domingo, 1 de abril de 2018

1898, la guerra en Filipinas (texto completo)

FILIPINAS, LA GUERRA


El 30 de agosto de 1.896 daba inicio la insurrección en la isla de Luzón y Andrés Bonifacio sostenía un enfrentamiento con la Guardia Civil al intentar entrar en Manila con sus tropas siendo rechazado en las cercanías de la misma, en San Juan del Monte.
En estos momentos, el Ejército español contaba con apenas 18.000 efectivos desplegados en el archipiélago, a los que había que sumar las unidades de la Guardia Civil, compuestas por tres Tercios indígenas y una Sección de Guardia Civil Veterana y 3 Compañías de Carabineros.



Al inicio de la revuelta el capitán general Blanco solo contaba con 309 soldados europeos pertenecientes a un regimiento de artillería de guarnición en Manila, estando el resto de las tropas del archipiélago compuesto por indígenas, principalmente tagalos, mandados por jefes, oficiales y clases peninsulares. El 25 de agosto buena parte de las tropas indígenas desertaron uniéndose a los rebeldes. Las escasas tropas indígenas que permanecieron fieles a España se batieron con eficacia, dando grandes pruebas de valor y arrojo. La situación era crítica. (Togores 2006: 571)

La situación, merced a la inoperancia de las autoridades, se estaba descontrolando de manera alarmante, lo que ocasionaba protestas en la Península, de la que se hacían eco los periódicos. Así, El Correo de Gerona, en su edición del 2 de noviembre de 1896, hacía referencia a un telegrama publicado por El Imparcial y sentenciaba:

Si el Gobierno no adopta las medidas consiguientes, destituyendo al general Blanco por telégrafo y encargando á un general de los que hay aquí, sea cual cualquiera, el mando militar, la situación será insostenible.

El primer combate serio se llevó a cabo en Malbón y triunfaron los sublevados. Ante el cariz de los acontecimientos, el Capitán General Blanco, telegrafía el 29 de agosto de 1896 al Ministro de la Guerra, pidiéndole mil hombres y permiso para crear un Batallón de Voluntarios, pero mientras tanto desguarneció por completo Luzón, y cuando quiso reaccionar, consiguió un ramillete de fracasos.
El crecimiento de la insurrección es exponencial entre los meses de septiembre y diciembre sin que el General Blanco pudiera hacerla retroceder, aunque sí contenerla de forma limitada, en parte gracias a la unidad de caballería de los macabebes .

A mediados de septiembre los desordenes se limitaban a la provincia de Cavite y algunos pueblos de Nueva Écija, pudiéndose considerar que la sublevación había fracasado en sus propósitos iniciales, comenzando una larga guerra, repleta de pequeños combates; durante el mes de octubre se produjeron mas de cien. (Togores 2006: 572)

Pero pocos días después, en la noche del 27 al 28 de Septiembre se sublevó la tercera compañía disciplinaria empleada en las obras militares de Mindanao, asesinando a los peninsulares que de ella formaban parte.
La situación estaba descontrolada y la capacidad de reacción del capitán general, limitada. Como consecuencia, el 15 de Octubre, el capitán general Blanco cursó el siguiente telegrama:

Por consecuencia grave indisposición general segundo cabo que le impide el despachar, he tenido que regresar á esta capital, dejando el mando de las fuerzas que operan provincias Laguna y Batangas, al jefe de estado mayor general Aguirre, con las oportunas instrucciones.—
Blanco.»
La primera impresión del público al ver que el general Blanco volvía tan precipitadamente á Manila fue la de que esta capital se hallaba sublevada, ó que nuestras tropas habían sufrido una derrota gravísima. (Soldevilla 1897: 404-405)

Y en efecto lo era. El 19 de noviembre de 1896 crecía la insurrección, en esta ocasión en Cavite, donde exceptuando los núcleos importantes de población de Caridad y de San Roque, todo el territorio estaba en poder de los insurgentes.
Ante esta situación, el Gobierno de Madrid sustituyó al mando de Filipinas y lo entregó al General Camilo García de Polavieja, que tomó posesión en los primeros días de diciembre.

El 3 de diciembre de 1896 el general Polavieja llega a Manila para inmediatamente hacerse cargo del mando en sustitución del desprestigiado Ramón Blanco. Desde el primer momento se propondrá desarticular la rebelión mediante el uso del ejército, logrando importantes éxitos en Nueva Écija, La Laguna. Batangas. Zambales y Bataan y, sobre todo, en Cavite. (Togores 2006: 572)

El 4 de diciembre Camilo Polavieja sustituye a Blanco en el mando de Filipinas, y parece que, bajo su mando, puede llegarse al control de la situación.

Las operaciones victoriosas siempre, preciso es consignarlo, llevadas á cabo durante el mando y la dirección suprema del general Palavieja, operaciones que dieron por resultado la toma de Siltmg, de Noveleta y de Imus, constituyen casi el único cuadro consolador en medio de las terribles amarguras que precedieron y fueron como forma sustancial del desastre. (Isern 1899: 297)

Pero el mal era generalizado. El 11 de enero de 1897 se sublevaron en las Marianas algunos confinados, que fueron reducidos y diezmados. Mientras, en Manila, voluntarios visayos gritaban con entusiasmo:

¡Vivan las Filipinas por España! ¡Mueran los tagalos insurrectos!

Paralelamente, en Luzón se alistaban 3000 indígenas voluntarios.
Los éxitos iniciales de Polavieja parecían señalar la reconducción del conflicto, sobre todo para aquellos que estaban gestando el final que inexorablemente debía llegar. Lo que convenía era controlar al pueblo, y por ello, con mucha frecuencia anunciaba el gobierno el inminente final de las sublevaciones en Curso: Cuba y Filipinas, siendo que en este caso, puso incluso fecha: el 12 de abril de 1897 anunció el gobierno que la situación estaba totalmente controlada, y todo como consecuencia del resultado de la sublevación de Joló de nueve de abril que el nuevo Capitán General, Fernando Primo de Rivera, que tomó posesión el 23 de abril, cortó con seis fusilamientos.
El gobierno envió a Filipinas para sofocar la insurrección 15 Batallones de Cazadores expedicionarios; así en 1898 las fuerzas totales destacadas alcanzaron los 43.656 hombres, con las que tenían controlado el territorio.
Y nada más… y es que, en Filipinas

Nada se había previsto para la guerra internacional, toda vez que en ellas o en sus aguas no había fortalezas, buques de combate, torpedos, cañones modernos, ni cosa que a éstas se parezcan. Tampoco había en la isla de Luzón fuerzas militares españolas, cuando estalló la penúltima insurrecci6n contra la soberanía de España. (Isern 1899: 295)

Y sin embargo, el gobierno era plenamente consciente de la situación; tan es así que

El 3 de septiembre de 1897 el Ministro de Ultramar ordenaba al Capitán General de Filipinas que tomase medidas ante una posible guerra con los Estados Unidos. El 20 de enero de 1898 el agregado naval español en Washington informaba que, en caso de guerra, las Filipinas serian la primera posesión española atacada por el ejército norteamericano. (Togores 2006: 574)

Con ese comunicado, parece que el gobierno se liberaba de responsabilidades, ya que había puesto al tanto del asunto al capitán general… pero no hizo nada más.
Como tampoco hizo nada más el nuevo capitán general, que mostró más interés en salir airoso de la sublevación de Joló que en buscar y exigir soluciones ante el aviso del ministro de Ultramar.
La victoria sobre los insurgentes era manifiesta

