lunes, 11 de enero de 2021

El anexionismo anglo-usense

Cesáreo Jarabo Jordán



La decadencia de España, cuyo inicio puede encontrarse en el reinado de Felipe III, fue tomando cuerpo con el reinado de Felipe IV, cuando sufrió la doble mutilación geográfico-política de Portugal y del Rosellón… Era sólo el principio.

Luego, a la muerte del que posiblemente haya sido el más desgraciado de los reyes, Carlos II, y la ascensión antijurídica de Felipe V al trono de España, serían los intereses extranjeros, en este caso franceses, los que se impusieron a los intereses nacionales.

Ya en los postreros momentos de Carlos II, España estaba siendo subastada entre Francia, Inglaterra y el imperio Austro Húngaro. Los repartos se habían hecho de forma equitativa… Pero Luis XIV de Francia los frustró al verse coronado del todo y no de la parte, en la cabeza de su nieto Felipe V.

España estaba sentenciada a muerte por los intereses europeos. El cómo y el cuando dependería de varias circunstancias entre las que no son las menos importantes los ataques de dignidad que ocasionalmente, y desde el mismo Felipe V, han ido teniendo los monarcas. Pero ya se trataba más de intereses ajenos de de la voluntad nacional por pervivir.

Se siguieron haciendo grandes cosas (véase la expedición contra la viruela de finales del siglo XVIII), pero ya la administración cayó enteramente en poder de los ilustrados, y los principios humanistas que habían significado el auge de España y la vida de los pueblos que la componían en los cinco continentes, estaban siendo sustituidos por principios más acordes con el utilitarismo británico.

España había caído en la inacción y dependía de los vaivenes de los agentes extranjeros. Así, ya en el Tratado de Utrecht firmado en 1713, España, aparte de ser mutilada en Europa, se vio obligada a firmar el Tratado del Asiento, por el que permitía a Inglaterra introducir esclavos en América, amén de haber perdido lo mejor de la flota en la batalla de Trafalgar.

España sólo servía para satisfacer los apetitos de sus enemigos, quienes llegado ya el siglo XIX libraron en España, y a costa de España, un enfrentamiento militar que conocemos, para mayor escarnio, como Guerra de la Independencia.


En los primeros años del siglo XIX, y como extensión del plan Pitt británico 


enviaron a los agentes americanos Pilke, Lewís y Craik a que recorrieran nuestro país (México), así como Cuba y Puerto Rico, predicando las doctrinas de Jacobo Monroe y tomando a la vez una multitud de datos relativos a su riqueza, comercio, defensa de sus puertos y elementos de guerra, los cuales datos, sí se tiene en cuenta que a la sazón dirigía Estados Unidos reclamaciones contra el Intendente español en la Luisiana, por motivos que se verán en seguida, no podía disimularse que el móvil que guiaba a aquel gobierno a tomarlos, no era otro que el de estar prevenido para el caso de un conflicto, que desgraciadamente hemos tenido que presenciar al fin, si bien un siglo más tarde. España accedió a aquellas reclamaciones y tuvo que perder la Luisiana debido a una cabala del coloso aventurero Napoleón Bonaparte, a quien fue  cedida por el débil Carlos IV, a cambio de un reino que jamás llegó a poseer España, el de Etruria.  (Mendoza 1902:15)


La dependencia exterior, manifiesta por multiplicidad de hechos, había conseguido que España fuese mutilada una y otra vez. Así, en 1800, por decisión de Napoleón, y sin atender la legislación histórica española, España cedía la Luisiana a Francia a cambio de un etéreo dominio sobre Parma, tras lo cual, el 30 de abril de 1803 Francia vendía la misma a los Estados Unidos. Y para redondear la jugada, en 1820 Fernando VII vendía también la Florida a los EE.UU., con lo que, además les abría el paso al Golfo de México.

La toma de posición era evidente; así, el presidente Jefferson, ya en noviembre de 1805, dijo al ministro británico que Estados Unidos podría apoderarse de Cuba en caso de guerra con España. Consideraba que, en caso de guerra, sucesivamente Florida Oriental y Occidental y la isla de Cuba, cuya posesión era necesaria para la defensa de Luisiana y Florida (...) serían conquista fácil para Estados Unidos.

Y la disposición para llevar a efecto los propuesto, evidente.


en 1809, en carta privada a su sucesor al frente del Poder Ejecutivo, James Madison, el ex presidente Thomas Jefferson afirmó: “Confieso francamente que siempre he visto en Cuba la más interesante adición que se puede hacer a nuestro sistema de estados.


Es en medio de estos dos momentos cuando, en 1808, Inglaterra cambia el rumbo de sus escuadras, en principio destinadas a atacar Buenos Aires, para dirigirlas a La Coruña y presentarse como amigos para combatir a Napoleón. ¡Oh milagro!, el mayor enemigo convertido en aliado… despliega todo su saber para la metódica destrucción de España.

Hubo quién se lo creyó: el pueblo español. Pero hubo quién no se lo creyó y siguió sirviendo a los franceses, y quién tampoco se lo creyó porque ya era previamente aliado de Inglaterra.

El batiburrillo era manifiesto en España. Los enemigos continuaban con su labor; unos continuaron siervos de Francia, y los otros, siervos de Inglaterra, comenzaron su labor de zapa: constituyeron las Cortes de Cádiz.

Seguidamente organizaron con éxito las guerras separatistas de América que fragmentaron la Patria en pequeños trozos más fáciles de ser controlados por los intereses británicos, mientras dinamitaban las estructuras sociales y culturales de todos ellos al tiempo que controlaban las estructuras económicas, sometiendo a todos a la nueva esclavitud del liberalismo.

España había quedado reducida a la península ibérica, Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Marianas y otras islas del Pacífico. No había duda, eran frutas que madurarían  a lo largo del siglo XIX.

Ahora, Inglaterra tenía a su servicio una factoría independiente y crecientemente poderosa que le posibilitaría seguir con su labor de colonización del mundo. Y quién se lo había impedido hasta el momento, se encontraba totalmente postrada y dominada por sus agentes, que ocupaban todos los resortes de poder en España.

Por otra parte, los británicos se instalaron en Singapur en 1821 y después en Hong-Kong, en 1842, como consecuencia del tratado de paz con China tras la conocida como “guerra del opio”, que tuvo lugar entre los años 1840 Y 1842, tras la cual, China, además de verse obligada a ceder parte de su territorio a Inglaterra, debió permitir el comercio del opio que los británicos cultivaban en la India, al tiempo que se imponía el racismo británico, que argumentaba diferencias raciales basadas en la biología que relegaban a los asiáticos al servilismo.

La manifiesta pérdida de influencia española significó, en este caso para los asiáticos, y como consecuencia de los tratados que se vieron forzados a firmar, un nuevo estatus que los sumía en la inferioridad.


Los llamados Tratados Desiguales fueron la plasmación de ese nuevo contexto entre los asiáticos y sus gobiernos, que apenas podían imponer tasas mínimas a las exportaciones europeas (entre un 3 y 5%, dependiendo de cada país) y los comerciantes europeos, cuyos gobiernos no aplicaban las mismas tasas en sus países y que además gozaban del derecho a la extraterritorialidad, esto es, que sus posibles delitos sólo podían ser juzgados por tribunales formados por compatriotas generalmente más benévolos. (Rodao 2010: 3-4)


Y esos Tratados Desiguales tenían una doble función, si bien complementaria; por una parte asentaban el poder británico; el asentamiento del capitalismo, al tiempo que hundían las relaciones comerciales anteriormente asentadas, vinculadas a un espíritu comercial, si, pero desde el humanismo cristiano y español, representado por las relaciones generadas a lo largo de los siglos anteriores, y que tenían su representación económica en el real de a ocho, que desde el siglo XVI había sido la garantía comercial que aseguraba la igualdad entre países y mercados asiáticos y americanos.


