martes, 1 de mayo de 2018

1868-1898 GUERRAS SEPARATISTAS EN CUBA. Texto completo


1868-1898 GUERRAS SEPARATISTAS EN CUBA

Los movimientos separatistas en Cuba tienen sus orígenes en las mismas fechas que se produjeron las guerras separatistas en el continente, pero por desavenencias entre Inglaterra y su filial americana, los Estados Unidos, no llegaron a tomar cuerpo.

No obstante, el movimiento separatista en la isla se mantuvo largado, y en ocasiones, activo.
Así, debemos destacar las acciones de Narciso López, que en 1847 organizó la conocida como la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, que se produjo con la intención de anexionar la isla a los Estados Unidos. La conspiración fue descubierta, pero el Capitán general alertó a López, que pudo huir a los Estados Unidos, donde reiniciaría sus actividades para la invasión de la isla.
Las conspiraciones se sucedieron y López llegó a efectuar un desembarco sin consecuencias en 1849, y en 1851, cuando acudía en apoyo de la sublevación de Joaquín Agüero, hizo un nuevo desembarco en Pinar del Río, donde sería apresado y ejecutado.
Otras intentonas usenses se desarrollarían a lo largo de 1854 y hasta 1866. Pero no sería hasta el 3 de agosto de 1868, cuando en el ingenio de San Miguel de Rompe (Tunas), se encontraron los principales separatistas del Oriente Cubano, constituyendo la primera Junta Revolucionaria, de la que fue elegido presidente Vicente Aguilera.
Coincidiendo con la revolución “gloriosa” de 18 de septiembre de 1868, se iniciaba en Cuba la que acabaría siendo conocida como “Guerra de los diez años”, precedida por la revuelta en Puerto Rico, que tuvo bastante menor incidencia: la conocida como “el grito de Lares”, por el nombre de un pequeño pueblo donde se produjo el 23 de septiembre.
Al siguiente día 24 se dirigieron los insurgentes, que llegaron ya á 700, al inmediato pueblo de Pepino con objeto de tomarlo y establecer otro gobierno, pero bastó una pequeña resistencia que encontraron en sus habitantes para desmoralizarlos y hacer que huyeran á los bosques. Al recibirse esta noticia en Lares hicieron otro tanto los sublevados liderados por Emeterio Betances, que abandonaron la plaza.
Más tarde fueron capturados en su mayoría y otros se presentaron voluntariamente acogiéndose al decreto de la amnistía concedida por el gobierno peninsular. La revuelta duró apenas un mes.
No tuvo mayor incidencia la revuelta de Puerto Rico, cuyo caso fue tenido por
los observadores del momento como un error de la administración pública, que comentaban lo sucedido acusando a éstas de candidez.

más que condescendientes ó tolerantes, fueron cándidas las autoridades; á sus ojos se ponían de acuerdo los conspiradores de Mayágüez, Las Marías, Camuy y otros pueblos de aquel extremo de la Isla; apresuráronse los iniciados en la revolución á tomar de los comerciantes peninsulares víveres y efectos al fiado, con ánimo de no pagarlos después, y sí despojarlos completamente; y el 23 de Septiembre . —1868—se dio en Lares el grito separatista, anticipándose el día de la revolución, señalado para el 29. (Pirala 1895: 157)

Una candidez que exculpa de responsabilidad a quienes, a la luz de los acontecimientos anteriores y posteriores a estos hechos, denota no menor candidez, o tal vez complicidad, de los analistas, que no se extrañan de la coincidencia en las fechas y parecen no tener en cuenta las circunstancias que envuelven toda la política nacional, que si hasta la guerra franco británica para la dominación de España (vulgo guerra de la Independencia) estuvo subordinada a los intereses de Francia, desde ese momento estuvo subordinada al plácet de Inglaterra.
Lo cierto es que cuando menos resulta curiosa la coincidencia de la Revolución Gloriosa con las revoluciones en Cuba y en Puerto Rico, como también resulta curioso que los analistas, como el mexicano Enrique Mendoza, afirmen que

Los gobiernos de una y otra isla no tuvieron noticia de los sucesos de Septiembre ocurridos en España, sino hasta el día 7 de Octubre, mientras que los revolucionarios lo supieron casi inmediatamente por sus corresponsales de Estados Unidos, y gracias á la organización masónica que tenía impuesta por los propagandistas americanos: así es que pudieron hacer sus preparativos sin ser molestados por la autoridad. Había logias que trabajaban incesantemente en Puerto Príncipe, Tunas, Manzanillo, Bayamo y Holguín. (Mendoza 1902: 33)

Y resulta curioso entre otras cosas porque, si masones eran los señalados, masones eran los artífices de la “gloriosa”.
Y es que debemos tener presente que en el gobierno provisional surgido de la Revolución Gloriosa de 17 de Septiembre de 1868, se encontraban políticos como Ruiz Zorrilla, Sagasta, Serrano, Topete, Prim (grado 18 Rosacruz), Mendizabal, Argüelles, Cea Bermúdez , Martínez de la Rosa, Claudio Moyano, Manuel Becerra, generales como Espoz y Mina, Castaños, Méndez Núñez, Riego, y científicos y hombres de letras como Ramón y Cajal, Esporonceda, Larra, Quintana, Lista, Núñez de Arce… Parece evidente que el triunfo del golpe de estado que llevó a la Revolución del 68, se debió en gran medida a los grupos masónicos, que como consecuencia posibilitará el fortalecimiento del control británico sobre España, gracias al control masónico del sexenio revolucionario, y como consecuencia, parece extraño que los mismos no estuviesen al tanto de lo que sucedía en Cuba y Puerto Rico.

La insurrección en Lares y el comienzo de la revolución iniciada por la marina en Cádiz, arreciaron los trabajos de los separatistas cubanos, dirigiéndolos muy especialmente á borrar disidencias, suavizar asperezas, unir opiniones, estrechar sus filas y mostrarse fuertes para conseguir el triunfo en cuanto al campo se lanzaran. (Pirala 1895: 234)

Por su parte, los separatistas de Yara, trufados de masones que el día 10 de Octubre de 1868, controlado el movimiento separatista en Puerto Rico, proclamaron la independencia de Cuba fueron:
Carlos Manuel de Céspedes, Manuel Calvar, Bartoloraé Masó, Isaías Masó, Rafael Masó. Manuel Socarras, Ángel Maestre, Juan Ruz, Emiliano García Pavón, Emilio Tamayo. Juan Hall, Luis Marcano, Manuel Medina, Jaime Santiesteban, Rafael Torres García. José Rafael Yzaguirre, Francisco Mañano, Félix Marcano, Ignacio Martínez Roque, Agustín Valerio, Francisco Vicente Aguilera, José Pérez, Rafael Gaymau, Manuel Santiesteban, Aurelio Torres, Bartolomé Labrada, Miguel García Pavón, Pedro Céspedes Castillo, Francisco Céspedes Castillo, Enrique del Castillo, Juan Rafael Polanco. Amador Castillo, José Rafael Cedeño y Francisco Cancino.
La proclama que suscribieron los citados en la mentada fecha fue conocida como  Manifiesto de Manzanillo, y con ella dio comienzo la revuelta que daba comienzo a la guerra de los diez años, o guerra grande. En el mismo, entre otras cosas se decía:

La plaga infinita de empleados hambrientos que de España nos inunda, nos devora el producto de nuestros bienes y de nuestro trabajo; al amparo de la despótica autoridad que el gobierno español pone en sus manos y priva á nuestros mejores compatriotas de los empleos públicos, que requiere un buen gobierno, el arte de conocer cómo se dirigen los destinos de una nación, porque auxiliada del sistema restrictivo de enseñanza que adopta, desea España que seamos tan ignorantes que no conozcamos nuestros sagrados derechos, y que si los conocemos no podamos reclamar su observancia en ningún terreno. (Pirala 1895: 258)

Pero esa proclama, al menos, adolecía de ciertos fallos si consideramos que quién en 1880 sería el rector de la Universidad de La Habana, Joaquín F. Lastres era cubano, y en esos momentos, docente en la facultad de farmacia.  Igualmente era cubano el que fue vicerrector, José María Carbonell;  Juan Gómez de la Maza y Tejada fue secretario general, así como los decanos de todas las facultades… resultando que de 80 catedráticos eran cubanos 60… Y si abordamos otros ámbitos de la administración, podemos señalar a título de ejemplo a Dámaso Berenguer que con el tiempo sucedería a Miguel Primo de Rivera en el gobierno de España o a Emilio Mola.
Nada nuevo, y nada circunscrito a Cuba, como deja bien señalado Francisco Núñez del Arco en su memorable trabajo “Quito fue España, historia del realismo criollo, donde señala:

Por tanto son insostenibles las pretendidas tesis de que existía rivalidad efectiva por el poder entre criollos y peninsulares, aun cuando pudo haber existido una rivalidad teórica, una construcción ideológica, utilizada por la oligarquía criolla para obtener mayores beneficios de los que ya gozaba. Demostrativos en este aspecto son los casos de criollos quiteños y quitenses que ostentaron altos rangos en la cultura, el gobierno, la Iglesia y el ejército hispánicos (Núñez 2016: 24)

Y al respecto sigue diciendo:

Parte de la visión sesgada y unilateral del proceso histórico que significó la Conquista y el Poblamiento de las Indias Occidentales o América por parte de la Corona de Castilla, es creer que no existió intercambio humano de un continente a otro, sino solamente “ocupación” del uno (Europa) por sobre el otro (lo que sería América). En términos actuales, la movilidad humana desde América hacia Europa desde el primer momento del proceso histórico mencionado fue muy amplia y hasta ahora muy poco estudiada y comprendida. Se ven criollos y mestizos de todos los rincones conquistados ir y venir por el Atlántico y de un lado a otro de América (numerosos son, por ejemplo, los conquistadores mestizos de América del Sur, demostrativamente véase el caso de Buenos Aires, donde casi la totalidad de sus fundadores y primeros pobladores eran mestizos biológicos aunque europeos culturalmente hablando, idos desde el Paraguay. Valga recordar que las primeras generaciones de mestizos americanos, lo vemos en México como en el Paraguay, siempre fueron considerados castellanos o hispanos como sus padres), dejando en muchos casos descendencia en ambos lados del Océano. (Núñez 2016: 75)

Los firmantes del “grito de Yara”, con un importante apoyo en las provincias de Camagüey y Oriente, iniciaban una guerra civil, que acabaría pasando a la historia como la “Guerra de los Diez Años” con el asesinato de un recaudador de impuestos.
Es de destacar la actitud del general Lersundi, gobernador de la isla, cuya indecisión posibilitó que los rebeldes venciesen a la guarnición de Bayazo el 18 de octubre, lugar donde instalaron su primera capital, y desde donde obtuvieron sucesivas victorias sobre varios destacamentos enviados por el capitán general, que contaba con un ejército compuesto por 8.350 soldados del ejército regular, de los que la cuarta parte, por enfermedad, no estaban disponibles, y siendo que los presupuestos generales de 1867 señalaban una fuerza de 20.809 hombres, y unos 35.000 voluntarios.
¿Dónde estaban los 13.000 hombres que faltan en las cuentas?