El avance de las tropas españolas era ya imparable. Se habían tomado Ilorong, Puray, Minuyan y Arayat entre el clamor de las provincias no tagalas, gracias a las fuerzas regulares y al decidido apoyo de unidades de voluntarios españoles y filipinos. Ocupar Biac-na-bato era seguro pero, dado lo accidentado de la zona, Primo de Rivera no tenia confianza en poder apresar a los jefes de la revuelta, aunque estaba convencido de que estos sólo se convertirían en algunas partidas sueltas de escaso poder una vez rendidos sus refugios. (Togores 2006: 574)

Pero si en Filipinas estaba controlada la sublevación, la situación general de España se estaba acelerando; la evidencia de una guerra con los Estados Unidos y la evidencia de que Filipinas era objetivo principal del enemigo era criminalmente obviada… y Primo de Rivera debía ser consciente que el asesinato de Cánovas era el principio del fin de una etapa en la que las consecuencias debían ser dramáticas, y él debía salir airoso. Como consecuencia…

El 5 de octubre de 1897 Primo de Rivera pone su cargo a disposición del nuevo gobierno nacido como consecuencia del asesinato de Canovas durante el verano. Unos días después, el 7 de octubre, propone un plan para terminar con la revuelta de forma rápida, mediante el pago de un millón setecientos mil pesos a los jefes tagalos, a cambio de que se rindan con sus hombres y entreguen sus armas. (Togores 2006: 573)

El teatro daría paso a una nueva escena pocas fechas después de la propuesta, que por supuesto sería aceptada por el gobierno. En cumplimiento del libreto, Primo de Rivera enviaría al gobierno el siguiente telegrama:

Al  cumplir el plazo dado, Gaceta de 28 de Noviembre para tomar medidas de rigor al comenzar guerra activa, se me presentan en comisión del enemigo para rendirse, sin pretender reformas, los hermanos Aguinaldo, Llanera y gobierno de la titulada república con sus partidarios y armas, pidiendo sólo perdón para sus vidas y recursos para emigrar. (Soldevilla 1898: 426)

Un final lógico a la actuación del capitán general, que si siete meses antes parecía haber empezado con nuevos bríos, se vio culminada con un esperpento: E1 15 de Noviembre de 1897 había llevado a efecto el plan propuesto al gobierno el 7 de octubre anterior: se firmó el Pacto de Biacnabató, cuyo resultado inicial fue el cuerpo del telegrama referido.
Como consecuencia inicial del pacto, el 13 de diciembre, partió para Hong Kong Emilio Aguinaldo, quedando sublevados en Filipinas los guerrilleros Macabulos, Solimán y Manalán… y el comunicado del ministro de Ultramar, relativo a la amenaza usense, archivado.
Un esperpento que el 16 de Diciembre de 1897acabó anunciándose como un gran triunfo del gobierno y de la monarquía, que supuestamente alcanzaban la tan deseada pacificación de las Filipinas, lo que sirvió de justificación, principalmente periodística, que permitió la emisión de aventurados juicios que se adornaban señalando que

Este día puede calificarse de memorable y venturoso para España. porque en él se puso término á la lucha que la nación sostenía en el Archipiélago filipino. (Soldevilla 1898: 424)

Nada más alejado de la realidad, que sí era señalada por algunos, directamente implicados en la situación, y que afirmaban que la paz firmada en Biaknabató, no había sido sino una forma más ó menos vistosa de satisfacer, egoísmos personales, que en último resultado no conducían a nada práctico. (Ría 1899: 24)
Y es que la opinión de los soldados que estaban viviendo la realidad de la revuelta filipina, no coincidía con los criterios del gobierno ni con los de Primo de Rivera.
Al respecto, se tenía la sensación de que

Eso de la presentación de Aguinaldo es una combinación del General para ir á
España de modo mas ó menos honroso; pero, me parece que como no se marche pronto, esta gente no es de la que espera mucho tiempo, y entonces ten por seguro, que volvemos á tener jaleo para rato. (Ría 1899: 30)

Mientras tanto, el teatro seguía combinado con la realidad, y mientras se festejaba en Manila el pacto de Biacnabató,

En Nueva Ecija, en Bulacán, en Batangas y en otras provincias, era una temeridad ir solo por los caminos de unos pueblos á otros, porque de continuo se recibían noticias de asaltos, robos y asesinatos cometidos en dichos puntos, por los que hasta entonces habíamos llamado insurrectos, y que después de firmada la Paz, se llamaron, porque así le parecía al Capitán general, tulisanes, malhechores, gente de mal vivir. (Ría 1899: 26)

Al final nada se había resuelto, pues Primo de Rivera, en vez de extinguir la insurrección, la aplazó y dio nuevos bríos con el pacto de Biacnabató, por el cual, los traidores quedaban reconocidos como parte beligerante, con lo que quedaron revestidos de prestigio para reiniciar un nuevo levantamiento que serviría para apoyar la agresión usense anunciada, al tiempo que Manila contaba para su defensa con seis batallones de infantería y 8.000 voluntarios.
En consonancia con lo que sobre el terreno denunciaba Ría, tras la marcha de Aguinaldo a Hong Kong, el día 14 de marzo de 1898, se produjo una nueva sublevación.

el día 2 de Marzo se tuvo noticia de la concentración de la escuadra norteamericana del mar de China en Hong-Kong, á la vista casi de Manila, y el día 8 de que el departamento de Marina de Wáshington organizaba una escuadra volante compuesta de cruceros de guerra y de vapores veloces
de las compañías mercantiles para dar caza á los buques mercantes españoles en el caso de que estallase la guerra. (Isern 1899: 399)

Nada hizo el gobierno español al respecto.
El 2 de marzo, mes y medio antes de la declaración de guerra, y seis meses después de la comunicación ministerial relativa a la cantada agresión usense sobre Filipinas,  publicaba la prensa inglesa la noticia de que la escuadra norteamericana del mar de China se había situado en Hong-Kong, y los periódicos de Madrid decían, al reproducir la noticia, que la estancia de la escuadra norteamericana en Hong Kong, era motivo en Londres de impresiones pesimistas. Algo que no alarmó al gobierno español, que mientras tanto estaba orquestando el desastre.

Pero Inglaterra debía tener algo más que impresiones pesimistas, ya que era la principal interesada en llevar a cabo la mutilación de España. La razón de esa afirmación la aclaraba en su momento el teniente “X”, de la armada francesa, testigo de los acontecimientos de Cavite, que el 15 de Agosto de 98 publicaba en "La Revue de París” un artículo con el título de "La Guerra en Filipinas", en el que afirmaba:

Antes de zarpar de Hong-Kong los americanos, embarcaron artilleros ingleses, desertores de la armada británica. Así se explica la seguridad del tiro americano en el combate de Cavite; sus piezas estaban dirigidas por hhíe jackets; á cada desertor se le sedujo mediante un sueldo de quinientos dollars al mes, como si fuera un almirante. Me resisto aun á creerlo: la insolencia de estos procederes sajones es demasiada. Pero la historia no rechaza lo inverosímil. Los ingleses y americanos, entre sí, son como los bávaros y los prusianos: se odian pero son de la misma familia y se entienden contra los demás. Los americanos, el día mismo que hicieron la paz con Inglaterra, hace más de un siglo, estaban dispuestos á ayudarles para arrojar á los franceses de Canadá, si lo hubieran necesitado los ingleses. Es preciso cerciorarse de si el hecho es cierto. Inglaterra no protestará, puesto que han sido los Estados Unidos los que llevaron esos marineros…/… A mi juicio, el Cónsul Wildam ha manejado los hilos principales de la empresa americana en el mar de la China. El es quien la dirige, quien merece estatuas, y teniéndolas, se honrará en él á la marina, pues el Cónsul Wildam es un antiguo oficial de la escuadra
norteamericana.  (Mendoza 1902: 114)

