo Conde de Olivares, un hombre sumamente ambicioso, y como hemos visto, ya introducido profundamente en los círculos íntimos de Felipe IV.

A la muerte de Baltasar de Zúñiga, ocurrida sorpresivamente en Octubre de 1622, cuando contaba 61 años, entró en el Consejo de Estado su sobrino Gaspar de Guzmán, y entonces se hizo evidente que era el único valido del rey Felipe IV.

Tras el ataque fallido a Cádiz llevado a cabo por la armada inglesa en 1625, los ingleses se unieron a los holandeses en sus labores de piratería, al tiempo que se aliaban con Francia, a la que facilitaban barcos destinados combatir intereses españoles. “los exiliados irlandeses decidieron volver a poner sobre la mesa planes para regresar a la isla e iniciar allí una nueva revuelta en contra de los ingleses. Florence Conry y Owen Roe O’Neill encabezaron una embajada a la Corte madrileña en 1627 con la intención de implicar a la Corona en su intento por recuperar el control de Irlanda; a pesar de que fueron objeto de un cálido recibimiento y se estudió con mucha atención la propuesta, finalmente no fue llevada a cabo.”

El motivo no era otro que la grave crisis económica que estaba padeciendo España, y consiguientemente la falta de numerario para atender la empresa. Y es que los tercios estaban desparramados por Europa: Italia, Paises Bajos, Alemania, Polonia, Franco Condado… y ya introducidos en los momentos que nos ocupan, Cataluña y Portugal… Muchos frentes, mucho costo, imposible de entender dada la situación económica que en esos momentos estaba sufriendo España.

“Los primeros contactos diplomáticos entre señores irlandeses y España tuvieron lugar durante la revuelta de Silken Thomas Fitzgerald, ocurrida a mediados de la década de los treinta del siglo XVI. Dicha familia, que había llegado a ser la más importante de entre todas las casas nobiliarias irlandesas en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, mantuvo un pulso feroz con el Monarca inglés para salvaguardar su estatus de privilegio dentro de la isla. Una vez que la revuelta tomó fuerza, los implicados pidieron ayuda militar al Emperador, quien estaba enfrentado con el monarca inglés debido al divorcio de éste de Catalina de Aragón, tía de Carlos, y al cisma religioso que había protagonizado.”

 A pesar de no haber llevado a cabo la invasión de Inglaterra, y a pesar del desastre de la armada “Invencible”, la colaboración de la Monarquía Hispánica con los irlandeses fue fluida en extremo. “Irlanda se convirtió así en el Flandes inglés, una úlcera que no paraba de consumir hombres y recursos sin ningún provecho para la maltrecha economía inglesa…/… la Monarquía Hispánica, como defensora del Catolicismo, continuó apoyando a los nobles irlandeses tanto dentro como fuera de la isla, ya que un buen número de ellos eligieron el camino del exilio o fueron obligados a aceptarlo por las autoridades inglesas si querían conservar al menos sus vidas. Muchos se fueron asentando en diferentes territorios de la Monarquía Hispánica con la ayuda de Felipe III y sus ministros, creando colonias numerosas en Galicia, Madrid y Flandes.”

El apoyo necesario a Irlanda no fue prestado por falta de dinero, pero también por la dispersión existente en el propio pueblo irlandés, que atendía a una multitud de caudillos y no garantizaba el éxito de la empresa. Sin embargo, las unidades de irlandeses que nutrían los tercios españoles se cubrieron de gloria en las campañas en que intervinieron, y muchos formaron familia en España. Descendiente de estos irlandeses es Leopoldo O’donnell, grande de España que fue presidente del Consejo de Ministros en 1856 y 1858-1863.

Como venimos señalando, España estaba absolutamente exhausta mientras el rey seguía solicitando fondos a las Cortes, que empezaron a estar nutridos por algunas plazas que hasta entonces no habían tenido representación. El motivo es que los cargos estaban a la venta.

“Las guerras, en un área inmensa de Europa y América, iban mal. Las regiones de España, heridas en sus leyes tradicionales, amenazaban con la insurrección. La pobreza era general y, a pesar de ella, los impuestos aumentaban cada día; y, en contraste ofensivo, las fiestas de la Corte proseguían con el mismo fausto insensato.”

 “La corrupción era, en fin, un mal que afectaba a todos aquellos que intervenían en la administración y muchas voces se alzaban, de todas partes, para exigir que desde el gobierno se diera ejemplo con una mayor austeridad y honradez…”… «Los magistrados y los corregidores no se sentían, como antes, respaldados desde Madrid, y tenían complacencias y tolerancias con los nobles que un siglo antes, hubieran sido imposibles»”

Mientras tanto se desarrolló guerra contra Inglaterra, que se cerró con la paz en 1630. En 1631 se firmaba también la paz con Francia mientras los ejércitos españoles permitían que las fortalezas del Rin cayesen en manos protestantes, mientras reforzaba Alemania y los Paises Bajos, amenazados por Francia, que acabaría entrando nuevamente en guerra en 1635 con una España sumamente desgastada y mermadas las remesas procedente de América como consecuencia de la crisis.

La crisis era acuciante y la búsqueda de efectivo, constante; “acordaron las cortes en 1634 otorgarle un servicio de seiscientos mil ducados cada año, que habían de salir principalmente del derecho de sisa que se impuso a varios artículos de consumo, y que pudiera vender sobre ellos basta doscientos mil ducados de juros. La administración y cobranza del nuevo impuesto se encomendó a la comisión de administración de millones. A esto hay que añadir otros seiscientos mil ducados anuales que al fin del año 1633 concedió el papa Urbano VIII sobre las rentas eclesiásticas de España, y la cruzada para el reino de Nápoles, que importaba más de otros cuatrocientos mil, todo a título de las guerras que el rey católico sostenía.”

La aportación económica que efectuaba Castilla al erario público era muy superior a lo que por su cuota de población le correspondía. No era un  hecho nuevo, sino la realidad acumulada desde Reyes Católicos, que tuvo escandaloso reflejo, aunque nunca determinante, en la Revuelta Comunera de la Castilla de principios del siglo XVI.  “El aplastante peso de los gastos de defensa recaía casi exclusivamente sobre Castilla. Fue inevitable que los castellanos comenzaran a pedir que la carga fiscal fuera compartida por otros componentes de la monarquía…/… Así pues, a los ojos de los castellanos, las barreras constitucionales de Aragón preservaban una inmunidad fiscal que era, al mismo tiempo, obsoleta e injusta…/… Por ejemplo, en 1610, los ingresos procedentes de Aragón, Cataluña y Valencia no supusieron, en conjunto, más de 600.000 ducados, mientras que en Castilla sólo la alcabala y los millones (impuestos que no se pagaban en las tierras de Levante) produjeron 5.100.000 ducados. Hay datos que demuestran que Castilla estaba subvencionando, de hecho, la administración y, particularmente los dispositivos de defensa de los reinos del este Peninsular. ”

“Castilla se estaba desangrando para enviar recursos a otras provincias que no contribuían a su propia defensa y, mucho menos, a la causa común de la monarquía. Cuando la fiscalidad castellana alcanzó el punto de saturación y comenzó a producir rendimientos decrecientes, esa convicción comenzó a ser compartida por los oficiales y asesores de la monarquía y las miradas se dirigieron con mucha mayor atención hacia las provincias no castellanas. El llamamiento a la acción procedió de Olivares.”

La primera medida que quiso llevar a efecto el conde duque fue la de la Unión de Armas, pero parece que Olivares, a pesar de tener buenas ideas, actuaba de forma anárquica, de forma que nada de lo que hacía acababa teniendo buen resultado.

El proyecto, vistos los argumentos, era positivo para todos, y el mismo Gaspar de Guzmán lo justificaba diciendo que “¿pues qué razón hay para que sean excluidos de ningún honor o privilegio de estos reinos, sino que gocen igualmente de los honores, oficios y confianzas que los nacidos en medio de Castilla y Andalucía, estos vasallos, no siendo de conquista, título de menos confianza y seguridad, y que hayan de estar desposeídos de los privilegios aquellos naturales de reinos y provincias en que V. M. ha entrado a reinar con un derecho asentado y llano y donde reinaron tantos descendientes de V. M. continuadamente?.../…No digo, Señor, que entre V. M. de golpe derogándolo todo, porque la fuerza de la costumbre es tan grande en el gobierno, que dificulta y desluce muchas veces los mayores aciertos y conveniencia; más convendrá que obrando poco a poco y con personas señalada y conocidas, se vea romper este hilo, dejándose entender que V. M tiene dictamen de que conviene introducir en las honras, oficios dignidades de estos reinos a los forasteros; esto sin declararlo, ni pasa adelante: oiránse los inconvenientes sin empeño grande ni considerable, y ellos irán enseñando lo que más conviniere y la razón de introduciendo en los oficios de aquellos reinos los naturales de éstos; y entrando esta confianza lentamente, y sin pedir capitulaciones, parece que se asegura el suceso sin empeñarse en él, quedando siempre a tiempo el mudar cuando pareciere…/… Que se llame extranjeros y recaten de ellos como tales, los que fueren naturales de los reinos y Estados de V. M. es conforme a toda razón de estado y gobierno; pero que se tengan por de este número los vasallos hereditarios de V. M. es tan lejos de ser conveniencia, que lo considero por uno de los mayores fundamentos del apretado estado a que se ve reducida esta Monarquía.”

Esa igualdad de derechos abarcaba todos los órdenes, entre ellos el militar, y para ello señalaba que debía existir un sistema de reserva compuesto a base de cuotas proporcionales, que determinara el número de hombres que debía aportar cada parte de la Corona española, quedando fijado de la siguiente manera: Cataluña 16.000; Aragón 10.000; Valencia 6.000; Castilla y las Indias 44.000; Portugal 16.000; Nápoles 16.000; Sicilia 6.000; Milán 8.000; Flandes 12.000; Islas del Mediterráneo y del Atlántico 6.000.
Esa reserva de 140.000 hombres, aunque no había de estar permanentemente de servicio, sí debía de hallarse siempre disponible para caso de urgencia, de tal forma que, si cualquier parte de la Monarquía era atacada por el enemigo, inmediatamente se movilizaría una séptima parte de ese contingente —20.000 hombres de infantería y 4.000 de caballería— para su defensa, y si era atacada por varios enemigos a la vez, se llamarían a filas tantas séptimas partes del total como arremetidas se recibieran.
Las cortes de Aragón y Valencia acabaron aceptando la unión de armas. Las Cortes Catalanas se cerraron en sus privilegios. “Cataluña siguió resistiéndose, convirtiéndose, en su mismo aislamiento, en un problema político y fiscal, problema que Olivares se había comprometido a resolver. Olivares comenzó a incrementar la presión sobre el principado, reforzando así el cada vez mayor resentimiento existente en Cataluña y el creciente sentimiento anticatalán que experimentaba la clase dirigente castellana, y ello en un momento, 1629-1632, en que la depresión comercial y la peste redujeron aún más su capacidad fiscal.”

En 1626 se celebraron cortes en Aragón. Las de Valencias se celebraron en Monzón, con el disgusto del reino, y en ellas se pidieron 2000 infantes, lo que fue considerado un agravio por la nobleza, pero que acabó siendo concedido por el brazo eclesiástico y popular. Las de Aragón se celebraron en Barbastro, con un desarrollo similar a las de Valencia.  En las de Cataluña, “los tres brazos de Cataluña, más que a servirle con generosidad, se manifestaron resueltos a ajustar cuentas al rey, y a indemnizarse de las sumas que antes le habían prestado, sin consideración a que se hallaba amenazado de las armas enemigas. Con tal motivo escribió Felipe de su mano a los catalanes una carta tan tierna y cariñosa, tan llena de lisonjas, de dulces y benévolas palabras, llamándolos varias veces «hijos míos», y dándoles otros dictados no menos afectuosos, explicándoles su situación comprometida, y haciéndoles ver que si no le socorrían y ayudaban, se vería en la necesidad de volver desairado y sin prestigio a Castilla (18 de abril, 1626), que formaba completo contraste con el duro lenguaje que acababa de emplear con los valencianos, y con los términos no menos duros en que escribió también a los pocos días a los aragoneses (26 de abril), requiriéndoles que le sirvieran con dos mil hombres pagados, y que en el término de tercero día le habían de responder «si o no», porque le corría tanta prisa que ya no podía esperar más. Ni la ternura ablandó los corazones de los catalanes, ni la dureza surtió efecto con los aragoneses; aquellos no mudaban fácilmente de resolución, y si bien éstos, en su mayor parte la tenían de servirle, no era fácil concordar los ánimos de todos.”

En 1632 volvió Olivares a presentar en las cortes catalanas la propuesta; “los catalanes se negaron a votar un solo céntimo, a pesar de las veladas amenazas de los ministros acerca de las consecuencias del disgusto real. Tal vez los catalanes se salvaron gracias al estallido de motines antifiscales en otros lugares, lo que hizo que Olivares adoptara una actitud más cautelosa. En Portugal se produjeron motines contra los nuevos impuestos en Oporto en 1628 y en Santarem en 1629. Aún más serio fue el movimiento de oposición que se puso en marcha en la provincia de Vizcaya en septiembre de 1631 como protesta contra un nuevo impuesto sobre la sal creado dos años antes.”
Pero parece que la oligarquía catalana estaba obcecándose en mantenerse anclada en privilegios medievales fuera de toda lógica, no por defender unos supuestos derechos que obligaban a la corona a defenderlos mientras ellos no colaboraban en su propia defensa, sino porque “hay algunos datos que indican que los miembros de la corrupta Diputació intentaban interrumpir las relaciones entre las Cortes y la corona para impedir que se llevara a cabo una investigación de la Diputació. Pero esa maniobra, si realmente se efectuó, no era realmente necesaria. En ese momento, la corona no sabía siquiera cómo salir del conflicto sin ver mermado su prestigio,”  por lo que cuatro consejeros acabaron siento puestos en prisión.
“El 1635 la Francia de Luis XIII declaró la guerra a la monarquía de Felipe IV. De esta manera, Cataluña se convertía en uno de los escenarios de la Guerra de los Treinta Años y el tránsito de tropas, los alojamientos, las levas y el esfuerzo militar de los catalanes se hicieron manifiestos.”
El año 1637 “en el frente catalán, la negativa del Principado a crear un ejército para su propia defensa llevó a una ignominiosa derrota de las fuerzas españolas participantes en el sitio de Leucata (27 de septiembre). En el norte, los imperiales estaban bloqueados en Alemania por el ejército sueco (fuertemente financiado por Francia) junto al Oder y por el ejército de la Liga de Heilbronn (al mando de Bernardo de Sajonia-Weimar y pagado por completo por Francia) en Alsacia.”  Mientras, la oligarquía catalana se entretenía en discusiones que sólo tendían a tapar el expolio que ellos mismos estaban llevando a cabo con el erario público.

En el desarrollo de estos acontecimientos se produjo el intento, por parte del ejército español, de la toma de la fortaleza francesa de Leucata, que había sido fortificada en los últimos tiempos, y que se encuentra a poca distancia de la fortaleza española de Salses. “El intento fracasado de la toma de la fortaleza francesa de Leucata tuvo unas consecuencias desastrosas, ya que en venganza los franceses, poco tiempo después, asediaron y tomaron la fortaleza de Salses, punto estratégico fundamental para el control de la plana del Rosellón. Entonces, Cataluña se vió obligada a suministrar levas de soldados para intentar recuperar la fortaleza perdida y la campaña, que duró entre Julio de 1639 hasta Enero de 1640, comportó la participación de unos 13.000 soldados catalanes.”

A partir de este momento se desarrollarían los acontecimientos que acabaron produciendo el Corpus de Sangre; se produjeron deserciones; la Generalidad acabó mandando soldados a la defensa de Perpiñán, pero cuando ya era tarde y tras haber desoído reiteradamente la llamada de auxilio de sus habitantes, y los castigos acabron en enfrentamientos, llegando el momento culminante en los acontecimientos de Santa Coloma de Farners, de donde partió la nueva chispa que, en breve marcha llegó a Barcelona, provocó terribles desórdenes y acabó con la vida del Virrey Santacoloma.

Si la Unión de Armas fue la excusa de la oligarquía catalana para el desastre que conllevó a la Guerra de los Segadores, las voces en Castilla contra las actuaciones del conde duque se vieron acalladas por la que en principio parece una de las pocas cosas   positivas que se planteó Gaspar de Guzmán; no en vano, eran muchos los que veían que siempre era Castilla quién acababa pagando todas las genialidades, y la unión de armas venía a calmar esta llaga.

Al respecto decía Quevedo:

En Navarra y Aragón
no hay quien tribute un real;
Cataluña y Portugal
son de la misma opinión;
¡sólo Castilla y León
y el noble reino andaluz
llevan a cuestas la cruz!

No obstante, en 1626 Felipe IV podía decir: “Nuestro prestigio ha crecido inmensamente. Hemos tenido a toda Europa en contra nuestra, pero no hemos sido derrotados, ni hemos perdido a nuestros aliados, mientras que nuestros enemigos me han pedido la paz. El pasado año de 1625 hemos tenido a nuestro cargo casi 300.000 hombres de a pie y de a caballo, y en armas a unos 500.000 hombres de las milicias, mientras las fortalezas de España se ponían en estado de defensa. La flota, que al subir yo al trono sólo tenía 7 barcos, se ha elevado en 1625 a 108 barcos de guerra marítima, sin contar los navíos de Flandes, y las tripulaciones están formadas por los marinos más diestros que este reino haya tenido nunca ... Este mismo año de 1626 hemos tenido dos ejércitos reales en Flandes y uno en el Palatinado, y todo el poder de Francia, Inglaterra, Venecia, Saboya, Suecia, Dinamarca, Holanda, Brandeburgo, Sajonia y Weimar no ha podido salvar Breda de nuestras victoriosas armas.”

Baladronadas vacías de contenido, porque si los ejércitos cumplían con su obligación, la corona no hacía lo propio, demorando los pagos, celebrando fiestas sin fin y haciendo gastos suntuarios que España no se podía permitir, aunque la historia negra que las minas de América lo cubrían todo.

Sí venía plata de América; naturalmente, pero no en cantidades tan inmensas como el imaginario europeo ha llegado a divulgar. Cálculos de aficionados a la historia sitúan el monto de la plata sacada de Potosí en todo el tiempo que duró el Imperio, equivalente a la deuda externa del Ecuador del año 2014. Sin embargo, “Las naves inglesas y holandesas hacían tal persecución y andaban tan a caza de las flotas españolas destinadas a traer el dinero de las Indias, que cuando arribaban nuestros galeones salvos y sin tropiezo, se celebraba en la corte como un acontecimiento de extraordinaria prosperidad. La llegada de una flota con diez y seis millones de moneda sin haber tropezado con la armada inglesa que había acometido a Cádiz (1625), se mandó celebrar en Madrid con fiestas anuales.”

Fiestas y jolgorios de la corte que requerían apretar todavía más al pueblo, y para ello, don Gaspar de Guzmán creó nuevos impuestos especiales. “Pero tamaños impuestos no fueron tampoco de remedio para las armas españolas; pues el conde-duque empleó la mayor parte de ellos en edificar y adornar suntuosamente el palacio del Retiro real, y en disponer costosísimas fiestas para  divertir y apartar de los negocios de estado al rey Felipe IV.”  Esta actuación fue denunciada por muchos, especialmente por el duque de Fernandina, célebre por sus victoriosas campañas contra los ingleses, cuyo prestigio no le valió de nada, ya que por la denuncia fue perseguido y encarcelado, muriendo en prisión el año 1636.

En esta situación, en 1638, Enrique de Borbón-Condé, el Príncipe de Condé, que posteriormente sería aliado de España, y en el desarrollo de la Guerra de los 30 años, sitió Fuenterrabía por mar y tierra con un poderoso ejército de 30.000 hombres y 64 barcos, siendo batido por la guarnición de la plaza, compuesta por 1300 soldados que resistieron el sitio hasta la llegada de las tropas de refuerzo que, dada la pésima situación administrativa y económica tardó sesenta y nueve días en llegar.

A la par, la flota española sufría serias derrotas en Dunkerke  y en Brasil. Así, a primeros de 1640 la situación española era la de un héroe vencido. Olivares buscaba la paz en todos los frentes. Pero en esos momentos, en mayo, se rebeló Cataluña, y en diciembre Portugal. Francia estaba desplazando el frente de lucha desde la frontera de Vascongadas a la de Cataluña. Esto era favorable a los intereses de España, porque Cataluña era “provincia gruesa, abundante de gente y víveres y de otros géneros, y la más descansada [de impuestos] destos reinos”, pero la Generalidad se negó a aportar soldados y las gentes se sintieron desaforadas por tener que alojar a su costa a los soldados del Imperio que iban a defenderlos del ataque francés, momento que aprovecharon los franceses para tomar posiciones de importancia, entre las que destacaba Salses.

La situación era de un cariz tal que se veía al conde-duque como culpable de todos los males, y el pueblo recitaba una décima atribuida a Quevedo que decía:

"Toda España está en un tris
y a pique de dar un tras;
ya monta a caballo más
que monta a maravedís.
Todo es flamenco país
Y toda cuarteles es;
al derecho y al revés
su paz alterado han
el rebelde catalán
y el tirano portugués.”

Pero la actuación de la Monarquía no estaba a la altura de las circunstancias; para paliar la crisis, “El 27 de octubre de 1641 una pragmática real dispuso resellar todo el vellón acuñado entre 1617 y 1626; esta medida leonina generó un alud de resellos falsificados, con lo cual la Real Hacienda no obtuvo los beneficios esperados y, en cambio, sí disparó los precios de las subsistencias y paralizó las transacciones comerciales. El aumento del vellón y su depreciación subsiguiente se tradujo en un alza incontenible del premio de la plata que pasó del 52 por 100 el marzo del 1641 al 90 por 100 en el diciembre de ese mismo año.”

¿Y qué se hacía para financiar tanto gasto?... Algo que nos resulta inaudito: “La financiación del ejército español de Flandes y el comercio entre España y Holanda fueron asumidos en gran medida por la comunidad judía de Amsterdam, cuyo número tal vez se duplicara entre 1648 y 1660.”

Y es que, para contrarrestar la falta de oro y plata se procedió a fabricar dinero de los materiales más viles, llegando el conde duque a contratar filibusteros que aseguraban haber encontrado algo como la piedra filosofal, y que si en ocasiones acabaron en la cárcel, en otras acabaron desapareciendo con el dinero que se les había adelantado para la fabricación  del oro.

“La inestabilidad monetaria hizo que el oro y la plata desaparecieran de la circulación y el vellón perdió la paridad con los metales preciosos, aumentando el precio anual medio en el cambio del vellón por plata del 1 por 100 en 1603 al 3 por 100 en 1619.”

A pesar de todo este panorama, el prestigio de España, a principios del siglo XVII se mantenía íntegro; en base a ese prestigio, el año 1609, Bosnia y Albania pedían integrarse a la monarquía hispánica.  Y es que los reinos europeos no estaban mejor. No se puede decir lo mismo cuando hablamos del año 1640. Las circunstancias habían variado ostensiblemente.

La política internacional de Francia y de Inglaterra no se encontraban ajenas a los acontecimientos españoles; sus contactos les permitieron maniobrar en las sublevaciones de Cataluña primero y de Portugal después dentro del mismo año 1640. No parece que fueran casuales los levantamientos, y cercanos a ellos se encontraban las dos potencias enemigas de España. Eran plenamente conscientes que “La inoportuna sublevación de Cataluña y Portugal en el momento más decisivo de la historia moderna va a dar el golpe de gracia a la política europeísta de España, no sólo por la necesidad de atender a dos frentes dentro de la península, al Este por Cataluña y al Oeste por Portugal, sino por la reducción de tropas a que obligaba el número de operaciones militares y por la dificultad del transporte al quedar en poder del enemigo el puerto de Barcelona.”

Francia e Inglaterra actuaron como debían; no se les puede echar nada en cara; a quién sí se le debe echar en cara es a los responsables españoles.

No obstante, no todo lo que hicieron lo hicieron mal; el ejército español estaba actuando como era costumbre. “Durante el largo reinado del cuarto Felipe, España había ido recuperándose repetidas veces de las virtuales pérdidas materiales y los reveses militares del pasado. En la década de 1620, los tercios salían por las puertas de Praga, Bruselas y Milán para dominar Renania y los territorios del Danubio. Reconquistaron las colonias brasileñas en 1626, la violentada frontera vasca en 1638, Nápoles y Sicilia en 1647, Cataluña en 1652, y las poblaciones del norte de Italia en el mismo año.”

“Los rebeldes Holandeses deffeofos de ejecutar mas de lo que podian intentaron ganar la provincia del Brasil, y aprovechandofe del defcuydo de quien la governava (que los Governadores del figlo antes paffan á ser mercaderes, que Capitanes) ô de algunos viles fugetos que avian divertido el cuydado, y dado avifos, comunicaron el pensamiento, ô la codicia mal penfada, á los príncipes del norte, que todos envidiosos del poder de Efpaña (eterna fera fu envidia) fe inclinaron en fu favor, y establecieron grueffa compañía con gente mercantil y poderofa.”

No obstante, la suerte estaba echada, y sólo faltaban unos tratados internacionales para dar sentencia. Estos serían la Paz de Westfalia y el tratado de los Pirineos.

“La situación de la Monarquía española en el otoño de 1647 era más que preocupante. A las revueltas de Nápoles y Sicilia acaecidas en julio de aquel año, siguió una sonora
suspensión de pagos en octubre, mientras Castilla padecía la peor cosecha de cereales en lo que iba de siglo y la peste hacia acto de presencta en Levante.”  Esta situación, sin duda, influyó en la falta de atención que se prestó a los intentos brasileños por aproximar los intereses del territorio a los de la causa de la monarquía hispánica, distanciándose de la casa de Braganza.

Los siempre amigos, de lo ajeno, los ingleses, no perdían comba en la situación. Mientras España estaba en guerra con Francia, Francia e Inglaterra se aliaron para que ésta asaltase a la flota de Indias, mientras la esperanza militar de España, Juan José de Austria, se hundía ante el ejército francés y se veía forzada a firmar el Tratado de los Pirineos en 1659, por el que se venía a confirmar la posición de sumisión de España. Si en la paz de Westfalia se perdieron las posesiones de los Paises Bajos que, siempre representaron una carga para España, y que sólo nos han dejado el cuadro de Velásquez, “La Rendición de Breda”, la Paz de los Pirineos, consecuencia de la guerra de los segadores y de la ambición de políticos como Pau Claris, que se echó en los brazos de Richelieu, costó a España Dunquerque, Jamaica, Rosellón y la Cerdaña. La siguiente puntilla llegaría en 1713 con el Tratado de Utrecht.

Finalmente, “el Tratado de los Pirineos de 1659 puso fin a la Guerra de los Treinta Años y significó el punto de inflexión en la lucha por la hegemonia en Europa. Los Austrias españoles intentaron por todos los medios sostener un imperio que había sido declarado en bancarrota, acuciados por una inflacción galopante y donde el oro americano no era suficiente para sanear las arcas reales, empobrecidas por el gasto de la guerra continua.”

El tratado de los Pirineos significó el primer zarpazo a la unidad nacional llevado a cabo por los intereses europeos. En el desarrollo llevado a cabo posteriormente, “establecían el reparto de la Cerdanya de forma que 33 lugares o aldeas quedaran para Francia para garantizar el paso de un extremo al otro del valle. La concreción de esos 33 lugares fue el eje central de una negociación posterior, el Tratado de Límites de la Cerdanya, firmado en Llívia el 12 de Noviembre de 1660…/… Tras el Tratado de los Pirineos y sus epílogos, la política exterior española aceptó el fin de su hegemonía y se centró en la búsqueda de aliados para contrapesar la maquinaria bélica y diplomática de Luis XIV. La idea era conservar lo que quedaba del imperio.”

La única victoria de España en el tratado de los Pirineos: “apartar a Francia de Portugal y restaurar al príncipe de Condé, su aliado francés de los últimos años, lo que equivalía a reintroducir la vieja quinta columna de los Austrias en el corazón del enemigo.”  Y la muerte de Mazarino, acaecida el año 1661, meses antes de fallecer el de Haro.


























LA SITUACIÓN DEL PUEBLO


Los tradicionales enemigos de España hicieron malabarismos con la literatura y con la imprenta; instrumentos, la literatura y la imprenta, que no eran ajenos a España, pero mientras sus literatos y sus imprentas se dedicaban a destilar las más abyectas mentiras para desprestigiar a España en todos los ámbitos, en España se limitaban a intentar impedir que esos libelos llegasen a manos de los españoles, sin mover un dedo para contrarrestar propaganda falsa con propaganda verdadera; el resultado es de todos conocido: Todo el mundo habla con sorna de la “Grande e General Armada”, sarcásticamente conocida “Armada Invencible” enviada en 1588 contra Inglaterra, un desastre memorable; pero nadie habla de la “Armada Invencible Inglesa” de 1589, al mando de los piratas Drake y Norris, muy superior a la española, que fue deshecha, aquí sí, por la acción militar de una muy inferior armada española.

Dos ejemplos que tienen repeticiones reiteradas a lo largo del mundo, y que incluyen hasta la proclamación por parte de Inglaterra, como victoria, de una memorabilísima derrota que sufrieron en Cartagena de Indias.

Lo que la Edad Moderna nos muestra es que la guerra, la historia, se hace también, y en muchas ocasiones sobre todo, a base de propaganda; una propaganda que hasta un inmediato ayer histórico no había tenido efecto en la mentalidad española, pero que hoy, lamentablemente, la tiene sumida en la misma inopia que eran mantenidos los pueblos a los que iba dirigida una Historia Negra contra España; libelos que nada tienen de Historia.

Debemos situarnos en las contingencias del estado en estos momentos, cuando la monarquía hispánica, conformada primero por los Reyes Católicos y modelada por Carlos I y por Felipe II, tenía una estructura determinada, en un momento determinado. En estos momentos, “el conjunto de la sociedad se encontraba sometido a un orden en el que todos los individuos debían respetar a la autoridad máxima encarnada por el rey. Incluso éste, que tenía el poder soberano, y que estaba por encima de las leyes, debía acordar sus actos con los intereses generales, a menos de querer ser considerado como un tirano.” ; una situación donde “La imagen que se tenía del Estado en los nuevos regímenes absolutistas era la de un cuerpo, donde por definición no era concebible el funcionamiento autónomo de sus miembros. La nobleza, que era la clase guerrera medieval, y que a menudo ejercía un poder comparable al del rey, tuvo que adaptarse a ese nuevo esquema, y con él a las nuevas tareas que se le asignaron en la corte y el gobierno. La reconversión no se llevó a cabo sin traumas pues ésta implicaba, en definitiva, una sujeción a la que no estaba acostumbrada y hallarse en competencia con personajes, como los letrados que, a pesar de pertenecer a escalones inferiores de la sociedad, con frecuencia eran más aptos para ajustarse a las nuevas exigencias administrativas”.

Lo que encontramos en gran medida en el pueblo español es honor, y ese honor llevaba a sus protagonistas a realizar gestas inimaginables. Sin embargo, “había, una desproporción inmensa entre el poderío español y la riqueza española. Los pueblos de la Península que sostenían, con ejércitos y armadas, con guerras y diplomacias, tan vasto Imperio, eran mucho más pobres que ahora. El considerar que del páramo de Castilla, cien veces menos poblada y menos cultivada que hoy, salían aquellos raudales de energía y de autoridad que se derramaban por los dos hemisferios, nos produce la impresión de un milagro. Y había en ello mucho de milagro, porque el español acostumbrado a las hazañas mitológicas, vivía en pleno mito y tenía la eficacia sobrehumana que el mito da. El pueblo español había visto a un aventurero, echado de los países sensatos por medio loco, que se lanzaba al mar en una carabela y volvía con un mundo entero sometido a Castilla; había visto a un Emperador que con unos cuantos hombres casi desarrapados, batía a los más orgullosos enemigos; a un Rey que vencía al turco fabuloso en los mares latinos y que levantaba maravillas de piedra, asombro del universo, para solemnizar sus victorias; a unos galeones repletos de tesoros, que venían, conducidos por el Dios protector especial de España, a resolver con largueza las necesidades del Estado español, cada vez que parecían insolubles. Esta colaboración de lo sobrenatural multiplicó, al principio, la real energía del país. Es un fenómeno que se comprueba en todos los aspectos de la vida: el individuo que se siente miembro de una profesión ilustre, o de una asociación poderosa, o de una insigne familia; el que, sobre todo, se sabe ciudadano de una nación temida por las demás, es indudable que necesita un esfuerzo mínimo para realizar la misma obra que aquel otro hombre que se siente a solas con sus propias fuerzas, desamparado de estos sostenes ambientales. En este sentido, la confianza en sí mismo del español de entonces no ha sido superada por nadie, como no fueran los ciudadanos de la gran Roma de los Césares.”  Esa con fianza es la que propició todo, y la falta de confianza, la que destruyó todo.

Sin embargo, en aquellos momentos, la situación de crisis era omnipresente; la baja tasa de población era la principal lacra que tenía España.

La población tenía la siguiente distribución:

Territorios Extensión km2 Población Densidad

Reino de Castilla   378.000 6.910.000      18,2
Reino de Aragón   100.000 1.180.000      11,8
Reino de Navarra     12.000                      145.000              12,1
Reino de Portugal     90.000 1.250.000      14
TOTAL   580.000 9.485.000      14,02

El Reino de Castilla era el más densamente poblado, el que acaparaba el mayor número de habitantes. Cada 73 habitantes de la corona de Castilla había 12,5 de la corona de Aragón, 13 de la corona de Portugal y 1,5 de Navarra.

Lógicamente, el peso del Imperio recaía con abundancia sobre el Reino de Castilla, que se veía obligada a aportar las tres cuartas partes de los recursos necesarios, tanto económicos como humanos. Pero la realidad nos señala que no se cubrían esos porcentajes, sino que, mientras Portugal sí aportaba recursos, lo hacía en exclusiva para el Imperio Portugués, mientras Castilla aportaba recursos también para las necesidades de éste.

¿Qué sucedía con el Reino de Aragón? Como ya veremos, los fueros, que no eran los mismos para los distintos reinos, los blindaban para el aporte de recursos, tanto económicos como humanos, y el blindaje, en 1640, fue lo que provocó la sedición de Cataluña, al negarse el Consejo de Ciento y la Generalidad a facilitar medios, no para acudir a los diversos frentes de lucha que tenía el Imperio Hispánico, sino para defender sus propias fronteras frente al ataque francés.

Un blindaje que forzó al desplazamiento de los tercios, compuestos por castellanos, flamencos, irlandeses, valones, alemanes, tudescos… Un blindaje que llegaba hasta negar apoyo logístico a las tropas, que dadas las circunstancias en que se hospedaban, era francamente pesado, ya que debían ser hospedados en las casas particulares de los habitantes de la zona de operaciones. Hospedaje de las tropas que, aparte fueros, no era exclusivo de las poblaciones aragonesas…ni del resto de España. Era algo universalmente aplicado.