A partir del 10 de octubre de 1868, con el acto insurreccional de La Demajagua, la escaramuza de Yara, el alzamiento en diversos puntos de Oriente y la toma de Jiguaní, Baire y otros lugares, la guerra se extendió como un incendio por los cañaverales. Carlos Manuel de Céspedes marchó sobre Barrancas y atacó Bayamo, que fue ocupada por los insurrectos al rendirse el gobernador, coronel Julián Udaeta. (Arrozarena 2012: 18)

Las fracasadas expediciones de Lersundi posibilitaron que las fuerzas de la insurrección se incrementasen con nuevas aportaciones, unos, abducidos por las proclamas separatistas, y otros, forzados, lo que posibilitó que la insurrección tomase fuerza a primeros de noviembre.

Los hermanos Cisneros Betancourt, los tres hermanos Roza. Augusto Arango, los tres hermanos Agramonte, Ignacio Mora, junto a otros muchos, se unieron a la insurrección el 4 de noviembre de 1868. A estos pronto se sumaron otras destacadas figuras locales, como Mala, Argilagos, Varona, Silva, etc. La insurrección crecía en tamaño e importancia por momentos. (Togores 2010)

Por otra parte, Lersundi era conocedor de los movimientos de los filibusteros por informaciones que le llegaban, tanto del gobierno español como de informadores de Estados Unidos y de México, pero el 28 de septiembre, emitía telegrama al ministro de Ultramar desmintiendo esos extremos y asegurando que esas informaciones obedecían a un fin político.

me consta, por más que otra cosa se diga, que hoy por hoy los revolucionarios no encuentran dinero, ni tienen buques, ni se hacen aprestos de ningún género para llevar á cabo sus planes, cuya realización inmediata vociferan en todos los tonos y de todas maneras, debo creer que se obedece aquí á un pensamiento utilitario más que á un próximo fin político.(Pirala 1895: 159)

Y dos días después, escribía  al ministro de Ultramar

que el orden en Cuba era inalterable, que la sorpresa causada por los acontecimientos de la Península, había cesado al publicarse los telegramas el gobierno, y que nada haría creer que la marcha tranquila de aquel país se perturbase, porque los Estados-Unidos, de quienes más debía temerse, se hallaban muy ocupados con la elección presidencial. (Pirala 1895: 238)

Una confianza que había desaparecido tan sólo un mes después, cuando el 28 de octubre de 1868 enviaba un telegrama al ministro de la Guerra en el que, explicando la situación declaraba:

esta isla se pierde si se asimila á todo lo que hoy se establece en la Península y mi lealtad y patriotismo me obligan á consignarlo así para el día en que tenga que responder de mis actos ante mi país y ante la historia. (Pirala 1895: 285)

Algo más acorde a la realidad, siendo que, cuando cursaba el primero de los telegramas citados, Céspedes y los rebeldes de Oriente habían constituido por sí mismos una república y habían nombrado un Parlamento rebelde, si bien en los enfrentamientos perdieron gran cantidad de combatientes, huyendo los demás en desbandada.
Evidentemente, Céspedes, que había sido capitán de milicianos en Barcelona, y en 1842 había conspirado con Prim con el resultado de verse en la obligación de huir  a Francia y luego a Inglaterra (siempre Inglaterra), estaba más al corriente de la situación.
¿Cómo debe ser calificada la actuación de las autoridades cuando variaban sus apreciaciones en tiempo tan breve?, y sobre todo, ¿cómo debe ser calificada la actuación de una autoridades que permitían los perennes ataques a la patria mientras protegían a quienes los urdían?
Parece inconcebible que, cuando ya la inadmisible permisividad había conseguido que los traidores a la Patria estuviesen en armas, además, las autoridades protegiesen sus actividades y abandonasen sus obligaciones más elementales. Todo ello significó que

Por entonces y en virtud de tales novedades, la Isla entera se vio poblada de periódicos que predicaban descaradamente doctrinas incendiarias; la enseñanza pública costeada por el Estado desde la Universidad hasta la última escuela de aldea, convertida en una conspiración constante contra la unidad nacional; aun á los obreros más  rudos, sin distinción de colores, se les daban lecturas en sus propios talleres encaminadas al mismo fin, consiguiendo con tan diabólico sistema minar por su base dos de los más robustos pilares en que se fundaban el poder de España y el sosiego de esta provincia. (Pirala 1895: 239)

La manipulación educativa, a la que forzosamente no podía ser ajeno, sino cómplice, el gobierno, hacía que algunos observadores se alarmasen; pero entonces, como ahora, esos observadores eran marginados por el propio gobierno:

Nadie se apercibía de que se estaba educando una nueva generación de manera peligrosa, y nadie concedía importancia al hecho de que, en muchas escuelas, se enseñara por separado Geografía e Historia de Cuba y Geografía e Historia de España, y que la distinción entre la Península y aquellas provincias llegaba al Palacio del representante del Rey, donde en anuncio colocado en la escalera se decía: «S. E. no recibirá los días de entrada y salida de los correos de España.»
Y esto, que al parecer no era nada, llegaba a significarse en multitud de detalles, entre los que citaremos como ejemplo una revista demográfica en que se leía:
Fallecidos:
Cubanos, tantos.
Ingleses, tantos.
Españoles, tantos.
Chinos, tantos.
Cuando alguien hacía sobre esto observaciones, se le calificaba de apasionado, intransigente, etc.
Estos y otros muchos detalles formaron conjunto tal en la educación de la generación naciente, que se revelaba en todos los niños. (Gallego 1897: 80)

Pero no era esa la preocupación de las autoridades. Por su parte, Isabel II telegrafió a Lersundi desde el exilio. No era vano su interés si tenemos en cuenta los intereses económicos que la reina exiliada tenía con la trata de esclavos. No obstante sabía guardar las formas. El texto del telegrama era el siguiente:

Lersundi: Como española y como reina ruego y mando resistas todo pronunciamiento y defiendas á todo trance esas provincias de la revolución. Mi residencia actual explica la razón.—Comunica hoy mismo á Pavía á Puerto-Rico. Contesta aquí.—Isabel.—Pau 4 Octubre 1868

Tampoco el pretendiente D. Carlos perdió la oportunidad de intentar la adscripción de Cuba a la causa carlista.

El 30 de octubre de 1868 Don Carlos escribió a Lersundi nombrándolo Virrey de las Antillas e instándolo a introducir las convenientes reformas, autonomía y representación en Cortes, para la buena gobernabilidad de la isla, a la que Lersundi contestó que su reina era Isabel II, y dando a entender que la propuesta tenía también un carácter separatista; aspecto que en ningún caso puede deducirse de la carta del pretendiente. (Pirala 1895: 308-312)

Finalmente, Lersundi consiguió reducir la revuelta casi a la inacción gracias a las buenas artes del general Manuel Gutiérrez de la Concha, que organizó el Cuerpo de Voluntarios o Nobles Vecinos, tras lo cual dimitió reiteradamente del mando, llegando a declinar toda responsabilidad en los acontecimientos. Fue entonces cuando el mismo capitán general cayó en la cuenta de algo obvio: la importancia de las Leyes de Indias, que habían sido barridas por el régimen liberal.

Las leyes de Indias, ese monumento tan glorioso que elevó á tanta altura el nombre español y la riqueza de la América española, ha sido destruido, así como la poderosa é inquebrantable organización de nuestras colonias, sustituyéndoles sin orden ni concierto con un sistema burocrático, que á la par que costoso, ignorante y sin ventaja legítima alguna, permitía por un lado la inmoralidad más escandalosa, y contribuía por otros al desprestigio del gobierno superior civil, de la capitanía general, del Tribunal Superior del Territorio, de toda autoridad en fin; y todo ¿para qué? para dar vida y explicar la existencia de un centro que se llama ministerio de Ultramar. (Pirala 1895: 339)

El aserto, casi perfecto, dejaba incólume la cuestión por el hecho de referirse a los territorios de Ultramar como a colonias; algo que, con las Leyes de Indias nunca fueron, como nunca carecieron de las garantías sociales y jurídicas y que significaban unan cortapisa a los posibles abusos de las autoridades, sometidas como estaban a los juicios de residencia, siendo que, además, podían acudir al gobierno central exponiendo que el gobernador se había extralimitado en tal ó cual facultad ordinaria o extraordinaria.
Adquirieron esa condición por obra y gracia del sistema liberal, que en sesión secreta de 16 de Enero de 1837 tomó el acuerdo de excluirlas de las Cortes y privar a las mismas de los derechos que les eran propios desde su constitución, convirtiéndolas, en el mismo acto, de provincias en colonias, llevando a cabo un aberrante hecho antijurídico dado que, desde la redacción de las Leyes de Indias, habían sido declaradas parte integrante de la monarquía.
No es de extrañar esta medida si tenemos en cuenta que, ese mismo año 1837, el embajador británico Villiers impuso a Mendizábal como ministro de Hacienda, y que el año 1843, en que era coronada con trece años Isabel II, y la política nacional estaba barajándose entre Cea Bermúdez y Martínez de la Rosa, liberales.
Es el caso que, aunque tarde, Lersundi logró poner un poco de orden, a lo que Céspedes, contestó ordenando el incendio de todos los plantíos de caña.
En medio de esta situación, EE.UU volvió a la carga en sus insistentes pretensiones sobre la gran Antilla; en esta ocasión, el enviado Hamilton Fish propuso la independencia de Cuba, para lo que ofrecía la intervención de José Morales Lemus, representante de los separatistas a quién los usenses reconocían como agente autorizado del partido revolucionario de la isla de Cuba.
Pero el gobierno de España, tras esta nueva intervención inamistosa de los Estados Unidos no veía ninguna mala intención por lo que, actuando como si no hubiesen escuchado nada, y teniendo como no existentes las constantes muestras de enemistad manifestadas al menos desde 1809 con Madison como presidente usense; en 1822, 1823 y 1825 con Monroe; en 1826 con Adams; en 1843 y 1845 con Tyler; en 1848 con Polk, en 1949 con Taylor; en 1854 y 1855 con Pierce;  en 1857 y 1859 con Buchanan; en 1866 y 1867 con Jhonson; y desoyendo, además, las advertencias recibidas y cerrando los ojos ante el filibusterismo generado desde los mismos Estados, Unidos, decidió encargarles la construcción de unas naves para la defensa de Cuba.