Con esta moneda mundial, el real de a ocho, podías caminar desde la Patagonia y el Río de la Plata hasta Filipinas y China, donde fue base del yuan chino y de otras monedas asiáticas y donde circularon 515 millones de monedas de plata americana con reconocimiento legal hasta 1948, eso es 124 años después de la batalla de Ayacucho, momento bélico en que comienza nuestro declive, batalla en la cual se enfrentaron no menos de ochenta familias en ambos bandos, cometiéndose el suicidio de nuestra patria. Martín de Álzaga, héroe de las invasiones inglesas, que manejaba el comercio asiático con Filipinas y Buenos Aires, no quiso entregar las rutas comerciales a los ingleses y por eso, lo fusilaron los revolucionarios de Mayo y así perdimos todo nuestro comercio con Asia. (Lons 2017)


España, no obstante estar sometida a Inglaterra, seguía marcando la diferencia en este sentido; así, a pesar de haber estado comerciando libremente desde el siglo XVI, se sometía a las prácticas de Inglaterra.


El 10 de octubre de 1864, España y China firmaron su primer Tratado de Amistad y Navegación, dando pie a la primera legación española en Beijing y, también, a una regulación de la emigración de chinos a Filipinas donde las autoridades Q’ing consiguieron por primera vez cláusulas que soslayaban algunas de las desigualdades de los tratados con Occidente: España, por ejemplo, aceptó que los chinos en Filipinas pudieran contratar a súbditos españoles. (Rodao 2010: 4)


La labor de zapa que durante siglos había llevado Inglaterra contra España estaba tomando cuerpo ahora, cuando la Inglaterra americana, que en eso acabó convirtiéndose EEUU cuando a principios del siglo XIX la masonería consiguió reconciliarlos con la metrópoli (y esto es reconocimiento de algo equiparable a virtud y no a vicio), entraba en funcionamiento contra España.

En ese orden, en el de la defensa de los intereses británicos, se movían los EEUU, y tras llevar a efecto los grandes genocidios en su territorio, y tras haber usurpado la mitad de la Nueva España, se marcaban nuevas metas; así, ya el 27 de abril de 1809 escribiría Jefferson al entonces presidente usense Madison:


Aunque con alguna dificultad consentirá (el Rey citado) también en que se agregue Cuba a nuestra Unión... Entonces yo haría levantar en la parte más  remota, al Sur de la Isla, una columna que llevase la inscripción Non plus ultra  como para indicar que allí estaba el límite de donde no podía pasarse de nuestras adquisiciones en ese rumbo. (González 1903: 28)


Señalaban los usenses, sin rubor, su intención de anexionarse Cuba mientras Fernando VII y su cohorte se limitaban a bailarle las gracias a Napoleón. Pocos meses después, el embajador en Washington, Luis de Onís, con fecha 10 de Octubre de 1809 escribió al Virrey en México Sr. Venegas:


Cada día se desarrollan más y más las ideas ambiciosas de esta República confirmando sus miras hostiles contra España. V. E. sabe  por mi correspondencia que este Gobierno se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la embocadura del Río Bravo siguiendo su curso hasta el grado 30 y de allí tirar una recta hasta el Pacífico tomando por consiguiente las  provincias de Texas, Nuevo Santander, Cohahuilla, Nuevo Méjico, y parte de las provincias de nueva Vizcaya y de la Sonora. Parecerá este proyecto un delirio a toda persona sensata, pero no es menos cierto que el proyecto existe y que se ha levantado un plano de dichas provincias incluyendo también en dichos límites la isla de Cuba, como parte  natural de la República. (González 1903: 28)


Evidentemente, el proyecto existía, y su cumplimiento también sería llevado a efecto. En el continente no sería ya España la humillada, sino el México creado por los agentes británicos. 

Pero ya se diferenciaban dos frentes; el de México llevaría su curso. El del Caribe, el suyo. Lo que queda manifiesto es que el anexionismo británico era ya manifiesto en estas fechas.


Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba a los Estados-Unidos. Los presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado la conveniencia de esa adquisición. (Patriota 1899)


En ese sentido, en 1822, el embajador usense en Madrid escribía a su gobierno:


Las islas de Cuba y Puerto-Rico, dependen todavía de España, y sólo España puede transferir su posesión; Cuba y Puerto-Rico, por su posición y dependencias naturales en el Continente norte-americano, y en particular Cuba, que casi se descubre desde nuestras playas, ha llegado a ser para los intereses de la Unión americana, tanto mercantiles como políticos, un objeto de importancia trascendental. Su posición dominante con referencia al golfo de Méjico y mares occidentales; el carácter de la población; su situación a medio camino de nuestra costa meridional y la isla de Santo Domingo; su seguro y extenso puerto de La Habana, enfrente de una larga línea de nuestras costas que carecen de la misma ventaja; la naturaleza de sus producciones y necesidades, suministrando los productos y exigiendo los retornos de un comercio inmensamente beneficioso, le dan una importancia de primer orden, sin comparación, y un interés poco inferior al que une los diferentes miembros de la Unión Americana a un mismo cuerpo. Tales, en verdad, son los intereses de aquella Isla y este país, las relaciones geográficas, comerciales, morales, políticas, formadas por la naturaleza, reuniéndose en el progreso del tiempo y aun en el día la probabilidad de que, visto lo que ha pasado en medio siglo, los acontecimientos producirán el que la anexión de Cuba a nuestra República federal, sea indispensable para la continuación o integridad de la misma Unión. Ciertamente que para estos sucesos no estamos todavía preparados pero hay leyes de gravitación política tanto como física, y si una manzana separada por la tempestad de su árbol nativo no puede sino caer al suelo en virtud de la ley de gravedad, así Cuba desunida por la fuerza de su propia conexión con España, e incapaz de mantenerse por sí sola, ha de gravitar solamente sobre la Unión norteamericana, la cual por la misma ley de la naturaleza, no puede rechazarla de su seno. —Inglaterra, antes de la emancipación de la esclavitud en sus colonias, deseaba la posesión de Cuba para imperar en el golfo de Méjico. Era política americana no permitir que pasase a manos de ninguna gran potencia marítima mientras se conviniera que España poseyera esta Isla: en 1826 se anunció oficialmente a Francia, que los Estados-Unidos no verían con indiferencia que Puerto-Rico y Cuba pasaran de España a poder de otra potencia, y al mismo tiempo intervinieron con Méjico y Colombia para suspender una expedición que estas repúblicas preparaban contra aquellas islas. Aun en este período los Estados-Unidos declararon explícitamente a España que no entrarían en compromiso alguno de garantía que no estuviese de acuerdo con sus reglas establecidas de política exterior». (Pirala 1895: 772-773)


Y en esta situación, Bernabé Sánchez, un nativo de Camagüey, en representación de varios plantadores llegó a Washington, en septiembre de 1822, para ofrecer la anexión como un Estado. La oferta fue rechazada, pero en este sentido escribió Adams, en una famosa carta, al entonces ministro de Estados Unidos en España, Hugh Nelson: 


Cuba… se ha convertido en objeto de trascendente importancia para los intereses comerciales y políticos de nuestra Unión. Su privilegiada posición… su puerto de La Habana, amplio y seguro… la naturaleza de sus producciones y de sus necesidades… le dan una importancia en la suma de nuestros intereses nacionales, que no puede compararse con la de ningún otro territorio extranjero, y que es apenas inferior a la que tienen en conjunto los diferentes miembros de esta Unión… Es difícil resistir la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra república federal será indispensable para la continuación e integridad de la Unión misma… Hay leyes de gravitación política, como existen las de la gravitación física; y si una manzana separada del árbol por la tempestad, no puede hacer otra cosa que caer al suelo, Cuba, separada a la fuerza de su artificial conexión con España, e incapaz de bastarse a sí misma, puede únicamente gravitar hacia la Unión norteamericana, la cual, por la misma ley natural, no puede arrancarla de su seno. (Thomas 1971)


En 1823, Monroe declaraba que consideraría como casus belli todo intento de dominio y colonización por parte de las potencias europeas en América. Ese mismo año, el futuro presidente John Quincy Adams (1825-1829) sostenía el criterio de que la anexión de Cuba a los Estados Unidos era fundamental para mantener la integridad de la Unión. Los usenses pensaban entonces comprar la Isla como lo hicieron con la Luisiana a Francia en 1803 y con Florida a España en 1819.