En esos momentos se organizaba una “armada” que, al mando del almirante Cervera era enviada a la muerte y al desguace. De nada sirvieron las quejas y las propuestas del almirante, que concientemente y en un exacerbado concepto del deber no supo distinguir entre los intereses de la Patria y los intereses de un gobierno que estaba sirviendo el dictado de los enemigos de la Patria.
Apenas partió para las Antillas la mediocre armada de Cervera, el gobierno organizó otra procesión de barcos de desguace dirigida a Filipinas, pero con tanta visión que nunca llegaría a su destino.
Esta armada, conocida como “armada de reserva”, y comandada por el general Cámara, constaba de ocho unidades que, en su conjunto, fue calificada de basura por el cónsul de los Estados Unidos en Port Said.
Pero los intereses de los anglosajones exigían que sus agentes en España ocultasen esa realidad al pueblo español. La derrota debía ser absoluta. Tal vez por eso, la prensa española proclamaba que una tercera y formidable escuadra estaba lista para partir; estaría compuesta por las naves

Vitoria, Numancia, Alfonso XIII, Princesa de Asturias, Cataluña, Puerto Rico, Cardenal Cisneros, Lepanto, Puigcerdá, crucero auxiliar Meteoro, cazatorpedero Destructor, torpederos Barceló y Retamoso, el transporte General Valdés, los trasatlánticos armados en guerra León XIII  y Montserrat, y tres hermosos acorazados de 9.000, 7.500 Y4.235 toneladas que se habían adquirido recientemente. (Isern 1899: 352)

Todo, literalmente, mentira, como mentira era la noticia que los periódicos publicaban el diecinueve de abril, que aseguraba que España tenía más fuerza naval que los Estados Unidos… Como mentira era la información del ministro de marina, quién en las cortes del día 20 del mismo mes explicaba dónde podría abastecerse la flota de carbón y de víveres.
Y en medio de esa retahíla de mentiras, una única verdad: Estados Unidos declaraba la guerra el 25 de abril… ¡con efectos retroactivos al día 21!
¿Y qué hizo el gobierno que supuestamente defendía los intereses de España?... Por lo visto, ni tan siquiera comunicar esta situación a quienes más interesados en el asunto, ya que el 20 de junio de 1898 llegó al puerto de San Luis de Apra (Guam) una escuadra usense formada por un crucero de la marina (Charleston) bajo la comandancia del capitán Henry Glass y tres transportes (Australia, City of Pekin y City of Sidney) bajo la comandancia del general Anderson. Dispararon en diversas ocasiones. Los españoles, confiados en que la inoperatividad del gobierno español se debía a una actitud honesta, creyeron que se trataba de un aviso de saludo, por lo que se organizó una comisión de recibimiento, pero cuando el teniente Francisco García Gutiérrez y el médico castrense José Romero fueron a recibirlos, los norteamericanos comunicaron que ambas naciones estaban en guerra, y que habían arribado para ocupar las Marianas. El gobernador políticomilitar Juan Marina y otros cargos fueron hechos presos y conducidos al Charleston, y Henri Glass hizó la bandera usense.
En estos momentos, cuando desde el 9 de abril había asumido el mando militar Basilio Augustín

Las fuerzas españolas diseminadas por Luzón y por todo el archipiélago se componían de pequeñas guarniciones incapaces de agruparse en columnas de cierta entidad para converger con rapidez y orden sobre Manila: buen ejemplo de esta situación es la guarnición española del pueblo de Baler. (Togores 2006: 576)
/
Pero el asunto de Guam resulta todavía más incomprensible si tenemos en cuenta lo acaecido casi dos meses antes…
El uno de mayo de 1898 la flota usense estaba frente a Manila, desde donde las baterías de costa cañonearon sin ningún éxito al mantenerse los invasores a distancia prudente. Finalmente, Dewey venció a la escuadra española, comandada por el almirante Patricio Montojo, en la batalla de Cavite.
Desde el hundimiento del Maine el quince de febrero, el almirante Dewey se había preparado en Hong Kong y se hallaba listo para entrar en combate. Contaba con seis buques que desplazaban 19.000 toneladas, armados con 87 cañones largos y 46 pequeños. Los siete buques españoles no llegaban a las 12.000 toneladas y contaban con 42 cañones de calibre medio y 53 más pequeños. Los usenses contaban con mayor poder destructivo, mejor blindaje y barcos más rápidos y maniobrables y, sin embargo nadie consideraba que la resistencia fuese imposible.
La potencia de las dos escuadras era nominalmente similar, con ligera ventaja usense, si no hubiese sido porque los barcos españoles estaban en reparación mientras los usentes estaban totalmente operativos.

CARACTERÍSTICAS DE LOS BUQUES ESPAÑOLES EN EL COMBATE DE CAVITE (Oubiña)
Año de
botadura Desplazamiento Velocidad
efectiva Armamento Dotación Observaciones
Reina Cristina 1886 3.000 tm 10 nudos 6 x 120 mm
3 x 57 mm
8 x 37 mm
3 x 350 mm torpedos 331
Castilla 1869 3.300 tm cero 4 x 150 mm
4 x 42 mm
2 x 350 mm torpedos 278 Era de madera
y no podía mover
la máquina
Isla de Cuba 1886 1.046 tm 10 4 x 120 mm
3 x 57 mm
2 x 37
3 x 350 mm torpedos 146
Isla de Luzón 1886 1.046 tm 10 4 x 120 mm
3 x 57 mm
2 x 37
3 x 350 mm torpedos 148
Antonio
de Ulloa 1887 1.152 tm Cero 2 x 120 mm
2 x 350 mm torpedos 37 No podía utilizar
la máquina
Don Juan
de Austria 1887 1.152 tm 13 4 x 120 mm
2 x 40 mm
4 x 37
2 x 350 mm torpedos 155
Marqués
del Duero 1880 500 tm 10 1 x 160 mm
2 x 120 mm 85 Cañón de 160
de avancarga y
2 de bronce
CARACTERÍSTICAS DE LOS BUQUES USENSES EN EL COMBATE DE CAVITE
Año de
botadura Desplazamiento Velocidad
efectiva Armamento Dotación Observaciones
Olympia ------- 1892 5.580 tm 19 nudos 2 x 203 mm
10 x 127 mm
10 x 57 mm
6 x 350 mm torpedos 454
Baltimore 1880 4.600 tm 19 nudos 2 x 203 mm
4 x 152 mm
5 x 350 mm torpedos 402
Boston 1884 3.189 tm 15 nudos 2 x 203 mm
4 x 152 mm
2 x 57 mm 274
Raleigh 1892 3.140 tm 18 nudos 1 x 152 mm
10 x 27 mm
8 x 57 mm
4 x 350 mm torpedos 297
Concord 1890 1.700 tm 16 nudos 6 x 152 mm
6 x 57 mm
6 x 350 mm torpedos 297
Petrel 1888 800 tm 12 nudos 4 x 152 mm
4 x 37 mm 297

Lo primero que ha de afirmarse al comparar estas dos escuadras para el estudio del desastre de Cavite, es que todos los buques norteamericanos se hallaban en buen estado de conservación, y que, en cambio, de los buques españoles, el Castilla tenía algunas vías de agua, que obligaban á la tripulación a trabajar incesantemente en las bombas de achique; el Don Antonio de Ulloa estaba con las máquinas inutilizadas, y el Don Juan de Austria y el Marqués del Duero sólo disponían de un cañón cada uno en estado de prestar servicio. Ha de añadirse que de los buques españoles, sólo dos tenían alguna protección, el Isla de Luzón y el Isla de Oda, pero sólo en la cubierta. (Isern 1899: 421)

Además, todos los buques norteamericanos eran de acero, mientras que los españoles sólo eran de acero el Isla de Luzón y el Isla de Cuba; el casco de los demás era de hierro, y el del Castilla, de madera.
No era esa la única desventaja. Supuestamente, España tenía ventaja al encontrarse en tierra propia, pero eso sólo era una suposición, ya que, a pesar de la tensión sufrida en las últimas décadas, no sólo no se había atendido la modernización de la Armada; no sólo se había desechado la que hubiese sido un arma definitiva (el submarino), sino que ni tan siquiera se habían atendido otros inventos españoles, como el destructor de Villaamil o la mina de Joaquín Bustamante… como tampoco se habían acondicionado las defensas de la costa ante la creciente tensión vivida en las últimas décadas, siendo que la  base naval de Cavite no tenía prácticamente ninguna defensa.