En las condiciones de la "Guerra Grande", el buen uso de la diplomacia permitió a Estados Unidos algo realmente inaudito, que revela hasta qué punto los gobernantes españoles carecían de toda visión estratégica del conflicto: ¡contratar con España la construcción de treinta cañoneros para la defensa marítima de la isla! Es decir, España dejaba en manos de Estados Unidos, su principal competidor en la zona, el suministro de los medios necesarios para preservar la soberanía de la isla. Evidentemente el encargo sufrió todo tipo de dilaciones, hasta el punto de que los buques fueron embargados por el gobierno norteamericano y sólo después de una larga negociación una parte de ellos llegó por fin a manos españolas en enero de 1870, cuando la insurrección cubana había adquirido ya unas notables proporciones. (Pérez 1998: 5)

Para Julio Pérez la acción se debió a un buen uso de la diplomacia usense y a una carencia de visión estratégica por parte del gobierno español… Para otros, tal vez, se trató de otra cosa… La suerte estaba echada; el gobierno de España, desde 1808, está más en manos de Inglaterra que de nadie más, y esa situación ha ido creciendo constantemente con alguna laguna, a lo largo de dos siglos. ¿Candidez del gobierno español?... ¿Candidez haber hundido el proyecto del submarino en 1890 cuando las pruebas resultaron un éxito y la guerra con los Estados Unidos estaba cantada?... ¿Candidez?, ¿o traición?
Una diplomacia que posibilitó que en 1869 se propusiese una constitución separatista cubana en cuyo  artículo 24 declaraba: “Todos los habitantes de la República son totalmente libres”. Pero en una reunión posterior, el Parlamento rebelde estipuló que tras la esclavitud habría un reglamento de libertos. Los libertos trabajarían para su amo anterior, y estaría obligado, no sólo a pagarles, sino también a alimentarlos y vestirlos.
En estas fechas, finalmente eran escuchadas las súplicas de Lersundi, que era relevado por quién le haría buen capitán general: Domingo Dulce, fiel representante de “la Gloriosa” que entre otras medidas, puso en libertad a los separatistas presos, parlamentó con Céspedes y se enfrentó a los voluntarios.
Los hechos se sucedían de forma vertiginosa, y mientras el nuevo capitán general trataba con una dulzura que podría interpretarse en coincidencia con la traición que se llevaba tramando, Blas Villate, conde Valmaseda, que en 1870 detentaría la capitanía general, mandaría ejecutar el cuatro de abril de 1869, en pleno campo de batalla, a los mayores de quince años capturados en acciones de guerrilla, al tiempo que inicia lo que sería seña de identidad del general Weyler años más tarde: la concentración de las mujeres y de los niños que no viviesen en casa propia.
Mientras tanto, los agentes británicos no paraban en sus acciones; así, el 30 de Abril de 1869, Chile, colonia británica especialmente significada como tal, reconoció como beligerantes, en el sentido legal e intencional de la palabra, a los insurrectos cubanos. Trece días después hizo lo mismo el gobierno del Perú, y el 10 de Junio lo hizo Bolivia.
Pero la verdad de la sublevación era bastante triste; de una tristeza sólo equiparable a la acción de la capitanía general.
En este sentido, los separatistas sólo se batían cuando las circunstancias señalaban que estaban en una más que evidente superioridad, fuese por emboscada o por atentados. Cuando la batalla se llevaba a efecto de forma típicamente regular, lo normal era que la victoria fuese de las tropas nacionales sobre los separatistas, si bien éstos la consideraban victoria propia si conseguían bajas en el ejército nacional, aunque el enfrentamiento les hubiese costado el control de determinada zona o población.
En definitiva, se trataba de una guerra de guerrillas que no sería debidamente contrarrestada a lo largo de todo el periodo de la Guerra Grande, y que se reproduciría en 1896, cuando Valeriano Weyler utilizó métodos más acordes, utilizando unidades de contraguerrilla compuestas por cubanos, que se encontraban en mejores condiciones que los peninsulares para la lucha en la manigua.
Tan triste fue la acción del general Dulce, que el 28 de mayo de 1869 fue hecho preso por los patriotas, hasta que dimitió el dos de junio y fue deportado a la península. Sería sustituido por Antonio Fernández Caballero de Rodas, que detentaría el cargo hasta diciembre de 1870, cuando sería sustituido por Blas Villate, conde de Valmaseda.
En estos momentos el Ejército Español dominaba la parte Occidental de la Isla, las grandes ciudades, los puertos y las grandes vías de comunicación, y los separatistas se veían notablemente reducidos en sus acciones, manteniendo la guerra gracias al aporte de sus protectores usenses.

Los mambís sobreviven a la presión del Ejército Español gracias a la ayuda que llega desde el exterior. Una partida de armas y refuerzos transportada por el “Perit” logra desembarcar en Nipe; el “Salvador” logra hacer lo mismo en Guanaja, el 11 y 13 de mayo de 1869, respectivamente. Estos suministros permiten a Agramonte volver a atacar Puerto Príncipe que es defendido por el general español, negro de origen dominicano, Eusebio Puello. (Togores 2010)

Una ayuda sin la cual hubiesen sido manifiestamente incapaces de conseguir el menor de sus objetivos, ni aún teniendo a su favor, como tenían, la política llevada por el gobierno de Madrid.
El aporte procedente de los cercanos Estados Unidos era constante, notorio y públicamente conocido, pero todo se dirimía en un juego del escondite, como intentando averiguar, para acciones posteriores, aquellos lugares que podían resultar más convenientes para llevar a efecto la invasión planeada.
Para hacerse una idea de la importancia de ese apoyo logístico, veamos en el siguiente cuadro la relación de alguna de las expediciones filibusteras de las que se tiene noticia fueron llevadas a cabo durante los cinco primeros años de la Guerra Grande:

AÑO    LUGAR DE SALIDA    NOMBRE DEL BUQUE                TÉRMINO DE LA EXPEDICIÓN
1868            Long Island,         Hornet (V)                        Desembarcó su cargamento 1869            East Port, Maine   Mary Lawell                    Apresada antes de desembarcar
1869            Nueva York          Uruguay                           Desembarcó
1869            Nueva York          Arago (V)                        Desembarcó
1869            Nueva York          Perrit (V)                         Desembarcó
1869            Long Island          Hornet (V) 2ª vez            Apresada al desembarcar
1869            Nassau                  Galvanic (G)                   Apresada al desembarcar
1869            Cayo Hueso      Uruguay 1ª vez                      Desembarcó
1869            Boston              Catherine Whigting             Apresada antes de desembarcar
26-IV-69      Filadelfia         Goleta sin nombre                  Desembarcó
10-V-69       Boston              Goleta sin nombre                 Desembarcó
1869            Cayo Hueso       Octavia (Uruguay 2ª vez cambiado de nombre)    Apresada
1870            Nueva Orleáns   Uthon (V)                            Apresada
1870            Nueva Orleáns   Virginius (V)                 Apresada después del desembarco
1870            Nueva York       Salvador (V)                        Desembarcó
1870            Nueva York       Florida                                 Apresada antes de salir
1870            Nueva York       Guanahani                           Apresada al desembarcar
1870            Nueva York        Hornet (3ª vez) (V)            Apresada en Haití después del
desembarco
1871            Nueva York         Virginia                                Desembarcó
1871            Nueva York        Bolívar                                Desembarcó
1871            New-London      Edgar Stewart   Tuvo que regresar sin haber desembarcado
1872            Cayo Hueso         Ocean Queen               Desembarcó
1872            Nueva York       Fannite (V)                      Apresada al desembarcar

No tenían los mambís posibilidades, pero en 1872, la situación más que convulsa de la península, donde Amadeo I bregaba por mantenerse en el trono, servía de combustible para el mantenimiento de la sublevación, y la voluntariosa (y falta de visión política) actuación de Valmaseda, fue cortada, para bien o para mal, con su destitución en Julio, pero el 31 de octubre de 1873 Pieltain, el nuevo capitán general, renunciaba a su cargo y regresaba a España, el mismo día que empezaba en Santiago de Cuba el dramático episodio del Virginius, recrudeciéndose la lucha con sonadas victorias de los separatistas.
El triste episodio del Virginius es una señal de la nulidad de España en el concierto internacional.

Desde el año 1870 corría a cargo de la Junta revolucionaria el vapor Virginius, que había pertenecido a los Estados del Sur en la guerra de Secesión, después de la cual se matriculó como buque norteamericano, registrándose en Nueva York el 26 de Septiembre de dicho año a nombre de Patterson; pero quedó demostrado, por varias declaraciones, que pasó a ser propiedad de varios ciudadanos cubanos, habiendo facilitado los fondos para la compra el célebre Mora, que ya hacía tiempo tenia entablada la famosa reclamación. (Gallego 1897: 36)

El 31 de octubre de 1873 fue apresado cuando, procedente de Kingston (Jamaica), se dirigía a Cuba cargado con unos cien filibusteros que se dirigían a Cuba para sumarse a los separatistas. En Jeremie (Haití) y Puerto Príncipe cargó armas y municiones para después ir a Cuba, pero puesto sobre aviso el comandante del cañonero Tornado, inició su persecución que culminó con la captura antes de su llegada, procediendo a remolcarlo a Santiago de Cuba, donde los componentes de la expedición, entre los que se encontraban británicos y usenses, fueron sometidos a consejo de guerra en el que, hallados culpables de piratería,  resultaron condenados a muerte.