Inglaterra respaldaría esa doctrina porque con ello imponía el monopolio financiero Inglés a las nuevas Repúblicas que habían surgido de las cenizas del Imperio Español, y liquidaba los sueños de reconquista de los Cien Mil Hijos de San Luis.


No obstante el apoyo de Londres a la Doctrina Monroe, los ingleses pusieron límite al expansionismo de los Estados Unidos de América, no permitiéndole ir más allá del Río Grande. Por esto pudieron sobrevivir las repúblicas Centroamericanas, y no procedieron los intentos anexionistas Haitianos y Yucatecos, y México sobrevivió a la ocupación Americana durante la Guerra entre la nación Azteca y los Estados Unidos. (Adán 1979)


En 1826 ya habían adelantado considerablemente el camino. Cierto que todavía no habían invadido todavía México, pero Cuba ya entraba en objetivo distinto por razones obvias. Ahora eran dos frentes en lugar de uno, pero la debilidad de ambos era inmensamente superior a la preexistente. Así, el asunto de Cuba y Puerto Rico era tratado aparte. Como tal, el 15 de Marzo de 1826, el Presidente Adams, dijo al Congreso usense: 


La condición de las islas de Cuba y Puerto Rico es un asunto de profundo interés, que influye directamente sobre los  intereses presentes y futuros de nuestra Unión. La invasión de ambas islas por fuerzas combinadas de Méjico y Colombia es uno de los asuntos que se tratarán en el Congreso de Panamá. Los resultados a que esto pueda conducir... y el peligro posible de que al fin y al cabo vengan a caer éstas en manos de una Potencia Europea que no sea España, no permite mirar con indiferencia lo que se delibere en Panamá, o las consecuencias que de ello puedan derivarse. (González 1903: 35)


El proyecto de la invasión de las islas, barajado ampliamente por Bolívar y los otros agentes británicos era, así algo que dividía a los ingleses. Pero perro no come carne de perro, y era manifiesto que Cuba y Puerto Rico, por su situación geográfica, debían caer en la órbita inglesa llevada desde América.

Es el caso que, al mensaje de Adams antes citado, contestó la Comisión de Negocios Extranjeros, con aprobación de la Cámara: 


Junto con la cuestión de la guerra entre España y los nuevos Estados, hay que  considerar otra muy grave, relativa al destino de las islas españolas, especialmente Cuba. Si continúa la guerra, se intentará seguramente la invasión de la isla... El punto, como quiera que se mire, es serio para los Estados Unidos y tiene que ocupar su atención... El Castillo del Morro de la Habana se puede considerar como una fortaleza en la boca misma del Mississipí. (González 1903: 35)


Un territorio que ilegalmente había sido cedido por Fernando VII a los EE. UU. era motivo de que los anglo-usenses ambicionasen algo más… 

Y más… La acción para seguir rompiendo España seguía su curso. Sus agentes en la gobernación de lo quedaba de España llevaban su ritmo y mantenían sumida la península en una jaula de grillos.

Había quién se daba cuenta de la situación y no dudaba en señalar que


Inglaterra, colocadas como están las cosas, es, seguramente, por ley de su estructura geográfica, y pese a protestas y palabras que lo oculten, nuestro más apretado, constante y mortal enemigo, que nos pedirá la devolución de fuertes cantidades en el momento de vernos adquirir alguna ventaja en África, que proveerá de pepinillos a los carlistas para debilitarnos con afrentosas guerras civiles, que empujará y apoyará a los yankees hasta aniquilar nuestro imperio colonial completo, que mantendrá siempre viva la llama sagrada del separatismo en Portugal, a fin de impedir la total integración de la patria ibérica, posible principio de un engrandecimiento, mortal para ella. (Macías 1899: 25-26)


Señalamientos que, no obstante, caían en el saco roto de un gobierno cuyos intereses eran otros bien distintos a los de España. 

En ese totum revolutum, tal día como el 17 de Agosto de 1827 pudo transmitir el embajador usense en Madrid a su Gobierno: 


La adjunta copia de un despacho  confidencial del Conde de Alcudia, Embajador de España en Londres, me fue  entregada hoy por mi amigo persona en quien tengo la mayor confianza. De la autenticidad de ese despacho no tengo la menor duda, y como él llegó a mis manos, en la más estricta reserva... En esa nota el  Embajador Español da cuenta a su Gobierno de un plan concebido por el de Inglaterra y ya puesto parcialmente en ejecución para promover una revuelta en islas Canarias y de Cuba. (González 1903: 36)


El origen de esa información procedía directísimamente del duque de Wellington… 

La pregunta es: ¿con qué fin filtró esta información?... ¿El de comprobar la fidelidad de sus agentes? Lo que llama la atención es que, desde que se tuvo noticia de esta “filtración”, en Cuba no se efectuaron mejoras en sus defensas. ¿De qué servía, entonces, esa información al gobierno español? ¿Para qué le servía el servicio de espionaje?, ¿y qué atención prestaban a la seguridad nacional cuando esa misma información volvió al origen?

Llama la atención, sí, que el duque de Wellington no fuese acusado de espionaje por Inglaterra y que no se reforzasen las defensas en las costas españolas.

La respuesta, quizá tiene fácil explicación si tenemos en cuenta que con la terminación de la guerra angló-boer Inglaterra consolidó su Imperio, y las Canarias, en la ruta de las Islas británicas, que en otras circunstancias les hubiesen sido demasiado apetecibles, no levantaban ahora su apetito porque ya controlaban España como colonia. 

Pero al otro del Atlántico, la geopolítica exigía otras acciones, máxime teniendo en cuenta que Cuba era un baluarte inequívocamente español, trufado de agentes del gobierno, sí, pero patriota.

La verdad es que la información filtrada por Wellington era cierta.

¿Y qué hacía el gobierno español?... posibilitar la creación de núcleos de incipiente separatismo en Cuba; así, en 1835, permitió la vuelta a Cuba de Tomás Gener Bohigas, que estaba en el exilio desde 1823.

El objetivo era claro y el tiempo pasaba. En 1840, justamente cuando Narciso López había vuelto a Cuba como funcionario del estado y daba comienzo a su actuación conspirativa, el gobierno usense remitía a su representante en Madrid unas instrucciones fechadas el 15 de julio en las que se decía:


El Gobierno Español sabe, porque así se lo hemos dicho muchas veces, que los Estados Unidos no desean que Cuba salga del poder de España para caer en el de cualquier otra Potencia; y escusado es decir que en este punto nuestra política no ha sufrido alteración alguna. Pero como es posible que en España, merced a los frecuentes cambios de Gobierno se haya perdido de vista algún tanto, este asunto tan importante para nosotros, parece oportuno recomendar a V., que no permita que ese Gobierno o quien tenga voz y voto en los negocios públicos, deje de conocer nuestras miras u olvide lo que tenemos declarado. (González 1903: 40)


Seguía diciendo el comunicado:


Está V. autorizado para asegurar al Gobierno Español, que en caso de que se efectúe cualquiera tentativa donde quiera que proceda para arrancar de España esta porción de su territorio, puede él contar con los recursos  militares y navales de los Estados Unidos para ayudar a su Nación, así para recuperar la Isla como para mantenerla en su poder. (González 1903: 40)


De este comunicado, extrañamente coincidente con la vuelta a Cuba de López se puede concluir que el gobierno de los Estados Unidos estaba dando un aviso al gobierno español, que estaba sumido en permanentes conflictos que culminarían el doce de octubre con la renuncia de Maria Cristina a la Regencia y la asunción de Espartero. Pero el aviso era doble, ya que estaba manifestando sus intenciones sobre Cuba al tiempo que avisaba de su poderío naval y se manifestaba conocedor de la debilidad de la marina española.