Situada en el fondo de la bahía de Manila, cuya boca no tenía artillería ni podía cerrarse con torpedos de fondo por la profundidad que en ella existe, su defensa artillera se limitaba a cinco cañones Hontoria de 150 milímetros montados en Punta Sangley porque los demás eran de avancarga y no tenían prácticamente ningún valor. (Oubiña)

El almirante de la flota española, Florencio Montojo, el mismo que en 1890 formase parte del equipo que ninguneó el submarino de Peral, efectuó unas tácticas que, a un inexperto en cuestiones militares, como es el caso, pueden resultar incomprensibles; sin embargo,

El almirante Montojo manifestó que en virtud del plan aprobado por el general Primo de Rivera, seis baterías defendían las dos bocas de entrada a la bahía de Manila, compuestas cada batería de tres cañones de los desmontados de los barcos en reparación y que para el combate naval sólo dispone de cuatro barcos viejos y en malas condiciones; por el general Jáudenes segundo cabo se manifestó tener preparadas tropas para rechazar cualquier ataque en la línea de blocaos, y cualquier desembarco de tropas americanas pero contando con pocos hombres para atender a tanta cosa. (Dávila 1999: 317)

Cavite es una ciudad amurallada situada en la bahía de Manila. Su puerto construido en un istmo estrecho que se extiende hacia el este y se adentra en la bahía, tiene excelentes condiciones de abrigo.
En Filipìnas, la escuadra española estaba compuesta por siete cañoneras con cañones de 120 milímetros y dos barcos destartalados, el “Castilla” y el “Antonio de Ulloa”. Con esta escuadra Montojo hizo frente a la escuadra usense, compuesta de cuatro modernos cruceros armados con cañones de 203 milímetros, y de dos cañoneras con cañones de 152 milímetros.
Teniendo en cuenta esas situaciones, todo indicaba que la actuación prudente consistiría en evitar la batalla naval, forzando el acercamiento de las unidades enemigas y no malgastando munición en unos disparos de cuyo alcance estaba a salvo la armada invasora.
Pero no fue esa la actuación del general Augustín, que completó la actuación llevada en el mar por el almirante Montojo. Si éste en el mar actuó de forma contraria a lo que los medios a su alcance le permitían, en tierra hizo lo mismo Augustín, desperdigando en unidades inoperativas un ejército que, concentrado en Manila, hubiese podido realizar su función con posibilidades de éxito.

La situación en que quedaban los destacamentos de provincias, dicen todos los testimonios, era angustiosa de veras. Algunos de ellos, sin medio alguno de lucha, pues el pueblo no estaba  convenientemente fortificado, ni había hombres suficientes para la defensa, ni municiones, ni víveres. En algunas poblaciones se habían atrincherado los fuertes que ocupaba la fuerza militar; pero en cambio ésta era en su mayor parte indígena, complicada en el movimiento revolucionario general, y, por consiguiente, la tropa peninsular se hallaba comprometida a su lado. (Isern 1899: 302)

Si la actuación en las Antillas resultó inexplicable, inexplicable resultó también en Filipinas.

Nadie se explicaba en Manila, ni se explica ahora en España. cómo no se dio a dichos destacamentos órdenes preventivas para que pudieran replegarse en determinadas circunstancias que se veían llegar por todos. (Isern 1899: 303)

Esta imprevisión había producido en quince días los siguientes resultados, según carta del abogado separatista Felipe Buencamino á D. Pedro A. Paterno: «En menos de quince días tenemos 3.500 prisioneros españoles en nuestro poder, de los cuales hay un general de brigada, el Sr. Peña, dos coroneles, varios tenientes coroneles, otros jefes y oficiales, además de los gobernadores de Bataán y Batangas, los empleados de estas provincias y sus familias. (Isern 1899: 304)

Esta actitud, que en su momento fue calificada de imprevisión, y que a la luz de la historia crítica se nos rebela con alguna posibilidad de traición, se veía agravada por el resultado de las iniciativas tomadas por el mando militar que, como hemos visto en otro lugar, daba cancha y armamento a los separatistas.
La política de buenismo aplicada daba pie a que la confianza de los elementos separatistas se impusiese, generando con ello el derrotismo en aquellos que creían todavía en el destino universal de la Patria. Con este clima, creado artificialmente,

Hubo capitanes del Ejército, de origen filipino ciertamente, que se pasaron al enemigo, y una porción de tenientes y sargentos que les siguieron; hubo pequeños destacamentos, como el de Biacnabató y el de Balinag, que se entregaron sin disparar un tiro; hubo destacamentos como los de Benguet, Cervantes y Bontoc que lucharon hasta consumir el repuesto que tenían de víveres y municiones, y alguno, como el de Baler, que sea cual fuere la causa íntima de la resistencia, pues en esto se dan opiniones encontradas, ha llevado el heroísmo a extremos dignos de toda suerte de elogios. (Isern 1899: 305)

Pero esa política de buenismo no se limitaba a los soldados, sino que inundaba todo el espíritu nacional. La cita anterior es muestra de lo referido. El mismo Damián Isern, que se esfuerza en señalar el origen filipino, ciertamente, de los capitanes del ejército que desertaron, no duda en señalar poco después que

Hubo comerciantes peninsulares en Bambán que se ofrecieron a los insurrectos apenas el general Monet abandonó á San Fernando de la Pampanga; hubo médicos titulares españoles, excepciones de la regla, que se adhirieron á la sublevación así que la vieron triunfante; hubo gobernadores civiles que asistieron con sus familias á. las fiestas, y tomaron parte en los bailes con que los jefes insurrectos celebraban su triunfo sobre las armas españolas; hubo funcionarios públicos que, en cuanto vieron á los tagalos camino del triunfo, colocaron la escarapela tricolor en su sombrero y se pusieron al servicio de aquéllos; hubo hijos de un titulo de Castilla, que en el ataque de la población en que residían, por las fuerzas del cabecilla Macabulos, estuvieron con los rebeldes contra nuestros soldados, y un titulo de Castilla, padre de aquellos hijos, que abandonó el pueblo, antes del ataque, sabiendo que éste iba á intentarse, sin comunicarlo á las autoridades ni á la colonia peninsular. ¡Acababa de obtener de nuestro Gobierno un ascenso de dos mil reales en su carrera de funcionario público ¡Podrían citarse, por desgracia, no pocos casos tan elocuentes como los que se acaban de indicar. (Isern 1899: 443)