El día 2 (de noviembre) se reunió el Consejo de guerra, que condenó como piratas a todos los mayores de edad, siendo fusilados y ejecutados 54, concurriendo como circunstancias especiales, que en aquellos días no se encontraba en Santiago de Cuba el Cónsul de los Estados Unidos, estaban interrumpidas las comunicaciones con La Habana, efecto de un gran temporal, y eran difíciles entre esta capital y Madrid. (Gallego 1897: 37)

Las ejecuciones de 53 de los condenados se llevaron a cabo entre el 4 y el 9 de noviembre, pero estas ejecuciones ocasionaron un conflicto con los usenses que acabó con un acuerdo diplomático con los Estados Unidos, que presentaron reclamaciones serias y ocasionaron discusiones con el gobierno español.
Finalmente, las conversaciones llevaron a que el 29 de Noviembre de 1873 se firmase en Washington un protocolo en el que el ministro plenipotenciario de España, Contralmirante D. José Polo de Bernabé, se comprometía a la entrega del barco y de las personas que se hallaban a  bordo, y algo más humillante: saludo a la bandera americana en tiempo y forma, lo que ocasionó un gran alboroto en Cuba, donde la población se negaba a acatar la orden, que finalmente fue cumplida el día 13 de diciembre.
España suspendía las demás ejecuciones al tiempo que devolvía el barco y se comprometía a pagar una fuerte indemnización.
 Esta nueva humillación ocasionó un gran malestar en la población, que se quejaba amargamente por el sometimiento a los intereses foráneos y por la falta de energía para combatir la piratería.
Pero, ¿qué podía pedirse a un sistema que estaba generando, justo en ese momento, algo tan esperpéntico como el cantonalismo? Aún gracias que, sin ser en absoluto un exabrupto, Cartagena no se convirtió en base naval usense.

La difícil situación que atravesaba la Península estaba incidiendo sobre la marcha de la guerra y los resultados de la misma no eran nada favorables para las tropas españolas. Sólo al terminar el gobierno parlamentario de la I República y constituirse el del general Serrano el 3 de enero de 1874, comenzará un periodo de más firmeza que se verá consolidado con el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto. (Miguel 2011: 64)

Esa situación posibilitó el reforzamiento de las fuerzas separatistas cubanas, que el 11 de enero de 1875 y al mando de Gómez, comienzan el intento de Invasión a Occidente.
Capitaneando 1000 hombres, Gómez cruzó la trocha de Júcaro a Morón  e invadió Las Villas, cuyos habitantes le obligaron a la retirada, mientras en Camagüey las tropas rechazaban también a Maceo, haciendo fracasar rotundamente el intento de invasión.

En 1875 Máximo Gómez invadió con ímpetu el territorio de Las Villas, con la decisión de quemar la colmena, es decir: «...entregar a las llamas todos los ingenios azucareros de Las Villas y Occidente y reducir a escombros y cenizas  el comedero de nuestros enemigos, el elemento que representa su titánico poder, y en que se apoya su bárbara dominación. Persistimos en hacernos libres, no tan solo por medio del plomo, sino también por medio de la tea y del machete. (Arrozarena 2012: 39)

Era evidente que, para conseguir la destrucción de España, las medidas del gobierno no estaban resultando suficientes, pues a pesar de su actuación en todos los campos, el pueblo no acababa de seguir la senda deseada. Ni la prostitución de las administraciones, ni la manipulación de la educación conseguían que el pueblo cubano se alzase contra la Patria.
Tan es así que tras estos fracasos separatistas, en los años de 76 y 77, y atendiendo las medidas aplicadas por el nuevo capitán general, Martínez Campos, que compaginaba la dulzura con la mano dura, se presentaron muchos insurrectos deponiendo las armas; algunos de ellos iban acompañados de sus familias. En los partes que rendían las autoridades se hacía mención de gran número de mujeres y niños.
El ascenso de Martínez Campos a la jefatura del ejército de operaciones en Cuba en noviembre de 1876, representó un cambio en la política del gobierno. Ya en Cuba Martínez Campos puso en práctica un plan de pacificar la Isla desde occidente a oriente. Con tal objetivo, a principio de 1877 adoptó medidas inmediatas, como la preparación de un plan de campaña en toda la Isla, poniendo a los jefes de mayor confianza en las diversas regiones para llevar su ofensiva.

Martínez Campos humanizó la guerra, prometiendo dinero y tierras a los
desertores del ejército mambí. Facilitó la salida de Cuba a quien lo solicitó y
devolvió los bienes a los que depusieron las armas; suprimió los destierros y ofreció el indulto a los desertores. (Miguel 2011: 67)

Finalmente, el 27 de octubre de 1877, Céspedes era destituido de su cargo por los propios separatistas. Poco después sucumbiría en un enfrentamiento con las tropas nacionales. Le sustituyó en la presidencia Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía.
El 10 de febrero de 1878, con la paz de Zanjón, se dio fin a la Guerra de los Diez años de Cuba. La mayoría de las fuerzas de Oriente, dirigidas por Maceo, rechazaron el Pacto de Zanjón al no aceptar las condiciones impuestas y pedir la abolición inmediata de la esclavitud.
El jefe mambí Bonaechea continuaría combatiendo con su escuadrón de caballería hasta abril, momento en que depuso las armas; la partida Pedro Martínez Freire, se rendiría el 6 de junio, y aún así, continuaron los enfrentamientos hasta el 29 de junio de 1880 en la que fue conocida como “Guerra chiquita” (1879-1881)..
¿Qué se consiguió con la guerra de los diez años? Los separatistas, nada, sino muertos y heridos; el ejército, lo mismo, si bien los muertos del ejército fueron más como consecuencia de las enfermedades tropicales que de los efectos de la guerra. Algo que para las víctimas resultó indiferente. Lo verdaderamente lamentable, es que para el gobierno también resultó indiferente; duro es reconocerlo, pero parece que la flema inglesa, seguramente anexa a su condición de agentes británicos, era la causante de que los políticos y gran parte de la jerarquía militar, fuesen indiferentes a este hecho, que debieron tenerlo como daño colateral, dada la terquedad de España en no autoinmolarse.
La guerra había cerrado en falso; es de suponer que no habían sido conseguidos los objetivos británicos; tal vez por ello se firmó la paz, para permitir la liberación de destacados separatistas presos como Calixto García, que se incorporaría a la lucha separatista el año siguiente.

El 7 de mayo desembarco en Cuba Calixto García, jefe militar de la nueva insurrección, quedando en Estados Unidos José Martí como presidente interino del Comité Revolucionario Cubano. El país no apoyo la insurrección, agotado tras diez años de guerra, y Polavieja imprimió tanta actividad a las operaciones que logró aislar a los insurrectos y les obligó a capitular. El 3 de agosto de 1880 Calixto García, Maceo, Rabi, Moncada, etc. se rendían a las fuerzas del gobierno. La ultima partida en armas, la de Emilio Núñez, depuso las armas el 3 de diciembre de 1880. La Guerra Chiquita se podía dar por concluida. Solo la pequeña partida de Filomeno Sarduy continuó en la guerrilla hasta mayo de 1881. (Togores 2010: 352)

Es el caso que antes de finalizar el año 1878, seis meses después de haberse dado por finalizada la guerra de los diez años, dieron comienzo los preparativos que llevarían a la conocida como “guerra chiquita”, iniciada oficialmente el 24 de agosto de 1879 y que prolongaría el fuego hasta el año 1880.
Parece evidente que la paz de Zanjón no era más que una tregua, pues el problema de fondo causante del conflicto no se resolvió debido en gran medida a la actitud de los posteriores gobiernos españoles de la Restauración que incumplieron sistemáticamente todas y cada una de las promesas. La guerra se había cobrado 58.414 vidas de soldados españoles, la inmensa mayoría como consecuencia de enfermedades tropicales, y el autor de la pacificación, el general Martínez Campos, prometía desarrollar una política reformista que de antemano sabía que acabaría encontrando oposición el parlamento.

Después de la paz del Zanjón en 1878, parecía natural que el Gobierno de España se preocupase de conservar nuestra soberanía en la Isla, concediendo reformas políticas á que tenían derecho los cubanos, por su cultura y otras razones, procurando que su mercado fuese la Península, ó bien preparando los medios necesarios para dominar por la fuerza cualquier otra insurrección, que era de esperar estallase, alentada y protegida, como siempre, por los Estados Unidos; pero no hizo nada, y en 1881 estalló la que se llamó guerra chiquita, que fue pronto terminada. (Weyler 1910: 19)

Para ratificar el acuerdo de Zanjón, Martínez Campos se desplazó a Madrid para entrevistarse con Antonio Cánovas del Castillo, quién rehusó someter a Cortes el tratado firmado, lo que ocasionó una crisis parlamentaria que llevó a la dimisión de Cánovas el tres de marzo de 1879. Pero no pudo imponer las condiciones del pacto de Zanjón, y dimitió el siguiente nueve de diciembre, ocupando de nuevo su cargo Cánovas del Castillo.
Mientras, en Cuba continuaban las tensiones; así, El  24 de agosto de 1879 el caudillo mambí Belisario Grave de Peralta se sublevo en el río Rioja, cerca de Holguin.