Pero el gobierno español no supo, o más probablemente no quiso, tomar medidas al respecto. Más interesado en luchas cainitas, se esforzaba no se sabe exactamente en qué mientras los intereses británicos iban alcanzando todos los objetivos a costa de la riqueza nacional.

Parece atrevido el aserto, pero ¿qué otra cosa se puede pensar de un gobierno que en absoluto era desconocedor de la actuación de aquellos con los que estaba tratando? Eran sobradamente conocedores que 


los antecedentes de los anglo-americanos y toda su historia nos inducen a dudar de su buena fe. (Aragón 1898: 9)


Pero la actuación de los gobiernos españoles no deja de llamar la atención por la pasividad mostrada ante las declaradas pretensiones de los anglo usenses. ¿Cómo se entiende que, cuando en 1843, el secretario de Estado norteamericano Buchanan (el presidente por entonces era Harrison) encargó al embajador en Madrid, Saunders, la compra de la Isla de Cuba por 50 millones de dólares, Espartero se limitase a no responder a la demanda?

La demanda, en el mejor de los casos no era más que un insulto a España; un insulto que un gobierno digno no podía dejar sin respuesta, pero la verdad es que, a la vista de los acontecimientos de España en aquellas fechas, a las que hemos dedicado espacio en el trabajo “Las guerras contra el liberalismo en el siglo XIX”, no es de extrañar el silencio del ejecutivo.

El pueblo español, a pesar de estar ya maniatado intelectualmente, difícilmente podría perdonar a quienes pasaban por sus gobernantes que cometiesen semejante felonía. Tal vez sería mejor abocar el asunto a una guerra en la que España no pudiese ser rival. Habría que esperar y habría que crear situaciones fantasma que permitiesen llevar a término la farsa.

El montaje de la tramoya no tardó en iniciarse. En 1845 John L. O’Sullivan inventó la expresión “destino manifiesto”, para definir lo que tenían que hacer los Estados Unidos: absorber los territorios vecinos dada la superioridad de la raza anglosajona sobre la latina y sus instituciones democráticas. (Miguel 2011: 76)

A tal efecto,


ya en 1845 se fundó en Nueva York la asociación "Lone Star", cuyo objeto era la anexión de Cuba a los Estados Unidos haciendo uso de los más diversos medios, desde la propagación y el aliento de los disturbios en la isla hasta la financiación de expediciones armadas. Los mismos medios que simultáneamente estaban siendo aplicados para la anexión de Texas, incorporada con todos los territorios al norte del Río Grande a la Unión en 1848 por el tratado de Guadalupe−Hidalgo; en total, dos millones de km2. Ese mismo año, el gobierno de Washington propuso por primera vez a España la compra de Cuba, sin por ello abandonar la presión orientada a justificar una futura intervención "solidaria". De hecho, tras la negativa española, se multiplicaron los desembarcos de mercenarios y el apoyo a los independentistas se hizo explícito. (Pérez 1998: 4)


¿Cómo se conjugaba esa actuación con el estatuto de 1818, conocido con el nombre de Ley de Neutralidad de los Estados Unidos y que afirmaba que una nación amiga no puede consentir que se enlisten dentro de su jurisdicción territorial, fuerzas navales y militares, con el fin de ayudar a los insurrectos?

Difícil conjugación, manifiestamente demostrada por el vicepresidente de los EE UU, George Dallas, cuando en un banquete celebrado en 1845 brindó públicamente por la anexión de Cuba. Pero no sería hasta el 14 de diciembre de 1848 cuando Estados Unidos planteó nuevamente a España la venta de Cuba.

¿Era el gobierno español responsable de esta tramoya? Habrá quien manifiestamente lo niegue apelando a que la misma se llevaba a cabo en territorio extranjero, lejos del control del gobierno español… Y habrá quién la afirme y acuse a los gobiernos españoles de complicidad con la misma por su inacción al respecto. ¿Cómo es posible que el gobierno español  no tomase ninguna medida a la hora de la guerra mexicano-usense? ¿Cómo pudo asistir, sin mover un músculo ante semejante latrocinio? ¿Y el resto de la Hispanidad?... Toda la Hispanidad estaba, como ahora mismo, bailando al son de la música británica, y gozando de los “tratados de amistad” impuestos.

En 1846-1848 se produjo la guerra de Estados Unidos contra México. El tratado de Guadalupe Hidalgo mutiló California y Nuevo México (un total de 1 468 800 km2), que pasaron a posesión de  Estados Unidos. Como queda manifestado, el silencio fue la respuesta del mundo hispánico. Ni el conde-duque de Olivares hubiese actuado de ese modo.

Coincidiendo con estos hechos, el Vicepresidente de los EE. UU y Presidente del Senado, George Mifflin Dallas, expuso 


la facilidad de abrir una comunicación entre el golfo mejicano y el mar Pacífico, a través del istmo de Tehuantepet; en cuyo debate emitió la doctrina de que se obligara a Méjico a vender o ceder el usufructo de aquel territorio, porque así convenía para el beneficio del linaje humano. (Pirala 1895: 64)


Y en esos mismos momentos, 


el senador Mr. Yule, de la Florida, propuso a la Cámara la compra de la Isla. Tan arraigada estaba en la opinión pública la idea de anexión, que fue  preciso que los periódicos de Cuba desvaneciesen las falsedades publicadas por la prensa americana al afirmar que las negociaciones en este sentido, prosperaban en España. (Mendoza 1902: 18)


Desde ese momento, el poderío británico está desbocado, y consiguientemente la humillación de España, manifiesta. Se sabe que en la época presidencial de Taylor, en 1849, se presentó una moción al senado usense pretendiendo la anexión de Cuba; después, las señales fueron  repitiéndose. Basta recordar la recepción y los banquetes con que fue obsequiado en la isla el general Sherman, y en los que brindó por la próxima anexión de Cuba a los Estados Unidos, y el fracaso del proyectado convenio comercial Albacete-Forster.

De cara a esa iniciativa, el 17 de junio de 1848, cuando la mayor parte de las naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y en España esas mismas convulsiones alcanzaban niveles de esperpento, el delegado usense en Madrid, M. Saunders, ofreció 100 millones de dólares por la isla de Cuba. 