Ese blindaje no lo tenían sólo los catalanes por sus fueros. También lo tenían, por ejemplo, los castellanos para no luchar fuera de Castilla.

El caso es que “Felipe IV, heredero de la debilidad de su padre, perdió Portugal por su negligencia, el Rosellón por la poca fuerza de sus armas y Cataluña por los abusos de su despotismo. La fortuna no podía favorecer durante mucho tiempo a reyes semejantes en sus guerras contra Francia. Si las divisiones y los errores de sus enemigos les hacían obtener algunas ventajas, perdían el fruto de ellas por su incapacidad. Además, mandaban a pueblos cuyos privilegios les daban el derecho de servir mal: los castellanos tenían la prerrogativa de no combatir fuera de su patria; los aragoneses defendían sin cesar su libertad contra el consejo real, y los catalanes, que miraban a sus reyes como enemigos, no les permitían siquiera reclutar milicias en sus provincias. Sin embargo España, unida al Imperio, ponía un peso temible en la balanza de Europa.”

Castilla estaba exhausta por los esfuerzos realizados en el último siglo. Era urgente una reordenación a fondo, y Olivares se mostraba dispuesto a llevarla a cabo. “La obra de reconstrucción interior que proyectó, con clara intuición de lo que años más tarde habían de realizar los ministros de Fernando VI y Carlos III, quedó abandonada ante las necesidades de la guerra. Cuando Olivares llegó al gobierno, España, y sobre todo las sufridas provincias centrales, eran, salvo algunas ciudades, montones de ruinas en la estepa. Deshechas las industrias, sin cultivo los campos, paralizado el comercio, a pesar de la paz que impuso Felipe III y que fue tan mal aprovechada para el bienestar de la nación, era preciso rehacerlo todo, de arriba abajo. Pero nada se logró, como no fuera empeorar los males crónicos, por los continuos impuestos, levas y latrocinios. La Corte fastuosa era un oasis de lujo en un desierto de miseria.”

La crisis económica no era exclusiva de Castilla, porque aunque con diferencia fuese la que más aportaba, también era con diferencia la más rica. “Era Castilla la que financiaba la política general de la monarquía.”

“El campesino podía considerarse rico si ingresaba 1.000 ducados al año. Algunos lo eran, aunque no más del 5 por 100 de la población del campo…/…En cuanto a los hidalgos, unos eran orgullosos y pobres, otros se veían obligados a trabajar para ganarse el sustento y todos trataban a toda costa de mantener su inmunidad fiscal, aunque sólo fuera formalmente.”

“En Andalucía el precio de los cereales pasó de 430 maravedís por fanega en 1595 a 1.041 en 1598 y en Castilla de 408 maravedís en 1595 a 908 en 1599.”

“En los años siguientes, las condiciones climáticas adversas produjeron nuevas pérdidas de cosechas. Hubo que buscar desesperadamente suministros de cereales de urgencia en el Mediterráneo, en el norte de África y en el Báltico. Los ricos y los poderosos acapararon las escasas existencias disponibles y la población estaba al borde de la inanición.”

La actitud de la nobleza, que como consecuencia de la guerra de los comuneros y del precio que recibió por tomar parte en defensa de los principios de la Monarquía, se repuso del menoscabo que había sufrido a lo largo del reinado de los Reyes Católicos, había recuperado unos privilegios que la acercaban a los que eran propios de la Europa feudal; se hicieron con grandes extensiones de terreno, y la población rural, acosada por la miseria, marchaba a las urbes, y en este devenir, “en el curso del siglo XVI el poder adquisitivo de los trabajadores disminuyó casi un 30 por 100. Esa tendencia continuó en la primera mitad del siglo XVII. Los precios fueron mucho más sensibles que los salarios a la gran depreciación de la moneda de vellón en 1622-1627 y esa disparidad determinó que los salarios reales descendieran más del 20 por 100.”

Como se observa, la crisis general de la Monarquía Hispánica no se mostraba sólo en las necesidades de los tercios españoles repartidos por Europa; también el pueblo, y muy especialmente, estaba sufriendo muy directamente sus mordiscos.

En estas circunstancias, en Cataluña se produjo un importante movimiento de bandidaje, que asaltaba los caminos, y en los hechos acaecidos en 1640, los bandidos, que en ocasiones tenían muy cercanas relaciones con la alta nobleza, jugarían un importante papel.

En este mundo de la economía, España tenía un refuerzo importante en las remesas de oro y sobre todo plata que venía de América; algo natural a lo largo de la Historia cuando los imperios necesitan mantener su maquinaria; algo de lo que ha sido rabiosa e injustamente acusada España, como si se tratase del único caso, cuando a todas luces, habiéndose producido la importación de metales preciosos, no parece que, en los modos, sea peor que lo actuado por el Imperio Romano, como nos demuestran, hoy, las ciudades existentes en América. Tal vez, al hablar de expolio se refieran a otros… En cualquier caso se trata de historia negra; de mentira, hablando de forma directa.

Fallos pueden ser encontrados en la mejor de las administraciones; los errores son estrictamente humanos; la existencia de perfidia no es achacable a una superestructura que por lo general procura la equidad, aunque en sus órganos pueda existir esa perfidia, siempre que esa administración no pierda el norte de su existencia. ¿Había perdido el norte de su existencia la administración española en el siglo XVII?... A pesar del raquitismo intelectual de los Felipes III y IV; a pesar de la corrupción de la administración corrupta que les rodeaba, parece que no. “En el siglo XVI, la economía del mundo hispánico era una economía integrada. España invirtió recursos humanos, dinero y un esfuerzo prolongado en la colonización de América y en el desarrollo de sus recursos. Así pues, los cargamentos anuales de tesoros americanos eran los beneficios de una inversión —la mayor inversión realizada por país alguno en el siglo XVI— y no la recompensa de un parásito.”

En cuanto a la cuestión social, como parece va parejo a lo ya expuesto, sucedió que “los años en torno a 1600 contemplaron «una reacción feudal», en medio de la cual millares de campesinos castellanos pasaron del control real al de la aristocracia, teniendo que soportar unos impuestos, unas exacciones y una justicia más duros.”

Las grandes propiedades de los nobles se ampliaban ante el abandono de unos labradores pecheros que se veían obligados a contribuir a la hacienda pública en porcentaje superior a lo que lo hacían las clases nobles, cuya condición les eximía de ciertas contribuciones a cambio de prestar otro tipo de apoyos a la corona; apoyos que con demasiada asiduidad eran defraudados.

El panorama, lejos de corresponder a los momentos históricos que generosamente estaba protagonizando el pueblo español, no se correspondía con los esfuerzos de los más, sino que estaba minado por la acción antipatriótica de los poderosos; “Los prelados, grandes, señores y caballeros, que son los que recogen todo el pan en grano que los dichos labradores labran y cultivan, no pagan ninguna cosa; los prelados, porque son exentos; los grandes y señores, porque ordinariamente no pagan las alcabalas, y las cargan sobre sus tristes vasallos; y otros caballeros particulares, porque casi ninguno hay que no tenga tales medios en sus pueblos y tierras con que salen libres del dicho derecho, y ha de cargar todo sobre los labradores, los cuales no pueden escapar de pagar de un grano que vendan.”

Se estaba creando un problema social que abocaba inexorablemente a la pérdida de condición de los labradores pequeños propietarios, ya que“en conjunto, más de la mitad de lo que producía el campesino estaba destinado a realizar pagos que enriquecían a las clases no campesinas. Con el resto tenía que mantener a su familia, hacer frente a los gastos generales, pagar a los jornaleros y renovar el equipo.”

Para empeorar las cosas, el final del siglo XVI fue, en cuestión de epidemias, terrorífica. “La primera gran epidemia de peste bubónica penetró por Santander en 1596 y se difundió hacia el oeste a lo largo de las provincias costeras septentrionales, provocando una gran mortalidad. Hacia 1598 llegó a la zona central de España y comenzó a extenderse por las dos Castillas. En 1599 alcanzó Andalucía y sólo en Sevilla causó 8.000 víctimas. Es difícil calcular el número total de bajas producidas por este prolongado azote, pero posiblemente llegaron a las 500.000.”
 
La crisis seguía galopante en el siglo XVII; Aragón, Navarra, Andalucía, parte de Galicia interior y el sur de Álava se llevaron la peor parte.

“Por doquiera se escuchaban lamentos de los que no cobraban, como de los estrechados á pagar, siendo angustiosos los que los mareantes arruinados, armadores ó asentistas de navios, hacían llegar á la corte en reclamación del cumplimiento de obligaciones sagradas. Los de la Universidad y Consulado de Sevilla tenían resuelto cesar en el despacho de las flotas. «No querían cargar, dice Novoa, si no les aseguraban el no tomarles el dinero, las barras de oro y de la plata, y que les habían de dar y pagar lo que les debían y les habían tomado en las otras flotas pasadas, fianzado tantas veces y derogado otras tantas promesas y palabras, cédulas y firmas reales: porque si con lo que habían de cargar se lo habían tomado, ¿con qué caudal habían de proseguir?»”

Algún respiro permitía seguir adelante; “los precios permanecieron estables en los años 1611-1620, con una ligera tendencia al alza. Esta estabilidad fue perturbada por la ingente acuñación de vellón (moneda de cobre envilecida) en 1621-1625, cuando el gobierno intentó producir dinero rápidamente…/… Castilla experimentó una de las alzas de precios más virulentas de su historia, subiendo los índices medios 20,21 puntos en dos años…/… En 1636-1638 se produjo una nueva elevación de los precios, con un alza de 21,8 puntos en Castilla la Vieja. Después de un breve descenso, los precios volvieron a subir en 1641-1642, debido al importante incremento del vellón durante las guerras y las revoluciones de los primeros años del decenio de 1640.”

Mientras tanto, entre fiesta y fiesta, mientras los tercios se desangraban por Europa y él acumulaba títulos y propiedades, el conde duque pensaba. “Ya en 1626, Olivares no preveía más que oscuridad para el futuro: La enfermedad de España era grave y se había vuelto crónica, escribía. Se había perdido su prestigio; su Tesoro, que era la base de la autoridad, estaba totalmente exhausto; y sus ministros estaban acostumbrados a no actuar o a actuar lenta e ineficazmente.”

Las desgracias no venían solas: “En el invierno y primavera de 1626 cayó en tanta abundancia el agua y la nieve, que saliendo casi todos los ríos de madre inundaron y estragaron campiñas y poblaciones, derribando casas, y ahogando y arrebatando gentes y ganados. Cuéntase que la subida del Tormes destruyó quinientas casas y doce iglesias, y que el Guadalquivir, cuya crecida duró cuarenta días, arruinó hasta tres mil casas, y llevó tras sí multitud de ganados y de personas; a lo cual siguió el hambre, y las enfermedades ocasionadas por la infección del aire y de las aguas corrompidas de los pantanos. Otra calamidad semejante afligió en 1629 a Granada, y mientras allí un terremoto devoraba hombres y edificios, la corte de Madrid celebraba con lujosas mascaradas y otras fiestas el bautizo del príncipe Baltasar Carlos y la salida pública de la reina a misa. En 1630 un voraz incendio consumió más de ciento veinte casas de San Sebastián. Y el 7 de julio de 1631 sucedió el famoso incendio de la Plaza Mayor de Madrid, que duró más de tres días, y que redujo a cenizas la manzana de casas que corresponde a la calle de Toledo y a la Imperial. El espectáculo era tan horroroso, que se hizo llevar el Santísimo de las tres parroquias contiguas, Santa Cruz, San Ginés, y San Miguel, y todas las imágenes de Nuestra Señora que había en la corte: en los balcones de las casas que hacían frente al fuego se construyeron altares, en los cuales se celebraron muchas misas. Era general la consternación.”

“Las deudas públicas eran tan grandes que el tesoro de Indias era absorbido en su casi totalidad por las deudas apremiantes del Rey, despojando a los particulares; tal ocurrió con la escuadra de galeones llegada a Sevilla en 1632, cuyo espléndido importe fue absorbido, enteramente, por los usureros de la Casa Real. Pero hasta esta fuente se empezó a secar, pues la importación americana, que en el quinquenio de 1631 a 1635 alcanzó la cifra de 35.184.892 pesos (cifra máxima de todas las exportaciones de América), descendió hasta 13.763.802 en el quinquenio de 1641-1645, último del Gobierno de Olivares, para seguir su declive hasta 3.361.115 en el quinquenio de 1656 a 1660 (cifra mínima) y extinguirse después.”

Y por si fuera poco, “La ascensión al trono inglés de Carlos I provocó la reanudación de hostilidades entre España e Inglaterra. En 1625 una flota inglesa llevó a cabo un ataque fallido contra Cádiz. Pero ese fracaso simbolizó la obtención, por parte de Holanda, de un nuevo aliado contra la Monarquía y el impedimento de establecer relaciones marítimas con Europa por el mar Cantábrico.”  “Acudieron á la defensa de aquella ciudad los Cavalleros Portuguefes con  el mifmo zelo con que andavan laboriofos en el reparo de fus lugares marítimos: por que demas que defpues de la union deftas coronas fe contaron luego por unos mifmos.../… del poder de Efpaña falieron infamemente huyendo los Ingleses.”

 “Los años 1629-1631 fueron años de profunda depresión en España. La crisis agraria, producida por la combinación clásica de sequía, hambre y malnutrición, elevó las tasas de mortalidad e indujo a numerosos habitantes de la zona central de Castilla a emigrar hacia el sur para buscar sustento en Andalucía. Aumentaron los precios del pan y se hicieron necesarias nuevas importaciones de cereales, para lo cual hacía falta plata…/… Cuando en 1632 la guerra cobró un nuevo impulso en el norte de Europa, Olivares dirigió una vez más su mirada aterrada hacia los contribuyentes de España y, como de costumbre, se posó sobre Castilla.”

Pero Castilla ya no podía dar más de sí. Lo había dado todo: hombres, dinero, ideas, esfuerzo…

“Castilla, el único reino que había colaborado con los gastos de las empresas de la Monarquía, mostraba señales de agotamiento. Por ello, el valido exigió a los demás reinos una contribución equivalente y se dispuso a paliar las trabas institucionales que pudieran existir. Durante esta última etapa se producen las diferencias con: Cataluña, Portugal y Andalucía.”

 Ya presente el conflicto de Portugal, “lo mejor de los ejércitos, los famosos Tercios, por regla general fueron enviados a luchar a cualquiera de los frentes citados, excluyendo el portugués; e igualmente la cantidad de dinero y bastimentos dedicados a sufragar y mantener a la tropa, fue menor que lo empleado en los focos principales. Las consecuencias de tal descompensación pronto se hicieron visibles. En primer lugar la escasez en cuanto a número y calidad de los soldados que debían componer el llamado Ejército de Extremadura, organizado para apagar la revuelta portuguesa, tuvo que ser aminorada mediante la recluta de nuevas tropas procedentes de los vecindarios de pueblos extremeños, dónde apenas nadie sabía manejar un arma y mucho menos existía conocimiento de las tácticas militares de batalla.”

Como consecuencia, Olivares comenzó a estimar conveniente pasar por encima de los fueros, y “a comienzos de 1640, por lo tanto, el virrey de Cataluña fue autorizado por Olivares a ignorar las leyes y costumbres de la provincia si fuera necesario, para aprovisionar y pagar a las tropas que la defendían. Aquellos que abogaran por la no cooperación o insistieran en la estricta observancia de las constituciones, habían de ser detenidos y, en marzo, dos turbulentos consejeros de Barcelona y un miembro de la Diputació fueron de hecho encarcelados.”

La situación en Cataluña fue creciendo en tensión, tanto y más que en 1520 en Castilla, llegando a producirse lo que ha pasado a la historia como Corpus de Sangre, acaecido el 7 de Junio de 1640, un altercado ocasionado por un grupo de segadores que vagueaban por las ramblas de Barcelona en espera de trabajo, derivó en un motín general que acabó con la vida del virrey Santa Coloma, que protagonizó un penoso peregrinar por la Barcelona sublevada y que acabó con su linchamiento. La motivación no fue otra que la leva de 6000 soldados catalanes destinados a la ofensiva que Francia estaba llevando contra el Rosellón y  que debían ser mantenidos con cargo al erario de la Generalidad.
















POLÍTICA MILITAR FRENTE A EUROPA: FLANDES Y LA UNIÓN DE ARMAS


En 1604 se firmó la paz con Inglaterra que daba fin a la guerra iniciada en 1585. El tratado de Somerset House se produjo como consecuencia de las victorias obtenidas sobre los invasores ingleses, en especial la obtenida sobre el pirata Drake el año 1596, al mando de la contra armada invencible en su ataque fallido sobre Lisboa, donde los ingleses sufrieron una humillante derrota, más desastrosa que la sufrida por España en la Armada Invencible. “A raíz de este acuerdo de paz, Inglaterra fue capaz de consolidar su soberanía en Irlanda, además de ser autorizada a establecer colonias en determinados territorios de América del Norte que no revestían interés para España. Por su parte, los ingleses debieron abandonar su pretensión de controlar las rutas comerciales entre Europa y América y su promoción de flotas corsarias contra España, cesar en su apoyo a las revueltas en Flandes y permitir a las flotas españolas enviadas para combatir a los rebeldes holandeses utilizar los puertos ingleses, lo cual suponía una total rectificación en la política exterior inglesa.”

Fue, sin lugar a dudas, un hecho  que costó a España más de lo que en aquel momento podía parecer. Para España, el problema de Irlanda era de suma importancia; era vital para supervivencia del Imperio, como importante, y por los mismos motivos, resultaba para Inglaterra. Irlanda era un aliado de España que facilitaba hombres, generales que combatían junto a los tercios españoles en Flandes, que se sentían identificados con la labor de España y que esperaban la necesaria ayuda de España para liberarse del yugo inglés.

“No fue hasta finales de 1604 cuando se creó un Tercio de irlandeses, otorgando el mando a Henry O’Neill, hijo de Hugh O’Neill. Con esta distinción Felipe III reconocía el papel de los O’Neill en la lucha contra Inglaterra y los servicios que de ella había recibido la Monarquía.”

Pocos beneficios reportó esta paz para España, lo que se vió agravado cuando “la revuelta de los tercios en 1606 quebrantó la convicción española respecto a la posibilidad de reconquistar las Provincias Unidas y, junto con la suspensión de pagos de 1607 y las pérdidas sufridas en el comercio de las Indias ese mismo año, convenció al gobierno español de que había llegado el momento de negociar.”  Se daba paso al intento de negociar con los rebeldes flamencos lo que se conocerá en la historia como “la tregua de los 12 años”.

El mismo día que se firmaba la tregua de los 12 años en Amberes, el 9 de Abril de 1609, se procedía a la  expulsión de los moriscos durante el reinado de Felipe III y siendo su valido Francisco de Rojas y Sandoval, el Duque de Lerma. La tregua firmada con Holanda suponía el reconocimiento de la independencia holandesa, que no fue real hasta 1648, con una particularidad digna de ser destacada: En el tratado, firmado el 17 de Junio y “convenido entre los reyes de Francia y de Inglaterra y los Estados Generales…/… declaran que la garantía debe obligar no solo en el cafo de infraccion, y violación de la dicha tregua, fino tambien en el de ponerfeles algun embarazo á los mifmos Estados Generales en el comercio de Indias durante el termino de ella.” , lo que llevó a que en 1621, cuando acabó la tregua hubiese “fortalezas holandesas en Arguim (África occidental), en Pulicat (India), en Batavia (Indonesia) y en la desembocadura del Amazonas en América…/… Pero había más. Las expediciones holandesas se dedicaron también a fomentar rebeliones contra España entre las tribus nativas de América y se produjeron ataques directos contra puestos españoles. Así pues, los consejeros de Felipe III pudieron argumentar no solo que la tregua abia enriquecido á Holanda, sino que la prolongación del status quo empobrecería a las potencias ibéricas a través de la apropiación de sus imperios ultramarinos.”

Parece evidente que los tratados internacionales firmados durante el valimiento del duque de Lerma en el reinado de Felipe III minaron el Imperio español que comenzaría a caer estrepitosamente durante el valimiento del conde duque de Olivares.

¿Qué estaba consiguiendo el duque de Lerma con los vejatorios tratados internacionales que estaba firmando? “Con el tratado de Vervins de 1598, con el de Londres de 1604, y con el de la tregua ajustada en abril de 1609, había ido comprando España, con más o menos sacrificio de su honra nacional, la paz con Francia, con Inglaterra y con las Provincias Unidas de Flandes, las tres guerras que le habían consumido sus hombres, agotado sus tesoros y robado sus brazos a la agricultura, al comercio y a las artes. Quedabale la guerra con los berberiscos y los turcos en que distraía sus fuerzas, parte por necesidad, parte por el espíritu, de tantos siglos heredado, de buscar y combatir de quiera que estuviesen los enemigos de su religión.”  Una paz sin honra y sin otra justificación que la misma paz; una paz que ponía España al pie de los caballos de sus enemigos y que lanzaba por la borda los esfuerzos ímprobos de generaciones de españoles.

El tratado de Verbins posibilitó las incursiones francesas e inglesas en el Caribe, sembrando la piratería y el terror en la zona, mientras Francia, que por este tratado renunciaba a los Paises Bajos, y como era de prever, no cumplió con el tratado. Por su parte, el trato de Amberes que dio lugar a la tregua de los doce años daba libertad a los holandeses para comerciar con América a cambio de que respetasen la religión católica. Como en los demás tratados, España cumplió mientras los otros firmantes cumplieron…con sus intereses.

La independencia de Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Groninga, Overijssel y Güeldres, fue un hecho consumado que otros países del entorno pronto reconocieron oficialmente, y extendieron colonias por todo el mundo. Y España obtuvo a cambio… la Pax Hispánica y el hostigamiento del Imperio.

“Tal fue el célebre tratado de la tregua de doce años, que volvió a aquellos países el reposo después de cerca de medio siglo de funestas alteraciones y costosísimas guerras; que aseguró la independencia de la república de las Provincias; pero en que España, descendiendo a pactar como de potencia a potencia con unos pocos súbditos rebeldes, dejándose imponer de ellos humillantes condiciones, dio por perdidos los sacrificios de hombres y de tesoros de más de cuarenta años, y puso de manifiesto a los ojos del mundo la flaqueza a que había venido y la impotencia en que iba cayendo.”

En esos mismos momentos se estaba fraguando lo que acabaría convirtiéndose en la Guerra de los Treinta Años, que empezaría como tal en 1618; “la formación de la Unión Evangélica o Liga Protestante, en 1608, una alianza defensiva de los príncipes y ciudades protestantes, dirigida por el elector palatino, el calvinista Federico V que cuenta con la ayuda de Francia, Inglaterra y Provincias Unidas. La respuesta no se hizo esperar con la formación, en 1609, de la Santa Liga Alemana, en la que los católicos se unen bajo la iniciativa de Maximiliano de Baviera. El enfrentamiento entre ambas formaciones devenía inevitable.”

En 1618 el Imperio alemán se encontró en llamas por  los enfrentamientos religiosos ocasionados por los protestantes de Bohemia cuando éstos se negaron a reconocer como rey al católico Fernando II de Habsburgo y proclamaron monarca a Federico V, lo que hicieron mientras lanzaban por la ventana del palacio a dos ministros católicos en lo que fue conocido como “defenestración de Praga”.  Fueron lanzados “desde  18 metros de altura. Su secretario, leal pero imprudente, protestó ante esta barbaridad: corrió la misma suerte. Milagrosamente, los tres cayeron sobre los montones de desperdicios que se habían ido acumulando en el foso del castillo y salvaron la vida. Tambaleándose, ayudados por sus criados, esquivaron los disparos que les hacían desde la cámara del consejo y se pusieron a salvo.”

“Dos días después de la defenestración de Praga, la asamblea eligió un comité de treinta y seis miembros, doce de cada uno de los estados de la Dieta (nobles, pequeños nobles y burgueses), para formar un gobierno provisional, y les autorizó a formar un ejército de 5 000 hombres para expulsar a las pocas guarniciones del país leales al emperador.”  Un detalle a tener en cuenta, los soldados de la dieta eran siervos o, principalmente, soldados de fortuna extranjeros.

Con este hecho se dio lugar al inicio de lo que sería la Guerra de los Treinta Años, que duraría hasta  1648. Aunque España no estaba en condiciones de intervenir, ya que en 1621 expiraba la tregua de los doce años con los holandeses, envió tropas de ayuda al emperador Fernando II, que si en un principio tuvieron lucidas victorias, como la de Breda al mando del general Spínola en 1625, conocieron terribles derrotas como la de Rocroi en 1643, desbordado ante la alianza de holandeses, ingleses, venecianos y protestantes alemanes, y globalmente, de rebote, fue un fracaso para España, que acabó siendo mutilada en la paz de Westfalia de 1648, donde perdió las posesiones de los Países Bajos, tras haber sufrido humillantes derrotas en Luxemburgo, en Cartagena, en el Rin, y hasta en Italia, donde se estaban gestando también levantamientos populares que estallaron en Sicilia y en Nápoles en 1647. Amparándose en esta situación, Francia engordó mediando los ardides de Mazarino, el delfín de Richelieu, traidor que había sido educado en la universidad de Alcalá y era brazo derecho de la hermana de Felipe IV, Ana de Austria, a la sazón madre de Luis XIV.

La Guerra de los Treinta Años “tuvo sus más primitivos orígenes en el profundo antagonismo religioso engendrado por la difusión de la Reforma protestante. La animosidad religiosa, sobre todo entre los más decididos partidarios de las facciones protestantes y católicas que estaban enfrentadas, extendió la guerra y fue asimismo un factor decisivo en fases posteriores. Sin embargo, según el conflicto iba ganando impulso, su carácter cambió, primando las rivalidades dinásticas de los príncipes alemanes y la determinación de ciertas potencias europeas, sobre todo Suecia y Francia, de frenar la supremacía del Sacro Imperio Romano Germánico, que por entonces era, junto a la Monarquía Hispánica, el principal instrumento político de la poderosa Casa de Habsburgo.”

 “La guerra adquirió una dimensión internacional cuando varios estados protestantes alemanes solicitaron ayuda extranjera para enfrentarse al Sacro Imperio. Inglaterra, Francia y otras potencias de Europa occidental se alarmaron por la creciente fuerza de los Habsburgo, pero los dos primeros reinos (entonces aliados frente a España) se abstuvieron de intervenir de forma inmediata debido a sus dificultades internas. Sin embargo, Cristián IV, rey de Dinamarca y Noruega, sí acudió en ayuda de los protestantes alemanes movido principalmente por consideraciones no religiosas: deseaba ocupar nuevos territorios en el noroeste de Europa y acabar con el control que la Casa de Habsburgo ejercía sobre el ducado danés de Holstein.”

Pero por otra parte, Luis XIII de Francia, para facilitar su campaña abierta en Italia, veía conveniente reabrir la guerra en los Países Bajos. Por su parte, el rey Jacobo de Inglaterra, para presionar la restauración de su yerno Federico en el Palatinado también estaba interesado en renovar la guerra en los Países Bajos. Un incumplimiento manifiesto de los tratados firmados con España. Estas circunstancias, unidas a la defenestración de Praga, serían los principales acontecimientos que dieron pie a la Guerra de los Treinta años, que duraría hasta el tratado de paz firmado el 24 de octubre de 1648 en Münster, Renania.

“No es nada exagerado mantener que en el siglo XVII no había ninguna nación tan europea como lo era España; no sólo porque España era una de las naciones más poderosas de Occidente, sino también por su compromiso con las grandes empresas europeas de aquel momento, en concreto, pensemos en su vinculación con la Guerra de los Treinta Años.”   “España se puede sostener que no entró nunca en una guerra ofensiva, sino que se mantuvo siempre en una guerra defensiva. Tal vez esto fue un grave error estratégico al perder España la iniciativa en la conducción de la guerra.”

Intereses particulares de los validos fueron, sin duda, que esto sucediese así, porque la actitud no se sostiene ni desde el punto de vista militar, porque los ejércitos españoles estaban directísimamente implicados. Era la falta de voluntad de dirigir la guerra por parte de unos dirigentes políticos que, da la sensación que querían guardar las formas mientras otros eran los que morían en los campos de batalla.

La guerra, que acabó implicando a un importante número de países, tenía motivaciones distintas: “En 1618 había habido cuatro tensiones fundamentales en el sistema político europeo: la lucha entre España y los holandeses; la confrontación de príncipes y estados en gran parte protestantes con los Habsburgo católicos en el imperio; la enemistad entre Suecia y Polonia; y la rivalidad entre Francia y los Habsburgo.”

Esta última circunstancia tuvo para España resultados letales debido al encono que mostraba el maquiavélico cardenal Richelieu, que dirigía los asuntos de Francia, en la corte de Luis XIII desde el año 1622.

Por su parte, la actitud del sucesor del duque de Lerma, Baltasar de Zúñiga, tío de Olivares, enviando a Austria ingentes cantidades de dinero y 7000 soldados que estaban en los Paises Bajos más 10.000 que estaban en Lombardía  fue una actitud tardía que costaría a España los Países Bajos, si bien el general Spínola hizo una campaña impecable tomando 30 ciudades en seis meses.

España estaba descapitalizada, y atender la guerra significaba un esfuerzo extraordinario que fue acometido de una forma peculiar:“Se llevó a cabo una importante devaluación monetaria, práctica que continuó Felipe IV de manera aún más irresponsable. El gobierno, decidido a no reducir el gasto, que se consideraba fundamental para la defensa nacional, y a no aumentar los impuestos, que sería una medida impopular, recurrió sin control alguno al empréstito, hasta que en 1627 se planteó una situación de bancarrota inevitable.”

Los conflictos españoles tuvieron una relación directa con la Guerra de los Treinta Años ya que fueron manifiestamente iniciados por la influencia de Francia y de Inglaterra en el contexto de la misma. Tenían, evidentemente, mayor calado, pero es el caso que “Francia, aliada a Suecia, a Holanda, a Saboya, a Portugal, y teniendo en su favor los votos de los demás pueblos que permanecían en la inacción, sostenía contra el Imperio y España una guerra ruinosa para los dos partidos y funesta para la casa de Austria.”

Pero esto no significaba que Portugal se encontrase en alianza contraria a España, ya que en la Guerra de los Treinta años, según nos relata un historiador portugués, “por diferente regiones bolaron las infignias de Efpaña fobre diferentes y numerosos exércitos. En todas eftas partes firvieron siempre, y firven muchos Portugueses con tanta aprobación y estima, que à penas fe hallarán en una compañía quatro foldados particulares que no fean nuestros los dos dellos. Affi que los Lufitanos fin otra gente, muchas vezes vencieron batallas, las otra gentes fin Lufitanos á penas dieron alguna.”

Que una guerra dure treinta años es indicativo de que ningún bando tenía mucha preeminencia sobre el otro, y las refriegas, toma de posiciones y pérdida de las mismas se sucedían. Así, si París estuvo en peligro casi a finales de la guerra, “A principios de 1619, incluso Viena, la capital imperial, se vio amenazada por los ejércitos de la Unión Evangélica. A finales de ese año, tras deponer a Fernando II, los rebeldes ofrecieron el trono de Bohemia a Federico V, elector del Palatinado. A partir de ese momento, diversos sectores de la Unión Evangélica, formados principalmente por luteranos, se retiraron de la lucha, dado que Federico V, aunque protestante como ellos, profesaba el calvinismo. Aprovechando las disensiones protestantes —en concreto, la declaración de guerra hecha por la Sajonia luterana a Bohemia— y la invasión española del Palatinado, Fernando II, que se había convertido en emperador en agosto de 1619, rápidamente asumió la ofensiva.”

Mientras tanto, la situación de los Paises Bajos era de perpetuo coste humano, político y económico para España. No había nada en común entre España y quienes por todos conceptos se encontraban más cercanos a Inglaterra. “En agosto de 1619, los Estados Generales, dominados por los orangistas autorizaron la construcción de una flota de guerra especial que habría de navegar hasta Perú y capturar (o destruir) la plata con la que España esperaba financiar la guerra en los Países Bajos.”  Mientras, Francia e Inglaterra deseaban que continuase la guerra porque ello desviaba fuerzas españolas que podían perjudicar sus actividades. La guerra se reanudó, y los comerciantes holandeses fueron expulsados de todo el Imperio.

“Sin los Países Bajos, España, que era señora de los mares, podía haber mantenido una indiscutible superioridad mediterránea y atlántica, sin interferir en las rivalidades y ambiciones y querellas intraeuropeas. España por su intervención voluntaria o forzada en ellas, cometió el pecado de ser demasiado europea.”

En 1621, al terminar la tregua de los 12 años, se reiniciaría la guerra con las Provincias Unidas; algo que atraería demasiado esfuerzo español en beneficio de los intereses franceses e ingleses. Con el recrudecimiento de este conflicto, mantenido por España como recuerdo de Carlos I, en 1628 se perdió la flota de Indias a manos del pirata Piet Heyn, con cuya plata se financió la flota que acabó tomando Pernambuco, en Brasil, dos años más tarde.

“Los holandeses comerciaban con Brasil con la connivencia de oficiales y comerciantes portugueses —cristianos nuevos las más de las veces— de Vianna y Oporto y eran ellos quienes facilitaban servicios tales como agentes de protección y una bandera de conveniencia. Los comerciantes holandeses estimaban que en el decenio de 1620 dominaban entre la mitad y las dos terceras partes del tráfico de mercancías entre Brasil y Europa. En el momento en que llegó a su fin la tregua en las Provincias Unidas se construían todos los años 15 barcos sólo para el comercio con Brasil, y los barcos holandeses importaban a través de Portugal 50.000 balas de azúcar, aparte de madera de Brasil, algodón y cueros.”

En estas circunstancias, el Imperio portugués, que había encontrado en la producción azucarera un elemento de primer orden para el desarrollo, pasaba así a estar muy amenazado por los ataques navales de las Provincias Unidas y de Inglaterra, que tenían puesta la mira en los asentamientos de Brasil. La monarquía Hispánica, consciente de esta situación, aplicó sus esfuerzos a la defensa de estas posiciones, pero “a pesar de los esfuerzos de los españoles para defender el Imperio lusitano, los portugueses lanzaron la culpa de estas amenazas a Felipe IV.”

Los rebeldes holandeses llevaban sus acciones contra el Imperio Español. Así, una flota, formada con fondos facilitados por Inglaterra, tomó Bahía en 1624, de donde no fue expulsada hasta un año más tarde. Pero no estaría en América la acción contra España, sino en  la alianza entre la Provincias Unidas, Suecia, Dinamarca, Francia, e Inglaterra. Y es que, “la causa de la inquietud en Europa no era Federico de Bohemia, sino los españoles.”  Pronto participó Inglaterra en la alianza antiespañola. En otoño del mismo 1624, la flota anglo-holandesa atacaría Cádiz e intentaría una acción contra la flota de Indias, obteniendo sendos fracasos. Pero la coalición se ampliaría el año siguiente. Por su parte, Richelieu ascendía posiciones en Francia. Este hecho posibilitaría, a medio plazo, la alianza con Suecia, apoyando descaradamente al bando protestante, consiguientemente al recrudecimiento de la guerra, y al desenlace de la misma contrario a los intereses de España.