No se trataba, así, de un movimiento que se circunscribiese a las expectativas de una ideología liberadora, sino, bien al contrario, de un movimiento egoísta, mercantilista, que no conocía de libertad sino de principios contrarios a lo que históricamente ha significado España.
Se pretendía disociar lo filipino de lo hispánico, representando lo hispánico los principios humanistas y lo filipino… nada, porque frente a lo hispánico lo único que imperaba era el mercantilismo británico.
Los analistas del momento, por presión, se negaban a  comprender que lo determinante en el separatismo no era el ser natural de Filipinas o ser nacido en otro lugar de las Españas, del mismo modo que se negaban a comprender que la actuación del gobierno, que lógicamente no podían comprender, se debiese a la traición a la Patria. Pero vista esta actuación, vista la actuación llevada con relación al submarino, que inequívocamente era el resorte que hubiese garantizado la independencia de España, no cabe duda que esos analistas eran víctimas de la candidez o del miedo a las represalias.
En ese mismo orden, víctima de la candidez o del miedo… o de la complicidad, el general Augustín contrariando el arte de la guerra, desperdigó el ejército de tierra en unidades inoperativas y el almirante Montojo contrariando también el arte de la guerra, presentó batalla en alta mar, sin que la batería de costa pudiese prestar apoyo, lo que significó la aniquilación de la armada española.
A pesar de todo, y merced al espíritu combativo de las tropas españolas, que ajenas a los cambalaches se obstinaban en el cumplimiento de su deber, tras un primer ataque, Dewey ordenó la retirada al ver los escasos resultados, aprovechando esta pequeña tregua para dar de comer a sus cansadas dotaciones. La situación se tornaba preocupante para el almirante usense, haciéndole reflexionar sobre el hecho de que a pesar de haber consumido la mitad de sus municiones, no había conseguido sin embargo hundir ningún buque enemigo.
Pero se reanudó el ataque desde una distancia a la que no tenía alcance la artillería de costa española.

Las piezas de artillería del fortín de San Antonio Abad soportaron el fuego de los buques enemigos al que no podían responder por la distancia quedando enterradas entre escombros. (Dávila 1999: 335)

Y dio comienzo la batalla naval

Al llegar a unos 5.000 metros, los "Baltimore" y "Boston" rompieron el fuego sobre el "Cristina", que en poco tiempo quedó incendiado, con varias piezas inutilizadas y una enorme cantidad de bajas. A pesar de ello trató de abordar al "Olympia”, pero antes de llegar a conseguirlo quedaron inutilizadas sus calderas y sus cañones fuera de servicio. El Almirante cambió entonces su insignia al "Isla de Cuba", mientras el "Cristina" se hundía con 41 muertos entre ellos su Comandante, Luis Cadarso, y 210 heridos lo que representaba un 75% de bajas. Los demás buques fueron siguiendo poco a poco la misma suerte. El “Castilla” combatió dos horas hasta que se hundió ardiendo. Al “Ulloa” le sucedió lo mismo. (Oubiña)

El resto lo haría Patricio Montojo, que dio por perdido el combate y ordenó el abandono de los buques, tras lo cual Dewey reanudó el combate.
Ante esta situación, no falta quién salva el honor de Montojo, señalando que

Habida cuenta de la situación, en la que Montojo no tenía la más mínima culpa y de la que iba a ser la víctima, su decisión fue irreprochable desde el punto de vista militar. Puesto que contaba con un único cañón de 150 milímetros en Punta Sangley, con otros cuatro del mismo calibre en el "Castilla" (que era tan inamovible como la Punta Sangley) y con los dos de 120 en el "Ulloa" que tampoco podía moverse, y como la velocidad de las demás unidades era notablemente inferior a la del enemigo, toda su posible maniobra de combate consistía en concentrarse al lado de Punta Sangley, esperar allí la llegada del enemigo, y combatir hasta que materialmente se deshiciesen sus pobres cañoneros. ¿Qué más podía hacer y quién hubiera podido hacer más? Al amanecer del día 1 de mayo de 1898, la escuadra de Dewey, formada en línea de fila ("Olympia", "Baltimore", "Petrel", "Raleigh", "Concord", “Boston"), entró por la boca grande de la bahía de Manila, entre Corregidor y el Fraile, y se dirigió a Manila. La batería de Punta Sangley hizo fuego cuando pudo y entonces los americanos viraron hacia Cavite donde esperaban en línea de fuera a dentro y parados, los "Cristina" (insignia de Montojo), "Castilla", "Cuba", "Luzón", "Ulloa", "Austria" y "Duero". (Oubiña)

Parece evidente que la actuación no fue la adecuada; volvemos a preguntarnos por qué el mando militar actuó tan en contra de las necesidades del momento. Esa misma pregunta la hacía también un militar, Carlos Ría Baja, testigo personal de la situación.

¿Por qué los buques nuestros no se pusieron al abrigo de nuestras baterías de Manila y de Cavite? Tampoco se sabe; lo que de modo positivo puedo asegurar, es que Montojo obró del mejor modo posible para perder los barcos, no adoptando las medidas convenientes y dejándose engañar en último resultado por el ardid que pusieron en práctica los americanos para ver si caía en el garlito, como suele decirse. (Ría 1899: 63)

Pero es que, después de todo, después de haber presentado una batalla que debía haberse desviado a la costa dada la evidente desproporción de fuerzas navales, después de haber sufrido una evidente derrota, ésta fue magnificada, no por la acción de guerra de los buques usenses, sino por la acción premeditada del mando militar que debía defender la españolidad.

Ningún buque español resulto hundido por el fuego enemigo durante el combate. Los dos buques más importantes de la flota española volaron como consecuencia de los incendios que se habían producido en la batalla naval y que se propagaron a toda la nave al ser abandonados por sus tripulantes, siendo el resto de los barcos españoles hundidos por sus tripulantes, sin presentar combate en la segunda parte de la batalla. La escuadra española tuvo 60 muertos en combate o como consecuencia de las heridas y 193 heridos, muchos de ellos leves. (Togores 2006: 575)

Finalmente, las bajas por ambas partes fueron las siguientes:
De 1.965 españoles: 167 muertos y 214 heridos.
De 1.734 americanos: 9 heridos.
Este desastre tuvo una consecuencia subsiguiente: el manifiesto “Als Catalans”, redactado por Enríc Prat de la Riba, que no se pudo hacer público hasta julio de 1898.
Pero siguiendo con las acciones militares, misteriosamente, tras el desastre de Cavite se ordenó abandonar la principal línea de defensa de Manila, que sufrió 105 días de bloqueo y 75 de asedio. Ya hemos señalado que los movimientos de tropas en tierra eran, como mínimo, tan torpes como los desarrollados en el mar.
El asedio comenzó el 1 de junio

En total las fuerzas españolas que guarnecían la ciudad eran de unos 6.500 a 7.000 hombres, buena parte de ellos nativos, con la misión de proteger un perímetro de unos 15 kilómetros, en el que se encontraban refugiadas unas
70.000 personas. (Togores 2006: 577)

El 1 de junio fue definitivamente sitiada por tierra Manila por las fuerzas tagalas, siendo ya el asedio completo, dado que desde principios de mayo la flota de Dewey había logrado el bloqueo naval de la bahía de Manila. El asedio, combates y asalto se habían de prolongar a lo largo de 105 días, entre el 1 de mayo y el 13 y 14 de agosto de l 898. (Togores 2006: 578)

Pero lo que llama poderosamente la atención, no es el bloqueo a que se vió sometida Manila, sino las órdenes y la actuación del mando militar español en relación a ese hecho.