El 26 se sublevo con retraso Quintín Banderas en Santiago con escaso resultado. A este siguieron alzamientos en Holguín y Tunas de nuevas partidas. Los mambís se nutrieron en este fallido intento de muchos de los antiguos Voluntarios y guerrilleros españolistas que habían sido maltratados por el Gobierno. El 7 de septiembre de 1879 se produjo el primer combate de cierta importancia, cuando Moncada y José Maceo se enfrentaron a un batallón español en Sabana Abajo. Pronto los mambis reunieron una fuerza de 4.800 libres y 650 esclavos. (Togores 2010: 351)

El trece de octubre de 1880 decía José Martí en carta a Emilio Núñez:

Nuestra misma honra y nuestra causa misma exigen que abandonemos el campo de la lucha armada…/…  yo le aconsejo, como revolucionario y como hombre que admira y envidia su energía y como cariñoso amigo, que no permanezca inútilmente en un campo de batalla al que aquellos a quienes Ud. hoy defiende, son impotentes para hacer llegar a Ud. auxilios. (Martí 1880)

Al terminar la Guerra Chiquita, los cabecillas separatistas Máximo Gómez y Antonio Maceo huyen (con el apoyo de las autoridades españolas) a Sur América, de donde se trasladaron a los Estados Unidos para recabar ayudas.
Desde allí continuarían una guerra de insidias cuyo reflejo, durante los siguientes quinte años, carecería de mucha importancia, si bien mantenía la inestabilidad.
En enero de 1895 se había recrudecido la inestabilidad, mientras el gobierno continuaba con un empacho de legalidad que lo hacía inoperativo, como ya era costumbre a lo largo de todo el siglo.
El 23 de febrero de 1895, coincidiendo con un cambio de gobierno en Madrid, nuevamente presidido por Cánovas, comenzó la guerra separatista en Cuba, cuando los jefes rebeldes Bartolomé Massó, Antonio López, Amador Guerra, Santos Pérez Colona, Manrara, Miró, Rabí, Juan Gualberto Gómez, Martí y otros se sublevaron en el pequeño pueblo de Baire.
El acto pasaría a la historia como “el Grito de Baire”, que realmente significó un levantamiento simultáneo en 35 localidades mediante partidas que se organizaron, se armaron y fueron sostenidas por los Estados Unidos, que dio un fuerte apoyo logístico y posibilitó un intenso contrabando de armas.

Los cubanos dependían de los Estados Unidos para la adquisición de armas y municiones; y si el gobierno hubiera decretado un embargo y se hubiera dispuesto a hacerlo cumplir, es casi seguro que los rebeldes no habrían podido sostenerse mucho tiempo, ya que las armas y demás pertrechos de guerra eran absolutamente indispensables. (Soto 1922: 53)

La guerra había vuelto a estallar gracias al impulso de José Martí que supo organizar la insurrección desde Estados Unidos y superar las  rencillas heredadas de la derrota anterior, sumando a Máximo Gómez y Antonio Maceo como principales dirigentes militares, siendo encargada su represión al general Martínez Campos, que tomaría posesión el 28 de marzo de 1895.

Para el año 1895, en el Proyecto de Ley (DOMG 28-111-1895), que firmó el General Marcelo Azcárraga, Ministro de la Guerra, se indicaba que la fuerza del Ejército permanente en la Península para el año económico 1895-1896 se fija en 82.000 hombres de tropa. La de la isla de Cuba será de 13.842 hombres de tropa, quedando sin embargo facultado el Gobierno para elevar esa cifra hasta el número que se considere para dominar, con la mayor rapidez posible, la insurrección que actualmente existe en la región de Oriente. En Puerto Rico, 3.091. Se fijó en 13.291 hombres la de las islas Filipinas, que podrá ser aumentada si así conviniera para la continuación de las operaciones militares emprendidas en la isla de Mindanao. (Pascual: 480)

A su llegada a Cuba, Martínez Campos se encontró que cuatro días antes, el 24 de marzo de 1895, José Martí y Máximo Gómez habían lanzado un manifiesto que terminaba con la proclama: la victoria o el sepulcro. Al mismo se adherían Bartolomé Masó, José Miró Argenter, Carlos Roloff, Calixto García, Antonio y José Maceo, Juan Gualberto Gómez, Flor Crombet, Perico Pérez, Julio y Manuel Sanguily, Pedro Betancourt.
Para unirse a la sublevación, a finales de marzo de 1895 había salido de Costa Rica una expedición filibustera al mando de Maceo y otros cabecillas, y de Santo Domingo habían salido también los cabecillas Martí y Máximo Gómez. Las embarcaciones encargadas del traslado eran británicas.
También en esas fechas, el 27 de marzo de 1895 Martínez Campos era nombrado Capitán General de Cuba.
Pero, a pesar del gran desconcierto existente en el ejército nacional, dos meses después de la arribada de Martínez Campos acontecía un hecho importante: El 19 de mayo moría José Martí en una acción guerrillera cerca de Dos Ríos en la que la partida de Máximo Gómez se enfrentó al coronel Jiménez de Sandoval.
La muerte de Martí, como toda su vida política, estaría marcada por su condición masónica, entendiendo como tal, lejos del esoterismo, como agente británico. Más exactamente, como ajuste de cuentas entre masones si consideramos que el mismo responsable de su muerte, Jiménez de Sandoval, escribió una nota de pésame a los separatistas repleta de signos masónicos. ¿Estaba dispuesto Martí a sellar un acuerdo que contradijese las aspiraciones británicas y fue eso lo que le costó la vida? Por supuesto es aventurado aseverar tal cosa; no obstante,

Hubo quien dijo que contrarió mucho al general Martínez Campos y retrasó la conclusión de una paz como la del Zanjón, pues se creyó que Martí iba á entenderse con el general en jefe. (Soldevilla 1896: 266)

Pero lejos de aprovechar esta circunstancia, el general Martínez Campos, tal vez siguiendo consignas, tal vez mostrando una incompetencia que no parecía poseer hasta el momento, vio cómo los insurrectos invadían el occidente de la isla y tomaban Camagüey el 13 de junio, y no se quedaban ahí, sino que ponían en un verdadero compromiso al propio capitán general cuando en plena estación de lluvias fue vencido por Antonio Maceo en Sierra Maestra, que al frente de un ejército de unos setecientos mambises acosó al ejército comandado por Martínez Campos entre Peralejo y Bayamo, causando la muerte del general Santocildes y de veintiséis soldados, así como un gran número de heridos, debiendo ser rescatado por una nueva expedición, y dejando Sierra Maestra en manos de los separatistas, que ya no la abandonarían hasta la invasión usense.

Por otra parte, el terrorismo era un arma que los separatistas utilizaban con verdadera diligencia. En ese sentido se prodigaron comunicados como el de 1 de Julio de 1895:

A los señores hacendados y dueños de fincas ganaderas:
En armonía con los grandes intereses de la Revolución por la Independencia del país; considerando que toda explotación de productos, cualesquiera que ellos sean, sirven de ayuda y recurso al enemigo que combatimos, este Cuartel general dispone:
1.° Queda terminantemente prohibida la introducción de frutos de comercio a poblaciones ocupadas por el enemigo.
2.° Queda asimismo prohibida la introducción de ganados en pie.
3.° Las fincas azucareras paralizarán su labor y las que intentaran realizar la zafra, serán incendiadas sus cañas y demolidas sus fábricas.
4.° Los que infringiendo estas disposiciones, trataren de sacar lucro de la situación actual, evidenciarán desde luego poco respeto a los fueros de la Revolución redentora, serán considerados como desafectos, tratados como traidores y juzgados como tales, caso de ser apercibidos.—El General en jefe,—M. GÓMEZ. (Weyler 1910: 34)

La insurrección fue extendiéndose rápidamente y el 16 de Septiembre de 1895 se constituyó en Jimaguayú el gobierno provisional separatista de Cuba, que rápidamente organizó el movimiento de invasión de Oriente a Occidente, que se iniciaría el 22 de octubre de 1895 en Mangas de Baragua, provincia de Santiago, y que duraría hasta el 22 de enero siguiente, cuando entraron en Mantua.
En el curso de la misma, denuncia Weyler, los voluntarios acostumbraban a rendirse sin combatir, los trenes eran asaltados; las estaciones, las vías y los puentes, eran sistemáticamente destrozados al carecer de la indispensable protección, y los separatistas extorsionaban a la población al tiempo que incendiaban cañaverales e ingenios. (Weyler 1910: 63)
La acción de los separatistas era de tierra quemada, no quedando en pie ningún medio de producción, y arrasando las poblaciones, de donde se nutrirían de “voluntarios” y donde ejecutarían a quienes no quisiesen hacerlo.
No se trataba de una actuación de incontrolados, sino que, por el contrario, era la norma marcada por los dirigentes, que curiosamente coincidía con la labor llevada a cabo por el ejército británico en la península durante la guerra contra los franceses, donde se destruían centros de producción sin que en ellos existiesen enemigos.
Curiosamente, la destrucción de centros textiles en la península beneficiaba el comercio de los textiles ingleses, y también curiosamente, la destrucción de los ingenios y plantaciones en Cuba beneficiaba la producción de los asentamientos británicos en el Caribe.
  La orden de actuar de ese modo venía dada desde las altas estructuras del separatismo cubano, que reafirmando y corrigiendo las amenazas vertidas cuatro meses antes, el seis de noviembre añadían la orden de destruir las vías férreas y de fusilar a quienes trabajasen en los ingenios, señalando que estaban dispuestos a enarbolar su victoria sobre escombros y cenizas.
Los bandos son sobradamente explícitos; además de destruir toda la riqueza, se condenaba a muerte a todo el que no apoyase la causa separatista. Terreno sembrado que la autoridad tenía en completo abandono.

Siempre ha sido en Cuba el campesino el principal auxiliar del bandolero. El aislamiento en que vivía le dejaba por completo á merced de éste, y para librarse de sus venganzas, había de ser su confidente, su proveedor de víveres y el que muchas veces le facilitaba armas y municiones.…/…unos por serles simpático el movimiento separatista y otros por terror, todos eran auxiliares de los insurrectos, quienes encontraban en las sitierías cuantos recursos pudiesen necesitar. (Corral 1899: 68)

Esas disposiciones y esas realidades cotidianas auguraban una actuación concreta; así, la insurrección, incapaz de medir sus fuerzas con el Ejército, apeló al extremo de reducirlo todo á cenizas, siempre que encontraba ocasión.

