martes, 10 de septiembre de 2019

El trato del esclavo (texto completo)

El trato del esclavo

A lo largo de la historia y de las civilizaciones, nos encontramos que el trato del esclavo no ha sido necesariamente malo ni necesariamente idéntico en unos lugares y en otros.
En Grecia y en Roma, por ejemplo, nos podemos encontrar con esclavos que ejercían como maestros, siendo común la manumisión. Pero esa cuestión será tratada en su lugar. Lo que nos ocupa es el esclavismo en la Edad Moderna.

Con el descubrimiento de América surgió la cuestión de la esclavización de los indios; algo que, si bien llegó a producirse en los primeros momentos, fue zanjado radicalmente por la Corona española, que desde 1542 les dio el estatus de súbditos, con derecho a la libertad y a la propiedad.
Pero no sucedió lo mismo con el caso de los negros, que fueron comprados como una mercadería más y tuvieron una consideración similar a la de los esclavos durante el periodo romano, estando muy generalizada también la manumisión, hasta el extremo que en tiempos de Felipe II fue tomada muy en serio la cuestión, exigiendo la Corona que cumpliesen con las obligaciones fiscales a las que debía hacer frente el resto de la población.
Pero la esclavitud estaba ligada inexorablemente al trabajo; era la mano de obra no cualificada que atendía los menesteres de menor entidad... y en algunos lugares, como en Roma, otros de no menor entidad que tenían relación, por ejemplo con la educación de los niños. Y siempre presente la manumisión, que hacía que antiguos esclavos llegasen a tener el poder económico suficiente para hacerse con otros esclavos.
En el mundo musulmán, parece que había un trato algo diferente; también lo veremos en su lugar. No siendo tan común la manumisión, nos encontramos con generales del ejército, como por ejemplo Tárik, conquistador de España, que era liberto de Musa Ibn Nusair.
Así, conviene que para interpretar el hecho de la esclavitud nos deshagamos de los juicios primeros que tengamos sobre la misma. En principio se trató de una medida piadosa para con los vencidos en la guerra, que en lugar de ser ejecutados, pasaban a la condición de esclavos, lo cual era un evidente avance.
Cumpliendo con la función a la que habían sido designados, el trato era desigual, como desigual es la actuación de cada persona. Si en el mundo árabe, a grandes núcleos de esclavos que no tenían función agrícola, militar o de servicios, se les dejaba libres durante el día para que se alimentasen por sí mismos y para que consiguiesen algún bien para su amo; en Roma se les destinaba a los más diversos fines, como sucedía en el interior de África, de Asia y de América. Eran, así, la fuerza de trabajo que hacía funcionar el engranaje social.
No era, en esencia, ni bueno ni malo. No obstante, en el mundo cristiano comenzó a cuestionarse el hecho de la esclavitud, y los Reyes Católicos la prohibieron para los nuevos súbditos americanos, del mismo modo que adoptaron acciones para eliminar una institución, como era la encomienda, que sin ser esclavismo guardaba cierta relación con éste por la dependencia que tenían los encomendados en relación a los encomenderos.
Pero curiosamente la encomienda, que en sí no era esclavismo, fue utilizada en América y en Filipinas para conformar entre los indios el nuevo sistema social al que las circunstancias les habían abocado. Esta circunstancia provocó no pocas leyes y protestas, ya que significaba tener en funcionamiento y en periodo de desmontaje una misma institución. Finalmente, la encomienda, como fue necesaria en la Edad Media en España, fue necesaria en las España americana para la educación de la población y ello dio lugar al nacimiento del municipio indiano.
Pero de la encomienda hablamos en un trabajo específico. Ahora nos ceñiremos a la esclavitud, que como queda expuesto, en esencia no era ni buena ni mala, sino necesaria.
Se dirá que la falta de libertad no es necesaria, y es verdad. Pero no podemos analizar los hechos de un momento sin atender todo lo que envuelve ese momento. Así, la filosofía imperante, en porcentajes de población que rozan el 100%, la entendía como natural y benéfica.
Lo que hace inaceptable la esclavitud es el maltrato, y es justo ahí donde se encuentra el nudo gordiano del asunto.
La concepción general de la esclavitud nos presenta colectivos salvajemente tratados, sin ningún tipo de derecho que quedan al albur del amo, que por lo general es sádico y sólo busca el mal del esclavo.
Pero eso no es del todo cierto. Siempre teniendo en cuenta el transcurso del tiempo (no podemos equiparar exactamente lo actuado cinco siglos antes de Cristo con el año uno de nuestra era, por ejemplo) los esclavos tenían sus derechos; menguados si se quiere, pero derechos al fin, que le garantizaban cierto bienestar.
Los esclavos del Estado, tenían un estatuto rígido... como rígido era el estatuto de los militares... y rígido el estatuto de la sociedad, y la flagelación o la condena a muerte, existía, sí, como existía para los otros miembros de la sociedad que incumplían las normas, y que variaban de acuerdo al estatus de cada uno... como ahora mismo sucede.
Los ciudadanos libres tenían unas obligaciones con el estado, y si no las cumplían, eran sancionados, y por ello no se entiende que el estado fuese tirano. Del mismo modo, el esclavo de familia, como antes el señalado esclavo del estado, debía cumplir unas normas que por lo general eran cumplidas, y tenía la vida normal de un trabajador de hoy que cumple con su obligación. Cierto que no tenían vacaciones, pero el resto de la población tampoco las tenía. Eso es cuestión del derecho laboral para hombres libres, no esclavos, que empezó a desarrollarse en América con las Leyes de Indias, donde se marcaba un horario de trabajo, descanso semanal y descanso anual.
De estos apuntes podemos deducir que el maltrato no va necesariamente unido a la condición de esclavo; es más, había esclavos que alcanzaban altos grados de confianza y ejercían de administradores de sus amos, por ejemplo. A pesar de todo, el maltrato existía en la esclavitud... como existía en los distintos ámbitos de la sociedad.
Existirían amos benévolos y amos iracundos... y hasta tiranos, como hoy sucede en cualquier ámbito de la sociedad, y si a ello añadimos que los métodos utilizados difieren considerablemente a los hoy utilizados, nos encontramos con situaciones francamente inaceptables. Controlar esas situaciones fue labor de los legisladores.
Así, para determinar el grado de humanidad o inhumanidad en relación al asunto, no debemos perder de vista tres cuestiones:

El trato dado al esclavo
las manumisiones
la evolución de la historia y la comprensión del hecho esclavista.

Al decretar la Corona de España la condición de vasallos de los indios americanos, éstos prestaron sus servicios como trabajadores libres, pero  a principios del siglo XVI las pandemias de sarampión y de gripe diezmaron la población de La Española, por lo que, a instancias de Fray Bartolomé de las Casas se hizo un primer envío de esclavos negros procedentes de la Península, y cuya misión sería trabajar en las minas y en los ingenios azucareros.
El trato que debieron recibir en el ingenio de Diego Colón, a la sazón gobernador de la isla, no debió ser del todo ejemplar, lo que provocó que los esclavos, poco acostumbrados a ese trato, se sublevasen. Y no se sublevaron todos, sino los destinados al ingenio de Diego Colón.
Pero en el conjunto de la historia de la esclavitud en el mundo hispánico, no es común la acción de Diego Colón.

Elena F. S. de Studer, estudiando La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII, afirma: «El trato que los negros recibieron en estas regiones fue humano y benévolo. Los cronistas y viajeros están de acuerdo en afirmar que los esclavos porteños eran considerados por sus amos con bastante familiaridad, recibiendo muchos de ellos no sólo el apellido sino hasta la libertad y bienes. Su suerte no difirió, en general, de la de los blancos pobres. La mayoría murió sin haber recibido un solo azote, no sabían de tormentos, se les cuidó durante la enfermedad, y como el alimento principal, la carne, era muy barata, y se les vestía con las telas que ellos mismos fabricaban, siendo muy raro el que trajera zapatos, se mantenían con facilidad. Hubo, sin duda, excepciones, pero si alguna vez fueron maltratados, intervenía la autoridad y el esclavo era vendido a un amo más humano» (331-332). (Iraburu)

Como queda más arriba afirmado, la diversidad de actuaciones va inexorablemente unida a la diversidad de conceptos de vida de cada uno, y no es reseña menor la afirmación que precede. Partimos que en un ámbito como el Río de la Plata; la autora da como generalizado el buen trato y la ausencia de castigos físicos, y va más allá, se les daba la libertad y hasta el apellido y bienes... Más adelante veremos si esa actuación se puede generalizar en otros ámbitos geográficos.
A este respecto, señala José María Iraburu que en el mundo católico hispano-lusitano, nunca llegó a formarse un abismo infranqueable entre los hombres blancos y los de color. Mientras que, por ejemplo, en los Estados Unidos o en Sudáfrica la diferencia entre negro y blanco ha sido neta y abismal, en la zona iberoamericana, incluso en el campo terminológico, había una «escala resbaladiza» -mulatos, tercerones, cuarterones, quinterones, zambos o zambahigos, pardos o morenos, castizos, chinos, cambujos, salta-atrás, chamizos, coyotes, lobos, etc., etc.-, por la cual siempre era posible subir o bajar. (Iraburu)
Pero parece que en el mundo británico la cuestión no era exactamente igual. Para el mundo anglosajón, (hemos podido ver ejemplos en las películas, principalmente de las del siglo XX con las que fortalecen nuestra  colonización) el blanco es el anglosajón y el noreuropeo, siendo los demás directamente negros, y en su momento crearon la definición de sí mismos: WASP (blanco, anglosajón y protestante, por sus iniciales en inglés).
No por ello el trato de los esclavos blancos que trasladaron primero a América y luego a Australia y Nueva Zelanda fue distinto, como no era muy distinto el trato que daban a las tripulaciones encargadas del tráfico de esclavos. El historiador británico Clarence Henry Haring, refiriéndose al trato recibido por los esclavos blancos, especialmente ingleses e irlandeses , que habían sido enviados a cultivar caña en las colonias británicas del Caribe, y que habían sido reclutados de la forma más variada que nos podemos imaginar, algunos de ellos no a la fuerza, sino embaucados, embriagados, engañados y embarcados como ganado, señala:

Los esclavos europeos exportados a las plantaciones de azúcar resultaban.....peor tratados que los esclavos con quienes trabajaban hombro a hombro, porque sus vidas no tenían importancia alguna para los amos, una vez fenecido el término de servicio.' (Haring 1925: 75)
Y Los capataces de los hacendados, reclutados de forma similar a aquel porcentaje de los citados que voluntariamente asumían la condición de esclavos, tenían también una vida similar a la de los esclavos; algo que compartían con las tripulaciones de la Royal Navy y de la flota pirata.
El transporte se llevaba a cabo en diverso tipo de embarcaciones cuyas dimensiones variaban desde las once toneladas, las más utilizadas hasta 1700, hasta la 800 toneladas, las utilizadas por Inglaterra especialmente a partir de esa fecha, y que nos explica la diferencia existente entre el número de esclavos transportados entre esas dos épocas. Hasta 1700, las primeras embarcaciones llegaban a transportar hasta veinte esclavos, mientras las últimas tenían capacidad para transportar a mil seiscientos, con una media de dos esclavos por tonelada; cifras que en no pocas ocasiones eran incluso superadas, con unos habitáculos en los que era materialmente imposible erguirse.

El negrero Falconbrige explicó ante el parlamento inglés que el espacio de un esclavo era el de un cadáver en su ataúd, ni más largo ni más ancho que éste. (Gutierrez Azopardo: 197)

¿Qué provoca la diferencia de actuaciones señaladas entre Río de la Plata y las colonias británicas? Parece evidente que el concepto de la vida y del hombre. España era humanista, cristiana, y como consecuencia no diferencia la condición humana de un español, de un indio, de un negro o de cualquier humano, y aún sometido a esclavitud, el hombre es hombre, portador de valores eternos y consiguientemente digno de respeto. Bastante tenía el esclavo con carecer de la libertad que gozaba el resto de la población.
De hecho, los esclavos que tuvieron como destino el mundo hispano tuvieron un tratamiento mucho más humano, y de ello quedan suficientes muestras, hasta el extremo que, por ejemplo la Florida, curiosamente la tierra que, conquistada en 1513 por Juan Ponce de León, en cuya expedición figuraban dos negros libres, Juan Garrido y Juan González Ponce de León, se llegó a convertir a partir del siglo XVII en la promesa de libertad para los esclavos sometidos en la cruel explotación de los británicos.
Las políticas de la Corona iban encaminadas en ese sentido; así, en 1693 se garantizaba la libertad a todos los que se bautizasen y se juramentasen en defensa de la Fe y de la Corona, lo que provocó que muchos esclavos de los ingleses huyesen hacia la España americana, lo que conllevó que en 1738 se crease el municipio conocido como Fuerte Mose, colindante con la ciudad de San Agustín, de la que era jefe de milicia un africano llamado Francisco Menéndez.
Parece, por lo que señala Elena F. S. de Studer, que esa actuación nacía de la propia idiosincrasia de quienes poseían esclavos, pero no era sólo eso.