El día 5 de Junio del año de tristes recuerdos para España, de 1898, la columna que mandaba el coronel D. Victoriano Pintos, abandonó, de orden superior, con auxilio de la columna al mando del Sr. Hernández, según texto original que obra en poder de dicho coronel, la línea del Zapote, la línea más importante para impedir la invasión de la provincia de Manila por los insurrectos de la de Cavite. (Isern 1899: 435)

Se calcula en 10.078 los efectivos que guarnecían y defendían los distintos sectores y el recinto murado, de ellos 7.593 soldados europeos y el resto indígenas. (Dávila 1999: 320)

Estas unidades se enfrentarán al Cuerpo Expedicionario usense de Filipinas formado por:

— Tres regimientos de Infantería del Ejército Regular con tres batallones y 12 compañías de 106 hombres.
— Catorce regimientos de Voluntarios de Infantería (respondiendo a su concepto de considerar el mantenimiento de un fuerte ejército permanente como perjudicial a la prosperidad y peligroso para la libertad civil, Estados Unidos prefería la llamada de milicianos voluntarios y la utilización de las unidades de la Guardia Nacional).
Tres batallones independientes.
— Cuatro escuadrones de Caballería.
— Dos baterías de campaña y seis a pie del Ejército Regular.
— Cinco baterías de campaña y una a pie de la Milicia.
Una compañía de Ingenieros (Dávila 1999: 321)

Las fuerzas expedicionarias ascenderían a unos 12.000 hombres cifra muy superior a los 5.000 que según había informado Dewey se consideraban necesario para ocupar Manila. (Dávila 1999: 322)

En cuanto a los rebeldes filipinos merced a la ayuda americana en armas, le fue posible a Aguinaldo organizar sus fuerzas en tres cuerpos disponiendo según los partes enviados por Augustín de 30.000 tagalos armados con fusiles máuser y remington, con abundante munición y varios cañones de campaña. (Dávila 1999: 322)

Todo parecía cumplir un negro guión; demasiadas coincidencias confluían para estimar que se trataba de un desastre no orquestado.
A estas alturas de la situación, y para redondear la operación, la chatarra comandada por el general Cámara había llegado al canal de Suez, donde fue retenida mientras no pagase el preceptivo peaje… Finalmente, el 29 de junio de 1898, dos meses después del desastre de Cavite,

el Gobierno dio orden telegráfica para el pago de los trescientos mil y pico de francos que importaban los derechos para pasar la escuadra de Cámara el Canal de Suez, y con este pago desapareció el inconveniente que impedía á nuestros barcos proseguir su marcha y que les obligaron a estar detenidos varios días en el Canal, sufriendo además la mortificación de que en los puertos egipcios se les dijera que no podían estar más de veinticuatro horas, ni permitirles hacer carbón. (Soldevilla 1899: 284)

El tres de julio había sido destruida la armada de Cervera en Santiago de Cuba,
El día siete, el crucero usense Philadelphia había zarpado para tomar posesión oficial de Hawai, y el dieciocho, el mando militar en Filipinas, cumpliendo más como corresponsal de guerra que como responsable de la misma, cursaba un comunicado al ministro de la Guerra en el que decía:

«Ha llegado segunda expedición tropas americanas y me anuncian bombardeo e inmediato ataque esta plaza antes que llegue nuestra escuadra que urge se presente si se trata de salvar esta situación.
Sigo sosteniendo línea exterior rechazando duros y continuados ataques insurrectos pero si americanos desembarcan carezco de tropas para impedirlo. Si americano siguen auxiliando insurrecto sen actual ataque considero imposible conservar esta plaza. Regreso escuadra y refuerzos implica renuncia a conservar la soberanía. Comprenda Gobierno la situación en que me deja cuya responsabilidad no puedo aceptar.» (Dávila 1999: 329)

La respuesta del ministro no se hizo esperar. El día 21 de julio, con el concurso del cónsul en Hong Kong, el ministro de la Guerra  informaba al general Augustín:

«Se apresuran negociaciones de paz y acordar en breve el armisticio. Como preliminar de aquellas, interesa que V.E. siga manteniendo a todo trance soberanía en la plaza con la entereza y decisión que lo está haciendo, pues en ellos estriba gran parte solución favorable negociaciones.» (Dávila 1999: 329)

El día 25 el general Augustín vuelve a cablegrafiar a Madrid:

«Manila lleva tres meses estrecho bloqueo y dos de bloqueo y cerco por insurrectos. Todos admiran resista tanto tiempo sin auxilios con sólo defensas improvisadas pero se agotan subsistencias aunque se hizo posible aprovisionamiento. Guarnición disminuye por bajas naturales y sólo por valor, buen espíritu, sufrimiento tropas y continuos trabajos defensa he podido hasta ahora contener y rechazar enemigo y sus proposiciones capitulación. Con la escuadra y refuerzo que esperaba, roto bloqueo hubiera podido prolongar resistencia. Su regreso producirá fatal efecto elemento español que se considera abandonado y animará insurrectos. Urge si hay negociaciones paz venga enseguida armisticio para evitarlo y poder sostenerme en ella según deseo gobierno pues sólo tendré que contener a insurrectos. Estos han cortado el agua a población .Se utilizarán aljibes. (Dávila 1999: 330)

El 7 de Agosto de 1898 comienza el ataque usense a Manila que capitula el día 13, después del acuerdo de paz de París del día 12.
Las medidas tomadas por el general Augustín eran indicativas del final que se venía anunciando; así, el once de agosto se dio la orden de no hacer fuego sobre el enemigo aunque fuesen atacadas por éste… Y hubo más… se prohibía que ninguna batería apoyase a otra que se viese atacada… Y más… Se prohibió a las tropas de infantería y las unidades de artillería impedir que los sitiadores tagalos progresasen en su labor de abrir trincheras en torno a Manila.

Se sabe que a otro capitán le costó cuarenta y ocho horas de arresto el hecho de haber disparado sobre los norteamericanos á fin de evitar que construyeran una trinchera frente al fuerte de San Antonio Abad. Se sabe que se dio orden de abandonar el fuerte citado, como antes se había abandonado la línea del Zapote y después la de Las Piñas, y que la resistencia del comandante de aquel fuerte a cumplir la orden, dio tiempo á que se reflexionara mejor sobre lo dispuesto y se rectificara. Se sabe, por haberlo afirmado públicamente personas de notoria seriedad, que en la ciudad sitiada se daban pases á los chinos para que fuesen al campo enemigo á llevar víveres, rayadillo, tabaco y otros efectos de que carecían los sitiadores, y no se ignora que esto producía terrible impresión en la tropa…/… Se sabe que en la junta de generales para la rendición de Manila hubo quienes protestaron de la entrega, afirmando que, si bien las defensas eran defectuosas, se estaba en la obligación de resistir hasta consumir la última ración y las postreras municiones. Se sabe todo esto, y mucho más que no puede referirse por falta de pruebas, y no se sabe que se haya instruido de veras ningún expediente para averiguar, por ejemplo, quién o quiénes daban pases para llevar á los sitiadores las provisiones que hacían falta en Manila.  (Isern 1899: 454-455)

El día 13 de agosto de 1898 capituló  la plaza de Manila ante las fuerzas mandadas por el General Merrit. La capitulación se hizo, dijeron, con todos los honores de la guerra, y la ha firmado el General Jáudenes, gobernador militar de Manila, que desoyó los comunicados que le pedían resistir unos días más a fin de tener más fuerza en las negociaciones de paz. La noticia de la rendición no llegó a Madrid hasta el día 25.
Las tropas españolas en Filipinas acababan rindiéndose sin presentar batalla, y el costo humano, al menos, fue muy reducido.

Las bajas en Filipinas fueron notablemente inferiores a las de Cuba. Allí murió un 30 por ciento del contingente; en Filipinas, algo menos de 200 hombres en combate y poco más de 3.000 por enfermedad. Esta cifra coincide con el diez por ciento de bajas considerado habitual en el trópico por los ejércitos europeos del siglo XIX e indica la poca entidad de los combates librados. (Puell 2013: 48)

A la vista de este detalle de acontecimientos, ¿fue Manila, en efecto, la escena final de una intriga política?