Constantes los Estados-Unidos en su propósito de incorporarse las Antillas españolas, deseos que hacia muchos abrigada, dijo Mr. Adams en 1848 que “se acercaba la hora en que la manzana de Cuba, separada por la tempestad de su árbol nativo, cayera, en virtud de la ley de gravedad, en el seno de la unión americana” a cuya virtud escribía a Mr. Saunderse, para que llamara la atención del Gabinete de Madrid sobre el estado de Cuba y la perspectiva de su porvenir, de que los Estados Unidos estaban satisfechos de que continuase siendo colonia española, y que no consentirían tomase posesión de ella la Gran Bretaña o cualquier otro poder marítimo, fundándose en las condiciones topográficas déla Isla y añadía:—Bajo el gobierno de los Estados-Unidos, Cuba llegaría a ser la isla más rica y fértil del mundo”. (Pirala 1895: 69)


En el  comunicado enviado a Saunders se decía:


Si Cuba se anexionara a los Estados Unidos, no solamente nos sentiríamos libres de aprensiones respecto a nuestra seguridad y la de nuestro comercio, sino que sería imposible para la previsión humana darse cuenta de los beneficios que tal hecho reportaría a nuestra Unión. Si el Gobierno de España se sintiese inclinado a desprenderse de la Isla  habrá que considerar lo que debemos ofrecer por ella. En vista de todas estas razones el Presidente cree que ha llegado el momento crítico en que debe hacerse un esfuerzo para comprar a España la Isla de Cuba, y ha determinado confiar a V. ese encargo. Tan delicadas negociaciones deben siempre conducirse, a lo menos en su período preliminar, en conversaciones confidenciales. En conversación de V. con el Ministro de Estado podría V. introducir el asunto hablando de la triste situación de Cuba, y del peligro que allí existe de que el pueblo se lance a una revolución. (González 1903: 43)


Curiosamente, Narváez rechazó la oferta.

Narciso López, por su parte, se dedicó a preparar una expedición para la que procedió a la apertura de suscripciones y financiación a través de la familia Iznaga, la misma que en 1849  acabará financiando la primera invasión de Cuba. Iniciativa impulsada por los principales terratenientes de la isla, José Aniceto Iznaga Borrell con sus hermanos José Antonio y Antonio Abad y el general español nacido en Venezuela, Narciso López, quienes requirieron el apoyo del político sudista Jeffersson Davis y del financiero Vanderbilt. Como resultado de estas gestiones les fue ofrecido el mayor Robert E. Lee para la dirección de la invasión.

La falta de apoyo interno dado que se veía la expedición como una invasión extranjera, hizo fracasar la expedición. Capturados los invasores, fue ejecutado Narciso López por garrote vil, por traición. Algunos de la familia Iznaga, (parientes de Narciso López por matrimonio de este con una sobrina), ante el fracaso de la invasión, se instalaron en Nueva York y en Misisipi, donde adquirieron gran cantidad de tierras de cultivo al borde del río y siguieron la causa por la independencia de Cuba, que habían iniciado en 1820. Los mambises fueron capitaneados por el General Ernesto Castañeda.

La invasión de Narciso López había tenido pasos previos, coincidentes con la embajada usense encargada de hacer la proposición de venta.


En 1848, siendo Gobernante de Cuba el Conde Alcoy, observó que en poco tiempo desembarcaron una multitud de individuos sospechosos, que no eran otros que los emisarios norteamericanos e ingleses que llevaban el encargo de sublevar los habitantes de Cuba y proclamar la anexión a los Estados Unidos. (Mendoza 1902:18)


Al respecto de este asunto, los EE UU. Sabían guardar muy bien la ropa, pues mientras por una parte estaban coadyuvando el filibusterismo, por otra, el 11 de Agosto de 1849, el presidente usense Zacarías Taylor, hizo un comunicado contra el filibusterismo en el que terminaba diciendo:


Prevengo, pues, a todos los empleados de este gobierno tanto civiles como militares, que empleen todos los esfuerzos posibles, a fin de arrestar para la debida formación de causa y enjuiciamiento, a toda persona que intente la violación de las leyes formuladas para el sostenimiento de las sagradas obligaciones que tenemos contraídas con las potencias amigas. (Pirala 1895: 188)


Pero las declaraciones diplomáticas son una cosa y las acciones son otras; así, mientras los filibusteros actuaban con impunidad en territorio usense,


Constantes los Estados-Unidos en su empeño de adquirir a Cuba, ofrecieron en 1853 al gobierno Español doscientos millones de pesos: representaba a aquella República en Madrid Mr Soulé, uno de los más furibundos anexionistas, que había declarado en el parlamento de su nación que Cuba debía ser suya, es decir, de los Estados-Unidos, sin que tal hecho pudiera considerarse como una usurpación. (Pirala 1895: 777)


Al respecto, once años desde la primera propuesta en firme para la compra de la isla, en 1854, se reunieron en Ostende los embajadores de los Estados Unidos en una conferencia donde pusieron encima de la mesa la cuestión de Cuba, su compra o la posibilidad de provocar un enfrentamiento armado.


Tres habían sido las objeciones que en Ostende se plantearon para una inmediata guerra con España. La primera, que no estaba garantizada la superioridad naval; la segunda, que no parecía asegurada la neutralidad de las potencias europeas; y la tercera, que se consideraba preferible la existencia de un conflicto armado en el seno de la propia isla que justificara una intervención "solidaria". (Pérez 1998: 8)


En esas mismas fechas, el presidente usense Taylor manifestaba:


Creemos firmemente que debido al desarrollo de los acontecimientos ha llegado la hora de que tanto los intereses de España como los de Estados Unidos se cifran en la venta de la Isla, y la transacción será igualmente honrosa para ambas naciones…Pero si España sorda a las voces de los propios intereses, rehusase vender Cuba a Estados Unidos... entonces toda ley divina o humana justificará que liberemos ese territorio de España.


Quedaba reiteradamente manifiesta la voluntad usense por hacerse con Cuba, pero esa obviedad era ignorada premeditadamente por los gobiernos que regían España, y evidentemente por la corona. Ni unos ni otra se daban por enterados de lo que era evidente, y por supuesto no invertían en la defensa. Lo ignoraba la clase dominante en España, pero no era ignorado por los observadores, que no dudaban en señalar:


Es bien sabido que los Estados-Unidos, unas veces con arrogancia, y otras, las menos, con hipocresía no muy disimulada, han manifestado en todas ocasiones su codicia por adquirir la Isla, a cuyo fin alentaban a los cubanos, dándoles garantías contra una insurrección de la raza negra, es decir, que, como vulgarmente se dice, tiraban la piedra y escondían la mano; o lo que es cierto, lanzar a los cubanos a la empresa, a reserva de utilizarse un día de la victoria. Pero después de la emancipación de los negros en la Unión, ya no sólo no podían aquellos Estados protestar que no permitirían que se africanizase la Isla, sino que, por el contrario, sus intereses, su conveniencia, su bienestar y hasta su seguridad se oponían a semejante pretexto, pues estaban muy interesados en libertarse de la plaga de los libertos, que era un peligro permanente, y constante motivo de perturbación. No hubieran desdeñado en algún tiempo los Estados-Unidos que Cuba se hubiera africanizado, aun cuando fuera a costa de la desaparición de la raza blanca: su adquisición les importa, pero como un Estado más de la Unión americana. (Pirala 1895: 787)


Esa arrogancia a la que hace referencia Pirala no tardó en evidenciarse. 


El 28 de Febrero de 1854 fondeó en la bahía de la Habana el vapor americano Black Warrior, mandado por el capitán Buliock quien al recibir las instrucciones escritas para ajustar sus maniobras en el puerto, así como se practicaba en todos los puertos españoles, se negó a enterarse del documento, sin devolver por consiguiente el duplicado cual se le exigía, con la firma de quedar impuesto de cuanto en la instrucción se determinaba; así como se negó a presentar el manifiesto de la carga del buque y a manifestar si iba o no de tránsito, diciendo sólo que estaba en lastre…/… verificado el reconocimiento o visita de fondeo, resultó que estaba el buque cargado de pacas de algodón y no de armas como se había corrido la voz…/… el capitán del Black Warrior había pedido permiso para salir del puerto, a lo que se le contestó que procediendo con arreglo a la ley la descarga del buque, se le haría la gracia de permitirle seguir su viaje, siempre que prestara la correspondiente fianza; el Consignatario Tyng se negó y el capitán Bullock abandonó el buque…/… El Presidente de los Estados Unidos Mr. Pierce, en su mensaje de 1854, llamó a la cuestión del Warrior un casus belli. España con su reconocida falta de energía en sus gobernantes, admitió pagar la indemnización exigida por el dueño o armador del buque y que ascendió a $ 53,000. (Mendoza 1902: 25)


Los gobiernos españoles, como gobiernos sumisos de la colonia que ya era España, no les quedó otra que obedecer a quienes eran sus superiores jerárquicos, y mientras tal cosa se hacía en lo que quedaba de España, el New Orleáns Creole Courier el 27 de enero de 1855 publicaba: 


La pura raza angloamericana está destinada a extenderse por todo el mundo con la fuerza de un tornado. La raza hispanomorisca [sic] será abatida.