El Estado y la Iglesia reconocían la esclavitud como nada más que una desafortunada condición secular. El esclavo era un ser humano que poseía un alma, igual que cualquier persona libre ante los ojos de Dios» (Bowser 147). Las cofradías religiosas de negros tuvieron gran importancia en la América española, como las irmandades en el Brasil. Por el contrario, la esclavitud negra de América fue muchísimo más dura donde apenas hubo empeño por evangelizar a los africanos. (Iraburu)
Y como consecuencia, el consejo de la Iglesia era la manumisión, siendo que la misma se producía con una frecuencia que en el mundo anglosajón sólo conocieron los esclavos blancos que lograron sobrevivir, en ocasiones al finalizar el contrato, y en ocasiones tras varias prórrogas obligatorias del mismo.
Ciertamente, no pocos poseedores de esclavos españoles liberaban a sus esclavos en el momento de su muerte, pero si el caso es significativo, no es menos significativo que un porcentaje no menos significativo lo hacía en vida. Tan es así que estudios de  Frederick P. Bowser señalan que en el período comprendido entre 1524 y 1650, fueron liberados incondicionalmente en Lima un 33’8 % de esclavos africanos, en la ciudad de México un 40’4 %; y en la zona de Michoacán, entre 1649 y 1800, un 64’4 %.
Pero eso era en el mundo hispánico. Fuera del mundo hispano-católico, el trato del esclavo, blanco, negro, indio, mestizo o mulato tuvo una dureza sin parangón. No obstante, los esclavos ingleses,  al fin, lo eran por un tiempo determinado. Finalmente, los esclavos irlandeses que salvaron la vida en un genocidio infame llevado a cabo por Inglaterra, y que lograron sobrevivir a la etapa de esclavitud a que fueron sometidos en las colonias del Caribe y de Norte América, acabaron teniendo  el beneficio de la libertad.
En 1713, al finalizar la guerra de sucesión al trono de España, Inglaterra, a cambio de reconocer a Felipe V, exigió la firma de un tratado comercial que abarcaba la Península y las Indias, con la cláusula de nación más favorecida,  y el monopolio de la trata de negros, que sería dado en concesión a la South Sea Company, sociedad por acciones que contaba con importantes inversores . Se daba inicio a lo que fue  un claro monopolio inglés en el que basaría el desarrollo de su poderío comercial. Y para conseguirlo aplicaban técnicas de ahorro de claro sentido capitalista, con vistas exclusivamente al logro de beneficios.
Ello comportaba por una parte que el trasiego de esclavos fuese atendido por un médico que viajaba en los transportes, y por otra, que el espacio destinado a cada esclavo fuese milimétricamente medido.

El negrero Falconbrige explicó ante el parlamento inglés que el espacio de un esclavo era el de un cadáver en su ataúd, ni más largo ni más ancho que éste. (Gutierrez Azopardo: 197)

Y el espacio que ocupaban en los buques se encontraban entre la bodega y la cubierta. Para aprovechar ese espacio se procedía  a fabricar una segunda cubierta, creando un nuevo espacio  para el transporte de mayor número de esclavos, que sólo recibían aire a través de las escotillas.

Los sexos vienen mezclados a bordo en completo estado de desnudez, lo mismo que se si se tratara de un montón de animales ajenos a todo sentimiento racional, incluso al más elemental aseo, pues hacen sus necesidades sobre el mismo sitio de su estancia, llenándose de inmundicias, por cuya causa, para evitar que se inficcione el aire en el buque, tienen los tripulantes que baldear a los negros dos o tres veces al día, arrojando sobre ellos gran número de cubos de agua del mar. Aparte de esto y aun estando limpios, despiden las negras un olor muy desagradable y a veces nauseabundo que no puede soportarse, el cual es propio de la raza”. (García Fuentes 1976: 7)

En cualquier caso, las condiciones no era únicas... podían empeorar, y de hecho, era común que el viaje lo realizasen encadenados de dos en dos.
Pero ese espacio que tenían destinado los esclavos no era muy distinto del que ocupaban a bordo los tripulantes encargados del barco y del control de los esclavos. Tanto la tripulación como los soldados, unos y otros por lo general reclutados sin conocer que poco diferiría el trato que recibirían con el que recibiría el ganado humano que transportaban, siendo que la mortandad a bordo era similar en ambos colectivos.
Se calcula que el número de defunciones a bordo giraba en torno al 20% antes de 1.700, y a un 5% entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, siendo que este porcentaje se vio reducido hasta el 1% en el curso del mismo como consecuencia de la difusión de la vacuna contra la viruela, llevada a cabo en 1803 por la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, conocida como Expedición Balmis en referencia al médico Francisco Javier Balmis, con el objetivo de que la vacuna alcanzase a todo el Imperio español. La misión consiguió llevar la vacuna hasta Canarias, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Filipinas y China, y luego se difundió por otros ámbitos territoriales.
Pero al fin, esa mortandad no es lo peor, porque según cálculos realizados por estudiosos del fenómeno, a lo largo de todo el proceso, desde la caza del esclavo en África hasta su llegada a América, con el periplo de su traslado desde el lugar de captura a las factorías costeras donde los traficantes europeos adquirían la mercancía, moría un porcentaje no menor al que tenía lugar en el tráfico atlántico.

Cuando los esclavos procedían del interior, como era tan frecuente, el largo camino hacia la costa debilitaba terriblemente a los cautivos, y muchos morían por la escasez de alimentos, el agotamiento, el calor y también por la disentería u otras enfermedades. Raymond Jalamá, un mercader de Luanda, estimaba a finales del XVlII que casi la mitad de los cautivos se perdían por fuga o muerte, desde el momento de la captura hasta el de la llegada al mar. (Thomas 1997: 384)

Tampoco era éste el último extremo:

En el Sudán occidental era práctica corriente la castración de jóvenes esclavos, aunque, a menos que el cirujano fuera miembro de la tribu mossi, del actual Volta Superior y Ghana, reputada por su habilidad, las pérdidas de vidas en estas operaciones eran considerables. (Thomas 1997: 379)