Los norteamericanos lo han dicho, y el capitán Bride lo ha repetido: «Se habia convenido entre las autoridades españolas y el general Merrit que Manila capitularía, cuando las tropas norteamericanas fueran lo bastante numerosas para contener á los insurrectos y evitar los excesos después de la rendición». (Isern 1899: 457)

Pero el pueblo español nada tiene que ver con los gobiernos y con la monarquía que llevaban a cabo estas tropelías. Y ese pueblo, en la creencia de actuar de acuerdo con esas autoridades, aceptaba, sumiso, la deplorable actuación de aquellos, que ya estaban tratando la venta, a cambio de dinero contante y sonante, de lo que quedaba de España.
Ese pueblo, vendido de antemano, aún tenía el vigor de actuar virilmente, y ese pueblo, personificado el 15 de octubre de 1898 en las autoridades de Guam, emitió el siguiente comunicado:

Los que subscriben, habitantes de Agaña (Isla de Guaján), capital de las islas Marianas, y testigos presenciales de todo lo acaecido en dicho punto desde el día 20 de junio próximo pasado hasta el día de la fecha (1898), atestiguan por medio del presente los hechos que se expresan a continuación.
Ignorándose por completo en esta capital la declaración y existencia de la guerra entre España y los Estados Unidos de la América del Norte en virtud de la escasez de comunicaciones de las Islas Marianas con la capital del Archipiélago Filipino y con todo el resto del mundo, presentáronse en la mañana del 20 de junio último, en ésta de Guaján, cuatro barcos norteamericanos de gran porte, uno de ellos el crucero de guerra Charleston, que fondearon en el puerto de San Luis de Apra, único habilitado en la Isla para dicho objeto.
Con el fin de cumplir las formalidades de rúbrica en estos casos, pasaron a bordo de este último buque los encargados de las visitas de guerra y sanitaría, y allí fueron enterados, con la sorpresa consiguiente, no sólo de la ruptura de hostilidades entre los dos países citados, sino del objeto que aquella escuadra, cumpliendo las órdenes del gobierno de Washington, traía a Marianas: el de tomar posesión de estas islas, para lo cual el jefe de la expedición, comandante de crucero, quería hablar inmediatamente con el Gobernador de aquéllas.
En la mañana siguiente, día 21 de junio citado, y después de una corta entrevista convenida desde el día anterior, recibió el señor Gobernador políticomilitar, Teniente Coronel de Infantería, don Juan Marina y Vega, la intimación de la rendición de la Isla en el término de media hora, así como la de toda persona de carácter militar al servicio de España residente en aquélla. En vista de los medios de defensa que se poseían, que estaban reducidos, puede decirse, al destacamento de 54 soldados peninsulares de infantería de marina, así como de la inmensa superioridad numérica del enemigo que en los tres grandes transportes, a más de potentes medios de guerra de todo género, venían conduciendo una división del ejército de los Estados Unidos, y en atención, en fin, a la imposibilidad absoluta de hacer algo eficaz en la defensa, el señor Gobernador políticomilitar se vio en la necesidad de rendir la Isla, siendo hecho prisionero en unión de los demás individuos militares de la pequeña guarnición, y que eran el Capitán del puerto, el Secretario del Gobierno, el Médico militar y los dos oficiales del destacamento, que con los 54 soldados de éste, fueron todos llevados a bordo del crucero, después de entregar las armas y cuatro banderas nacionales pertenecientes a los distintos Centros de la ciudad, las cuales fueron también exigidas por el enemigo.
Después de acaecido esto, limitáronse los americanos a izar y saludar su bandera en el ruinoso y abandonado fuerte de Santa Cruz, situado en el mismo puerto, retirándola después de los honores correspondientes, y el día 22 por la mañana toda la escuadra, llevándose a los militares españoles, zarpó del puerto, siguiendo su viaje a Manila…
¿Era el acto ejecutado por los yankees una verdadera toma de posesión de este pedazo de tierra española? Si así ellos lo imaginaron no lo demostraron con sus hechos: no habían pisado más tierra, materialmente hablando, que la misma orilla del embarcadero del Puerto […]; no quedaron en la Isla ni autoridad, ni un solo soldado de guarnición […] Tales fueron las reflexiones hechas por el español peninsular don José Sisto y Rodrigo-Vallabriga, Administrador de Hacienda Pública, en propiedad, de estas Islas, el cual, considerando perfectamente nulo lo ejecutado por los yankees, conceptuó que si la escuadra enemiga había tomado posesión de aquéllas en la forma que lo había hecho, él podía hacer lo mismo, como español y funcionario público, a modo de reconquista en el momento que el enemigo las abandonaba, y no titubeando un solo instante en llevar a la práctica su de patriótico pensamiento, el señor Sisto y Rodrigo-Vallabriga, en nombre de España, tomó el mando del Gobierno en las Islas Marianas en nombre de España, las cuales, por este hecho, continuaron formando parte integrante del territorio a que siempre han pertenecido.
Restaurado así el régimen español en las Islas […], nada, en efecto, ha variado de cuanto con arreglo a las leyes y reglamentos españoles vigentes venía cumpliéndose en el régimen político de la colonia […], con siguiéndose así la tradicional y perfecta tranquilidad que siempre ha sido propia de este apartado rincón de España, y demostrándose la firme adhesión a la patria y a los Poderes constituidos.
Y para que conste y en testimonio de verdad, firman este documento en Agaña, a quince de octubre del año mil ochocientos noventa y ocho (Baró 2015: 105-107)

De nada serviría este acto heroico. La monarquía y el gobierno que actuaban en nombre de España ya habían decidido el destino de las Marianas, que eran apetecidas por las potencias europeas.

La posición geográfica de las islas Marianas hacía de ellas un punto estratégico en el dominio de los mares y tierras. El enorme mercado chino ofrecía perspectivas de lucro a los países occidentales industrializados, que a lo largo del siglo XIX intentaron, y lograron, abrir sus puertas. Pero el mundo asiático estaba ya completamente ocupado por dichas potencias y la búsqueda de nuevos territorios para repartir estaba, por entonces, bloqueada; la única salida posible será, pues, la redistribución colonial, siendo en este contexto en el que hay que inscribir todo el desmantelamiento colonial español en el Pacífico. (Pozuelo 1998: 149)

Todo estaba en completo derribo; así, el día 24 de Diciembre de 1898, las Visayas también eran finalmente abandonadas por el ejército español. Catorce días después de haber renunciado a su soberanía.
Tampoco tendría sentido práctico, aunque sí de honor (algo sin importancia para las administraciones públicas) Baler, que a 200 kilómetros de Manila albergó la gesta que cincuenta y siete soldados españoles que,  desconociendo la derrota, se mantuvieron firmes en su posición durante 337 días.
Asediados por una ingente multitud, el destacamento se atrincheró en la iglesia a la espera de refuerzos, con gran cantidad de suministros, pero sin sal ni agua potable. Finalmente excavarían un pozo que les suministró el líquido elemento necesario. Antes se les acabaron los suministros, debiendo comer los caballos… y las lagartijas que tenían oportunidad de capturar.
No todos fueron héroes. Ocho fueron los desertores de este destacamento, un cabo y cinco soldados españoles , de los que dos fueron fusilados por los sitiados poco antes de finalizar el asedio, y un cabo y un sanitario indígenas que huyeron antes incluso de comenzar el mismo.
Las relaciones entre los enfrentados llegaron a ser cordiales, intercambiando cigarrillos por vino.
Pero el beri-beri y la disentería hicieron mella en los sitiados, llevando por delante, entre otros, al párroco y al capitán Las Morenas, que fue sustituido en el mando por el teniente Martín Cerezo, que dejaría escrito el relato de la gesta.
El honor de estos héroes merece ser referido. Aquí, el detalle de su gesta.