No era la proclama más escandalosa. El New Orleans Delta decía:


El bastardo latín de su nación no podrá resistir la fuerza conquistadora del sólido y robusto inglés… Su sentimentalismo político y sus tendencias anárquicas ceden rápidamente tras el idioma y, gradualmente, se llega a la total absorción de esa gente: todo esto es debido al dominio inevitable del espíritu americano sobre una raza inferior.


Animados por ese espíritu, en 1857 los EE UU intentaron, por tercera vez, la compra de Cuba, aprovechando el endeudamiento exterior sufrido por España, y mediante la compra de políticos españoles, pero como finalmente resultase infructuoso el intento de compra, se incrementó considerablemente el movimiento separatista.

La misma intentona se produjo en varias ocasiones 


el presidente Jonson, en su mensaje del año 1867, dijo: Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los estados del continente, incluso el nuestro; convengo también con ellos en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la gravitación política.

Y Cleveland, en el mensaje del 96, decía: Se ha sugerido al gobierno la idea de que los Estados-Unidos podrían comprar la isla: ésta sería digna de consideración si se encontrase España dispuesta a discutir este punto. (Patriota 1899:24)


Y es que la acción anexionista no conocía tregua. Así, en 1859, la Comisión de Negocios Extranjeros del Senado usense emitió un informe en el que señalaba:


La Comisión no estima preciso entrar en apreciación alguna respecto a la importancia que tiene para los Estados Unidos la adquisición de Cuba. Hacerlo sería trabajo de tanto valor como el de demostrar un problema elemental de Matemáticas, o un axioma de Ética o de Filosofía que haya sido reconocido universalmente, en todos los siglos. La definitiva adquisición de Cuba puede ser considerada como un propósito fijo de los Estados Unidos; un propósito resultante de necesidades políticas y geográficas que han sido reconocidas por todos los partidos... y con respecto al cual se ha expresado la voz popular con unanimidad superior a la mostrada en cualquier otro asunto de política nacional. (González 1903: 53)


En abril de 1866, el marqués de Lerna, embajador de España en París escribía al gobierno:


Sé por conducto que no me es posible revelar, pero autorizado y seguro, que al llegar la noticia del bombardeo de Valparaíso a Washington, el presidente de los Estados Unidos llamó al Secretario de Estado, y le mandó tomar las disposiciones necesarias para que sin declaración de guerra y como represalia justificada por la doctrina Monroe, se apoderase una escuadra americana de la isla de Cuba. (Pirala 1895: 236)


Con el curso de los acontecimientos, los modos fueron variando; así, en 1868, coincidiendo con la revolución “gloriosa” de la península, EE.UU volvió a la carga, en esta ocasión con la intervención del enviado Fish, proponiendo la independencia de Cuba, para lo que ofrecía José Morales Lemus, representante de los separatistas a quién reconocía como agente autorizado del partido revolucionario de la isla de Cuba, los buenos servicios del secretario de estado usense. 

Pero los anglo-usenses no se limitaban a eso. También se dedicaban al filibusterismo, ocasionando graves fricciones como la acaecida el 31 de octubre de 1873, cuando fue apresado el barco Virginius, que era usado por los anglo-usenses para fomentar la guerra en Cuba. 

Apresado el barco, fueron fusilados 53 filibusteros, la mayoría ingleses y usenses, ocasionando un conflicto internacional de gran envergadura.


el incidente del Virginius, en que el capitán general de Cuba actuó sin consultar con el Gobierno de Madrid —se pretextó que el telégrafo no funcionaba— y se aplicó un método sumarísimo que llevó a la inmediata ejecución de los mercenarios norteamericanos e ingleses que tomaban parte de aquella expedición filibustera sobre Cuba, creando una enorme tensión entre Washington y Madrid. (Espadas 1999:41)


No era coincidencia que en Cuba y Puerto Rico se produjesen movimientos separatistas. A finales de 1868, Céspedes y los rebeldes de Oriente habían constituido por sí mismos una república y habían nombrado un Parlamento rebelde, pero en los enfrentamientos perdieron gran cantidad de combatientes, huyendo los demás en desbandada.

La colaboración de Estados Unidos en la contienda fue total y absoluta, como si fuese un país beligerante. Los partidos anexionistas y separatistas se constituyeron en Nueva York y otras ciudades sobre la base de naturales incitados a la deserción y amparados como víctimas. La recluta de voluntarios se llevó a cabo con el mayor descaro. (Rumeo 1999: 29)


Acorde con estas actuaciones, los separatistas cubanos, reunidos en la conocida como convención de Guáimaro los días 10 a 12 de abril de 1869, se declararon oficialmente favorables a la anexión a Estados Unidos, que había comprado Alaska ese mismo año, siendo que, casualmente cinco días antes,


El día 5 de abril de 1869 Henry Clay consiguió que se votase una moción que decía lo siguiente:

“El pueblo de Estados Unidos simpatiza con el pueblo cubano en los patrióticos esfuerzos que hace para asegurar su independencia y establecer la forma de gobierno republicano que garantice la libertad individual y la igualdad política de todos los ciudadanos y el Congreso concederá su concurso constitucional al Presidente de los Estados Unidos cuando éste juzgue oportuno reconocer la independencia y la soberanía de dicho gobierno republicano. (Domingo 2010: 416-417)


Acordes con esta actuación, pondrían en marcha otras medidas encaminadas igualmente a la consecución de sus objetivos; así, en marzo de 1871 


se formó en los Estados Unidos un Sindicato de particulares con el exclusivo fin de ofrecer a nuestro Gobierno un empréstito de 150 millones de pesos en oro, pagaderos en 20 años, redimible a nuestra voluntad y con el interés de 5% anual; mediante, entre otras, las siguientes estipulaciones: Que España hípotecaría todos sus derechos de Soberanía sobre Cuba y Puerto Rico, incluyendo tierras del Estado, fortalezas edificios, etc., que fueran de su propiedad en las islas; y que el Gobierno de los Estados Unidos garantizaría el cumplimiento del contrato interviniendo, como es consiguiente, en la Autonomía que se adoptaría para el Gobierno de ambas Antillas. (González 1903: 60)


Esta medida, más favorable para salvaguardar el prestigio de los agentes británicos en España, posibilitó que el ministro Moret se aviniese a la componenda, abriendo así el camino a las conversaciones que si no condujo a un acuerdo que satisficiera las aspiraciones de los vendedores, sí posibilitó que entre 1878 y 1895 los Estados Unidos hiciesen importantes inversiones en Cuba, principalmente en el azúcar, la minería y el tabaco. En 1895 sus inversiones ascendieron a 50 millones de pesos. También en esta etapa Estados Unidos intensificó su control comercial sobre Cuba.