Y es que Richelieu, “ante aquel trágico dilema entre nacionalismo francés o universalismo cristiano, el cardenal de la Iglesia romana escogió lo primero y en ese preciso momento, que se pudo todo, se perdió todo. Aquella decisión fue el rubicón en la historia religiosa de la edad moderna.”

Pero las vicisitudes serían varias, porque en 1626 Segismundo III de Polonia proponía a España “la creación de una flota conjunta de los polacos y los Habsburgo para dominar el Báltico con barcos comprados a la Hansa”. No resultó este intento, siendo el rey polaco tomado en tenaza por Suecia y Holanda, vencido, y consiguientemente perdida esta posibilidad de control naval del Báltico por parte de España.

En 1634 muere la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de Países Bajos; Espínola había sido enviado a Italia, y los asuntos militares españoles iban de mal en peor mientras el control que había sido delegado en la infanta, vuelve a estar en manos de la monarquía de Felipe IV, y el valido ve en Fernando de Austria, hermano del rey y cardenal desde los diez años, más aficionado al campo de batalla que a la sacristía, su tabla de salvación. En el peor de los casos, enviándolo a Flandes, el conde duque se libraba del acoso de alguien que constantemente manifestaba su desacuerdo con el valido. Ya lo había hecho virrey de Cataluña, donde alcanzó gran prestigio, para desdoro de don Guzmán, quién encontró en Flandes el avispero que le deseaba, y que el infante tomó con gusto como jefe del ejército imperial.

El año 1636 Francia envíó ejércitos a combatir Flandes, Borgoña y Milán, que fueron rechazados y tomadas las plazas de Chapelle, Catelet, Corbia y Bouchain por breve tiempo, ya que fueron rechazados por los franceses. El ejército se encontraba desplegado en Navarra, Aragón, Cataluña, Portugal, el Algarbe, Italia y Flandes, con un total de 94.000 unidades, a los que debían sumarse nueve mil unidades preparadas para partir hacia Italia y Dunquerque.  Para su mantenimiento, Olivares usó efectivos que requerían financiación de unas arcas que estaban vacías, por lo que se recurrió a impuestos especiales.

Tras la muerte de la regente Isabel Clara Eugenia y la marcha de Fernando de Austria al frente de los Tercios de Flandes, “en los años 1634 a 1638 conoce todavía horas pasajeras, y a veces magníficas, de triunfo: en 1634 el Cardenal-Infante venció en Nordlingen; el 35 y el 37 llegan los galeones de América repletos como nunca de tesoros con que enjugar la penuria nacional; el 36 hay victorias lucidas en Milán, debidas a Leganés, pariente amadísimo y protegido del Valido; y en Flandes. Por todo ello, Olivares organizó las célebres fiestas en el Buen Retiro y en las calles casi todo el mes de febrero de 1637, añadiendo el pretexto, tan extraño al bien material de España, de la elección del Rey de Hungría como Rey de Romanos, en Ratisbona.”

El cardenal infante Fernando, que desde los diez años había sido dedicado a la Iglesia como cardenal, demostró que tal designación había sido un error, pues su verdadero interés era el militar. Con su flamante título de general de los ejércitos en 1634 se disponía a trasladarse de Nápoles a Flandes cuando fue llamado por Fernando de Absburgo para combatir en Baviera contra las tropas suecas de Gustav Horn, para la conquista de Nordlingen. Ahí se dirige, y aniquila las tropas suecas de Bernardo de Weimar. Doce mil cadáveres, 80 cañones, 4000 furgones y 300 banderas son las pérdidas de los suecos.

La batalla había sido vencida de antemano por los suecos, pero aunque la iniciativa la éstos, la feroz defensa de la colina de Allbuch, llevada a cabo por los tercios españoles consiguió rechazar hasta 15 cargas de los suecos, que fueron finalmente derrotados, en medio de una inmensa mortandad, con el apoyo de las tropas de caballería italiana.

Cuando el cardenal-infante llegó a Bruselas tras la batalla de Nordlingen fue recibido en olor de multitud. En breve se enfrentaría a Richelieu, que lo vencerá en Avíen y le tomaría Bravante, pero en reacción, el último buen Austria avanzó hasta las inmediaciones de París, con lo que consiguió paralizar el empuje francés.

“Los españoles, imperiales y flamencos habían amenazado a París, y acaso fue un error haberse retirado sin acometer la consternada capital de Francia. Tropas de España habían invadido aquel reino por las fronteras de Navarra y de Guipúzcoa: Bayona se vio en peligro, y el ejército del almirante de Castilla penetró hasta el país de Labor. Los grisones, resentidos de la usurpación y tiranía de los franceses, sus antiguos auxiliares y amigos, aliándose en secreto con los españoles e imperiales, se alzaron contra aquellos y los arrojaron de la Valtelina.”  Pero esta decisión no le tocaba tomarla al cardenal-infante, sino al conde-duque, justamente el peor enemigo que tenía Fernando de Austria, que no tardaría mucho en fallecer. La enfermedad le deparó la muerte el 9 de Noviembre de 1641, para desgracia de España.

Con la muerte de Fernando de Austria desapareció toda esperanza para España; era el único general con carisma suficiente para arrebatar los ánimos de los combatientes y del pueblo; quedaba… el conde duque de Olivares, y mientras, “en Italia nos abandonaban los que creíamos nuestros más firmes aliados y nuestros mejores y más útiles amigos, y hasta los pequeños príncipes que habían sido de antiguo vasallos nuestros desamparaban nuestra decaída causa y se unían a los franceses.”

Los sucesos se resolvían cada vez más en menoscabo de España. En noviembre de 1647, la Francia del cardenal Richelieu, aliada con los protestantes estaba obteniendo los resultados buscados con la guerra de separación de Cataluña y de Portugal; “junto con los suecos ganó las batallas de Levingen y Sommerhausen, y obligó al duque de Baviera a abandonar sus estados casi a la edad de ochenta años. El conde de Harcourt tomó Balaguer y derrotó a los españoles (1645). Perdieron en Italia Ponto-Longone (1646). Veinte barcos y veinte galeras de Francia que constituían casi toda la marina restablecida por Richelieu, derrotaron a la flota española en las costas de Italia. Pero esto no era todo, las armas francesas invadieron también Lorena con el duque Carlos IV, príncipe guerrero pero inconstante, imprudente y desafortunado, quien se vio a la vez despojado de su estado por Francia y hecho prisionero por los españoles. Los aliados de Francia hacían presión sobre el poder austríaco al mediodía y al norte. El duque de Albuquerque, general de los portugueses, ganó a España la batalla de Badajoz. (Mayo de 1644) Torstenson desafió a los imperiales cerca de Tabor (marzo de 1645) obteniendo una victoria completa, y el príncipe de Orange, a la cabeza de los holandeses, penetró hasta Brabante. El rey de España, derrotado en todas partes, veía al Rosellón y a Cataluña en manos de los franceses; Nápoles sublevada contra él, acababa de entregarse al duque de Guisa, último príncipe de esa rama, perteneciente a una casa tan fecunda en hombres ilustres y peligrosos.”

En 30 de Enero de 1648 se llegó a un alto el fuego en los Países Bajos, en la paz de Munster. Las cosas parecían ponerse de cara para España, ya que podía dedicarse a hacer frente a los ejércitos franceses, por lo que Mazarino, que estaba agobiado por las revueltas ocasionadas dentro de Francia, durante las que estuvo proscrito y elevado nuevamente a los más altos cargos, volcó todos sus esfuerzos en lo que sería la ruina para España: la Paz de Westfalia, en la que los franceses, unidos a los suecos, se convirtieron en legisladores del Imperio.

Mazarino llegó incluso a superar en habilidad al propio Richelieu. En los inicios de la Fronda, “El cardenal recurrió a una baja acción, calificada entonces de habilidad política para apresar a los príncipes. Se acusó a los frondeurs de haber intentado asesinar al príncipe de Condé; Mazarino le hizo creer que se trataba de detener a uno de los conjurados y de engañar a los frondeurs; que su alteza debía firmar la orden para que los gendarmes de la guardia estuvieran alertas en el Louvre, y el gran Condé firmó la orden de su propia detención. Es difícil hallar mejor ejemplo de que la habilidad política consiste muchas veces en el engaño y de que la sagacidad estriba en saber descubrir al mentiroso.”

“Una vez huido, decidió apagar su frustración alimentándose del maná que le ofrecían los españoles, con quienes se alió. De este modo, Condé se sumó a la larga lista de aristócratas galos que habían sellado acuerdos con Madrid en los años precedentes, como el de marzo de 1642 entre Olivares y Gastón de Borbón, hermano de Luis XIII.”  Evidentemente, Gaspar de Guzmán mostraba en estos actos las habilidades propias de una mente maquiavélica, digno rival del cardenal Richelieu. Pero mientras Francia era creciente, España decrecía.

Llegado ya el año treinta de la contienda que enfrentaba a España y a Europa, deshecha España, se reunieron “todos los contendientes en Westfalia, menos España, llegaron a un acuerdo para sellar la paz. En realidad se firmaron dos tratados en 1648: el 15 de mayo en Osnabrück, y el 24 de Octubre en Münster”

“En paralelo a las sesiones oficiales del congreso de Westfalia se desarrolla todo un submundo de operaciones secretas avaladas por todos los delegados, un verdadero mercado de subastas, de ofertas y contraofertas, tratos y traiciones, espionaje e intrigas. Ya antes del congreso, Portugal había negociado una tregua limitada con los holandeses y acuerdos secretos con Francia, Inglaterra e incluso con Suecia. En la práctica, estos acuerdos se revocaban más o menos unos a otros. Los tres principales pretendientes de Portugal albergaban profundos recelos entre sí, y además tenían agendas claramente diferentes. El holandés buscaba desmantelar las comunicaciones externas de Portugal con el fin de aislar sus posiciones y reemplazar el complejo comercial ibérico por otro nuevo bajo su control. La prioridad de Francia era destruir la hegemonía continental de la Monarquía Hispánica. Por su parte, Inglaterra estaba ahora enteramente dominada por la oligarquía militar aliada a los empresarios londinenses. Ambos, cierto es, enardecidos de un entusiasmo religioso antiespañol, pero, más importante aún, determinados a competir en el nuevo concepto de mercado global con sus correligionarios protestantes, los holandeses. En este contexto, entendieron a la perfección el significado y el potencial que representaba Portugal en la lucha por el control de los nuevos centros de poder: África, Asia y (sobre todo) el Atlántico.”

España (España y Portugal), sería el “pagano” de la fiesta. ¿Hizo bien España en no participar en los tratados? Sería cuestión que alguien con más conocimiento emita su juicio al respecto.

La paz de Westfalia de 24 de Octubre de  1648 significó el fin de la guerra de los Treinta Años, y para España la pérdida del control en Europa. La peste bubónica se cebaría también en Italia y en España, mientras en toda Europa se difundían las teorías milenaristas y el final de los tiempos en el año 1666, haciendo que se extendiese la idea de que estaban viviendo tiempos malditos. Desde luego lo eran para España. Para Europa?...“fracasó la Europa posible y surgió la Europa de los nacionalismos, que ha perdurado hasta el día de hoy.”

Los vencedores de la Guerra de los Treinta Años, en este caso Francia y el perdedor, España, afrontaban ahora el último fleco de la guerra, el que mejor habían gestionado los aliados protestantes y Francia, y el que más daño hacía a España. “Entre el 13 de agosto y el 7 de noviembre de 1659 los ministros plenipotenciarios Luis de Haro y el cardenal Mazarino celebraron veinticuatro largas entrevistas que concluyeron con la redacción de un tratado de paz y un contrato de matrimonio.”  Era el tratado de los Pirineos, por cual se mutilaba de España el Rosellón y la Cerdaña, contribución que habían facilitado los dirigentes de la Generalidad de Cataluña y los parásitos de la corte a los enemigos de España.

Pero contra lo que parece, la mutilación no había terminado. En 1665 moría Felipe IV, y en ese momento, Luis XIV pretendió que Flandes, Brabante y el Franco-Condado, debían ser devueltas a su mujer a pesar de haber renunciado a ellas en las capitulaciones matrimoniales. España pasaba a ser sorteada por las potencias europeas. “Todos los hermanos de Carlos II, rey de España, habían muerto. Carlos era de constitución débil y enfermiza. Luis XIV y Leopoldo hicieron, durante su infancia, sobre poco más o menos, el mismo tratado de partición que comenzaron al morir el rey. Por ese tratado, que actualmente se halla en el depósito del Louvre, Leopoldo debía dejar a Luis XIV en posesión de Flandes, a condición de que, a la muerte de Carlos, España pasara a ser dominio del emperador.”  Quedaban sentadas las bases para lo que fue la guerra de Sucesión.

En 1667 Francia invadió Flandes, y la monarquía hispánica determinó que era más importante el mantenimiento de este territorio que Portugal. “A Luis le bastó con presentarse frente a ellas. (Junio de 1667) Entró en Charleroi como en París; Ath, Tournai fueron tomadas en dos días; Furnes, Armentiéres, Courtrai, dejaron de resistir. Bajó a la trinchera frente a Douai que al día siguiente se rindió (6 de julio). (27 de agosto) Lila, la más floreciente ciudad de esas regiones, la única bien fortificada y con una guarnición de seis mil hombres, capituló después de nueve días de asedio. (30 de agosto) Los españoles contaban sólo con ocho mil hombres que oponer al ejército victorioso y además la retaguardia de este pequeño ejército fué destrozada por el marqués, más tarde mariscal, de Créqui. El resto se ocultó en Bruselas y Mons, dejando que el rey venciera sin combatir.”  La pérdida del Franco Condado se produjo en tres semanas. España había dejado de ser lo que era.

Tras sufrir sendas derrotas en Ameixal (1663) y Villaviciosa (1665), el 13 de febrero de 1668 la viuda de Felipe IV, la regente Mariana de Austria, reconoció la independencia de Portugal, quedando la plaza de Ceuta en la parte de España, al no querer aceptar sus habitantes la separación del reino. Habían transcurrido 28 años de enfrentamientos.

“La tensión bélica no disminuyó y los enfrentamientos continuaron hasta bien entrado el siglo XVIII y superada la Guerra de Sucesión, que terminó con el relevo de los Austrias por los Borbones.”










LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS

Si en algún momento existió en el mundo algo de tolerancia, en todo caso se puede ubicar en el tiempo y el reinado de los Reyes Católicos; una tolerancia basada en los tratados de paz que tenía la solidez que pueden tener los derechos del vencido.

Una tolerancia que se vio abocada a la supresión dada la actitud de los moriscos, más proclives a propiciar invasiones que a integrarse en la sociedad española. En el peor de los casos, además, podemos decir que el final de la tolerancia llegó como  justa reciprocidad a lo acontecido anteriormente en el ámbito musulmán: Tudmir (Murcia y Alicante), Toledo, Córdoba, Mérida, Elvira (en las inmediaciones de Granada), y un largo etcétera no tan famoso, conocieron en su propia carne la “generosidad” de los invasores y la forma que tenían de respetar los pactos.

Tras cinco décadas de existencia, la Inquisición no se había ocupado de los moriscos. En principio, nada tenía que decir sobre unos súbditos que conservaban sus costumbres y su religión, mientras no fuesen usadas como elementos disociadores, algo que, a la corta resultaría imposible.

Concluida la Reconquista, era lógico no sólo por la idiosincrasia del momento, sino por lógica aspiración intemporal, que el reino hispánico pretendiese la incorporación no solo geográfica, sino también ideológica de los habitantes del reino de Granada, y por otra, también era lógico que los descendientes de aquellos invasores del siglo VIII considerasen como derecho seguir hollando los derechos que venían hollando durante ocho siglos. La firmeza en los postulados de Reconquista y la falta de aceptación de la evidencia por parte de quienes tras ocho siglos seguían sintiéndose ajenos al proyecto nacional de España motivó que “los granadinos se sublevaran por primera vez en 1500, claramente motivados por la política intransigente de Cisneros.”  Intransigencia que se centraba en negarse al colaboracionismo de los moriscos con la piratería berberisca, verdadero dolor de cabeza de España en aquellos tiempos.

A primeros del siglo XVI, los mudéjares de Teruel pidieron de forma masiva el bautismo, a lo que la nobleza aragonesa respondió solicitando que no fuesen aceptadas esas medidas, ya que la condición de moros de los labradores les significaba unos mayores ingresos económicos. Pero la revuelta de las Germanías dio al traste con estas medidas, ya que los comuneros castigaron el apoyo que los moriscos habían dado a la nobleza con el asesinato de un gran número de ellos y con el bautizo forzado . Los comuneros forzaron el bautizo de los moriscos, pero al cabo, este bautismo fue dado como bueno por el emperador una vez venció a las comunidades.

Por otra parte, la desafección a España, los disturbios y el malestar ocasionados por quienes no asumían la nueva situación histórica hicieron crecer la inseguridad ciudadana, por lo que las autoridades españolas, mirando por la integridad primero de los españoles, y también de los levantiscos árabes que no se conformaban con vivir en España y pretendían desestabilizarla con claras intenciones de provocar una nueva invasión africana, “en 12 de febrero de 1502 mandaron que todos los Moros libres, mayores de catorce años, y las Moras de doce, salieran de España antes de mayo, con facultad de usar de sus bienes en la forma que se dijo el año de 1492 para los Judíos, prohibiéndoles con pena de muerte y confiscación ir al África; con cuyos soberanos havia guerra; señalándoles los dominios del Sultán ú otros que tuvieran paz con nuestra corte.”  Este decreto de conversión o expulsión era privativo para el reino de Castilla. En la corona de Aragón se instauraría el 8 de Diciembre de 1525. Pero observaremos por las fechas tratadas que esos decretos parecían no ser decretos, sino otra cosa. Tampoco se llevaba a efecto la labor evangelizadora; hasta en 1526, en breve firmado por el Emperador, se reconoce la débil acción evangelizadora llevada sobre la población morisca.

En cualquier caso, con la expulsión se puso fin a un problema serio que podía haber comportado una nueva invasión africana. Pero no se extirpó totalmente el problema, porque para eludir ser expulsados, un importante número de musulmanes aceptó falsamente el bautismo con la intención de quedarse en España. Muchos con sana intención, pero otros con la aviesa intención de quedar como quintacolumnistas, espías al servicio de potencias extranjeras y cabeceras de playa en eventuales invasiones. Para los encargados de las estadísticas había resultado un gran éxito: el problema mudéjar había desaparecido. Pero ¿qué había quedado en su lugar? Lo mismo preexistente, pero ahora con otro nombre: el problema morisco.

Durante este tiempo, y como consecuencia de los conflictos que habían conducido al bautismo forzado de multitud de mudéjares, la Inquisición era benévola, consciente de que mucha culpa de su situación correspondía a la actuación de los cristianos viejos. Se multiplicaron los edictos de gracia, pero ni por las buenas ni por las malas aceptaban los moriscos la nueva situación.

Se pensará que es el mismo caso que el acontecido con los judíos conversos. Pero veamos. Parece que coincide punto por punto con ellos, pero en este caso no existe la presión de un grupo social que se mantiene en sus costumbres anteriores sobre un grupo que las cambia de forma voluntaria. En el caso de los moriscos son todos los mudéjares los que se ven impelidos a bautizarse o a exiliarse. La preexistencia de mudéjares bautizados voluntarios no es significativa para emparejar ambos fenómenos.

Las características del problema morisco eran distintas a las características del problema judío; porque así como los judeo-conversos pugnaban por no ser distinguidos de los cristianos viejos, y sólo las malas artes de sus enemigos (muy en especial los que perseveraban en el judaísmo) lograban ponerlos en evidencia y sacar de ellos incluso lo que no tenían en propiedad, los moriscos se encontraban enmarcados en núcleos perfectamente identificados, en un estado de integración social sencillamente inexistente.

El acoso del turco, lejos de remitir, fue creciendo con la ayuda de los moriscos. El acoso llegó a ser de tal grado que se pusieron en peligro las islas del Mediterráneo, a las que fue menester dotar de defensas que mejorasen las ya existentes, e incluso, “en 1551 una ofensiva turca obligó a disponer un fuerte sistema defensivo de Cartagena, organizando a la milicia murciana. Pese a los obstáculos iniciales, la movilización fue un nuevo campo de experimentación para observar su capacidad de mando y depurar, en años sucesivos, el sistema. En julio de 1555 una galeota turca da pie a una nueva intervención militar en la costa de Vera.”

España había conquistado Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera, Mazalquivir y Orán, pero se habían perdido varias plazas conquistadas y los turcos se habían establecido en Argel en 1516, mientras por otra parte, los musulmanes que habían sido expulsados de España se dedicaban a practicar la piratería contra las costas españolas, donde además de capturar cautivos, contactaban con los moriscos.

En cualquier caso, el  problema ocuparía al estado de una forma singular. Con Carlos I y con Felipe II, el rigor de la Inquisición se centraría en el problema, siendo que los moriscos constituían una población de unas 300.000 almas en una población total de unos 8.000.000.

Una nueva Pragmática en 1567 dictada sobre los moriscos de las Alpujarras no fue sino la repetición de las ordenanzas dadas por Carlos I en 1526. Ordenanzas que claramente se dictaban para intentar forzar los ánimos de los moriscos, pero que sin embargo no se ponían en práctica. Felipe II, quizás cansado de la situación, decidió finalmente ponerlas en práctica. ¿Fue un error?, ¿fue un acierto? Los monfíes estaban desarrollando su labor de zapa de forma continuada; el levantamiento de las Alpujarras no fue consecuencia de la pragmática. La pragmática pudo ser, eso sí, la excusa, pero la revuelta estaba abonada desde hacía décadas.

La convivencia era difícil entre la población española y los moriscos, que lejos de ver con buenos ojos la integración, se auto marginaban y se confabulaban con ánimos hostiles contra la nueva situación socio política. Los cristianos se habían desplazado a la zona por un doble motivo: la mejora de su situación económica y la confianza absoluta de la integración de la población musulmana. Los colonos procedentes de Portugal, Galicia o de Castilla que se desplazaron a las Alpujarras, no lo hacían a territorio enemigo, sino a un territorio donde la gente estaba necesitada de colaboración, de comprensión y de ayuda por parte de los demás. Había que demostrar a unos y a otros que todos eran hermanos, que podían y debían vivir en paz y hermandad, pero si eso era cierto por parte de un sector de los moriscos, por otra también era cierto que se conspiraba en las casas particulares, y en ellas, los que serían caudillos de la rebelión, Hernando el Zaguer, Farax ibn Farax y otros, en concordia con los monfíes (bandoleros) de las Alpujarras, preparaban el alzamiento para el día 1 de Enero de 1569. Un alzamiento que significaría el asesinato de esos voluntarios que se habían desplazado desde su lugar de origen para procurar la integración de gentes por las que sentían caridad.

La situación, que había llevado a la corona a despoblar algunas poblaciones costeras para evitar el contacto con los piratas norteafricanos llevó a la Real Pragmática que exigía la conversión total de los mudéjares, pero no fue ésta lo que llevó a un alzamiento general de los moriscos para Jueves Santo del año 1568; mientras el marqués de los Vélez concedía mercedes a los moriscos en detrimento de los cristianos viejos, que se amotinaron y sufrieron represión, la confabulación morisca ponía al frente a un antiguo soldado que fue en Flandes, Fernando de Válor, descendiente de los últimos reyes de Granada que cambiando su nombre por el de Aben Humeya fijó la insurrección morisca para la Navidad del mismo año. Antes de esa fecha los moriscos provocaron una serie de martirios sobre cristianos.

Diego Hurtado de Mendoza nos cuenta en su “Guerra de Granada” las horrorosas matanzas que, hasta el grado más monstruoso, perpetraron los moriscos contra la pacífica y desarmada población española que con ellos convivía.

Aben Humeya fue finalmente derrotado en Vera el 26 de Septiembre de 1569. Era asesinado por sus parciales, hartos de su prepotencia, resentidos por los asesinatos cometidos entre su propia gente y enterrado en un muladar pocos días después, siendo sustituido por su primo Aben Aboo, que dio nuevos bríos a la guerra.

En Octubre de 1570 se ordenó la expulsión de los moriscos de Granada, y fueron expatriados en Diciembre a las provincias de Cuenca y Toledo, Extremadura, Galicia, La Mancha, Campo de  Montiel y Sevilla, si bien los señores de la tierra impidieron que la expulsión fuese, ni con mucho, completa. También en este año los turcos, faltos de botín, pactaron su marcha a Berbería y se ofrecieron para acabar con la vida de Aben Aboo, extremo que no consiguieron. Finalmente, el Xéniz, que quería la paz, acabó con la vida de Aben Aboo, y entregó su cabeza para que fuese expuesta en Granada.

Ya a finales del siglo XVI, la población morisca en España estaba compuesta por 319.000 personas, y “no estaban distribuidos de manera uniforme por toda la península. Más del 60 por 100 se hallaban concentrados en el cuadrante suroriental del país. En Valencia, que contaba con la mayor concentración de población morisca, eran 135.000, aproximadamente el 33 por 100 de la población, un morisco por cada dos cristianos.”

En 1609, la reconquista continuaba en la Hispania Tingitana. Así, el 9 de Septiembre se tomaba la plaza de Larache, entregada por Mohamed Xeque Xarife, rey de los reinos de Marruecos, y Fez.  Dos días más tarde, el 11 de Septiembre, se decretaba la expulsión de los moriscos.  Medida que se hizo imprescindible porque  “los de efte Reyno, y de Caftilla paffavan adelante con fu dañado intento, pues al mifmo tiempo, que fe trataua de fu remedio, embiaron perfonas á Constantinopla, y á Marruecos á tratar con el Turco, y el rey Muley Cidan, pidiendoles, que el año que viene envíen fus fuerças, y socorro en fu ayuda, affegurandoles, que hallarían ciento y cincuenta mil hombres, tan Moros como los de Berberia, que les afsiftirían con las vidas, y haziendas. Es la empresa facil, por estar eftos reynos muy faltos de gente de armas, y exercicio militar, y que demás defto trayan tambien fus platicas, y hartas diligencias con Hereges, y otros Principes, que aborrecen la grandeza de nuestra Monarchia, y los vnos, y los otros  han ofrecido ayudarles con todas fus fuerças: y el Turco para enviar fu armada, fe fabe de ciencia cierta, que fe concertó con el Perfiano, y con sus rebeldes, que le trayan ocupado, y el Rey Muley Cidan vá estableciendo en fu Reyno, y ha tratado con los Hereges de las tierras maritimas de Septentrión, que les han de dar nauios para paffar fu exercito, y fe lo han concedido; y fi eftos, como los demás enemigos cargan á un mifmo tiempo, nos verémos en peligro, que fe dexa entender.”  Los moriscos, así estaban continuando con las mismas actividades antiespañolas que siempre habían usado.

En cualquier caso, la medida, vista desde la distancia y con flaco conocimiento histórico nos puede parecer desorbitada, pero para ser ecuánimes debe ser sopesada en todos sus puntos. También en el momento de ocurrir pareció injusta y desorbitada en algunos ámbitos, especialmente en el ámbito nobiliario, directo beneficiario de la laboriosidad de los moriscos.

“Los moriscos seguían siendo un mundo aparte, con su propia lengua y religión y una forma de vida que se basaba en la ley islámica. En Aragón y en Valencia, en donde descendían de aquellos a quienes se había impuesto la conversión forzosa, constituían un auténtico enclave del Islam en España, que se resistía a la cristianización y a la hispanización, con sus propios líderes y su clase dirigente, sus ricos y sus pobres, todos ellos inmunes a la integración.”

Eso, a la postre, no puede justificar la expulsión si la contemplamos desde un punto de vista cristiano, pero para el español del momento debía ser un acicate más que abonaba los deseos de que llevase a cabo la medida.

Económicamente, a lo que parece, también fue un inmenso error, ya que desprenderse de un colectivo de personas con conocimientos específicos en el campo de la agricultura, de la alfarería, de la apicultura y de otras artes, no podía significar sino un  duro golpe a la maltrecha economía nacional, que en esos momentos se encontraba en un momento especialmente delicado, pero si a esta laboriosidad añadimos la laboriosidad que manifestaban a la hora de prestar apoyo a los corsarios berberiscos que continuamente estaban asaltando la costa, el peso de la balanza, al menos al entender de las autoridades del momento, indicaba la necesidad de proceder a la expulsión. Todo hace indicar que en aquellas circunstancias pesaba más la disposición que tenían a colaborar con el enemigo que el resto de las consideraciones.

También se ha intentado quitar hierro al peligro de invasión de los turcos, pero la simple contemplación de ciudades como Valencia o Castellón de la Plana vienen a indicarnos que el miedo a los ataques sorpresa era evidente. La ciudad de Castellón de la Plana dista cinco kilómetros de la costa. Cierto que la creación de esta ciudad es anterior a las fechas que hablamos, pero el crecimiento natural y el desarrollo natural de las ciudades cercanas a la costa es justamente en la costa. ¿Por qué, hoy, hay ciudades que, como Castellón, tienen un barrio a cinco kilómetros del casco urbano? ¿quién habitaba, en los tiempos que nos ocupa esos terrenos, por otra parte feraces?... Los moriscos.

Los moriscos que reiteradamente habían demostrado su disposición a colaborar con los piratas turcos y del norte de África que merodeaban las costas españolas. “En las costas de Argelia y Túnez había auténticas repúblicas piratas que vivían del delito: asaltaban barcos, robaban sus mercancías, saqueaban las costas, secuestraban a las mujeres para venderlas como esclavas… Por eso, en el litoral español, la mayoría de las ciudades no estaban en la costa, sino unos kilómetros hacia el interior, para protegerse de los piratas. También por eso, el comercio del Mediterráneo tenía un pulso mortecino. Desde varios siglos atrás, la Corona venía organizando expediciones para combatir a los piratas, pero el problema no se extinguía. Como la amenaza era permanente, los marinos mercantes gozaban de patente de corso para hacer frente a los berberiscos.”

Era un hecho demasiado habitual que “las depredaciones de los corsarios berberiscos y de sus aliados otomanos continuaban planteando un problema de seguridad en el Mediterráneo occidental, pues los barcos españoles seguían sufriendo constantes ataques y los enemigos del norte de África continuaban exigiendo rescate por sus prisioneros españoles.”

Y los moriscos, que no se integraban, eran aliados de los piratas, a los que facilitaban información, acceso y apoyo de todo tipo en sus asaltos; que se producían, robando y secuestrando todo lo que podían. Voluntariamente los moriscos se encontraban enmarcados en núcleos perfectamente identificados, en un estado de integración social sencillamente inexistente.

Las informaciones señalaban que los moriscos estaban confabulados con los moros de Argel, que tenían previstos desembarcos en la costa mediterránea, e históricamente se habían aliado con todo movimiento contrario a los intereses de España. Así, durante el siglo XVI tuvieron relaciones con los hugonotes, con los que tenían pactado llevar a efecto un  levantamiento coincidente con  la invasión hugonote de Francia, mientras dentro de España se organizaban los distintos núcleos para apoyar ambas invasiones.

En la costa eran un peligro evidente; eran el enemigo dentro de casa, y en el interior… Ya se tenía la experiencia de la sublevación de las Alpujarras.

Y es que el problema era de seguridad nacional en el que los moriscos “Encapsulados y a la espera de ser invencibles por número se habían organizado en Valencia con el significativo nombre de "la nación de los cristianos nuevos de moros del reino de Valencia", que nos puede recordar los nombres que en la actualidad han adoptado las llamadas "comunidades islámicas" que crecen con similar vertiginosidad en nuestra España de hoy. Se descubrió no sólo relaciones entre moriscos con turcos, sino también contactos entre moriscos asentados en Aragón y el gobernador francés de Bearn y ocupaban tierras que pertenecían por derecho propio a españoles menos afortunados. Pero muchos nobles los protegían, por el beneficio económico que les deparaban.”

El tráfico clandestino de todo tipo de instrumentos había sido detectado y la actividad de la Inquisición se había centrado muy especialmente en el control de la exportación de caballos; las reuniones clandestinas se suponían abundantes y el espionaje de los familiares de la Inquisición señalaba que había “noticias y rumores que corrían de pueblo en pueblo sobre la presunta actividad de los moriscos aragoneses en la preparación de una asonada, mediante la acumulación de grano, armas y pólvora. Jerónimo Roldán, vecino de Tudela, que había vivido varios años en Cascante, conocía las numerosas recuas que pasaban por la villa de Cortes rumbo a Pamplona y viceversa, en las que traían hierro, plomo y estaño en mucha cantidad con objeto de «rebelarse y alzarse contra Su Majestad, porque no entiende que tanta cuantidad pueda ser para muy buen efecto». Un vecino de Buñuel, Miguel Lorenzo, lo tenía claro: es pública voz y fama que han juntado gran cuantidad de trigo y bastimento y de armas y pólvora y munición y de todos metales para alzarse y dicen que perderán antes sus vidas que dar las armas. Y ansí por lo que dicho tiene el testigo cree y tiene por averiguado que los dichos moriscos tienen mal propósito y se quieren alzar y rebelar y esto sabe. Y sabe ansí mismo que si algunas cosas traen a vender a este pueblo de Buñuel que procuran llevar el retorno en ámagos de cera y en hierro viejo. Y ansí mismo se dice públicamente que han vendido y venden sus haciendas para levantarse, las cuales venden [a] menos precio…”

Por si todo esto fuera poco, muchas defensas de costa estaban desatendidas por falta de fondos para mantenerlas. Los piratas berberiscos eran conocedores de esta realidad mejor que la administración española, y aprovechaban estos huecos para efectuar sus incursiones.

¿Qué solución había? Durante siglos se había intentado su integración con éxitos exiguos. ¿Qué se podía hacer?... ¿Tal vez un genocidio? Esa solución no había entrado nunca en la mente de los españoles.

Es el caso que, coincidiendo esta situación con el tratado de la tregua de doce años hecho con las Provincias Unidas de Flandes, “quedaban disponibles al rey todas las fuerzas marítimas y terrestres que había tenido empleadas en aquellas guerras. Así, una vez determinada la expulsión, y como si se tratara de la conquista de un gran reino, se dieron órdenes reservadas a los virreyes y capitanes generales de Nápoles, de Sicilia y de Milán, para que tuviesen prontas y dispuestas las galeras de sus escuadras y las compañías de sus tercios; y lo mismo se ordenó al marqués de Villafranca, general de las galeras de España, y se nombró a don Agustín Mejía maestre general de los ejércitos que se formaran en el reino.”  La tregua se firmó el 9 de Abril de 1609.