Y para completar la cuestión, debemos considerar que el porcentaje de mujeres transportadas era considerablemente inferior al de hombres, no por cuestiones de demanda, sino de oferta. Los esclavistas africanos eran remisos a suministrar mujeres, y sólo lo hacían a demanda, con cortapisas y a un precio superior. Ello justifica en parte el enorme tráfico que tuvo lugar a partir del siglo XVIII.
Para hacernos la idea de lo que significaba esta mortandad, y más tratándose de personas vigorosas y jóvenes, debemos considerar que en aquella época, una mortandad de esas magnitudes en la población tenía carácter de epidemia.
Algo que, siendo en gran parte común a todo el tráfico negrero, común a los traficantes ingleses, holandeses o franceses, no encaja del todo con la actuación del otro gran implicado en el tráfico, Portugal, en cuyo caso es reseñable la ley de 1648, que dejaba marcada la diferencia entre la carga, para las mercancías, y las cubiertas, para los esclavos, señalando normas que disminuyeran las incomodidades del viaje.

Los portugueses, con sus marineros esclavos, no veían en un cautivo negro a una persona excepcional sino a una más destinada a sufrir dentro del plan inexplicable de Dios, mientras que para los protestantes blancos del norte, los africanos resultaban tan exóticos como inquietantes .(Thomas 1997: 409)

En el caso del tráfico sucede lo mismo que lo indicado en las primeras líneas de este capítulo sobre la concepción del hecho esclavista. La esclavitud era un mal, siempre lo ha sido, que unos tienen la desgracia de padecer, pero lo que muestra la grandeza de espíritu es que, en el conocimiento de ese mal, aún tomando parte activa en el mismo, no se vea al esclavo como una cosa, sino como a un prójimo al que, en las medidas de las posibilidades, se le pueda atender.
Esa, si se quiere extraña, misericordia, es al fin misericordia, y no faltó en esos momentos en los buques negreros portugueses, y no en otros.

El minerólogo sueco Wadstróm, escribía en 1790 que «los buques portugueses nunca están abarrotados y los marineros son sobre todo ... negros ladinos, que hablan su lengua y consuelan y atienden a los infelices durante el viaje. El resultado es que apenas hay necesidad de los grilletes que se emplean de modo constante en los otros buques europeos de esclavos, y que realizan su viaje desde Angola, etc., a Brasil con muy poca mortalidad ... En el siglo XVIII las condiciones en los buques portugueses se mejoraron cuando a cada marinero se le asignó la tarea de cuidar de quince esclavos; a estos marineros se les pagaba una cantidad por cada esclavo que entregaban vivo. (Thomas 1997: 409)
En cualquier caso, esta mortandad nos puede parecer ridícula si tenemos en cuenta lo padecido por los aborígenes australianos, por ejemplo, que conocieron uno de los más sangrantes genocidios, llevado a cabo por la acción británica que, de acuerdo  con las tesis de Darwin1, habían sido calificados como subhumanos. El genocidio, que acabó con el cien por cien de la población de Tasmania y dejó reducida la de Australia y Nueva Zelanda a una muestra de zoológico, perduró hasta 1945, cuando Inglaterra, inmersa en el Proceso de Nuremberg, prohibió que se siguiesen efectuando cacerías de aborígenes.
En esa actuación llevada a cabo por Inglaterra en las antípodas, a principios del siglo XIX, cuando la misma Inglaterra estaba llevando a cabo una política activa para la supresión del tráfico de esclavos, tuvo lugar la Guerra (o genocidio) de Tasmania conocida en la historiografía británica como Black War. En esta guerra se recompensaba económicamente por cada tasmano cazado a cambio de su piel, poniendo así fin a la esclavización a que habían estado sometidos desde 1772. Un pequeño grupo que no pasaba de setenta personas se salvó misteriosamente de esa acción. Apartado el grupo de su lugar geográfico fue sucumbiendo poco a poco hasta que la última tasmana, llamada Truganini o Trugernanner, murió en 1876.
Pero si esas condiciones se daban en el aspecto físico, no son menos destacables las condiciones morales a que se veían sometidos los esclavos, y que, como no podía ser menos, se vieron considerablemente empeoradas con la acción británica.
Desde el momento en que Inglaterra tomó parte decisiva en el tráfico, el esclavo pasó a denominarse, también en España, pieza de Indias, siendo que en esta denominación, considerada de primera clase, entraba todo esclavo cuya edad estuviese comprendida entre los quince y los treinta años, existiendo hasta tres calificaciones más en las que se integraban los que no se encuadraban en esa franja de edad.
Y su costo iba acorde con la categoría aplicada.