En Pinar del Río quedaron reducidos á cenizas los pueblos de Cabanas, Bahía Honda, San Diego de Núnez, Santa Cruz de los Pinos, Palacios, Paso Real de San Diego, San Diego de los Baños y San Juan y Martínez. Sólo se salvaron la capital, Vinales, Artemisa, Candelaria y Mantua, donde solemnizaron su entrada hasta con baile en el Casino. (Weyler 1910: 56)

La situación calamitosa en que los insurgentes dejaban a la población con esa actuación de tierra quemada obligó a Martínez Campos a emitir una orden, el 13 de enero, por la que cada soldado daba al mes un día de paga para sostener a los desplazados, dando libertad a cada uno para cumplir la citada orden.
Pero a pesar de todo, el estado de guerra no sería declarado hasta el 2 de enero de 1896, casi un año después de haberse iniciado, y cuando las fuerzas de Gómez y Maceo entraron en Vereda Nueva, en Caimito y en Hoyo Colorado, donde los voluntarios entregaron las armas.

El 2 de enero proclamaba Martínez Campos el estado de sitio en La Habana. El día 7 estaban los mambís en el arrabal habanero de Marianao. La insurrección estaba en su momento álgido. Con todo no eran capaces de tomar la ciudad fuertemente defendida y en la que la decidida actuación de los Voluntarios impedía cualquier tipo de manifestación en favor de la causa mambí. Gómez, tras una sangrienta cabalgada, abandono la provincia de La Habana para al poco tiempo volver. Maceo campaba por la región de Artemisa, en Pinar del Río. (Togores 2006: 564)

La actuación de Martínez Campos, así, fue cuando menos dudosa, ordenando, entre otras cosas, que no fuesen requisados los caballos… ni sacrificados los que por cualquier circunstancia tuviesen que ser abandonados por el ejército, siendo que los mismos acabarían siendo utilizados por los separatistas.
Esta circunstancia es comentada por el general Valeriano Weyler, que critica amargamente el mando de su antecesor.

las contemplaciones y bondades del general Martínez Campos, que, por no hacer daño, no dispuso oportunamente la requisa ni permitió que las tropas se apoderasen de los caballos, dejándoselos á los insurrectos para que, montados, pudiesen burlar la persecución de nuestras tropas. (Weyler 1910: 43)

En definitiva, siguiendo el relato del general Weyler (quizá el único capitán general de Cuba que a lo largo del siglo XIX es digno de respeto), podemos deducir que la absurda política del general Martínez Campos se vio reducida a recibir los mayores agravios con la más complaciente sonrisa.
Martínez Campos, en el mejor de los casos, demostró en esta ocasión que si bien su pericia militar había evitado algún desastre, se encontraba demasiado mayor para seguir al frente del ejército, por lo que pidió el relevo, siendo sustituido por Valeriano Weyler, que se hizo cargo de la situación el diez de febrero y dominó la situación aplicando un uso adecuado de los medios militares que estaban a su disposición, cuyos miembros alcanzaban el número de 220.000.
El desastre, así, no fue culpa ni del pueblo cubano ni del ejército de base. Esa idea parece ser manifestada por el propio Valeriano Weyler, quién señala que justamente el ejército español en Cuba estaba compuesto por un más que importante número de cubanos.

el ejército que en la Isla pelea por la integridad de la patria hay más de 500 entre generales, jefes y oficiales cubanos (sin contar muchos miles de soldados), de cuya absoluta é incondicional fidelidad no podemos dudar sin ofensa suya y daño nuestro. (Weyler 1910: 75)

A estas alturas, quedaba manifiesto que la presencia de Martínez Campos en Cuba estaba sobrada. Así, sobrepasado ampliamente por las circunstancias, el 17 de enero de 1896,

el general Martínez Campos reunió en Palacio á las Autoridades principales, de uniforme de gala, y explicó los motivos de su relevo diciendo: "El enemigo se halla en las cercanías de la Habana, y á pocas leguas de la capital... Me he equivocado también en cuanto al éxito de mi política en Cuba... No ocultaré que he sido poco afortunado en mi campaña, puesto que al llegar á la Habana la insurrección sólo existía en parte del departamento Oriental, y hoy se ha extendido á toda la Isla... (Weyler 1910: 61)

Martínez Campos desaparecía de la escena cubana justo en los momentos en que José Martí Gómez habían entrado secretamente en la isla.

Los cubanos filibusteros que habitan en la gran Antilla afirman, que el desembarco de los dos jefes rebeldes había de ser la señal para un levantamiento general, que se iniciarla en varios puntos de la isla. (Soldevilla 1896: 72)

Quién se enfrentaría al jefe separatista sería el general Valeriano Weyler, quién a su llegada a la Habana señaló:

Encuentro el ejército tan subdividido y fraccionado que se da el caso de existir secciones del mismo cuerpo en distintas provincias.
Hay pequeños destacamentos mandados por jefes que pudieran mandar columnas. (Soldevilla 1897:75)

Ciertamente ese no era un mal circunscribible a Cuba, ya que lo mismo sucedía en toda España, dada la inflación de mandos que se habían ido generando a lo largo de todo el siglo para satisfacer favores del más variopinto origen.
A pesar de estas dificultades, Weyler puso en huída a Maceo, que finalmente caería muerto en combate el siete de diciembre de 1896, y llevó a cabo un efectivo acoso sobre los separatistas que lo puso en disposición de alcanzar la victoria final.
De evitar la misma, por vías extraordinarias, se encargarían otros…
Weyler tomó una medida que sería arma arrojadiza de sus enemigos: El 16 de febrero de 1896, lanzó un bando en el que ordenaba:

Primero.
Todos los habitantes de las jurisdicciones de Sancti-Spíritus, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba deberán reconcentrarse en lugares donde haya cabeceras de división, brigada de tropas, provistos de documentos que garanticen su personalidad.
Quinto.
Todos los dueños de fincas de campo no exceptuados por la correspondiente instrucción, deberán desalojar sus haciendas y casas (Soldevilla 1897:84)

Con motivo de esta medida, pulcra desde el punto de vista militar, los usenses iniciaron una terrorífica campaña que no sólo tenía fines políticos, sino además intenciones mercantiles, y se abrogaban, ¡justo ellos! la defensa del humanitarismo. Frente a semejante campaña, sólo voces aisladas repetían la realidad de los hechos.
La mayoría de los reconcentrados son vagos, y puede asegurarse, sin faltar á la verdad, que aquí hay menos miseria que en cualquier gran capital de Europa.
Viendo el reparto de socorros se aprecia que sólo acuden á recibirlos inválidos y ancianos y los pobres que hay en todas partes, y que aquí existirían también, aunque no hubiera guerra. (Soldevilla 1899: 106)

Pero lo que preocupaba era que Weyler estaba controlando la situación; a los separatistas los tenía acorralados y privados de suministros. Ahora tocaba el turno de los instigadores principales de la guerra. Con ese motivo, el 14 de Julio de 1896, decretó:

Se concede un plazo de treinta días á todos los extranjeros residentes en la isla de Cuba para que se inscriban en el registro correspondiente, como ordena el capítulo 7.° del reglamento-ley de Registro civil de 1884, y como dispone el artículo 7.° de la ley de extranjería de 1870. (Soldevilla 1897: 294)

Mientras, en la península, el masivo envío de tropas, generalmente sin instrucción, era motivo de inquietud; así, en Julio se produjeron protestas en Zaragoza por el envío de tropas a Cuba. Estas protestas se extendieron; así, en Barcelona, Logroño, y en Valencia se reprodujeron en agosto.

Y en plena impotencia, Maceo lanzó un manifiesto el 13 de agosto de 1896 en el que animaba a llevar a cabo acciones de pura destrucción.

Compañeros de armas: ¡Destruir! ¡Destruir! Destruir siempre, á todas horas, de día y de noche; volar puentes, descarrilar trenes, quemar poblados, incendiar ingenios, arrasar siembras, aniquilar á Cuba, es vencer al enemigo. Es tenaz, es valeroso, ya lo sabemos, y por eso apelamos á medios tan extraordinarios y supremos, etc. —A. Maceo (Soldevilla 1897: 328)

Esta política acarreó, efectivamente, grandes destrucciones y crímenes, lo que motivó que, aún desde la impotencia, se diesen casos de resistencia por parte de aquellos que, abandonados en la manigua no tenían otras armas que ofrecer que sus propias manos.

Desmanes como la destrucción de las fincas en la región de Holguín-Gibara y el incendio de Velasco en 1896 por las fuerzas de Calixto García motivaron actos de resistencia civil en otros lugares más tarde, como la defensa por sus habitantes de Guisa contra el Ejército Libertador a principios de 1898. (Tarragó 2009: 216)

El fin planteado estaba siendo desmontado por la acción del general Weyler, que sufría los insultos usenses con poca paciencia y forzado por la actitud del gobierno, que por su parte recibía constantes avisos. Así, el 8 de diciembre de 1896, el presidente usense Cleveland lanzaba el enésimo.

Nuestra nación, dice, no podrá guardar indefinidamente la actitud actual, y podríamos vernos obligados á imponer a España un plazo para terminar la guerra de Cuba, ya sea sola, yacen la cooperación yankée. Cuando la impotencia de España sea manifiesta los Estados Unidos sabrán cumplir con su deber. (Soldevilla 1897: 485-486)

A pesar de todo, a finales de 1896 las tres provincias occidentales de Pinar del Río, La Habana y Matanzas se fueron pacificando gradualmente gracias a la acción de Weyler. La rendición de los separatistas era cuestión de tiempo. Por entonces, la muerte de Maceo en un enfrentamiento dio lugar a una nueva embestida de la prensa usense, que acusó a España de asesinato.
Pero la mortandad de los soldados, ocasionada principalmente por las enfermedades tropicales, era un mal que no recibía la necesaria atención por parte de las administraciones.

Durante este año fallecieron 667 soldados españoles por acciones de guerra y 3.200 por enfermedades tropicales. Los separatistas sufrieron 23341 bajas (9112 muertos en campaña, 752 heridos y 13477 entre prisioneros y presentados. (Soldevilla 1898: 556-447)

Esas malas condiciones, económicas, políticas, ambientales… y de captación política por parte de los separatistas, ocasionaron otras bajas, los desertores.