Desde el día 12 de febrero del año 1898 que llegamos a Báler, hasta el 2 de junio de 1899, fecha de nuestra memorable capitulación, no recibimos, como ya dije antes de ahora, ni un centavo, ni una galleta, ni un cartucho. (Martín 1904: 40)

El 27 de junio, ante el ambiente hostil, la unidad se acuarteló en la iglesia mientras desertaban dos soldados nativos y uno peninsular. El día 29 desertó otro soldado peninsular. El día 30 se produjo el primer enfrentamiento, resultando herido un soldado español. Previendo el sitio, al día siguiente construyeron un pozo para abastecerse de agua, y a los tres días construyeron un horno.
El 8 de julio los sitiadores les enviaron tabaco y les ofrecieron una tregua, “a fin de que la gente descansase”, y alimentos, que fueron rechazados con el acompañamiento de una botella de jerez.
Mientras, los desertores animaban a voces a la deserción de quienes permanecían en su puesto.
El 31 de julio fallecía un soldado herido el 18, que debió ser enterrado en el mismo sitio.
El 3 de agosto se producía una nueva deserción, y el 15 un nuevo herido. El desertor moriría a los pocos días en el curso de un asalto a la iglesia.
El día veinte se incorporaron dos frailes, y el 25 de septiembre hubo nueva incorporación: el beri-beri, que provocó el fallecimiento del párroco, y el 30, la disentería se llevó a un soldado.
Ese mismo día recibían una comunicación de Dupuy de Lome, gobernador de Nueva Écija, comunicando el desastre y el fin de la guerra.
El 10 de octubre fallecieron dos soldados, víctimas del beri-beri.
El 18 falleció, también víctima del beri-beri, el comandante de puesto Juan Alonso Zayas; el resto de la dotación, excepto seis, también padecía la enfermedad.
Con esta situación no se podían permitir permisos… Los enfermos también hacían guardia, aunque debían ser transportados por los sanos.
Los días 22 y 25 se produjeron otras dos muertes por beri-beri, y el 23, otra muerte por acto de guerra. Además finalizando octubre, ningún sitiado poseía zapatos. En la primera quincena de noviembre fallecieron cuatro soldados más como consecuencia del beri-beri;
El 22 de noviembre fallecía el capitán Las Morenas, también víctima del beri-beri (era el día 145 del asedio, y quedaban cuarenta defensores, mas un médico y un sanitario. Para alimentarse sólo tenían harina de arroz fermentada; algo de tocino podrido, algunas habichuelas, y bastante azúcar.
La situación la amenizaban con habituales jolgorios que sacaban de quicio a los sitiadores.
El 8 de diciembre, otro muerto por beri-beri; A las juergas de los sitiados respondían los sitiadores con juergas en las que participaban mujeres, y de forma destacada, los desertores.
La situación era tan extrema que los sitiados hacían listas señalando el orden de las defunciones, y el primero de las mismas hacía legados a quienes le cavasen la tumba.
El 14 de diciembre, con el médico moribundo,  una salida a la desesperada pegó fuego a las posiciones tagalas, haciendo huir a los sitiadores, momento aprovechado para recolectar verduras, naranjas y calabazas allí existentes, así como clavos y madera. El aporte de las naranjas y las calabazas fue decisivo para mejorar la situación de los enfermos. Inmediatamente habilitaron un huerto donde sembraron hortalizas, gracias a las cuales pudieron controlar el hambre y las enfermedades.
Pero tenían otros problemas que no podían solventar… La techumbre, totalmente agujereada no libraba de las copiosas lluvias.
No obstante, nada les minaba el ánimo, por lo que llegada la Navidad celebraron la Nochebuena con un gran jolgorio.
El 1 de enero de 1899 se les había acabado el arroz; la ración de harina se vio reducida de 500 a 200 gramos. A mediados de enero les dejaron unos periódicos filipinos.
El 13 de febrero falleció de beri-beri otro soldado, y el día siguiente, catorce, recibieron un oficio del Comandante español en el que se comunicaba el fin de la guerra. Su portador, capitán Olmedo, fue despachado, no sin que antes expresase sus quejas por no ser recibido por el comandante Las Morenas, con quién le unían lazos de amistad y parentesco, y cuya muerte era ocultada para seguridad de la guarnición.
El 25 de febrero fueron encadenados tres presuntos desertores, uno de ellos cogido in fraganti.
A finales de febrero se les presentó un carabao, que mataron y se comieron en tres días. Luego mataron otro, y otro día, otro, pero al carecer de sal, no pudieron conservar la carne. Pudieron comer durante diez días, y con la piel, hacerse abarcas.
El 30 de marzo, los sitiadores hicieron uso de un cañón.
El 8 de abril (tras 282 días de sitio) acabaron los últimas “inmundicias de tocino”.
El 11 de abril, el vapor usense Yorktown hizo presencia en la zona con la idea de rescatar a los soldados españoles… pero desapareció como había aparecido, dejando en tierra quince soldados usenses que fueron muertos por los tagalos.
El 24 de abril sólo tenían algunos puñados de arroz molido y algunas sardinas en lata.
El 12 de mayo se produjo un nuevo fallecimiento por heridas de guerra, y tras un bombardeo se vieron obligados a retirar de su ubicación a los tres arrestados, en cuya operación uno de ellos huyó al campo enemigo.
El 19 de mayo murió de disentería otro soldado.
El 28 de mayo se ofreció un nuevo parlamento en el que un oficial español, el teniente coronel de Estado Mayor Cristóbal Aguilar y Castañeda, recién llegado a Baler a bordo del vapor “Uranus”, ofrecía un buque para la evacuación. Fue el primero realizado por un alto oficial del ejército español, pero el intento fue rechazado entendiendo que era una nueva argucia. Pero el oficial dejó un paquete de periódicos que acabarían siendo la clave para finalizar el sitio. Todo hacía indicar que eran auténticos, pero los sitiados no se fiaban… y urdían la huída… Prepararon la misma y fusilaron a los dos arrestados, convictos y confesos de traición, y enterraron con sus cadáveres todo lo que de útil había y no podían acarrear... Pero hubieron de dilatar la partida dado que el cerco no ofrecía resquicio.
En ese tiempo de espera, el teniente Martín volvió a repasar los periódicos que le habían dejado, y ese repaso sería definitivo para acabar con la situación que ya duraba casi un año. Una pequeña noticia referida por “El Imparcial”sería el detonante: Un segundo teniente de la escala de reserva de Infantería, D. Francisco Díaz Navarro, pasaba destinado a Málaga… Se trataba de un antiguo compañero y amigo del teniente Martín del que conocía su deseo de pedir justamente ese destino, donde residía su familia. Los periódicos eran auténticos. Con esta certeza, y con la confianza que le mereció el trato tenido con el Teniente coronel Aguilar, que había sido el portador de los periódicos, planteó la rendición a los sitiados.
El dos de junio de 1889 se rendía, con condiciones, el destacamento de Baler. Los sitiados no quedaron prisioneros. Su gesta duró 337 días y había costado la vida a diecinueve sitiados (15 por enfermedad, dos por heridas de bala, y dos habían sido fusilados por los propios sitiados); seis habían desertado. Los supervivientes fueron recibidos por los sitiadores con simpatía. El día siete salían de Baler, y el día ocho pretendían hacer cambiar el texto de la capitulación, y todo a pesar de las indicaciones de Aguinaldo, que reclamaba las mayores consideraciones a los héroes de Baler.
La orden de Aguinaldo decía:

Habiéndose hecho acreedores a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del Ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Artículo uno. Los individuos de que se componen las citadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino como amigos, y, en consecuencia, se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país.
Dado en Tarlak, en 30 de junio de 1899.
El presidente de la República, Emilio Aguinaldo.
El secretario de Guerra, Ambrosio Flores. (Ansón 1964)

Pero no habían acabado las penurias, porque, a pesar de las indicaciones de Aguinaldo, el día 11 sufrieron un atentado con machetes.

A la vista de estos acontecimientos parece destacar un hecho:
España no fue vencida….sino vendida.


























BIBLIOGRAFÍA:

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