En el curso de esa toma de control sobre la vida económica cubana, durante la presidencia de Harrisson y siendo Secretario de Estado  Blaine, en 1889, Los Estados Unidos, convocaron la reunión del Congreso Pan Americano en Washington. ¿qué se perseguía en el mismo?


como en el de Panamá de 1826, se pensó acordar nuestra expulsión de las Antillas; fracasando el intento gracias a la voz del instinto que oyeron las Repúblicas hispano-americanas convocadas. (González 1903: 63)


Y es que en Mundo Hispánico conoció en esos momentos un estado de lucidez transitorio. Parecía como, si tras la usurpación llevada a cabo sobre México, se hubiesen dado cuenta que lo acaecido siete décadas atrás no era sino el cumplimiento del proyecto británico para la destrucción de España, del que todos los “libertadores” americanos, con la colaboración necesaria de las altas jerarquías peninsulares, eran responsables directos.

La conquista británica de España estaba sumamente avanzada, pero no había concluido su destrucción; los intereses económicos de EE.UU. en Cuba, consecuencia de las concesiones dadas por los gobiernos títere de la península eran muy importantes y las compañías azucareras y la opinión pública respaldaban la ayuda americana a los cubanos. 

La acción continuaba de forma permanentemente acelerada. Primero fue un apoyo diplomático a los insurrectos, presionando al gobierno español para que abandonara la isla; después de 1891 cuando la ley de aranceles prohibió a los cubanos el comercio libre en la zona (el comercio del azúcar con EE.UU. era mucho más importante que con España: el 91% del azúcar se exportaba a EE.UU.) se convirtió en un apoyo material a los insurgentes.

¿Era la ley de aranceles una pretendida arma para defender los intereses españoles?... ¿o era sólo un medio más para posibilitar aquello a lo que los políticos españoles estaban conduciendo desde hacía décadas? ¿Por qué desde Moret se permitió el desenfrenado avance de los intereses económicos usenses en Cuba? ¿No obedecían esas medidas a la búsqueda de lo que finalmente aconteció?

La cuestión cubana era un asunto que el gobierno español atendía prácticamente como si de un  asunto de orden público se tratase; no se atendían aspectos de vital importancia, entre los que no era menor la desatención a la educación, que estaba en manos de enemigos de España. Algo que no sucedía en los Estados Unidos, donde el 31 de enero de 1891, el periódico El Tribun, de Nueva York, incluía un artículo con el título “El porvenir de Cuba”. Un porvenir que debía pasar por su anexión a los Estados Unidos.

Pero evidentemente no se trataba sólo de la prensa. También las estructuras del gobierno usense, como queda señalado, llevaban a cabo acciones concretas… que eran incluso más concretas que las ya señaladas.

 

Un dato recogido en la Historia Militar de Estados Unidos confirma que, desde los años 80 del siglo XIX, la Armada estadounidense venía desarrollando planes de guerra contra España, y que en dichos planes ya se daba por sentado que los pretextos serían las independencias de Cuba y Filipinas. De hecho en los años próximos a la guerra, de los 50 millones de dólares destinados por Estados Unidos para consignaciones militares, tres cuartas partes fueron a parar a la Armada. (Amate 2014: 73)


Pero es que había más…


Durante los últimos lustros, buques de guerra norteamericanos reconocieron periódicamente las costas y el llamado mar territorial de la isla de Cuba. Buques de guerra ingleses reconocen las costas y el llamado mar territorial de las Baleares; visitan con frecuencia las grandes bahías de Pollensa y Alcudia, que conocen tan bien como los puertos militares de su patria; estudian uno a uno todos los fondeaderos. (Isern 1899: 329)


La situación era escandalosa para todos menos para los gobiernos españoles, y el conocimiento exacto de la situación, vox pópuli, siendo que en agosto de 1895,


Estrada Palma escribía a Antonio Maceo: "Los Estados Unidos están a nuestro favor, y puedo contar con la ayuda de gente en influyentes posiciones en el gobierno. Con el empleo de bonos en ciertos casos, creo que puedo obtener el reconocimiento de nuestra beligerancia del Poder Ejecutivo, o por lo menos la recomendación del Congreso Federal de que el Presidente haga oportunamente el reconocimiento. En tal caso la Revolución conseguiría entonces todo el dinero necesario". (Adán 1979)


Pero es que era tan evidente el intervencionismo usense, y tan evidente la sumisión de los gobiernos españoles a intereses contrarios a los de España, que los usenses tomados prisioneros son las armas en la mano en tantos enfrentamientos mantenidos con los separatistas, eran inmediatamente puestos en libertad, en un uso extremadamente generoso y burlesco del tratado firmado en 1879 entre España y los Estados Unidos.

La guerra separatista, iniciada el 24 de febrero de 1895, ya había tomado nuevamente fuerza, y la acción de los Estados Unidos, que no sólo la respaldaba de manera poco encubierta, sino que, conforme a lo que llevamos relatado demostraba ser parte principal en la misma, tomaba mayor protagonismo cuando el 28 de enero de 1896, John T. Morgan, demócrata de Alabama, presentó la siguiente resolución

 

Se resuelve por la presente que en opinión del Congreso una condición de guerra existe entre el gobierno de España, y el gobierno proclamado y por algún tiempo sostenido por las fuerzas de las armas por el pueblo de Cuba; y que los Estados Unidos mantendrán una estricta neutralidad entre ambos contendientes, concediendo a cada uno todos los derechos de beligerantes en los puertos y territorios de los Estados Unidos. Enseguida Don Cameron, Senador Republicano por Pennsylvania, muy ligado a Henry Cabot Lodge y a Henry Adams, representando a la Minoría del Comité presentó una segunda resolución que añadía a la de la mayoría lo siguiente: Resuelve por consiguiente, que los amistosos oficios de los Estados Unidos deben ser ofrecidos por el Presidente al gobierno Español, para el reconocimiento de la independencia de Cuba. La Resolución fue aprobada por el Senado el 28 de Febrero de 1896, 64 votos a favor y 6 en contra (a favor 35 Republicanos, 25 Demócratas y 4 populistas). (Adán 1979)


Uno de los argumentos empleados en diversas ocasiones por los Estados Unidos, para demostrar la importancia de la insurrección y justificar su intervención, era la duración de la misma, sin reflexionar que a ella contribuían al autorizar, o no impedir, las expediciones filibusteras que  proveían a los insurrectos de cuanto necesitaban para prolongar la guerra.


La mayor parte de las ayudas provenían directa o indirectamente de los Estados Unidos, sin que la diplomacia española lograse convencer a Washington de que pusiese fin a estos ataques encubiertos contra la soberanía de España en Cuba. (Togores 2010: 543)


La situación señalaba como incuestionable que, caso de que Mckinley fuese nombrado presidente de los Estados Unidos, se emprenderían acciones directas para tomar posesión de Cuba. 

Estos aspectos no pasaban desapercibidos a los ojos del capitán general, Valeriano Weyler, que sufría una interminable condena de la prensa hacia su persona, a quién acusaban de cruel. A las continuas acusaciones de que era objeto responde en su descargo en su obra “Mi mando en Cuba”.

En esa situación, Bartolomé Masó proclamó una alianza de facto de los separatistas con los usenses:


La gloriosísima revolución iniciada por José Martí el 24 de febrero de 1895 está a punto de triunfar, gracias a la magnánima ayuda de  los Estados Unidos de América; nuestras armas, que en tres años de guerra nunca fueron derrotadas por los españoles, pronto habrán ganado su victoria. (Thomas 1971)


No era sólo en Cuba. El dos de marzo se concentraba en Hong Kong una armada usense y el 14 se producía una nueva sublevación en Filipinas mientras, en medio de una crisis de gobierno; éste abría una suscripción popular para el fomento de la marina… El día 16 Estados Unidos declaraba la guerra.