El 8 de Abril de 1609, Felipe III decretó su expulsión a instancias del duque de Lerma. El motivo: “el temor de una posible colaboración entre la población morisca y el Imperio turco otomano en contra de la España cristiana.”   Por su parte la Inquisición procuraba que el rigor contra los moriscos se suavizase teniendo en cuenta la prácticamente nula eficacia de la predicación.

El 22 de Septiembre de 1609, el Virrey Luis Carrillo de Toledo, Marqués de Caracena, daba tres días desde la publicación del bando en cada población para abandonar la misma y disponerse a embarcar, garantizando el buen trato, manutención durante el viaje y el respeto a las pertenencias que pudiesen llevar consigo, quedando los bienes raíces en poder de los señores de la tierra. También quedaron seis pobladores moriscos en aquellos poblados donde existían ingenios de azúcar o regadíos, a fin de que pudiesen transmitir sus conocimientos a los nuevos pobladores. Aparte el cumplimiento del edicto, no fue malo el trato que recibieron los expulsados, si bien se rompían los matrimonios mixtos, enviando a berbería al varón morisco, y dejando a la esposa cristiana vieja con los hijos.  La expulsión seguiría en diciembre con la “expulfion de los moriscos de los Reynos de Granada, Murcia, Jaen, Sevilla, y de la Villa de los Hornachos,”   y de los otros reinos en fechas sucesivas. Llama la atención que se cite concretamente a la Villa de los Hornachos, pero la verdad es que en esa localidad pacense existía una fuerte comunidad morisca que acabó creando muy serios problemas de orden público, y cuando fueron expulsados crearon una república pirata.

“El marqués de Caracena, publicó el bando real que tenía en su poder, mandando que fueran expulsados todos los moriscos de aquel reino y trasportados a Berbería (22 de septiembre). Los principales capítulos de esta terrible ordenanza eran:—que en el término de tercero día todos los moriscos, hombres y mujeres, bajo pena de la vida, habían de embarcarse en los puertos que cada comisario les señalará;—no se les permitía sacar de sus casas más que la parte de bienes muebles que pudieran llevar sobre sus cuerpos;—no habían de ser maltratados, vejados ni molestados de obra ni de palabra;—durante la embarcación se les daría el necesario sustento;— cualquiera que encontrare a un morisco desmandado fuera de su lugar pasados los tres días del
edicto, podía impunemente desvalijarle, prenderle, y hasta matarle si se resistía;—imponíase pena de muerte a los vecinos de cualquier lugar en que se averiguase haber quemado los moriscos, escondido o enterrado alguna parte de su hacienda;—en cada lugar de cien vecinos quedarían seis, los más viejos, escogidos por los señores entre los que hubieran dado más muestras de cristianos, para que pudieran enseñar a los nuevos pobladores el modo de cultivar los campos;—los niños menores de cuatro años podrían quedarse, si querían ellos y los padres lo consentían;—los menores de seis años, hijos de cristiana vieja, se quedarían con su madre, pero el padre, si era morisco, sería expulsado.”

La expulsión se prolongará en toda España hasta el año 1614. La operación fue dirigida por el duque de Lerma, señor del marquesado de Denia, que como hemos señalado, fue su principal instigador. La repoblación se hizo en medio de una serie de condiciones que en 1693 degenerarían en las conocidas segundas germanías.

La tragedia estaba servida; tragedia y desesperación de los expulsados; abusos que sobre ellos se cometíeron; todo junto provocó en Valencia un último y desesperado levantamiento, negándose abiertamente a cumplir las órdenes reales. En Finestrat, en Sella, en Relleu, en Tárbena y Aguar, en todo el valle del Guadalest, en Muela de Cortes, se levantaron en armas los caudillos Jerónimo Millini y el Turigi, lo que provocó una matanza entre los desgraciados expulsados, que acabaron entregando a los sublevados. El resto fue expulsado sin contratiempos.

Así, por tantos desmanes, “la providencia de  la expulsión de los moriscos fue bien recibida entonces por los mas”.  Al parecer, de la expulsión se aprovecharon unos pocos, en concreto el duque de Osuna; “es fama que el valido se enriqueció de tal suerte, usurpando los bienes de la corona, que aumentó sus rentas desde treinta mil hasta doscientos mil ducados.”

Como en tantas ocasiones, cuando la situación política está manejada por personas que no miran el bien común, hay algunos que mereciendo el destino de las víctimas, sin embargo, salen beneficiados a costa de todos.















































EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES


Pasamos por encima el reinado anodino de Felipe III, donde los validos demostraron capacidad suficiente para enriquecerse, y desembocamos, ya en el siglo XVII en una España que irremediablemente va a ser súbdita de un rey sin cualidades, pero con un valido, don Gaspar de Guzmán, que en un principio concitó grandes esperanzas; un hombre con una gran cultura, admirador de los clásicos, a quienes pretendía emular en sus actuaciones públicas y privadas; un hombre al que se le deben reconocer grandes méritos… pero un hombre que al final resultó, en su conjunto, el principio de la decadencia de España. El Conde Duque de Olivares pudo ser el hombre que llevase a la salvación del Imperio… y acabó siendo uno de los principales autores de su decadencia.

En 1604 moría el hermano mayor de Gaspar de Guzmán; un hecho que sería más que relevante, ya que de segundón destinado a la Iglesia pasó a desenvolverse en los entresijos cortesanos, que acabaría desarrollando a partir de 1607, a la muerte de su padre, cuando pasó a convertirse en el tercer conde de Olivares, pasando a residir en Sevilla hasta el año 1615, donde se convirtió en un mecenas de la cultura, alcanzando el sobrenombre de Manlio, en memoria de Manlio Capitolino.

En 1610 moría Enrique IV de Francia, y en 1615, quién sería Felipe IV casaba con Isabel de Borbón en unas alianzas secretas pactadas el 30 de Abril de 1611.

D. Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera, que se encontraba rondando en palacio desde hacía años, se trasladó a Madrid cuando fue nombrado gentilhombre del príncipe Felipe, sin abandonar por ello su profunda dedicación a la cultura clásica, especialmente a la historia, obteniendo por ello críticas de sus contemporáneos que le reprochaban fijarse demasiado en los acontecimientos y personajes históricos, muy concretamente en Tácito, al que consideraba maestro de la ciencia política.

En 1612 D. Gaspar contaba veinticinco años y una gran visión que le hizo rechazar el nombramiento como embajador en Roma, su ciudad natal, que le fue ofrecido por el duque de Lerma, temeroso de la proyección del joven conde. “Con mirada de cóndor vio claramente su presa: el Príncipe, débil, degenerado, que sería en sus manos robustas como un trozo de barro blando y maleable. Cualquier ambicioso vulgar de los que pululaban en el hervidero de la Corte se hubiera contentado con la Embajada y lo que viniera detrás; con servir al Rey, todopoderoso, y extraer de su liberalidad el máximo botín. Pero lo genial de Don Gaspar fue no el talento ni las virtudes públicas o privadas, sino la ambición…/… Se alió con el Duque de Uceda, hijo de Lerma, utilizando la rivalidad que había entre los dos Validos, padre e hijo; y como la Embajada no era incompatible con el oficio de gentilhombre, se avino a aceptar aquélla siempre que jurase el segundo. Y juró y se quedó en Madrid, en el Palacio, al lado del Príncipe débil, que no había de abandonar hasta veintiocho años después.”

El 22 de abril de 1619 es nombrado Baltasar de Zúñiga (tío del de Olivares) ayo y tutor del príncipe de Asturias, el futuro rey Felipe IV. Entre las personas de confianza personal y de íntimo contorno elige el rey Felipe III entre otros, todos con relaciones familiares, a Gaspar Guzmán. Sería el puesto para el que estaba creado. Ahí comenzaría entre el futuro Felipe IV y Gaspar de Guzmán una relación que en principio fue de extremadas tensiones, con desaires del príncipe que sobrepasaban al insulto personal. Pero el aguante del Conde de Olivares para con el príncipe no conocía límites.

Pero acabaría teniendo un gran ascendiente sobre el príncipe a quién, según Gregorio Marañón, lo “corrompió cínicamente, impulsándole a todos los placeres y frivolidades para que, debilitado y distraído, no se acordase de que era Príncipe y de que sería Rey.”  “El Conde le variaba las diversiones», tales como «paseos nocturnos, amoríos fáciles y, en fin, todo aquello que la blanda y perezosa vida madrileña puede ofrecer a los españoles y a lo que ellos se entregan con tanta facilidad». A esto se refiere la carta que en 1621, es decir, muy al comienzo de la privanza de Olivares, se atribuye al arzobispo de Granada, en la que reprocha al Conde de acompañar el Rey en sus callejeos y aventuras nocturnas y en «complacer al Rey en cosas ilícitas».

El 31 de Marzo de 1621 Felipe III pasó a mejor vida, y Felipe IV, que contaba 16 años, ordenó que todos los asuntos que llevaba el duque de Uceda pasasen a ser tratados por Baltasar de Zúñiga. Evidentemente, Felipe IV no era Carlos I, y respecto al duque de Lerma, que seguía en su retiro, “el mismo Rey adolescente, recién vestido el luto de su padre y entre los primeros sollozos de su dolor, le notificó, por si aún lo dudaba, que nada tenía que hacer en Palacio; y en forma tan agria y tan a la vista de los cortesanos, malignamente alborozados de la escena, que, seguramente, debió sentir entonces el mayor dolor de sus horas de mala fortuna; mucho mayor que cuando desterrado y preso aguardaba a la muerte libertadora.”

Baltasar de Zúñiga, el primer valido de Felipe IV, anuncia su intención de restaurar todas las cosas en el estado que estaban durante el reinado de Felipe II y abolir la gran cantidad de abusos introducidos por el reciente gobierno, y apoyado por su sobrino Gaspar de Guzmán y Pimentel, III conde de Olivares, reprime los excesos que habían tomado forma en el reinado de Felipe III: Rodrigo Calderón fue ajusticiado en septiembre de 1621, Pedro Téllez Girón, III duque de Osuna, falleció en prisión en 1624; Cristóbal de Sandoval y Rojas, I duque de Uceda, y Fray Luis de Aliaga fueron desterrados en abril 1621, y a Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, I duque de Lerma, les fueron confiscadas las propiedades.

Esos acontecimientos fueron consecuencia de la represión ejercida sobre el último gabinete de Felipe III, que alcanzó a un importante número de personas ligadas al duque de Lerma, quién por su parte continuaba haciendo ostentación y ofreciendo suntuosos banquetes. Pero como el escándalo suntuario era tanto más llamativo cuanto que la crisis económica tenía al pueblo español sumido en la miseria, para controlar los abusos suntuarios se llegaron a adoptar medidas ridículas; “se prohibió dorar y platear braseros, bufetes y vajillas; bordar colgaduras, camas, doseles y otros aderezos domésticos; se moderaron las guarniciones de los vestidos de las mujeres, y sobre todo se dio la famosa pragmática de las lechuguillas de los cuellos de los hombres, prescribiéndose la medida y tamaño que habían de tener, la calidad de la tela, que había de ser holanda o cambray, y no otra alguna, y toda la corte reformó sus cuellos.”

Sorpresivamente, Baltasar fallece el 7 de octubre del año 1622 y es sustituido por su sobrino Gaspar de Guzmán en el que, al principio de su mandato encontramos un reflejo perfecto de su tío Baltasar de Zúñiga; un valido con ideas geniales, con actos incluso de generosidad, pero que al final acabó pareciéndose demasiado a su principal rival el cardenal Richelieu, con quién mantuvo una partida en la que la apuesta era España.

Los errores y los aciertos de ambos mandatarios hicieron que la victoria de uno de ellos no estuviese siempre clara, pero la moneda, para desgracia de España y de la Humanidad, dio la victoria al maquiavélico francés y no al maquiavélico español. Tal vez, si la suerte hubiese favorecido los designios del Conde Duque, su fama no sería tan triste, pero para su desgracia, y sobre todo para la desgracia de España, el beneficiario de los hados no fue él, sino Richelieu.

Al acceder al valimiento, una de las primeras medidas que quiso adoptar es, a todas luces, una excelente idea. El conde-duque se propuso repartir entre todos los reinos la carga militar que soportaba Castilla en exclusiva. Desde el reinado de Carlos I, España estaba presente en todos los campos de batalla europeos, y en estos momentos, los enemigos, Francia, Inglaterra y Holanda, estaban disputando de una manera decidida su predominio en el mundo. La inoperancia de Felipe IV permitió que el Conde Duque ejerciese, no como Secretario de Estado, sino como valido, imagen que se desarrolló ya en el reino de Felipe III, donde los duques de Lerma y Uceda desbordaban ampliamente las funciones del secretario de estado, y que en el caso de Olivares lo convertía prácticamente a él en rey absoluto, siendo este hecho el origen de la enemistad de nobles y oligarcas. Pero la respuesta de Olivares a esa actitud de la nobleza dejaba patente su carácter, y “la dureza con que se vengaba y hacía sentir el peso de su indignación sobre los grandes y poderosos que se atrevían a desobedecerle y resistir su voluntad, llegó a tenerlos acobardados y sumisos.”

La labor del conde-duque sería uniformar los reinos hispánicos llevando a cabo las oportunas reformas en los distintos campos, sobre todo administrativos y jurídicos; así,  “entre 1621 y 1625 elaboró un proyecto centralizador de la Monarquía Hispánica, la llamada "Unión de Armas", que al ser aplicada levantó revueltas y descontento en territorios españoles, casos de Portugal, Nápoles, Sicilia y Cataluña…/…Este proyecto pretendía crear una reserva de 140.000 soldados para la defensa de un posible ataque exterior. Castilla y las Indias aportarían 44.000; Cataluña, Portugal y Nápoles aportarían cada uno 16.000 soldados; Flandes, 12.000; Aragón, 10.000; Milán, 8.000; por último, Valencia, Sicilia y las islas aportarían cada uno 6.000 hombres. ”

Otro aspecto a tener en cuenta era la cuestión mercantil; “Olivares hubo de observar con sorpresa que el tráfico mercantil de las especias en los puertos de Levante estaba en manos de ingleses y que los alicantinos se negaban a asumir su riesgo. Por ello, con la Junta de Comercio, pretendió revitalizar el comercio, sobre todo el de Levante, mediante la formación de una compañía de tipo holandés, con el fin de evitar el predominio de los holandeses e ingleses en el transporte.”

Era evidente que, en principio, el valido llegaba con buenas y grandes ideas; como vemos, en el campo de la administración, y también en el de la defensa. De hecho, “el conde-duque ya había establecido la necesidad de una España unificada en su gran memorial de las navidades de 1624: la Unión de Armas era el primer paso para conseguirla…/… Olivares creía en el gobierno científico: recopiló estadísticas e informaciones que le convencieron de que Castilla estaba pagando demasiado y el resto del imperio demasiado poco del costo de la defensa imperial. Dio especial importancia a las cifras de población que tenía que manejar en cada zona.”  Y efectuó una distribución equitativa marcando las aportaciones que debía efectuar cada territorio para atender las necesidades generales. La aplicación de estas medidas, unido al carácter personal de Olivares fue excusa para encender la chispa de los conflictos de 1640.

La Unión de Armas era un proyecto coherente; “tanto los economistas como los ministros dejaban oír su voz en favor de una distribución más equitativa de la fiscalidad en el imperio y exigían que las diferentes provincias costearan cuando menos su propia defensa. En la atmósfera reformista de los primeros años del decenio de 1620, esas exigencias se hicieron más apremiantes. Fernández Navarrete expresaba la opinión de muchos arbitristas cuando afirmaba que Castilla pagaba una parte mucho más elevada de los costes de defensa que la que le correspondía.”

Por su parte, “Navarra, Aragón y Valencia sólo aportaban algunas sumas de forma ocasional, y en cuanto a Portugal y Cataluña se negaban en redondo a contribuir a los gastos generales de defensa, como si no fuera de su incumbencia lo que ocurría más allá de sus fronteras.”

Se hacía evidente que “la magnitud de las empresas de España fuera de sus fronteras exigía, ante todo, unificar la nación, dando un régimen común ante los deberes y sacrificios a cada uno de los antiguos reinos y regiones — retazos mal cosidos— que formaban el cuerpo de la Monarquía. Se daba cuenta de que, sin un Estado vigoroso y uniforme, como un bloque, no podía sostenerse por más tiempo la misión que España pretendía seguir ejerciendo en el mundo.”

Pero Olivares se encontró desde el principio con dificultades para realizar levas de soldados con destino a la continuas guerras que mantenía España, principalmente en Flandes e Italia. Para intentar solventar ese grave se planteó la citada Unión de Armas como un intento parecido al intento cisneriano llevado a efecto un siglo antes, que fue conocido como “gentes de ordenanza” y que tanta oposición obtuvo primero de la nobleza, y por su influencia, de las comunidades. Si Cisneros se encontró con la resuelta enemistad de la nobleza castellana, Olivares se encontró con la enemistad de la nobleza en Aragón, Portugal, las Indias y Flandes, lo que llevó a una situación de continuas revueltas que duraron desde 1640 hasta 1649. Por su parte, la nobleza persistía en amarrarse a sus posiciones de privilegio, sin aportar al estado la colaboración que le era requerida. Como en la revuelta de los comuneros del siglo anterior, la nobleza actuaba movida exclusivamente por sus intereses, no ya de clase, sino estrictamente particulares, lo que hacía que la corrupción fuese generalizada. En este caso, parece que el Conde Duque fue un ejemplo de honradez que contrastaba con su antecesor el duque de Lerma.

En este sentido, parece que el único error en que incurría el conde duque era en someter toda España a la Ley de Castilla cuando decía a Carlos IV: «Tenga V. M. por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España; quiero decir, Señor, que no se contente V. M. con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia y Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos nervios de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia; que si V. M. lo alcanza será el Príncipe más poderoso de la tierra.»

“Lo incomprensible en el Rey y en su Valido, como en tantos políticos posteriores, fue el olvidar que las demás regiones que formaban el reino tenían otras obligaciones con el Estado, estipuladas y aceptadas en sus leyes regionales; y había que aceptar el hecho fatal de contar con esas regiones a través de esas leyes, o, en todo caso, de modificar esas leyes con generosidad, con tacto inagotable, poniendo un exceso de comprensión frente a cada una de las inevitables susceptibilidades regionalistas.”  Pero eso poco o nada tenía que ver con la Unión de Armas, y menos cuando lo que estaba en juego era el propio territorio.

La nueva situación política creada con la ascensión de Felipe IV, así, como hemos visto, comportó drásticas medidas, pero el peor parado fue Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, que acabó siendo degollado públicamente, culpable de asesinato.

Otros pagaron sus culpas de diversos modos. El utilizado por el duque de Lerma nos indica el poder que llegó a tener: se hizo investir cardenal. “Mucho valió al anciano cardenal duque de Lerma el capelo de que había tenido la oportunidad de investirse, para no tener un fin más desventurado, si bien tampoco lo tuvo venturoso, porque desterrado por cédula real en Tordesillas y convalecido de una enfermedad que le puso a dos dedos del sepulcro y de que estuvo ya desahuciado, alcanzó al fin su libertad por mediación del pontífice y del colegio de los cardenales. Mas a poco tiempo, queriendo el rey recuperar algunas sumas que a pretexto de mercedes o remuneraciones de servicios se habían defraudado al patrimonio, y particularmente las donaciones hechas al duque de Lerma, nombró para ello jueces especiales, y dio un decreto de su mano que decía: «Por cuanto, entre otras cosas depravadas que el cardenal duque de Lerma hizo despachar en su favor con ocasión de su privanza, fue una etc...» Las palabras de este decreto hirieron vivamente al antiguo privado de Felipe III, hizose la información y el duque cardenal fue condenado a pagar al fisco setenta y dos mil ducados anuales, con más el atraso de veinte años por las rentas y riquezas adquiridas en su ministerio. El anciano cardenal, en cuyas manos habían estado tantos años los destinos de España, no pudo resistir a este golpe y murió de pesadumbre como su hijo.”

Tras la defenestración del anterior gabinete y la purga de la administración de Felipe III, lo primero que hizo el conde duque fue convocar cortes con la idea de tratar de atajar la despoblación que amenazaba a toda España; los abusos en el cobro de impuestos, la saca de plata, el control de las importaciones, el control de fronteras; encarceló a Pedro Girón duque de Osuna, acusado de soliviantar a la plebe con la idea de proclamarse rey de Nápoles... Además redujo drásticamente el número de funcionarios y restringió el tiempo que podían ocupar el cargo. Así, la entrada de Gaspar de Guzmán fue aplaudida como moralizante por un pueblo que había sufrido los excesos del anterior gabinete, desconociendo lo que al final depararían los acontecimientos.

No fueron de menor importancia las providencias dictadas en 1622 por las cuales, los  cargos públicos, del mayor al menor, debían presentar inventarios de las haciendas que tuviesen cuando pasaban a ocupar sus puestos. Lo mismo hizo con quienes habían estado al servicio de Felipe III. “semejante providencia fue dictada por el aumento escandaloso que con medios ilícitos y reprobados habían tenido, en grave perjuicio de real patrimonio, las haciendas de cuantos habían desempeñado cargos públicos en vida de Felipe III.”

“Creó y estableció el conde una junta llamada de Reformación de costumbres, y mandó que se registrara la hacienda de todos los que habían sido ministros desde 1592, con información de la que poseían cuando fueron nombrados, y de la que tenían o habían enajenado después, para que se conociera la que habían aumentado por medios ilícitos, todo bajo gravísimas penas (enero, 1622). Por otro real decreto se mandó que todos los que en adelante fueran nombrados virreyes, consejeros, gobernadores, regentes, alcaldes de casa y corte, fiscales, o para otros cualesquiera empleos de hacienda o de justicia, antes de tomar los títulos hubieran de hacer un inventario auténtico y jurado ante las justicias de todo lo que poseían al tiempo que entraban a servir, los cuales habían de renovar cada vez que fueran promovidos a otros oficios o cargos mayores, cuya manifestación se había de repetir cuando cesaban en ellos. Una pragmática ordenando las precauciones que se habían de tomar, y las penas en que se había de incurrir, para que no se ocultaran los bienes y haciendas «en confianzas simuladas» (en Aranjuez, a 8 de mayo), completaba el sistema de investigación que se había propuesto para restablecer la moralidad en los altos funcionarios del Estado.”

Y es que la moralidad de aquellos momentos dejaba mucho que desear; “En la Corte los nobles se acuchillaban por motivos fútiles; y aun sus mujeres, las más altas, se conducían con igual violencia: el Padre Sebastián González nos cuenta, por ejemplo, que yendo la Marquesa de Leganés en su coche por la Casa de Campo la seguía el del almirante de Castilla, el cual iba, en disposición poco decente, con dos damas, y llevaba, por eso, bajadas las cortinas. Pidió la de Leganés al cochero del almirante que fuese por otro camino; el cochero, por mandato de su amo, no obedeció a la Marquesa, y entonces ésta descerrajó un tiro al desdichado auriga…./… Bandas de malhechores, precursores de los actuales pistoleros, robaban a los transeúntes, y, si se resistían, los mataban. «Las cosas están de forma —escribió Pellicer — que de noche no se puede salir sino muy armado o con mucha compañía.» Y eran, con frecuencia, estos «capeadores» y asesinos los soldados de las levas, como los que fueron a Cataluña en 1642, que tuvieron, a su paso por Madrid, aterrado al vecindario: «No hay —decía el mismo Pellicer— ni qué comer, porque de miedo no vienen provisiones a la corte»435. Los estudiantes, en Salamanca o en Alcalá, en perpetua gresca, imitaban en sus desafueros a los cortesanos. Y a la violencia se unía la venalidad y corrupción de los administradores públicos, contra los que, no del todo vanamente, luchó Don Gaspar de Guzmán. ”

Pero también usó otras ardides. Sin ir más lejos, fue al parecer, más que sospechoso en el asesinato de Juan de Tarsis, conde de Villamediana, hombre de pluma fácil que gustaba de criticar al conde-duque.

“La corrupción fue de las clases altas, las directoras y, por lo tanto, las ejemplares. La grandeza regalada por el hado y conquistada por el esfuerzo de cada día transformó «a los caballeros cristianos en señores, y en señoritos después»”

Sin embargo, en medio de esta corrupción generalizada de la nobleza y en compensación de la miseria popular, el prestigio estaba mantenido por un ejército que no conocía derrotas y España, ante el mundo“era una Corte fastuosa y llena de ingenio, adornada de las cabezas insignes de Lope, Calderón, Velázquez y Quevedo, tocadas, aún en vida, de la inmortalidad.”  Era lo que la actuación primera en el reinado de Felipe III parecía que se iba a combatir.

Toda esa ficción era la envidia de una Europa que intentaba sobrevivir empujada por unas nuevas ideas que nada tenían que ver con su historia; el protestantismo y los movimientos por él generados estaban pisando con fuerza con el objetivo de liberarse de los principios mantenidos en exclusiva por el Imperio español. En Europa, en los siglos XVI y XVII, “los españoles pisaron fuerte, a veces, demasiado fuerte, por todos los caminos europeos: trocaron la admiración por el orgullo, rezumaron soberbia y cada día se sintieron más dueños de sí mismos y más capaces de dictar a Europa las normas y directrices, de su vida espiritual. Y los europeos de más allá de las fronteras de España tascaron el freno con rabia, soportaron la superioridad española con saña, acumularon tesoros de resentimiento ante nuestra hegemonía y nos odiaron tanto como nos temieron, nos combatieron con astucias, injurias, calumnias y traiciones y se resistieron a admirar las creaciones de nuestra mente y de nuestro ingenio.”  Pero el enemigo ya estaba dentro.

Ya llevaban más de medio siglo enfrascados en una guerra sucia a la que España, más atenta al honor que a los resultados (y sus dirigentes más atentos a sus bolsillos), hacía caso omiso: la leyenda negra, creada y divulgada profusamente por sus enemigos, gracias al uso magistral de un elemento que antes no existía: la imprenta.

Con ella, novelistas mediocres difundían por doquier mentiras que presentaban como historia sobre el ser y actuar de los españoles; lanzaban injurias increíbles sobre la actuación de la Inquisición y sobre la conquista de América; hechos infames que aplicaban a España, que la caballerosidad española no podía entender ni por supuesto se planteaba contrarrestar por los mismos medios, que consideraba viles, y que en definitiva lo único que hacían era adjudicar a España las actuaciones llevadas a cabo por ellos mismos.

La crisis económica que agobiaba a España llevó al conde duque a buscar dinero en empréstitos de banqueros judíos portugueses, mediante la implantación de nuevas contribuciones y aún así, o gracias a ello, se llegó al extremo de la bancarrota del estado. Para procurar mantener el control de la economía nacional, el conde duque intentó la creación de un banco nacional, pero ninguna estratagema surtió efecto, ya que España sufrió la dura recesión económica que afectó a toda Europa.

El estado pagaba con promesas, con títulos, y “los banqueros se inquietaban, cansados de que les persuadieran para recibir juros en lugar de dinero en efectivo, y aumentaban constantemente la tasa de interés.”

Buscando fuentes de financiación que se prometían poco lesivas, don Gaspar se lanzó a poner en producción la minería explotada por el Imperio Romano, a lo que la sátira de Quevedo no quedó callada: “¡Qué morrillos no disparó como un trabuco, cuando vio tratar de descubrir minas! No sé si después que se formó la Junta sobre esto está más bien con el arbitrio, pero antes decía: «El intento más descubrirá necesidad que oro; tan gran monarquía no ha de mendigar el polvo de los ríos y examinar la menudencia de las arenas.» De segunda pedrada decía vuestra Excelencia que Tajo, Duero, Miño y Segre tienen oro en los poetas, como los cabellos de las mujeres, y que el que se halla es a propósito para hablillas, no para socorros; que no se había de admitir que diferentes vagamundos anduviesen sofaldando cerros.”

Sin embargo, a pesar de la terrible crisis, “entre 1618 y 1640, en un período de pavorosas dificultades financieras, España destinó fondos sustanciales a la guerra en Alemania.”

La única solución para tantas dificultades la encontró en la devaluación de la moneda. “En los primeros cinco años de su reinado lanzaronse emisiones enormes de vellón, cuyo valor estuvo, en adelante, sometido a las oscilaciones más bruscas y descabelladas. En 1628, el valor del vellón fue reducido al 50 por 100. En 1638 se ordenó la reestampación del vellón al triple de su tarifa en las Casas de la Moneda. En 1641, a consecuencia de las revoluciones de Portugal y Cataluña, se hizo una nueva reestampación al doble de su valor. Pero al año siguiente, 1642, el Gobierno tuvo que hacer una deflación, rebajando el valor de las piezas de 12 y 8 maravedíes a 2 maravedíes; las de 6 y 4 maravedíes, a 1 maravedí, y las de 1, a medio maravedí (o «blanca»).”

Pero si tomó medidas para controlar los excesos que habían hecho otros, por su parte realizó dispendios que, como poco, podían ponerse a la altura de lo que estaba castigando. No es asunto menor la construcción del palacio del Buen Retiro en unos momentos en que la crisis económica estaba acogotando el estado, ni las fiestas y saraos que gustaba organizar por los más fútiles motivos. “Uno de los espectáculos de recreo que más en boga se pusieron en este reinado, además de las cañas y toros, y de los bailes y mascaradas, y otras mojigangas y farsas, fueron las comedias, que casi proscritas en los anteriores reinados, se hicieron en éste la diversión favorita del rey, de la corte y del pueblo. Así es que prosperó el arte de una manera maravillosa, dedicándose a la composición dramática los caballeros principales, y aún se sabe que el rey mismo hizo sus ensayos de autor.
Representabanse comedias, no sólo en los coliseos, que llamaban entonces corrales, no sólo en palacio y en las casas de los grandes, sino en las calles y en las plazas, y hasta en los conventos, bajo la forma de autos sacramentales. Los caballeros cortesanos, sin exceptuar al mismo rey don Felipe, solían encontrarse en los aposentos de los cómicos y en amistosa familiaridad con ellos.
Partía el ejemplo del rey; y de estos tratos familiares y desdorosos del monarca español con una de las cómicas más aplaudidas, llamada María Calderón, resultó venir al mundo el hijo bastardo del rey, a quien como al ilustre bastardo de Carlos V, se puso el nombre de don Juan de Austria.”

Y es que, por encima de las necesidades nacionales, parecía el conde duque la mixtificación del ególatra. “El ansia de mandar y de grandeza adquirió en él formas delirantes, a veces de extravagante aparato, a veces trágicas. Entre las primeras citaremos la solemnidad de que rodeaba a su persona, cuando aparecía en público, en contraste con la austeridad de su vida privada. Durante su estancia en Zaragoza, en 1642, salía, por ejemplo, «dos veces al día a pasear por la ciudad y por el campo, acompañado de doce coches y de cuatrocientos hombres armados, unos a pie y otros a caballo»”

Mixtificación que no se quedaba en los alardes de fiestas, suntuosos palacios y estrambóticos paseos. Aprovechaba cualquier circunstancia, como en el caso del sitio de Fuenterrabía, que finalmente, y gracias sobre todo a la actuación de su población, y a pesar de la lenta actuación de la administración, resultó una sonada victoria sobre el invasor francés, para acumular títulos y triunfos. Fue el de Fuenterrabía, al cabo, su último gran lucimiento; el apogeo de su poder, siendo que, a partir de este acontecimiento, sucedido en 1638, comenzaría su ruina… y la de España.

El conde-duque hizo que se le concediese a él y a sus sucesores, la entrega anual de una copa de oro por haber evitado el levantamiento de Portugal. Junto a este decreto, le fue concedida una renta de 2000 ducados, 1000 vasallos en Sevilla, equivalente a 50.000 ducados; la alcaidía de Fuenterrabía, con 300.000 maravedis de sueldo, la tesorería general de la corona de Aragón.

Estos excesos, que llamaban la atención por la actuación tenida con los administradores del reinado anterior provocaban gran malestar en el pueblo que respondía con coplillas y poemas. Pero el valido, no dudaba en cortar tales atrevimientos. Como respuesta a un poema de Quevedo, fue éste tomado preso en 1639, y confinado, según relata el mismo, a una celda insalubre. Mientras, el pueblo llamaba a Felipe IV “el hoyo”, que se hace más grande cuanta más tierra le quitan.

Pocos historiadores tratan con cariño la figura del conde duque, a la que sin embargo no le niegan prendas: “varón de ánimo constante, de gran resolución, de notable injenio”, que son oscurecidas, tras una breve coma indicando que  eran “prendas que oscurecían ser nada señor de sí, poseido de una extraña ambicion, vengativo á veces, pocas generoso y soberbio siempre, no pensaba con maduro exámen las cosas. Emprendia las mas árduas sin considerar cuales serian sus resultas, y las dejaba de todo punto al arbitrio de la ciega fortuna. Ni cuidaba de ganar amigos, ni de servir á buenos…/… para los que murmuraban de él no tenia el disimulo por castigo…/… belicoso, siempre estaba atento a las materias del estado…/… ”

Pero su contemporáneo Quevedo le lanzaba dardos: “¿Ves quién eres, que sólo condenas lo que se hace y siempre alabas lo que se deja de hacer? Eres las viruelas de los que pueden, mal que da a todos, y de que ninguno se escapa, y de que muchos no escapan.”

Don Gaspar empezó con buen pie, cierto, tomando medidas ejemplares contra los personajes corruptos del reinado de Felipe III, pero muchos de quienes le apoyaban acabaron siendo pertinaces enemigos. El motivo menor de estas enemistades no era echar las culpas del desbarajuste a terceros que poco o nada podían hacer dado el control férreo del conde duque; así, personajes como Quevedo, que había estado en la nómina del valido, acabó siendo un feroz enemigo que pagó con cárcel lóbrega sus ocurrencias, que le llevaron a escribir: “Tratóse de entretener más tiempo el oro y la plata en estos reinos, viendo cuán breve pasadizo han fabricado en los cuartillos los extranjeros para su extracción. Tratóse de la mortificación de los cuartos y tiraste piedras. Dime, Esconde la Mano: ¿qué tiraste contra quien, con subir los cuartos, puso el oro y la plata en cobre, pues hoy haces tales extremos contra quien, con bajar los cuartos, los ha puesto en cobro?”

Y es que la situación económica era crítica; no había fondos suficientes para atender todos los frentes que estaba atendiendo el ejército español, en Flandes, en Italia, en Alemania… “Los genoveses habían previsto el colapso, que se produjo en los últimos días de enero de 1627, cuando la corona, ante la imposibilidad de adelantar nuevos ingresos, se declaró en bancarrota, suspendió el pago de sus deudas y compensó a los acreedores con juros.”