En el siglo XVII un esclavo varón en buen estado de salud podía valer 550 pesos, es decir, el equivalente al sueldo anual del auditor general del ejército; un niño de 8 años se podía evaluar en 330 pesos, equivalente al sueldo de tres años de un soldado arcabucero. Dice Sergio Villalobos que se puede entender perfectamente el valor del esclavo si tenemos en cuenta que un terreno con rancho y capilla, 20 bueyes, 50 vacas, 12 caballos, 10 mulas, 1.000 ovejas, 3 carretas y herramientas fue tasado en 24.783 pesos y los 19 esclavos que poseía dicha finca en 8.000 pesos; es decir, casi la cuarta parte del capital total invertido21. También influía en el precio de los esclavos su especialización en el trabajo. (García  Fuentes 1976: 12)
Pero llegados a este punto es posible que nos estemos haciendo a la idea de que el esclavo era siempre negro, y no es así. El asunto queda manifiestamente claro en el capítulo el color del esclavo, pero parece necesario, a estas alturas del presente capítulo  retomar el asunto.
Sabemos que en el mundo hispánico la esclavitud del indio fue anecdótica y limitada a los primeros años, siendo que las Leyes de Burgos pusieron fin a semejante actuación. Pero ¿y en las colonias británicas?
En las colonias británicas la cuestión del indio es para tratarlas en un manual de genocidio, pero para la esclavitud no queda otra que remitirse a los esclavos importados, blancos en un primer momento y procedentes de Irlanda y de Inglaterra, que fueron quienes sufrieron las penurias propias del sistema esclavista del que generalmente se tiene noción, y que en absoluto debe ser generalizado, sino concretado a la actuación británica, cuyos métodos fueron también asumidos por Francia y en parte, ya en el siglo XIX, cuando ya España era colonia británica, en Cuba.
Estos esclavos blancos, de los que entre 1654 y 1685 fueron embarcados diez mil en Bristol, fueron los que primero atendieron las plantaciones en las Antillas y en Virginia, y hasta 1700 representaron las dos terceras partes de los pioneros despachados desde Inglaterra, y reclutados en gran parte mediante secuestro.

El secuestro fue enormemente promovido y se convirtió en un negocio regular en ciudades como Londres y Bristol. Los adultos eran solicitados con licores, los niños atraídos con dulces. Los secuestradores recibían el nombre de spirits, y se los definía como «el que se lleva hombres, mujeres y niños y los vende para que un barco se los lleve por el mar». (Williams 2011:38)

Como ya hemos señalado, la pérdida de libertad del servant tenía un plazo; su condición se asemejaba a la de los esclavos en el mundo hispánico. Tenía pues la esperanza de alcanzar la libertad, tenía algunos derechos y podía acceder a cierto grado de propiedad.
Y las leyes británicas atendían esta cuestión, siendo que en aquellos momentos se llegó a pedir la pena de muerte para una mujer acusada de robar mercaderías por valor de tres chelines y cuatro peniques.. o por reunirse para hablar de religión. Estas leyes no sólo no desaparecieron cuando Inglaterra prohibió el tráfico de esclavos, siendo que, como señala el mismo Erik Williams,

En 1745 el destierro era la pena por el robo de una cuchara de plata y un reloj de oro. Un año después de la emancipación de los esclavos negros, el destierro era la pena por la actividad de asociación comercial. (Williams 2011:38)

Los medios de transporte no diferían un ápice de los usados con los esclavos africanos... y al fin también esos fueron los métodos aplicados para transportar a Australia y a Nueva Zelanda un significativo número de esclavos, cuando las leyes y la marina británicas perseguían el tráfico negrero.
Y si el tráfico era así, tampoco variaba el trato y la condición en destino, donde eran considerados basura blanca y eran calificados en el mismo rango que los esclavos negros
Y si, en el parlamento británico llegó a tratarse el asunto en varias ocasiones y conforme transcurrían las décadas; se constituyeron comisiones para el estudio de las denuncias... y eran sucesivamente rechazadas... Y es que en el negocio estaban implicados desde los carceleros hasta la corona, que recibía su cuota de ganancias, que no eran pequeñas.

Alrededor de 1730 en Bristol se estimaba que, en un viaje afortunado, las ganancias sobre una carga de aproximadamente 270 esclavos alcanzaban siete u ocho mil libras, con independencia de los beneficios obtenidos con el marfil. (Williams 2011:71)

La justificación de este tráfico la encontraban en la necesidad de repoblar las nuevas tierras de donde habían sido asesinados los antiguos habitantes que no habían podido huir, pero no deja de llamar la atención el trato indigno que recibían, como indigno sería el trato que, no tardando, recibirían los esclavos negros que compartieron con ellos penurias.
Y si el título acabó desapareciendo a mediados del siglo XVIII, la actividad continuó realizándose a pleno ritmo hasta finales del siglo XIX, con una diferencia: En este último periodo, a pesar de seguir las mismas condiciones, no eran titulados siervos, sino criminales, siendo que el tráfico de los mismos resultaba mucho más lesivo dado el nuevo destino, que no era al otro lado del Atlántico, sino en las antípodas, donde tenía prohibida la arribada toda persona que no fuese de raza blanca; práctica, la de prohibición, que siguió aplicándose hasta bien entrado el siglo XX.
Venimos insistiendo en el maltrato infligido, y parece necesario remarcarlos como hecho diferencial en la aplicación del trabajo del esclavo... Del trabajo y de todo tipo de relación.