Pero es que, además, 


la crisis contó entre sus componentes un serio contencioso hispano-británico acerca de las fortificaciones españolas frente a Gibraltar, contencioso que atrajo sobre España el riesgo de otro conflicto, que habría resultado más ruinoso para ésta que la misma guerra con los Estados Unidos. (Jover 2006)


A partir de este momento, quién llevó las riendas de los acontecimientos no andaba lejos del Reino Unido de la Gran Bretaña. Ella sería quién marcaría los pasos. Así, en mayo,


una vez derrotada en Cavite la escuadra española la diplomacia británica dará a entender claramente al Gobierno de Washington su deseo de que sean los Estados Unidos quien subroguen a España en el dominio de las Filipinas. (Jover 2006)


El resultado finalmente obtenido no dejó de sorprender a casi todos. El primer sorprendido fue el pueblo español, que asistía atónito a lo que acababa de ocurrir y parecía despertar del sueño de décadas en que había sido sumido por los propios gobernantes que habían gestado la situación. Pero también se sorprendieron los propios usenses, que no creían posible que España acabase sumiéndose en una guerra que, dadas las circunstancias, tenía perdida.


el gobierno de Mc Kinley jamás creyó que España se lanzara una guerra cuyos resultados debían ser desastrosos para ella. El hecho de que España haya preferido la guerra a la humillación, ha sido incomprensible para un pueblo de negociantes como lo es el que nos avecina por el Norte…/… Es inconcebible para el yankee que haya defendido su honra el español, porque el egoísmo caracteriza al primero y el altruismo al segundo, porque el primero es frió y calculador y no se mete en cuestiones, a no ser que todas las ventajas estén de su parte.  (Aragón 1898: 9)


Quienes no se sorprendieron, sin lugar a dudas, fueron los militares españoles, conocedores de la realidad que vivían, y por supuesto los políticos españoles, que forzaron la situación para justificarse ante un pueblo que, a poco que escarbase en su actuación, acabaría comprendiendo que aquellos eran miembros necesarios de una conspiración urdida contra España. 

Pero, ¿realmente se hacía necesario provocar ese desastre humano y material? Los políticos debían creer que sí, pero en vistas de la nula reacción del pueblo español, manifestada ya durante todo el siglo XIX, podemos deducir que tampoco en ese aspecto conocen al pueblo español, que ya había devenido en un pueblo de capones incapaz de sacudirse los parásitos que sin solución de continuidad habían extirpado de este pueblo todas las virtudes que lo hicieron grande y en otros tiempos le hicieron ser abanderado de la libertad y de la justicia. Ya se trataba de un pueblo de esclavos que, por lo menos durante los ciento veinte años siguientes continuarían siendo títeres en manos de los tiranos.

Quien lo tenía meridianamente claro era Inglaterra. Tan era así que, sin rubor, Lord Salisbury, en mayo de 1898 aludía a “las naciones moribundas”, es decir las naciones latinas destinadas a ser colonizadas por “las naciones vivas” como las anglosajonas.

Ya sólo quedaba el reparto de los despojos. El veintisiete de agosto, en Filipinas, el general usense T.V. Greene enviaba un memorándum en el que, entre otras cosas señalaba:


Los principales intereses extranjeros aquí son británicos, y éstos están unánimemente en favor de la ocupación americana, habiendo enviado ya un memorial a su Gobierno para que influya en ese sentido, pues consideran esa ocupación el único medio de proteger sus vidas y sus haciendas. (Soto 1922: 165)


El cuatro de julio de 1898, cuando se tienen noticias del desastre sufrido por la armada del almirante Cervera el día anterior,


se plantea el problema específicamente europeo –al que Gran Bretaña, por razones obvias, se manifiesta especialmente sensible– de la garantía territorial de la metrópoli y de sus islas adyacentes. Se trataba de incorporar al derecho internacional vigente el principio de que la ‘cuestión española’, tras la transferencia de las islas y archipiélagos de ultramar, quedaba cerrada. Sólo que para ello era preciso que la España peninsular, las Baleares y Canarias, las plazas de soberanía en África del Norte y las restantes islas y enclaves africanos quedaran respaldadas por algún tipo de garantía internacional. En suma: una garantía para los residuos de la redistribución. (Jover 2006)


Y a los españoles sólo les quedó la posibilidad de reconocer también otras verdades


Los E. E. U. U. de Norte América son un pueblo grande, pero no un gran pueblo, son un coloso, pero no una gran nación, y si es verdad que han demostrado tener un vigor asombroso y que han dado pruebas de virilidad sin igual, lo es también que esto lo han logrado a expensas de la moralidad. ¡Ay del que entre los anglo-americanos no adquiere el todo-poderoso oro! La posesión de este metal es entre ellos el único fin de la vida y para lograrla, todos los medios se justifican. De aquí resulta que en ninguna parte del globo florece tanto el crimen como entre los yankees. (Aragón 1898: 40)


Lo que se opone en los E. E. U. U. de N. A. a la adquisición de la riqueza se destruye; se ejecuta lo que puede darla en el acto aun cuando se destruya la del porvenir. Los naturales casi han desaparecido destruidos por el fuego y el hambre o con el fomento de sus vicios y la inoculación de enfermedades. Los mexicanos que habitaban el territorio que nos fue  arrebatado, y sus descendientes, han desaparecido también por medios semejantes. Los animales indígenas no han tenido mejor suerte, y las valiosas nutrias y el útil búfalo están exterminados; los pocos animales de una y otra especie que se conservan los ha preservado trabajosamente el interés científico contra la especulación comercial. No hay día en que no se cuelguen docenas de hombres sin formación de causa por medio del asesinato más cobarde que se conoce y que ellos llaman ley Linch, como se hizo en Nueva Orleáns con una docena de pobres italianos y se practica en todas las regiones apartadas con polacos, mexicanos, negros, italianos, etc. ¿Qué sucede con los negros a pesar de que tienen todos los derechos civiles?  (Aragón 1898: 40)


Con un marcado desprecio se han ocupado de nosotros los hispano americanos, los políticos jingoes yankees e ingleses, y poco ha faltado para que nos inviten a estudiar las primeras lecciones de lectura en sus escuelas primarias. Nos han declarado casi indignos de habitar el continente donde viven los descendientes de los colonos ingleses en América, los jingoes yankees y sus padres. Los que han favorecido la intervención yankee en Cuba han presentado como prueba de que toda civilización española es mala, el atraso de los pueblos hispanoamericanos, mientras que los partidarios de la dominación española en Cuba han encontrado en los característicos desórdenes de las naciones que rompieron el yugo español, un gran argumento contra la independencia Cubana. (Aragón 1898: 47)


Refiriéndose a los EE. UU, el teniente de navío José Müller y Teijeiro, dice:


Diciéndose amigos de España, y repitiéndolo sin cesar y a la faz del mundo, sus Gobiernos no han cesado de fomentar la animosidad y la discordia que en política existen en esta Isla, que pudiendo ser uno de los países más dichosos de la tierra sin duda alguna, es, por el contrario, uno de los más desgraciados; y desde el año 1868, cuantas guerras tenemos en ella que deplorar y cuyas consecuencias han sido la ruina del país y la destrucción de su riqueza, hánse preparado en la nación vecina, siendo los principales focos o semilleros de los insurrectos New York, Cayo Hueso y Tampa. (Müller 1898: 12)


Sí, algunos se dieron cuenta de esas verdades, pero la anulación de la Patria y del espíritu de Libertad y de Justicia ya los había arrumbado al rincón de lo exótico, siendo el hazmerreír de los esclavos que jalean, al compás del tintineo de sus cadenas las aberrantes situaciones a que todos somos sometidos a diario, y hasta usan la misma terminología de los gañanes usenses.

Tan es así que como ellos mismos, no dudan en llamar América a la traslación británica en esa bendita tierra. No dudan en llamar Estados Unidos de América sin caer en la cuenta que los anglo-usenses usan el término en contraposición a Estados Unidos de Colombia, de México, etc., abrogándose el gentilicio de americanos, como si los demás nativos del mundo de Colón no tuviesen derecho a ese nombre.




























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