Mientras, el Conde Duque daba oídos a quienes le prometían fabricar plata con materiales viles; “un pobre estudiante holandés estuvo tratando, bajo los auspicios oficiales, de convertir en plata pura una mezcla de plata y cobre; fracasó como es natural, y acabó con sus huesos en la cárcel. Más listo fue otro extranjero al que se concedió también laboratorio para sus experiencias en el mismo Buen Retiro, que aseguraba obtener la plata «de cosas muy viles». Como la transformación no iba por buen camino, huyó una noche con los 2.000 ducados que había pedido como material de ensayos.”

 De estas genialidades se burlaba el pueblo, y en particular, Quevedo, quién llegó a escribir: “Sentiría mucho que tan grave personaje se corriese de que le llamo merced: ya sé que a ratos es casi Excelencia, a ratos Señoría y a ratos vos; todo esto, batido a rata por cantidad, le viene de molde una merced muy reverenda, que también sabe vestirse deste título. Demonio es el señor Pedrisco de Rebozo, Granizo con Máscara, que no quiere ser conocido por quien es, sino por honda, que ya tira chinas, ya ripio, ya guijarros, y esconde la mano, y es conde y marqués, y duque, y tú, y vos y vuestra merced.”

Pero Quevedo no fue siempre enemigo de don Gaspar, de quién obtuvo reconocimiento y ayuda. “Las relaciones entre el poeta y el Privado continuaban en 1633, siendo cordialísimas, como lo demuestra la carta (CXXIX-A) que Quevedo escribe a la mujer de Olivares, en la que humorísticamente, y denotando gran confianza con la Condesa, pinta el modelo ideal de la mujer que quisiera para sí.”

Pero seis años después, en 1639, Quevedo es puesto preso, supuestamente por haber hecho llegar “al Rey uno de los muchos papeles acusatorios en verso que escribió y circularon por entonces. Se dice también que logró poner el papel en la mesa del Rey, entre dos platos o envuelto en una servilleta, con la complicidad de los criados enemigos del Privado que en Palacio había.”

Todas estas actuaciones, si no fueron las causantes del desastre de 1640 fueron, cuando menos, argumentos para justificarlas. ¿Podían haber tenido otro resultado los levantamientos de Portugal y de Cataluña? Con toda seguridad. ¿Fue responsable directo del mal resultado el conde duque? Personalmente creo que sí, porque si por una parte se hace necesario mantenerse firme a la hora de imponer una actuación como era la Unión de Armas, siempre hay campo para negociar, y del mismo modo que en la revuelta comunera Carlos I cedió en aspectos que nunca debió defender, supo apearse de los mismos y usar de esa renuncia contra sus enemigos, al tiempo que mantenía los principios que justificaban su lucha y la de España… Y hasta llegó a perder terreno en la lucha contra los nobles, cuestión de peor defensa.

Gaspar de Guzmán, por el contrario, no supo trabajar a su favor eliminando los excesos que llevaba la imposición de la Unión de Armas. Si es cierto que la Unión de Armas posibilitaba la equidad entre todos los reinos, también es cierto que las exigencias hechas a Cataluña estaban infladas, y un buen acto político hubiese pasado, sencillamente, por desinflarlas y dejarlas en su justa medida. Podría argüirse que la aportación exigida a Cataluña estaba justificada por el ataque que en esos momentos estaba sufriendo por parte de Francia en su propio territorio, pero esa es una cuestión que ni tan siquiera llegó a plantearse. La Generalidad negaba la mayor, y el orgullo del conde duque le impidió tan siquiera pensar en ello.

La cerrazón de mente del valido fue letal, ya que “durante el año 1640 y los primeros meses de 1641 ya habían existido diversas oportunidades para un acuerdo. Especialmente intensos habían sido los intentos de mediación del papa Urbano VIII y del nuncio apostólico monseñor Fachinetti…/… Según opinaba a comienzos de septiembre de 1641 el embajador toscano Octavio Pucci, hasta aquella fecha Olivares había tenido varias ocasiones de llegar a un acuerdo ventajoso que salvase la reputación del rey, pero sus anhelos de quedar como un vencedor indiscutible del desafio lanzado por los catalanes había hecho que ninguna de esas oportunidades prosperase”

Tras la pantomima llevada a cabo con la intervención de Felipe III en la campaña de Cataluña, que terminó antes de empezar, con una serie de fiestas sin fin en Zaragoza, el Conde Duque de Olivares fue destituido el 17 de enero de 1643. A finales de año sería sustituido por Luis Méndez de Haro, sobrino del conde duque, mientras el ejército y la administración se deshacían como un azucarillo, y mientras por el camino de Santiago entraban tropas francesas disfrazadas de peregrinos destinadas a Portugal.  Veintidos años detentó el valimiento Olivares, y a los pocos meses de ser destituido, fallecería.

En su descargo, el propio valido escribió una obra, el “Nicandro”, donde Gaspar de Guzmán se defiende de todas las acusaciones de las que fue objeto: de hereje, basándose en que impidió la boda de la Infanta María con el rey de Inglaterra y otros hechos; de haber apartado al rey de relaciones beneficiosas; del encarcelamiento de los duques de Uceda y de Osuna, de haber roto las treguas con Holanda, achacando tales hechos a Baltasar de Zúñiga; de la guerra de Cataluña, descargando sobre el Marqués de los Vélez y sobre la cobardía del ejército; de la separación de Portugal culpa a Felipe II; de los dispendios económicos culpa a las necesidades del ejército; de las pérdidas de las flotas culpa a los vientos; de los sueldos a sus amigos, culpa a la maledicencia; de la riqueza de los ministros dice que debía ser acorde a la inmensa monarquía; del malestar de los grandes de España prefiere no hablar; de la venta de cargos se defendía diciendo que así servían mejor a la monarquía; de haber mentido al rey se defiende diciendo que si tal hubiese hecho sería que el rey era tonto; de la gran cantidad de mercedes recibidas, las compara con las que recibió Richelieu, que fueron mucho mayores; a la acusación de lujo responde que otros lo manifestaban más; manifiesta que facilitó fondos al estado 760.000 ducados y mucho más; de los gastos ocasionados por la construcción del Buen Retiro, dice que no era para él, sino para el rey; de no haber socorrido la plaza de Maastricht acusa al ejército porque los oficiales estaban divertidos en el juego; sobre los asesinatos que se le imputaban dice que sólo castigó a los culpables, y que si se morían de aprensión no era su culpa; sobre que quitaba la libertad de voto arguye que el ingenio superior del conde, con sus razones y experiencia, reducía a todos a su parecer; frente a la comparación con Richelieu, se defiende diciendo que si como hizo Richelieu, España hubiese prescindido de proteger a la religión por encima de todo, se habría tenido otro resultado; de los sucesos de Cataluña se defiende diciendo que unos reinos no sirven a la Monarquía en igual medida que los otros, y esta injusticia es la que trató de corregir; a la demanda de que se elijan ministros queridos por el pueblo responde que al pueblo le da igual quién gobierne mientras le de pan.

Personalmente tengo que decir que la figura del conde duque me resulta ambivalente. Creo que pudo ser un buen consejero y se convirtió en un mal gobernante. Para la mayoría es sencillamente lo segundo, pero hay quién se queda con la parte positiva. “El Conde-Duque, víctima de su error capital, el cronológico, era un quijote que llegó con un siglo de retraso a la gobernación de España. Cuando dice Cánovas que Olivares sentía los problemas de España como Carlos V, tiene razón. Pero querer gobernar como Carlos V, con la España de Felipe IV, era imperdonable locura.”

“En julio de 1645, moría Don Gaspar en Toro, aplastado por su propia caída. Ya en el destierro supo la gran desgracia, definitiva, de nuestras armas en Rocroy. La pérdida de Portugal tuvo la suerte de no presenciarla en este mundo.”













































LA GUERRA DE LOS SEGADORES

CATALUÑA ANTES DE LA GUERRA DE LOS SEGADORES


El origen de la Guerra de los Segadores, si tuvo un  momento determinado por la sublevación iniciada en Santa Coloma de Farners como consecuencia de los conflictos entre las tropas allí residentes y la población civil, tiene sus inicios, principalmente en la estricta aplicación de unos derechos que, por distintos motivos no habían sabido armonizarse con las necesidades de cada momento. Unos derechos que, al ser concebidos aparte de todo, conllevaban que sus beneficiarios pudiesen reclamar la defensa de terceros, en este caso las tropas mal llamadas “castellanas”, ya que eran las tropas del Imperio, compuestas por soldados de los confines del mismo, y sin embargo no se atendía el hecho necesario del hospedaje de esas mismas tropas, que necesariamente debían hacer uso de las viviendas de los naturales, como era costumbre en todos los ejércitos.

“Las primeras cortes del rey Felipe III, celebradas el año 1599, a pesar de que se suavizaron un poco las fricciones, comenzaron a delimitar claramente dos bandos enfrentados: por una parte tenemos al rey, al Consejo de Aragón, el virrey y la Audiencia, y de otra los brazos de las Cortes, la Diputación del General y el Consejo de Ciento de Barcelona, cada uno  con sus planteamientos antagónicos, que se manifiestan de forma más o menos evidente durante el primer tercio del siglo XVII.”

Esta situación, que había sido capeada en etapas anteriores, se encontraría en un momento de extremada tensión donde se precisaba la actuación de una mente privilegiada que no existía en esos momentos.

Pero no era sólo la falta de la mente privilegiada, que en 1621, a la muerte de Felipe III, parecía que venía primero de la mano de Baltasar de Zúñiga y año y medio después, a la muerte de éste, de su sobrino Gaspar de Guzmán, Tercer conde de Olivares.

Y no era sólo la falta de la mente privilegiada que nunca surgió, sino la situación de anarquía que se vivía en Cataluña. “Durante el virreinato del marqués de Almazán (1611-1615), la crisis en Cataluña alcanzó su punto máximo. El bandolerismo se había enseñoreado totalmente del campo. Los bandidos tenían sus protectores, especialmente entre la nobleza rural, que cobraba una comisión por sus servicios. También tenían sus enemigos, las bandas rivales, y en cuanto a los neutrales eran sobornados o aterrorizados para que se mantuvieran en silencio. En algunas zonas de Cataluña existía un régimen de corte mafioso, sostenido por la violencia y la extorsión.”

Se hacía necesaria una actuación valiente que nunca se produjo de manera acertada. El conde de Olivares tenía buenas ideas al respecto, y en el memorando que envió al rey Felipe IV exponiendo las medidas necesarias para imponer el orden le manifestaba que era necesario unificar todas las leyes de los reinos, en su idea supeditándolas a las leyes de Castilla, y haciendo que todos los territorios tuviesen los mismos derechos… Y los mismos deberes en lo tocante a impuestos y a la obligación de acudir a la guerra cuando la necesidad lo requiriese.

Pero esta era una cuestión a la que las oligarquías del reino de Aragón, y en concreto las de Cataluña, se oponían acogiéndose a derechos que por momentos, y atendiendo a la realidad cotidiana se mostraban obsoletos.

“En Aragón y Cataluña, la mayor parte de los impuestos sobre los productos estaban en manos de las ciudades o de propietarios individuales y, aunque la corona tenía derecho a un quinto de esos ingresos todos los años, en muchos casos había permitido que ese derecho cayera en desuso. La administración local de Felipe III comenzó a reclamar el quinto de la corona y a aquellas ciudades que no podían exhibir la prueba de inmunidad legal se les obligó gradualmente a pagar, aunque esa medida suscitó una gran oposición. La campaña en torno al quinto fue particularmente intensa en Cataluña y, cuando llegó a Barcelona, la ciudad se negó tajantemente a pagar. La negativa fue acompañada de la invocación habitual a las libertades catalanas, invocación que habría resultado más convincente si la oligarquía local hubiera administrado con honestidad los importantes ingresos de Barcelona. En cualquier caso, nada más lejos de la intención del gobierno de Felipe III que iniciar un cambio constitucional.”

Pero si los gobiernos de Felipe III encontraron obstáculos insalvables, Felipe IV, y más exactamente Gaspar de Guzmán, entendía que él podría salvarlos todos con motivo de una necesidad nacional incuestionable: la guerra de los Treinta Años, en la que España estaba involucrada, y donde uno de los enemigos no era otro que el reino de Francia, que desde siempre había apetecido apoderarse del Rosellón.

Desde 1632 se observaba cómo los franceses fortificaban Leucata, situada a poca distancia de Narbona y de Perpiñan, al tiempo que la inmigración francesa iba asentándose en el Rosellón. Por ese motivo se procedió a reforzar Salces. Poco después Francia declararía la guerra a España.

En el memorando que presentó Olivares a la toma del poder, señaló a Felipe IV que “Los tres reinos de la corona de Aragón llego a considerar por casi iguales entre sí en costumbres y fueros, así en el modo de gobernarse, en la grandeza de sus términos, en la condición de sus vasallos y también en la nobleza. No estoy advertido del número de los títulos que hay en cada uno de los tres reinos, ni es necesario: sé solamente que son cuatro los Grandes: de Cataluña, el Duque de Segorve y de Cardona; en Valencia, el Duque de Gandía; en Aragón, los Duques de Híjar y el de Villahermosa. Los valencianos, hasta ahora, son tenidos por los más molestos en sus fueros, por no habérseles ofrecido lanzas, como a los de Cataluña y Aragón.”

En el mismo memorando señalaba la necesidad de crear lo que denominaba Unión de Armas, proyecto por el que se debía crear un ejército de unos 150.000 hombres y enfrentarse con garantía a las potencias rivales de España en Europa, en enfrentamientos que en esos momentos estaban teniendo lugar como consecuencia de lo que acabaría llamándose Guerra de los 30 años. Este ejército, necesariamente, sería sostenido y reclutado por todos los reinos de España, a diferencia de lo que hasta entonces venía ocurriendo, cuando era Castilla quien únicamente había costeado y aportado hombres y dinero a todas las guerras y conflictos de la Corona. Esta fue la chispa definitiva de la rebelión, primero en Cataluña y luego en Portugal.

En 1637, la oposición frontal al proyecto de Olivares “a crear un ejército para su propia defensa llevó a una ignominiosa derrota de las fuerzas españolas participantes en el sitio de Leucata (27 de septiembre).”

El Consejo de Ciento de Barcelona y la Diputación del General se opusieron al envío de las fuerzas necesarias para llevar a buen término la empresa. No obstante, algunas tropas del principado participaron en la misma, pero la actuación no fue la deseada.

El 2 de Septiembre se acometió Leucata, puerta de entrada al Languedoc. Las fuerzas francesas eran grandes y se requirió a diputados y consellers que aportasen defensores, “considerando que seria ignominiosa la tibieza y inesperada la neutralidad y ejemplar de vituperio el no asistirles en ocasión tan fuerte», cuando con tantas armas forasteras y constantes gastos procuraba su Majestad oponerse a todo y defender sus reinos…/… Insistía en que no se emprendió aquella diversión militar por ambiciones territoriales, sino para mejor garantizar la propia defensa. Obligado del afecto a sus compatriotas, recordaba el Duque a los conselleres de Barcelona el compromiso en que la presente ocasión les ponía ante el mundo, puesto que, en sazón tal, se extrañara que sin catalanes se hicieran en su frontera aquellas diligencias para la conservación de la misma provincia, con solo milicias forasteras; por mas que todas las razones parecían holgar, cuando fuerzas enemigas, procedentes de una provincia tan militar y tan superior en número de caballería, avanzaban en nutridas columnas contra el Rosellón.”

De Perpiñán llegaban voces de auxilio a Barcelona solicitando ayuda urgente de hombres para la defensa del territorio que estaba siendo invadido por las tropas francesas.

Finalmente Barcelona organizó una milicia de 500 soldados que no llegó al frente. El mayor contingente lo aportó Gerona: 90 hombres, pero la mayoría de la tropa era bisoña. En vano Perpiñán reclamaba ayuda a Barcelona. Finalmente, “En la tarde del 28 de septiembre, una hora antes de anochecer, “veinte mil soldados franceses y cuatro mil caballos se lanzaron contra nuestras trincheras. Los españoles resistieron heroicamente tres asaltos consecutivos de sus contrarios. El combate —según se consigna en el Mercure françois— fue encarnizado y feroz, con alternativas de triunfos y de retrocesos. Cuando el duque de Halluin se disponía a embestir de nuevo contra el regimiento del Conde Duque, la luna se ocultó, levantóse un fuerte viento que les cegaba con la polvareda y ambos combatientes se vieron precisados a interrumpir la lucha, porque en el desorden de las tinieblas llegaron a acometerse los propios compañeros de armas. Replegáronse los franceses al atrincheramiento recién conquistado y aguardaron las luces del amanecer para consumar su obra. Inquietud superflua. Al romper el alba pudieron comprobar que las empalizadas estaban desiertas. Los españoles habían levantado el cerco, huyendo a la desbandada.”

Acción vergonzosa de cobardía que todos achacaron a la actitud negligente y hasta traidora del Consejo de Ciento y de la Generalidad. Las acciones de guerra de los voluntarios de Gerona, heroicas, contrastaron con la acción cobarde de la Generalidad en Barcelona.

Pero es que gran parte de la nobleza de Cataluña estaba dedicada a otros menesteres; “El bandolerismo, el contrabando, la falsificación de moneda, tales eran las principales ocupaciones de una gran parte de la nobleza catalana. Para esos hombres, los fueros catalanes eran un mecanismo vital de defensa contra la interferencia de los oficiales reales.”

Entre estos bandoleros destaca alguien que jugó un papel importante en la revuelta separatista de 1640: José Margarit y su suegro Eulogio Zudaire, que contaban con la complicidad de varios nobles, como el vizconde de Joc, Juan Sarraiera y Marian Vila.  Un bandolero que acabaría siendo embajador de la causa separatista en la corte francesa, y acabaría siendo nombrado gobernador general de Cataluña por parte de Luis XIII de Francia.

La importancia de los bandoleros llegaba a que el propio conde Santa Coloma, Dalmau de Caralt, familiar del citado Margarit, pidió consejo a éste cuando fue nombrado virrey.

Esta actuación de la nobleza catalana no era nueva ni desconocida en la corte. Ya desde principios del siglo XVII se adoptaron en Cataluña medidas tendentes a controlar los abusos de la nobleza, principal instigadora del bandolerismo.

Se tomaron medidas en cuanto al uso de los “pedreñales”, de uso muy común por parte de los bandoleros, pero estas medidas propiciaron una actuación que dejaba a gran parte de la nobleza en entredicho. “En el proceso de restablecimiento de la ley y el orden en el principado, la corona y sus representantes se habían enajenado a dos grupos, la aristocracia rural, que presentó como un agravio la prohibición respecto a las armas de fuego y la destrucción de los castillos, y las oligarquías urbanas, que se oponían al pago del «quinto». Sin embargo, estos grupos no tenían ninguna política para la salvación de Cataluña.”

Lo que quedó claro en Leucata era el interés particular de la aristocracia catalana, más atenta a la reclamación de los derechos de los “usatges” que al cumplimiento de las obligaciones derivadas de los mismos.

La Monarquía, por el contrario, se encontraba doblemente acosada; por una parte tenía la obligación de defender las fronteras del Rosellón, que estaban siendo atacadas, y por otra parte no recibía apoyo de quién más directamente estaba siendo afectado, siendo que, además de no aportar efectivos, pretendía que quienes luchaban lo hiciesen sin provocar ninguna molestia. Difícil posición que merecía mejores árbitros de los que existieron. Lamentablemente ya no estaba Felipe II.

“El conde de Cerbellón, en cartas del 3, 5 y 22 de septiembre, notificaba al duque de Cardona que el francés prevenia 15.000 infantes y 2.000 caballos y le apremiaba a organizar con las gentes del Principado y Condados milicias que respaldaran la
Facción y defendieran los otros puestos fronterizos. El Virrey, haciéndose eco de sus llamadas, suplico ahincadamente a los diputados y conselleres que procurasen la defensa de aquellos condados tan vivamente, que se conociera su vigilancia y atención considerando que sería ignominiosa la tibieza y inesperada la neutralidad y ejemplar de vituperio el no asistirles en ocasión tan fuerte”cuando con tantas armas forasteras y constantes gastos procuraba su Majestad oponerse a todo y defender sus reinos.”

Pero el Consejo de Ciento permanecía sordo, atento sólo al medro de sus componentes.

“Cuando el 14 de mayo de 1637 convocó el duque de Segorbe y Cardona a los consellers para consultar con ellos y con los diputados los medios de defensa contra las continuas provocaciones del francés (como la reciente de invadir Cerdeña), todos a una se ratificaron, y con ellos, posteriormente, los jurados del Consejo de Ciento, en el mismo deseo, celo y cuidado que tuvo y tiene la ciudad de Barcelona por la defensa del Principado por considerar que ante todo se acude con ello al servicio del Rey…/… (pero a la hora de la verdad) declararon los diputados que, salva su real clemencia, no podía el Soberano valerse de aquella constitución, cuando, como entonces, se hallaba ausente del principado de Cataluña”.

“Las operaciones militares se vieron seriamente dificultadas por las constantes disputas respecto al reclutamiento y al pago de las tropas en el principado y por las recriminaciones mutuas sobre las acusaciones castellanas de que las tropas catalanas protagonizaban una deserción a gran escala. La ineptitud militar aumentó aún más la confusión y Salces, después de haber sido perdido de forma infantil, fue recuperado de manera extraña, con un elevado coste en vidas catalanas. Sin embargo, lo cierto es que a consecuencia de esta campaña Cataluña había sido obligada a reclutar tropas, estas habían acudido al frente y un ejército real de 9.000 hombres permaneció acantonado en Cataluña durante el invierno como preparativo para la campaña de primavera de 1640. Inevitablemente, el ejército infringió las constituciones, que definían las obligaciones de los catalanes de otorgar alojamiento de tal forma que resultaban insuficientes para el mantenimiento mínimo de las tropas. A su vez, esto afectaba al comportamiento de la soldadesca, cuyos excesos no podía impedir el débil virrey Santa Coloma ni podían ser tolerados por los exasperados catalanes.”

La Diputación, que supuestamente era el guardián de los fueros y el representante del pueblo catalán, era en realidad una oligarquía corrupta que sólo servía a los intereses del sector aristocrático. “La Diputació era el centro de un movimiento antigubernamental protagonizado por nobles descontentos. Era también un poder financiero con el que había que contar, pues sus ingresos eran cuatro veces superiores a los de la administración real en Cataluña, y no era en modo alguno un secreto que sus miembros se llenaban los bolsillos con el importe de los impuestos que supuestamente administraban.”

La actitud de la Monarquía pretendía ser contundente, pero se limitaba a exabruptos sin consecuencia; así se emitió una  orden del rey al respecto que no sería cumplida en el sentido de que: “En el caso que halléis en los funcionarios resistencia o tibieza en ejecutar mis órdenes, es mi intención que procedáis contra los que no os ayuden en una ocasión en que se trata de mi mayor servicio... Haced prender, si os parece, algunos de esos funcionarios, quitadles la administración de los caudales públicos, que se emplearán en las necesidades del ejército y confiscadles los bienes a dos o tres de los más culpables, a fin de aterrorizar la provincia. Bueno será que haya algún castigo ejemplar.”

Olivares, exasperado por la situación, expresó “Que se ha de mirar si la constitución dijo esto, o aquello, y el usaje, cuando se trata de la suprema ley, que es la propia conservación de la provincia ... Los catalanes han menester ver más mundo que Cataluña.»115 Ordenó que se tomaran medidas más firmes respecto al alojamiento y al pago de las tropas en Cataluña, así como para un nuevo reclutamiento. Un miembro de la Diputació y dos miembros del consejo de la ciudad de Barcelona fueron encarcelados y se hicieron preparativos para implicar a Cataluña inevitablemente en la campaña de 1640. No había malicia alguna en la política del conde-duque, que lejos de intentar provocar la rebelión de los catalanes, creía que eran leales.”

A principios de 1639 las cortes catalanas nuevamente se negaron a facilitar 16.000 soldados y 250.000 libras que reclamaba Olivares para defender el territorio catalán. Para suplir esta colaboración debieron acudir soldados de los reinos de Castilla, Portugal, Aragón y Nápoles, más soldados valones e irlandeses, que debían ser alojados en las viviendas particulares conforme a la costumbre.

Esta situación exasperaba a los combatientes que debían acudir a solventar la papeleta, que se encontraban enemigos donde supuestamente debían encontrar aliados. “Los coroneles Moles y Arce, que con sus tercios se acercaron al Rosellón para estar más seguros, permitieron a sus soldados saquear los pueblos por donde pasaban, y vengabanse de los ultrajes que habían recibido consintiendo o disimulando que su gente apuñalara o ahorcara los paisanos que cogía. Con esto las armas del rey acababan de hacerse odiosas, y la irritación del paisanaje no conocía ya medida.”

“En las poblaciones subalternas los curas y frailes desde los púlpitos en acalorados sermones y so pretexto de celo por la religión y por la gloria de Dios, no cesaban de instigar y excitar al pueblo a que no permitiera la violación de sus fueros y libertades, convirtiendo así la cátedra del Espíritu Santo en tribuna de revolución. Agregóse a esto que el obispo de Gerona, indignado de los escándalos cometidos por los soldados de los tercios de Arce y Moles, excomulgó aquellos regimientos tratándolos como herejes. Hecha así la causa popular causa de religión, ya no sólo la gente inquieta y revoltosa sino hasta la más pacífica y menos acalorada se creyó en el caso de vengar en las tropas reales la religión ultrajada; a tal punto que levantaron pendones negros en señal de tristeza, llevando en ellos pintada la imagen del Crucificado, con inscripciones y alegorías alusivas a los sucesos y a la situación de Cataluña. No fueron mejor acogidas en Perpiñán las tropas que en medio de mil trabajos y peligros lograron pasar al Rosellón con objeto de emprender allí la segunda campaña contra los franceses. Negóse la ciudad a darles ni alojamientos ni cuarteles, alegando sus privilegios y fueros. Inútiles fueron, primero las razones y después las amenazas del general marqués de Xeli y del gobernador del castillo don Martín de los Arcos. Obstinados los habitantes, cerraronles las puertas y se presentaron a resistirles en el caso de ser acometidos.”

Por supuesto, nada de esto pasaba desapercibido al cardenal Richelieu, que contaba con valiosos generales, entre ellos Luis de Borbón, príncipe de Condé, que había sido derrotado en Fuenterrabía y posteriormente, con el conflicto de la Fronda pasaría al servicio de España. Mientras tanto, “interesado el príncipe de Condé en vengar el infortunio y lavar la afrenta recibida en septiembre de 1638 delante de Fuenterrabía, encargado, como dijimos, por Richelieu de invadir el Rosellón, aprestóse a ello con cuantas fuerzas las atenciones de otras partes permitieron a la corte de Francia suministrarle. En vano el conde de Santa Coloma, virrey y capitán general de Cataluña, observando los movimientos de los franceses, avisaba de ellos y pedía que se abastecieran y guarnecieran convenientemente las plazas del Principado y del Rosellón, de las cuales algunas, como Salces, se hallaban defendidas por poca gente y bisoña, mandada por un gobernador achacoso y anciano. El conde-duque de Olivares, o por indolencia, o por antiguo resentimiento de los catalanes, no hizo gran cuenta de los avisos de Santa Coloma. Así, apenas el ejército francés se puso en marcha desde Narbona (mayo, 1639), los españoles abandonaban los fortines y se retiraban a Perpiñán.”

Sea como fuere, la verdad es que la derrota de Leucata y Salces acabó significando la pérdida de Perpiñán, pero lo que más se temía en Barcelona, con Pau Claris a la cabeza, era que, según rumores, “se intentaba castigar a los caballeros que hubieran faltado a su obligación, despojándoles de los bienes y mercedes que gozaban de la Corona y agraciando con ellos a los que cumplieron con su deber, debieron de influir sin duda en la actuación sucesiva del Brazo Militar y de los diputados de la Generalidad, que comenzaron por manifestar su desazón con sendos memoriales al Rey, cargados de resentimiento, de invectivas contra los ejércitos de naciones, es decir, no catalanes, y de rudos acentos de protesta por lo que unos y otros creyeron infracción constitucional en la llamada a las armas.”

Los conflictos comenzaron a menudear; el 30 de abril de 1640, en los alrededores de Gerona fueron acometidos los regimientos de castellanos y napolitanos que iban al frente de Francia; “cuando las tropas respondieron arrasando hasta la última piedra de la alborotadora villa de Santa Coloma de Farners (14 de mayo), provocaron un levantamiento general.”  “de villanos y labradores que desde las comarcas de Gerona se extendió hacia el Ampurdán, hacia el Vallés y hacia Osona y el Ripollés.”
Cuentan los historiadores nacionalistas que“los soldados mercenarios de origen y lenguas diversas eran un continuo foco de problemas…/… El problema de los alojamientos militares arranca de mucho antes del inicio de la Guerra de los Segadores, a que tenemos constancia, a partir de los Dietarios de la Generalidad, de problemas a causa de los alojamientos el mes de enero de 1630 en las poblaciones de la Horta y Flix.”

Los políticos, por su parte, acosaban al Virrey Santa Coloma, “Habiendosele presentado dos conselleres de la ciudad, y además don Francisco de Tamarit como diputado de la nobleza, a exponerle los agravios que los habitantes del Principado padecían y a pedirle el remedio, a fin de que no sobreviniese una convulsión general, creyó Santa Coloma dar un golpe maestro y acreditar su energía reduciendo a prisión al diputado Tamarit y a los dos magistrados, y dando disposiciones para que por los jueces apostólicos se procediera del mismo modo contra el diputado eclesiástico don Pablo Claris, canónigo de Urgel.”

“Pronto, la rebelión social pasó del campo a la ciudad, donde los estratos urbanos más humildes se unieron al levantamiento, y la protesta campesina llegó a Gerona. La ciudad cerró las puertas al ejército real que, perseguido por los labradores sublevados quería refugiarse. Esta decisión conllevó una noche de pánico a la ciudad, la del 16 al 17 de mayo: los gerundenses fueron a las murallas convocados por las campanas de las iglesias.”

“Mirabanse con odio mortal: por todas partes andaban cuadrillas de forajidos; las autoridades no tenían ya fuerza para contenerlos: aquel estado era insoportable, y no abía quien no presintiera un estallido general: faltaba sólo una ocasión, y no tardó esta en presentarse.”

El asunto se convirtió en rebelión, deshicieron el destacamento militar y marcharon sobre Barcelona, donde entraron el día  22 de  mayo, con la complicidad de las autoridades de la Generalidad, sacaron de la cárcel al diputado Francisco Tamarit, que había sido encarcelado por orden del virrey al haberse manifestado contrario a los alojamientos de la tropa, y provocaron un levantamiento generalizado.
















EL CORPUS DE SANGRE Y LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA GUERRA

Tras los acontecimientos de Santa Coloma de Farners, los segadores se dispersaron “en bandas armadas para «liberar» las otras ciudades del principado, ayudando a los simpatizantes locales a matar y saquear a los funcionarios reales o a los habitantes leales que habían ayudado a aplicar la dura política decretada por Madrid. Fortalecidos por los triunfos locales, el 7 de junio los insurgentes regresaron a Barcelona y asesinaron a todos los ministros reales que pudieron encontrar allí, incluyendo al propio virrey. Después se dedicaron a saquear las propiedades de los ciudadanos ricos de Barcelona, actividad de la que sólo les distrajo cinco días más tarde la necesidad de rechazar a las tropas reales que quedaban aún en la región. Por todo el principado estallaron la violencia y la revolución social, atacando los pobres a los ricos. En todas partes los magistrados, los oligarcas de las ciudades, y los terratenientes de las aldeas fueron asesinados u obligados a buscar escondite, y sus propiedades fueron saqueadas o destruidas.”

El movimiento popular existente estaba especialmente enconado contra los señores de la tierra, pero la oligarquía catalana, que veía en peligro los privilegios tan hábilmente mantenidos durante siglos, aprovechó la concentración de segadores para la consecución de sus fines. Una vez en Barcelona, la habilidad de los políticos supo derivar el “Visca la fe de Christ!", "Visca lo rey d'Espanya, nostre senyor!" y "Visca la terra, muyra lo mal govern!" en un movimiento que nada tenía que ver con esos postulados.

“Acostumbraban a bajar todos los años de las montañas a Barcelona por el mes de junio multitud de segadores en cuadrillas, gente por lo común soez, disoluta y viciosa, temible en los pueblos en que entraba. Habían adelantado algunos este año su venida, que solía ser comúnmente la víspera del Corpus. El virrey hizo presente a la ciudad que no convendría la aglomeración de tales gentes en tales circunstancias; pero los conselleres, que miraban las cosas de muy otra manera y tenían propósitos muy contrarios a los del virrey, contestaronle que cerrar las puertas a aquellos hombres rústicos y sencillos, sería exponer la ciudad a mayor inquietud y turbación, porque era mostrar una desconfianza que ofendería al pueblo. El virrey no se atrevió a insistir. Entraron pues, y se juntaron en Barcelona la mañana del día del Corpus (7 de junio, 1640) de dos a tres mil segadores, muchos de ellos ocultamente armados, que formando primeramente corrillos, discurriendo luego en grupos por calles y plazas, hablando sin disimulo del gobierno del virrey, de la prisión de los diputados y conselleres, y de los excesos de los soldados, y mirando con cierta mofa a los castellanos que encontraban, daban bien a entender lo dispuestos que iban a mover tumulto. Cuando así están preparados los ánimos, una pequeña chispa basta para encender un voraz fuego. Así acontece siempre, y así aconteció ahora. Un segador, hombre facineroso, que se había escapado de manos de la justicia, fue visto por un criado de Monredon y reconocido como uno de los asesinos de su amo; quiso éste prenderle; y armóse entre los dos una refriega de que resultó herido el segador. Acudieron los otros en su auxilio; un tiro disparado al aire por la guardia del palacio del virrey con objeto de dispersar el grupo, fue la señal del combate. A los gritos de ¡venganza! ¡libertad! ¡viva la fe! ¡viva el rey! ¡muera el mal gobierno de Felipe! aquellos hombres desalmados se entregaron como fieras a todo género de excesos, hiriendo y matando a cuantos castellanos encontraban, y eran castellanos para ellos todos los que no eran catalanes.”

Los disturbios se adueñaron de Barcelona, donde una multitud de segadores se dirigió a casa del virrey Santa Coloma, Dalmau III de Queralt. En su marcha saquearon viviendas y persiguieron al conde hasta las Atarazanas donde el virrey Santa Coloma se había escondido para embarcar, pero los revoltosos lo cogieron y lo asesinaron de forma miserable. En la revuelta, conocida como Corpus de Sangre, se produjo una veintena de muertes. “Saqueron las casas de los miembros de la Audiencia, la del lugarteniente y la del maestro racional. La insurrección culminó con el asesinato del lugarteniente general, conde de Santa Coloma y de un miembro de la Audiencia. La revuelta dominó la ciudad de Barcelona durante una semana y acabó por extenderse al campo”  , gracias al activismo llevado en ese sentido por las autoridades municipales barcelonesas.