En Virginia, en la década de 1660 a 1670, un amo fue acusado de violar a dos criadas. También se sabía que azotaba a su propia mujer y a sus hijos, había dado latigazos a otro criado, y lo había encadenado hasta que murió. El tribunal regañó al amo, pero fue absuelto de los cargos de violación a pesar de lo evidente de las pruebas. (Zinn 2005)

Como muestra de ese maltrato, podemos comparar la población existente en una colonia británica, Barbados. En esa isla, y según señala Erik Williams, en 1645 había 18.300 varones blancos, la mayoría esclavos; en 1667 había 8300. Y entre 1672 y 1727 los individuos blancos de sexo masculino de Montserrat disminuyeron en más de dos tercios, en el mismo período la población negra aumentó más de once veces.

Matar a un esclavo, o a cualquier persona de color, en el condado de Talbot, Maryland, no se considera un crimen, ni por los tribunales ni por la comunidad. El señor Thomas Lanman, de St. Michael, mató a dos esclavos, a uno de ellos con una hachuela, saltándole los sesos. Solía ufanarse de haber cometido ese hecho sanguinario y sobrecogedor. Le he oído hacerlo riéndose, diciendo, entre otras cosas, que de los presentes él era el único benefactor de su país, y que si otros hicieran lo que había hecho él, nos libraríamos de «los j..... s negros». (Douglas 1845: 64)

Y si atendemos la situación en las otras colonias europeas, en 1758 se les prohibió en Haití que los negros portasen armas propias de caballeros, como sables, y en 1762 se les prohibió la tenencia de armas de fuego, y este asunto, que pudiera ser entendido como de orden público, no era tal. Así, profundizando en la segregación, en 1768 se prohibieron los casamientos mixtos, y tres años después se les prohibió ejercer profesiones determinadas, como la orfebrería, la medicina, el derecho... y se les obligaba a vestir de una manera particular, así como se les señalaba un lugar concreto cuando podían asistir a algún acto público.

En 1830, en las Indias occidentales holandesas, el gobernador de Surinam ordenó en una pragmática «que ningún negro fumara, cantara o silbara en las calles de Paramaribo; que al acercarse un blanco a cinco varas todo negro se descubriera; que no se permitiera a ninguna negra llevar ropa alguna por encima de la cintura, que era menester que llevasen los pechos al aire, y sólo se les toleraba una enagua de la cintura a la rodilla». El capitán Alexander, que publica en 1833 sus impresiones tras un largo viaje por América, describe en términos patéticos la pena de azotes con látigo que podían sufrir los esclavos negros en la América holandesa, en tanto que «un inspector holandés lo contempla todo fumando su pipa con tranquilidad. Cualquiera [allí] puede mandar un negro a la cárcel y hacer que le den ciento cincuenta azotes mediante pago de un peso» (Iraburu 2003: 178)

Otros aspectos no eran dejados en el olvido; así, el adoctrinamiento ocupaba lugar privilegiado; debían ser conscientes de su propia inferioridad; debían sentir temor al amo y debían sentir como propias las necesidades del amo, incluyendo el caso de la separación familiar de los esclavos por necesidades del amo.
Como comparación podemos tomar el caso de las Floridas, que tras cambios de manos, en 1784 volvía a ser España, y con el cambio, la esperanza de libertad para los esclavos. Seguía habiendo esclavitud, pero un importante porcentaje  de negros libres componía la sociedad, en la que desarrollaban, como trabajadores libres, sus funciones, que iban desde carreteros hasta comerciantes, y los matrimonios mixtos eran una cosa normal.
Todo ello cambió en 1821 con el Tratado Adams-Onís, por el cual Florida se convirtió en territorio estadounidense, lo que ocasionó el exilio de un importante núcleo de población negra, que prefería dejar un lugar donde la esclavitud había sido abolida por una tierra donde aún estaba vigente la esclavitud: Cuba.
Y no es de extrañar cuando la actitud de los Estados Unidos, como la del resto del mundo anglosajón, por activa y por pasiva, tildaba a indios y negros como razas degeneradas.
No es de extrañar, así, que la declaración de independencia de los Estados Unidos excluyese a los negros y a los indios de su amparo. Y es de destacar la declaración del parlamento de Masachusets de tres de noviembre de 1755, que pone blanco sobre negro algo algo sobre lo que hemos hecho algún apunte: el trato de los indios.
Como sucedía en Australia y Nueva Zelanda, su destino no era la esclavitud, sino el exterminio, y ese es el sentido de la declaración citada, donde se declaraba rebeldes, enemigos y traidores a los indios, y se ofrecía una recompensa de cuarenta libras por cada cabellera de indio macho, y por cada cabellera de mujer india o joven macho de menos de doce años, veinte libras... Tratados como subhumanos.
Y luego nos hacen propaganda diciendo que los indios cortaban cabelleras a los pioneros. La verdad es que los indios comenzaron a cortar cabelleras como replesalia a esta actuación, y la verdad es que indios como Gerónimo, a quién cuando fue vencido mostraron como fiera en los circos, rezaban, naturalmente, en español.
El maltrato conoce muchos otros aspectos; así, hoy, la corrección política del lenguaje, impuesta por ellos mismos, quiere hacernos borrar del lenguaje el término negro para referirnos a un miembro de esa raza... Y en inglés tiene su lógica, surgida justamente del desprecio hacia los otros, porque en la lengua inglesa, negro tiene sentido peyorativo; sugiere algo sucio y siniestro según el diccionario inglés de Oxford. Pero eso nada tiene que ver con lo español.

De Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos y liberador de los negros (1863), cuenta Julien Green que en su momento «apoyaba la vieja idea humanitaria de Henry Clay de enviar a Liberia a toda la gente de color para devolverles la libertad, sus costumbres y su tierra de origen». En un discurso en Charleston, Illinois, decía en 1858: «No soy partidario –nunca lo he sido, bajo ningún concepto– de la igualdad social y política entre la raza blanca y la raza negra... Existe una diferencia física entre ellas que les impedirá, siempre, vivir juntas en igualdad social y política. Existe naturalmente una situación de superioridad e inferioridad, y mi opinión es asignar la posición de superioridad a la raza blanca (Iraburu 2003: 178)
Pero esa actitud, no era particular de Lincoln.
En un pasaje de su autobiografía, citado en su impoluto monumento de mármol en el Mall de Washington, Jefferson era bastante explícito: «Nada está más claramente escrito en el libro del destino que estas personas (es decir, los esclavos) serán libres». Pero la autobiografía prosigue diciendo (y los escultores del monumento dejaron esto fuera) que «las dos razas» debían estar divididas por «líneas imborrables de distinción entre ellas». Después de todo, el propio Jefferson era un terrateniente virginiano con cerca de doscientos esclavos, de los cuales solo liberó a cinco. (Ferguson)

No hay parangón en el mundo hispánico, donde jamás existió esa segregación.

Los españoles tenían, en el siglo XVI, un código detallado para el trato de los esclavos, código derivado de las famosas Siete partidas, de Alfonso X el Sabio; y estas leyes fueron, naturalmente, introducidas en el Nuevo Mundo. Los ingleses, en cambio, carecían de un código en el que basarse, e Inglaterra se limitó a soslayar la cuestión, dejando en manos de las diferentes asambleas coloniales locales la redacción de la legislación apropiada: así, Virginia reconoció la esclavitud en 1661, la convirtió en condición hereditaria en 1662, en 1667 estableció que el bautismo no alteraría la condición de los esclavos, etc. Estas leyes fueron formuladas con el interés inmediato de los plantadores de América del Norte como factor decisivo; en consecuencia, los esclavos no podían casarse; no tenían derecho legal a la propiedad; no podían entablar juicio; ¡no podían comprar su libertad!; en resumen, no eran sino muebles o enseres. Los esclavos de Cuba, como los de las demás colonias españolas, gozaban del beneficio de la ley hispánica, es decir, romana (naturalmente, con una serie de cambios y modificaciones); la Iglesia los conocía; podían poseer y permutar cosas; podían contraer matrimonio; tenían una personalidad legal, a pesar de que sus derechos estaban a menudo sólo teóricamente garantizados por la ley. (Thomas 1971)

Otra diferencia sustantiva entre el trato dado a los esclavos en España y el dado en otras partes está, además del hecho de la manumisión, ya mencionado, es que mientras la  Iglesia Católica fomentaba la manumisión y el buen trato,  los protestantes negaban a los esclavos todo derecho como cristianos, y con no poca asiduidad proclamaban que los negros eran malditos de Dios, pues descendían de Caín o del mismo Diablo.
En fin, tras lo señalado parece que lo que la gente conoce del hecho esclavista no es la realidad de la esclavitud. Convenimos así, retomando lo señalado al principio, que la esclavitud es una forma, poco digna si se quiere al fin, de entender las relaciones de trabajo, y que sólo bajo el prisma británico adquiere los matices de inhumanidad. El hecho de que fuese Inglaterra la campeona de la abolición de la esclavitud no quiere decir nada; sólo que los métodos de esclavitud habían cambiado por otros mediante los cuales el esclavo debe atender sus propias necesidades personales, con lo que el esclavista se ve liberado de esa necesidad. Ni Grecia, ni Roma ni España entendieron eso así jamás.

























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Texto completo de "La esclavitud en Europa": https://www.cesareojarabo.es/2019/09/la-esclavitud-en-europa-texto-completo.html

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