Según noticias facilitadas en los centros oficiales, los prófugos de Pontevedra fueron 1.173, los de Oviedo 585, los de Gijón 488, los de Santiago 441, los de Santander 316, los de Orense, 563, los de Monforte 248, los de Lugo 228, los de Lérida 223, los de Coruña 204, los de Málaga 151, los de Bilbao 138, los de Murcia 135, los de Barcelona (zona núm. 60), 131, los de León 119, los de Almería 112, los de Pamplona 102, los de San Sebastián 101. En las demás zonas no llega á 100 el número de prófugos. Entre las dos zonas de Madrid no hubo más que 16. (Soldevilla 1897: 525)

Las tropas de Cuba en 1897 eran
7.182 jefes y oficiales, 184.647 hombres de tropa, 20.403 caballos y 5.932 acémilas. Y el de voluntarios: 4.595 jefes y oficiales, 82.033 soldados y 15.165 caballos (Pascual)
En Puerto Rico había 7.219 hombres, y en Filipìnas 43.656.

Mientras tanto, las agresiones usenses no cesaban. El 1 de enero de 1897 llegaba un comunicado de Nueva York:

Según despachos de Jacksonville, el vapor Commodore, autorizado en forma, ha salido de dicho puerto con rumbo y cargamento declarados, para las costas de Cuba.
Como si se tratara de comercio licito, parece que va consignado á Cienfuegos, á la orden de Salvador Cisneros, Presidente de la República Cubana.
Lleva á bordo 27 hombres, y su cargamento se compone de mil libras de dinamita, doscientos fusiles, doscientos mil cartuchos, trescientos machetes, gran cantidad de drogas y mucho vestuario.»
Publicamos esta noticia como tipo de las que con frecuencia se reciben de los Estados Unidos y que prueban la indigna conducta seguida por esta nación para con España.
No publicamos todas las de este género, por que llenarían el libro, así como también omitiremos aquellas otras que se refieren á detención de barcos filibusteros y prisión de sus tripulantes, pues todo esto fue siempre una farsa ridícula.
Durante este año, como en los anteriores, los barcos eran cogidos cuando habían desembarcado en Cuba las armas y municiones; si alguna vez les cogían cargados, les devolvían el cargamento, y siempre eran absueltos los tripulantes. (Soldevilla 1898: 2)

El 4 de febrero de 1897 es concedida la autonomía a la isla, en un momento en que, si bien Weyler iba tomando el control, existían zonas que todavía estaban bajo poder de los separatistas, y la concentración de tropas se centraba principalmente en los territorios que nominalmente estaban pacificados.
Lo que creyó gran parte de la opinión, fue que, el gobierno,  deseoso y necesitado de algún éxito para presentarse ante las Cortes, había insinuado al general Weyler la necesidad de que, siquiera parte del territorio cubano, apareciese pacificada y que, el gobernador general de Cuba, se había prestado de buen grado á complacer al gobierno. (Soldevilla 1898: 146)

No sería esta la única contrariedad que tendría Weyler, pues el día 24 de abril, por orden del gobierno y con el general desagrado, eran puestos en libertad varios filibusteros.
No obstante, Weyler siguió con su campaña, y el 18 de mayo de 1897 telegrafiaba:

El aniquilamiento de la insurrección desde cabo San Antonio á trocha Júcaro Morón es un hecho palpable: los trenes circulan con regularidad como en tiempo de paz; en el campo y alrededores de los pueblos se trabaja; la zafra se hace sin interrupción; sólo grupos de malhechores acusan rara vez su presencia con fechorías, aprovechando descuido de trabajadores y de guerrillas, nunca de fuerzas regulares, sin cabecillas importantes por haber muerto ó capturado á principales. Más que insurrección política, quedan hoy hordas criminales procedentes de antiguo y casi permanente bandidaje existe en esta isla, imposibilitados de presentarse, en su mayoría por ser autores de delitos comunes…/… Máximo Gómez anda sólo con 50 hombres, y respecto á Calixto, Cebreco, Rabí y otros de la pasada guerra, los documentos cogidos prueban el estado de descomposición en que se encuentran, por no poder sostener la guerra en Occidente, y negarse los de Oriente á hacer expediciones.
 (Soldevilla 1898: 169)

Siguieron los avances, y a principios de verano de 1897 todo señalaba el fin de la guerra en Cuba. El único rebelde destacado que quedaba era Quintín Banderas, que estaba rodeado, mientras Máximo Gómez, en Santa Clara, no tenía muchos seguidores, y sólo Oriente se mantenía insumiso.
Máximo Gómez estaba dispuesto a darse por vencido y regresar a Santo Domingo, de donde era natural. Y si Cánovas no hubiese sido asesinado el ocho de agosto de 1897, es muy probable que Weyler hubiera acabado con la insurrección.
Pero, evidentemente, el asesinato de Cánovas había cambiado el escenario, motivo por el que el día 16 de Julio, Máximo Gómez podía proclamar:

No aceptamos las reformas ni la autonomía. A las puertas de La Habana haremos pública nuestra gratitud al ejército cubano por los servicios que ha prestado. (Soldevilla 1898: 255)

Pero Weyler, que era la víctima propiciatoria, sería el encargado de la proclamación de la autonomía el día 6 de octubre de 1897, tres días antes de ser sustituido en el mando por el general Ramón Blanco, más proclive a los dictados del gobierno, y que sería una permanente fuente de conflictos.
La proclamación de la autonomía ocasionó manifestaciones contrarias a la misma, que fueron duramente reprimidas.
No obstante, parecía que la proclamación de un régimen de autogobierno iba a facilitar lo que con el asesinato de Canalejas y la destitución de Weyler se quería evitar.

El gran número de insurrectos que desertaron y se presentaron a las autoridades después del decreto de amnistía que siguió a la concesión de la autonomía en 1897 hace pensar que la autonomía no llegó demasiado tarde para triunfar por su propio peso. Por eso el Generalísimo Máximo Gómez emitió un decreto condenando a muerte a todo aquel soldado del Ejército Libertador que se entregase a las autoridades y a todo aquel que fuera a un campamento de dicho ejército en nombre del gobierno autonómico cubano. (Tarragó 2009: 218)

Si bien no todos los analistas opinan lo mismo, porque debemos tener en cuenta que por estas fechas, la labor de Weyler había sido ya deshecha, y los separatistas habían ganado ampliamente toda la influencia que habían perdido bajo su mando. En el mejor de los casos reinaba una profunda incertidumbre.

A comienzos del año, las tres cuartas partes de la Isla estaban dominadas por los rebeldes, y según el general Blanco de los 192.000 hombres que, como tropa regular había recibido Weyler (185.277 transportados por la compañía Trasatlántica según sus datos) sólo quedaban operativos 84.000, distribuidos entre la Habana (40.000) Matanzas (20.000) y Oriente (30.000). (Adán García: 65)

Había llegado el momento. Stewart Lindon Woodford, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en España ya había hablado con Segismundo Moret, ministro de Ultramar, a quién le había declarado las intenciones de los Estados Unidos que, desde el 6 de noviembre, con ocasión de los altercados producidos en la Habana con motivo de la amnistía general concedida por el gobierno, estaban preparando lo que había de venir.

A finales de 1897 el general en jefe del ejercito norteamericano Nelson A. Miles tenía ordenes concretas sobre la futura anexión de Cuba y Puerto Rico, en tanto que la flota del Pacifico recibía instrucciones para atacar Filipinas. (Togores 2006: 569)

Con estas circunstancias, y con la excusa de una visita amistosa no programada, Mackinley envíó  a Cuba el acorazado “Maine” y el “Montgomery”, que arribarían a primeros de 1898.
Excusa que se vio reforzada por los acontecimientos ocurridos en la Habana, cuando los patriotas se amotinaron y saquearon las propiedades de los autonomistas, haciendo especial hincapié en los periódicos y contra la política del general Blanco, al tiempo que reclamaban la vuelta del general Weyler.
Y es que el general Blanco, que no fue bien recibido merced a la experiencia acumulada en Filipinas, provocó gran malestar en todos los ámbitos sociales.

El desacuerdo con la nueva política de pacificación que impuso el general Blanco provocó que muchos militares, amparados en su fuero, pidieran destino a la Península. El periódico panfletario El Reconcentrado publicó, en su edición del 10 de enero, una lista de oficiales que embarcaban en vapor-correo, encabezada con la frase “Fuga de granujas”, lo que provocó que otro grupo de oficiales arrasaran la redacción”. Y casualmente, temiendo el secretario de estado norteamericano el fracaso de la autonomía “Con motivo de la sublevación o algaradas que los weyleristas e intransigentes promovieron en Cuba contra el general Blanco y la autonomía en 12, 13 y 14 de enero, se dirigió a la Habana repentinamente el crucero Maine”. El acorazado fondeó en la bahía de la Habana (25Ene.98) y cinco torpederos americanos se concentraron en las costas de Florida. (Adán García: 65)

Pero la verdad es que, para tratarse de una visita amistosa, es sospechoso que los barcos usenses llegasen cargados con ingentes cantidades de armamento. Al respecto, el teniente de navío José Müller Teijeiro señalaría en su momento:

Está probado que el buque de que me ocupo, á pesar de la comisión amistosa que á desempeñar vino, llevaba en sus pañoles más cantidad de pólvora y municiones de las que generalmente llevan los buques en tiempos normales, como también que el día en que tuvo lugar la catástrofe recibió, de un cañonero llegado del Norte, gran cantidad de explosivos, cuyo trasbordo observaron perfectamente los vapores mercantes que cerca de él estaban fondeados y el natural cuidado con que lo efectuaron. (Müller 1898: 17)

El 25 de enero fondeaba el Maine en la Habana, y  a principios de febrero merodeaban Cuba, los acorazados
Maine, Masachussest, Indiana, Iowa y Texas; los cruceros Montgomery, Detroit, Nashvill, Brooklin, New-York y Marblehead, y los torpederos Vesuvius, Forter, Dupont, Ericson y Terror. Total, 16 barcos de guerra. (Soldevilla 1898: 34)

El general Bermejo, entonces ministro de Marina, decía en carta dirigida al general Cervera, con fecha 6 de Febrero. Lo siguiente:

Seguimos siendo visitados en Cuba por buques americanos, siempre bajo las seguridades del Gobierno de los Estados Unidos que significa que estas visitas son de pura cortesía y amistad; si envuelven otro objetivo, tal vez el hacer una exhibición de sus buques que patentice su superioridad sobre los estacionados en aquellas colonias, su objeto está conseguido; mientras, el núcleo de sus fuerzas navales se encuentra, so pretexto de hacer maniobras navales, estacionado en las Tortugas secas y Cayo Hueso, debiendo durar éstas hasta 1º de Abril. Veremos lo que resulta de todo esto, que me hace cavilar mucho. (Isern 1899: 400)

El 15 de febrero de 1898 el acorazado Mayne estallaba en el puerto de La Habana, con la circunstancia curiosa que ninguno de los oficiales se encontraba a bordo. Todo estaba preparado para la traca final. La prensa usense acusó de inmediato a España de un ataque a traición, cuando todo indicaba que la explosión había sido interior, tal vez orquestada por el mismo gobierno de los Estados Unidos, tal vez consecuencia de un mal almacenamiento de los explosivos…
La guerra se anunciaba; la prensa usense incitaba a diario, y el gobierno español… esperaba acontecimientos.
El 5 de marzo de 1898, el general Ramón Blanco envió a Máximo Gómez una propuesta de colaboración contra la invasión usense (ver anexo 2).
Y en breve comunicado de Máximo Gómez al general Ramón Blanco, como contestación a su solicitud, decía:

hasta el presente sólo he tenido motivos de admiración para los Estados Unidos. He escrito al presidente McKinley y al general Miles. No veo el peligro de exterminio por los Estados Unidos a que usted se refiere en su carta. Si así fuere, la Historia los juzgará. Por el presente sólo tengo que repetirle que es muy tarde para inteligencias entre su ejército y el mío.

La condición moral de Máximo Gómez quedaba bien reflejada, como bien reflejada quedaba la de J. Phelps,  ex ministro de los EE.UU en Londres, que el 28 de marzo de 1898 declaraba:

Combate España una rebelión contra su autoridad en Cuba, que hace tiempo hubiera terminado por agotamiento de no haber estado apoyada y alimentada por expediciones continuas desde este país en violación de nuestras leyes de neutralidad y de los deberes que los tratados nos imponen. (El Mundo Naval Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

Decía más esta benemérita persona
 
Es un hecho notorio que durante toda la guerra la devastación de hogares y sembrados de estos moradores ha sido realizada por los rebeldes en armas, quienes han puesto á tributo, en forma de extorsiones por medio de las amenazas, á estos desdichados en tanto poseían algo. (El Mundo Naval Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

Las fuerzas insurrectas se componen de cubanos, negros, renegados y aventureros de todas layas procedentes de los Estados Unidos y de otras partes. ¿Hemos de hacer nuestra la causa de esta gentef ¿Puede sostenerse que las atribuciones de la humanidad consistan en arrojar de la isla al Gobierno en ella establecido, el único Gobierno que allí existe, dejando entregada la población á merced de gentes como aquéllas? (El Mundo Naval Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

¿Quiénes son, pues, los verdaderos insurrectos? Pues son un conjunto de hombres en número indeterminado que escurren el bulto, y no tienen ni capital, ni residencia, ni conato siquiera de gobierno organizado (a no ser una Junta avecindada en la ciudad de Nueva York); meros guerrilleros y bandidos que han estado haciendo lo que ellos llaman guerra, por medio de crímenes que no se reconocen como guerra en ningún país civilizado. (El Mundo Naval Ilustrado nº 27 Junio de 1898)

Más digno de encontrarse en el callejero español, por honrado, es J. Phelps que muchos “héroes” y “personajes ilustres” que, con nombre español buscaron la ruina de España a lo largo de todo el siglo XIX.
Y todos, menos aparentemente el gobierno español, estaban al cabo de lo que se estaba maquinando. Todos, pues Máximo Gómez ya lo había anunciado:

Pronto, y como coronación de nuestra campaña, sobrevendrá una gran sorpresa; una intervención extraña determinará el fin de nuestros esfuerzos. (Isern 1899: 415)

La guerra civil en Cuba había finalizado con la supresión unilateral de hostilidades por parte del ejército español habiéndose saldado la campaña de 1895 a 1898 con las siguientes bajas:

Muertos en el campo de batalla: 2.032
Muertos a consecuencia de las heridas recibidas: 1.069
Muertos por el vómito: 16.329
Muertos por enfermedades diversas o accidentes: 24.959
Total: 44.389  (Pascual)

Y después, la guerra con los Estados Unidos. España derrotada, España mutilada, España traicionada.
Se calcula que alrededor de 15 mil contendientes cubanos perdieron la vida durante los enfrentamientos, pero las víctimas civiles oscilan entre 40 mil y 70 mil.
Cuba independiente pasó a sufrir la imposición de la Ley Platt, como apéndice, para mayor escarnio, a su Constitución. En base a la misma, los Estados Unidos se aseguraron el derecho de poseer Guantánamo y Bahía Honda, no pudiendo Cuba arrendar, ceder, hipotecar, ni hacer ningún acto de dominio sobre su territorio sin la intervención y beneplácito de los Estados Unidos; ni concertar empréstitos con otras
Naciones.
La enmienda Platt limitó la soberanía cubana en temas económicamente estratégicos. Los grandes beneficiarios fueron los grandes terratenientes, ya que la situación del campesinado apenas mejoraría.



































ANEXOS:

Anexo 1

Carta de Dupuy a Canalejas

—Excelentísimo Sr. D. José Canalejas.

Mi distinguido y querido amigo: No tiene usted que pedirme excusa por no haberme escrito.

Yo debí también haberlo hecho, y lo he dejado por estar abrumado de trabajo y nous sommes quHtes.

Aquí continúa la situación lo mismo. Todo depende del éxito político y militar en Cuba.
El prólogo de todo esto, en esta segunda manera de hacerla guerra, terminará el día en que se nombre el Gabinete colonial y nos quiten ante este pueblo parte de la responsabilidad de lo que ahí sucede, y tengan que echarla sobre los cubanos, que tan inmaculados creen.

Hasta entonces no podrá verse claro, y considero una pérdida de tiempo y adelantarse por un mal camino el envío de emisarios al campo rebelde, negociaciones con los autonomistas aun no declarados legales y averiguación de las intenciones y propósitos de este Gobierno.

Los emigrados irán volviendo uno por uno, y en cuanto vuelvan, irán entrando por el redil, y los cabecillas volverán poco á poco.

No tuvieron ni unos ni otros el valor de irse en masa, y no lo tendrán para regresar así.
El Mensaje ha desengañado á los insurrectos, que esperaban otra cosa, y ha paralizado la acción del Congreso; pero yo lo considero malo.

Además de la natural é inevitable grosería con que se repite cuanto ha dicho de Weyler la prensa y la opinión en España, demuestran una vez más lo que es Mac-Kinley; débil y populachero y además un politicastro, que quiere dejarse puerta abierta y quedar bien con los jingoes de su partido.

Sin embargo, en la práctica, sólo de nosotros dependerá que resulte malo y contrario.
Estoy de acuerdo en absoluto con usted: sin un éxito militar no se logrará ahí nada, y sin un éxito militar y político, hay aquí siempre peligro de que se aliente á los insurrectos, ya que no por el Gobierno, por una parte de la opinión.

No creo se fijan bastante en el papel de Inglaterra. Casi toda esa canalla periodística que pulula en ese Hot^^l, son ingleses, y al propio tiempo que corresponsales del Journal, lo son de los más serios periódicos y revistas de Londres. Así ha sido desde el principio.

Para mí, el único fin de Inglaterra es que los americanos se entretengan con nosotros y les dejen en paz, y si hay una guerra, mejor; eso alejaría la que les amenaza, aunque no llegará nunca.

Sería muy importante que se ocuparan, aunque no fuese más que para efecto, de las relaciones comerciales, y que se enviase aquí un hombre de importancia para que yo lo usara aquí para hacer propaganda entre los Senadores y otros, en oposición á la Junta, y para ir ganando emigrados.

Ahí va Amblard. Creo viene demasiado empapado de política menuda, y hay que hacerla muy grande ó perdernos.
Adela devuelve su saludo, y todos deseamos que en el próximo año sea mensajero de la paz, y lleve ese aguinaldo á la pobre España.

Siempre su devoto amigo y servidor, que besa su mano, Enrique Dupuy de Lomer>















Anexo 2:
PROPOSICIÓN DEL CAPITÁN GENERAL RAMÓN BLANCO ERENAS AL
GENERALÍSIMO MÁXIMO GÓMEZ 5 de Marzo 1898.

General Máximo Gómez, jefe de las fuerzas revolucionarias

Señor:


Con la sinceridad que siempre ha caracterizado todos mis actos, me dirijo a usted, no dudando por un momento que su clara inteligencia y nobles sentimientos, los que como enemigo honrado reconózcole, harán acoger mi carta favorablemente.
No puede ocultarse a usted que el problema cubano ha cambiado radicalmente. Españoles y cubanos nos encontramos ahora frente a un extranjero de distinta raza, de tendencia naturalmente absorbente, y cuyas intenciones no son solamente privar a España de su bandera sobre el suelo cubano, por razón de su sangre española. El bloqueo de los puertos de la Isla no tiene otro objeto. No sólo es dañoso a los españoles, sino que afecta también a los cubanos, completando la obra de exterminio que comenzó con nuestra guerra civil.
Ha llegado, por tanto, el momento supremo en que olvidemos nuestra pasadas diferencias y en que, unidos cubanos y españoles para nuestra propia defensa, rechacemos al invasor. España no olvidará la noble ayuda de sus hijos de Cuba, y una vez rechazado de la Isla el enemigo extranjero, ella, como madre cariñosa, abrigará en sus brazos a otro nueva hija de las naciónes del Nuevo Mundo, que habla en su lengua, profesa su religión y siente correr en sus venas la noble sangre española. Por todas estas razones, General, propongo a usted hacer una alianza ambos ejércitos en la ciudad de Santa Clara. Los cubanos recibirán las armas del Ejército español y, al grito de ¡viva España! Y ¡ viva Cuba!, rechazaremos al invasor y liberaremos de un yugo extranjero a los descendientes de un mismo pueblo".
Su afectísimo servidor,
Ramón Blanco Erenas
Capitán General




















































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