Acto seguido el principado tomó las armas contra Felipe IV. “La sublevación, con la muerte del virrey, conde de Santa Coloma y la ausencia de los tercios en el principado, originó un vacío de poder que fue cubierto por la Generalidad, que asumió el gobierno en la figura de Pau Claris.”

Los asesinatos se sucedieron en Barcelona y fuera de Barcelona, pasando a ser reo todo aquel que no proclamase la rebelión. En purismo, sólo se hallaban libres los poderosos que se enclaustraban en Barcelona o que no acaudillasen partidas. “Con la muerte del Virrey, Dalmau III conde Queralt y de Codina, la máxima autoridad era el gobernador de Cataluña, Ramón de Calders, que se encontraba en Gerona, pero que también desapareció, como el baile, el veguer y el vice-veguer. El 28 de Mayo los amotinados irrumpieron en los conventos: en San Agustí, en San Pedro de Galligants se produjeron diversos muertos –soldados y funcionarios que se habían refugiado-, y al siguiete día fueron asaltados la prisión y el hospital y mataron a tres soldados napolitanos.”

“El asesinato del virrey fue el punto de inflexión que marcó definitivamente las relaciones entre las autoridades centrales y las rebeldes. “Unas y otras trazaron caminos distintos que las condenaron al enfrentamiento. Ante el anuncio de Olivares de enviar un ejército de 40.000 soldados, la Generalidad optó por la ruptura constitucional, al convocar de manera ilegal una Junta General de Brazos, además de crear una serie de Juntas (Guerra, Hacienda, Justicia), un Tribunal Supremo y un cuerpo de seguridad. Asimismo, se intentó involucrar a Valencia, Aragón y Mallorca, que no respondieron a las peticiones catalanas.”

En parte sucedía lo mismo que había sucedido cincuenta años antes en Zaragoza con la revuelta ocasionada por el secretario de Felipe II, Antonio Pérez. Tampoco en Cataluña resultó un movimiento unitario; tampoco lo secundaron todas las ciudades, y tampoco obtuvieron el apoyo buscado en los otros territorios del Reino de Aragón. Había, no obstante, unas diferencias: la primera y principal, que Felipe IV no era su abuelo Felipe II, y la segunda, y también de suma importancia, que la Bearne y la Francia de 1590 no contaba con un maquiavélico y pujante cardenal Richelieu que ahora controlaba con arte sus actuaciones en la Guerra de los Treinta Años, en cuyo marco se desarrollan todos estos acontecimientos.

Se había producido una clara ruptura que había sido buscada por la oligarquía local. “Previos al Corpus y a esa ruptura institucional, el presidente de la Generalidad (Pau Claris) y su parentela tuvieron una serie de contactos con Francia, que culminaron el 24 de septiembre –entre otros acuerdos– con el envío de ayuda militar para frenar la anunciada llegada de las tropas de Felipe IV. Mientras se realizaban estas negociaciones, el embajador de la Generalidad en la Corte seguía manifestando la lealtad catalana a la Corona, y los miembros de la Junta General de Brazos se preguntaban cómo podían frenar el avance de las tropas del rey español. Claris y su círculo llevaron las negociaciones a espaldas de Madrid y de Barcelona.”

Pero los contactos con Francia se habían iniciado incluso antes de la sublevación, lo que nos indica la voluntad de los dirigentes. “Los primeros contactos entre la Generalidad y los franceses se iniciaron en la primavera de 1640, mientras Pau Clarís proclamaba una efímera república catalana que dará paso, el 23 de febrero de 1641, a la proclamación de Luis XIII como conde de Barcelona. Las conversaciones franco-catalanas no fueron entre iguales: los dirigentes catalanes y franceses sólo compartían el enfrentamiento con la monarquía de Felipe IV.”   Pau Claris, “sin consultar a los ciudadanos, comenzó los contactos con los franceses; en el convento de los capuchinos de Ceret, enviados de confianza firmaron un pacto de alianza con Francia.”

El conflicto se les fue de las manos desde el primer momento; la anarquía era generalizada; los bandoleros, ahora encumbrados como héroes, eran los amos de la situación, que sólo podría ser controlada si la traición de la Generalidad era vista con buenos ojos por Francia, y lo que resultó de suma importancia: “la revuelta catalana, conducida por Pau Claris, canónigo de la Seo de Urgel, diputado del brazo eclesiástico y elegido presidente de la Generalidad jamás consiguió ser un movimiento unitario, y muchos catalanes se mantuvieron al lado de Felipe IV.”

“La Guerra de separación (1640-1642), o guerra de los Segadores, también fue una guerra civil entre catalanes. La participación de las clases dirigentes de las ciudades en la revuelta, al lado de los nobles arruinados y marginados, especialmente los juristas, era un hecho que habían adquirido un gran prestigio en las ciudades catalanas, y que fueron los que aportaron argumentos legales para justificar la ruptura con el rey, y daban cohesión al movimiento revolucionario. El argumento utilizado era el pactismo: el rey había roto el pacto constitucional y Cataluña quedaba por tanto, libre, abocada a defenderse contra el ejército que se disponía a invadirla.”

La guerra civil estaba servida, y el único beneficiario de la misma sería, en exclusiva, Francia. “Los líderes catalanes habían liberado a una fiera auténticamente salvaje y su país no tardó en ser presa de la guerra civil y de la revolución. Los cabecillas de la revolución política, atrapados entre la autoridad del rey y el radicalismo de la multitud, dirigieron sus ojos a Francia. En ese momento quedó de manifiesto hasta qué punto su posición era incoherente. En efecto, a pesar de su oposición al rey eran incapaces de gobernar Cataluña por sí mismos y por ello buscaban la protección de los enemigos del monarca. La Diputació, o algunos elementos que actuaban en su nombre, habían establecido, al parecer, contacto con Francia ya en abril de 1640, antes de que estallara la revolución. Esta iniciativa correspondió a Pau Claris, canónigo de Urgel, miembro de la Diputació y uno de los cabecillas de la resistencia a Madrid, y a Francesc de Tamarit, otro miembro de la Diputació, cuyas actividades políticas habían dado con él en la cárcel recientemente. Por su parte, Richelieu tenía sus agentes en Cataluña.”

A resultas de las salvajadas ocasionadas por los segadores, el conde-duque envió un ejército de 30.000 soldados, mientras que Pau Claris vendía la libertad de Cataluña al albur del cardenal Richelieu y de Luis XIII de Francia. Así estaría el asunto hasta 1652.

La revuelta del día del Corpus, “el Corpus de sang” pudo quedar en un mero incidente si el ejército hubiese tenido capacidad operativa, pero no era el caso. Gran parte del territorio catalán quedó fuera de control, y muy especialmente Barcelona, principal puerto para todo tipo de transacciones quedó fuera del control de la Monarquía hispánica “en un momento muy delicado, a causa de la guerra que se mantenía con Francia. Este hecho convirtió a Tortosa (entonces un activo puerto fluvial muy cerca del puerto marítimo de los Alfaques, y con el puente de barcas, en el único paso estable sobre el rio Ebro entre Zaragoza y el mar) en un gran almacén al servicio de los intereses del gobierno de Felipe IV.”

Tortosa quedó del lado realista. En septiembre, el ejército ocupó la ciudad gracias a la colaboración de la ciudad, y al frente su obispo que, como la totalidad de los obispos que ocupaban las sedes catalanas, era políticamente realista. “Preparada meticulosamente, y aprovechando una bajada de guardia de los revoltosos, los oligarcas consiguieron hacer triunfar una contra revuelta la mañana del día 4 de septiembre de 1640. Una vez dominada totalmente la ciudad, y para hacer valer las gestiones del prior Isern en Madrid, comenzaron las represalias contra los sublevados y algunas personas que los ayudaron…/… se intentó un asalto de la ciudad a finales del mes de septiembre, pero fracasó tanto por el comportamiento de rapiña llevado a cabo por las tropas enviadas por la Generalidad…/… Este decantamiento tan claro hacia el gobierno de Madrid, provocó que, el día 3 de noviembre, los brazos, reunidos en Barcelona, declarasen a los tortosinos enemigos de la patria.”

Y es que la guerra civil estaba servida desde el principio; antes incluso de producirse los alborotos del Corpus de Sangre. La Generalidad, perdido el control de la situación, propició que “comenzaran a apatecer folletos propagandísticos donde se explicaban, de forma más o menos exagerada, toda una serie de barbaridades cometidas por los soldados, o denunciando conjuras para saquear la ciudad y matar a sus habitantes.”

El enfrentamiento civil que estaba padeciendo Cataluña  queda manifiesto en los hechos acaecidos en algunas poblaciones; así, “Xerta fue saqueada durante la Guerra de  los Segadores hasta en once ocasiones, tanto por las tropas de la Generalitad, como por las tropas de Felipe IV.”

El asunto convulsionó aún más, si es que acaso podía ser, la vida nacional; por su parte,  el conde Duque asumió como propio el memorando de García Álvarez de Osorio, marqués de Villafranca, quién aseguraba que “el régimen de libertades había hecho de los catalanes unos vasallos insolentes y, a su parecer, sólo con la fuerza de las armas y una férrea sujeción posterior era posible enderezar aquel estado de cosas…/… para qué, de aquí adelante, no quiten obediencia con tanta facilidad a su Rey y Señor natural. Quíteles V. Majestad todos los privilegios, que si algún tiempo los merecieron como fieles vasallos de sus reyes, agora los han perdido con su inobediencia y rebelión voluntaria. Ponga V. Majestad en libertad la justicia, que no tiene V. Majestad provincia donde más graves y enormes delictos se cometen y menos se castigue que en Cataluña.”  Pero la campaña resultante fue un fracaso, y cuando García Álvarez se negó a iniciar una campaña marítima en el Rosellón, Gaspar de Guzmán ordenó la prisión del marqués.

Pero si la revuelta significó un varapalo para el mantenimiento del orden de la Monarquía, “las consecuencias, mayores en el orden político que en el militar, fueron irrestañables. La brecha de desconfianza que entonces se abrió entre la Corte y Barcelona fue definitiva. El pueblo ignorante o mal intencionado —escribe Grau y Monfalcó— culpaba a los catalanes, por no reconocer la responsabilidad de los castellanos. Los consejeros de Estado y Guerra, fundándose en los informes del duque de Cardona, trataron (aunque no lo llevaron a efecto) de exigir responsabilidades al Principado, por su falta de colaboración a la empresa.”

La contraofensiva se incrementaría en Noviembre. El marqués de los Vélez fue nombrado Virrey de Cataluña, quién llegaría a Tortosa el día 25 de Noviembre, y el mismo día juró su cargo en la catedral, convirtiendo la ciudad de Tortosa en la base de operaciones del ejército del rey Felipe IV en Cataluña.

“Un edicto de perdón que publicó el marqués de los Vélez para los que voluntariamente abandonaran la rebelión y se sometieran al rey, redujo a la obediencia los pueblos de la comarca de Tortosa, sin que sirviera a los catalanes ofrecer a su vez indulto a los que desertaran de las banderas reales, y se retiraran a su país, o quisieran servir a su república.”  El 24 de Diciembre tomaba Tarragona, donde el núcleo de leales era muy importante.

“La rendición de Tarragona causó tal desesperación a los barceloneses, que llenos de furor tocaron las campanas a rebato y se pusieron todos en armas. Habiendo sabido por un cochero que en la casa de la Inquisición había algunos castellanos escondidos, dirigióse allá arrebatadamente el populacho: encontraronse en efecto tres oidores; y estos infelices, después de asesinados por las feroces turbas, fueron arrastrados por las calles hasta la plaza del Rey, donde la plebe barbara los puso todavía para que sirvieran de ludibrio en la horca.”

El marqués de los Vélez había iniciado una incursión hacia el norte, contra su criterio, e instado por las órdenes de Olivares. Acabó sufriendo una derrota en Barcelona, en la batalla de Motjuich. “Con la marcha del marqués de los Vélez y su ejército hacia el norte, las ciudades de Tortosa y Tarragona, que se rindieron a las tropas castellanas de forma pactada y sin resistencia a finales del mes de diciembre de 1640, se convirtieron en unas plazas fuertes indispensables para el control por parte del gobierno de Madrid del sur de Cataluña, aunque debemos tener presente que buena parte del territorio de la veguería de Tortosa osciló entre los dos bandos durante toda la guerra.”

Bajo el paraguas francés“En enero, Pau Claris efectuó la proclamación de la República catalana y días después, ante la amenaza que suponían las tropas castellanas que ya penetraban por el sur de Cataluña, se materializó la entrega del Principado de Cataluña al rey Luis XIII de Francia. El 26 de enero de 1641, el marqués de los Vélez fue derrotado por los catalanes en la batalla de Montjuïc.”  Las tropas realistas se vieron obligadas a retirarse hasta Tarragona, que en mayo de 1641 sería sitiada por las tropas francesas, donde el 30 de junio se produciría una batalla naval con la marina francesa y un nuevo asedio que duró hasta el 20 de Agosto.

Poco más tarde moría Pau Claris, a finales de 1641, y la Generalidad proclamó conde de Barcelona y soberano de Cataluña al rey Luis XIII de Francia.

Por otra parte, los problemas que habían presentado los catalanes frente a los requerimientos del Imperio en lo relativo a la leva de tropas requeridas para su propia defensa volvían a surgir, con el mismo carácter, ante las exigencias del invasor francés que, en ese sentido, les exigía lo mismo. “Los catalanes no mostraban mejor disposición a aceptar el servicio militar para defenderse contra Castilla que la que habían mostrado para defenderse de Francia. Así, el 24 de septiembre la Diputació dirigió a París una petición formal para conseguir la protección y ayuda militar de Francia. En octubre firmó un acuerdo con ese país, por el cual permitía que barcos franceses utilizaran puertos catalanes y se comprometía a pagar el mantenimiento de 3.000 soldados que Francia enviaría a Cataluña.”

Por supuesto, Richelieu “recibió con mucho agasajo al enviado de Cataluña, Francisco Vilaplana, y sin entrar en los pormenores y circunstancias de la manera como el astuto cardenal supo continuar estas negociaciones con el monarca francés y con los embajadores catalanes, y del modo como disculpaba que el soberano de una gran nación se declarara protector de los rebeldes y sediciosos de otra, baste decir que dieron por resultado el ofrecimiento por parte del rey cristianísimo, de dos mil caballos y seis mil infantes pagados por la generalidad de Cataluña, con los oficiales y cabos que le pidiesen, mediante tres personas por cada uno de los tres brazos que Cataluña le daría en rehenes, y no pudiendo los catalanes hacer paces con su rey sin la intervención y el consentimiento del de Francia.”  Pero, por supuesto, surgirían los mismos problemas en cuanto al alojamiento de las tropas. La cuestión es que España se enfrentaba a acontecimientos similares a los de los Paises Bajos; con una diferencia: en esta ocasión nadie podría salir victorioso, salvo Francia.
“Para Francia, Cataluña era una pieza clave en el enfrentamiento con la monarquía hispánica. De esta manera se abría un nuevo escenario de conflicto situado en                       la propia península. El apoyo a Cataluña era para los franceses una forma de poner más presión a Felipe IV en su enfrentamiento para la hegemonía europea y la posibilidad de incrementar el territorio de dominio francés…/… El grupo dirigente catalán fue desplazado. Pau Claris murió en 1641 y los otros diputados, Tamarit y Quintana fueron desplazados por sus reticencias a la política francesa…/… La administración francesa se mostró más interesada en defender los intereses que el levantamiento catalán proporcionaba a la causa borbónica que a defender los derechos firmados con los catalanes.”
Pronto empezó la represión contra los catalanes que se negaban a dejar de ser españoles, en cuya labor destacó el bandolero Margarit, especialmente en el verano de 1642, procediendo a la confiscación de los bienes de los encausados. Margarit se apropió de de la segunda hacienda más importante de Cataluña, la de los Moncada, que reportaba 75.000 libras de renta anual.

En cuanto a los intereses estrictamente militares, “después de la dolorosa derrota del marqués de Los Vélez en la batalla de Montjuïc (26 de enero de 1641) y de la posterior retirada del ejército real a la plaza de Tarragona, la prioridad militar del gobierno de Madrid se centró en salvar la antigua Tarraco del asedio que por tierra y por mar la sometieron las tropas francocatalanas del mariscal La Mothe y los navíos del almirante Henri de Sourdis, arzobispo de Burdeos.”

Por otra parte, y aprovechando el río revuelto que estaba ocasionando la situación, se produjo la revuelta secesionista de Portugal, cuyos responsables enviaron embajadores  en enero de 1641 a los sublevados de Barcelona. La misión había sido encargada  a un clérigo, el P. Ignacio Mascarenhas. “Su misión pone de manifiesto un intento de alianza en tres puntos: entablar contacto con los soldados y nobles portugueses, que finalmente habían acudido con el ejército castellano a la ‘Jornada de Cataluña’, para que regresaran a su país; la marcha del propio Mascarenhas a Francia con las peticiones de la Diputación del Principado para conseguir auxilios del rey francés; y en tercer lugar, un embajador de Cataluña llegará a Lisboa a fines de marzo en solicitud de ayuda.”  La misión tuvo resultado diverso, ya que muchos destinatarios de las misivas, lejos de sumarse a la conjura dieron parte a sus superiores.

El problema mayor seguía siendo socorrer al Rosellón, donde las tropas españolas estaban aisladas. Los sucesivos esfuerzos por socorrer el Rosellón fueron una sucesión de fracasos. Las tempestades en unas ocasiones, y la armada francesa en otras deshicieron los intentos llevados a cabo en diciembre de 1641 y en enero y febrero de 1642. También se envió ayuda por tierra, al mando del marqués de Povar, que fue destruida por las tropas francesas de la Mothe en las inmediaciones de Montserrat. Fue una derrota infamante prevista desde el momento de su concepción, responsabilidad directa del conde duque, que desatendió las previsiones de los mandos militares, entre ellas las del propio marqués de Povar. “El exiliado Ramon Rubí expresaba con desazón que «Fue gran pérdida por todas consideraciones y también porque el enemigo nos hace la guerra con nuestra caballería».”

La marcha del ejército fue penosa, permanentemente hostigada por las tropas francesas, y finalmente miserablemente derrotada, siendo hecho prisionero el propio marqués de Povar, que fue paseado infamantemente por Barcelona como trofeo de guerra.

Tras estos hechos, “la decisión de Luís XIII de ir personalmente al frente catalán, saliendo de Fointenebleau el 27 de enero de 1642, puso a Olivares en una situación muy delicada, pues ahora, fuesen cuales fuesen las circunstancias militares y financieras, difícilmente Felipe IV podría eludir aquel envite y renunciar a la jornada real para la conquista de Catalunya tantas veces anunciada.”

Por otra parte, “la importancia estratégica de Tortosa pronto se pondrá a prueba en el primer sitio importante de la ciudad, ocurrido a mediados del mes de abril del año 1642. Entonces, el general francés Felipe de la Mothe Hodencourt, saliendo de la zona montañosa del campo de Tarragona, puso sitio a la ciudad con 8000  infantes y 2000 caballos, después de haber conquistado la población de Ulldecona, nudo vital para las comunicaciones entre Tortosa y el norte del País Valenciano (sic), además de obligar a algunas poblaciones como Alcanar a entregarles caballerías. El asedio franco-catalán de Tortosa duró hasta el día 3 de mayo, cuando en vista del fracaso del bombardeo y asalto del día anterior, el general la Mothe levantó el asedio y se volvió al Collado de l’Alba.”

Mientras tanto, los saqueos de los sitiadores se repitieron reiteradamente. “Don Juan de Copons, con 800 hombres de la tierra y con 24 horas escalando, entraron y los de la villa se retiraron dentro del castillo(...) fue aquella villa de Orta (...) saqueada por los de la tierra...”
Si por el sur las cosas discurrían de este modo, en el norte, en Abril de 1642 se rindió en Colliure el ejército español del Rosellón; Perpiñán lo hizo en septiembre, y ello significó la pérdida del Rosellón, que desde entonces ya no volvería a ser español.
Los sitiados no pudieron ya hacer otra cosa. “Con la plaza diezmada por el hambre y las enfermedades, y perdidas las esperanzas de recibir un auxilio del exterior, el 29 de agosto de 1642 los mandos españoles de Perpinyà pactaron la capitulación de la plaza. En virtud del acuerdo firmado por Flores de Ávila y los mariscales Shomberg y Meilleraye, la guarnición hispana abandonó Perpinyà el dia 9 de septiembre con todos los honores militares y llevando su propio armamento, dirigiéndose a los puertos de Roses y Tarragona. La caída de la capital de Rosselló arrastró la de Salses que capituló el día 15 de septiembre, abandonado la guarnición española la plaza el 29 del mismo mes. Desde entonces todo el Rosselló estaba en manos francesas.”  Mientras, en Zaragoza seguían las fiestas que don Gaspar había preparado para el entretenimiento del monarca, quién ordenó un ataque a Lérida que fue rechazado por las fuerzas francesas. Lo curioso es que la gran determinación de desplazarse hasta el conflicto, la tomó Felipe IV (o mejor, el Conde Duque) ¡cuatro meses antes de estos acontecimientos!

Pero es que la disposición para la lucha estaba en los mayores puntos de relajo. Para la jornada de Cataluña, en principio comandada por el propio rey,  Carlos IV, “tuvo que amenazar con una multa de 2.000 ducados a los caballeros de las cuatro Órdenes Militares que rehuían el presentarse ante él en la frontera de Aragón. No ya el sentimiento quijotesco, sino el del deber elemental, había muerto en ellos; y era preciso perseguirles para que ayudaran, por lo menos con su caudal, a las necesidades públicas, ya que personalmente no estaban dispuestos a cambiar por el azar de la guerra la frivolidad de la vida cortesana. Necesidad insigne sería achacar a pecados del Conde-Duque lo que era espontánea descomposición de la clase. Hasta los buenos, como el Marqués de Leganés, discreto militar, devotísimo de Olivares, sólo se movían por el interés, y así leemos, a cada instante, noticias como ésta: «Al Marqués de Leganés, para animarle a la jornada que ha de hacer, le han dado 6.000 ducados de renta perpetua en su casa, 12.000 de ayuda de costa y 2.000 de sueldo al mes; y con todo va de muy mala gana”

“Casi ninguno de los que todo lo debían al favor real, se movía más que por el interés metálico, regateando como una mercancía su asistencia a la patria.”   En definitiva no hacían más que imitar la actitud del propio monarca.

Como hemos señalado, Felipe IV hizo un amago de preocupación por la situación de Cataluña, y hasta se desplazó… hasta Zaragoza. “La «jornada» emprendida por Felipe IV el 26 de abril de 1642 para recobrar Catalunya, finalizó, el 6 de diciembre de ese mismo año, cuando el monarca y su válido retornaron a Madrid, procedentes de Zaragoza, con un balance lleno de frustraciones y derrotas. El naufragio político y militar de esa campaña ha sido interpretado como un elemento clave en la caída política del conde duque de Olivares.”










DESENLACE DE LA GUERRA DE LOS SEGADORES

El 4 de Diciembre de 1642 moría el cardenal Richelieu, que había sobrevivido a varias conspiraciones, una de las cuales, con grandes probabilidades de éxito fracasó al haberse disparado el conde Soissons a sí mismo, de forma inopinada y estúpida, y haber muerto cuando iba a entrar en París, presumiblemente, para ser aclamado.  Tanto esta conspiración como la del marqués Cinc-Mars buscaban la paz con España.

El cardenal Richelieu moría habiendo conseguido su objetivo, ya que “Tras la rebelión según el agente de Richelieu en Barcelona, «nuestros asuntos (que no marchaban bien en Flandes, y todavía peor en el Piamonte) comenzaron a prosperar de pronto en todas partes, incluso en Alemania; pues las fuerzas de nuestros enemigos, retenidas en su propio país y reclamadas de todas partes para defender el santuario, quedaron debilitadas en todos los otros teatros de la guerra».”

Por su parte la reina, Isabel de Borbón, la esposa de  Felipe IV, maquinaba por presentar a éste la verdadera cara de su valido el conde-duque, y fue en estas fechas cuando donando todas sus joyas para la campaña de Cataluña pudo remover la afición del rey por su valido, apoyada por una descarnada carta que el obispo de Granada envió al propio rey.

Mientras, en Cataluña crecía el disgusto popular, que finalmente estaba poniendo en entredicho toda la actuación de la oligarquía catalana encastillada en la Generalidad. “Ante la permitida ocupación francesa se oponían cada vez más voces privilegiadas (obispos, canónigos, nobles), que se negaban a jurar fidelidad al rey de Francia, a los que se sumaban motines e incipientes revueltas contra esa vinculación. El número de exiliados felipistas catalanes aumentaba día a día, hasta alcanzar una dimensión cualitativa y cuantitativa muy importante. La represión de estos felipistas fue especialmente dura.”

Ahora muchos se daban cuenta que “La actitud francesa en Cataluña estuvo dominada por consideraciones militares. Ahora contaban con una base en España, que sería utilizada principalmente para penetrar en Aragón y Valencia. Nombraron a un virrey francés y llenaron la administración de elementos fieles a Francia. Al mismo tiempo, insistieron en que los catalanes alojaran, abastecieran y pagaran a las tropas francesas, que cada vez recordaban más a un ejército de ocupación.”

También comenzaban a darse cuenta que “Francia explotó a Cataluña tanto económica como militarmente. Los comerciantes franceses saturaron el nuevo mercado de cereales y productos manufacturados y pronto se hizo evidente que desde el punto de vista comercial el futuro de Cataluña era aún más difícil con Francia que con Castilla. A diferencia de los holandeses, los catalanes no podían contar con un comercio colonial en el que cimentar un desarrollo independiente y como no constituían amenaza alguna para el monopolio americano de Castilla su causa despertaba poco interés en el escenario internacional. El golpe definitivo para Cataluña fue la gran peste de 1650-1654 que provocó una gran mortandad —cobrándose sólo en Barcelona 36.000 víctimas— en una población que se hallaba ya en un estado de desnutrición como consecuencia de la situación de guerra.”

Pero además, la actitud de los invasores franceses quedaba muy lejos de ser amable. En Gerona, y “durante este periodo, las autoridades francesas llevaron a término una política de represión que afectó a personas significadas que eran o se veían como sospechosas: el vicario general de la diócesis, Francisco Pijoan, fue enviado al exilio a Francia, y a finales de 1644 el abad de Sant Pere de Galligants, Gispert d'Amat i Desbach, diputado eclesiástico, mantuvo un duro enfrentamiento con Pedro de la Marca, que más tarde sería virrey de Cataluña y que acabó con su detención siendo más tarde enviado a Montserrat.”

Francisco Prim Desgüell, noble de Besalú, comenzó en estas fechas movimientos tendentes a liberar el territorio del dominio francés, y urdió un plan para cambiar el signo de la guerra, ya que “mucha gente proclamaba públicamente el deseo que «assí el rey de España nos quisiese perdonar y que volviésemos en el estado en que estávamos». Siguiendo esta descripción de la situación interna catalana, muchos naturales maldecían a los dirigentes que habían traído estas desgracias y se resistían también a cualquier movilización militar: «nadie quiere salir de sus casas». Este panorama llevaba a Desgüell a ver «buena ocasión para hacer nuestro negocio»  Pero la conspiración resultó un fracaso. Este fracaso fue definitivo para el porvenir de Gaspar de Guzmán. La suerte del valido estaba echada. Sería depuesto el 17 de Enero de 1643.

También había sido desterrado el obispo de Gerona. “Después del destierro del obispo de Gerona (1643), sólo quedaba en Cataluña el obispo de Vic. Los capítulos catedralicios protestan por el secuestro de rentas por parte de las autoridades reales. Este colectivo que había sido clave en el momento de la revuelta, irá basculando progresivamente hacia actitudes filohispánicas.”
Como consecuencia de todos estos acontecimientos, el año 1643 “el conflicto comenzó a decantarse a favor de la Monarquía Hispánica de Felipe IV cuando se produjo la subida al trono francés de Luis XIV, aún menor de edad, y la monarquía francesa tuvo la necesidad de enfrentarse a la revuelta nobiliaria de la Fronda.”
Los hechos, finalmente, se aceleraban. “La ocupación castellana de Lérida (1644), por tropas procedentes de Aragón, señaló un fuerte impulso para la causa española, remachada por el juramento solemne de las Constituciones de Cataluña realizado por el monarca Felipe IV –hecho que, juntamente con el ostracismo político del conde duque de Olivares, impuesto un año antes, se convirtió en una inequívoca herramienta de propaganda de los denominados «mal afectos».”

El mismo año 1644 entró Felipe IV en Lérida, “donde juró los privilegios, lo que, unido al sentimiento anti francés de la población y de parte de los dirigentes catalanes, hizo que el número de partidarios de la vuelta a la obediencia del monarca aumentase considerablemente. En Francia, la revuelta de la Fronda acaparó al ejército y el esfuerzo militar en Cataluña se debilitó.”

Poco después se entregarían Balaguer y Agramunt, que serían retomadas nuevamente por las tropas francesas. “Las medidas de castigo contra Agramunt y Balaguer, ciudades que se habían entregado voluntariamente a la dominación española, fueron terribles.”  Los traidores, que cuatro años antes habían urdido el levantamiento y la entrega al poder de Richelieu, no perdonaban a la población su actitud.

Los problemas que sirvieron de excusa para iniciar la revuelta se encontraban ahora corregidos y aumentados por las tropas francesas de ocupación. Así, este año 1645 se recrudeció la protesta; “A partir de septiembre, se reinicia la problemática de los alojamientos, que atraviesa transversalmente todos los años de guerra, en especial durante los largos periodos de tranquilidad impuestos por el invierno. Las protestas proceden de las ciudades y lugares del Pla de Urgel y la Segarra, que se quejan de los abusos de la soldadesca.”

Pero esa misma imagen sería provocada, no sólo por las tropas francesas, sino por las mismas de la Generalidad; así, “Existe un memorial dirigido a la Generalidad a principio del año 1645 por las ciudades de Gandesa, Vilalba, Ascó, la Fatarella, Benissanet, Pobla de Massaluca, Orta, Bot, Corbera, Ginestar, Prat de Comte, Flix, Miravet i Móra, donde se quejan de los cabos y los soldados franceses ‘que gobiernan       en Miravet y Flix”, los cuales les obligan ‘a dar leñas, pajas, cebadas, trigo, vino, jergones, mantas, platos, escudellas y otras cosas sin paga alguna, apresando a los jurados del lugar que rechazan hacerlo, llevándolos presos a Flix y Miravet...”, a los que no liberan hasta que hacen efectivo el pago estipulado. En este mismo memorial también se acusa a Gabriel Pino, que actuaba como jejfe de los migueletes de la zona, de robar y maltratar al jefe de los jurados de la ciudad de Mora.” .../... “El mes de abril del año 1648, diferentes poblaciones de Cataluña presentan un ‘Sumario de agravios y excesos de soldados’; en esta lista, algunas poblaciones de la Ribera de Ebro presentan un documento donde reclaman deudas pendientes por el suministro a soldados franceses alojados entre los meses se septiembre del año 1647 y enero de 1648: Garcia, reclama 700 libras; la Torre del Español, 1500; Ginestar, 400; Móra, más de 400, Benissanet, 800; y Tivissa, cerca de 150. El mes de mayo de aquel mismo año, la Generalidad recibe tres cartas fechadas los días 5, 6 y 7, y que habían sido enviadas, respectivamente, por jurados de Mora, el prior y el clero de dicha villa y los jurados de Benisanet donde se quejan amargamente de las acciones de los jefes militares franceses de la guarnición de Flix.”

En 1645, Félix Amat, presidente de la Generalidad trataba la entrada de las tropas españolas en Barcelona.

En 1646 es descubierta la conjura de sectores patrióticos en Barcelona. “Gispert d’Amat era «uno de los cabecillas de la conspiración que, el pasado verano, querían algunos reducir la presente ciudad a la obediencia del rey católico» y «lo principal que debía hacer, valiéndose de la autoridad del cargo de diputado»…/… En aquel mismo contexto represivo, fue expulsado de Cataluña el obispo de Vic, Ramon de Sentmenat, que era el único obispo que quedaba en Cataluña.”

La marcha atrás de la invasión estaba acelerando. En 1648 las tropas francesas fracasaron en el sitio de Lérida. Pero antes llevarían a cabo acciones importantes. Tras el fracaso en Lérida, los franceses se dirigieron a Tortosa. Tomaron Ulldecona, desde donde lanzarían un ataque a Tortosa. El 12 de Julio “las tropas francesas, bajo mando de Marchin, entraron en Tortosa por la puerta de San Juan o de San Francisco, y fueron hacia la catedral, ya que era el lugar donde se habían refugiado muchos habitantes y se habían hecho fuertes algunos soldados defensores de la ciudad. Una vez abiertas las puertas de la Seo y retirados los últimos defensores del castillo de la Suda, se pactó que serían respetadas las personas y todos los edificios religiosos, pero una explosión provocada en el portal del templo, que mató cerca de 200 franceses, encendió la ira de los asaltantes, que rompieron el pacto”  Se quedarían en la plaza por dos años y medio, procediendo a desterrar lejos de la zona a aquellos que no se significaban como partidarios de Luis XIII de Francia.

El saco fue antológico. ““No hay lágrimas por mas vivas, de sangre, abundantes y continuas que sean, que basten para llorar los atrocísimos delictos y detestabilissímos sacrilegios que diabólicas manos an cometido contra la Magestad divina de Xpo. Nro. Señor sacramentado en el saco de Tortosa. Ni ay lenguas que puedan referir los agravios y offensas horrendas que instrumentos y ministros del mismo infierno en el mismo tiempo del saco, an hecho a las santas imágines, reliquias de santos, vasos y otras cosas sagradas; profanando y desnudando casi todas las iglesias y sacristías de sus vestimentos y ornamentos ecclesiásticos; profanando también y saqueando a todos los conventos de religiosos y dos de religiosas...”   La Generalidad se felicitaba por el saqueo: “...y fue entrada a saco general del que daremos, como debemos, todos los catalanes gracias infinitas a Dios, Nuestro Señor, por tan buena victoria, lo que pasó en el saco lo dirán las historias y lo recordarán muy bien los tortosinos, tanto cuanto habrá memoria de ello.”   Los dietarios de la Generalidad recuerdan que “aún pesaban, a lo largo de Cataluña, las consecuencias del comportamiento de la ciudad en Tortosa en la coyuntura de 1640-1641, cuando la Junta de Brazos llegó a proclamar a sus habitantes ‘enemigos de la patria’.”

Estas actuaciones no sirvieron para otra cosa que para aumentar el desprestigio de la oligarquía catalana y de sus aliados, los invasores franceses; “en la franja meridional, las tropas franco catalanas realizaron esfuerzos infructuosos para conquistar Tarragona, pero la ocupación y saqueo de Tortosa (1648) y la actuación despótica de los capitanes de Flix y de otras ciudades de la Ribera del Ebro sólo hicieron que contribuir al desprestigio de la causa filofrancesa.”

Esa actuación despótica tomó en Tortosa nombres y apellidos. “Saqueron y quemaron la casa de Pere-Joan y de Jacinto Miravall porque eran partidarios del gobierno de Madrid, y Jacinto, además, tenía el cargo de oidor real de guerra.  Aunque las autoridades civiles de la ciudad (vicevegueros y procuradores) junto con muchos religiosos y canónigos de la catedral, intentaron evitar el saqueo y la destrucción de la casa de los Miravall, no consiguieron calmar los ánimos exaltados de los amotinados y aquella fue saqueada y quemada.../... Por otra parte, los fieles al rey perseguidos pudieron huir de la ciudad e iniciaron gestiones con los que se habían quedado al objeto de dar un contra golpe.”
Y el hecho de los alojamientos de las tropas, no ya como un Guadiana, sino como un hecho cotidiano, tomaba un carácter cada día más contrario al acto traidor de la Generalidad el año 1640. “Los alojamientos de tropas francesas ocasionaron los mismos descontentos entre la población que anteriormente habían causado las tropas de Felipe IV. La situación hizo que las tropas francesas no marcasen diferencias respecto a las quejas que se habían producido respecto a los tercios.”
En 1649, el Consejo de Ciento comunicaba a París «el estado infeliz de la provincia, y que hacía muchos meses que por no haber acudido dinero alguno de la corte, los pueblos sustentaban a los soldados y que éstos, por falta de sus pagas, se portaban tan insolentemente con los paisanos».

Pero en París tenían otras preocupaciones; “La reina no podía aparecer en público sin ser injuriada, se la llamaba Señora Ana a secas; y si se agregaba algún título era de oprobio. El pueblo le reprochaba con furor sacrificar el estado a su amistad con Mazarino; lo más insoportable era que oía por todas partes esas canciones y vaudevilles, monumentos de mofa y malignidad hechos como para eternizar las dudas que se tenían acerca de su virtud. Madame de Motteville dice con su noble y sincera ingenuidad: “esas insolencias horrorizaban a la reina, y los parisienses equivocados le inspiraban piedad”. El 6 de enero de 1649 la reina huyó de París con sus hijos, su ministro, el duque de Orléans, hermano de Luis XIII, el gran Condé, y se dirigió a Saint-Germain donde casi toda la corte durmió sobre la paja. Fue necesario dar en prenda a los usureros las pedrerías de la corona. ” ” Estos desórdenes de todo género continuaron desde 1644 hasta 1653, primero sin graves trastornos, luego en continuas sediciones, de un extremo a otro del reino.”

Esta situación de la corte francesa, el enfrentamiento de la Fronda, iba contra los intereses de la oligarquía separatista, que en 1650 podía observar cómo “el apoyo que inicialmente se había dado al dominio francés se hundía, y muchas ciudades y comarcas catalanas se alzaban a favor de Felipe IV, como protesta por la opresión de la ocupación francesa, al tiempo que el ejército español, al mando de Francisco de Orozco, marqués de Mortara, avanzaba victoriosamente desde las tierras de Lérida y sitiaba Barcelona en agosto de 1651”

En 1647, la muerte de Richelieu y la revuelta de la Fronda vino muy bien a España, y el conde duque supo aprovechar la ocasión. “El desarrollo de revuelta tendrá innegables consecuencias en Cataluña. La monarquía francesa quedará imposibilitada para enviar nuevos recursos humanos y materiales. Por otra parte, los soldados, abandonados a su suerte, provocaban conflictos con los vecinos de las poblaciones, de una magnitud inusitada. Los reveses militares y los enfrentamientos crecientes con la población civil arrastraron a amplios sectores de catalanes hacia el bando partidario de la  monarquía hispànica. Tan solo la acción represiva de Marca y Margarit, ejercida con mano de hierro, podrá detener, momentáneamente, esta tendencia.”

En esta situación, los catalanes oprimidos por la oligarquía separatista y los invasores franceses, que hasta la fecha se habían mostrado acobardados y silenciosos, entendieron que era la hora de acabar con la tiranía, mientras los tiranos llegaban a la conclusión de que el problema que más les acuciaba en el momento era “parar el alzamiento de los mismos vecinos de las comarcas, que el cronista denomina «malfactors» (malhechores) o «sediciosos ». Así, «algunos sediciosos enemigos de la patria, fomentados por la gente de guerra del enemigo, quisieron conmover la plana de Vic.»”

Pero la situación de la Plana de Vic no era exclusiva. Era toda Cataluña la que se mostraba alterada contra los tiranos.“Durante el año 1650, la situación bélica de las Tierras del Ebro comenzó a mostrar claros síntomas de cambio,ya que el apoyo, prácticamente incondicional, mostrado hasta entonces al bando de la Generalidad por buena parte de las poblaciones de la zona comenzó a romperse. Ya hemos comentado antes de las continuas quejas expresadas por muchas poblaciones contra los abusos de los gobernadores militares franceses a causa de las actuaciones tan gravosas para los habitantes de la zona. Ya a principios de aquel año, por ejemplo, los habitantes de Bot mataron a tres soldados franceses y enviaron sus cabezas a las tropas castellanas acuarteladas en la zona del Bajo Aragón.../... Esta situación estallará el mes de agosto cuando en la zona montañosa situada en los alrededores de Falset se rebelará y se pasará al bando de Felipe IV, aunque pocos días después aquellas tierras serán ocupadas nuevamente por los franceses.”

Ante el deterrioro generalizado que de su actuación estaba observando la oligarquía separatista, “el mes de julio de 1650 la Generalidad se hizo eco de las quejas recibidas de parte de ‘paisanos de la Ribera de Ebro y Castellanía de Amposta” contra ‘mesie Santa Coloma, gobernador de la plaza de Flix’, que actúa negativamente en contra de las universidades de aquella zona ‘...cargándolos de contribuciones, haciéndose aportar con violencia, vino, aceite, pajas, leñas, jergones, cebadas, ropa de servicio, sin pagar cosa alguna y también hace alojar a los soldados de dicha plaza en las casas de los dichos paisanos, haciendo que se les dé de comer y beber (...) por fuerza, sin pagar nada, haciéndoles muchas opresiones y maltratos...”   Como podemos comprobar, el texto es calcado a la reclamación que éstos mismos pobladores realizaron cinco años antes, en 1645. Pero es ahora, cinco años más tarde, cuando los oligarcas empiezan a ver las cosas poco claras, cuando atienden la solicitud.

Aunque en manifiesta retirada, las tropas francesas y sus aliados del terreno, que como hemos señalado acabaron resultando una exigua minoría, presentaban una fuerte resistencia, ocasionando asedios y penurias a la población. “Los asedios prolongados –entre los que destaca el de Barcelona, entre julio de 1651 y octubre de 1652- provocaron el hambre y la miseria, pero también el desgaste psicológico, el desencanto político y el miedo colectivo- con determinados fenómenos de histeria colectiva.”

La suerte estaba echada. En el verano de 1652, en Manresa, los diputados prestaban homenaje a Felipe IV, y el 3 de Octubre, huía Margarit, que sería excluído del perdón general concedido por D. Juan de Austria, “por ser la principal causa de los daños que se han padecido y por lo obstinado en que persevera en su error.”

Los resultados producidos por una revuelta supuestamente iniciada por no aceptar las aportaciones que para su propia defensa les habían sido requeridas eran desastrosos incluso en ese mismo sentido. Por fin el pueblo actuó en defensa de los intereses generales y combatió a los traidores y a los invasores. “El costo de la guerra empezó a recaer cada vez más sobre la población local, que tenía también que soportar los destrozos del ejército real y la explotación económica de los comerciantes franceses que siguieron a las tropas hasta la provincia: el comercio de Cataluña llegó a ser manejado exclusivamente por comerciantes franceses, al igual que su administración llegó a ser monopolizada por una pequeña fracción francófila. Afectado por el hambre en 1647-1650 y por la peste en 1650-1651, el Principado pareció satisfecho de ver cómo los franceses y sus escasos defensores catalanes (probablemente menos de setecientas personas) eran empujados hasta Rosellón en 1652, desde donde llevaron a cabo una encarnizada guerra fronteriza hasta que la paz de los Pirineos de 1659 dió el Rosellón y Cerdaña a Francia, dejando Cataluña para España.”  Ése, en esencia fue el resultado de la revuelta: la anexión por parte de Francia de un territorio que era español, de forma ininterrumpida, desde el reinado de los godos.

Del triunfo popular del partido español frente al francés, sin duda, es responsable directo la actitud del pueblo catalán, que tras haberse mostrado sumiso a la tiranía de la Generalidad y haber sufrido el expolio por parte de quienes decían ser sus representantes, abandonó su pasividad y pasó a defender sus derechos junto a las tropas del imperio. No obstante, la historiografía actual catalana, directamente descendiente de quienes llevaron a la postración y mutilación de Cataluña en el siglo XVII, lo limita todo a que “fueron causas, sin duda, los abusos de las tropas sobre las ciudades y lugares, y también la actitud de los gobernantes, que sometieron las instituciones catalanas –como ha afirmado Sanabre- a un control policial propio de una fuerza de ocupación.”
En Octubre de 1652 hacía su entrada triunfal en Barcelona D. Juan José de Austria, que era esperado para ser aclamado como heredero a la corona  de España. “La ciudad de Barcelona capituló el año 1652 después de resistir a quince meses de asedio, hambre y peste. El año 1653 se produjo un perdón general y Felipe IV fue reconocido nuevamente como rey a cambio de conservar y observar los derechos políticos catalanes y las instituciones de la tierra. Los principales francófilos, sin embargo, no fueron perdonados y tuvieron que abandonar la ciudad camino del Rosellón.”
“El 11 de octubre de 1652 el conseller en cap, Rafael Casamitjana, se humilló a los pies de Juan José y pidió “perdón general de todos los errores cometidos desde el año 1640”. El 3 de enero de 1653 Felipe IV anunció el recorte de parte de la autonomía política del Principado, y decidió que “todo lo que mira a su defensa y seguridad [de Barcelona] lo reservo ahora, y mientras no mande otra cosa, a mi voluntad y orden”.

Alexandre Ros, canónigo de Tortosa, autor de un “Memorial en defensa de la lengua castellana, para que se predique en ella en Cataluña”, que fue publicado en 1636, fue nombrado embajador para suplicar al monarca que reintegrase los privilegios.

“Hasta el 3 de enero del año siguiente no vio confirmadas sus libertades. En el caso de la Generalidad, la dilación fue aún mayor: el rey no confirmó las constituciones y libertades de Cataluña hasta el 12 de febrero- y no retiró el secuestro de los impuestos del general hasta el 13 de marzo.”

Como ya ha quedado señalado más arriba, “acabarían marchando de Barcelona, a causa de la fidelidad al rey de Francia, unas setecientas personas”  mientras entraba Juan José de Austria en Barcelona, “enmig de l’eufòria general.” , y el 22 de Enero de 1653, la Generalidad retomaba su actividad.

“Desde aquella fecha, pues, los franceses se hicieron fuertes en el Rosellón y en la plaza de Roses, desde donde lanzaron ataques muy violentos contra las comarcas fronterizas: el Ampurdán y el Gironés, el Ripollés y la Garrotas. Si hasta entonces las tropas catalanas habían combatido a favor de Francia, desde 1652 lo hicieron en apoyo de la monarquía hispánica.”

Es de destacar en estos textos, la corrupción sistemática del lenguaje, porque nunca existieron “tropas catalanas”, sino catalanes adscritos a las tropas españolas, o traidores adscritos a las tropas invasoras. Es sólo una llamada de atención, ya que ese mismo lenguaje, como puede observarse, se aplica en las demás cuestiones.
Siete años después se llegaría a una paz infamante para España. El desarrollo global de la Guerra de los Treinta Años, y la debilidad que mostraba España en todos los campos, determinó la firma de unas cláusulas por las que quedaba mutilada España. En la Paz de los Pirineos, firmada en 1659 “Para Francia, Cataluña no era prioritaria en el proceso de negociación, sino que buscaban el control de los Paises Bajos que todavía se encontraban bajo dominio español. De esta manera buscaban eliminar el peligro que suponía la presencia hispana al norte del país y proteger París. Las demandas francesas serían rechazadas por Felipe IV que ofrecía a Francia el condado del Rosellón y los puertos de Roses y Cadaqués.”
El triunfador total de la guerra de los Segadores fue, a todas luces, Francia. España, por conservar el control sobre un territorio que nunca había sido en puridad español, Flandes, cedía a Francia nada menos que el Rosellón y la Cerdaña, siendo evidente, para mayor despropósito, que el control sobre Flandes estaba sentenciado.








































GUERRA DE SEPARACIÓN DE PORTUGAL

La unidad nacional era una voluntad manifestada a lo largo de toda la Reconquista. Todos los reinos hispánicos tenían presente la idea de la reconstrucción del reino visigodo, y por tal laboraron, y en diversas ocasiones dejaron manifiesta esa voluntad.

Con los Reyes Católicos se expulsó definitivamente al invasor musulmán y quedaron reunidos Castilla y Aragón bajo un mismo rey. No tardó mucho en incorporarse Navarra a la unidad nacional. Quedaba Portugal, que al haber quedado distante del último reducto musulmán de Granada, había dedicado sus esfuerzos a la expansión ultramarina. Este hecho, de por sí positivo, acabaría siendo una rémora para la unificación nacional, todavía hoy pendiente.

Pero la voluntad siempre ha estado y está presente; así, en el siglo XVI, “desde la década de 1540 se iban instalando, paulatinamente, en el gobierno y en la
administración portuguesa los partidarios de la Unión dinástica. Manuel I (1495-1521) ya había alimentado el sueño de una unión peninsular que el monarca lusitano perseguía por medio de sus matrimonios, con eminentes tintes políticos…/… varios grupos sociales en Portugal deseaban la unión ibérica. Si se concretaba, ésta permitiría a la nobleza lusitana superar la crisis económica que la había afectado tras el desastre de la batalla de Alcazarquivir… /… El alto clero estaba también muy abierto a la idea de una unión ibérica, pues muchos miembros de este grupo tenían la costumbre de ir a estudiar en universidades españolas y consideraban, por motivos ideológicos, que Felipe II, sería el rey católico por excelencia, que salvaría la cristiandad de los “herejes”

La ocasión se presentó de forma inesperada cuando a los 24 años de edad desapareció D. Sebastián, en empresa militar que había iniciado contra los turcos, si bien con la ayuda material de Felipe II, contra su consejo. Sucedió lo que tenía que suceder: una triste jornada en la que junto a D. Sebastián sucumbió la flor y nata del ejército portugués un malhadado 4 de Agosto de 1578.

La muerte de D. Sebastián planteó un problema sucesorio de importancia, porque moría sin descendencia. La corona la ceñiría su tío abuelo, que también falleció sin descendencia en 1580.

“La muerte de D. Sebastião, o más bien su desaparición, plantea durante el final de este periodo una oportunidad para que su tío, Felipe II, intente optar a la corona de Portugal y consolidar de esta forma la Unión Ibérica. El lento proceso de resolución de los derechos a la corona se resuelve con la presencia del Duque de Alba y del marqués de Santa Cruz en Lisboa en 1580.”

La integración de los dos reinos se venía realizando con normalidad, si bien manteniendo las leyes portuguesas que Felipe II había jurado, las injerencias en los asuntos del reino y de su Imperio quedaban al control y a las costumbres aplicadas por Portugal. “A comienzos del siglo XVI se había repoblado con portugueses el recién reconquista reino de Granada. Pero fue durante la unión de ambos reinos (1580-1640) cuando la emigración portuguesa hacia la parte española de la Península Ibérica adquirió un volumen ciertamente notable…/… En la villa y corte la presencia lusitana estuvo desde antiguo articulada alrededor de la poderosa Hermandad de San Antonio de los Portugueses.”

En cumplimiento de los derechos del reino, las cortes de Portugal, reunidas en Tomar el año 1581, Felipe II garantizó la supremacía de las leyes de Portugal para éste reino y su imperio, respetando incluso la legislación sobre trata de esclavos. El Consejo de Portugal se encargaría de los asuntos propios del reino. Todo, respetando la carta de privilegios concedida en el año 1498 por D. Manuel I de Portugal, “el afortunado”, abuelo materno de Felipe II.

“La finalidad de la institución (del Consejo de Portugal) consistía en garantizar que sólo ministros portugueses podrían presentar consultas sobre temas y súbditos portugueses en una Corte madrileña y vallisoletana repleta de ministros que no eran naturales del Reino. El Consejo pone los tribunales de la Corona en presencia de su rey.”

“Se reafirmó entonces que, cuando el rey necesitase ausentarse, debería ser acompañado por portugueses que conformarían el Consejo de Portugal, colaborando éstos en la administración del reino por medio de informes. La creación de este órgano colegial se integraba en la estructura político-administrativa compuesta de la Monarquía hispánica, que tenía sus orígenes en los reyes católicos; sin embargo, el pequeño reino dejaba de tener una política exterior autónoma y los enemigos de España pasaban a ser también los de Portugal.”

Este hecho comportó ventajas e inconvenientes a Portugal, porque el enfrentamiento que tenía la corona hispánica comportaba que Portugal debía anular los negocios que estaba manteniendo con los enemigos en liza. Así, el comercio tenido con los Países Bajos se resintió muy sensiblemente. Por otra parte, los noreuropeos atacaron los establecimientos de extremo oriente.

Pero por el contrario, la defensa que la monarquía hispánica hizo de las posesiones de Portugal así como las facilidades que tenían los portugueses de comerciar en la totalidad del imperio, incluso saltándose los pormenores del acuerdo de Tomar, junto con el trasiego de personas que se produjo entre los dos reinos, especialmente las que desde Portugal se trasladaron a vivir a las Alpujarras, significaron un entendimiento laxo de los acuerdos de Tomar, en beneficio, no ya del reino hermano, sino la unión nacional a la que se aspiraba.

Don Antonio Prior de Crato, un candidato al trono que había llegado a ser proclamado rey en Santarem en 1580 y que había capitaneado la oposición armada a los Felipes, dentro y fuera de Portugal durante décadas había firmado con Inglaterra unas cláusulas de ayuda que transformaban a Portugal en un protectorado virtual de Inglaterra. Con la escuadra inglesa y con Antonio Pérez, el secretario traidor que fue perseguido por Felipe II, participó en la organización de la Armada Invencible Inglesa que, al mando del pirata Drake, en 1589 atacó Santander, la Coruña y Lisboa, siendo derrotada y perseguida.

“Crato fue editado en francés en 1582 y su texto ‘Appologie ou defense du Monsieur Anthoine Roy de Portugal contra Philippes Roy d’Espagne, usurpateur du dict Royaume de Portugal’ tiene evidentes influencias de la obra de Guillermo de Orange.”

Crato había firmado con Isabel I de Inglaterra unas cláusulas por las que le ofrecía cinco millones de ducados de oro además de un tributo anual de 300.000 ducados. También le ofrecía entregar a Inglaterra los principales castillos portugueses, y mantener a la guarnición inglesa a costa de Portugal, quince pagas a la infantería y dejar que Lisboa fuera saqueada durante doce días. Además se le prometía vía libre para la penetración inglesa en Brasil y el resto de posesiones portuguesas. Estas cláusulas, convertían a Portugal en un satélite de Inglaterra y le brindaban a Isabel I la posibilidad de tener su propio imperio.

La invasión fue frenada en esta ocasión con gran desdoro de los ingleses, que habían puesto en la empresa toda su confianza al haber sufrido España, el año anterior, el desastre de la armada enviada contra Inglaterra. La armada de los piratas ingleses era la mayor que jamás había surcado los mares, tan sólo superada por la que con el mismo resultado acometería el pirata Vernon en su intento de asalto a Cartagena de Indias llevado a término el año 1741.

Por el tratado de Pomar, “Portugal era totalmente autónoma en materia fiscal y no hacía contribución alguna a los gastos de la monarquía. Las provincias vascas, aunque formaban parte de Castilla, también quedaban inmunes a las exigencias de Castilla. No pagaban ni la alcabala, ni los millones ni otros impuestos habituales en Castilla y se quejaban incluso de que los artículos importados de Castilla ya estaban gravados con esos impuestos.”

Pero como hemos visto, con el tratado de Pomar no se conjuraron los problemas sucesorios de los rivales de Felipe II, que se aliaban con los enemigos de España, quién, ajena a esos ardides seguía su camino en la consolidación nacional. “Los años situados entre 1580 y 1640 supusieron una consolidación de la expansión territorial que estuvo acompañada por una instauración de instituciones jurídicas, como las Ordenaciones Filipinas, sustituyendo a las Ordenaciones Manuelinas y también el establecimiento de formas de gobierno y administración de tipo castellano. Este hecho pasaría a engrosar las causas por las que se produciría la restauración portuguesa de 1640.”

Los conflictos se habrían de ir sucediendo; motines varios, levantamientos antifiscales, y nuevamente como en el alzamiento de las comunidades de Castilla, un “servicio” de 370.000 cruzados que debía efectuarse para proceder a la jura como heredero del hijo de Felipe III, el año 1605, exasperaba los ánimos de los portugueses. Por otra parte, las acusaciones de corrupción menudeaban, y finalmente el nombramiento de virreyes que no eran de sangre real, alteraban el espíritu de la nobleza que veía como, del mismo modo que había sucedió en Castilla, le eran retirados sus privilegios en beneficio general de la corona. Recordemos por otra parte, que la corona no era el rey, sino más bien lo que hoy conocemos como el pueblo.

Si durante el reinado de Felipe II ese proceso se daba con sutileza y el mismo rey había permanecido en Portugal, “bajo Felipe III (1598-1621) se daba inicio a una política de reducir la autonomía de Portugal para progresivamente integrarlo en el mundo hispánico. Se siguieron nombramientos de virreyes con pocos vínculos familiares con la familia real. Todo esto conllevó a un descontento, pues este procedimiento no respetaba el compromiso jurado por Felipe II.”

Pero los problemas antifiscales dados en Portugal no se limitaron a este reino; “los principales problemas antifiscales se produjeron en las zonas que, irónicamente, menos aportaban al tesoro real: Vizcaya, Portugal, Cataluña. Al igual que Carlos I en Escocia e Irlanda y que Luis XIII en los pays d'états, Felipe IV habría hecho mejor dejando tranquilas a las provincias periféricas. Eran tan pobres y estaban tan protegidas por privilegios y tradiciones que siempre producían más problemas que ingresos.”

Este juicio, que si es cierto en lo tocante al poder económico de Cataluña, es un poco exagerado en lo tocante a Portugal, que tenía un extenso imperio que aportaba importante numerario al reino y cuya defensa, a pesar de lo estipulado en el tratado de Tomar, recibía un importante apoyo de la marina del Imperio.

Los levantamientos fiscales, así, pudieron tener un significado de rebeldía del pueblo ante lo que consideraban una exagerada presión impositiva. Que la misma fuese inferior a la sufrida por Castilla es cuestión aparte. Algo que en ningún caso anunciaba un hecho como el acaecido en 1640. Y es que el movimiento separatista no tenía que ver con el pueblo, sino con un sector de la nobleza no dispuesto a ceder en sus privilegios, por los que no dudaba en vender su libertad a los intereses de los enemigos comunes: Inglaterra y Francia. Así, en 1640 “en Portugal nos encontramos con un movimiento político de la nación, pero no un movimiento popular, excepto en la medida en que las masas demostraron respaldar firmemente la actuación de su clase gobernante.”

La crisis económica y la ambición de la nobleza conformaron el caldo de cultivo que los europeos esperaban para poder desarrollar sus actividades, tendentes a debilitar el poderío hispánico; los holandeses atacaban los establecimientos portugueses extendidos a lo largo del índico, llegando a desalojarlos y a establecerse ellos en su lugar, pero estos establecimientos, para la organización del Imperio, sin quitarles importancia, eran de una importancia menor a la que estaban adquiriendo los establecidos en Brasil, por lo que se dio importancia capital al mantenimiento de éstos, que por otra parte eran objeto de los ataques corsarios de los europeos. Pero al fin, éstos acontecimientos sólo fueron excusas planteadas por el nacionalismo portugués; excusas que no obedecían a la verdad.

“La opinión portuguesa, desilusionada de la unión de las coronas, comenzó a atribuir las pérdidas portuguesas en el Lejano Oriente a la despreocupación de los españoles. La acusación era totalmente injusta. Por los términos de la unión, los imperios de las dos potencias conservaron su independencia, principio que también regía respecto a sus cargas y sus beneficios. Así lo había querido Portugal.”   Por otra parte, “los españoles estaban tomando conciencia que mientras que ellos carecían de estatus jurídico y, desde luego, de privilegio alguno en el imperio portugués, los portugueses campaban a sus anchas en el imperio de España. Una vez más, esto suscitaba la cuestión, al menos en el caso de los castellanos, de si quienes obtenían beneficios no debían asumir obligaciones.”

En ese sentido, los portugueses hacían incursiones hacia el occidente de Brasil, llegando a monopolizar el comercio entre Perú y el Atlántico, y todo con la connivencia de la corona, haciendo un manifiesto incumplimiento del tratado de Tomar, en beneficio de Portugal.

Pero ese era el menor de los problemas, ya que la acción de contrabandistas y esclavistas de Brasil quedaba fuera del paraguas del derecho español; así, “en la década de 1630, el Conde de Chinchón, desde su puesto de Virrey del Perú, desesperado ante los ataques de los bandeirantes paulistas a los indígenas del Paraguay, llegó incluso a proponer a Madrid que el Consejo de Portugal comprase Sáo Paulo para la Corona, único medio que él consideraba viable para sujetar “a esas gentes de San Pablo que no obedecen a Dios ni al Rey”, pues, a la luz de los hechos, resultaba evidente que aquella población estaba en manos de señores particulares.”

Y es que el Virrey del Perú venía sufriendo las actividades de los bandeiristas desde hacía una década. “Desde los años 1620, varios exploradores lusos comenzaron a remontar la corriente del Amazonas cada vez mas hacia el interior, contando, como en las expediciones de los años 1626 y 1633, con la autorización expresa de Madrid. A pesar de la preocupación desatada entre los colonos españoles ——quienes veían a su propio rey echar a un lado las célebres capitulaciones de Tordesillas que en 1494 habían establecido los límites que correspondían a portugueses y castellanos en América, Felipe decidió seguir adelante con esta política. Sólo en 1637, cuando el Gobernador de Maranhño decidió fundar un asentamiento luso 1.500 millas al oeste de la línea de demarcación, Madrid reaccionó ordenando de inmediato su detención y envío a Lisboa, donde un tribunal acabó por absolverlo.”  Evidentemente, bajo el reinado de Felipe II no se respetó el tratado de Tordesillas… ni en el tratado de Tobar, pero nunca en detrimento de los intereses de Portugal, sino en beneficio de la unidad nacional.

Pero además, el nacionalismo portugués acusaba a la corona hispánica de desatender la defensa de las costas de Brasil, que sufrían constantes ataques de las armadas europeas, y de los piratas al servicio de las mismas. Desde el tratado de los Doce Años con los rebeldes holandeses, éstos desarrollaron fuertemente su armada, lanzándola a hostigar las posesiones españolas (en muy especial grado las portuguesas) en Asia y en América, y esta situación de riesgo evidente, con los holandeses instalados en Curaçao y con la toma que hicieron de Bahía, fue presentada por los nacionalistas portugueses como desidia de la monarquía hispánica.

Pero, “contra la interpretación tradicional dada por la historiografía nacionalista portuguesa, no parece que la amenaza holandesa en Brasil contribuyera a distanciar a los moradores de la colonia respecto a la Casa de Austria, sino más bien al contrario. Al menos, visto desde las tierras brasileñas, el esfuerzo que Felipe IV estaba realizando para impedir el menor triunfo de los bátavos (los holandeses) en las Indias resultaba indiscutible.”

Parece, eso si, que la actividad de los nacionalistas portugueses se aliaba con los enemigos tradicionales, apoyando los argumentos que más cuadraban con sus intereses, sin atender que los mismos se atuviesen a la verdad. Lo que interesaba era enfrentar al pueblo español entre sí al objeto de sacar beneficio a su costa. Un ensayo de lo que en el siglo XIX realizarían con la independencia de América donde crearon veinte naciones, enfrentadas entre sí, con el apoyo de militares ingleses en aquellos puntos que les interesaba consolidar, y procurando privar a unos de las materias primas que producían otros, y que serían servidas, a conveniencia, por empresas dependientes del Imperio Británico. Y esto, hasta hoy mismo.

En lo tocante a Brasil, debemos considerar que “Durante la primera época de la presencia portuguesa en Brasil, situada entre 1500-1532, Portugal prestó poca importancia al aspecto colonizador y no se contaba con disposiciones jurídicas que regulasen las relaciones entre los portugueses y los indígenas ni entre los mismos portugueses. Las principales actividades estaban centradas en el comercio, más bien trueque, del pau brasil, y Portugal dirigía sus actividades principalmente hacia Oriente.”

En 1625, fue nombrado duque de Sanlúcar el conde de Olivares, Gaspar de Guzmán, que ya poseía rentas que superaban el millón de maravedís. La crisis económica se hacía plausible cuando ese mismo año “la corona firmó un asiento con un grupo de banqueros, que adelantaron 1.210.000 ducados al tesoro” , que se hallaba exhausto tras los esfuerzos llevados a cabo en Breda y en Brasil, donde la armada española sufrió pérdidas importantísimas, lo que lastraba el comercio atlántico y dificultaba los intercambios entre ambas costas, tan vitales para la economía nacional. La armada española rozaba los límites de operatividad.

“Difícil era con tales condiciones y circunstancias, aniquilado el comercio, acabada la construcción, entorpecida la carrera de las Indias, reemplazar más de 120 naves que casi al mismo tiempo se perdieron en las funciones adversas de Pasajes, Guetaria, Santoña, Brasil, Dunas, Antillas, y que reducían las armadas en proporción extraordinaria, bastante para quitar del todo el miedo á los berberiscos, instándoles
á venir, como vinieron, á la bahía de Cádiz, á Gualda, á Valencia, en las correrías de barcos menores ', así como para alentar en semejante intento á los cristianos de allende los Pirineos, bien que no llegara la penuria al extremo que imaginaban.”

En ese momento, Gaspar de Guzmán remitió a Felipe IV una instrucción sobre el gobierno de España, en la que, entre otras cosas decía en lo relativo a los asuntos de Portugal: “Los ánimos de aquella gente, sin duda, son grandes; pero también es cierto que fueron mayores. La razón de haber decaecido atribuyen ellos a la falta de los ojos de sus Reyes naturales, y a esta misma causa todos los daños que padece su gobierno. No hay duda de que en lo primero deben de tener razón, siendo imposible que no desaliente infinito la falta de asistencia real, y así tuviera por convenientísimo para muchas cosas el asistir V. M. en aquellos reinos por algún tiempo, no sólo para el remedio de los daños, sino para la conveniencia mayor que pueden tener los negocios públicos, que miran a la conservación y aumento de lo general de la Monarquía. El segundo daño del gobierno, que ellos consideran también por este mismo accidente, es cierto que no se lo negaré yo, pues sabe V. M. que he reconocido y representándole inconvenientes para el gobierno de la Corte misma donde V. M. asiste, de la falta de su atención personal, con lo cual no me parece posible dejar de ser la ocasión mayor del mal gobierno de que hoy se muestran lastimados, y así me parece muy del servicio de V. M. que estos vasallos vivan con esperanza que V. M. les dé de que asistirá con su Corte en Lisboa por algún tiempo continuado y de asiento, y también juzgo por de obligación de V. M. ocupar a los de aquel reino en algunos ministerios de éste y muy particularmente en Embajadas y Virreinatos, Presidencias de la Corte y en alguna parte de los oficios de su Real Casa, y esto mismo tengo por conveniente hacer con los aragoneses, flamencos e italianos.”

Las culpas de todos los males, en algunas ocasiones con toda la razón, y en otras con intenciones usadas de forma aviesa por los separatistas portugueses, eran del gobierno de Felipe IV y de los supuestos intereses de Portugal respecto a la monarquía universal española. Como consecuencia, en 1628 y en 1630 se produjeron importantes algaradas en Portugal como respuesta a la política fiscal del conde-duque, pero en la década de 1630 la violencia no sería privativa de Portugal, sino que estaría presente en toda España; no sólo se añadió Cataluña a la discordia, sino que esta se generalizó y el rumbo de la protesta, en principio por cuestiones estrictamente fiscales, varió de sentido animada por los intereses de los oligarcas locales; así, el duque de Medina Sidonia, al amparo del río revuelto, organiza una conspiración en 1641 tendente a la creación de un reino andaluz independiente que estuvo a punto de costarle la cabeza. Le suceden revueltas en diversas ciudades andaluzas; y por su parte, en 1648, el duque de Híjar se levantó para crear un reino independiente en Aragón.

“Algunos aristócratas pasaron de la oposición pasiva a la activa, y el duque de Medina Sidonia respondió a la solicitud del rey de formar un ejército con vistas a la campaña de Cataluña conspirando para convertirse en gobernante independiente de Andalucía con su ayuda (a imitación de su cuñado Braganza).”

El duque de Medina Sidonia, capitán general de Andalucía, hermano de Luisa Francisca de Guzmán, esposa del duque de Braganza, organizaba por su cuenta la rebelión en Andalucía con los mismos objetivos que el de Braganza.

Pero como hemos visto, no era el único problema secesionista que estaba surgiendo. En esa sintonía, el marqués de Ayamonte, a instancias de Luisa de Guzmán también intentó la rebelión, pero fue descubierto y ejecutado.

La ejecución del marqués de Ayamonte acabó amedrentando al duque, que en una maniobra comprometedora fue reclamado a la corte por el conde duque. No había actuado con suficiente ligereza preparando sus huestes, y se vio obligado, para no caer en la misma desgracia que el de Ayamonte, a atender la llamada del valido. “Vino el de Medinasidonia, aunque de mala gana; el orgulloso magnate que había soñado ser rey se echó humildemente a los pies de Felipe IV, confesó su culpa y pidió perdón. Otorgósele el soberano, ya predispuesto a ello por el ministro, bien que por vía de castigo se le confiscó una parte de sus bienes y se le sujetó a vivir en la corte. Pero el conde-duque le obligó a más: con achaque de que necesitaba justificar en público su inocencia, le comprometió a desafiar al duque de Braganza, por medio de carteles que extendió por toda España, y aún por toda Europa. Señalóse para lugar del combate un llano cerca de Valencia de Alcántara que sirve de límite a ambos reinos, donde se ofrecía el duque a esperar ochenta días, que se empezarían a contar desde 1.° de octubre. Y en efecto allá se fue el de Medinasidonia, acompañado del maestre de campo don Juan de Garay, y allí esperó el tiempo prefijado, hasta que viendo que nadie parecía se retiró a Madrid, satisfechos él y el conde-duque de lo bien que habían representado aquella farsa pueril.”

Tanto frente abierto desbordó la capacidad del conde duque, cuya ansia de poder le había hecho centralizar todas las cuestiones en su propia persona. Los consejeros se limitaban a seguir las ideas, en muchas ocasiones peregrinas, nacidas del caletre del valido, lo que llevó a que, aunque el “agraciado” hubiese podido ser cualquier otro de los asuntos que se manejaban en el momento, que “Desde un principio y ante la multitud de frentes abiertos en la política exterior de Felipe IV, Portugal resultó el más sacrificado por considerar las altas esferas políticas que era menos peligroso su levantamiento, que la intromisión francesa en Cataluña, cuyo avance podía poner en serio aprieto a Aragón e incluso a Madrid. Por ello, la campaña portuguesa durante varios años se limitó a escaramuzas fronterizas de escasas consecuencias, una especie de «guerra menor» por ambas partes; los robos, correrías y desolaciones eran continuas.”

Esa falta de actuación, no sólo militar sino también política, tan sólo significó el reforzamiento de las oligarquías separatistas portuguesas y de sus aliados franceses e ingleses, con los que unía desde hacía siglos una relación vejatoria para Portugal. El tratado entre los ingleses y la oligarquía portuguesa arranca de una fecha tan lejana como el 6 de abril de 1385, cuando fue coronado Juan de Avis, que acabaría venciendo en la batalla de Aljubarrota a un ejército castellano notablemente superior en efectivos. Portugal contaba con el apoyo de Inglaterra, habiendo firmado un pacto, el “tratado de Windsor”, inextinto hoy, que permite a Inglaterra hacer lo que le plazca; así, por el mismo intervino en 1640 propiciando la separación de éste reino hispánico de la unidad nacional; en 1890 Inglaterra exigió su incumplimiento y envió un ultimátum obligando a Portugal a retirarse del territorio existente entre Angola y Mozambique; en base al mismo tratado, Inglaterra obligó a Portugal a luchar en la Primera Guerra Mundial, y volvió a invocar el tratado para impedir que Portugal se aliase con el Eje y obligarle a ceder una base aérea en las Azores, y por supuesto no se cumplió cuando en 1961 fue atacada la India Portuguesa por el ejército de la Unión India.

El tratado de Windsor de 1635, así, fue esgrimido por la oligarquía separatista portuguesa. Los ingleses, en esta ocasión, fueron llamados para proceder a lo que mejor sabían hacer: el expolio de lo ajeno. Se les brindaba una ocasión de oro para combatir en su propio terreno al único enemigo que les ponía trabas en su labor de parasitismo universal.

No parece muy lógico, en un trabajo que pretende ser histórico, expresarse de este modo con el reino de la Gran Bretaña, pero la realidad es obstinada, y si el asunto merece ser tratado en un trabajo aparte, y de forma muy extensa, baste esta descalificación general como sencillo apunte de la trayectoria histórica de la Gran Bretaña con relación a la Humanidad y con relación a España. Son dos conceptos de la vida absolutamente irreconciliables, y nos encontramos en un momento histórico en el que la Gran Bretaña tiene el poder que tenía España en el siglo XVI, y España el poder que tenían ellos en esas mismas fechas; con una diferencia: los españoles, hoy, no nos damos cuenta de lo que representa, para la Humanidad y para España, esa realidad, y nos mostramos inermes física y espiritualmente, lo que irremediablemente está comportando en el mundo una relación infinita de actuaciones contrarias al espíritu humanista.

Con enemigos de esas características y con gobernantes de las características de Olivares, “la misma dinámica que había impulsado la unión peninsular se desarrollaba ahora al revés. En Portugal están documentadas, desde 1629, las revuelas anti-fiscales contra las autoridades castellanas. Pasaban a escucharse con frecuencia las voces que criticaban a Felipe IV por la “forma insufrible” como el rey trataba a sus súbditos lusitanos. En consecuencia, se impulsaba a las gentes del reino a que “se levanten los pueblos y busquen otro rey.”

En esos momentos todavía actuaba el gobierno y actuaba la virreina manteniendo el orden y poco más. “La oposición no fue vencida hasta mayo de 1634. Después, en 1637, estallaron de nuevo disturbios en Portugal, en Evora, y circularon rumores de que podrían extenderse a otras ciudades. La causa era una vez más fiscal: los esfuerzos del gobierno de Madrid por crear nuevos impuestos para financiar la recuperación de Brasil de manos holandesas.”

Los holandeses habían tomado Salvador de Bahía el año 1624 y fue puesta al servicio de la  Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, cuya principal función era la obtención d azúcar y el tráfico de esclavos africanos para que trabajasen en los ingenios. Fue el triunfo de una serie de acciones que venían llevando a efecto flotas holandesas desde 1598. Serían expulsados en 1625.

En 1628 los holandeses montaron un fuerte en la Isla de Fernando de Noroña, de donde serían expulsados el año 1630. Pero ese mismo año se harían con una plaza más importante: Pernambuco, de la que no serían desalojados hasta el año 1654 gracias a la colaboración de marranos instalados en el lugar y que eran titulares de importantes ingenios azucareros.

Estos acontecimientos preocupaban al gobierno de Olivares, como ocuparon en su momento a Felipe II. “Durante la época de la “Unión Ibérica”, España tuvo una gran preocupación en materia defensiva en todo el territorio brasileño, siendo años en los que se construyeron numerosas fortalezas a lo largo de la costa de Brasil, en un momento en que la presencia de ingleses, franceses y holandeses era constante como también los diferentes confrontamientos con los indios de la región y por esta razón existió una preocupación por la presencia de una Armada que defendiera esta costa.”
Mientras tanto, “en 1637 estalla la ola de motines populares en más de un centenar de lugares, villas y ciudades, lo que se dio a conocer como motines de Evora.”  Ello comportaría una serie de medidas por parte del conde duque.

En 1638 se ordenó “la supresión del «Consejo de Portugal que assiste en esta Corte» y el establecimiento de dos juntas, una en Madrid y otra en Lisboa «para que en ellas se traten las materias universales y, en particular, lo que mira a la reformación y authoridad de la justicia»…/… Con la supresión del Consejo, los fidalgos  portugueses vieron cómo se perdía uno de los principales garantes del particularismo de Tomar, porque, abriendo a castellanos el organismo que se dedicaba a tramitar las exclusivas mercedes portuguesas ante el rey, se empezaba la reforma que debería haber terminado con la separación jurada de Portugal.”

“El Consejo de Portugal se institucionalizó por el Reglamento del 27 de abril de
1586 y fue suprimido en 1665. Era un Consejo que debería estar formado exclusivamente por portugueses que se encontraban siempre junto al rey, especialmente cuando éste se encontraba fuera del reino. En un primer momento fue constituido para perpetuar la “memoria del reino”, según Fernández Albadalejo, es decir, para recordar al rey la singularidad de las leyes portuguesas por haberse comprometido Felipe II a defender los fueros y libertades de Portugal.”

“Hombres de la época, como Pellicer, Novoa o el portugués Severim de Faria, especialmente los dos  últimos, quisieron ver en los planes de Madrid a partir del sofoco de las alteraciones de Évora, un intento de reducir el vecino reino a provincia acabando con sus leyes e instituciones particulares. De este modo, la supresión del Consejo de Portugal, o su disminución de rango, significaría una ruptura frontal de la carta de Tomar en la que este aparecía como instrumento garantizador de un Portugal autónomo. La reducción del consejo en Junta de Portugal coincidió en el tiempo con la convocatoria por parte de D. Gaspar en la capital de la monarquía, de un importante número de personalidades portuguesas, cuyos nombres habrían sido sugeridos por el secretario Miguel de Vasconcelos.”

Como vemos, el nacionalismo utiliza un lenguaje subliminal al tratar el asunto; el Consejo no fue suprimido, sino suspendido, y sus funciones fueron llevadas a término por personas portuguesas de una confianza superior a las que componían en citado Consejo.

“En marzo de 1639, la situación creada por los "herejes holandeses" atacando y conquistando el Brasil como instrumentos del castigo divino, junto con los problemas del reino, entre los que se enumeraban como principales la defectuosa administración de justicia y la mala situación de la Hacienda, llevaron a Felipe IV a suprimir el Consejo de Portugal, reemplazándolo por una Junta. Este nuevo organismo, en aras de una mayor eficacia, se correspondería con otra junta que a los efectos se formaría en Lisboa.”

¿Era el nombramiento de portugueses para llevar adelante los asuntos de Portugal una medida tendente a limitar su autonomía?... Tal vez… Tengamos en cuenta que el ideal del conde duque era uniformar la legalidad de todos los reinos, según él, conforme a las leyes de Castilla. Esa idea de someter a las leyes de Castilla hoy podemos verlo como un error. Tal vez lo interesante hubiese sido redactar unas leyes comunes para todos, pero lo que se trasluce, aun cuando fuese cierta esa idea, es que estaba teniendo muy en cuenta que los responsables fuesen portugueses, no vascos, gallegos, aragoneses o castellanos.

En estos momentos, y en aplicación de la Ley de Armas, el valido procedió al reclutamiento de soldados y de dinero también en Portugal estando desatado el conflicto de los segadores en Cataluña, nuevamente estrujó los bolsillos de los contribuyentes de todos los reinos. Pero en esta ocasión “Olivares no sólo pretendía conseguir dinero en Portugal, sino también tropas. Se reclutaron unos 6.000 soldados para servir en Italia, pero la rebelión de Cataluña determinó que se integraran en el ejército reclutado para el frente catalán. Olivares pretendía, sobre todo, movilizar a la nobleza portuguesa, con el duque de Braganza a la cabeza, de manera que contribuyera a vencer la revolución de Cataluña en lugar de fomentarla en su país. Pero la nobleza portuguesa, considerando que había llegado el momento de pasar a la acción, se negó a alejarse del país y en el otoño de 1640 algunos nobles comenzaron a planear la revolución.”

Esas tropas, que serían requeridas por los sublevados portugueses para que se sublevaran y depusieran las armas en el conflicto de los Segadores, declinaron la invitación y pusieron en conocimiento de sus superiores la oferta que habían recibido. Duro golpe para el de Braganza, que veía su trono cogido con alfileres.

Por su parte, en el transcurso del año 1640, el conde duque había enviado dinero al de Braganza al objeto de que alistase un ejército para acudir a la campaña de Cataluña, pero “Entretanto el de Braganza, grandemente ayudado de Pinto Riveyro, hacía a mansalva su negocio, preparando a los nobles, al clero, a los comerciantes, labradores y artesanos, hablando a cada cual en su lenguaje, y ponderandoles los males que les hacía sufrir el gobierno opresor de Castilla y las ventajas que reportarían de recobrar su libertad.”

Los nobles portugueses habían acudido a Cataluña a sosegar la rebelión, pero el duque de Braganza excusó su participación enviando algunos vasallos, con lo que contentó a Olivares, que desoía las advertencias de la virreina de Portugal, Margarita de Saboya.

En el fragor de la conflictividad fiscal, y aprovechando que el ejército imperial se encontraba distraído en varios frentes y muy concretamente en Cataluña con la Guerra de los segadores, “en diciembre de 1640 una conspiración, encabezada por la nobleza, proclamó rey de Portugal al duque de Braganza con el nombre de Juan IV de Portugal quién firmó la paz con los holandeses (pero no sin antes expulsarlos de Angola y de Brasil, en 1656) y obtuvo el apoyo de ingleses y franceses.”

“La rebelión en Cataluña propició la sublevación en Portugal, cuya victoria resultó fácil por la ausencia de tropas castellanas. Nobleza y clero se unieron al pueblo para destronar a la virreina, la duquesa Margarita de Saboya, asesinando a toda su guardia y a su secretario de Estado, Miguel de Vasconcellos.”

El 1 de Diciembre de 1640, y de forma que los interesados pretendieron presentar como espontánea, se produjeron los hechos que condujeron al desbaratamiento del sueño hispánico, presente en la mente de todos los españoles desde aquel fatídico año 711 hasta el glorioso 15 de Abril de 1581 en que el feliz Felipe II consiguió completar la unificación geográfica de España.

“El 1 de diciembre de 1640 se produjo el asalto al palacio real de Lisboa, con el secuestro de la virreina, la infanta Margarita de Saboya, y el asesinato de su secretario Miguel de Vasconcelos, para aclamar al nuevo rey João IV de Portugal. La noticia de la apertura de este nuevo frente conmocionó a la Corte de Madrid, pero pocas fueron las medidas efectivas que pudieron tomarse debido a la grave carencia de recursos económicos y a tener a la mayoría de las tropas ocupadas en los conflictos ya iniciados.”

Los Tres Estados del Reino se reunieron en Lisboa el 28 de enero de 1641, y determinaron que los hechos del 1 de diciembre de 1640 no eran sino una restitución de la monarquía portuguesa a su verdadero titular, que había sido desposeído de sus derechos al trono por Felipe II “porque não guradava ao Reyno seus foros e liberdades, antes se lhe quebrarão per actos multiplicados.”  En ese momento se coronaba como Juan IV a quién hasta el momento era VIII duque de Braganza.

Ana de Mendoza, la princesa de Éboli, que ya había fallecido, no pudo disfrutar cuando en 1640 su bisnieta “se casó con el Duque de Braganza en el momento de la independencia.” ¿Había sido éste el trasfondo real que llevó al asesinato de Escobedo el año 1578?

Es el caso que en un golpe rápido fue hecha prisionera la virreina y proclamado rey el duque de Braganza. “Grande admiración y sensación profunda causó la noticia de estos sucesos en la corte de España, que se hallaba, como de costumbre, entretenida con unas fiestas de toros, celebradas estas para agasajar a un embajador de Dinamarca, y en cuyo espectáculo habían hecho de actores los principales de la nobleza.”

Los revoltosos asaltaron el palacio de la virreina y asesinaron al secretario Vasconcelos, tras lo cual se coronó rey, como Juan IV de Portugal, el duque de Braganza, que inmediatamente mandó ejecutar a los nobles partidarios de la unión nacional.

Vasconcelos fue el noble portugués que actuó eficazmente para que se consolidara el poder español en Portugal a través del mantenimiento de la dinastía Habsburgo en toda la Península Ibérica, encabezando a la nobleza portuguesa que defendía la opción de mantener unidas España y Portugal.

“Varios relatos narran como el secretario fue encontrado escondido en su armario entre sus malditos papeles, acuchillado o disparado, según las versiones, y arrojado por la ventana de su despacho hacia la explanada del Palacio. A ras del suelo la vana chusma pudo ensañarse contra el cadáver de la víctima.”

“Aunque no fue unánimemente apoyado, la publicística portuguesa presentó el golpe como una Restauración de Portugal a la condición completa de reino,” de tal modo procedieron que dieron lugar al lenguaje más rancio del nacionalismo, que no tomaría carta de naturaleza hasta la Revolución Francesa: “Con criterios lingüísticos, geográficos, históricos, institucionales e, incluso, religiosos, se afirmaba la existencia y particularidad de un pueblo lusitano que, desde los remotos tiempos de la Antigüedad clásica, se habría asentado en el suelo de Portugal. Después de hecho esto, el siguiente paso era mostrar cómo un pueblo particular debía  extenderse también en una comunidad política propia; si la nación lusitana era peculiar en todo, y no sólo en su estatuto jurisdiccional, debería ser la única rectora de sus destinos, ateniéndose solamente a sus intereses y deseos, sin tener que depender de instancias no nacionales como eran las de la Monarquía Hispánica.”

Argumentos que pasaban por alto, por ejemplo, la unificación nacional llevada a cabo por Roma, de la que Lusitania formaba parte esencial, y que parte de Lusitania era lo que en estas fechas era Portugal, entidad que, en esos momentos, sencillamente no existía, como tampoco existía Castilla, Navarra, o Aragón. Sin embargo callaban que sí existía Hispania, que primero como provincia romana y luego como reino visigodo, sí constituyó una unidad política que cubría territorialmente toda la península ibérica más la Narbonense, y la Hispania Tingitana. También negaban que la acción guerrera de todos los reinos hispánicos estaba dirigida a la Reconquista de España, de la unidad visigoda rota por la acción de la asonada árabe un fatídico año de 711.

Presentaban la monarquía hispánica, además, como tiranía, acusándola de haber intentado reducir a Portugal a una provincia sin identidad propia, obligada a pagar impuestos injustos, a intervenir en guerras extrañas, etc.

La sublevación no fue generalizada, aunque los sublevados controlaron de forma rápida los sitios estratégicos. Contra la sublevación “hubo un levantamiento del arzobispo de Braga y de algunos nobles que solicitaban que el nuevo rey renunciara y devolviera la corona al rey de España. Estos nobles y eclesiásticos fueron sometidos a tormento y juzgados sin ningún tipo de piedad por el nuevo monarca.”

1640 eran otros tiempos, y por supuesto, Felipe IV no era Felipe II. El nieto del rey prudente quedó sorprendido ante los acontecimientos. “Fue tal el sucesso de Portugal que, experimentado, apenas es creído. No se pudo temer, ni discurrir y assí no admira se dificulte la credulidad. Lo preuenido de los sediciosos para la execución, la presteza en el obrar y, finalmente, el modo con que todo se assentó no pudo ser inteligencia de hombres y, assí, sólo fue disposición de los Cielos” . Vamos a intentar desentrañar lo que de verdad tiene esa extrañeza que todos mostraron en el momento, desde el Conde-duque de Olivares hasta el último implicado.

¿Y cómo reaccionó el Conde-Duque? “Es fama que hallándose un día entretenido con el juego el indolente monarca, se llegó a él el de Olivares con alegre rostro y le dijo: «Señor, traigo una buena noticia que dar a V. M. En un momento ha ganado V. M. un ducado con muchas y muy buenas tierras.— ¿Cómo es eso? le preguntó el buen Felipe.—Porque el duque de Braganza ha perdido el juicio: acaba de hacerse proclamar rey de Portugal, y esta locura da a V. M. de sus haciendas doce millones.»

Un asunto que prometía ser resuelto en breves fechas se alargó de forma inesperada y dio pie a un contra sentido histórico: la separación de los dos reinos hispánicos. “Las dificultades por las que atravesaba la monarquía hispánica con los frentes abiertos en Cataluña y las Provincias Unidas, le llevó a retrasar la invasión de Portugal hasta casi 1660. Durantes esos años, Portugal se preparó diplomática –pactos de 1654 y 1661 con Inglaterra– y militarmente.”

El apoyo de las potencias europeas lo obtuvieron el año 1641, cuando la oligarquía portuguesa y las Provincias Unidas firmaron el Tratado de la Haya;  una tregua de diez años que en la práctica no se llevaría a efecto fuera de Europa. Quedaba claro el objetivo perseguido; así, tras el “tratado de paz”, los holandeses tomarían Sao Luis y Maranhao el mismo año 1641, manteniendo su posesión durante tres años. La expulsión definitiva de los holandeses de Brasil costaría 63 toneladas de oro.

“Nada más ser proclamado rey Juan IV, comenzaron las negociaciones con la República. Se acordó una tregua de diez años el 12 de junio de 1641 (que no fue aplicada en Brasil hasta 1642 ni en el Lejano Oriente hasta 1644), y los holandeses enviaron una escuadra para defender a Lisboa de la amenaza de un contraataque español. El comercio empezó a revivir y, con sus beneficios, Portugal fue capaz de financiar una resistencia efectiva contra España y de importar grano para la población de Lisboa.”  Así, en 1658 el ejército portugués puso sitio a Badajoz, centro neurálgico que posibilitaba el paso tanto para conquistar Lisboa como para conquistar Madrid. También este año se perdía Dunquerque.

La sublevación de Portugal entraba dentro de los objetivos buscados por Francia, quien desde 1634 está llevando acciones tendentes a provocar el conflicto. De hecho, “conseguida la independencia, una de las primeras preocupaciones del Duque de Braganza es despachar embajadores que le consigan ayuda de las cortes europeas, singularmente de Francia y Holanda”. Así, en el verano de 1641, “una armada de los tres países citados trató de atacar la flota española frente a Cádiz.”

“Los enemigos de España se apresuraron a prestar su ayuda al levantamiento portugués. Francia empezó a enviarle socorros en 1641 mientras que en 1642 se concertaba una alianza entre Inglaterra y Portugal. Luis XIV no dejaría de enviar auxilios a los portugueses, ni siquiera tras la firma de la Paz de los Pirineos. Por su parte, el monarca inglés Carlos II, que había vivido largos años en el exilio al amparo de la hospitalidad española acabó concertando su matrimonio con una infanta portuguesa que aportaba una importante dote. Ni a Francia ni a Inglaterra les interesaba que la península volviera a formar un solo bloque, y frente a esta razón, de nada servían amistades ni parentescos regios.”

Puede decirse, por otra parte, que, aparte la oligarquía portuguesa, pocos más apostaban por lo que acabó ocurriendo; pocos más se encontraban interesados en que ocurriese, salvo, naturalmente, las potencias europeas, enemigas de España. Tan pocos eran los partidarios que hasta el mismo duque de Braganza dudaba. Sí se mantenía distante de la corte, con la que procuraba pocas relaciones; sí daba excusas inenarrables a las peticiones del conde duque, pero ante las revueltas, permanecía enclaustrado en sus posesiones, y hasta cuando fue nombrado rey tomó con precaución el nombramiento, y no acudió a Lisboa sino en secreto, donde se destapó cuando los sublevados habían tomado el poder real de la capital.

“La corte de Inglaterra también se prestó fácilmente a renovar la amistad antigua entre los dos pueblos, y a franquear el mutuo comercio entre los súbditos de ambas naciones. Dinamarca y Suecia se alegraron de contar con un soberano y un reino más, que hiciera frente al poder de la casa de Austria. La república holandesa esquivó hacer un tratado de paz con el nuevo reino, para no verse obligada a restituirle los dominios y establecimientos portugueses de la India que había conquistado durante la unión de Portugal con la corona de Castilla, y que los portugueses pretendían pertenecerles otra vez de derecho. Los diputados de la república, no desconociendo la razón que les
asistía, quisieron diferir la solución de este negocio hasta la reunión de los Estados generales; pero se ajustó una tregua de diez años, y aún envió la Holanda una escuadra a Portugal para que en unión con la francesa persiguiera la de los españoles”

El duque de Braganza no era muy proclive a novedades, pero estaba casado con la que era biznieta de Ana de Mendoza, la princesa de Éboli, que tanto protagonismo tuvo en los tiempos de Felipe II, conspiradora con Antonio Pérez. El espíritu conspirador de la Éboli estaba reencarnado en Luisa de Guzmán, “hermana del duque de Medinasidonia, la cual no dejó de instigar a su marido e inducirle a salir de su indiferencia, y a no desaprovechar la ocasión de recobrar la antigua grandeza y poderío de su casa. Ayudóla a ello, y fue el alma de la conspiración un cierto Pinto Riveyro, mayordomo de la casa, hombre muy para el caso, por su osadía, su astucia y su disimulo. Como el duque se hallaba retirado en su hacienda de Villaviciosa, dedicado al parecer solamente al ejercicio de la caza y a otros pasatiempos, la conjuración se hubiera llevado adelante sin que se apercibiese ni sospechase la menor cosa la corte de Madrid, a no ser por la sagacidad de Vasconcellos y Suárez, los cuales dieron conocimiento al ministro de los síntomas que advertían y del peligro que bajo aquellas apariencias se ocultaba.”

A todos los efectos, Luisa de Guzmán era la reencarnación de su bisabuela, pues como hemos señalado más arriba, embarcó en su proyecto de sublevación también a su hermano, el duque de Medinasidonia, que si no consiguió llevar a cabo su particular levantamiento separatista fue como resultado de una extraña actuación prudente de Gaspar de Guzmán, que probablemente le hubiese costado la vida si no hubiese entrado en campaña militar contra su hermana y el rebelde duque de Braganza, Juan IV de Portugal.

El resultado final del levantamiento de la oligarquía portuguesa tenía pocas probabilidades de éxito, ya que, además de la numerosa población portuguesa que había pasado a colonizar las Alpujarras y otros lugares donde se habían producido matrimonios mixtos, “en el momento de producirse el levantamiento en Portugal, muchos lusitanos ejercían cargos importantes en la monarquía hispánica, en el ejército y en la administración del Imperio español.”

Y es que la situación de encontrarse reunificado el reino visigodo, algo que fue buscado durante ocho siglos de enfrentamiento con el invasor africano, hizo que “El triunfo del levantamiento separatista luso desató odios y fidelidades casi a la par, en Portugal y en CastilIa, y, en no pocos espíritus, dudas hasta el final de la guerra, allá por 1668. Y en esta nebulosa, producto de la prolongada incertidumbre y de la oposición de intereses, las distancias entre las metrópolis peninsulares y sus respectivas colonias se midieron en función de lo que unas y otras habían calculado arrebatarse mutuamente.”

Inevitablemente se produjo una guerra, pero una guerra de muy baja intensidad. Durante 1641, los enfrentamientos en Portugal eran raros, limitándose a campañas de captación. El año 1642 conllevó una mayor presión bélica, que se incrementó en los años siguientes, en incursiones especialmente de saqueo. “…Verdaderamente es compasión hacerse esta guerra con gente del país, pues sólo tienen la mira en el pillaje. Así fue en Salvatierra; saquearon el lugar, que le toparon muy rico, y luego cada uno huyó a su lugar con lo que había cogido, y no fue posible volverlos a juntar…”  Sin embargo, la monarquía hispánica estaba imposibilitada para afrontar la situación; el conde duque posponía una y otra vez la intervención decidida que hubiese dado el traste con la revuelta en momento en los que aún existía viva la voluntad del pueblo portugués por perpetuar lo que nunca debíó haberse roto.

Lo único que se mostraba eran los ardides de quienes encontraban en la situación una forma de supervivencia; “la propia soldada, mal pagada, acomodada y alimentada por los motivos anteriores, en cuanto tenía ocasión huía del servicio militar, dedicándose entonces al pillaje, que se convertía así en un nuevo mal a sofocar.”

La situación se encontraba en un punto que no llevaba a ninguna parte; si la monarquía hispánica estaba inhabilitada para actuar militarmente, los dirigentes separatistas no contaban con el apoyo del pueblo y su capacidad para aprovechar la ventaja que les significaba la existencia del conflicto de la guerra de los Segadores, en el otro extremo de la península, no sabían ni podían aprovecharla para la consecución de sus objetivos. No les bastaba el apoyo prestado por Francia Inglaterra y las Provincias Unidas. Necesitaban de la actuación directa, en territorio portugués, de las fuerzas militares de esas potencias. “Para obtener la independencia definitiva, Portugal necesitaba la segura y permanente cooperación de (al menos) una de las potencias emergentes de Europa. Sin embargo, no había ninguna posibilidad de lograrla si su independencia no era percibida por sus potenciales aliados como una realidad de hecho. El problema era que España no mostrará la menor intención de reconocerla de jure hasta el final de la guerra. A pesar del éxito puntual que tuvo el golpe de estado de diciembre de 1640, tan sólo fue el inicio del surrealista relato en que se convertiría el proceso de independencia portugués.”

Con el conflicto de Portugal recién inaugurado, “En enero de 1641 la Diputació y sus restantes seguidores pusieron a Cataluña bajo la autoridad del rey de Francia y, en su nombre, un ejército conjunto franco-catalán infligió una importante derrota a las tropas reales, rechazándolas en Montjuich el 26 de enero de 1641.”

Surrealismo que se enquistaría en España, en los cinco continentes, y se extenderá en el tiempo hasta el siglo XXI.

La ayuda la recibirían, sin lugar a dudas, pero Francia estaba demasiado ocupada en la invasión de Cataluña, y los otros aliados no veían excesiva claridad en el asunto. Apoyaban sí, pero siempre que la posibilidad de éxito fuese plausible. La prudencia propia de los británicos…

“Richelieu ya había prometido a los portugueses la ayuda de Francia si estallaba una rebelión y, al mismo tiempo, esperaban que los holandeses reducirían la presión que ejercían sobre sus territorios coloniales si declaraban su independencia de España…/… En tanto en cuanto el frente catalán absorbiera las energías de España en la península no había posibilidad alguna de recuperar Portugal. Por tanto, España tuvo que situarse, por el momento, a la defensiva contra los portugueses hasta que consiguiera tener las manos libres para reducirlos.”

Y es que la oligarquía portuguesa, a pesar de estar los ejércitos del Imperio excesivamente ocupados; a pesar de estar España entera incapacitada para dar respuesta al conflicto, no podía culminar su objetivo porque el pueblo portugués no estaba por la labor. “El patriarca Braganza no podía confiar aún en sus propias elites nobiliarias o eclesiásticas. Varios miembros de las primeras desertaron a España en los años 40, abandonando sus estados, sus rentas e incluso, en ciertos casos, sus familias; y muchos de quienes formaban las segundas obedecieron la moratoria ordenada por el papa relativa al culto y al pago de los impuestos.”

Como consecuencia de esta situación de indefinición, la guerra de secesión de Portugal se alargaría desde 1640 hasta 1668, pero en la misma se sucedieron pocos actos de armas, entre los que destaca los efectuados sobre Badajoz, punta de lanza contra la secesión, que sufrió asedios varios por parte de los “restauradores” portugueses.

La situación era sumamente extraña. Los sublevados controlaban la práctica totalidad del territorio, pero se mostraban incapaces de manifestarlo y hasta de creerlo. El pueblo se limitaba a sobrevivir y a callar, mientras esperaba una acción del ejército español que acabase con semejante situación, pero el ejército español estaba sencillamente ausente. Y por su parte, la nobleza portuguesa llevaba largo tiempo entroncada en el resto de España; entre ellos los Villena, Osuna, Sarria, Benavente, Gelves, Pastrana y tantos otros. Algunos acabarían pagando con el desarraigo de su tierra natal las consecuencias derivadas de estos hechos.

El desgajamiento de Portugal del tronco nacional acabaría siendo llevado a cabo en el último periodo de la Guerra de los Treinta años, en general contraria a los intereses hispánicos en Europa, aunque “no fue posible conseguir que la independencia lusitana se ratificara en los tratados de Westfalia o en la Paz de los Pirineos.”

“La única batalla del periodo fue la de Montijo, el 26 de mayo de 1644, de la que ambos bandos se atribuyeron la victoria, algo que permanece aún tanto en la historiografía hispana como lusa. Junto a esta batalla, solamente podemos encontrar otras dos operaciones de sitio dignas de mención. Por un lado el intento de cerco español sobre Elvas de 1644 -que duró menos de un mes, renunciando el comandante español, el Marqués de Torrecuso, a realizar un asalto sobre la ciudad al estar muy bien defendida-, y el cerco español de Olivenza de 1645, del que el Marqués de Leganés tuvo que desistir por la llegada de invierno.”

En 1650, “la recuperación del rebelde reino de Portugal cada vez quedaba más lejos, pues la milicia encargada de lograr tal objetivo se iba desgastando poco a poco, al tiempo que sus lideres mostraban una nula eficacia para remontar la situación, dedicándole más tiempo a su beneficio personal que a las tareas de gobierno militar.”

La balanza estaba por decantarse, pero parece que debía hacerlo por sí misma, ya que los nulos resultados de los separatistas portugueses, a pesar de la baja intensidad que el ejército imperial aplicaba al asunto presentaba un panorama que cuando menos podemos calificar de “raro”; en ese periodo, que cubre la nada desdeñable cifra de veintiocho años, desde “la proclamación de D. Juan IV de Portugal y la ratificación de las Paces de 1668, en el organigrama administrativo de la monarquía católica, siguió teniendo sitio una institución consagrada a los asuntos de Portugal. De este modo se mantuvo la ficción de que Felipe IV seguía siendo el soberano del ya desgajado reino.”  Una ficción que sólo podía producir gastos administrativos en una monarquía que se encontraba en quiebra.

En noviembre de 1656 murió Juan IV de Portugal, primer rey de la dinastía Braganza. Su sucesor era su hijo Alfonso VI, de tan sólo 13 años y con síntomas de desequilibrio físico, por lo que hasta 1662 la regencia estaría en manos de su madre, la bisnieta de la princesa de Éboli, Luisa de Guzmán, belicosa y de carácter como su bisabuela. Por su parte, los ejércitos españoles adolecían de deserciones masivas que no pudieron ser subsanadas hasta la firma del Tratado de los Pirineos con Francia. A partir de este momento llegaron tropas procedentes de Milán y de Flandes, lombardos, borgoñones, alemanes, franceses, irlandeses…que se unieron a los catalanes, portugueses y castellanos que luchaban por la unidad nacional, comandados por don Juan de Austria.

La revuelta de la Fronda en Francia había terminado en 1653, y la guerra de los Segadores había terminado en 1659 con el Tratado de los Pirineos. Acto seguido  se formarían tres ejércitos para la reconquista de Portugal, en Badajoz, en Galicia y en Ciudad Rodrigo. En Galicia se produjeron levantamientos contra las levas.

A estas alturas, el ejército francés se había rehecho y podría cumplir con los compromisos contraídos con Portugal. No había nada que desease más el rey Sol. “El mariscal de Schomberg, extranjero y hugonote, entró en Portugal con cuatro mil soldados franceses pagados con dinero de Luis XIV, que pasaban por estar a sueldo del rey de Portugal. (17 de junio de 1665) Esos cuatro mil soldados franceses unidos a las tropas portuguesas obtuvieron en Villaviciosa una victoria completa, que afianzó en el trono a la casa de Braganza.”   Una victoria que había precedido otra sonada derrota del hermanastro bastardo de Felipe IV, Don Juan José de Austria en Extremoz. Estas derrotas conllevaron la caída de don Juan José, que era mirado por el pueblo como la tabla de salvación ante tanta desgracia. La regeneración nacional que se preveía en su actuación quedó en nada.

Inglaterra, que colaboraba abiertamente con los separatistas portugueses se instituye en este momento como mediador necesario en el conflicto, desarrollando desde ese momento todavía más, su actividad tendente a separar al pueblo español, creando una incomunicación entre españoles-españoles y españoles-portugueses que no obedece a ninguna razón histórica sino tan sólo a una sinrazón que sólo la acción decidida por parte de todos los españoles puede aparcar.

“El divorcio cultural entre españoles y portugueses se produjo después de varios siglos de convergencia, a raíz de la violenta ruptura vivida con la guerra de 1640-1668. A partir de ese tiempo, las autoridades portuguesas se esforzaron por reafirmar en la cultura portuguesa todos aquellos elementos que pudieran resaltar las diferencias con Castilla. Elementos culturales ... que trataban de reforzar las diferencias identitarias de la sociedad portuguesa frente a la española. Se invirtió entonces la tendencia, y lo que había sido desde tiempo atrás una progresiva aproximación, a partir de entonces iba a permutarse por un esfuerzo de distanciamiento en todo lo posible.”

Es hora de reiniciar la cruzada por la unidad nacional. “¡Ay de los pueblos que no creen en las Cruzadas o en alguna locura semejante! De este escepticismo, mezclado de vanidad sin razón, murió aquella sociedad.”






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